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martes, 27 de octubre de 2026

John Smith, de 14 años, cayó a un lago helado y estuvo muerto 45 minutos: Cuando llegó su madre, gritó: «’¡¡Dios Santo!! ¡¡Por favor, envía a tu Espíritu Santo a salvar a mi hijo!!’; y dijeron: ‘¡Tenemos pulso, es un milagro!’»

John Smith, cuando compareció ante los medios, ya recuperado

* «Para ser honesto, no recuerdo mucho, aunque sí recuerdo los tubos… Sabía que había un montón de gente ahí en un rincón rezando por mí. Y escuchando lo que dicen los médicos, estoy sorprendido del resultado. Es un milagro que esté vivo, y doy gracias a Dios por estar vivo. Y debe de haber una razón por la que estoy vivo, así que voy a seguir lo que Dios tenga preparado para mí durante toda mi vida»

Camino Católico.- Un hombre caminaba cerca de uno de los lagos de Lake St Louis (ciudad cercana a St Louis, Missouri, Estados Unidos) cuando vio tres niños jugando sobre su delgada superficie helada. Les advirtió del peligro y les dijo que salieran. Los chicos obedecieron, pero cuando caminaban hacia la orilla, la advertencia se cumplió y desaparecieron en el agua.

Un cuarto de hora a 4°C

Cuando llegaron los servicios de rescate, rápidamente avisados, uno de ellos estaba casi en la orilla y otro se mantenía sobre el hielo, pero el tercero... seguía en el agua. Según declaró el jefe de bomberos, Chris Fay, al canal local KSDK (afiliado a la NBC), tardaron entre 13 y 15 minutos en sacarle. Los sanitarios le encontraron sin pulso, aunque consiguieron recuperar "algunos signos de vida" y le llevaron al Hospital Infantil San José.


Allí el médico que recibió en el servicio de urgencias a John Smith, de 14 años, era casualmente Kent Sutterer, padre de una compañera de John en la Living Word Christian School: "La idea que me hice fue muy triste, porque había muy pocas posibilidades de supervivencia", explica el doctor, quien registró su temperatura y era de unos peligrosos 31,1°C.



Una de las deportivas de los chicos quedó en la superficie del lago, como testigo de la tragedia... que no llegó a suceder

Se pusieron manos a la obra y estuvieron 27 minutos realizando maniobras de resucitación cardiopulmonar, que se sumaron a las que el equipo de emergencias había realizado desde el momento en el que le sacaron del agua y durante su traslado al centro hospitalario.


Invocación al Espíritu Santo


"Estuvo muerto durante 45 minutos", afirma el doctor Sutterer. Fue entonces cuando salió a hablar con su madre, Joyce, que ya había llegado, para trasladarle las pésimas perspectivas e invitarla a entrar en la habitación y ver a su hijo.


Y sucedió lo inesperado.


Al entrar la señora Smith en la sala de resucitación, "empezó a rezar a voces", evoca el médico. "No recuerdo qué dije", afirma Joyce, "pero sí que grité «¡¡Dios Santo!! ¡¡Por favor, envía a tu Espíritu Santo a salvar a mi hijo!! ¡¡Quiero a mi hijo, por favor, sálvale!!» Hasta ese momento no habían tenido pulso, y de repente les escuché decir: «¡Tenemos pulso, tenemos pulso!»".



Brian y Joyce, los padres de John


"Uno o dos minutos después, su corazón funcionaba de nuevo", dice Sutterer, quien no duda en añadir: "Su corazón arrancó cuando el Espíritu Santo escuchó la oración de su madre".


Ni rastro de lesiones graves

Pero eso aún no implicaba victoria, porque las lesiones causadas por la hipotermia y por la falta de riego sanguíneo podían ser devastadoras y todavía presentaba síntomas incompatibles con la vida. Dos horas después del accidente, John fue transportado por vía aérea al Centro Médico Infantil Cardenal Glennon para su mejor observación y tratamiento.


Allí le atendió el doctor Jeremy Garrett, veterano pediatra intensivista, quien, a pesar de que le recibió ya con pulso, va más lejos que Sutterer a la vista del estado interno que se esperaba encontrar y el shock circulatorio: "Es un auténtico milagro". Aunque la inmersión en agua helada puede preservar la función cerebral en pacientes con problemas de corazón, explica, "eso no tendría que haber funcionado en el caso de John", pues no sucedió de manera controlada: "Por lo cual, que el cerebro de John se haya enfriado protegiéndose así de la falta de riego sanguíneo y de oxígeno, es un milagro en sí mismo".



