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viernes, 29 de febrero de 2008

«De toda palabra inútil...»: / Autor: Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.

II Meditación de Cuaresma al Papa y a la Curia

«Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hebreos, 4, 12) es el tema de las meditaciones que siguen esta Cuaresma Benedicto XVI y sus colaboradores de la Curia por el predicador de la Casa Pontifica. La preparación al Sínodo de los obispos (del 5 al 26 de octubre) orienta también estas reflexiones.

Ante el Papa, el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap. ha pronunciado este viernes la segunda de ellas, cuyo contenido ofrecemos íntegramente.


* * *
Cuaresma 2008 en la Casa Pontificia

Segunda Predicación


«DE TODA PALABRA INÚTIL»
Hablar «como con palabras de Dios»


1. Del Jesús que predica al Cristo predicado


En la segunda carta a los Corintios --que es, por excelencia, la carta dedicada al ministerio de la predicación--, san Pablo escribe estas palabras programáticas: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor» (2 Co 4,5). A los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, había escrito: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1,23). Cuando el Apóstol quiere abrazar con una sola palabra el contenido de la predicación cristiana, ¡esta palabra es siempre la persona de Jesucristo!

En estas afirmaciones Jesús ya no es contemplado --como ocurría en los evangelios-- en su calidad de anunciador, sino en su calidad de anunciado. Paralelamente, vemos que la expresión «Evangelio de Jesús» adquiere un nuevo significado, sin perder en cambio el antiguo; del significado de «gozoso anuncio traído por Jesús (¡Jesús sujeto!)», se pasa al significado de «gozoso anuncio sobre Jesús» (¡Jesús objeto!).

Éste es el significado que la palabra evangelio tiene en el solemne inicio de la carta a los Romanos. «Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio de sus profetas en la Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro» (Rm 1,1-3).
En esta meditación nos concentramos en «La Palabra de Dios en la misión de la Iglesia». Es el tema del que se ocupa el tercer capítulo de los Lineamenta del Sínodo de los Obispos, que evidencia de aquél sus diversos aspectos y ámbitos de actuación según el siguiente esquema:

La misión de la Iglesia es proclamar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne.

La Palabra de Dios debe estar siempre al alcance de todos.
La Palabra de Dios, gracia de comunión entre los cristianos.
La Palabra de Dios, luz para el diálogo interreligioso
a - Con el pueblo judío
b - Con otras religiones

La Palabra de Dios, fermento de las culturas modernas.
La Palabra de Dios y la historia de los hombres.

Me limito a tratar un punto particular y bastante concentrado; sin embargo, considero que influye en la calidad y en la eficacia del anuncio de la Iglesia en todas sus expresiones.

2. Palabras «inútiles» y palabras «eficaces»

En el evangelio de Mateo, en el contexto del discurso sobre las palabras que revelan el corazón, se refiere una palabra de Jesús que ha hecho temblar a los lectores del Evangelio de todos los tiempos: «Pero yo os digo que de toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio» (Mt 12,36).

Siempre ha sido difícil explicar qué entendía Jesús por «palabra inútil». Cierta luz nos llega de otro pasaje del evangelio de Mateo (7,15-20), donde vuelve el mismo tema del árbol que se reconoce por los frutos y donde todo el discurso aparece dirigido a los falsos profetas: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis...».

Si el dicho de Jesús tiene relación con lo de los falsos profetas, entonces podemos tal vez descubrir qué significa la palabra «inútil». El término original, traducido con «inútil», es argòn, que quiere decir «sin efecto» (a --privativo--; ergos --obra--). Algunas traducciones modernas, entre ellas la italiana de la CEI [Conferencia Episcopal italiana. Ndt], vinculan el término a «infundada», por lo tanto a un valor pasivo: palabra que carece de fundamento, o sea, calumnia. Es un intento de dar un sentido más tranquilizador a la amenaza de Jesús. ¡No hay nada, de hecho, particularmente inquietante si Jesús dice que de toda calumnia se debe dar cuentas a Dios!

Pero el significado de argòn es más bien activo; quiere decir: palabra que no funda nada, que no produce nada: por lo tanto, vacía, estéril, sin eficacia [1]. En este sentido era más adecuada la antigua traducción de la Vulgata, verbum otiosum, palabra «ociosa», inútil, que por lo demás es la que se adopta también hoy en la mayoría de las traducciones.

No es difícil intuir qué quiere decir Jesús si comparamos este adjetivo con el que, en la Biblia, caracteriza constantemente la palabra de Dios: el adjetivo energes, eficaz, que obra, que se sigue siempre de efecto (ergos) (el mismo adjetivo del que deriva la palabra «enérgico»). San Pablo, por ejemplo, escribe a los Tesalonicenses que, habiendo recibido la palabra divina de la predicación del Apóstol, la han acogido no como palabra de hombres, sino como lo que es verdaderamente, como «palabra de Dios que permanece operante (energeitai) en los creyentes» (Cf. 1 Ts 2,13). La oposición entre palabra de Dios y palabra de hombres se presenta aquí, implícitamente, como la oposición entre la palabra «que obra» y la palabra «que no obra», entre la palabra eficaz y la palabra vana e ineficaz.

También en la carta a los Hebreos encontramos este concepto de la eficacia de la palabra divina: «Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hb 4,12). Pero es un concepto que viene de lejos; en Isaías, Dios declara que la palabra que sale de su boca no vuelve a Él jamás «de vacío», sin haber realizado aquello para lo que fue enviada (v. Is 55,11).

La palabra inútil, de la que los hombres tendrán que dar cuentas el día del Juicio, no es por lo tanto toda y cualquier palabra inútil; es la palabra inútil, vacía, pronunciada por aquél que debería en cambio pronunciar las «enérgicas» palabras de Dios. Es, en resumen, la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer que sea palabra de Dios. Ocurre exactamente al revés de lo que decía san Pablo: habiendo recibido una palabra humana, se la toma no por lo que es, sino por lo que no es, o sea, por palabra divina. ¡De toda palabra inútil sobre Dios el hombre tendrá que dar cuentas!: he aquí, por lo tanto, el sentido de la grave advertencia de Jesús.

La palabra inútil es la falsificación de la palabra de Dios, es el parásito de la palabra de Dios. Se reconoce por los frutos que no produce, porque, por definición, es estéril, sin eficacia (se entiende, en el bien). Dios «vela sobre su palabra» (Cf. Jr 1,12), es celoso de ella y no puede permitir que el hombre se apropie del poder divino en ella contenido.

El profeta Jeremías nos permite percibir, como en un altavoz, la advertencia que se oculta bajo esa palabra de Jesús. Se ve ya claro que se trata de los falsos profetas: «Así dice Yahveh Sebaot: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan. Os están embaucando. Os cuentan sus propias fantasías, no cosa de boca de Yahveh... Profeta que tenga un sueño, cuente un sueño, y el que tenga consigo mi palabra, que hable mi palabra fielmente. ¿Qué tiene que ver la paja con el grano? --oráculo de Yahveh--. ¿No es así mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña? Pues bien, aquí estoy yo contra los profetas --oráculo de Yahveh-- que se roban mis palabras el uno al otro» (Jr 23,16.28-31).

3. Quiénes son los falsos profetas

Pero no estamos aquí para hacer una disquisición sobre los falsos profetas en la Biblia. Como siempre, es de nosotros de quienes se habla en la Biblia y a nosotros a quienes se habla. Esa palabra de Jesús no juzga el mundo, sino a la Iglesia; el mundo no será juzgado sobre las palabras inútiles (¡todas sus palabras, en el sentido antes descrito, son palabras inútiles!), sino que será juzgado, en todo caso, por no haber creído en Jesús (Cf. Jn 16,9). Los «hombres que deberán dar cuentas de toda palabra inútil» son los hombres de Iglesia; somos nosotros, los predicadores de la palabra de Dios.

Los «falsos profetas» no son sólo los que de vez en cuando esparcen herejías; son también quienes «falsifican» la palabra de Dios. Es Pablo quien usa este término, sacándolo del lenguaje corriente; literalmente significa diluir la Palabra, como hacen los mesoneros fraudulentos, cuando rellenan con agua su vino (Cf. 2 Co 2,17;4,2). Los falsos profetas son aquellos que no presentan la palabra de Dios en su pureza, sino que la diluyen y la agotan en miles de palabras humanas que salen de su corazón.

El falso profeta lo soy también yo cada vez que no me fío de la «debilidad», «necedad», pobreza y desnudez de la Palabra y la quiero revestir, y estimo el revestimiento más que la Palabra, y es más el tiempo que gasto con el revestimiento que el que empleo con la Palabra permaneciendo ante ella en oración, adorándola y empezándola a vivir en mí.

Jesús, en Caná de Galilea, transformó el agua en vino, esto es, la letra muerta en el Espíritu que vivifica (así interpretan espiritualmente el hecho los Padres); los falsos profetas son aquellos que hacen todo lo contrario, o sea, que convierten el vino puro de la palabra de Dios en agua que no embriaga a nadie, en letra muerta, en vana charlatanería. Ellos, por lo bajo, se avergüenzan del Evangelio (Cf. Rm 1,16) y de las palabras de Jesús, porque son demasiado «duras» para el mundo, o demasiado pobres y desnudas para los doctos, y entonces intentan «aderezarlas» con las que Jeremías llamaba «fantasías de su corazón».

San Pablo escribía a su discípulo Timoteo: «Procura cuidadosamente presentarte ante Dios como... fiel distribuidor de la Palabra de la verdad. Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan crecerán cada vez más en impiedad» (2 Tm 2,15-16). Las palabrerías profanas son las que no tienen pertinencia con el proyecto de Dios, que no tienen que ver con la misión de la Iglesia. Demasiadas palabras humanas, demasiadas palabras inútiles, demasiados discursos, demasiados documentos. En la era de la comunicación de masa, la Iglesia corre el riesgo de hundirse también en la «paja» de las palabras inútiles, dichas sólo por hablar, escritas sólo porque hay revistas y periódicos que llenar.

