Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

Mostrando entradas con la etiqueta sacerdocio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sacerdocio. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2026

Andrés David Forero ordenado sacerdote padeciendo cáncer: «Yo no me he sentido abandonado por Dios, aunque me haya preguntado por qué a mí; Él no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor»


Andrés David Forero celebrando su primera Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero

* «No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar… Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene… Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros»

Camino Católico.- “He asumido la enfermedad como una prueba de fe”. Con estas palabras, Andrés David Forero Rincón ha definido la experiencia que ha marcado los meses previos a su ordenación sacerdotal, celebrada en la parroquia de Sant Pere de Sencelles, en Mallorca, el pasado 1 de marzo, ceremonia que estuvo presidida por el obispo de la diócesis, Sebastià Taltavull. A Andrés, cuando ya era diácono,  le diagnosticaron un linfoma, cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Lo entrevista Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega una hora antes de su tercera sesión de quimio.

—Acaba de celebrar su primera Misa como sacerdote, unos días después de recibir la ordenación. ¡Enhorabuena!

—El de la ordenación fue un día muy especial, porque lo esperaba desde que era muy niño. Fue un momento de amor, una caricia de Dios que me decía: «Estoy aquí». Mi primera Misa la celebré en la parroquia de San Alonso Rodríguez, en Palma de Mallorca, donde tras venir de Colombia me acogieron los hermanos de la Renovación Carismática. Crecí en este ambiente en mi país y quise compartir con ellos este momento tan especial.

—Me han dicho que anda un poco flojo de salud.

—Sí, hace un mes y medio me diagnosticaron un linfoma, un cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Llevaba ya varios meses un poco enfermo, y tras la Misa de la última Nochebuena me sentí realmente mal. Ahora lo vamos combatiendo y en un rato tengo que entrar en mi tercera sesión de quimioterapia, de las seis que me van a dar.

—¿Cómo está llevando la quimio?

—Sorprendentemente, muy tranquilo. Los médicos me dicen que están haciendo todo lo posible para que sea curable. Estamos enfocados, tanto ellos como yo, en que sea así. Esa es la esperanza que tenemos.

Andrés David Forero en la consagración de la eucaristía durante la primera misa después de ser ordenado / Foto: Cedida por Andrés David Forero

—Todo esto le ha venido siendo ya diácono. ¿Cómo surgió su vocación?

—Yo vengo de una familia colombiana muy católica, con la fe muy arraigada. Mis hermanos y yo íbamos de niños todos los días a Misa. Teníamos un trato asiduo con sacerdotes cercanos; eso me hizo preguntarme en el instituto qué quería Dios de mí. Empecé a estudiar Filosofía en la universidad de los padres eudistas y, en la Jornada Mundial de la Juventud del año 2019, en Panamá, le pedí a Dios que me mostrara mi camino.

—¿Y cómo acabó en Mallorca?

—Es la providencia de Dios. En mi vida apareció de repente este lugar que yo no conocía ni sabía que existía. Leyendo en las redes sociales vi que había seminarios muy vacíos, como el seminario de Mallorca, que entonces tenía pocas vocaciones. Entonces le dije al Señor: «Si tú quieres que yo sea sacerdote, llévame donde más me necesiten».

—¿Y qué pasó después?

—Me puse en contacto con el seminario y vine en junio para conocerlo. En septiembre ya estaba empezando el curso. Todo fue muy rápido, muy providencial. Dios nos mueve siempre.

—En esta manera de ver su historia bajo la mirada de Dios, ¿cómo encaja su enfermedad?

—Como un reto, porque Dios siempre nos desafía en el buen sentido. Hace unos días en la Misa leímos la escena de Jesús en la barca con los discípulos. Allí Él les pide hacer algo diferente: tirar la red a la derecha, en lugar de a la izquierda, como estaban haciendo. A mí Dios me ha pedido en este momento, con la enfermedad, tirar la red a la derecha: hacer otra cosa diferente, vivir el ministerio y mi vida de otra manera, porque Él quiere seguir teniendo el lugar primero que le corresponde en mi vida.

Andrés David Forero celebrando la Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero.

—Eso suena difícil.

—No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar. Son reflexiones que he hecho a lo largo de ese tiempo. Yo no me he sentido abandonado por Él, a pesar de que a veces me haya preguntado por qué a mí. Dios no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor.

—Muchos sufren por sus dolencias o por las de alguien cercano. ¿Qué les diría desde su experiencia?

