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viernes, 3 de julio de 2026

Katie Flanagan: «Oraba con las Escrituras y escuche la llamada de Dios: 'deberías ser monja'; trabajaba de profesora pero me acompañaban esas palabras; ante el Santísimo Sacramento acepté la voluntad de Dios y soy religiosa»

Katie Flanagan profesó sus primeros votos como religiosa de las Hermanas Salesianas en agosto de 2016 y sus votos perpetuos el 5 de agosto de 2022 / Foto: Instagram Katie Flanagan

* «Cuando me senté allí, era la primera vez en años que rezaba ante el Santísimo Sacramento y no estaba luchando internamente. Me di cuenta de que algo había cambiado. Por primera vez en años, no estaba luchando con Dios. Simplemente sentí paz. Y creo que incluso lo dije en voz alta. Sabía que sentiría paz allí donde Dios me llamara a ir. Esa paz no eliminó mis miedos, pero me dio el valor para confiar en que Dios me guiaba hacia donde encontraría mi mayor alegría. Todavía me llevó dos años más ingresar al convento, pero decir sí al llamado de Dios ha sido el mayor regalo de mi vida, la mejor decisión que he tomado en mi vida: entregarme a Dios y a su voluntad. Dios rara vez grita. Más a menudo, susurra. Si permanecemos firmes en la oración, la Eucaristía, las Escrituras y la comunidad de fe, comenzaremos a reconocer su voz. Y cuando confiamos en Él, siempre nos guiará hacia algo mucho más grande de lo que podríamos haber imaginado» 

Camino Católico.- “Si de pequeña me hubieran dicho que algún día sería religiosa, me habría reído en su cara. Crecí en una comunidad de fe muy activa en Florida, donde mi familia participaba profundamente en la vida de la Iglesia. Pero ser religiosa simplemente no era una opción que me planteara.“Creo que, de niña, a veces bromeaba diciendo que pasaba más tiempo en la parroquia de Santa Rita que en mi propia casa. Era importante para nosotros y, en general, disfruté yendo a misa”, asegura Katie Flanagan a Yes Catholic.

“Como estudiante de la Universidad de Florida, mi fe se convirtió en algo personal. Me involucré en el ministerio universitario”, dice. Como estudiante de magisterio con planes de enseñar a niños de primaria, era idealista respecto al papel de los educadores y la necesidad de que estos se centren en el desarrollo integral del niño. Supo por sus amigas que las hermanas salesianas, que dirigen escuelas católicas en todo el estado y el país, comparten esa misma visión de la educación.

Durante su orientación espiritual en su último año en la Universidad de Florida, Katie Flanagan “mientras oraba con las Escrituras, experimenté algo inesperado. De repente un pensamiento me vino a la mente un pequeño pensamiento: 'Deberías ser monja'. Recuerdo que tenía los ojos cerrados, la Biblia en la mano, y de repente abrí los ojos y pensé: '¿Quién dijo eso? ¿Quién lo oyó?'. Mi respuesta inmediata fue: `No, gracias’”.

“Tras graduarme, trabajé varios años como profesora en escuelas públicas. Amaba a mis alumnos, pero cada vez que rezaba, sentía que Dios me invitaba suavemente a considerar la vida religiosa. No era una voz fuerte ni una experiencia dramática. Era un susurro silencioso y persistente que simplemente no desaparecía”, dice Katie.

Katie Flanagan en una graduación con sus alumnos / Foto: Instagram Katie Flanagan

Habló con un amigo que había sido seminarista y que ahora es el padre Daniel Daza-Jaller, director de vocaciones de la diócesis de Palm Beach. Él la animó a visitar a algunas religiosas y descubrir si lo que sentía era una verdadera vocación. “Me animó a visitar a las Hermanas Salesianas porque las recordé de la conversación que había tenido con mis amigas de la universidad. Así que me puse en contacto con ellas, reservé un vuelo a Nueva Jersey donde está la casa madre”.

“Había algo en mí que me decía que este era un momento decisivo. Como si a partir de ahí no hubiera vuelta atrás. Pero al mismo tiempo, durante todo el viaje oraba con más fervor que nunca: ‘Dios, por favor, por favor, si me amas, por favor, permíteme llegar allí y odiarlo’. Quería odiarlo porque sabía que Dios solo nos llama a aquello que nos traerá la felicidad más profunda”, relata.

