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lunes, 14 de septiembre de 2026

Andrés Carrión hundido en las drogas y la santería quería suicidarse y acabó en la cárcel: «La misericordia de Dios es infinita y su voz ha estado conmigo porque he tenido conciencia de pecado; el miedo al infierno me salvó»


Andrés Carrión dice que "en la cárcel descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad"

* «Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra. Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas»

Vídeo de El Rosario de las 11 PM en el que Andrés Carrión cuenta su testimonio

* «Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo.Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga. Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios»

Camino Católico.- Andrés Carrión es español, tiene 36 años, está casado y tiene cuatro hijos. Del Camino Neocatecumenal, su historia es realmente de película. De una dura infancia en una familia desestructurada, pasó a la cleptomanía, a consumir drogas, posteriormente al tráfico de drogas, a la santería... hasta que el encuentro con Dios en la cárcel le devolvió la paz, y a conocer a la que hoy es su mujer. Acaba de contar su testimonio en  El Rosario de las 11 PM. Esta es su historia contada en primera persona con los fragmentos esenciales que relata en el vídeo: 

Nací en una familia cristiana, al uso, pero un poco desestructurada. Mi madre me tuvo con 17 años. Fue por accidente, no digo que fuera un hijo 'no querido' pero sí 'no deseado'. Mi vida, desde los primeros días, no fue nada fácil. Mi madre tuvo anorexia de joven y estuvo a punto de morir. Fue un milagro que siguiera viva. Entonces, mis abuelos maternos fueron los que me sustentaron y me criaron.

Vivía en un barrio de la zona sur de Móstoles, en Madrid. Un barrio normal y corriente en el que se ven muchas cosas. Desde bien pequeñito empecé a jugar con ciertas cosas, empecé a robar en los bazares chinos (...). Eso, poco a poco, me llevó a dar más pasos. Con 8 años di mi primera calada a un cigarrillo (...). Yo tenía una carencia muy grande de madre y de padre, y la buscaba llenar en la calle. Lo que fueron hurtos pequeños sin importancia empezaron a ser un poquito más grandes.

Esto me creó una adicción que se llama cleptomanía. Todo lo que veía lo tenía que robar, sentía que lo necesitaba, tenía que robarlo, incluso hasta a mis amigos. Con nueve o diez años ya no era feliz, y no era feliz porque, en realidad, mi corazón ansiaba lo que veía en mis amigos, que tenían padre y madre en casa. Yo no sé lo que es llegar a mi casa y decir 'hola, mamá', y 'hola, papá'. Mi vida fue un ir y venir".

Me llevaron a un colegio que me generó mucha violencia. Tenía muchos problemas en la escuela. No sentía esa paz, esa felicidad, esa tranquilidad. Estaba harto de volver con mi madre, luego con mi padre, otra vez con mi abuela. Con doce o trece años empecé a tocar los porros y me generó una adicción desde bien joven, hasta el punto de que no podía vivir sin ello. Con trece o catorce años yo ya no podía vivir sin una piedra de hachís en el bolsillo.

Tenía la adicción al chocolate, al hachís... y, con esa edad, no tenía ingresos, con lo cual solo tenía una opción, que era gastar lo que me daban de paga. Pero, como mi consumo diario era muchísimo, eso me llevaba a robar constantemente, a robar a mi familia, a mi madre... a mi abuela le he robado muchísimo, no puedo decir la cantidad de cosas de casa que le quitaba para venderlas. El día que me levantaba y no tenía una piedra de hachís en el bolsillo del pantalón me generaba una ansiedad...

Andrés Carrión asegura que "a mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño"

Esto me llevó un punto de querer quitarme la vida, con 15 años ya no quería vivir más, era un completo infeliz. Pero mi padre había vuelto a retomar contacto conmigo, gracias a la Iglesia y en concreto al Camino Neocatecumenal, porque él también tuvo una juventud muy complicada por la droga. Sus catequistas le invitaron a recuperar esa paternidad que había perdido. Entonces me empezó a llevar a la Iglesia. Con nueve o diez años yo participaba de las eucaristías con la comunidad de mi padre, veía en la Iglesia algo que me llamaba mucho la atención, sentía, y vivía, una paz, y una felicidad.

A mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño. Yo tenía una doble vida, cuando iba con mi padre a la Iglesia me iba calando poco a poco, y, con 15 años, me invitaron a hacer las catequesis del Camino. Estaba feliz de estar ahí pero, al mismo tiempo, la calle, el mundo lo tenía tan dentro de mí que no podía soltarlo solo. Me acuerdo de que iba a las celebraciones con una piedra de hachís en el bolsillo, comulgaba con una piedra de chocolate en el bolsillo. Muchas veces he comulgado en pecado mortal. Estaba totalmente absorbido en el mundo de la delincuencia.

Empiezas por una cosa simple y luego pasas a otras drogas, a ver la cocaína, el cristal, drogas sintéticas... Me pasaba noches enteras en Madrid de fiesta drogándome. Hasta que un día, acabé tirado inconsciente en una calle. Había consumido tantos tipos de drogas que no sé por qué no me llegó a pasar algo más. Llegué a desarrollar un trastorno de doble personalidad, en la Iglesia era una persona y fuera otra totalmente diferente.

La droga te genera mucha violencia interna y mi abuela me amenazaba con no dejarme entrar en casa. Un día cumplió su promesa y, gracias a Dios, acabé en la calle. Con 20 años me ofrecieron ganar un dinero fácil, era para hacer un transporte de drogas. Estaba sumido en tantos problemas, y tenía tanta ansia de dinero, que lo acepté sin ningún problema. Era hacer un viaje a Venezuela con todos los gastos pagados, me montaron en un avión y me llevaron para allá. Aquí empieza a torcerse la cosa. Me acuerdo de que me recibió una chica, con la cual tuve una relación personal bastante fuerte.

Ella me dijo que no lo hiciera, porque me iban a meter en la cárcel 15 años. Vi un ángel de Dios que me avisaba, aunque tengo que decir que esta chica es un milagro, porque iba a ganar dinero conmigo, no es que fuese una persona de bien, formaba parte de este negocio. Le hice caso en todo momento, la voz de Dios siempre estuvo conmigo. Siempre he tenido esa conciencia de pecado. Decidí no hacerlo y eso generó un problema grande, estamos hablando de traficantes, de cosas muy serias, hay mucho dinero envuelto. Entonces tuvimos que inventar un accidente de tráfico, que me había roto el fémur y que no podía volar. Cogimos a un maquillador profesional que me maquilló, que me vendó la pierna. Pero el chico, desde España, estaba interesado en venir a ver mi estado.

El tiempo se iba alargando y el chico seguía insistiendo en que iba a venir. Entonces decidí quedarme durante un tiempo en Venezuela. Mis padres pusieron una denuncia por desaparición, y, a los dos meses, les llamé y les dije que estaba allí.


Andrés Carrión reflexiona que "volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar"

Esta amiga, que en teoría era amiga, participaba de una cosa que se llama la santería. Yo he llegado a participar de un rito satánico, te hacen lavados con gallos, cortan la cabeza de los gallos y te limpian. He llegado a hablar incluso con demonios, he llegado a ver cómo mi propia amiga era poseída delante de mí. De la nada más absoluta era poseída por un espíritu que entre tres personas no éramos capaz de sostenerla. Luego me llevaron a hablar con un demonio, con una persona que había sido poseída por el demonio, que hablaba una lengua muy rara, era un lenguaje muy extraño, que yo no entendía, lógicamente.

Estuve nueve meses, hasta que llegó un punto en el que ya tenía que volver a España. La vuelta era muy complicada, me esperaba gente... Durante los primeros días me escondía entre los coches. No podía hacer vida normal, no podía salir a la calle, y una vez, por casualidad, uno de mis mejores amigos me vio y vino a mi casa, y, durante un tiempo, me mantuvo en secreto, me llevaba en coche a otro sitio donde seguía consumiendo droga. Seguía en esa vida de la drogadicción.

Un día me dijo que tenía que plantar cara y decir que estaba aquí, y quedamos con esa persona que llevaba el tema del narcotráfico. Fui pensando que iba a morir, literalmente, ellos no sabían que lo del accidente era un montaje. Yo pensaba que sí lo sabían y que querían cogerme para pagar las consecuencias. Para mi sorpresa, después de un rato largo hablando con esta persona, me dijo que a mí no me iba a pasar nada, pero que la otra chica iba a morir. Entonces la avisé, me dijeron que no lo hiciera, pero cómo iba a quedarme callado, si esta chica a mí me salvó de estar muerto. Ella cometió el error y habló con ellos, y entonces me tacharon de chivato. Me pusieron una cantidad económica que tenía que pagar, yo no tenía dinero y me obligaban a robar, me llevaban a centros comerciales y me obligaban a robar para ir pagando esa deuda. 

