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jueves, 10 de septiembre de 2026

José Ignacio, el esposo que cada día elige amar más a su mujer Claudia con Alzheimer temprano: «Poder cuidarla solo, no puedo; me gana el dolor; Dios cuida de ella, no es mérito propio; sin Él no soy nada»

José Ignacio y Claudia / Foto: Cortesía - ACI Prensa

* «Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza… Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada… El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar… Cada día la amo más. Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas… Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado»

Camino Católico.- Durante casi 30 años, José Ignacio y Claudia construyeron un matrimonio con alegrías, hijos, proyectos y dificultades propias de la vida en común. Pero hace unos seis años llegó una prueba que ninguno esperaba: a Claudia le diagnosticaron Alzheimer de inicio temprano a los 44 años.

Desde entonces, José Ignacio ha tenido que aprender una nueva manera de amar: más profunda, más entregada, una que reafirma su vocación y su deseo de llegar al cielo junto a Claudia.

“Soy un hombre eternamente enamorado de su esposa, un padre de familia que, antes de estar enamorado de su esposa, es un hijo de Dios que ha encontrado en el camino respuestas a muchas preguntas, precisamente en el dolor”, relata en entrevista con ACI Prensa.

José Ignacio y Claudia en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

La enfermedad de Claudia ha cambiado muchas cosas en su matrimonio, pero, asegura, no ha cambiado la promesa que hicieron el día de su boda.

“El amor es una decisión. El amor no es un sentimiento. El amor es una decisión y tienes que decidir amar a diario”, afirma.

Su historia es, para él, una oportunidad de hablar de la belleza del matrimonio católico y de una promesa que no está condicionada a que todo vaya bien. Es la historia de un esposo que, en medio del cansancio, el dolor y la incertidumbre, intenta permanecer junto a la mujer con quien decidió compartir su vida.

José Ignacio y Claudia se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México) / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz”

José Ignacio y Claudia, ambos mexicanos, se conocieron gracias a una cita a ciegas el 31 de agosto de 1997. Cuando él la vio por primera vez, recuerda haber pensado “wow”. Con el tiempo descubrieron que compartían muchos gustos y, sobre todo, que disfrutaban estar juntos.

Se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México). Claudia tenía 24 años y José Ignacio 28. Formaron una familia con tres hijos, que son su orgullo: María José, Federico José y Anaisabel.

Actualmente viven en Houston, Texas, tienen un pequeño nieto de seis meses y esperan la llegada de otros dos.

Desde su noviazgo y a lo largo de su vida matrimonial han vivido una fe sólida.

“Íbamos a Misa diariamente desde que nos casamos”, cuenta José Ignacio, quien asegura que ambos eran conscientes de que su camino como esposos tenía una dirección mucho más grande que ellos mismos: el cielo.

José Ignacio y Claudia cuando se conocieron / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz, con contratiempos como todos”, dice.

En la boda, el sacerdote les soltó una frase que José Ignacio todavía recuerda: “Entraron solteros, van a salir para siempre unidos en una sola persona”.

Ellos se miraron y entendieron que aquella unión no era solamente una expresión bonita.

“Es que somos uno”, pensaron.

Con el paso de los años llegaron los hijos, las responsabilidades y también los momentos difíciles.

“Obviamente hubo cosas desagradables. Pero ya no las recuerdo, porque mi esfuerzo es verla siempre con amor y que ese amor crezca”, afirma.

José Ignacio y Claudia cuando sus hijos eran pequeños / Foto: Cortesía - ACI Prensa

El diagnóstico que cambió sus vidas

Claudia tenía 44 años cuando recibió el diagnóstico de Alzheimer de inicio temprano.

José Ignacio ya había comenzado a notar algunas confusiones, pero las atribuía al cansancio. La enfermedad, además, no era completamente desconocida para la familia: tanto su madre como su suegra la habían padecido.

Fue durante una consulta médica cuando un neurólogo advirtió señales que llevaron a realizar nuevas evaluaciones.