—Tenemos que agudizar el oído y la vista para no ir a Dios solo para que nos sane. Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene.

La enfermedad nos saca de nosotros mismos, no nos la esperamos. Pero también nos permite dar lo mejor de nosotros. Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros.


Andrés David Forero el 1 de marzo de 2026. en su ordenación sacerdotal / Fotos: Diócesis de Mallorca

Robert Steele era alcohólico hasta que Dios lo sanó y es sacerdote ayudando a otros adictos: «La pornografía aísla a las personas y la confesión regular es un ancla que las lleva a la luz, donde comienza la sanación»

El sacerdote neozelandés Robert Steele / Foto: Diócesis de Auckland

* «La vergüenza y el miedo al juicio a menudo les impiden buscar ayuda, creando un ciclo de secretismo. A menudo se malinterpreta la confesión como un ritual de culpa, pero en realidad es una de las mayores fuentes de sanación. Recibir la confesión con frecuencia, semanalmente o cada dos semanas, ayuda a fortalecer la resiliencia, porque cada confesión no solo absuelve el pecado, sino que también derrama la gracia sacramental, fortaleciéndonos para resistir la tentación. Muchos adictos en recuperación testifican que la confesión es su ‘botón de reinicio’, un lugar seguro para empezar de nuevo sin temor al juicio»

Camino Católico.-  Fue una vocación tardía, muy tardía. Robert Steele tenía 57 años en 2008 cuando el obispo le impuso las manos para transferirle el orden sacerdotal. Llevaba siete sin tomar una gota de alcohol, una adicción que arrastraba desde su adolescencia, durante cerca de 40 años. «Descubrí que Dios no había desperdiciado mi sufrimiento», asegura en una entrevista con The Catholic Weekly. «Las experiencias de las que antes me avergonzaba se convirtieron en parte de mi vocación pastoral», reconoce ahora este sacerdote católico neozelandés que lleva años acompañando a personas con problemas de adicción.

El padre Steele es el párroco de la iglesia de San Patricio en Pukekohe, al sur de Auckland (Nueva Zelanda). Tras años viviendo en la culpa y la vergüenza, ha plasmado toda su experiencia vital de lucha en un libro que ha titulado ‘A Journey of Hope: Combating Pornography on the Internet’ (Un viaje de esperanza: Combatiendo la pornografía en internet). En él, el sacerdote neozelandés se atreve a abordar un tema que genera mucho silencio: cómo avanzar hacia la sanación y la libertad para aquellas personas atrapadas en patrones compulsivos de contenido sexual en línea. Argumenta que es una crisis que afecta la salud mental, la vida espiritual e incluso la capacidad de los jóvenes para imaginar su futuro.

Sus reflexiones surgen de su experiencia pastoral, pero también de su propia historia personal de recuperación. Antes de ingresar al seminario, Steele luchó contra el alcoholismo durante su juventud. Tras enfrentarse a la adicción y abrazar la sobriedad, finalmente discernió su vocación sacerdotal. Hoy cumple 25 años sin alcohol, un hito que a menudo cita como prueba de que las heridas personales pueden convertirse en la base de una vida de servicio.

Camino de adicción, sufrimiento y la gracia de Dios

“Crecí en un entorno obrero bastante común y corriente, y como muchos hombres de mi generación, caí en comportamientos adictivos durante mi juventud. El alcohol era mi principal problema, pero debajo de eso había cuestiones más profundas: soledad y heridas sin resolver. Durante mucho tiempo intenté manejar la vida a mi manera, y simplemente no funcionó”. cuenta el padre Robert Steele.

Durante varios años trabajó en el sector turístico y hotelero, llegando a ser profesor universitario en esa área. Pero no era feliz.  

“Mi punto de inflexión llegó cuando finalmente admití que no podía arreglarme a mí mismo. Ingresé a rehabilitación, abracé la sobriedad y comencé un largo y honesto proceso de sanación interior. Ese camino me enseñó humildad, autoconocimiento y a confiar en la gracia divina. Ahora llevo 25 años sobrio”. 

A medida que superaba lentamente su alcoholismo, resurgió un interés por el sacerdocio que había permanecido latente durante mucho tiempo. Fue ordenado sacerdote en 2008, a la edad de 57 años. 

