Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

domingo, 15 de marzo de 2026

Carlota Santos, ilustradora: «Tras pasar por los arquetipos del tarot y la New Age, empecé a leer y a investigar y conecté totalmente con el mensaje de Jesús, que es el Señor; he encontrado la verdad y el bien»


Tras pasar por una etapa esotérica, Carlota Santos ha redescubierto la fe católica

* «La magia y el esoterismo fue una fase en mi camino que yo exploré tanto a nivel artístico como a nivel espiritual, que me ha ayudado a llegar adonde estoy ahora y a encontrar la fe otra vez. En eso me ayudó mucho leerme Confesiones de San Agustín. Yo estaba muy preocupada con el tema de haberme dedicado a escribir sobre esoterismo y descubrí que San Agustín, de joven, tuvo ese proceso de estar interesado en este tipo de temas para luego conectar de una manera radical con Jesús. No son compatibles cristianismo y esoterismo. Y actualmente siempre lo digo en mis charlas o tertulias: no recomiendo realizar esas prácticas»

Vídeo del testimonio de Carlota Santos en el programa 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV 

Camino Católico.- La fe transforma el mundo. Carlota Santos es un ejemplo de ello. Tras pasar por el esoterismo y el movimiento New Age contemporáneo, la ilustradora ha encontrado en el mensaje de la fe cristiana «el bien y la verdad». Se siente amada y con un propósito: desmitificar la extendida versión de que el catolicismo no la valora a la mujer. De ahí surge Santas (Penguin Ramdom House), su nuevo libro con el que venera a 50 mujeres destacadas de la historia de la Iglesia que desafiaron su tiempo y cuyo legado sigue inspiración devoción. Amparo Castelló en El Debate entrevista a Carlota Santos, quien habla de su nuevo libro y de su conversión a Jesucristo.

-¿Qué es Santas?

-Es un recorrido a través de 50 mujeres de la historia de la Iglesia y de la Historia en general. 45 de ellas son mujeres que sí tienen el título de santidad y cinco de ellas no, pero sí han sido muy importantes en la historia de la Iglesia. Es un libro con el que puedes aprender sobre la religión, a orar, y a responderte preguntas como ¿por qué es tan importante el cristianismo? He intentado hacer un recorrido a través de los temas fundamentales.

-El libro surge de un proceso de reconversión a la fe por su parte. ¿Cómo fue?

-Fui a un colegio católico. Es decir, ya tenía una educación en valores católicos, pero nunca llegué a conectar del todo con el cristianismo. Siempre he sido una persona muy espiritual y tras pasar por los arquetipos del tarot y otros temas como la New Age, un día sentí la necesidad de ir más allá. Fue una conversión bastante gradual e intelectualizada, diría yo.

-¿Cuándo fue el punto de inflexión?

-Cuando me di cuenta de que la New Age lo que te promete es sentirte bien contigo mismo y yo me empecé a preguntar si más allá de sentirse bien había alguna verdad o un bien que fuera objetivo. Empecé a leer y a investigar sobre muchas religiones. Y con esa búsqueda de la verdad y del bien conecté totalmente con el mensaje de Jesús. Primero, desde una perspectiva cristiana, y al final ya con el catolicismo. Volví a mi punto de inicio. Y no me arrepiento del recorrido que he hecho para volver a llegar al punto de partida porque creo que me ha ayudado a conectar con ello de una forma muy profunda. Es decir, no es por tradición o por costumbre de mi tradición, de mi familia, de mi colegio... sino porque realmente he encontrado ahí una verdad y el bien.

-¿Cuál es esa verdad?

-Que identifiqué en el mensaje de Jesús el bien. Si tú aplicas a tu vida lo que dice el mensaje de Jesús, que está en la Biblia y transmite la Iglesia católica, realmente es un beneficio para todos. El mensaje es una buena brújula para conducirte por el mundo.

-En el libro hay un compendio de oraciones dedicadas a la Virgen María. ¿Hace falta orar más?

-Sí. Hay mucha información en redes sociales, medios de comunicación... que te invita a la meditación o a practicar yoga. Pero es mucho mejor el rezar por una cosa. Es mucho más fácil encontrar un espacio de recogimiento con una oración cristiana, porque forma parte de nuestra cultura y es mucho más sencillo conectar con ella. Hace poco compartí en redes sociales un Padrenuestro porque, hablando con unos amigos que no son creyentes y que tampoco habían ido a un colegio católico no sabían rezarlo, y me pareció increíble que algo que hasta hace pocas generaciones era fundamental conocer se estuviera perdiendo... pues la respuesta me sorprendió aún más. Despertó muchísimo rechazo. Hubo mucho hater. Creo que se tiende muchas veces y desde muchos sectores de la sociedad a despreciar la profundidad espiritual que da el cristianismo y se le da mucho énfasis a otras religiones que no tienen nada que ver con nuestra cultura.        

-¿Por qué cree que hay tanto odio hacia la tradición cristiana?