Pero en su primer día con las hermanas, mientras rezaba en su capilla, encontró la respuesta. “Cuando me senté allí, era la primera vez en años que rezaba ante el Santísimo Sacramento y no estaba luchando internamente. Me di cuenta de que algo había cambiado. Por primera vez en años, no estaba luchando con Dios. Simplemente sentí paz. Y creo que incluso lo dije en voz alta. Sabía que sentiría paz allí donde Dios me llamara a ir”.

Pero comparte que “esa paz no eliminó mis miedos, pero me dio el valor para confiar en que Dios me guiaba hacia donde encontraría mi mayor alegría. Todavía me llevó dos años más ingresar al convento, pero decir sí al llamado de Dios ha sido el mayor regalo de mi vida, la mejor decisión que he tomado en mi vida: entregarme a Dios y a su voluntad”.

Katie Flanagan con chicas en el campamento de verano / Foto: Instagram Katie Flanagan

Ni en un millón de años, si hubiera planeado mi vida, ni siquiera en la última página habría escrito: ‘Y tal vez me haga monja’. No era algo que se me hubiera pasado por la cabeza. Pero seguía apareciendo y no desaparecía. Y eso, para mí, fue una confirmación”, asegura.

Katie reflexiona sobre su camino: “Mirando hacia atrás, puedo ver que Dios me habló a través de cuatro cosas: las Sagradas Escrituras, la Virgen María, los sacramentos y las personas que puso en mi vida. Estas se convirtieron en el fundamento de mi discernimiento y siguen sosteniendo mi vocación hoy en día”.

“En el instante en que recuerdo haber escuchado la llamada de Dios, estaba rezando con un pasaje bíblico. La palabra de Dios tiene que ser fundamental en nuestras vidas, algo que debemos asimilar, meditar y leer a diario”, comparte.

“Rezar el rosario y mantener una relación más fuerte con María me otorgó la gracia de abrirme a la voluntad de Dios”, señala.

Katie Flanagan en una reunión de grupo / Foto: Instagram Katie Flanagan

Respecto a los sacramentos subraya que “comencé a ir a misa diariamente cuando estaba en pleno discernimiento y la gracia de Dios empezó a obrar en mí como consecuencia de mi cercanía con Él”.

Su comunidad de familiares y amigos marcó una gran diferencia. “Creo que crecer en la familia en la que crecí, con padres que me amaban como lo hacen, me hizo receptiva al amor de Dios desde el principio. Pero también la comunidad de fe en la que crecí en St. Rita, y los amigos con los que elegí rodearme. Todos ellos me apoyaron y me animaron, y me dieron un buen empujón un par de veces cuando lo necesitaba y estaba acobardada”.

Katie Flanagan concluye con esta reflexión: “Dios rara vez grita. Más a menudo, susurra. Si permanecemos firmes en la oración, la Eucaristía, las Escrituras y la comunidad de fe, comenzaremos a reconocer su voz. Y cuando confiamos en Él, siempre nos guiará hacia algo mucho más grande de lo que podríamos haber imaginado”.

Katie Flanagan el 10 de septiembre de 2022 cuando impartió una reflexión al grupo Magníficat en la diócesis de Palm Beach / Foto: Diócesis de Palm Beach

La hermana Flanagan profesó sus primeros votos en agosto de 2016 y sus votos perpetuos el 5 de agosto de 2022. Ha ejercido como ministra pastoral y profesora de teología en la escuela secundaria St. John Neumann en Naples, y es profesora de teología y miembro del equipo de pastoral universitaria en la escuela secundaria Immaculata-La Salle en Miami.

Gonzalo Garrido, 22 años: «A los 16, me encontré con la misericordia del Señor al leer una biografía de San Francisco de Asís; empecé a investigar por pura cuestión académica, y el Señor se encontró conmigo»

Gonzalo Garrido dice: «Empecé a investigar por pura cuestión académica y el Señor se encontró conmigo»

* «Me encontré con el Señor en la historia porque yo empecé a leer libros de Historia, libros de la Iglesia y por una cuestión a lo mejor un poco circunstancial me encontré con una biografía de San Francisco de Asís y me tocó muchísimo. No sé cómo decirlo, pero encontré patente que eso era verdad. Era como una afirmación de que el Señor está presente, no es simplemente una cosa de los libros. Entonces dije: “si el Señor la ha llamado, pues, yo también quiero vivir esto.” En San Francisco de Asís vi mi pobreza. Antes de convertirse era un poco cabeza loca, como todos. Entonces yo vi mis miserias. En vez de asustarse el Señor las abrazaba, entonces encontré misericordia. Encontré misericordia por abrazar esa pobreza; o sea, no tener miedo a verla, como en el episodio en el que abraza a un leproso, que me marcó mucho»

Camino Católico.-  Gonzalo Garrido tiene 22 años y vive su fe en la parroquia de los Santos Juan y Pablo en San Fernando de Henares. El pasado mes de febrero concluyó el grado de Historia en la Universidad de Alcalá (UAH). El próximo curso comenzará un Máster en Documentación y Archivística con vistas a opositar en el mundo de las bibliotecas o los archivos. Este joven de San Fernando de Henares se convirtió con 16 años gracias a la lectura de la vida de San Francisco de Asís y en el último año se ha involucrado en actividades diocesanas como aquellas realizadas por la Escuela de Evangelización y por la Pastoral Universitaria.

