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sábado, 15 de agosto de 2026

Papa León XIV en homilía, 15-8-2026: «Es la pureza del alma que en la Virgen María, como en nosotros, por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo»

* «La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin (cf. 1 Co 13,8). Nos invita, de este modo, a revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en condicionamientos pesados, haciéndonos desperdiciar energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre. En la experiencia común, se pueden encontrar personas con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, pero capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor; como se pueden observar otras, quizás exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior. Y es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida. San Pablo VI, al meditar sobre el misterio de la Asunción de la Virgen, decía que para comprender su significado ‘debemos convertir en superlativos y absolutos los términos que usamos en el lenguaje terrenal […], para imaginarnos, a pequeña escala, lo eterno’» 

 



15 de agosto de 2026.- (Camino Católico)  “Es la pureza del alma, en efecto, que en María ―como en nosotros― por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo”, ha reflexionado en su homilía el Papa León XIV en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, un cuerpo incorrupto el de la Madre de Dios, una pureza del alma donde se encuentra la verdadera belleza divina que deseamos descubrir y cultivar, y desde donde alcanzar la conversión, el perdón y la curación.



En la parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Castel Gandolfo, por segundo año consecutivo, el Santo Padre ha celebrado la Santa Misa ante cientos de fieles, congregados dentro y fuera del templo. Asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste como enseña el magisterio de la Iglesia, en este misterio, indica el Papa, se cumple la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su Concepción Inmaculada.





León XIV recuerda que si bien el “rostro bellísimo de la Asunción es único”, también lo podemos conocer en las personas que están a nuestro lado, en los hermanos con quienes compartimos en la fe. “En su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria, afirmó el Pontífice.




Al concluir, el Santo Padre no pudo dejar de mencionar a San Agustín, quien hablando de la resurrección de Cristo, invitaba a los cristianos de su tiempo a hacer de ella, María, la brújula y el punto de referencia de su existencia. Invitando al mismo tiempo a hacer lo propio. “Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de rumbo si es necesario. Hagámoslo, particularmente hoy, mirando a María, que Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

A SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES – ASÍS


SANTA MISA

EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Parroquia Pontificia de San Tomás de Villanueva (Castel Gandolfo)

Sábado, 15 de agosto de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría celebro también este año con ustedes la Solemnidad de la Asunción.

El Magisterio de la Iglesia nos enseña que «María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria Celeste» (Pío XII, Const. apost. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950) y nos indica, en este Misterio, el cumplimiento de la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su Concepción Inmaculada (cf. ibíd.).

Por eso, muchas obras de arte la representan, al final de su vida terrena, como una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo. Se inspiran en la escena descrita en el pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado en la primera lectura: «Una Mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies» (Ap 12,1), para significar que en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad.

Esta imagen aparentemente contrasta con la experiencia de lo que produce en nosotros el paso de los años. Con la edad, de hecho, nuestro cuerpo no se hace más ágil, sino más pesado; la piel no se vuelve más fresca, sino que muestra los signos de la vejez; el cabello no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco. Entonces, ¿qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en nuestros retablos?

Para comprenderlo debemos mantener unidos los dos signos que hemos mencionado: el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado. Es la pureza del alma, en efecto, que en María ―como en nosotros― por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo.

La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin (cf. 1 Co 13,8).

Nos invita, de este modo, a revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en condicionamientos pesados, haciéndonos desperdiciar energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre. En la experiencia común, se pueden encontrar personas con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, pero capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor; como se pueden observar otras, quizás exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior. Y es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación.

Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo. Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo.

El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida.

San Pablo VI, al meditar sobre el misterio de la Asunción de la Virgen, decía que para comprender su significado «debemos convertir en superlativos y absolutos los términos que usamos en el lenguaje terrenal […], para imaginarnos, a pequeña escala, lo eterno» (Homilía, 15 agosto 1969). Y a propósito de este encuentro, en la Madre de Dios, entre lo infinito y lo finito, el Papa Francisco escribía: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286).

