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domingo, 26 de abril de 2026

Santa Misa de hoy, IV domingo de Pascua, con ordenaciones sacerdotales, presidida por el Papa León XIV, 26-4-2026


Foto: Vatican Media, 26-4-2026


26 de abril de 2026.- (Camino Católico El Papa León XIV ha presidido la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, este 26 de abril, Domingo del Buen Pastor y Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, en el cual ha ordenado a diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



El Santo Padre, dirigiéndose a los nuevos presbíteros, en su homilía ha dicho:  “¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: ‘Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre’ (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, ‘Dios salva’. Ustedes son testigos de esto. ‘Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida’”.


Durante la ceremonia solemne, el Pontífice confirió el sacramento del orden sacerdotal a un grupo de diez diáconos en una liturgia marcada por la imposición de manos, la oración consagratoria y la unción de las manos. La celebración ha subrayado la misión de los nuevos presbíteros como servidores del pueblo de Dios, llamados a predicar, celebrar los sacramentos y acompañar a las comunidades que se les confíen.

Mons. Andrew Cozzens, Obispo de la Diócesis de Crookston: «A mi madre el médico le dijo que debía abortar porque el bebé, que era yo, tenía graves malformaciones; la vida siempre es la solución de Dios»

El obispo Andrew Cozzens de la diócesis de Crookston pronuncia un discurso en la clausura de la campaña "40 Días por la Vida" en Moorhead, Minnesota, el 29 de marzo. | Foto: Roxane Salonen - NCRegister

* «Por supuesto lo que esa mujer haría es lo que cualquiera de ustedes haría: simplemente, amar al hijo que Dios nos da. Eso es secundario comparado con la verdad que conocemos: la dignidad de una vida humana.Por eso estamos aquí hoy, orando para que nuestra cultura reconozca la dignidad de la vida humana. Es una dignidad inalienable, decimos, porque proviene de Dios»

Camino Católico.- El 29 de marzo, defensores de la vida en la ciudad de Moorhead, Minnesota, se reunieron para clausurar con canciones y celebraciones la primera campaña de primavera de "40 Días por la Vida" en su área.

El punto central del evento fue un escenario improvisado sobre una plataforma enganchada a una camioneta, en el que se encontraban sentados dos músicos: Tim Mosser, director de la oficina de respeto a la vida de la vecina diócesis de Fargo, en el teclado, y su hijo adoptivo, Romeo, de 8 años, en la batería digital.

Junto con varios testigos locales, que relataron cómo se salvó a un bebé del aborto el primer día de la campaña, y otro posible rescate al final de la misma, se encontraba un invitado especial, distinguido pero humilde, que había venido con palabras de aliento y una historia que provocó un aplauso entusiasta.

“No queremos clínicas de aborto en ningún sitio, pero sobre todo en mi diócesis, ¿verdad?”, dijo Mons. Andrew Cozzens, Obispo de la Diócesis de Crookston, el área sobre la que tiene autoridad espiritual y que había caído en manos del enemigo.

No era su primera visita a la zona. El obispo Cozzens había estado en el mismo lugar, bajo una gran carpa, en una concentración provida el 19 de agosto de 2022.

En ese momento el caso Roe contra Wade había sido revocado apenas unos meses antes, y la única clínica de abortos de Dakota del Norte, la Clínica para Mujeres de Red River, había cerrado sus puertas a principios de mes y se había dirigido al otro lado del río Red, a pocos kilómetros al este, a la ciudad vecina de Fargo, Moorhead, en el estado de Minnesota.

Insistían en que los abortos iban a seguir practicándose en una zona que, de otro modo, ahora ya no tendría más de estos lugares.

Pero los católicos de la zona y los defensores de la vida tenían sus propios planes y, aquella noche de verano, se manifestaron para protestar contra la medida.

Organizado por Pro-life Action Ministries (PLAM), con sede en St. Paul, y encabezado por el líder internacional provida David Bereit, el evento contó con la presencia de otro invitado especial que apareció discretamente entre la multitud: un obispo que acababa de ser nombrado para la diócesis.

Esa noche, el obispo Cozzens habló con los ciudadanos preocupados y con la multitud, compartiendo sus reflexiones sobre lo que significarían estas recientes decisiones y medidas. Su regreso a la zona cuatro años después era significativo.