Los doctores Jeremy Garrett (izquierda), pediatra intensivista, y Kent Sutterer (derecha), médico de urgencias, coinciden en señalar como "milagro" que John sobreviviese a lo que le pasó


La familia intensificó sus rezos, y el martes 20 hizo una declaración pública ante el interés que había suscitado lo acontecido: "Confiamos en Dios para su curación. Hemos visto el poder de la oración. Pedimos oraciones por nuestro hijo".



John Smith, rodeado de su familiares y del equipo médico que le trató


Lebron James vs Michael Jordan

Y ni siquiera el experimentado Garrett esperaba lo que sucedió: 48 horas después del accidente, John abrió los ojos. El doctor le hizo un reconocimiento neurológico aprovechándose de la pasión del chico, el baloncesto: "Le dije, imagina que tu mano izquierda es Lebron James y tu mano derecha es Michael Jordan. Luego les hice una serie de preguntas y las respondió todas perfectamente".



Los compañeros del equipo de baloncesto de John le visitaron en el Hospital Cardenal Glennon


Al cabo de dos semanas de estar al borde de la muerte por hipotermia y parada cardiorrespiratoria prolongada, y tras recuperar mediante rehabilitación parte de la movilidad perdida de las manos, John recibió el alta y se fue a su casa.


"Voy a seguir lo que Dios tenga preparado para mí"


Y ¿qué dice él de todo esto? "Para ser honesto, no recuerdo mucho, aunque sí recuerdo los tubos", dice el joven, a quien no ha faltado la compañía del pastor de su comunidad, Jason Noble: "Sabía que había un montón de gente ahí en un rincón rezando por mí. Y escuchando lo que dicen los médicos, estoy sorprendido del resultado. Es un milagro que esté vivo, y doy gracias a Dios por estar vivo. Y debe de haber una razón por la que estoy vivo, así que voy a seguir lo que Dios tenga preparado para mí durante toda mi vida".


Su padre Brian, está también convencido de que alguna intervención sobrenatural hubo: "Sé que no encaja en nuestras estrechas mentes actuales, pero... no puedes negar la evidencia clínica".

jueves, 1 de octubre de 2026

Lizzetta Escalante: «Me alejé de Dios, pero ante una operación en la que podía morir oré: ‘Señor, todavía no te conozco lo suficiente como para vivir una eternidad contigo, no me lleves aún, déjame conocerte’»


Lizzetta Escalante evangelizando en Youtube 

* «El médico nos dijo tras la operación: ‘¿Ven esa herida aquí, que está como quemada? Eso lo debía hacer yo. Cuando el ovario salió, ya estaba cerrado, por eso no te moriste. Yo no creo en Dios, pero debo admitir que este no fui yo» 

Camino Católico.-   Solo tenemos una cosa asegurada en la vida: la muerte. Es un tema del que muchas personas temen hablar, incluso entre católicos. Pero es importante conversar sobre ello para tener una buena preparación hasta el fin de nuestras vidas. "Le dijo Jesús: 'Yo soy la resurrección (y la vida). El que cree en mí, aunque muera, vivirá'" (Jn 11, 25).

Lizzetta Escalante, laica consagrada de votos privados, evangelizadora y dirigente del apostolado Ruah, cuenta la historia de su conversión a Yohana Rodríguez en Aleteia; un momento en el que estuvo cerca la muerte.

Lizzetta Escalante / Foto: Cortesía de Lizzeta Escalante

Conociendo a Cristo

A pesar de que le presentaron a Jesús desde la infancia, ella no sentía la cercanía de un Dios amoroso, por lo que su acercamiento a las enseñanzas de la Iglesia no fue más allá de la preparación a los sacramentos. Así que ella, al no encontrar ejemplo en las personas o pensar que la Iglesia era un negocio (porque le cobraron una Misa de difunto), decidió alejarse y atacar la religión.

Lizzetta Escalante / Foto: Cortesía de Lizzeta Escalante

Un día, su madre le insistió asistir a una adoración:

“Me obligó a ponerme de rodillas delante del Santísimo, con una frase que me mató; '¿cómo es posible que yo tenga una hija de carne, con un corazón de piedra?'” 