El diagnóstico fue devastador. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que, con el tiempo, lleva a la muerte.

José Ignacio y Claudia en la actualidad sosteniendo a su nieto / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Según el sitio web del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos (HHS), esta enfermedad “destruye lentamente la memoria y la capacidad de pensar y, con el tiempo, la habilidad de llevar a cabo hasta las tareas más sencillas”. Asimismo, las “personas con Alzheimer también experimentan cambios en la conducta y la personalidad”.

Se calcula que más de 6 millones de personas que viven en los Estados Unidos, muchos de 65 años o más, tienen Alzheimer. De acuerdo a Mayo Clinic, el Alzheimer de aparición temprana afecta a 41 de cada 100.000 personas entre los 30 y los 64 años.

Esta enfermedad tiene un impacto en muchas más personas, como los familiares del paciente y principalmente quien asume el rol de cuidador, como es el caso de José Ignacio.

Cuidado a tiempo completo

El tratamiento de Claudia empezó al poco tiempo del diagnóstico. La enfermedad no tiene cura, pero el tratamiento ayuda a ralentizar su avance. Claudia recibe un tratamiento por infusión en el hospital cada dos semanas, o incluso con mayor frecuencia.

Durante los primeros años, el deterioro no fue tan evidente. Sin embargo, José Ignacio explica que en los últimos dos años la enfermedad se hizo mucho más perceptible, especialmente en la orientación y en la ejecución de tareas simples.

La memoria, explica, todavía conserva muchos recuerdos. Pero otras capacidades han comenzado a desaparecer y con ellas también ha cambiado la dinámica familiar. José Ignacio dejó su trabajo en el sector financiero y hoy se dedica a tiempo completo a cuidar a Claudia.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa”

Para José Ignacio, sin embargo, hay algo que no ha cambiado: la presencia de Dios.

“Cuando tienes a Dios en medio, Dios habita en medio de los esposos cristianos y nunca los deja”, sostiene.

Por eso entiende el matrimonio no simplemente como una convivencia o como un sentimiento que permanece mientras las circunstancias son favorables.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa y el papel de tu esposa es hacerte feliz. A tu esposa hay que dedicarte y decidirte a amarla diario, porque ese amor lo tienes que alimentar”, explica.

La enfermedad hizo todavía más evidente para él el sentido de una promesa. “Cuando te casas haces una promesa. Es una promesa, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, recuerda.

La adversidad, dice, no es algo que los novios suelen imaginar cuando se casan, pero forma parte de la vida.

“La enfermedad llega. Lo último que piensas es en una enfermedad, pero la realidad en el matrimonio es que, la enfermedad en la que prometes estar, llega. Va a llegar de uno o del otro y tarde o temprano”.

“Dios no manda sufrimientos”

José Ignacio rechaza la idea de que Dios sea quien envía el sufrimiento.

“Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza”, afirma.

Esa convicción es la que, según cuenta, le permite hacer cada día cosas que muchas veces siente que no podría realizar por sí mismo. Bañar a Claudia, vestirla, acompañarla y ayudarla en sus actividades cotidianas se han convertido en parte de su vida.

“Yo poder cuidar a Claudia solo, no puedo. Me gana el dolor. Sin embargo, Dios lo hace, no es mérito propio. Dios cuida de Claudia”, asegura.

Incluso hay momentos aparentemente pequeños que para él expresan la dignidad con la que quiere seguir tratando a su esposa: “Yo la maquillo porque tiene que salir con la dignidad de una reina. Y Dios es el que hace eso a través de mí”.

“Yo hacerlo solo no podría. Yo sin Dios no soy nada”, subraya.

José Ignacio, Claudia en el bautizo de su hijo, Federico Celis, el 26 de junio de 2024 / Foto: Cortesía - ACI Prensa

San José y una nueva forma de cuidar

Cuando comenzó la enfermedad, José Ignacio recurrió especialmente a San José.

“San José, ayúdame a cuidar de Claudia. ¿Cómo tú cuidarías de la Virgen si la Virgen tuviera Alzheimer? Igualito, idéntico. No me dejes fallar”, le pide siempre.