Un giro de 180 grados

El lugar frente a la clínica de abortos, cerca de donde tuvo lugar aquella manifestación en 2022, ahora alberga un centro de ayuda para mujeres embarazadas de Women's Care. Mientras el obispo Cozzens compartía sus reflexiones, se podía ver el letrero rosa del centro detrás de él, testimonio de que, después de todo, el enemigo aún no ha ganado esta batalla.

El National Catholic Register cuenta que al relatar la historia de esa calle sin salida, el obispo Cozzens dijo: "Realmente he sentido el peso de lo que eso significa; que aquí tenemos un lugar en nuestro propio patio trasero, en nuestra propia casa, donde la muerte se considera una solución".

“Sabemos –continuó- que los únicos que se regocijan en eso son los enemigos de Dios. Y no son las personas que trabajan aquí; ellos no son los enemigos de Dios. Son las fuerzas que los influyen. Ese es nuestro único enemigo”.

Y aunque la campaña 40 Días por la Vida ha terminado por ahora, dijo: "La muerte no desaparece, así que seguimos buscando maneras de dedicarnos a la oración y al sacrificio para estar aquí".

Una historia conmovedora

Minutos antes, el obispo Cozzens había compartido una historia que conmovió visiblemente a los presentes. Se trataba de una mujer embarazada que, a las 20 semanas de gestación, fue hospitalizada cuando rompió aguas prematuramente.

“A la mañana siguiente, el médico entró y dijo: ‘Lamento informarle que el niño en su útero está gravemente malformado y creo que deberíamos inducir el parto’, lo que en ese momento habría sido, en la práctica, un aborto”, compartió.

Pero, siendo católica, la mujer dijo que no le importaba si su bebé tenía malformaciones, porque era un regalo de Dios, explicó el médico. “Usted no lo entiende”, replicó el doctor, mientras el obispo comentaba. “Este niño es un fenómeno”. A lo que la mujer respondió: “Usted no lo entiende. Quiero otro médico”.

A partir de ahí, la pusieron al cuidado de un médico jubilado, un especialista, y le ordenaron reposo absoluto. Pero como el tratamiento del nuevo médico no estaba cubierto por su seguro, sugirió que llegaran a un acuerdo con el primero: si el bebé nacía sano, ese médico tendría que pagar la factura, y si nacía con malformaciones, él se haría cargo de todos los gastos.

El niño nació aproximadamente un mes antes de lo previsto, dijo el obispo Cozzens, y, aparte de algunas alergias, estaba completamente sano. “Vayan a buscar al otro médico para que venga a ver a este pequeño”, dijo el nuevo doctor, admirando al recién nacido.

“Quizás ya se han dado cuenta de que ese bebé era yo”, dijo el obispo Cozzens. “Y esa mujer era mi madre”.

Relató que le habían contado esta historia muchas veces a lo largo de su vida, y debido a eso, y a cómo su vida “casi no llega a suceder”, siempre ha sentido un profundo aprecio por el movimiento provida y su importancia.

El "fenómeno" llegó a ser obispo

De hecho, cuando fue nombrado obispo por primera vez en 2013, un titular de periódico decía: "Un fenómeno se convierte en obispo", y se hizo viral, traducido incluso al italiano como "Il mostro diventa un vescovo". "Recibí correos electrónicos de todo el mundo cuando me nombraron obispo", recordó.

“Por supuesto lo que esa mujer haría es lo que cualquiera de ustedes haría: simplemente, amar al hijo que Dios nos da. Eso es secundario comparado con la verdad que conocemos: la dignidad de una vida humana”.

“Por eso estamos aquí hoy, orando para que nuestra cultura reconozca la dignidad de la vida humana. Es una dignidad inalienable, decimos, porque proviene de Dios”.

En esta cultura de la muerte, comentó, la muerte se convierte en una solución aceptable a los problemas, pero la muerte nunca es la solución.

“La vida siempre es la elección de Dios, y siempre la solución de Dios”.

El obispo Cozzens también mencionó la congruencia entre la campaña "40 Días por la Vida" y los 40 días de Cuaresma que acaban de terminar, y cómo "el sacrificio cuaresmal es una imitación del sacrificio de Jesús y sus 40 días en el desierto, donde salió a luchar contra el diablo".

“Este es el lugar donde sabemos que el enemigo tiene mucho poder en el mundo, y por eso venimos aquí para dar testimonio de Jesús y de su vida, para dar gracias por ello y para continuar esa lucha —que Jesús desea— la lucha contra el mal”.

