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jueves, 6 de agosto de 2026

Goran Tomašević, olímpico de waterpolo: «Al terminar el Camino de Santiago entregué mi vida a Cristo; hablé con Dios y le dije: ‘Estoy listo; estoy a tu servicio. Puedo llevar lo que sea necesario para ti’»

Goran Tomašević, de 36 años, afirma que los momentos vividos durante el Camino fueron intensos. «Sentí que solo estábamos Dios y yo», recuerda. / Foto: Cortesía de Goran Tomašević - National Catholic Register

* «Una vez, vi a una niña corriendo hacia mí, desde la dirección opuesta. Y al pasar a mi lado, me dijo: ‘Hola, Jesús te ama’ y siguió corriendo, riendo. Era como si no fuera real, como si la hubiera imaginado. Y me eché a llorar. En otra ocasión, en un albergue una señora me agarró la cara antes de que me fuera y no paraba de repetir: 'Goran, solo tienes que confiar'»

Camino Católico.- Goran Tomašević, de 36 años y nacido en Croacia, había estudiado en Estados Unidos, representado a Australia en waterpolo masculino en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y desarrollado una exitosa carrera como vicepresidente de un grupo global de servicios financieros con sede en Sídney. Cuando oyó hablar por primera vez del Camino de Santiago, su vida se encontraba en un periodo de transición.

“Hubo un gran cambio en mi vida”, declara Tomašević al National Catholic Register. “Una relación importante llegó a su fin. Estuvimos juntos durante 10 años, estábamos comprometidos, vivíamos juntos, incluso teníamos un perro y una casa juntos, y todo terminó”.

Casi al mismo tiempo, también dejó atrás una carrera de diez años que había consumido la mayor parte de su vida adulta. «El trabajo me absorbía el 90% de mi tiempo», explica, «y sentía que solo estaba ayudando a que los ricos se hicieran más ricos». Al dejar su trabajo, dijo, «fue como un divorcio».

Lo que siguió fue un viaje de autodescubrimiento que lo llevó por distintos caminos, desde la psiquiatría hasta experiencias psicodélicas en Sudamérica. Escuchar cómo el Camino de Santiago había ayudado a su sobrina a encontrar la autoaceptación, el amor propio y la paz tras sus dificultades conmovió profundamente a Tomašević.

Como sabía que "prefería pasar tiempo con [su] enemigo que solo", según sus propias palabras, decidió emprender un viaje de cinco semanas desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela, completamente solo.

Durante mucho tiempo había evitado las cargas que había soportado a lo largo de su vida sumergiéndose en el trabajo y el waterpolo. El viaje se convirtió en una oportunidad para afrontar esas dificultades. 

Goran Tomašević dice que todas las iglesias "eran muy accesibles", como la de la imagen / Foto: Bénédicte Cedergren - National Catholic Register

En las primeras etapas del Camino, cuando había menos gente, «me encontraba solo durante tres o cuatro horas en medio de la nada», dice Tomašević, recordando las llanuras desérticas de la Meseta. En esos momentos, comparte, «sentía que solo estábamos Dios y yo».

Criado en la fe católica en Croacia, Tomašević se había alejado de la Iglesia al sentir que la fe le era impuesta como parte de la cultura. «Pero a lo largo del Camino», comparte, «la cantidad de iglesias, cruces y sacerdotes... todo me pareció muy cercano. Todo se sentía muy afectuoso, como si dijera: "Estamos aquí si nos necesitas". Nada se sentía forzado. Se sentía muy amable». 

A través de las personas que conoció en su camino, Tomašević se transformó. Encontró a Dios no solo en sus historias de sufrimiento, esperanza y amor —desde batallas contra el cáncer y trastornos alimenticios hasta niños secuestrados y la pérdida de un cónyuge— sino incluso en los sencillos saludos de los transeúntes.

“Una vez, vi a una niña corriendo hacia mí, desde la dirección opuesta. Y al pasar a mi lado, me dijo: ‘Hola, Jesús te ama’ y siguió corriendo, riendo. Era como si no fuera real, como si la hubiera imaginado. Y me eché a llorar.”

“En otra ocasión, en un albergue”, recuerda, “una señora me agarró la cara antes de que me fuera y no paraba de repetir: 'Goran, solo tienes que confiar'”.

