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domingo, 25 de enero de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Jesús quiere extender a la tierra el reino de Dios que consiste en que todo se realice conforme a la voluntad de Dios y que nos trae la felicidad y armonía que existen en el cielo / Por P. José María Prats

* «Jesús nos llama a la conversión, a despojarnos de las pasiones y ambiciones que nos centran en nosotros mismos, para acoger su voluntad, una voluntad que Él mismo nos da a conocer a través de multitud de signos cotidianos que sólo podemos percibir e interpretar desde una actitud orante de escucha y disponibilidad: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’ (Sal 39)»

Domingo III del tiempo ordinario –  A

Isaías 8, 23b-9,3  /  Sal 26  /  1 Corintios 1, 10-13.17  / San Mateo 4, 12-23  

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy comienza a narrarnos el ministerio público de Jesús que se inicia en Galilea, junto al lago de Tiberiades, en el territorio de las tribus de Zabulón y Neftalí, dando así cumplimiento a la profecía de Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Estos territorios habían sido conquistados por los asirios en el siglo VIII a. C. y repoblados con gentes paganas deportadas de otros lugares; por ello la profecía habla de la «Galilea de los gentiles».

El inicio del ministerio de Jesús es, pues, presentado por Isaías como la aparición de la luz que viene a iluminar «a los que habitaban en tierra y sombras de muerte», luz a la que Jesús llama «el reino de los cielos», y que no es otra cosa que el reino de Dios, pues en el cielo todo se realiza según la voluntad divina, tal como afirmamos en la oración del Padrenuestro: «hágase tu voluntad en la tierra como [se hace] en el cielo».

El reino de los cielos está ya en la tierra operante en Jesús, pues Él es pura sintonía y obediencia a la voluntad del Padre; está, pues, «cerca» de los hombres –tal como anuncia–, pero ahora tiene que comunicarse y extenderse hasta llenar la tierra. Y para ello, Jesús hace dos cosas:

Por una parte, llama a todos a la conversión: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». La conversión supone, sobre todo, la negación de uno mismo, la renuncia a seguir los propios caminos para abrirse a la voluntad de Dios que a menudo resulta desconcertante.

Por otra parte, Jesús comunica a los hombres la voluntad de Dios específica para cada uno y los invita a acogerla. Vemos en el evangelio cómo se acerca primero a Pedro y a Andrés y luego a Santiago y a Juan y los invita a dejarlo todo y a seguirlo para convertirse en «pescadores de hombres» según la voluntad del Padre.

Éste es, pues, el mensaje que hoy nos comunica el evangelio: Jesús quiere extender a la tierra el reino de Dios que ya se vive en el cielo. Este reino consiste en que todo se realice conforme a la voluntad de Dios y nos trae la felicidad y la armonía que existen ya en el cielo. Para ello, Jesús nos llama a la conversión, a despojarnos de las pasiones y ambiciones que nos centran en nosotros mismos, para acoger su voluntad, una voluntad que Él mismo nos da a conocer a través de multitud de signos cotidianos que sólo podemos percibir e interpretar desde una actitud orante de escucha y disponibilidad: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39). 

Que la actitud de los primeros discípulos, que al oír la llamada del Señor «inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» sea para nosotros un modelo y un testimonio. 

P. José María Prats


Evangelio:

Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: 


«¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». 


Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: 


«Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado».


Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: 


«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». 


Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.


