viernes, 3 de abril de 2026

P. Roberto Pasolini ante el Papa en la celebración de la Pasión, 3-4-2026: «Llamados a acercarnos con confianza a la cruz del Señor y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás»

* «Jesús no sólo se limitó a escuchar estos cantos, los ha interpretado y los ha vivido intensamente con plena confianza en la voluntad del Padre, hasta el punto de transformar su crucifixión en un acto de salvación. Ese mundo ante el mal sólo conoce dos caminos, rendirse o devolverlo, lo vemos a diario en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan todas nuestras relaciones, el mal sigue circulando porque encuentras a alguien dispuesto a pagarlo y a multiplicarlo. Jesús rompió esta cadena, no imponiéndose con una fuerza superior, sino aceptando lo que le sucedió y reconociendo en ello la recompensa dramática de su pasión, reconociendo la partitura del canto de amor y de servicio que el Padre le había confiado a su vida. No cumplió esta partitura de modo mecánico sino traduciendo las palabras proféticas en gestos concretos, en perdón, en silencio lleno de compasión. Así recorriendo el camino de la cruz aprendió la obediencia más difícil, el del amor por el otro, incluso cuando el otro se presenta como enemigo»

 

Video completo de la transmisión en directo de Vatican News con la homilía del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV, traducida al español

* «Podemos vislumbrar algo sorprendente, una multitud silenciosa de personas que eligen escuchar a una voz diferente. Algunos la reconocen claramente como la voluntad de Dios, otros la oyen como un llamado profundo e indispensable de su propia conciencia. Es una voz que no grita, que no se impone con fuerza, que no promete atajos. Es un canto discreto y persistente que nos invita a amar, a permanecer y a no devolver el daño recibido. Algunos eligen escuchar esta canción. Son hombres y mujeres normales que caminan, a veces, sin siquiera saberlo, por el mismo camino del siervo del Señor. No realizan gestos extraordinarios, simplemente cada día se levantan e intentan que sus vidas sirvan no sólo a ellos sino también a los demás. Soportan cargas que no eligieron, abrazan heridas sin endurecerse, no dejan de buscar el bien incluso cuando parece inútil, no hacen ruido, no ocupan el escenario, pero mantienen abierta la posibilidad de un mundo diferente. Gracias a ellos el mal no tiene la última palabra y la historia no termina en la violencia. Esta multitud de personas atestigua que los cantos de ese siervo en el cual Dios se complace siguen resonando en el corazón humano, esperando sólo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida, incluso cuando esto signifique cargar la cruz»

3 de abril de 2026.- (Camino Católico)   “En una época como la nuestra, tan lacerada por el odio y la violencia, donde incluso el nombre de Dios se invoca para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros, los cristianos, estamos llamados a acercarnos sin miedo, más bien con plena confianza a la Cruz del Señor, sabiendo que ella es un trono en el que podemos sentarnos y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás”. Es lo que ha subrayado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia en su homilía esta tarde, 3 de abril, en la celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo, presidida por León XIV en la basílica de San Pedro, reflexionando sobre cómo Jesús encarnó la figura del «Siervo del Señor» cantada por el profeta Isaías, introduciendo en la historia una nueva lógica.

Al mundo que busca la salvación de la «violencia del mal», de la «injusticia que mata», «de las divisiones que humillan», Cristo en la Cruz ofrece una solución inédita, ya que no se basa en «decisiones políticas, económicas o militares». Precisamente imitando su ejemplo, «el mundo es salvado continuamente por quien está dispuesto a acoger los cánticos del Siervo del Señor como forma de su propia vida», remarca el fraile capuchino. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la homilía, cuyo texto íntegro es el siguiente:


Viernes Santo - Celebración de la Pasión del Señor presidida por el Papa León XIV


Homilía P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Basílica de San Pedro, 17 h.



Hermanos y hermanas, en este día santo la liturgia nos invita a contemplar la pasión del Señor.

Lo hemos apenas escuchado en el canto. Ante este misterio de muerte y de gloria es natural congregarse en silencio para orar. Sin embargo la cruz de Cristo corre el riesgo de permanecer incomprensible si la consideramos como un acontecimiento aislado, un evento inexplicable. En realidad, es la culminación de un camino, la plenitud de una vida en la que Jesús aprendió a escuchar y a acoger la voz del Padre. Dejándose guiar día a día hacia el amor más grande. Para entender este camino durante los días de la Semana Santa la liturgia nos ha invitado a escuchar los llamados cantos del siervo del Señor. Se trata de textos poéticos en los que el profeta Isaías esbozó la figura de un siervo misterioso a través del cual Dios puede salvar al mundo del mal y del pecado.