Para llegar a su conversión, hasta entonces ya había hecho la comunión… y luego se apartó de la Iglesia. Y lo primero que responde al contar su testimonio al portal de la Diócesis de Alcalá de Henares es ¿qué hace un joven como él en la Iglesia Católica?:

– «Me criaron en la fe, pero una fe un poco más cultural. Es verdad que yo he recibido todos los Sacramentos por mis padres. Pero es verdad que cuando hice la Comunión ya dejamos de ir a la Iglesia. Tener una conciencia de por qué estoy en la Iglesia y de tener esa relación con el Señor la tengo a los 16 años.

»¿Qué hago en la Iglesia? Pues seguir al Señor. Tuve como una especie de conversión a esa edad, más o menos, y entonces me di cuenta de que verdaderamente si tenía un propósito en mi vida, si el Señor me había pensado de esta manera para tener para mí un plan de salvación, pues tenía que vivir la fe en comunidad, que es quizá lo que hasta hace poco no tenía. Por eso me empecé a implicar a nivel parroquial, dentro de la Diócesis de distintas maneras. Porque pensaba que la fe que a mí me habían transmitido y de la que luego yo había tenido ese avivamiento, tenía que ponerla en juego, poner los dones en juego.

»Yo había tenido ese encuentro tan fuerte y necesitaba transmitirlo de alguna manera. Por eso me empecé a implicar un poco más y a participar de la Diócesis». 

Gonzalo Garrido dice que está en la Iglesia Católica para seguir el Señor

«El Señor está allí y quiere estar conmigo» 

Así relata su encuentro con Dios que transformó su vida:

– «El Señor se encontró conmigo. Es verdad que yo no lo buscaba directamente, sino que empecé a profundizar: me gusta la Historia y no podía evitar tener el Cristianismo “ahí”. Era la base de todo lo que habíamos sido, entonces para un historiador no conocer lo que constituye la fe en Europa es algo inentendible.

»Yo empecé a investigar por pura cuestión académica, y el Señor se encontró conmigo. Tuve un encuentro bastante fuerte de entender que esto no es solamente una cosa del pasado,  una historia, sino que es un momento que se repite en todas las partes de la Historia y que te llama personalmente a ti.

»Me encontré con la misericordia del Señor. Evidentemente he tenido “mis idas y venidas” pero para mí como fue el momento de decir: “el Señor está allí y quiere estar conmigo.”

»Me encontré con el Señor en la historia porque yo empecé a leer libros de Historia, libros de la Iglesia y por una cuestión a lo mejor un poco circunstancial me encontré con una biografía de San Francisco de Asís y me tocó muchísimo. No sé cómo decirlo, pero encontré patente que eso era verdad. Era como una afirmación de que el Señor está presente, no es simplemente una cosa de los libros. Entonces dije: “si el Señor la ha llamado, pues, yo también quiero vivir esto.”

»En San Francisco de Asís vi mi pobreza. Antes de convertirse era un poco cabeza loca, como todos. Entonces yo vi mis miserias. En vez de asustarse el Señor las abrazaba, entonces encontré misericordia.

»Encontré misericordia por abrazar esa pobreza; o sea, no tener miedo a verla, como en el episodio en el que abraza a un leproso, que me marcó mucho.

»Y también encontré la humildad, el desapego, en el darse cuenta de “te estás apegando a muchísimas cosas y luego acabas perdido”. Verdaderamente hay una libertad muy plena en desapegarse de las cosas. No tanto a lo mejor de lo material, del dinero, etc., sino también de los apegos, de nuestras propias cosas, las que tenemos “por dentro”».

«No es que tú encuentras al Señor y toda tu vida es súper fácil y súper bonita»

Gonzalo Garrido lleva seis años dentro de la iglesia y cuenta su experiencia de ir contracorriente ir a contracorriente en este:

–  «Es muy complicado, la verdad. Muy complicado porque sobre todo cuando eres más joven es el  “¿qué pensarán?”.

