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sábado, 7 de noviembre de 2026

Santa Misa de hoy, sábado, votiva del beato Jacinto Vera, presidida por el Papa León XIV, en Paysandú, Uruguay, 7-11-2026


Foto: Vatican Media, 7-11-2026


7 de noviembre de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha celebrado en la mañana de este sábado 7 de octubre la primera Misa de su viaje apostólico a América Latina, en el Parque París Londres de Paysandú, en Uruguay, ante 40.000 personas. El Pontífice  ha elegido para la liturgia de la Eucaristía la Misa votiva del beato Jacinto Vera, originario de aquellas tierras y a quien se tiene mucha devoción. El Santo Padre ha invitado en su homilía a “arraigarnos en Cristo para que demos buenos frutos; sean puentes para que muchos se encuentren con Jesús y comunidad orante, que mantiene el diálogo con el Señor”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

Mons. Arjan Dodaj, arzobispo en Albania, donde nació cuando era comunista: «Criado en el ateísmo, fue extraordinario llegar a saber que Dios existe, que la Virgen se aparece, tener una experiencia viva de ello y ser sacerdote»

Mons. Arjan Dodaj es arzobispo metropolitano de Tirana-Durrës, en Albania, nombrado por el Papa Francisco el 9 de abril de 2020, cuando tenía 43 años

* «Mi encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, rama sacerdotal de la Casa de María, tuvo lugar en 1993, precisamente en Cuneo. Allí conocí a un sacerdote, el padre Massimo Allisiardi, que participaba en la vida de la comunidad. Por invitación suya, empecé a asistir a su grupo de oración y entré cada vez más en contacto con los fundadores de la Casa de María: don Giacomo Martinelli y Nicoletta Reschini. A través de ellos conocí el extraordinario acontecimiento de Medjugorje, donde, según la tradición y la experiencia de sus fieles, la Virgen se aparece desde hace décadas.Todo aquello fue para mí el comienzo de una vida completamente nueva. Así, después de un año de discernimiento, catequesis y vida espiritual, recibí el sacramento del Bautismo. En ese momento nació y se hizo cada vez más claro en mí el deseo de consagrarme totalmente al Señor en la vida sacerdotal, junto con otros jóvenes de la comunidad»

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News del testimonio de Mons. Arjan Dodaj, Arzobispo de Tiranë-Durrës (Albania), ante el Papa Francisco, en Marsella, el 23 de septiembre de 2023

Camino Católico.-  Arjan Dodaj es arzobispo metropolitano de Tirana-Durrës, en Albania, nombrado por el Papa Francisco el 9 de abril de 2020, cuando tenía 43 años. Nació en Laç-Kurbin, el 21 de enero de 1977. En 1993, con tan solo 16 años, después de completar sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, emigró a Italia y se estableció en Cuneo, donde comenzó a trabajar.

Trabajó como soldador durante más de diez horas al día y encontró en la Fraternidad de los Hijos de la Cruz el camino hacia la fe cristiana. Se había educado en el ateísmo, pero, al encontrar a Cristo, recibió el Bautismo y descubrió su vocación sacerdotal. Monseñor Arjan Dodaj comparte con la Fundación CARF entrevistado por Gerardo Ferrara su testimonio de conversión y su vocación.

«Todas las historias son conmovedoras si pensamos que cada una tiene que ver con una persona, con un ser humano, con su mundo y su vida. Sin embargo, hay historias que son más impactantes que otras, al menos para algunos de nosotros que hemos tenido la oportunidad de vivir y ver con nuestros propios ojos ciertas situaciones que han trastocado la existencia de algunos países en particular.

Aún me acuerdo, de hecho, siendo un chico de 12 años, de los barcos que llegaban a Italia desde Albania en los años noventa, llenos de personas que se hacinaban en las bodegas y en las cubiertas, ocupando cada espacio disponible para huir de la pobreza, de la inseguridad y de la incertidumbre que reinaban en el país balcánico. Puede que haya sido la primera vez que Italia experimentaba el fenómeno de la inmigración masiva, un fenómeno para el que no estaba preparada y que ahora es algo cotidiano».

—Gracias, monseñor Dodaj. Es un honor poder entrevistarle. Como italiano, su historia me toca muy personalmente.

–Gracias a usted. Es un placer, ya que, para mí, como para muchos albaneses que conocíamos Italia a través de la televisión italiana que podíamos ver en nuestro país, solo había un deseo: ir a Italia.

Una familia humilde y sencilla

—Me impactó mucho de su historia esa fe que se queda guardada, más bien sembrada y enterrada en el corazón, sin que uno se dé cuenta, y que después florece muchos años más tarde…

–Sí, y todo gracias a mi familia, una familia muy humilde y sencilla, originaria del norte de Albania. Nací en Laç, una ciudad conocida especialmente por un santuario muy querido por todos los albaneses, dedicado a san Antonio y situado en la montaña que hay detrás de mi pueblo.

Este santuario es un lugar que siempre me ha acompañado en mi vida. De hecho, cuando era niño, la escuela a la que asistía estaba al pie de la montaña. Justo al lado pasaba el camino por el que, sobre todo los martes, cerca de la fiesta del santo, y también en otras celebraciones que entonces desconocía, caminaban numerosas personas para encomendarse a la intercesión de san Antonio.

Un país comunista

—Y eso a pesar de vivir en un país comunista…

–Sí, a pesar de las estrictas prohibiciones del sistema comunista en un país que, de hecho, se declaraba ateo por Constitución.

Mi familia era humilde: mi padre trabajaba en una fábrica y mi madre, en una obra de construcción. Además de mí, estaban mis dos hermanas. Crecimos juntos con mucha sencillez y caridad, con mucho amor y sentido de pertenencia a ese don tan grande que es la familia.

