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miércoles, 29 de julio de 2026

Bradley Cooper, actor: «Comprendí que Dios está en todo, en cada pequeño detalle de nuestra existencia; rezar me mantiene centrado; pido la sabiduría para ser un buen hombre y padre y para no perder el camino»

Bradley Cooper en el Festival de Cine de Nueva York en 2025

* «La muerte de mi padre de cáncer de pulmón en 2011 cambió todo en mí. Te das cuenta de que la vida es corta y que lo único que realmente importa es cómo tratas a los demás y cómo vives tu fe»

Camino Católico.-  “Comprendí que Dios está en todo, en cada pequeño detalle de nuestra existencia”, dice el actor Bradley Cooper refiriéndose al momento clave de su conversión en 2011 cuando su padre falleció de un cáncer de pulmón.

Muchos reconocen al actor Bradley Cooper por películas como “Ha nacido una estrella” (A Star Is Born, 2018), “El lado bueno de las cosas” (Silver Linings Playbook, 2012), “El francotirador” (American Sniper, 2014), “Maestro” (2023), o “La gran estafa americana” (American Hustle, 2013). Sin embargo, en medio de su trabajo en Hollywood, da testimonio de su fe católica pese a las crisis que ha vivido en  su vida debiendo superar adicciones.

Bradley Cooper nació el 5 de enero de 1975 en Filadelfia, en el seno de una familia muy unida. Su madre, Gloria, trabajaba para una filial local de NBC. Su padre, Charles Cooper, era corredor de bolsa en Merrill Lynch. Bradley también tenía una hermana mayor, Holly.

Su familia era de profunda tradición católica y Cooper atribuye el cimiento de su vida espiritual a la influencia de su abuela materna, una devota mujer de origen italiano, y a sus padres. En diversas entrevistas sobre su infancia, el cineasta ha recordado el papel fundamental que jugaba la oración en el hogar: 

“Soy católico. Rezo a diario. Crecí con mi abuela y éramos muy cercanos. La fe católica estaba muy presente en nuestra casa; la misa de los domingos y el rezo del Rosario eran parte natural de nuestra rutina. Me bautizaron. Siempre me encantó la solemnidad de la ceremonia. Mucho tenía que ver con el amor que sentía por mi padre y con verlo con su chaqueta de tweed en misa. Me encantaba cómo rezaba, así que rezaba como él. No por ninguna otra razón que no fuera porque quería ser como mi padre; quería ser como Charlie Cooper. Pero al hacerlo, a través del ritual, empecé a tener fe en Dios. ¿Soy una persona espiritual hoy en día? Sí. No sé cómo podría no serlo. Es como preguntar: ‘¿Respiras?’”.

Esas prácticas de la fe fueron un marco moral y un refugio interno al que acudir cuando su vida profesional amenazó con desmoronarse.

A los 29 años, en medio del ascenso vertiginoso de su carrera tras participar en la serie Alias, Cooper enfrentó una severa crisis personal ligada a la adicción al alcohol y a las drogas, agravada por la insatisfacción profesional y la baja autoestima. El punto de inflexión no llegó mediante un evento estelar, sino a través de una profunda toma de conciencia sobre el propósito de su vida y el valor de su salud espiritual.

"Estaba en una fiesta y me golpeé la cabeza contra el suelo de cemento a propósito, como diciendo: '¡Miren qué duro soy!'. Me levanté y la sangre me goteaba. " luego lo volví a hacer", recuerda Bradley.

La acrobacia llevó a Bradley al hospital, donde permaneció sentado con un calcetín de hielo en la cabeza mientras los médicos le cosían la herida. Fue entonces cuando, en lo más profundo de su ser, Bradley comprendió que su vida tenía un propósito mayor.

"Me di cuenta de que no iba a estar a la altura de mi potencial, y eso me asustó muchísimo. Pensé: 'Vaya, voy a arruinar mi vida; de verdad que la voy a arruinar'".

Bradley Cooper en 2018 durante el estreno de A Star Is Born en Toronto

Ese momento de lucidez fue una verdadera bendición. Bradley Cooper recibió la ayuda que necesitaba y dejó las drogas y el alcohol.

Mirando hacia atrás, el actor ha subrayado en reiteradas ocasiones cómo la gracia divina y el recuerdo de sus valores familiares le permitieron tomar la decisión de rehabilitarse antes de que fuera demasiado tarde: “Si hubiera continuado por ese camino, habría saboteado toda mi vida. Doy gracias a Dios por haber salido de allí a tiempo”.

Si la sobriedad fue el primer gran paso de reorientación, el fallecimiento de su padre, Charles Cooper, en 2011 a causa de un cáncer de pulmón, consolidó la profundidad teológica de su visión del mundo. Cooper acompañó a su padre en sus últimos meses y estuvo a su lado en el momento de su muerte, una experiencia que transformó radicalmente su percepción de la existencia, la mortalidad y la presencia de Dios en lo cotidiano.