»Digamos que mi familia es católica culturalmente, pero no tiene verdaderamente una fe muy sólida, salvo mi abuela y mi madre. Se vivía raro un poco en la familia tener una fe implicada. Por esa parte es muy complicado por las incomprensiones de tu familia, las incomprensiones de tus amigos.

»Yo, con el paso de los años, me he dado cuenta de que es la esencia del cristianismo, ¿no? No es que tú encuentras al Señor y toda tu vida es súper fácil y súper bonita. Tiene partes bonitas, pero también implica un poco de cruz. El Señor se entregó en una cruz. Entonces, por una parte complicado, por lo el “qué dirán”, o quizá porque te dejas arrastrar…

»Pero cuando verdaderamente te la juegas, en el sentido de que te expones ante el resto -porque al final uno no puede tener miedo de la fe, ¿no?- también es muy bonito porque hay gente que a lo mejor tiene más incomprensión que rechazo en una generación que está muy secularizada. Aunque gracias a Dios no es una secularización de rechazo, sino una secularización de desconocimiento. Es muy bonito que la gente te pregunte y puedas explicarle lo que es la fe».

Este joven vive su vida cotidiana con el Señor así:

– «Empieza el día complicado porque yo tiendo mucho a la pereza.  Entonces siempre me ayuda, nada más levantarme y desayunar y todo, la oración: tener mi rato de oración, de estar con el Señor, de leer las lecturas del Evangelio, y luego ya pedirle la fuerza para ponerme con los estudios, para llevar el día.

»Luego hago actividades de deporte o actividades académicas,  o incluso un poco de recreación. Por la tarde intento meter también un poco la oración, porque yo creo que es el pilar porque soy un desastre, o sea, mi defecto es que soy muy vago, entonces sin una oración no me sustento en nada.

»Luego continúo con las cosas que tenga que hacer: tareas en casa o participar de alguna cosa para la que me llamen. Y por la noche igual: rezar, tener un rato de oración.

»Intento, la verdad, ir a Misa todos los días, pero igual no  me cuadran los horarios y no voy, pero para mí los dos pilares del día son la oración (el día que no tengo oración soy un absoluto desastre) y la Eucaristía. Para decir: “El tiempo es del Señor: para”». 

Gonzalo Garrido en el jardín del Colegio de Málaga, donde estudió el grado en Historia por la Universidad de Alcalá (UAH)

«Que el Señor me guíe para evangelizar»

Gonzalo Garrido cuenta cómo logra evangelizar en el día a día a su familia o a sus amigos: 

– «Es quizá lo más complicado. Yo siempre le pido al Señor que me guíe, porque soy bastante desastre en estas cosas.

»Con la familia es de una manera como más cotidiana: servir, aplicar las bienaventuranzas, y poner esa llama de Cristianismo en una familia que no es muy creyente.

»Con mis amigos o las personas de mi Universidad yo creo que la manera de evangelizar es no tener miedo a, por ejemplo, si te ven una cruz, o si dices “no puedo ir a esto porque tengo que ir a Misa”… de alguna manera siempre te preguntan y tú explicas, ¿no?  Es dar un poco de testimonio de lo que verdaderamente haces.

»Digamos que, por una parte, es el servicio más cotidiano: “si necesitas algo estoy para servirte.” Y por otra parte, si hay algún tipo de duda, explicar, dar tu testimonio.

»Es verdad que, gracias a Dios, participo a veces de la Escuela de Evangelización de la Diócesis, y me ha enriquecido muchísimo en eso porque siempre tienes el miedo del rechazo…Y precisamente las evangelizaciones que hacen me han ayudado a darme cuenta de que es lo más natural exponer la fe y exponerte. Que al final se pone en juego tu vida». 

Respecto a llevar símbolos religiosos que muestran la pertenencia a Cristo fuera de los ambientes de fe dice:

– «Sí, es importante. Tampoco hay que llenarse de objetos religiosos…pero pequeñas cositas: una cruz, a lo mejor alguna pulsera, alguna cosa que sirva también para recordarte lo que eres. Porque desgraciadamente yo soy un poco cabeza loca, y a veces te dejas arrastrar por el mundo.

»Pero para mí es como un recuerdo de “oye, Dios se ha entregado en una cruz por ti, por amor, ¿por qué vas a tener miedo? Te ha dado el mayor amor, ¿por qué vas a tener miedo a cualquier otra cosa?” Entonces, para mí sí que es muy importante.

