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domingo, 13 de septiembre de 2026

Ainara Santín Torrecilla alejada de la fe fue a China con una beca y allí tuvo su encuentro con Dios al conocer a dos musulmanas: «Llevaba 8 años luchando contra la bulimia, hice ayuno por el Señor y fui sanada»

Ainara Santín Torrecilla es de Madrid, y, aunque había recibido la fe en su familia, su encuentro con Dios sucedió en una temporada en China en la que hizo amistad con dos chicas musulmanas / Foto: Religión en Libertad

* «Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él… La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí»

Camino Católico.- Esta historia es la de una joven de Madrid que tenía la fe en su propia casa, en su barrio y en el colegio, pero que sin embargo, tuvo que ir al fin del mundo para encontrarse con Dios. 

La conversión de Ainara Santín Torrecilla empezó con un formulario de un gobierno comunista para obtener una beca con la que estudiar en China. En un apartado, el gobierno pide declarar la religión que se profesa, ya que en el país está prohibido todo culto fuera de los lugares exclusivamente registrados para ello. Ainara en un primer momento escribió "atea". 

Era lo más honesto: llevaba años sin confesarse y solo iba a misa por el miedo al qué dirán en su familia. Le estuvo dando vueltas varios días, con la solicitud a medio enviar, hasta que borró la palabra y puso "católica", pensando en sus raíces culturales y lo que había recibido en su familia, pero no en lo que ella creía.

Lo interesante de esta historia no es que alguien redescubra la fe, sino dónde: en una ciudad de once millones de habitantes, casi el triple que Madrid, con una sola iglesia católica y gracias a la amistad de dos compañeras musulmanas. 

"Lo que más sorprende a la gente es que fuera en China. " para mí es lo menos sorprendente: yo necesitaba empezar de cero, donde nadie me dijera absolutamente nada de por dónde debo tirar", dice ella a Diego Peralta en Religión en Libertad

Y es que Dios muchas veces es capaz de ir al fin del mundo con tal de buscar a la oveja perdida.

Una fe, en España, "más cultural que real"

Ainara se crió en un ambiente católico de manual: misa los domingos, catequesis y colegio concertado. Iba, aunque participaba tímidamente. Lo resume con una frase que retrata una gran parte de la sociología española: "Me he criado rodeada de una fe que era más cultural que real. Nunca llegué a interiorizar lo que creía”.

Cuando tuvo que elegir qué iba a estudiar, no sabía qué haría, pero sí que quería salir de su casa. Acabó en Sevilla estudiando sobre Asia Oriental, sola. 

Cuando se encontraba inmersa en un ambiente ateo o prácticamente anticlerical, "no tenía una base consolidada, no tenía fuerza para contestar a los argumentos que sacaban cuando atacaban la religión", cuenta.

Cortó con la fe, definitivamente, en tercero de carrera, con un intercambio en Taiwán. Viajó con dos chicas abiertamente contrarias a la Iglesia y dejó de ir a misa, primero por pereza y después por vergüenza. 

"Allí dio la casualidad de que había una iglesia a quince minutos, pero no iba porque no quería que se enteraran o por pura pereza”, recuerda.

Mantener la imagen ante su familia practicante

Cuando volvió a España de Taiwán, comulgaba sin confesarse. Iba a misa cuando estaba su familia delante, "por mantener la imagen", como cuenta ella misma. 

Una Navidad, tomando chocolate con ellos en una cafetería, su madre le preguntó si seguía yendo a misa. Dijo que sí, aunque no era verdad. "Me sentí tan mal que el resto del curso empecé a ir otra vez, porque estaba decepcionando a mis padres. Ahora en perspectiva veo que solo hacía eso por no sentirme juzgada."

Terminó la carrera y pasó un año en Madrid sin trabajo, sin estudios y sin ganas: días enteros vacíos, sentada en el sofá. “Cuando digo que me perdí es que literalmente no tenía motivación para nada." 

Solo una: la beca del Gobierno chino, trece plazas en toda España. Se la dieron. "Yo estaba huyendo, llevaba seis años huyendo, de mi vida, de mi casa, de todo lo que había recibido en definitiva."