De este modo ofrecemos al mundo un óptimo pretexto para permanecer tranquilo en su descreimiento y en su pecado, Cuando escuchara la auténtica palabra de Dios, no sería tan fácil, para el incrédulo, arreglárselas diciendo (como hace a menudo, después de haber oído nuestras predicaciones): «¡Palabras, palabras, palabras!». San Pablo llama a las palabras de Dios «las armas de nuestro combate» y dice que sólo a ellas «da Dios la capacidad de arrasar fortalezas, deshacer sofismas y toda altanería que se subleva contra el conocimiento de Dios, y reducir a cautiverio todo entendimiento para obediencia de Cristo» (2 Co 10,3-5).

La humanidad está enferma de ruido, decía el filósofo Kierkegaard; es necesario «convocar un ayuno», pero un ayuno de palabras; alguien tiene que gritar, como hizo un día Moisés: «Calla y escucha, Israel» (Dt 27,9). El Santo Padre nos ha recordado la necesidad de este ayuno de palabras en su encuentro cuaresmal con los párrocos de Roma, y creo que, como de costumbre, su invitación se dirigía a la Iglesia, antes aún que al mundo.

4. «Jesús no ha venido para contarnos frivolidades»

Siempre me han impresionado estas palabras de Péguy:

«Jesucristo, pequeño mío,

-es la Iglesia que se dirige a sus hijos-

no ha venido a contarnos frivolidades...

No ha hecho el viaje hasta la tierra

Para venir con adivinanzas y chistes.

No hay tiempo de divertirse...

Él no gastó su vida...

Para venir a contarnos patrañas».[2]

La preocupación de distinguir la palabra de Dios de cualquier otra palabra es tal que, enviando a sus discípulos en misión, Jesús les manda que no saluden a nadie por el camino (Lc 10,4). He experimentado en mi propia carne que a veces este mandamiento hay que tomarlo a la letra. Detenerse a saludar a la gente e intercambiar formalidades cuando se va a empezar a predicar dispersa inevitablemente la concentración sobre la palabra que hay que anunciar, hace perder el sentido de su alteridad respecto a todo discurso humano. Es la misma exigencia que se experimenta (o se debería experimentar) cuando uno se está revistiendo para celebrar la Misa.

La exigencia es aún más fuerte cuando se trata del contenido mismo de la predicación. En el Evangelio de Marcos, Jesús cita la palabra de Isaías: «En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres» (Is 29,13); después añade, dirigiéndose a los escribas y fariseos: «Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres... anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido» (Mc 7,7-13)

Cuando no se llega a proponer nunca la sencilla y desnuda palabra de Dios, sin hacer que pase por el filtro de mil distinciones y precisiones y añadidos y explicaciones, en sí mismas hasta justas, pero que agotan la palabra de Dios, se hace lo mismo que Jesús reprochó, aquel día, a lo escribas y fariseos: se «anula» la palabra de Dios, se la aprisiona haciéndole perder gran parte de su fuerza de penetración en el corazón de los hombres.

La palabra de Dios no puede ser empleada para discursos de circunstancias, o para envolver de autoridad divina discursos ya hechos y todos humanos. En tiempos cercanos a nosotros, se ha visto adónde lleva tal tendencia. El Evangelio ha sido instrumentalizado para sostener toda clase de proyectos humanos: desde la lucha de clases a la muerte de Dios.

Cuando un auditorio está tan predeterminado por condicionamientos psicológicos, sindicales, políticos o pasionales, como para hacer, de partida, imposible no decirle lo que espera y no darle completamente razón en todo, cuando no hay esperanza alguna de poder llevar a los oyentes a ese punto en que es posible decirles: «¡Convertíos y creed!», entonces está bien no proclamar en absoluto la palabra de Dios, a fin de que no sea instrumentalizada por fines interesados y, por lo tanto, traicionada. En otros términos, es mejor renunciar a hacer un verdadero anuncio, limitándose, si acaso, a escuchar, a procurar entender y participar en las expectativas y sufrimientos de la gente, predicando más bien con la presencia y con la caridad el Evangelio del Reino. Jesús, en el evangelio, se muestra atentísimo a no dejarse instrumentalizar por fines políticos ni partidistas.

La realidad de la experiencia y, por lo tanto, la palabra humana no está excluida, evidentemente, de la predicación de la Iglesia, pero se debe someter a la palabra de Dios, al servicio de ésta. Igual que en la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo el que asimila consigo a quien lo come, y no al revés, así en el anuncio debe ser la palabra de Dios, que es el principio vital más fuerte, el que someta y asimile consigo la palabra humana, y no al contrario. Por ello es necesario tener el valor de partir con más frecuencia, al tratar problemas doctrinales y disciplinarios de la Iglesia, de la palabra de Dios, especialmente de la del Nuevo Testamento, y de permanecer después ligados a ella, vinculados a ella, seguros de que así se llega con mayor seguridad al objetivo, que es el de descubrir, en cada cuestión, cuál es la voluntad de Dios.

La misma necesidad se advierte en las comunidades religiosas. Existe el peligro de que en la formación que se da a los jóvenes y en el noviciado, en los ejercicios espirituales y en todo el resto de la vida de la comunidad, se emplee más tiempo en los escritos del propio fundador (con frecuencia bastante pobres de contenido) que en la palabra de Dios.

5. Hablar como con palabras de Dios

Me doy cuenta de que lo que estoy diciendo puede suscitar una objeción grave. ¿Entonces la predicación de la Iglesia tendrá que reducirse a una secuencia (o a una ráfaga) de citas bíblicas, con indicaciones de capítulos y versículos, a la manera de los Testigos de Jehová y de otros grupos fundamentalistas? No, por cierto. Nosotros somos herederos de una tradición diferente. Explico qué intento decir por permanecer ligados a la palabra de Dios.

También en la segunda carta a los Corintios, san Pablo escribe: «No somos nosotros como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios. Antes bien, con sinceridad y como movidos por Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo» (2 Co 2, 17), y san Pedro, en la primera carta exhorta a los cristianos diciendo: «Si alguno habla, lo haga como con palabras de Dios» (1 P 4,11). ¿Qué quiere decir «hablar en Cristo» o hablar «como con palabras de Dios»? No quiere decir repetir materialmente y sólo las palabras pronunciadas por Cristo y por Dios en la Escritura. Quiere decir que la inspiración de fondo, el pensamiento que «informa» y sustenta todo lo demás debe venir de Dios, no del hombre. El anunciador debe estar «movido por Dios» y hablar como en su presencia.

Hay dos formas de preparar una predicación o cualquier anuncio de fe oral o escrito. Puedo primero sentarme en el escritorio y elegir yo mismo la palabra que hay que anunciar y el tema a desarrollar, basándome en mis conocimientos, mis preferencias, etcétera, y después, una vez preparado el discurso, arrodillarme para pedir apresuradamente a Dios que bendiga lo que he escrito y dé eficacia a mis palabras. Ya es algo bueno, pero no es la vía profética. Más bien hay que hacer lo contrario. Primero ponerse de rodillas y preguntar a Dios cuál es la palabra que quiere decir; después, sentarse en el escritorio y hacer uso de los propios conocimientos para dar cuerpo a esa palabra. Esto cambia todo porque así no es Dios quien debe hacer suya mi palabra, sino que soy yo el que hago mía su palabra.

Hay que partir de la certeza de fe de que, en toda circunstancia, el Señor resucitado tiene en el corazón una palabra suya que desea hacer llegar a su pueblo. Es la que cambia las cosas y es la que hay que descubrir. Y Él no deja de revelarla a su ministro, si humildemente y con insistencia se la pide. Al principio se trata de un movimiento casi imperceptible del corazón: una pequeña luz que se enciende en la mente, una palabra de la Biblia que comienza a atraer la atención y que ilumina una situación.

Verdaderamente es «la más pequeña de todas las semillas», pero a continuación se percibe que dentro estaba todo; había un trueno como para abatir los cedros del Líbano. Después uno se pone en el escritorio, abre sus libros, consulta sus apuntes, consulta los Padres de la Iglesia, los maestros, poetas... Pero ya todo es otra cosa distinta. Ya no se trata de la Palabra de Dios al servicio de tu cultura, sino de tu cultura al servicio de la Palabra de Dios.

Orígenes describe bien el proceso que lleva a este descubrimiento. Antes de encontrar en la Escritura el alimento --decía-- es necesario soportar cierta «pobreza de los sentidos»; el alma está rodeada de oscuridad por todas partes, se encuentra en caminos sin salida. Hasta que, de repente, después de laboriosa búsqueda y oración, he aquí que resuena la voz del Verbo e inmediatamente algo se ilumina; aquél que ella buscaba, le sale al encuentro «saltando por los montes, brincando por los collados» (Ct 2,8), esto es, abriéndole la mente para que reciba una palabra suya fuerte y luminosa [3]. Grande es la alegría que acompaña este momento. Le hacía decir a Jeremías: «Se presentaban tus palabras y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo, y alegría de corazón» (Jr 15,16).

Habitualmente la respuesta de Dios llega bajo forma de una palabra de la Escritura que, en cambio, en ese momento revela su extraordinaria pertinencia en la situación y en el problema que se debe tratar, como si se hubiera escrito a propósito para ello. A veces no es siquiera necesario citar explícitamente tal palabra bíblica o comentarla. Basta con que esté bien presente en la mente de quien habla e informe todo lo que expresa. Actuando así, habla, de hecho, «como con palabras de Dios». Este método vale siempre: para los grandes documentos del magisterio como para las lecciones que el maestro da a sus novicios, para la docta conferencia como para la humilde homilía dominical.

Todos hemos tenido la experiencia de cuánto puede hacer una sola palabra de Dios profundamente creída y vivida, primero para quien la pronuncia; con frecuencia se constata que, entre muchas otras palabras, ha sido la que ha tocado el corazón y ha llevado a más de un oyente al confesionario.

