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sábado, 21 de febrero de 2026

Matthew Walther, periodista, llevaba casi diez años lejos de Dios pero era Miércoles de Ceniza y una señal lo llevó a la Iglesia: «Desde ese día, ni por un instante he dudado de la existencia de Dios o de la Encarnación de su Hijo»

Matthew Walther explica cómo un Miércoles de Ceniza volvió a la fe

* «Que un don tan extraordinario le fuera otorgado a alguien tan indigno como yo, y de una manera tan extraña y caprichosa, es uno de esos pequeñas chistes de la Providencia que se explican mejor con las palabras de San Pablo en 1 Timoteo sobre nuestro Padre ‘que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad’»

Camino Católico.-  Matthew Walther es un periodista norteamericano conservador, inconformista, polémico y hasta peleón, editor asociado del Free Beacon de Washington, que ha colaborado en el Spectator de Londres, First Things, Weekly Standard, National Review y The Daily Beast. Es un hombre apasionado al que le gusta nadar contracorriente. Walther se alejó de la fe católica de su infancia durante varios años, hasta que un Miércoles de Ceniza sintió una llamada que lo atrapó.

Huyó de Dios y probó otras cosas

“Entre los 12 y los 20 años, antes de mi retorno a la iglesia en febrero de 2010, yo creí en el budismo, el vetegarianismo, el pacifismo, el matrimonio gay, el marxismo, el libertarianismo, la crítica literaria y, lo que más me avergüenza, me parece, en los méritos literarios de Finnegan’s Wake”, explica con humor, refiriéndose a la difícil novela irónica de James Joyce.

De todas esas cosas, la que le acercó a la fe fue la penúltima, la crítica literaria: más en concreto, el tener que escribir un ensayo "más bien aburrido" sobre los poetas Yeats y T.S. Eliot. Él venía de estar casi una década alejado de Dios.

Un niño sensible, e inquieto

“Yo fui un niño muy piadoso que creció temiendo al infierno con una intensidad casi física. Incluso la visión de demonios en dibujos animados podía llenarme de terror. Pero al mismo tiempo desde muy niño tenía dudas. Recuerdo perfectamente estar en la cama con 7 años pensando: ‘cuando te mueres, ya no hay nada’”, explica en el Catholic Herald.

A los 12 años, decidió ignorar todo lo relacionado con Dios, el cielo o el infierno. “Cuando mi catequista nos dijo que saltarse la misa del domingo era un pecado mortal, decidí que probablemente no existía ni el cielo ni el infierno, y mucho menos un Dios que se interesase por lo que hagamos con nuestro tiempo el domingo u otro día de la semana”.

¿Materialismo? No, hay Algo que trasciende

Pero esa postura de inicio de adolescencia se transformó con los años. Al irse acabando su adolescencia, desapareció su materialismo. Por un lado, se enamoró seriamente. Por otro lado, explica, escuchaba la música del norirlandés Van Morrison. El materialismo estricto no bastaba para encajar estas realidades: el amor, la belleza... Intuía que había Algo en vez de la nada.

Repasando aquella época, considera que era una especie de pagano espiritual: “Yo rendía honores, casi literalmente, a cosas como las olas grises, los truenos, las hojas de otoño, las caras de las mujeres hermosas, el olor de las lilas, las primeras nevadas. Con todo lo que había por ahí, el cuentecito sobre un Nazareno me parecía poca cosa”.

Matthew Walther estuvo alejado de Dios 

Un poema especial en una fecha especial

Y entonces llegó ese día de febrero de 2010, cuando estaba trabajando en una oficina aburrida y preparaba un ensayo consultando los poemas de T.S.Eliot (1888-1965). Y encontró uno titulado Miércoles de Ceniza (aquí en español) que hasta entonces nunca le había interesado.

Eliot era agnóstico en esta época. Pero en este poema, el poeta le rezaba a la Virgen, usando palabras de las liturgias de días marianos.

A Matthew Walther le capturaron estas palabras en concreto:

Y ruego a Dios que se apiade de nosotros / y le ruego que yo pueda olvidarme / de aquellas cosas que conmigo mismo discuto demasiado / explico demasiado.