En un pueblo cercano a Laç vivían mis abuelos maternos, a los que tuve más oportunidades de conocer porque no estaban muy lejos. Allí tuve, de alguna manera, mi primer acercamiento a la dimensión religiosa. Mis abuelos vivían la fe con gran discreción y, al mismo tiempo, con un profundo sentido de la existencia de Dios. Aunque fuera inconscientemente, me atrevo a decir que pude respirar por primera vez la experiencia de la fe precisamente al observarlos.

Mi abuela se paraba todos los días frente a una estructura situada delante de la casa que yo no sabía que era la iglesia del pueblo. Se quedaba allí, erguida, con el rosario en la mano, y rezaba. Mi abuelo, en cambio, siempre empezaba el día con el rosario y solo después venían todas las demás actividades.

Estas prácticas me resultaban desconocidas y, sin embargo, me transmitían algo de su fe, de aquello en lo que creían de una manera tan accesible: la presencia de Dios, invisible pero visible para ellos en sus corazones.

Mons. Arjan Dodaj y sus compañeros de la Fraternidad de los Hijos de la Cruz

Escapar de Albania

—En los años noventa decidió huir a Italia. ¿Por qué?

–En aquella época empezábamos a salir del telón de acero en el que se encontraba nuestro país. Aparecieron el pluralismo y, con él, la posibilidad de la democracia. Así que muchos albaneses intentamos encontrar un futuro mejor en Occidente.

Personalmente, intenté escapar varias veces, especialmente a Italia. El primer intento fue el 8 de agosto de 1991, después del primer éxodo masivo que muchos italianos y albaneses recordamos: el de marzo, cuando yo tenía catorce años.

En aquella ocasión se produjo el caso del famoso barco Vlora, que transportaba a unas 20.000 personas. El barco que yo había decidido tomar con muchas otras personas sufrió una avería y, me atrevo a decir, por gracia, no llegó a salir. Me di cuenta de que iba a ser un viaje lleno de sufrimiento, pobreza y dificultades.

Después hice varios intentos más para poder encontrar un futuro mejor en Occidente, como muchos amigos de mi edad y numerosos adultos y familias.

No buscaba un futuro únicamente para mí. Me impulsaba también el deseo de mantener a mi familia: mis hermanas y mis padres, que tanto habían sufrido por la extrema pobreza y la persecución durante la dictadura comunista.

La segunda fuga

—Y por fin llegó la ocasión…

–Sí. En 1993, a través de organizaciones clandestinas. Fue la noche del 15 al 16 de septiembre de 1993. Yo tenía entonces 16 años.

Ciertamente, a mi corta edad no era consciente de la aventura en la que me estaba embarcando porque, como ya he dicho, solo tenía un deseo: ir a Italia. Los albaneses solo conocíamos Italia a través de lo que veíamos en las cadenas de televisión italianas.

El viaje partió de la laguna de mi ciudad, Patok, donde atracó una lancha procedente del sur de Italia. Éramos cuarenta personas en total y habíamos pagado una cantidad considerable de dinero, algo casi imposible para nosotros.

Por esta razón, estaba endeudado, pero, para poder partir, cada uno de nosotros había pagado ya un millón seiscientas mil liras, el equivalente aproximado a 850 euros, una suma considerable en aquella época y, especialmente, en un país como el nuestro.

Dejé un pedazo de mi corazón

Recuerdo muy bien aquella noche del 15 de septiembre: el hermoso cielo estrellado y el mar en calma. A medida que avanzábamos y nos alejábamos de la orilla, veía cómo se iban apagando las luces de mi pueblo. De alguna manera, sentí que un pedazo de mi corazón se desprendía lentamente.

Llegamos a Carovigno, en Apulia. Allí nos recogieron y nos llevaron a una casa en ruinas en medio de unos olivares. A la mañana siguiente, junto con otras personas, tomé el tren a Bari y, esa misma tarde, continué hasta Turín. En el Piamonte nos esperaban otros amigos que nos ayudarían a adaptarnos a la realidad italiana.

Trabajo como soldador

—Ni me puedo imaginar lo difícil que debió de ser…

–Claro, y aún más difícil por la urgencia de pagar la deuda que había contraído en Albania.

Cuando llegué a Italia, gracias a Dios, tuve algunos compatriotas que me ayudaron y me apoyaron durante los primeros meses. Después de Turín me fui a Milán, donde intenté encontrar trabajo por todos los medios. Caminaba de un lugar a otro y, cuando veía una grúa, me acercaba a una obra de construcción para intentar trabajar. Si veía un restaurante, intentaba entrar como lavaplatos. Pero, desgraciadamente, no era fácil.

Más tarde, unos amigos me dijeron que en Cuneo, en el Piamonte, existía la posibilidad de encontrar trabajo. Así que me fui allí.

Me instalé en esa ciudad y enseguida encontré ayuda en una casa de acogida fundada por Franco Mondino: Casa Ristoro e Pace. Empecé trabajando como soldador y después pasé a la construcción.

Mi primer periodo en Italia estuvo lleno de dificultades, especialmente por la ausencia de mi familia y por tener que adaptarme a una realidad completamente nueva. Pero, más tarde, con la gracia del Señor, comprendí y valoré cada vez más aquel periodo agotador.

Mons. Arjan Dodaj con el Papa Francisco

El encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz

—Hasta que llegó el encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz y con la fe cristiana…

–Mi encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, rama sacerdotal de la Casa de María, tuvo lugar en 1993, precisamente en Cuneo.

Allí conocí a un sacerdote, el padre Massimo Allisiardi, que participaba en la vida de la comunidad. Por invitación suya, empecé a asistir a su grupo de oración y entré cada vez más en contacto con los fundadores de la Casa de María: don Giacomo Martinelli y Nicoletta Reschini.

A través de ellos conocí el extraordinario acontecimiento de Medjugorje, donde, según la tradición y la experiencia de sus fieles, la Virgen se aparece desde hace décadas.

Dentro del contexto de ateísmo total en el que me había criado, primero fue extraordinario llegar a saber que Dios existe y que la Virgen se aparece; después, tener una experiencia viva de ello. Todo aquello fue para mí el comienzo de una vida completamente nueva.

