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domingo, 24 de mayo de 2026

Papa León XIV en homilía, 24-5-2026: «Pidamos que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, libere a la humanidad de la miseria y sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada en el nombre de Jesús»

* «La primera obra del Espíritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos: «Jesús es el Señor» (1 Co 12,3). Esta fe vive y se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier»

   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Como la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento Él es dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oración, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios. Como enseña el Apóstol: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (1 Co 12,7). Precisamente porque somos Iglesia, único cuerpo que vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Espíritu podemos llevar a todos la paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Señor» 

 


24 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  “Con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús”, esta ha sido la invitación que ha dirigido el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que ha presidido este domingo 24 de mayo, solemnidad de Pentecostés, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, ante miles de fieles. Después, a las 12 del mediodía, el Santo Padre ha rezado el Regina Caeli en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles.




El Santo Padre ha recordado que, con la solemnidad de Pentecostés, el tiempo de Pascua llega a su culminación. Y para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvación, el Evangelio nos lleva nuevamente al “primer día de la semana”, es decir, a aquel nuevo día en el que Jesús resucitado aparece a sus discípulos mostrándoles «sus manos y su costado». “El Señor revela su cuerpo glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixión. Estos signos de la pasión, más elocuentes que cualquier discurso, han sido transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre”.



Al ver al Señor, los discípulos también vuelven a vivir, afirmó el Pontífice, y Cristo, a este gesto, de mostrar a sus discípulos «sus manos y su costado» une la palabra: «¡La paz esté con ustedes!»; e inmediatamente después sopla sobre los discípulos dándoles el Espíritu Santo. “El Resucitado está lleno de vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y Redentor. En el mismo cenáculo donde ha instituido la alianza nueva y eterna, Jesús infunde el Espíritu; el lugar de la cena y de la traición se transforma y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrección. Por eso Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de Cristo, que por gracia somos nosotros”.




Por ello, al celebrar este misterio, el Papa León propuso tres aspectos en su reflexión: “El Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz, es el Espíritu de la misión y es el Espíritu de la verdad”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Domingo, 24 de mayo de 2026




Queridos hermanos y hermanas:


El tiempo de Pascua llega hoy a su culminación, en la solemnidad de Pentecostés. Para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvación, el Evangelio nos lleva nuevamente al “primer día de la semana” (cf. Jn 20,19), es decir, a aquel nuevo día en el que Jesús resucitado aparece a sus discípulos mostrándoles «sus manos y su costado» (v. 20). El Señor revela su cuerpo glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixión. Estos signos de la pasión, más elocuentes que cualquier discurso, han sido transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre.


Al ver al Señor, también los discípulos vuelven a vivir: se habían sepultado en el cenáculo llenos de miedo, pero Jesús entra allí a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegría. Él pasa a través de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ahí donde para nosotros ya no había una salida. Cristo, a este gesto, une la palabra: «¡La paz esté con ustedes!» (v. 19); e inmediatamente después sopla sobre los discípulos dándoles el Espíritu Santo. El Resucitado está lleno de vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y Redentor. En el mismo cenáculo donde ha instituido la alianza nueva y eterna, Jesús infunde el Espíritu; el lugar de la cena y de la traición se transforma y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrección. Por eso Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de Cristo, que por gracia somos nosotros.


Celebrando este misterio, quisiera detenerme en tres aspectos.


