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lunes, 14 de septiembre de 2026

Ainara Santín Torrecilla alejada de la fe fue a China con una beca y allí tuvo su encuentro con Dios al conocer a dos musulmanas: «Llevaba 8 años luchando contra la bulimia, hice ayuno por el Señor y fui sanada»

Ainara Santín Torrecilla es de Madrid, y, aunque había recibido la fe en su familia, su encuentro con Dios sucedió en una temporada en China en la que hizo amistad con dos chicas musulmanas / Foto: Religión en Libertad

* «Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él… La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí»

Camino Católico.- Esta historia es la de una joven de Madrid que tenía la fe en su propia casa, en su barrio y en el colegio, pero que sin embargo, tuvo que ir al fin del mundo para encontrarse con Dios. 

La conversión de Ainara Santín Torrecilla empezó con un formulario de un gobierno comunista para obtener una beca con la que estudiar en China. En un apartado, el gobierno pide declarar la religión que se profesa, ya que en el país está prohibido todo culto fuera de los lugares exclusivamente registrados para ello. Ainara en un primer momento escribió "atea". 

Era lo más honesto: llevaba años sin confesarse y solo iba a misa por el miedo al qué dirán en su familia. Le estuvo dando vueltas varios días, con la solicitud a medio enviar, hasta que borró la palabra y puso "católica", pensando en sus raíces culturales y lo que había recibido en su familia, pero no en lo que ella creía.

Lo interesante de esta historia no es que alguien redescubra la fe, sino dónde: en una ciudad de once millones de habitantes, casi el triple que Madrid, con una sola iglesia católica y gracias a la amistad de dos compañeras musulmanas. 

"Lo que más sorprende a la gente es que fuera en China. " para mí es lo menos sorprendente: yo necesitaba empezar de cero, donde nadie me dijera absolutamente nada de por dónde debo tirar", dice ella a Diego Peralta en Religión en Libertad

Y es que Dios muchas veces es capaz de ir al fin del mundo con tal de buscar a la oveja perdida.

Una fe, en España, "más cultural que real"

Ainara se crió en un ambiente católico de manual: misa los domingos, catequesis y colegio concertado. Iba, aunque participaba tímidamente. Lo resume con una frase que retrata una gran parte de la sociología española: "Me he criado rodeada de una fe que era más cultural que real. Nunca llegué a interiorizar lo que creía”.

Cuando tuvo que elegir qué iba a estudiar, no sabía qué haría, pero sí que quería salir de su casa. Acabó en Sevilla estudiando sobre Asia Oriental, sola. 

Cuando se encontraba inmersa en un ambiente ateo o prácticamente anticlerical, "no tenía una base consolidada, no tenía fuerza para contestar a los argumentos que sacaban cuando atacaban la religión", cuenta.

Cortó con la fe, definitivamente, en tercero de carrera, con un intercambio en Taiwán. Viajó con dos chicas abiertamente contrarias a la Iglesia y dejó de ir a misa, primero por pereza y después por vergüenza. 

"Allí dio la casualidad de que había una iglesia a quince minutos, pero no iba porque no quería que se enteraran o por pura pereza”, recuerda.

Mantener la imagen ante su familia practicante

Cuando volvió a España de Taiwán, comulgaba sin confesarse. Iba a misa cuando estaba su familia delante, "por mantener la imagen", como cuenta ella misma. 

Una Navidad, tomando chocolate con ellos en una cafetería, su madre le preguntó si seguía yendo a misa. Dijo que sí, aunque no era verdad. "Me sentí tan mal que el resto del curso empecé a ir otra vez, porque estaba decepcionando a mis padres. Ahora en perspectiva veo que solo hacía eso por no sentirme juzgada."

Terminó la carrera y pasó un año en Madrid sin trabajo, sin estudios y sin ganas: días enteros vacíos, sentada en el sofá. “Cuando digo que me perdí es que literalmente no tenía motivación para nada." 