Una Biblia del revés y dos compañeras musulmanas

Entre el formulario y el avión pasó otra cosa que describe como providencial: metió la Biblia en la maleta. Iba justa de peso —"pesa un montón y pensaba, ¿a dónde voy yo llevando esto?"— y aun así la cargó. Al llegar la colocó en la estantería dada la vuelta, con el lomo hacia dentro, para que nadie supiera que la tenía. No la abrió hasta meses después.

Lo único que se propuso fue ir a misa los domingos. Ni confesarse, ni rezar, ni buscar comunidad: mantener el hábito por pura costumbre, ya que tenía el recuerdo agridulce de lo sola y perdida que se había sentido en Taiwán. 

Sin haberlo planeado, el hostal donde se alojó los primeros días en una ciudad de millones de habitantes ¡estaba justo al lado de la única iglesia católica de la ciudad!

Con el jet lag se despertó a las cinco de la mañana y vio que había misa a las seis – en China el culto religioso es a horas intempestivas para no colisionar con el resto del día– y se sentó en los bancos de atrás. 

Lo que encontró le desmontó algo: chinos arrodillados en el suelo, rezando con devoción, y mucha más gente de la esperada. "Aquí el catolicismo no es la norma. La gente que viene es porque se lo cree de verdad. A mí eso me sorprendía: aquí tiene que haber algo. Y más en un país profundamente ateo donde la religión se mira con lupa y con recelo"

El segundo golpe llegó en clase. Eran siete alumnos y dos eran musulmanas, una yemení y otra marroquí. Ainara, que llegó con prejuicios y con miedo a ofenderlas; se encontró con dos mujeres que rezaban sin esconderse, que llevaban velo en un país donde está mal visto y que hablaban de Dios en voz alta.

 "Yo, que había puesto la Biblia del revés nada más llegar, de repente me encontré a gente súper abierta con su religión, que compartía con naturalidad lo que vivía y que lo hacía desde el corazón y con convicción. Me pintaban una imagen de Dios en la que realmente deseaba crear, aunque no sabía todavía cómo."

Una noche de viaje, la yemení se puso a rezar en la habitación, ya que en China está prohibido rezar en espacios públicos. Ainara sintió el impulso de rezar algo, lo que fuera, y así acompañarla y hacer algo mientras tanto. Buscó cómo rezar el rosario en el móvil porque no se lo sabía. Rezaron a la vez, cada una lo suyo. "Sentí con ellas una libertad de ir encontrando lo que yo quería."

Las tres amigas se fueron de viaje por toda la costa este china. En una iglesia de Qingdao, las musulmanas le señalaron una estatua. ¿Quién es este?, preguntaron "Creo que es San José", dijo ella. Y no supo defender nada más. 

"Me supuso un gran impacto no saber responder. Se suponía que tenía una infancia y educación católicas y no sabía responder nada sobre san José, ellas conocían mejor su historia incluso".

Esa tarde abrió la Biblia en el móvil para buscar la historia. Fue la primera vez que leía algo relacionado con la fe de manera voluntaria. Este fue el primer gran cambio de Ainara: descubrir que realmente nunca se había parado a profundizar en aquello que decía crear (aunque fuese solo culturalmente).

El rosario por teléfono y debates sobre religión

A partir de ahí todo se aceleró. Una amiga del colegio, también alejada de la fe, le escribió desde España transformada después de hacer un retiro de Effetá y empezaron a rezar el rosario juntas por teléfono todos los días salvando la diferencia horaria: mediodía en España y por la noche en China. Las llamadas de quince minutos acabaron durando dos horas.

Los debates con sus amigas musulmanas subían de nivel —la venganza, la pena de muerte, la misericordia— y Ainara empezó a formarse por su cuenta para sostener lo suyo. "Sentía un fuego interior y mucha sed", defiende.

