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lunes, 16 de febrero de 2026

Pablo Javier Reneo, 19 años, padece un grave cáncer: «Dios es mi Padre, estoy en su providencia; no sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío; la vida no es mía, pertenece a Dios, es un don que se me ha dado»

Pablo Javier Reneo vive su enfermedad confiado en Dios pese a que no sabe si se va a curar / Foto: Diócesis de Getafe

* «La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración»

Camino Católico.-  El testimonio de Pablo Javier Reneo, un joven de 19 años de Alcorcón, muestra cómo la fe puede transformar la experiencia del sufrimiento. Hasta hace poco, la vida de Pablo transcurría con normalidad. Estudiaba, salía con sus amigos y acudía a misa los domingos con su familia. Todo cambió cuando un dolor persistente en la rodilla comenzó a condicionar su día a día. Tras varias pruebas médicas llegó un diagnóstico inesperado: un sarcoma óseo poco frecuente y agresivo. Tenía 18 años y era plenamente consciente de la gravedad de la situación. Lo ha contado en la revista «Padre de Todos».

- ¿Cómo recibiste la noticia?

—Fue un shock. Entré en la consulta y el doctor me explicó con claridad lo que tenía. Aunque sabía lo que estaba pasando, me costaba asimilarlo. Pensaba: esto les pasa a otros, no a mí. Los primeros días estuvieron marcados por el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas sin respuesta.

- ¿Qué te ayudó en esos momentos iniciales?

—Mis padres me dijeron algo muy sencillo, pero muy fuerte: que Dios era mi Padre y que me quería. Al principio casi no lo entendía, pero ahora sé que esas palabras me sostienen cada día.

- Tras la operación y diversos tratamientos, la enfermedad continúa activa… Sin embargo, esa incertidumbre no se ha convertido en desesperanza. ¿Cómo afrontas ahora lo que viene?

—No sé qué va a pasar. Estoy en la providencia de Dios. No sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío.

Una llamada a vivir de otra forma

Para Pablo, la enfermedad ha supuesto un punto de inflexión profundo. Le ha obligado a detenerse, a mirar su vida con más verdad y a replantearse su relación con Dios. Mirar a Cristo en la cruz le ayuda a encontrar sentido incluso en los momentos más duros. Su sufrimiento ha servido para mucho, y no solo a él sino también a su familia.

Pablo Javier Reneo con sus padres / Foto: Diócesis de Getafe

- ¿Cómo te ha llevado la enfermedad a seguir más de cerca a Cristo?

—Ha sido una llamada muy fuerte, un toque de atención. Antes tenía muchos altibajos en la fe. A veces iba a misa casi por inercia y me preguntaba qué hacía allí, mientras mis amigos estaban fuera divirtiéndose. No siempre vivía con el corazón puesto en Dios.

- ¿La enfermedad te ha hecho tomar conciencia de tu propia existencia?

—He comprendido que la vida no es mía, que pertenece a Dios. No puedo guardármela para mí ni vivirla como si todo dependiera solo de mis planes. Es un don que se me ha dado y por el que tengo que dar gracias.

- ¿Qué papel tiene la oración y la fe en tu día a día?

—La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración. Dios actúa incluso donde no lo esperamos.

- ¿Qué has descubierto en este camino de oración y reflexión?

—Me di cuenta de que no es necesario curarse para cambiar o para seguir a Cristo más de cerca. Esta llamada también se puede vivir dentro de la enfermedad. Ahora sé que este tiempo que tengo es un tiempo de gracia.

- ¿A través de la enfermedad ha cambiado tu relación con Dios?

—Antes muchas veces vivía de espaldas a Dios. Ahora comprendo que la vida no es mía: pertenece a Él. No necesito curarme para seguir a Cristo más de cerca; puedo hacerlo ahora, incluso dentro de la enfermedad.

La oncóloga de Pablo: «La fe ayuda a llevar la cruz de otra manera» 

En la enfermedad de Pablo también tiene un papel importante la doctora Cristina Mata Fernández, oncóloga pediátrica del Hospital Gregorio Marañón y profesora universitaria: ella lo acompaña en su proceso de lucha vital. 

- ¿Cómo recuerda el primer encuentro con Pablo?
—Llegó tras su cirugía. Me sorprendió que hablara de la muerte con naturalidad. Su madurez y aceptación me ayudaron a acompañarle mejor. 

- ¿Qué aprendiste de Pablo como paciente? 

—Que la fe hace que la cruz se lleve de otra manera. Pacientes como él enseñan a todos a valorar la vida y a relativizar las dificultades pequeñas frente al sufrimiento. 

