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miércoles, 6 de mayo de 2026

José Luis Rubio Willen fue modelo en Cibeles, compañero de Almodóvar, empresario de la noche, locutor, cantante y hoy dirige la comisión para beatificar a Isabel la Católica: «Dios tenía guardado para mí que moriré sacerdote»

José Luis Rubio Willen, director de la Comisión para la Causa de beatificación de la Reina Isabel la Católica / Foto: Cedida - El Debate

* «Fue en torno al año 2000. Yo estaba en el mundo de la noche, con mi discoteca, con mi novia, con una estructura mental totalmente diferente. Me avisaron para colaborar en la Comisión de Isabel la Católica; me dejé llevar y empecé a trabajar en temas de oficina. Yo entonces era como cualquier chico normal de ahora, pero mi familia era muy creyente, y ‘la leche que se mama nunca se derrama’. Al ir relacionándome de nuevo con las cosas de la religión, empecé a notar que me sentía muy a gusto. Y ahí, trabajando, es donde me viene la vocación y, oye, ¡qué cosa tan bonita!. Yo no quería ser sacerdote; ni lo deseaba ni lo pensaba, hasta me parecía una locura. Pero estaba en un momento propicio, había terminado una relación larga, y ahí se produce el cambio. Fui a pedirle orientación a la Reina Isabel y también a santa María de la Alhambra, y la respuesta fue clara. Yo lo considero un milagro moral; desde entonces estoy aquí y soy feliz»

      Vídeo de la parte central del programa “Cuanto te quiero”, emitido el 4 de julio de 2013 por Radio Televisión de Castilla y León, en el cual el padre José Luis Rubio Willen cuenta su historia con testimonios de sus feligreses y cuantos colaboran con él  

Camino Católico.-  Granadino de origen, aunque afincado en Valladolid desde los nueve años, José Luis Rubio Willen se ordenó sacerdote a los 60 años. Antes tuvo otra vida: fue locutor de radio, cantante de un grupo de música, director de documentales, modelo y fotógrafo en la Pasarela Cibeles, dueño de varias discotecas y tiendas de surf, pionero del tecno en Castilla León… Hoy, con 80 años, se reivindica como «cura de pueblo» tras su paso por parroquias como Carpio, Bobadilla, Brahojos o El Campillo. Desde esa experiencia, dirige la Comisión para la Causa de Beatificación de la Reina Isabel la Católica, a la que define como una figura de «gran fuerza contra el mal» y cuya santidad «nadie puede poner en duda».

«Este ha probado de todo, pero ya se cansará…», decían de él cuando se ordenó sacerdote, pero José Luis Rubio afirma a Alfa y Omega: «Dios tenía guardado para mí este final. Moriré sacerdote».

José Luis, en el centro, de azul, con los DJ’s de su Willen Project / Foto: Cedida - Alfa y Omega

En Valladolid, ya de joven empezaron a despuntar en él las inquietudes artísticas. «En 1967 se inauguró la emisora Cope en Valladolid, y me avisaron para llevar la parte juvenil, lo que después fue cadena 100, entrevistando a los grupos de entonces, Los Brincos, el Dúo Dinámico, Los Bravos… Desde la medianoche hasta las dos de la madrugada, donde presentábamos novedades musicales. Tenía mucho tirón, porque era la hora en la que la gente joven volvía de las discotecas o todavía estaba despierta. Además, fui cantante y formé parte de un grupo en aquellos años. Empecé a cantar en la universidad, en colegios mayores, en teatros… Era cantautor y luego formamos una banda, pero ahí entró la droga, y de todos los que estábamos, el único que queda soy yo»,  asegura a El Debate.

Y añade que «fue una época muy fuerte. Conocí a mucha gente. Recuerdo conversaciones con Nacho Cano en las que hablábamos de aquella etapa de la movida madrileña. Él era más joven, pero compartíamos ese ambiente. Yo me dejaba llevar por lo que me gustaba. Me gustaba la música, monté una tienda de música; me gustaba la discoteca, monté discotecas, introduciendo el tecno en Castilla León, y empecé en sitios como Alaejos, donde arranqué esa etapa. Era un ambiente muy fuerte, muy vivo».