La tradición cristiana ha reconocido en estos cantos una sorprendente prefiguración y también dramática de esos pasos que Jesús realizó identificándose como el hombre del dolor que se despojó de sí mismo hasta la muerte cargando sobre sí los pecados de muchos. En el primer canto, el siervo viene presentado como alguien que está llamado para una misión importante, bella, abrir los ojos a los ciegos y sacar a los presos de la cárcel, a los que están en tinieblas de la prisión. Es una tarea de toda la vida dirigida a aquellos oprimidos por el sufrimiento, la injusticia y el pecado. Sin embargo el siervo la debe llevar a cabo con extrema gentileza siguiendo un método preciso: no gritará, no alzará la voz, no se oirá su voz en las calles, no quebrará la caña, no apagará la mecha que humea, ninguna violencia, nada de recurrir a la fuerza, nada de la tentación de destruir para empezar todo de nuevo. El siervo debe buscar la vida en medio de la oscuridad del mal. Sabemos que no es fácil asumir esta misión.

Todos nos vemos tentados a forzar las situaciones, a usar un poco de agresividad, un poco de violencia, pensando que son estos medios que sin esto las cosas nunca se resolverán. El siervo del señor no puede ceder a este instinto, debe preservar la mansedumbre como la única fortaleza para afrontar la oscuridad del mal. 

En el segundo canto algo se quiebra. Tras intentar cumplir su misión, el siervo experimenta que todos sus esfuerzos por hacer el bien han sido inútiles y dice en vano me he gastado mis fuerzas. El bien sembrado no parece germinar, todo parece estancado y bloqueado. Es una crisis que tarde o temprano afecta a todo aquel que ha elegido seguir al Señor. La sensación de dar vueltas en vano, de no llegar a ninguna parte, de permanecer fiel a algo que no da fruto, en realidad es sólo una impresión. Porque con la palabra en vano, el profeta no quiere decir que el siervo ha actuado en vano, sino que el resultado de su trabajo no lo puede verificar. Al llevar la luz a la oscuridad, el siervo del Señor ha entrado en un espacio donde las cosas ya no se entienden según nuestros criterios, sino que siguen otro diseño, ese paradójico, el de una salvación que viene de Dios.

En el tercer canto surge una nueva sorpresa, el siervo se da cuenta de que las mismas personas a las que desea ayudar reaccionan con hostilidad, con rabia, incluso con violencia. Quienes viven en tinieblas en realidad no siempre reciben la luz, a veces la rechazan e intentan desbloquearla, porque la luz no resalta sólo lo que es bello, sino también lo que nosotros queremos ocultar, nuestras heridas, nuestras mentiras, nuestras ambigüedades, y esto nos da miedo. Pero el siervo no retrocede, continúa el camino indicado por el Señor sin huir. Entregué mi espada a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba, no escondí mi rostro a los insultos y a los escupitajos. 

En el cuarto canto, que hemos proclamado en esta liturgia, ocurre algo desconcertante, la violencia que sufre el siervo es tan intensa que desfigura su rostro, dejándolo irreconocible, no tiene apariencia ni belleza, y sin embargo precisamente en este camino el siervo aprendió a no devolver el mal recibido. Cuando el mal nos golpea, nuestro instinto es el de reaccionar, el de rechazarlo, el de saldar las cuentas. El siervo, en cambio, no cede a esta lógica, lo acepta todo sin devolver violencia, el mal lo alcanza y ahí se detiene. Por eso llevaba el pecado de muchos e intercedía por los culpables. 

Hermanos y hermanas Jesús no sólo se limitó a escuchar estos cantos, los ha interpretado y los ha vivido intensamente con plena confianza en la voluntad del Padre, hasta el punto de transformar su crucifixión en un acto de salvación. Ese mundo ante el mal sólo conoce dos caminos, rendirse o devolverlo, lo vemos a diario en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan todas nuestras relaciones, el mal sigue circulando porque encuentras a alguien dispuesto a pagarlo y a multiplicarlo.

Jesús rompió esta cadena, no imponiéndose con una fuerza superior, sino aceptando lo que le sucedió y reconociendo en ello la recompensa dramática de su pasión, reconociendo la partitura del canto de amor y de servicio que el Padre le había confiado a su vida. No cumplió esta partitura de modo mecánico sino traduciendo las palabras proféticas en gestos concretos, en perdón, en silencio lleno de compasión. Así recorriendo el camino de la cruz aprendió la obediencia más difícil, el del amor por el otro, incluso cuando el otro se presenta como enemigo.

