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viernes, 6 de noviembre de 2026

Mons. Arjan Dodaj, arzobispo en Albania, donde nació cuando era comunista: «Criado en el ateísmo, fue extraordinario llegar a saber que Dios existe, que la Virgen se aparece, tener una experiencia viva de ello y ser sacerdote»

Mons. Arjan Dodaj es arzobispo metropolitano de Tirana-Durrës, en Albania, nombrado por el Papa Francisco el 9 de abril de 2020, cuando tenía 43 años

* «Mi encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, rama sacerdotal de la Casa de María, tuvo lugar en 1993, precisamente en Cuneo. Allí conocí a un sacerdote, el padre Massimo Allisiardi, que participaba en la vida de la comunidad. Por invitación suya, empecé a asistir a su grupo de oración y entré cada vez más en contacto con los fundadores de la Casa de María: don Giacomo Martinelli y Nicoletta Reschini. A través de ellos conocí el extraordinario acontecimiento de Medjugorje, donde, según la tradición y la experiencia de sus fieles, la Virgen se aparece desde hace décadas.Todo aquello fue para mí el comienzo de una vida completamente nueva. Así, después de un año de discernimiento, catequesis y vida espiritual, recibí el sacramento del Bautismo. En ese momento nació y se hizo cada vez más claro en mí el deseo de consagrarme totalmente al Señor en la vida sacerdotal, junto con otros jóvenes de la comunidad»

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News del testimonio de Mons. Arjan Dodaj, Arzobispo de Tiranë-Durrës (Albania), ante el Papa Francisco, en Marsella, el 23 de septiembre de 2023

Camino Católico.-  Arjan Dodaj es arzobispo metropolitano de Tirana-Durrës, en Albania, nombrado por el Papa Francisco el 9 de abril de 2020, cuando tenía 43 años. Nació en Laç-Kurbin, el 21 de enero de 1977. En 1993, con tan solo 16 años, después de completar sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, emigró a Italia y se estableció en Cuneo, donde comenzó a trabajar.

Trabajó como soldador durante más de diez horas al día y encontró en la Fraternidad de los Hijos de la Cruz el camino hacia la fe cristiana. Se había educado en el ateísmo, pero, al encontrar a Cristo, recibió el Bautismo y descubrió su vocación sacerdotal. Monseñor Arjan Dodaj comparte con la Fundación CARF entrevistado por Gerardo Ferrara su testimonio de conversión y su vocación.

«Todas las historias son conmovedoras si pensamos que cada una tiene que ver con una persona, con un ser humano, con su mundo y su vida. Sin embargo, hay historias que son más impactantes que otras, al menos para algunos de nosotros que hemos tenido la oportunidad de vivir y ver con nuestros propios ojos ciertas situaciones que han trastocado la existencia de algunos países en particular.

Aún me acuerdo, de hecho, siendo un chico de 12 años, de los barcos que llegaban a Italia desde Albania en los años noventa, llenos de personas que se hacinaban en las bodegas y en las cubiertas, ocupando cada espacio disponible para huir de la pobreza, de la inseguridad y de la incertidumbre que reinaban en el país balcánico. Puede que haya sido la primera vez que Italia experimentaba el fenómeno de la inmigración masiva, un fenómeno para el que no estaba preparada y que ahora es algo cotidiano».

—Gracias, monseñor Dodaj. Es un honor poder entrevistarle. Como italiano, su historia me toca muy personalmente.

–Gracias a usted. Es un placer, ya que, para mí, como para muchos albaneses que conocíamos Italia a través de la televisión italiana que podíamos ver en nuestro país, solo había un deseo: ir a Italia.

Una familia humilde y sencilla

—Me impactó mucho de su historia esa fe que se queda guardada, más bien sembrada y enterrada en el corazón, sin que uno se dé cuenta, y que después florece muchos años más tarde…

–Sí, y todo gracias a mi familia, una familia muy humilde y sencilla, originaria del norte de Albania. Nací en Laç, una ciudad conocida especialmente por un santuario muy querido por todos los albaneses, dedicado a san Antonio y situado en la montaña que hay detrás de mi pueblo.

Este santuario es un lugar que siempre me ha acompañado en mi vida. De hecho, cuando era niño, la escuela a la que asistía estaba al pie de la montaña. Justo al lado pasaba el camino por el que, sobre todo los martes, cerca de la fiesta del santo, y también en otras celebraciones que entonces desconocía, caminaban numerosas personas para encomendarse a la intercesión de san Antonio.

