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jueves, 30 de abril de 2026

Davide Fiorillo murió de leucemia con 8 años: veía a Jesús, la Virgen, los ángeles y cambió la vida de sus padres: «Comprendimos que Jesucristo está vivo en la Eucaristía»



Davide Fiorillo cambió desde que empezó a ver junto a sí a Jesús, la Virgen y los ángeles. Y su alegría cambió la vida de fe de sus padres / Foto: Cubierta de 'Davide', la historia del pequeño contada por Costanza Signorelli

* «Sabiendo cuánto le gustaba comprar juguetes, le dije: ‘¿Ves cuánto dinero te han regalado? ¡Tienes que decirle a los angelitos y a la Virgen que te curen para que puedas gastarlo!’. Me contestó enseguida, sin pensárselo: ‘No, papá. Me están esperando. Me tengo que ir’. ¿Se imaginan a un niño de ocho años hablando así de su muerte, con una certeza y una serenidad indescriptibles? Davide nos mostró que la muerte no es el final, sino el principio de la vida. Antes de ir al cielo, se hizo coser un traje especialmente para volar con los angelitos: lo eligió todo hasta el último detalle, y cuando se lo probó, parecía que se estaba preparando para una boda, ¡para el día más hermoso de su vida!»

Camino Católico.-  Davide Fiorillo murió a los 8 años de edad a consecuencia de una larga enfermedad. Durante esa etapa final de su corta vida vio con frecuencia a Jesús, la Virgen y los ángeles. Una historia extraordinaria que sus padres, Salvatore y Elisa, han contado a Riccardo Caniato en Maria con te y reproduce Famiglia Cristiana.

-¿Quieres parar un poco y ver el mar?


-¡No mamá, tenemos que irnos! La Virgen nos espera.


En este intercambio entre Elisa y su hijo se incluye ya el misterio de una vida, recogido por la periodista Costanza Signorelli en el volumen David. El niño que hablaba con los ángeles (Ares). Una historia conmovedora que será fuente de esperanza para todos aquellos que cargan con una cruz en su enfermedad.


Davide Fiorillo, calabrés de Piscopio, en la provincia de Vibo Valentia, murió de leucemia a los 8 años, el 22 de junio de 2021, en circunstancias especiales que hacen que su historia sea extraordinaria. Nacido en el seno de una familia no practicante, Davide abrazó en un momento dado su enfermedad incurable con una serenidad sorprendente: lo hizo desde el momento en que, según testimonió el pequeño a sus padres, los ángeles vinieron a hacerle compañía, después la Virgen y por último Jesús. Todos le prepararon y acompañaron en su paso al Cielo.



Davide Fiorillo con su madre Elisa / Foto: Famiglia cristiana


Dentro de esta historia, un pasaje significativo se refiere al santuario de Nuestra Señora de los Ángeles de Cassano delle Murge, que relatamos en el número 5 del semanario Maria con te [María contigo]: fue aquí donde la Virgen invitó dos veces al niño, y donde este se apresuró a reunirse con ella a costa de renunciar al mar que tanto amaba; y fue aquí donde las dos veces se le vio caer en éxtasis ante la estatua de la Virgen de los Ángeles.

Pero María también salió al encuentro del sufrimiento de Davide en la vida cotidiana de su casa: como nos testimonian directamente sus padres, Salvatore y Elisa, en la siguiente entrevista.


-¿Cuándo comenzaron los fenómenos místicos para Davide?


-Salvatore: Los descubrimos el 19 de marzo de 2021. Davide estaba hospitalizado en Roma, en el Bambin Gesù, los médicos acababan de decirnos que no había esperanza para él. Elisa y yo estábamos desesperados, ya no sabíamos ni qué decirle a nuestro hijo. En un momento dado, Elisa le habló del ángel de la guarda, para aferrarse a una imagen consoladora, como el que se refugia en los cuentos de hadas, y Davide, todo alegría, le contestó: "Mamá, uno no, ahora veo tres. Y si cierras los ojos, también tú los ves".


-¿También veía a la Virgen?


-Elisa: "La Virgen es muy hermosa", nos decía. La vio rodeada de ángeles, como está representada en la estatua del santuario de Cassano. Él no conocía ese lugar, ninguno de nosotros lo conocía, fue María quien se lo indicó, quien le hizo encontrar esa imagen suya en internet y pedirnos que fuéramos en peregrinación.



Nuestra Señora de los Ángeles, en el santuario que le está consagrado en Cassano delle Murge (Apulia, Italia).


-Salvatore: Primero vio a los ángeles, que le prepararon para el encuentro con la Virgen. En ese momento Ella ya no le abandonó nunca más y a su vez le preparó para el encuentro con Jesús que tuvo lugar con su Primera Comunión.