“Descubrí que Dios no había desperdiciado mi sufrimiento. Las experiencias de las que antes me avergonzaba se convirtieron en parte de mi vocación pastoral. Regresé al seminario más adelante, por la gracia de Dios, y fui ordenado sacerdote, llevando conmigo una profunda compasión por quienes sufren. Mi vocación es inseparable de mi recuperación. El sacerdocio es la forma en que Dios transformó mis heridas en una fuente de servicio”.

El libro del padre Steele, por ahora solo disponible en inglés

Cómo combatir la pornografía

En su país, el 54 % de los chicos jóvenes y el 14 % de las mujeres jóvenes ven pornografía al menos una vez a la semana. Unas cifras similares a las que se manejan en el resto del mundo occidental. “Lo que me preocupa aún más que los porcentajes es la edad de la primera exposición. Muchos niños se enfrentan a la pornografía a los 9, 10 u 11 años”, explica el padre Steele. “En esa etapa, sus cerebros y estructuras morales no están ni remotamente preparados para procesar lo que ven”, constata. Eso, inevitablemente, crea unas cadenas que son muy difíciles de romper. Él, que ha tenido que desembarazarse de las del alcohol, sabe bien de qué habla y aborda en su libro como hacer frenta a la pornografía.

“Desde una perspectiva de salud pública, la pornografía está ahora fuertemente vinculada a la ansiedad, la depresión, la disfunción sexual, la ruptura de relaciones, las visiones distorsionadas de la intimidad y el aumento de los patrones de adicción. Neurológicamente, reconfigura los circuitos de recompensa de maneras sorprendentemente similares a las drogas”, señala.  

Y subraya que “desde una perspectiva espiritual, es igualmente grave. La pornografía entrena al corazón para consumir en lugar de amar. Erosiona la capacidad de entrega, fidelidad, respeto por el cuerpo y una intimidad auténtica. En cuanto a las vocaciones y la práctica de la fe: no diría que la pornografía es el único factor, pero estoy convencido de que es uno importante. Cuando los hombres viven con vergüenza crónica, secretismo y comportamientos sexuales compulsivos, les resulta mucho más difícil imaginar el sacerdocio, el matrimonio o un compromiso profundo con Dios”.

“Romper el ciclo de la adicción a la pornografía se desarrolla en tres dimensiones: neurológica, emocional y espiritual. La libertad duradera no es simplemente una cuestión de fuerza de voluntad; es un camino de gracia.  Y los puntos de hidratación en la larga carrera hasta la meta son las prácticas tradicionales de la Iglesia Católica: la confesión frecuente, la Eucaristía, la dirección espiritual, el ayuno y los actos de sacrificio, y la devoción a la Santísima Virgen”,   explica el padre Steele.

“La terapia, el software de seguimiento, los grupos de apoyo y las intervenciones basadas en la neurociencia son realmente útiles”, afirma. “Pero sin fe, falta algo esencial: sentido, perdón, esperanza y trascendencia. La adicción no es solo un problema de comportamiento. Es una herida relacional y espiritual”. 

“Para los católicos, el poder de la confesión suele pasarse por alto, pero es una piedra angular del éxito espiritual, ya que la vergüenza es la atadura más fuerte para quienes no pueden dejar de consumir pornografía”, asegura el sacerdote.

“La adicción a la pornografía aísla a las personas. La vergüenza y el miedo al juicio a menudo les impiden buscar ayuda, creando un ciclo de secretismo”, escribe el padre Steele en ‘Un viaje de esperanza’.

“A menudo se malinterpreta la confesión como un ritual de culpa, pero en realidad es una de las mayores fuentes de sanación. La vergüenza nos dice que nos escondamos, pero la confesión nos saca de las sombras y nos lleva a la luz, donde comienza la sanación. Para alguien que lucha contra la pornografía, la confesión regular se convierte en un ancla”, asegura.

“Recibir la confesión con frecuencia, semanalmente o cada dos semanas, ayuda a fortalecer la resiliencia, porque cada confesión no solo absuelve el pecado, sino que también derrama la gracia sacramental, fortaleciéndonos para resistir la tentación. Muchos adictos en recuperación testifican que la confesión es su ‘botón de reinicio’, un lugar seguro para empezar de nuevo sin temor al juicio”, comparte.

La recuperación puede ser un camino largo y arduo. Incluso los cristianos convencidos pierden la esperanza y dejan de orar. “Llegan a un punto en el que dicen: ‘¿Para qué molestarse? ¿Para qué orar por esto? Porque no lleva a ninguna parte’”.  