Un país comunista

—Y eso a pesar de vivir en un país comunista…

–Sí, a pesar de las estrictas prohibiciones del sistema comunista en un país que, de hecho, se declaraba ateo por Constitución.

Mi familia era humilde: mi padre trabajaba en una fábrica y mi madre, en una obra de construcción. Además de mí, estaban mis dos hermanas. Crecimos juntos con mucha sencillez y caridad, con mucho amor y sentido de pertenencia a ese don tan grande que es la familia.

En un pueblo cercano a Laç vivían mis abuelos maternos, a los que tuve más oportunidades de conocer porque no estaban muy lejos. Allí tuve, de alguna manera, mi primer acercamiento a la dimensión religiosa. Mis abuelos vivían la fe con gran discreción y, al mismo tiempo, con un profundo sentido de la existencia de Dios. Aunque fuera inconscientemente, me atrevo a decir que pude respirar por primera vez la experiencia de la fe precisamente al observarlos.

Mi abuela se paraba todos los días frente a una estructura situada delante de la casa que yo no sabía que era la iglesia del pueblo. Se quedaba allí, erguida, con el rosario en la mano, y rezaba. Mi abuelo, en cambio, siempre empezaba el día con el rosario y solo después venían todas las demás actividades.

Estas prácticas me resultaban desconocidas y, sin embargo, me transmitían algo de su fe, de aquello en lo que creían de una manera tan accesible: la presencia de Dios, invisible pero visible para ellos en sus corazones.

Mons. Arjan Dodaj y sus compañeros de la Fraternidad de los Hijos de la Cruz

Escapar de Albania

—En los años noventa decidió huir a Italia. ¿Por qué?

–En aquella época empezábamos a salir del telón de acero en el que se encontraba nuestro país. Aparecieron el pluralismo y, con él, la posibilidad de la democracia. Así que muchos albaneses intentamos encontrar un futuro mejor en Occidente.

Personalmente, intenté escapar varias veces, especialmente a Italia. El primer intento fue el 8 de agosto de 1991, después del primer éxodo masivo que muchos italianos y albaneses recordamos: el de marzo, cuando yo tenía catorce años.

En aquella ocasión se produjo el caso del famoso barco Vlora, que transportaba a unas 20.000 personas. El barco que yo había decidido tomar con muchas otras personas sufrió una avería y, me atrevo a decir, por gracia, no llegó a salir. Me di cuenta de que iba a ser un viaje lleno de sufrimiento, pobreza y dificultades.

Después hice varios intentos más para poder encontrar un futuro mejor en Occidente, como muchos amigos de mi edad y numerosos adultos y familias.

No buscaba un futuro únicamente para mí. Me impulsaba también el deseo de mantener a mi familia: mis hermanas y mis padres, que tanto habían sufrido por la extrema pobreza y la persecución durante la dictadura comunista.

La segunda fuga

—Y por fin llegó la ocasión…

–Sí. En 1993, a través de organizaciones clandestinas. Fue la noche del 15 al 16 de septiembre de 1993. Yo tenía entonces 16 años.

Ciertamente, a mi corta edad no era consciente de la aventura en la que me estaba embarcando porque, como ya he dicho, solo tenía un deseo: ir a Italia. Los albaneses solo conocíamos Italia a través de lo que veíamos en las cadenas de televisión italianas.

El viaje partió de la laguna de mi ciudad, Patok, donde atracó una lancha procedente del sur de Italia. Éramos cuarenta personas en total y habíamos pagado una cantidad considerable de dinero, algo casi imposible para nosotros.

Por esta razón, estaba endeudado, pero, para poder partir, cada uno de nosotros había pagado ya un millón seiscientas mil liras, el equivalente aproximado a 850 euros, una suma considerable en aquella época y, especialmente, en un país como el nuestro.

Dejé un pedazo de mi corazón

Recuerdo muy bien aquella noche del 15 de septiembre: el hermoso cielo estrellado y el mar en calma. A medida que avanzábamos y nos alejábamos de la orilla, veía cómo se iban apagando las luces de mi pueblo. De alguna manera, sentí que un pedazo de mi corazón se desprendía lentamente.

Llegamos a Carovigno, en Apulia. Allí nos recogieron y nos llevaron a una casa en ruinas en medio de unos olivares. A la mañana siguiente, junto con otras personas, tomé el tren a Bari y, esa misma tarde, continué hasta Turín. En el Piamonte nos esperaban otros amigos que nos ayudarían a adaptarnos a la realidad italiana.