Entonces volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar (...). Intenté hacer una nueva vida, pero la calle seguía tirándome. Hasta que con 22 años me volvieron a ofrecer otro transporte de droga, en ese momento estaba en la miseria más absoluta, vivía en la calle. Mi abuela ya no me abría las puertas de su casa. Ocupaba pisos de nueva construcción, para poder pasar la noche allí y, a la mañana siguiente, me iba a un hospital público, me aseaba, y volvía a la vida en el barrio a seguir fumando porros.

Había caído en la cocaína, había gastado mucho dinero. En dos meses, unos 6000 euros, que eran de mi abuelo, él me dejó un dinero para poder montar un pequeño negocio, pero lo acabé malgastando en droga. Me llegué a quedar en 50 kg, esquelético perdido, no comía, solo consumía, fue terrible. Intenté volver a la Iglesia. Dios siempre está abierto a la conversión de quien se arrepiente y soy testigo de ello.

Durante estos años tuve un intento de suicidio, cogí un cuchillo... como yo no sabía lo que era ser feliz, para mí quitarme la vida no era un problema. El problema era que tenía esa voz de Dios, y una vez  escuché que el que se suicida tiene unas papeletas muy grandes para ir al infierno. Está claro que la misericordia de Dios es infinita. Ese miedo a ir al infierno a mí me ha salvado.


Andrés Carrión al salir de permiso de la cárcel conoció a la que hoy es su esposa

Me llegaron a ofrecer este segundo viaje y no me lo pensé ni siquiera un minuto, mi vida estaba tan destruida, estaba en la calle, no tenía nada que perder. Partí para Perú y allí estuve un mes y medio, viviendo en un hotel, drogándome, esperando el momento para hacer el viaje y volver a mi casa. Con la buena intención de que con ese dinero iba a recomenzar una nueva vida, pero eso era mentira. Aquí empieza la verdadera historia de conversión.

En Brasil, en la fila del avión, sacaron la cocaína y un policía me dijo que la cárcel iba a ser mi casa durante los próximos 4 años. Fue un punto de inflexión muy grande, el mayor de mis problemas era que había vivido toda mi vida haciendo mi voluntad. Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. 

Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra y vino unas tres o cuatro veces a verme (...). Fui condenado a cinco años y medio, pero la condena se me redujo a un año y once meses (...). Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas.

Tuve un permiso en la cárcel de una semana, pero volver por tus propios pies a la cárcel no fue nada fácil, caí en una depresión (...). Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo. Todas las semanas se hacía un culto obligatorio, tan obligatorio que si no asistía te pegaban una paliza. Cuando participaba de esos cultos lo que hacía era rezar el Rosario. Mi cuerpo estaba preso pero mi espíritu estaba libre. 

Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo y me llevaba a varios sitios, me invitó a su casa a comer. Intentó hacérmelo lo más agradable posible. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga.

Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios. Espero que pueda haber ayudado a alguien, la Iglesia está para ayuda.

Andrés Carrión

lunes, 11 de mayo de 2026

Paloma Carmona González y Luis Ángel Soler Areta, padres de 15 hijos: «Son un don de Dios y me casé confiando en que el Señor actuara en nuestro matrimonio; nunca nos planteamos tener X hijos y pensamos que lo que viniera del cielo, iba a ser bueno»


Paloma Carmona González, su marido y sus quince hijos forman la familia más numerosa de la Comunidad de Madrid / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

* «Para mí ser madre es una carrera sin meta en la que he tenido que saltar muchos obstáculos  siempre con la ayuda de mi esposo Luis y de Dios que siempre llega donde yo no puedo. Tengo a la Virgen María como Madre y referente, porque me ha ayudado mucho en todo lo que he necesitado» 

 Vídeo del testimonio de Paloma Carmona González y Luis Ángel Soler Areta en el programa 'Ecclesia es Domingo' de 13 TV

Camino Católico.- «Mi familia nace hace 41 años cuando mi marido, Luis Ángel Soler Areta, y yo decidimos casarnos por la Iglesia y confiando que Dios siempre estuviese en medio de nuestro matrimonio. Él ha sido fiel, ha estado grande y estamos alegres, aunque también hemos tenido dificultades» afirma Paloma Carmona González, madre de 15 hijos, de entre 39 y 16 años, que forma parte del Camino Neocatecumenal, a Sandra Madrid en Infomadrid.