Solo una: la beca del Gobierno chino, trece plazas en toda España. Se la dieron. "Yo estaba huyendo, llevaba seis años huyendo, de mi vida, de mi casa, de todo lo que había recibido en definitiva."

Una Biblia del revés y dos compañeras musulmanas

Entre el formulario y el avión pasó otra cosa que describe como providencial: metió la Biblia en la maleta. Iba justa de peso —"pesa un montón y pensaba, ¿a dónde voy yo llevando esto?"— y aun así la cargó. Al llegar la colocó en la estantería dada la vuelta, con el lomo hacia dentro, para que nadie supiera que la tenía. No la abrió hasta meses después.

Lo único que se propuso fue ir a misa los domingos. Ni confesarse, ni rezar, ni buscar comunidad: mantener el hábito por pura costumbre, ya que tenía el recuerdo agridulce de lo sola y perdida que se había sentido en Taiwán. 

Sin haberlo planeado, el hostal donde se alojó los primeros días en una ciudad de millones de habitantes ¡estaba justo al lado de la única iglesia católica de la ciudad!

Con el jet lag se despertó a las cinco de la mañana y vio que había misa a las seis – en China el culto religioso es a horas intempestivas para no colisionar con el resto del día– y se sentó en los bancos de atrás. 

Lo que encontró le desmontó algo: chinos arrodillados en el suelo, rezando con devoción, y mucha más gente de la esperada. "Aquí el catolicismo no es la norma. La gente que viene es porque se lo cree de verdad. A mí eso me sorprendía: aquí tiene que haber algo. Y más en un país profundamente ateo donde la religión se mira con lupa y con recelo"

El segundo golpe llegó en clase. Eran siete alumnos y dos eran musulmanas, una yemení y otra marroquí. Ainara, que llegó con prejuicios y con miedo a ofenderlas; se encontró con dos mujeres que rezaban sin esconderse, que llevaban velo en un país donde está mal visto y que hablaban de Dios en voz alta.

 "Yo, que había puesto la Biblia del revés nada más llegar, de repente me encontré a gente súper abierta con su religión, que compartía con naturalidad lo que vivía y que lo hacía desde el corazón y con convicción. Me pintaban una imagen de Dios en la que realmente deseaba crear, aunque no sabía todavía cómo."

Una noche de viaje, la yemení se puso a rezar en la habitación, ya que en China está prohibido rezar en espacios públicos. Ainara sintió el impulso de rezar algo, lo que fuera, y así acompañarla y hacer algo mientras tanto. Buscó cómo rezar el rosario en el móvil porque no se lo sabía. Rezaron a la vez, cada una lo suyo. "Sentí con ellas una libertad de ir encontrando lo que yo quería."

Las tres amigas se fueron de viaje por toda la costa este china. En una iglesia de Qingdao, las musulmanas le señalaron una estatua. ¿Quién es este?, preguntaron "Creo que es San José", dijo ella. Y no supo defender nada más. 

"Me supuso un gran impacto no saber responder. Se suponía que tenía una infancia y educación católicas y no sabía responder nada sobre san José, ellas conocían mejor su historia incluso".

Esa tarde abrió la Biblia en el móvil para buscar la historia. Fue la primera vez que leía algo relacionado con la fe de manera voluntaria. Este fue el primer gran cambio de Ainara: descubrir que realmente nunca se había parado a profundizar en aquello que decía crear (aunque fuese solo culturalmente).

El rosario por teléfono y debates sobre religión

A partir de ahí todo se aceleró. Una amiga del colegio, también alejada de la fe, le escribió desde España transformada después de hacer un retiro de Effetá y empezaron a rezar el rosario juntas por teléfono todos los días salvando la diferencia horaria: mediodía en España y por la noche en China. Las llamadas de quince minutos acabaron durando dos horas.

Los debates con sus amigas musulmanas subían de nivel —la venganza, la pena de muerte, la misericordia— y Ainara empezó a formarse por su cuenta para sostener lo suyo. "Sentía un fuego interior y mucha sed", defiende.