Trabajo como soldador

—Ni me puedo imaginar lo difícil que debió de ser…

–Claro, y aún más difícil por la urgencia de pagar la deuda que había contraído en Albania.

Cuando llegué a Italia, gracias a Dios, tuve algunos compatriotas que me ayudaron y me apoyaron durante los primeros meses. Después de Turín me fui a Milán, donde intenté encontrar trabajo por todos los medios. Caminaba de un lugar a otro y, cuando veía una grúa, me acercaba a una obra de construcción para intentar trabajar. Si veía un restaurante, intentaba entrar como lavaplatos. Pero, desgraciadamente, no era fácil.

Más tarde, unos amigos me dijeron que en Cuneo, en el Piamonte, existía la posibilidad de encontrar trabajo. Así que me fui allí.

Me instalé en esa ciudad y enseguida encontré ayuda en una casa de acogida fundada por Franco Mondino: Casa Ristoro e Pace. Empecé trabajando como soldador y después pasé a la construcción.

Mi primer periodo en Italia estuvo lleno de dificultades, especialmente por la ausencia de mi familia y por tener que adaptarme a una realidad completamente nueva. Pero, más tarde, con la gracia del Señor, comprendí y valoré cada vez más aquel periodo agotador.

Mons. Arjan Dodaj con el Papa Francisco

El encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz

—Hasta que llegó el encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz y con la fe cristiana…

–Mi encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, rama sacerdotal de la Casa de María, tuvo lugar en 1993, precisamente en Cuneo.

Allí conocí a un sacerdote, el padre Massimo Allisiardi, que participaba en la vida de la comunidad. Por invitación suya, empecé a asistir a su grupo de oración y entré cada vez más en contacto con los fundadores de la Casa de María: don Giacomo Martinelli y Nicoletta Reschini.

A través de ellos conocí el extraordinario acontecimiento de Medjugorje, donde, según la tradición y la experiencia de sus fieles, la Virgen se aparece desde hace décadas.

Dentro del contexto de ateísmo total en el que me había criado, primero fue extraordinario llegar a saber que Dios existe y que la Virgen se aparece; después, tener una experiencia viva de ello. Todo aquello fue para mí el comienzo de una vida completamente nueva.

Así, después de un año de discernimiento, catequesis y vida espiritual, recibí el sacramento del Bautismo. En ese momento nació y se hizo cada vez más claro en mí el deseo de consagrarme totalmente al Señor en la vida sacerdotal, junto con otros jóvenes de la comunidad.

El don vocacional

—Un cambio radical en su vida…

–¡Por supuesto! Tuve que formarme y estudiar. Mis estudios fueron consecuencia de aquel viaje y del discernimiento de mis superiores.

Después de tres años como miembro externo de la comunidad de la Casa de María, entre 1994 y 1997, fui admitido definitivamente y comencé los estudios de Filosofía y Teología.

Ciertamente, dentro de la formación sacerdotal, estos estudios tienen una importancia fundamental, aunque no sean el único elemento determinante. Para mí fue decisivo el encuentro con la Iglesia a través de aquella pequeña realidad en la que la providencia de Dios me había colocado: la experiencia carismática que el Señor me regaló en la Casa de María y en la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, reconocida como sociedad de vida apostólica.

Creo que esta formación y esta conversión no son únicamente el resultado de cómo sucedieron las cosas, sino una necesidad concreta y cotidiana. Cada uno de nosotros debe desarrollar y vivir el don vocacional en un contexto estable de discernimiento y de experiencia eclesial y comunitaria.

La llamada del Señor es cotidiana, como lo es nuestra respuesta, que siempre se encarna en el rostro concreto de la Iglesia.

Fui ordenado sacerdote el 11 de mayo de 2003 por el papa Juan Pablo II en la basílica de San Pedro.

Al servicio del Señor

—Y ahora usted es el primer obispo de la Fraternidad. ¡Una gran responsabilidad!


–Sinceramente, en la Fraternidad me siento uno de los hermanos del Señor, como todos los demás; de hecho, el más indigno.

Para mí, ser obispo no es un punto de llegada, sino una llamada a una vigilancia aún mayor, a un servicio aún mayor y a una respuesta cada vez más humilde. Siento una mayor necesidad de contar con la oración de mis hermanos y de mi comunidad, porque todo lo que el Señor me ha dado a través de este carisma puede enriquecer y servir a su Iglesia.