-Esa respuesta se encuentra en la propia Biblia. Jesús ya anunció que las personas que defendieran lo que él decía iban a ser también perseguidas. Lleva pasando desde el inicio: desde Jesús hasta pasando por todos los mártires que ha habido a lo largo de la historia. Desde mi fe creo que el mensaje de Jesús es la verdad, entonces a las personas que igual no están preparadas todavía espiritualmente, por decirlo así, para recibir ese mensaje, o que no tienen muy claro dónde están, pues les va a causar rechazo.

-Desde tu reconexión con Dios y con Jesús, ¿cómo te ha cambiado la vida?

-A nivel personal es increíble el cambio interior que tienes. Ese sentimiento de amor, de sentirte amada, y con unas reglas que sabes que son en beneficio de todos y que no pueden estar mal porque son buenas. Para mí no es tanto cómo a mí me cambió la vida, sino lo que yo pueda hacer por los demás, en el sentido de centrar mi arte y mi obra en compartir esto. O sea, el impacto que yo pueda tener en los demás.


El libro 'Santas', de Carlota Santos

-Entonces, ¿qué espera que el lector sienta o descubra cuando cierre el libro?

-Varias cosas. Empezando por lo más superficial, que aprenda cosas que no supiera sobre su cultura, sobre el cristianismo y la vida de mujeres cristianas... E invitar a la reflexión sobre la realidad del mito de que el catolicismo no valora a la mujer. En el libro se da testimonio de todo lo contrario. Desde el inicio, desde la Virgen María hasta las últimas santas, que incluye en el libro que ya son contemporáneas, la Iglesia siempre ha reconocido a la mujer como algo valioso. Incluso ha habido mujeres con mucho poder a lo largo de la historia. Muchos perfiles diferentes de mujer han sido reconocidas con el grado de santidad, que es lo más alto para la iglesia. Para mí desmontar un poco esa narrativa de opresión hacia la mujer es importante. Obviamente todo tiene sus grises, porque en la historia nada es blanco o negro, pero desde luego sí se ha reconocido a la mujer y se ha valorado.

-¿Y qué cree que ha fallado en el relato? ¿Ha sido la Iglesia la que no ha sabido contar bien sus referentes femeninos?

-Yo creo que el mundo está en un estado de confusión muy grande y se malentiende, desde mi punto de vista, lo que es una mujer fuerte o, como se dice ahora, empoderada. Se confunden los términos. No sabría hacer un análisis global del estado del mundo y por qué hemos llegado a este punto porque no lo sé, pero sí puedo contribuir a transmitir la historia de estas mujeres de una manera sencilla, a través de mis dibujos y de narrar sus vidas y que llegue a todas las personas posibles para que no tengan esa visión del asunto.

-María Magdalena, Santa Lucía, Teresa de Jesús... hasta 50. ¿Se puede extraer una enseñanza de cada una de ellas o todas llevan al final el mismo mensaje?

-Yo creo que ambas cosas. Por un lado, creo que ellas, todas ellas, tienen una defensa radical del bien, de Dios y de la verdad. Y todas llevan al mismo punto, que es Jesucristo. Cada una lo hace con los dones y virtudes que Dios le ha dado. Y eso es lo interesante, que no hay una sola manera de llegar a la santidad. Por ejemplo, Santa Teresita de Lisieux, abogaba mucho por las pequeñas obras, por el día a día. Sin embargo, luego ha habido otras santas que han sido místicas y han tenido una espiritualidad mucho más simbólica o, incluso, desde una búsqueda científica.

-¿Y si tuviera que resumir en una idea qué es la santidad, cuál sería?

-Seguir los pasos de Jesús y tener una vida virtuosa, siendo ejemplo para los demás.

-El mayor ejemplo, Jesús, al que le dedica el libro...

-Sí. Es que para mí ha sido muy importante en mi conversión. Tengo amigas que han conectado con el cristianismo a través de la Virgen u otros santos, pero en mi caso ha sido una conexión muy fuerte con Jesús, que es el Señor. Todos los testimonios de las mujeres de mi libro y sus caminos son para llegar a él.

-¿Nota un auge de la espiritualidad dirigida a la religión cristiana actualmente en el arte?

-No sé, pero ojalá que sí y que cada vez más gente se acerque a Dios. Pero, también creo que hay que distinguir un poco lo que parece que se hace por estética y por seguir ciertas modas a lo que es una espiritualidad real. Al final lo estético está muy bien y yo pienso que la belleza también acerca a Dios. Pero la espiritualidad es un proceso muy profundo que cada uno tiene que recorrer y no porque sea una tendencia.

-¿Y dónde ha quedado la magia y el esoterismo para usted? ¿Qué lugar ocupa ahora en su vida?

-Fue una fase en mi camino que yo exploré tanto a nivel artístico como a nivel espiritual, que me ha ayudado a llegar adonde estoy ahora y a encontrar la fe otra vez. En eso me ayudó mucho leerme Confesiones de San Agustín. Yo estaba muy preocupada con el tema de haberme dedicado a escribir sobre esoterismo y descubrí que San Agustín, de joven, tuvo ese proceso de estar interesado en este tipo de temas para luego conectar de una manera radical con Jesús.