“Siempre animo a quienes acompaño y les digo que nunca se rindan. Que sigan orando. La recuperación es lenta. Las recaídas son comunes, por desgracia. Pero el progreso es lento pero constante”, subraya.  

La pornografía entrena al corazón para consumir en lugar de amar. Erosiona la capacidad de entregarse a uno mismo, la fidelidad, el respeto por el cuerpo y la intimidad auténtica / Foto: Pexels.com.

Si la pornografía es un problema tan grave, ¿por qué los feligreses no oyen hablar de ello con más frecuencia? El padre Steele afirma que “los sacerdotes no son indiferentes, pero deberían pronunciarse al respecto. A algunos les preocupa avergonzar a los feligreses, provocar reacciones negativas o no tener el lenguaje adecuado. Otros, simplemente, no se sienten capacitados para abordar la adicción sexual,” asegura. 

“Pero el silencio tiene un precio. Cuando los jóvenes y los padres nunca oyen a la iglesia hablar con claridad, compasión y pragmatismo sobre la castidad y la pornografía, asumen que la iglesia no comprende su mundo. Eso es trágico. Necesitamos más predicación, más catequesis y más honestidad pastoral. No de una manera moralizante o que avergüence, sino de una manera sanadora, esperanzadora y que diga la verdad”, reflexiona. 

Los padres no pueden permitirse el lujo de ignorar el atractivo de la pornografía para sus hijos. Las búsquedas en Google o las atractivas ventanas emergentes atraen a muchos niños a los rincones oscuros de internet. Y siempre existirá la presión de grupo para explorar terrenos prohibidos.  

El padre Steele tiene cuatro palabras de consejo para los padres: "Sean tempranos y sean honestos". Y añade: “Los padres deben dar por sentado que sus hijos se encontrarán con pornografía, en lugar de preguntarse si podrían hacerlo. Las conversaciones sobre el cuerpo, el sexo y la seguridad en internet deben comenzar mucho antes de lo que la mayoría de los padres creen”. 

Por otra parte, “también es necesario crear un entorno donde los niños no tengan miedo de decir la verdad. Si un niño confiesa haber estado expuesto y recibe ira o pánico, aprenderá a esconderse. Las herramientas prácticas también importan: filtros, aplicaciones de control, reglas para los dispositivos. Pero ningún filtro reemplaza una relación sólida y un diálogo abierto”, asevera.  

Como complemento de  «Un viaje de esperanza», el padre Steele también ha publicado una parábola moderna, «El viaje de Miguel: una novela de lucha, gracia y libertad». Narra la historia de un joven atrapado por la pornografía que, poco a poco, logra liberarse con la ayuda de la oración y el consejo de un sacerdote comprensivo. Padres y adolescentes podrían encontrarla útil. 

Para los adictos a la pornografía, ¿existe un Matt Talbot, el irlandés santo considerado el santo patrón de los alcohólicos?  “Todavía no, aunque San Carlos Acutis es venerado por su “pureza, devoción eucarística y uso de la tecnología para el bien. Creo sinceramente que Dios está suscitando testigos modernos que algún día serán reconocidos como santos de esta lucha. Vivimos en un nuevo campo de batalla espiritual, y el cielo siempre provee nuevos héroes» concluye el padre Steele.

martes, 13 de enero de 2026

Andrés Giménez abandonado por sus padres los perdonó, tuvo éxito como portero de fútbol, pero será sacerdote: «Vi el amor de Dios encarnado en personas y doy mi vida para que el otro pueda encontrar a Cristo»

Andrés Giménez se forma como seminarista en el Redemptoris Mater de Friburgo, en Suiza

* «Tenía esta frase de Dios dentro de mí: '¡Ama a tus enemigos!'. Mis enemigos eran mis padres: ellos me habían abandonado. No estuvieron presentes en los momentos más importantes de mi vida. Y Dios me llamaba a amarlos. Así mi vida empezó a cobrar un nuevo sentido… No doy mi vida por el sacerdocio en sí mismo, doy mi vida al servicio de la Iglesia para llevar esta buena noticia que he experimentado. A través de mí, mi madre encontró a Cristo y yo a través de ella. Como dice Benedicto XVI, el cristianismo no es sólo una idea, sino un encuentro. Experimentar el amor de Cristo a través de otra persona»   

 Camino Católico.- Originario de Paraguay, Andrés Giménez cursa su último año de estudios en el seminario Redemptoris Mater de Friburgo. Esta es la historia y el testimonio de este exfutbolista que descubrió el amor de Dios al perdonar a sus padres.