Después de haber indicado las condiciones del anuncio cristiano (hablar de Cristo, con sinceridad, como movidos por Dios y bajo su mirada), el Apóstol se preguntaba: «Y ¿quién es capaz para esto?» (2 Co 2,16). Nadie --está claro-- está a la altura. Llevamos este tesoro en vasijas de barro. (Ib. 4,7). Pero podemos orar, diciendo: Señor, ten piedad de este pobre vaso de barro que debe llevar el tesoro de tu palabra; presérvanos de pronunciar palabras inútiles cuando hablamos de ti; haznos experimentar una vez el gusto de tu palabra para que la sepamos distinguir de cualquier otra y para que cualquier otra palabra nos parezca insípida. Difunde, como has prometido, hambre en la tierra, «no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra del Señor» (Am 8,11).

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[Traducción del original italiano por Marta Lago]

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[1] Cf. M. Zerwick, Analysis philologica Novi Testamenti Graeci, Romae 1953, ad loc.

[2] Ch. Péguy, Il portico del mistero della seconda virtù, in Oeuvres poétiques complètes, Gallimard 1975, pp. 587 s.

[3] Cf. Orígenes, In Mt Ser. 38 (GCS, 1933, p. 7); In Cant. 3 (GCS, 1925, p. 202).

La fidelidad de Dios y la nuestra / Autor: Henri Nouwen

Cuando Dios hace un pacto con nosotros, Dios dice: "Me encanta
usted con un amor eterno. Voy a ser fiel a usted, incluso cuando me sea infiel, me rechaze, o traicione."
En nuestra sociedad no nos hablan mucho acerca de los pactos; nosotros hablamos de los contratos. Cuando nosotros hacemos un contrato con una persona, decimos: "Voy a cumplir mi parte, siempre y cuando usted
cumpla con la suya. Cuando yo no esté a la altura de mis promesas,ustedes ya
no tienen que estar a la altura de la mías."
Los contratos se rompen a menudo porque los socios no quieren o no pueden ser fieles a sus términos.

Pero Dios no hizo un contrato con nosotros, Dios hizo un pacto. Él quiere que nuestras relaciones de los unos con los otros reflejen ese Pacto. Por eso el matrimonio, la amistad, la vida en comunidad, son todas las maneras de dar visibilidad a Dios: la fidelidad debe presidir nuestras vidas juntos.

martes, 26 de febrero de 2008

Crear espacio para Dios / Autor: Henri Nouwen

La disciplina es la otra cara del discipulado. Discipulado sin disciplina es como la espera para correr en el maratón sin tener que practicar. La disciplina es sin el discipulado como si siempre practicaramos para el maratón, pero nunca participamos.

Es importante, sin embargo, el darse cuenta de que disciplina en la vida espiritual no es lo mismo que disciplina en el deporte. La disciplina en el deporte es el
esfuerzo para dominar el cuerpo, para que pueda obedecer mejor a la mente.

La disciplina en la vida espiritual es el esfuerzo para crear el espacio y el tiempo donde Dios puede convertirse en nuestro maestro y en el que podemos responder libremente a la orientación de Dios.

Así, la disciplina es la creación de límites que mantienen el tiempo y el espacio abiertos a Dios. La soledad exige disciplina. El culto requiere disciplina. El cuidado de los demás requiere disciplina. Todos ellos nos piden stablecer un tiempo y un lugar donde la gentil presencia de Dios pueda ser reconocida y podamos
responder.

En el viaje para ver con los ojos del corazón / Autora: Sue Mosteller

Viviendo durante los últimos treinta y cinco años con las personas con discapacidad intelectual he estado aprendiendo de ellas lo que significa tener un alto HQ (cociente corazón). Me explico. Un sacerdote habla a un joven con una discapacidad que se está muriendo de SIDA:

-¿Mike, estás bien?.

Mike reponde:

-¿Dios me quieren?

-Estoy convencido de que Dios siempre te ha amado y te ama mucho.

Mike sigue preguntando al sacerdote:

-¿Y tú me amas?.

-Realmente, Mike.

Mike extendió sus brazos para abrazar al sacerdote y exclamó:

-Entonces estoy perfectamente bien.

.........................................

En el pabellón infantil de un gran institución en Ucrania para Las personas que sufren discapacidad intelectual y enfermedad mental, un niño hiperactivo de unos seis años de edad iba corriendo por la habitación de una actividad a otra. Cuando nos vió, corrió de cabeza a los brazos abiertos de mi amigo Joe. El niño de inmediato dijo entusiasmado de si mismo:

-Soy un hermoso chico!

-Mi amigo Joe le interrogó a través de la traductora:

-¿Cómo sabes tú eso?

Sin perder ni un sólo instante el niño respondió:

-¿No lo ve? Es obvio!

El viaje a ver con los ojos del corazón nos lleva a ser conscientes de las señales de que somos amados, incluso si tenemos que preguntarnoslo a nosotros mismos. Entonces podemos abrazar a los que nos aman en un largo abrazo y alegar que somos con toda verdad, belleza y amor. ¿No es obvio?

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SUE MOSTELLER está jubilada y ha vivido durante más de 30 años en la comunidad de L&Arche Amanecer. Ella y Henri Nouwen fueron amigos y ahora trabaja para el Legacy Henri Nouwen Trust.

Conclusiones del primer encuentro internacional sobre la pastoral de los sin techo

Recomendaciones para la sociedad, la Iglesia, las diócesis/eparquías, las parroquias, las comunidades y el Consejo Pontificio

Publicamos las conclusiones del primer encuentro internacional sobre la pastoral de los in techo sobre el tema «En Cristo y con la Iglesia, al servicio de los sin techo», que ha distribuido ahora la entidad organizadora, el Consejo Pontificio de la Pastoral para los Inmigrantes e Itinerantes. El encuentro se había celebrado del 26 al 27 de noviembre de 2007.


1. Debido a su condición, la persona sin morada fija tiene una singularidad y unicidad irrepetible. En una sociedad que lee las relaciones sociales en función de los intereses económicos, la Iglesia asume la misión de restituir el valor de la gratuidad, de la relación en su sentido más profundo.

2. En nuestro contexto histórico y social existen personas que identifican al pobre come aquel que ha fracasado, tanto en el orden de la naturaleza humana como de las necesidades humanas. Esto lleva a considerar la pobreza como la consecuencia de una vida sin valores y, en consecuencia, una culpa. Por lo tanto se ve la pobreza como una situación de la cual es casi imposible emanciparse. Su duración es una señal capaz de estigmatizar para siempre le existencia humana.

3. El destino de una persona sin techo está ulteriormente "marcado" si se considera su situación como resultado de una "elección". ¿Quien podría elegir vivir del cuento o una existencia marcada por la inestabilidad para si y para su propia familia? Sin embargo, la búsqueda de la justicia nace del reconocimiento del pobre, con el convencimiento de que definirlo con un nombre equivocado significa añadir una injusticia a otra injusticia.

4. A menudo nos enfrentamos con la idea de que una persona que no tiene morada fija es una persona "diferente". Es como si la pobreza fuera un problema que concierne a los demás. En realidad no hay diferencias, porque vivimos en una "sociedad de riesgo" en la que nadie puede estar seguro de no acabar siendo pobre.

5. En cada uno de los cinco continentes el ejemplo y la abnegación de las comunidades cristianas respecto a los "últimos entre los últimos" es una señal evidente del amor de Dios hacia la persona humana, viva donde viva y en la situación existencial en que se encuentre. Esto resulta aún más evidente en las actividades específicas que se llevan a cabo, incluso cuando se adoptan metodologías distintas y las opciones a nivel de la organización dependen de los Países en los que se concreta la actividad pastoral. De hecho, lo que se realiza está caracterizado por distintos valores fundamentales que constituyen su trasfondo teológico.

6. Entre todos los valores es de particular importancia a dimensión relacional. Al aceptar la definición de quien está sin morada fija como "un sujeto que se halla en condiciones de pobreza material y no material, portador de estreches complicadas, dinámicas y multiformes", hecho patente en la falta de morada fija, podemos constatar que la carencia relacional es un elemento que puede circunscribir y provocar una vida de pobreza. A partir de ello, hay que trazar el itinerario hacia una mayor confianza, una vida verdadera y significativa, en la que se pueda considerar a las demás personas como amigos, y ello es posible también en sitios en los que no hayan "estructuras", como la calle. Ella puede, por lo tanto, ser un sitio pedagógico, pero también pastoral, para alcanzar una promoción humana, un cambio.

7. Para que se realice, la Iglesia, la comunidad local, actúa en el territorio, solícita a las necesidades emergentes y ofrece el apoyo para individuar las soluciones. En este itinerario se insertan a las personas sin morada fija en un recorrido de reconciliación, así como están involucrados todos aquellos que viven en un determinado territorio. Este procedimiento de reconciliación reclama necesariamente una complementariedad existencial. Sólo a través de las relaciones la persona humana puede descubrir y reconocer a sí misma.

8. Los cambios políticos y los fenómenos sociales en continua transformación necesitan de una acción profética por parte de las Iglesias locales. Hoy en día constatamos que ellas están constantemente comprometidas en defensa de la vida, a través de sus elecciones y el testimonio de que el amor a Cristo es una fuente de curación de las heridas de la indiferencia.

9. Algunos elementos esenciales encaminan la "mejor actividad pastoral" entre los sin morada fija que implica compartir. Hacerse partícipe de un destino común es el resultado de profundas relaciones, en las que la manera de ver al pobre es purificada. Esa visión purificada corrobora la persuasión que existen personas capaces de llevar en sus corazones el destino de los demás y, entretanto atestigua - a través del trabajo de los agentes pastorales - que Dios ama hic et nunc (aquí y ahora).

10. Creer en la importancia de las relaciones, pone la dimensión de la promoción humana al lado de aquella del auxilio material, ser agentes pedagógicos y considerar que el camino por recorrer, para evitar graves formas de marginación, es innovador e importante, implica pensar, proponer y creer en una acción pastoral global.