-Entonces, compatibles cristianismo y esoterismo no son...

-No, para mí no lo son. Y actualmente siempre lo digo en mis charlas o tertulias: no recomiendo realizar esas prácticas.

Papa León XIV en el Ángelus, 15-3-2026: «Sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo ‘de ojos abiertos’, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo»

* «Podemos decir que todos nosotros somos ‘ciegos de nacimiento’, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad»  

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las personas de buena voluntad, hago un llamamiento a los responsables de este conflicto: ¡Alto el fuego! Es imprescindible reabrir las vías del diálogo. La violencia jamás conducirá a la justicia, la estabilidad y la paz que anhelan los pueblos» 


15 de marzo de 2026.- (Camino Católico)  “Sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo ‘de ojos abiertos’. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar ‘desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver’ y, por eso, nos pide que ‘abramos los ojos’, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo”, ha exhortado el Papa León XIV en su alocución antes del rezo del Ángelus, ante una Plaza de San Pedro repleta de fieles y peregrinos. Desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, su residencia definitiva desde ayer, el Pontífice ha recordado que Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.

La curación de un hombre ciego que presenta el Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma ha sido el punto de partida de la reflexión del Santo Padre, pues con este episodio el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación, es decir, “mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas Dios envió a su Hijo como luz del mundo para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida”.

Tras rezar el Ángelus, León XIV vuelve a hacer un llamamiento a la paz en Oriente Medio, una región que, tras el conflicto en Gaza, ha experimentado un nuevo recrudecimiento de la violencia desde el 28 de febrero, día en que Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque militar conjunto contra Irán. “¡Alto el fuego! Es imprescindible reabrir las vías del diálogo. La violencia jamás conducirá a la justicia, la estabilidad y la paz que anhelan los pueblos”, ha clamado el Pontífice. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

Domingo, 15 de marzo de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Is 9,1), Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida.

Los profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Is 29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11,4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.

Llama la atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren, hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10); y también: «¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).

Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18) y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.

Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.

Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y valentía.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.



Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


Desde hace dos semanas, los pueblos de Oriente Medio sufren la terrible violencia de la guerra. Miles de personas inocentes han perdido la vida y muchas otras se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Reitero mi cercanía en la oración a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en los ataques que han golpeado escuelas, hospitales y zonas pobladas.


La situación en el Líbano es motivo de gran preocupación. Espero que se abran caminos de diálogo que puedan ayudar a las autoridades del país a implementar soluciones duraderas a la grave crisis actual, para el bien común de todos los libaneses.


En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las mujeres y hombres de buena voluntad, me dirijo a los responsables de este conflicto: ¡cesen las hostilidades! ¡Que se reanuden caminos de diálogo! La violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan.



Les doy la bienvenida a todos los que se encuentran hoy en la Plaza de San Pedro.


Saludo a los fieles venidos de Valencia y Barcelona, en España, así como a los de Palermo.


Doy la bienvenida con alegría a varios grupos de jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación: de Berceto, diócesis de Parma; de Tuto, diócesis de Florencia; de Torre Maina y Gorzano, diócesis de Módena-Nonantola. Saludo también a los jóvenes de la parroquia de San Gregorio Magno, en Roma, y a los jóvenes de Capriano del Colle y Azzano Mella, de la diócesis de Brescia.


Les deseo un feliz domingo a todos.


Papa León XIV





Fotos: Vatican Media, 15-3-2026

P. Roberto Pasolini en la 2ª meditación de Cuaresma ante el Papa: «Los hermanos son un don del Señor, pero no tienen la función de sostenernos en el camino: nos son confiados para que nuestra vida pueda cambiar»

 

* «Los hermanos en su diversidad, en sus límites y a veces incluso en sus dificultades, se convierten en el espacio concreto donde Dios trabaja nuestra humanidad, ablandando nuestras rigideces y enseñándonos a vivir con un corazón más auténtico y capaz de amar»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 1ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV 

* «En las situaciones en que las relaciones se deterioran y la comunión se hiere, el Evangelio no sugiere ante todo defender los propios derechos, sino buscar el bien mayor y siempre posible: aquel que permite reconocer en el otro ya no a un adversario o un deudor, sino a un hermano amado por el Seño»    


Camino Católico .- «Los hermanos son un don del Señor. Pero, precisamente por eso, no tienen simplemente la función de ayudarnos o sostenernos en el camino: nos son confiados para que nuestra vida pueda cambia», ha reflexionado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ante el Papa León XIV y la Curia Romana, en su segunda predicación de Cuaresma, en el Aula Pablo VI, el viernes 13 de marzo de 2026, a las 9 de la mañana. 



El fraile capuchino ha predicado su segunda meditación de Cuaresma deteniéndose en la fraternidad, definida como “la gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna”. La fraternidad no es un accesorio de la vida espiritual, ni simplemente un contexto favorable para crecer más fácilmente en la gracia. Es el lugar donde la conversión se verifica realmente: la prueba más seria y, al mismo tiempo, el signo más elocuente de lo que el Evangelio puede obrar en nuestra vida.