Ese comentario le afectó porque, aunque ella era muy altruista, se dio cuenta de que nada de lo que hacía era por Dios. Estaba en una etapa de “encontronazos con Dios; no entendía cuál era el sentido de creer en Él”.

Al poco tiempo se fue a Estados Unidos, en lo que discernía cuál iba a ser su profesión. Al estar allá, se dio cuenta de que sentía una soledad y vacío tremendo que la llevó a una crisis existencial. 

Cuando regresó a su hogar, se dio cuenta de que sus amigas habían cambiado porque meses antes habían vivido un retiro espiritual. Se sentía tan fuera de lugar que, cuando le ofrecieron irse de misiones, aceptó.

Fue a esas misiones solo por seguirles la corriente, pero esta experiencia marcó el inicio de su nueva vida. Se encontró con un Dios tan grande que le enseñó la pobreza espiritual en la que estaba viviendo. Fue un encuentro muy profundo. Quien la conocía antes no podía creer lo que presenciaba. Comenzó a asistir a Misa, a dirección espiritual y formación. “Fue una radicalidad que no vino de mí, definitivamente, pero yo no entendía nada, fue una gracia”, comenta.

Lizzetta Escalante orando en Youtube 

Un paso cerca de la muerte

Una noche del 2012, mientras estudiaba para sus exámenes de la universidad, sintió un fuerte dolor en la pared abdominal.

“Me doblaba del dolor y me dieron muchas ganas de ir al baño. Y escuché en mi conciencia, un mandato muy fuerte, que yo creo que fue mi ángel de la guarda; ahora que vayas al baño, despierta tu mamá y que te acompañe. 

La desperté y cuando entramos al baño, me desmayé. Ella me agarró, y si mi mamá no hubiera estado, nadie en mi casa se entera y me hubiera desangrado”.

Lizzetta tuvo una rotura de quiste ovárico que causó un fuerte sangrado. Al llegar al hospital, el doctor la revisó y le dijo que tenía una peritonitis y que debían operar de urgencia. Y aunque todo se veía alarmante, ella sintió una paz y fortaleza, proveniente del Espíritu Santo.

El doctor le aseguró que este era un procedimiento que había realizado en muchas ocasiones y Liz preguntó: “¿cuántas han salido vivas”. Él respondió “varias”. Fue ahí cuando a Liz le cayó el peso de la situación; podía fallecer. Mientras hacía efecto la anestesia, hizo esta oración:

“Señor, yo todavía no te conozco lo suficiente como para vivir una eternidad contigo, no me lleves aún, déjame conocerte. Te prometo que si me das otra oportunidad, te voy a conocer”.

Ella era consciente de que vería a Dios, y le daba alegría; pero al mismo tiempo, le daba vergüenza porque ella sabía que desperdició su vida al no conocerlo. 

Lizzetta Escalante / Foto Cortesía de Lizzeta Escalante

Dios le permitió salir con éxito de la cirugía, pero lo que más le sorprendió fue cuando el doctor les enseñó un bote que contenía el ovario, y les dijo:

“¿Ven esa herida aquí, que está como quemada? Eso lo debía hacer yo. Cuando el ovario salió, ya estaba cerrado, por eso no te moriste (...) Yo no creo en Dios, pero debo admitir que este no fui yo”.

Fue una gran impresión para Lizzetta. Una curación que no tenía explicación. Los meses siguientes estuvo en recuperación y, en cuanto sintió mejoría, se dedicó al apostolado. Trabajó con niños diagnosticados con cáncer que le enseñaron una gran sensibilidad y un nuevo pensamiento:

“Yo no sé cuándo me voy a morir y no vivo con miedo a la muerte. Señor, te quiero conocer a tal grado, que cuando estemos juntos, no haya necesidad ni siquiera de que me cuentes de ti”.

Su vida se convirtió en una constante oración. Si antes se esforzaba en su vida de fe, ahora era mucho más dedicada. Sentía un llamado de Dios, de conocerlo más, de fortalecer la relación. Experimentó cómo Dios hablaba a su corazón. 

Ver la muerte de forma cristiana

Ella vive con una visión de la muerte cristiana, en donde hay paz, confianza y abandono en Dios. Convence a su mamá y amigas de que hay que dejarlo todo en manos de Dios, pues Él decidirá en qué momento está planeado el encuentro; y, al mismo tiempo, les recuerda que es bueno que desde este momento se preparen, conscientemente, de lo que mostrará al Señor cuando llegue el juicio.