El milagro que María, la doncella de Nazaret, vivió en su corazón inocente, y que la llevó a la gloria del Cielo, es el encuentro de extremos, como ella misma da testimonio en las palabras inspiradas del Magníficat, que hemos escuchado en el Evangelio (cf. Lc 1,46-55).  En este cántico, a través de las humildes expresiones de su fe, la Madre del cielo nos habla de modo sencillo de grandes misterios: Dios que en ella se hace hombre para salvar a los hombres, el Eterno que en ella se manifiesta en el tiempo para abrirnos también a nosotros el camino de la eternidad, mostrándonos al mismo tiempo, en su condición de “humilde sierva”, la “pequeña dimensión” en la que también nosotros podemos encontrar al Señor, como decía san Pablo VI.

La sublimidad del Misterio que celebramos, entonces, no debemos buscarla lejos. Podemos encontrarla allí donde hay verdadera caridad: en los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos; en los rostros de los abuelos y las abuelas que, a pesar de las dificultades de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos; o incluso en el compromiso de jóvenes que se esfuerzan por crecer limpios y honestos, listos también para ir contra la corriente respecto a “lo que todos hacen”; finalmente, en la obra de tantos hombres y mujeres que diariamente, con fe y dedicación, contribuyen a llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo.

Queridos hermanos, el rostro bellísimo de la Asunción es único, supera toda representación posible y, sin embargo, al mismo tiempo nos es conocido: es el de las personas que están a nuestro lado, incluso en este momento, de los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda diaria de nuestra vida. Por eso, en la mujer del Apocalipsis la comunidad de los creyentes se ve a sí misma, y el Concilio Vaticano II describe a María como «imagen y principio de la Iglesia, […] signo de esperanza cierta y de consuelo» (Const. dogm. Lumen gentium, 68). En su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria.

San Agustín, hablando de la resurrección de Cristo, invitaba a los cristianos de su tiempo a hacer de ella la brújula y el punto de referencia de su existencia. Decía: «Resucitó Cristo, y ya no morirá […]. Cambia de parecer, sigue a tu luz; levántate con la que resucitó» (Comentarios a los salmos126, 7).

Hagamos nuestra su invitación. Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de rumbo si es necesario. Hagámoslo, particularmente hoy, mirando a María, que Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo.

PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 15-8-2026

Papa León XIV en el Ángelus, 15-8-2026: «La plenitud de vida, que hoy admiramos en la Asunción de María, nos espera a nosotros, cuando con nuestra carne transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre»

* «Es Cristo, muerto y resucitado, quien nos conduce a la meta a la que desde siempre hemos sido destinados, a la vida eterna. Es lo que generaciones y generaciones de fieles han contemplado al orar frente a las imágenes de la Dormición»

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «María Santísima, asunta en la gloria del cielo, es para todo el pueblo de Dios un signo de esperanza y consuelo. Por eso, hoy deseo invocar su intercesión maternal en nombre de aquellas comunidades que necesitan ser consoladas y seguir teniendo esperanza. Pienso en los hermanos y hermanas de Tierra Santa, que es también, por excelencia, la Tierra de María. Pienso en el pueblo ucraniano y en el pueblo ruso, ambos unidos por una devoción filial a la Santa Madre de Dios. Pienso en los cristianos que sufren discriminación o incluso persecución. Sigo rezando en estos días por la población colombiana que sufre a causa del terremoto»

15 de agosto de 2026.- (Camino Católico) “La plenitud de vida, que hoy admiramos con alegría en María, nos espera también a nosotros, al final de los tiempos, cuando, como dice san Pablo, Cristo Resucitado «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso» (Flp 3,21), vistiendo lo que es corruptible de incorruptibilidad y lo que es mortal de inmortalidad (cf. 1 Co 15,54). Entonces, con nuestra carne transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre, en la fiesta sin fin”, ha subrayado el Papa León XIV en su alocución previa al rezo del Ángelus, ante miles de peregrinos en la plaza de la Libertad de Castel Gandolfo.

León XIV describió en detalle la representación de la Asunción de María, comenzando por la llamada “dormición”, la más antigua y que duró casi un milenio. En ella, explicó el Santo Padre aparece recostada sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los apóstoles, quienes la veneran conmovidos en oración; y en el centro, de pie, se encuentra Jesús resucitado, quien sostiene en sus brazos el alma de María, como a una niña recién nacida. Su Hijo vino a buscarla para llevarla “al Cielo”, a la gloria de Dios, como prometió a sus amigos.

