“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”
2ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia
La fraternidad, la gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna
P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia
Ala Pablo VI
Viernes, 13 de marzo de 2025
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.
Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.
Este saludo con el que siempre comienzo las meditaciones, que es también el saludo que el Santo Padre dirigió a toda la iglesia el día de su elección, es el saludo del Señor resucitado, pero es también el saludo que San Francisco quería que los frailes dirigieran a todas las personas, intuyendo hace ochocientos años como hoy, que la falta de paz es el gran problema que siempre, cada día, debemos afrontar. Ahora bien, en la primera meditación entramos en el corazón de la conversión de Francisco.
Hemos visto cómo la gracia en él ha obrado un verdadero cambio de gusto, una transformación de la sensibilidad que ha cambiado precisamente el modo de mirar a sí mismo, a Dios, a los demás, a la realidad. Y así comenzó un camino que hemos dicho que es incesante, que nunca termina en este mundo. Pero para Francisco aquel comienzo de conversión no permaneció como una experiencia solitaria. En cierto momento el Señor le hizo un regalo particular, los hermanos, y es precisamente este don inesperado el que está en el centro de nuestra meditación de hoy, la fraternidad. Según este modo de referirnos a las relaciones que existen entre nosotros, no es un accesorio de la vida espiritual cristiana, es el lugar donde ocurre en grado máximo nuestra conversión. Es quizá el banco de prueba más serio de nuestro bautismo.
Como dice un antiguo adagio, la vida fraterna es la máxima penitencia, pero en el sentido evangélico del término, no la mayor fatiga, sino el lugar donde ocurre de manera eminente nuestra conversión. Intentaremos también esta vez recorrer un camino de cinco etapas. Ante todo el origen de la fraternidad como un don que Dios nos hace.
Luego el realismo de la Escritura que nos recuerda que la fraternidad es ante todo negada en el relato de Caín y Abel. Después la exigencia de un amor que vaya más allá de la simple cordialidad entre nosotros. Luego el fundamento cristológico sin el cual ninguna fraternidad es posible.
Y finalmente, no menos importante, el horizonte escatológico en el cual la fraternidad se convierte ya de algún modo en un anticipo de la vida eterna.
Hemos dicho que Francisco al comienzo de su conversión estaba solo, luego el Señor le dio hermanos. Él mismo lo dice en el Testamento: “Y después de que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba lo que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”.
Francisco no había pensado inmediatamente en la constitución de un grupo, como por ejemplo si lo hace Santo Domingo. Le llegan hermanos, es decir, jóvenes que piden adherirse a su modo de vivir.
Entonces buscan en las Escrituras las indicaciones para afrontar esta nueva aventura, es decir, vivir una intuición juntos, y descubren que precisamente el Evangelio será la forma de la fraternidad. De este modo nació la fraternidad franciscana, donde se podían encontrar nobles y gentes del pueblo, ricos y pobres, clérigos y laicos. Francisco quería que entre los frailes no hubiera relaciones de poder o de superioridad, como sucedía en la sociedad de su tiempo.
Todos debían tener el mismo nombre, frailes menores. De algún modo Francisco quería obedecer a la palabra del Evangelio en la que Jesús dice, Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Leyendo los escritos de San Francisco se percibe su deseo de una fraternidad cálida, intensa, donde hay palabras maravillosas.
Francisco escribe: “Todos los frailes no tengan ningún poder o dominio, sobre todo entre ellos. Y cualquiera de ellos que quiera hacerse mayor sea su ministro y servidor, y quien entre ellos sea mayor hágase como el menor. Y ningún fraile haga mal o diga mal de otro, sino más bien, por la caridad que viene del Espíritu, de buena voluntad se sirvan y se obedezcan mutuamente. Y también, y dondequiera que estén y se encuentren los frailes, muéstrense entre ellos familiares el uno con el otro, y cada uno manifieste al otro con seguridad sus necesidades. Pues si la madre alimenta y ama a su hijo carnal, cuanto más solícitamente debe uno amar y alimentar a su hermano espiritual”.