El padre Pasolini ha profundizado en la “dolorosa relación” entre Abel y Caín, una fractura que nace de “un problema de mirada”. El primero, en el relato del Génesis, ofrece los primogénitos de su rebaño —ofrenda que Dios “mira con favor”—, mientras que el segundo presenta simplemente algunos frutos de la tierra. "No es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino el hecho de que lo ofrecido represente verdaderamente la propia vida. Por eso Dios no acoge el don de Caín: no para condenarlo, sino para provocarlo. Aceptar ese gesto significaría dejarlo en la convicción de no tener nada bueno que ofrecer. Dios, en cambio, parece querer ayudarlo a creer que también su vida puede convertirse en un don"; ha dicho el predicador de la Casa Pontificia. En el vídeo de Pax TV se visualiza y escucha toda la meditación.


“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”


2ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia 


La fraternidad, la gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna


P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Ala Pablo VI 

Viernes, 13 de marzo de 2025


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 


Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor. 


Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.


Este saludo con el que siempre comienzo las meditaciones, que es también el saludo que el Santo Padre dirigió a toda la iglesia el día de su elección, es el saludo del Señor resucitado, pero es también el saludo que San Francisco quería que los frailes dirigieran a todas las personas, intuyendo hace ochocientos años como hoy, que la falta de paz es el gran problema que siempre, cada día, debemos afrontar. Ahora bien, en la primera meditación entramos en el corazón de la conversión de Francisco.


Hemos visto cómo la gracia en él ha obrado un verdadero cambio de gusto, una transformación de la sensibilidad que ha cambiado precisamente el modo de mirar a sí mismo, a Dios, a los demás, a la realidad. Y así comenzó un camino que hemos dicho que es incesante, que nunca termina en este mundo. Pero para Francisco aquel comienzo de conversión no permaneció como una experiencia solitaria. En cierto momento el Señor le hizo un regalo particular, los hermanos, y es precisamente este don inesperado el que está en el centro de nuestra meditación de hoy, la fraternidad. Según este modo de referirnos a las relaciones que existen entre nosotros, no es un accesorio de la vida espiritual cristiana, es el lugar donde ocurre en grado máximo nuestra conversión. Es quizá el banco de prueba más serio de nuestro bautismo.


Como dice un antiguo adagio, la vida fraterna es la máxima penitencia, pero en el sentido evangélico del término, no la mayor fatiga, sino el lugar donde ocurre de manera eminente nuestra conversión. Intentaremos también esta vez recorrer un camino de cinco etapas. Ante todo el origen de la fraternidad como un don que Dios nos hace.


Luego el realismo de la Escritura que nos recuerda que la fraternidad es ante todo negada en el relato de Caín y Abel. Después la exigencia de un amor que vaya más allá de la simple cordialidad entre nosotros. Luego el fundamento cristológico sin el cual ninguna fraternidad es posible.


Y finalmente, no menos importante, el horizonte escatológico en el cual la fraternidad se convierte ya de algún modo en un anticipo de la vida eterna. 


Hemos dicho que Francisco al comienzo de su conversión estaba solo, luego el Señor le dio hermanos. Él mismo lo dice en el Testamento: “Y después de que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba lo que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”. 


Francisco no había pensado inmediatamente en la constitución de un grupo, como por ejemplo si lo hace Santo Domingo. Le llegan hermanos, es decir, jóvenes que piden adherirse a su modo de vivir.


Entonces buscan en las Escrituras las indicaciones para afrontar esta nueva aventura, es decir, vivir una intuición juntos, y descubren que precisamente el Evangelio será la forma de la fraternidad. De este modo nació la fraternidad franciscana, donde se podían encontrar nobles y gentes del pueblo, ricos y pobres, clérigos y laicos. Francisco quería que entre los frailes no hubiera relaciones de poder o de superioridad, como sucedía en la sociedad de su tiempo.


Todos debían tener el mismo nombre, frailes menores. De algún modo Francisco quería obedecer a la palabra del Evangelio en la que Jesús dice, Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Leyendo los escritos de San Francisco se percibe su deseo de una fraternidad cálida, intensa, donde hay palabras maravillosas.


Francisco escribe: “Todos los frailes no tengan ningún poder o dominio, sobre todo entre ellos. Y cualquiera de ellos que quiera hacerse mayor sea su ministro y servidor, y quien entre ellos sea mayor hágase como el menor. Y ningún fraile haga mal o diga mal de otro, sino más bien, por la caridad que viene del Espíritu, de buena voluntad se sirvan y se obedezcan mutuamente. Y también, y dondequiera que estén y se encuentren los frailes, muéstrense entre ellos familiares el uno con el otro, y cada uno manifieste al otro con seguridad sus necesidades. Pues si la madre alimenta y ama a su hijo carnal, cuanto más solícitamente debe uno amar y alimentar a su hermano espiritual”.


Son palabras que hacen sentir un poco de escalofrío, sobre todo a quien está intentando tal vez deliberadamente vivir la fraternidad. Es decir, el vínculo de la fraternidad en el Espíritu puede ser todavía mayor que el de la carne, es decir, podemos quedarnos todavía más.