El ayuno, la promesa y el tren cancelado

Llegó la Cuaresma, cuatro días después del comienzo del Ramadán aquel año, y las conversaciones derivaron al ayuno. Escuchando cómo ayunaban ellas, sintió rechazo por lo poco que se le pedía a ella con solo dos ayunos en todo ese tiempo litúrgico (Miércoles de Ceniza y Viernes Santo).

"Sentí una llamada muy fuerte a hacer un ayuno en condiciones, y sobre todo a hacerlo por el Señor". Y aquí hay algo que ella insiste en que se diga: llevaba ocho años luchando contra la bulimia, y el ayuno había sido siempre parte del problema, no de la solución, lo que hacía este propósito un poco más complicado debido a una relación problemática con la comida a la que ella todavía no había puesto nombre.

Le pidió ayuda a su compañera de habitación que le escondiera la báscula y que no la dejara pesarse ni un solo día. Sustituyó las horas de comer por rezar, leer la Biblia y pasear. Cuenta que llegó a hacer ayunos completos durante varios días seguidos, pero que en este caso su única motivación era la mortificación y unirse más a Dios.

Ainara Santín Torrecilla en varios de los destinos que visitó durante su año en China / Foto: Religión en Libertad

Ella seguía hablando a diario con su amiga en España y con sus dos amigas musulmanas en China. En medio de un debate en el que ella defendía la confesión, oía como se decía a sí misma en su interior: “Llevas cuatro años sin confesarte, estás hablando como una hipócrita”.

Ella era consciente de que no estaba en gracia y no podía seguir comulgando sin antes hacer una buena confesión. 

No había sacerdotes occidentales en su ciudad. Rezando, se acordó de que cuando había estado en Pekín, escuchó que en algún lugar había una misa en castellano. Montó un plan de película para el siguiente fin de semana, que además coincidía que era Domingo de Ramos: cogería un tren nocturno de dieciséis horas a Pekín, la distancia que separaba su ciudad de la capital, buscaría la iglesia el sábado, se confesaría y volvería directa en otro tren de dieciséis horas para las clases del lunes.

La semana se le vino encima: le cambiaron las clases y le encargaron un montón de trabajos que no podía hacer en el tren. Agobiada, salió al balcón de la residencia, se sentó en un taburete azul y le hizo a Dios una promesa que sabía que no debía hacer: "De aquí a tres días estoy confesada". Volvió a la habitación, miró el móvil y leyó: por razones desconocidas, el tren de mañana a Pekín queda cancelado.

"Mi primera reacción fue enfadarme. '¡Acabo de prometerte que me voy a confesar y me estás quitando las posibilidades!' El cabreo me duró treinta segundos." Después vino una paz que no supo explicar. Preparó la confesión en inglés con la app de notas del móvil y el domingo se plantó una hora antes en su iglesia, vacía, a preguntar en la tienda de artículos religiosos si alguien conocía a un sacerdote angloparlante. 

"En media hora llega uno que habla inglés y viene a confesar", le dijeron. Se confesó allí, sin tren y sin dieciséis horas de viaje. Salió con el ramo bendecido y con una sensación de paz indescriptible.

¡Jesús es el Señor!

Sin embargo, quedaba un muro por derribar: creía en Dios Padre con naturalidad, pero no terminaba de ver a Jesús como Dios. Escuchando una canción de alabanza que decía «Cristo es Rey» le chirrió tanto que llamó a su amiga para despotricar. 

En mitad de la llamada, mirándose al espejo del baño de los dormitorios, tuvo una imagen mental muy nítida: un camino de arena, gente a los lados y alguien acercándose hacia ella. "Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él." Hubo dos segundos de silencio al teléfono e inmediatamente comenzó a alabar a Cristo como Hijo de Dios.

Ocho años de enfermedad, borrados de golpe

Ainara pasó la Semana Santa en la basílica de Sheshan, en Shanghái, uno de los grandes lugares de peregrinación de Extremo Oriente. 

Y al volver ocurrió lo que no había pedido: entró a una tienda a por su atracón de comida habitual y salió sin nada. 