Pocas horas después, consultó el calendario y comprobó que ese mismo día era Miércoles de Ceniza. Era una señal, entendió: demasiada casualidad. Buscó en Google los horarios de actividades en la catedral, que estaba cerca, y acudió al templo. Llevaba casi diez años sin ir a la iglesia, excepto por el funeral de una tatarabuela.

Misa en latín

Era un oficio más solemne que los que recordaba de niño: la mayor parte estaba en latín. Y le asombró que aún había agua en las pilas bautismales: recordaba que en su parroquia se retiraba en Cuaresma.

Y se quedó a la misa y recibió la ceniza. Ir a la iglesia el Miércoles de Ceniza, ponerse en la cola para recibir su imposición, es algo que cualquiera puede hacer, cualquier pecador, cualquier pagano, está abierto a todos.

Transformado para siempre

“Desde ese día, ni por un instante he dudado de la existencia de Dios o de la Encarnación de su Hijo. Fue también, aunque entonces no me di cuenta, el inicio de mi devoción por su Madre. Que un don tan extraordinario le fuera otorgado a alguien tan indigno como yo, y de una manera tan extraña y caprichosa, es uno de esos pequeñas chistes de la Providencia que se explican mejor con las palabras de San Pablo en 1 Timoteo sobre nuestro Padre ‘que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad'”.

Es consciente de que aquel día y su fruto fue un “don tan extraordinario para alguien tan indigno como yo, de una forma tan extraña y asombrosa, uno de esos pequeños chistes de la Providencia”. Aquel día fue el que se inició su proceso de retorno a la Iglesia.

Ahora casi no lee poemas de T.S.Eliot, excepto una vez al año, y entonces, cita, “el corazón perdido se eleva y alegra, en las lilas perdidas y las voces perdidas del mar”.

Izarelly Rosillo, madre a los 15 años y huérfana: «Estuve enojada con Dios y fui al Santísimo y dije: 'Yo no puedo abandonar a mi hijo, a mis hermanitos, quiero amar todo como tú’; y Él se valió del amor de mi pequeño»

Izarelli Rosillo siendo menor de edad tuvo que afrontar momentos muy difíciles en su vida y asegura que “la fe es lo que me ha salvado” / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

* «Lo más importante para mí es la fe. Ser católica ha sido el mayor regalo que me han dado mis padres, mis abuelos y mi bisabuela. Y la fe es lo que me ha salvado… Cuando yo llegaba triste, angustiada, la madre María me decía: 'Ve a la capilla y platica con Dios'. Yo siento que eso que hizo la madre María conmigo me sembró una semilla de esperanza, resiliencia y amor en mi corazón… Ahora sé que Dios me quería para algo distinto… amar la vida, a mí y a mi prójimo»

Camino Católico.-  Originaria de la capital del estado de Querétaro (México), Izarelly Rosillo Pantoja es Licenciada en Derecho, especializada en Constitucional y Amparo, así como en Derecho notarial. Además, cuenta con una Maestría en Administración Pública Estatal y Municipal, y con un Doctorado en Derecho. Pero, sobre todo, es católica. Y aunque eso no estaba en sus sueños, hoy sabe que esa es su vocación.

"Lo más importante para mí es la fe. Ser católica ha sido el mayor regalo que me han dado mis padres, mis abuelos y mi bisabuela. Y la fe es lo que me ha salvado", asegura Izarelly a Jesús V. Picón en Aleteia 

La maternidad, el cáncer y la orfandad

La juventud de Izarelly fue sorpresiva en muchos aspectos. Se convirtió en mamá cuando tenía 15 años de edad; por otro lado, su madre enfermó de cáncer siendo una mujer muy joven, lo cual la llevó a someterse a 50 quimioterapias y 25 radiaciones. Tras el extenso tratamiento, la enfermedad de su madre las llevo a ella y a sus tres hermanos a la orfandad, lo cual cambió abruptamente los anhelos de Izarelly.

Este destino la llevaba a renegar de la vida, de la sociedad y, por supuesto, de Dios.

"Fui muchas veces a hablar con el Santísimo y dije: 'Yo no puedo abandonar a mi hijo, a mis hermanitos, mi vida se va a convertir en algo que no quiero, pero quiero amar todo como tú'".