Hay una anécdota muy significativa de su época como empresario de la noche relacionada con la construcción de una iglesia en Valladolid Que la relata así:

«Eso fue en el año 1975, cuando yo estaba montando una discoteca en Alaejos. Da la casualidad de que el constructor era el mismo que el de la iglesia de los Jesuitas, el Sagrado Corazón. Yo había elegido un tipo de techo para la discoteca y, en plena obra, me llamaron diciendo que habían medido mal y que necesitaban justo ese mismo techo. Entonces imagínese la situación: los dos proyectos en plena obra. Yo llamé al constructor porque aquello era una responsabilidad tremenda. Pero al final tomé la decisión de cederles todo el techo que tenía para la discoteca. Gracias a eso pudieron terminar la iglesia tal y como está hoy. Luego tuve que poner otro distinto en la discoteca, en blanco, que con el tiempo se amarilleaba y no era lo mismo. Pero, bueno, lo hice por mayor gloria de Dios. Siempre digo que los Jesuitas tienen una parte de techo de discoteca en su iglesia».

José Luis Rubio Willen durante su etapa de modelo, año 1982 / Foto: Cedida - El Debate

José Luis Rubio Willen también formó parte del ambiente creativo del mundo de la moda:«Estuve en la pasarela Cibeles con diseñadores como Francis Montesinos, Jesús del Pozo o Manuel Piña, que eran los grandes nombres en aquel momento. Trabajé en ese oficio, aunque no era lo que más me gustaba; lo hice para entender ese mundo, para ver cómo funcionaba. Luego me pasé a la fotografía, que me interesaba más. En paralelo estaba el cine. Yo trabajaba en documentales, en esa época en la que toda película tenía que llevar uno delante. Estaba contratado por una productora que se encargaba de eso y allí coincidí con los inicios de Pedro Almodóvar. Él llegó con su primera película, hecha prácticamente con sus propios medios, en 16 milímetros, y buscaba que se la distribuyeran. Era una película muy sencilla, pero ya se veía el talento que tenía».

No quería ser sacerdote, pero Isabel la Católica y un crimen lo cambiaron todo

Pero Dios tenía otros planes para José Luis Rubio Willen que llevaba una vida muy dinámica: «Fue en torno al año 2000. Yo estaba en el mundo de la noche, con mi discoteca, con mi novia, con una estructura mental totalmente diferente. Me avisaron para colaborar en la Comisión de Isabel la Católica; me dejé llevar y empecé a trabajar en temas de oficina. Yo entonces era como cualquier chico normal de ahora, pero mi familia era muy creyente, y ‘la leche que se mama nunca se derrama’. Al ir relacionándome de nuevo con las cosas de la religión, empecé a notar que me sentía muy a gusto. Y ahí, trabajando, es donde me viene la vocación y, oye, ¡qué cosa tan bonita!».

Y en este punto confiesa que «yo no quería ser sacerdote; ni lo deseaba ni lo pensaba, hasta me parecía una locura. Pero estaba en un momento propicio, había terminado una relación larga, y ahí se produce el cambio. Fui a pedirle orientación a la Reina Isabel y también a santa María de la Alhambra, y la respuesta fue clara. Yo lo considero un milagro moral; desde entonces estoy aquí y soy feliz». 

José Luis Rubio Willen con el músico Hugues Aufray en la noche parisina en los años 80 / Foto: Cedida - El Debate

También influyó en su vocación un crimen que se cometió en Valladolid: «una persona cercana a un chico que había cometido un delito grave vino a verme para que hablara con él. Ese chico estaba pagando cárcel y le martilleaba la conciencia lo que había hecho; yo entonces le llevé a ver a un sacerdote, Francisco Cerro, hoy arzobispo de Toledo, y se confesó y se quedó tranquilo. Esto me hizo mucho pensar en lo que es la vida, lo seria que es la vida».

Poco después, y con ayuda de monseñor Cerro, entró en el seminario y al cabo de cuatro años recibió la ordenación sacerdotal, al convalidarle los estudios que había realizado de joven. «La verdad es que me salía de cualquier edad canónica para cualquier puesto y para cualquier deseo mundano, y la verdad es que me ha servido para ser más feliz.Reconoce también que «si de joven me lo pasé muy bien, de sacerdote sigo pasándomelo muy bien».