Por lo tanto, no estoy en absoluto desconectado de la historia que me ha formado.

Al contrario, necesito acudir cada vez más a esa fuente vital para ponerme al servicio allí donde el Señor me ha querido. Por eso, me siento llamado a aportar los dones que el Señor me ha concedido y a transmitir lo que Él dice a la Iglesia a través de su Madre, del Papa y de su Magisterio, siempre con absoluto respeto a la identidad de esta Iglesia particular de Tirana-Durrës.

Fidelidad a la Iglesia

—La Fraternidad de los Hijos de la Cruz ha obtenido recientemente el reconocimiento oficial. ¿A qué está llamada en concreto?

–Nuestra Fraternidad de los Hijos de la Cruz, al igual que la comunidad de la Casa de María, es una realidad eclesial muy joven. Sus frutos se van revelando poco a poco, especialmente a través de la fidelidad a la Iglesia.

Así como no hay fruto sin árbol, todo don se convierte en una tarea de servicio a la Iglesia, de acuerdo con el designio específico que el Señor ha suscitado. Esto también se aplica a nuestra realidad.

Mons. Arjan Dodaj en Medjugorje

Los desafíos de la Iglesia en Albania

—¿Cuáles son los retos a los que se enfrenta la Iglesia en Albania?

–Son los mismos que el papa Francisco presentó a los obispos de la Iglesia de todo el mundo. En particular, la llamada a vivir una verdadera sinodalidad, es decir, un camino comunitario del Pueblo de Dios.

Pero, aunque la invitación se dirige a toda la Iglesia, cada realidad particular está llamada a hacerla efectiva teniendo en cuenta sus propias características. Creo que nuestra Iglesia albanesa lleva inscrita la especificidad del martirio. Debemos atesorar ese martirio.

La Iglesia albanesa aún no ha manifestado plenamente lo que dice Tertuliano: Sanguis martyrum, semen christianorum —la sangre de los mártires es semilla de cristianos—.

Todavía hay muchos hermanos y hermanas que esperan convertirse en cristianos por la gracia de nuestros mártires. Nosotros, con una conciencia cada vez mayor, estamos llamados a hacer visible su entrega.

Otra peculiaridad de nuestra Iglesia es que es antigua y nueva al mismo tiempo. Es antigua porque es una Iglesia apostólica. El primer obispo de nuestra diócesis de Durrës fue san Cesáreo, un obispo mártir que, según la tradición, fue uno de los setenta y dos discípulos del Señor.

Es también una Iglesia evangelizada por el propio san Pablo, como afirma en la carta a los Romanos: «En todas direcciones, partiendo de Jerusalén y llegando hasta Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo» (Rom 15,19).

Sin embargo, también es una Iglesia nueva porque, tras cinco siglos de ocupación otomana y cincuenta años de dramáticas torturas, persecuciones y aniquilación a manos del comunismo, vuelve a acoger el mensaje del Evangelio.

Es una Iglesia que necesita cultivar cada vez más, con bondad, paciencia y amor, el mensaje del Señor, especialmente entre los muchos jóvenes que buscan a Cristo y su amor.

Relación con la Iglesia ortodoxa y el islam

—Y también es una realidad muy compleja, si consideramos la fuerte presencia de la Iglesia ortodoxa y del islam en el país…

–Sí, y también debemos tener en cuenta que en nuestra archidiócesis hay muchas personas que inician el camino del catecumenado y se acercan a la Iglesia católica, convirtiéndose en hijos de Dios a través del Bautismo.

Aquí, en Albania, la relación con el islam y con la Iglesia ortodoxa es muy especial, por no decir única. El propio papa Francisco la presentó al mundo como ejemplo de cooperación fraternal.

Está claro que se trata de un don que nunca podemos dar por sentado, sino que debemos cultivar, acompañar y apoyar cada día.

Precisamente por eso nos reunimos a menudo con los distintos líderes religiosos en diversas comisiones para presentar iniciativas valiosas en los ámbitos de la cultura, la educación, la mujer, la inmigración y la caridad.

Estas iniciativas buscan promover en la sociedad, en las instituciones y, sobre todo, en el corazón de las personas, esa necesidad de unidad y comunión que solo el espíritu de quienes creen puede hacer visible (cf. Hch 4,32).