Ya en España, después de cenar, sacó las galletas y se quedó cinco minutos mirándolas. "De repente entendí cosas como que cuando estás lleno dejas de comer, que es algo que no entendía antes". 

Ocho años de enfermedad desaparecieron en un instante. Hasta el día de hoy afirma que no ha vuelto a sentir la necesidad de repetir los comportamientos que tanto le habían hecho sufrir. "Ese es mi milagro, mi sanación." Y lo subraya: solo había pedido ayuda para llevar bien los ayunos de Cuaresma.

Contarlo en casa le daba algo de respeto. 

Sus padres, que habían sido durante muchos años coordinadores nacionales de Encuentro Matrimonial, un movimiento eclesial para matrimonios, ni siquiera sabían que había perdido la fe ni que estaba enferma. Se lo contó todo este verano de 2026. "Me dijeron que les daba pena no haber sido participes de mi vida, pero se llevaron una gran alegría". 

Hoy vive en Madrid, ha empezado dirección espiritual, ha sido monitora en un campamento, tiene una comunidad parroquial que buscó a propósito porque sabía que sola volvería a perderse, y un novio que no entraba en ningún plan. 

También reconoce que hay bajones. "El impulso inicial ya no lo tengo. Y me da rabia, porque cuando la gente me pide testimonio lo cuento y digo: ¿cómo es posible que ahora haya cambiado tanto todo, si he vivido todo esto en mi propia piel?".

"La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí", entiende hoy. Y tiene una advertencia: no hay que rendirse en los momentos de menos fe, vale la pena sostener lo básico, y aceptar de vez en cuando que el Señor te cancele el tren. 

Jennifer S. Bryson: «Estudiaba comunismo en la Universidad Karl Marx y mientras leía a Lenin tuve una experiencia de Dios: irrumpió en mi vida, supe que existía y que me creó; cambió mi vida y nunca miré ya atrás»

Jennifer S. Bryson era agnóstica y estaba estudiando comunismo en la Alemania comunista, cuando Dios le salió al encuentro de golpe / Foto: Catholic information center

* «Fue una experiencia de Dios como mi Creador, de que Dios es Creador, que nos ha creado. Y tuve una sensación de paz y tranquilidad, de total y completo y radical sobrecogimiento. Miraba a mi alrededor a los otros estudiantes y quería hablarles, sacudirles, gritarles y decirles ‘¡no tenéis por qué ser infelices! ¡Dios existe!’ Pero no lo hice. Yo era norteamericana y la experiencia era un poco abrumadora. Desde las ventanas veía el cielo, los árboles... y volviendo a casa, esas cosas simples las veía de forma completamente nueva. ¡Dios creó el cielo, el árbol, Dios me creó a mí!. Un par de meses después, en pleno invierno, se me ocurrió que podía hablar con Dios. Intenté hacerlo... y descubrí la oración. Y no sólo oración. Me impactó porque descubrí ¡libertad! Me di cuenta de que 'esta es la única cosa que el gobierno de Alemania Oriental no puede quitarme'. En Dios, en la fe, soy libre… Dejad a Dios trabajar en vuestras vidas, cuando intenté luchar contra eso no funcionó bien. Abríos al amor de Dios. Dios quiere compartirse. Dios no es abstracto, nos guía con su Iglesia, con semillas, y con esa alegría que yo veía en aquellos jóvenes polacos» 

Camino Católico.- Jennifer S. Bryson es una mujer interesante por multitud de razones: ha sido interrogadora de yihadistas en Guantánamo (y activista contra la tortura), ha estudiado árabe y griego, ha sido activista contra la ideología de género en el deporte y ahora traduce y difunde a autoras cristianas de lengua alemana el siglo XX, Ida Friederike Görres y Oda Scheneider.

Pero en su infancia y juventud estaba convencida de que la religión era una tontería, algo para gente tonta. Hasta que tuvo una experiencia mística en el lugar más inesperado: la sala de estudios de la Universidad Karl Marx, en la Alemania comunista, leyendo a Lenin, mientras estudiaba un curso de comunismo y filosofía marxista. Lo ha contado con detalle en inglés en Coming Home Network, el programa de entrevistas a conversos católicos y lo sintetiza y traduce P.J. Ginés en Religión en Libertad.

