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domingo, 3 de mayo de 2026

Papa León XIV en homilía del V Domingo de Pascua: «Es en Cristo donde los descartados recuperan su dignidad y se sienten elegidos para el Reino de Dios»

* «Incluso hoy, nos convertimos en piedras rechazadas por los hombres y elegidas por Dios cuando con la vida y la palabra nos oponemos a los proyectos que aplastan a los débiles, no respetan la dignidad de cada persona, se sirven de los conflictos para seleccionar a los más fuertes, mientras descuidan a quienes se quedan atrás, a quienes no lo consiguen, considerando a quienes sucumben como basura de la historia. Jesús caminó entre nosotros como un profeta que desarmaba y desarmaba, y cuando fue rechazado, no cambió su forma de ser»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «El Mesías, Jesús, fue rechazado no solo por no ser reconocido como Hijo de Dios, sino, aún más, por haber asumido la condición de criatura, considerada indigna de Dios. Fiel a este camino de amor misericordioso, buscó a las ovejas rechazadas, se sentó a la mesa con ellas y desarmó las manos y los corazones que querían apedrearlas. De esta manera, como dice el Evangelio proclamado en esta Liturgia, el Hijo reveló el rostro del Padre» 


Camino Católico.-  En la Archibasílica de San Juan de Letrán, el Papa León XIV ha celebrado la Santa Misa del V domingo de Pascua y ha conferido este sábado 2 de mayo de 2026 la ordenación episcopal a cuatro nuevos obispos auxiliares de la diócesis de Roma que él mismo nombró el 25 de febrero pasado: Mons. Stefano Sparapani, Mons. Alessandro Zenobbi, Mons. Andrea Carlevale y Mons. Marco Valenti, procedentes del clero romano. 



En su homilía el Papa ha dicho que “Jesús iba en busca de las ovejas rechazadas, se sentaba a la mesa con ellas, desarmaba las manos y los corazones que querían apedrearlas”. Por ello, “al invertir la lógica del dominio, la de quienes persiguen la insensata ambición de determinar la arquitectura de la Tierra, es en Cristo donde los desechados recuperan su dignidad y se sienten elegidos para el Reino de Dios”.




Dirigiéndose a los nuevos obispos auxiliares, el Papa delineó el horizonte de su ministerio como un servicio marcado por la cercanía, la comunión y la misión. Les pidió asumir su tarea como una forma concreta de salir al encuentro de las personas heridas o marginadas, recordándoles que nadie debe sentirse excluido del edificio vivo de la Iglesia: “Los animo a salir al encuentro de las piedras descartadas de esta ciudad y a anunciarles que, en Cristo, nuestra piedra angular, nadie está excluido de convertirse en parte activa del edificio santo que es la Iglesia y de la fraternidad entre los seres humanos”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:




SANTA MISA DEL V DOMINGO DE PASCUA CON ORDENACIONES EPISCOPALES


HOMILÍA DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV


Basílica de San Juan de Letrán

Sábado, 2 de mayo de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


Al acercarnos a Cristo, nos convertimos en un hogar sólido y acogedor: esta es la alegría que experimentamos especialmente durante el tiempo pascual, y especialmente hoy al celebrar la ordenación de cuatro nuevos obispos auxiliares de la Diócesis de Roma.


Esta Iglesia tiene una singular vocación a la universalidad y la caridad gracias a su vínculo especial con Cristo resucitado y vivo, fundamento del edificio espiritual de piedras vivas que es el santo pueblo de Dios. Acercarnos a Cristo significa, por lo tanto, acercarnos unos a otros y crecer juntos en unidad: este es el Misterio que nos compromete y transforma la ciudad desde dentro. Al servicio de este dinamismo, traído a Roma por los apóstoles Pedro y Pablo, nuestros hermanos Andrés, Esteban, Marcos y Alejandro son ordenados obispos. Es una celebración del pueblo, porque provienen de este pueblo y del presbiterio que los cuida con amor.


