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sábado, 12 de septiembre de 2026

Ainara Santín Torrecilla alejada de la fe fue a China con una beca y allí tuvo su encuentro con Dios al conocer a dos musulmanas: «Llevaba 8 años luchando contra la bulimia, hice ayuno por el Señor y fui sanada»

Ainara Santín Torrecilla es de Madrid, y, aunque había recibido la fe en su familia, su encuentro con Dios sucedió en una temporada en China en la que hizo amistad con dos chicas musulmanas / Foto: Religión en Libertad

* «Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él… La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí»

Camino Católico.- Esta historia es la de una joven de Madrid que tenía la fe en su propia casa, en su barrio y en el colegio, pero que sin embargo, tuvo que ir al fin del mundo para encontrarse con Dios. 

La conversión de Ainara Santín Torrecilla empezó con un formulario de un gobierno comunista para obtener una beca con la que estudiar en China. En un apartado, el gobierno pide declarar la religión que se profesa, ya que en el país está prohibido todo culto fuera de los lugares exclusivamente registrados para ello. Ainara en un primer momento escribió "atea". 

Era lo más honesto: llevaba años sin confesarse y solo iba a misa por el miedo al qué dirán en su familia. Le estuvo dando vueltas varios días, con la solicitud a medio enviar, hasta que borró la palabra y puso "católica", pensando en sus raíces culturales y lo que había recibido en su familia, pero no en lo que ella creía.

Lo interesante de esta historia no es que alguien redescubra la fe, sino dónde: en una ciudad de once millones de habitantes, casi el triple que Madrid, con una sola iglesia católica y gracias a la amistad de dos compañeras musulmanas. 

"Lo que más sorprende a la gente es que fuera en China. " para mí es lo menos sorprendente: yo necesitaba empezar de cero, donde nadie me dijera absolutamente nada de por dónde debo tirar", dice ella a Diego Peralta en Religión en Libertad

Y es que Dios muchas veces es capaz de ir al fin del mundo con tal de buscar a la oveja perdida.

Una fe, en España, "más cultural que real"

Ainara se crió en un ambiente católico de manual: misa los domingos, catequesis y colegio concertado. Iba, aunque participaba tímidamente. Lo resume con una frase que retrata una gran parte de la sociología española: "Me he criado rodeada de una fe que era más cultural que real. Nunca llegué a interiorizar lo que creía”.

Cuando tuvo que elegir qué iba a estudiar, no sabía qué haría, pero sí que quería salir de su casa. Acabó en Sevilla estudiando sobre Asia Oriental, sola. 

Cuando se encontraba inmersa en un ambiente ateo o prácticamente anticlerical, "no tenía una base consolidada, no tenía fuerza para contestar a los argumentos que sacaban cuando atacaban la religión", cuenta.

Cortó con la fe, definitivamente, en tercero de carrera, con un intercambio en Taiwán. Viajó con dos chicas abiertamente contrarias a la Iglesia y dejó de ir a misa, primero por pereza y después por vergüenza. 

"Allí dio la casualidad de que había una iglesia a quince minutos, pero no iba porque no quería que se enteraran o por pura pereza”, recuerda.

Mantener la imagen ante su familia practicante

Cuando volvió a España de Taiwán, comulgaba sin confesarse. Iba a misa cuando estaba su familia delante, "por mantener la imagen", como cuenta ella misma. 

Una Navidad, tomando chocolate con ellos en una cafetería, su madre le preguntó si seguía yendo a misa. Dijo que sí, aunque no era verdad. "Me sentí tan mal que el resto del curso empecé a ir otra vez, porque estaba decepcionando a mis padres. Ahora en perspectiva veo que solo hacía eso por no sentirme juzgada."

Terminó la carrera y pasó un año en Madrid sin trabajo, sin estudios y sin ganas: días enteros vacíos, sentada en el sofá. “Cuando digo que me perdí es que literalmente no tenía motivación para nada." 

Solo una: la beca del Gobierno chino, trece plazas en toda España. Se la dieron. "Yo estaba huyendo, llevaba seis años huyendo, de mi vida, de mi casa, de todo lo que había recibido en definitiva."

Una Biblia del revés y dos compañeras musulmanas

Entre el formulario y el avión pasó otra cosa que describe como providencial: metió la Biblia en la maleta. Iba justa de peso —"pesa un montón y pensaba, ¿a dónde voy yo llevando esto?"— y aun así la cargó. Al llegar la colocó en la estantería dada la vuelta, con el lomo hacia dentro, para que nadie supiera que la tenía. No la abrió hasta meses después.