En primer lugar, el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz. En su Pascua, Cristo reconcilia a Dios y a la humanidad, y el Espíritu Santo infunde la paz en los corazones y la difunde en el mundo. Esta paz viene del perdón y nos lleva al perdón; comienza con el perdón que da el mismo Jesús, traicionado por nosotros, condenado y crucificado. Sorprendiéndonos con su amor, precisamente Él, el resucitado, dice: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (Jn 20,23). Con estas palabras Jesús nos confía una obra divina, porque sólo Dios puede perdonar los pecados (cf. Mc 2,7). Esta autoridad viene dada bajo el signo de una reconciliación universal: el Señor infunde el Espíritu de la paz desde el comienzo hasta el final de la historia, porque no excluye a nadie Aquel que ha redimido a todos de la muerte. El Espíritu Santo, en efecto, es Señor y dador de vida desde el inicio de la creación, cuando aleteaba sobre las aguas (cf. Gn 1,2), y ahora, en su rescate, cambia la historia del mundo; realmente Pentecostés se realiza como fiesta del nuevo Pacto, es decir, de la alianza entre Dios y todos los pueblos de la tierra. Mientras el fragor del cielo, el viento y las lenguas de fuego en el cenáculo recuerdan los antiguos signos del Sinaí (cf. Hch 2,2-3; Ex 19,16-19), la santa ley de Dios se inscribe en nuestros corazones, grabada por el Espíritu con caracteres de amor en la carne de Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia.


Esta ley es el código de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Espíritu nos recuerda en cada latido del corazón. Con nuestro corazón podemos, por tanto, invocar: “Veni Sancte Spiritus”, porque Él ya nos ha sido dado. Podemos desearlo, porque ya nos ha sido prometido. Podemos acogerlo, porque Él mismo es dulce huésped del alma.  


Un segundo aspecto: el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la misión: «Como el Padre me envió a mí», dice el Señor, «yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21). Somos así partícipes en la misión de Jesús; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder del Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y glorificado, único Dios. El Espíritu Santo es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa, nos sostiene en la misión (cf. 2 Co 5,14). El mismo Espíritu, mientras da a los apóstoles el poder de expresarse en la variedad de las lenguas (cf. Hch 2,4), enseña a la humanidad la palabra de la salvación. Ahora que los apóstoles han recibido el soplo del Resucitado dentro de sí, este anuncio viene de sus bocas, tiene la voz de Pedro y de cuantos están con él. Justo en el día de Pentecostés los apóstoles comienzan a anunciar a Jesús, crucificado y resucitado; las «maravillas de Dios» (Hch 2,11) se resumen todas en la redención, que empieza con la fe. De hecho, la primera obra del Espíritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos: «Jesús es el Señor» (1 Co 12,3). Esta fe vive y se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier.  


Queridos hermanos, realmente somos partícipes del Evangelio; toda la Iglesia es protagonista, no sólo guardiana. Con la fuerza del Espíritu, nuestro anuncio se ve colmado de alegría y de esperanza, porque nosotros, precisamente nosotros, somos la novedad del mundo, la luz y la sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14). Ciertamente, no por nuestros méritos, ni por privilegio, sino por la palabra del Señor, que santifica al pecador, sana al leproso, convierte a quien ha renegado de él en un apóstol. Por una parte —lo vemos bien—, hay cambios que no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencia. Por otra parte, en cambio, el Espíritu Santo ilumina las mentes y suscita en los corazones nuevas energías de vida. Así transfigura la historia abriéndola a la salvación, es decir, al don que el único Señor comparte con todos. La misión de la Iglesia confirma ese compartir, transformando la confusión del mundo en comunión con Dios y entre nosotros.


Esta misión comienza afirmando la verdad de Dios y del hombre, porque el Espíritu del Resucitado es el «Espíritu de la verdad» (Jn 14,17). El Señor mismo nos lo ha prometido, pidiendo unidad para su Iglesia, una unidad fundada en el amor de Dios, fuente de nuestro amor. El Espíritu, que habló por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida. Como enseña san Agustín, el don de lenguas que se comprenden en la única fe, «el Espíritu Santo […] quiso que fuera una prueba de su presencia» (Sermón 269,1). El Paráclito nos defiende entonces de todo lo que impide este entendimiento: de los prejuicios, de las hipocresías y de las modas que apagan la luz del Evangelio. La verdad que Dios nos da sigue siendo así palabra liberadora para todos los pueblos, mensaje que transforma cada cultura desde dentro.


El Espíritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento Él es dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oración, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios. Como enseña el Apóstol: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (1 Co 12,7). Precisamente porque somos Iglesia, único cuerpo que vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Espíritu podemos llevar a todos la paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Señor.