San Mateo 4, 12-23

domingo, 18 de enero de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Jesús es la Palabra eterna de Dios encarnada, que va delante de nosotros, es previo a nosotros: es nuestro origen, sentido y fundamento / Por P. José María Prats

* «El Bautista, pues, ha dejado hoy bien clara la identidad y misión de Jesús: Él es el Hijo eterno de Dios, por quien todo fue hecho y en quien todo se sustenta, que nos revela con su vida al Padre, y que ha venido al mundo para librarnos del pecado por su sacrificio en la Cruz y para hacernos participar de su plenitud de vida por el don del Espíritu Santo»

Domingo II del tiempo ordinario –  A

Isaías 49, 3.5-6 / Salmo 39 / 1 Corintios 1, 1-3  / San Juan 1, 29-34

P. José María Prats / Camino Católico.-  El domingo pasado celebramos el Bautismo del Señor, en el que Jesús es manifestado a Israel y recibe al Espíritu Santo que le impulsará a llevar a cabo su ministerio de salvación. Pero antes de empezar a relatar este ministerio, la liturgia de hoy nos presenta el testimonio de Juan Bautista sobre Jesús.

Juan había sido enviado para preparar el camino del Señor, llamando a los hombres a la conversión y conduciéndolos hacia Jesús. Y para ello había recibido un profundo conocimiento de la identidad y misión de Jesús. Tras haber vivido la experiencia del Bautismo, en la que profundiza en este conocimiento, Juan da a conocer lo que le ha sido revelado sobre Jesús en cuatro afirmaciones que empiezan con las palabras «éste es...» y que constituyen toda una cristología:

«Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”».

Jesús no es un hombre cualquiera, es la Palabra eterna de Dios encarnada, la Palabra que «existía desde el principio» (Jn 1,1) y «por la cual todo fue hecho» (Jn 1,3). Jesús, pues, va delante de nosotros, es previo a nosotros: es nuestro origen, sentido y fundamento. 

«Éste es el Hijo de Dios».

Así lo manifestó solemnemente la voz del Padre en el Bautismo: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mt 3,17). Como Hijo, Jesús es pura sintonía y obediencia al Padre, y por ello todas sus palabras y obras manifiestan al Padre: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).

«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Es la afirmación más conocida de Juan Bautista sobre Jesús. De hecho, con mucha frecuencia se le representa con un cordero y una cinta donde pone «Ecce Agnus Dei». Frente al judaísmo de su época, que esperaba un Mesías que derrotaría a los enemigos de Israel, Juan Bautista identifica a Jesús con el Siervo de Yahvé profetizado por Isaías, que fue «llevado como cordero al matadero» (Is 53,7), que «soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4) y «entregó su vida como expiación» por nuestros pecados (Is 53,10). Jesús llevará a su pleno cumplimiento la figura del cordero pascual, cuya sangre libró a los israelitas de la muerte y cuya carne los fortaleció para emprender el largo viaje hacia la tierra prometida.

«Éste es el que ha de bautizar con Espíritu Santo».

Finalmente, como decíamos el domingo pasado, Jesús es aquel sobre el que desciende y se posa el Espíritu Santo, el cual impulsa su ministerio, lo resucita y colma tras su muerte y se derrama sobre los que creen en Jesús, restableciendo la comunión con Dios perdida por el pecado.

El Bautista, pues, ha dejado hoy bien clara la identidad y misión de Jesús: Él es el Hijo eterno de Dios, por quien todo fue hecho y en quien todo se sustenta, que nos revela con su vida al Padre, y que ha venido al mundo para librarnos del pecado por su sacrificio en la Cruz y para hacernos participar de su plenitud de vida por el don del Espíritu Santo.

Con este conocimiento previo, podremos interpretar debidamente el ministerio de Jesús que a partir de ahora nos irá narrando, domingo a domingo, el evangelio según san Mateo.

P. José María Prats

Evangelio:

En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo:

 

«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».


Y Juan dio testimonio diciendo: 


«He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».