11. Los sin morada fija representan, en todo caso, un desafío para toda la sociedad, llamada a la corresponsabilidad en la promoción de un acercamiento apasionado con el problema. Hay que tratar de comprender la situación y no tanto de encontrar una explicación, que podría degenerar en clasificación impropia. No hay que considerar a la persona como un objeto, destinatario de intervenciones establecidas de antemano. Ello necesita de un proyecto que no estigmatice sino que tenga la lógica de una verdadera inclusión. No obstante, la acogida permanece limitada, frágil, insuficiente, pero hay que llenarla de un compromiso deliberado y constante. Espontaneismo, fragmentación y obstáculos son elementos que se necesita contrastar con un acercamiento integral, duradero y sostenible.

12. La sensibilización consiguiente - en el contexto de un proceso hermenéutico - es el camino a través del cual se puede pensar y proyectar un futuro diferente, en el que la dignidad sea descubierta de nuevo (y no sólo restituida). Por el hecho de que cada persona es en sí misma un ser único e irrepetible, en cuanto hijo de Dios, es fundamental respetar el tiempo necesario para el crecimiento y el cambio. Esto es verdad también para la comunidad eclesial implicada en la solicitud hacia el próximo.

13. Hay que ser "veraces" en cada relación de naturaleza pastoral. Vivir la verdad en el ejercicio de la caridad tendría que constituir la base de toda eventual actividad. Esa verdad exige una demostración de su gratuidad, de su origen y de sus razones más profundas. podemos decir que el paradigma de una Iglesia que está cerca de sus hijos, aunque ellos estén a menudo lejos de "casa", es en lo que debería consistir su "ser sal y luz".

14. Proporcionar una "casa" es por lo tanto la misión intrínseca de toda actividad pastoral, en este ámbito. No se trata simplemente de ofrecer un amparo, sino un lugar donde las personas puedan ser ellas mismas en toda su plenitud y dignidad. Se trata por tanto de un lugar donde se pueda construir su propia morada relacional y desarrollar cada dimensión de la existencia, incluida la espiritual.

15. El número de personas sin techo tiende al aumento tanto en los Países industrializados como en aquellos que están en vía de desarrollo, en las grandes ciudades y en las zonas rurales, entre los ciudadanos residentes e inmigrantes, incluso hombres, mujeres de toda edad y niños.

16. La Iglesia, a través de sus múltiples instituciones, socorre a los sin techo gracias a comedores, refugios, cursos de formación profesional y empleo, advocacy, poniendo a disposición practicas para la contratación del empleo como parte integrante del proceso de integración en la comunidad y garantizando asistencia pastoral.

17. Se encuentra aquí un lugar para la ordinaria, territorial, actividad pastoral de la Iglesia, y también para aquella específica, que tiene que ser holística, multidimensional, espiritual, social y relacional.

18. El cuidado pastoral tendría que ser comprendido en el sentido más amplio, al ser la respuesta a las necesidades materiales y espirituales.

19. El ministerio de la acogida, sobretodo respecto a los marginados, es también parte integrante de la vida parroquial. Si en la comunidad no se consideran a los pobres y a los sin morada fija, la Iglesia non puede considerarse "completa". Existe además una clara conexión entre las obras de la caridad y las exigencias de la justicia.

Recomendaciones

Para la sociedad


1. Al ser la realidad socio-económica muy complicada y llevar a cabo obras de justicia significa vivir la justicia, es necesario actuar en medio de la complejidad evitando las fragmentaciones. Además la perdida de valores desestabiliza la convivencia social así que las Iglesias locales tendrían que presentar una perspectiva axiológica que reconduzca al hombre hacia el hombre.

2. Para alcanzar estos logros es importante crear una "red" local, en la que se reconozcan las responsabilidades y las competencias, dando la preferencia a la programación antes que a la intervención en situaciones de emergencia. Que se fomenten entonces encuentros para la coordinación intra-eclesial y extra-eclesial como oportunidad para definir objetivos comunes. Asimismo, que haya recíproca comprensión de los lenguajes utilizados para analizar y hacer frente a las necesidades de los sin morada fija. Es también de esta manera que se fomentará el desarrollo de su cuidado pastoral purificado de los estereotipos, de los "perjuicios" y de las divisiones ideológicas.

3. aunque haya organizaciones o grupos que se sienten facultados a ocuparse de los sin morada fija, es oportuno volver a entregar las respectivas responsabilidades a las autoridades civiles, centrales y locales.

4. Se fomenten trabajo y viviendas, incluso en la perspectiva de los derechos fundamentales. Entre ellos, hay que insertar también el de la salud, no sólo en el sentido de ausencia de patologías, sino como posibilidad de acceso al bienestar existencial.

5. Por lo tanto es oportuno que en cada acción pastoral para los sin techo - como la acogida, el trabajo, la atención psicológica, el acompañamiento educativo, etc. - se asuman, dentro de lo posible, los limites humanos, con el fin de evitar el fracaso. Ello significa que hay que tener unos objetivos realistas y realizables.

6. Hablando de personas que viven sin morada fija, que se desarrollen nuevas y respetuosas expresiones lingüísticas para denominarles.

7. Sin juzgar a las personas, las actividades de servicio tengan como blanco la promoción de la calidad de la vida y soluciones a largo plazo, ofrecidas de manera respetuosa tomando en consideración la Doctrina social de la Iglesia sobre la dignidad de la persona humana. Además, que esas intervenciones aspiren a la trasformación total.

Para la Iglesia

8. El compromiso eclesial a favor de los sin techo se base en la verdad fundamental de que en ellos se hace presente Cristo que sufre y ha resucitado. Siguiendo el ejemplo de Cristo, es necesario escucharles, darles confianza y crear relaciones. Para lograrlo, la Iglesia tiene que salir a su encuentro en la calle, con una implicación positiva.

9. De cara a ofrecer un mejor servicio a los sin techo, es necesario fomentar la colaboración entre instituciones eclesiales, poniendo fin a la tendencia de actuar a solas, a veces con espíritu de competición. Se alienta a una adecuada cooperación con las Autoridades civiles, con otras denominaciones religiosas y con Instituciones no confesionales que comparten las mismas preocupaciones y los mismos objetivos. Que se anime también las iniciativas ecuménicas.

10. Las personas sin techo han de ser estimulados a participar, en la medida de lo posible, en la vida social y eclesial. Que en los programas destinados a ellos se tengan en cuenta sus respectivas experiencias, convicciones, culturas y necesidades, implicando a las mismas personas en su tarea de recuperación y evitando crear dependencias.

11. Que las personas sean tratadas como seres únicos, reconociendo en ellas la imagen y la semejanza de Dios, y que se les llame a cada uno por su nombre.

12. A pesar de las dificultades en los contextos donde se opera, parece oportuno recorrer con convicción los itinerarios de la justicia, afirmando la especificidad de la misión de la Iglesia.

13. Por lo tanto, es necesario y oportuno conocer esta realidad tanto a través del estudio como a través de la acogida, como resultado de la relación. Los pobres forman parte de la comunidad eclesial y como pobres tienen que ser acogidos de la misma manera que se acoge a las familias en dificultad, a las viudas, etc. Cada persona tiene su historia y problemas específicos que hay que conocer y afrontar. Los sin techo tienen que ser considerados portadores de derechos y no considerados sólo como un listado de necesidades por satisfacer.

14. Se les ha de dar la posibilidad de poder expresarse en la Iglesia y en los acontecimientos públicos. Ello puede realizarse también en la dimensión típica del teatro o de los demás medios de comunicación.

15. Los estudiantes también han de participar, en los distintos niveles de formación, para que aprendan lo que hay debajo de la situación de los sin techo y puedan ayudar según su nivel.

16. Que en las parroquias se fomenten las buenas relaciones familiares y comunitarias, de tal manera que se puedan individuar las necesidades locales emergentes y se pueda realizar una acción preventiva, que frene la aparición del fenómeno de los sin techo.

17. Hay que utilizar los Documentos eclesiales como un recurso para ofrecer un ministerio eficaz.

18. Se pongan a disposición adecuadas medidas de financiación que permitan a los laicos ofrecer su propia contribución a la pastoral de las personas sin techo.

Para las Conferencias Episcopales y las correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales Católicas

19. Que las Conferencias Episcopales y las correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales Católicas hagan obra de advocacy en favor de los derechos a la casa y al desarrollo, en el espíritu de la Populorum Progressio. Una buena actividad de asesoramiento nace de informaciones fiables. Los Obispos locales pueden entrar en conocimiento del tema en cuestión mediante las propias asociaciones y otras que actúan en sus diócesis/eparquías.

20. Un camino de fuerte compromiso implica la intervención de las Conferencias Episcopales y de las correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales Católicas, el auxilio de la Santa Sede, la iluminación del Magisterio pontificio.

21. En ese marco, las Conferencias Episcopales y correspondientes Estructuras Jerárquicas de las Iglesias Orientales Católicas propongan orientaciones sobre las obras de financiación, a fin de sustentar las actividades especificas en apoyo de las personas sin techo, proyectar un futuro distinto, ayudar a todos aquellos que trabajan por los pobres (a menudo también ellos en condiciones de pobreza).

22. La Sagrada Liturgia podría expresar esa solicitud a través de signos litúrgicos que manifiesten el lugar central de los pobres en el corazón de Dios. Una jornada de oración para remediar las pobrezas extremas (tal vez el 17 de octubre, jornada mundial contra la pobreza), podría contribuir en ese sentido.

Para las diócesis/eparquías

23. Los bienes eclesiales no utilizados (edificios) podrían ponerse a disposición como viviendas económicas y residencias. Las diócesis/eparquías consideren la oportunidad de disponer de un proyecto para las viviendas de los sin techo como signo concreto de este primer Encuentro Internacional, si todavía no lo han hecho.