Tener hijos, asegura Paloma Carmona González, fue algo que ella y su marido Luís  nunca se plantearon, sino que se fiaban de lo que Dios les iba indicando / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

El Señor siempre ha sido fiel

Sin embargo, lo que no es tan natural es tener 15 hijos. Algo que, según asegura Paloma, su marido y ella nunca se plantearon, sino que se fiaban de lo que el Señor les fuera trayendo. «Los dos venimos de familias grandes, los dos tenemos nueve hermanos, y nos educaron igual dentro de la Iglesia. Yo me casé muy jovencita confiando en que el Señor actuara en nuestro matrimonio. Nunca nos planteamos tener X hijos. Pensamos que lo que viniera del cielo, iba a ser bueno para nosotros», explica a Paula Baena en El Debate.

“No me siento especial, me siento agradecida por haber hecho esta obra que Dios me ha dado. No me planteé cuando me casé en tener muchos hijos, me fié del Señor y he tenido 18 embarazos, tres no llegaron a término, y estos quince hijos son un don del Señor que he recibido bien”, ha explicado Paloma en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV.

Luis Ángel reconoce que el peor momento llegó con el tercer hijo: “Yo decía que si Paloma tiene a uno en brazos y yo a otro, ¿qué hacemos con el tercero que nace? Era una montaña. Pero poco a poco, a lo largo de la historia el Señor, nos fue enseñando a no temer, no hay nada imposible para Dios. Yo decía cómo lo vamos a hacer, el piso... y Paloma me decía alégrate, no temas, nada es imposible para Dios”.

El matrimonio, que pertenece al Camino Neocatecumenal, se conoció en la parroquia. Paloma en un primer momento no veía a su futuro marido como el padre de sus hijos, aunque reconoce que “me atrajo su voz, su forma de cantar”.

Luis Ángel, en cambio, pronto se enamoró de Paloma, que era hija del responsable del Camino Neocatecumenal en su comunidad parroquial. Para la familia, esta realidad eclesial “ha sido la base de nuestro acompañamiento” y el canal para traspasar la fe a sus hijos. “La mayor herencia que nos han dejado nuestros padres es que estamos aquí de paso, que nuestra vida tiene un fin que es el Cielo”.

Para Paloma, la cofundadora de los 'kikos', Carmen Hernández, fue también inspiración en la maternidad: “Ella decía que la mujer tenía el útero, que es la fabrica de la vida”. De ahí que para ella sea doloroso que haya mujeres que rechacen ese don.

Paloma, que estudió Administrativo, explica que decidió no trabajar para cuidar de su familia. Su primer hijo nació a los 15 meses de casarse, «y a partir de ahí empezaron a llegar los demás». Asimismo, destaca que «ha sido fantástico no perderme ni un momento de sus vidas». En este sentido afirma que ha renunciado a mucho pero que ha recibido más. 

Rememora sus inicios como madre -tuvo a sus primeros nueve hijos en nueve años- como complicados, también da gracias porque han sido «muy buenos». «El sueño lo respetaban. Hemos dormido muy bien. Seis horas pero muy bien dormidas», celebra.

Aunque reconoce que a lo largo de la crianza de sus hijos -de los cuales seis todavía siguen bajo el techo paterno, mientras que el resto ya les han dado 28 nietos, y otros cuatro en camino. “Se sabe hasta la fecha de nacimientos de cada uno”, comenta Luis Ángel refiriéndose a su mujer en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV , donde han contado como es la vida en una familia tan numerosa.

Ha habido dificultades y momentos complicados, como cuando su marido se quedó en paro estando ella embarazada de su décimo tercer hijo, subraya que al final el Señor siempre les ha dado lo que han necesitado. «Quiero decir que nunca nos ha faltado de nada. Hemos comido todos los días», subraya.

Paloma Carmona González y su marido con todos sus hijos y nietos / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

«Educarlos en el amor y en el perdón»

También explica que su oficio- vocación es ser madre. «Para mí ser madre es una carrera sin meta en la que he tenido que saltar muchos obstáculos», siempre con «la ayuda de Luis», que es el padre de familia, y de «Dios que siempre llega donde yo no puedo».