“La verdadera rendición se produjo al subir la montaña hacia O Cebreiro”, dice Tomašević. “Sabía que los últimos 7 kilómetros eran una subida empinada, y cuando llegó el momento, aceleré el paso. Hablé con Dios y le dije: ‘Estoy listo; estoy a tu servicio. Puedo llevar lo que sea necesario para ti’”.

Goran Tomašević, atleta olímpico, afirma haber experimentado muchos momentos de conexión con Dios durante el Camino de Santiago hasta entregarse a Cristo / Foto: Bénédicte Cedergren - National Catholic Register

El contraste entre su vida anterior y lo que vivió en el Camino de Santiago es radical. Durante años había evitado enfrentar sus heridas refugiándose en el deporte y el trabajo. El Camino lo obligó a detenerse, a escuchar y a abrirse a la fe.

"Sentí que Dios me reconocía", contó al recordar su llegada a la plaza de la Catedral de Santiago. "El sol se abrió paso entre las nubes, justo entre las dos torres, brillando directamente en mis ojos, y sentí como si Dios me dijera: 'Te veo. De ahora en adelante, estamos juntos'".

Ese momento, acompañado de lágrimas y temblores, selló su decisión: “Entregué mi vida a Cristo”.

La historia de Tomašević es singular porque muestra cómo incluso quienes han alcanzado la cima del éxito deportivo pueden descubrir un vacío interior. Su paso del waterpolo olímpico al Camino de Santiago simboliza un tránsito de la competición hacia la contemplación, de la búsqueda de medallas a la búsqueda de sentido.

Hoy, tras su experiencia, asiste con regularidad a misa y comparte su testimonio como un ejemplo de cómo el Camino puede ser un espacio de conversión y encuentro con Dios.

Para él, cada paso fue un acto de entrega, cada encuentro una revelación, y cada iglesia un recordatorio de que la fe puede ser cercana y acogedora.

Papa León XIV en homilía en Asís, 6-8-2026: «Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer, servir y abrazar; apuesten por la civilización del amor»

* «Hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza! El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! O mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios»

 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud»

 

6 de agosto de 2026.- (Camino Católico) En el Evangelio se puede encontrar un sentido y se puede vislumbrar un camino: es el que señala Jesús, en quien Dios se revela. León XIV tiene palabras claras para los 2.500 jóvenes reunidos hoy, 6 de agosto, en Asís con motivo del Go! Franciscan Youth Meeting 2026!, durante la misa que ha presidido en Santa María de los Ángeles. Cristo es el Maestro al que hay que seguir, junto al cual hay que avanzar hacia el futuro: “Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar. Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor”.



Y Asís es un lugar en el que «todo susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo», señala el Papa, recordando que «aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y luego de miles de otros jóvenes» al acoger el Evangelio «sin concesiones», y así «la vida de Jesús ha renacido en ellos».





En el día en que la Iglesia celebra la festividad de la Transfiguración del Señor, «un misterio de luz», «alegre, pero también lleno de interrogantes sobre el presente y el futuro», que el relato evangélico nos da a conocer mostrándonos también «el contraste entre la luz y la sombra, el silencio y las palabras, el asombro y la incomprensión», el Sumo Pontífice desarrolla su homilía partiendo precisamente de lo ocurrido en el Monte Tabor, donde, «en la transfiguración de Jesús», Dios mismo se reveló «en su gloria», señalando al Hijo e invitando «a escucharlo». 




Y León XIV remarca que «la Iglesia existe para llevarnos a este dinamismo de escucha y de decisión, en el que comprender para quién vivir y cómo vivir. Es la comunidad en la que aprender a distinguir la voz de Dios, que nunca coincide simplemente con nuestras opiniones, y atrevernos a esa obediencia al Espíritu Santo que ha hecho audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús». En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

A SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES – ASÍS


 SANTA MISA CON LOS JÓVENES PARTICIPANTES EN EL "GO! FRANCISAN YOUTH MEETING 2026"


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica Papal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula (Asís)

Transfiguración del Señor - Jueves, 6 de agosto de 2026



Queridísimos hermanos y hermanas,
queridísimos jóvenes:

La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen, desde hace siglos, muchos peregrinos —hoy también nosotros— porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo. Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos.

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia. En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): él se esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria. Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos. Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión. Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores. Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino. Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia.

Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz» (Mt 17,2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la resurrección. «Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve» (Mt 28,3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos! En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.

La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir. Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida. La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.

En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1).

Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús. Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre de 2025). Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios.

Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza! El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! O mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios. El Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 270).

Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo. Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar.

Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de paz también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte. Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración— actualizando de diversos modos la visión de Francisco. Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo el amor;
donde haya ofensa, ponga yo el perdón;
donde haya discordia, ponga yo la unión;
donde haya error, ponga yo la verdad;
donde haya duda, ponga yo la fe;
donde haya desesperación, ponga yo la esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo la luz;
donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

¡Aquí tenemos “hacia dónde” andar! Go! Pero también especialmente “cómo” andar:

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Queridos amigos: que estos días en Asís se impriman en su memoria y el retorno a casa, a diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan, del monte alto de la transfiguración. Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes, permanece siempre con ustedes.

PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 6-8-2026

Papa León XIV a los jóvenes en Asís, 6-8-2026: «De san Francisco aprendan la radicalidad evangélica: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús, humildes y acogiendo a todos»

* «San Francisco descubrió que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, fomenta el encuentro e invita al intercambio de dones. Así, intuyó que el Evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9): el Evangelio es su vida, su camino, su confianza inquebrantable en el Padre. Si nos reunimos en su nombre, Él viene en medio de nosotros (cf. Mt 18,20) y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera (cf. Jn 20,20). Esta alegría evangeliza más que las palabras, y no se puede ocultar»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con las preguntas de los jóvenes y las respuestas del Papa León XIV

* «Tomar una decisión para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo mayor. Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un recorrido en el que Dios anda con nosotros, y este es el verdadero sentido de toda vocación. La Biblia nos inspira a vivir así: como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia recibiendo como un don del Señor, la orientación y el sentido, para amar según sus designios (cf. 1 Co 13 y 1 Jn 4). La fe, la confianza y la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento» 


6 de agosto de 2026.- (Camino Católico).-  “De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos. No es fácil, pero da mucha alegría”, ha subrayado el Papa León XIV en su respuesta a Karolina de Zagreb, que ha sido una de las tres personas que le ha preguntado, esta mañana, en nombre de los 2.500 de jóvenes, de entre 18 y 33 años, reunidos en la Plaza de Santa María de los Ángeles de Asís, que participan del GO! Franciscan Youth Meeting, procedentes de toda Europa y de otros continentes. Entre ellos hay representantes de Bosnia y Herzegovina, Croacia, Polonia, Bélgica, Portugal, Suiza, Eslovaquia, Hungría, Reino Unido, Irlanda, Austria, Rumanía, España, Estados Unidos, Alemania, Vietnam, Francia, Sudán del Sur, Países Bajos, Chipre y Albania.

León XIV ha llegado a Asís en helicóptero alrededor de las 8:28 de la mañana. Tras aterrizar en las inmediaciones del Teatro Lyrick de Santa María de los Ángeles, fue recibido por Mons. Felice Accrocca, obispo de Asís; Stefania Proietti, presidenta de la Región de Umbría; Francesco Zito, prefecto de Perugia; Valter Stoppini, alcalde de Asís; y Massimiliano Presciutti, presidente de la Provincia de Perugia.

Este histórico encuentro del Papa en la Porciúncula se enmarca en las celebraciones del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. León XIV ha querido situar a los jóvenes en el centro de este año jubilar dedicado al santo de Asís.


Poco después, el Santo Padre se ha trasladado en automóvil a la Basílica de Santa María de los Ángeles. A su llegada al convento fue recibido por los ministros generales de las órdenes franciscanas: fray Massimo Fusarelli, OFM; fray Carlos Alberto Trovarelli, OFM Conv.; y fray Roberto Genuin, OFM Cap.

A través de tres preguntas formuladas por jóvenes provenientes de Croacia y de distintas regiones de Italia, el Santo Padre abordó algunos de los grandes desafíos que enfrenta la juventud de hoy: el testimonio cristiano en un mundo fragmentado, el valor de las decisiones definitivas y el amor a la Iglesia en medio de sus heridas. En el vídeo de Vatican News se visualizan y escuchan las preguntas de los jóvenes y las respuestas del Papa León XIV, cuyo texto completo es el siguiente:

VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES – ASÍS

DIÁLOGO DEL SANTO PADRE

CON LOS JÓVENES 


Santa María de los Ángeles (Asís)

Jueves, 6 de agosto de 2026


Pregunta de Karolina (Zagreb)

Santo Padre:

Me llamo Karolina, vengo de Croacia, de la parroquia y basílica de san Antonio de Padua, en Zagreb. Hemos crecido en parroquias franciscanas, acompañados por los frailes, aprendiendo de san Francisco que el Evangelio se anuncia ante todo con la vida, a través de la alegría, la sencillez, la fraternidad y la cercanía a cada persona. Gracias a esta experiencia, hemos descubierto una fe viva, que no se queda encerrada en las iglesias, sino que se convierte en servicio, acogida y esperanza para los demás.

Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo que cambia rápidamente, en el que muchos jóvenes tienen dificultades para encontrar puntos de referencia, para construir relaciones auténticas y para abrir el corazón a Dios. Nosotros también deseamos ser testigos creíbles del Evangelio en los lugares donde vivimos, estudiamos y trabajamos, llevando la luz de Cristo con el estilo sencillo y fraterno de san Francisco.

Santo Padre, ¿qué consejo nos daría a nosotros, los jóvenes que crecimos en la espiritualidad franciscana, para que podamos seguir siendo auténticos discípulos de Cristo y llevar esperanza a nuestros compañeros, sin perder la alegría del Evangelio, la sencillez del corazón y esa cercanía a las personas que hace creíble todo testimonio cristiano?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Karolina, por esta pregunta. Y, antes que nada, ¡Buenos días a todos ustedes! Un saludo también a los jóvenes que ya están dentro de la basílica y que, creo, nos siguen asimismo a través de las pantallas. ¡Me siento realmente contento de estar aquí con ustedes! Bueno, Carolina, gracias por esta pregunta. Creo que muchos, al escucharla, han notado que ya contenía parte de la respuesta, porque has dado testimonio del estilo de sencillez, fraternidad y cercanía que te ha convencido y te ha permitido madurar en la fe, formando parte de una comunidad, pero abierta a todos. Esto ha sucedido en una región de Europa que, hace tan solo treinta años, vivió la guerra y la peligrosa mezcla entre confesión religiosa y nacionalismo. En realidad, la presencia de los franciscanos había inspirado durante siglos el diálogo y había contribuido a la convivencia pacífica entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Hoy en día, ser fieles a esta tradición de cercanía significa ir a contracorriente, trabajando por la purificación de la memoria y cultivando la reconciliación.

A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos. No es fácil, pero da mucha alegría.

Intenten ahora imaginar, por un momento, cómo era el lugar en el que nos encontramos, hace ocho siglos. Aquí, en pleno campo, se habían reunido con Francisco cientos de jóvenes hermanos de toda Europa. Traten de visualizarlos, tal y como relatan las Florecillas: «viendo en la explanada, […] sentados a los hermanos por grupos; sesenta aquí, cien allá, doscientos o trescientos más allá, todos a una ocupados en razonar de Dios; unos llorando de consuelo, otros en oración, otros en ejercicios de caridad; y en un ambiente tal de silencio y de modestia que no se oía el menor ruido» (Florecillas de san Francisco, cap. XVIII). Ese silencio es lo contrario de la guerra, con su violencia, sus gritos y su crueldad. Las esteras de aquellos frailes, al igual que hoy los sacos de dormir de ustedes, hablan de paz. Esta es la Iglesia: una asamblea de hermanos y hermanas, a la que todos están invitados. Queridos jóvenes, ¡qué bonito es estar juntos para “razonar sobre Dios” y de esta manera, juntos en su luz, en su vida misma, en su belleza, en su misterio, en su seriedad! Den testimonio de este estilo en todas partes, especialmente en un tiempo en el que la tecnología hace que sea más difícil que las personas de carne y hueso compartan entre sí.

San Francisco descubrió que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, fomenta el encuentro e invita al intercambio de dones. Así, intuyó que el Evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9): el Evangelio es su vida, su camino, su confianza inquebrantable en el Padre. Si nos reunimos en su nombre, Él viene en medio de nosotros (cf. Mt 18,20) y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera (cf. Jn 20,20). Esta alegría evangeliza más que las palabras, y no se puede ocultar. Gracias.

Pregunta de Giovanni (Bolonia)

Santo Padre:

Me llamo Giovanni, tengo 27 años y vengo de Boloña. Los jóvenes vivimos inmersos en un mundo en el que reina la cultura de lo provisional y en el que nos asustan las decisiones definitivas sobre la vida. A pesar de ello, Dios, de una manera única y amorosa, nos habla continuamente y nos llama a seguirle, con una promesa de vida y de alegría, revelándonos poco a poco nuestra vocación.