San Juan 1, 29-34

domingo, 11 de enero de 2026

Homilía del evangelio del domingo: En el bautismo de Jesús desciende el Espíritu Santo, el Cielo se ha abierto y se ha restablecido la comunión entre Dios y el ser humano / Por P. José María Prats

* «Cuando Jesús acude al Jordán para ser bautizado por Juan, va llevando el pecado de su pueblo, que ha asumido, para iniciar su purificación y su sanación. De hecho, este gesto es como una súplica de intercesión de Jesús, pidiendo la purificación y la sanación de su pueblo. Y a esta súplica el Padre responde con el don del Espíritu Santo que la hace posible: ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él’. La apertura del cielo tiene un profundo significado. El cielo cerrado representa la ausencia de comunión entre Dios y el ser humano como resultado del pecado. Y bajo este cielo cerrado habitaba una naturaleza humana herida por el pecado, naturaleza que el mismo Señor asumió»

El Bautismo del Señor - A

Isaías 42,1-4.6-7 /  Salmo 28  / Hechos 10, 34-38  / San Mateo 3, 13-17

P. José María Prats / Camino Católico.-  La fiesta del Bautismo del Señor, con la que concluimos el tiempo de Navidad, tiene una gran importancia teológica. En su Bautismo, Jesús es ungido por el Espíritu Santo, el cual impulsará a partir de ahora su ministerio público para la salvación del mundo, lo resucitará y colmará después de su muerte, y se derramará a continuación sobre los que creen en Él. Veamos algunos aspectos clave de este Bautismo del Señor:

El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, y Jesús, el Cordero Inmaculado, no tenía ninguna necesidad de conversión. ¿Por qué acude entonces al Jordán? El mismo Juan se queda perplejo y le dice: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» La respuesta es que Jesús es lo que los teólogos llaman una personalidad corporativa que asume y representa en sí mismo a su pueblo. Se trata de una concepción muy arraigada en el pueblo de Israel: la suerte y el destino del pueblo estaban asociados a la suerte y al destino del rey. El pecado o la virtud del rey suponían la desgracia o el bienestar de todo el pueblo. Esta idea, tan importante para entender la obra de la salvación, se pone especialmente de manifiesto en la profecía de Isaías de su pasión: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores ... nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-5).

Así pues, cuando Jesús acude al Jordán para ser bautizado por Juan, va llevando el pecado de su pueblo, que ha asumido, para iniciar su purificación y su sanación. De hecho, este gesto es como una súplica de intercesión de Jesús, pidiendo la purificación y la sanación de su pueblo. Y a esta súplica el Padre responde con el don del Espíritu Santo que la hace posible: «Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él».

La apertura del cielo tiene un profundo significado. El cielo cerrado representa la ausencia de comunión entre Dios y el ser humano como resultado del pecado. Y bajo este cielo cerrado habitaba una naturaleza humana herida por el pecado, naturaleza que el mismo Señor asumió.

Pues ahora, en la persona de Jesús, sobre esta naturaleza herida desciende el Espíritu Santo para vivificarla, como cuando en la creación Dios sopló su aliento sobre el hombre que había formado del barro para comunicarle su misma vida divina. El Cielo, pues, se ha abierto: se ha restablecido la comunión entre Dios y el ser humano.

La primera y segunda lecturas de hoy nos hablan de la acción del Espíritu Santo en Jesús, impulsándole a llevar a cabo la obra de la salvación.

En la profecía de Isaías el Señor dice: «Sobre él he puesto mi Espíritu, para que traiga el derecho a las naciones». Y el libro de los Hechos nos habla de «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo». El Espíritu Santo es, pues, el poder con el que Jesús trae el derecho a las naciones, hace el bien y cura a los oprimidos por el diablo.

Este mismo Espíritu será el que llevará a Jesús a entregarse por nosotros en la Cruz, culminando así la obra de la redención. Y, tras su muerte, resucitará su cuerpo inerte y lo colmará hasta el punto de convertirlo en «Espíritu vivificante» (1 Co 15,45).

Pero la gran noticia para el mundo es que este Espíritu que rebosa de Jesucristo resucitado se derramó nuevamente sobre los discípulos del Señor el día de Pentecostés y sigue derramándose sobre nosotros en el Bautismo, en la Confirmación, y en todos los sacramentos. Por este Espíritu somos sanados, se nos abre el Cielo y recibimos el poder para traer el derecho a las naciones, hacer el bien y curar a los oprimidos por el diablo. Y este Espíritu, como dice San Pablo, será el que nos resucitará en el último día: «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11).

