* «Tenemos que cultivar en nosotros este amor que desea la salvación de todas las personas y que hace lo que puede para que los que han caído se levanten y los que están fuera de la comunidad se integren en ella por la fe. Sólo desde este amor, que se enciende especialmente en la oración por los pecadores y por las personas que nos han perjudicado, nuestra corrección fraterna será pura y podrá ser aceptada por los demás»
Domingo XXIII del tiempo ordinario – A
Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94 / Romanos 13, 8-10 / San Mateo 18, 15-20
P. José María Prats / Camino Católico.- Veíamos hace dos semanas como Jesús, al ser rechazado por los dirigentes de los judíos y por muchos de sus seguidores, deja de dirigirse a la gente y se centra en la comunidad de discípulos fieles, que será el germen del Nuevo Pueblo de Dios, de la Iglesia.
En el evangelio de hoy, Jesús empieza a instruir a estos discípulos sobre cómo deben ser las relaciones entre ellos. En concreto les dice que deben velar por la santidad de cada miembro de la comunidad. Si alguien es seducido por el mal, los demás no pueden permanecer indiferentes. Primero se ha de animar discretamente al pecador a rectificar, advirtiéndole personalmente. Si no hace caso, se debe buscar como testigo a alguna otra persona o incluso a la comunidad reunida para que quede claro que la advertencia no es una valoración subjetiva de la situación o de los hechos. Y si ni así responde, se le ha de hacer ver que por su comportamiento él mismo se ha excluido de la comunidad.
Recordad que cuando Caín mató a Abel y Dios le preguntó dónde estaba su hermano, éste le respondió: «No sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Jesús nos recuerda que sí, que debemos ser guardianes de nuestros hermanos. De hecho, quien permanece indiferente ante el extravío de un hermano en la fe es como si le hubiera dado muerte en su corazón.
Hoy en día, gracias a Dios, en nuestras comunidades hay bastante sensibilidad ante las necesidades materiales de los demás, que se intentan paliar proporcionando alimentos y otras ayudas. En cambio hay poca sensibilidad ante el naufragio moral de las personas que, visto desde la fe, es incluso más dramático que el material, pues pone en juego su salvación eterna. Y, peor todavía, a menudo se hace de este naufragio moral objeto de murmuraciones con las que se señala y denigra a las personas.
Cuando San Pablo habla de su ministerio a los corintios les dice: «¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién tropieza sin que yo me encienda?» (2 Co 11,29). Amar a una persona significa velar por su felicidad y especialmente por su felicidad eterna. Por ello, si permanecemos indiferentes cuando los demás tropiezan y pecan, es que no los amamos.
Tenemos que cultivar en nosotros este amor que desea la salvación de todas las personas y que hace lo que puede para que los que han caído se levanten y los que están fuera de la comunidad se integren en ella por la fe. Sólo desde este amor, que se enciende especialmente en la oración por los pecadores y por las personas que nos han perjudicado, nuestra corrección fraterna será pura y podrá ser aceptada por los demás.
Finalmente es importante notar cómo este evangelio destaca la dimensión comunitaria como un aspecto esencial de la fe cristiana. Incluso cuando oramos solos, Jesús nos pide que invoquemos a Dios como «Padre nuestro» y no meramente como “Padre mío”. Dios nos quiere formando un solo cuerpo que tiene a su Hijo por Cabeza, orando juntos, velando unos por otros, trabajando juntos, salvándonos juntos. «Porque –como nos ha dicho Jesús– donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
San Mateo 18, 15-20


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