Respecto a su vida presbiteral dice que «he sido sacerdote en pueblos muy pequeños donde la gente no te olvida y te quiere. He estado en Carpio, Bobadilla, Brahojos, El Campillo... he sido tremendamente feliz. Me considero cura de pueblo y creo que los curas no nos jubilamos. Mientras tenga salud, sigo entregando mi vida a la Iglesia».

José Luis Rubio Willen en su época de cantante, año 1983 / Foto: Cedida - El Debate

La beatificación de Isabel la Católica pendiente de un milagro

El padre José Luis Rubio Willen dirige actualmente la Comisión para la Causa de Beatificación de Isabel la Católica, un proceso que se remonta a los años 50 y que ha pasado por distintas fases: «El proceso empieza a caminar en 1958, con motivo de la apertura de la Causa de Canonización de Isabel I de Castilla. En noviembre de 1972 se presentan ante Roma los trabajos de la fase diocesana y se inicia allí el proceso apostólico. Desde entonces ha habido distintas etapas: una primera, con Vicente Rodríguez Valencia y su equipo, con un estudio histórico muy profundo; luego una segunda, con Vicente Vara Sanz, en la que se continúa ese trabajo y se difunde más la figura de Isabel; y luego la etapa actual, que es la que me toca a mí, donde asumo la dirección tras su fallecimiento. Ahora mismo, el proceso está terminado, en Roma, con un milagro pendiente de estudiar».

En cuanto a si la beatificación pueda salir adelante en un plazo cercano, dice que «en la reciente visita del nuncio de Su Santidad en España, monseñor Piero Pioppo, dijo ‘pronto la veamos beata’, y lo dijo claro y sin complejos. Ahora bien, hay que tener en cuenta que este es un proceso de gran envergadura; ella traspasa diócesis, naciones y continentes. Como yo digo, Isabel la Católica es santa sin altar y también es sierva de Dios, lo que significa que nadie puede poner en duda que está ante la presencia de Dios y que es intercesora privada entre lo divino y lo humano. Es importante también entender una cosa: los santos no los hacen ni los papas, ni los cardenales, ni los obispos; los santos los da Dios en el momento en que más se necesitan. Para mí, entre los milagros más grandes de la Reina Isabel destaca la fuerza que tiene contra el mal. Es una fuerza, créame, igual que la que pueda tener la Virgen María o el Padre Pío».

En cualquier caso, al echar la vista atrás, José Luis reconoce que «yo duraba poco en las cosas, y he conocido la causa después, ya de sacerdote: que lo que me tenía guardado Dios en mi vida era este final. Como con San Agustín».

domingo, 3 de mayo de 2026

Jacques Averbuch, 96 años: «Perdí a mis padres en el holocausto, pero encontré la luz de Cristo porque vivir entre cristianos que daban testimonio con sus acciones me hizo convertirme en su discípulo y soy diácono»

Jacques Averbuch tiene 96 años y es diácono / Foto: Familia Averbuch - Aleteia

Camino Católico.- A pesar de sus 96 años y su baja estatura, Jacques Averbuch, diácono en Boulogne-Billancourt, no ha perdido ni un ápice de su vitalidad. Esta emana de él con una sencillez conmovedora, y todos los que lo han conocido la recuerdan. Es difícil imaginar, tras esa sonrisa bondadosa, la tragedia que sufrió este hombre en julio de 1942. Sobreviviente de la redada del Velódromo de Invierno, podría haber quedado devastado por la pérdida de sus padres, pero eligió otro camino: el camino de la luz, el camino de Cristo. Un testimonio conmovedor que comparte en su libro Rescapé du Vél' d'Hiv (publicado en francés por Artège).

Una infancia destrozada por la redada

Nacido el 27 de enero de 1930, Jacques disfrutó de una infancia feliz en el número 13 bis de la rue Versigny, en el distrito 18 de París, con su padre, Leybiche, y su madre, Golda, ambos inmigrantes polacos, y su hermanastra Paulette, del matrimonio anterior de su padre. «No teníamos ducha, ni nevera, ni lavadora, pocos juguetes, pero éramos felices», le cuenta a Anna Ashkova en Aleteia. Aunque sus padres eran judíos, practicaban su religión con moderación, pero la Pascua seguía siendo una festividad importante.