24. Los Seminaristas, religiosos, agentes pastorales reciban elementos de formación sobre la Doctrina social de la Iglesia y sobre la pastoral de los pobres y de los marginados.

25. Se alimente una mayor presencia del Diaconado permanente en el servicio a los pobres y a los sin techo.

26. Que se estimule una mejor interrelación en las actividades de los religiosos y de las religiosas y de las asociaciones que cuentan con amplia tradición en el marco de los servicios sociales.

Para las parroquias y las comunidades

27. Las parroquias sean "comunidades de acogida". Se favorezca la constitución de "comités sociales" para promover e individuar las obras de misericordia corporal.

28. Las homilías y formas de catequesis han de prestar atención a las desventuras de los sin techo y a las consiguientes respuestas cristianas.

29. Para ser una comunidad cristiana de acogida, se debe dejar a un lado los perjuicios, y llevar a cabo una labor de reconocimiento. En ese sentido, no existen pobres que sean prerrogativa exclusiva de la acción de uno en particular. En todo caso, siempre es la comunidad la que tiene que hacerse cargo de ello, aún cuando se trate de una acción de restitución de la responsabilidad. En un determinado territorio, una comunidad es acogedora cuando es capaz de individuar la necesidad y de ofrecer repuestas flexibles, que se alejen de la "burocratización". Por lo tanto las comunidades eclesiales deben asumir el riesgo de vivir una caridad profética.

30. Es conveniente que dentro de las comunidades eclesiales se reconozca la presencia de habilidades que se puedan poner a disposición. Que se acompañe esas capacidades con propuestas formativas capaces de ofrecer elementos útiles para la comprensión de la realidad.

31. De hecho, en las parroquias es posible promover "obras que sean signos", para afirmar profecía, interés y compromiso de las comunidades cristianas hacia los sin techo. A nivel local, especialmente, es oportuno percibir las señales del sufrimiento y antes aún los de la estrechez, que puede prevenirse si se da un amplio espacio a la escucha de todo lo que la persona está pasando y experimentando.

32. Que todas las parroquias y los demás grupos eclesiales acepten el mandato evangélico de acoger a los extranjeros y, entre ellos, de cuidar de la mejor manera al indigente y al que no tiene un techo. Los sacerdotes y los directores espirituales tienen que estar siempre disponibles respecto a los sin techo, sobretodo en las situaciones críticas de su vida y en las ocasiones de luto.

33. La comunidad local, la Iglesia, el pueblo de Dios, están llamados también a creer en el futuro de las personas sin techo. Esto se puede realizar a través de la constante comunicación, en las medidas y en los tiempos oportunos. Toda ocasión destinada a "dar voz al que no tiene voz" (ver las experiencias de los llamados diarios de la calle) es una posibilidad capaz de cambiar la percepción que las personas sin techo tienen de sí mismos, y también la consideración y la comprensión de la sociedad con respecto a ellos. Todo esto es un paso hacia el incremento de la confianza en sí mismos y en la vida.

Para el Consejo Pontificio

34. Que el Consejo Pontificio de la Pastoral para los Emigrantes e Itinerantes, con la ayuda de los participantes, redacte un listado de las organizaciones que actúan con los sin techo, para facilitar el intercambio de "modelos" y simplificar la comunicación y la coordinación.

35. El Consejo Pontificio dedique también una semana cada año a la sensibilización sobre las necesidades pastorales de las personas sin techo, tal vez en concomitancia con las jornadas internacionales que se les dedican.

36. El presente Encuentro no tendría que ser el primero ni tampoco el último; es importante que haya una continuación.

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[Traducción distribuida por el Consejo Pontificio de la Pastoral para los Inmigrantes e Itinerantes]

Mensajes del mes de febrero de María Reina de la Paz en Medjugorje

Mensaje del 25 de febrero de 2008 dado por medio de Marija

¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito nuevamente a la oración y a la renuncia. Que su día esté hilvanado de pequeñas y fervientes oraciones por todos aquellos que no han conocido el amor de Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Mensaje del 2 de febrero de 2008 dado por medio de Mirjana

¡Queridos hijos! Estoy con ustedes. Como Madre los reúno porque deseo borrar de sus corazones lo que ahora veo. Acepten el amor de mi Hijo y eliminen del corazón el miedo, el dolor, el sufrimiento y la desilusión. Los he elegido especialmente para que sean la luz del amor de mi Hijo. Gracias.


www.MensajerosdelaR einadelaPaz. org

Enfrenta nuestra mortalidad / Autor: Henri Nouwen

Todos tenemos sueños acerca de la vida ideal: una vida sin dolor, tristeza, conflicto o guerra. El reto es espiritual. En medio de nuestras muchas luchas tenemos el derecho a hacer guiños a la experiencia de esta vida perfecta. Al abrazar la realidad de nuestra vida mortal, podemos ponernos en contacto con la vida eterna
que se ha sembrado.

El apóstol Pablo expresa esto poderosamente cuando escribe:

"Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.
Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida."
(2 Corintios 4:8-12).

Sólo haciendo frente a nuestra mortalidad podemos entrar en contacto con la vida que trasciende la muerte. Nuestras imperfecciones han abierto para nosotros
la visión de la vida perfecta que Dios a través de Jesús nos ha prometido.

Anuncian canonización de Narcisa de Jesús y tres beatos más

lunes, 25 de febrero de 2008

P. Daniel Ange: «Escuelas de Evangelización», «escuelas de divinización»; según uno de sus fundadores / Autor: Robert Cheaib

Intervención del iniciador de «Jeunesse Lumière» en un encuentro con jóvenes en Florencia

FLORENCIA, lunes, 25 febrero 2008 (ZENIT.org).- El Espíritu Santo es «el iconógrafo» que restaura el icono, la imagen de Dios en el hombre, explica el padre Daniel Ange.

En una jornada de formación para jóvenes, celebrada el 17 de febrero pasado en Florencia, y organizada por «Centinelas de la Mañana de Pascua», el padre Ange, fundador de la escuela de Evangelización «Jeunesse Lumière», propuso una reflexión titulada «Los santos del año 2000, ¿por qué no despertarlos?».

Hablando de la Iglesia como terreno para crecer en santidad, el sacerdote recordó que la Iglesia está hecha de «tres continentes diversos pero relacionados entre sí: la Iglesia en la tierra, en el purgatorio y en el cielo».

El padre Ange explicó que «la Iglesia de la tierra es el lugar de Pentecostés donde el Espíritu fabrica a los santos», «el purgatorio es la Iglesia de la cuaresma, de la última purificación»; y por último «la Iglesia del cielo es la Iglesia de la Pascua eterna».

«La Iglesia en la tierra está en la noche, pero su cielo está constelado de estrellas que son los santos --añadió--. El purgatorio no es ya la noche sino la aurora. Y el cielo es el sol de mediodía de Jesús resucitado».

Considerando a la Iglesia en su misterio añadió: «La Iglesia no tiene inicio ni fin porque la Iglesia prototipo es la santa Trinidad que existe desde siempre, y será la Jerusalén del cielo. La Iglesia es eterna sin inicio ni fin».

Pasando a hablar de los santos, afirmó que «los santos son las estrellas que iluminan la noche de la tierra mostrándonos nuestro futuro, el lugar hacia el que vamos, y que apuntan hacia el Oriente, el lugar donde se eleva el Sol».

«Los santos están en la eterna juventud de Jesús»
y «no son ya hombres y mujeres de ayer, sino al contrario son siempre hombres y mujeres del mañana, del porvenir evangélico de la Iglesia».

«Los santos son la realización de la belleza que Dios ha soñado para Adán y Eva, porque Dios ha creado al hombre y la mujer para transfigurarse en la belleza de los Tres», añadió.

«Tras el terremoto del pecado, Jesús ha venido para derramar su sangre para restituirnos toda la gloria de Dios, y los santos nos dan la prueba de que la obra de Jesús no ha sido un fracaso», «que la sangre de Jesús ha producido su fruto», afirmó.

«Un santo es un rostro de Jesús. Y todos los santos juntos forman el único inmenso rostro de Jesús».

Pero, al mismo tiempo, «cada santo es una obra maestra del Espíritu Santo --añadió--, el cual es como un iconógrafo que viene a restaurar el icono viviente de Jesús en nosotros».

Recordando el ejemplo de Juan Pablo II, el padre Daniel Ange recordó la invitación incesante que el pontífice dirigía a los jóvenes a ser «los santos del tercer milenio», y recordó que «las gracias de santidad son donadas sólo a una Iglesia de oración».

«Nosotros somos ya santos y todo el problema es el de llegar a ser lo que ya soy. Toda nuestra vida nos es donada para esto: desarrollar nuestro código genético bautismal», explicó.

«Cuando Jesús dice que sólo los niños entran en el reino de los cielos, quiere decir que toda mi vida es un crecimiento hacia mi nueva infancia, mi infancia eterna --añadió--. Dios se ha hecho un niño pequeño para donarme su infancia».

«¿Y cómo se ha hecho niño? --se preguntó--, ¡en el seno de María! Por tanto también yo, elijo crecer en la infancia divina allí donde Dios mismo creció en su vida humana», y «recibo la vida divina donde Jesús mismo recibió la vida humana», dijo destacando la importancia de María en el camino hacia la santidad.

Hablando por último de las Escuelas de Evangelización, explicó que en el fondo son «escuelas de divinización» porque la vida fraterna «es un camino extraordinario de santidad, porque se aprende la mirada profética de unos sobre otros, porque se estrecha un pacto de confianza recíproca, porque soy celoso de la santidad de los hermanos, porque no se va al cielo solos sino todos juntos».

Daniel Ange fundó en 1984 «Jeunesse Lumière», la primera escuela católica internacional de oración y evangelización en Europa (junto a la Comunidad del Emmanuel en Paray Le Monial). La escuela fue reconocida canónicamente por el arzobispo de Albi, como asociación privada de fieles en 1994. Ha sido además reconocida ‘de facto' por el Consejo Pontificio para los Laicos.