Tras leer el prólogo del Evangelio de San Juan, ofrecer una bendición y una oración final, los músicos continuaron guiando al público en algunas canciones inspiradoras más, con el pequeño Romeo a la batería, ofreciendo con orgullo sus dones al mundo.

Romeo Mosser, de 8 años, toca la batería mientras la música acompaña la clausura de la campaña "40 Días por la Vida" en Moorhead, Minnesota, el 29 de marzo | Foto: Roxane Salonen - NCRegister

Palabra de Vida 26/4/2026: «Yo soy la puerta» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 26 de abril de 2026, domingo de la 4ª semana de Pascua, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día. 

Evangelio: San Juan 10, 1-10:

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mi son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Homilía del evangelio del Domingo: Como pastores en la Iglesia hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» / Por P. José María Prats

* «Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas’. Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor»

Domingo IV de Pascua – A

Hechos 2, 14a.36-41 / Salmo 22 / 1 Pedro 2, 20-25 / San Juan 10, 1-10

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre la función de los pastores en la Iglesia. Es una palabra dirigida especialmente a los que se nos ha encomendado esta labor tan importante y tan delicada.

Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas». Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor.

Si nuestra atención y nuestros afectos se centran en ideologías políticas o en pasiones personales como el deseo de agradar o de “hacer carrera”, entonces entramos en el aprisco saltando por otra parte y hacemos estragos en el rebaño. Nos convertimos en extraños y las ovejas huyen de nosotros «porque no conocen la voz de los extraños».

Como pastores hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3,30). Hemos de quitarnos de en medio, despojándonos de toda ambición y deseo de afirmación, para que las ovejas puedan acceder a través de nosotros al verdadero Pastor. 

Las vestiduras que nos ponemos para ejercer el ministerio de pastores quieren visibilizar el hecho de que no actuamos en nombre propio sino como instrumentos de Jesucristo y de su Iglesia. Para las celebraciones litúrgicas nos ponemos primero el alba, que nos recuerda el bautismo por el que fuimos revestidos de la santidad de Cristo. A continuación nos ceñimos la cintura con el cíngulo, símbolo del servicio a los demás. Sobre el cuello nos ponemos la estola, que representa a la vez la autoridad sacerdotal, el suave yugo de Cristo y las ovejas que estamos dispuestos a cargar sobre nuestras espaldas. Y por encima de todo, la casulla, símbolo de la caridad que debe cubrirlo todo, la caridad del pastor que conoce a las ovejas por su nombre, las defiende de los peligros que las acechan y, caminando delante de ellas, las guía con suavidad hacia los verdes pastos que Jesús ha hecho crecer para que tengamos vida en abundancia.

Una tarea muy bonita, pero también muy comprometida, que sólo podemos realizar debidamente sostenidos por la gracia de Dios y la oración de su Pueblo.

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, dijo Jesús: 


«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».


Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: 


«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


San Juan 10, 1-10

Celebramos el domingo del Buen Pastor; que cada día sepamos escuchar su voz, seguir sus pasos y reflejar su ternura en nuestras acciones / Por P. Carlos García Malo

 


Jacques Averbuch, 96 años: «Perdí a mis padres en el holocausto, pero encontré la luz de Cristo porque vivir entre cristianos que daban testimonio con sus acciones me hizo convertirme en su discípulo y soy diácono»

Jacques Averbuch tiene 96 años y es diácono / Foto: Familia Averbuch - Aleteia

Camino Católico.- A pesar de sus 96 años y su baja estatura, Jacques Averbuch, diácono en Boulogne-Billancourt, no ha perdido ni un ápice de su vitalidad. Esta emana de él con una sencillez conmovedora, y todos los que lo han conocido la recuerdan. Es difícil imaginar, tras esa sonrisa bondadosa, la tragedia que sufrió este hombre en julio de 1942. Sobreviviente de la redada del Velódromo de Invierno, podría haber quedado devastado por la pérdida de sus padres, pero eligió otro camino: el camino de la luz, el camino de Cristo. Un testimonio conmovedor que comparte en su libro Rescapé du Vél' d'Hiv (publicado en francés por Artège).