Abordar la situación de los migrantes

—Usted ha sido migrante y hoy este tema está más presente y es más doloroso que nunca. Por un lado, está la tragedia de la pérdida de decenas de miles de vidas cada año en el Mediterráneo; por otro, el miedo a perder la identidad, la fe y la seguridad económica y social al abrirse demasiado a la acogida de tantas personas necesitadas. ¿Cómo cree usted que se puede abordar todo esto?

–Creo que no hay una respuesta clara y definitiva a esta cuestión, porque siempre estamos ante personas reales, con una historia que a veces está marcada por las heridas, el sufrimiento y el dolor, pero también por una gran esperanza.

Estamos llamados a responder a los deseos reales que alberga el corazón humano, sin perder nunca de vista la responsabilidad de cultivar esas mismas esperanzas en los países de acogida.

Por supuesto, esto no significa borrar la cultura del país de acogida. No se ofrece una mejor acogida perdiendo la propia identidad. Si no sabemos quiénes somos, tampoco podemos saber a quiénes acogemos.

Por ello, es necesario redescubrir la belleza de la riqueza que supone el encuentro entre culturas, así como la defensa de la propia identidad. Solo así se producirá un verdadero enriquecimiento que conduzca a la complementariedad. De lo contrario, se corre el riesgo de vivir en una sociedad que solo busca normalizarlo todo y a todos.

Al final, puedo decir que la respuesta está en el amor y en el servicio que brotan de la fe de un pueblo que, como Italia, sabe acoger y ser generoso al mismo tiempo; un pueblo que reconoce su identidad en sus raíces históricas, en el arte y la cultura y en muchas otras cosas, pero, sobre todo, en las raíces de la fe cristiana católica.

Mustapha Amari: «Era musulmán, leyendo los evangelios descubrí al Dios de amor que me hablaba a través de Jesús, mi familia me rechazó y hace diez años que soy sacerdote»

Mustapha Amari, criado como musulmán, se convirtió pese a la oposición de su familia, y ahora es sacerdote en Francia

* «Gracias a Jesús, todas las piezas del rompecabezas encajaron. En Jesús, Dios traza un camino único para cada persona. Dios es universal porque puede elegir el camino adecuado para cada uno, ya sea por enfermedad, por vocación misionera o por cualquier otra circunstancia»

El padre Mustapha Amari explica su conversión del islam al catolicismo y como se hizo sacerdote en el video de Mater Mundi TV del año 2017,  antes de ser ordenado presbitero, cuando ya era diácono

Camino Católico.-  El padre Mustapha Amari, ordenado sacerdote hace casi se años, se convirtió al catolicismo tras una profunda reflexión intelectual, solo para encontrarse con el rechazo de su propia familia y la reticencia de una Iglesia poco acostumbrada a tales situaciones. Finalmente, encontró su lugar dentro del ámbito católico a través de la comunidad de Chemin Neuf. El testimonio de su conversión que cuenta en el vídeo de Mater Mundi TV fue grabado en 2017, antes de ser ordenado sacerdote, cuando ya era diácono.

El atractivo de la universalidad del Evangelio

Si bien muchos conversos del Islam afirman haber encontrado a Cristo a través de profundas experiencias místicas, el camino del padre Amari, que ahora tiene 40 años, fue más gradual e interiorizado. 

Nacido en Argelia en el seno de una familia musulmana que emigró a Francia cuando él tenía 5 años, creció practicando la religión de sus padres, pero sin haber tenido nunca una experiencia genuina de Dios. “Aprendí a rezar, a respetar el Ramadán, respetando las normas. Tuve a la vez una educación moderada y una infancia normal”.

Eso cambió durante sus estudios universitarios en Estrasburgo. Rodeado de musulmanes practicantes, así como de cristianos y ateos, comenzó a cuestionar sus propias creencias y a estudiar filosofía. Se preguntaba: “¿Dios existe o no? ¿Soy musulmán porque mi familia me lo ha enseñado o prefiero tener una experiencia de Dios?”.

«Mi fe floreció primero a través de una cuestión filosófica, antes que de una existencial», afirma al National Catholic Register.

“El primer punto de inflexión fue cuando descubrí a Blaise Pascal, quien no habla del Dios de los filósofos y eruditos, sino del Dios sensible al corazón, el Dios de la Revelación. Fue entonces cuando pensé: ‘Quizás no he comprendido lo esencial al fijarme solo en la razón’”, recuerda.