Como familia, Paloma destaca que viven muchas alegrías, por ejemplo, cuando ves cómo tus hijos «se quieren, se perdonan, se aman, se ayudan y se aconsejan». En definitiva, «disfrutan unos de los otros». Además destaca que su familia «es una piña». Somos 53 entre hijos, nietos, nueras, yernos. En este sentido recuerda que su marido y ella han intentado «educarlos en el amor y en el perdón», y así que lo hagan con los demás. Y nos da la clave: «fiarnos de Dios». En este aspecto recuerda también a la Virgen María como «Madre y referente», porque «me ha ayudado mucho en todo lo que he necesitado».

Loa comentarios de las personas

Interrogada sobre qué comentarios ha recibido de la gente a lo largo de su vida por tener tantos hijos, Paloma sentencia que le han dicho «muchas tonterías». «¡Me han llegado a decir que si era una equivocación! Pero nosotros siempre hemos dado testimonio de nuestra fe», señala.

Con todo, admite que, al principio, lo pasaba mal porque la gente se metía mucho con ella. «Yo pensaba, '¿pero me meto yo en su vida, señora?'», evoca. «Íbamos en la furgoneta y veías a la gente contando cabezas, y yo salía y les decía ¡vamos diez! o los que fuéramos», cuenta, divertida.

Pero las críticas por sus 18 embarazos, dieron paso a muestras de admiración. «Madres del cole se quedaban asombradas y yo les daba hasta envidia. Me decían 'si yo hubiera hecho como tú, Paloma, y hubiera tenido otro hijo...», declara.

Paloma Carmona González y su marido con todos sus nietos / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

Paloma señala que su familia llama la atención. Lo que más suele preocupar a la gente es la organización, pero cuando vienen a casa y nos conocen, lo que más les sorprende «es la relación que tenemos entre todos».

Sobre el descenso de la natalidad generalizada que existe en España, esta madre de familia numerosa cree que se debe, en parte, a que «la sociedad ha apartado a Dios de sus vidas y, si apartas al dueño de la vida, ¿para qué vas a dar vida?». Al mismo tiempo, también apunta a que esta generación «valora mucho el trabajo y el dinero, que está muy bien valorarlo, pero no te puede manipular ni condicionar para una serie de cosas».

En este sentido, sostiene que ellos nunca han «hecho las cosas sobre el papel, tipo en agua gastamos X... porque si realmente lo hiciéramos así, no podríamos vivir». «Mi marido, además, ahora está jubilado y todavía tenemos seis hijos en casa, o sea que sería imposible. Pero bueno, de todas hemos salido», agrega.

“Vivimos con un engaño de la sociedad, de que un hijo cuesta tanto, de que si el trabajo, todo se hace un mundo, tienes un hijo y le tienes que llevar a mil cosas... Mis hijos han hecho el deporte que han querido, no les he llevado a mil cosas, y mis hijos son felices. No hay que dar caprichos absurdos a los hijos”, afirma.

Pero esto no significa que todo haya sido un camino de rosas, como sostiene Luis Ángel: “Hemos recibido de nuestros hijos mucho más de lo que hemos dado, pero hemos dormido poco muchas noches, las enfermedades, accidentes, penurias económicas... tantas cosas que hemos tenido pero en todos los acontecimientos ha habido una palabra de esperanza y un mirar al cielo”, ha aseverado.

La educación tampoco es tarea sencilla con quince hijos, pertenecientes a generaciones distintas. El matrimonio tuvo un apoyo importante en sus hijos mayores. “Cuando tuve mi primer hijo y empezó la adolescencia, no había móviles todavía. A mi los móviles no me gustan mucho porque tienen muchos peligros. Viendo la sociedad les vas educando según ves lo que hay. Los mayores me han ayudado en muchos temas como la organización de la casa”, ha expresado Paloma.

Para Luis Ángel, lo más importante es que sus hijos “son buenas personas y se quieren”. De hecho, la relación tan cercana que mantiene la familia genera extrañeza en su entorno: “Somos una piña, con los mayores sobre todo tengo una confianza que no es normal. Yo veo compañeros de trabajo con problemas con sus hijos y es una bendición”.

En este sentido, Paloma asegura no haber sentido ninguna frustración como consecuencia de la maternidad: “Yo tengo una fortaleza fuera de lo normal, he podido con todo y no me he quejado de nada. Eso lo aprendí de mi madre. No me siento frustrada para nada, me siento muy realizada teniendo tantos hijos. No cambiaría nada de lo vivido y hemos pasado situaciones de sufrimiento”.