La segunda representación de la Asunción evocada por León XIV, más reciente y occidental ve a la Virgen María de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo con ángeles y santos alrededor. El cuerpo glorificado de la Virgen que recuerda el libro del Apocalipsis cuando habla de “una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”.

Después de rezar el Ángelus, el Papa ha dirigido una invocación a la Virgen, recordando a los pueblos de Tierra Santa, a los pueblos ucraniano y ruso y al pueblo de Colombia afectado por el terremoto de los últimos días. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:  

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA 

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de la Libertad (Castel Gandolfo)

Sábado, 15 de agosto de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Una fiesta de gran importancia, tanto para la teología católica como para la piedad popular; efectivamente, es una celebración muy apreciada en muchas comunidades, especialmente en donde la catedral o la iglesia parroquial están dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción.

Para contemplar este misterio de la fe, podemos recurrir a los dos modelos iconográficos con los que, a lo largo de los siglos, los artistas lo han representado.

El primero, el más antiguo, que fue el único durante casi un milenio, es el de la «dormición» de la Madre de Dios: ella aparece recostada sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los apóstoles, quienes la veneran conmovidos en oración; en el centro, de pie, se encuentra Jesús resucitado, quien sostiene en sus brazos el alma de María, como a una niña recién nacida. Ha venido a buscarla para llevarla consigo a la gloria de Dios, “al cielo”, como decimos simbólicamente. El Señor ha cumplido en su Madre aquello que prometió a todos sus amigos: «Cuando vaya [al Padre] y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes» (Jn 14,3).

Este primer modelo pone de relieve la verdad central: es Cristo, muerto y resucitado, quien nos conduce a la meta a la que desde siempre hemos sido destinados, a la vida eterna. Es lo que generaciones y generaciones de fieles han contemplado al orar frente a las imágenes de la Dormición, y que se puede admirar en Roma, en el gran mosaico del ábside de la Basílica de Santa María la Mayor.

La iconografía más reciente, que se desarrolló posteriormente en Occidente, nos muestra, por el contrario, a la Virgen María de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo con ángeles y santos alrededor. En esta, se encuentra el cuerpo glorificado de la Virgen en el centro, conforme a lo que se lee en el libro del Apocalipsis: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1).

Algunos artistas han juntado ambos esquemas, representando a la Virgen gloriosa en alto y su tumba vacía abajo, frecuentemente llena de flores de diversos colores, y a los apóstoles con la mirada fija hacia ella, en el cielo.

Este segundo modelo pone de relieve la verdad de que María fue asunta en cuerpo y alma, es decir, en la integridad de su persona. Esa mujer que en la tierra dio cuerpo y sangre al Verbo encarnado y lo siguió hasta la unión perfecta en el sacrificio de amor, fue atraída por Él a la gloria para siempre.

De este modo, esta iconografía nos permite también contemplar nuestro destino final. La plenitud de vida, que hoy admiramos con alegría en María, nos espera también a nosotros, al final de los tiempos, cuando, como dice san Pablo, Cristo Resucitado «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso» (Flp 3,21), vistiendo lo que es corruptible de incorruptibilidad y lo que es mortal de inmortalidad (cf. 1 Co 15,54). Entonces, con nuestra carne transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre, en la fiesta sin fin.

¡Alabemos al Señor, que ha hecho grandes cosas en su Santísima Madre, que es también la nuestra!


Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.



Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


María Santísima, asunta en la gloria del cielo, es para todo el pueblo de Dios un signo de esperanza y consuelo. Por eso, hoy deseo invocar su intercesión maternal en nombre de aquellas comunidades que necesitan ser consoladas y seguir teniendo esperanza. Pienso en los hermanos y hermanas de Tierra Santa, que es también, por excelencia, la Tierra de María. Pienso en el pueblo ucraniano y en el pueblo ruso, ambos unidos por una devoción filial a la Santa Madre de Dios. Pienso en los cristianos que sufren discriminación o incluso persecución.


Sigo rezando en estos días por la población colombiana que sufre a causa del terremoto.


Me uno a estas comunidades y a todas aquellas que viven en contextos difíciles, y junto con ellas exclamo: “¡Santa María, ruega por nosotros!”.


Dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Castel Gandolfo y peregrinos venidos de Italia y de diversos países. ¡Gracias por su presencia y oración!


Les deseo a todos que puedan disfrutar de un tiempo de descanso, para reponer las fuerzas en el cuerpo y en el alma, también con alguna buena lectura y en contacto con la naturaleza.


¡Feliz fiesta y hasta mañana!


Papa León XIV



Fotos: Vatican Media, 15-8-2026

Santa Misa de hoy, sábado, la Asunción de la Virgen María, presidida por el Papa León XIV, en Asís, 15-8-2026


Foto: Vatican Media, 15-8-2026

15 de agosto de 2026.- (Camino CatólicoPor segundo año consecutivo el Papa celebra la Santa Misa en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en la parroquia Pontificia de San Tomás de Villanueva en Castel Gandolfo. En su homilía, este misterio, el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado por gracia de Dios, ilumina y transfigura a toda persona, llevándola a la gloria del Cielo. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

Devin Hays: «Me alejé de la fe en la secundaria, me diagnosticaron cáncer y me entregué a Dios: ‘Sea cual sea tu voluntad, es tu voluntad. Solo ayúdame a superar la parte mental’ y ahora atiendo a niños hospitalizados»

Devin Hays entregó su vida a Dios cuando le diagnosticaron un linfoma / Foto: El Pueblo Católico 

* «No ocultamos que somos cristianos y católicos. Pero también nos conectamos con las personas en su situación. Visitar a los enfermos es una Obra Corporal de Misericordia. Y a veces, esas visitas abren la puerta a conversaciones más profundas… Antes del diagnóstico, el hockey era sin dudar mi ídolo. Me siento agradecido por haber pasado por esto porque cambió mi perspectiva. Me enseñó lo grande que es el dolor en el mundo, pero también la gracia extrema que Cristo derrama a través de ese dolor»

Camino Católico.- Cuando Devin Hays sintió el primer bulto en la cabeza, estaba más preocupado por sus exámenes finales que por su salud. “Ese semestre me dio faringitis estreptocócica dos veces, lo cual ya era raro, pero cuando apareció el bulto pensé que solo tenía un resfriado extraño. “Estaba tosiendo, agotado y no me podía concentrar en clase, ni siquiera con una taza grande de café. Pensé que podía aguantar hasta el fin de semana”, explica a El Pueblo Católico de Denver

Para el viernes ya tenía un tercer bulto y la tos había empeorado, por lo que decidió ir a la clínica del campus el lunes por la mañana. “Pensé, ‘Ojalá me den algo para aguantar la semana de exámenes y luego me preocupo por esto cuando regrese a casa’”, recuerda Devin.

Lo que nunca se imaginó, es que le dijeran que tenía que ir al hospital lo antes posible. “No podían encontrar mi corazón en la radiografía. Había algo en la tráquea y el mediastino. Ahí supe que se trataba de algo serio”, reconoce.

El linfoma y la entrega a Dios

Educado en un hogar católico en Erie (Colorado), Devin se había alejado de la fe en la secundaria, ya que el hockey competitivo ocupaba mucho de su tiempo familiar.

Pero en ese momento de incertidumbre médica, algo más profundo despertó en él. “Por primera vez en mi vida, me entregué a Dios. Le dije: ‘Sea cual sea tu voluntad, es tu voluntad. Solo ayúdame a superar la parte mental’. Ese fue mi momento de rendición”, recuerda.

Al principio, los médicos pensaron que tenía linfoma —un tipo de cáncer tratable con buen pronóstico. Pero luego llegó la mala noticia: “Me dijeron que no era linfoma. Era leucemia. Agresiva. Incurable. Con una tasa de supervivencia a cinco años de apenas el 50%. Después de eso, baja”.

Parecía que todo se derrumbaba. Pero luego llegaron los resultados de la biopsia de una clínica en Iowa. “Me dijeron que sí era linfoma, y que era curable. Lo que sucedió fue que, o un patólogo del Mayo Clinic se equivocó, o algo cambió. Yo elijo creer que algo cambió”.

El tratamiento comenzó rápidamente y, aunque el cáncer respondió bien, la quimioterapia fue brutal. “En muchas ocasiones, la quimio casi me mata. Perdí todo el cabello. Mi cara se hinchó. Me veía muy enfermo”, comparte.

