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martes, 13 de enero de 2026

Andrés Giménez abandonado por sus padres los perdonó, tuvo éxito como portero de fútbol, pero será sacerdote: «Vi el amor de Dios encarnado en personas y doy mi vida para que el otro pueda encontrar a Cristo»

Andrés Giménez se forma como seminarista en el Redemptoris Mater de Friburgo, en Suiza

* «Tenía esta frase de Dios dentro de mí: '¡Ama a tus enemigos!'. Mis enemigos eran mis padres: ellos me habían abandonado. No estuvieron presentes en los momentos más importantes de mi vida. Y Dios me llamaba a amarlos. Así mi vida empezó a cobrar un nuevo sentido… No doy mi vida por el sacerdocio en sí mismo, doy mi vida al servicio de la Iglesia para llevar esta buena noticia que he experimentado. A través de mí, mi madre encontró a Cristo y yo a través de ella. Como dice Benedicto XVI, el cristianismo no es sólo una idea, sino un encuentro. Experimentar el amor de Cristo a través de otra persona»   

 Camino Católico.- Originario de Paraguay, Andrés Giménez cursa su último año de estudios en el seminario Redemptoris Mater de Friburgo. Esta es la historia y el testimonio de este exfutbolista que descubrió el amor de Dios al perdonar a sus padres.

"En el fondo, no quiero ser sacerdote, pero si respondo 'sí' a esta llamada, es porque sé que no estoy solo... Porque mi vocación no me pertenece solo a mí. La lleva la Iglesia y la apoya la comunidad", explica Andrés Giménez en Cath.ch, en la recta final de su formación sacerdotal.

Nacido en 1992, Andrés creció en Caaguazú, Paraguay. Es el quinto y menor de los hijos de su familia y describe a ésta como católica y muy tradicional. Durante su infancia, tenía reglas estrictas que seguir, como la de llegar siempre a casa antes del atardecer.

“Nuestra familia era muy unida, pero d mis padres se separaron y quedó completamente destrozada”

“Recibimos valores cristianos, como el respeto, la generosidad, la amabilidad y las buenas costumbres. Nuestra familia era muy unida. Vivíamos juntos en el campo, teníamos todo a nuestro alcance: un campo de fútbol en casa, los amigos venían a jugar, etc. Incluso aprendí a montar a caballo antes de aprender a montar en bicicleta. Pero por circunstancias bastante confusas, mis padres se separaron. Mis hermanas se fueron con mi madre. Mis hermanos y yo fuimos criados por mis abuelos maternos. Y nuestra familia quedó completamente destrozada”, recuerda el seminarista.

Cuando tenía 10 años, Andrés y sus hermanos se mudaron a Asunción, la capital de Paraguay. “Me encontré solo. Sin familia, recibí apoyo de mis amigos. Me enseñaron las cosas de la vida. Aunque mis abuelos siempre me criaron bien, con valores y principios, mis amigos llenaron ese vacío familiar. Y más tarde, cuando me uní a la Iglesia, redescubrí también esta forma de comunidad”.

Cuando falleció su abuelo, Andrés perdió a una figura importante. Con el inicio de la secundaria, las amistades y la adolescencia, comenzó a perder contacto con los valores que le inculcaron en casa. Alrededor de los 16 años, regresó a la iglesia, pero sin ningún interés en lo que allí sucedía. Solo quería prepararse para su confirmación, la única manera de poder casarse más adelante. En ese momento, comenzó a hacerse preguntas existenciales: "¿Para qué vivir de cierta manera si al final todos morimos? Realmente no encontraba sentido a mi vida".

Necesitaba a mi padre, pero él no estaba allí

Un día, lo invitaron a un torneo de fútbol con su club local. “Jugaba de defensa. Tuvieron que reemplazar al portero y ponerme de portero. Ese día, unos ojeadores me descubrieron y me ofrecieron un viaje a Sudamérica, y quizás incluso a Europa. Me pidieron que preparara un expediente para el viaje, pero necesitaba el permiso de mi padre, a quien no veía desde hacía once años. Tuve un mes para encontrarlo, pero no lo logré…”.

Este suceso enfureció profundamente a Andrés. “Por primera vez en mi vida, necesité a mi padre, y él no estaba. Esto me impulsó a 'matar a mi padre en mi corazón', a repudiarlo. Si algún día llegaba a ser alguien y él me necesitaba, yo tampoco estaría allí”.