Nuestra comunidad diocesana se reúne hoy para invocar al Espíritu Santo, quien ungirá a los nuevos obispos para que sean plenamente consagrados al servicio del Evangelio de Cristo. Él es la piedra rechazada que, «elegida por Dios», «se ha convertido en la piedra angular» (1 Pe 2,4, 7; cf. Sal 118,22).


Para los primeros cristianos, esta metáfora, tan familiar por aparecer en un salmo, debió de resultar particularmente reveladora. El Mesías, Jesús, fue rechazado no solo por no ser reconocido como Hijo de Dios, sino, aún más, por haber asumido la condición de criatura, considerada indigna de Dios. Fiel a este camino de amor misericordioso, buscó a las ovejas rechazadas, se sentó a la mesa con ellas y desarmó las manos y los corazones que querían apedrearlas. De esta manera, como dice el Evangelio proclamado en esta Liturgia, el Hijo reveló el rostro del Padre: en Él se realizan sus obras. «¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» (Jn 14,8-9).


Iglesia que vive en Roma, la piedra rechazada es el corazón de la proclamación mesiánica, dirigida a aquellos a quienes la sociedad rechazó y sigue rechazando. Es el corazón de nuestra proclamación, de nuestra misión. Hemos visto al Santo tocar a los impuros, al Justo perdonar a los pecadores, a la Vida sanar a los enfermos, al Maestro lavar los pies sucios y cansados ​​de sus discípulos.


En esta ciudad, capital del gran imperio, la piedra rechazada se convirtió en el estandarte de una nueva esperanza, la del Reino de Dios, como anuncian las Bienaventuranzas y canta el Magníficat. Al invertir la lógica de la dominación, la de aquellos que persiguen la ambición insensata de determinar la arquitectura de la Tierra, en Cristo los descartados redescubren su dignidad y se sienten elegidos para el Reino de Dios. «Si no fuera así», dice Jesús a sus discípulos, «¿les habría dicho: “Voy a prepararles un lugar”? Y cuando me vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, ustedes también estén» (Juan 14:2-3).


Queridos hermanos y hermanas, por eso, incluso hoy, nos convertimos en piedras rechazadas por los hombres y elegidas por Dios cuando con la vida y la palabra nos oponemos a los proyectos que aplastan a los débiles, no respetan la dignidad de cada persona, se sirven de los conflictos para seleccionar a los más fuertes, mientras descuidan a quienes se quedan atrás, a quienes no lo consiguen, considerando a quienes sucumben como basura de la historia. Jesús caminó entre nosotros como un profeta desarmado y desarmante, y cuando fue rechazado no cambió de actitud.


Y ahora me dirijo a ustedes, queridos hermanos, que desde hoy serán obispos auxiliares de esta Iglesia, cuyo cuidado he recibido como un don; a ustedes que, junto con el Cardenal Vicario, pueden ayudarme a ser reflejo del Buen Pastor para el pueblo romano y a presidir la caridad de todo el pueblo santo de Dios disperso por la tierra.


Los animo a salir al encuentro de las piedras descartadas de esta ciudad y a anunciarles que, en Cristo, nuestra piedra angular, nadie está excluido de convertirse en parte activa del edificio santo que es la Iglesia y de la fraternidad entre los seres humanos. En esta imagen resuena el llamado de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco: ser una Iglesia “hospital de campaña”, ser pastores en salida, tener en el corazón las periferias materiales y existenciales. Como presbíteros, ustedes han acogido esta invitación junto con las comunidades parroquiales que han acompañado. Ahora llega una nueva llamada, una vocación ulterior, que tiene siempre el mismo corazón: nadie, absolutamente nadie, debe pensarse descartado por Dios, y ustedes serán heraldos de esta hermosa noticia que está en el centro del Evangelio.


Dejen que el espíritu de profecía obre en ustedes: no se conformen con los privilegios que su condición les pueda ofrecer, no sigan la lógica mundana de las prioridades, sean testigos de Cristo, que no vino para ser servido, sino para servir (cf. Mc 10,45). Serán profetas en su ministerio si son hombres de paz y unidad, tendiendo puentes, con hilos de gracia y misericordia, entre los amplios y concurridos espacios de esta Diócesis, armonizando las diferencias, acogiendo, escuchando y perdonando.