Queridos hermanos, con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús. Esta es la gracia que infunde valentía a los apóstoles; que lo infunda también a nosotros, hoy y siempre, por intercesión de María, Madre de la Iglesia.


PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 24-5-2026

Papa León XIV en el Regina Caeli, 24-5-2026: «Con el don de su Espíritu Santo, Dios nos concede la fe, hace comprender las escrituras, permite participar de su vida y nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal»

* «El Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. En donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor, que une y armoniza las diferencias»

    

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Regina Caeli

* «Invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China. A María Santísima, Auxilio de los cristianos, confiamos también las comunidades cristianas de Tierra Santa, del Líbano y de todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra» 

24 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  “Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal”, ha subrayado el Papa León XIV, antes de rezar la oración mariana del Regina Caeli, desde la ventana del Palacio Apostólico, ante decenas de miles de fieles, tras haber celebrado la Santa Misa del Domingo de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, en la que ha pronunciado una profunda homilía.

El Papa León XIV subraya que, en nuestros días, especialmente en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Y como los primeros discípulos, encomendarnos a la intercesión de la Virgen María, Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia: “Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos”.

Tras haber dirigido la oración mariana del Regina Caeli, el Papa León ha elevado sus oraciones por la Iglesia en China, en la memoria litúrgica de la Santísima Virgen María, Auxilio de los Cristianos. Asimismo, ha pedido por “las comunidades cristianas de Tierra Santa, Líbano y todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre y la oración del Regina Caeli, cuyo texto completo es el siguiente:


PAPA LEÓN XIV
REGINA CAELI
Plaza de San Pedro
Domingo de Pentecostés, 24 de mayo de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En esta solemnidad de Pentecostés estamos llamados a contemplar el don del Espíritu Santo, derramado en abundancia sobre la Iglesia naciente y, hoy, nuevamente dispensado a sus miembros, como luz y fuerza que los acompaña en cada momento de la vida.

Podemos detenernos en una imagen del Espíritu que nos da la liturgia de hoy: el Espíritu abre las puertas. En efecto, el Evangelio nos dice que estaban «cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos» (Jn 20,19) y, al mismo tiempo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra que el Espíritu llegó como una ráfaga de viento (cf. Hch 2,2), que abriendo las puertas impulsó a los discípulos a salir a anunciar la Buena Noticia de Cristo resucitado.

Hoy también nos podemos preguntar: ¿qué puertas abre el Espíritu Santo?

La primera puerta es la del mismo Dios, en el sentido en que nos abre el acceso al misterio de Dios, así como se ha revelado en Jesucristo. Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal; a encontrarlo en Jesús y no sólo en la observancia de una ley; a reconocerlo en nosotros y a descubrir los signos de su presencia en la vida ordinaria. 

La segunda puerta es la del cenáculo, es decir de la Iglesia. Sin el fuego del Espíritu, la Iglesia permanece prisionera del miedo, temerosa ante los desafíos del mundo, cerrada en sí misma y por tanto también incapaz de entrar en diálogo con los tiempos que cambian. El Espíritu abre las puertas de la Iglesia para que pueda acoger y recibir a todos, incluso a aquellos que le han cerrado las puertas a Dios, a los demás, a la esperanza, a la alegría de vivir. Como recordaba el Papa Francisco, estamos llamados a ser «una Iglesia que bendice y anima […] Iglesia con las puertas abiertas para todos» (Homilía de la Misa de apertura de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 4 octubre 2023).

Por último, el Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. En donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor, que une y armoniza las diferencias.

Hermanos y hermanas, incluso en nuestros días, especialmente en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos.

Como los primeros discípulos, nos confiamos a la intercesión de la Virgen María, Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia.

Oración del Regina Caeli: 


V/. Reina del Cielo, alégrate; aleluya.

R/. Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

V/. Resucitó según dijo; aleluya.

R/. Ruega por nosotros a Dios; aleluya;

V/. Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

R/. Porque resucitó en verdad el Señor; aleluya.


Oración:


¡Oh, Dios!, que te dignaste alegrar al mundo por la Resurrección de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: concédenos, te rogamos, que por la mediación de la Virgen María, su Madre, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.