Reflexionando sobre aquel evento que marcó un antes y un después en su madurez interior, Cooper ha afirmado: “Su muerte cambió todo en mí. Te das cuenta de que la vida es corta y que lo único que realmente importa es cómo tratas a los demás y cómo vives tu fe. Comprendí que Dios está en todo, en cada pequeño detalle de nuestra existencia”.

Esta vivencia no solo reordenó sus prioridades personales, sino también su acercamiento al arte, buscando proyectos de mayor profundidad humana y responsabilidad moral.

Cooper no duda en dar testimonio de su rutina espiritual en un entorno a menudo indiferente u hostil a las prácticas religiosas tradicionales. Mantiene la oración como el eje central de sus mañanas y noches, pidiendo la guía necesaria para ejercer sus roles como padre, artista y ser humano:

“Rezar me mantiene centrado. No pido cosas materiales o éxito, sino la sabiduría para ser un buen hombre, un buen padre y para no perder el camino”.

La curación de un musulmán de una espondilólisis bilateral, el milagro atribuido al nuevo beato del Líbano Elías Hoyek que se produjo sin haberlo pedido y después que el enfermo soñara con él sin conocerlo

El patriarca maronita Elías Hoyek (1843-1931), fundador de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia y una de las figuras más influyentes de la historia contemporánea del Líbano, fue beatificado el sábado 25 de julio de  2026

Camino Católico.-  El patriarca maronita Elías Hoyek (1843-1931), fundador de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia y una de las figuras más influyentes de la historia contemporánea del Líbano, fue beatificado el pasado sábado 25 de julio de  2026 en una solemne ceremonia celebrada en la sede patriarcal de Dimane, al norte del país. La celebración estuvo presidida por el actual patriarca maronita, el Cardenal Bechara Boutros Rai, y contó con la participación del Cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, en representación del Papa León XIV, el presidente de la República, además de las principales autoridades civiles y religiosas del país

El milagro atribuido a la intercesión de Elías Hoyek y que permitió su beatificación se produjo en el seno de la comunidad drusa, una minoría religiosa de Oriente Próximo, un hecho que muchos consideran significativo dada la defensa constante que Hoyek hizo del diálogo y de la convivencia entre las distintas comunidades del país.

Se trata, en concreto, de la curación inexplicable de un hombre musulmán de etnia drusa, originario de Hasbaya (Líbano), casado, padre de tres hijos y oficial del ejército libanés.

Según explica la página web del Dicasterio para las Causas de los Santos del Vaticano, esta persona comenzó en 2005 a sufrir intensos dolores de espalda y de la columna vertebral, que se agravaron considerablemente después de una caída desde una altura de unos cinco metros.

A raíz del accidente tuvo que guardar reposo absoluto. Los exámenes médicos, incluida una tomografía computarizada (TAC), diagnosticaron una espondilólisis bilateral, una enfermedad crónica cuya gravedad permaneció estable durante varios meses.

Sin embargo, una mañana de abril de 2005 despertó completamente libre de dolor y pudo volver a moverse con normalidad. El hombre atribuyó su curación a un sueño en el que vio a un anciano vestido de blanco que llevaba un bastón, figura que posteriormente identificó como el patriarca Hoyek.

Según su testimonio, nunca antes había oído hablar del ahora beato. La recuperación fue total y le permitió retomar su vida y sus actividades habituales, incluida su labor militar.

Según explica el Dicasterio para las Causas de los Santos, la certeza moral de la intercesión del patriarca Elías Boutros Hoyek se sustenta en los elementos objetivos del caso, especialmente la curación repentina e inexplicable del militar libanés y la sorprendente coincidencia entre los detalles del sueño que tuvo y la figura real del beato, a quien afirmaba no conocer previamente.

El dicasterio recuerda además que la acción de Dios a través de los sueños está ampliamente documentada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Además, subraya que en algunos milagros realizados por Jesucristo tampoco existió “una petición explícita previa” por parte de la persona beneficiada, lo que no impide reconocer el carácter sobrenatural de la intervención divina.

El patriarca maronita Elías Hoyek, nuevo Beato del Líbano, en 1919 

El beato Elías Hoyek y su profunda huella en el Líbano

Considerado por muchos como el Padre del Gran Líbano, Hoyek desempeñó un papel decisivo en la configuración del Estado libanés moderno. Tras la Primera Guerra Mundial y el desmantelamiento del Imperio otomano, viajó a la Conferencia de Paz de París en 1919 para defender ante las potencias vencedoras el derecho de los libaneses a constituirse en una entidad política propia.

Su intervención resultó fundamental para la proclamación del Gran Líbano en 1920. Además, defendió una visión plural del país, basada en la convivencia entre las distintas comunidades religiosas. El modelo que promovió apostaba por una nación multiconfesional en la que la diversidad fuera una riqueza y no un motivo de división. Esta visión le valió el reconocimiento histórico como uno de los principales arquitectos del Líbano moderno.