Andrés fue seleccionado entonces para un club que ascendía de segunda a primera división. "De repente me encontré en la máxima categoría, a pesar de no tener formación deportiva previa. Descubrí este mundo, que me pareció maravilloso y se convirtió en mi razón de vida. Como jugador, al ver a la afición, me di cuenta de que era capaz de alegrar a los demás. Eso es lo que me impresionó del fútbol".

Andrés Giménez en un entrenamiento | Foto de archivo - DR

"Mi hermano es más feliz que yo"

Pero cuando su entrenador le informa de la oportunidad de desarrollarse y jugar con la selección nacional, vuelve a cuestionarse su existencia, justo cuando su madre empieza a tener problemas de salud. Al mismo tiempo, nota que su hermano Sandro, que asiste a un grupo juvenil en la iglesia, parece más feliz que él. Se siente atraído por ellos y se une al grupo.

En el verano de 2009, Andrés cursaba el instituto público, pero aún pasaba la mayor parte del tiempo en el campo, con dos entrenamientos diarios en el club Rubio ñu , un M17 de 1.ª división . Al mismo tiempo, asumió la coordinación de un grupo de jóvenes de la parroquia, voluntarios en obras de caridad, que visitan leproserías y les llevan medicamentos.

Andrés Giménez con la equipación de portero (verde) en el club Rubio ñu, en Asunción | Foto de archivo - DR

Casi por casualidad, se unió al Camino Neocatecumenal, pero se enfrentó a un obstáculo. “Escuchaba el catecismo. Algo me hablaba, pero no lo entendía. Porque todo lo que me faltaba en mi familia, como el amor paternal, significaba que, para mí, el amor de Dios no existía o no podía tocarme. Y si algunas personas me querían, era solo porque me veían como un chico guapo, un futbolista, alguien... Fue a través de lo que hice que compré ese tipo de amor. Y por mi parte, yo tampoco podía amar. Sentía una incapacidad para amar a los demás”.

"El amor debe existir."

Luego, en su comunidad del Camino Neocatecumenal, conoció a una pareja que había adoptado a un niño. Cuando el niño tuvo dificultades, sus padres adoptivos acudieron a la iglesia en busca de ayuda. "¿Cómo pueden estas personas entregarse y sacrificarse por un 'desconocido', por un niño que ni siquiera es suyo?", se preguntaba Andrés. "Debe significar que el amor existe".

En la comunidad a lo largo del camino, Andrés está rodeado de personas cercanas que, como él, emprenden un viaje para redescubrir el bautismo que recibieron. “Vi cómo este amor de Dios se encarnaba en personas reales, y eso me hizo cuestionar las cosas”.

Andrés Giménez escribe su tesis de maestría sobre la liturgia de la Vigilia Pascual

En el Camino Neocatecumenal, Andrés explica que uno de los pasos consiste en reconocer la cruz que uno lleva. “Mi cruz fue el abandono de mis padres. Sentirme abandonado y tener que triunfar en la vida por mi cuenta me hizo dudar de la existencia de Dios. Para mí, Dios no existía, o sólo existía en teoría. La realidad práctica era tener que madrugar para entrenar. Se había convertido en una razón para vivir”.

Fútbol: una disciplina para toda la vida

El fútbol siguió siendo el sostén de Andrés durante un tiempo, ya que le inculcó cierta disciplina en la vida. "Durante mi primer año en el club Libertad , tenía que levantarme a las 3 de la mañana para ir a entrenar. Durante un mes, sábado tras sábado, éramos unos treinta porteros, entrenando con un sistema de eliminación directa. Los jóvenes que eran convocados al final de la mañana podían volver la semana siguiente, y a los demás los dejaban ir".

“Semana tras semana, me seguían convocando, aunque no venía de ningún sitio y ni siquiera conocía todas las reglas del fútbol. Me eligieron, y ni siquiera sabía por qué. ¡Pero me sentí elegido!”, dice.

En ese momento, un catequista le gritó: “Quieres ser futbolista, pero ¿te has preguntado qué quiere Dios para ti? Para mí, estaba claro: si Dios me dio este talento, es porque quería que fuera jugador. Y triunfar en la cancha es un testimonio cristiano... Eso pensé. Pero entendí que no era necesariamente lo que Dios tenía planeado para mí”.