Familia de origen luterano, poco devota

Jennifer S. Bryson nació en Estados Unidos, en una familia de cultura luterana y orígenes finlandeses. Para sus padres, lo más importante era que estudiara e hiciera carrera. Sólo la madre iba a la iglesia y llevaba a sus hijos. Iban a una iglesia luterana en parte por costumbre y convención social, en parte por mantener contactos. En su casa no se hablaba de Dios, aunque se bendecía la mesa.

Un día, cuando tenía unos diez años, en la escuela dominical (la catequesis que se da los domingos a los niños, antes o después de los servicios religiosos), hizo una pregunta incómoda. A ella le gustaba aprender cosas de ciencia, y en un reportaje en televisión había aprendido que en Mesopotamia no había manzanas. Así que, respecto a la historia de Adán y Eva y la manzana, levantó la mano y planteó que la fruta podría haber sido una granada. "Para mí, era una pregunta sincera, yo estaba interesada en el mundo. Pero la catequista dijo: 'Simplemente, deja de preguntar". Jennifer sacó una conclusión: la religión era una cosa tonta para gente tonta. Gente que temía las preguntas. Sus hermanos mayores también le decían eso. "Es un tema estúpido, no nos interesa para nada", le decían.

Ya en la adolescencia, tocaba hacer la Confirmación, un rito importante en los luteranos de países escandinavos. Ella ya no creía en lo que enseñaban en la Iglesia. Su madre le dijo que, por favor, siguiera la corriente, lo justo para hacer la ceremonia. "Me sentí como si me pidieran mentir, pero era importante para ella", recuerda. En la ceremonia, cuando todos recitaban el Credo, ella se saltaba algunas partes, como el "nació de María Virgen".

De su formación en la adolescencia, recuerda a un buen pastor de jóvenes, que recomendaba leer a CS Lewis (a ella le gustaron Las Crónicas de Narnia) y con el que se podía hablar. Transmitía "algo pacífico, gozoso y sólido en su vida, y con su esposa tenían un buen matrimonio, mientras ya veía yo divorciarse a los padres de mis amigas. Pensé: 'algún día tengo que averiguar qué hay en su vida'". ¡No lo asociaba con su fe!

En Austria con Juan Pablo II

Poco antes de los 15 años llegó a Austria para estar un año de estudiante de intercambio y mejorar su alemán. Era 1983. "Yo ya era bastante anticatólica, no sé bien por qué. Pero ahora estaba en una zona rural de Austria y todo era católico". Nada más llegar, la familia que la acogía la invitó a la misa al aire libre, en Viena, con Juan Pablo II. No recuerda mucho de esa misa. No le gustaron nada los crucifijos metálicos (con el Crucificado), similares a los del Papa, aunque no lo comentó con nadie. La misa no le pareció muy distinta al servicio luterano, pero no le causó una gran impresión.

Jennifer no acompañaba a misa dominical a su familia de acogida ese año. Sí fue a la misa de medianoche de Navidad, que le pareció "oscura, como un funeral".

Ese mismo año, acompañó a su hermano mayor (casi 20 años mayor que ella) a un viaje a Roma. En San Pedro del Vaticano vio a una mujer besar los pies de una estatua. "¿Ves? Ya lo decía yo, los católicos son paganos", se dijo.

Sin religión, a la Alemania comunista

Empezó la universidad convencida de que la religión no era para personas inteligentes como ella. En 1987, como sabía alemán, buscando viajar y aventura, se apuntó a un programa especial becado por el gobierno de la RDA, la Alemania comunista, para poder estudiar un año en la Universidad Karl Marx (desde 1991 se llama, simplemente, la Universidad de Leipzig).