El ayuno, la promesa y el tren cancelado

Llegó la Cuaresma, cuatro días después del comienzo del Ramadán aquel año, y las conversaciones derivaron al ayuno. Escuchando cómo ayunaban ellas, sintió rechazo por lo poco que se le pedía a ella con solo dos ayunos en todo ese tiempo litúrgico (Miércoles de Ceniza y Viernes Santo).

"Sentí una llamada muy fuerte a hacer un ayuno en condiciones, y sobre todo a hacerlo por el Señor". Y aquí hay algo que ella insiste en que se diga: llevaba ocho años luchando contra la bulimia, y el ayuno había sido siempre parte del problema, no de la solución, lo que hacía este propósito un poco más complicado debido a una relación problemática con la comida a la que ella todavía no había puesto nombre.

Le pidió ayuda a su compañera de habitación que le escondiera la báscula y que no la dejara pesarse ni un solo día. Sustituyó las horas de comer por rezar, leer la Biblia y pasear. Cuenta que llegó a hacer ayunos completos durante varios días seguidos, pero que en este caso su única motivación era la mortificación y unirse más a Dios.

Ainara Santín Torrecilla en varios de los destinos que visitó durante su año en China / Foto: Religión en Libertad

Ella seguía hablando a diario con su amiga en España y con sus dos amigas musulmanas en China. En medio de un debate en el que ella defendía la confesión, oía como se decía a sí misma en su interior: “Llevas cuatro años sin confesarte, estás hablando como una hipócrita”.

Ella era consciente de que no estaba en gracia y no podía seguir comulgando sin antes hacer una buena confesión. 

No había sacerdotes occidentales en su ciudad. Rezando, se acordó de que cuando había estado en Pekín, escuchó que en algún lugar había una misa en castellano. Montó un plan de película para el siguiente fin de semana, que además coincidía que era Domingo de Ramos: cogería un tren nocturno de dieciséis horas a Pekín, la distancia que separaba su ciudad de la capital, buscaría la iglesia el sábado, se confesaría y volvería directa en otro tren de dieciséis horas para las clases del lunes.

La semana se le vino encima: le cambiaron las clases y le encargaron un montón de trabajos que no podía hacer en el tren. Agobiada, salió al balcón de la residencia, se sentó en un taburete azul y le hizo a Dios una promesa que sabía que no debía hacer: "De aquí a tres días estoy confesada". Volvió a la habitación, miró el móvil y leyó: por razones desconocidas, el tren de mañana a Pekín queda cancelado.

"Mi primera reacción fue enfadarme. '¡Acabo de prometerte que me voy a confesar y me estás quitando las posibilidades!' El cabreo me duró treinta segundos." Después vino una paz que no supo explicar. Preparó la confesión en inglés con la app de notas del móvil y el domingo se plantó una hora antes en su iglesia, vacía, a preguntar en la tienda de artículos religiosos si alguien conocía a un sacerdote angloparlante. 

"En media hora llega uno que habla inglés y viene a confesar", le dijeron. Se confesó allí, sin tren y sin dieciséis horas de viaje. Salió con el ramo bendecido y con una sensación de paz indescriptible.

¡Jesús es el Señor!

Sin embargo, quedaba un muro por derribar: creía en Dios Padre con naturalidad, pero no terminaba de ver a Jesús como Dios. Escuchando una canción de alabanza que decía «Cristo es Rey» le chirrió tanto que llamó a su amiga para despotricar. 

En mitad de la llamada, mirándose al espejo del baño de los dormitorios, tuvo una imagen mental muy nítida: un camino de arena, gente a los lados y alguien acercándose hacia ella. "Supe que era Jesús, y tuve la certeza absoluta de que era Dios. En esa imagen caí de rodillas delante de Él." Hubo dos segundos de silencio al teléfono e inmediatamente comenzó a alabar a Cristo como Hijo de Dios.

Ocho años de enfermedad, borrados de golpe

Ainara pasó la Semana Santa en la basílica de Sheshan, en Shanghái, uno de los grandes lugares de peregrinación de Extremo Oriente. 