Lo único que se propuso fue ir a misa los domingos. Ni confesarse, ni rezar, ni buscar comunidad: mantener el hábito por pura costumbre, ya que tenía el recuerdo agridulce de lo sola y perdida que se había sentido en Taiwán. 

Sin haberlo planeado, el hostal donde se alojó los primeros días en una ciudad de millones de habitantes ¡estaba justo al lado de la única iglesia católica de la ciudad!

Con el jet lag se despertó a las cinco de la mañana y vio que había misa a las seis – en China el culto religioso es a horas intempestivas para no colisionar con el resto del día– y se sentó en los bancos de atrás. 

Lo que encontró le desmontó algo: chinos arrodillados en el suelo, rezando con devoción, y mucha más gente de la esperada. "Aquí el catolicismo no es la norma. La gente que viene es porque se lo cree de verdad. A mí eso me sorprendía: aquí tiene que haber algo. Y más en un país profundamente ateo donde la religión se mira con lupa y con recelo"

El segundo golpe llegó en clase. Eran siete alumnos y dos eran musulmanas, una yemení y otra marroquí. Ainara, que llegó con prejuicios y con miedo a ofenderlas; se encontró con dos mujeres que rezaban sin esconderse, que llevaban velo en un país donde está mal visto y que hablaban de Dios en voz alta.

 "Yo, que había puesto la Biblia del revés nada más llegar, de repente me encontré a gente súper abierta con su religión, que compartía con naturalidad lo que vivía y que lo hacía desde el corazón y con convicción. Me pintaban una imagen de Dios en la que realmente deseaba crear, aunque no sabía todavía cómo."

Una noche de viaje, la yemení se puso a rezar en la habitación, ya que en China está prohibido rezar en espacios públicos. Ainara sintió el impulso de rezar algo, lo que fuera, y así acompañarla y hacer algo mientras tanto. Buscó cómo rezar el rosario en el móvil porque no se lo sabía. Rezaron a la vez, cada una lo suyo. "Sentí con ellas una libertad de ir encontrando lo que yo quería."

Las tres amigas se fueron de viaje por toda la costa este china. En una iglesia de Qingdao, las musulmanas le señalaron una estatua. ¿Quién es este?, preguntaron "Creo que es San José", dijo ella. Y no supo defender nada más. 

"Me supuso un gran impacto no saber responder. Se suponía que tenía una infancia y educación católicas y no sabía responder nada sobre san José, ellas conocían mejor su historia incluso".

Esa tarde abrió la Biblia en el móvil para buscar la historia. Fue la primera vez que leía algo relacionado con la fe de manera voluntaria. Este fue el primer gran cambio de Ainara: descubrir que realmente nunca se había parado a profundizar en aquello que decía crear (aunque fuese solo culturalmente).

El rosario por teléfono y debates sobre religión

A partir de ahí todo se aceleró. Una amiga del colegio, también alejada de la fe, le escribió desde España transformada después de hacer un retiro de Effetá y empezaron a rezar el rosario juntas por teléfono todos los días salvando la diferencia horaria: mediodía en España y por la noche en China. Las llamadas de quince minutos acabaron durando dos horas.

Los debates con sus amigas musulmanas subían de nivel —la venganza, la pena de muerte, la misericordia— y Ainara empezó a formarse por su cuenta para sostener lo suyo. "Sentía un fuego interior y mucha sed", defiende.

El ayuno, la promesa y el tren cancelado

Llegó la Cuaresma, cuatro días después del comienzo del Ramadán aquel año, y las conversaciones derivaron al ayuno. Escuchando cómo ayunaban ellas, sintió rechazo por lo poco que se le pedía a ella con solo dos ayunos en todo ese tiempo litúrgico (Miércoles de Ceniza y Viernes Santo).

"Sentí una llamada muy fuerte a hacer un ayuno en condiciones, y sobre todo a hacerlo por el Señor". Y aquí hay algo que ella insiste en que se diga: llevaba ocho años luchando contra la bulimia, y el ayuno había sido siempre parte del problema, no de la solución, lo que hacía este propósito un poco más complicado debido a una relación problemática con la comida a la que ella todavía no había puesto nombre.

Le pidió ayuda a su compañera de habitación que le escondiera la báscula y que no la dejara pesarse ni un solo día. Sustituyó las horas de comer por rezar, leer la Biblia y pasear. Cuenta que llegó a hacer ayunos completos durante varios días seguidos, pero que en este caso su única motivación era la mortificación y unirse más a Dios.

Ainara Santín Torrecilla en varios de los destinos que visitó durante su año en China / Foto: Religión en Libertad

Ella seguía hablando a diario con su amiga en España y con sus dos amigas musulmanas en China. En medio de un debate en el que ella defendía la confesión, oía como se decía a sí misma en su interior: “Llevas cuatro años sin confesarte, estás hablando como una hipócrita”.