P. José María Prats


Evangelio:

En aquel tiempo, Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: 


«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 


Jesús le respondió: 


«Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia». 


Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él. 


Y una voz que salía de los cielos decía: 


«Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».


San Mateo 3, 13-17

martes, 6 de enero de 2026

Homilía del evangelio de la Epifanía del Señor: Confesar la soberanía de Cristo con nuestra obediencia a su palabra y su divinidad con los frutos de santidad que esta obediencia produce en nosotros / Por P. José María Prats

* «En 2.000 años de cristianismo, ¡cuántas personas de todos los pueblos y razas han caminado a la luz de Jesucristo! ¡Cuántos le han entregado lo mejor de sí mismos, luchando día a día por ser fieles a su palabra! ¡Cuántos le han expresado su amor y su devoción a través de la pintura, la escultura, la música o la poesía! ¡Cuántos mártires han dado su vida antes de negar al que se adelantó a entregar la suya por ellos! Nosotros somos hoy estos peregrinos que quieren caminar a la luz de Jesucristo en un mundo que todavía vive en tinieblas»

Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6  /  Salmo 71  /  Efesios 3, 2-3a.5-6  / San Mateo 2, 1-12

P. José María Prats / Camino Católico.-  La profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura fue escrita más de 500 años antes de Cristo y nos anuncia con toda claridad el nacimiento de Jesús y su reconocimiento como Dios y Señor por hombres y mujeres de todos los pueblos. 

Comienza diciendo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Jerusalén es, en la Escritura, un símbolo del Pueblo de Dios. Y este pueblo, efectivamente, se hallaba en tinieblas, sometido, por causa del pecado, al poder del Maligno, a quien San Juan llama el príncipe de este mundo. Pero se anuncia que en medio de esta oscuridad amanecerá la gloria del Señor, es decir, vendrá a habitar entre nosotros Aquél que es la luz del mundo, que vence al Maligno y nos libra del pecado iluminando las tinieblas de nuestro corazón. 

Continúa diciendo la profecía sobre Jerusalén: «Y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora (...). Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar, y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor».

Se afirma, pues, que esta luz que es Cristo será reconocida por hombres y mujeres de todos los pueblos, los cuales peregrinarán a Jerusalén, es decir, entrarán a formar parte del Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Y peregrinarán llevando oro (símbolo de la realeza) e incienso (símbolo de la divinidad), o sea, reconociendo a Jesús como Señor y como Dios. Y volcarán sobre Jerusalén «los tesoros del mar» y «las riquezas de los pueblos», es decir, consagrarán al culto del Señor lo mejor de sus vidas y sus culturas.

Y esta profecía se ha cumplido con creces: En 2.000 años de cristianismo, ¡cuántas personas de todos los pueblos y razas han caminado a la luz de Jesucristo! ¡Cuántos le han entregado lo mejor de sí mismos, luchando día a día por ser fieles a su palabra! ¡Cuántos le han expresado su amor y su devoción a través de la pintura, la escultura, la música o la poesía! ¡Cuántos mártires han dado su vida antes de negar al que se adelantó a entregar la suya por ellos!

Nosotros somos hoy estos peregrinos que quieren caminar a la luz de Jesucristo en un mundo que todavía vive en tinieblas. Y como tales hemos de seguir llevando a Jerusalén el oro y el incienso, confesando la soberanía de Cristo con nuestra obediencia a su palabra y su divinidad con los frutos de santidad que esta obediencia produce en nosotros. Y hemos de llevar también «las riquezas de los pueblos»: todas aquellas adquisiciones y elementos positivos de nuestra cultura que tienen que ser iluminados y purificados en el encuentro con Cristo para convertirse en instrumentos de paz. 