«Los Centinelas de la Mañana de Pascua» son un grupo de jóvenes, con diversos estados de vida, nacido tras el llamamiento de Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Juventud de Roma, en 2000, en la que invitaba a los jóvenes a ser los primeros testigos hacia los propios coetáneos, los «centinelas de la mañana» en el nuevo milenio que estaba comenzando.

El grupo tiene una estrecha relación con «Jeunesse Lumière» y nació tras la participación durante tres años de un joven, Gianni Castorani, hoy seminarista, en tal escuela. A su regreso a Italia, Gianni contó la propia experiencia al cardenal Ennio Antonelli que lo animó a poner en marcha una experiencia similar en Florencia. Así se formó un núcleo de chicos y chicas que se mostraron disponibles al Señor y a la diócesis para hacerse evangelizadores de sus coetáneos, con el objetivo también de estimular el renacimiento de una nueva sensibilidad misionera entre los jóvenes de la Iglesia de Florencia.

El 1 de noviembre de 2005, en la solemnidad de Todos los Santos, 15 jóvenes confirmaron esta disponibilidad en las manos del cardenal Antonelli con promesas temporales de pobreza con alegría, castidad con alegría y obediencia con alegría, según las exigencias de la común vocación cristiana. Un año después, 18 jóvenes renovaron o emitieron por primera vez las mismas promesas.

[Más información en los siguientes enlaces: http://www.sentinelledipasqua.it/ y http://www.scuoladievangelizzazione.it/]

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Traducido del italiano por Nieves San Martín

Grandeza oculta / Autor: Henri Nouwen

Hay mucho énfasis en la notoriedad y la fama en nuestra sociedad. Nuestros periódicos y la televisión nos insisten dando el el mensaje:
Hoy lo que cuenta es lo que se conoce, lo alabado, lo admirado y, si usted es un escritor, un actor, un músico, o un político....

Aún así, la grandeza real es a menudo oculta, humilde, sencilla, y discreta. No es fácil confiar en nosotros mismos y en nuestras acciones sin afirmación pública. Debemos tener fuerte la confianza en sí mismo combinada con una profunda humildad. Algunas de las mayores obras de arte y las obras más importantes de la paz fueron creadas por personas que no tenían necesidad de ser el centro de atención. Ellos sabían que lo que estaban haciendo era su llamada y lo ejecutaban con gran paciencia, perseverancia y amor.

¿Quién es ése llamado Satanás?

La Dura Realidad: El Aborto




Dí sí a la vida: "Soy cuestión de tiempo"

Testimonio del P. Carlos Arturo Cancelado Velasco

Dios escribe derecho aun sobre lineas torcidas
El Padre Padre Carlos Arturo Cancelado Velasco tuvo una niñez llena de mucho dolor y sufrimiento ,y en su vida sufrió muchas injusticias aun de parte de miembros de la iglesia pero Dios se sirvió incluso de estos acontecimientos para mostrarle el misterio maravilloso de su amor.

El padre Cancelado creció incubando dentro de si un gran rencor y odio ante las circunstancias que le había tocado vivir y este rencor se reflejaba en su actitud frente a Dios , pero Dios no se cansaba de mostrarle el camino , y a pesar de sus negaciones , Dios nunca lo abandonó y esperaba el momento en el que Cancelado pudiera abrirle su corazón y rendirse a su amor misericordioso. Véanlo ustedes mismos este extraordinario testimonio de como Dios no deja de perseguir y buscar a sus hijos.


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Homenaje al Padre Emiliano Tardif

La causa de canonización del Padre Emiliano Tardif iniciará advirtió S.E. el Cardenal Nicolas de Jesús Lopez primado de America. Estas imagenes fueron grabadas en República Dominicana.

Testimonio del Padre Andrés Mendoza

El llamado


Oferta del Mundo


Mi Papa


Soy Feliz


Mi Novia

Centro de Orientación para la vocación contemplativa: empieza a discernir tu llamada desde casa

Los primeros contactos se realizan por internet

Esta iniciativa partió de las comunidades de vida contemplativa de León con el apoyo y bajo la dirección del obispo de la diócesis D. Julián López..


El objetivo era crear un Centro para orientar, acompañar y ayudar a discernir a las jóvenes con inquietudes vocacionales hacia la vida contemplativa.

Dejando de lado intereses personales, esta iniciativa intercongregacional pretende ofrecer un servicio eclesial donde las jóvenes puedan conocer y experimentar nuestros diferentes carismas contemplativos: Agustinas Recoletas, Benedictinas, Carmelitas Descalzas, Cistercienses, Clarisas, Concepcionistas y Jerónimas.

Mediante el correo electrónico y un “blog” creado, las interesadas inician un primer diálogo desde sus lugares de residencia y trabajo sin ningún tipo de compromiso y totalmente confidencial. Posteriormente, y si lo desean, pueden tener un contacto personal con el Centro.

En este sentido tenemos previsto la posibilidad de convivir durante un tiempo con nosotras el ritmo comunitario de oración y trabajo en el que se les da la oportunidad de una mayor profundización y conocimiento de aquellos valores que desean desarrollar: la oración, el silencio, la adoración, alabanza, la vida comunitaria...

Otra actividad importante del Centro es la organización de cursos para formarnos en este campo del acompañamiento.

Creemos que esta iniciativa puede contribuir a dar cauce a las llamadas que Dios sigue haciendo a nuestros jóvenes

Muchas gracias a todos los que nos apoyáis con la oración y la difusión de esta iniciativa.

Correo electrónico: vocacioncontemplativaleon@gmail.com
“Blog”: http://vocacioncontemplativa.blogspot.com/

Pam Stenzel: El Sexo Tiene Precio

viernes, 22 de febrero de 2008

El amor de Dios corre como rios de Agua Viva por la la Comunidad El Arca de Jean Vanier

Pensamientos de Jean Vanier



Breve historia de El Arca


Testimonio de Sandra - Acodiga en El Arca de Argentina


La vida en el hogar - 2007


El Taller - El Arca Argentina


Testimonio del asistente Juan Tobón acerca de su experiencia en El Arca de argentina


El martes 17 de julio de 2007 el Arca de argentina le dio la bienvenida a Gael, un nuevo asistente, llegado voluntariamente desde Francia, de la primera comunidad de El Arca


El Arca Argentina - Visita con Osvaldo a la radio - Parte 1


El Arca Argentina - Visita con Osvaldo a la radio - Parte 2


El Arca en Santo Domingo


"El Taller" en El Arca


N u n c a

Sacramentum Caritatis

Fuí un "Católico Light"... hasta que murió mi hija

A rezar se aprende

"Jesús comenzó a predicar" / Autor: Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.

I Meditación de Cuaresma al Papa y a la Curia del padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.,

«Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hebreos, 4, 12) es el tema de las meditaciones que siguen esta Cuaresma Benedicto XVI y sus colaboradores de la Curia por el predicador de la Casa Pontifica --el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap.-. La primera de ellas, este viernes, ha tenido por título «Jesús comenzó a predicar - La Palabra de Dios en la vida de Cristo». Ofrecemos íntegramente su contenido.


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Cuaresma 2008 en la Casa Pontificia

Primera Predicación

"JESÚS COMENZÓ A PREDICAR"

La Palabra de Dios en la vida de Cristo


A la vista del Sínodo de los obispos del próximo octubre, he pensado dedicar la predicación cuaresmal de este año al tema de la Palabra de Dios. Meditaremos sucesivamente sobre el anuncio del evangelio en la vida de Cristo, esto es, sobre el Jesús «que predica», sobre el anuncio en la misión de la Iglesia, o sea, sobre el Cristo «predicado», sobre la Palabra de Dios como medio de santificación personal, la lectio divina, y sobre la relación entre el Espíritu y la Palabra, en la práctica, la lectura espiritual de la Biblia.

Empezamos esta predicación el día en que la Iglesia celebra la festividad de la Cátedra de san Pedro, y esto no carece de significado en nuestro tema. Nos ofrece ante todo la ocasión de rendir el homenaje de nuestro afecto y devoción a quien ocupa hoy la sede petrina, el Santo Padre Benedicto XVI. Nos recuerda también aquello que el propio apóstol Pedro escribe en su Segunda Carta, esto es, que «ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia» (2 P 1,20) y que por ello toda interpretación de la Palabra de Dios debe conmensurarse con la tradición viva de la Iglesia, cuya interpretación auténtica está confiada al magisterio apostólico y, de manera singular, al magisterio petrino.

Es bello, en una circunstancia como ésta y en el contexto del actual diálogo ecuménico, recordar un conocido texto de san Ireneo: «Dado que sería demasiado extenso enumerar las sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia grandísima y antiquísima y de todos conocida, la Iglesia fundada y establecida en Roma por los gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo... Con esta Iglesia, en razón de su origen más excelente (propter potentiorem principalitatem), debe necesariamente estar de acuerdo toda Iglesia, esto es, los fieles que proceden de toda parte -aquella en la que para todos los hombres siempre se ha conservado la Tradición que viene de los apóstoles» [1].

Con este espíritu, no sin temor y temblor, me preparo a presentar mis reflexiones sobre el tema vital de la Palabra de Dios, en presencia del sucesor de Pedro, obispo de la Iglesia de Roma.

1. La predicación en la vida de Jesús

Después del relato el bautismo de Jesús, el evangelista Marcos prosigue su narración diciendo: «Marchó Jesús a Galilea y proclamaba el Evangelio de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertios y creed en el Evangelio"» (Mc 1, 14 s.). Mateo escribe más brevemente: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: "Convertios, porque el Reino de los Cielos ha llegado"» (Mt 4, 17). Con estas palabras empieza el «Evangelio», entendido como la buena noticia «de» Jesús -esto es, traída por Jesús y de la que Él es el sujeto--, diferente de la buena noticia «sobre» Jesús de la sucesiva predicación apostólica, en la que Jesús es el objeto.