Ella era consciente de que no estaba en gracia y no podía seguir comulgando sin antes hacer una buena confesión. 

No había sacerdotes occidentales en su ciudad. Rezando, se acordó de que cuando había estado en Pekín, escuchó que en algún lugar había una misa en castellano. Montó un plan de película para el siguiente fin de semana, que además coincidía que era Domingo de Ramos: cogería un tren nocturno de dieciséis horas a Pekín, la distancia que separaba su ciudad de la capital, buscaría la iglesia el sábado, se confesaría y volvería directa en otro tren de dieciséis horas para las clases del lunes.

La semana se le vino encima: le cambiaron las clases y le encargaron un montón de trabajos que no podía hacer en el tren. Agobiada, salió al balcón de la residencia, se sentó en un taburete azul y le hizo a Dios una promesa que sabía que no debía hacer: "De aquí a tres días estoy confesada". Volvió a la habitación, miró el móvil y leyó: por razones desconocidas, el tren de mañana a Pekín queda cancelado.

"Mi primera reacción fue enfadarme. '¡Acabo de prometerte que me voy a confesar y me estás quitando las posibilidades!' El cabreo me duró treinta segundos." Después vino una paz que no supo explicar. Preparó la confesión en inglés con la app de notas del móvil y el domingo se plantó una hora antes en su iglesia, vacía, a preguntar en la tienda de artículos religiosos si alguien conocía a un sacerdote angloparlante. 

"En media hora llega uno que habla inglés y viene a confesar", le dijeron. Se confesó allí, sin tren y sin dieciséis horas de viaje. Salió con el ramo bendecido y con una sensación de paz indescriptible.

¡Jesús es el Señor!

Sin embargo, quedaba un muro por derribar: creía en Dios Padre con naturalidad, pero no terminaba de ver a Jesús como Dios. Escuchando una canción de alabanza que decía «Cristo es Rey» le chirrió tanto que llamó a su amiga para despotricar. 

En mitad de la llamada, mirándose al espejo del baño de los dormitorios, tuvo una imagen mental muy nítida: un camino de arena, gente a los lados y alguien acercándose hacia ella. "Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él." Hubo dos segundos de silencio al teléfono e inmediatamente comenzó a alabar a Cristo como Hijo de Dios.

Ocho años de enfermedad, borrados de golpe

Ainara pasó la Semana Santa en la basílica de Sheshan, en Shanghái, uno de los grandes lugares de peregrinación de Extremo Oriente. 

Y al volver ocurrió lo que no había pedido: entró a una tienda a por su atracón de comida habitual y salió sin nada. 

Ya en España, después de cenar, sacó las galletas y se quedó cinco minutos mirándolas. "De repente entendí cosas como que cuando estás lleno dejas de comer, que es algo que no entendía antes". 

Ocho años de enfermedad desaparecieron en un instante. Hasta el día de hoy afirma que no ha vuelto a sentir la necesidad de repetir los comportamientos que tanto le habían hecho sufrir. "Ese es mi milagro, mi sanación." Y lo subraya: solo había pedido ayuda para llevar bien los ayunos de Cuaresma.

Contarlo en casa le daba algo de respeto. 

Sus padres, que habían sido durante muchos años coordinadores nacionales de Encuentro Matrimonial, un movimiento eclesial para matrimonios, ni siquiera sabían que había perdido la fe ni que estaba enferma. Se lo contó todo este verano de 2026. "Me dijeron que les daba pena no haber sido participes de mi vida, pero se llevaron una gran alegría". 

Hoy vive en Madrid, ha empezado dirección espiritual, ha sido monitora en un campamento, tiene una comunidad parroquial que buscó a propósito porque sabía que sola volvería a perderse, y un novio que no entraba en ningún plan. 

También reconoce que hay bajones. "El impulso inicial ya no lo tengo. Y me da rabia, porque cuando la gente me pide testimonio lo cuento y digo: ¿cómo es posible que ahora haya cambiado tanto todo, si he vivido todo esto en mi propia piel?".