No se dejen buscar, déjense encontrar. Y asegúrense de que sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, y laicos comprometidos con el apostolado nunca se sientan solos. Ayúdenlos a reavivar la esperanza en sus respectivos ministerios y a sentirse parte de la misma misión. Sepan siempre cómo motivar incansablemente a las personas y a las comunidades, simplemente recordando la belleza del Evangelio.


Que los pobres de Roma, los peregrinos y los visitantes que llegan de todos los rincones del mundo encuentren en los habitantes de esta ciudad, en sus instituciones y en sus pastores, esa maternidad que es el auténtico rostro de la Iglesia. Que la Salus Populi Romani, Madre de nuestra confianza, nos guíe y proteja siempre en el camino.


PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 2-5-2026

Santa Misa del V domingo de Pascua, con ordenaciones episcopales, presidida por el Papa León XIV, 2-5-2026


Foto: Vatican Media, 2-5-2026


Camino Católico.- El Papa León XIV ha presidido la Santa Misa en la Basílica de San Juan de Letrán del V domingo de Pascua, este sábado 2 de mayo,, en el cual ha ordenado a cuatro nuevos obispos auxiliares de la diócesis de Roma que él mismo nombró el 25 de febrero pasado: Mons. Stefano Sparapani, Mons. Alessandro Zenobbi, Mons. Andrea Carlevale y Mons. Marco Valenti, procedentes del clero romano . En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



En su homilía el Papa ha dicho que Jesús “iba en busca de las ovejas rechazadas, se sentaba a la mesa con ellas, desarmaba las manos y los corazones que querían apedrearlas”. Por ello, “al invertir la lógica del dominio, la de quienes persiguen la insensata ambición de determinar la arquitectura de la Tierra, es en Cristo donde los descartados recuperan su dignidad y se sienten elegidos para el Reino de Dios”.

Alberto de la Fuente: «Secuestrado, 290 días en una ‘caja’ llena de cámaras, hice un pacto con Dios allí dentro. Rezaba 500 oraciones diarias aferrado a mi medalla de San Benito»


"En ese momento hice un pacto con Dios, no le endosé la responsabilidad de que me sacara sino que fue hacer un trabajo en conjunto. Ese día se gestó una comunión increíble", relata Alberto de la Fuente

* «Durante mi cautiverio, los primeros días, sí que estaba enfadado y decepcionado con Dios, no entendía por qué me sucedía a mí, cuando yo no era una persona que se metiera con nadie. No entendía bien si era un castigo. Pero, en un momento de lucidez, dentro de todo ese ruido que había en 'la caja', porque estaba intoxicado de cortisol, en continuo estrés, comencé a hablar con Dios y le dije: 'tengo claro que Tú no me pusiste aquí, que esto no es un castigo, que no me quieres dar ninguna lección, pero juntos vamos a salir de esta prueba, Tú vas hacer tu parte fuera de los cuatro muros de esta caja y yo haré la mía dentro. Él cumplió con su parte, y yo también. Ese día se gestó una comunión increíble, que nunca se había dado, ni en mi bautizo ni en mi confirmación. Fue un diálogo de tú a Tú, y, desde entonces, durante nueve meses, tuve diálogos y diálogos con Dios» 

 Vídeo de Mater Mundi en el que Alberto de la Fuente cuenta su testimonio

Camino Católico.-  Alberto de la Fuente y de la Concha es un empresario mexicano, tiene 45 años, es padre de dos niños, está casado y el 29 de noviembre del año 2016, a punto de cumplir los 38, fue secuestrado a plena luz del día cerca de Puebla (México). Durante 290 días vivió aislado del mundo exterior, sin ver la luz del sol, rodeado de cámaras, con música y ruido de fondo constante. Ni siquiera pudo sufrir el síndrome de Estocolmo, porque nunca pudo ver ni oír a las personas que lo mantenían retenido.