La Doctora Izarelly cuenta que esto se lo debe a la guía espiritual de una religiosa: "Yo tuve una maestra -en sexto año de primaria- sumamente alegre, hermosa de espíritu; hoy entiendo que esa luz en sus ojos era el Espíritu Santo. Estudié en una escuela de religiosas, el Instituto José Guadalupe Velázquez. Mi maestra era la madre María, que siempre llegaba con esperanza y felicidad a darnos clases". 

"Cuando yo llegaba triste, angustiada, la madre María me decía: 'Ve a la capilla y platica con Dios'. Yo siento que eso que hizo la madre María conmigo me sembró una semilla de esperanza, resiliencia y amor en mi corazón".

Ahora bien, ¿qué tristezas podía estar viviendo esta niña? Izarelly responde: 

"La vida con mi madre tuvo muchas adversidades; era una mujer sola, con tres hijos, divorciada, estigmatizada, tachada y rechazada por el mundo. Y como yo era la mayor de todos, eso implicaba tener algunos retos y sacrificios en casa, desde cuidar a los hermanitos hasta llevar calificaciones de diez porque yo estaba becada". 

"La enfermedad de mamá fue un gran golpe al corazón para mis hermanitos, mis abuelitos y para mi alma".

Anhelos truncados

"Quería estudiar medicina pero cuando los médicos desahuciaron a mamá, mi vida se desplomó. Lloré demasiado, todo iba a cambiar; se convertiría en todo aquello que no hubiera querido, mami iba a morir y yo solo pensaba en dar mi propia vida por ella".

Izarelli Rosillo junto a su hijo / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

Sus hermanitos y su hijo han tenido que caminar por sendas muy difíciles: "Cuando mi mamá me comparte que los médicos la habían desahuciado cruda y cruelmente, ella vivió un duelo y un agotamiento físico y emocional, no me imagino el dolor de saber que dejaría lo que más amaba"

Izarelly cuenta que escuchó a su mamá decirle: "Te vas a quedar huérfana, con tus hermanos. No puedes estudiar Medicina porque no habrá quién te pague la carrera y tampoco quién cuide de tus hermanos y de tu bebé. Yo te recomiendo que estudies Derecho".

Cáncer y tentaciones 

"Mi mamá murió muy joven, a los 38 años de edad", cuenta Izarelly, y por ello "estuve enojada con Dios mucho tiempo. Yo antes me había vuelto una adolescente rebelde, pero me reconcilié con mi mamá en su enfermedad; hicimos las paces y la cuidé hasta el último momento, le lavé sus heridas, le dije que la amaba y le cerré sus ojos".

"Después de que mi madre murió, yo también enfermé de cáncer, los abismos de la indolencia social, las injusticias en la salud pública, y por supuesto la soledad llenaron de frío la esperanza de mi corazón"

Cuando los médicos le dijeron que, debido a su enfermedad, no podría volver a ser mamá, apareció la falta de sentido y la tentación del suicidio. "Fue cuando sentí que era demasiado, nada tenía sentido".

Pero Dios se valió del amor de su pequeño hijo para acudir en rescate de Izarelly: "Mi hijo me dio palabras de niño, me abrazó cuando yo estaba triste, y me recordó cuánto me amaba cuando yo me quería ir. Y me dije: cómo lo voy a abandonar. Cómo es que este amor sublime me vea con toda esa luz que a mi me hace falta.  El hecho es que no sólo me recuperé, sino que hoy tengo otros dos bellos y grandiosos hijos".


Izarelli Rosillo actualmente ayuda a los mineros de la Sierra Gorda / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

Izarelly se levantó para seguir adelante. "Hice un primer intento para ingresar a la carrera de Derecho, aunque en el fondo pensaba que iba a ser temporal porque me seguía diciendo que yo iba a lograr ser médico algún día".

Como no lo consiguió, buscó otra cosa. "Hice el curso propedéutico y el examen de admisión para la facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro; pero, cuando publicaron los resultados, mi número de folio no salió.  Me sentí sumamente frustrada".