"La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí", entiende hoy. Y tiene una advertencia: no hay que rendirse en los momentos de menos fe, vale la pena sostener lo básico, y aceptar de vez en cuando que el Señor te cancele el tren. 

martes, 11 de agosto de 2026

Magda en una confesión volvió al Señor que obró milagrosamente para que pudiera tener 4 hijos por intercesión del Beato Honorato de Biała: «Antes de conocer a Dios, vivía con miedo; he aprendido a confiarle todo»

Magda, su esposo Zenón y sus cuatro hijos / Foto: Archivo Własne - Aleteia

* «En el hospital, mientras lloraba y estaba aterrorizada, una enfermera me preguntó si podía rezar por mi. Fue entonces cuando Dios nos ayudó. Una paz inmensa me invadió. Comprendí que Dios estaba con nosotros. Esta confianza me trae una paz profunda. Sé que Dios siempre vela por nosotros»

Camino Católico.- Durante su primer embarazo, los médicos le dijeron a Magdalena que una grave enfermedad genética representaba un riesgo mortal tanto para ella como para su bebé. También le aconsejaron que no volviera a embarazarse. Sin embargo, más de veinte años después, Magda es madre de cuatro hijos.

Consagrada a la Virgen María desde niña por su madre, Magda creció en la fe en Polonia. En su adolescencia, la lectura de un libro sobre las almas del purgatorio impactó profundamente su vida espiritual. Sin embargo, durante la secundaria y luego en la universidad, se fue alejando gradualmente de la Iglesia y los sacramentos, atraída por las fiestas con sus amigos. Durante este tiempo, su familia continuó orando por ella y por su conversión, hasta que un día, su parroquia recibió una imagen del Señor de la Misericordia. Al verla, Magda sintió de repente el deseo de confesarse. Así fue como regresó a la fe. 

Durante la Jornada Mundial de la Juventud en Roma en el año 2000, se dio cuenta de que se podía amar la música rock, como ella, y aun así vivir la fe plenamente. Entonces se unió al movimiento Renovación en el Espíritu Santo, asistió a varios retiros y pronto conoció a Zenón, un joven creyente apasionado por la música, de quien se enamoró y con quien se casó en 2003.

Un diagnóstico impactante y la ayuda del beato Honorato de Biała Podlaska

Magda quedó embarazada de su primer hijo. Pero apenas ocho semanas después, un fuerte dolor en la pierna izquierda reveló una trombosis masiva. Los médicos descubrieron entonces que padecía trombofilia hereditaria grave. El diagnóstico fue alarmante: tanto un parto natural como una cesárea presentaban grandes riesgos para la madre y el bebé.

“En el hospital, mientras lloraba y estaba aterrorizada, una enfermera me preguntó si podía rezar por mi. Fue entonces cuando Dios nos ayudó. Una paz inmensa me invadió. Comprendí que Dios estaba con nosotros", recuerda a Dorota Niedźwiecka en Aleteia. La enfermera también le dio una oración por su hijo, que recitó durante todo su embarazo.



Magda y su esposo Zenón / Foto: Archivo Własne - Aleteia

En su octavo mes de embarazo, un amigo jesuita le aconsejó que encomendara a su hija al beato Honorato de Biała Podlaska en su festividad. Este frailencontrarmee capuchino polaco luchó por la independencia de Polonia en el siglo XIX y fundó 27 congregaciones y comunidades religiosas que trabajaron para preservar la fe y ayudar a los perseguidos. El beato también se distinguió como un eficaz intercesor en las dificultades familiares. Magda comenzó entonces a rezarle junto a su esposo y, contra todo pronóstico, el parto transcurrió sin mayores complicaciones. Su hija, Ania, nació sana.

Una nueva prueba y una recuperación inesperada

Los médicos recomendaron esperar antes de considerar otro embarazo. La pareja entonces consideró la adopción. Pero antes incluso de iniciar el proceso, Magda descubrió que estaba embarazada de nuevo. "Nos enteramos en un día simbólico: Nochebuena. Comprendimos que este hijo tan deseado era un regalo de Dios", relata Magda. En su octavo mes, Magda comenzó a sentir dolores de espalda y de costado. Mientras buscaba un lugar tranquilo para rezar, entró en una iglesia capuchina y se encontró cara a cara con el retrato del Beato Honorato de Biała Podlaska. Lo interpretó como una señal providencial y le encomendó a su hijo y el parto una vez más. Dos meses después, su hijo Stas nació sin complicaciones.

Un mes después de dar a luz, Magda supo que la enfermedad aún la aquejaba. También padecía otra enfermedad genética: espondilitis anquilosante. El dolor era a veces tan intenso que ya no podía cargar a sus hijos. Durante el día, su madre los cuidaba, y por la noche, su esposo. Decidió ofrecer este sufrimiento a Dios en oración. Unos meses más tarde, recibió otro diagnóstico: osteoporosis avanzada. "Tenía miedo. Me preguntaba qué iba a pasar después", relata.