Adrián Fernández, 27 años: «Buscaba sentido a la vida porque pasaba por muchos sufrimientos y soledad, hice la primera comunión con 15 años, el Señor me ha ido transformando y el sufrimiento me ha acercado más a Dios»

Adrián Fernández, joven de 27 años, explica cómo Dios le ha fortalecido en el sufrimiento / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

* «Tuve un hijo en mayo y al nacer estuvo muy, muy enfermo, casi se muere… Y la verdad es que fueron unos momentos… Nunca he estado más unido a mi mujer, y nunca he estado más unido a mi familia y al Señor porque en el sufrimiento nos hemos hecho fuertes en la fe. En la medida en la que el Señor da sentido incluso a momentos tan oscuros la fe yo creo que madura y crece interiormente»

 Camino Católico.-  Adrián Fernández es un joven de 27 años residente en Alcalá de Henares que vive su fe en la parroquia de santo Tomás de Villanueva en el barrio de Espartales de la ciudad complutense. Está casado desde hace casi cuatro años con Sara, joven de la diócesis de Alcalá de Henares, y tienen dos hijos. Es terapeuta ocupacional y profesor de religión en un instituto público y en un colegio concertado. En una entrevista en la web de la diócesis habla de la evangelización como una aventura y una lucha a contracorriente, del sufrimiento al ver que la vida de su hijo pequeño peligraba, y del santo que vivió en una isla de leprosos. Así comienza a contar su camino de fe:

“Yo estoy bautizado de pequeño, gracias a mi abuela especialmente, porque mis padres no vivían la fe. Pero a partir de ahí no tuve contacto con la Iglesia durante 15 años. Cuando cumplo 15 años empiezo a tener un poco más de curiosidad por las cosas relacionadas con la fe, buscando un poco un sentido a la vida porque la verdad es que pasaba por muchos sufrimientos y por mucha soledad. No tenía una buena relación con mis padres”, asegura.

“Empecé a ir a una iglesia con mi tía en verano; tuve más curiosidad… Yo estudiaba en el colegio Alborada, y empecé a ir ahí a Misa; y a partir de esas experiencias y de esa curiosidad me ofrecieron conocer más al Señor. Recibí unas catequesis personalizadas por mi edad e hice la primera comunión con 15 años ahí en el colegio. La Confirmación poco después, y a partir de ahí mi vida ha girado siempre en torno a la fe y a la vida de la Iglesia”, relata Adrián.

Un hijo al borde de la muerte

A partir de ese momento, este joven profesor cuenta el punto de inflexión que hubo en su vida de fe:

“Me doy cuenta de que la primera conversión era volverse hacia Dios, empezar a conocerle, empezar un camino con Él. Pero luego quizás el cambio fuerte se ha ido dando cuando han llegado los momentos de más sufrimiento, porque el momento de sufrimiento es como el momento de inflexión. Al final las actividades, los retiros, las JMJ son momentos que me animan en mi fe porque veo que otros viven lo que vivo yo, pero es en los momentos de sufrimiento en los que yo he visto que el Señor me ha ido transformando. Y antes el sufrimiento lo vivía con angustia, con tristeza, y en la medida en la que se han ido dando momentos de sufrimiento eso me ha ayudado a acercarme más a Dios, en vez de alejarme de Él”.

Adrián Fernández cuenta uno de los peores sufrimientos de su vida: “Tuve un hijo en mayo y al nacer estuvo muy, muy enfermo, casi se muere… Y la verdad es que fueron unos momentos… Nunca he estado más unido a mi mujer, y nunca he estado más unido a mi familia y al Señor porque en el sufrimiento nos hemos hecho fuertes en la fe. En la medida en la que el Señor da sentido incluso a momentos tan oscuros la fe yo creo que madura y crece interiormente”.

El camino de fe con oración perseverante, grupos en los que da y recibe y santos

Actualmente, Adrián vive su fe así: “Intento cuidar siempre a diario tener un rato de oración, suelo ir a Misa todos los días… y luego tengo algunos grupos en los que me doy: formación a adultos o atención a ciertas personas… Y luego sobre todo hay grupos en los que recibo: grupos de matrimonios con los que compartir mi vida matrimonial, camino en una comunidad del camino Neocatecumenal en la parroquia Santo Tomás de Villanueva, y la verdad es que ahí precisamente compaginas las dos cosas: te entregas a los demás y creces en la fraternidad, y al mismo tiempo ellos son un apoyo en la vida de fe”.

Respecto a los libros que le han hecho crecer en la fe asegura que “siempre me han ayudado mucho las vidas de los santos, porque aprendo mucho de ellos y porque en ellos puedo ver cómo se vive la fe de forma auténtica. Me gustan las obras completas de santa Teresita de Lisieux y un libro que llaman “El Trochú”, que es una biografía del Cura de Ars”.

Y hablando de santos descubre cuál es su predilecto: “Me voy a quedar con san Damián de Molokai. Es un presbítero belga que se fue a una isla de leprosos donde nadie quería atenderlos porque al final la vida con ellos implicaba acabar enfermando y muriendo. Lo tachaban de loco incluso los hermanos de su propia Orden y le hicieron la vida bastante dura. Y la verdad es que esa decisión de estar siempre con el que más te necesita aunque eso implique entregar hasta la vida siempre ha sido un testimonio muy fuerte para mí”.