Su feliz vida se vio truncada por primera vez con la declaración de guerra en 1939. Como muchos parisinos, Jacques huyó de la capital con su hermana y su madre, que estaba embarazada en ese momento. Tras una estancia en Sudán, en la región de Loira Atlántico, llegaron a Châteaubriant, donde familias se habían ofrecido como voluntarias para acoger a personas que huían de París.

Así fue como conocieron a los Roul, una familia católica con seis hijos: dos niñas y cuatro niños (tres de los cuales se ordenarían sacerdotes). Fue en este hogar amoroso y protector donde su madre dio a luz a su segundo hijo, Marcel, el 9 de abril de 1940. Sin vislumbrar ningún peligro, la familia regresó a París justo después del armisticio, en junio o julio de 1940. Mientras los nazis se volvían cada vez más virulentos con los judíos, los padres de Jacques mantuvieron la calma y acataron las normas, luciendo la estrella amarilla.

"En 1942, sabíamos que estaban arrestando a judíos, pero mis padres no sospechaban especialmente. Mi padre se consideraba un hombre honesto. No veía de qué se le podía acusar", recuerda Jacques. Sin embargo, sintió miedo por primera vez el 16 de julio. "Estaba jugando en la casa del conserje con su hijo cuando vi pasar a dos policías de civil. Se llevaron a una mujer judía de nuestro edificio. Recuerdo que me escondí debajo de la mesa en ese momento; estaba aterrado".

Los padres de Jacques Averbuch, Golda y Leybiche Averbuch / Foto: Familia Averbuch - Aleteia


Al día siguiente, viernes 17 de julio, a las 5:00 de la mañana, la policía llamó al timbre de la casa de su familia. Jacques Averbuch tenía solo 12 años y su hermano Marcel, 2. Al igual que miles de otras familias judías, la suya figuraba en la lista para la redada del Velódromo de Invierno. Por alguna razón misteriosa, su hermana Paulette, que entonces tenía 19 años, no estaba en la lista, pero decidió seguir a su familia. "Papá metió algunas cosas en un saco de patatas marrón. Y así fue como, a las cinco de la mañana, nos dirigimos hacia la Rue du Mont-Cenis".

Fue frente a un oficial alemán donde se decidió su destino aquel día. "Uno de los policías que nos acompañaba le presentó a mis padres y le preguntó qué debía hacer con nosotros, los niños. El alemán respondió mecánicamente: "Los niños deben quedarse con sus padres". Fue entonces cuando intervino el segundo policía, indicando que Paulette estaba con su familia, pero que no figuraba en las listas. El alemán lo pensó un momento y decidió: "En ese caso, por ahora, ¡dejen a los dos niños con ella!". Le debo la vida a un oficial alemán", relata Jacques, describiendo aquel momento como providencial, como si el aliento de Dios le hubiera iluminado la conciencia. 

Impotentes, los tres niños vieron a sus padres partir hacia Drancy. "Recuerdo que subieron a un viejo autobús… Nunca más los volví a ver", susurra Jacques. Pero salvarse no significa estar a salvo.

"El día que arrestaron a mis padres, volvimos a casa. Esa noche, mi tía, la hermana de mi padre, vino con su hijo a despedirse, porque les habían dicho que los recogerían al día siguiente a las once. Nos besaron y ellos también se fueron para siempre".

Salvados por gente justa

Entonces comenzó otra terrible experiencia: la de la ausencia, la del desarraigo, la del miedo cotidiano. Su único tesoro fueron dos cartas que recibieron de sus padres desde Drancy pocos días antes de su deportación a Auschwitz el 24 de julio de 1942: los últimos vestigios de un amor que pronto se desvanecería. En medio de esta tragedia, una familia les tendió la mano: la familia Roul, a quienes ya conocían. "Paulette les envió un telegrama, y ​​la respuesta fue tan rápida como breve: '¡Vengan!'"

Gracias a ellos, los tres huérfanos encontraron no solo refugio y seguridad, sino también fe. Jacques se encontró gradualmente con Cristo. "Vivir entre cristianos que daban testimonio con sus acciones me hizo querer convertirme también en su discípulo".

Convertido al catolicismo, al igual que Paulette, fue bautizado el 22 de diciembre de 1942. A los 16 años, incluso consideró la posibilidad de ordenarse sacerdote. "Un susto de salud me llevó al seminario mayor de Aix-en-Provence durante un año. Mi estado no mejoró y me di cuenta de que, quizás, mi vocación estaba en otro lugar…", explica.