-Ad Jesum per Mariam. El capítulo del libro dedicado a la Eucaristía se titula: "Veo a Jesús". ¿Qué ocurrió exactamente ese día?


-Elisa: Era la primera misa a la que asistía Davide. Durante la celebración tenía una mirada seria y profunda, estaba sereno y decidido en sus movimientos, como si ya lo supiera todo. Le oíamos hablar en voz baja y no entendíamos si estaba participando en el rito (que desconocía) o conversando con alguien. En un momento dado le pregunté si la Virgen había venido a la misa, como había prometido. Me contestó que ya estaba en la iglesia esperándole y, tras mirar hacia arriba como cuando se escruta el cielo, lleno de felicidad le dijo a su padre que los angelitos también estaban allí. Por la noche, cuando todo había terminado, tuve el valor de preguntarle si también Jesús se había presentado, me contestó que solo después de comer la Hostia consagrada había visto a Jesús y nos lo describió.


-¿Cómo lo describió?


-Elisa: Con estas palabras exactas: "¡Guapo! Joven como San Miguel, sin barba, con el pelo no muy largo, vestido con una túnica blanca y un manto rojo". También nos dijo que Jesús le había acariciado con una mano y le había tocado el corazón con la otra.


-En el libro se relata la primera comunión de Davide como un giro radical en vuestra vida…


-Elisa: Tanto Salvatore como yo vivíamos lejos de la Iglesia y de los sacramentos; y Davide había crecido sin ninguna formación religiosa. Nunca antes habíamos comprendido lo que significa que Jesucristo está vivo y presente en la Eucaristía. A través de nuestro hijo tocamos con nuestras manos esta presencia real. Davide nos dijo que vio a Jesús, pero nosotros vimos cómo él nos lo dijo: su confianza, su fe, su espontaneidad, sus ojos llenos de una luz que no existe en esta tierra.


-Salvatore, usted es apicultor, un hombre concreto, de la tierra: ¿cómo pudo creer en las palabras de su hijo y cómo le cambiaron?


-Salvatore: La pregunta que me hago es la contraria: ¿cómo no iba a creer? Desde el primer momento en que oí a mi hijo hablar del Cielo, algo dentro de mí cambió. Es como si las palabras de Davide respondieran a tantas preguntas que yo llevaba dentro de una manera que nadie había respondido nunca. La primera vez que Elisa me llevó corriendo al hospital, diciéndome que Davide había hablado de los angelitos y del Cielo, rompí a llorar y sentí dentro de mí una certeza inquebrantable. Día tras día, Elisa y yo -cada uno a su manera, pero juntos- comprendíamos que si lo que nuestro hijo nos contaba era verdad, ¡nuestra vida ya no podría volver a ser la misma! Yo soy un hombre racional y había vivido como si nada existiera más allá de lo que podíamos ver y tocar. Pero Davide nos mostró otra vida, la verdadera, y es la que él más esperaba y deseaba.



Davide Fiorillo / Foto: Famiglia cristiana


-¿Cómo les comunicaba estas cosas?


-Salvatore: De muchas maneras. Le pondré un ejemplo. Al día siguiente de la Primera Comunión vi a Davide jugueteando con su hucha en forma de casita de abejas. Sabiendo cuánto le gustaba comprar juguetes, le dije: "¿Ves cuánto dinero te han regalado? ¡Tienes que decirle a los angelitos y a la Virgen que te curen para que puedas gastarlo!". Me contestó enseguida, sin pensárselo: "No, papá. Me están esperando. Me tengo que ir". ¿Se imaginan a un niño de ocho años hablando así de su muerte, con una certeza y una serenidad indescriptibles? Davide nos mostró que la muerte no es el final, sino el principio de la vida. Antes de ir al cielo, se hizo coser un traje especialmente para volar con los angelitos: lo eligió todo hasta el último detalle, y cuando se lo probó, parecía que se estaba preparando para una boda, ¡para el día más hermoso de su vida!


-¿Les describió también lo que hay después de la muerte?


-Elisa: Nunca habló de la muerte. Un día nos contó que los angelitos le llevaron a ver el Paraíso y lo describió como un lugar precioso, lleno de luz y con un arcoíris. Un lugar donde ocurren las cosas bonitas que deseas y donde no hay sufrimiento, de hecho repetía: "En el Paraíso no se toman medicinas y no hay hospitales". Piense que Davide estaba muy unido a mí, hasta el punto de que durante las estancias en el hospital no me dejaba salir de la habitación, pero desde el momento en que vio el Paraíso empezó a decir que quería ir allí. Tenía una serenidad inexplicable y me decía que tenía que estar tranquila porque siempre vendría a verme.