Frontispicio marxista que en los años 70 y 80 recibía a los estudiantes en la Universidad Karl Marx de LeipzigBundesarchiv / Foto: CC BY-SA 3.0

Allí había estudiantes de varios países comunistas y de movimientos comunistas (sandinistas de Nicaragua, sudafricanos del ANC, etc...). "¿Eres marxista?", le preguntó un alumno. "Pues, no lo sé", dijo ella. Como el marxismo parecía importante allí, se apuntó a un curso especial que intentaba resumir en un año 3 cursos de marxismo obligatorio para los universitarios alemanes.

La primera parte era la Filosofía. De los griegos materialistas como Demócrito y Anaximandro (siglo IV a.C) pasaban directamente a Feuerbach (s.XIX) con su crítica a la religión. No existían Platón, ni Aristóteles, ni Agustín, ni Tomás de Aquino, ni Descartes, ni Leibniz...

"Mi profesor era fantástico, un auténtico creyente en el marxismo-leninismo, magnífico enseñante. En su primer día de clase nos dijo que el objetivo del curso era averiguar lo que es verdadero en la existencia". Le fascinó porque nunca antes le habían planteado la pregunta acerca de la verdad. En Stanford leían "grandes libros" de autores en desacuerdos, pero nunca le plantearon si lo que decían era verdad o no. Pensó: "Esto importa".

El curso filosófico no mencionaba el ateísmo durante los primeros meses de clase, era algo que se daba por supuesto. Ella estudiaba muy duro, se preparaba bien las clases, pensando que esa filosofía lo explicaba todo. Era nueva y fascinante.

Experiencia mística en la sala de lectura

"Nos encargaron leer un ensayo de Lenin que íbamos a debatir sobre por qué no puede haber marxismo-leninismo sin ateísmo. Y allí estaba yo, en la sala de lectura de la Universidad Karl Marx, con filas de mesas y estudiantes, rodeada de las obras completas en muchos volúmenes de Marx, Engels y Lenin, con muchas copias. Yo leía ese ensayo. No me hacía la pregunta de "ateísmo o Dios". Dios no estaba ni siquiera en mi radar".

Ella leía a Lenin con atención, y veía que era como ir hacia un precipicio, que iba a tener que decidir en algún momento sobre si lo que leía era verdadero.

"De repente, tuve una experiencia de Dios. Todo lo que puedo decir es que Dios irrumpió en mi vida. Tengo escalofríos al recordarlo", explica hablando en CHNetwork.

"Yo no estaba pensando en Él. Yo leía lo que Lenin decía, que el ateísmo es un sine qua non, que has de seguirlo. Y en ese momento... No fue un proceso de pensamiento racional, no fue el final de un silogismo. Fue una experiencia de Dios como mi Creador, de que Dios es Creador, que nos ha creado. Y tuve una sensación de paz y tranquilidad, de total y completo y radical sobrecogimiento [awe]".

"Miraba a mi alrededor a los otros estudiantes y quería hablarles, sacudirles, gritarles y decirles ‘¡no tenéis por qué ser infelices! ¡Dios existe!’ Pero no lo hice. Yo era norteamericana y la experiencia era un poco abrumadora. Desde las ventanas veía el cielo, los árboles... y volviendo a casa, esas cosas simples las veía de forma completamente nueva. ¡Dios creó el cielo, el árbol, Dios me creó a mí! Ese fue el punto que cambió mi vida, y nunca miré ya atrás".

Con la oración, ¡libertad!

Los meses que le quedaban en la Alemania comunista podrían haber sido muy duros, si no fuera por los estudiantes polacos del lugar. Eran los más amigables, "un poco locos", los más alegres... y católicos. Ellos mismos buscaban hablar con Jennifer. "La mayoría eran creyentes devotos, sin miedo, hablaban de su fe, iban a actividades de iglesia, y estaban llenos de gozo. ¡No había mucho gozo en la Alemania Oriental! Eran una chispa de luz brillante. Eran inteligentes y agudos".

Un par de meses después, en pleno invierno, "se me ocurrió que podía hablar con Dios. Intenté hacerlo... y descubrí la oración. Y no sólo oración. Me impactó porque descubrí ¡libertad! Me di cuenta de que 'esta es la única cosa que el gobierno de Alemania Oriental no puede quitarme'", detalla. Como extranjera, podían quitarle papeles, permisos, y se encontraba con controles, alambradas, soldados, el Muro de Berlín... "En Dios, en la fe, soy libre", descubrió.