Esto no impidió que este hijo del Holocausto se convirtiera en un hombre comprometido. Después de la guerra, se involucró en los principales movimientos del catolicismo social: los Jóvenes Trabajadores Cristianos, el escultismo y, posteriormente, iniciativas relacionadas con la vivienda comunitaria.

Trabajó en el departamento de publicidad de Bayard, pero sobre todo, dedicó su vida a servir a los demás, en particular a sus vecinos del número 14 de la rue de Sèvres. Ordenado diácono permanente en la diócesis de Nanterre el 3 de diciembre de 1994, a la edad de 64 años, se convirtió en uno de los testigos vivos de un siglo turbulento, pero también de una Iglesia en constante movimiento.

Jacques Averbuch en una celebración ejerciendo su ministerio diaconal / Foto: Familia Averbuch - Aleteia

Paulette, por su parte, hizo voto de castidad con las Clarisas. Falleció en 2016. "¡Era una santa! Fue como una segunda madre para Marcel y para mí. Con tan solo 19 años, se encontró al frente de una familia", dice Jacques.

Solo su hermano se casó. Tuvo tres hijos y siete nietos. En 2019, toda la familia visitó Auschwitz. "Fue una experiencia muy impactante y, al mismo tiempo, muy dolorosa. Encontramos los nombres de mis padres. Fueron arrestados el 17 de julio y abandonados allí el 24 de julio en trenes de carga… Debió de ser horrible", dice Jacques, con la voz embargada por la emoción.

Su duelo no fue inmediato: le llevó tiempo aceptar la muerte de sus padres. "Recuerdo que al final de la guerra, cuando estábamos en Châteaubriant, cada tarde regresaban los prisioneros franceses. Pensábamos que nuestros padres también volverían, e íbamos a la estación todos los días... los esperábamos."

Un testimonio para evitar el olvido

Aunque Jacques Averbuch abrazó la fe cristiana con fervor, su conversión no borró en absoluto sus raíces judías. Al igual que el cardenal Lustiger , solicitó que se recitara el Kadish, una antigua oración judía de duelo, en su funeral en Notre-Dame de Boulogne. "Sigo profundamente apegado a mis raíces", declara. 

Durante décadas, ha dado charlas en escuelas primarias, secundarias y preparatorias. Dirigiéndose a las nuevas generaciones, cuenta su historia. No para reavivar el dolor, sino para evitar que se olvide. Su relato resuena por su carácter personal: lleva la voz de un niño que presencia el derrumbe del mundo y la de un anciano que sigue creyendo en la luz.

¿Cómo se puede vivir después de lo inefable? ¿Cómo se puede seguir creyendo en la humanidad, y aún más en Dios? A estas profundas preguntas, Jacques Averbuch responde con una frase sencilla pero poderosa, especialmente en este tiempo pascual: "¡La vida siempre triunfa!".

jueves, 16 de abril de 2026

Weng Yirui, pianista atea china, llegó a la fe preguntándose por ese «Dios que muere» interpretando el ‘Gloria’ de Vivaldi: «El encuentro con Dios y la oración cambió mi vida, porque ahora ya no tengo miedo»


Weng Yirui, pianista atea china, que inició su camino de conversión interpretando el ‘Gloria’ de Vivaldi, pero fijándose en la letra y preguntando: “¿Qué historia es ésta? ¿Cómo puede Dios morir?”

* «Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo. El padre Francesco me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús»

Camino Católico.- "¿Cómo puede Dios morir?". Ésta es la historia de una pianista atea que empezó a hacerse preguntas por el Gloria de Vivaldi. Y de cómo, gracias a su amistad con un sacerdote, se convirtió y aprendió a perdonar. "Rezo para que los jóvenes de China puedan ver y seguir la verdad, y no a la sociedad", dice.