-Salvatore: No solo escuchamos sus historias, sino que le vimos cambiar por completo: antes de partir hacia el Cielo, Davide había superado la angustia típica de los niños que sufren enfermedades graves durante años. Ya no lloraba ni tenía rabietas. Se había vuelto alegre y lleno de vida, daba gracias por todo, quería a todo el mundo y siempre hablaba del Cielo. Incluso su hermano Antonio, al que estaba muy unido, se sintió abrumado por este cambio. Uno de sus últimos días, reunió a su familia, incluidos sus tíos y primos pequeños, y nos llevó a misa. En la iglesia, viendo que íbamos rezagados, nos "empujó" a los bancos de delante para que estuviéramos cerca del altar. Iba en el cochecito porque el dolor le impedía caminar, pero estaba lleno de una alegría que nos dejaba sin palabras. Era el día del Corpus Christi.


-La estatua de Nuestra Señora de los Ángeles de Cassano es una figura regia…


-Elisa: Para Davide la "Madonnina" -así la llamaba- era ante todo una madre. Un día, cuando le pregunté qué hacía o qué le decía la Virgen, me respondió con franqueza: "Se acerca a mi cama y me abraza como una madre, ¡como haces tú!".


-Salvatore: Davide, con la espontaneidad y la ingenuidad de un niño, nos hizo comprender que el Cielo -los Ángeles, la Virgen, Jesús, los Santos- son personas familiares, y están más cerca de nosotros de lo que podemos imaginar.

Mons. Andrew Cozzens, Obispo de la Diócesis de Crookston: «A mi madre el médico le dijo que debía abortar porque el bebé, que era yo, tenía graves malformaciones; la vida siempre es la solución de Dios»

El obispo Andrew Cozzens de la diócesis de Crookston pronuncia un discurso en la clausura de la campaña "40 Días por la Vida" en Moorhead, Minnesota, el 29 de marzo. | Foto: Roxane Salonen - NCRegister

* «Por supuesto lo que esa mujer haría es lo que cualquiera de ustedes haría: simplemente, amar al hijo que Dios nos da. Eso es secundario comparado con la verdad que conocemos: la dignidad de una vida humana.Por eso estamos aquí hoy, orando para que nuestra cultura reconozca la dignidad de la vida humana. Es una dignidad inalienable, decimos, porque proviene de Dios»

Camino Católico.- El 29 de marzo, defensores de la vida en la ciudad de Moorhead, Minnesota, se reunieron para clausurar con canciones y celebraciones la primera campaña de primavera de "40 Días por la Vida" en su área.

El punto central del evento fue un escenario improvisado sobre una plataforma enganchada a una camioneta, en el que se encontraban sentados dos músicos: Tim Mosser, director de la oficina de respeto a la vida de la vecina diócesis de Fargo, en el teclado, y su hijo adoptivo, Romeo, de 8 años, en la batería digital.

Junto con varios testigos locales, que relataron cómo se salvó a un bebé del aborto el primer día de la campaña, y otro posible rescate al final de la misma, se encontraba un invitado especial, distinguido pero humilde, que había venido con palabras de aliento y una historia que provocó un aplauso entusiasta.

“No queremos clínicas de aborto en ningún sitio, pero sobre todo en mi diócesis, ¿verdad?”, dijo Mons. Andrew Cozzens, Obispo de la Diócesis de Crookston, el área sobre la que tiene autoridad espiritual y que había caído en manos del enemigo.

No era su primera visita a la zona. El obispo Cozzens había estado en el mismo lugar, bajo una gran carpa, en una concentración provida el 19 de agosto de 2022.

En ese momento el caso Roe contra Wade había sido revocado apenas unos meses antes, y la única clínica de abortos de Dakota del Norte, la Clínica para Mujeres de Red River, había cerrado sus puertas a principios de mes y se había dirigido al otro lado del río Red, a pocos kilómetros al este, a la ciudad vecina de Fargo, Moorhead, en el estado de Minnesota.

Insistían en que los abortos iban a seguir practicándose en una zona que, de otro modo, ahora ya no tendría más de estos lugares.

Pero los católicos de la zona y los defensores de la vida tenían sus propios planes y, aquella noche de verano, se manifestaron para protestar contra la medida.

Organizado por Pro-life Action Ministries (PLAM), con sede en St. Paul, y encabezado por el líder internacional provida David Bereit, el evento contó con la presencia de otro invitado especial que apareció discretamente entre la multitud: un obispo que acababa de ser nombrado para la diócesis.

Esa noche, el obispo Cozzens habló con los ciudadanos preocupados y con la multitud, compartiendo sus reflexiones sobre lo que significarían estas recientes decisiones y medidas. Su regreso a la zona cuatro años después era significativo.