Seis meses después de este diagnóstico, durante una misa de sanación oficiada por una figura carismática, escuchó las palabras: "Magdalena está curada de osteoporosis". Convencida de que era ella, se sometió a más pruebas. Los resultados demostraron inequívocamente que la osteoporosis había desaparecido. Los médicos incluso repitieron las pruebas para confirmar lo que apenas podían creer. Para Magda y su esposo, esta curación fue una invitación a intentar tener un tercer hijo. Desde el comienzo de este tercer embarazo, lo encomendaron una vez más al Beato Honorato.

Un accidente providencial y una entrega total a Dios

Unos meses después, Magda sufrió un accidente de coche. El accidente le provocó un parto prematuro y salvó la vida de su bebé. Los médicos descubrieron un nudo grande en el cordón umbilical. Unos días después, podría haberse apretado por completo y su bebé podría no haber sobrevivido. Pero el pequeño Antos nació sano y salvo, y Magda organizó una misa de acción de gracias. Descubrió que se celebraba el día de la festividad del beato Honorato. Magda sonrió: "Lo vi como una confirmación de que él seguía velando por nosotros", confesó.



Magda y su familia / Foto: Archivo Własne -
Aleteia

Poco después, la pareja encontró la casa de sus sueños, por la que habían orado durante mucho tiempo. Fue en esta época cuando nació su cuarto hijo, Krzysiu. Mientras tanto, a pesar del empeoramiento del dolor articular, Magda conoció a un médico que la ayudó a adoptar un estilo de vida más saludable y eso la ayudó a recuperar su vida. Pudo retomar su trabajo como psicóloga y, junto con su esposo, se involucró activamente en la vida de la Iglesia. Hoy, dirige dos grupos de oración para el rezo del rosario.

Al reflexionar sobre su camino, Magda encuentra un hilo conductor: la presencia fiel de Dios a su lado y la constante intercesión del beato Honorato. "Antes de encontrarme con Dios, vivía con un miedo inmenso. Hoy, a pesar de las dificultades, he aprendido a confiarle todo. Esta confianza me trae una paz profunda. Sé que Dios siempre vela por nosotros".

martes, 28 de julio de 2026

Dos nuevos milagros atribuidos a San Charbel en 2026: La abogada Georgianne Walker de EEUU sanada de una seria infección en el abdomen y la libanesa Racha Charbel de un tumor en la columna vertebral

Monasterio de San Marón, Annaya (Líbano), donde se encuentra el santuario y la ermita de San Charbel | Foto: ABBOUD AZER - Shutterstock.

Camino Católico.-  A principios de 2026 fueron reportados dos nuevos milagros atribuidos a la intercesión de San Charbel: uno en Estados Unidos y otro en el Líbano, ambos relacionados con la curación de dos mujeres contra toda expectativa médica, según publica ACI Mena.

Venerado por los fieles como el "médico del cielo", San Charbel está asociado ahora con más de 30.000 milagros reportados. Desde su ermita en las montañas del Líbano hasta las habitaciones de hospitales, su intercesión continúa llegando a los necesitados, trascendiendo fronteras, culturas y generaciones.

Un caso de sanación en Estados Unidos

La abogada Georgianne Walker, nacida en 1975 en South Bend, Indiana, relató que se sometió a una cirugía abdominal en diciembre de 2024, la cual fue seguida pronto por una seria infección en la parte inferior del abdomen. Esta le causó un dolor intenso y una ansiedad persistente, requiriendo seis semanas de tratamiento con antibióticos. Si bien los síntomas disminuyeron gradualmente, la herida quirúrgica permaneció abierta, inflamada y sin cicatrizar.

A pesar del cercano seguimiento por parte de su cirujano y otros profesionales médicos, la herida no mostró mejoría. Durante diez meses, Walker cambió sus vendajes a diario debido al sangrado continuo. Al no observarse mejoría, su cirujano finalmente concluyó que era necesaria una segunda operación para extirpar el tejido inflamado y programó una nueva cirugía.

En septiembre de 2025, Walker contó que recibió la visita de George Issa, un amigo libanés que había sanado por intercesión de San Charbel Makhlouf tres años antes. Issa trajo consigo un pequeño frasco de aceite de San Charbel y la animó a orar por su intercesión y ungir su herida con el aceite.

El uso del aceite bendito ha sido una práctica arraigada en la tradición cristiana oriental y continúa hasta nuestros días. En el caso de San Charbel, esta antigua costumbre permanece activa. Los monjes del Monasterio de San Marón en Annaya continúan bendiciendo el aceite con las reliquias del santo y lo distribuyen a los fieles que piden su intercesión para la curación y otras gracias.