Son palabras que hacen sentir un poco de escalofrío, sobre todo a quien está intentando tal vez deliberadamente vivir la fraternidad. Es decir, el vínculo de la fraternidad en el Espíritu puede ser todavía mayor que el de la carne, es decir, podemos quedarnos todavía más.
Seguramente se percibe la atmósfera que reinaba también al inicio en las primeras comunidades cristianas, según aquellos bellísimos resúmenes de los hechos donde se dice que los cristianos estaban juntos, compartían los bienes, la vida, y entre ellos había concordia. Y sin embargo, si leemos con atención los textos que Francisco nos ha dejado, nos damos cuenta de que la fraternidad no fue un paseo para ellos, al contrario, algunos pasajes dejan entrever claramente cuántas dificultades, cuántos sufrimientos los frailes vivieron entre ellos. Por ejemplo, en la regla no bulada, Francisco escribe: “Y todos los frailes se guarden de calumniar a alguien y eviten las disputas de palabras, y no riñan entre ellos, y no se irriten, no juzguen, no condenen”.
¿Por qué Francisco escribe todas estas cosas? Porque estas cosas sucedían y suceden en la experiencia de la fraternidad. Por tanto, se comprende bien que la fraternidad para Francisco y los primeros compañeros ciertamente no es un lugar para refugiarse y vivir tranquilos, es más bien el espacio en el que cada uno es reconducido a las profundidades de su propio corazón en todas sus sombras y sus resistencias. Los hermanos ciertamente son un don, pero un don que no tiene la única función de sostenernos y consolarnos a lo largo del camino.
Los hermanos nos son confiados para que nuestro corazón pueda cambiar pasando de un corazón de piedra a uno de carne. De algún modo, la fraternidad es el espacio concreto en el que Dios trabaja nuestra humanidad, enseñándonos la ley del amor más grande. De hecho, el término hermano y fraternidad en la lengua griega, el término adelphos, alude a un mismo seno.
Aquí está el origen también de la dificultad de la experiencia fraterna. Ahora bien, según el Evangelio, nosotros sabemos cuál es ese seno común. Nos lo ha revelado el Hijo que está en el seno del Padre y que nos ha llamado hermanos.
Por lo tanto, sabemos que nuestro vínculo fraterno está fundado en la unicidad de Dios, el Padre. Este es el motivo por el cual la fraternidad tiene una dimensión vertical imprescindible. Sin embargo, como decimos en la introducción, con gran realismo la Escritura nos cuenta que la fraternidad no es un camino lineal.
Ante todo, es una fraternidad fallida a través de la historia de Caín y Abel, que todos conocemos. Es como si ese relato respondiera a la pregunta del profeta Malaquías. ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, actúan traidoramente unos contra otros profanando la alianza de nuestros padres? Preguntas cruciales siempre actuales.
Ahora bien, en el relato de Caín y Abel, el problema es ante todo un problema de mirada. El texto dice que Dios mira con favor la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. El texto es muy sobrio y no explica el motivo de esta predilección por una ofrenda en lugar de la otra, y de hecho se han derramado proverbiales ríos de tinta para tratar de explicar por qué Dios mira a Abel y no mira a Caín.
Hay un detalle en el relato que quizás nos dice algo. Abel ofrece a Dios los primogénitos de su rebaño, mientras que Caín los frutos del suelo. Parece que Abel se implica en el don que ofrece a Dios, ofrece algo suyo, algo personal.
En cambio Caín se limita a dar algo, por tanto no es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino si en esa ofrenda está representada la propia vida. Así pues Dios no acoge ni mira, no presta atención a la ofrenda de Caín, no para condenarlo evidentemente, sino para provocarlo. Aceptar aquella ofrenda significaría dejarlo en la sensación de que él no tiene nada bueno que ofrecer.
Dios en cambio parece decir a Caín, de un modo paradójico extraño, mira que tú vales, que también tú puedes donar algo tuyo. Pero Caín no interpreta de este modo la falta de la mirada de Dios y sabemos bien cómo continúa la historia. Caín no habla ni con Dios ni con Abel, más bien se lanza contra él y lo mata.