Un giro de 180 grados

El lugar frente a la clínica de abortos, cerca de donde tuvo lugar aquella manifestación en 2022, ahora alberga un centro de ayuda para mujeres embarazadas de Women's Care. Mientras el obispo Cozzens compartía sus reflexiones, se podía ver el letrero rosa del centro detrás de él, testimonio de que, después de todo, el enemigo aún no ha ganado esta batalla.

El National Catholic Register cuenta que al relatar la historia de esa calle sin salida, el obispo Cozzens dijo: "Realmente he sentido el peso de lo que eso significa; que aquí tenemos un lugar en nuestro propio patio trasero, en nuestra propia casa, donde la muerte se considera una solución".

“Sabemos –continuó- que los únicos que se regocijan en eso son los enemigos de Dios. Y no son las personas que trabajan aquí; ellos no son los enemigos de Dios. Son las fuerzas que los influyen. Ese es nuestro único enemigo”.

Y aunque la campaña 40 Días por la Vida ha terminado por ahora, dijo: "La muerte no desaparece, así que seguimos buscando maneras de dedicarnos a la oración y al sacrificio para estar aquí".

Una historia conmovedora

Minutos antes, el obispo Cozzens había compartido una historia que conmovió visiblemente a los presentes. Se trataba de una mujer embarazada que, a las 20 semanas de gestación, fue hospitalizada cuando rompió aguas prematuramente.

“A la mañana siguiente, el médico entró y dijo: ‘Lamento informarle que el niño en su útero está gravemente malformado y creo que deberíamos inducir el parto’, lo que en ese momento habría sido, en la práctica, un aborto”, compartió.

Pero, siendo católica, la mujer dijo que no le importaba si su bebé tenía malformaciones, porque era un regalo de Dios, explicó el médico. “Usted no lo entiende”, replicó el doctor, mientras el obispo comentaba. “Este niño es un fenómeno”. A lo que la mujer respondió: “Usted no lo entiende. Quiero otro médico”.

A partir de ahí, la pusieron al cuidado de un médico jubilado, un especialista, y le ordenaron reposo absoluto. Pero como el tratamiento del nuevo médico no estaba cubierto por su seguro, sugirió que llegaran a un acuerdo con el primero: si el bebé nacía sano, ese médico tendría que pagar la factura, y si nacía con malformaciones, él se haría cargo de todos los gastos.

El niño nació aproximadamente un mes antes de lo previsto, dijo el obispo Cozzens, y, aparte de algunas alergias, estaba completamente sano. “Vayan a buscar al otro médico para que venga a ver a este pequeño”, dijo el nuevo doctor, admirando al recién nacido.

“Quizás ya se han dado cuenta de que ese bebé era yo”, dijo el obispo Cozzens. “Y esa mujer era mi madre”.

Relató que le habían contado esta historia muchas veces a lo largo de su vida, y debido a eso, y a cómo su vida “casi no llega a suceder”, siempre ha sentido un profundo aprecio por el movimiento provida y su importancia.

El "fenómeno" llegó a ser obispo

De hecho, cuando fue nombrado obispo por primera vez en 2013, un titular de periódico decía: "Un fenómeno se convierte en obispo", y se hizo viral, traducido incluso al italiano como "Il mostro diventa un vescovo". "Recibí correos electrónicos de todo el mundo cuando me nombraron obispo", recordó.

“Por supuesto lo que esa mujer haría es lo que cualquiera de ustedes haría: simplemente, amar al hijo que Dios nos da. Eso es secundario comparado con la verdad que conocemos: la dignidad de una vida humana”.

“Por eso estamos aquí hoy, orando para que nuestra cultura reconozca la dignidad de la vida humana. Es una dignidad inalienable, decimos, porque proviene de Dios”.

En esta cultura de la muerte, comentó, la muerte se convierte en una solución aceptable a los problemas, pero la muerte nunca es la solución.

“La vida siempre es la elección de Dios, y siempre la solución de Dios”.

El obispo Cozzens también mencionó la congruencia entre la campaña "40 Días por la Vida" y los 40 días de Cuaresma que acaban de terminar, y cómo "el sacrificio cuaresmal es una imitación del sacrificio de Jesús y sus 40 días en el desierto, donde salió a luchar contra el diablo".

“Este es el lugar donde sabemos que el enemigo tiene mucho poder en el mundo, y por eso venimos aquí para dar testimonio de Jesús y de su vida, para dar gracias por ello y para continuar esa lucha —que Jesús desea— la lucha contra el mal”.