Esta es mi pregunta: ¿Cómo podemos decirle un “sí” pleno y valiente, evitando “poner la mano en el arado y luego mirar atrás”, dando un peso excesivo a los cansancios y a las renuncias del camino? ¿Qué le ha ayudado a usted en su camino vocacional?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Giovanni, por esta pregunta que, diría yo, es valiente, llena del anhelo por lo que perdura. Hoy en día tendemos a hablar negativamente de lo provisional. Sin embargo, antes era la Iglesia la que educaba con insistencia en el sentido de lo provisional: este mundo pasa, el tiempo corre, las cosas terrenales son cambiantes. Sólo Dios permanece, porque Dios es eterno. Debemos preguntarnos, pues, qué ha cambiado, para no estar entre aquellos que añoran el pasado y, por ello, no afrontan el presente ni asumen responsabilidades para el futuro.

En casi todo el mundo está desapareciendo la estabilidad de las sociedades tradicionales; aquella, gracias a la cual, generaciones enteras solo podían ver cambios mínimos a lo largo de una vida. En su seno, todo estaba muy regulado y predeterminado. Entonces, el testimonio de la Iglesia invitaba a no acomodarse en un destino ya escrito, a discernir el valor de cada gesto individual en relación con la eternidad. Hoy, en cambio, con una interpretación a veces confusa de la libertad, nos ilusionamos pensando que la vida nunca se resuelve de una vez por todas, porque el contexto en el que vivimos cambia rápidamente y nosotros también cambiamos mucho. Con ello, sin embargo, aumentan asimismo el miedo y la posibilidad de perderse. En este contexto, el valor de tomar una decisión definitiva es quizás el acto más revolucionario.

Tomar una decisión para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo mayor. Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un recorrido en el que Dios anda con nosotros, y este es el verdadero sentido de toda vocación. La Biblia nos inspira a vivir así: como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia recibiendo como un don del Señor, la orientación y el sentido, para amar según sus designios (cf. 1 Co 13 y 1 Jn 4). La fe, la confianza y la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento. De este modo, en la fe desmontamos la ilusión de que los problemas se resuelven huyendo, traicionando o intentando dar unos pocos pasos por caminos siempre diferentes, sin llegar nunca muy lejos. De hecho, se pueden multiplicar las experiencias, los contactos y el consumo, pero permaneciendo siempre en el mismo punto. El coste humano es elevado y el vacío interior es profundo. No es raro que se llegue a utilizar a las personas y a ser utilizados por ellas. El “para siempre”, entonces, es una gracia a la que Dios mismo nos ayuda a responder con nuestra fidelidad, para alcanzar la plenitud de la vida (cf. Jn 10,10).

Desde la adolescencia es importante, por tanto, aprender a conocerse a sí mismo, a tomar decisiones y a arriesgarse —es decir, a responder a la llamada del Señor— sin dejar de hacerlo en la edad adulta, tanto en las decisiones ya tomadas como ante las que aún quedan por tomar. Es una aventura en la que nadie debe sentirse solo y que, al igual que la fe, durará hasta el último instante. Por mi propia experiencia, puedo decir que el Señor nunca me ha abandonado: siempre me ha acompañado, regalándome incluso personas con quienes caminar juntos. Así, en mi vocación a ser sacerdote, miembro de la comunidad agustina y misionero, he encontrado una especie de luz que me ha guiado hasta hoy, hasta el momento en que tuve que decir “sí” también a una llamada muy especial: la de ser Papa.

En la adhesión al proyecto único que Dios manifiesta para cada uno de nosotros, la llamada fundamental, inscrita en cada corazón, es una llamada a la comunión y no se escucha una sola vez, sino cada día. El pecado enturbia la claridad sobre este punto introduciendo, en los vínculos fundamentales, desconfianza, rivalidad y recelo. En cambio, gracias a Dios, toda vocación es también un camino de redención y sanación. La invitación de Jesús, que nos llama a seguirle, ilumina nuestra dignidad y nos hace honrar la de los demás, sintiendo confianza y depositándola en los demás: esta dinámica es tan liberadora que merece toda nuestra pasión. Gracias.

Pregunta de Luigi (Paternò, Sicilia)

Santo Padre:

Me llamo Luigi, tengo 22 años y soy de Paternò, un pueblecito de Sicilia. Soy portavoz de la Juventud Franciscana de Sicilia, un grupo de jóvenes que sigue el carisma franciscano. Me gustaría plantearle una pregunta sobre un aspecto de san Francisco que me llama mucho la atención.