Andrés Giménez, ex portero convertido en seminarista en Friburgo

"Ama a tus enemigos"

Esta reflexión transformó por completo su vida. "Tenía esta frase de Dios dentro de mí: '¡Ama a tus enemigos!'. Mis enemigos eran mis padres: ellos me habían abandonado. No estuvieron presentes en los momentos más importantes de mi vida. Y Dios me llamaba a amarlos. Así mi vida empezó a cobrar un nuevo sentido".

Participar en la catequesis del Camino Neocatecumenal le permitió descubrir la riqueza del bautismo. “Lo que más influyó en mi camino fue precisamente la estructura del Camino: un trípode. Con la Liturgia de la Palabra los jueves por la noche, la Eucaristía los sábados por la noche y una reunión de vida comunitaria —una "convivencia"— un domingo al mes para rezar Laudes, comer juntos y compartir nuestras experiencias del mes. Es decir, cómo Dios había obrado en nuestras vidas”.

Dos años después, durante una llamada vocacional, se encontró de pie. “No puedo explicar cómo. Mientras escuchaba el catecismo, me di cuenta de que estaba de pie cuando el sacerdote nombró a los posibles candidatos. Así que me ofrecí para ingresar al seminario y me uní al grupo de discernimiento vocacional. Además del horario regular del Camino, teníamos tres reuniones los lunes al mes: una Eucaristía, una sesión de intercambio y una Lectio Divina”.

Admitir los propios errores

Para Andrés, experimentar el amor de Dios significó primero reconocer su propia culpa. “Si Dios dio a su Hijo por mí, es porque me amó. ¿Para qué ser sacerdote si no soy capaz de amar? Para aceptar a Dios como Padre, tuve que perdonar a mi padre. Así que no pude entrar al seminario sin obtener el permiso de mi padre, un padre al que había repudiado. Sin saber dónde vivía, logré encontrarlo en menos de un día. Éramos completos desconocidos, pero poder ofrecerle mi perdón sin que se sintiera juzgado me ayudó mucho en mi camino”.

Estar junto al lecho de muerte de su madre también fue un momento decisivo para el seminarista. “Nunca olvidaré su mirada. Por primera vez en mi vida, me sentí amado incondicionalmente. Incluso después de que cerraran su tumba, fue su mirada la que quedó grabada en mi mente. Esa mirada me hizo comprender que la vida es eterna y que la muerte no es el final. Y gracias a su muerte, pude experimentar la vida y comprender su significado”.

"Dios existe y lo necesito"

Gracias a este acontecimiento, Andrés está convencido: Dios existe y lo necesita. “Fue esta experiencia la que me hizo aceptar este llamado. No doy mi vida por el sacerdocio en sí; la doy al servicio de la Iglesia para compartir esta buena noticia que he experimentado. A través de mí, mi madre conoció a Cristo, y yo a través de ella. Como dijo Benedicto XVI, el cristianismo no es solo una idea, sino un encuentro. Experimentar el amor de Cristo a través de otra persona. A eso me siento llamado: a dar mi vida para que otros puedan encontrar a Cristo”.

Tras dos años de estudios filosóficos y preparatorios, y tres años de trabajo misionero entre el sur de Francia y Suiza, Andrés llegó a la Suiza francófona en septiembre de 2017. Formó un grupo de seminario con Ricardo Fuentes, ahora sacerdote, primero en Orbe y luego en Friburgo, mientras reanudaba sus estudios teológicos en la Universidad. “Mi tesis de maestría se centrará en la Vigilia Pascual, con la liturgia como iniciación al misterio, siguiendo el modelo del Camino Neocatecumenal, que se forma en y a través de la liturgia”.

¿Futbolista o sacerdote?

¿Se siente Andrés más futbolista o sacerdote hoy? “Esa fue precisamente la pregunta que le hice a un grupo de niños durante una Vigilia Pascual: ¿Es más importante para ustedes ser futbolista o sacerdote? Y un niño de nueve años me respondió sin dudarlo: sacerdote. Así que le pregunté por qué. En sus propias palabras, me dijo: porque, a diferencia de un futbolista, un sacerdote es necesario para las necesidades de la Iglesia”.

jueves, 28 de agosto de 2025

Sara Bargueño, artista de 23 años: «Dios en mi vida es el centro de todo y sin Él, que me inspira, no haría ninguna obra y si no lo tuviera no sabría llevar el sufrimiento y me habría rendido rápido»