Adrián Fernández cree que la mejor forma de dar testimonio de Cristo es con la propia vida / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

La vida contracorriente con el Señor

Testimoniar su fe y caminar contrario al espíritu del mundo es cansado, pero con Dios es posible para Adrián: “La verdad es que siempre me he sentido como muy batallando ante el mundo, tanto antes como después del encuentro con el Señor. Entonces, la cosa cambió mucho porque ya estaba acostumbrado a ir a contracorriente, pero con el Señor ya la cosa era un poco diferente, ya uno se sentía acompañado. Uno se siente como despreocupado de lo que puede venir, ¿no? Porque sabe que hay alguien que lleva la vida”.

Y segura que “lo vivo con paz, con alegría. A veces me cuesta, porque sufro el rechazo, a lo mejor, de gente de mi familia o de gente con la que tengo más cercanía y eso siempre es duro, esa incomprensión tan cercana… Pero bueno, es una aventura, no lo vivo con intranquilidad sino con la alegría de ir viendo cómo la gente se ha ido acercando a Dios a partir de esa lucha de ir a contracorriente”.

Y en medio de esa lucha explica cómo evangeliza: “Es verdad que hago muchas cosas activamente, y a lo mejor hacemos desde la parroquia formación de adultos o en mi propio trabajo como profesor de religión  con los chavales siempre es un momento de evangelización, pero siempre considero que la mayor evangelización es con la propia vida. En la medida en la que yo salgo de mí mismo y la gente ve cómo esa entrega no viene de mí mismo, porque además me conocen y saben que por mí no me entregaría, yo creo que ese es el mayor testimonio: que otros vean cómo nos amamos. Y de ese amor pues que la gente verdaderamente diga ‘aquí hay algo diferente’. Más o menos es lo que me pasó a mí”.

Y también la fe de Adrián no esta ausente de cómo da su trabajo de profesor: “Yo creo que hace mucho que yo intento dar las clases con el entusiasmo de querer que eso no se quede únicamente en algo académico, que al final es lo primordial porque estamos en el entorno académico y tienen que aprender ciertas cosas que luego les sirvan para la vida en relación con la fe. Pero ese entusiasmo con el que transmito las cosas y con el que busco no solo que aprendan cosas sino que se encuentren con Alguien es la dinámica que intento seguir con ellos”.

Adrián Fernández concluye su testimonio completando unas frases con un enunciado inicial que le proponen:

“Los jóvenes son… la esperanza de la Iglesia.

Los jóvenes esperan… amar y ser amados.

La fe de los jóvenes… está especialmente dispuesta a entregar la vida”.

Milagros y conversiones al recibir la unción de los enfermos; dos personas y una bebé a punto de morir dadas de alta del hospital: «Es la fuerza de Cristo que sana»


De izquierda a derecha: los sacerdotes José Manuel Fuertes y Pablo Fra / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares 

* «El hospital es como un frente de batalla, ves de todo. Hace poco, una chica me llamó para que fuese a ver a su madre. La señora había renunciado a la fe, no apostató pero no quería saber nada de Dios. A esta mujer le detectaron un cáncer terminal y entonces los hijos llamaron al capellán. Fui a hablar con ella y de primeras dijo que 'le han llamado mis hijas, si yo no tengo fe, yo no quiero saber nada de Dios, ni de la Iglesia'. A la semana siguiente, esta persona que renegaba de Dios me pidió la confesión y la comunión. Pude hablar con ella, darle el sacramento de la confesión y fue muy bonito porque me dijo que ‘es como si hubiese hecho otra vez mi primera comunión, qué bueno es Dios conmigo‘ y empezó a hablar muy bien de Dios. A la semana siguiente le di la unción porque la iban a sedar y la familia me llamó»

Camino Católico.- La Diócesis de Alcalá de Henares cuenta con doce capellanes que prestan servicio en los cuatro hospitales públicos de la zona. La web de la diócesis acaba de contar con detalle el testimonio de alguno de ellos.

El sacerdote Pablo Fra lleva unos tres años como capellán del Hospital Príncipe de Asturias, en Alcalá de Henares. Explica que celebra la Misa a las 12 del mediodía un par de días a la semana. Además, este capellán está disponible para confesar, llevar la Comunión y dar la unción de enfermos. Unos sacramentos que no puede administrar sin una solicitud previa. «Nos tienen que llamar. Aunque si es alguien conocido, si es mi madre, un familiar mío o alguien de mi parroquia, yo puedo ir directamente. Pero lo normal es que nos tengan que llamar, es decir, yo no puedo invadir una habitación si antes no me llaman. Si me llaman, estoy a disposición de lo que me pidan. Normalmente, suelen pedir confesiones o, a veces, hablar con el capellán», indica Fra.