Así, después de un año de discernimiento, catequesis y vida espiritual, recibí el sacramento del Bautismo. En ese momento nació y se hizo cada vez más claro en mí el deseo de consagrarme totalmente al Señor en la vida sacerdotal, junto con otros jóvenes de la comunidad.

El don vocacional

—Un cambio radical en su vida…

–¡Por supuesto! Tuve que formarme y estudiar. Mis estudios fueron consecuencia de aquel viaje y del discernimiento de mis superiores.

Después de tres años como miembro externo de la comunidad de la Casa de María, entre 1994 y 1997, fui admitido definitivamente y comencé los estudios de Filosofía y Teología.

Ciertamente, dentro de la formación sacerdotal, estos estudios tienen una importancia fundamental, aunque no sean el único elemento determinante. Para mí fue decisivo el encuentro con la Iglesia a través de aquella pequeña realidad en la que la providencia de Dios me había colocado: la experiencia carismática que el Señor me regaló en la Casa de María y en la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, reconocida como sociedad de vida apostólica.

Creo que esta formación y esta conversión no son únicamente el resultado de cómo sucedieron las cosas, sino una necesidad concreta y cotidiana. Cada uno de nosotros debe desarrollar y vivir el don vocacional en un contexto estable de discernimiento y de experiencia eclesial y comunitaria.

La llamada del Señor es cotidiana, como lo es nuestra respuesta, que siempre se encarna en el rostro concreto de la Iglesia.

Fui ordenado sacerdote el 11 de mayo de 2003 por el papa Juan Pablo II en la basílica de San Pedro.

Al servicio del Señor

—Y ahora usted es el primer obispo de la Fraternidad. ¡Una gran responsabilidad!


–Sinceramente, en la Fraternidad me siento uno de los hermanos del Señor, como todos los demás; de hecho, el más indigno.

Para mí, ser obispo no es un punto de llegada, sino una llamada a una vigilancia aún mayor, a un servicio aún mayor y a una respuesta cada vez más humilde. Siento una mayor necesidad de contar con la oración de mis hermanos y de mi comunidad, porque todo lo que el Señor me ha dado a través de este carisma puede enriquecer y servir a su Iglesia.

Por lo tanto, no estoy en absoluto desconectado de la historia que me ha formado.

Al contrario, necesito acudir cada vez más a esa fuente vital para ponerme al servicio allí donde el Señor me ha querido. Por eso, me siento llamado a aportar los dones que el Señor me ha concedido y a transmitir lo que Él dice a la Iglesia a través de su Madre, del Papa y de su Magisterio, siempre con absoluto respeto a la identidad de esta Iglesia particular de Tirana-Durrës.

Fidelidad a la Iglesia

—La Fraternidad de los Hijos de la Cruz ha obtenido recientemente el reconocimiento oficial. ¿A qué está llamada en concreto?

–Nuestra Fraternidad de los Hijos de la Cruz, al igual que la comunidad de la Casa de María, es una realidad eclesial muy joven. Sus frutos se van revelando poco a poco, especialmente a través de la fidelidad a la Iglesia.

Así como no hay fruto sin árbol, todo don se convierte en una tarea de servicio a la Iglesia, de acuerdo con el designio específico que el Señor ha suscitado. Esto también se aplica a nuestra realidad.

Mons. Arjan Dodaj en Medjugorje

Los desafíos de la Iglesia en Albania

—¿Cuáles son los retos a los que se enfrenta la Iglesia en Albania?

–Son los mismos que el papa Francisco presentó a los obispos de la Iglesia de todo el mundo. En particular, la llamada a vivir una verdadera sinodalidad, es decir, un camino comunitario del Pueblo de Dios.

Pero, aunque la invitación se dirige a toda la Iglesia, cada realidad particular está llamada a hacerla efectiva teniendo en cuenta sus propias características. Creo que nuestra Iglesia albanesa lleva inscrita la especificidad del martirio. Debemos atesorar ese martirio.

La Iglesia albanesa aún no ha manifestado plenamente lo que dice Tertuliano: Sanguis martyrum, semen christianorum —la sangre de los mártires es semilla de cristianos—.

Todavía hay muchos hermanos y hermanas que esperan convertirse en cristianos por la gracia de nuestros mártires. Nosotros, con una conciencia cada vez mayor, estamos llamados a hacer visible su entrega.

Otra peculiaridad de nuestra Iglesia es que es antigua y nueva al mismo tiempo. Es antigua porque es una Iglesia apostólica. El primer obispo de nuestra diócesis de Durrës fue san Cesáreo, un obispo mártir que, según la tradición, fue uno de los setenta y dos discípulos del Señor.

Es también una Iglesia evangelizada por el propio san Pablo, como afirma en la carta a los Romanos: «En todas direcciones, partiendo de Jerusalén y llegando hasta Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo» (Rom 15,19).

Sin embargo, también es una Iglesia nueva porque, tras cinco siglos de ocupación otomana y cincuenta años de dramáticas torturas, persecuciones y aniquilación a manos del comunismo, vuelve a acoger el mensaje del Evangelio.

Es una Iglesia que necesita cultivar cada vez más, con bondad, paciencia y amor, el mensaje del Señor, especialmente entre los muchos jóvenes que buscan a Cristo y su amor.

Relación con la Iglesia ortodoxa y el islam

—Y también es una realidad muy compleja, si consideramos la fuerte presencia de la Iglesia ortodoxa y del islam en el país…

–Sí, y también debemos tener en cuenta que en nuestra archidiócesis hay muchas personas que inician el camino del catecumenado y se acercan a la Iglesia católica, convirtiéndose en hijos de Dios a través del Bautismo.

Aquí, en Albania, la relación con el islam y con la Iglesia ortodoxa es muy especial, por no decir única. El propio papa Francisco la presentó al mundo como ejemplo de cooperación fraternal.