San José se convirtió así en un modelo de esposo y cuidador: un hombre llamado a proteger y servir sin protagonismo. Sin embargo, José Ignacio confiesa que no es nada fácil.

“No quiero mentirte al decirte que no me canso, que no hay ganas de correr, de salir corriendo, sería mentirte”, reconoce.

Amar incluso cuando la enfermedad cambia al otro

Uno de los aspectos más difíciles del Alzheimer es la pérdida progresiva de la reciprocidad que caracteriza la vida matrimonial.

“Yo sé que quizá ella por su misma enfermedad pues a veces no pueda tener esa reciprocidad que uno espera, pero yo la busco en pequeños gestos”, afirma.

Para José Ignacio, el amor no desaparece cuando el otro deja de poder responder de la misma manera. Al contrario, es entonces cuando la promesa matrimonial adquiere un significado nuevo.

“El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar”, sostiene.

José Ignacio también ha tenido que aprender a cuidarse para poder cuidar. Su rutina incluye acompañamiento profesional y espiritual durante la semana, además del apoyo de amigos y familiares.

Pero señala que hay una prioridad por encima de todas: “La primera, la espiritual. Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada”.

Una familia que también aprende a vivir con el Alzheimer

La enfermedad de Claudia no afecta únicamente a José Ignacio. También ha cambiado la vida de sus tres hijos.

Una de sus hijas siente el dolor de haber perdido la posibilidad de contar con su madre como había imaginado para su propia familia. Su hijo se pregunta si su madre podrá estar presente en momentos importantes, como su graduación. Y la hija menor ha perdido a aquella madre con quien podía conversar y compartir sus preocupaciones.

La enfermedad les ha enseñado que la familia también necesita acompañarse y sostenerse mutuamente.

“El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”

Entre las cosas que más conmueven a José Ignacio está la manera en que ahora mira a Claudia.

La enfermedad ha transformado su rostro y su manera de relacionarse con el mundo. Él habla de una especie de inocencia que percibe en ella.

Y entonces se hace una pregunta: “¿Cómo no te vas a enamorar cada día más de eso?”.

Su respuesta no está en negar el dolor, sino en descubrir que el amor puede adquirir nuevas formas. “El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”, explica.

Pero lo hace también por Claudia. Cuando ella lo ve triste, él sabe que su tristeza también la afecta. Por eso, intenta luchar por la alegría.

José Ignacio suele decir que es un “consentido de Dios”. No porque su vida sea fácil, sino porque, a pesar del sufrimiento, reconoce haber recibido la fuerza para seguir amando.

“Porque cada día la amo más”, afirma.

Y en los momentos más difíciles, asegura sentir que no están solos.

“Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas”.

Una promesa que sigue viva

José Ignacio sabe que el Alzheimer de Claudia avanza, pero su mirada está puesta en algo que considera todavía más importante.

“Yo tengo que trabajar para ganarme el cielo. Ella no, yo sí. Entonces digo: ‘Dios mío, estoy cada vez más consciente de que mi trabajo aquí es ganarme el cielo’. Y al mismo tiempo, quiero estar con ella, recorriendo ese camino”.

Cada día que transcurre, José Ignacio decide amar. Decide permanecer. Decide cuidar. Decide volver a empezar. Porque, para él, el matrimonio no consiste en esperar que nunca llegue la cruz, sino en descubrir que, cuando llega, los esposos no tienen por qué cargarla solos.

“Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado”.

Y esa es quizá la lección que quiere dejar a otros esposos: que el amor en el matrimonio no pierde su belleza cuando llegan los días aciagos. Al contrario, revela la profundidad de la promesa hecha un día ante Dios.

“El amor es una decisión”, repite José Ignacio.

Una invitación a acompañar a José Ignacio y Claudia

Quienes deseen acompañar a José Ignacio y Claudia en este camino pueden hacerlo con la oración y también a través de una ayuda económica. Tras dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de su esposa, José Ignacio enfrenta junto a su familia los desafíos que implica el avance del Alzheimer de Claudia.