Seguramente se percibe la atmósfera que reinaba también al inicio en las primeras comunidades cristianas, según aquellos bellísimos resúmenes de los hechos donde se dice que los cristianos estaban juntos, compartían los bienes, la vida, y entre ellos había concordia. Y sin embargo, si leemos con atención los textos que Francisco nos ha dejado, nos damos cuenta de que la fraternidad no fue un paseo para ellos, al contrario, algunos pasajes dejan entrever claramente cuántas dificultades, cuántos sufrimientos los frailes vivieron entre ellos. Por ejemplo, en la regla no bulada, Francisco escribe: “Y todos los frailes se guarden de calumniar a alguien y eviten las disputas de palabras, y no riñan entre ellos, y no se irriten, no juzguen, no condenen”.


¿Por qué Francisco escribe todas estas cosas? Porque estas cosas sucedían y suceden en la experiencia de la fraternidad. Por tanto, se comprende bien que la fraternidad para Francisco y los primeros compañeros ciertamente no es un lugar para refugiarse y vivir tranquilos, es más bien el espacio en el que cada uno es reconducido a las profundidades de su propio corazón en todas sus sombras y sus resistencias. Los hermanos ciertamente son un don, pero un don que no tiene la única función de sostenernos y consolarnos a lo largo del camino.


Los hermanos nos son confiados para que nuestro corazón pueda cambiar pasando de un corazón de piedra a uno de carne. De algún modo, la fraternidad es el espacio concreto en el que Dios trabaja nuestra humanidad, enseñándonos la ley del amor más grande. De hecho, el término hermano y fraternidad en la lengua griega, el término adelphos, alude a un mismo seno.


Aquí está el origen también de la dificultad de la experiencia fraterna. Ahora bien, según el Evangelio, nosotros sabemos cuál es ese seno común. Nos lo ha revelado el Hijo que está en el seno del Padre y que nos ha llamado hermanos.


Por lo tanto, sabemos que nuestro vínculo fraterno está fundado en la unicidad de Dios, el Padre. Este es el motivo por el cual la fraternidad tiene una dimensión vertical imprescindible. Sin embargo, como decimos en la introducción, con gran realismo la Escritura nos cuenta que la fraternidad no es un camino lineal.


Ante todo, es una fraternidad fallida a través de la historia de Caín y Abel, que todos conocemos. Es como si ese relato respondiera a la pregunta del profeta Malaquías. ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, actúan traidoramente unos contra otros profanando la alianza de nuestros padres? Preguntas cruciales siempre actuales.


Ahora bien, en el relato de Caín y Abel, el problema es ante todo un problema de mirada. El texto dice que Dios mira con favor la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. El texto es muy sobrio y no explica el motivo de esta predilección por una ofrenda en lugar de la otra, y de hecho se han derramado proverbiales ríos de tinta para tratar de explicar por qué Dios mira a Abel y no mira a Caín.


Hay un detalle en el relato que quizás nos dice algo. Abel ofrece a Dios los primogénitos de su rebaño, mientras que Caín los frutos del suelo. Parece que Abel se implica en el don que ofrece a Dios, ofrece algo suyo, algo personal.


En cambio Caín se limita a dar algo, por tanto no es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino si en esa ofrenda está representada la propia vida. Así pues Dios no acoge ni mira, no presta atención a la ofrenda de Caín, no para condenarlo evidentemente, sino para provocarlo. Aceptar aquella ofrenda significaría dejarlo en la sensación de que él no tiene nada bueno que ofrecer.


Dios en cambio parece decir a Caín, de un modo paradójico extraño, mira que tú vales, que también tú puedes donar algo tuyo. Pero Caín no interpreta de este modo la falta de la mirada de Dios y sabemos bien cómo continúa la historia. Caín no habla ni con Dios ni con Abel, más bien se lanza contra él y lo mata.


No es solamente un acto de violencia, sino el signo de una relación que para él se ha vuelto insoportable. Después del delito Caín cae en un terrible sentimiento de culpa y entonces Dios interviene para proteger su vida y lo marca. Incluso después del mal cometido, Dios no abandona a Caín.


Ahora bien, este relato nos pone delante de una pregunta incómoda pero crucial. ¿Cómo se manifiesta Caín en nosotros? Nuestra tentación es identificarnos inmediatamente con Abel, el justo. El justo incomprendido que ofrece todo y no recibe nada a cambio.


Es una posición tranquilizadora pero la Escritura nos impide esta comodidad. Nos pide un paso más honesto y más difícil. Reconocer que la historia de Caín quizá nos concierne de cerca.


En cada uno de nosotros existe la misma posibilidad de endurecernos, de cerrarnos, de dejar que el resentimiento se convierta en distancia respecto al otro y que después esa distancia se transforme en violencia. No necesariamente una violencia física pero sí real. El silencio obstinado, la palabra que hiere, la indiferencia.


Muchas veces pronunciamos la palabra hermano o fraternidad más con los labios que con nuestra vida. Usamos estas palabras en los discursos, en las narraciones que hacemos de nosotros mismos pero deberíamos admitir cuán difícil es hacerlas verdaderas. La reacción de Caín nace de algo muy simple, la presencia del otro.