Una infancia destrozada por la redada

Nacido el 27 de enero de 1930, Jacques disfrutó de una infancia feliz en el número 13 bis de la rue Versigny, en el distrito 18 de París, con su padre, Leybiche, y su madre, Golda, ambos inmigrantes polacos, y su hermanastra Paulette, del matrimonio anterior de su padre. «No teníamos ducha, ni nevera, ni lavadora, pocos juguetes, pero éramos felices», le cuenta a Anna Ashkova en Aleteia. Aunque sus padres eran judíos, practicaban su religión con moderación, pero la Pascua seguía siendo una festividad importante.

Su feliz vida se vio truncada por primera vez con la declaración de guerra en 1939. Como muchos parisinos, Jacques huyó de la capital con su hermana y su madre, que estaba embarazada en ese momento. Tras una estancia en Sudán, en la región de Loira Atlántico, llegaron a Châteaubriant, donde familias se habían ofrecido como voluntarias para acoger a personas que huían de París.

Así fue como conocieron a los Roul, una familia católica con seis hijos: dos niñas y cuatro niños (tres de los cuales se ordenarían sacerdotes). Fue en este hogar amoroso y protector donde su madre dio a luz a su segundo hijo, Marcel, el 9 de abril de 1940. Sin vislumbrar ningún peligro, la familia regresó a París justo después del armisticio, en junio o julio de 1940. Mientras los nazis se volvían cada vez más virulentos con los judíos, los padres de Jacques mantuvieron la calma y acataron las normas, luciendo la estrella amarilla.

"En 1942, sabíamos que estaban arrestando a judíos, pero mis padres no sospechaban especialmente. Mi padre se consideraba un hombre honesto. No veía de qué se le podía acusar", recuerda Jacques. Sin embargo, sintió miedo por primera vez el 16 de julio. "Estaba jugando en la casa del conserje con su hijo cuando vi pasar a dos policías de civil. Se llevaron a una mujer judía de nuestro edificio. Recuerdo que me escondí debajo de la mesa en ese momento; estaba aterrado".

Los padres de Jacques Averbuch, Golda y Leybiche Averbuch / Foto: Familia Averbuch - Aleteia


Al día siguiente, viernes 17 de julio, a las 5:00 de la mañana, la policía llamó al timbre de la casa de su familia. Jacques Averbuch tenía solo 12 años y su hermano Marcel, 2. Al igual que miles de otras familias judías, la suya figuraba en la lista para la redada del Velódromo de Invierno. Por alguna razón misteriosa, su hermana Paulette, que entonces tenía 19 años, no estaba en la lista, pero decidió seguir a su familia. "Papá metió algunas cosas en un saco de patatas marrón. Y así fue como, a las cinco de la mañana, nos dirigimos hacia la Rue du Mont-Cenis".

Fue frente a un oficial alemán donde se decidió su destino aquel día. "Uno de los policías que nos acompañaba le presentó a mis padres y le preguntó qué debía hacer con nosotros, los niños. El alemán respondió mecánicamente: "Los niños deben quedarse con sus padres". Fue entonces cuando intervino el segundo policía, indicando que Paulette estaba con su familia, pero que no figuraba en las listas. El alemán lo pensó un momento y decidió: "En ese caso, por ahora, ¡dejen a los dos niños con ella!". Le debo la vida a un oficial alemán", relata Jacques, describiendo aquel momento como providencial, como si el aliento de Dios le hubiera iluminado la conciencia. 

Impotentes, los tres niños vieron a sus padres partir hacia Drancy. "Recuerdo que subieron a un viejo autobús… Nunca más los volví a ver", susurra Jacques. Pero salvarse no significa estar a salvo.

"El día que arrestaron a mis padres, volvimos a casa. Esa noche, mi tía, la hermana de mi padre, vino con su hijo a despedirse, porque les habían dicho que los recogerían al día siguiente a las once. Nos besaron y ellos también se fueron para siempre".

Salvados por gente justa

Entonces comenzó otra terrible experiencia: la de la ausencia, la del desarraigo, la del miedo cotidiano. Su único tesoro fueron dos cartas que recibieron de sus padres desde Drancy pocos días antes de su deportación a Auschwitz el 24 de julio de 1942: los últimos vestigios de un amor que pronto se desvanecería. En medio de esta tragedia, una familia les tendió la mano: la familia Roul, a quienes ya conocían. "Paulette les envió un telegrama, y ​​la respuesta fue tan rápida como breve: '¡Vengan!'"

Gracias a ellos, los tres huérfanos encontraron no solo refugio y seguridad, sino también fe. Jacques se encontró gradualmente con Cristo. "Vivir entre cristianos que daban testimonio con sus acciones me hizo querer convertirme también en su discípulo".