Tras leer el prólogo del Evangelio de San Juan, ofrecer una bendición y una oración final, los músicos continuaron guiando al público en algunas canciones inspiradoras más, con el pequeño Romeo a la batería, ofreciendo con orgullo sus dones al mundo.

Romeo Mosser, de 8 años, toca la batería mientras la música acompaña la clausura de la campaña "40 Días por la Vida" en Moorhead, Minnesota, el 29 de marzo | Foto: Roxane Salonen - NCRegister

Jacques Averbuch, 96 años: «Perdí a mis padres en el holocausto, pero encontré la luz de Cristo porque vivir entre cristianos que daban testimonio con sus acciones me hizo convertirme en su discípulo y soy diácono»

Jacques Averbuch tiene 96 años y es diácono / Foto: Familia Averbuch - Aleteia

Camino Católico.- A pesar de sus 96 años y su baja estatura, Jacques Averbuch, diácono en Boulogne-Billancourt, no ha perdido ni un ápice de su vitalidad. Esta emana de él con una sencillez conmovedora, y todos los que lo han conocido la recuerdan. Es difícil imaginar, tras esa sonrisa bondadosa, la tragedia que sufrió este hombre en julio de 1942. Sobreviviente de la redada del Velódromo de Invierno, podría haber quedado devastado por la pérdida de sus padres, pero eligió otro camino: el camino de la luz, el camino de Cristo. Un testimonio conmovedor que comparte en su libro Rescapé du Vél' d'Hiv (publicado en francés por Artège).

Una infancia destrozada por la redada

Nacido el 27 de enero de 1930, Jacques disfrutó de una infancia feliz en el número 13 bis de la rue Versigny, en el distrito 18 de París, con su padre, Leybiche, y su madre, Golda, ambos inmigrantes polacos, y su hermanastra Paulette, del matrimonio anterior de su padre. «No teníamos ducha, ni nevera, ni lavadora, pocos juguetes, pero éramos felices», le cuenta a Anna Ashkova en Aleteia. Aunque sus padres eran judíos, practicaban su religión con moderación, pero la Pascua seguía siendo una festividad importante.

Su feliz vida se vio truncada por primera vez con la declaración de guerra en 1939. Como muchos parisinos, Jacques huyó de la capital con su hermana y su madre, que estaba embarazada en ese momento. Tras una estancia en Sudán, en la región de Loira Atlántico, llegaron a Châteaubriant, donde familias se habían ofrecido como voluntarias para acoger a personas que huían de París.

Así fue como conocieron a los Roul, una familia católica con seis hijos: dos niñas y cuatro niños (tres de los cuales se ordenarían sacerdotes). Fue en este hogar amoroso y protector donde su madre dio a luz a su segundo hijo, Marcel, el 9 de abril de 1940. Sin vislumbrar ningún peligro, la familia regresó a París justo después del armisticio, en junio o julio de 1940. Mientras los nazis se volvían cada vez más virulentos con los judíos, los padres de Jacques mantuvieron la calma y acataron las normas, luciendo la estrella amarilla.

"En 1942, sabíamos que estaban arrestando a judíos, pero mis padres no sospechaban especialmente. Mi padre se consideraba un hombre honesto. No veía de qué se le podía acusar", recuerda Jacques. Sin embargo, sintió miedo por primera vez el 16 de julio. "Estaba jugando en la casa del conserje con su hijo cuando vi pasar a dos policías de civil. Se llevaron a una mujer judía de nuestro edificio. Recuerdo que me escondí debajo de la mesa en ese momento; estaba aterrado".

Los padres de Jacques Averbuch, Golda y Leybiche Averbuch / Foto: Familia Averbuch - Aleteia


Al día siguiente, viernes 17 de julio, a las 5:00 de la mañana, la policía llamó al timbre de la casa de su familia. Jacques Averbuch tenía solo 12 años y su hermano Marcel, 2. Al igual que miles de otras familias judías, la suya figuraba en la lista para la redada del Velódromo de Invierno. Por alguna razón misteriosa, su hermana Paulette, que entonces tenía 19 años, no estaba en la lista, pero decidió seguir a su familia. "Papá metió algunas cosas en un saco de patatas marrón. Y así fue como, a las cinco de la mañana, nos dirigimos hacia la Rue du Mont-Cenis".

Fue frente a un oficial alemán donde se decidió su destino aquel día. "Uno de los policías que nos acompañaba le presentó a mis padres y le preguntó qué debía hacer con nosotros, los niños. El alemán respondió mecánicamente: "Los niños deben quedarse con sus padres". Fue entonces cuando intervino el segundo policía, indicando que Paulette estaba con su familia, pero que no figuraba en las listas. El alemán lo pensó un momento y decidió: "En ese caso, por ahora, ¡dejen a los dos niños con ella!". Le debo la vida a un oficial alemán", relata Jacques, describiendo aquel momento como providencial, como si el aliento de Dios le hubiera iluminado la conciencia. 