De hecho, Jerusalén significa en hebreo Casa de Paz, y lo es porque en ella se ha manifestado a todos los pueblos la gloria del Príncipe de la Paz.


P. José María Prats

Evangelio:


Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». 

En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

«En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’».

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: 

«Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

San Mateo 2, 1-12

domingo, 21 de diciembre de 2025

Homilía del evangelio del domingo: La salvación es un don de Dios que procede de lo alto y que nosotros hemos de acoger y secundar, como la Virgen María / Por P. José María Prats

* «El don y la iniciativa divina se manifiestan en la concepción virginal de María; la necesaria colaboración del ser humano con este don, en la total disponibilidad de la Virgen: ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’. Ésta es la gran lección que hoy nos da la palabra de Dios: la salvación no es una conquista humana, no puede alcanzarse solamente por el progreso del derecho, la tecnología o la ciencia médica… ¿Por qué el bienestar que nos afanamos en atrapar se nos escurre entre las manos? Porque hemos dejado de mirar hacia lo alto, porque hemos olvidado que la paz, la armonía, la unidad, la justicia y la verdadera alegría son dones que proceden de lo alto y que hemos de acoger –como María– con la alabanza, la acción de gracias y la escucha atenta y obediente de la Palabra de Dios»

Domingo IV de Adviento – A

Isaías 7, 10-14 / Salmo 23 / Romanos 1, 1-7 / San Mateo 1, 18-24


P. José María Prats / Camino Católico.-   Estamos ya en el cuarto domingo de Adviento, a las puertas de la Navidad, y la liturgia de hoy nos propone el pasaje del evangelio según San Mateo que describe las circunstancias entorno al nacimiento de Jesús.

Lo que más llama la atención en este pasaje es el interés en remarcar que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, pues se repite dos veces en un mismo párrafo. Primero se nos dice que María, estando desposada con José y antes de vivir juntos, «esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo» y, un poco más abajo, el ángel pide en sueños a José que no tenga reparo en acoger a María en su casa «porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo».

¿Por qué Jesús, el Hijo de Dios encarnado, tenía que nacer de una mujer virgen? ¿Es que hay algo malo en que un hombre y una mujer casados se unan para tener un hijo? Por supuesto que no: la unión de los esposos como manifestación de su amor y de su disponibilidad para acoger el don de la vida es algo precioso y santo. Pero aquí se trata de otra cosa, se trata de manifestar la lógica de la salvación: que el ser humano no puede redimirse a sí mismo.

Cuando un hombre y una mujer se unen para concebir un hijo, este acto es una iniciativa humana que Dios secunda para engendrar la vida. Pero la salvación del ser humano, la victoria definitiva sobre el poder del mal que se inicia con la concepción de Jesús, no es una conquista humana sino un don de Dios que nosotros hemos de secundar.

El don y la iniciativa divina se manifiestan en la concepción virginal de María; la necesaria colaboración del ser humano con este don, en la total disponibilidad de la Virgen: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Ésta es la gran lección que hoy nos da la palabra de Dios: la salvación no es una conquista humana, no puede alcanzarse solamente por el progreso del derecho, la tecnología o la ciencia médica. La salvación es un don de Dios, un don que procede de lo alto y que nosotros –como María– hemos de acoger y secundar.

¿Por qué hoy tantos, teniendo las mejores tecnologías de la comunicación, se sienten tan solos? ¿Por qué tantas casas, confortables y hasta lujosas, se han convertido en infiernos por la división de los que las habitan? ¿Por qué teniendo más recursos que nunca, medio mundo se sigue muriendo de hambre? ¿Por qué el bienestar que nos afanamos en atrapar se nos escurre entre las manos? Porque hemos dejado de mirar hacia lo alto, porque hemos olvidado que la paz, la armonía, la unidad, la justicia y la verdadera alegría son dones que proceden de lo alto y que hemos de acoger –como María– con la alabanza, la acción de gracias y la escucha atenta y obediente de la Palabra de Dios.