Lizzetta Escalante con un grupo ejerciendo su ministerio / Foto Cortesía de Lizzeta Escalante

“La muerte le da sentido a la vida cristiana. Un cristiano que no espera la muerte como algo anhelado, ¿a qué se está preparando? Esta vida es para disfrutar y prepararse, para morir”.

Liz mencionó que es importante hablar con Jesús, tener una comunicación directa a través de la oración. No podemos esperar escuchar a Dios si no somos capaces de tener un encuentro con Él en nuestra vida diaria. 

Pero también es necesario recibir formación sobre nuestra fe; esta debe ser una de nuestras prioridades, porque quien no se interesa en su religión, “se está perdiendo de su mapa de cómo ser fiel”. Y la fidelidad es la puerta a la plenitud; aunque no siempre es fácil seguir el camino de Cristo, es lo único que nos llenará. El cielo ya está aquí si te lo propones.

"Esa experiencia de estar delante de Él, y no llegar con las manos vacías, es lo que más me tiene ilusionada, y por eso, me he consagrado".

sábado, 19 de septiembre de 2026

Ainara Santín Torrecilla alejada de la fe fue a China con una beca y allí tuvo su encuentro con Dios al conocer a dos musulmanas: «Llevaba 8 años luchando contra la bulimia, hice ayuno por el Señor y fui sanada»

Ainara Santín Torrecilla es de Madrid, y, aunque había recibido la fe en su familia, su encuentro con Dios sucedió en una temporada en China en la que hizo amistad con dos chicas musulmanas / Foto: Religión en Libertad

* «Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él… La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí»

Camino Católico.- Esta historia es la de una joven de Madrid que tenía la fe en su propia casa, en su barrio y en el colegio, pero que sin embargo, tuvo que ir al fin del mundo para encontrarse con Dios. 

La conversión de Ainara Santín Torrecilla empezó con un formulario de un gobierno comunista para obtener una beca con la que estudiar en China. En un apartado, el gobierno pide declarar la religión que se profesa, ya que en el país está prohibido todo culto fuera de los lugares exclusivamente registrados para ello. Ainara en un primer momento escribió "atea". 

Era lo más honesto: llevaba años sin confesarse y solo iba a misa por el miedo al qué dirán en su familia. Le estuvo dando vueltas varios días, con la solicitud a medio enviar, hasta que borró la palabra y puso "católica", pensando en sus raíces culturales y lo que había recibido en su familia, pero no en lo que ella creía.

Lo interesante de esta historia no es que alguien redescubra la fe, sino dónde: en una ciudad de once millones de habitantes, casi el triple que Madrid, con una sola iglesia católica y gracias a la amistad de dos compañeras musulmanas. 

"Lo que más sorprende a la gente es que fuera en China. " para mí es lo menos sorprendente: yo necesitaba empezar de cero, donde nadie me dijera absolutamente nada de por dónde debo tirar", dice ella a Diego Peralta en Religión en Libertad. 

Y es que Dios muchas veces es capaz de ir al fin del mundo con tal de buscar a la oveja perdida.

Una fe, en España, "más cultural que real"

Ainara se crió en un ambiente católico de manual: misa los domingos, catequesis y colegio concertado. Iba, aunque participaba tímidamente. Lo resume con una frase que retrata una gran parte de la sociología española: "Me he criado rodeada de una fe que era más cultural que real. Nunca llegué a interiorizar lo que creía”.

Cuando tuvo que elegir qué iba a estudiar, no sabía qué haría, pero sí que quería salir de su casa. Acabó en Sevilla estudiando sobre Asia Oriental, sola. 

Cuando se encontraba inmersa en un ambiente ateo o prácticamente anticlerical, "no tenía una base consolidada, no tenía fuerza para contestar a los argumentos que sacaban cuando atacaban la religión", cuenta.

Cortó con la fe, definitivamente, en tercero de carrera, con un intercambio en Taiwán. Viajó con dos chicas abiertamente contrarias a la Iglesia y dejó de ir a misa, primero por pereza y después por vergüenza. 

"Allí dio la casualidad de que había una iglesia a quince minutos, pero no iba porque no quería que se enteraran o por pura pereza”, recuerda.

