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domingo, 14 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Quien anuncia y promueve el Reino de Dios es Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacerlo presente en su vida y en los demás / Por P. José María Prats

* «Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo»

Domingo XI del tiempo ordinario - A

Éxodo 19, 2-6a / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11 / San Mateo 9, 36-10, 8

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la realidad de la misión.

Lo primero que llama la atención es que cuando Jesús se encuentra con una multitud de personas y se compadece de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, su primer impulso no es ir directamente a socorrerlas, sino pedir a sus discípulos que rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Esta es una advertencia importante para los que se nos ha confiado un ministerio apostólico. Lo primero que tenemos que hacer, antes de ponernos a realizar acciones concretas, es pedir a Dios que envíe personas con las que podamos trabajar juntos en la viña del Señor.

No debemos olvidar nunca que quien anuncia y promueve el Reino de Dios no son individuos aislados, sino Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacer presente este Reino en su vida y en sus relaciones con los demás, y desean ardientemente que todos puedan acceder a él.

De esta comunión en la fe y en el servicio al Reino de Dios surgen unas energías, una motivación, un testimonio y unas posibilidades enormes. Personalmente, puedo decir que la presencia de personas en nuestra comunidad que trabajan con una dedicación y entrega admirables por promover la misión de la parroquia en sus diferentes ámbitos (liturgia, catequesis, atención a los más necesitados, administración...) es para mí un testimonio que me sostiene y me anima cada día para seguir trabajando a pesar de las dificultades y el ambiente tan poco propicio que nos rodea. Y me maravilla ver cómo el Señor va haciendo aparecer personas con diferentes carismas y habilidades que permiten llevar a cabo obras que antes parecían imposibles de realizar.

Leemos en el evangelio que Jesús da a sus discípulos autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia y a continuación les dice: «curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Y es así, Jesús nos ha dado el poder para transformar la vida de las personas, para aliviar su sufrimiento material y espiritual, para moverlas a la reconciliación con Dios y con sus hermanos y a vivir con sentido, alegría y esperanza. Y tenemos este poder porque nos hemos ofrecido para ser instrumentos de Jesús y Él actúa a través de nosotros.

Sin embargo, mirando a nuestro entorno, seguimos viendo lo mismo que vio Jesús hace 2.000 años: multitud de personas extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, personas esclavizadas por sus pasiones y por las ideologías y estructuras del mundo, personas heridas, desconcertadas y sin esperanza. Y al tomar conciencia de la ingente tarea que supone dar respuesta a estos retos, tendemos a desanimarnos y a quedar como bloqueados. Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia y muy especialmente para nuestra parroquia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: 


«La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».


Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.


A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que ‘el Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

San Mateo 9, 36-10, 8

El corazón de Cristo sigue mirando a la humanidad de hoy con misericordia, cercanía y amor / Por P. Carlos García Malo

 


sábado, 6 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» / Por P. José María Prats

* «El pan que Jesús dará es su Carne para la vida del mundo; comiendo su Carne y bebiendo su Sangre en un contexto de amor y obediencia a su palabra, Jesús habita en nosotros y nosotros en Él; más aún, si no hacemos esto, no tenemos vida espiritual en nosotros»

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - A

Deuteronomio 8, 2-3.14b-16a / Salmo 147 / 1 Corintios 10, 16-17 / San Juan 6, 51-58

P. José María Prats / Camino Católico.-  Para meditar en este día el misterio del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, la liturgia nos propone el discurso eucarístico de Jesús, un pasaje de una claridad y contundencia extraordinarias: el pan que Jesús dará es su Carne para la vida del mundo; comiendo su Carne y bebiendo su Sangre en un contexto de amor y obediencia a su palabra, Jesús habita en nosotros y nosotros en Él; más aún, si no hacemos esto, no tenemos vida espiritual en nosotros.