Una forma de vivir que no ha estado exento de críticas en el exterior: “Cuando iba al colegio con los niños, las mamis se metían conmigo y yo le dije una vez a una: '¿yo me meto con usted? Pues respéteme'. Yo he sido feliz con mi vida”, afirma convencida.

martes, 13 de enero de 2026

Andrés Giménez abandonado por sus padres los perdonó, tuvo éxito como portero de fútbol, pero será sacerdote: «Vi el amor de Dios encarnado en personas y doy mi vida para que el otro pueda encontrar a Cristo»

Andrés Giménez se forma como seminarista en el Redemptoris Mater de Friburgo, en Suiza

* «Tenía esta frase de Dios dentro de mí: '¡Ama a tus enemigos!'. Mis enemigos eran mis padres: ellos me habían abandonado. No estuvieron presentes en los momentos más importantes de mi vida. Y Dios me llamaba a amarlos. Así mi vida empezó a cobrar un nuevo sentido… No doy mi vida por el sacerdocio en sí mismo, doy mi vida al servicio de la Iglesia para llevar esta buena noticia que he experimentado. A través de mí, mi madre encontró a Cristo y yo a través de ella. Como dice Benedicto XVI, el cristianismo no es sólo una idea, sino un encuentro. Experimentar el amor de Cristo a través de otra persona»   

 Camino Católico.- Originario de Paraguay, Andrés Giménez cursa su último año de estudios en el seminario Redemptoris Mater de Friburgo. Esta es la historia y el testimonio de este exfutbolista que descubrió el amor de Dios al perdonar a sus padres.

"En el fondo, no quiero ser sacerdote, pero si respondo 'sí' a esta llamada, es porque sé que no estoy solo... Porque mi vocación no me pertenece solo a mí. La lleva la Iglesia y la apoya la comunidad", explica Andrés Giménez en Cath.ch, en la recta final de su formación sacerdotal.

Nacido en 1992, Andrés creció en Caaguazú, Paraguay. Es el quinto y menor de los hijos de su familia y describe a ésta como católica y muy tradicional. Durante su infancia, tenía reglas estrictas que seguir, como la de llegar siempre a casa antes del atardecer.

“Nuestra familia era muy unida, pero d mis padres se separaron y quedó completamente destrozada”

“Recibimos valores cristianos, como el respeto, la generosidad, la amabilidad y las buenas costumbres. Nuestra familia era muy unida. Vivíamos juntos en el campo, teníamos todo a nuestro alcance: un campo de fútbol en casa, los amigos venían a jugar, etc. Incluso aprendí a montar a caballo antes de aprender a montar en bicicleta. Pero por circunstancias bastante confusas, mis padres se separaron. Mis hermanas se fueron con mi madre. Mis hermanos y yo fuimos criados por mis abuelos maternos. Y nuestra familia quedó completamente destrozada”, recuerda el seminarista.

Cuando tenía 10 años, Andrés y sus hermanos se mudaron a Asunción, la capital de Paraguay. “Me encontré solo. Sin familia, recibí apoyo de mis amigos. Me enseñaron las cosas de la vida. Aunque mis abuelos siempre me criaron bien, con valores y principios, mis amigos llenaron ese vacío familiar. Y más tarde, cuando me uní a la Iglesia, redescubrí también esta forma de comunidad”.

Cuando falleció su abuelo, Andrés perdió a una figura importante. Con el inicio de la secundaria, las amistades y la adolescencia, comenzó a perder contacto con los valores que le inculcaron en casa. Alrededor de los 16 años, regresó a la iglesia, pero sin ningún interés en lo que allí sucedía. Solo quería prepararse para su confirmación, la única manera de poder casarse más adelante. En ese momento, comenzó a hacerse preguntas existenciales: "¿Para qué vivir de cierta manera si al final todos morimos? Realmente no encontraba sentido a mi vida".

Necesitaba a mi padre, pero él no estaba allí

Un día, lo invitaron a un torneo de fútbol con su club local. “Jugaba de defensa. Tuvieron que reemplazar al portero y ponerme de portero. Ese día, unos ojeadores me descubrieron y me ofrecieron un viaje a Sudamérica, y quizás incluso a Europa. Me pidieron que preparara un expediente para el viaje, pero necesitaba el permiso de mi padre, a quien no veía desde hacía once años. Tuve un mes para encontrarlo, pero no lo logré…”.