Mantener la imagen ante su familia practicante

Cuando volvió a España de Taiwán, comulgaba sin confesarse. Iba a misa cuando estaba su familia delante, "por mantener la imagen", como cuenta ella misma. 

Una Navidad, tomando chocolate con ellos en una cafetería, su madre le preguntó si seguía yendo a misa. Dijo que sí, aunque no era verdad. "Me sentí tan mal que el resto del curso empecé a ir otra vez, porque estaba decepcionando a mis padres. Ahora en perspectiva veo que solo hacía eso por no sentirme juzgada."

Terminó la carrera y pasó un año en Madrid sin trabajo, sin estudios y sin ganas: días enteros vacíos, sentada en el sofá. “Cuando digo que me perdí es que literalmente no tenía motivación para nada." 

Solo una: la beca del Gobierno chino, trece plazas en toda España. Se la dieron. "Yo estaba huyendo, llevaba seis años huyendo, de mi vida, de mi casa, de todo lo que había recibido en definitiva."

Una Biblia del revés y dos compañeras musulmanas

Entre el formulario y el avión pasó otra cosa que describe como providencial: metió la Biblia en la maleta. Iba justa de peso —"pesa un montón y pensaba, ¿a dónde voy yo llevando esto?"— y aun así la cargó. Al llegar la colocó en la estantería dada la vuelta, con el lomo hacia dentro, para que nadie supiera que la tenía. No la abrió hasta meses después.

Lo único que se propuso fue ir a misa los domingos. Ni confesarse, ni rezar, ni buscar comunidad: mantener el hábito por pura costumbre, ya que tenía el recuerdo agridulce de lo sola y perdida que se había sentido en Taiwán. 

Sin haberlo planeado, el hostal donde se alojó los primeros días en una ciudad de millones de habitantes ¡estaba justo al lado de la única iglesia católica de la ciudad!

Con el jet lag se despertó a las cinco de la mañana y vio que había misa a las seis – en China el culto religioso es a horas intempestivas para no colisionar con el resto del día– y se sentó en los bancos de atrás. 

Lo que encontró le desmontó algo: chinos arrodillados en el suelo, rezando con devoción, y mucha más gente de la esperada. "Aquí el catolicismo no es la norma. La gente que viene es porque se lo cree de verdad. A mí eso me sorprendía: aquí tiene que haber algo. Y más en un país profundamente ateo donde la religión se mira con lupa y con recelo"

El segundo golpe llegó en clase. Eran siete alumnos y dos eran musulmanas, una yemení y otra marroquí. Ainara, que llegó con prejuicios y con miedo a ofenderlas; se encontró con dos mujeres que rezaban sin esconderse, que llevaban velo en un país donde está mal visto y que hablaban de Dios en voz alta.

 "Yo, que había puesto la Biblia del revés nada más llegar, de repente me encontré a gente súper abierta con su religión, que compartía con naturalidad lo que vivía y que lo hacía desde el corazón y con convicción. Me pintaban una imagen de Dios en la que realmente deseaba crear, aunque no sabía todavía cómo."

Una noche de viaje, la yemení se puso a rezar en la habitación, ya que en China está prohibido rezar en espacios públicos. Ainara sintió el impulso de rezar algo, lo que fuera, y así acompañarla y hacer algo mientras tanto. Buscó cómo rezar el rosario en el móvil porque no se lo sabía. Rezaron a la vez, cada una lo suyo. "Sentí con ellas una libertad de ir encontrando lo que yo quería."

Las tres amigas se fueron de viaje por toda la costa este china. En una iglesia de Qingdao, las musulmanas le señalaron una estatua. ¿Quién es este?, preguntaron "Creo que es San José", dijo ella. Y no supo defender nada más. 

"Me supuso un gran impacto no saber responder. Se suponía que tenía una infancia y educación católicas y no sabía responder nada sobre san José, ellas conocían mejor su historia incluso".

Esa tarde abrió la Biblia en el móvil para buscar la historia. Fue la primera vez que leía algo relacionado con la fe de manera voluntaria. Este fue el primer gran cambio de Ainara: descubrir que realmente nunca se había parado a profundizar en aquello que decía crear (aunque fuese solo culturalmente).