Está claro que se trata de un don que nunca podemos dar por sentado, sino que debemos cultivar, acompañar y apoyar cada día.

Precisamente por eso nos reunimos a menudo con los distintos líderes religiosos en diversas comisiones para presentar iniciativas valiosas en los ámbitos de la cultura, la educación, la mujer, la inmigración y la caridad.

Estas iniciativas buscan promover en la sociedad, en las instituciones y, sobre todo, en el corazón de las personas, esa necesidad de unidad y comunión que solo el espíritu de quienes creen puede hacer visible (cf. Hch 4,32).

Abordar la situación de los migrantes

—Usted ha sido migrante y hoy este tema está más presente y es más doloroso que nunca. Por un lado, está la tragedia de la pérdida de decenas de miles de vidas cada año en el Mediterráneo; por otro, el miedo a perder la identidad, la fe y la seguridad económica y social al abrirse demasiado a la acogida de tantas personas necesitadas. ¿Cómo cree usted que se puede abordar todo esto?

–Creo que no hay una respuesta clara y definitiva a esta cuestión, porque siempre estamos ante personas reales, con una historia que a veces está marcada por las heridas, el sufrimiento y el dolor, pero también por una gran esperanza.

Estamos llamados a responder a los deseos reales que alberga el corazón humano, sin perder nunca de vista la responsabilidad de cultivar esas mismas esperanzas en los países de acogida.

Por supuesto, esto no significa borrar la cultura del país de acogida. No se ofrece una mejor acogida perdiendo la propia identidad. Si no sabemos quiénes somos, tampoco podemos saber a quiénes acogemos.

Por ello, es necesario redescubrir la belleza de la riqueza que supone el encuentro entre culturas, así como la defensa de la propia identidad. Solo así se producirá un verdadero enriquecimiento que conduzca a la complementariedad. De lo contrario, se corre el riesgo de vivir en una sociedad que solo busca normalizarlo todo y a todos.

Al final, puedo decir que la respuesta está en el amor y en el servicio que brotan de la fe de un pueblo que, como Italia, sabe acoger y ser generoso al mismo tiempo; un pueblo que reconoce su identidad en sus raíces históricas, en el arte y la cultura y en muchas otras cosas, pero, sobre todo, en las raíces de la fe cristiana católica.

Álex Pérez: «Mi vida se sentía vacía, salía de fiesta, bebía en exceso y maltrataba mi cuerpo hasta que mi prometida me acercó de nuevo a Dios y encontré un propósito para cuidar mejor de la persona que el Señor me creó para ser»

Álex Pérez con su prometida Ali que lo acercó a Dios de quien se había alejado / Foto: Yes Catholic 

* «Conocer a la persona con la que quiero compartir mi vida también me ayudó a reconectar con la fe que transformaría mi forma de vivir. Volver a Dios me dio una razón para examinar honestamente mi forma de vida. Mi cuerpo, mis decisiones y mi futuro empezaron a importarme de una manera diferente»

Camino Católico.-  Álex Pérez ha creado ApologistAlex para compartir en redes contenido católico pero hasta llegar a su momento actual ha tenido que recorrer un camino de fe puesto que su vida no era ejemplar: “Antes de volver a Dios, mi vida se sentía vacía. Salía de fiesta, bebía en exceso y maltrataba mi cuerpo. No tenía el propósito que tengo hoy. Había un vacío en mi vida que toda esa actividad simplemente no podía llenar”, confidencia en Yes Catholic.

“Conocer a mi prometida, Ali, fue un punto de inflexión en mi vida. Ella me acercó de nuevo a Dios y siempre estaré agradecido por el papel que desempeñó en mi historia. Conocer a la persona con la que quiero compartir mi vida también me ayudó a reconectar con la fe que transformaría mi forma de vivir”, asegura este joven.

Álex Pérez ha visto transformada su forma de vivir al haberse acercado a Dios / Foto: Yes Catholic 

“Volver a Dios me dio una razón para examinar honestamente mi forma de vida. Mi cuerpo, mis decisiones y mi futuro empezaron a importarme de una manera diferente. Comencé a encontrarle un propósito a mi vida y una razón para cuidar mejor de la persona que Dios me creó para ser”, dice Álex

“El mayor cambio ha sido la alegría. Es difícil de expresar con palabras porque no he experimentado nada que se le compare. Mi fe me ha dado una alegría que llega más profundo que cualquier cosa que haya encontrado en el mundo de las noches en vela y las terribles resacas. Saber que mi vida tiene sentido ha cambiado mucho mi forma de ver cada día”, asevera.

“Sigo creciendo en mi fe y aprendiendo lo que significa vivir con propósito. No tengo todas las respuestas, pero mi relación con Dios me da una razón para seguir creciendo. Tengo algo por lo que estoy profundamente agradecido y en lo que quiero seguir basando mi vida”, reflexiona.

“Doy gracias a Dios por haberme guiado a crear ApologistAlex. ¡Me encanta crear contenido basado en la fe y difundir las Buenas Nuevas!”

Álex Pérez con su prometida Ali en la basílica de san Pedro del Vaticano / Foto: Yes Catholic 

Mario Aguado, superviviente del accidente de tren de Urda: «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en la oración, en el corazón; me puse a rezar: ‘Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador’»

Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda, junto a su esposa Maite Cerezo Soler y sus hijos mientras se recuperaba / Foto: Cedida por la familia - Revista Ecclesia

* «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz»

Camino Católico.-  Mario Aguado subió a primera hora del pasado miércoles al AVE que acabaría estrellándose contra un Iryo detenido en la vía por una concatenación de errores aún bajo investigación. Del impacto no conserva imágenes: solo la sensación física de haber entrado en una centrifugadora. Lo siguiente fue verse a cielo abierto entre los restos del tren, con la pierna derecha destrozada, encomendándose a Dios y hablando de su mujer, Maite Cerezo Soler, y de sus hijos.