"En el fondo, no quiero ser sacerdote, pero si respondo 'sí' a esta llamada, es porque sé que no estoy solo... Porque mi vocación no me pertenece solo a mí. La lleva la Iglesia y la apoya la comunidad", explica Andrés Giménez en Cath.ch, en la recta final de su formación sacerdotal.

Nacido en 1992, Andrés creció en Caaguazú, Paraguay. Es el quinto y menor de los hijos de su familia y describe a ésta como católica y muy tradicional. Durante su infancia, tenía reglas estrictas que seguir, como la de llegar siempre a casa antes del atardecer.

“Nuestra familia era muy unida, pero d mis padres se separaron y quedó completamente destrozada”

“Recibimos valores cristianos, como el respeto, la generosidad, la amabilidad y las buenas costumbres. Nuestra familia era muy unida. Vivíamos juntos en el campo, teníamos todo a nuestro alcance: un campo de fútbol en casa, los amigos venían a jugar, etc. Incluso aprendí a montar a caballo antes de aprender a montar en bicicleta. Pero por circunstancias bastante confusas, mis padres se separaron. Mis hermanas se fueron con mi madre. Mis hermanos y yo fuimos criados por mis abuelos maternos. Y nuestra familia quedó completamente destrozada”, recuerda el seminarista.

Cuando tenía 10 años, Andrés y sus hermanos se mudaron a Asunción, la capital de Paraguay. “Me encontré solo. Sin familia, recibí apoyo de mis amigos. Me enseñaron las cosas de la vida. Aunque mis abuelos siempre me criaron bien, con valores y principios, mis amigos llenaron ese vacío familiar. Y más tarde, cuando me uní a la Iglesia, redescubrí también esta forma de comunidad”.

Cuando falleció su abuelo, Andrés perdió a una figura importante. Con el inicio de la secundaria, las amistades y la adolescencia, comenzó a perder contacto con los valores que le inculcaron en casa. Alrededor de los 16 años, regresó a la iglesia, pero sin ningún interés en lo que allí sucedía. Solo quería prepararse para su confirmación, la única manera de poder casarse más adelante. En ese momento, comenzó a hacerse preguntas existenciales: "¿Para qué vivir de cierta manera si al final todos morimos? Realmente no encontraba sentido a mi vida".

Necesitaba a mi padre, pero él no estaba allí

Un día, lo invitaron a un torneo de fútbol con su club local. “Jugaba de defensa. Tuvieron que reemplazar al portero y ponerme de portero. Ese día, unos ojeadores me descubrieron y me ofrecieron un viaje a Sudamérica, y quizás incluso a Europa. Me pidieron que preparara un expediente para el viaje, pero necesitaba el permiso de mi padre, a quien no veía desde hacía once años. Tuve un mes para encontrarlo, pero no lo logré…”.

Este suceso enfureció profundamente a Andrés. “Por primera vez en mi vida, necesité a mi padre, y él no estaba. Esto me impulsó a 'matar a mi padre en mi corazón', a repudiarlo. Si algún día llegaba a ser alguien y él me necesitaba, yo tampoco estaría allí”.

Andrés fue seleccionado entonces para un club que ascendía de segunda a primera división. "De repente me encontré en la máxima categoría, a pesar de no tener formación deportiva previa. Descubrí este mundo, que me pareció maravilloso y se convirtió en mi razón de vida. Como jugador, al ver a la afición, me di cuenta de que era capaz de alegrar a los demás. Eso es lo que me impresionó del fútbol".

Andrés Giménez en un entrenamiento | Foto de archivo - DR

"Mi hermano es más feliz que yo"

Pero cuando su entrenador le informa de la oportunidad de desarrollarse y jugar con la selección nacional, vuelve a cuestionarse su existencia, justo cuando su madre empieza a tener problemas de salud. Al mismo tiempo, nota que su hermano Sandro, que asiste a un grupo juvenil en la iglesia, parece más feliz que él. Se siente atraído por ellos y se une al grupo.

En el verano de 2009, Andrés cursaba el instituto público, pero aún pasaba la mayor parte del tiempo en el campo, con dos entrenamientos diarios en el club Rubio ñu , un M17 de 1.ª división . Al mismo tiempo, asumió la coordinación de un grupo de jóvenes de la parroquia, voluntarios en obras de caridad, que visitan leproserías y les llevan medicamentos.