Convertido al catolicismo, al igual que Paulette, fue bautizado el 22 de diciembre de 1942. A los 16 años, incluso consideró la posibilidad de ordenarse sacerdote. "Un susto de salud me llevó al seminario mayor de Aix-en-Provence durante un año. Mi estado no mejoró y me di cuenta de que, quizás, mi vocación estaba en otro lugar…", explica.

Esto no impidió que este hijo del Holocausto se convirtiera en un hombre comprometido. Después de la guerra, se involucró en los principales movimientos del catolicismo social: los Jóvenes Trabajadores Cristianos, el escultismo y, posteriormente, iniciativas relacionadas con la vivienda comunitaria.

Trabajó en el departamento de publicidad de Bayard, pero sobre todo, dedicó su vida a servir a los demás, en particular a sus vecinos del número 14 de la rue de Sèvres. Ordenado diácono permanente en la diócesis de Nanterre el 3 de diciembre de 1994, a la edad de 64 años, se convirtió en uno de los testigos vivos de un siglo turbulento, pero también de una Iglesia en constante movimiento.

Jacques Averbuch en una celebración ejerciendo su ministerio diaconal / Foto: Familia Averbuch - Aleteia

Paulette, por su parte, hizo voto de castidad con las Clarisas. Falleció en 2016. "¡Era una santa! Fue como una segunda madre para Marcel y para mí. Con tan solo 19 años, se encontró al frente de una familia", dice Jacques.

Solo su hermano se casó. Tuvo tres hijos y siete nietos. En 2019, toda la familia visitó Auschwitz. "Fue una experiencia muy impactante y, al mismo tiempo, muy dolorosa. Encontramos los nombres de mis padres. Fueron arrestados el 17 de julio y abandonados allí el 24 de julio en trenes de carga… Debió de ser horrible", dice Jacques, con la voz embargada por la emoción.

Su duelo no fue inmediato: le llevó tiempo aceptar la muerte de sus padres. "Recuerdo que al final de la guerra, cuando estábamos en Châteaubriant, cada tarde regresaban los prisioneros franceses. Pensábamos que nuestros padres también volverían, e íbamos a la estación todos los días... los esperábamos."

Un testimonio para evitar el olvido

Aunque Jacques Averbuch abrazó la fe cristiana con fervor, su conversión no borró en absoluto sus raíces judías. Al igual que el cardenal Lustiger , solicitó que se recitara el Kadish, una antigua oración judía de duelo, en su funeral en Notre-Dame de Boulogne. "Sigo profundamente apegado a mis raíces", declara. 

Durante décadas, ha dado charlas en escuelas primarias, secundarias y preparatorias. Dirigiéndose a las nuevas generaciones, cuenta su historia. No para reavivar el dolor, sino para evitar que se olvide. Su relato resuena por su carácter personal: lleva la voz de un niño que presencia el derrumbe del mundo y la de un anciano que sigue creyendo en la luz.

¿Cómo se puede vivir después de lo inefable? ¿Cómo se puede seguir creyendo en la humanidad, y aún más en Dios? A estas profundas preguntas, Jacques Averbuch responde con una frase sencilla pero poderosa, especialmente en este tiempo pascual: "¡La vida siempre triunfa!".

Myles Patricio, violinista: «En búsqueda espiritual me acerqué a los mormones, al agnosticismo y al esoterismo pero el testimonio de vida de mi tío me ha llevado a bautizarme católico en la pasada Vigilia Pascual»

Myles Patricio es bautizado la noche de la Vigilia Pascual, el sábado santo, 4 de abril de 2026 / Foto: EWTN Noticias

Camino Católico.- Myles tocaba violín en la Filarmónica de la UNAM y llevaba décadas saltando de una búsqueda espiritual a otra —desde los mormones hasta el esoterismo— sin encontrar respuesta. Fue en la Rectoría de San Buenaventura, al sur de la capital, durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo. Esa noche, junto a otras 18 personas, Myles Patricio Mckeown Meza recibió el bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y contrajo matrimonio por la Iglesia. 

Una búsqueda que encontró su rumbo 

Myles Patricio es violinista y forma parte de la Orquesta Filarmónica de la UNAM y de la Orquesta de Cámara de Bellas Artes. Vive en la Ciudad de México junto a Cynthia, su esposa, y su hija de seis años. 