»Y llevarlo sin ningún tipo de complejo. No muchos jóvenes llevan un símbolo religioso, y la verdad es que la mayoría te pregunta y entras en un tono de conversación muy favorable para explicar lo que es y lo que significa para ti».

Gonzalo Garrido reza frente al Santísimo en la Capilla de las Santas Formas, para él el mejor lugar de la Diócesis de Alcalá de Henares para rezar

«Dios está en la universidad»

Cursando el grado de Historia, Gonzalo aprendió sobre un periodo de la Iglesia: 

– «Gracias a Dios tuvimos una asignatura de Introducción al Cristianismo, una optativa muy bonita, y me gustó mucho, que yo no lo conocía porque yo tenía total desconocimiento…La época tardo-antigua, los últimos siglos del Imperio Romano, ya cristianizado, y los primeros de la Europa que se va cristianizando….Yo sigo profundizando en eso porque no tenía ni idea, y la verdad es que me está gustando mucho». 

En cuanto a si Dios está en la Universidad responde con claridad:

– «Evidentemente el Señor siempre está aunque luego nosotros incluso nos perdamos, siempre está. En torno a lo que es la presencia tangible, es verdad que yo en los primeros años en la Universidad no vi una presencia como tal de gente católica, pero con el paso del tiempo he ido conociendo a gente y he visto que sí que hay bastantes universitarios que tienen fe, y que tienen una fe implicada en el sentido de una fe formada…

»Desde hace poco ayudo en la pastoral de la Universidad, y poco a poco, hay cositas que se van notando: conoces a grupos de chicos católicos que hay allí, alguna vez hemos hecho alguna conversación en la cafetería, quedamos para hacer formación. Es discreta porque el entorno universitario de Alcalá no es el menos favorable de todas las universidades de Madrid, pero quizá no es el entorno más favorable a veces para la fe». 

Gonzalo dice que una canción que está escuchando últimamente que le acerque a Dios es «Alza la mirada»

El libro que recomienda para conocer más la fe es «Sabiduría de un pobre’, de Eloi Leclerc, que trata de la vida de San Francisco de Asís. No trata temas teológicos muy complejos, pero te acerca de una manera muy vívida a la fe».

Es evidente que su santo que es referente para él es «San Francisco de Asís»

Y para finalizar se le pide que termina la frase: 

Los jóvenes son… «el impulso que necesita la Iglesia».

Los jóvenes esperan… «encontrarse con la Verdad de su vida».

La fe de los jóvenes es… «auténtica».

El mejor lugar para rezar en la Diócesis de Alcalá es… «la Capilla de las Santas Formas».

José Martínez Marín: «Mi padre tenía cáncer con metástasis y mi madre me repetía: ‘Pon al Señor lo primero en tu vida y Él te dará todo lo que pide tu corazón’; y lo que pedía era entregar mi vida a Cristo y seré sacerdote»

José Martínez Marín tuvo su encuentro con Cristo que lo llamó a ser sacerdote, después de vivir cuatro años sufriendo por la enfermedad de su padre

* «El Señor me llevó a participar en unas catequesis que transformaron completamente mi modo de ver a Dios y mi modo de verme a mí mismo. Allí descubrí algo que me descolocó por completo: el problema no era si Dios existía, sino que yo estaba viviendo como si no existiera. Recuerdo cómo el Señor me habló al corazón con una fuerza que nunca había experimentado. Fue tan grande aquella experiencia que un día apareció en mí una pregunta que me dio miedo: ¿Y si Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida? Veo con claridad cómo Dios me ha llevado con una delicadeza impresionante, como un niño en brazos de su madre, respetando mis tiempos, mis miedos y mis resistencias, como un padre y como un caballero»

Camino Católico.-  Este sábado 4 de julio, la Parroquia San Francisco de Asís de Caravaca de la Cruz de la Diócesis de Cartagena  acogerá la ordenación sacerdotal de José Martínez Marín, a las 11:00 horas, presidida por el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes. Su primera misa será en los Salones Castillo ese mismo día a las 21:00 horas. José Martínez Marín cuenta su testimonio vital y vocacional en primera persona.

José Martínez Marín, en el centro de la imagen junto a sus compañeros Antonio David Gil Pereira y Jesús López Huéscar, que también están siendo ordenados sacerdotes durante estos días

«El día que dije sí al Señor fue el día que empecé a vivir de verdad»

Me llamo José, tengo 27 años y soy el quinto de seis hermanos. Si alguien me hubiera dicho hace años que hoy estaría dedicando mi vida a Dios, no le habría creído. Yo no tenía ningún plan de entregar mi vida al Señor.