"Dios me ha regalado este don para ponerlo al servicio de Dios y de los demás", comenta Sara Bargueño / Foto: Sara Bargueño

* «Mis padres siempre me enseñaron que cuando tuviese algún acontecimiento de angustia, preocupación, sufrimiento… buscase a Dios y rezase, así que siempre ha sido lo que he hecho… Intento rezar y leer la Palabra, escuchar las homilías, los evangelios, o incluso frases de santos, que me ayudan a crear mis imágenes. Siento que cuando eso me falta, cuando estoy más alejada y no me nutro de la Palabra de Dios, me cuesta muchísimo dibujar, tener ideas nuevas, se me viene el mundo encima y trabajo a desgana. Por eso antes de pintar intento siempre leer algo de lo que he dicho anteriormente y así Dios me ayuda en mi trabajo… Me gustaría que la gente que viera mi obra se emocione, se le ablande el corazón, le remueva algo por dentro, se haga preguntas, que empatice, que busque a Dios…» 

Camino Católico.-   Sara Bargueño es una joven artista española, concretamente pintora, ilustradora y escultora, tiene 23 años y está recién casada. Ha vivido toda su vida en Toledo, pero ahora "vivo en Cantabria, muy feliz", reconoce a Juan Cadarso en Religión en Libertad.

Con un Grado Superior de Ilustración en la Escuela de Arte de Toledo, Sara pone siempre la fe en el centro de su arte y dedica cada mañana a encontrar belleza en los lienzos –y en el resto de soportes que utiliza–, para poner así en juego todos los dones que de Dios ha recibido.

Su tío y el libro de laudes

"Mi rutina es siempre parecida. Me levanto temprano, sobre las 7:30 y desayuno con mi marido hasta que él se va a las 8:00. Y enseguida me pongo a trabajar, contesto mensajes... Por las tardes suele cambiar... Hay días en los que tengo que ir a Santander a la celebración de la Palabra, o a alguna preparación, porque los dos estamos en el Camino Neocatecumenal", comenta Sara.

A esta joven sonriente, la vocación le viene casi de cuna. "Desde que tengo uso de razón he querido ser artista. De hecho, tengo recuerdo de un verano estar aquí en Santander (porque siempre hemos veraneado aquí) y decirle a mi madre: 'Yo quiero vivir aquí porque tiene mar y montaña, y vivir de pintar cuadros'. Lo que no sabía era que eso se iba a cumplir... y mucho menos que mis cuadros fuesen religiosos", dice sorprendida.

Sara Bargueño procura poner siempre la fe en el centro de su arte / Foto: Sara Bargueño

"Yo pinto desde siempre, pero nunca había hecho dibujos cristianos, ni tampoco se me había ocurrido, a pesar de vivir siempre la fe. Antes de la pandemia, mi tío quiso hacer un libro de laudes para niños, y me pidió que hiciese dibujos sencillos. Fueron los primeros dibujos cristianos que hice en mi vida. No estaban muy allá, eran en papel y después los escaneé para poder ponerlos en el libro, se notaba que necesitaba práctica", añade la joven. 

Y, sobre su arte, confiesa: "Al principio creaba lo que a mí me ayudaba, lo que me inspiraba en el momento… hoy soy un poco más consciente de lo que realmente se puede hacer con el arte católico e intento siempre hacer algo que pueda ayudar al otro, que pueda evangelizar. Al final esa creo que es mi misión, Dios me ha regalado este don para ponerlo al servicio de Dios y de los demás, evangelizando y dando a conocer al mundo que Dios te ama tal y como eres. Ese mensaje para mí es la clave de todo".

La belleza de lo sagrado

A pesar de que no siempre fue así, a Sara, actualmente, la temática que más le gusta es la del arte cristiano. "Mi estilo se caracteriza por una expresión visual de la fe desde una mirada dulce, luminosa y esperanzadora. Me enfoco en representar la belleza de lo sagrado y transmitir los valores cristianos a través de ilustraciones, tanto para niños como para adultos", explica a este medio.

"Visualmente son ilustraciones sencillas y cálidas, con colores suaves y personajes amables, para hacer que los contenidos religiosos sean cercanos, especialmente en el contexto infantil, sin perder el respeto y la profundidad que merece".