Campaña de ayuda:

🔗 https://www.gofundme.com/f/support-for-claudia-celis-alzheimers-care 

Gema de Beas: «Me quedé ciega, eché a Dios de mi vida, que fue lo peor que pude hacer, perdí trabajo y amistades, me regalaron un Niño Jesús, empecé a pedir fuerzas y a encontrar consuelo en la oración»


Gema de Beas

Camino Católico.- A los 29 años, Gema de Beas se enfrentó a un cambio drástico en su vida. Debido a complicaciones derivadas de la diabetes, una serie de operaciones oculares la dejaron completamente ciega. A través de su conmovedor testimonio, el cuál ha contado en 'Ecclesia Es Domingo' de 13 TV, explora las profundas crisis de fe que enfrentó, el gran apoyo de su familia y su esposo Ricardo, y el milagro del nacimiento de su hija, María.

Vídeo de 13 TV en el que Andrés Gema de Beas cuenta su testimonio

Una experiencia que de Beas describe como un proceso devastador que la llevó a una profunda crisis de fe, cuestionando por qué Dios le había permitido pasar por esa prueba. “Eché a Dios de mi vida, que fue lo peor que pude hacer", confiesa. Una pérdida de visión que desencadenó otras pérdidas. “Perdí trabajo, perdí amistades porque la gente, yo creo que porque no saben cómo dirigirse a ti, cómo tratarte”. 

El Regalo de la Fe y la Familia

Sin embargo, el apoyo incondicional de su familia, especialmente de su hermana, quien también quedó ciega poco después, fue muy importante para su recuperación. La fe de su hermana le hizo reflexionar sobre su propia actitud y le inspiró a afrontar su nueva realidad con valentía. "Mi hermana con una fe impresionante, una fortaleza, una entereza, un Dios ha querido esto. Yo alucinaba, pero también al mismo tiempo me ponía de mal humor porque yo decía, 'bueno, si él lo lleva tan bien, ¿por qué yo lo llevo tan mal?'"

De Beas encontró consuelo en la oración, especialmente a través de la imagen de un Niño Jesús que le regaló una monja. Aunque no recuperó la vista, encontró la fuerza necesaria para seguir adelante y reconstruir su vida. "Le empecé a pedir fuerzas, simplemente que me diera fuerzas para salir de aquello" cuenta.

En la ONCE, Gema encontró un nuevo círculo social y conoció a su futuro esposo, Ricardo. A pesar de un comienzo accidentado, su relación floreció y se casaron dos años y medio después. "Un mundo bueno, alegre y divertido" destaca. Y aunque Ricardo era agnóstico al principio, la influencia de Gema, su familia y un párroco lo llevaron a encontrar la fe. "Fue gracias a mi familia, a mi madre concretamente".

El Milagro de la Maternidad

La pareja deseaba tener hijos, pero los médicos le diagnosticaron a Gema otra enfermedad que hacía peligrosa la maternidad y le dijeron que no podría llevar un embarazo a término. Desolados, renunciaron a la idea de tener hijos biológicos y exploraron la adopción, pero se les negó debido a su discapacidad visual. "Si eres invidente, no te dejan adoptar", denuncia, sacando a relucir la discriminación que enfrentan las personas invidentes.

Sin embargo, el destino dio un giro inesperado, y Gema se quedó embarazada ocho meses después. Confiando en Dios y en un médico, dio a luz a una niña sana llamada María. "María llegó a término, cosa rara porque en embarazos de personas diabéticas los niños salen antes. Hay que programarlos porque salen más grandes de lo normal. Y María nació perfectamente" relata. 

Hoy en día, Gema, Ricardo y María viven una vida plena llena de fe. Participan en su parroquia y encuentran un gran apoyo la oración. "Nosotros procuramos rezar todas las noches juntos, tener ahí nuestra oración familiar y tener presente a Dios en nuestras vidas, a pesar de que somos humanos y fallamos mucho, pero para nosotros es muy importante tener a Dios en nuestro camino".