No es solamente un acto de violencia, sino el signo de una relación que para él se ha vuelto insoportable. Después del delito Caín cae en un terrible sentimiento de culpa y entonces Dios interviene para proteger su vida y lo marca. Incluso después del mal cometido, Dios no abandona a Caín.
Ahora bien, este relato nos pone delante de una pregunta incómoda pero crucial. ¿Cómo se manifiesta Caín en nosotros? Nuestra tentación es identificarnos inmediatamente con Abel, el justo. El justo incomprendido que ofrece todo y no recibe nada a cambio.
Es una posición tranquilizadora pero la Escritura nos impide esta comodidad. Nos pide un paso más honesto y más difícil. Reconocer que la historia de Caín quizá nos concierne de cerca.
En cada uno de nosotros existe la misma posibilidad de endurecernos, de cerrarnos, de dejar que el resentimiento se convierta en distancia respecto al otro y que después esa distancia se transforme en violencia. No necesariamente una violencia física pero sí real. El silencio obstinado, la palabra que hiere, la indiferencia.
Muchas veces pronunciamos la palabra hermano o fraternidad más con los labios que con nuestra vida. Usamos estas palabras en los discursos, en las narraciones que hacemos de nosotros mismos pero deberíamos admitir cuán difícil es hacerlas verdaderas. La reacción de Caín nace de algo muy simple, la presencia del otro.
Abel no hace nada contra Caín, simplemente vive, presenta a Dios sus ofrendas. Pero de este modo recuerda a Caín que él no lo es todo y que no está solo él. Es esta presencia del otro la que muchas veces desencadena en nosotros la violencia.
Por tanto, Génesis 4 es un texto muy rico pero muy incómodo porque nos recuerda que la fraternidad, como don de lo alto, comienza a volverse real cuando nosotros dejamos de señalar con el dedo al otro y comenzamos a reconocer que los posibles responsables del mal podemos ser ante todo nosotros. Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás.
Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás. Como los testigos de un amor que siempre funciona, pero sabemos que las cosas no son así.
El Evangelio nos abre una perspectiva liberadora, porque nos recuerda que las personas que realmente logran realizar el bien no son los buenos, sino aquellos que han tenido el valor de reconocer su propia sombra. No quien se ha construido una buena imagen edifica la paz en el mundo, sino quien ha visto su propia violencia posible y ha aprendido a entregarla a Dios, descubriendo que Dios es lento a la ira y grande en la misericordia. Por tanto, la fraternidad auténtica, parece decirnos así el testamento de Francisco, no nace por obra de quien nunca ha herido a nadie, sino de quien ha descubierto que podría hacerlo y decide no hacerlo más, habiendo encontrado la misericordia de Dios.
Podríamos preguntarnos cómo se manifiesta en nosotros cotidianamente esta falta de fraternidad. Decíamos, no siempre en las formas de la violencia física, más a menudo asume formas más sutiles, pero no menos dolorosas. ¿Podemos poner al otro en los márgenes? ¿Podemos ignorar lo que nos dice? ¿Vaciar de importancia su aporte?
La tradición franciscana, para darnos un motivo de reflexión ulterior, nos ha transmitido una carta que Francisco escribe a un ministro que se encuentra un poco cansado y desalentado. Creo que podría ser una buena inspiración para el Papa, que a menudo debe escuchar colaboradores cansados y desalentados.
Escuchemos lo que dice Francisco. Francisco se encuentra ante un ministro que le dice, mira, en mi fraternidad las cosas van muy mal, por favor, mándame a un eremitorio, a un hermoso eremitorio, donde pueda rezar, donde pueda estar tranquilo.
Francisco lo exhorta más bien a mirar ese cansancio con ojos nuevos y le escribe así:
“Aquellas cosas que te son impedimento para amar al Señor Dios y a toda persona que te sea obstáculo, sean frailes u otros, aunque te cubrieran de golpes, todo esto debes considerarlo como una gracia y así debes quererlo y no de otro modo. Y ama a aquellos que actúan contigo de este modo y no exijas de ellos otra cosa sino aquello que el Señor te dará a ti y en esto ámalos y no pretendas que sean cristianos mejores y esto sea para ti más que estar en un eremitorio”.