Con respecto a sus obras, a Sara le gusta mezclar lo abstracto con lo figurativo. "Nunca hago un lienzo completamente abstracto, siempre hay algún elemento reconocible. Me gusta trabajar así porque, por un lado, encaja muy bien en los hogares, es decorativo y armonioso. Pero también, y sobre todo, porque yo no he vivido físicamente lo que ocurrió en la Biblia. No sé exactamente cómo fueron esos momentos, así que los imagino de una forma más libre, más simbólica. Para mí, el arte abstracto refleja esa distancia con lo vivido", se sincera.

"Mi tío quiso hacer un libro de laudes para niños, y me pidió que hiciese dibujos sencillos", cuenta Sara Bargueño / Foto: Sara Bargueño

"Creo que la belleza puede ayudar a salvarnos, pero el único que nos puede salvar es Dios. Hoy en día hay mucho arte bastante raro, y la mayoría no tiene que ver con el aspecto religioso. A mí me gustaría hacer un cambio, y mezclar algo más moderno con la idea tradicional, como por ejemplo en mi obra del Sagrado Corazón de Jesús, donde mezclo estas dos ideas".

Pero, si hay un pilar en el arte y en la vida de Sara ese es la fe. "Crecí en una familia católica, mis abuelos eran del Camino (...). Mis padres siempre me enseñaron que cuando tuviese algún acontecimiento de angustia, preocupación, sufrimiento… buscase a Dios y rezase, así que siempre ha sido lo que he hecho".

"El papel de Dios en mi obra es lo principal. Sin Dios no haría ninguna obra. Él es quien me inspira, quien me ayuda y me da las ideas. Normalmente se me ocurren las ideas enseguida y ahí es cuando digo que Dios me ha revelado lo que tengo que dibujar. Cuando esto no ocurre, es que algo va mal. Es que no rezo lo suficiente, o algo me distancia, como por ejemplo el pecado", añade la joven artista.

"Dios en mi vida es el centro de todo. Con todo lo que he vivido, si no tuviese a Dios en mi vida, no sé qué sería de mí, la verdad. No sabría llevar el sufrimiento y me habría rendido rápido", confiesa Sara.

"Intento rezar y leer la Palabra, escuchar las homilías, los evangelios, o incluso frases de santos, que me ayudan a crear mis imágenes. Siento que cuando eso me falta, cuando estoy más alejada y no me nutro de la Palabra de Dios, me cuesta muchísimo dibujar, tener ideas nuevas, se me viene el mundo encima y trabajo a desgana. Por eso antes de pintar intento siempre leer algo de lo que he dicho anteriormente y así Dios me ayuda en mi trabajo".

Un bonito deseo

Sara cuida con esmero sus cuentas en redes sociales (Instagram:@_sara.b.g y su web www.sarabg.com), a donde cada día le llegan numerosos mensajes de ánimo. "Hay mucha gente que me escribe diciéndome que gracias a mis dibujos han vuelto a rezar, o que justo han visto una ilustración mía que es lo que necesitaban en ese momento de su vida", confiesa.

"Al final veo cómo ayudan los dibujos a las personas y eso es lo que me da fuerzas para seguir. Cuando estoy un poco decaída y pienso qué estoy haciendo con mi vida, recuerdo esos comentarios y realmente me ayuda a seguir", asegura.

En los cinco años que lleva trabajando, Sara Bargueño ha recibido numerosos encargos que luego han figurado incluso en carteles. Recientemente, participó en la exposición VIVO, que se hizo en el Arzobispado de Toledo, donde expuso uno de sus cuadros, titulado "PERDÓNALOS".

Sara Bargueño ha participado en la exposición VIVO con su obra "PERDÓNALOS" / Foto: Sara Bargueño

"Me gustaría que la gente que viera mi obra se emocione, se le ablande el corazón, le remueva algo por dentro, se haga preguntas, que empatice, que busque a Dios…", pide Sara, como deseo para sus creaciones. 