Estudiantes en la Karl Marx University en noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, apenas 2 años después del paso de Jennifer

En "una esquina oscura de una habitación oscura de una librería oscura" en la Alemania comunista, encontró un libro inesperado. ¡Estaba en inglés! Era Mero Cristianismo, de CS Lewis. Aún lo guarda. "Debía haber llegado allí de contrabando", considera. Ella conocía a Lewis por Crónicas de Narnia y por recomendaciones de su antiguo pastor de jóvenes,

Leyó la primera parte: Dios existe. "Sí, sí, sí, es lo que yo había experimentado". Segunda parte: ¿existe el bien y el mal, lo correcto y lo inmoral? "Oh, rayos, sí, sí". Tercera parte: Jesús. Ahí ella se bloqueó y dejó de leer: no le interesaba Jesús.

Buscando creyentes en EEUU

De vuelta en EEUU, en la descreída Universidad de Stanford, buscaba creyentes, y no los encontraba. Fue a la iglesia de su madre, habló con un clérigo luterano de su experiencia mística. Fue una decepción: él no pudo mostrar menos interés.

Después, en Domingo de Pascua, fue a una iglesia luterana del campus universitario. "¡Yo tenía hambre de Dios! Y allí nos hablaron de los sandinistas de Nicaragua y de ayudar a los sandinistas. ¡Pero si yo venía de estudiar con sandinistas en Alemania Oriental!" Eran ateos, materialistas y su sistema cerrado no valoraba a la persona humana, y justificaba la violencia y la revolución para expulsar gobiernos e instaurar el comunismo. Eso lo había estudiado ella con ellos.

Decidió que tenía que acercarse a conservadores interesados en política, y así encontró jóvenes cristianos del apostolado cristiano InterVarsity. Lloró de ilusión. Eran unos "evangélicos maravillosos" y le recordaban a los católicos polacos. Amaban a Dios y la Biblia, y la creían. Perseveró en ir a la iglesia con ellos.

Jesús y el aborto

Dos temas le resultaban difíciles. Por un lado, Jesús, Dios hecho hombre, que hacía milagros. Por otro, la oposición al aborto. Ella, educada para "triunfar", veía el embarazo como un obstáculo, y no había pensado en la verdad de la causa provida. Estaba saliendo con un chico evangélico, y para él ambos temas eran innegociables.

Pasó el verano como becaria en la embajada norteamericana en Bonn, en Alemania. Allí contactó con un grupo llamado Navigators, que eran evangelizadores en círculos de diplomáticos y sus familias. Juntaban a bastantes adultos jóvenes y estudiaban la Biblia. Ella se sentía a gusto con ellos. Ese verano abrió gradualmente su corazón a entender que Jesús era el centro de todo eso, de la conexión entre Dios y los que se trataban con Dios. También quedó asombrada por la catedral de Colonia y su belleza.

Ella, tan impactada por Dios como Creador, se dio cuenta también de que cada ser humano es creado por Dios en el seno materno, meses antes de ser visto. Dios creaba a cada uno, y cada uno es valioso para Él. Así dio el paso a la cultura provida.

Jóvenes equilibrados, bebían sin emborracharse

En su último año en la universidad, ella ya era firmemente provida. Y en actividades provida encontró católicos. Ahora era una becaria-ayudante en el Senado de EEUU, con su título en Ciencias Políticas y su dominio de idiomas. En Washington encontró jóvenes católicos activos. "Eran, de nuevo, muy majos. Equilibrados. Chicos y chicas se trataban bien. Ni tenían miedo unos de otros, ni hacían nada inapropiado. Bebían alcohol, pero no se emborrachaban. Era un ambiente magnífico".