«El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana» (Regla bulada I, 2). A pesar de vivir en una época en la que la Iglesia se veía marcada por contradicciones y dificultades internas, no elige el camino de la herejía; no ataca ni juzga a la Iglesia de aquel tiempo, sino que prefiere obedecer al Papa. La suya es una elección libre y revolucionaria, al más puro estilo «menor», cuyo único objetivo es vencer la miseria del juicio con la compasión y la reparación que sólo el Amor puede dar.

Hoy en día, muchos jóvenes dicen que “creen, pero no en la Iglesia” y, desde nuestras comunidades, observamos a veces una Iglesia con sus contradicciones y sus crisis internas; por eso me pregunto: ¿cómo hacemos para permanecer en este Amor reparador? ¿Por qué resulta difícil en la actualidad ver a la Iglesia como una Madre que, incluso con sus heridas, siempre está dispuesta a acogernos y a amarnos?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Luigi. Tu pregunta es una pregunta de actualidad, que nos lleva al corazón de la experiencia de san Francisco. Abordarla significa compartir un deseo: el deseo del Señor Jesús respecto a la Iglesia. Francisco lo escuchó mientras contemplaba al Crucificado. Deberíamos volver siempre a este deseo. Muchas personas a lo largo de la historia, y también ahora, no han podido experimentar la Iglesia tal y como Jesucristo quiere que ella sea. Esto causa sufrimiento, deja heridas y decepciones, y para algunos puede llegar incluso a convertirse en un obstáculo para creer.

En el Evangelio, Jesús nos alerta sobre este tipo de tropiezo, es decir, sobre el escándalo que sus discípulos pueden causar a los demás, especialmente a los pequeños y a los pobres. El deseo de Jesús —lo vemos en el grupo que desde el principio se forma a su alrededor— es reunir a un pueblo en el que se supere aquello que suele dividir a los seres humanos. Alrededor de Jesús se convierten en hermanos y hermanas hombres y mujeres que, de otro modo, nunca se habrían conocido o tratado. Cuando este milagro de la Iglesia sigue ocurriendo, gracias a Dios, sigue siendo sorprendente incluso hoy en día en nuestras ciudades, llenas de muros invisibles que nos separan unos de otros. ¡Cuántas discriminaciones y desigualdades podrían acabar de inmediato, en cuanto nos reconozcamos como hermanos y hermanas!

Hay, además, otro aspecto de esta revolucionaria unidad. Jesús dice: «¡Que no sea así entre ustedes!» (Mc 10,43), es decir, no debe ser como entre los grandes de la Tierra y los poderosos del mundo, que buscan protagonismo y se imponen sobre los demás. Por el contrario, Jesús nos dice: «el que quiera ser importante que se haga servidor de los demás; y el que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga esclavo de todos» (ibíd.). El deseo de Jesús para la Iglesia es claro: se trata de que nos convirtamos en su cuerpo y manifestemos su vida, seguir su ejemplo y ejercer un tipo diferente de fuerza, que no humilla, sino que levanta.

La Palabra de Dios, los sacramentos y la práctica del amor fraterno son caminos de transformación para hacer realidad en nosotros la imagen de Cristo. Francisco los recorrió: no dominar, sino servir; no aferrarse, sino recibir; no retener, sino devolver: es la vida de Dios la que repara la Iglesia y la convierte en un pueblo libre, un lugar de respiro y de salvación. «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala» (TC V,13): cada uno de nosotros tiene un papel en esta obra siempre en marcha. Tenemos diferentes responsabilidades y vocaciones, pero caminamos juntos, inspirándonos, ayudándonos y corrigiéndonos mutuamente. Es importante colaborar con nuestra parte. Entonces hablaremos de la Iglesia con el cariño con el que se habla de una Madre, porque reconoceremos que le pertenecemos. Será una forma sincera de amar a esas personas y a esa historia en la que Jesucristo viene a nosotros y permanece con nosotros. «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Con humildad, este es el Evangelio que anunciamos. Para compartir el deseo del Señor, pues, no hace falta que aparentemos ser mejores de lo que somos. Es necesario reconocer y dejar que Jesús Resucitado actúe en nuestra vida, en la historia de todos nosotros. Gracias.

Concluyamos esta primera parte pidiendo la gracia de Dios, la bendición del Señor para cada uno y para todos nosotros. [bendición]

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 6-8-2026