Andrés Carrión hundido en las drogas y la santería quería suicidarse y acabó en la cárcel: «La misericordia de Dios es infinita y su voz ha estado conmigo porque he tenido conciencia de pecado; el miedo al infierno me salvó»


Andrés Carrión dice que "en la cárcel descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad"

* «Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra. Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas»

Vídeo de El Rosario de las 11 PM en el que Andrés Carrión cuenta su testimonio

* «Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo.Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga. Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios»

Camino Católico.- Andrés Carrión es español, tiene 34 años, está casado y tiene cuatro hijos. Del Camino Neocatecumenal, su historia es realmente de película. De una dura infancia en una familia desestructurada, pasó a la cleptomanía, a consumir drogas, posteriormente al tráfico de drogas, a la santería... hasta que el encuentro con Dios en la cárcel le devolvió la paz, y a conocer a la que hoy es su mujer. Acaba de contar su testimonio en  El Rosario de las 11 PM. Esta es su historia contada en primera persona con los fragmentos esenciales que relata en el vídeo: 

Nací en una familia cristiana, al uso, pero un poco desestructurada. Mi madre me tuvo con 17 años. Fue por accidente, no digo que fuera un hijo 'no querido' pero sí 'no deseado'. Mi vida, desde los primeros días, no fue nada fácil. Mi madre tuvo anorexia de joven y estuvo a punto de morir. Fue un milagro que siguiera viva. Entonces, mis abuelos maternos fueron los que me sustentaron y me criaron.

Vivía en un barrio de la zona sur de Móstoles, en Madrid. Un barrio normal y corriente en el que se ven muchas cosas. Desde bien pequeñito empecé a jugar con ciertas cosas, empecé a robar en los bazares chinos (...). Eso, poco a poco, me llevó a dar más pasos. Con 8 años di mi primera calada a un cigarrillo (...). Yo tenía una carencia muy grande de madre y de padre, y la buscaba llenar en la calle. Lo que fueron hurtos pequeños sin importancia empezaron a ser un poquito más grandes.

Esto me creó una adicción que se llama cleptomanía. Todo lo que veía lo tenía que robar, sentía que lo necesitaba, tenía que robarlo, incluso hasta a mis amigos. Con nueve o diez años ya no era feliz, y no era feliz porque, en realidad, mi corazón ansiaba lo que veía en mis amigos, que tenían padre y madre en casa. Yo no sé lo que es llegar a mi casa y decir 'hola, mamá', y 'hola, papá'. Mi vida fue un ir y venir".

Me llevaron a un colegio que me generó mucha violencia. Tenía muchos problemas en la escuela. No sentía esa paz, esa felicidad, esa tranquilidad. Estaba harto de volver con mi madre, luego con mi padre, otra vez con mi abuela. Con doce o trece años empecé a tocar los porros y me generó una adicción desde bien joven, hasta el punto de que no podía vivir sin ello. Con trece o catorce años yo ya no podía vivir sin una piedra de hachís en el bolsillo.

Tenía la adicción al chocolate, al hachís... y, con esa edad, no tenía ingresos, con lo cual solo tenía una opción, que era gastar lo que me daban de paga. Pero, como mi consumo diario era muchísimo, eso me llevaba a robar constantemente, a robar a mi familia, a mi madre... a mi abuela le he robado muchísimo, no puedo decir la cantidad de cosas de casa que le quitaba para venderlas. El día que me levantaba y no tenía una piedra de hachís en el bolsillo del pantalón me generaba una ansiedad...

Andrés Carrión asegura que "a mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño"

Esto me llevó un punto de querer quitarme la vida, con 15 años ya no quería vivir más, era un completo infeliz. Pero mi padre había vuelto a retomar contacto conmigo, gracias a la Iglesia y en concreto al Camino Neocatecumenal, porque él también tuvo una juventud muy complicada por la droga. Sus catequistas le invitaron a recuperar esa paternidad que había perdido. Entonces me empezó a llevar a la Iglesia. Con nueve o diez años yo participaba de las eucaristías con la comunidad de mi padre, veía en la Iglesia algo que me llamaba mucho la atención, sentía, y vivía, una paz, y una felicidad.

A mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño. Yo tenía una doble vida, cuando iba con mi padre a la Iglesia me iba calando poco a poco, y, con 15 años, me invitaron a hacer las catequesis del Camino. Estaba feliz de estar ahí pero, al mismo tiempo, la calle, el mundo lo tenía tan dentro de mí que no podía soltarlo solo. Me acuerdo de que iba a las celebraciones con una piedra de hachís en el bolsillo, comulgaba con una piedra de chocolate en el bolsillo. Muchas veces he comulgado en pecado mortal. Estaba totalmente absorbido en el mundo de la delincuencia.

Empiezas por una cosa simple y luego pasas a otras drogas, a ver la cocaína, el cristal, drogas sintéticas... Me pasaba noches enteras en Madrid de fiesta drogándome. Hasta que un día, acabé tirado inconsciente en una calle. Había consumido tantos tipos de drogas que no sé por qué no me llegó a pasar algo más. Llegué a desarrollar un trastorno de doble personalidad, en la Iglesia era una persona y fuera otra totalmente diferente.

La droga te genera mucha violencia interna y mi abuela me amenazaba con no dejarme entrar en casa. Un día cumplió su promesa y, gracias a Dios, acabé en la calle. Con 20 años me ofrecieron ganar un dinero fácil, era para hacer un transporte de drogas. Estaba sumido en tantos problemas, y tenía tanta ansia de dinero, que lo acepté sin ningún problema. Era hacer un viaje a Venezuela con todos los gastos pagados, me montaron en un avión y me llevaron para allá. Aquí empieza a torcerse la cosa. Me acuerdo de que me recibió una chica, con la cual tuve una relación personal bastante fuerte.

Ella me dijo que no lo hiciera, porque me iban a meter en la cárcel 15 años. Vi un ángel de Dios que me avisaba, aunque tengo que decir que esta chica es un milagro, porque iba a ganar dinero conmigo, no es que fuese una persona de bien, formaba parte de este negocio. Le hice caso en todo momento, la voz de Dios siempre estuvo conmigo. Siempre he tenido esa conciencia de pecado. Decidí no hacerlo y eso generó un problema grande, estamos hablando de traficantes, de cosas muy serias, hay mucho dinero envuelto. Entonces tuvimos que inventar un accidente de tráfico, que me había roto el fémur y que no podía volar. Cogimos a un maquillador profesional que me maquilló, que me vendó la pierna. Pero el chico, desde España, estaba interesado en venir a ver mi estado.

El tiempo se iba alargando y el chico seguía insistiendo en que iba a venir. Entonces decidí quedarme durante un tiempo en Venezuela. Mis padres pusieron una denuncia por desaparición, y, a los dos meses, les llamé y les dije que estaba allí.


Andrés Carrión reflexiona que "volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar"

Esta amiga, que en teoría era amiga, participaba de una cosa que se llama la santería. Yo he llegado a participar de un rito satánico, te hacen lavados con gallos, cortan la cabeza de los gallos y te limpian. He llegado a hablar incluso con demonios, he llegado a ver cómo mi propia amiga era poseída delante de mí. De la nada más absoluta era poseída por un espíritu que entre tres personas no éramos capaz de sostenerla. Luego me llevaron a hablar con un demonio, con una persona que había sido poseída por el demonio, que hablaba una lengua muy rara, era un lenguaje muy extraño, que yo no entendía, lógicamente.

Estuve nueve meses, hasta que llegó un punto en el que ya tenía que volver a España. La vuelta era muy complicada, me esperaba gente... Durante los primeros días me escondía entre los coches. No podía hacer vida normal, no podía salir a la calle, y una vez, por casualidad, uno de mis mejores amigos me vio y vino a mi casa, y, durante un tiempo, me mantuvo en secreto, me llevaba en coche a otro sitio donde seguía consumiendo droga. Seguía en esa vida de la drogadicción.