Leone Grotti ha hablado con Weng Yirui en el número de enero de 2025 de Tempi y lo traduce Verbum Caro en  Religión en Libertad:

La partitura y la cruz

"¿Qué historia es ésta?". La pregunta que Weng Yirui hizo a su profesor de música sacra en 2018, interrumpiendo de repente la interpretación al piano del Gloria de Antonio Vivaldi, no es exactamente el tipo de pregunta que se suele escuchar en el Conservatorio de Milán. Los alumnos suelen omitir el texto y centrarse en la partitura o en la técnica. Pero Yirui no sabía lo que era una misa y mucho menos un "cordero de Dios" y, cuanto más intentaba el profesor, asombrado, resumir con pocas palabras la historia de Jesús, la más conocida del mundo, que hoy en Occidente casi damos por sentada, más insistía la joven china con sus preguntas.

El 'Gloria' de Vivaldi, con su mención al 'Agnus Dei, Filius Patri [Cordero de Dios, Hijo del Padre]', despertó la inquietud de Yirui.

"¿Cómo puede Dios morir?", preguntaba sorprendida sin prestar atención a la incredulidad de su interlocutor. "¿Y por qué deberíamos celebrar su muerte?". Yirui se había trasladado a Italia, patria de la ópera, desde la lejana Hangzhou, a más de 9.000 kilómetros hacia el este, en China, por amor a la música. Y no podía imaginar que el origen de aquellas melodías que tanto la habían fascinado era mucho más profundo que la mera creatividad del artista.

"Antes de llegar a Italia en 2016, con 22 años, nunca había visto una iglesia", cuenta Yirui a Tempi, recibiéndonos en el estudio de su casa de Milán, mientras desde la habitación contigua un majestuoso gato de suave pelaje gris produce una sinfonía de fondo paseando perezosamente sobre el teclado del piano.

Weng Yirui, al piano: descubrió la fe haciéndose preguntas sobre la música sacra que tocaba / Foto: Tempi

Bautizarse en Milán

Todo en casa de Yirui habla de música: los libros de texto del Conservatorio ordenados en las estanterías de la librería, las partituras sobre las mesas y las sillas, los carteles de La Traviata de Giuseppe Verdi o Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadeus Mozart colgados de las paredes.

Y entre ellos, destacan una copia del icono ortodoxo más famoso del mundo, la Theotokos de Vladimir, una de la Virgen de Sheshan, la más conocida de toda China y una del Crucifijo de San Damián, el que según la tradición, en 1205 habló así al poverello de Asís: "Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, está toda en ruinas".

La Virgen de Vladimir, la Virgen de Sheshan y el Crucifijo de San Damiano

Hay una iglesia en su ciudad natal, pero Yirui, nacida el 8 de agosto de 1994 en Hangzhou y "renacida" con el nombre de Eleonora el día de su bautismo en Milán, el 8 de abril de 2023, nunca había reparado en ella. Sus padres, ateos, siempre le habían enseñado a creer sólo en sí misma y en el trabajo duro. La madre es profesora de Física en un instituto, su padre de Psicología; la única filosofía permitida en casa siempre ha sido la utilitarista. "Ellos nunca han creído en nada. Mi padre, además, es miembro del Partido Comunista chino": por tanto, seguía el ateísmo también por contrato. Sólo en Nochevieja la familia Weng iba al templo budista a "quemar unas velas de incienso", más por tradición que por otra cosa.

"No hagas preguntas inútiles"

En realidad, Yirui tenía muchas preguntas, pero su madre siempre las cortaba de raíz. "Un día llegué de la escuela y le pregunté de dónde venimos y adónde vamos después de la muerte", cuenta la pianista. "Mi madre se sentó a la mesa, abrió su libro de física y me explicó el origen científico-material del mundo. Luego lo cerró y me dijo: 'No hagas más preguntas inútiles'".

No pudiendo expresarse con palabras ("en China no hay mucha libertad entre padres e hijos"), Yirui aprendió a hablar a través de la música. La chispa de la pasión prendió en ella a una edad muy temprana. "En Hangzhou, vivíamos en el campus de la escuela donde mis padres enseñaban. Después de las clases, a menudo me dejaban tocar en las aulas. Un día vi un piano y empecé a tocar las teclas por diversión. Me gustaba el sonido. Mi padre me vio y me preguntó si quería aprender. Le dije que sí y desde entonces no he parado".

A través de la música, Yirui pudo expresar esas emociones que siempre había tenido que reprimir en casa. Sentada frente al piano, le resultaba fácil hacer lo que parecía imposible en su escritorio: concentrarse. "Cuando toco, el tiempo parece detenerse y es cuando me siento realmente cómoda. Para mí la música es muy importante, es el instrumento para hablar de mí misma. Por eso también me he acostumbrado a captar todos sus matices".