Vivimos en un mundo en el que la voz de Dios ya no guía el camino compartido de la humanidad como antes, no porque la voz de Dios ha desaparecido sino porque a menudo es una voz entre tantas, ahogada por otras palabras que prometen seguridad, progreso y bienestar. Estas son hoy las indicaciones que guían muchas decisiones y marcan el rumbo de nuestra vida en común. Sin embargo, el mundo sigue siendo un lugar donde la gente sufre y muere, a menudo sin culpa y sin razón. Las guerras continúan, las injusticias se multiplican y los más vulnerables pagan el precio. Es como si faltara una palabra, una palabra capaz de unir el camino de la humanidad, un canto que sepa orientar nuestros pasos hacia un mundo más justo y fraterno. Y sin embargo, precisamente en este escenario, si vemos con atención podemos vislumbrar algo sorprendente, una multitud silenciosa de personas que eligen escuchar a una voz diferente.

Algunos la reconocen claramente como la voluntad de Dios, otros la oyen como un llamado profundo e indispensable de su propia conciencia. Es una voz que no grita, que no se impone con fuerza, que no promete atajos. Es un canto discreto y persistente que nos invita a amar, a permanecer y a no devolver el daño recibido.

Algunos eligen escuchar esta canción. Son hombres y mujeres normales que caminan, a veces, sin siquiera saberlo, por el mismo camino del siervo del Señor. No realizan gestos extraordinarios, simplemente cada día se levantan e intentan que sus vidas sirvan no sólo a ellos sino también a los demás. Soportan cargas que no eligieron, abrazan heridas sin endurecerse, no dejan de buscar el bien incluso cuando parece inútil, no hacen ruido, no ocupan el escenario, pero mantienen abierta la posibilidad de un mundo diferente. Gracias a ellos el mal no tiene la última palabra y la historia no termina en la violencia. Esta multitud de personas atestigua que los cantos de ese siervo en el cual Dios se complace siguen resonando en el corazón humano, esperando sólo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida, incluso cuando esto signifique cargar la cruz. 

Dentro de un momento adoraremos la cruz del Señor con gestos, silencio y oraciones. Será una ocasión especial para reconocer el misterio de Dios y reconciliarnos con la cualidad débil y fuerte de su amor por nosotros y por todos. Si no queremos correr el riesgo de reducir esta liturgia a una mera formalidad, podemos decir entonces, al menos en nuestro corazón, que deponemos las armas que aún empuñamos entre las manos. Quizás no parezcan tan peligrosas como las que empuñan los poderosos del mundo, sin embargo, también estos son instrumentos de muerte porque bastan para debilitar, para herir, para vaciar nuestras relaciones cotidianas de significado y de amor.

Ayer, como hoy, el mundo necesita ser salvado de la violencia, del mal, de la injusticia que mata, de las divisiones que humillan, pero esta salvación no viene de lo alto, ni puede garantizarse mediante decisiones políticas, económicas o militares. El mundo se salva continuamente por aquellos dispuestos a abrazar los cantos del siervo del Señor como fundamento de sus vidas. Esto es lo que hizo el Señor Jesús. Tomó en serio la voluntad del Padre, abrazándola como una partitura musical que debería interpretarse hasta el final, con fuertes clamores y lágrimas. Por esta razón, en el momento decisivo fue arrestado y pudo declarar “Soy Yo”, para entrar libremente en su pasión de amor. 

Hermanos y hermanas, también a nosotros hoy se nos entrega la partitura de la cruz, podemos acogerla con libertad si aceptamos que no hay ninguna circunstancia difícil que no podamos afrontar, que no hay ningún culpable al que apuntar el dedo, que no hay ningún enemigo que nos impida amar y servir. Al contrario, estamos nosotros que elegimos no devolver el mal y permanecer pacientes en la tribulación, creer en la bondad incluso cuando la oscuridad parece engullir todo.

Podemos convertirnos en los siervos que el Señor necesita para traer la salvación al mundo. En una época como la nuestra, tan lacerada por el odio y la violencia, donde incluso el nombre de Dios se invoca para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros, los cristianos, estamos llamados a acercarnos sin miedo, más bien con plena confianza a la Cruz del Señor, sabiendo que ella es un trono en el que podemos sentarnos y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás. Si somos capaces de mantenernos firmes a esta profesión de fe, también nuestros días podrán dar voz a los cantos de alegría y del sufrimiento, a esa misteriosa partitura de la cruz en la que se reconocen las notas del amor más grande.

P. Roberto Pasolini


Foto: Vatican Media, 3-4-2026

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