Andrés Giménez con la equipación de portero (verde) en el club Rubio ñu, en Asunción | Foto de archivo - DR

Casi por casualidad, se unió al Camino Neocatecumenal, pero se enfrentó a un obstáculo. “Escuchaba el catecismo. Algo me hablaba, pero no lo entendía. Porque todo lo que me faltaba en mi familia, como el amor paternal, significaba que, para mí, el amor de Dios no existía o no podía tocarme. Y si algunas personas me querían, era solo porque me veían como un chico guapo, un futbolista, alguien... Fue a través de lo que hice que compré ese tipo de amor. Y por mi parte, yo tampoco podía amar. Sentía una incapacidad para amar a los demás”.

"El amor debe existir."

Luego, en su comunidad del Camino Neocatecumenal, conoció a una pareja que había adoptado a un niño. Cuando el niño tuvo dificultades, sus padres adoptivos acudieron a la iglesia en busca de ayuda. "¿Cómo pueden estas personas entregarse y sacrificarse por un 'desconocido', por un niño que ni siquiera es suyo?", se preguntaba Andrés. "Debe significar que el amor existe".

En la comunidad a lo largo del camino, Andrés está rodeado de personas cercanas que, como él, emprenden un viaje para redescubrir el bautismo que recibieron. “Vi cómo este amor de Dios se encarnaba en personas reales, y eso me hizo cuestionar las cosas”.

Andrés Giménez escribe su tesis de maestría sobre la liturgia de la Vigilia Pascual

En el Camino Neocatecumenal, Andrés explica que uno de los pasos consiste en reconocer la cruz que uno lleva. “Mi cruz fue el abandono de mis padres. Sentirme abandonado y tener que triunfar en la vida por mi cuenta me hizo dudar de la existencia de Dios. Para mí, Dios no existía, o sólo existía en teoría. La realidad práctica era tener que madrugar para entrenar. Se había convertido en una razón para vivir”.

Fútbol: una disciplina para toda la vida

El fútbol siguió siendo el sostén de Andrés durante un tiempo, ya que le inculcó cierta disciplina en la vida. "Durante mi primer año en el club Libertad , tenía que levantarme a las 3 de la mañana para ir a entrenar. Durante un mes, sábado tras sábado, éramos unos treinta porteros, entrenando con un sistema de eliminación directa. Los jóvenes que eran convocados al final de la mañana podían volver la semana siguiente, y a los demás los dejaban ir".

“Semana tras semana, me seguían convocando, aunque no venía de ningún sitio y ni siquiera conocía todas las reglas del fútbol. Me eligieron, y ni siquiera sabía por qué. ¡Pero me sentí elegido!”, dice.

En ese momento, un catequista le gritó: “Quieres ser futbolista, pero ¿te has preguntado qué quiere Dios para ti? Para mí, estaba claro: si Dios me dio este talento, es porque quería que fuera jugador. Y triunfar en la cancha es un testimonio cristiano... Eso pensé. Pero entendí que no era necesariamente lo que Dios tenía planeado para mí”.

Andrés Giménez, ex portero convertido en seminarista en Friburgo

"Ama a tus enemigos"

Esta reflexión transformó por completo su vida. "Tenía esta frase de Dios dentro de mí: '¡Ama a tus enemigos!'. Mis enemigos eran mis padres: ellos me habían abandonado. No estuvieron presentes en los momentos más importantes de mi vida. Y Dios me llamaba a amarlos. Así mi vida empezó a cobrar un nuevo sentido".

Participar en la catequesis del Camino Neocatecumenal le permitió descubrir la riqueza del bautismo. “Lo que más influyó en mi camino fue precisamente la estructura del Camino: un trípode. Con la Liturgia de la Palabra los jueves por la noche, la Eucaristía los sábados por la noche y una reunión de vida comunitaria —una "convivencia"— un domingo al mes para rezar Laudes, comer juntos y compartir nuestras experiencias del mes. Es decir, cómo Dios había obrado en nuestras vidas”.

Dos años después, durante una llamada vocacional, se encontró de pie. “No puedo explicar cómo. Mientras escuchaba el catecismo, me di cuenta de que estaba de pie cuando el sacerdote nombró a los posibles candidatos. Así que me ofrecí para ingresar al seminario y me uní al grupo de discernimiento vocacional. Además del horario regular del Camino, teníamos tres reuniones los lunes al mes: una Eucaristía, una sesión de intercambio y una Lectio Divina”.