El rosario por teléfono y debates sobre religión

A partir de ahí todo se aceleró. Una amiga del colegio, también alejada de la fe, le escribió desde España transformada después de hacer un retiro de Effetá y empezaron a rezar el rosario juntas por teléfono todos los días salvando la diferencia horaria: mediodía en España y por la noche en China. Las llamadas de quince minutos acabaron durando dos horas.

Los debates con sus amigas musulmanas subían de nivel —la venganza, la pena de muerte, la misericordia— y Ainara empezó a formarse por su cuenta para sostener lo suyo. "Sentía un fuego interior y mucha sed", defiende.

El ayuno, la promesa y el tren cancelado

Llegó la Cuaresma, cuatro días después del comienzo del Ramadán aquel año, y las conversaciones derivaron al ayuno. Escuchando cómo ayunaban ellas, sintió rechazo por lo poco que se le pedía a ella con solo dos ayunos en todo ese tiempo litúrgico (Miércoles de Ceniza y Viernes Santo).

"Sentí una llamada muy fuerte a hacer un ayuno en condiciones, y sobre todo a hacerlo por el Señor". Y aquí hay algo que ella insiste en que se diga: llevaba ocho años luchando contra la bulimia, y el ayuno había sido siempre parte del problema, no de la solución, lo que hacía este propósito un poco más complicado debido a una relación problemática con la comida a la que ella todavía no había puesto nombre.

Le pidió ayuda a su compañera de habitación que le escondiera la báscula y que no la dejara pesarse ni un solo día. Sustituyó las horas de comer por rezar, leer la Biblia y pasear. Cuenta que llegó a hacer ayunos completos durante varios días seguidos, pero que en este caso su única motivación era la mortificación y unirse más a Dios.

Ainara Santín Torrecilla en varios de los destinos que visitó durante su año en China / Foto: Religión en Libertad

Ella seguía hablando a diario con su amiga en España y con sus dos amigas musulmanas en China. En medio de un debate en el que ella defendía la confesión, oía como se decía a sí misma en su interior: “Llevas cuatro años sin confesarte, estás hablando como una hipócrita”.

Ella era consciente de que no estaba en gracia y no podía seguir comulgando sin antes hacer una buena confesión. 

No había sacerdotes occidentales en su ciudad. Rezando, se acordó de que cuando había estado en Pekín, escuchó que en algún lugar había una misa en castellano. Montó un plan de película para el siguiente fin de semana, que además coincidía que era Domingo de Ramos: cogería un tren nocturno de dieciséis horas a Pekín, la distancia que separaba su ciudad de la capital, buscaría la iglesia el sábado, se confesaría y volvería directa en otro tren de dieciséis horas para las clases del lunes.

La semana se le vino encima: le cambiaron las clases y le encargaron un montón de trabajos que no podía hacer en el tren. Agobiada, salió al balcón de la residencia, se sentó en un taburete azul y le hizo a Dios una promesa que sabía que no debía hacer: "De aquí a tres días estoy confesada". Volvió a la habitación, miró el móvil y leyó: por razones desconocidas, el tren de mañana a Pekín queda cancelado.

"Mi primera reacción fue enfadarme. '¡Acabo de prometerte que me voy a confesar y me estás quitando las posibilidades!' El cabreo me duró treinta segundos." Después vino una paz que no supo explicar. Preparó la confesión en inglés con la app de notas del móvil y el domingo se plantó una hora antes en su iglesia, vacía, a preguntar en la tienda de artículos religiosos si alguien conocía a un sacerdote angloparlante. 

"En media hora llega uno que habla inglés y viene a confesar", le dijeron. Se confesó allí, sin tren y sin dieciséis horas de viaje. Salió con el ramo bendecido y con una sensación de paz indescriptible.

¡Jesús es el Señor!

Sin embargo, quedaba un muro por derribar: creía en Dios Padre con naturalidad, pero no terminaba de ver a Jesús como Dios. Escuchando una canción de alabanza que decía «Cristo es Rey» le chirrió tanto que llamó a su amiga para despotricar. 

En mitad de la llamada, mirándose al espejo del baño de los dormitorios, tuvo una imagen mental muy nítida: un camino de arena, gente a los lados y alguien acercándose hacia ella. "Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él." Hubo dos segundos de silencio al teléfono e inmediatamente comenzó a alabar a Cristo como Hijo de Dios.

Ocho años de enfermedad, borrados de golpe

Ainara pasó la Semana Santa en la basílica de Sheshan, en Shanghái, uno de los grandes lugares de peregrinación de Extremo Oriente. 