He tenido una infancia profundamente feliz. Mis padres me transmitieron la fe desde pequeño y me llevaron a la Iglesia, pero mis sueños eran los de cualquier niño. Tenía mis planes, mis ilusiones y una idea bastante clara de cómo quería que fuera mi vida.

Todo cambió cuando tenía nueve años. A mi padre le diagnosticaron un cáncer con metástasis. Durante cuatro años la enfermedad entró de lleno en nuestra casa y en mi corazón. Recuerdo cómo todo mi proyecto de vida, todo lo que yo imaginaba para mi futuro, se vino abajo de golpe. En ese tiempo me acogió una tía, hermana de mi madre, como si fuera su propio hijo. Fue un verdadero refugio para mí. Pero justo cuando mi padre comenzó a recuperarse, a ella le diagnosticaron otro cáncer. Y murió poco después.

Sin darme cuenta, Dios estaba escribiendo una historia muy profunda en mi vida a través del sufrimiento. A los trece años yo atravesaba una crisis interior muy fuerte. No entendía por qué vivía, qué hacía en este mundo ni quién era realmente. Por fuera mi vida seguía, pero por dentro había una oscuridad y un ruido que no sabía cómo acallar. Fue entonces cuando el Señor me llevó a participar en unas catequesis que transformaron completamente mi modo de ver a Dios y mi modo de verme a mí mismo. Allí descubrí algo que me descolocó por completo: el problema no era si Dios existía, sino que yo estaba viviendo como si no existiera.

Recuerdo cómo el Señor me habló al corazón con una fuerza que nunca había experimentado. Fue tan grande aquella experiencia que un día apareció en mí una pregunta que me dio miedo: ¿Y si Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida? Y en el mismo instante en que surgió esa pregunta, surgieron también todos mis miedos. No tenía miedo de Dios. Tenía miedo del qué dirán, de mi imagen ante los demás, de lo que pensarían de mí.


Pero Dios siempre fue más fuerte que mis miedos. A los diecisiete años acepté entrar en el seminario. No fue un momento emocionante ni espectacular. Fue una decisión muy seria, muy consciente y muy silenciosa. Y, desde entonces, he podido comprobar algo que durante años no entendí. Cuando mi padre estaba ingresado en el hospital, mi madre me llamaba cada mañana por teléfono para despertarme e ir al colegio. Siempre me repetía la misma frase: «Pon al Señor lo primero en tu vida y Él te dará todo lo que pide tu corazón». Durante mucho tiempo no comprendí esas palabras. Hoy sí. Porque he descubierto que lo que realmente pedía mi corazón era entregar mi vida a Cristo. Y ahí, precisamente ahí, he encontrado una felicidad que nunca habría imaginado.

Cuando miro atrás, veo con claridad cómo Dios me ha llevado con una delicadeza impresionante, como un niño en brazos de su madre, respetando mis tiempos, mis miedos y mis resistencias, como un padre y como un caballero. Donde muchos pueden ver que renuncié a mi vida, yo veo que el día que dije sí fue el día que empecé, por primera vez, a vivirla de verdad.

José Martínez Marín

Julio César Morillo Leal: «Era ingeniero de Petróleo y profesor universitario, quería construir una familia, pero me sentía vacío; he sentido la misericordia que Dios ha tenido al llamarme y soy sacerdote en Venezuela»

Julio César Morillo Leal profesor de ingeniería del petróleo, lo dejó todo para ser sacerdote; el Señor le pedía una entrega total para seguirle y su familia al principio lo rechazó / Foto: Fundación CARF

* «Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo. Pero mi vida estaba un poco vacía. Me percaté de que, si bien había realizado mi plan, nunca lo había sometido a consideración de Dios para ver si eso era lo que realmente Él quería para mí, sino que sólo mi oración se basaba en pedir ayuda para realizarlo y siento que Dios me permitió cumplirlo… Cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo. Me siento muy feliz al ver que se está realizando el sueño que Dios ha tenido conmigo, a pesar de mis debilidades»

Julio César Morillo Leal explica en el video de Mater Mundi TV del año 2020 su testimonio de conversión y vocación  

Camino Católico.-  La historia de Julio César Morillo Leal es la de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo y que decidió detener una exitosa carrera profesional en su Venezuela natal para responder con valentía a la llamada de Dios para ser sacerdote.