Cuando se van a cumplir diez años del terrible suceso, Juan Cadarso en Religión en Libertad  ha charlado con este sobreviviente que logró mantenerse con vida en "una caja" de 1,5 m de ancho por 2 m de largo. Gracias a un pacto con Dios, y a una "visión" que tuvo de su hijo pequeño, este empresario, que compagina su trabajo con ser escritor y conferenciante, se autoimpuso reencontrarse un día sano y salvo con sus seres queridos.

Lo que van a leer a continuación es la increíble historia de un hombre "común y corriente" que luchó cada día por no resignarse a morir sepultado en lo que llamaría "aquel contenedor de almas". 

Alberto de la Fuente ha contado su testimonio en La caja. Crónica de un secuestro de 290 días. Puedes comprarlo en este enlace.

-¿Quién es Alberto de la Fuente?

-Soy un sobreviviente de un secuestro que duró 290 días. A pesar de ello, he tratado de reconstruir mi vida como si no hubiera sucedido, lo que me convierte en una persona común y corriente. Soy padre de familia, empresario y, ahora, escritor y conferenciante.

Mi único propósito es ayudar con mi testimonio a personas que están viviendo una situación difícil, que están desesperanzados, que no encuentren la manera de salir de sus problemas. Me gusta compartir mi historia, por si puedo guiarlos en esa oscuridad. Es una historia que le puede ayudar a cualquier persona.

-¿Nos puedes describir cómo era "la caja"?

-Desde que me secuestraron, desde el minuto uno, me cubrieron los ojos, me esposaron y me pusieron una especie de antifaz con el que no podía ver nada. Cuando logré ver otra vez me encontraba en un lugar de dimensiones ridículas. Yo a 'la caja' la llamo 'el contenedor de almas'. Era un espacio de 1,5 m de ancho por 2 m de largo, si estiraba mis brazos tocaba las paredes, y si caminaba tres o cuatro pasos me encontraba con otro de los muros.

Este lugar estaba cubierto por entero de gris. Cada pared tenía una mirilla desde donde me observaban los secuestradores. En el techo, que tendría una altura de 2,10 cm había dos lámparas led, donde ponían siempre la luz a una baja intensidad. En medio había un detector de movimiento, por si en algún momento se me ocurría patear la caja o tirar la puerta. En dos de las esquinas había dos cámaras de videovigilancia infrarroja, y, en las otras dos esquinas, había dos bocinas forradas de gris por donde me martirizaban con música a todo volumen las 24 horas.

El mobiliario era muy precario, al no ser un cuarto corriente, no tenía instalaciones de ningún tipo: no tenía baño, no tenía lavabo, no tenía ducha. Básicamente tenía un colchón muy pequeño, que era casi como dormir en el suelo. Esto me causó muchos dolores de cervicales y de espalda durante semanas.

Recreación de 'la caja' en la que estuvo encerrado Alberto. 

También había ciertos artículos de necesidad básica, como un cepillo de dientes, papel higiénico, un pequeño banco para sentarme, y el lugar donde hacía mis necesidades, que era una especie de nevera naranja portátil, que, afortunadamente, tenía una tapa. En una de las paredes había dos extractores de aire, por supuesto, no había ventanas. No tuve contacto con la luz del sol durante nueve meses y medio. Había, además, una puerta pequeña, por donde me introdujeron, que no tenía bisagras ni cerradura. Tenía su mirilla y una trampilla, como en las cárceles, por la que me metían la comida y los libros. 

-El 29 de noviembre se cumplieron ocho años del día en el que fue secuestrado...

-Ese día era, también, el aniversario de boda de mis padres, que acaban de cumplir ahora 50 años de casados. Los primeros aniversarios fueron más difíciles, eran días que no me apetecía salir a la calle o intentaba irme de viaje. No es una fecha que me encante ni me emocione, a mí me gusta más celebrar el 14 de septiembre, que fue la fecha de mi liberación.