Y al volver ocurrió lo que no había pedido: entró a una tienda a por su atracón de comida habitual y salió sin nada. 

Ya en España, después de cenar, sacó las galletas y se quedó cinco minutos mirándolas. "De repente entendí cosas como que cuando estás lleno dejas de comer, que es algo que no entendía antes". 

Ocho años de enfermedad desaparecieron en un instante. Hasta el día de hoy afirma que no ha vuelto a sentir la necesidad de repetir los comportamientos que tanto le habían hecho sufrir. "Ese es mi milagro, mi sanación." Y lo subraya: solo había pedido ayuda para llevar bien los ayunos de Cuaresma.

Contarlo en casa le daba algo de respeto. 

Sus padres, que habían sido durante muchos años coordinadores nacionales de Encuentro Matrimonial, un movimiento eclesial para matrimonios, ni siquiera sabían que había perdido la fe ni que estaba enferma. Se lo contó todo este verano de 2026. "Me dijeron que les daba pena no haber sido participes de mi vida, pero se llevaron una gran alegría". 

Hoy vive en Madrid, ha empezado dirección espiritual, ha sido monitora en un campamento, tiene una comunidad parroquial que buscó a propósito porque sabía que sola volvería a perderse, y un novio que no entraba en ningún plan. 

También reconoce que hay bajones. "El impulso inicial ya no lo tengo. Y me da rabia, porque cuando la gente me pide testimonio lo cuento y digo: ¿cómo es posible que ahora haya cambiado tanto todo, si he vivido todo esto en mi propia piel?".

"La conversión es algo constante. Es una decisión, es un decir sí", entiende hoy. Y tiene una advertencia: no hay que rendirse en los momentos de menos fe, vale la pena sostener lo básico, y aceptar de vez en cuando que el Señor te cancele el tren. 

jueves, 16 de abril de 2026

Weng Yirui, pianista atea china, llegó a la fe preguntándose por ese «Dios que muere» interpretando el ‘Gloria’ de Vivaldi: «El encuentro con Dios y la oración cambió mi vida, porque ahora ya no tengo miedo»


Weng Yirui, pianista atea china, que inició su camino de conversión interpretando el ‘Gloria’ de Vivaldi, pero fijándose en la letra y preguntando: “¿Qué historia es ésta? ¿Cómo puede Dios morir?”

* «Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo. El padre Francesco me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús»

Camino Católico.- "¿Cómo puede Dios morir?". Ésta es la historia de una pianista atea que empezó a hacerse preguntas por el Gloria de Vivaldi. Y de cómo, gracias a su amistad con un sacerdote, se convirtió y aprendió a perdonar. "Rezo para que los jóvenes de China puedan ver y seguir la verdad, y no a la sociedad", dice.

Leone Grotti ha hablado con Weng Yirui en el número de enero de 2025 de Tempi y lo traduce Verbum Caro en  Religión en Libertad:

La partitura y la cruz

"¿Qué historia es ésta?". La pregunta que Weng Yirui hizo a su profesor de música sacra en 2018, interrumpiendo de repente la interpretación al piano del Gloria de Antonio Vivaldi, no es exactamente el tipo de pregunta que se suele escuchar en el Conservatorio de Milán. Los alumnos suelen omitir el texto y centrarse en la partitura o en la técnica. Pero Yirui no sabía lo que era una misa y mucho menos un "cordero de Dios" y, cuanto más intentaba el profesor, asombrado, resumir con pocas palabras la historia de Jesús, la más conocida del mundo, que hoy en Occidente casi damos por sentada, más insistía la joven china con sus preguntas.

El 'Gloria' de Vivaldi, con su mención al 'Agnus Dei, Filius Patri [Cordero de Dios, Hijo del Padre]', despertó la inquietud de Yirui.