Un amigo protestante de la universidad le regaló un Nuevo Testamento, que resultó ser un punto de inflexión en su vida. Al leerlo, reflexionó instintivamente sobre toda su existencia y se dio cuenta de que Dios lo había guiado hasta ese preciso momento. «Algo en mi corazón comenzó a abrirse», dice. 

«Era la primera vez que leía una página del Evangelio entera y se me reveló sin darme cuenta. Y un día sin saber por qué tuve verdaderamente la experiencia del amor de Dios. Vi de repente toda mi vida desde el principio. Descubrí al Dios de amor que me hablaba a través de Jesús y siempre estaba ahí para mí. Entendí que yo existía porque me supe amado».

«Los Evangelios me han devuelto la perspectiva sobre el significado más profundo de la existencia y me han hecho comprender que Dios es amor, que fuimos creados para ser amados», dice. «Gracias a Jesús, todas las piezas del rompecabezas encajaron»

“En Jesús, Dios traza un camino único para cada persona. Dios es universal porque puede elegir el camino adecuado para cada uno, ya sea por enfermedad, por vocación misionera o por cualquier otra circunstancia.”

Hasta entonces, siempre se había preguntado por qué su vida había ido tan bien. Tras un año en un barrio difícil al mudarse a Francia, su familia se instaló en un pueblo de la región de Alsacia, donde la gente los recibió con calidez y cariño. Sintió que por fin estaba recibiendo la respuesta que su corazón había anhelado durante tanto tiempo.

Había intentado regresar al islam, pero no encontraba otra razón que sus raíces. Sentía que la religión de sus padres estaba demasiado influenciada por la cultura y que no le permitía acercarse a Dios, ya que su concepción de la trascendencia excluye la búsqueda de signos tangibles de la presencia divina. 

Mustapha Amari es un sacerdote muy activo en la evangelización entre los jóvenes

Todo o nada

Pero en aquel momento, aún no era consciente de que elegir a Jesús le exigiría grandes sacrificios, empezando por su propia familia. Todavía no había sido bautizado cuando su padre lo repudió y su madre dejó de contestar sus llamadas. 

Entonces él tenía 20 años y recuerda que su padre “empezó a ver que algo estaba pasando y comenzó a tener conmigo una relación cada vez más tensa al ver que me estaba volviendo católico”.

Pronto llegó un ultimátum por parte de su padre. Le dijo: “Si eres musulmán te quedas en casa, pero si eres cristiano tienes que irte”. Mustapha confiesa que ese día “elegí a Jesús”. 

“Como no quería mentirle dije a mi padre: ‘papá, soy cristiano’. Él dio un puñetazo encima de la mesa y tuvo que cortar con todo. Me tuve que ir a Estrasburgo y desenvolverme solo”.

En ese proceso descubrió las grandes diferenciabas entre el islam y el cristianismo. En el islam –cuenta- “Dios está en el cielo y hay que hacer esfuerzos para merecer algo. Dios no se daba a sí mismo, hacía falta mucho esfuerzo. Y el Dios de los cristianos es Él quien viene a nosotros. Para mí la diferencia es quien hace el trabajo. En el cristianismo es Él quien lo hace”.

Estuvo cinco años completamente separado de su familia. Y un día rezando pidió a Dios que al igual que en el Evangelio hiciera un milagro y le reconciliase con su padre. Una semana después sus padres fueron a verlo a Estrasburgo. “Dios escuchó la oración”, reconoce.

En realidad su padre quería convencerlo para que regresara a la fe musulmana, pero al menos pudo verlo. “Le dije que iba a ser sacerdote y célibe. Me dijo entonces que la única forma de volver a casa es siendo musulmán, pero que si seguía siendo cristiano no sería su hijo”.

“Sé que él me quiere”, afirma Mustapha, que explica que su padre actúa así porque “para ganar su cielo no puede aceptar que yo sea cristiano”.

La Iglesia, por su parte, no lo recibió precisamente con los brazos abiertos al principio. Cuando preguntó sobre el bautismo en una parroquia local de Estrasburgo, dice que le dijeron que volviera después del verano, y luego que tendrían que consultar con el obispo porque era "un caso especial".

“Sentí que se estaban tomando precauciones. Me molestó un poco, pero de alguna manera lo entendí”, asegura.

La dolorosa pérdida de su familia hizo que su compromiso fuera aún más urgente. «Me dije a mí mismo que no podía aceptar renunciar a mi familia solo para que mi fe cristiana consistiera en nada más que ir a misa los domingos. Tu vida con Jesús tiene que ser del 100%, de lo contrario no vale la pena». 