Como la belleza de la armonía en Johann Sebastian Bach, algo "increíble que nunca había percibido en otras composiciones". Su profesor en China "se centraba sólo en la técnica, para él era suficiente que yo supiera interpretarlo perfectamente de principio a fin. Pero parecía haber algo más en aquella música, aunque yo no entendiera el qué. Hoy sé que sin Dios esos motivos nunca habrían existido, pero en China ni siquiera se mencionaba el tema".

El 'Gloria' de la 'Misa en Si menor' de Juan Sebastián Bach

A veces alegre, a veces triste

Yirui conoció el cristianismo en 2016, cuando decidió trasladarse a Italia. Graduada por la Universidad Normal de Hangzhou, se especializó en didáctica, piano y canto. "No me gusta ser solista, me gusta colaborar con los demás", continúa, ajustándose un mechón de su larga melena castaña. "Por eso decidí ejercer de acompañante de coro, para ayudar a los cantantes". La patria de Giuseppe Verdi era el lugar ideal para cultivar su pasión y convertirla en profesión y justo buscando información en internet sobre el Belpaese, Yirou se topó por primera vez con un término desconocido: "Italia es un país 'católico'".

Tras trasladarse a Milán para estudiar el idioma, pronto se dio cuenta de lo que significaba el término. "Uno de los primeros lugares que nuestro profesor de italiano nos llevó a visitar fue el Duomo y me quedé boquiabierta: nunca había visto nada tan bonito e inmediatamente me pregunté por qué se había construido un edificio tan magnífico". Luego, paseando por el centro, se dio cuenta de que "había una iglesia casi en cada esquina" y una vez entró en una: "Me sorprendió el silencio. Vi a esa gente, sentada en los bancos, o de pie, sin hablar. Me pregunté qué estarían haciendo. Luego me di cuenta de que todos miraban el crucifijo y no comprendía por qué".

Esas preguntas latían en su interior como brasas humeantes bajo las cenizas y se despertaron en 2018, en su segundo año en el Conservatorio de Música de Milán, cuando empezó un curso de música sacra. El profesor, ateo, no podía responder a sus preguntas y ella se dio cuenta de que si quería entender esa música "espléndida, a veces alegre y a veces triste", tenía que comprender la cultura italiana y "profundizar en la religión católica". La oportunidad llegó en 2020. "Después de graduarme, empecé a trabajar en el Conservatorio de Novara. Un compañero me llevaba a la ciudad piamontesa. Era católico e iba a misa todas las mañanas. Yo le esperaba en la puerta de la iglesia y después me subía al coche con él".

La desventaja de ser bueno

Durante el trayecto, Yirui encontró respuestas a muchas de las preguntas que se planteaba, pero no a todas, principalmente por la barrera del idioma. Así que su compañero buscó un sacerdote chino que pudiera ayudarla a entender y la confió al padre Francesco Zhao, responsable de la comunidad católica china de Milán. "Me preguntó si creía en algo y le dije que sí, aunque no sabía en qué. Don Francesco nunca intentó convertirme y al principio no tenía intención de hacerlo. Sin embargo, empecé a ir a verle una vez a la semana: el primer año estudié con él el Antiguo Testamento y el segundo, el Evangelio".

Yendo a ver al padre Francesco, Yirui también conoció a la comunidad católica china de Milán y quedó profundamente impresionada. "Aquellas personas ni siquiera me conocían, y sin embargo me querían como si fueran mi familia. Les miraba y no dejaba de preguntarme por qué". Durante un viaje a Asís en 2021 con el padre Francesco, intrigada, pidió al sacerdote por primera vez que le enseñara a rezar. "Quería comprender lo que la gente hacía en la iglesia. Me habían dicho que se podía hablar con Dios y tenía muchas preguntas que hacerle. La oración cambió literalmente mi vida".

Empezando por el trabajo. "Empecé a trabajar muy pronto como profesora de canto y acompañante de piano", explica Yirui. "Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo".