Estudió Teología durante cinco años en Pamplona, en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y residió en el seminario internacional Bidasoa. En el año 2022 terminó sus estudios y volvió a su diócesis en Cabimas, Venezuela, donde completó su formación y fue ordenado sacerdote el 3 de diciembre. Actualmente es párroco de la parroquia Niño Jesús, en San Timoteo, Venezuela

Una familia unida por sus abuelos

Julio creció siendo el mayor de dos hermanos en el seno de una familia humilde. Sus primeros años estuvieron marcados por la atención, el afecto y la profunda tranquilidad de la vida rural, cobijado por el amor de sus abuelos. Sin embargo, el destino le tenía preparado un giro radical cuando llegó el momento de mudarse con sus padres a la ciudad.

El choque no solo fue geográfico, sino también emocional. La convivencia familiar empezó a fracturarse, transformando el hogar en un entorno complejo. Como el propio Julio recuerda: «el cambio de ambiente fue sumamente duro; la paz a la que estaba acostumbrado se desvaneció y los momentos de tranquilidad en casa comenzaron a escasear», explica a la Fundación CARF.

La adolescencia se convirtió para él en un terreno minado debido a las constantes diferencias entre sus padres. Al cumplir los 15 años, la tensión en el hogar alcanzó un límite tan sofocante que Julio llegó a contemplar una salida desesperada: abandonar su casa para escapar del conflicto.

Aquel momento crítico coincidió con el divorcio de sus padres. Lejos de huir o dejarse vencer por la situación, la ruptura redefinió su rol. Julio decidió quedarse y asumir el compromiso de ser el pilar de apoyo fundamental para su madre y su hermana menor, demostrando que incluso en medio de la tormenta, es posible encontrar la madurez necesaria para proteger a quienes más se ama.

«Desde esa edad me tocó asumir ciertas responsabilidades en mi hogar y plantearme diversos objetivos que me llevaron a centrarme en alcanzarlos con mucho empeño, dedicación y esfuerzo. Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo».

Eligió estudiar Ingeniería porque le apasionaban los números y por eso sus sueños estaban basados principalmente en graduarse como ingeniero, de tal modo que luego pudiera no sólo ejercer en campo, sino también ejercer la docencia en a nivel universitario.

Julio César Morillo Leal se graduó en ingeniería del petróleo y ejerció de profesor universitario / Foto: Fundación CARF

La vocación al sacerdocio

La vocación es un camino estrictamente personal. Para Julio, la fe se cultivó desde la juventud a través del servicio activo en los movimientos eclesiales de Venezuela, como la pastoral juvenil, Cursillos de Cristiandad y la Legión de María. Sin embargo, fue en los Encuentros Familiares de Venezuela donde entregó gran parte de sus años de servicio.

Paradójicamente, este movimiento se enfoca en la preparación para el matrimonio y la construcción del hogar, un rumbo que Julio ya había adoptado como su meta ideal, complementándolo con sus aspiraciones profesionales.

«Hacia ese camino estaba enfocado mi proyecto de vida, lo cual me hizo creer que también eso era lo que Dios quería para mí».

Convencido de que el plano familiar y el éxito profesional eran la respuesta definitiva a su fe, Julio avanzaba con paso firme, sin sospechar que el diseño de su vocación aún contenía otros matices.

El éxito profesional frente al vacío interior

Julio alcanzó lo que muchos considerarían la cima del éxito: se graduó como Ingeniero de Petróleo, ejerció en su campo y se convirtió en profesor universitario. A una relativa corta edad, gozaba de la admiración de sus amigos y del orgullo de una familia que celebraba cada uno de sus triunfos.

Sin embargo, la realización profesional no se tradujo en una plenitud personal. Detrás de una carrera brillante, comenzó a gestarse una crisis existencial que desafiaba a sus propios planes. Como él mismo confiesa: «creía que esto sería lo que me haría plenamente feliz, pero en realidad me sentía vacío y sentía que estaba llamado a algo más».

Esa insatisfacción no fue un freno, sino el motor que lo impulsó a detenerse, cuestionar su dirección y concentrar todas sus fuerzas en descubrir su verdadero propósito de vida.

Sacrificarlo todo por la vocación

Asimilar que un proyecto exitoso no equivalía a la plenitud fue un golpe duro. Sin embargo, este choque con la realidad impulsó a Julio a iniciar una búsqueda profunda. Acompañado por su director espiritual, tomó la decisión más difícil para un profesional brillante: soltar el control y dejar su futuro en manos de Dios.

En ese proceso, llegó una revelación fundamental sobre cómo había gestionado su vida hasta entonces: «diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo. Pero mi vida estaba un poco vacía. Me percaté de que, si bien había realizado mi plan, nunca lo había sometido a consideración de Dios para ver si eso era lo que realmente Él quería para mí, sino que sólo mi oración se basaba en pedir ayuda para realizarlo y siento que Dios me permitió cumplirlo», relata.