Abel no hace nada contra Caín, simplemente vive, presenta a Dios sus ofrendas. Pero de este modo recuerda a Caín que él no lo es todo y que no está solo él. Es esta presencia del otro la que muchas veces desencadena en nosotros la violencia.


Por tanto, Génesis 4 es un texto muy rico pero muy incómodo porque nos recuerda que la fraternidad, como don de lo alto, comienza a volverse real cuando nosotros dejamos de señalar con el dedo al otro y comenzamos a reconocer que los posibles responsables del mal podemos ser ante todo nosotros. Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás.


Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás. Como los testigos de un amor que siempre funciona, pero sabemos que las cosas no son así.


El Evangelio nos abre una perspectiva liberadora, porque nos recuerda que las personas que realmente logran realizar el bien no son los buenos, sino aquellos que han tenido el valor de reconocer su propia sombra. No quien se ha construido una buena imagen edifica la paz en el mundo, sino quien ha visto su propia violencia posible y ha aprendido a entregarla a Dios, descubriendo que Dios es lento a la ira y grande en la misericordia. Por tanto, la fraternidad auténtica, parece decirnos así el testamento de Francisco, no nace por obra de quien nunca ha herido a nadie, sino de quien ha descubierto que podría hacerlo y decide no hacerlo más, habiendo encontrado la misericordia de Dios.


Podríamos preguntarnos cómo se manifiesta en nosotros cotidianamente esta falta de fraternidad. Decíamos, no siempre en las formas de la violencia física, más a menudo asume formas más sutiles, pero no menos dolorosas. ¿Podemos poner al otro en los márgenes? ¿Podemos ignorar lo que nos dice? ¿Vaciar de importancia su aporte? 


La tradición franciscana, para darnos un motivo de reflexión ulterior, nos ha transmitido una carta que Francisco escribe a un ministro que se encuentra un poco cansado y desalentado. Creo que podría ser una buena inspiración para el Papa, que a menudo debe escuchar colaboradores cansados y desalentados. 


Escuchemos lo que dice Francisco. Francisco se encuentra ante un ministro que le dice, mira, en mi fraternidad las cosas van muy mal, por favor, mándame a un eremitorio, a un hermoso eremitorio, donde pueda rezar, donde pueda estar tranquilo.


Francisco lo exhorta más bien a mirar ese cansancio con ojos nuevos y le escribe así:


“Aquellas cosas que te son impedimento para amar al Señor Dios y a toda persona que te sea obstáculo, sean frailes u otros, aunque te cubrieran de golpes, todo esto debes considerarlo como una gracia y así debes quererlo y no de otro modo. Y ama a aquellos que actúan contigo de este modo y no exijas de ellos otra cosa sino aquello que el Señor te dará a ti y en esto ámalos y no pretendas que sean cristianos mejores y esto sea para ti más que estar en un eremitorio”. 


Francisco dice palabras enormes, dice incluso no querer que sean mejores de lo que son, acéptalos tal como son y esto es para ti el eremitorio, esta es para ti la oración.


Es decir, para Francisco, el hermano que nos está creando incomodidad, sufrimiento, no es un problema que resolver, es la ocasión que tenemos de entrar en el corazón del Evangelio, es el lugar donde verificamos realmente nuestra vida espiritual, cuanto real y concreta. Y además Francisco concluye con estas palabras:


“No haya en el mundo ningún hermano que haya pecado cuanto es posible pecar que, después de haber visto tus ojos, no se vaya sin tu perdón si Él lo pide. Y si no pidiera perdón, pídele tú a Él si quieres ser perdonado y si después mil veces pecará delante de tus ojos, ámalo más que a mí por esto y ten siempre misericordia de tales hermanos”.


Lo que el ministro vivía como un obstáculo para Francisco es simplemente la ocasión de vivir el Evangelio. Ahora bien, quizá no es exactamente lo que el Santo Padre podría decir a todos sus colaboradores cansados y fatigados. Sin embargo, nos recuerda cuál es la lógica que podemos descubrir en las dificultades de la vida fraterna, que aquello que en un primer momento puede parecernos un tropiezo, en realidad es una llamada de Dios a entrar en un amor más grande y, sobre todo, más libre. De hecho, hay un texto en el Nuevo Testamento que, a mi juicio, podría ponerse junto a la carta a un ministro, la pequeña carta de Pablo a Filemón, un texto casi invisible en el Nuevo Testamento y, sin embargo, precioso, porque todos recordaremos la historia.


Filemón tenía un esclavo, Onésimo, que tiene problemas con él. Huye y ve a Pablo, que en aquel tiempo está en prisión. Pablo lo acoge, lo evangeliza, se hacen amigos y podría quedarse con él como colaborador suyo, incluso tendría derecho.


Y, sin embargo, ¿qué hace? Lo devuelve a Filemón diciéndole, recíbelo como a un hermano amado en el Señor. No le dice que lo haga por su autoridad. Trata de suscitar en Filemón la elección más valiente y más hermosa, de manera libre.