Dice el salmo 120: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra».

P. José María Prats

Evangelio: 


La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.


Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: 


«José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». 


Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: 


«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: ‘Dios con nosotros’».


Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.


San Mateo 1, 18-24

domingo, 14 de diciembre de 2025

Homilía del evangelio del domingo: Jesús hoy nos repite a todos: “Buscad mi verdadero rostro En las Sagradas Escrituras: soy el Dios escondido que me manifiesto a los que me buscan con sincero corazón” / Por P. José María Prats

Domingo III de Adviento - A

Isaías 35, 1-6a / Salmo 145  / Santiago 5, 7-10 / San Mateo 11, 2-11

P. José María Prats / Camino Católico.- El evangelio de hoy nos presenta la experiencia humana y espiritual de San Juan Bautista, de la que podemos aprender muchas cosas.

San Juan era un hombre extraordinario. Los evangelios nos hablan de su vida austera en el desierto y de su integridad moral. Estaba consagrado a su misión profética hasta el punto de jugarse la vida denunciando públicamente el adulterio del rey Herodes. Por otra parte, para poder llevar a cabo esta misión había recibido gracias extraordinarias: quedó lleno del Espíritu Santo en el seno materno, reconoció a Jesús como el Cordero de Dios y vio descender sobre Él al Espíritu Santo.

Y, sin embargo, el evangelio de hoy nos presenta a este gran hombre dudando de su fe hasta el punto de enviar a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». ¿Cómo pudo llegar a esta situación? Hay dos motivos muy claros.

Por una parte, está pasando por momentos muy duros. Habiendo sido siempre una persona intachable, se encuentra ahora en la cárcel maltratado y humillado. ¿Dónde está la justicia de Dios que él tanto ha predicado?

Pero más decisivo aún es el hecho de que la idea que Juan tiene del Mesías no encaja con lo que está oyendo de Jesús. Él participa todavía de la idea del judaísmo de su época según la cual la venida del Mesías iría acompañada en el tiempo del juicio definitivo y del fin del mundo. Basta recordar su predicación del domingo pasado donde hablaba del «castigo inminente» y de que «ya toca el hacha la base de los árboles». Por ello, las noticias que le llegan de un Jesús sentado a la mesa con pecadores públicos y diciendo que «no ha venido para juzgar al mundo sino para salvarlo» (Jn 12,47) le dejan desconcertado.

Jesús responde a los discípulos del Bautista con estas palabras: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!». Está, pues, invitando a Juan a no dejarse llevar por ideas preconcebidas y a releer las Escrituras para verificar que en Él se está cumpliendo todo lo anunciado por los profetas.

Es una gran lección para nuestro tiempo. Hoy muchas personas íntegras han abandonado la fe porque no han sabido asumir debidamente las dificultades que les han tocado vivir o porque se han formado una imagen extraña de Dios que les resulta absurda o incoherente. A menudo oímos comentarios de este estilo: “¿Para qué seguir creyendo y orando si mi hijo ha muerto joven en un accidente?” o “yo no puedo creer en un Dios omnipotente que nos ame y a la vez permita tanta injusticia y sufrimiento en el mundo”. 

Jesús hoy, en este evangelio, nos repite a todos: “Buscad mi verdadero rostro. No os conforméis con lo que oigáis decir de mí en los medios de comunicación o en la conversación superficial con la gente. Buscadme con pasión y reverencia en las Sagradas Escrituras y allí me encontraréis, porque yo soy el Dios escondido que me manifiesto a los que me buscan con sincero corazón: ¡Dichoso el que no se escandalice de mí!”.

P. José María Prats 


Evangelio: 


En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 

«¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». 


Jesús les respondió: 


«Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!».


Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: 


«¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él».


San Mateo 11, 2-11