Izarelly decidió no darse por vencida e ingresar a la Universidad, en una institución privada.

"Llegué al Centro Universitario México, lo que hoy es la Universidad Marista, pues vi que tenían una lona que promocionaba la carrera de Derecho. Pedí una cita con el rector y le dije: ‘Mi mamá murió, me dejó una deuda de colegiaturas con mis hermanitos, no tengo trabajo y quiero estudiar’. Entonces la Universidad me dio una beca del 90 por ciento para estudiar Derecho".

"Además, el rector me dio trabajo. Y no sólo eso: mi mamá debía colegiaturas en escuelas de religiosas, y yo estaba dispuesta a pagarlas; pero el rector les giró una carta pidiéndoles un plazo, diciendo que él iba a cubrir una parte de las colegiaturas de mis hermanos y yo otra parte con mi sueldo. ¡Fue un regalo increíble!".

Todo esto ocurrió mientras Izarelly aún no alcanzaba la edad adulta.

"Fui a la Preparatoria Norte de la Universidad Autónoma de Querétaro a recoger mis papeles, pero como yo era menor de edad, pues tenía 17 años, me enviaron a solicitar una autorización con la coordinadora del plantel".

«Ella, que fue una gran inspiración y ayuda cuando mamá enfermó, me preguntó: '¿Por qué no estás en Filosofía?', y yo le contesté: 'Es que no salió mi folio', y me dijo: 'Todos los que aplicaron el examen aprobaron'. Fue por el periódico y nos dimos cuenta de que mi folio estaba al revés".

Aún así, no ingresó en Filosofía, sino que se quedó en Derecho. "Y hoy puedo ver que fue la acción de la Divina Providencia, comprendí que mi vida tenía un propósito".

Una vocación hermosa pero peligrosa

Después de terminar la licenciatura, Izarelly realizó posteriormente todos sus postgrados en la Universidad Autónoma de Querétaro.

En 2012 recibió de Dios la sanación interior que necesitaba. Entonces Izarelly ingresó al Camino Neocatecumenal.

Izarelli Rosillo ante las Naciones Unidas / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

En lo laboral, ahora es catedrática e investigadora. "Es un trabajo muy comprometido y hermoso; es una vocación, ser profesor en la universidad, acompañando a los jóvenes". 

"Estoy dando clases y escribiendo y haciendo vivo el acceso a la mejor calidad de vida de la población más vulnerable. Trabajo con grupos indígenas, mujeres, niños, migrantes y personas en situación de pobreza". 

En especial, busca ayudar a los mineros de la Sierra Gorda, lo que la ha llevado a estar, como ellos, intoxicada por mercurio. Pero ellos dicen: "Prefiero morir contaminado que morirme de hambre".  

Señala: "Tengo 20 años trabajando en Derecho Ambiental, y 12 años trabajando en el territorio. México suscribió un tratado que obliga a los países a no usar mercurio a partir de 2032; habrá un bloqueo comercial en todas las industrias y actividades que utilizan mercurio en sus procesos".

"Querétaro es el segundo lugar a nivel mundial en extracción artesanal en el mundo, así que decidí hacerle saber a los mineros qué es lo que va a pasar, y acompañarlos para que tengan una reconversión económica a través de otro sustento alternativo a la minería artesanal y a pequeña escala de mercurio".

Y termina diciendo: "Ahora sé que Dios me quería para algo distinto…amar la vida, a mí y a mi prójimo".

Pablo Javier Reneo, 19 años, padece un grave cáncer: «Dios es mi Padre, estoy en su providencia; no sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío; la vida no es mía, pertenece a Dios, es un don que se me ha dado»

Pablo Javier Reneo vive su enfermedad confiado en Dios pese a que no sabe si se va a curar / Foto: Diócesis de Getafe

* «La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración»

Camino Católico.-  El testimonio de Pablo Javier Reneo, un joven de 19 años de Alcorcón, muestra cómo la fe puede transformar la experiencia del sufrimiento. Hasta hace poco, la vida de Pablo transcurría con normalidad. Estudiaba, salía con sus amigos y acudía a misa los domingos con su familia. Todo cambió cuando un dolor persistente en la rodilla comenzó a condicionar su día a día. Tras varias pruebas médicas llegó un diagnóstico inesperado: un sarcoma óseo poco frecuente y agresivo. Tenía 18 años y era plenamente consciente de la gravedad de la situación. Lo ha contado en la revista «Padre de Todos».