Un día me dijo que tenía que plantar cara y decir que estaba aquí, y quedamos con esa persona que llevaba el tema del narcotráfico. Fui pensando que iba a morir, literalmente, ellos no sabían que lo del accidente era un montaje. Yo pensaba que sí lo sabían y que querían cogerme para pagar las consecuencias. Para mi sorpresa, después de un rato largo hablando con esta persona, me dijo que a mí no me iba a pasar nada, pero que la otra chica iba a morir. Entonces la avisé, me dijeron que no lo hiciera, pero cómo iba a quedarme callado, si esta chica a mí me salvó de estar muerto. Ella cometió el error y habló con ellos, y entonces me tacharon de chivato. Me pusieron una cantidad económica que tenía que pagar, yo no tenía dinero y me obligaban a robar, me llevaban a centros comerciales y me obligaban a robar para ir pagando esa deuda. 

Entonces volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar (...). Intenté hacer una nueva vida, pero la calle seguía tirándome. Hasta que con 22 años me volvieron a ofrecer otro transporte de droga, en ese momento estaba en la miseria más absoluta, vivía en la calle. Mi abuela ya no me abría las puertas de su casa. Ocupaba pisos de nueva construcción, para poder pasar la noche allí y, a la mañana siguiente, me iba a un hospital público, me aseaba, y volvía a la vida en el barrio a seguir fumando porros.

Había caído en la cocaína, había gastado mucho dinero. En dos meses, unos 6000 euros, que eran de mi abuelo, él me dejó un dinero para poder montar un pequeño negocio, pero lo acabé malgastando en droga. Me llegué a quedar en 50 kg, esquelético perdido, no comía, solo consumía, fue terrible. Intenté volver a la Iglesia. Dios siempre está abierto a la conversión de quien se arrepiente y soy testigo de ello.

Durante estos años tuve un intento de suicidio, cogí un cuchillo... como yo no sabía lo que era ser feliz, para mí quitarme la vida no era un problema. El problema era que tenía esa voz de Dios, y una vez  escuché que el que se suicida tiene unas papeletas muy grandes para ir al infierno. Está claro que la misericordia de Dios es infinita. Ese miedo a ir al infierno a mí me ha salvado.


Andrés Carrión al salir de permiso de la cárcel conoció a la que hoy es su esposa

Me llegaron a ofrecer este segundo viaje y no me lo pensé ni siquiera un minuto, mi vida estaba tan destruida, estaba en la calle, no tenía nada que perder. Partí para Perú y allí estuve un mes y medio, viviendo en un hotel, drogándome, esperando el momento para hacer el viaje y volver a mi casa. Con la buena intención de que con ese dinero iba a recomenzar una nueva vida, pero eso era mentira. Aquí empieza la verdadera historia de conversión.

En Brasil, en la fila del avión, sacaron la cocaína y un policía me dijo que la cárcel iba a ser mi casa durante los próximos 4 años. Fue un punto de inflexión muy grande, el mayor de mis problemas era que había vivido toda mi vida haciendo mi voluntad. Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. 

Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra y vino unas tres o cuatro veces a verme (...). Fui condenado a cinco años y medio, pero la condena se me redujo a un año y once meses (...). Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas.

Tuve un permiso en la cárcel de una semana, pero volver por tus propios pies a la cárcel no fue nada fácil, caí en una depresión (...). Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo. Todas las semanas se hacía un culto obligatorio, tan obligatorio que si no asistía te pegaban una paliza. Cuando participaba de esos cultos lo que hacía era rezar el Rosario. Mi cuerpo estaba preso pero mi espíritu estaba libre. 

Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo y me llevaba a varios sitios, me invitó a su casa a comer. Intentó hacérmelo lo más agradable posible. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga.

Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios. Espero que pueda haber ayudado a alguien, la Iglesia está para ayuda.

Andrés Carrión