La beatificación también puso de relieve otra faceta de su legado: su compromiso con los más necesitados. Durante la Gran Hambruna que asoló el Monte Líbano entre 1915 y 1918, abrió conventos, monasterios y residencias patriarcales para acoger a huérfanos y familias afectadas por el hambre. Llegó incluso a hipotecar propiedades del Patriarcado para obtener recursos con los que alimentar a la población, sin distinguir entre confesiones religiosas.

Aquellos gestos dejaron una profunda huella en la memoria colectiva del país. Cuando le preguntaban quién compensaría semejantes sacrificios económicos, respondía con sencillez: “Dios proveerá”. Por ello, el pueblo comenzó a llamarlo “el patriarca de los pobres y de los oprimidos”.

Además de su labor patriótica y caritativa, el nuevo beato dejó una profunda huella en la vida eclesial del Líbano. En 1895 fundó la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia, destinada a la educación, la evangelización y la asistencia social.

También promovió la formación del clero, el desarrollo de las misiones y numerosas obras de misericordia.

Nacido en Helta, una localidad de la Diócesis de Batroun, en el norte del Líbano, era hijo de un sacerdote. Tras cursar estudios en el seminario de Kfarhay y posteriormente en Ghazir, dirigido por los jesuitas, fue enviado a Roma para estudiar teología en el Pontificio Colegio Urbano de Propaganda Fide. Fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1870.

A su regreso al Líbano ejerció como profesor de Teología y secretario del patriarca Paul Massaad. En 1889 fue nombrado obispo y vicario patriarcal, desempeñando importantes misiones ante la Santa Sede y Francia. Diez años más tarde, en 1899, fue elegido patriarca maronita, cargo que ocupó hasta su muerte en 1931.

Actualmente, sus restos reposan en Ibrine, en la región de Batroun, junto a la casa madre de la congregación religiosa que fundó.

Íñigo María Prieto Delic, el bebé milagro que nació sin riñones: «La única opción fue abortar o esperar a que falleciera; la fe nos ha ayudado a vivir mirando al cielo sabiendo que la vida está en manos de Dios»

Íñigo María Prieto Delic junto a su familia / Foto: Cedida - El Debate

* «Nosotros desde el inicio decimos que tenemos tres ejércitos. Por un lado, el ejército del Hospital de la Paz... Por otro lado, hemos tenido la oración de la Iglesia de la tierra (conventos, misioneros, sacerdotes, comunidades, catequistas, compañeros de trabajo, etc) ... Y por otro lado, pues el ejército del cielo»

Camino Católico.-  Íñigo María Prieto Delic tiene once meses y tres días de vida. El 21 de agosto de 2025, este pequeño luchador nació en el hospital madrileño de La Paz con una patología que la medicina consideraba incompatible con la vida: agenesia renal bilateral. La ausencia de riñones –además de no contar con vejiga ni uretra– era prácticamente una condena a muerte, con solo un 1 % de posibilidades de supervivencia. Sin embargo, casi un año después, Íñigo es un niño feliz con más de ocho kilos de peso y con un espíritu luchador único en alguien de su edad.

Desde el hospital madrileño nos atiende su padre, Íñigo Prieto Urízar, quien combina su gran experiencia familiar –con otros cinco hijos más– para detallar con todo lujo de detalles la historia de su pequeño mientras le limpia y le cambia. Desde hace un mes, tras superar intervenciones críticas, el quirófano y la UCI, le concedieron al pequeño el alta domiciliaria, residiendo hasta agosto en la Casa Ronald McDonald's –situada dentro del propio recinto del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús en Madrid– junto a otras familias y con seguimiento en el hospital de La Paz.

Tenemos que retroceder hasta la semana 20 del embarazo cuando Diana, su mujer, le llamó con la peor de las noticias, tras someterse a una ecografía en Córdoba. En primer lugar, el matrimonio preguntó «si había alguna opción, que si había alguna operación intrauterina o algún caso histórico previo que hubiese salido adelante».

La respuesta parecía definitiva: no. La única opción que les ofrecieron fue «o abortar» o esperar el fatal desenlace: «Esperar a que falleciera porque el bebé no iba a poder desarrollar el pulmón y al nacer o en el vientre de la madre moriría». Íñigo y Diana, por su fe católica, no apoyaban la opción del aborto terapéutico.


Íñigo María Prieto Delic / Foto: Cedida - El Debate

Sin embargo, tras varios días preparándose y rezando para encajar el golpe, la búsqueda desesperada de respuestas por internet dio un giro inesperado. Íñigo encontró la imagen de una niña estadounidense nacida en con la misma condición que su futuro hijo y que había salido adelante: «Cuando vimos ese caso, nos pusimos en contacto con los americanos, tuvimos una videoconferencia. Nos recomendaron primero probar a ver en España y si no, pues nos atenderían allí. Pero claro, económicamente era una locura así. Nosotros estábamos dispuestos. En vez de hipotecar una casa, hipotecarnos con el bebé», dice Íñigo Prieto Urízar a Rubén Prieto en El Debate.