Y, además, para concluir, con la llegada de un nuevo Papa, tiene un anhelo muy especial: "Para mí sería un sueño poder pintarle, a parte de que tengo muchas ganas de ir a Roma. Así que cuando organice el viaje, hago el cuadro y me lo llevo sin pensar, a ver si hay suerte".

domingo, 10 de agosto de 2025

Johnny Chávez era pandillero y traficante, ahora es padre de 8 hijos y catequista: «Jesús vino a mi vida cuando más lo necesitaba y tengo una buena vida gracias a Él»


Johnny Chávez ahora habla con numerosos jóvenes para acercarles a Dios

* «Fui detenido y el arresto me ayudó porque me asustó y fue un punto de inflexión para mí y lo tomé como una lección que Dios me estaba dando… Hay una solución para tu vida y Cristo es esa solución» 

Camino Católico.- Johnny Chávez ayuda a numerosos jóvenes de Brooklyn para que no entren en pandillas ni apuesten por la vía “sencilla” de la delincuencia. Y lo hace desde su propia experiencia, donde desde adolescente traficaba con heroína y llegó a pasar varias noches en el calabozo por robar. Ahora está felizmente casado, es padre de 8 hijos y es catequista del Camino Neocatecumenal en Nueva York.

“El arresto cambió todo para mí. Me hizo enderezarme y salir de las calles”, recuerda en una entrevista con  The Tablet. Es un criminal callejero reformado que encontró a Jesús. “Hay una solución para tu vida y Cristo es esa solución”, explica.

De este modo, a los numerosos jóvenes a los que puede dirigirse les insiste en una idea: “Lo primero que digo es que naciste para ser libre. Y cuando te unes a una pandilla, o cuando vendes drogas, te conviertes en esclavo. Si entras en una pandilla, nunca serás feliz".

Llegó a Estados Unidos proveniente de Ecuador cuando tenía tan sólo 5 años. Pero sus padres se divorciaron cuando él empezaba la adolescencia. Según relata, “fue una experiencia traumática para mí. Sentí que nadie me amaba”.

Johnny Chávez orando después de su transformación y conversión tras su encuentro con Cristo

Vagaba sin rumbo por la vida y encontró lo que él creía que era consuelo en las calles y en las pandillas que había en su barrio de Brooklyn, donde realizó numerosas actividades ilegales. Entre otras cosas, participó en robos en tiendas del barrio y a vender heroína. Pero un día cuando tenía 17 años fue arrestado en un robo y como había un arma de fuego involucrada fueron acusados de un delito grave por posesión de armas.

Recuerda perfectamente la sensación al ser fichado. “Estaba muerto de miedo”, admitió. Pasó cuatro días en la cárcel esperando su cita ante el juez. “La detención me ayudó porque me asustó” Lo que le salvó, dijo, fue el hecho de que era su primera vez. Su familia contrató a un abogado que pudo mantenerlo fuera de prisión. Un año después, cuando cumplió 18 años, su caso quedó cerrado. “Fue un punto de inflexión para mí y lo tomé como una lección que Dios me estaba dando”, recalca.

Chávez fue a la Universidad de Long Island, donde jugó al fútbol y obtuvo una licenciatura en Educación. Consiguió un trabajo enseñando en su antigua escuela secundaria. Pero Dios no había terminado de cambiar su vida. Cuando tenía poco más de 20 años, estaba saliendo con la mujer que ahora es su esposa, a la que conocía desde que eran adolescentes. “Había conocido a Keila pero yo era un desastre. Todavía tenía rencor contra mis padres por su divorcio y me sentía vacío por dentro”, dijo.

Eduardo Mendoza, un tío cercano a él, le hizo una pregunta sencilla. “Él dijo: '¿Qué quieres de esa chica?'. Y cuando él me hizo esa pregunta, yo me hice esa pregunta”, dijo Chávez. Mendoza, quien es el padrino de Chávez, le pidió que lo acompañara a una celebración del Camino Neocatecumenal en la parroquia de Pedro y Pablo-Epifanía. Fue una experiencia reveladora.

Johnny Chávez con su esposa Keila el día de su boda

“Lo que me llamó la atención fue que la gente estaba sentada en círculo, una frente a la otra. Estaba acostumbrado a sentarme en un banco mirando hacia el frente”, recuerda. Después de las lecturas, los participantes se turnaron para hablar de sus vidas. La charla fue sincera.

“La gente hablaba libremente sobre problemas reales con pura honestidad, diciendo cosas como: 'Volví a consumir drogas'. Y nadie los juzgaba. Sentí: 'Aquí es donde pertenezco'. Desde entonces soy parte del Camino Neocatecumenal”.

Con su fe renovada, Chávez invitó a su novia a unirse al Camino Neocatecumenal, invitación que ella aceptó. La pareja se casó en 2008 y son orgullosos padres de ocho hijos y ahora también catequistas de esta potente realidad eclesial, lo que le permite anunciar a Jesucristo en el barrio en el que creció y donde todavía hoy hay tantos problemas.