Le he ido restando peso y nostalgia a la situación, porque si algo me impuse desde que salí fue intentar recuperar mi vida con la mayor normalidad posible. No me quiero estancar en un hecho que ya pasó, aún hay secuelas y llevo cicatrices, más del alma que físicas. En ese encierro hubo más violencia psicológica que física, aunque también me pegaron.

-¿Y, cómo fue ese 14 de septiembre?

-El anhelo de cualquier persona que esté privada de libertad es volverse a reencontrar con los suyos, con su familia. En el encierro uno se da cuenta de que lo verdaderamente importante, y por lo que vale la pena luchar, es por la familia. En ese tiempo tenía una niña de un año, y un niño de tres años y medio. Siempre digo que mis hijos fueron mi mayor dolor pero, también, mi mayor motor. Fueron los motivos por los que traté de no romperme dentro de 'la caja', todos los días pensaba y rezaba por volverlos a ver.

En un secuestro tan largo, la única manera de sobrevivir es encapsulando o anestesiando tu lado más humano. Tienes que volverte un hombre de piedra para poder soportar lo insoportable. Durante los primeros meses lloraba cinco o seis horas seguidas, pero los últimos meses ya ni siquiera podía llorar.

Cuando me notifican, mediante un comunicado, que se había llegado a una negociación, estaba tan muerto en vida que ni siquiera sentí nada. No fue el sentimiento que hubiera esperado, apenas se me escapó una o dos lágrimas, además, no sabía si era verdad o estos personajes estaban jugando con mi psicología.

Cuando me reencontré con mi familia pudo parecer un encuentro más bien frío, como si hubiera estado de vacaciones. Más allá de que volví con 25 kilos menos y totalmente blanco por no haber visto el sol. Pero, no me desmoroné, no me desarmé, por esa coraza que se había creado durante mi cautiverio. Para volver a recuperar los sentimientos tuvieron que pasar todavía un par de meses.

-¿Qué le dijeron sus hijos al verlo?

-Mis hijos eran muy pequeños. La niña fue la que menos se resintió de mi desaparición. Lo que sí fue duro fue cuando me vio al llegar a casa, que ni siquiera me reconoció. De las cosas que más sufrí fue que tardara mucho en reconocerme y en cogerme cariño.

El niño, como manteníamos una relación muy cercana, a pesar de que tenía tres años y medio, preguntaba por mí prácticamente todos los días. Mi familia optó por mentirle, y decirle que, por un tema de trabajo, tuve que irme a vivir a España. El niño siempre me tuvo en su corazón, y, desde que me vio, corrió hacia a mí, me abrazó. Durante muchos meses, cada vez que iba al baño, se quedaba en la puerta, cuidándome, como para que papá no se volviera a escapar. 

El empresario Alberto de la Fuente en una peregrinación a Santiago de Compostela con su libro "La caja" en el que cuenta su testimonio

 -¿Y su mujer?

-Siempre supe que corría un riesgo muy alto de ser asesinado, porque en mi país muchas veces los secuestradores no cumplen con el trato. Pero pensaba en ese reencuentro con mi mujer y me preparé por si ese día llegaba. Fueron tantos meses que, muchas veces, lo dudé. Así que decidí que en vez de desarmarme o llorar era bueno hacerle una broma.

Nosotros, antes del secuestro, teníamos una boda a la que no queríamos ir, y estábamos buscando una excusa. Se me ocurrió decirle eso a mi mujer. Al verme, nos dimos un abrazo y le dije que había encontrado una buena excusa para no ir a la boda. Se me quedó mirando como si me hubiera vuelto loco, luego entendió la importancia de romper el hielo con una broma.

-Se acerca la Navidad... ¿cómo fueron esos días lejos de los suyos?

-Fue terrible, nunca había valorado tanto una fecha tan significativa. Mi secuestro tuvo la particularidad de que nunca tuve contacto con mis secuestradores, no podía hablar con ellos ni ellos conmigo. Todo era por carta redactada por ordenador. Dentro de 'la caja' los vi tres veces y no los vi, porque entraban disfrazados con monos blancos, como si fueran trajes bacteriológicos.

