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Este blog, no pretende ser un diario de sus autores. Deseamos que sea algo vivo y comunitario. Queremos mostrar cómo Dios alimenta y hace crecer su Reino en todo el mundo.

Aquí encontrarás textos de todo tipo de sensibilidades y movimientos de la Iglesia Católica. Tampoco estamos cerrados a compartir la creencia en el Dios único Creador de forma ecuménica. Más que debatir y polemizar queremos Escuchar la voluntad de Dios y Dar a los demás, sabiendo que todos formamos un sólo cuerpo.

La evangelización debe estar centrada en impulsar a las personas a tener una experiencia real del Amor de Dios. Por eso pedimos a cualquiera que visite esta página haga propuestas de textos, testimonios, actos, webs, blogs... Mientras todo esté hecho en el respeto del Amor del Evangelio y la comunión que siempre suscita el Espíritu Santo, todo será públicado. Podéís usar los comentarios pero para aparecer como texto central enviad vuestras propuestas al correo electrónico:

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jueves, 6 de septiembre de 2007

Testimonio: El perdón de Ana María


Se trata de una profesora, Ana María Suárez, originaria de Esquel, Argentina. Su hijo, Mariano Drew, joven de 27 años, murió asesinado. El motivo: una riña, un malentendido, una rivalidad, qué más da, el caso es que Mariano murió a golpes.

El asesino es arrestado y llevado a juicio. Héctor Fabián González, 25 años, se crió sin su madre, estuvo internado en varios institutos correccionales de menores y es adicto al alcohol. Héctor reconoce su culpabilidad en el juicio.

Hasta aquí, no pasa de ser una noticia más que llena nuestros periódicos cotidianos. Lo amarillo "siempre" es noticia. Pero llegó el juicio y… el color de la historia cambió.

Ana María se pone de pie y se dirige al acusado. A unos pasos de él, minutos antes de que se dictara la sentencia, le dice estas palabras: «Ayer cuando fui a la Iglesia de San Cayetano, le oraba a la Virgen y pensaba que mi hijo está con Dios. Pero también pensaba en vos, que sos tan joven. No te voy a hacer daño. Sólo quiero darte esto…» Y le coloca un rosario en la mano.

La mujer se gira ante los presentes en el juicio y agrega: «Solamente la oración calma cada día mi dolor».

Vuelve su mirada al joven, asesino de su hijo, y le dice: «Sólo Dios cura las heridas. Yo te perdono, y si mi hijo te ofendió, te pido perdón. Yo lo amaba y ahora quiero que vos no sufrás. El destino que te toca me duele, porque trabajo con jóvenes. En esta tierra hay mucha violencia y vos has sido víctima de ella desde que naciste. Es el amor el que también ayuda a curar las heridas».

Y la mujer lo abrazó, mientras el acusado estalló en llanto.

El joven no escapó de la sentencia de ocho años de cárcel, pero ha escapado de la pena más dura: la de su conciencia, la de haber herido profundamente el corazón de una madre.

De igual modo, Ana María también ha cerrado una herida dentro de su corazón. En vez de llenarlo de odio y rencor, prefirió llenarlo de amor y perdón. Quizá vio en lo ojos de Héctor, no al asesino de su hijo, sino a una víctima del mundo en que vivimos. Y a pesar del dolor de haber perdido a su hijo, Ana María se encuentra en paz.

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