La familia acababa de regresar a España el 31 de agosto tras dos años y medio en Basilea (Suiza) como familia en misión. Con las pertenencias todavía embaladas en un trastero, y alojados provisionalmente en casa de sus suegros, Mario viajaba a Sevilla por trabajo cuando la catástrofe frenó en seco esa nueva etapa. Desde la cama del Hospital de Toledo, con la pierna inmovilizada y una recuperación que se prevé larga, reconstruye un accidente donde el dolor convivió con una inesperada cadena de auxilio humano y espiritual.

“Rezar era lo único que me mantenía vivo”

“Yo iba en el AVE en dirección a Sevilla, en el coche número 7. De repente, el tren se paró y estuvimos detenidos por aglomeración en la vía unos 15 o 20 minutos. No sé cuánto exactamente, pero sí recuerdo que bromeé con mis compañeros de trabajo que iban en el mismo vagón. Como había madrugado mucho y todavía quedaba un buen trecho para llegar a Sevilla, aproveché para dormir. Y lo siguiente que recuerdo es despertarme fuera, al aire libre, cuando ya se había producido el accidente. Tenía escombros encima, unos asientos… Si hago un esfuerzo y cierro los ojos, me viene algún recuerdo, como de estar en una batidora, como si cogieras una pelota y la metieras dentro de un bote y la movieras muy fuerte. Tengo esa sensación, pero ninguna imagen”, explica Mario a la Revista Ecclesia.

“Lo primero que hago al despertar es un control de daños. Me quité las cosas que tenía encima con las manos. Recuerdo que retiré arena, barro… Al tocarme la cara, me vi las manos y las tenía repletas de sangre. Luego me toqué la cadera y me desplacé un poco para comprobar que había movilidad. Moví la pierna izquierda. Hasta ahí todo bien. Pero ya no pude mover la derecha. Me incorporé y vi que la tenía bastante afectada. Entonces, me puse a rezar. Me tapaba los oídos con fuerza para no escuchar los gritos de la gente y decía: «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador»”, confidencia.

“Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz”, comparte Mario Aguado. 

Rezando con varias personas

“La jaculatoria «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador», la estuve rezando hasta que llegó un primer ángel, José Ramón, que me escucha rezar y me pregunta si soy católico. Le digo que sí, y me contesta: «Yo también. Tranquilo. Vamos a rezar juntos». Luego me dijo si quería que llamásemos a alguien, pues tenía un teléfono. Le di el número de mi esposa Maite, pero no daba tono. Luego me enteré de que en ese momento estaba en el trastero. Hice memoria y recordé el número de teléfono fijo de mi mujer, el de la casa de mi suegra, que es donde estamos viviendo en estos momentos. No sabía qué hora era, pero pensaba que, quizás, Maite ya había vuelto de dejar a los niños en el colegio. Ella no estaba, pero sí mi suegra. Le digo básicamente que estoy vivo y un poco las sensaciones que tengo: que siento las piernas y que la derecha la tengo destrozada. Y que, por favor, le dijera de la mejor manera posible a mi mujer lo que había pasado. Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno. Mi suegra me preguntó dónde estaba. Y ahí apareció otro ángel, Antonio, el farmacéutico del pueblo, que nos confirmó que estábamos cerca de Los Yébenes. Y la conversación se terminó. José Ramón me dijo que con ese teléfono iba a intentar poner en contacto a más heridos con sus familiares y yo me quedé ahí tumbado”, relata.

Antonio García, el farmacéutico de Urda, acudió rápidamente al lugar del accidente ferroviario para ayudar en todo lo que tuviera en su mano. Allí encontró a Mario Aguado malherido que pedía a quien se le acercaba darle un último mensaje a su mujer: Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno / Foto: Belén Diaz - Alfa y Omega 

“Pasaron por allí muchas personas. Primero vi a dos compañeros de trabajo. También apareció un sacerdote mayor, que vino a preguntarme qué tal estaba, me dio ánimos, me tranquilizó y se fue a ver a más heridos. Luego llegó Rosa, que debió escuchar algunas de mis conversaciones y me preguntó lo mismo que José Ramón: si era católico. Le dije que sí. Me cogió la mano, sacó una especie de rosario del cuello y me dijo: «Mario, ahora no podemos hacer nada. Solo tenemos que esperar. Así que, si te parece, voy a rezar una corona mística». Se lo agradecí y le pedí que no me soltara la mano. Fue como la mano de una madre, porque en ese momento yo tenía mucho miedo, y Rosa rezaba, rezaba y rezaba. A veces, por los gritos, volvía a taparme los oídos. Y ella no paraba de rezar, no paraba de rezar”, relata Mario Aguado.

“Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños”

“Pasó un rato, no sé cuánto, porque perdí un poco la noción del tiempo, pero un grupo de hombres me sacó de la zona. Me colocó en un trozo de techo del tren recubierto con ropa, a modo de camilla, y me dejaron en un lugar que era tierra firme, como un descampado. En ese momento, ya entraron en juego los médicos. Recuerdo a uno de ellos, con casco amarillo, que venía con una doctora, con pelo rizado y gafas. Me cogió una vía y me puso un gotero con algo. Recuerdo a muchas personas sujetar el gotero. Una señora mayor con el brazo en cabestrillo. También dos guardias civiles, a quienes pedía agua insistentemente, porque tenía mucha sed. Pero no me la podían dar. El más joven, que estaba a mi lado, mojaba de vez en cuando una gasa en agua y me humedecía un poco los labios y me limpiaba las heridas. Yo le tiraba del pantalón, porque sentía un dolor muy fuerte. Tengo la imagen de muchas personas tumbadas con goteros, con mantas térmicas, muchos médicos. Yo gritaba de dolor. Vino entonces otro médico, que creo que era el que lideraba un poco todo. Me miró y me dijo: «Tranquilo, sé que te duele mucho, te voy a poner una medicación. Estás bien. Te están cuidando»”, explica pormenorizadamente.