- ¿Cómo recibiste la noticia?

—Fue un shock. Entré en la consulta y el doctor me explicó con claridad lo que tenía. Aunque sabía lo que estaba pasando, me costaba asimilarlo. Pensaba: esto les pasa a otros, no a mí. Los primeros días estuvieron marcados por el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas sin respuesta.

- ¿Qué te ayudó en esos momentos iniciales?

—Mis padres me dijeron algo muy sencillo, pero muy fuerte: que Dios era mi Padre y que me quería. Al principio casi no lo entendía, pero ahora sé que esas palabras me sostienen cada día.

- Tras la operación y diversos tratamientos, la enfermedad continúa activa… Sin embargo, esa incertidumbre no se ha convertido en desesperanza. ¿Cómo afrontas ahora lo que viene?

—No sé qué va a pasar. Estoy en la providencia de Dios. No sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío.

Una llamada a vivir de otra forma

Para Pablo, la enfermedad ha supuesto un punto de inflexión profundo. Le ha obligado a detenerse, a mirar su vida con más verdad y a replantearse su relación con Dios. Mirar a Cristo en la cruz le ayuda a encontrar sentido incluso en los momentos más duros. Su sufrimiento ha servido para mucho, y no solo a él sino también a su familia.

Pablo Javier Reneo con sus padres / Foto: Diócesis de Getafe

- ¿Cómo te ha llevado la enfermedad a seguir más de cerca a Cristo?

—Ha sido una llamada muy fuerte, un toque de atención. Antes tenía muchos altibajos en la fe. A veces iba a misa casi por inercia y me preguntaba qué hacía allí, mientras mis amigos estaban fuera divirtiéndose. No siempre vivía con el corazón puesto en Dios.

- ¿La enfermedad te ha hecho tomar conciencia de tu propia existencia?

—He comprendido que la vida no es mía, que pertenece a Dios. No puedo guardármela para mí ni vivirla como si todo dependiera solo de mis planes. Es un don que se me ha dado y por el que tengo que dar gracias.

- ¿Qué papel tiene la oración y la fe en tu día a día?

—La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración. Dios actúa incluso donde no lo esperamos.

- ¿Qué has descubierto en este camino de oración y reflexión?

—Me di cuenta de que no es necesario curarse para cambiar o para seguir a Cristo más de cerca. Esta llamada también se puede vivir dentro de la enfermedad. Ahora sé que este tiempo que tengo es un tiempo de gracia.

- ¿A través de la enfermedad ha cambiado tu relación con Dios?

—Antes muchas veces vivía de espaldas a Dios. Ahora comprendo que la vida no es mía: pertenece a Él. No necesito curarme para seguir a Cristo más de cerca; puedo hacerlo ahora, incluso dentro de la enfermedad.

La oncóloga de Pablo: «La fe ayuda a llevar la cruz de otra manera» 

En la enfermedad de Pablo también tiene un papel importante la doctora Cristina Mata Fernández, oncóloga pediátrica del Hospital Gregorio Marañón y profesora universitaria: ella lo acompaña en su proceso de lucha vital. 

- ¿Cómo recuerda el primer encuentro con Pablo?
—Llegó tras su cirugía. Me sorprendió que hablara de la muerte con naturalidad. Su madurez y aceptación me ayudaron a acompañarle mejor. 

- ¿Qué aprendiste de Pablo como paciente? 

—Que la fe hace que la cruz se lleve de otra manera. Pacientes como él enseñan a todos a valorar la vida y a relativizar las dificultades pequeñas frente al sufrimiento. 