Francisco dice palabras enormes, dice incluso no querer que sean mejores de lo que son, acéptalos tal como son y esto es para ti el eremitorio, esta es para ti la oración.
Es decir, para Francisco, el hermano que nos está creando incomodidad, sufrimiento, no es un problema que resolver, es la ocasión que tenemos de entrar en el corazón del Evangelio, es el lugar donde verificamos realmente nuestra vida espiritual, cuanto real y concreta. Y además Francisco concluye con estas palabras:
“No haya en el mundo ningún hermano que haya pecado cuanto es posible pecar que, después de haber visto tus ojos, no se vaya sin tu perdón si Él lo pide. Y si no pidiera perdón, pídele tú a Él si quieres ser perdonado y si después mil veces pecará delante de tus ojos, ámalo más que a mí por esto y ten siempre misericordia de tales hermanos”.
Lo que el ministro vivía como un obstáculo para Francisco es simplemente la ocasión de vivir el Evangelio. Ahora bien, quizá no es exactamente lo que el Santo Padre podría decir a todos sus colaboradores cansados y fatigados. Sin embargo, nos recuerda cuál es la lógica que podemos descubrir en las dificultades de la vida fraterna, que aquello que en un primer momento puede parecernos un tropiezo, en realidad es una llamada de Dios a entrar en un amor más grande y, sobre todo, más libre. De hecho, hay un texto en el Nuevo Testamento que, a mi juicio, podría ponerse junto a la carta a un ministro, la pequeña carta de Pablo a Filemón, un texto casi invisible en el Nuevo Testamento y, sin embargo, precioso, porque todos recordaremos la historia.
Filemón tenía un esclavo, Onésimo, que tiene problemas con él. Huye y ve a Pablo, que en aquel tiempo está en prisión. Pablo lo acoge, lo evangeliza, se hacen amigos y podría quedarse con él como colaborador suyo, incluso tendría derecho.
Y, sin embargo, ¿qué hace? Lo devuelve a Filemón diciéndole, recíbelo como a un hermano amado en el Señor. No le dice que lo haga por su autoridad. Trata de suscitar en Filemón la elección más valiente y más hermosa, de manera libre.
Y ni siquiera rompe la institución de la esclavitud que continúa existiendo. Pero dice que una relación difícil puede transformarse en una relación fraterna. Por este motivo, esta pequeña carta se ha convertido en la tradición cristiana en un ejemplo concreto de cómo las relaciones pueden regenerarse cuando nosotros ponemos en juego un amor más grande.
En este punto, vendría la pregunta ante estos testimonios tan luminosos, ¿pero es realmente posible para nosotros amar tanto en las relaciones fraternas que vivimos? ¿Está a nuestro alcance un amor semejante? Nosotros los cristianos, y nosotros los religiosos de modo particular, vivimos a menudo en un ambiente donde todo parece cordial, ordenado, pacífico. No se grita, no se discute, se saluda con gentileza, se mantienen relaciones formalmente correctas, y sin embargo, sabemos que a toda esta calma exterior no corresponden necesariamente relaciones verdaderas y profundas. Más bien, con el pasar de los años, todos acumulamos en el corazón el peso de palabras mal dichas, de juicios apresurados, de miradas que faltaron, de relaciones heridas o simplemente dejadas apagarse con el tiempo.
¿Por qué entonces deberíamos recomenzar a vivir la aventura de la fraternidad? Yo creo que la respuesta de San Francisco es decididamente simple y provocadora, porque nuestros vínculos están fundados en un lazo de libertad, no en la simpatía ni en la afinidad, sino en el hecho de que Dios nos ha llamado y nos ha elegido para vivir juntos porque Él es nuestro Padre. Cuando Francisco insiste en decir que los hermanos espirituales deben quedarse más que los carnales, no está espiritualizando la realidad ni apelando a los buenos sentimientos. Está diciendo que en las relaciones de fraternidad en el espíritu, por tanto libres, no determinadas por la carne y la sangre, es necesario tener el valor de ir más allá de la superficie. Se pueden afrontar los conflictos, se pueden aceptar las diferencias, se pueden vivir cuando las relaciones se vuelven difíciles. Al fin y al cabo no nos debemos nada entre nosotros sino la caridad. Este es nuestro único vínculo.