Se trata de un evento que ocupa un lugar bien preciso en el tiempo y en el espacio: sucede «en Galilea», «después de que Juan fue arrestado». El verbo empleado por los evangelistas, «comenzó a predicar», pone fuertemente de relieve que se trata de un «inicio», de algo nuevo no sólo en la vida de Jesús, sino en la historia misma de la salvación. La Carta a los Hebreos expresa así la novedad: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1,1-2). Comienza un tiempo particular de salvación, un kairos nuevo, que se extiende durante cerca de dos años y medio (desde el otoño del año 27 hasta la primavera del año 30 d.C.).

Jesús atribuía a esta actividad suya tal importancia como para decir que había sido enviado por el Padre y consagrado con la unción del Espíritu precisamente para esto, o sea, «para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18). En una ocasión, cuando algunos querían entretenerle, pide a los apóstoles partir, diciéndoles: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique, pues para eso he venido» (Mc 1,38).

La predicación forma parte de los llamados «misterios de la vida de Cristo» y es como tal que a él nos acercamos. Con la palabra «misterio» se entiende, en este contexto, un evento de la vida de Jesús portador de un significado salvífico que como tal se celebra por la Iglesia en su liturgia [2]. Si no existe una fiesta litúrgica específica de la predicación de Jesús es porque ésta se recuerda en cada liturgia de la Iglesia. La «liturgia de la Palabra» en la Misa no es sino la actualización litúrgica del Jesús que predica. Un texto del Concilio Vaticano II dice: Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla» [3].

Igual que, en la historia, después de haber predicado el Reino de Dios, Jesús fue a Jerusalén a ofrecerse en sacrificio al Padre, en la liturgia, después de haber proclamado nuevamente su palabra, Jesús renueva el ofrecimiento de sí al Padre a través de la acción eucarística. Cuando al final del prefacio decimos: «Bendito el que viene en nombre del Señor: Hosanna en lo alto del Cielo», nos trasladamos idealmente a ese momento en que Jesús entra en Jerusalén para celebrar allí su Pascua; es donde termina el tiempo de la predicación y comienza el tiempo de la pasión.

La predicación de Jesús es por lo tanto un «misterio» porque no contiene sólo la revelación de una doctrina, sino que explica el misterio mismo de la persona de Cristo; es esencial para entender tanto el precedente -el misterio de la encarnación- como el siguiente: el misterio pascual. Sin la palabra de Jesús, serían eventos mudos. Feliz intuición la de Juan Pablo II cuando introdujo la predicación del Reino entre los «misterios luminosos» que añadió a los gozosos, dolorosos y gloriosos del Rosario, junto al bautismo de Jesús, las bodas de Caná, la transfiguración y la institución de la Eucaristía.

2. La predicación de Cristo continúa en la Iglesia

El autor de la epístola a los Hebreos escribía bastante tiempo después de la muerte de Jesús, por lo tanto mucho después de que Él hubiera dejado de hablar; sin embargo dice que Dios nos ha hablado por medio del Hijo «en estos últimos tiempos». Así que considera los días en que vive como parte de los «días de Jesús». Por eso, un poco más adelante, citando la palabra del Salmo «Si oís hoy su voz no endurezcáis vuestros corazones», la aplica a los cristianos diciendo: «¡Mirad hermanos! Que no haya en ninguno de vosotros un corazón maleado por la incredulidad que le haga apostatar de Dios vivo; antes bien exhortaos mutuamente cada día mientras dure este hoy» (Hb 3, 7s.).

Dios habla, por lo tanto, también hoy en la Iglesia, y habla «por medio del Hijo». «Dios -se lee en la Dei Verbum--, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente» [4].

¿Pero cómo y dónde podemos oír esta «voz suya»? La revelación divina está cerrada; en cierto sentido, ya no hay más palabras de Dios. Más he aquí que descubrimos otra afinidad entre Palabra y Eucaristía. La Eucaristía está presente en toda la historia de la salvación: en el Antiguo Testamento, como figura (el cordero pascual, el sacrificio de Melquisedec, el maná), en el Nuevo Testamento, como evento (la muerte y resurrección de Cristo), en la Iglesia, como sacramento (la Misa).

El sacrificio de Cristo está consumado y concluido en la cruz; en cierto sentido, por lo tanto, ya no hay más sacrificios de Cristo; con todo, sabemos que existe todavía un sacrificio y es el único sacrificio de la Cruz que se hace presente y operante en el sacrificio eucarístico; el evento continúa en el sacramento, la historia en la liturgia. Algo análogo sucede con la palabra de Cristo: ha cesado de existir como evento, pero existe aún como sacramento.

En la Biblia, la palabra de Dios (dabar), especialmente en la forma particular que asume en los profetas, constituye siempre un aconteciendo; es una palabra-evento, o sea, una palabra que crea una situación que lleva a cabo siempre algo nuevo en la historia. La repetida expresión: «la palabra de Yahveh se dirigió a...», podría traducirse por: «la palabra de Yahveh asumió forma concreta en...» (en Ezequiel, en Ageo, en Zacarías, etcétera).

Este tipo de palabra-evento se prolonga hasta Juan bautista; en Lucas, de hecho, leemos: «En el año quince del imperio de Tiberio César..., la palabra de Dios fue dirigida a (factum est verbum Domini super) Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3, 1 ss.). Después de este momento, tal fórmula desaparece por completo de la Biblia y en su lugar surge otra: ya no «Factum est verbum Domini», sino: «Verbum caro fac­tum est»: la Palabra se hizo carne (Jn 1, 14). ¡El evento ahora es una persona! Jamás se encuentra la frase: «la palabra de Dios se dirigió a Jesús», porque Él es la Palabra. A las realizaciones provisionales de la palabra de Dios en los profetas, sucede ahora la realización plena y definitiva.

Dándonos al Hijo -escribe san Juan de la Cruz-- Dios nos ha dicho todo de una sola vez y ya no tiene más que revelar. Dios se ha hecho, en cierto sentido, mudo, al no tener más que decir [5]. Pero hay que entenderlo bien: Dios calla en cuanto que no dice cosas nuevas respecto de las que dijo Jesús, no en el sentido de que ya no habla más; ¡Él dice siempre de nuevo lo que dijo una vez en Jesús!

3. La palabra sacramento que se oye

Ya no hay más palabras-evento en la Iglesia, pero hay palabras-sacramento. Las palabras-sacramento son las palabras de Dios «sucedidas» una vez para siempre y recogidas en la Biblia, que vuelven a ser «realidad activa» cada vez que la Iglesia las proclama con autoridad y el Espíritu que las ha inspirado vuelve a encenderlas en el corazón de quien las escucha. «Él recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros», dice Jesús del Espíritu Santo (Jn 16,14).

Cuando se habla de la Palabra como «sacramento», se toma este término no en el sentido técnico y restringido de los «siete sacramentos», sino en el sentido más amplio por el que se habla de Cristo como el «primordial sacramento del Padre» y de la Iglesia como del «sacramento universal de salvación» [6]. Teniendo presente la definición que san Agustín da del sacramento como «una palabra que se ve» (verbum visibile) [7], se suele definir, por contraste, la palabra como «un sacramento que se oye» (sacramentum audibile).

En cada sacramento se distingue un signo visible y la realidad invisible que es la gracia. La palabra que leemos en la Biblia, en sí misma, no es más que un signo material (como el agua y el pan), un conjunto de sílabas muertas o, como mucho, una palabra del vocabulario humano como las demás; pero cuando interviene la fe y la iluminación del Espíritu Santo, a través de este signo entramos misteriosamente en contacto con la viva verdad y voluntad de Dios y oímos la voz misma de Cristo.

«El cuerpo de Cristo -escribe Bossuet-- no está más realmente presente en el adorable sacramento de cuanto la verdad de Cristo lo está en la predicación evangélica. En el misterio de la Eucaristía las especies que veis son signos, pero lo que en ellas se encierra es el mismo cuerpo de Cristo; en la Escritura, las palabras que oís son signos, pero el pensamiento que os dan es la verdad misma del Hijo de Dios».

La sacramentalidad de la palabra de Dios se revela en el hecho de que a veces aquella actúa manifiestamente más allá de la comprensión de la persona, que puede ser limitada e imperfecta; obra casi por sí misma, ex opere operato, como se dice en teología.

Cuando el profeta Eliseo dijo a Naamán el sirio, quien había ido a verle para que le curara de la lepra, que se lavara siete veces en el Jordán, le respondió indignado. «¿Acaso el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, no son mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría bañarme en ellos para quedar limpio?» (2 R 5, 12). Naamán tenía razón: los ríos de Siria eran, sin duda, mejores y más caudalosos; sin embargo, se curó bañándose en el Jordán y su carne quedó como la de un niño, cosa que jamás habría ocurrido si se hubiera bañado en los grandes ríos de su país.

Así es la palabra de Dios contenida en las Escrituras. Entre la gente y también en la Iglesia ha habido y habrá libros mejores que algunos libros de la Biblia, más refinados literariamente y más edificantes religiosamente (piénsese en La imitación de Cristo), pero ninguno de ellos obra como lo hace el más modesto de los libros inspirados. Existe, en las palabras de la Escritura, algo que actúa más allá de toda explicación humana; hay una desproporción evidente entre el signo y la realidad que produce, cosa que permite pensar, precisamente, en la eficacia de los sacramentos.

Las «aguas de Israel», que son las Escrituras divinamente inspiradas, continúan hoy curando de la lepra de los pecados; al terminar de leer el pasaje del evangelio de la Misa, la Iglesia invita al ministro a besar el libro y a decir: «Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados» (per evangelica dicta deleantur nostra delicta). El poder sanador de la palabra de Dios se atestigua en la propia Escritura: «No los curó hierba ni emoliente alguno -se dice de Israel en el desierto--, sino tu palabra, Señor, que todo lo sana» (Sb 16,12).