Este suceso enfureció profundamente a Andrés. “Por primera vez en mi vida, necesité a mi padre, y él no estaba. Esto me impulsó a 'matar a mi padre en mi corazón', a repudiarlo. Si algún día llegaba a ser alguien y él me necesitaba, yo tampoco estaría allí”.

Andrés fue seleccionado entonces para un club que ascendía de segunda a primera división. "De repente me encontré en la máxima categoría, a pesar de no tener formación deportiva previa. Descubrí este mundo, que me pareció maravilloso y se convirtió en mi razón de vida. Como jugador, al ver a la afición, me di cuenta de que era capaz de alegrar a los demás. Eso es lo que me impresionó del fútbol".

Andrés Giménez en un entrenamiento | Foto de archivo - DR

"Mi hermano es más feliz que yo"

Pero cuando su entrenador le informa de la oportunidad de desarrollarse y jugar con la selección nacional, vuelve a cuestionarse su existencia, justo cuando su madre empieza a tener problemas de salud. Al mismo tiempo, nota que su hermano Sandro, que asiste a un grupo juvenil en la iglesia, parece más feliz que él. Se siente atraído por ellos y se une al grupo.

En el verano de 2009, Andrés cursaba el instituto público, pero aún pasaba la mayor parte del tiempo en el campo, con dos entrenamientos diarios en el club Rubio ñu , un M17 de 1.ª división . Al mismo tiempo, asumió la coordinación de un grupo de jóvenes de la parroquia, voluntarios en obras de caridad, que visitan leproserías y les llevan medicamentos.

Andrés Giménez con la equipación de portero (verde) en el club Rubio ñu, en Asunción | Foto de archivo - DR

Casi por casualidad, se unió al Camino Neocatecumenal, pero se enfrentó a un obstáculo. “Escuchaba el catecismo. Algo me hablaba, pero no lo entendía. Porque todo lo que me faltaba en mi familia, como el amor paternal, significaba que, para mí, el amor de Dios no existía o no podía tocarme. Y si algunas personas me querían, era solo porque me veían como un chico guapo, un futbolista, alguien... Fue a través de lo que hice que compré ese tipo de amor. Y por mi parte, yo tampoco podía amar. Sentía una incapacidad para amar a los demás”.

"El amor debe existir."

Luego, en su comunidad del Camino Neocatecumenal, conoció a una pareja que había adoptado a un niño. Cuando el niño tuvo dificultades, sus padres adoptivos acudieron a la iglesia en busca de ayuda. "¿Cómo pueden estas personas entregarse y sacrificarse por un 'desconocido', por un niño que ni siquiera es suyo?", se preguntaba Andrés. "Debe significar que el amor existe".

En la comunidad a lo largo del camino, Andrés está rodeado de personas cercanas que, como él, emprenden un viaje para redescubrir el bautismo que recibieron. “Vi cómo este amor de Dios se encarnaba en personas reales, y eso me hizo cuestionar las cosas”.

Andrés Giménez escribe su tesis de maestría sobre la liturgia de la Vigilia Pascual

En el Camino Neocatecumenal, Andrés explica que uno de los pasos consiste en reconocer la cruz que uno lleva. “Mi cruz fue el abandono de mis padres. Sentirme abandonado y tener que triunfar en la vida por mi cuenta me hizo dudar de la existencia de Dios. Para mí, Dios no existía, o sólo existía en teoría. La realidad práctica era tener que madrugar para entrenar. Se había convertido en una razón para vivir”.

Fútbol: una disciplina para toda la vida

El fútbol siguió siendo el sostén de Andrés durante un tiempo, ya que le inculcó cierta disciplina en la vida. "Durante mi primer año en el club Libertad , tenía que levantarme a las 3 de la mañana para ir a entrenar. Durante un mes, sábado tras sábado, éramos unos treinta porteros, entrenando con un sistema de eliminación directa. Los jóvenes que eran convocados al final de la mañana podían volver la semana siguiente, y a los demás los dejaban ir".

“Semana tras semana, me seguían convocando, aunque no venía de ningún sitio y ni siquiera conocía todas las reglas del fútbol. Me eligieron, y ni siquiera sabía por qué. ¡Pero me sentí elegido!”, dice.