Y al volver ocurrió lo que no había pedido: entró a una tienda a por su atracón de comida habitual y salió sin nada. 

Ya en España, después de cenar, sacó las galletas y se quedó cinco minutos mirándolas. "De repente entendí cosas como que cuando estás lleno dejas de comer, que es algo que no entendía antes". 

Ocho años de enfermedad desaparecieron en un instante. Hasta el día de hoy afirma que no ha vuelto a sentir la necesidad de repetir los comportamientos que tanto le habían hecho sufrir. "Ese es mi milagro, mi sanación." Y lo subraya: solo había pedido ayuda para llevar bien los ayunos de Cuaresma.

Contarlo en casa le daba algo de respeto. 

Sus padres, que habían sido durante muchos años coordinadores nacionales de Encuentro Matrimonial, un movimiento eclesial para matrimonios, ni siquiera sabían que había perdido la fe ni que estaba enferma. Se lo contó todo este verano de 2026. "Me dijeron que les daba pena no haber sido participes de mi vida, pero se llevaron una gran alegría". 

Hoy vive en Madrid, ha empezado dirección espiritual, ha sido monitora en un campamento, tiene una comunidad parroquial que buscó a propósito porque sabía que sola volvería a perderse, y un novio que no entraba en ningún plan. 

También reconoce que hay bajones. "El impulso inicial ya no lo tengo. Y me da rabia, porque cuando la gente me pide testimonio lo cuento y digo: ¿cómo es posible que ahora haya cambiado tanto todo, si he vivido todo esto en mi propia piel?".

"La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí", entiende hoy. Y tiene una advertencia: no hay que rendirse en los momentos de menos fe, vale la pena sostener lo básico, y aceptar de vez en cuando que el Señor te cancele el tren. 

martes, 11 de agosto de 2026

Magda en una confesión volvió al Señor que obró milagrosamente para que pudiera tener 4 hijos por intercesión del Beato Honorato de Biała: «Antes de conocer a Dios, vivía con miedo; he aprendido a confiarle todo»

Magda, su esposo Zenón y sus cuatro hijos / Foto: Archivo Własne - Aleteia

* «En el hospital, mientras lloraba y estaba aterrorizada, una enfermera me preguntó si podía rezar por mi. Fue entonces cuando Dios nos ayudó. Una paz inmensa me invadió. Comprendí que Dios estaba con nosotros. Esta confianza me trae una paz profunda. Sé que Dios siempre vela por nosotros»

Camino Católico.- Durante su primer embarazo, los médicos le dijeron a Magdalena que una grave enfermedad genética representaba un riesgo mortal tanto para ella como para su bebé. También le aconsejaron que no volviera a embarazarse. Sin embargo, más de veinte años después, Magda es madre de cuatro hijos.

Consagrada a la Virgen María desde niña por su madre, Magda creció en la fe en Polonia. En su adolescencia, la lectura de un libro sobre las almas del purgatorio impactó profundamente su vida espiritual. Sin embargo, durante la secundaria y luego en la universidad, se fue alejando gradualmente de la Iglesia y los sacramentos, atraída por las fiestas con sus amigos. Durante este tiempo, su familia continuó orando por ella y por su conversión, hasta que un día, su parroquia recibió una imagen del Señor de la Misericordia. Al verla, Magda sintió de repente el deseo de confesarse. Así fue como regresó a la fe. 

Durante la Jornada Mundial de la Juventud en Roma en el año 2000, se dio cuenta de que se podía amar la música rock, como ella, y aun así vivir la fe plenamente. Entonces se unió al movimiento Renovación en el Espíritu Santo, asistió a varios retiros y pronto conoció a Zenón, un joven creyente apasionado por la música, de quien se enamoró y con quien se casó en 2003.

Un diagnóstico impactante y la ayuda del beato Honorato de Biała Podlaska

Magda quedó embarazada de su primer hijo. Pero apenas ocho semanas después, un fuerte dolor en la pierna izquierda reveló una trombosis masiva. Los médicos descubrieron entonces que padecía trombofilia hereditaria grave. El diagnóstico fue alarmante: tanto un parto natural como una cesárea presentaban grandes riesgos para la madre y el bebé.