Si hubieran decidido la opción de viajar a Estados Unidos para lograr que su hijo naciera, solo el importe económico, podría superar los cuatro millones de dólares. En España, este tratamiento ha corrido a cargo de la sanidad pública e Íñigo Prieto se está beneficiando de una CUME (Prestación por Cuidado de Menores afectados por una enfermedad grave), que le permite no perder ingresos mientras le es imposible trabajar por tener que atender a un hijo en situación delicada de salud.

Íñigo María Prieto Delic / Foto: Cedida - El Debate

Fue entonces cuando entró en juego una ginecóloga amiga y una red médica, contactaron con el Hospital de La Paz en Madrid, donde el equipo encabezado por José Luis Bartha (jefe de ginecología y obstetricia de La Paz), junto con cuatro jefas de especialidades valoraron el caso (la jefa de nefrología, la jefa de urología, la deja de neonatología y la jefa de medicina fetal). El tratamiento durante las semanas de embarazo restantes consistió en inyectar suero con antibiótico en el vientre materno para sustituir el líquido amniótico y permitir el desarrollo pulmonar.

«Nos escucharon y decidieron ayudarnos y la verdad es que fue algo muy grande porque para nosotros abrió de repente una esperanza de vida», señala.

Íñigo María Prieto Delic con su madre Diana / Foto: Cedida - El Debate

Contra todo pronóstico médico inicial, la gestación alcanzó la semana 38, culminando con el nacimiento de su sexto hijo: «Una vez que salió de la puerta del quirófano, lo acompañé hasta la puerta de la UCI. Fue un momento increíble. Un monte del cielo en el que se te saltan las lágrimas. Te falta la voz. O sea, contemplas una debilidad tan grande que te sobrecoge».

Como era de esperar, los primeros meses en neonatología exigieron una lucha titánica, no exenta de complicaciones. El recién nacido sufrió un neumotórax, llegando a saturar al 50 %, por lo que fue bautizado in situ de urgencia. A la segunda semana le implantaron un catéter para poder iniciar la diálisis peritoneal. En Navidad, una bacteria le produjo una sepsis grave con síndrome de piel escaldada: «Estuvo como en una unidad de quemados y durante 15 días le trataron con antibióticos, un vendaje especial y cremas para ayudar al desarrollo de la piel. Ahí estuvo también muy grave».

Para poder llevar todo este proceso, el matrimonio –con residencia en Córdoba–, tuvo que turnarse por semanas entre la capital y su ciudad para atender a sus otros hijos. Y, al final de todo, la defensa por la vida y la fe ha permitido a esta familia vivir un auténtico milagro: «Nosotros desde el inicio decimos que tenemos tres ejércitos. Por un lado, el ejército del Hospital de la Paz... Por otro lado, hemos tenido la oración de la Iglesia de la tierra (conventos, misioneros, sacerdotes, comunidades, catequistas, compañeros de trabajo, etc) ... Y por otro lado, pues el ejército del cielo».

«La fe desde el primer momento también nos ha ayudado a vivir, a vivir mirando al cielo con esperanza y sabiendo que la vida está en manos de Dios. Para nosotros la fe lo ha supuesto todo, porque teníamos la mirada puesta en el cielo y esperando la voluntad de Dios. No sabíamos si ese niño sobreviviría o no, y lo hemos vivido muy día a día. Y seguimos así. Seguimos viviendo el día a día», señala.


Íñigo María Prieto Delic / Foto: Cedida - El Debate

Actualmente el pequeño pesa algo más de ocho kilos. El siguiente paso es alcanzar los diez y, una vez cumpla los dos años de edad, poder afrontar el trasplante de riñón y una compleja intervención para reconstruir la vejiga utilizando pared intestinal. Pese a las secuelas derivadas del tiempo encamado, Íñigo describe a su hijo como «un niño muy alegre, muy simpático, sonriente, dinámico y muy regordete». Para esta la familia, la ciencia y la fe se han unido de una forma extraordinaria y han hecho posible que hoy Íñigo esté vivo, gracias a la valentía de médicos que han apostado por la vida y a la oración de la Iglesia.

Tanto Íñigo como su mujer se encuentran eternamente agradecidos a todos los profesionales que han atendido hasta el momento a su hijo en el hospital de la Paz, a sus familiares, amigos, a lass personas que rezan por él y a la Fundación Ronald Mcdonald.

Quién sabe si algún día no muy lejano este bebé-milagro español podrá viajar junto a sus hermanos Rafael María, Luka María, Marta María, Teresa María e Ivana María al santuario dedicado a la Virgen María de Medjugorje en Bosnia donde se conocieron y se enamoraron sus padres. Diana es croata, pero nació en Mostar (Bosnia). Se instaló en Córdoba cuando se casó con Íñigo padre, que es ingeniero agrónomo y profesor del colegio La Salle. El amor que surgió en aquel santuario mariano explica que sus hijos lleven todos el nombre de la madre de Dios.