Después el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se celebra la Jornada de Oración por la Iglesia en China, en la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María Auxilio de los cristianos, venerada con grandísima devoción en el santuario de Sheshan, en Shanghái. Unamos nuestra oración a la de los católicos chinos, como signo de nuestro afecto por ellos y de su comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro. Que la intercesión de la Reina del Cielo obtenga para la comunidad creyente en China la gracia de la unidad y conceda a todos la fuerza para dar testimonio del Evangelio en las dificultades cotidianas, para ser semilla de esperanza y de paz. En particular, invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China.


A María Santísima, Auxilio de los cristianos, confiamos también las comunidades cristianas de Tierra Santa, del Líbano y de todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra.



Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de diversos países.


En particular, saludo al grupo de personas con discapacidad procedentes de Polonia; así como a los peregrinos que han venido en bicicleta desde Kelmis, en Bélgica. ¡Felicidades!

Papa León XIV


Fotos: Vatican Media, 24-5-2026

Santa Misa de hoy, Domingo de Pentecostés, presidida por el Papa León XIV, 24-5-2026

Foto: Vatican Media, 24-5-2026

24 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  Este domingo 24 de mayo, solemnidad de Pentecostés, el Papa León XIV ha presidido la celebración Eucarística en la Basílica de San Pedro, ante miles de fieles. En su homilía, el Pontífice ha reflexionado sobre tres aspectos del Paráclito: “El Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz, es el Espíritu de la misión y es el Espíritu de la verdad”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

“Con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús”, esta ha sido la invitación que ha dirigido el Papa León XIV al final de su homilía. Después, a las 12 del mediodía, el Santo Padre ha rezado el Regina Caeli en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles.

Álvaro Solé: «Una hermanas mía murió y me alejé de la Iglesia 7 años, en un retiro espiritual me encontré con Dios, al perder el trabajo escuché en la Eucaristía el pasaje del joven rico y le dije al Señor: ‘Yo seré tu sacerdote’»

Álvaro Solé sigue su camino para ser sacerdote después de haber sido ordenado diácono / Foto: Infomadrid

* «Dios sigue llamando y sigue enviando pastores a su pueblo. Es el Señor quien ha obrado y quien me ha sostenido, puedo confiar en que seguirá sosteniéndome en este sí»

Camino Católico.- Álvaro Solé ha sido ordenado diácono este sábado, 23 de mayo, en la catedral de la Almudena junto con 9 seminaristas del Seminario Conciliar de Madrid, entre ellos Alfonso Blanco y Óscar Jesús Concejal. Procede de una familia de ocho hermanos. Uno de ellos tiene síndrome de Down y la muerte de una de sus hermanas fue precisamente el acontecimiento que marcó su alejamiento de la Iglesia.

Retiro espiritual

Su historia comenzó hace siete años, cuando decidió entrar al seminario tras un profundo proceso de conversión iniciado en un retiro espiritual. «Yo estaba muy alejado de la Iglesia. No iba a misa, no me confesaba y no tenía vida de comunidad», recuerda en Infomadrid. Aquel encuentro con el Señor, transformó por completo su mirada y le permitió volver a reconocer la presencia de Dios en su día a día.

Después de ese momento, regresó poco a poco a la vida de la Iglesia. Comenzó a participar en un grupo de jóvenes, retomó la oración y volvió a recibir los sacramentos. «Había estado prácticamente siete años sin pisar una iglesia», explica.

Álvaro Solé, el segundo por la izquierda en la fila de detrás, con su familia / Foto: Infomadrid

«Yo seré tu sacerdote»

La pregunta vocacional apareció poco después de su conversión, aunque no fue fácil aceptarla. «La primera vez que me pregunté por qué no ser sacerdote», rechazó la idea». A los dos años, volvió una segunda vez, y «también la rechacé». Sin embargo, la insistencia del Señor fue abriendo camino en su corazón.