“En el hospital, mientras lloraba y estaba aterrorizada, una enfermera me preguntó si podía rezar por mi. Fue entonces cuando Dios nos ayudó. Una paz inmensa me invadió. Comprendí que Dios estaba con nosotros", recuerda a Dorota Niedźwiecka en Aleteia. La enfermera también le dio una oración por su hijo, que recitó durante todo su embarazo.



Magda y su esposo Zenón / Foto: Archivo Własne - Aleteia

En su octavo mes de embarazo, un amigo jesuita le aconsejó que encomendara a su hija al beato Honorato de Biała Podlaska en su festividad. Este frailencontrarmee capuchino polaco luchó por la independencia de Polonia en el siglo XIX y fundó 27 congregaciones y comunidades religiosas que trabajaron para preservar la fe y ayudar a los perseguidos. El beato también se distinguió como un eficaz intercesor en las dificultades familiares. Magda comenzó entonces a rezarle junto a su esposo y, contra todo pronóstico, el parto transcurrió sin mayores complicaciones. Su hija, Ania, nació sana.

Una nueva prueba y una recuperación inesperada

Los médicos recomendaron esperar antes de considerar otro embarazo. La pareja entonces consideró la adopción. Pero antes incluso de iniciar el proceso, Magda descubrió que estaba embarazada de nuevo. "Nos enteramos en un día simbólico: Nochebuena. Comprendimos que este hijo tan deseado era un regalo de Dios", relata Magda. En su octavo mes, Magda comenzó a sentir dolores de espalda y de costado. Mientras buscaba un lugar tranquilo para rezar, entró en una iglesia capuchina y se encontró cara a cara con el retrato del Beato Honorato de Biała Podlaska. Lo interpretó como una señal providencial y le encomendó a su hijo y el parto una vez más. Dos meses después, su hijo Stas nació sin complicaciones.

Un mes después de dar a luz, Magda supo que la enfermedad aún la aquejaba. También padecía otra enfermedad genética: espondilitis anquilosante. El dolor era a veces tan intenso que ya no podía cargar a sus hijos. Durante el día, su madre los cuidaba, y por la noche, su esposo. Decidió ofrecer este sufrimiento a Dios en oración. Unos meses más tarde, recibió otro diagnóstico: osteoporosis avanzada. "Tenía miedo. Me preguntaba qué iba a pasar después", relata.

Seis meses después de este diagnóstico, durante una misa de sanación oficiada por una figura carismática, escuchó las palabras: "Magdalena está curada de osteoporosis". Convencida de que era ella, se sometió a más pruebas. Los resultados demostraron inequívocamente que la osteoporosis había desaparecido. Los médicos incluso repitieron las pruebas para confirmar lo que apenas podían creer. Para Magda y su esposo, esta curación fue una invitación a intentar tener un tercer hijo. Desde el comienzo de este tercer embarazo, lo encomendaron una vez más al Beato Honorato.

Un accidente providencial y una entrega total a Dios

Unos meses después, Magda sufrió un accidente de coche. El accidente le provocó un parto prematuro y salvó la vida de su bebé. Los médicos descubrieron un nudo grande en el cordón umbilical. Unos días después, podría haberse apretado por completo y su bebé podría no haber sobrevivido. Pero el pequeño Antos nació sano y salvo, y Magda organizó una misa de acción de gracias. Descubrió que se celebraba el día de la festividad del beato Honorato. Magda sonrió: "Lo vi como una confirmación de que él seguía velando por nosotros", confesó.



Magda y su familia / Foto: Archivo Własne -
Aleteia

Poco después, la pareja encontró la casa de sus sueños, por la que habían orado durante mucho tiempo. Fue en esta época cuando nació su cuarto hijo, Krzysiu. Mientras tanto, a pesar del empeoramiento del dolor articular, Magda conoció a un médico que la ayudó a adoptar un estilo de vida más saludable y eso la ayudó a recuperar su vida. Pudo retomar su trabajo como psicóloga y, junto con su esposo, se involucró activamente en la vida de la Iglesia. Hoy, dirige dos grupos de oración para el rezo del rosario.

Al reflexionar sobre su camino, Magda encuentra un hilo conductor: la presencia fiel de Dios a su lado y la constante intercesión del beato Honorato. "Antes de encontrarme con Dios, vivía con un miedo inmenso. Hoy, a pesar de las dificultades, he aprendido a confiarle todo. Esta confianza me trae una paz profunda. Sé que Dios siempre vela por nosotros".