Homilía del evangelio del domingo: Intensificar la oración, la vida sacramental y todos los medios que avivan el fuego del Espíritu Santo, la presencia viva y purificadora de Dios en nosotros/ Por P. José María Prats

* «Por nuestro vínculo carnal con Adán hemos heredado el yugo del pecado, pero por el vínculo con Jesucristo establecido en el bautismo, hemos recibido también el poder para destruirlo. La vida espiritual no es otra cosa que cerrar las puertas al influjo de las fuerzas del mal y abrirlas de par en par a la presencia victoriosa de Jesucristo en nosotros»

Domingo I de Cuaresma – A

Génesis 2, 7-9;3,1-7 / Salmo 50 / Romanos 5, 12-19 / San Mateo 4, 1-11  

P. José María Prats / Camino Católico.-  La Cuaresma que acabamos de iniciar es un tiempo de purificación y de esfuerzo por estrechar nuestra comunión con Dios. Pero este esfuerzo va siempre acompañado de una lucha contra las fuerzas del mal, que no soportan que avancemos en el camino de la santidad. Recordemos, por ejemplo, a los Padres del Desierto, aquellos primeros anacoretas egipcios que en el siglo III decidieron abandonar las ciudades y retirarse al desierto animados por el deseo de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias: allí, en el desierto, les esperaba el Maligno. Sus escritos describen con todo detalle esta lucha espiritual contra las fuerzas del mal.

También nosotros, con nuestro deseo cuaresmal de purificación, nos hemos retirado en cierto modo al desierto, donde vamos a vivir esta lucha espiritual. Y por ello en este primer domingo de Cuaresma se nos invita a reflexionar sobre la tentación. La primera lectura nos presenta la victoria del Maligno sobre la humanidad en la tentación de nuestros primeros padres, y el evangelio, su derrota por Jesús en el desierto de Judea. Finalmente, en la carta a los romanos, San Pablo nos habla del alcance universal de estos dos acontecimientos: «así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos».

Por nuestro vínculo carnal con Adán hemos heredado el yugo del pecado, pero por el vínculo con Jesucristo establecido en el bautismo, hemos recibido también el poder para destruirlo. La vida espiritual no es otra cosa que cerrar las puertas al influjo de las fuerzas del mal y abrirlas de par en par a la presencia victoriosa de Jesucristo en nosotros.

Cerrar las puertas al Maligno

San Nilo de Ancira en su Tratado Ascético dice que el Templo de Jerusalén tenía en su entrada puertas enrejadas para poder examinar cuidadosamente todas las mercancías que llegaban, evitando así que nada impuro entrase en él. Nosotros, templos vivos del Espíritu Santo, debemos vigilar con atención y prevención, como a través de rejas, que nada impuro se introduzca en nuestra mente. Pero, ¿y si el mal consigue penetrar furtivamente en nosotros? Entonces hay que exterminarlo en seguida, antes de que crezca, se fortalezca y se adueñe de nosotros. Para ilustrar este punto, San Nilo hace una interpretación espiritual preciosa de los dos versículos finales del salmo 136, un pasaje tan inquietante que no se ha incluido en la liturgia de las horas: «Capital de Babilonia, ¡criminal! ¡Quién pudiera pagarte los males que nos has hecho! ¡Quién pudiera agarrar y estrellar tus niños contra las peñas!». Babilonia es la ciudad enemiga del pueblo de Dios que representa a las fuerzas del mal, y sus hijos son las semillas que intenta hacer crecer en nosotros. Hay que agarrar, pues, estas semillas antes de que se desarrollen estrellándolas contra la Roca, que es Cristo, el único capaz de destruir el pecado.

Abrir las puertas a Dios

Pero el esfuerzo ascético sería estéril sin el concurso de la gracia. Sería como intentar destruir un montón de leña disponiéndola bien vertical y aireada, pero sin encender el fuego. Por ello la Iglesia nos invita en este tiempo cuaresmal a intensificar la oración, la vida sacramental y todos aquellos medios que avivan el fuego del Espíritu Santo, la presencia viva y purificadora de Dios en nosotros. Así se lo explica San Pablo a los efesios: «Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos» (Ef 6,10-18). 

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. 


Y acercándose el tentador, le dijo: 


«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». 


Mas Él respondió: 


«Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’».


Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: 


«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». 


Jesús le dijo: 


«También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».


Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: 

«Todo esto te daré si postrándote me adoras». 


Dícele entonces Jesús: 


«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». 


Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.


San Mateo 4, 1-11