“Solo tengo la imagen de luces y sombras, de despertarme de repente y volver a quedarme dormido. Cuando recuperé la consciencia, estaba entre médicos. Una chica que se llama Tamara, otro ángel, sujetaba mi gotero y me daba la mano. Me dijo que estuviera tranquilo y que ella iba a informar a mi mujer y a la familia de a dónde me iban a llevar. Y en ese momento apareció Álvaro, otro médico. Me colocaron en una camilla, me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital de campaña. Tamara seguía allí, no se había ido. En el hospital de campaña estuve con Javi, un médico joven, con camisa, que me dio la mano y me dijo que se iba a quedar conmigo hasta que me fuese. Me pusieron un collarín, donde iban apuntando cosas: mi estado, la medicación. Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sí que había mucho movimiento. Los helicópteros despegaban y aterrizaban; se llevaban gente todo el rato. Al poco tiempo, apareció una chica que dijo que me trasladaba al hospital de Toledo. Ahí desaparecieron Tamara y Javi y solo estaba con ella. Luego tengo la imagen de cuando me bajan de la ambulancia, ya en Toledo, los pasillos del hospital, y lo que me decían tras verme, que había sido un milagro. Una vez comprobaron que la pierna afectada tenía bien el riego sanguíneo —tenían miedo de que hubiese que amputar, esa palabra la escuché varias veces—, me metieron en quirófano. Me durmieron y me hicieron una cirugía de contención. Cuando me desperté, estaba en la Unidad de Reanimación del Hospital de Toledo con mi mujer y mi madre. Primero fui consciente de que estaba mi madre y recuerdo que dije: «Anda, pero si está aquí mi mamá». Alguien me daba la otra mano. Miré y allí estaba mi mujer. Es otra oportunidad que nos da el Señor a mí y a mi mujer para estar juntos”, dice este joven esposo y padre de familia.

Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda, junto a su esposa Maite Cerezo Soler / Foto: Cedida por Maite Cerezo Soler - Revista Ecclesia

Mario Aguado volvió a ver a sus hijos ya en un hospital más cerca de casa, en Madrid y comparte que “Miguel es un bebé, pero es la alegría. Con las dos niñas mayores fue muy especial. La mayor, Blanca, estaba muy preocupada y venía cada poco a darme un abrazo y un beso. Almudena, que es más sensible y más cauta, se sentó a mi lado y me preguntó si me iba a curar. Y ella ya se quedó tranquila con mi respuesta afirmativa. Fue una experiencia de gran alegría encontrarme con ellas”.

“No dejen de rezar por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús”

Respecto a cómo ha vivido la oración de tanta gente por él y su familia explica que “¿cómo te digo que lo podemos tocar? Hay personas hasta en Kazajistán rezando por mí. Y eso se puede tocar. Es como el calor del sol. Está ahí. Si no, yo no estaría así. Estos días no paro de decir a la gente que no dejen de rezar. Por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús, porque estoy seguro de que tendrán un consuelo. Porque yo lo tengo. La oración es como una brisa que no se ve, pero que lo refresca todo. Y a mí me ayuda a respirar en los momentos en los que no puedo más. Me ayuda a seguir en paz”.

“Vivir y pedirse perdón y decirse «te quiero» es urgentísimo; mi mujer es lo más importante, es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo”

Su esposa Maite Cerezo Soler escribió un testimonio de cómo vivió el accidente también en la Revista Ecclesia, que reproducimos al final, y Mario se sincera respecto a lo que ella decía: “Tardé un par de ratos en leerlo completo. ¿Qué decirte? Somos un matrimonio joven, con el que Dios ha ido haciendo historia de una manera muy original. Es cierto que llevábamos unos cuantos meses mal. Enfadados. Eso que te vas a trabajar, vuelves, la rutina, los niños, que absorben mucha energía… Justo el día antes de coger ese tren había pedido ayuda para empezar una terapia familiar, y ese día volvió a cambiar todo. Creo que Maite ha sabido poner las palabras perfectas a lo que estábamos viviendo, a cómo estaba viviendo ella. Tiene toda la razón en lo que escribe. Vivir es urgente, pedirse perdón es urgente, urgentísimo. Decirse «te quiero» es urgentísimo. Los hijos son muy importantes, pero mi mujer es lo más importante. Es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo. El resto, si yo estoy bien con ella, estará bien”.

“Te mentiría si te dijera que no pienso en mañana, pero intento no hacerlo. Intento vivir el hoy. Lo que Dios quiere para mí ahora. Mañana será diferente. Cuando estábamos en misión, ya vivíamos de una manera extrema, y hoy lo volvemos a hacer, pero con una gran paz en el corazón. Tendremos que organizar muchas cosas y hay mucha gente que nos está ayudando, pero me centro en vivir el ahora. La paz no viene de mí. Viene de todas estas personas que están rezando por nosotros. Es un don, no viene de mí. Yo vivía sin paz, pidiendo la paz. Y, ahora, con hierros en la pierna, con brechas, tumbado en la cama, con dolores, medicación, en un hospital, es cuando estoy experimentando la paz. Así que no viene de mí. Viene de Dios”.

El testimonio de Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado: «Dios es bueno»

Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda / Foto: Perfil de Maite Cerezo Soler de Linkedin

Cuando pienso en todo lo que ha sucedido, hay algo que me viene a la cabeza una y otra vez: cuando vi salir a Mario de casa, no nos despedimos como yo habría querido. Prácticamente acabábamos de llegar a España de una misión evangelizadora en la que habíamos sufrido mucho; aún no nos habíamos terminado de asentar en Madrid con nuestros hijos —tenemos tres niños pequeños y, por lo pronto, nos encontramos viviendo temporalmente en casa de mis padres, intentando recomponer nuestra vida y empezar de nuevo. Mario acaba de comenzar un trabajo y tenía que viajar a Sevilla para asistir a una formación.