Sylvester Stallone: «Cuanto más me entrego a Jesús, a escuchar su Palabra y dejar que él guíe mi camino, siento que la presión se me quita de encima; si le dedicas tiempo, cosecharás los frutos»

Sylvester Stallone se convirtió a Cristo, volviendo a su fe católica cuando su hija Sophia, con dos meses de vida, tuvo que ser operada del corazón 

* «Pensé que si me pongo en las manos de Jesús y pido comprensión y orientación, básicamente me estoy quitando el yugo de encima y usando Su inteligencia y sabiduría para tomar las decisiones correctas»

Camino Católico.- Son varias las generaciones que crecieron junto al fervor de las peleas épicas que protagonizaba sobre el cuadrilátero Rocky Balboa. Fueron hasta 6 los volúmenes de una de las sagas cinematográficas más famosas de Hollywood. La última entrega, que disfrutaron millones de personas en la gran pantalla, cumple ya 20 años desde su lanzamiento.

En una entrevista concedida hace unos días a The Dove Foundation, el actor Sylvester Stallone confiesa que no se atribuye el mérito absoluto de aquella genialidad, sino que se considera un instrumento de Dios: «Sentí como si me impulsaran a hacer algo. En la primera película de 'Rocky'... nunca fui escritor y, de repente, un día sentí que me pedían que escribiera esto. Sentí como si Dios me estuviera moviendo a hacerlo. Por eso comencé la primera película de 'Rocky' con una imagen de Jesús».

Sylvester Stallone, el exitoso actor que dio vida al boxeador más famoso del mundo del cine, celebró a principios del mes de julio una fecha redonda: su 80 cumpleaños. Durante su larga vida ha protagonizado numerosos filmes, desde cintas eróticas más subidas de tono hasta la película Rambo IV, que él mismo califica de «cristiana». La trayectoria de Stallone dibuja una línea de ascenso desde la pobreza extrema hasta la cima de Hollywood, desde donde también se ha acordado en varias ocasiones de las raíces de su fe católica.

Una infancia marcada por la adversidad

Stallone nació con una parálisis facial parcial, debido a una complicación médica durante el parto, y cargó desde niño con dificultades para hablar. En su casa practicaban la fe católica y se la trasmitían entre generaciones. Sin embargo, la dura relación con su padre y las carencias económicas lo empujaron gradualmente a una deriva vital sin rumbo fijo.

A principios de la década de 1970, Stallone era un actor desempleado en Nueva York. Estaba sumido en una pobreza tan extrema que se vio obligado a dormir durante semanas en una estación de autobuses. Fue en ese momento de máxima vulnerabilidad cuando tomó una decisión de la que se arrepentiría públicamente durante años: protagonizar una película de corte erótico titulada The Party at Kitty and Stud's (1970). En una entrevista para PlayBoy declaró los duros momentos que vivía: «Era hacer esa película o robar a alguien, porque estaba en el límite absoluto de mis fuerzas».

Por aquel trabajo de dos días, el actor recibió apenas 200 dólares. Años más tarde, tras el descomunal éxito de su obra cumbre, los distribuidores reeditaron la cinta bajo el explícito título de El semental italiano para capitalizar su fama planetaria.

A pesar del bache moral que supuso aquella producción, el punto de inflexión definitivo llegó en 1976. Inspirado por una pelea entre Muhammad Ali y Chuck Wepner, Stallone se encerró a escribir un guion que cambiaría el destino del cine: Rocky Balboa. Aunque Hollywood le ofrecía grandes sumas de dinero por el texto a condición de que una estrella consagrada asumiera el papel principal, él se negó en redondo, manteniéndose firme a pesar de tener menos de cien dólares en el banco.

El ego, la fama y el vacío espiritual

El éxito masivo de Rocky Balboa (1976) —que se alzó con tres premios Óscar, incluido el de Mejor Película— catapultó a Stallone a un estatus de icono en la cultura global. Fue durante este periodo de opulencia y excesos en el que el actor admite haber perdido por completo el rumbo espiritual que le inculcaron en su hogar católico.

Sylvester Stallone en Rocky 3

«Sentí que al personaje de Rocky también le pasó algo parecido. Simplemente no tuvo la guía adecuada. Y entonces se le dio una oportunidad en la película, como si lo hubieran elegido. Jesús estaba con él y él iba a ser el tipo que viviría a través del ejemplo de Cristo», explica ahora Stallone en la entrevista con The Dove Foundation. «Es muy indulgente, no hay amargura en él. Siempre pone la otra mejilla. Es como si toda su vida hubiera sido un servicio», define el actor a su personaje.

«Y dije: 'Hombre, si pudiera tomar mi historia, mis sentimientos, y ponerlos en el cuerpo de un boxeador, porque el boxeo es un símbolo de la lucha constante y del ejemplo de Cristo', pensé, 'esto sería realmente interesante' y eso fue exactamente lo que pasó», detalla. «Fue como un regalo inesperado, la verdad», reconoce Stallone.