La historia de Myles está marcada por una constante búsqueda espiritual. En entrevista con ACI Prensa cuenta que, a los 13 años, él y su madre se acercaron a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, conocidos como los mormones. “Llegamos a ir un poco, me bauticé ahí”, recuerda. No obstante, nunca se involucró plenamente. 

“Después estuve buscando camino por algunas otras lecturas. Leí otros libros de agnosticismo, de algún tipo de esoterismo y si bien me parecía interesante, también sentía como que eran más como una novela que como algo realmente como sustancioso, espiritualmente hablando”, señala. 

Hacia fines de 2025, distintos testimonios comenzaron a iluminar su búsqueda. Para entonces sintió que Dios le estaba poniendo en “un camino que tanto había querido”. 

Uno de esos testimonios fue el de su tío Mike, un católico irlandés con quien siempre ha tenido una relación cercana. Él le compartía “cómo lleva su familia, su matrimonio, su fe” y cómo integra todo ello en la vida diaria. Myles buscaba precisamente fortalecer su propia vida familiar. 

También influyeron dos sacerdotes cercanos. El primero fue el P. Marco Polo Mercado Olmedo, su mejor amigo de la infancia y hoy sacerdote formador en el Seminario Mayor de la Arquidiócesis de Xalapa, Veracruz. 

El segundo fue el P. José Guillermo Gutiérrez Fernández, responsable de la Rectoría de San Buenaventura —donde más tarde sería bautizado—. El sacerdote se mudó cerca de su hogar, y de esa cercanía nació una amistad que poco a poco se transformó en acompañamiento espiritual. 

Así, junto a su esposa Cynthia y su hija, emprendió un camino de fe que culminó con la recepción del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, además de casarse por la Iglesia Católica. Su hija también fue bautizada ese mismo día. 

Desde entonces, asegura que se siente “distinto”. Se muestra emocionado por seguir aprendiendo en su fe y se interesa por figuras como San Patricio. También recurre a herramientas como Hallow, aplicación católica de oración y meditación guiada. 

Hoy, esa transformación se refleja también en su vida cotidiana. Procura hacer oración con su hija al final del día y, en medio de la rutina, detenerse para “recordar qué es lo que importa y por qué estamos aquí. Agradecerle a Dios porque estamos sanos, estamos juntos”.

Hay que dejar actuar a Dios 

El P. Guillermo, que ha acompañado a Myles Patricio  en su proceso, asegura que ha visto cambios evidentes. Entre ellos destaca “una mayor conciencia de la filiación divina”. 

También observa “una conciencia que Dios hace nuevas todas las cosas y por lo tanto una renovada esperanza”, así como la experiencia de saberse que dentro de la Iglesia Católica siempre se sentirá “acogido, amado e impulsado para caminar renovando su vida y su vida concreta de cada día”. 

Un signo que el sacerdote subraya es que  ha vivido un verdadero “encuentro personal con el Señor” a partir del “testimonio callado, silencioso, entregado, alegre” de las personas que han influido en su vida. 

Por ello, hace una invitación a los demás católicos a ser testimonio y dejarse “guiar por el Señor y compartir esta vida, esta alegría que nos inunda a nosotros, esta esperanza que tenemos”.

Aideé Citlali Manzano, psicóloga de 42 años: «Había sido Testigo de Jehová, me alejé de Dios, me detectaron un tumor y vi que necesitaba tener la guía de Dios... el respaldo de la Iglesia Católica y me he bautizado»

Aideé Citlali Manzano Mediana es bautizada la noche de la Vigilia Pascual, el sábado santo, 4 de abril de 2026 / Foto: EWTN Noticias

* «Dios es un Padre muy amoroso, que sabe cuántos cabellos tenemos, qué hay en nuestros sentimientos, qué hay en nuestro corazón»

Camino Católico.- Aideé tenía 42 años, dos hijas y un tumor recién extirpado cuando decidió que ya no podía más sola. Había sido Testigo de Jehová de niña, pero hacía años que no pertenecía a ninguna iglesia.  

Fue en la Rectoría de San Buenaventura, al sur de la capital, durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo. Esa noche, junto a otras 18 personas, Aideé Citlali Manzano Mediana recibió el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y contrajo matrimonio por la Iglesia. 