Fue un cautiverio de completa soledad, una soledad muy dura pero que también me permitió muchísima introspección y conexión espiritual. Esa Navidad, que yo no sabía si era 25 de diciembre o no, porque no tenía forma de constatar el paso del tiempo, fue terrible. Ahí entendí que la verdadera importancia de esas fechas es estar con la gente que amas, que los regalos y los brindis son lo de menos.

-Habla de conexión espiritual... ¿cómo era su relación con Dios antes del secuestro?

-Yo era un católico por imposición geográfica. No era un gran practicante, pero siempre he creído en Dios, nunca me fue ajeno. Siempre supe que había algo más allá de lo entendible, una fuerza que nos cuida y que nos protege.

Durante mi cautiverio, los primeros días, sí que estaba enfadado y decepcionado con Dios, no entendía por qué me sucedía a mí, cuando yo no era una persona que se metiera con nadie. No entendía bien si era un castigo.

Pero, en un momento de lucidez, dentro de todo ese ruido que había en 'la caja', porque estaba intoxicado de cortisol, en continuo estrés, comencé a hablar con Dios y le dije: 'tengo claro que Tú no me pusiste aquí, que esto no es un castigo, que no me quieres dar ninguna lección, pero juntos vamos a salir de esta prueba, Tú vas hacer tu parte fuera de los cuatro muros de esta caja y yo haré la mía dentro. Él cumplió con su parte, y yo también.

Para la persona que está en libertad puede parecer algo muy simple, pero me propuse levantarme con la mejor actitud, empecé a rezar muchísimo, a comer todos los alimentos que me daban, me gustaran o no, comencé a hacer ejercicio, para producir endorfinas, y que no muriera de tristeza, a leer todos los libros que me dieran, aunque la literatura era horrible, todo eran libros de zombis.

En ese momento hice un pacto con Dios, no le endosé la responsabilidad de que me sacara sino que hiciéramos un trabajo en conjunto. Ese día se gestó una comunión increíble, que nunca se había dado, ni en mi bautizo ni en mi confirmación. Fue un diálogo de tú a Tú, y, desde entonces, durante nueve meses, tuve diálogos y diálogos con Dios.  

-¿Se encomendaba a algún santo o a la Virgen?

-Cuando me metieron en 'la caja' me quitaron la ropa, me desnudaron al 100% y me dieron un uniforme carcelario, que también era gris. Lo único que me dejaron fue una medalla de San Benito, que me regaló mi esposa cuando éramos novios, era como una conexión directa con mi mujer y con Dios. La apretaba con fuerza cuando rezaba, desde entonces nunca me la he quitado, ni para lavarla.

A San Benito le recé muchísimo, en ese momento no tenía ni idea de quién era ni por qué era famoso, luego ya me enteré de que la gente le reza para mantener al mal fuera. También me encomendé mucho a la Virgen de Guadalupe. Hacía más de 500 oraciones cada día. Eran avemarías y padrenuestros, que eran casi las únicas que conocía. Llevaba tanto tiempo sin decirlas que, al principio, me costaba recordarlas. Cuando no rezaba estaba hablando con Dios.

A los cuatro meses hubo un momento muy especial. Después de luchar mucho y echarle ganas, al no tener noticias del mundo exterior, me vino un bajón emocional muy fuerte. Empecé a coquetear con una depresión. Hubo dos días en los que dejé de hacer mi rutina, mis ejercicios, dejé de comer y, simplemente, estaba tumbado todo el día. Siempre he pensado que fue Dios el que me mandó esa señal.

Entonces, pude ver la imagen de mi hijo pequeño, a unos pocos centímetros de mí. Él no me dijo nada, simplemente nos miramos, y, en ese momento, comprendí que era una señal de Dios. Que no dependía de mí que estos tipos entraran y me pegaran un tiro en la cabeza, pero sí de la actitud con la que enfrentara al encierro. Lo tenía que hacer de la mejor manera, porque, si se daba el milagro de mi liberación, quería que mi familia me viera fuerte, no a una persona que se había vuelto loca, o a alguien débil. Gracias a esa 'aparición' se renovó toda mi actitud.