La tentación del mundo real y de la industria del entretenimiento sustituyó los altares por el culto al ego y la autorrealización material. «Te crees el dueño de tu propio destino, te vuelves arrogante y dejas de pedir guía», afirma. La desconexión espiritual que vivió durante esos años afectó directamente a su trabajo. «Me distraje muchísimo y me absorbí en mí mismo», reconoció.

El regreso a casa: «La iglesia es el gimnasio del alma»

El verdadero retorno de Stallone a la fe activa no ocurrió en un momento de triunfo cinematográfico, sino a través del dolor familiar. En 1996, a los dos meses de edad, su hija mayor Sophia tuvo que ser operada del corazón por  una grave cardiopatía con la que nació, que puso en riesgo su vida. La intervención fue realizada sin mayor dificultad y Sophia pudo tener una vida totalmente normal. Sin embargo, este hecho supuso para el actor un gran impacto: "No lo sé. Es la vida. Tu carrera profesional te está llevando por un lado, y dejas de estar en comunicación con tu familia". Ante la impotencia médica, 

Otra de las causas de su conversión fue su esposa. Y es que, tras dos uniones que se rompieron poco tiempo después de haber sido contraídas, su matrimonio con Jennifer Flavin -la madre de Sophia y actual esposa de Stallone- supuso en él un cambio vital, viviendo de forma diferente la enfermedad de Sophia y empezando a rezar: «Ahí fue cuando volví a ponerlo todo en manos de Dios, su omnipotencia, su perdón. Te das cuenta de que tú solo no puedes cargar con el peso del mundo».

Sylvester Stallone empezó a orar para invocar a Dios y volver a Él

De este modo, Stallone dejó de fiarse de su propio criterio y comenzó a pedirle luz a Cristo: "Pensé que si me pongo en las manos de Jesús y pido comprensión y orientación, básicamente me estoy quitando el yugo de encima y usando Su inteligencia y sabiduría para tomar las decisiones correctas".

A partir de ese instante, su perspectiva sobre el cristianismo dio un giro radical. Sylvester Stallone comenzó a hablar de manera explícita sobre su fe en Jesucristo y la importancia fundamental de pertenecer a una comunidad religiosa institucionalizada. Una de sus metáforas más célebres combina su pasado atlético con su presente espiritual: «No tener a la iglesia es como tener un bote sin timón: piensas que puedes hacerlo por tu cuenta, pero necesitas ayuda. La iglesia es el gimnasio del alma».

«Toda mi vida he estado involucrado con el ejercicio, pero no importa cuánto —y sé mucho sobre el cuerpo—: necesitas ayuda. Necesitas un entrenador. Necesitas ir a un gimnasio y necesitas tener la experiencia y la guía de alguien más. No puedes entrenarte solo. Siento lo mismo sobre el cristianismo y la Iglesia», prosigue el célebre autor. «Los sacerdotes, los reverendos, los ministros y los pastores: ellos son los entrenadores, ellos son los que te guían en ese momento difícil y te llevan a ese lugar al que no crees que puedes ir, pero con su ayuda puedes ir», señala.

Pero advierte: «No se consigue eso solo. Mucha gente dice: 'Oh, puedo hacerlo solo'; 'tengo una relación personal con Dios'». «No es lo mismo», sentencia. Por eso, reconoce que «cuanto más voy a la iglesia y más me entrego al proceso de creer en Jesús, de escuchar su Palabra y dejar que él guíe mi camino, siento que la presión se me quita de encima. De verdad. Si le dedicas tiempo, cosecharás los frutos».

El impacto de su conversión no solo transformó su vida privada; también redefiniría el propósito de su arte. Al filmar Rocky Balboa se aseguró de que el trasfondo teológico del personaje fuera evidente para el público. «Lo primero que hace Rocky después de salir del ring es apuntar directo hacia Dios. Justo antes de la pelea, lee las escrituras. Al final, mientras la gente aplaude su despedida, él apunta hacia los cielos para que se entienda de dónde viene su fuerza», explica.

El encuentro con el Papa Francisco 


Stallone con su familia en El Vaticano conociendo al Papa Francisco: su esposa Jennifer y sus hijas Sophia, Sistine y Scarlet, y su hermano FranK

Sylvester Stallone, su esposa Jennifer y sus hijas Sophia, Sistine y Scarlet, viajaron a El Vaticano el 8 de septiembre de 2023 para sostener una audiencia privada con el Papa Francisco. El encuentro, que en un inicio fue solemne, requirió que las cuatro mujeres fueran vestidas de negro riguroso, mientras que Stallone se dejó ver con un traje. Rápidamente, tras los primeros minutos de la reunión, todo fue risas.