La decisión de ingresar al sacerdocio se hizo evidente para él después de un año de voluntariado y un retiro ignaciano de silencio de un mes. La sensación de haber recibido innumerables gracias durante su camino de conversión venció su temor inicial a la soledad y al celibato. 

“El versículo bíblico que dice: ‘A quien mucho se le da, mucho se le exigirá’ resume toda mi vida”, añade. 

Mucha gente no tiene la gracia de encontrarse con Jesús, así que ¿por qué yo?, se preguntaba constantemente. «Sentía que si seguía recibiendo sin dar de mí mismo, sería como una fruta podrida en una rama». Descubrir el estilo de vida propuesto por la carismática comunidad de Chemin Neuf —basado en la vida comunitaria y la responsabilidad compartida de laicos y clérigos— le brindó el equilibrio que necesitaba. Fue ordenado sacerdote en 2017 como miembro de la comunidad y actualmente está adscrito a una parroquia en las afueras de París.

Mustapha, a la izquierda, el día de su ordenación diaconal

Las dificultades derivadas de su conversión no desaparecieron con su vocación religiosa. Si bien nunca sufrió represalias directas por abandonar el islam, pronto tuvo que limitar sus testimonios en línea a las plataformas de la comunidad católica. «Cuando abrí mi cuenta en TikTok, allá por 2018-2019, recibí comentarios muy violentos y tuve que parar; no estaba preparado para esto». 

Él reconoce que la comunidad de creyentes le dio la fuerza necesaria para afrontar la adversidad y la soledad a lo largo de los años. Experimentó esto a través de lo que considera una parábola una noche en Portimão, al sur de Portugal, donde dirigía un festival con su comunidad para 4000 jóvenes la semana anterior a la Jornada Mundial de la Juventud 2023. También era el cumpleaños de su madre, y trató de llamarla cinco minutos antes de subir al escenario. 

«Como siempre, se negó a responder», dice. Unos minutos después, con renovada determinación, invitó a los jóvenes a entregar sus vidas a Jesús. «Vi a miles de ellos acercarse, arrebatados por el fervor. Es una de las imágenes más hermosas de mi vida», afirma.

Insiste en que no guarda rencor a sus padres. Reconoce que, al convertirse al cristianismo y luego ordenarse sacerdote católico, les exigió mucho. Si bien recientemente ha comenzado un proceso de reconciliación con ellos a través de la oración, también señala que esta ruptura ha tenido repercusiones en su propia familia. De niño, su excelencia académica le granjeó el favor especial de su padre, a veces en detrimento de sus hermanos. 

“Perdí mi lugar en la familia”, dice el padre Amari, “pero se lo dieron a mis hermanos y hermanas de otra manera. Y eso es maravilloso”. Por su parte, Dios le dio “una familia multiplicada por cien”: una comunidad religiosa, hermanos y hermanas, y casas por todo el mundo.

Rafael Quirós dejó a su novia y su trabajo de informático para ser sacerdote y misionero en Benín pese a que puede ser asesinado: «Me fío de Dios, mi fuerza proviene de Él; proclamo que Dios ha dado la vida por ti»


Rafael Quirós contando su camino con Dios y su vocación misionera | Foto: Obras Misionales Pontificias

* «Yo tenía novia, yo trabajaba, todo me iba muy bien. Pero en un momento me doy cuenta de que algo faltaba en mi vida, que necesitaba algo más. Esta inquietud acabó llevándome al sacerdocio y a la misión, pero me enfadé un poco con Dios porque dije: ‘déjame tranquilo, tengo 30 años, estoy bien, todo me va bien, soy buen chico. Voy a misa los domingos, me porto bien con la gente’»

Vídeo de Obras Misionales Pontificias en el que Rafael Quirós cuenta su testimonio

Camino Católico.- “No busco ser mártir, pero hay que aceptar el riesgo; me fío de Dios, mi fuerza proviene de Él”, dice el misionero Rafael Quirós, que vive la misión en una zona de riesgo en Benín amenazada por el terrorismo yihadista. Este sacerdote diocesano de Barbastro, dejó a su novia y su trabajo como informático para ser presbítero y anunciar a Jesucristo.

“Sigo porque aquella gente necesita que estemos”, asegura pese a saber que puede ser asesinado. Para Rafael, la misión es estar junto a quienes más lo necesitan y devolverles la dignidad que tienen como hijos de Dios, incluso arriesgando la propia vida. En esta entrevista con las Obras Misionales Pontificias, comparte su día a día, la alegría de la gente y la fe de una comunidad que sigue adelante en medio de las dificultades.