Algunos la invitaron a ir con ellos a las 8 de la mañana a un abortorio, a ofrecer alternativas a chicas tentadas de abortar. No le apetecía mucho, pero sabía que era importante. Allí no sólo repartían folletos con alternativas: un compañero permanecía cerca rezando. A veces eran dos, y rezaban el Rosario. A ella le parecía "esa cosa mariana rara". Pero también comentaban los misterios bíblicos.

Uno de aquellos chicos era del Opus Dei y estaba muy bien formado, conocía y amaba la Biblia y le gustaba responder a sus preguntas. Y él le preguntó: "Jennifer, ¿de dónde salió la Biblia?" Y también comentó con ella Juan 6, el discurso del Pan de Vida: ¡comer Su carne, beber su Sangre! De eso hablaban junto a la clínica abortista. Y ella pensó: "Estoy en apuros, si de verdad quiero seguir la Biblia... tendré que hacerme católica".

"Léete Las Confesiones de San Agustín y luego hablamos"

Era septiembre de 1989. En Europa caían los regímenes comunistas en Polonia y Hungría y temblaban en sus países vecinos. Ella empezaba a estudiar Historia de la Diplomacia, y le hablaban de Santo Tomás de Aquino. También conoció a un profesor anciano, "fabuloso", que enseñaba sobre intelectuales medievales. Era el historiador Jaroslav Pelikan. Su abuelo había sido obispo luterano en Eslovaquia. Él fue luterano hasta 1998, cuando se hizo ortodoxo. Falleció en 2006.

Durante un año Jennifer estudió con él a Agustín, Tomás de Aquino y todo lo que había entre ellos. Pelikan le dijo: "Léete las Confesiones de San Agustín y vuelve cuando hayas terminado". Lo mismo con La Ciudad de Dios. También empezó a estudiar latín: su profesor era un judío ruso converso al catolicismo.

Rodeada de católicos interesantes, empezó a ir a la misa diaria. Descubrió que en ella había mucha Biblia y que se aprendía mucho, también sobre los santos, que eran intercesores que oran a Dios por nosotros, como hacen los amigos en la tierra.

Una mujer paciente y generosa, del Opus Dei, se dedicó a prepararla a ella, y a otra estudiante, para la Vigilia Pascual y su entrada plena en la Iglesia. Recordó que Jesús no fundó un libro, sino una comunidad. Y entendió que, en esta confirmación, católica, podía rezar todo el Credo. Esa Vigilia Pascual de 1990, hundido ya el comunismo en Europa Oriental a lo largo de unos pocos meses, ella se hizo católica.

Más lenguas, más culturas, interrogar en Guantánamo

Estudiar a Tomás de Aquino le llevó a Aristóteles y la lengua griega, y también al árabe. Vivió un tiempo en países árabe-hablantes. Se doctoró en estudios Greco-Árabes en Yale, se graduó en diciembre del 2000, y diez meses después el atentado de las Torres Gemelas del 11-S hizo que todo el mundo se planteara qué pasaba en Oriente y con el Islam.

Trabajó con el ejército de EEUU. Durante dos años fue interrogadora en la base norteamericana de Guantánamo, donde se concentraban los presos yihadistas. Escribió sobre eso en varias ocasiones, a favor de interrogar, y claramente en contra de las torturas, incluso contra el terrorismo.

Jennifer Bryson, en 2025, en una ponencia sobre Ida Friederike Görres

Después ha colaborado en varios think-tanks conservadores (como el Ethics and Public Policy Institute en Washington) y asociaciones en defensa de las libertades, por ejemplo, contra el wokismo y la ideología de género en el deporte. En los últimos años, traduce a autoras cristianas alemanas del siglo XX, como Ida Friederike Görres, fallecida en 1971, que veían venir algunos desastres del cristianismo "liberal".

A las personas con preguntas sobre Dios, les da un consejo: "Dejad a Dios trabajar en vuestras vidas, cuando intenté luchar contra eso no funcionó bien. Abríos al amor de Dios. Dios quiere compartirse. Dios no es abstracto, nos guía con su Iglesia, con semillas, y con esa alegría que yo veía en aquellos jóvenes polacos".

Más sobre ella en JenniferBryson.net