Nuestra situación familiar es, en fin, bastante complicada. Mario se levantó muy temprano para coger el tren, yo dormía con el pequeño y, mucho antes de la hora habitual, las niñas fueron despertándose y viniendo una detrás de otra. Mario se preparó, se despidió de mí y se marchó, a lo que yo respondí con enfado. Enfado por quedarme sola con los niños, por el cansancio, por nuestra situación y por todos aquellos meses de tensión entre nosotros. Me despedí de él, en fin, como si Dios no fuera bueno.

Mi día continuó como si nada: niños al colegio, una visita al trastero donde tenemos guardadas todas nuestras cosas a buscar ropa de invierno para el bebé, quizá una cámara nebulizadora con Ventolín. Luego a la gasolinera y para casa. Aproveché para llamar a Mario, pero no contestaba. Tampoco a los mensajes que le dejé. Asumí, sin más, que iría durmiendo; tal debía ser el cansancio acumulado tras varios días sin dormir por estar con las niñas.  Echo gasolina al coche y, mientras tanto, leo en el grupo de su familia un mensaje:

«Accidente de tren en Toledo».

Mi primer pensamiento fue: «Oh, otra vez, pobrecitos…». Enseguida, como por instinto, me saltó la primera alarma: «Toledo. Mario iba a Sevilla. “No sé en qué tren viaja Mario”». Me metí en el coche y mientras conducía la angustia empezó a crecer; solo quería llegar cuanto antes a donde fuera y poder llamarle. En el grupo de Whatsapp de su familia crecía el nerviosismo, y en mi interior también. Mientras buscaba un hueco para aparcar, se me empezaron a colar, sin permiso, pensamientos de todo tipo. Que podía estar muerto. Que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería. Que mis hijos crecerían sin su padre. Y un macabro etcétera que me repetían, una y otra vez, que Dios no era bueno.

Tenía el alma sepultada bajo toneladas de angustia. Los oídos me zumbaban y sentía que me faltaba el aire. En ese momento me llama mi padre: «Hola, Maite, soy papá. ¿Dónde estás? Voy en un segundo a donde estés». Esto bastó para que yo sintiese cómo el golpe me mataba por dentro. «¿Mario está bien?», acierto a preguntar. «Está vivo, Maite. Está bien. Sabe que tiene una pierna muy rota; le han ayudado a salir del sitio en el que estaba». Quien haya vivido algo parecido sabrá de lo que hablo, de cómo no podía pensar más que en lo mucho que le quería, en lo tonta que había sido, en el futuro de mis hijos y en rezar, rezar, rezar por él. Así se lo pedí a nuestra comunidad de San Pedro, en Alcobendas, donde Mario y yo vivimos nuestra fe.

A partir de aquí se inician las que, sin duda alguna, han sido las horas más largas de toda mi vida. Solo necesitaba que alguien me llamara. No quería saturar el único teléfono que habían habilitado para atender a los familiares, pero llegó un momento en que ya no pude más. Llamé para preguntar si podía ir a buscarle, si sabían a qué hospital le trasladaban o qué tenía que hacer. Tras horas de insistencia al teléfono, alguien contestó. Me pidió mis datos, los suyos y mi teléfono. Acto seguido me colgó. Mi impulso fue el de gritar y salir corriendo a buscarle.

Mis suegros recibieron una llamada diciendo que Mario estaba bien y que una ambulancia le trasladaría a un hospital, pero no dijeron a cuál.

Al rato recibí, por otro lado, la llamada de una mujer. «Hola, ¿Maite? Llamo del accidente de trenes. Estamos en la zona cero del accidente. Está aquí tu marido, Mario, y no va a parar hasta que te llamen». Pregunté si estaba bien. «Sí, le tenemos aquí en una camilla. Ahora mismo le estoy sujetando los goteros. No puede hablar porque le han puesto medicación y está muy drogado». ¿En la zona cero? ¿Pero no se lo estaban llevando a un hospital? Respiré hondo y empecé a repetirme algo que todavía hoy recuerdo: «Dios es su padre. Dios es su padre. Va a venir. Con pierna, sin pierna, da igual. Va a venir conmigo y con los niños, ayúdale Señor a estar en paz, ayúdale». Le di las gracias a aquella mujer y colgué.

Ni siquiera entonces, en aquella primera llamada que tanto había deseado recibir, fui capaz de decir en voz alta lo único que quería decirle a Mario. Que le quiero, que es mi vida, que le espero con los niños, que los niños le quieren con locura, que es lo mejor que nos ha pasado. Sobre todo que le quiero. Dentro de mí solo había desconcierto, angustia y aquel zumbido constante en los oídos. De nuevo la tentación de que Dios no era bueno.

El tiempo avanzaba despacio, y yo seguía esperando una nueva llamada que me dijera dónde estaba Mario, cómo se encontraba o qué iba a pasar con él. Mi madre me miraba preocupada. Yo estaba completamente descompuesta, sin poder pensar con claridad, esperando noticias. En un momento se acerca y me dice: «Desde luego, una cosa debes tener clara: tu Mariete te quiere». «¿Por qué dices eso?», le pregunto. Entonces me contó que Mario no había dejado de repetirlo, que preguntaba por mí, que quería que me llamaran, que decía una y otra vez: «Dile a Maite que la quiero, que la quiero. Dile a los niños que les quiero, que les cuide, que les quiero». Me quedé sin palabras.

Llevábamos meses sufriendo, atravesando una crisis muy grande, con infinidad de cosas que nos habíamos dejado de decir y mucho, muchísimo dolor acumulado. En todas esas horas no había dejado de pensar que le dejé marcharse sin decirle cuánto le quería. Y él, desde aquel lugar, herido, asustado y sin saber qué iba a ser de su vida, estaba intentando hacerme llegar que nos quería. Esto es algo que nunca voy a olvidar: que en este negro día, mientras yo buscaba desesperadamente a mi marido, él solo buscaba la manera de decirme que me quería. Y como él todavía no podía hacerlo, no paró hasta encontrar a alguien que me lo dijera. Aún hoy me estremezco de pensarlo.