Walker relató que rezó y aplicó el aceite a la herida, tras lo cual sanó por completo. Dijo que tuvo una recuperación completa y ya no fue necesaria la segunda cirugía. Para la abogada, su curación fue por la intercesión de San Charbel y agradeció tanto al santo como a Issa. Afirmó que este acontecimiento le cambió la vida.

La curación se registró oficialmente el 17 de enero de 2026.

Una recuperación sin explicación médica

El segundo milagro reportado en el 2026 tuvo como beneficiara a Racha Charbel, quien nació en 1987 en Jezzine, un pueblo de montaña en el sur del Líbano. Ella ingresó en el hospital el 1 de octubre de 2025 debido a un fuerte dolor de espalda. Una resonancia magnética realizada bajo la supervisión de su médico, Christian Atiya, especialista en neurocirugía y cirugía vascular, reveló que tenía un tumor en la columna vertebral identificado como un meningioma, de 2,3 cm de largo y 0,3 cm de grosor.

Según su médico, el tumor no respondía a la medicación, representaba un riesgo para los nervios y vasos sanguíneos raquídeos y solo podía tratarse mediante extirpación quirúrgica. Se programó una resonancia magnética de seguimiento tres meses después para controlar su progresión y se fijó el 7 de enero de 2026 como fecha de ingreso hospitalario en caso de que fuera necesaria la cirugía.

Racha relató que en la noche del 6 de enero puso su mano sobre la imagen de San Charbel que colgaba sobre su cama y, antes de dormirse, pidió al santo que intercediera por su sanación.

En la mañana del 7 de enero de 2026, regresó al hospital para una nueva resonancia magnética. Se le informó que el examen duraría aproximadamente 45 minutos y que podría prolongarse si fuera necesario. La exploración se completó en unos 20 minutos y reveló un hallazgo inesperado: el tumor había desaparecido por completo.

Según Racha, su médico le dijo que no había explicación médica para la desaparición y que un tumor así no podía desaparecer sin intervención quirúrgica.

El 17 de enero de 2026, Racha Charbel realizó una visita de agradecimiento al Monasterio de San Marón en Annaya, donde registró oficialmente la curación y presentó los informes médicos pertinentes. Posteriormente declaró que la experiencia marcó un punto de inflexión en su vida y profundizó su fe.

Un santo y un río de misericordia

El santo libanés, sacerdote y monje ermitaño de rito maronita, era ampliamente conocido por las intercesiones que le atribuían católicos, musulmanes y seguidores de otras religiones, como los drusos. San Charbel falleció el 24 de diciembre de 1898. Fue beatificado por el Papa Pablo VI el 5 de diciembre de 1965 y canonizado por el mismo pontífice el 9 de octubre de 1977.

En diciembre de 2025, el Papa León XIV se convirtió en el primer pontífice en visitar la tumba de San Charbel durante su viaje al Líbano.

León XIV describió la intercesión del santo como “un río de misericordia”, recordando en particular la peregrinación mensual que se celebra el 22 de cada mes en memoria de un milagro concedido a una mujer llamada Nouhad El Chami, una devoción que sigue atrayendo a miles de peregrinos.

lunes, 27 de julio de 2026

Annie: «Tenía que hacerme diálisis de urgencia y dije a san Charbel: ‘Te he rogado tanto y no has hecho nada; ahora tienes que curarme’; Luego, el médico al ver los análisis afirmó: «¿qué has hecho? Ya no necesitas diálisis»

Annie, devota de San Charbel, en el Líbano / Foto: Vatican Media

* Annie, que reza al santo todos los días desde el anuncio de su médico, atribuye su «curación milagrosa» al santo patrón del Líbano. Ella entregó toda la documentación médica al sacerdote encargado de analizar las curaciones en el monasterio, segura de ser la 14ª persona salvada por San Charbel Makhlouf en 2024

Camino Católico.- Annie y su hermana Seta viven juntas en un barrio popular de Beirut. Viuda y sin hijos, Annie no tiene ingresos. Seta, en cambio, trabaja, pero su salario, en millones de libras libanesas, representa sólo unas pocas decenas de dólares mensuales. Demasiado poco para vivir, no lo suficiente para sobrevivir. Annie perdió su trabajo bien remunerado como secretaria en 2004 debido a un estado de salud frágil, víctima del descarte de los más vulnerables en su empresa.

Después de este despido, desarrolló pequeños trabajos, pero nunca recuperó un empleo estable. En 2017, cayó gravemente enferma de cáncer. Sin trabajo ni seguro, la atención médica le era inaccesible. Fueron las Pequeñas Hermanas de Jesús y María quienes acudieron en su ayuda. Gracias a este apoyo, pudo seguir un tratamiento pesado y curarse.