Y describe lo que le sucedió hace poco cuando le llamó una persona a la que han «detectado un cáncer terminal y lo que quería era hablar con el capellán porque estaba cabreado con el mundo, con la existencia… Entonces, ¿qué hice? Pues fui a allí a consolarla y a escucharla. Pero normalmente te tienen que llamar. Yo no puedo invadir la privacidad de las habitaciones, te tienen que llamar y es como una llamada de Dios que tú inmediatamente vas directo a donde te llaman».

Esta misma situación la vive el sacerdote José Manuel Fuertes, que atiende pastoralmente a los enfermos y sanitarios del Hospital Universitario del Sureste, ubicado en Arganda del Rey. Este capellán de hospital da «servicio a los enfermos y a aquellos que, de una manera especial, pasan por mayor dificultad, entre ellos los moribundos. Y también dar consuelo a las familias, sobre todo cuando tienes la oportunidad de dar una unción y atender a las familias en los momentos de mayor soledad y dificultad».

Los doce capellanes tienen unos horarios presenciales establecidos en los hospitales pero están disponibles 24 horas por si alguna persona necesita de ellos en cualquier momento del día o de la noche. Hay ocho sacerdotes que atienden esta pastoral a tiempo completo y otros cuatro que lo hacen a media jornada.

De la muerte a la vida

Fra explica que «a veces Dios te rompe los planes cuando tienes que dar estas unciones. Yo estaba un día en mi casa tranquilamente, cené y dije ‘no creo que me llamen del hospital’… Y entonces me llaman de urgencia, ‘¿es usted el capellán?’ Tenemos situación de pre-exitus, que en el lenguaje médico quiere decir que una persona está ya a punto de morirse. ‘¿Puede usted venir?’ Eran las once de la noche y yo estaba cabreado porque había estado viendo el partido del Real Madrid y había perdido. Estaba viendo una película, me quedé a mitad de la película, cogí el coche, estaba el vado de mi parroquia ocupado y cabreadísimo llegué. Encima ya sabes que se va a morir, todo un drama, llegué, di la unción, consolé a la familia y regresé a casa sobre la una de la madrugada. Al día siguiente, la persona que me había llamado para dar la unción, me llama. Yo digo, ya está, que ha fallecido. Me dice, ‘padre, que nos dan el alta, que esta persona piensa que eres Dios’… Y dije, ‘no, no, que ha sido el sacramento, es la fuerza de Cristo que sana, que yo no he hecho nada. Y entonces, pues las enfermeras me veían como Dios, pero yo no había hecho nada, había sido solo darle esa unción».

Voluntarios del SARC son bendecidos por los sacerdotes Pablo Fra y José Manuel Fuertes / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

Fuertes también ha presenciado la acción del Espíritu Santo en curaciones. Recuerda el caso de «una niña que bautizamos en la misma incubadora. La niña estaba prácticamente denostada para la vida y recibió el Bautismo y a los dos o tres meses la familia llamó pidiendo el Bautismo. No se podía repetir porque ya se había realizado pero se hizo una celebración de acción de gracias. A la niña le habían dado pocas horas de vida, salió adelante hace ocho o nueve años y ya ha hecho la Comunión y está llevando una vida normal. Y después recuerdo también particularmente un señor de 88 años. Estaba la familia rezando y fui a darle la unción. A las pocas horas notamos todos una mejoría y dos días después le dieron el alta. De hecho, todavía está vivo. Nos llamó la atención el hecho de que prácticamente estaba desahuciado y fue a recibir la unción y salir adelante».

Conversiones después de dialogar con el capellán en el «frente de batalla»

Los capellanes de hospital no solamente administran los sacramentos, también conversan y escuchan a los enfermos y familiares que lo solicitan.

Para Pablo Fra, «el hospital es como un frente de batalla, ves de todo. Hace poco, una chica me llamó para que fuese a ver a su madre. La señora había renunciado a la fe, no apostató pero no quería saber nada de Dios. A esta mujer le detectaron un cáncer terminal y entonces los hijos llamaron al capellán. Fui a hablar con ella y de primeras dijo que «le han llamado mis hijas, si yo no tengo fe, yo no quiero saber nada de Dios, ni de la Iglesia«. A la semana siguiente, esta persona que renegaba de Dios me pidió la confesión y la comunión. Pude hablar con ella, darle el sacramento de la confesión y fue muy bonito porque me dijo que ‘es como si hubiese hecho otra vez mi primera comunión, qué bueno es Dios conmigo‘ y empezó a hablar muy bien de Dios. A la semana siguiente le di la unción porque la iban a sedar y la familia me llamó. Pudo despedirse de sus mejores amigos, y antes de sedarla y que se quedase dormida pudo recibir la unción. En dos semanas recibió todo lo que se podía recibir. Ella misma, antes de dormirse del todo le daba gracias a Dios porque decía que la había recogido a última hora, es decir, Dios había esperado al final para encontrarse con ella. Cuando comulgó se emocionó, fue súper bonito. Luego ya, desgraciadamente, falleció».