Más tarde volvieron a llamar a mis suegros para confirmarles que trasladaban a Mario al Hospital Universitario de Toledo. Le habían estabilizado y ya le habían metido en la ambulancia. Al rato me llamaron para decirme que había llegado, que iban a hacerle unas pruebas y, eso sí, que las fracturas que tenía eran graves. Allí que fui con mis suegros. De camino recibí otra llamada en la que se me informaba que Mario entraba en quirófano de urgencia. Estaba estable, pero la fractura y la luxación eran complicadas. «Urgencia. Estable. Mario» era todo lo que conseguía escuchar.

Miguelito, nuestro bebé, lloraba en el coche. Le puse una nana y le acaricié para tranquilizarle. Mientras conducíamos, pensaba en Mario. En nuestra boda, en nuestro noviazgo, en cada uno de nuestros hijos cuando llegaron al mundo. Pensaba en Miguel naciendo durante nuestro tiempo de misión, en aquellas condiciones tan precarias, y en Mario sosteniéndome, cogiéndole en brazos en un paritorio prácticamente vacío, donde estábamos solos los dos. Él y yo. Pensaba también en todo lo que Mario había sufrido durante aquellos meses. En su angustia por sentir que no era suficiente, que no hacía lo bastante para que pudiéramos sacar adelante nuestra familia en medio de las dificultades de la misión. Y me repetía a mí misma: «¿Que no era suficiente? Pero si es mi vida. ¡Se lo tengo que decir! ¡Se lo tengo que decir!».

Llegamos al hospital y nos encontramos una imagen que no voy a olvidar. En el vestíbulo había un puesto móvil de atención a familiares de las víctimas. Había personas preguntando a sanitarios que consultaban en un ordenador. Todos y cada uno de ellos buscaban un pedazo fundamental de su vida como yo buscaba el mío. Algunos no conseguían encontrarlo. Gritaban de dolor, lloraban, se sentaban a esperar con la cara desencajada. Otros rezaban. Yo los miraba y solo me nacía de dentro rezar por ellos. Me repetía eso que Mario decía, que a pesar de todo Dios es bueno, es bueno, es bueno.

Mientras esperábamos a que alguien pudiera atendernos, volvió a sonar el teléfono. Era el mismo número. «¿Maite?»; «¡Estoy aquí en el Hospital!», respondí. «¿Estás en el vestíbulo de la entrada? Voy a llamar para que os suban». Mario había salido del quirófano. Nos dirigimos a la URPA y cuando estábamos llegando, escuché: «¡Familia de Mario Aguado!». Sentí que me moría. Creo que habría sido capaz de atropellar a quien fuera con el carro del bebé con tal de llegar hasta él. Como no me dejan entrar con el bebé, se queda mi suegro con él y yo entro acompañada de mi suegra a ver a Mario. Y le vi.

Lleno de cables, con oxígeno, electrodos, cortes, brechas, heridas y cardenales. Estaba aturdido, pero hablaba y abría los ojos. Ve a su madre y dice, lúcido a pesar de los analgésicos, «¡Pero si es mi mamá!». La abrazó. Lloraron. Yo intenté acercarme a los pies de la cama para decirle que estaba allí y, sobre todo, que le quería. Pero vi todos aquellos hierros y tuve miedo de rozarle y hacerle daño. Me quedé, pues, esperando. Al poco rato nuestros ojos se encuentran, se incorpora, abre los ojos como platos y dice: «¡Mi mujer!». Le abracé y entonces, solo entonces, respiré.

El solo me repetía: «Lo siento, lo siento, lo siento…». Y lloraba. Yo le respondía que le quería, aunque las palabras tenían que encontrar la forma de esquivar el nudo de angustia que aún me oprimía la garganta. Pero se lo decía, una y otra vez, sin parar. Al verle el cuerpo empecé a sentir muchísimo calor. Me sobraba la chaqueta de lana, la bata, todo. Pedí un taburete para poder sentarme a su lado. Me tumbaron y me recuperé.

Ya está. Estoy con él. Está aquí. Mario repetía nombres una y otra vez. Daba las gracias a todos los que se acercaban a atenderle y pronunciaba los nombres de las personas que le habían ayudado como si fueran un mantra: «José Ramón, Rosa, Santos, Tamara…». No dejaba de dar las gracias. Me dejaron estar con él durante un buen rato, hasta que me avisaron de que tenían que atender a más pacientes que llegaban de cirugías urgentes y que debía marcharme.

Antes de irme, Mario lloró. Me contó que durante horas había pensado que iba a quedarse parapléjico. Que podía perder una pierna. Le pregunté a la enfermera si podría volver a verle. «Claro que sí, cariño. Mañana a las 9:30 es la hora de visitas». Y me fui de allí dando profundas gracias a Dios. Mario estaba vivo. Había vuelto a encontrarme. Podía abrazarle.

Y aunque todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba, aquella noche pude volver a respirar. Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca, nunca, dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse «te quiero» es siempre urgente, a cualquier hora, pues uno no sabe si cinco minutos después lo va a poder decir. Que no me quede un solo «te quiero» sin decirle a Mario desde hoy hasta el final de nuestros días. Porque la vida puede cambiar en un aterrador instante y que el amor, incluso cuando atraviesa momentos difíciles, sigue siendo el pilar fundamental que lo sostiene todo. Mario había salido de casa aquella mañana para ir a trabajar; era un viaje de formación, un simple viaje más. Creía tener derecho a estar enfadada con él, y el solo recuerdo de haberme despedido de él con desdén es algo que me corta el aliento. Tenemos, gracias a Dios, una nueva oportunidad, una vida entera por reconstruir, tres hijos pequeños que nos esperan y tantas, tantas, tantas cosas pendientes entre nosotros. Solo me quedan fuerzas para dar gracias a Dios por darnos esta nueva oportunidad de vivirlas. Por eso y porque es bueno.

Maite Cerezo Soler