«En los campos de plegaria de las sectas sucede algo muy fuerte, una desgracia. Utilizan el nombre de Jesús para torturar a los semejantes. Es abominable. Jesús no vino para encadenarnos, sino para todo lo contrario. Prometen a los familiares que van a echar a los malos espíritus y se llevan el dinero. En Togo, entré en uno con una cámara de televisión. Había más de 200 personas encadenadas, algunas más de ocho años seguidos, e incluso un niño de 9 años que solo tenía epilepsia. ¡Y está encadenado!»

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