En su pequeño apartamento de tres habitaciones, se ilumina con pilas eléctricas. La compañía eléctrica nacional suministra energía a la ciudad unas dos horas al día. Durante las horas restantes, aquellos que tienen los medios se permiten los servicios de proveedores de electricidad privados, que gestionan gigantescos generadores dispersos por toda la capital, alimentados con fueloil y extremadamente contaminantes. Al moverse por la ciudad, el olor a gasóleo es omnipresente.

Un día a día al céntimo

Hacer las compras, alimentarse, es un rompecabezas diario para las dos hermanas; todo es caro y está fuera de su alcance. Pero el principal problema sigue siendo el acceso a la atención médica. Annie es diabética y necesita tres dosis de insulina cada día. Estos cuidados cuestan 100 dólares al mes. También aquí, la congregación religiosa hace lo posible por ayudarla cuando Seta, la hermana de Annie, no logra encontrar suficiente insulina en los centros de salud públicos. «Le guardo rencor al gobierno», denuncia Annie, «¿en qué país un gobierno no se preocupa por sus ciudadanos?»

Cuando cuenta su historia, tiene lágrimas en los ojos. «Sin embargo, siempre soy optimista», dice, «es cierto que hay momentos en los que veo todo negro, pero me recupero rápidamente» dice a Jean-Charles Putzolu en Vatican News. Además, el año 2026 se anuncia complicado para Annie y su hermana. Las dos mujeres viven en un apartamento de alquiler cuya renta podría aumentar considerablemente a partir de enero, cuando entre en vigor una nueva legislación. Simplemente temen ser desalojadas y realojarse será casi imposible debido a sus bajos ingresos.

Al igual que Annie y Seta, una gran mayoría de libaneses vive por debajo del umbral de la pobreza, en un país que una vez fue calificado como la «Suiza de Oriente». Las dos hermanas están lejos de ser un caso aislado.

Monasterio de san Charbel Makhlouf en el Líbano, donde el Papa León XIV rezó ante la tumba del santo / Foto: Vatican Media

Devota de San Charbel

Antes de su enfermedad, Annie, armenia-católica, se dirigía muy regularmente a la tumba de San Charbel en el monasterio de Annaya, donde el Papa León XIV ha orado el lunes 1 de diciembre de 2025. Rezaba ante el ermitaño maronita. El deterioro de su estado de salud le impidió continuar su peregrinación durante varios años.

El año pasado, sin haber recibido insulina durante tres días, se preocupó. Un análisis de sangre reveló valores alarmantes. Un médico del hospital le pidió que se hiciera diálisis de urgencia. Pero fue imposible encontrar un lugar de inmediato. El sistema sanitario público está saturado.

Mientras esperaba que le dieran una cita, su sobrina la visitó y le ofreció una imagen del santo maronita; ella se puso tensa y se molestó un poco: «Me dirigí a San Charbel mirando la foto. Le dije: “¿por qué no me has ayudado? Te he rogado tanto y no has hecho nada por mí. Ahora tienes que curarme”». Pasaron quince días, y Annie se hizo otro análisis de sangre. No entendió los resultados y dejó que el médico del hospital se ocupara de interpretarlos por ella. «Annie, ¿qué has hecho? Tus valores son normales, ya no necesitas diálisis», le dijo.

Annie, que reza al santo todos los días desde el anuncio de su médico, atribuye su «curación milagrosa» al santo patrón del Líbano. Ella entregó toda la documentación médica al sacerdote encargado de analizar las curaciones en el monasterio, segura de ser la 14ª persona salvada por San Charbel Makhlouf en 2024.

sábado, 23 de mayo de 2026

A sor María Fabiola Villa la Virgen de Fátima la sanó de una pancreatitis incurable y su médico le dijo que era un milagro: «Dios sana el cuerpo pero sobre todo el corazón, porque el milagro es ante todo creer en Él, en su Amor»

Hermana María Fabiola Villa: Sanada de una pancreatitis incurable por mediación de la Virgen de Fátima

* «En la eucaristía en Fátima, Me concentré en la Misa y en el momento de la consagración sentí un dolor insoportable. Estaba a punto de desmayarme y estaba convencida de que iba a morir. Sólo alcancé a tartamudear: ‘Dios, estoy en tus manos’. Cuando el sacerdote levantó la Hostia, el dolor desapareció repentinamente, como si un interruptor la hubiera apagado. No pensé en el prodigio, el milagro. Estaba feliz de estar bien»

Camino Católico.- La revista Maria con te cuenta la historia de sor María Fabiola Villa, que en 2022 tenía 88 años, y cómo la Virgen la sanó de una pancreatitis incurable.El 26 de abril de 1988, después de 14 años de enfermedad y sufrimiento, María Fabiola fue milagrosamente curada de su enfermedad crónica por intercesión de Nuestra Señora de Fátima.