"¿Cómo puede Dios morir?", preguntaba sorprendida sin prestar atención a la incredulidad de su interlocutor. "¿Y por qué deberíamos celebrar su muerte?". Yirui se había trasladado a Italia, patria de la ópera, desde la lejana Hangzhou, a más de 9.000 kilómetros hacia el este, en China, por amor a la música. Y no podía imaginar que el origen de aquellas melodías que tanto la habían fascinado era mucho más profundo que la mera creatividad del artista.

"Antes de llegar a Italia en 2016, con 22 años, nunca había visto una iglesia", cuenta Yirui a Tempi, recibiéndonos en el estudio de su casa de Milán, mientras desde la habitación contigua un majestuoso gato de suave pelaje gris produce una sinfonía de fondo paseando perezosamente sobre el teclado del piano.

Weng Yirui, al piano: descubrió la fe haciéndose preguntas sobre la música sacra que tocaba / Foto: Tempi

Bautizarse en Milán

Todo en casa de Yirui habla de música: los libros de texto del Conservatorio ordenados en las estanterías de la librería, las partituras sobre las mesas y las sillas, los carteles de La Traviata de Giuseppe Verdi o Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadeus Mozart colgados de las paredes.

Y entre ellos, destacan una copia del icono ortodoxo más famoso del mundo, la Theotokos de Vladimir, una de la Virgen de Sheshan, la más conocida de toda China y una del Crucifijo de San Damián, el que según la tradición, en 1205 habló así al poverello de Asís: "Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, está toda en ruinas".

La Virgen de Vladimir, la Virgen de Sheshan y el Crucifijo de San Damiano

Hay una iglesia en su ciudad natal, pero Yirui, nacida el 8 de agosto de 1994 en Hangzhou y "renacida" con el nombre de Eleonora el día de su bautismo en Milán, el 8 de abril de 2023, nunca había reparado en ella. Sus padres, ateos, siempre le habían enseñado a creer sólo en sí misma y en el trabajo duro. La madre es profesora de Física en un instituto, su padre de Psicología; la única filosofía permitida en casa siempre ha sido la utilitarista. "Ellos nunca han creído en nada. Mi padre, además, es miembro del Partido Comunista chino": por tanto, seguía el ateísmo también por contrato. Sólo en Nochevieja la familia Weng iba al templo budista a "quemar unas velas de incienso", más por tradición que por otra cosa.

"No hagas preguntas inútiles"

En realidad, Yirui tenía muchas preguntas, pero su madre siempre las cortaba de raíz. "Un día llegué de la escuela y le pregunté de dónde venimos y adónde vamos después de la muerte", cuenta la pianista. "Mi madre se sentó a la mesa, abrió su libro de física y me explicó el origen científico-material del mundo. Luego lo cerró y me dijo: 'No hagas más preguntas inútiles'".

No pudiendo expresarse con palabras ("en China no hay mucha libertad entre padres e hijos"), Yirui aprendió a hablar a través de la música. La chispa de la pasión prendió en ella a una edad muy temprana. "En Hangzhou, vivíamos en el campus de la escuela donde mis padres enseñaban. Después de las clases, a menudo me dejaban tocar en las aulas. Un día vi un piano y empecé a tocar las teclas por diversión. Me gustaba el sonido. Mi padre me vio y me preguntó si quería aprender. Le dije que sí y desde entonces no he parado".

A través de la música, Yirui pudo expresar esas emociones que siempre había tenido que reprimir en casa. Sentada frente al piano, le resultaba fácil hacer lo que parecía imposible en su escritorio: concentrarse. "Cuando toco, el tiempo parece detenerse y es cuando me siento realmente cómoda. Para mí la música es muy importante, es el instrumento para hablar de mí misma. Por eso también me he acostumbrado a captar todos sus matices".

Como la belleza de la armonía en Johann Sebastian Bach, algo "increíble que nunca había percibido en otras composiciones". Su profesor en China "se centraba sólo en la técnica, para él era suficiente que yo supiera interpretarlo perfectamente de principio a fin. Pero parecía haber algo más en aquella música, aunque yo no entendiera el qué. Hoy sé que sin Dios esos motivos nunca habrían existido, pero en China ni siquiera se mencionaba el tema".