Una vez alineado con esta nueva perspectiva, los acontecimientos comenzaron a encajar y el mensaje se volvió inconfundible: el Señor le pedía una entrega absoluta.

Atender esta llamada exigió de Julio un desapego radical. Tuvo que renunciar a su empleo, a su carrera de ingeniería y a sus estudios. El paso más complejo, sin duda, fue confrontar la resistencia de su propia familia, quienes al principio no comprendieron ese giro tan drástico. La vieja estructura había caído para dar paso a su verdadera misión.

Una frase de san Juan Bosco

El anuncio de su decisión desató una tormenta previsible: el rechazo severo de su familia. Para su entorno, abandonar una carrera consolidada no era un acto de fe, sino un síntoma de confusión. Romper con las expectativas ajenas significó para Julio cargar, durante un tiempo, con la mirada de decepción y pena de los suyos, quienes no comprendían el valor de empezar de cero.

En medio de ese aislamiento emocional, una máxima de san Juan Bosco se convirtió en su brújula y refugio, pero algo adaptada del original (Cuando se trata de servir a Dios, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo): «cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo».

Entonces tomó la decisión de embarcarse en esta aventura de la vocación sacerdotal y Dios se fue encargando poco a poco de poner todo en su sitio, acompañar a su familia y ocupar el lugar que Julio había dejado en ellos.

«He sentido la misericordia que Dios ha tenido al llamarme y por eso comencé mi formación sacerdotal hace poco más de seis años, en la que hasta ahora me siento muy feliz al ver que se está realizando el sueño que Dios ha tenido conmigo, a pesar de mis debilidades».

Julio César Morillo Leal en su parroquia Niño Jesús, en San Timoteo, Venezuela / Foto: Fundación CARF

La grave situación de Venezuela

Es evidente la grave situación en la que se encuentra Venezuela, especialmente tras los dos terremotos del 24 de junio que -al 30 de junio- han causado la muerte de más de 1,700 personas, 5,034 heridos y una cantidad desconocida de desaparecidos, que las Naciones Unidas estima que podría ser de hasta 50,000 personas.

A través de la Fundación CARF, este joven sacerdote comparte un poco de lo que esta catástrofe significa para el pueblo de Venezuela: 

"Son muchos los muertos confirmados. Hay muchas personas que permanecen entre los escombros. Muchos edificios desplomados y el resto con fallas estructurales serias.

El Aeropuerto Internacional de Maiquetía que es el principal del país se encuentra fuera de servicio por los serios daños que recibió. Varios complejos residenciales y hoteles se han desplomado en Caracas y sus alrededores. Incluso varios templos se han visto afectados, algunos se les ha desprendido el techo, en otros se han caído algunas paredes y pues todo ha sido una tragedia".

Esta situación agrava los problemas que ya venía enfrentando el país: familias disgregadas por la migración, salarios insuficientes, escasez, incapacidad de conseguir productos de la canasta básica, falta de medicamentos e insumos hospitalarios, escasez de combustible para los vehículos y una larga crisis económica, política y social que se encuentra en el punto más álgido de su historia.

El trabajo de la Iglesia venezolana 

Dentro de toda esta situación, la Iglesia venezolana está haciendo un gran trabajo al tratar de cubrir las necesidades de la población con la ayuda de diversas fundaciones internacionales que se han mostrado solidarias con la situación del país. 

Así, han levantado comedores, centros asistenciales y han provisto de medicamentos, entre otras cosas, que le permiten solidarizarse con los fieles que en este momento necesitan algo más aparte de los Sacramentos.

Para Julio, la transformación de su país no es una utopía ajena a la fe, sino un compromiso que nace de la vida espiritual. Considera que la oración es la herramienta más poderosa para generar un cambio verdadero en Venezuela, siempre y cuando se traduzca en acciones concretas orientadas al bien común, dejando de lado los intereses individuales para vivir el mandamiento del amor.

"La oración es el mejor medio para lograr un cambio en el país, y a partir de ella la realización de acciones concretas que lleven a la búsqueda del bien común"

Bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, Julio y su comunidad confían el destino de la patria a la intercesión divina. Asimismo, elevan sus oraciones para que la llamada del Señor continúe resonando con fuerza en el corazón de la juventud venezolana, inspirando a más jóvenes a dar un sí generoso que permita seguir construyendo la Iglesia en su tierra natal.