Impotentes, los tres niños vieron a sus padres partir hacia Drancy. "Recuerdo que subieron a un viejo autobús… Nunca más los volví a ver", susurra Jacques. Pero salvarse no significa estar a salvo.

"El día que arrestaron a mis padres, volvimos a casa. Esa noche, mi tía, la hermana de mi padre, vino con su hijo a despedirse, porque les habían dicho que los recogerían al día siguiente a las once. Nos besaron y ellos también se fueron para siempre".

Salvados por gente justa

Entonces comenzó otra terrible experiencia: la de la ausencia, la del desarraigo, la del miedo cotidiano. Su único tesoro fueron dos cartas que recibieron de sus padres desde Drancy pocos días antes de su deportación a Auschwitz el 24 de julio de 1942: los últimos vestigios de un amor que pronto se desvanecería. En medio de esta tragedia, una familia les tendió la mano: la familia Roul, a quienes ya conocían. "Paulette les envió un telegrama, y ​​la respuesta fue tan rápida como breve: '¡Vengan!'"

Gracias a ellos, los tres huérfanos encontraron no solo refugio y seguridad, sino también fe. Jacques se encontró gradualmente con Cristo. "Vivir entre cristianos que daban testimonio con sus acciones me hizo querer convertirme también en su discípulo".

Convertido al catolicismo, al igual que Paulette, fue bautizado el 22 de diciembre de 1942. A los 16 años, incluso consideró la posibilidad de ordenarse sacerdote. "Un susto de salud me llevó al seminario mayor de Aix-en-Provence durante un año. Mi estado no mejoró y me di cuenta de que, quizás, mi vocación estaba en otro lugar…", explica.

Esto no impidió que este hijo del Holocausto se convirtiera en un hombre comprometido. Después de la guerra, se involucró en los principales movimientos del catolicismo social: los Jóvenes Trabajadores Cristianos, el escultismo y, posteriormente, iniciativas relacionadas con la vivienda comunitaria.

Trabajó en el departamento de publicidad de Bayard, pero sobre todo, dedicó su vida a servir a los demás, en particular a sus vecinos del número 14 de la rue de Sèvres. Ordenado diácono permanente en la diócesis de Nanterre el 3 de diciembre de 1994, a la edad de 64 años, se convirtió en uno de los testigos vivos de un siglo turbulento, pero también de una Iglesia en constante movimiento.

Jacques Averbuch en una celebración ejerciendo su ministerio diaconal / Foto: Familia Averbuch - Aleteia

Paulette, por su parte, hizo voto de castidad con las Clarisas. Falleció en 2016. "¡Era una santa! Fue como una segunda madre para Marcel y para mí. Con tan solo 19 años, se encontró al frente de una familia", dice Jacques.

Solo su hermano se casó. Tuvo tres hijos y siete nietos. En 2019, toda la familia visitó Auschwitz. "Fue una experiencia muy impactante y, al mismo tiempo, muy dolorosa. Encontramos los nombres de mis padres. Fueron arrestados el 17 de julio y abandonados allí el 24 de julio en trenes de carga… Debió de ser horrible", dice Jacques, con la voz embargada por la emoción.

Su duelo no fue inmediato: le llevó tiempo aceptar la muerte de sus padres. "Recuerdo que al final de la guerra, cuando estábamos en Châteaubriant, cada tarde regresaban los prisioneros franceses. Pensábamos que nuestros padres también volverían, e íbamos a la estación todos los días... los esperábamos."

Un testimonio para evitar el olvido

Aunque Jacques Averbuch abrazó la fe cristiana con fervor, su conversión no borró en absoluto sus raíces judías. Al igual que el cardenal Lustiger , solicitó que se recitara el Kadish, una antigua oración judía de duelo, en su funeral en Notre-Dame de Boulogne. "Sigo profundamente apegado a mis raíces", declara. 

Durante décadas, ha dado charlas en escuelas primarias, secundarias y preparatorias. Dirigiéndose a las nuevas generaciones, cuenta su historia. No para reavivar el dolor, sino para evitar que se olvide. Su relato resuena por su carácter personal: lleva la voz de un niño que presencia el derrumbe del mundo y la de un anciano que sigue creyendo en la luz.

¿Cómo se puede vivir después de lo inefable? ¿Cómo se puede seguir creyendo en la humanidad, y aún más en Dios? A estas profundas preguntas, Jacques Averbuch responde con una frase sencilla pero poderosa, especialmente en este tiempo pascual: "¡La vida siempre triunfa!".