El texto del evangelio que sigue a este pasaje dice que estas palabras de Jesús escandalizaron a muchos de sus discípulos, los cuales desde ese momento dejaron de seguirlo. Esta reacción, de hecho, se ha seguido produciendo a lo largo de la historia: muchos cristianos se han negado a aceptar la presencia real de Jesucristo bajo las especies del pan y del vino. La Reforma Protestante, por ejemplo, liquidó sin más este misterio. Y hoy, tantas y tantas personas que se declaran “católicos no practicantes” han optado por hacer oídos sordos a este «lenguaje tan duro» (Jn 6,60) de Jesús: «si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Pero el Señor, que conoce y se compadece de nuestra debilidad, ha querido sostenernos en la fe mediante signos extraordinarios –los llamados milagros eucarísticos– que ha realizado sobre todo en momentos en que se ha puesto en duda su presencia real en la eucaristía. El más conocido es el milagro de Bolsena.

En el siglo XI, el teólogo francés Berengario de Tours empezó a poner en duda la presencia real de Jesucristo en la eucaristía, y durante los siglos XII y XIII sus teorías fueron sostenidas también por los cátaros. En este contexto, un sacerdote de Bohemia llamado Pedro de Praga, atormentado por la duda de la presencia real de Jesús en la eucaristía, decidió peregrinar a Roma en el verano de 1263 para reforzar su fe. De regreso a su tierra paró en la localidad de Bolsena y pidió celebrar la misa en la Basílica de santa Cristina. En el momento de la consagración, después de haber implorado al Señor que se desvaneciesen sus dudas, la sagrada forma comenzó a sangrar sobre el corporal. Asustado y confuso, el sacerdote interrumpió la celebración y envolvió la hostia en el corporal. Al conocer la noticia, el Papa Urbano IV, residente en aquel momento en la ciudad vecina de Orvieto, envió al obispo local a investigar la veracidad de los hechos y traer las reliquias. Éstas fueron recibidas por una solemne procesión liderada por el mismo Papa quien, arrodillándose, adoró la Sangre de Cristo contenida en el corporal y mandó custodiar las reliquias en la Catedral. 

Movido por este milagro, en 1264, Urbano IV extendió a toda la Iglesia con la bula Transiturus la solemnidad del Corpus Christi nacida en 1247 en la diócesis de Lieja para celebrar la presencia real de Cristo en el eucaristía cuestionada por Berengario de Tours. Santo Tomás de Aquino, por encargo del Papa, compuso para esta fiesta el famoso himno Pange lingua / Tantum ergo. Por otra parte, la piedad suscitada por la presencia de estas reliquias, movió a los ciudadanos de Orvieto a edificar una nueva catedral, que sería una de las obras maestras del gótico italiano.

Estos signos se han ido repitiendo a lo largo de la historia. En el año 2013, por ejemplo, en la Parroquia de San Jacinto de la ciudad polaca de Legnica, en una sagrada forma que había caído al suelo y había sido depositada en agua para que se disolviera, apareció un tejido rojo. El obispo de la ciudad estableció una comisión para investigar el hecho. Sin revelar su procedencia, se pidió a dos laboratorios médicos el análisis de dos muestras de aquel tejido. Los dos análisis dieron el mismo resultado a pesar de usar técnicas forenses distintas: “se puede afirmar con claridad que se trata de tejido de miocardio, o sea, del corazón, y aparecen las características del músculo estriado transversal del corazón en agonía”.

El Señor, pues, sigue hablando alto y fuerte, confirmando las palabras del evangelio de hoy. El que tenga oídos, que oiga.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: 

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».


Discutían entre sí los judíos y decían:


«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».


Jesús les dijo:


 «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».  

San Juan 6, 51-58

La solemnidad del Corpus Christi nos recuerda que la comunión con Cristo no termina en el altar; está llamada a convertirse en amor concreto hacia los demás, especialmente los más necesitados / Por P. Carlos García Malo

 


La Virgen María, en el Corpus Christi, nos enseña a acercarnos a Jesús con fe, adoración y gratitud / Por P. Carlos García Malo

 


domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Dios es comunión de tres personas en la que cada una no vive para sí misma sino entregada por completo a las demás / Por P. José María Prats