Admitir los propios errores

Para Andrés, experimentar el amor de Dios significó primero reconocer su propia culpa. “Si Dios dio a su Hijo por mí, es porque me amó. ¿Para qué ser sacerdote si no soy capaz de amar? Para aceptar a Dios como Padre, tuve que perdonar a mi padre. Así que no pude entrar al seminario sin obtener el permiso de mi padre, un padre al que había repudiado. Sin saber dónde vivía, logré encontrarlo en menos de un día. Éramos completos desconocidos, pero poder ofrecerle mi perdón sin que se sintiera juzgado me ayudó mucho en mi camino”.

Estar junto al lecho de muerte de su madre también fue un momento decisivo para el seminarista. “Nunca olvidaré su mirada. Por primera vez en mi vida, me sentí amado incondicionalmente. Incluso después de que cerraran su tumba, fue su mirada la que quedó grabada en mi mente. Esa mirada me hizo comprender que la vida es eterna y que la muerte no es el final. Y gracias a su muerte, pude experimentar la vida y comprender su significado”.

"Dios existe y lo necesito"

Gracias a este acontecimiento, Andrés está convencido: Dios existe y lo necesita. “Fue esta experiencia la que me hizo aceptar este llamado. No doy mi vida por el sacerdocio en sí; la doy al servicio de la Iglesia para compartir esta buena noticia que he experimentado. A través de mí, mi madre conoció a Cristo, y yo a través de ella. Como dijo Benedicto XVI, el cristianismo no es solo una idea, sino un encuentro. Experimentar el amor de Cristo a través de otra persona. A eso me siento llamado: a dar mi vida para que otros puedan encontrar a Cristo”.

Tras dos años de estudios filosóficos y preparatorios, y tres años de trabajo misionero entre el sur de Francia y Suiza, Andrés llegó a la Suiza francófona en septiembre de 2017. Formó un grupo de seminario con Ricardo Fuentes, ahora sacerdote, primero en Orbe y luego en Friburgo, mientras reanudaba sus estudios teológicos en la Universidad. “Mi tesis de maestría se centrará en la Vigilia Pascual, con la liturgia como iniciación al misterio, siguiendo el modelo del Camino Neocatecumenal, que se forma en y a través de la liturgia”.

¿Futbolista o sacerdote?

¿Se siente Andrés más futbolista o sacerdote hoy? “Esa fue precisamente la pregunta que le hice a un grupo de niños durante una Vigilia Pascual: ¿Es más importante para ustedes ser futbolista o sacerdote? Y un niño de nueve años me respondió sin dudarlo: sacerdote. Así que le pregunté por qué. En sus propias palabras, me dijo: porque, a diferencia de un futbolista, un sacerdote es necesario para las necesidades de la Iglesia”.

jueves, 8 de enero de 2026

Pero Miličević, con 7 años, vivió como musulmanes bosnios asesinaron a su padre y otros familiares y Dios lo llamó al sacerdocio: «Nunca habríamos resistido sin la fe, la oración y la necesidad de paz; los conocía y los he perdonado»

El sacerdote bosnio Pero Miličević contó su testimonio en la presentación, el pasado 18 de diciembre, del Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2026, que se celebrará el próximo 1 de enero

* «Cuando empecé a confesar a los fieles comprendí que no puede haber paz interior sin perdón, y que es necesario enfrentarse a lo vivido. Como Dios perdona nosotros también debemos perdonar, sé quién mató a mi padre pero no puedo vivir en la venganza. Si sintiera resentimiento no sería un hombre de Dios, somos humanos cometemos errores, nacemos en el mismo lugar, no somos demasiado diferentes»

Camino Católico.- El sacerdote bosnio Pero Miličević conoció el rostro más cruel de la guerra siendo un niño de siete años. El 28 de julio de 1993, un grupo de milicianos musulmanes del Ejército de Bosnia y Herzegovina irrumpió en su aldea natal, Dlkani, en el municipio de Jablanica. En apenas una mañana fueron asesinadas 39 personas, entre ellas su padre y varios miembros de su familia.

“Fue la experiencia de la oscuridad y del mal de la guerra”, resumE ante los periodistas en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, durante la presentación, el pasado 18 de diciembre, del Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2026, que se celebrará el próximo 1 de enero.