Sylvester Stallone bromea con una anciano Papa Francisco en septiembre de 2023

El video del encuentro fue compartido en X y en este se aprecia a Stallone presentando a su familia al Papa. Después de presentarle a su esposa, a sus tres hijas y a su hermano, Stallone le agradeció al Papa por haberlos recibido. “Muchas gracias por haberse tomado el tiempo de su ajetreada agenda. Lo apreciamos muchísimo”, remarcó. En tanto, Francisco le respondió que él se sentía “honrado” por la presencia del actor. “Nosotros hemos crecido con tus películas”, afirmó.

Entonces, Stallone sonrió y replicó con una escena que nadie esperaba. Levantó los puños, simuló estar por iniciar un combate y preguntó al Papa: “¿Listo para boxear?”. Por su parte, Francisco alzó su puño izquierdo en un gesto cómplice, como si aceptara la invitación.

El actor también ha estado involucrado en obras de caridad y organizaciones benéficas.

En el pasado, subastó alrededor de 1.400 artículos de sus pertenencias, como accesorios, disfraces y otros recuerdos de películas. Las ganancias fueron donadas a los veteranos y militares heridos de los Estados Unidos.

También ha realizado donaciones para comunidades afectadas por la pandemia de covid-19 o para ayudar a la Asociación Canadiense de Diabetes y en favor de la concienciación sobre la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Además, ha colaborado con personas afectadas en desastres naturales, organizaciones infantiles, el Fondo de Cine y Televisión (MPTF), entre otras causas.

Olivier-Pierre Dionga, futbolista: «Había hecho un ídolo del fútbol, pero en la JMJ de Panamá puse a Dios en el centro de mi vida, y dije: 'Aquí estoy Señor, te encomiendo mi vida, ¡te toca a Ti!'»


Olivier-Pierre Dionga ha cumplido su sueño de ser futbolista profesional pero ha optado por dejarse guiar por Dios / Foto: Instagram/@op.dionga

* «Lo que más me impactó fue una catequesis dada por un obispo francés. Él comentó durante veinte minutos el 'aquí estoy' de la Virgen en la Anunciación. Cada una de sus palabras me habló directamente: el estar disponible para el Señor y escucharlo, confiar en Él para todo, dejar que nos guíe, en lugar de querer controlarlo todo»

Camino Católico.- Olivier-Pierre Dionga deseaba ardientemente ser futbolista e hizo todo lo posible para conseguirlo, dejando a Dios y su fe de lado. Sin embargo, su hermana lo invitó a la JMJ de Panamá, lo que podía poner en peligro su carrera deportiva, pero por un impulso del Espíritu Santo decidió ir: “Había hecho un ídolo del fútbol, al que lo había sacrificado todo, una religión con sus ritos, su culto al rendimiento y al dinero. En la JMJ de Panamá decidí volver a poner a Dios en el centro de mi vida, y dije: 'Aquí estoy Señor, te encomiendo mi vida, ¡te toca a Ti!'”, afirma el jugador francés Olivier-Pierre Dionga a La Vie, contando su testimonio en primera persona. Esta es su historia:


Olivier-Pierre Dionga tuvo su encuentro con Cristo en la JMJ de Panamá / Foto: Instagram/@op.dionga

 «Cuanto más me abandonaba al Señor, más me acompañaba»

Pateé mi primera pelota a los 6 años, en los bajos de mi casa, en el edificio en Limeil-Brévannes (Val-de-Marne). En los barrios el fútbol es el deporte popular por excelencia. Pasábamos las tardes jugando hasta el anochecer. Estar con mis amigos me producía una intensa alegría. 

Comía, dormía, vivía en el fútbol. Mi madre todavía recuerda cuando le dije un día: 'Te quiero, pero prefiero el fútbol'. Como la mayoría de los jóvenes de los suburbios, me propuse ser futbolista profesional. Soñaba con tener una carrera como Zidane, Ronaldinho o Messi.

Con nueve años, empecé a formar parte del club de fútbol Créteil. Aunque hubiera sido bueno, mis padres se habrían negado a dejarme firmar un contrato profesional a los los 16 o 17 años, como sí hicieron algunos de mis amigos. Mis padres solo querían que estudiara.

En retrospectiva, comprendo mejor su posición. Mis padres habían hecho mil sacrificios al dejar la República del Congo y establecerse en Francia. Habían trabajado muy duro para ofrecer a sus hijos lo que ellos no tenían: la oportunidad de estudiar y, por tanto, de encontrar un buen trabajo, adquirir cierta estabilidad y triunfar socialmente. Esperaban algún tipo de retorno de la inversión y, como buen chico, yo obedecí. Pero, cuando me diplomé, con 23 años, aproveché la oportunidad que se me presentó y fiché por el US Ivry, un club de la Nacional 3.

Negocié un trabajo a tiempo parcial e incluso dejé de ir a la Iglesia. Siempre había estado involucrado en la Iglesia. Tuve la gracia de nacer en una familia católica practicante; mi madre tiene una fe fuerte y viva. Un cristiano es cristiano si está en peligro, especialmente en los suburbios obreros como el mío, donde el Islam está muy activo. Aquí, si no estás cerca de Jesús, te conviertes al Islam rápidamente.