Redescubrir a Dios 

Aideé, psicóloga de 42 años, es madre de dos hijas junto a su esposo Francisco. En entrevista con ACI Prensa, relata que durante mucho tiempo pensó que sólo con “creer en Dios era suficiente para salir adelante”. Sin embargo, algo cambió en los últimos años.

“A pesar de que yo había tenido acercamiento con la Iglesia Católica, yo decía: ‘sí me gusta, pero pues yo no necesito pertenecer a ninguna iglesia, ni a ninguna religión, porque yo tengo a Dios en mi corazón y eso es suficiente’”, cuenta. 

Reconoce que un momento decisivo de aprender más de Dios llegó cuando le detectaron un tumor en 2024. Aunque enfrentó la operación para extirparlo con valentía, el proceso posterior fue distinto. “A los dos meses empecé a sentir como que me iba para abajo, depresión, empezaron a cambiar muchas cosas”, recuerda. 

Cuenta que se decía a sí misma: “yo puedo sola”. Sin embargo, llegó a un límite y en 2025 reconoció que no podía más y que “necesitaba tener la guía de Dios... el respaldo de una iglesia como la Iglesia Católica, de una religión”. 

Antes ya había sido Testigo de Jehová. “Participé activamente hasta la edad de 15 años. Aunque yo creía en Dios no sentía que pertenecía a esa ideología”, dice. Con el paso del tiempo, se alejó por completo de la práctica religiosa y, como ella misma relata, “varios años me alejé de Dios”. 

Tras concluir sus estudios en psicología, comenzó a hacer voluntariado en el Hospital General Dr. Rubén Leñero, en el área de urgencias y traumatología. Fue en ese entorno donde, gracias al testimonio de un sacerdote y dos psicólogas católicas, comenzó a tener nuevas preguntas de fe.  Sin embargo, reconoce que en ese momento “no tenía oídos para oír”. 

Después de admitir que necesitaba a Dios y a la Iglesia Católica, se acercó con la convicción de permanecer en ella. En la comunidad de San Buenaventura encontró el acompañamiento espiritual que buscaba. 

Con el apoyo de Francisco, su pareja, se preparó para recibir los sacramentos. En la pasada Vigilia Pascual recibió el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y contrajo matrimonio por la Iglesia. 

Hoy vive esta nueva etapa con entusiasmo. En su hogar colocó una repisa donde conserva su Cirio Pascual y espera añadir imágenes y otros signos religiosos para que ese espacio “sea un lugar para Dios”.  

También reconoce que aún desea seguir aprendiendo, ya que “hay otras oraciones que yo los escucho decir y no me las sé”. “Nuestros padrinos de boda nos hicieron el favor de regalarnos unos rosarios y nos dijeron: ‘los rezan juntos’, y yo dije: ‘sí, pero no sé rezar el rosario’”. 

Aunque siempre creyó en Dios, hoy lo contempla de otra manera: como “un Padre muy amoroso”, que sabe “cuántos cabellos tenemos, qué hay en nuestros sentimientos, qué hay en nuestro corazón”.

Hay que dejar actuar a Dios 

El P. Guillermo, que ha acompañado a Aideé en su proceso, asegura que ha visto cambios evidentes. Entre ellos destaca “una mayor conciencia de la filiación divina”. 

También observa “una conciencia que Dios hace nuevas todas las cosas y por lo tanto una renovada esperanza”, así como la experiencia de saberse que dentro de la Iglesia Católica siempre se sentirá “acogida, amada e impulsada para caminar renovando su vida y su vida concreta de cada día”. 

Un signo que el sacerdote subraya es que  ha vivido un verdadero “encuentro personal con el Señor” a partir del “testimonio callado, silencioso, entregado, alegre” de las personas que han influido en su vida. 

Por ello, hace una invitación a los demás católicos a ser testimonio y dejarse “guiar por el Señor y compartir esta vida, esta alegría que nos inunda a nosotros, esta esperanza que tenemos”.