Alberto junto a su familia tras terminar el Camino de Santiago

-¿Qué sentimientos tiene hacia sus captores?

-En su momento, antes de mi encierro, tuve la suerte de oír un testimonio de una persona que estuvo 257 días secuestrada en condiciones muy similares a las mías, en los años noventa. Cuando estaba intentado adaptarme a 'la caja' buscaba información en mi cabeza  que me pudiera ayudar a sobrevivir, y me acordé de la charla de este personaje.

Sus puntos eran: encomendarse a Dios, que era algo que ya había aceptado; hacer ejercicio, llegué a hacer nueve horas de ejercicio diario, y, la tercera, era 'no canalices tu energía odiando a las personas que te tienen cautiva, si haces eso te vas a enfermar, canalízala mejor en las razones por las que quieres salir de ahí'.

Es muy difícil odiar a quien nunca viste, a quien nunca oíste, con los que no tuve ni siquiera el síndrome de Estocolmo, porque no hubo nunca esa relación. Al principio buscas a quien echarle la culpa, con quién estar enfadado, pero, con el paso del tiempo, entendí que si seguía cargando con esa bola de odios y resentimientos lo único que iba a pasar es que no iba a disfrutar de mi anhelada libertad.

Llegué a la conclusión de que yo ya había sufrido demasiado en la vida, y que, ahora, tocaba mirar para adelante. Que si no sanaba emocionalmente iba a terminar salpicando a la gente que mas quería.

-¿Sirvió para algo todo este sufrimiento?

-Fue una experiencia que me habría ahorrado si hubiera podido. A mí el secuestro me sigue doliendo mucho, pero, dentro de todo, me permitió conocer lo fuerte que soy. Me descubrió muchas características que no sabía que tenía.

Gracias a esta experiencia he priorizado lo que realmente es importante en la vida. Me dio una mirada que me permite ver la vida de manera distinta, vivir una situación límite te da una sensibilidad muy especial. 

-¿Y, ahora, cómo se lleva con Dios?

-Ya no tengo la misma conexión que en 'la caja', no porque crea menos sino porque estoy en mi día a día cotidiano. Siempre le voy a estar agradecido y no hay día que no amanezca y le de gracias por estos tiempos extras que me ha regalado. Yo ya soy más de los que agradecen que de los que piden.

»He hecho tres caminos de Santiago. Al primero llevé a mi mujer. Al segundo invité a mi padre, porque fue el negociador directo y tuvo que cargar con una piedra muy pesada. De sus decisiones dependía mi vida. Y hace un año hice el tercero con mi mujer y mis hijos. De las mejores experiencias de mi vida. Los niños no saben la historia completa, pero se la vamos dosificando. Siempre agradezco por la vida y es lo que le trasmito a mis hijos.

-¿Qué busca contando su testimonio en un libro?

-El libro encierra muchos mensajes, pero me gusta sintetizarlo en que las personas no le den el poder a ninguna circunstancia, que cada uno es el capitán de su navío y el guionista de su vida. Aunque la situación sea difícil, si se tiene actitud y fe, se puede salir adelante. 

»A los que están sufriendo, que crean en sí mismos y en Dios, y le echen ganas, porque siempre hay motivos para salir, yo soy un ejemplo viviente. Soy un sobreviviente de una situación extrema y he podido recuperar la felicidad.

»Como escribí en una libreta dentro de 'la caja': el tiempo que me robaron lo voy a triplicar. Mi secuestro fue un viaje a los confines de la propia oscuridad, donde yo era el único pasajero y Dios, mi piloto. 

Puedes comprar 'La caja. Crónica de un secuestro de 290 días' en este enlace.  