Pero esta caridad se vuelve posible si recordamos dónde está fundado nuestro vínculo. De lo contrario, si comenzamos a convertirnos en amigos o en otras cosas semejantes, es imposible para nosotros ser hermanos y hermanas. Es algo que Jesús en realidad ya nos había dicho de manera muy simple.
Recordaremos aquel día en que su madre y sus hermanos fueron a buscarlo y Jesús con una libertad enorme dijo: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Extendió la mano e indicó a las personas que estaban a su alrededor. Y no era un ejemplo, era real. Cada palabra de Cristo es verdaderamente auténtica.
Esto no es un rechazo de la familia natural ni un gesto de distancia afectiva. Jesús nos revela algo más profundo. Hay un vínculo entre nosotros más fuerte que la sangre, más estable que las afinidades, más auténtico que nuestras simpatías.
Es el vínculo que nace del hecho de que nosotros somos hijos de un Padre que nos comunica su Palabra y su voluntad. Esto tiene consecuencias muy concretas para la vida de la iglesia. Una comunidad cristiana no es ante todo un grupo humano que se ha elegido por un ideal común.
Es una asamblea convocada por la voz de Dios que nos precede y que hace posible nuestro estar juntos. Claro, cuando esta fuente se enturbia, es decir, cuando la oración se vuelve rutina, cuando la palabra ya no nos toca, cuando los sacramentos se celebran sin que el corazón participe, también los vínculos fraternos comienzan a vaciarse. Quedan las formas, como decíamos, el saludo, la sonrisa, la corrección formal, pero la sustancia se pierde.
Entonces es necesario volver a mirar a Cristo, dejarse alcanzar por su mirada y no olvidar lo que los primeros cristianos solían decirse: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”. La afirmación es muy fuerte.
Juan nos dice que amamos a los hermanos porque hemos pasado de la muerte a la vida, como si la vida nueva produjera automáticamente el amor fraterno. Afirma casi lo contrario. Es precisamente amar a los hermanos, incluso cuando es difícil, donde podemos verificar si la Pascua de Cristo realmente nos ha tocado y está obrando en nosotros.
Sin embargo, muchas veces imaginamos que la Pascua es algo que nos concernirá después de la muerte, cuando resucitemos en Cristo. Pero sabemos que la resurrección ya ha comenzado. La vida eterna ya ha comenzado.
Cuando lo olvidamos, aplazamos el trabajo de la fraternidad para mañana porque no lo consideramos urgente hoy. Bueno, cuando resucitemos aprenderemos a querernos. Un pasaje de la Regla, no bulada de San Francisco, nos da una última luz. Dice así: “Invirtiendo un poco las perspectivas habituales. Prestemos atención, hermanos todos, a lo que dice el Señor. Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, porque también el Señor Jesús, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a su traidor y se ofreció espontáneamente a sus crucificadores. Son por tanto, amigos nuestros todos, aquellos que injustamente nos infligen tribulaciones y sufrimientos, humillaciones y ofensas, dolores y tormentos, martirio y muerte. Debemos amar mucho a éstos, porque por lo que nos infligen, tenemos la vida eterna”.
Francisco hace un elenco de cosas que en cualquier modo ha experimentado y no experimentamos. Francisco hace una lista de cosas que de algún modo él experimentó y que nosotros experimentamos. Pero enciende como una luz en este infierno que todos conocemos, recordándonos que el deber de amarnos nos conviene a nosotros, porque éste es el modo ordinario en que tenemos la vida eterna. Amando a los enemigos, no soportándolos, sino rezando por ellos, es como si la fraternidad, cuando llega a ese nivel de realismo, se despojará de todas aquellas coloraciones románticas y emotivas, y nos hará comprender que la fraternidad no es otra cosa que la estación final de nuestro bautismo.
Por tanto, debemos prepararnos, porque esperamos que todos podamos llegar a esa estación final y todos juntos. La vida fraterna no está hecha solamente de gestos buenos y de momentos fáciles. Está hecha también de incomprensiones, de fatigas, de martirio, de dolor.