La experiencia lo confirma. Oí a una persona dar el siguiente testimonio en un programa de televisión en el que participé. Se trataba de un alcohólico en fase avanzada; no aguantaba más de dos horas sin beber; la familia estaba al borde de la desesperación. Le invitaron con su esposa a un encuentro sobre la palabra de Dios. Allí alguien leyó un pasaje de la Escritura. Una frase le atravesó como una llamarada de fuego y sintió que se había sanado. Después, cada vez que le tentaba la bebida, corría a abrir la Biblia en aquel punto y sólo con releer las palabras sentía que le volvía la fortaleza, ahora que estaba del todo recuperado. Cuando quiso decir cuál era la frase, se le quebró la voz de la emoción. Era la palabra del Cantar de los cantares: «Mejor son que el vino tus amores» (Ct 1,2). Estas sencillas palabras, aparentemente ajenas a su situación, habían realizado el milagro. Un episodio similar se lee en El peregrino ruso. Pero el más célebre es el de Agustín. Al leer las palabras de Pablo a los Romanos (13, 11 ss.): «Despojémonos de las obras de las tinieblas... Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de lujurias y desenfrenos», sintió una «luz de serenidad» que le asaltaba el corazón y comprendió que se había curado de la esclavitud de la carne [8].

4. La liturgia de la palabra

Hay un ámbito y un momento en la vida de la Iglesia donde Jesús habla hoy de la manera más solemne y más segura, y es la liturgia de la palabra en la Misa. En los inicios de la Iglesia la liturgia de la palabra estaba separada de la liturgia eucarística. Los discípulos -refieren los Hechos de los Apóstoles-- «acudían al templo todos los días» (Hch 2, 43); allí escuchaban la lectura de la Biblia, recitaban los salmos y las oraciones junto a los demás judíos; realizaban lo que se hace en la liturgia de la palabra; luego se reunían aparte, en sus casas, para «partir el pan», o sea, para celebrar la Eucaristía (Hch 2, 43)

Pronto esta praxis se hizo imposible tanto por la hostilidad respecto a ellos, por parte de la comunidad judía, como porque las Escrituras ya habían adquirido para ellos un sentido nuevo, del todo orientado a Cristo. Fue así como también la escucha de la Escritura se trasladó del templo y de la sinagoga a los lugares de culto cristianos, transformándose en la actual liturgia de la palabra que precede a la oración eucarística.

San Justino, en el siglo II, hace una descripción de la celebración eucarística en la que ya están presentes todos los elementos esenciales de la futura Misa. No sólo la liturgia de la palabra es parte integrante de ella, sino que a las lecturas del Antiguo Testamento se han sumado las que el santo llama «las memorias de los apóstoles», o bien los evangelios y las cartas, en la práctica el Nuevo Testamento.

Escuchadas en la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren un sentido nuevo y más fuerte que cuando se leen en otros contextos. No tienen tanto el objetivo de conocer mejor la Biblia, como cuando ésta se lee en casa o en una escuela bíblica, cuanto el de reconocer a quién se hace presente al partir el pan, iluminar cada vez un aspecto particular del misterio que se va a recibir. Esto aparece de modo casi programático en el episodio de los dos discípulos de Emaús: fue escuchando la explicación de las Escrituras como su corazón empezó a arder, de manera que fueron capaces de reconocerle después al partir el pan.

Un ejemplo entre muchos: las lecturas del XXIX domingo del tiempo ordinario del ciclo B. La primera lectura es un pasaje del siervo doliente que carga con las iniquidades del pueblo (Is 53, 2-11); la segunda lectura habla de Cristo sumo sacerdote probado en todo como nosotros, excepto en el pecado; el pasaje evangélico habla del Hijo del hombre que ha venido a dar la vida en rescate de muchos. Juntos, estos tres pasajes sacan a la luz un aspecto fundamental del misterio que se va a celebrar y a recibir en la liturgia eucarística.

En la Misa las palabras y los episodios de la Biblia no sólo se narran, sino que se reviven; la memoria se convierte en realidad y presencia. Lo que sucedió «en aquel tiempo», ocurre «en este tiempo», «hoy» (hodie), como ama expresarse la liturgia. No somos sólo oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores en ella. Es a nosotros, ahí presentes, a quienes se dirige la palabra; estamos llamados a ocupar el lugar de los personajes evocados.

También aquí algunos ejemplos ayudan a entender. Se lee, en la primera lectura, el episodio de Dios que habla a Moisés desde la zarza ardiente: nosotros estamos, en Misa, ante la verdadera zarza ardiente... Se lee de Isaías que recibió en los labios la brasa que le purifica para la misión: nosotros vamos a recibir en los labios la verdadera brasa, a aquél que ha venido a traer fuego a la tierra... Ezequiel es invitado a comer el rollo de los oráculos proféticos y nosotros nos preparamos para comer a quien es la palabra misma hecha carne y hecha pan.

La cuestión se aclara más aún si pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento, de la primera lectura al pasaje evangélico. La mujer que sufría hemorragias está segura de curarse sólo con tocar la orla del manto de Jesús: ¿qué decir de nosotros, que estamos a punto de tocar mucho más que el borde de sus vestidos? Una vez escuchaba en el evangelio el episodio de Zaqueo y me impactó su «actualidad». Era yo Zaqueo; se dirigían a mí las palabras: «Hoy debo ir a tu casa»; era de mí de quien se podía decir: «¡Se ha ido a alojar a casa de un pecador!»; y era a mí, después de recibirle en la comunión, a quien Jesús decía: «Hoy la salvación ha entrado en esta casa».

Y así con cada episodio evangélico. ¿Cómo no identificarse en Misa con el paralítico a quien Jesús dice: "Tus pecados te son perdonados" y "Levántate y ve a tu casa", con Simeón que estrecha entre sus brazos al Niño Jesús, con Tomás que toca vacilante sus llagas? En la celebración del día, el evangelio de este viernes de la segunda semana de Cuaresma narra la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 33-45): «Finalmente les envió a su hijo diciendo: "A mi hijo le respetarán"». Recuerdo el efecto de estas palabras sobre mí mientras las oía en una ocasión, más bien distraídamente. Ese mismo Hijo está a punto de entregárseme en la comunión: ¿estaba yo preparado para recibirle con el respeto que el Padre celestial se esperaba?

No sólo los hechos, sino también las palabras del evangelio escuchadas en Misa adquieren un sentido nuevo y más fuerte. Un día de verano estaba celebrando Misa en un pequeño monasterio de clausura. El pasaje evangélico era de Mateo, 12. Jamás olvidará la impresión que me causaron las palabras de Jesús: «Ahora aquí hay algo más que Jonás... Ahora aquí hay algo más que Salomón». Era como si las escuchara en aquel momento por primera vez. Comprendía que esos dos adverbios «ahora» y «aquí» significaban verdaderamente ahora y aquí, o sea, en aquel momento y en aquel lugar, no sólo en el tiempo en que Jesús estaba en la tierra, hace tantos siglos. Desde ese día de verano, tales palabras me son queridas y familiares de forma nueva. Con frecuencia, en Misa, en el momento en que hago la genuflexión y me levanto después de la consagración, me brota repetir, para mis adentros: «¡Ahora aquí hay algo más que Jonás! ¡Ahora aquí hay algo más que Salomón!».

«Vosotros que estáis acostumbrados a tomar parte en los divinos misterios -decía Orígenes a los cristianos de su tiempo--, cuando recibís el cuerpo del Señor lo conserváis con todo cuidado y toda veneración para que ni una partícula caiga al suelo, para que nada ser pierda del don consagrado. Estáis convencidos, justamente, de que es una culpa dejar caer sus fragmentos por descuido. Si por conservar su cuerpo sois tan cautos -y es justo que lo seáis--, sabed que descuidar la palabra de Dios no es culpa menor que descuidar su cuerpo» [9].

Entre las muchas palabras de Dios que oímos cada día en Misa o en la Liturgia de las Horas, hay casi siempre una destinada en particular a nosotros. Por sí sola puede llenar toda nuestra jornada e iluminar nuestra oración. Se trata de no dejarla caer en el vacío. Diversas esculturas y bajorrelieves del antiguo Oriente muestran al escriba en acto de recoger la voz del soberano que dicta o habla; se le ve absolutamente pendiente: piernas cruzadas, tronco erguido, ojos bien abiertos, oído atento. Es la actitud que en Isaías se atribuye al Siervo del Señor: «Cada mañana despierta mi oído para escuchar como los discípulos» (Is 50, 4). Así deberíamos ser nosotros cuando se proclama la palabra de Dios.

Acojamos, por lo tanto, como dirigida a nosotros, la exhortación que se lee en el Prólogo de la Regla de san Benito [10]: «Abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos con oído atento y lleno de estupor la voz divina que cada día se nos dirige y grita: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Sal 94, 8), y también: El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» [v. Ap 2 y 3. Ndt]

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[Traducción del original italiano por Marta Lago]

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[1] S. Ireneo, Adv. Haer. III, 2.

[2] Cf. S. Agostino, Lettere, 55, 1,2.

[3] Sacrosanctum concilium 7.

[4] Dei Verbum, 8.

[5] Cf. S. Giovanni della Croce, Salita al monte Carmelo II, 22, 4-5.

[6] Cf. Lumen Gentium, 48.

[7] S. Agostino, Trattati sul vangelo di Giovanni, 80,3;

[8] S. Agostino, Confessioni, VIII,12.

[9] Origene, In Exod. hom. XIII, 3.

[10] Regole monastiche d'occidente, Qiqajon, Comunità di Bose, 1989, p. 53.


“La palabra que leemos en la Biblia, en sí misma, no es un signo material, pero gracias a la fe y a la iluminación del Espíritu Santo, a través de este signo, entramos misteriosamente en contacto con la verdad viva de Dios y escuchamos la misma voz de Cristo”. (P. Raniero Cantalamessa)

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