El momento decisivo llegó cuando Álvaro perdió su trabajo. Ese mismo día escuchó en la Eucaristía el pasaje del joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende todos tus bienes, así tendrás un tesoro en el Cielo y luego ven y sígueme». Aquellas palabras tocaron profundamente su vida. «Por primera vez respondí que sí». Le dijo al Señor «Yo seré tu sacerdote».

Alegría y esperanza

Reconoce que aquel primer «sí» era pequeño, pero con el tiempo se ha ido fortaleciendo y madurando en el seminario. Ahora, a pocos días de su ordenación, vive este momento con gran «alegría y esperanza», apunta el futuro diácono.

También afirma que «es impresionante ver cómo todo el pueblo de Dios comparte esta alegría tan grande». En sus parroquias —San Benito Menni de Carabanchel y actualmente San Juan Evangelista, en la zona del Parque de las Avenidas— ha experimentado «el cariño y la cercanía» de tantas personas que rezan por él y le acompañan en estos momentos.

Álvaro Solé, el segundo por la derecha de los que están de pie, con sus compañeros que también han sido ordenados diáconos / Foto: Infomadrid

Apoyo de toda la Iglesia

Álvaro percibe que la alegría de la comunidad no es solo por él, sino porque «Dios sigue llamando y sigue enviando pastores a su pueblo». También agradece el apoyo recibido en el movimiento de Comunión y Liberación, del que forma parte, así como el acompañamiento de su familia, amigos y personas que han compartido «su camino de fe».

Además, señala que, durante todo este tiempo, ha visto como «es el Señor quien ha obrado y quien me ha sostenido, puedo confiar en que seguirá sosteniéndome en este sí». Y concluye agradecido por el apoyo de toda la Iglesia. «Es el pueblo de Dios quien me acompaña, reza por mí y me sostiene».

Por último, Álvaro recuerda que, durante su etapa en el seminario, conoció la noticia que su padre, Gabriel Solé, sintió también la llamada al diaconado permanente. Así, mientras Álvaro ha sido ordenado diácono transitorio el 23 de mayo, su padre recibirá la ordenación como diácono permanente el próximo 20 de junio.

Óscar Jesús Concejal: «Me formé con la imagen del ‘Dios castigador’, me alejé de la práctica religiosa, me hice profesor de inglés, una misionera y una compañera me llevaron al ‘Dios amor’ que me llamó a ser sacerdote»

Óscar Jesús Concejal, a la izquierda, junto a dos seminaristas en la JMJ Lisboa 2023 / Foto: Infomadrid

* «Dios me ha cocido a fuego lento en su amor y su misericordia, con mucha paciencia, porque hay guisos como yo que tardan más en hacerse. Dios es el mejor Masterchef. El Señor me ha transformado a mí y mis heridas en fuente de vida. De ahí que me sienta muy llamado a llevar el rostro de Cristo ante tanto sufrimiento, junto a, evidentemente, celebrar los sacramentos»

Camino Católico.- Óscar Jesús Concejal tiene 55 años, y el 23 de mayo ha sido ordenado diácono en la Catedral de la Almudena de Madrid, como 9 compañeros, entre ellos Alfonso Blanco y Álvaro Solé. Lleva a cabo su etapa pastoral en la parroquia Santísimo Cristo del Amor, en Cuatro Vientos. «Dios me ha cocido a fuego lento en su amor y su misericordia, con mucha paciencia, porque hay guisos como yo que tardan más en hacerse». Por eso, siguiendo con la jerga gastronómica, afirma en Infomadrid que «Dios es el mejor Masterchef».

Aunque no le molesta que la gente lo diga, para él no hay «vocación tardía», que le suena más bien a «como si hubiéramos dejado para Él las sobras», sino que «mi experiencia de vida me ha hecho ser quien soy y ha conformado mi vocación en su momento adecuado, no para mí sino para los planes de Dios».

La historia de Óscar arranca en Madrid, hijo de madre extremeña y padre madrileño, y una hermana cuatro años mayor que él. «Quizá por la educación recibida» se fue formando en él una imagen de Dios «castigador, de cumplir», y eso le chirrió. «No se puede estar en una relación con alguien por miedo o por cumplimiento», de modo que concluyó que «esta religión no es la mía».