Treinta y dos años después de aquella jornada de terror, aquel niño, que perdió de golpe la inocencia, habla hoy con la serenidad de un sacerdote. El P. Miličević estaba jugando con su hermano gemelo y otro de sus hermanos mayores cuando comenzaron las ráfagas de los disparos. “Los proyectiles pasaron por encima de nuestras cabezas”, recuerda.

Su madre y su hermana los arrastraron al interior de la casa para ponerlos a salvo. Su padre, Andrija, no estaba allí. Había salido al campo para ayudar a una tía pero también lo asesinaron. Tenía 45 años. Su madre, Ruža, quedó viuda con nueve hijos, siete de ellos menores de edad.

Ese mismo día fueron asesinadas también dos hermanas de su madre y varios primos. “Cuando muere uno ya es terrible; cuando mueren tres hijos, como le pasó a mi tía, no sé cómo el corazón de una madre no se rompe”, confiesa el sacerdote, con la voz contenida.

La devastación de aquel 28 de julio no terminó con la matanza. Su madre y sus hermanos fueron deportados a un campo de prisioneros conocido como el “Museo”, en Jablanica, junto a unos 300 católicos croatas. Permanecieron allí siete meses.

Las condiciones eran extremas. “No teníamos comida suficiente, no había higiene y dormíamos sobre frías losas de granito”, relata. La muerte formaba parte del día a día, pero —explica— el dolor físico y el hambre no eran comparables a la angustia de no saber qué iba a ser de ellos.

Lo que los sostuvo fue una fe sencilla, heredada de su madre: el rezo diario del Rosario. “Nunca habríamos resistido sin la fe, la oración y la necesidad de paz”, afirma.

En aquel encierro, la tentación de la venganza era constante. Sin embargo, el P. Miličević asegura que salió del campo con una convicción firme: “Había que mantener la paz en el corazón y no pensar en la venganza”.

Cuando finalmente fueron liberados, llegó otro golpe devastador. El cuerpo de su padre había permanecido siete meses a la intemperie, sin sepultura. Sólo entonces pudieron enterrarlo. “Su cuerpo había quedado sin enterrar; lo que sepultamos fueron sus huesos”, explica.

A menudo le preguntan cómo fue capaz de soportar tanto sufrimiento. Su respuesta no ha cambiado con los años: la fe. “Esa educación en Dios nos alimentó y nos ayudó a atravesar horrores que ningún niño debería ver”, asegura.

El perdón, sin embargo, fue un proceso. No llegó de inmediato hasta su corazón. El P Miličević reconoce sin rodeos que al principio le dominó la rabia. Durante años, el dolor permaneció abierto. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó cuando decidió hacerse sacerdote. Fue ordenado en 2012.

“Cuando empecé a confesar a los fieles comprendí que no puede haber paz interior sin perdón, y que es necesario enfrentarse a lo vivido”, explica. Sólo entonces la herida comenzó a cerrarse.

En 2013, veinte años después de su cautiverio, regresó al antiguo campo de prisioneros. “Volví entre lágrimas”, relata. No fue un ajuste de cuentas, sino un paso decisivo hacia la liberación interior.

El sacerdote bosnio volvió a visitar el campo de prisioneros donde estuvo recluido / Foto: Radio Medjugorje

A lo largo de todos estos años, la luz del Evangelio ilumina el corazón del joven sacerdote, el encuentro con el amor más grande realiza en él la revolución que se abre al perdón. “Como Dios perdona nosotros también debemos perdonar, sé quién mató a mi padre – dice el padre Pero – pero no puedo vivir en la venganza. Si sintiera resentimiento no sería un hombre de Dios, somos humanos cometemos errores, nacemos en el mismo lugar, no somos demasiado diferentes”.

Hoy, su historia encarna el mensaje que León XIV propone para la próxima Jornada Mundial de la Paz. “La paz debe ser vivida, cultivada y custodiada”, subraya el sacerdote. Y añadió: “El mal se vence con el bien, no con la venganza ni con las armas”.

Citando al Pontífice, recuerda que “la bondad es desarmante”. No son los arsenales de armas los que garantizan la paz, sino “corazones dispuestos a acogerla”. Y concluyó con una certeza forjada en la tragedia: “Cuando el hombre busca la justicia, la paz se convierte al mismo tiempo en su obra concreta”.