Nina Benedikta Krapić, nueva subdirectora de la Sala Stampa: «Me agarraba fuerte al pecado con una mano y con la otra buscaba a Dios; fui a Medjugorje, Dios usó la mirada de una monja e hizo algo en mi y me consagré»

Nina Benedikta Krapić, Hija de la Caridad y periodista, ha sido nombrada subdirectora de la Sala de Prensa Vaticana / Foto de 2025 Dario Topic-Vecernji List

Camino Católico.- Nina Benedikta Krapić, Hija de la Caridad, croata de 36 años, ha sido nombrada nueva subdirectora vaticana del Dicasterio de Comunicación, en sustitución de la laica brasileña (y veterana periodista de Radio Vaticano) Cristiane Murray, en el cargo desde 2019.

La hermana Nina llevaba desde 2023 trabajando en el Dicasterio vaticano de Comunicación. Tomará posesión como subdirectora el 1 de marzo. Su superior es el periodista laico italiano Paolo Ruffini, en el cargo de director desde 2018.

Antes de llegar al Vaticano (donde estudia un doctorado en Ciencias Sociales en el Collegium Maximum de la Pontificia Universidad Gregoriana) fue jefa de prensa de Cáritas Diocesana de Rijeka (en Croacia) y aprovechó su título de Derecho de 2015 para acompañar y asesorar a niños y mujeres víctimas de violencia doméstica. En 2023 sacó otro título, en Relaciones Públicas, por la Universidad de Zagreb.

La hermana Nina declara haber sido una apasionada de la prensa y la comunicación desde su adolescencia, pero trabajando de periodista estuvo alejada de la fe muchos años, hasta que en una peregrinación a Medjugorje se convirtió y, de hecho, empezó a sentir la vocación religiosa. Cuentó su historia con cierto detalle en un testimonio en vídeo en 2022 (en croata), que Pablo J. Ginés traduce y sintetiza en Religión en Libertad.

Fascinada por el periodismo

Nina Krapić nació en Rijeka, Croacia, el 7 de junio de 1989. Se graduó en Derecho en la universidad de esa ciudad en 2015.

Desde adolescente estaba apasionada por el teatro, la radio y la comunicación. "Todo lo que me movía eran cosas relacionadas con el arte, los medios de comunicación y la política. No sabía de otra cosa y no sabía que existían otras cosas", recordaba en 2022.

Sólo le interesaba el trabajo, y sólo en el trabajo veía sentido. Cuando había elecciones, como periodista joven quedaba enganchada a la silla de redacción, buscaba, analizaba, editaba, publicaba, devoraba datos. "Ni siquiera dormía", detalla. Incluso pasados unos años, ya veterana en el oficio, "me quedaba en blanco cuando venía un senador o alguien importante, recuerdo que mi corazón latía, no podía respirar, sólo quería que esa entrevista saliera bien".

Pero llegó a una radio donde había católicos sinceros. Era la primera vez que conocía católicos con fe.

"Con ellos me di cuenta de lo que significa ser cristiano. Esa gente de verdad vivía con el Señor. Se querían de manera diferente, perdonaban de manera diferente, conversaban de manera diferente. Aquí yo despacito con ellos empecé a vivir los sacramentos. Regresé a la vida sacramental, volví a confesarme, a encuentros de fe. Pero, todo eso, muy a medias. Yo me agarraba fuerte al pecado con una mano, mientras con la otra buscaba a Dios".

 Nina Benedikta Krapić, a la izquierda, antes de su conversión cuando era periodista laica, y, a la derecha, siendo Hija de la Caridad / Fotos: Medjugorje tutti i giorni

A Medjugorje, casi por despiste y en minifalda

En una fiesta, una colega periodista la invitó a ir a Medjugorje. Ella, distraída, dijo "¡vale, bueno, apúntame!" Se olvidó por completo hasta que dos meses después la amiga le telefoneó: '¿Te acuerdas que este fin de semana nos vamos a Medjugorje?'" Ella buscó excusas para no ir, pero los compañeros en la radio le dijeron "vete, que te cubrimos en el trabajo".

"Estaba sentada en el bar con mi amiga Kristina, con mi ropa de la mañana, tacones y falda corta. Dije: Mira, Kristina, probablemente no tomaré ese autobús. Ven conmigo, miramos como es esa gente dentro del bus, y si no está bien, no entro".

Entró al autocar, pensando en irse... pero no se decidió a escapar. "Hasta la frontera estuve pensando si salirme. ¡Todo era demasiado! ¡Demasiados rosarios, demasiado rezo, todo exagerado! Yo pensaba: 'si siguen rezando, volveré con el cerebro lavado'".