El 'Gloria' de la 'Misa en Si menor' de Juan Sebastián Bach

A veces alegre, a veces triste

Yirui conoció el cristianismo en 2016, cuando decidió trasladarse a Italia. Graduada por la Universidad Normal de Hangzhou, se especializó en didáctica, piano y canto. "No me gusta ser solista, me gusta colaborar con los demás", continúa, ajustándose un mechón de su larga melena castaña. "Por eso decidí ejercer de acompañante de coro, para ayudar a los cantantes". La patria de Giuseppe Verdi era el lugar ideal para cultivar su pasión y convertirla en profesión y justo buscando información en internet sobre el Belpaese, Yirou se topó por primera vez con un término desconocido: "Italia es un país 'católico'".

Tras trasladarse a Milán para estudiar el idioma, pronto se dio cuenta de lo que significaba el término. "Uno de los primeros lugares que nuestro profesor de italiano nos llevó a visitar fue el Duomo y me quedé boquiabierta: nunca había visto nada tan bonito e inmediatamente me pregunté por qué se había construido un edificio tan magnífico". Luego, paseando por el centro, se dio cuenta de que "había una iglesia casi en cada esquina" y una vez entró en una: "Me sorprendió el silencio. Vi a esa gente, sentada en los bancos, o de pie, sin hablar. Me pregunté qué estarían haciendo. Luego me di cuenta de que todos miraban el crucifijo y no comprendía por qué".

Esas preguntas latían en su interior como brasas humeantes bajo las cenizas y se despertaron en 2018, en su segundo año en el Conservatorio de Música de Milán, cuando empezó un curso de música sacra. El profesor, ateo, no podía responder a sus preguntas y ella se dio cuenta de que si quería entender esa música "espléndida, a veces alegre y a veces triste", tenía que comprender la cultura italiana y "profundizar en la religión católica". La oportunidad llegó en 2020. "Después de graduarme, empecé a trabajar en el Conservatorio de Novara. Un compañero me llevaba a la ciudad piamontesa. Era católico e iba a misa todas las mañanas. Yo le esperaba en la puerta de la iglesia y después me subía al coche con él".

La desventaja de ser bueno

Durante el trayecto, Yirui encontró respuestas a muchas de las preguntas que se planteaba, pero no a todas, principalmente por la barrera del idioma. Así que su compañero buscó un sacerdote chino que pudiera ayudarla a entender y la confió al padre Francesco Zhao, responsable de la comunidad católica china de Milán. "Me preguntó si creía en algo y le dije que sí, aunque no sabía en qué. Don Francesco nunca intentó convertirme y al principio no tenía intención de hacerlo. Sin embargo, empecé a ir a verle una vez a la semana: el primer año estudié con él el Antiguo Testamento y el segundo, el Evangelio".

Yendo a ver al padre Francesco, Yirui también conoció a la comunidad católica china de Milán y quedó profundamente impresionada. "Aquellas personas ni siquiera me conocían, y sin embargo me querían como si fueran mi familia. Les miraba y no dejaba de preguntarme por qué". Durante un viaje a Asís en 2021 con el padre Francesco, intrigada, pidió al sacerdote por primera vez que le enseñara a rezar. "Quería comprender lo que la gente hacía en la iglesia. Me habían dicho que se podía hablar con Dios y tenía muchas preguntas que hacerle. La oración cambió literalmente mi vida".

Empezando por el trabajo. "Empecé a trabajar muy pronto como profesora de canto y acompañante de piano", explica Yirui. "Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo".

A finales de 2022, Yirui se dio cuenta de que quería ser parte de la Iglesia católica y empezó el catecismo con el padre Francesco. Fue un viaje apasionante y a la vez agotador: "No fue fácil entender por qué Jesús enseña a perdonar, no es lo que aprendí en China. Si alguien me hace daño, pensaba, ¿por qué debería perdonarle? Si hago el mal, ¿cómo puedo perdonarme a mí mismo? Mis padres me educaron a protegerme, defenderme y a no ser demasiado buena porque la gente se aprovecha de los buenos. En cambio, la Iglesia considera que el que perdona es fuerte y valiente. Mi madre siempre me decía que no podía permitirme cometer errores, que tenía que ser perfecta y siempre tenía miedo a fracasar. El encuentro con Dios cambió realmente mi vida, porque ahora ya no tengo miedo".