A finales de 2022, Yirui se dio cuenta de que quería ser parte de la Iglesia católica y empezó el catecismo con el padre Francesco. Fue un viaje apasionante y a la vez agotador: "No fue fácil entender por qué Jesús enseña a perdonar, no es lo que aprendí en China. Si alguien me hace daño, pensaba, ¿por qué debería perdonarle? Si hago el mal, ¿cómo puedo perdonarme a mí mismo? Mis padres me educaron a protegerme, defenderme y a no ser demasiado buena porque la gente se aprovecha de los buenos. En cambio, la Iglesia considera que el que perdona es fuerte y valiente. Mi madre siempre me decía que no podía permitirme cometer errores, que tenía que ser perfecta y siempre tenía miedo a fracasar. El encuentro con Dios cambió realmente mi vida, porque ahora ya no tengo miedo".

La misa en Hangzhou

Es como si Yirui hubiese tenido que empezar de cero: "En China, a los niños se les enseña a tomar las riendas de sus propias vidas y a controlar su propio futuro. El padre Francesco, en cambio, me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús".

Yirui pensó que era una metáfora, que el bautismo borraría el mal de su vida, que Dios la protegería y que todo sería de color de rosa a partir de entonces. Evidentemente, no fue así. De hecho, después del bautismo, el compañero que había desempeñado un papel tan importante en su descubrimiento de la fe y que se había convertido en su jefe "empezó a comportarse de forma extraña, utilizaba su influencia sobre mí de forma equivocada, me controlaba". Yirui, para quien en aquel momento el trabajo lo representaba "todo", se vio obligada a renunciar a su empleo para escapar de su influencia, a pesar de que acababa de obtener un contrato indefinido.

A partir de febrero, durante tres meses, estuvo en casa sin trabajo, y atravesó una época de crisis, "no quería ver a nadie". No entendía cómo el hombre que le había ayudado a descubrir a Dios podía comportarse así. Entonces un periodista del Opus Dei le pidió una entrevista para contar su historia "y me vi obligada a mirar atrás y reconsiderar todo lo que me había pasado desde el principio. Me sentí conmovida por todo el bien que había recibido y fui capaz de perdonar". "Me di cuenta", continúa la pianista, "de que Dios no borra el mal, sino que te da la fuerza para afrontarlo".

La catedral de la Inmaculada Concepción de Hangzhou, la única iglesia católica abierta en una ciudad de once millones de habitantes situada al suroeste de Shanghai, donde el número de católicos puede estar en torno a 65.000 / Foto: Wikipedia

Ahora, cuando vuelve a casa, Yirui visita la iglesia de Hangzhou, que, sin embargo, "siempre está cerrada, excepto para la misa de las 6 de la mañana entre semana y algunos servicios los domingos". También habla con los jóvenes que acuden a la parroquia. El edificio está bien conservado, pero la frase pronunciada por el Crucifijo de San Damián a San Francisco bien podría referirse a la Iglesia de China. "Los chicos me preguntaron qué hacen los católicos en Italia, se ve que les gustaría tener una relación, pero no es posible", reflexiona la pianista. También necesitarían un padre Francesco Zhao, pero no lo tienen, están solos. Cambiar las cosas sin un guía es difícil: "En China impera el materialismo, pero hay un gran deseo espiritual. Los jóvenes se dan cuenta de que los valores que propone la sociedad no son los reales, pero no saben dónde encontrar el coraje para cambiar las cosas. Realmente rezo para que puedan ver y seguir la verdad, no a la sociedad. Pero para transmitir algo a los demás, primero hay que vivirlo".

Hablar de religión en China

Se aplica en China, como en Italia. "Hablé de la fe a mis padres y ellos, al verme feliz, me apoyaron, como hicieron con la música", concluye Yirui, reclamada ahora por los alumnos chinos a los que enseña canto y que la esperan a la puerta del estudio. "Después de mi bautismo, vinieron a visitarme a Italia y quedaron muy impresionados por la comunidad católica. Mi padre incluso empezó a santiguarse". Cada cosa, sin embargo, a su tiempo. "Mis padres aún trabajan en la escuela pública, en China, así que no es prudente hablar demasiado de religión en WeChat, los teléfonos podrían estar pinchados", reconoce. "El año que viene, sin embargo, se jubilarán y les invitaré a volver a Italia".

Quién sabe, quizá también surja una pregunta en sus corazones, como una melodía irresistible.

Traducido por Verbum Caro