 Nina Benedikta Krapić, ya Hija de la Caridad, cuenta su testimonio en el Mladifest de 2022, el festival de la Juventud de Medjugorje / Foto: Mladifest

Una confesión, y una mirada especial

En Medjugorje pasaron varias cosas. Una de ellas, fue que se confesó bastante en serio. "Confesé muchas cosas que no sabía que eran pecado, que vivía en el pecado", recuerda.

Al salir, cerca del confesionario había una monja. "Yo la miré a ella y ella me miró a mí. Era una mirada que no he encontrado nunca antes ni después. Nos quedamos mirando una a otra. Sus ojos estaban enfocados en mi profundidad".

"Aquí me di cuenta que no era ella, que era la mirada de nuestro Señor, que Él usó la mirada de la monja en ese momento. El Señor hizo algo en mi corazón".

Al día siguiente, los peregrinos subían al pedregoso monte Podbrdo, coronado con una imagen de la Virgen. "Perdí a mi grupo, aún no sé como, y me incorporé a un grupo de monjas. Viéndolas a ellas, con sus sandalias, lloré sin parar. Arriba, me dije: 'Cálmate, subiste la colina, ahora pídele a la Virgen todo lo que quieras'".

Y le pidió el regalo de ser madre. Ya que en lo profesional estaba bastante bien quería ahora un propósito familiar, tener hijos.

De vuelta en casa, monjas por todas partes

Pero una vez de vuelta en casa, en Croacia, notó que había cambiado mucho. Para empezar, veía monjas y más monjas por doquier, por las calles, por todas partes. Y su corazón latía fuerte, como antes cuando buscaba una noticia con alguien famoso o importante. Ahora le daba igual tratar con el Presidente o el Primer Ministro, ya no le emocionaba, ni tenía miedo a equivocarse en el trabajo. En cambio, se paralizaba al ver una monja cualquiera.

Quedó a tomar un café con una amiga, con sus tacones y vestido corto. Y se dio cuenta que no estaba a gusto. Se lo dijo. "No puedo levantarme y pasear así por la ciudad después del café. Me da vergüenza. Llevo vestido corto, mangas cortas, tengo vergüenza de caminar, no puedo levantarme", le dijo. Fueron juntas a la primera tienda y se compró una falda larga. Y su amiga le dijo: "A ti te ha pasado algo en Medjugorje, regresaste completamente diferente".

La hermana Nina Benedikta Krapić saludando al Papa León XIV (Ciudad del Vaticano, 11 de octubre, 2025) / Foto: Vatican Media

Entró en la capilla: "Este es tu lugar"

Nina conoció más religiosas y habló con ellas. En la capilla de las Hijas de la Caridad, nada más entrar, sintió: "puff, ya, ese es tu lugar, es tu casa". "No tenía que pensarlo más", asegura.

Dejó el trabajo, hizo un año de prueba, pero desde que entró en esa capilla "no tenía ninguna duda de que el Señor me llamaba y de lo que la Virgen hizo en Medjugorje". 

Entró en las Hijas de la Caridad en 2014. Inspirada por Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), tomó el nombre eclesial de Nina Benedicta. Hizo los votos perpetuos en 2019.

¿Y su petición de ser madre? Trabajando en Cáritas Diocesana pudo ser "madre" espiritual y cercana de muchos niños de familias rotas, golpeadas por la violencia doméstica. "Los tengo en mi corazón porque los quiero con amor que no es mío, que viene de la Virgen", detalla. Su carrera de Derecho le sirvió para ayudar a estas familias.

Entrevistada en 2022, añadía que de la Virgen aprendió a simplificar las cosas, a hacerlo todo más sencillo. Y de Medjugorje, sus viajeros y la gente que acoge, la importancia de acoger.

Este es el perfil de la mujer que, junto con Paolo Ruffini, a partir de marzo presentará la comunicación vaticana a periodistas de todo el mundo, de muy diversas lenguas, culturas, países e ideologías.

María Belén Simmermacher pasó del Mundial de hockey a ser monja: «Dios nos prepara para la vida eterna, algo misterioso que solo vamos a entender en el Cielo; vi con claridad que Dios me llamaba a la vida religiosa»

María Belén Simmermacher, en la foto enmarcada en la fila de arriba en el centro, como jugadora de hockey. Y a la derecha, ya como religiosa con el nombre de Maria Vergine dei Tramonti en la Basílica de San Pedro, en 2025, durante el encuentro por el Jubileo en el Vaticano / Fotos: Clarín - Familia Simmermacher

* «Llegó un punto en el que interiormente no podía dudar: quería dar toda mi vida a Jesucristo. Fue una gracia muy fuerte y muy concreta que aún hoy recuerdo. Es como cuando uno se enamora y luego se casa… Es para siempre… Momentos difíciles los hay, pero Dios da la gracia y nos ayuda. Y lo que es más cierto todavía es que cuando nos decidimos a darle todo, no nos pide nunca cosas más grandes de las que podemos hacer, no nos pide cosas imposibles, aunque sí difíciles, heroicas, cosas altas. El llamado de Jesucristo es a “cargar la cruz” (Lc. 9, 23) y a seguirlo… El llamado a la santidad es algo para todos los cristianos, cada uno según su vocación. Pero a algunos los elige de un modo especial, que mediante los votos se obligan libremente a llevar una vida de mayor perfección, viviendo castos, pobres y obedientes, practicando las virtudes y buscando en todo momento la perfección de la caridad»