En ese momento, un catequista le gritó: “Quieres ser futbolista, pero ¿te has preguntado qué quiere Dios para ti? Para mí, estaba claro: si Dios me dio este talento, es porque quería que fuera jugador. Y triunfar en la cancha es un testimonio cristiano... Eso pensé. Pero entendí que no era necesariamente lo que Dios tenía planeado para mí”.

Andrés Giménez, ex portero convertido en seminarista en Friburgo

"Ama a tus enemigos"

Esta reflexión transformó por completo su vida. "Tenía esta frase de Dios dentro de mí: '¡Ama a tus enemigos!'. Mis enemigos eran mis padres: ellos me habían abandonado. No estuvieron presentes en los momentos más importantes de mi vida. Y Dios me llamaba a amarlos. Así mi vida empezó a cobrar un nuevo sentido".

Participar en la catequesis del Camino Neocatecumenal le permitió descubrir la riqueza del bautismo. “Lo que más influyó en mi camino fue precisamente la estructura del Camino: un trípode. Con la Liturgia de la Palabra los jueves por la noche, la Eucaristía los sábados por la noche y una reunión de vida comunitaria —una "convivencia"— un domingo al mes para rezar Laudes, comer juntos y compartir nuestras experiencias del mes. Es decir, cómo Dios había obrado en nuestras vidas”.

Dos años después, durante una llamada vocacional, se encontró de pie. “No puedo explicar cómo. Mientras escuchaba el catecismo, me di cuenta de que estaba de pie cuando el sacerdote nombró a los posibles candidatos. Así que me ofrecí para ingresar al seminario y me uní al grupo de discernimiento vocacional. Además del horario regular del Camino, teníamos tres reuniones los lunes al mes: una Eucaristía, una sesión de intercambio y una Lectio Divina”.

Admitir los propios errores

Para Andrés, experimentar el amor de Dios significó primero reconocer su propia culpa. “Si Dios dio a su Hijo por mí, es porque me amó. ¿Para qué ser sacerdote si no soy capaz de amar? Para aceptar a Dios como Padre, tuve que perdonar a mi padre. Así que no pude entrar al seminario sin obtener el permiso de mi padre, un padre al que había repudiado. Sin saber dónde vivía, logré encontrarlo en menos de un día. Éramos completos desconocidos, pero poder ofrecerle mi perdón sin que se sintiera juzgado me ayudó mucho en mi camino”.

Estar junto al lecho de muerte de su madre también fue un momento decisivo para el seminarista. “Nunca olvidaré su mirada. Por primera vez en mi vida, me sentí amado incondicionalmente. Incluso después de que cerraran su tumba, fue su mirada la que quedó grabada en mi mente. Esa mirada me hizo comprender que la vida es eterna y que la muerte no es el final. Y gracias a su muerte, pude experimentar la vida y comprender su significado”.

"Dios existe y lo necesito"

Gracias a este acontecimiento, Andrés está convencido: Dios existe y lo necesita. “Fue esta experiencia la que me hizo aceptar este llamado. No doy mi vida por el sacerdocio en sí; la doy al servicio de la Iglesia para compartir esta buena noticia que he experimentado. A través de mí, mi madre conoció a Cristo, y yo a través de ella. Como dijo Benedicto XVI, el cristianismo no es solo una idea, sino un encuentro. Experimentar el amor de Cristo a través de otra persona. A eso me siento llamado: a dar mi vida para que otros puedan encontrar a Cristo”.

Tras dos años de estudios filosóficos y preparatorios, y tres años de trabajo misionero entre el sur de Francia y Suiza, Andrés llegó a la Suiza francófona en septiembre de 2017. Formó un grupo de seminario con Ricardo Fuentes, ahora sacerdote, primero en Orbe y luego en Friburgo, mientras reanudaba sus estudios teológicos en la Universidad. “Mi tesis de maestría se centrará en la Vigilia Pascual, con la liturgia como iniciación al misterio, siguiendo el modelo del Camino Neocatecumenal, que se forma en y a través de la liturgia”.

¿Futbolista o sacerdote?

¿Se siente Andrés más futbolista o sacerdote hoy? “Esa fue precisamente la pregunta que le hice a un grupo de niños durante una Vigilia Pascual: ¿Es más importante para ustedes ser futbolista o sacerdote? Y un niño de nueve años me respondió sin dudarlo: sacerdote. Así que le pregunté por qué. En sus propias palabras, me dijo: porque, a diferencia de un futbolista, un sacerdote es necesario para las necesidades de la Iglesia”.