Myles Patricio, violinista: «En búsqueda espiritual me acerqué a los mormones, al agnosticismo y al esoterismo pero el testimonio de vida de mi tío me ha llevado a bautizarme católico en la pasada Vigilia Pascual»

Myles Patricio es bautizado la noche de la Vigilia Pascual, el sábado santo, 4 de abril de 2026 / Foto: EWTN Noticias

Camino Católico.- Myles tocaba violín en la Filarmónica de la UNAM y llevaba décadas saltando de una búsqueda espiritual a otra —desde los mormones hasta el esoterismo— sin encontrar respuesta. Fue en la Rectoría de San Buenaventura, al sur de la capital, durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo. Esa noche, junto a otras 18 personas, Myles Patricio Mckeown Meza recibió el bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y contrajo matrimonio por la Iglesia. 

Una búsqueda que encontró su rumbo 

Myles Patricio es violinista y forma parte de la Orquesta Filarmónica de la UNAM y de la Orquesta de Cámara de Bellas Artes. Vive en la Ciudad de México junto a Cynthia, su esposa, y su hija de seis años. 

La historia de Myles está marcada por una constante búsqueda espiritual. En entrevista con ACI Prensa cuenta que, a los 13 años, él y su madre se acercaron a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, conocidos como los mormones. “Llegamos a ir un poco, me bauticé ahí”, recuerda. No obstante, nunca se involucró plenamente. 

“Después estuve buscando camino por algunas otras lecturas. Leí otros libros de agnosticismo, de algún tipo de esoterismo y si bien me parecía interesante, también sentía como que eran más como una novela que como algo realmente como sustancioso, espiritualmente hablando”, señala. 

Hacia fines de 2025, distintos testimonios comenzaron a iluminar su búsqueda. Para entonces sintió que Dios le estaba poniendo en “un camino que tanto había querido”. 

Uno de esos testimonios fue el de su tío Mike, un católico irlandés con quien siempre ha tenido una relación cercana. Él le compartía “cómo lleva su familia, su matrimonio, su fe” y cómo integra todo ello en la vida diaria. Myles buscaba precisamente fortalecer su propia vida familiar. 

También influyeron dos sacerdotes cercanos. El primero fue el P. Marco Polo Mercado Olmedo, su mejor amigo de la infancia y hoy sacerdote formador en el Seminario Mayor de la Arquidiócesis de Xalapa, Veracruz. 

El segundo fue el P. José Guillermo Gutiérrez Fernández, responsable de la Rectoría de San Buenaventura —donde más tarde sería bautizado—. El sacerdote se mudó cerca de su hogar, y de esa cercanía nació una amistad que poco a poco se transformó en acompañamiento espiritual. 

Así, junto a su esposa Cynthia y su hija, emprendió un camino de fe que culminó con la recepción del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, además de casarse por la Iglesia Católica. Su hija también fue bautizada ese mismo día. 

Desde entonces, asegura que se siente “distinto”. Se muestra emocionado por seguir aprendiendo en su fe y se interesa por figuras como San Patricio. También recurre a herramientas como Hallow, aplicación católica de oración y meditación guiada. 

Hoy, esa transformación se refleja también en su vida cotidiana. Procura hacer oración con su hija al final del día y, en medio de la rutina, detenerse para “recordar qué es lo que importa y por qué estamos aquí. Agradecerle a Dios porque estamos sanos, estamos juntos”.

Hay que dejar actuar a Dios 

El P. Guillermo, que ha acompañado a Myles Patricio  en su proceso, asegura que ha visto cambios evidentes. Entre ellos destaca “una mayor conciencia de la filiación divina”. 

También observa “una conciencia que Dios hace nuevas todas las cosas y por lo tanto una renovada esperanza”, así como la experiencia de saberse que dentro de la Iglesia Católica siempre se sentirá “acogido, amado e impulsado para caminar renovando su vida y su vida concreta de cada día”. 

Un signo que el sacerdote subraya es que  ha vivido un verdadero “encuentro personal con el Señor” a partir del “testimonio callado, silencioso, entregado, alegre” de las personas que han influido en su vida. 

Por ello, hace una invitación a los demás católicos a ser testimonio y dejarse “guiar por el Señor y compartir esta vida, esta alegría que nos inunda a nosotros, esta esperanza que tenemos”.