La misa en Hangzhou

Es como si Yirui hubiese tenido que empezar de cero: "En China, a los niños se les enseña a tomar las riendas de sus propias vidas y a controlar su propio futuro. El padre Francesco, en cambio, me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús".

Yirui pensó que era una metáfora, que el bautismo borraría el mal de su vida, que Dios la protegería y que todo sería de color de rosa a partir de entonces. Evidentemente, no fue así. De hecho, después del bautismo, el compañero que había desempeñado un papel tan importante en su descubrimiento de la fe y que se había convertido en su jefe "empezó a comportarse de forma extraña, utilizaba su influencia sobre mí de forma equivocada, me controlaba". Yirui, para quien en aquel momento el trabajo lo representaba "todo", se vio obligada a renunciar a su empleo para escapar de su influencia, a pesar de que acababa de obtener un contrato indefinido.

A partir de febrero, durante tres meses, estuvo en casa sin trabajo, y atravesó una época de crisis, "no quería ver a nadie". No entendía cómo el hombre que le había ayudado a descubrir a Dios podía comportarse así. Entonces un periodista del Opus Dei le pidió una entrevista para contar su historia "y me vi obligada a mirar atrás y reconsiderar todo lo que me había pasado desde el principio. Me sentí conmovida por todo el bien que había recibido y fui capaz de perdonar". "Me di cuenta", continúa la pianista, "de que Dios no borra el mal, sino que te da la fuerza para afrontarlo".

La catedral de la Inmaculada Concepción de Hangzhou, la única iglesia católica abierta en una ciudad de once millones de habitantes situada al suroeste de Shanghai, donde el número de católicos puede estar en torno a 65.000 / Foto: Wikipedia

Ahora, cuando vuelve a casa, Yirui visita la iglesia de Hangzhou, que, sin embargo, "siempre está cerrada, excepto para la misa de las 6 de la mañana entre semana y algunos servicios los domingos". También habla con los jóvenes que acuden a la parroquia. El edificio está bien conservado, pero la frase pronunciada por el Crucifijo de San Damián a San Francisco bien podría referirse a la Iglesia de China. "Los chicos me preguntaron qué hacen los católicos en Italia, se ve que les gustaría tener una relación, pero no es posible", reflexiona la pianista. También necesitarían un padre Francesco Zhao, pero no lo tienen, están solos. Cambiar las cosas sin un guía es difícil: "En China impera el materialismo, pero hay un gran deseo espiritual. Los jóvenes se dan cuenta de que los valores que propone la sociedad no son los reales, pero no saben dónde encontrar el coraje para cambiar las cosas. Realmente rezo para que puedan ver y seguir la verdad, no a la sociedad. Pero para transmitir algo a los demás, primero hay que vivirlo".

Hablar de religión en China

Se aplica en China, como en Italia. "Hablé de la fe a mis padres y ellos, al verme feliz, me apoyaron, como hicieron con la música", concluye Yirui, reclamada ahora por los alumnos chinos a los que enseña canto y que la esperan a la puerta del estudio. "Después de mi bautismo, vinieron a visitarme a Italia y quedaron muy impresionados por la comunidad católica. Mi padre incluso empezó a santiguarse". Cada cosa, sin embargo, a su tiempo. "Mis padres aún trabajan en la escuela pública, en China, así que no es prudente hablar demasiado de religión en WeChat, los teléfonos podrían estar pinchados", reconoce. "El año que viene, sin embargo, se jubilarán y les invitaré a volver a Italia".

Quién sabe, quizá también surja una pregunta en sus corazones, como una melodía irresistible.

Traducido por Verbum Caro