Yo era uno de los únicos católicos del vecindario, el único en un grupo de amigos en el que eran todos musulmanes practicantes. Mi religión era tema de conversación, me preguntaban que cómo se puede creer que un hombre que puede ser Dios, que Dios pueda tener un Hijo... Sus preguntas me inquietaban, pero también me empujaron a aprender más sobre mi propia fe, para comprenderla y explicarla mejor. Quería 'dar razón de la esperanza que hay en nosotros', como aconseja San Pedro comenta el futbolista.

En la secundaria, poco a poco descubrí el tesoro de la fe cristiana. Nada me salió como quería en el fútbol, pero tuve perseverancia, seriedad y rigor, mientras permanecía en el banquillo de los suplentes. En mi oración vespertina, como Job, clamé a Dios: ¿Por qué mis esfuerzos no son recompensados? Pero, en el fondo, no estaba rezando para que se hiciera la voluntad de Dios. Sólo me importaban mis proyectos.

Un sábado, durante un partido, mi entrenador me pidió que calentara en el minuto 90. ¡Era una buena señal! Cuando me sacó al campo, el árbitro pitó el final del partido. Estaba devastado, desesperado.


 Olivier-Pierre Dionga asegura que "cuanto más me abandonaba al Señor, más me acompañaba, incluso en el campo" / Foto: Instagram/@op.dionga

Cuando estaba en lo más bajo de lo más bajo, Dios vino a mí y me llamó. Primero fue mi hermana la que tuvo la divertida idea de invitarme a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Panamá. No le vi ningún sentido a ir, si iba, corría el riesgo de perder mi puesto en el equipo. 

Poco después, durante una alabanza, escuché el himno oficial de la JMJ: 'Hágase en mí según tu palabra'. Este estribillo, tomado del Evangelio, me conmovió como nunca antes. Me sentí movido por el Espíritu Santo a decir que sí. Todas las puertas, hasta las más cerradas, se abrieron para poder ir a Panamá. Durante la JMJ tuve una fuerte experiencia espiritual, diría incluso una conversión.

Me impresionó encontrarme entre 700.000 cristianos jóvenes, alegres y entusiastas de todo el mundo. Lo que más me impactó fue una catequesis dada por un obispo francés. Él comentó durante veinte minutos el 'aquí estoy' de la Virgen en la Anunciación. Cada una de sus palabras me habló directamente: el estar disponible para el Señor y escucharlo, confiar en Él para todo, dejar que nos guíe, en lugar de querer controlarlo todo.

Me di cuenta de que había hecho un ídolo del fútbol, al que lo había sacrificado todo, una religión con sus ritos, su culto al rendimiento y al dinero. En Panamá decidí volver a poner a Dios en el centro de mi vida, y dije: 'Aquí estoy Señor, te encomiendo mi vida, ¡te toca a Ti!'. Al regresar a Francia, mi entrenador me echó del primer equipo. Ver seis meses de intenso entrenamiento esfumarse así fue desgarrador, pero me mantuve firme en la fe.

Una semana después, despidieron a mi entrenador y su sustituto me reincorporó al equipo y hasta comencé a jugar. Al año siguiente, volví a ser catequista responsable de unos sesenta estudiantes de secundaria. Como era año fraternal en Lourdes, iba a tener que reducir el tiempo dedicado al fútbol. Sabía que el que confía en el Señor, y le da el primer lugar, todo lo puede. Era la vigilia de adoración, que reuniría a más de 300 jóvenes, y, al día siguiente, tenía entrenamiento para el partido. Le dije a mi entrenador que no podría ir. Su reacción todavía me conmueve: 'Cuida tu fe, confío en ti'.

El fútbol es una buena escuela para aprender la unidad en la diversidad, la fraternidad, la solidaridad, la preocupación por los demás... Ganamos juntos, perdemos juntos. Desde el portero hasta el atacante, todos tienen un papel que desempeñar en esta sinfonía. Lo mismo ocurre en la Iglesia, donde todos son miembros del cuerpo de Cristo.

Cuanto más me abandonaba al Señor, más me acompañaba, incluso en el campo. Ese año terminé entre los cinco mejores goleadores de Île-de-France. Pude unirme a otro club, el US Créteil-Lusitanos, con un sueldo mayor. Incluso tuve la oportunidad de jugar unos minutos en la tercera división nacional, algo que antes hubiera sido imposible.  

Olivier Giroud, el máximo goleador de la selección de Francia, es para mí un modelo de futbolista cristiano. Criticado, abucheado, perseguido, nunca dijo una palabra más fuerte que la otra ni alimentó la controversia. Se mantuvo sencillo, a pesar de la presión, los medios y los millones. Lleva su cruz, humildemente. Permanece arraigado en Cristo, cuya gracia experimenta en la victoria y, especialmente, en las dificultades.

Olivier-Pierre Dionga