Camino Católico.- Nació como María Belén Simmermacher pero, en el noviciado, cambió de nombre a Maria Vergine dei Tramonti. Vive en Lausana (Suiza) desde 2006 y es una de las tres religiosas en la Residencia Universitaria Católica Foyer Bon Accueil. Clarín cuenta su historia. Maria disputó el Mundial Junior de hockey femenino  de Buenos Aires 2001, aunque casi no jugó: unas semanas antes, en la Copa América con la selección absoluta, se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla derecha y retrasó su operación para estar en el equipo juvenil. Simmermacher era una gran promesa de buen juego, que apuntaló a las titulares, aunque estuviera fuera del campo.

“Dios me llamaba a dejar todas las cosas ‘del mundo’”

María, monja desde hace 20 años, asegura que “fue una experiencia muy fuerte y muy linda de mi juventud. Tenía 17 años, estaba en el último año del colegio cuando fui convocada al seleccionado junior para jugar el Mundial Sub-21 de 2001, que se disputó en abril en Quilmes. Como equipo obtuvimos la medalla de plata, y para mí fue un momento de gran crecimiento humano y deportivo, compartiendo un nivel de exigencia muy alto y representando al país… sigo amando el hockey y estoy al tanto de los resultados. Además, mis sobrinas son fanáticas del hockey, así que tengo que estar actualizada”.


María Belén Simmermacher, arriba, la tercera por la izquierda en 2001 cuando se jugó el Mundial Sub-21 / Foto: Clarín - Familia Simmermacher

Nacida en Argentina el 4 de octubre de 1982, Maria compaginó el hockey con sus estudios y su trabajo como Asistente de Contabilidad Administrativa. Hasta que, a los 23 años, entró al noviciado de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará y, después de un año, el 19 de marzo de 2007, tomó sus primeros votos religiosos. Su profesión perpetua llegó el 19 de marzo de 2013; tenía apenas 30 años.

“A fines de 2005 dejé voluntariamente el seleccionado y el hockey en el San Isidro Club. Fue una decisión ligada al proceso de discernimiento vocacional que estaba viviendo. Habiendo terminado la Licenciatura en Economía en la UCA, estando trabajando y jugando en el SIC y en el seleccionado, he visto muy claro que Dios quería otra cosa para mí, que me llamaba a dejar todas las cosas ‘del mundo’, para corresponder al llamado de amor y dilección que Él hace a las almas consagradas y que tiene pensado desde toda la eternidad. Para cada uno hay una vocación, al matrimonio, a la vida consagrada… y, según ese camino, Dios nos prepara para la vida eterna, es algo misterioso que solo vamos a entender en el Cielo. En ese momento vi con claridad que Dios me llamaba a la vida religiosa en el Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matara, al cual pertenezco hace 20 años”, explica.

El momento decisivo: los Ejercicios Espirituales de San Ignacio  

Y seguidamente relata cómo se gestó su vocación: “Por mi familia hemos tenido la gracia de siempre practicar nuestra fe, participar de la santa misa en familia, y realizar peregrinaciones. Recuerdo que todos los años esperábamos con ansias junto a mis hermanos las cabalgatas a caballo desde Luján a San Nicolás con la Virgen de Luján, patrona de la Argentina. Durante la universidad llevaba una vida normal: estudiaba, trabajaba, jugaba al hockey en la primera división, entrenaba a las divisiones más chicas del SIC y estaba en el seleccionado. El proceso vocacional comenzó después de recibirme, especialmente a partir de encuentros concretos con la vida religiosa. Conocí a las hermanas en Bariloche la primera vez en el verano de 2004, ¡y me invitaron a escalar una montaña! Durante el verano solemos hacer un tiempo de convivencia, en el sur de la Argentina o donde sea posible… Me llamó la atención el modo de vida, la sencillez y el espíritu de sacrificio y pobreza unido al clima de alegría”.

Durante un paseo con los jóvenes de la Residencia Foyer Bon Accueil / Foto: Clarín - Familia Simmermacher

El momento preciso en que tuvo claro que quería ser monja se produjo así: “Después de un tiempo de discernimiento, de conocer a las hermanas, participar en convivencias, visitar una casa de misericordia y hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, que es un retiro en silencio para los laicos, adultos, religiosos, llegó un punto en el que interiormente no podía dudar: quería dar toda mi vida a Jesucristo. Fue una gracia muy fuerte y muy concreta que aún hoy recuerdo”.