La intervención de la comunidad parroquial

Fue durante esa época que la comunidad que lo rodeaba intervino, especialmente en su parroquia natal, St. Scholastica en Erie.

“Me acerqué mucho al padre Rob Wedow, y él me ayudó a superarlo. Los Caballeros de Colón también fueron fundamentales. Aunque me veía enfermo, me trataron como a cualquier otro. Me dieron las mismas responsabilidades que a los demás, y en ese momento, eso significó muchísimo para mí”, asegura Devin.

Devin Hays con sombrero visitando a enfermos y sus familias en el hospital infantil Rocky Mountain Hospital for Children situado en el campus médico de Presbyterian/St. Luke's en Denver, Colorado / Foto: Instagram Hospital Homies

A pesar del tratamiento intenso, Devin se negó a atrasarse en sus estudios. “Hacía exámenes y pruebas mientras recibía quimio. Después me transferí a CU Boulder. Por la gracia de Dios, la universidad me va a tomar solo cuatro años, incluso con el cáncer.”

Pronto, el cáncer comenzó a remitir. Conforme va teniendo perspectiva, analiza y recuerda las peores partes de su enfermedad, como ver a sus familiares y amigos afectados. ”La parte más difícil fue ver a otros niños pasar por lo mismo. Me trataron en pediatría casi todo el tiempo, y ver sufrir a los niños es muy duro. Ese octubre, cuando ya estaba en remisión, pero aún en tratamiento, nos disfrazamos y repartimos dulces a los niños que también estaban hospitalizados”.

La asistencia a niños hospitalizados y sus familias

Actualmente es voluntario en la pastoral universitaria de CU Boulder, colabora con el grupo juvenil de la parroquia de St. Scholastica y es miembro activo de los Caballeros de Colón. A la experiencia que adquirió en estas iniciativas se suma ahora la que desarrolló a través de un proyecto dedicado por entero a acompañar a los pequeños ingresados y a sus familias, Hospital Homies.

“Tuve la bendición de conocer a Tim Tebow, un gran cristiano, y verlo amar a la gente me inspiró mucho. La noche antes de un viaje para recaudar fondos, me vino el nombre ‘Hospital Homies’. Fue algo demasiado bueno para que se me ocurriera a mí, especialmente con el cerebro afectado por la quimio”, dice entre risas.

La organización ahora es una entidad registrada dedicada a visitar a niños en hospitales y apoyar a sus familias. “No ocultamos que somos cristianos y católicos. Pero también nos conectamos con las personas en su situación. Visitar a los enfermos es una Obra Corporal de Misericordia. Y a veces, esas visitas abren la puerta a conversaciones más profundas”, dice.

Terminando sus estudios, Devin ya piensa en su siguiente proyecto, que en este caso será una empresa dedicada a la venta de artículos y coleccionables, especialmente monedas, buscando servir así a su proyecto matriz de caridad.

Devin Hays, en el centro de la imagen, visitando a enfermos y sus familias en el hospital infantil Rocky Mountain Hospital for Children en Denver, Colorado / Foto: Instagram Hospital Homies

“La idea es crear una fuente de ingreso estable para financiar el Hospital Homies. Necesitas medios para sostener tu misión, y esta es mi forma de hacerlo realidad”. Su nuevo proyecto tampoco pretende perder de vista su componente católico, y espera poder contar con una sección religiosa con medallas de santos, monedas pontificias antiguas y otros artículos devocionales.

Mirando atrás, cuando se encontraba alejado de la fe, no puede evitar corroborar que su transformación ha sido mucho más espiritual que incluso en lo estrictamente físico o de la salud.

“Antes del diagnóstico, el hockey era sin dudar mi ídolo. Me siento agradecido por haber pasado por esto porque cambió mi perspectiva. Me enseñó lo grande que es el dolor en el mundo, pero también la gracia extrema que Cristo derrama a través de ese dolor “, concluye.

Y esa gracia es la que Devin espera compartir por el resto de su vida. Por su profundo camino de entrega llena de fe a la voluntad del Señor y su profunda devoción al servicio a los demás, especialmente a quienes sufren profundamente, Devin Hays ha sido reconocido como el Discípulo del Mes en la Diócesis de Denver.