Sor Carine Tangirir ante el Papa en Camerún: «Fuimos secuestradas tres días y lo que mantuvo viva nuestra esperanza fue el rosario que rezamos sin cesar durante todos estos día»

La hermana Carine Tangiri Mangu contando su testimonio ante el Papa León XIV en Camerún / Foto: Vatican Media

* «Iniciamos una huelga de hambre y les explicamos a nuestros secuestradores que simplemente estábamos haciendo nuestro trabajo por los pobres y que no teníamos nada que ver con la política. Fuimos liberadas al cabo de tres días. Santo Padre, estas son las condiciones en las que muchas mujeres consagradas realizan su labor y viven en zona de guerra. Algunas han vivido experiencias más dramáticas y traumáticas, pero seguimos confiando en la ayuda de Dios y en la intercesión de la Santísima Virgen María. Contamos con sus oraciones y con su solicitud paterna»

  Video de Vatican News del testimonio de la hermana Carine Tangiri Mangu ante el Papa León XIV en Camerún 

Camino Católico.- En una región marcada por la violencia brutal de los grupos rebeldes, la Iglesia Católica sigue siendo un pilar de consuelo para la población del Noroeste de Camerún.

Así lo puso de manifiesto ante el Papa, durante el encuentro por la paz celebrado en la Catedral de San José de Bamenda el jueves 16 de abril de 2026, la hermana Carine Tangiri Mangu, religiosa de la congregación de las Hermanas de Santa Ana, que puso voz a los peligros que viven a diario las consagradas que trabajan en esta provincia eclesiástica.

Esta región del país se encuentra sumida desde 2017 en un conflicto armado ligado a las aspiraciones independentistas de la zona anglófona frente al resto del país, de mayoría francófona. Las bandas armadas siguen perpetrando ataques esporádicos, como el del 10 de abril tras unas ordenaciones sacerdotales.

A esta crisis se suma la acción violenta del grupo terrorista Boko Haram en el norte de Camerún, en la franja fronteriza con Nigeria y Chad.

Con todo, este martes los grupos rebeldes anunciaron una pausa en las hostilidades con motivo de la visita del Pontífice.

En este contexto de constante inseguridad, las religiosas desarrollan su misión en condiciones extremadamente difíciles, acompañando a los más vulnerables de comunidades profundamente heridas por la violencia. “Trabajamos entre los pobres y los indigentes, llevando no sólo ayuda material, sino también esperanza”, ha explicado la religiosa ante el Papa. 

Sin embargo, esta entrega desinteresada está plagada de riesgos. Así lo ha explicado ante el Papa León XIV la hermana Carine Tangiri Mangu:

La hermana Carine Tangiri Mangu saludando al Papa León XIV que se ha emocionado al escuchar su testimonio / Foto: Vatican Media

Nosotras las mujeres consagradas de la provincia eclesiástica de Bamenda estamos encantadas de tenerle entre nosotros. Es un gran consuelo para nosotras que trabajamos entre los pobres y los indigentes de nuestras comunidades.

Nos dedicamos principalmente al trabajo pastoral en las diócesis, al apostolado hospitalario y educativo, a las obras sociales, al apoyo psicosocial, a las personas que han sufrido traumas y a las actividades espirituales en nuestras comunidades. Su presencia aquí es un gran estímulo para nosotros que llevamos a cabo nuestro apostolado en circunstancias muy difíciles. Desde que comenzó esta crisis, realizamos nuestro trabajo con mucho miedo y una gran inseguridad.

El 14 de noviembre, mientras regresábamos de Bamenda a Elad Oku, donde enseñamos en la escuela primaria, la hermana Mediatrix y yo fuimos secuestradas por unos hombres armados cerca de Baba y llevadas al bosque donde nos mantuvieron como rehenes durante tres días y tres noches. Durante todos esos días y noches no dormimos ni comimos, nos trasladaban en moto de un lugar a otro, a veces a la una de la madrugada para evitar que nos localizaran. 

Iniciamos una huelga de hambre y les explicamos a nuestros secuestradores que simplemente estábamos haciendo nuestro trabajo por los pobres y que no teníamos nada que ver con la política.

Nos exigieron que le diéramos números de teléfono para poder pedir un rescate. Fue un momento difícil para nosotros porque además de ser trasladadas de un lugar a otro, no podíamos lavarnos ni comer o beber agua a nuestro antojo ni siquiera dormir. Lo que mantuvo viva nuestra esperanza fue el rosario que rezamos sin cesar durante todos estos días.

Fuimos liberadas al cabo de tres días. Santo Padre, estas son las condiciones en las que muchas mujeres consagradas realizan su labor y viven en zona de guerra. Algunas han vivido experiencias más dramáticas y traumáticas, pero seguimos confiando en la ayuda de Dios y en la intercesión de la Santísima Virgen María.

Contamos con sus oraciones y con su solicitud paterna. 

Hermana Carine Tangiri Mangu, religiosa de la congregación de las Hermanas de Santa Ana