* «Dios nos ha entregado a su Hijo para que, al acogerlo en la fe, nos unamos a Él como miembros de su Cuerpo y nos integremos así en la vida trinitaria como hijos adoptivos del Padre y templos del Espíritu Santo. Es lo que revivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella el Padre nos entrega al Hijo, que por la acción del Espíritu Santo se hace físicamente presente bajo las especies del pan y del vino. Y acogiendo al Hijo por la obediencia a su palabra y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, nos unimos a Él para participar de su entrega al Padre en el Espíritu: ‘Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’»

Santísima Trinidad - A

Éxodo 34, 4b-6.8-9 / Daniel 3, 52-56 / 2 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 3, 16-18

P. José María Prats / Camino Católico.-   Durante la Semana Santa y el Tiempo Pascual que concluimos el domingo pasado, hemos celebrado los misterios centrales de nuestra fe: la muerte, resurrección y ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo. En ellos Dios se ha revelado plenamente, dándonos a conocer su identidad profunda y su designio salvador. 

Lo primero que hemos aprendido es que Dios es comunión, familia. Como proclamó el Concilio VI de Toledo en el año 638, Dios es «uno solo, pero no solitario». La única esencia divina existe eternamente como comunión de amor entre tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Padre es el principio sin principio, que engendra eternamente al Hijo comunicándole la plenitud del ser divino. El Hijo corresponde eternamente a este don con la plena entrega de sí mismo al Padre. Y el Espíritu Santo es el Amor eterno y subsistente que une al Padre y al Hijo en una perfecta comunión divina.

Del misterio de Dios es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos, pero se nos ha revelado lo fundamental: que Dios es comunión de tres personas en la que cada una no vive para sí misma sino entregada por completo a las demás, y por eso San Juan dice que «Dios es amor».

Y esta es una noticia maravillosa porque nos asegura que en la raíz de todo está el amor. En el plano físico, los científicos especulan sobre el origen del universo en una gran explosión, sobre su destino en permanente expansión y sobre su constitución por quarks y leptones. En el plano metafísico –el del sentido del ser– sabemos por la revelación que en el origen, el destino y el fundamento de todo se encuentra el amor.

A menudo la Trinidad es vista como un misterio lejano y ajeno a nuestra vida, que hay que dejar a la especulación de los teólogos. Y en realidad es todo lo contrario: es un misterio cercanísimo y clave para entender y vivir nuestra condición humana, pues si Dios es amor y hemos sido creados a su imagen y semejanza, el amor debe ser el principio rector de nuestra vida.

La Trinidad ilumina también extraordinariamente el sentido de la sexualidad humana: Dios nos ha creado como hombres y mujeres –es decir, como seres que se complementan física, psicológica y espiritualmente– para impulsarnos a salir de nosotros mismos y formar una comunión de personas en el amor en la que se realice nuestra condición de imágenes del Dios Uno y Trino. De hecho, la tradición de la Iglesia desde San Agustín ha contemplado a la familia humana –esposo, esposa e hijos– como un reflejo o icono de la Santísima Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo–. Las familias, por tanto, viven en la verdad y en paz en la medida en que cada uno de sus miembros, imitando el ejemplo de las tres personas divinas, se olvida de sí mismo y vive al servicio de los demás.

Pero lo verdaderamente extraordinario en los designios de Dios es que no sólo nos ha creado a su imagen, sino que nos ha invitado a integrarnos en su vida trinitaria. Lo hemos escuchado en el evangelio de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Es decir, Dios nos ha entregado a su Hijo para que, al acogerlo en la fe, nos unamos a Él como miembros de su Cuerpo y nos integremos así en la vida trinitaria como hijos adoptivos del Padre y templos del Espíritu Santo. Es lo que revivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella el Padre nos entrega al Hijo, que por la acción del Espíritu Santo se hace físicamente presente bajo las especies del pan y del vino. Y acogiendo al Hijo por la obediencia a su palabra y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, nos unimos a Él para participar de su entrega al Padre en el Espíritu: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

P. José María Prats

Evangelio:

  

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

 

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

San Juan 3, 16-18

La Trinidad es el misterio del amor que se entrega sin reservas y nos invita a vivir también en unidad, caridad y humildad / Por P. Carlos García Malo