Christopher con 12 años se preguntó «¿quién es el verdadero Dios? Investigué, leí el capítulo 6 del Evangelio de San Juan y vi que la Eucaristía es sin duda el cuerpo y la sangre de Jesucristo y me he bautizado católico»

Christopher recibiendo la Eucaristía por primera vez, en la iglesia de San Lucas en Revesby, el domingo de la Divina Misericordia de este año / Foto: Patrick J Lee - The Catholic Weekly

* «Un día estaba navegando por Instagram y me topé con un vídeo que explicaba la diferencia entre protestantes y católicos. Así que me sumergí en ese mundo y vi muchos debates; fue así como realmente me adentré más profundamente en la teología. Investigué sobre los apóstoles y la historia de la Iglesia primitiva»

Camino Católico.-  A pesar de haber crecido en un hogar no religioso, creer en Dios era algo natural para Christopher. Dado que su abuela le había puesto ese nombre porque quería que llevara el nombre de un santo, parecía inevitable que, algún día, el adolescente de Sídney acabara teniendo una relación con Dios.

"Tenía clases de religión en el colegio y creía que Jesús era Dios", cuenta Christopher a The Catholic Weekly. "Pero no era algo en lo que pensara mucho, simplemente así eran las cosas, porque no había conocido nada más", añade.

Sin embargo, a los 12 años, Christopher empezó a hacerse preguntas más profundas, una de las cuales le llevó a emprender un riguroso proceso de investigación sobre la teología y la filosofía de diferentes religiones, incluido el catolicismo. 

"¿Quién es el verdadero Dios? ¿Tengo una idea correcta de Él? Era algo en lo que pensaba cada vez que tenía ocasión, así que lo investigaba poco a poco", dice.

Christopher es bautizado, en la iglesia de San Lucas en Revesby, el domingo de la Divina Misericordia de este año / Foto: Patrick J Lee - The Catholic Weekly

Empezando de forma general, exploró diversas religiones para ver si alguna fe distinta del cristianismo podía ser verdadera. El cristianismo pronto destacó sobre las demás.

"Un día estaba navegando por Instagram y me topé con un vídeo que explicaba la diferencia entre protestantes y católicos. Así que me sumergí en ese mundo y vi muchos debates; fue así como realmente me adentré más profundamente en la teología. Investigué sobre los apóstoles y la historia de la Iglesia primitiva. Entonces me di cuenta de la verdad sobre la Eucaristía y leí el capítulo 6 del Evangelio de San Juan. Vi que la Eucaristía es sin duda el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Así que pensé: «Vale, tengo que ir a la iglesia que tenga esto»", confidencia Christopher.

En ese momento, Christopher debía decidir entre la ortodoxia y el catolicismo. Aunque al principio no tenía una respuesta clara, su decisión se basó finalmente en la unidad, la universalidad de la Iglesia católica y el Credo de Nicea. 

Así, a los 14 años, se inscribió en los cursos de Iniciación Cristiana para Adultos (RICA), aún sin estar seguro, pero con una actitud abierta. "Decidí intentarlo", señala.

Christopher es confirmado, en la iglesia de San Lucas en Revesby, el domingo de la Divina Misericordia de este año / Foto: Patrick J Lee - The Catholic Weekly

Con la orientación y el apoyo del padre Dariusz Basiaga SDS y de los feligreses de la parroquia St Luke's de Revesby, Christopher recibió los sacramentos de iniciación el Domingo de la Divina Misericordia y eligió a San Agustín como su santo de confirmación. "Quería alguien a quien admirar, y sentí una gran conexión con él; simplemente sentí que estaba destinado a estar con él", afirma.

Al confidenciar lo que vivió en su Primera Comunión, comenta de forma sintética pero radical... que le llamó la atención lo diferente que se sentía respecto a la comunión en otras iglesias. "Mi cuerpo se sentía diferente", dice. 

Christopher espera vivir su fe más profundamente y convertirse en el mejor católico que pueda ser. A otros de su edad que buscan la verdad, les ofrece un consejo sencillo: "Simplemente hazlo: confía en Dios. Llegará un momento en que Dios te aclare el camino. Él te dirá: «Ven aquí», porque esta es su verdadera Iglesia".