Respecto a que sintió en ese momento, María cuenta que ”es como cuando uno se enamora y luego se casa… Es para siempre… Momentos difíciles los hay, pero Dios da la gracia y nos ayuda. Y lo que es más cierto todavía es que cuando nos decidimos a darle todo, no nos pide nunca cosas más grandes de las que podemos hacer, no nos pide cosas imposibles, aunque sí difíciles, heroicas, cosas altas. El llamado de Jesucristo es a “cargar la cruz” (Lc. 9, 23) y a seguirlo… El llamado a la santidad es algo para todos los cristianos, cada uno según su vocación. Pero a algunos los elige de un modo especial, que mediante los votos se obligan libremente a llevar una vida de mayor perfección, viviendo castos, pobres y obedientes, practicando las virtudes y buscando en todo momento la perfección de la caridad”.

“Uno de los regalos más grandes que Dios puede hacer a una familia”

Según relata, “más allá de las dificultades que una decisión de este tipo puede implicar en un primer momento", siempre se sintió muy acompañada por su familia. "Finalmente, es siempre una alegría que Dios bendiga las familias con un hijo religioso… A veces suena un poco 'chocante' en nuestra sociedad… Pero si lo miramos con fe, dejando de lado lo sentimental, entendemos que es uno de los regalos más grandes que Dios puede hacer a una familia. Nosotros somos 39 primos, 4 religiosos y dos de ellos son sacerdotes".

María, con sus seis hermanos y su extensa familia / Foto: Clarín - Familia Simmermacher

"Es gracioso a veces escuchar personas que se sorprenden y dicen: '¿Fulanita entró al convento? No puede ser'. Es así, es un misterio de amor de Dios. Pero, uno se da cuenta de las pequeñas cosas que providencialmente suceden en la vida de cada uno, van marcando ese camino y preparando esa vocación, como por ejemplo la familia, la educación, los sucesos a veces fuertes de conversión, o simplemente un amigo, un buen ejemplo de una hermana, o el color del hábito, o una búsqueda por internet… En fin, son muchas las historias", agrega.

Los 20 años de camino como monja

María Belén Simmermacher argumenta por qué eligió como religiosa el nombre de María Vergine dei Tramonti: “Cuando recibimos el santo hábito religioso, durante el tiempo del noviciado (primer año de la vida religiosa), también cambiamos nuestro nombre como un modo de ‘ocultarnos al mundo y consagrarnos a Dios’. Todas llevamos el nombre de María y luego un título o advocación de la Virgen. El fresco Madonna dei Tramonti se encuentra en Asís, Italia, más precisamente en la Basílica de San Francisco, mi patrono y protector pues he nacido en el día de su fiesta, 4 de octubre. Está sobre una de las paredes de la Basílica Inferior, cerca de la tumba del santo, y se ilumina a la hora del atardecer. En la imagen vemos cómo el niño parece preguntarle a la Virgen María quién de los dos personajes la amó más y resulta que indica con el pulgar a San Francisco; del otro lado se encuentra el discípulo amado, San Juan Evangelista”.

Así rememora su itinerario como religiosa: “Estuve cinco años en las casas de formación en San Rafael, Mendoza, donde nació nuestra congregación. Luego, mis superiores me enviaron a continuar y completar mi formación en Italia. En nuestra forma de vida religiosa, los superiores nos proponen una misión y nosotras la aceptamos libremente. En Italia terminé mis estudios en Filosofía y Teología y recibí también el encargo de ser Maestra de Novicias en el noviciado internacional Madonna di Loreto. Más adelante, por pedido de mis superiores, estudié el bachillerato en Filosofía en la Universidad Urbaniana, y luego realicé la Licencia en Derecho Canónico y el doctorado, que concluí en 2019”.

En el centro de la foto, María durante su último cumpleaños, festejado en la Residencia Universitaria Católica suiza  / Foto: Clarín - Familia Simmermacher

Desde 2020 es misionera en Suiza: “En pleno contexto de COVID, mis superiores me propusieron venir a comenzar con nuestra primera comunidad en Suiza. Fue un gran desafío la inculturación en un nuevo país, pero también una experiencia misionera con muchos frutos. Acepté con gran alegría ser la Directora de la residencia universitaria donde vivo (@foyerbonaccueil) desde hace seis años. Actualmente somos 3 religiosas y 22 jóvenes universitarias en nuestra residencia en Lausana, ciudad que se caracteriza por ser centro universitario. Además, realizamos otros apostolados con familias y con niños. En contextos particulares como el de Suiza y, en general, el de Europa, el anuncio de Jesucristo resulta hoy especialmente necesario. Aunque muchas veces no se manifieste de manera explícita, existe una profunda sed de Dios y una apertura silenciosa a la presencia y al testimonio de la vida religiosa. La misión es una aventura, ¡vale la pena! ‘Id a todo el mundo, anunciad el evangelio!’ (Mc 16,15)”.