Su primer destino en 2011 fue una remota parroquia de Fô Bouré, en la diócesis de N’Dali, en el norte de Benín. Allí pasó una década trabajando en la agricultura de subsistencia, la atención comunitaria y la creación de lazos con diferentes etnias locales como los baribas, peúles y gandos. Fue en 2020 cuando el obispo le pidió que fundara una nueva parroquia desde cero, Nuestra Señora del Pilar en Mari Besen Gbere, una zona rural con apenas un 2% de población católica.

Recuerda que era informático y tenía una vida sin problemas: “Yo tenía novia, yo trabajaba, todo me iba muy bien. Pero en un momento me doy cuenta de que algo faltaba en mi vida, que necesitaba algo más. Esta inquietud acabó llevándome al sacerdocio y a la misión, pero me enfadé un poco con Dios porque dije: ‘déjame tranquilo, tengo 30 años, estoy bien, todo me va bien, soy buen chico. Voy a misa los domingos, me porto bien con la gente’”.

Y así acabó como misionero en Benín, un país muy pobre. Él está en una zona rural de sabana arbórea: “Imaginaros chozas, pero ahora ya no es tan bonito ni tan romántico, porque ya no son chozas con techos de paja, sino que ya ponen las chapas onduladas, lo cual es un error porque dan un calor espectacular, pero no hay que cambiarlas cada año ni repararlas cada año”. Se trata de una economía de subsistencia, pero a pesar de ello “lo que encuentras es alegría. Es gente con ganas de sonreír, con ganas de pasarlo bien”.

Rafael Quirós trabajando en la misión en Benín | Foto: Obras Misionales Pontificias

Este misionero aragonés reconoce que cuenta con muchos catequistas y muchos fieles comprometidos con la fe, que le ayudan porque está solo, y “son ellos los protagonistas de la Iglesia. Al fin y al cabo, yo soy un extranjero y hablo su lengua bastante regular. Lo intento, celebro las misas solo en sus lenguas. No la celebro ni en francés”. En el territorio hay entre 30 y 40 pueblos. Reconoce que por ahora solo llega a diez: “En este momento al que más lejos llegó está a 28 kilómetros. Unos kilómetros de pistas infernales”. Cuando llueve son verdaderos barrizales y, “de hecho, la gente se sorprende, los locales se sorprenden de que llegue”.

Y tiene claro a qué va, a “hablar de Jesucristo, dar la buena noticia, anunciar que Dios ha dado la vida por ti y que merece la pena y que es algo que puede devolver la dignidad a cualquier persona”.

Y es que, añade, “los misioneros hacemos la mejor opción social que puede haber, que es devolver la dignidad a la persona para que pueda luchar, para que haya educación, para que haya sanidad, para que haya derechos sociales, hablar de Jesucristo”. No es una cuestión de resultados, porque “Dios hace las cosas a su manera y a mí me toca sembrar y que recoja Dios”. En los pueblos se sorprenden porque dicen “nadie viene a vernos, ni la policía, ni los alcaldes, no viene a vernos nadie y qué se le ha perdido aquí que somos cuatro chozas perdidas en medio del campo, en medio de unos bosques”, pero, explica Rafael, “yo no soy el mensaje, yo soy el mensajero, el mensaje es el que es importante”.

La misión está en una zona de alto riesgo por el yihadismo. Allí tiene desplazados, gente que ha abandonado sus hogares más al norte y “vienen buscando campos donde poder cosechar, labrar y poder sacar a sus familias adelante”. Hay tensión y hay miedo, porque los asesinos no avisan: “Llegan un día dando tiros con motos y matan, secuestran, violan, hacen todas las barbaridades que quieren”. Reconoce que no tiene miedo, quizá “porque en mi parroquia no ha habido ningún acto todavía o porque soy un descerebrado, que también pasa un poco, o porque me fío de Dios”. Solo dice que “sigo porque aquella gente necesita que estemos”. Además, “tengo al lado, en una parroquia, a un cura nigeriano del norte. Es un chaval joven. Y su testimonio me pareció increíble porque me dijo que los curas del Norte de Nigeria nos ordenamos sabiendo que es muy fácil que vayamos al martirio. Cada misa que celebramos, y eso me tocó el corazón, la hacemos como si fuera la última misa, porque no sabemos si volviendo a casa nos van a matar”.