María Fabiola nació en Verderio Inferiore (Lecco) y se unió a la congregación de la familia del Sagrado Corazón de Jesús con solo 18 años.

14 años de enfermedad

Al poco tiempo empezó a sentirse mal: calambres muy fuertes en el abdomen, fiebre alta. La operaron de apendicitis pero la situación no cambió, al contrario, empeoró aún más. Siguió una terapia de purificación del hígado pero su estado de salud no mejoró.

No podía llevar una vida normal. Solo comía pan seco y pasaba todo el día en cama por los dolores que la aquejaban. Después llegó el diagnóstico: pancreatitis crónica incurable.

La ausencia de enzimas pancreáticas que activaran los procesos digestivos estaba causando la destrucción de su páncreas. Era un cuadro clínico desolador.

Con sufrimientos pero contenta

Sin embargo, en el largo calvario de la enfermedad incapacitante que aquejaba a su cuerpo, la religiosa no perdió nunca la fe en el Señor y continuó encomendándose a Jesús y a la Madre Celestial:

"La ferocidad de ese mal nunca venció a la esperanza, nunca me hizo perder el contacto con María. Seguí confiando ciegamente en la Virgen, siendo devota suya. Mientras sufría terriblemente, en mi corazón me sentía libre, gozosa, llena de fe".

Esta es la primera gracia que recibió: la paz del corazón. No maldecía su historia, ofrecía y oraba con el alma serena.

Peregrinación a Fátima

A pesar de los terribles dolores, la religiosa decidió partir en peregrinación a Fátima, pues sentía a Nuestra Señora llamándola.

Los médicos le aconsejaron que no viajara en su estado pero Sor María insistió. No quería darse por vencida.

En la mañana de la partida para someterse a las inyecciones habituales, no pudo participar en la Santa Misa.

"Alguien del grupo que iba a partir para Fátima dijo que la presencia de un paciente tan grave les impediría llegar a su destino. Respondí que moriría a los pies de María. Pero estaba bien que me fuera".

El vuelo llevaba dos horas de retraso y la monja aprovechó para ir a rezar a la capilla del aeropuerto:

"Allí vi una cruz con un Cristo estilizado que me impresionó particularmente. Y me vino espontáneamente dirigirme a Jesús diciendo: "Jesús, yo también estoy en esa cruz… voy a tu madre -le dije de nuevo a ese Cristo en la cruz- pero no me escuches, escucha siempre a tu madre".

Una canción en honor a María

Una vez en Fátima, los peregrinos se reunieron para cenar, pero sor María Fabiola se encontraba mal.

Deseaba ir a visitar el santuario pero no era posible. Así que en el vestíbulo del hotel decidió cantar una canción en honor a la Virgen e invitó a los demás huéspedes a hacer lo mismo.

En poco tiempo se formó un coro que alababa unido con entusiasmo y fe:

"Había una energía especial en el aire. Lo recuerdo bien".

26 de abril de 1988: Su vida cambió

Al día siguiente, 26 de abril de 1988, la monja fue finalmente a la iglesia a ver a la Virgen de Fátima. Y ahí sucedió el milagro.

Con palabras llenas de asombro, emoción y agradecimiento, Sor María Fabiola cuenta:

"Me concentré en la Misa y en el momento de la consagración sentí un dolor insoportable. Estaba a punto de desmayarme y estaba convencida de que iba a morir. Sólo alcancé a tartamudear: "Dios, estoy en tus manos". Cuando el sacerdote levantó la Hostia, el dolor desapareció repentinamente, como si un interruptor la hubiera apagado. No pensé en el prodigio, el milagro. Estaba feliz de estar bien".

"Nuestra Señora de Fátima me tomó en sus brazos"

“Nuestra Señora de Fátima me había tomado en sus brazos y me había dado la gracia de curarme”, dice Sor María que no confió a nadie lo que había vivido. Permaneció en un gozoso silencio para disfrutar de los frutos de este repentino bienestar redescubierto.

Comió con todos sin sentirse mal, participó en viajes y excursiones, dejó de tomar medicinas.

Al regresar a casa, su médico le dijo que se ha recuperado por completo, que había sido un milagro:

"Volví a Fátima para agradecer a María, para contarle a la gente lo que me había pasado, para hablar de cómo el Señor usa a los pobres como yo, cómo Dios sana el cuerpo pero sobre todo el corazón, cómo nos muestra un camino hacia la alegría. Porque el milagro es ante todo creer en Él, en su Amor".