Y ni siquiera rompe la institución de la esclavitud que continúa existiendo. Pero dice que una relación difícil puede transformarse en una relación fraterna. Por este motivo, esta pequeña carta se ha convertido en la tradición cristiana en un ejemplo concreto de cómo las relaciones pueden regenerarse cuando nosotros ponemos en juego un amor más grande.


En este punto, vendría la pregunta ante estos testimonios tan luminosos, ¿pero es realmente posible para nosotros amar tanto en las relaciones fraternas que vivimos? ¿Está a nuestro alcance un amor semejante? Nosotros los cristianos, y nosotros los religiosos de modo particular, vivimos a menudo en un ambiente donde todo parece cordial, ordenado, pacífico. No se grita, no se discute, se saluda con gentileza, se mantienen relaciones formalmente correctas, y sin embargo, sabemos que a toda esta calma exterior no corresponden necesariamente relaciones verdaderas y profundas. Más bien, con el pasar de los años, todos acumulamos en el corazón el peso de palabras mal dichas, de juicios apresurados, de miradas que faltaron, de relaciones heridas o simplemente dejadas apagarse con el tiempo.


¿Por qué entonces deberíamos recomenzar a vivir la aventura de la fraternidad? Yo creo que la respuesta de San Francisco es decididamente simple y provocadora, porque nuestros vínculos están fundados en un lazo de libertad, no en la simpatía ni en la afinidad, sino en el hecho de que Dios nos ha llamado y nos ha elegido para vivir juntos porque Él es nuestro Padre. Cuando Francisco insiste en decir que los hermanos espirituales deben quedarse más que los carnales, no está espiritualizando la realidad ni apelando a los buenos sentimientos. Está diciendo que en las relaciones de fraternidad en el espíritu, por tanto libres, no determinadas por la carne y la sangre, es necesario tener el valor de ir más allá de la superficie. Se pueden afrontar los conflictos, se pueden aceptar las diferencias, se pueden vivir cuando las relaciones se vuelven difíciles. Al fin y al cabo no nos debemos nada entre nosotros sino la caridad. Este es nuestro único vínculo.


Pero esta caridad se vuelve posible si recordamos dónde está fundado nuestro vínculo. De lo contrario, si comenzamos a convertirnos en amigos o en otras cosas semejantes, es imposible para nosotros ser hermanos y hermanas. Es algo que Jesús en realidad ya nos había dicho de manera muy simple.


Recordaremos aquel día en que su madre y sus hermanos fueron a buscarlo y Jesús con una libertad enorme dijo: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Extendió la mano e indicó a las personas que estaban a su alrededor. Y no era un ejemplo, era real. Cada palabra de Cristo es verdaderamente auténtica.


Esto no es un rechazo de la familia natural ni un gesto de distancia afectiva. Jesús nos revela algo más profundo. Hay un vínculo entre nosotros más fuerte que la sangre, más estable que las afinidades, más auténtico que nuestras simpatías.


Es el vínculo que nace del hecho de que nosotros somos hijos de un Padre que nos comunica su Palabra y su voluntad. Esto tiene consecuencias muy concretas para la vida de la iglesia. Una comunidad cristiana no es ante todo un grupo humano que se ha elegido por un ideal común.


Es una asamblea convocada por la voz de Dios que nos precede y que hace posible nuestro estar juntos. Claro, cuando esta fuente se enturbia, es decir, cuando la oración se vuelve rutina, cuando la palabra ya no nos toca, cuando los sacramentos se celebran sin que el corazón participe, también los vínculos fraternos comienzan a vaciarse. Quedan las formas, como decíamos, el saludo, la sonrisa, la corrección formal, pero la sustancia se pierde.


Entonces es necesario volver a mirar a Cristo, dejarse alcanzar por su mirada y no olvidar lo que los primeros cristianos solían decirse: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”. La afirmación es muy fuerte.


Juan nos dice que amamos a los hermanos porque hemos pasado de la muerte a la vida, como si la vida nueva produjera automáticamente el amor fraterno. Afirma casi lo contrario. Es precisamente amar a los hermanos, incluso cuando es difícil, donde podemos verificar si la Pascua de Cristo realmente nos ha tocado y está obrando en nosotros.


Sin embargo, muchas veces imaginamos que la Pascua es algo que nos concernirá después de la muerte, cuando resucitemos en Cristo. Pero sabemos que la resurrección ya ha comenzado. La vida eterna ya ha comenzado.


Cuando lo olvidamos, aplazamos el trabajo de la fraternidad para mañana porque no lo consideramos urgente hoy. Bueno, cuando resucitemos aprenderemos a querernos. Un pasaje de la Regla, no bulada de San Francisco, nos da una última luz. Dice así: “Invirtiendo un poco las perspectivas habituales. Prestemos atención, hermanos todos, a lo que dice el Señor. Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, porque también el Señor Jesús, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a su traidor y se ofreció espontáneamente a sus crucificadores. Son por tanto, amigos nuestros todos, aquellos que injustamente nos infligen tribulaciones y sufrimientos, humillaciones y ofensas, dolores y tormentos, martirio y muerte. Debemos amar mucho a éstos, porque por lo que nos infligen, tenemos la vida eterna”. 