Y las mejores ocasiones de la vida fraterna son precisamente estas en que nosotros querríamos huir y que, en cambio, nos abren las puertas de la vida eterna. Esto ensancha mucho nuestra mirada, porque en la vida cotidiana las exigencias de nuestras relaciones a veces se vuelven pesadas. Las distancias entre nosotros, las palabras que hieren, las incomprensiones pueden volverse muy dolorosas.
Por eso no debemos perder nunca el horizonte de la vida eterna. Cuando lo perdemos, ciertas fatigas que vivimos se vuelven insoportables. Ahora bien, el tema de la fraternidad no concierne solamente a la vida de la iglesia.
Toca el deseo más profundo de toda la humanidad. En todo tiempo, en toda cultura, los seres humanos han soñado una convivencia finalmente reconciliada entre los hombres. Es un anhelo que atraviesa los pueblos más allá de las lenguas, de las culturas y de las tradiciones religiosas.
Poetas, músicos, artistas han imaginado un mundo donde los hombres puedan finalmente reconocerse como hermanos y hermanas entre sí. También muchas ideologías y muchos modelos económicos han intentado construir el sueño de una armonía universal entre los hombres, descubriendo sin embargo cuán difícil es hacerla real para todos y verdaderamente. Nosotros, creyentes en el Hijo de Dios hecho carne, custodiamos una convicción muy simple y humilde.
La fraternidad universal se vuelve posible solamente cuando el hombre redescubre su apertura a lo trascendente. Esto nos lo ha recordado el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, donde escribió: “como creyentes pensamos que sin una apertura al Padre de todos no puede haber razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que sólo con esta conciencia de hijos, que no son huérfanos, se puede vivir en paz entre nosotros”.
La razón por sí sola es capaz de captar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no logra fundar la fraternidad. Cuando reconocemos a Dios como Padre de todos, aprendemos a mirar a cada persona con una dignidad que ninguna diferencia puede borrar. La fe no nos separa de nosotros, más bien nos recuerda que nadie está excluido de nuestro corazón, porque nadie está excluido del corazón del Padre que está en los cielos.
Por eso, en los días de esta cuaresma, mientras la historia del mundo continúa atravesada por divisiones, guerras y conflictos, nosotros los cristianos no podemos limitarnos a hablar de fraternidad como un ideal que alcanzar. Estamos llamados a recibirla como un don, pero también a asumirla de modo muy serio y urgente como una responsabilidad. Esta tarea comienza siempre muy cerca, con las personas que comparten con nosotros la vida cotidiana.
No es raro que también en la iglesia las diferencias de sensibilidad, de visión, de estilo, se conviertan en motivo de oposición y distancia, hasta crear contraposiciones y polarizaciones. Son el signo de cuán difícil es acoger verdaderamente el desafío de la fraternidad. El camino evangélico nos pide dar un paso distinto, reconocer siempre nosotros, incluso cuando son diferentes de nosotros, hermanos y hermanas que nos han sido confiados, de los cuales nosotros somos custodios, y por tanto tratar de escucharlos, de comprender sus razones, de respetarlos de modo sincero y cordial.
Y todo esto lo podemos hacer sin miedo, más aún con gran libertad, como decíamos, porque sabemos que ya hemos pasado de la muerte a la vida. No tenemos nada que perder, solo tenemos muchos hermanos y hermanas que podemos ganar. La resurrección de Cristo no elimina la fatiga de las relaciones, pero nos libera de la sospecha de que esta fatiga puede ser inútil.
Por eso, podemos asumir el trabajo de la fraternidad con un estilo siempre renovado, con dulzura, firmeza, con respeto, pero sobre todo con la confianza de que cada gesto de verdadero amor fraterno, incluso el más escondido, ya pertenece a la vida eterna.
Oremos:
Omnipotente, Eterno, Justo y Misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer por tu amor aquello que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia, llegar a ti, Oh Altísimo, que en la Trinidad Perfecta y en la unidad simple, vives y reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por todos los siglos de los siglos.
P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia
Fotos: Vatican Media, 13-3-2026