Aideé Citlali Manzano, psicóloga de 42 años: «Había sido Testigo de Jehová, me alejé de Dios, me detectaron un tumor y vi que necesitaba tener la guía de Dios... el respaldo de la Iglesia Católica y me he bautizado»

Aideé Citlali Manzano Mediana es bautizada la noche de la Vigilia Pascual, el sábado santo, 4 de abril de 2026 / Foto: EWTN Noticias

* «Dios es un Padre muy amoroso, que sabe cuántos cabellos tenemos, qué hay en nuestros sentimientos, qué hay en nuestro corazón»

Camino Católico.- Aideé tenía 42 años, dos hijas y un tumor recién extirpado cuando decidió que ya no podía más sola. Había sido Testigo de Jehová de niña, pero hacía años que no pertenecía a ninguna iglesia.  

Fue en la Rectoría de San Buenaventura, al sur de la capital, durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo. Esa noche, junto a otras 18 personas, Aideé Citlali Manzano Mediana recibió el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y contrajo matrimonio por la Iglesia. 

Redescubrir a Dios 

Aideé, psicóloga de 42 años, es madre de dos hijas junto a su esposo Francisco. En entrevista con ACI Prensa, relata que durante mucho tiempo pensó que sólo con “creer en Dios era suficiente para salir adelante”. Sin embargo, algo cambió en los últimos años.

“A pesar de que yo había tenido acercamiento con la Iglesia Católica, yo decía: ‘sí me gusta, pero pues yo no necesito pertenecer a ninguna iglesia, ni a ninguna religión, porque yo tengo a Dios en mi corazón y eso es suficiente’”, cuenta. 

Reconoce que un momento decisivo de aprender más de Dios llegó cuando le detectaron un tumor en 2024. Aunque enfrentó la operación para extirparlo con valentía, el proceso posterior fue distinto. “A los dos meses empecé a sentir como que me iba para abajo, depresión, empezaron a cambiar muchas cosas”, recuerda. 

Cuenta que se decía a sí misma: “yo puedo sola”. Sin embargo, llegó a un límite y en 2025 reconoció que no podía más y que “necesitaba tener la guía de Dios... el respaldo de una iglesia como la Iglesia Católica, de una religión”. 

Antes ya había sido Testigo de Jehová. “Participé activamente hasta la edad de 15 años. Aunque yo creía en Dios no sentía que pertenecía a esa ideología”, dice. Con el paso del tiempo, se alejó por completo de la práctica religiosa y, como ella misma relata, “varios años me alejé de Dios”. 

Tras concluir sus estudios en psicología, comenzó a hacer voluntariado en el Hospital General Dr. Rubén Leñero, en el área de urgencias y traumatología. Fue en ese entorno donde, gracias al testimonio de un sacerdote y dos psicólogas católicas, comenzó a tener nuevas preguntas de fe.  Sin embargo, reconoce que en ese momento “no tenía oídos para oír”. 

Después de admitir que necesitaba a Dios y a la Iglesia Católica, se acercó con la convicción de permanecer en ella. En la comunidad de San Buenaventura encontró el acompañamiento espiritual que buscaba. 

Con el apoyo de Francisco, su pareja, se preparó para recibir los sacramentos. En la pasada Vigilia Pascual recibió el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y contrajo matrimonio por la Iglesia. 

Hoy vive esta nueva etapa con entusiasmo. En su hogar colocó una repisa donde conserva su Cirio Pascual y espera añadir imágenes y otros signos religiosos para que ese espacio “sea un lugar para Dios”.  

También reconoce que aún desea seguir aprendiendo, ya que “hay otras oraciones que yo los escucho decir y no me las sé”. “Nuestros padrinos de boda nos hicieron el favor de regalarnos unos rosarios y nos dijeron: ‘los rezan juntos’, y yo dije: ‘sí, pero no sé rezar el rosario’”. 

Aunque siempre creyó en Dios, hoy lo contempla de otra manera: como “un Padre muy amoroso”, que sabe “cuántos cabellos tenemos, qué hay en nuestros sentimientos, qué hay en nuestro corazón”.

Hay que dejar actuar a Dios 

El P. Guillermo, que ha acompañado a Aideé en su proceso, asegura que ha visto cambios evidentes. Entre ellos destaca “una mayor conciencia de la filiación divina”. 

También observa “una conciencia que Dios hace nuevas todas las cosas y por lo tanto una renovada esperanza”, así como la experiencia de saberse que dentro de la Iglesia Católica siempre se sentirá “acogida, amada e impulsada para caminar renovando su vida y su vida concreta de cada día”. 

Un signo que el sacerdote subraya es que  ha vivido un verdadero “encuentro personal con el Señor” a partir del “testimonio callado, silencioso, entregado, alegre” de las personas que han influido en su vida. 

Por ello, hace una invitación a los demás católicos a ser testimonio y dejarse “guiar por el Señor y compartir esta vida, esta alegría que nos inunda a nosotros, esta esperanza que tenemos”.