Francisco hace un elenco de cosas que en cualquier modo ha experimentado y no experimentamos. Francisco hace una lista de cosas que de algún modo él experimentó y que nosotros experimentamos. Pero enciende como una luz en este infierno que todos conocemos, recordándonos que el deber de amarnos nos conviene a nosotros, porque éste es el modo ordinario en que tenemos la vida eterna. Amando a los enemigos, no soportándolos, sino rezando por ellos, es como si la fraternidad, cuando llega a ese nivel de realismo, se despojará de todas aquellas coloraciones románticas y emotivas, y nos hará comprender que la fraternidad no es otra cosa que la estación final de nuestro bautismo.


Por tanto, debemos prepararnos, porque esperamos que todos podamos llegar a esa estación final y todos juntos. La vida fraterna no está hecha solamente de gestos buenos y de momentos fáciles. Está hecha también de incomprensiones, de fatigas, de martirio, de dolor.


Y las mejores ocasiones de la vida fraterna son precisamente estas en que nosotros querríamos huir y que, en cambio, nos abren las puertas de la vida eterna. Esto ensancha mucho nuestra mirada, porque en la vida cotidiana las exigencias de nuestras relaciones a veces se vuelven pesadas. Las distancias entre nosotros, las palabras que hieren, las incomprensiones pueden volverse muy dolorosas.


Por eso no debemos perder nunca el horizonte de la vida eterna. Cuando lo perdemos, ciertas fatigas que vivimos se vuelven insoportables. Ahora bien, el tema de la fraternidad no concierne solamente a la vida de la iglesia.


Toca el deseo más profundo de toda la humanidad. En todo tiempo, en toda cultura, los seres humanos han soñado una convivencia finalmente reconciliada entre los hombres. Es un anhelo que atraviesa los pueblos más allá de las lenguas, de las culturas y de las tradiciones religiosas.


Poetas, músicos, artistas han imaginado un mundo donde los hombres puedan finalmente reconocerse como hermanos y hermanas entre sí. También muchas ideologías y muchos modelos económicos han intentado construir el sueño de una armonía universal entre los hombres, descubriendo sin embargo cuán difícil es hacerla real para todos y verdaderamente. Nosotros, creyentes en el Hijo de Dios hecho carne, custodiamos una convicción muy simple y humilde.


La fraternidad universal se vuelve posible solamente cuando el hombre redescubre su apertura a lo trascendente. Esto nos lo ha recordado el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, donde escribió: “como creyentes pensamos que sin una apertura al Padre de todos no puede haber razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que sólo con esta conciencia de hijos, que no son huérfanos, se puede vivir en paz entre nosotros”.


La razón por sí sola es capaz de captar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no logra fundar la fraternidad. Cuando reconocemos a Dios como Padre de todos, aprendemos a mirar a cada persona con una dignidad que ninguna diferencia puede borrar. La fe no nos separa de nosotros, más bien nos recuerda que nadie está excluido de nuestro corazón, porque nadie está excluido del corazón del Padre que está en los cielos.


Por eso, en los días de esta cuaresma, mientras la historia del mundo continúa atravesada por divisiones, guerras y conflictos, nosotros los cristianos no podemos limitarnos a hablar de fraternidad como un ideal que alcanzar. Estamos llamados a recibirla como un don, pero también a asumirla de modo muy serio y urgente como una responsabilidad. Esta tarea comienza siempre muy cerca, con las personas que comparten con nosotros la vida cotidiana.


No es raro que también en la iglesia las diferencias de sensibilidad, de visión, de estilo, se conviertan en motivo de oposición y distancia, hasta crear contraposiciones y polarizaciones. Son el signo de cuán difícil es acoger verdaderamente el desafío de la fraternidad. El camino evangélico nos pide dar un paso distinto, reconocer siempre nosotros, incluso cuando son diferentes de nosotros, hermanos y hermanas que nos han sido confiados, de los cuales nosotros somos custodios, y por tanto tratar de escucharlos, de comprender sus razones, de respetarlos de modo sincero y cordial.


Y todo esto lo podemos hacer sin miedo, más aún con gran libertad, como decíamos, porque sabemos que ya hemos pasado de la muerte a la vida. No tenemos nada que perder, solo tenemos muchos hermanos y hermanas que podemos ganar. La resurrección de Cristo no elimina la fatiga de las relaciones, pero nos libera de la sospecha de que esta fatiga puede ser inútil.


Por eso, podemos asumir el trabajo de la fraternidad con un estilo siempre renovado, con dulzura, firmeza, con respeto, pero sobre todo con la confianza de que cada gesto de verdadero amor fraterno, incluso el más escondido, ya pertenece a la vida eterna. 


Oremos:


Omnipotente, Eterno, Justo y Misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer por tu amor aquello que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia, llegar a ti, Oh Altísimo, que en la Trinidad Perfecta y en la unidad simple, vives y reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por todos los siglos de los siglos.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia

Fotos: Vatican Media, 13-3-2026