Óscar Jesús Concejal, delante de todo el grupo agachado / Foto: Infomadrid

Rostros concretos

Entonces «no perdí la fe», pero «me alejé de la práctica religiosa». Esto fue en su adolescencia. Después, estudió Filología Inglesa y aprobó las oposiciones, sacándose su plaza de profesor de Inglés en la escuela pública.

Hacia los 30 años, como el hijo pródigo, empieza su camino de vuelta a casa, que fue siempre a través de rostros concretos, y trae dos a la memoria: May, misionera irlandesa de Verbum Dei, y Pilar, una compañera suya de universidad que hoy es salesiana. Ellas le fueron acompañando al Dios amor, y en contraposición a esa imagen distorsionada de su infancia, «esto ya me sonaba muy bien».

Con sus «idas y venidas», Óscar volvió a la oración, a los sacramentos y a tener experiencias de Dios, de ese «amor fundante». Nunca se había planteado la vocación al sacerdocio, aunque de pequeño había estudiado en un seminario menor. Pero un día, en clase con sus alumnos, tuvo una revelación: «¿Qué hago dándoles inglés cuando lo que necesitan en realidad, lo que tienen es sed de otra cosa, de eternidad, de Dios?». Y surgió un diálogo en su interior: «Tienen hambre - Dales tú de comer». 

Óscar Jesús Concejal, el segundo a la derecha, en una visita a Roma con su curso / Foto: Infomadrid

Una señal para dar el sí

Para dar el sí a una llamada al sacerdocio tenía la excusa perfecta, una «vida resuelta» y una edad avanzada. Así que le pidió a Dios una señal si realmente «quieres que me haga cura», y esta vino con otro rostro concreto, el de José Ignacio Sánchez Carazo, «un seminarista mucho más mayor que yo» al que conoció a través de su grupo de oración. «Me quedé con la boca abierta», y ya no pudo poner más excusas. «Pa’lante», y empezó el propedéutico.

Reconoce que era reacio, «pensarán que este señor qué hace aquí», pero Dios le daba confianza, porque si era que no, en realidad él seguía teniendo su plaza de funcionario. El seminario estos años ha sido bonito, pero duro. «A uno con 50 años le cuesta dejarse hacer, negarse a sí mismo duele», pero «los compañeros de curso me han ayudado mucho» y los formadores han tenido una paciencia que «ni el santo Job». 

Óscar Jesús Concejal en CEDIA, recurso para personas sin hogar de Cáritas Diocesana de Madrid / Foto: Infomadrid

«Dejarnos hacer y configurarnos con Cristo»

El paso por el seminario ha sido «una experiencia de amor y sobre todo de no creerme que yo lo sé todo por tener 50 años; estamos ahí para dejarnos hacer y configurarnos con Cristo». Y aquí introduce una imagen «que me gusta mucho: a Cristo caminando sobre las aguas». Lo que Óscar ha experimentado en su vida es que «cuando fijo la mirada en Él, soy capaz, pero si la pongo en mí mismo, me hundo hasta el abismo, aunque siempre tienes la confianza de que Él está ahí para sacarte».

Igual que esa llamada que tuvo a entregar a sus alumnos el agua viva, como Jesús a la samaritana, la tiene ahora Óscar de cara a su futuro ministerio. Él, que también vivió situaciones complicadas en su infancia, se conmueve ante tanta gente que sufre. Y sabe que hay esperanza para ellos porque lo ha experimentado en primera persona. «El Señor me ha transformado a mí y a esas heridas en fuente de vida».

De ahí que «me sienta muy llamado a «llevar el rostro de Cristo ante tanto sufrimiento, junto a, evidentemente, celebrar los sacramentos», pero para eso está el presbítero, «lo principal es lo principal». En todo ello, como pilar, le sostiene la Virgen. «Un sacerdote tiene que ser mariano».

Óscar Jesús Concejal en una celebración con los acólitos / Foto: Infomadrid