Al recordar su vida hasta el momento, se siente afortunado. “Jesús vino a mi vida cuando más lo necesitaba. Y ahora tengo una buena vida gracias a Él”, dice.

domingo, 3 de agosto de 2025

Los Oliva Martínez, familia misionera con 14 hijos que evangeliza en Dinamarca: «Dios había hecho tantas cosas buenas en nuestra vida que queríamos anunciar ese amor donde hiciera falta»


Daniel Oliva y Gema Martínez, con sus 14 hijos en el parque de la barriada de Huelin en Málaga / Foto: Álex Zea - La opinión de Málaga

* «Lo primero es evangelizar con nuestra vida, viviendo como una familia cristiana dentro de una sociedad secularizada donde el catolicismo es una minoría y hay muchos matrimonios destruidos. Algunos pueden no entender lo de ser misionero en Dinamarca, pero es que a Dios hay que anunciarlo también en los países a los que consideramos ricos» 

Camino Católico.- Evangelizar desde la vida cotidiana y hacer presente a Dios en medio de la sociedad actual. Ése es el propósito que llevó a Daniel Oliva y a Gema Martínez, un matrimonio del barrio de Huelin de firmes creencias católicas, a dejar en 2009 la cotidianidad de su vida en Málaga para partir a Dinamarca como familia en misión. Feligreses de la parroquia de San Patricio, esta gran familia (tienen 14 hijos) vive desde entonces en la zona de las afueras de Copenhague donde, ya sea en sus trabajos o en su quehacer diario, tratan de hacer presente el Evangelio con su simple testimonio de vida en un país donde el catolicismo es minoritario, estando además al servicio de la Iglesia como catequistas y agentes de pastoral de niños, adultos y parejas jóvenes.

Los Oliva Martínez regresan todos los veranos a Málaga para pasar unos días de vacaciones con la familia y con su comunidad parroquial en su "querido" Huelin desde donde, aprovechando además que este año celebran 25 años de matrimonio, relatan a José Vicente Rodríguez en la La Opinión de Málaga el origen y la experiencia de esa singular "vida en misión".

Daniel y Gema explican que la decisión de partir hace ahora 16 años respondió a un sentimiento de "gratitud" hacia Dios, aunque fue madurada previamente durante algún tiempo para ratificar que era el camino correcto.

"¿Por qué nos fuimos? Llevábamos unos años casados y teníamos ya varios hijos, éramos felices, con los lógicos sufrimientos y problemas, como todo el mundo. Llegó un momento donde vimos que Dios había hecho tantas cosas buenas en nuestra vida que queríamos anunciar ese amor donde hiciera falta", comentan.

Ambos han vivido su fe desde jóvenes en el Camino Neocatecumenal, una realidad de la Iglesia que, entre sus carismas, incluye a familias de todo el mundo (entre ellas, varias de Málaga) que han partido en misión a donde se les ha mandado para hacer presente a la familia cristiana. Cuando Daniel y Gema se ofrecieron a ello les tocó Dinamarca y asistieron en el Vaticano a un encuentro con el entonces papa Benedicto XVI en 2008 en el que se realizó el acto de envío de todas las familias que partieron aquel año.

El matrimonio malagueño formado por Daniel Oliva y Gema Martí­nez, con sus 14 hijos en el parque de la barriada de Huelin de Málaga / Foto: Álex Zea - La opinión de Málaga

La partida (enero de 2009) implicó, lógicamente, empezar la vida prácticamente desde cero en un país y una cultura completamente diferente a la de España y sin conocer el idioma. Daniel, de entrada, dejó en Málaga un trabajo estable y bien remunerado y le costó un tiempo encontrar su primer empleo allí. Gema, por su parte, según cuenta, lo pasó mal en su proceso de aprendizaje del danés, con lo que se sentía más aislada en el día a día. Encontrar una casa en alquiler adecuada en tamaño para una familia tan extensa y que ha ido creciendo con los años ha sido también tarea ardua. De hecho, ya han pasado por cuatro desde que están en Copenhague (viven ahora en el barrio de Skovlunde).

Sin embargo, ambos señalan que durante todos estos años la "providencia" les ha acompañado en todo momento y que Dios les ha ayudado a superar los obstáculos materiales. "Hemos pasado penurias y estrecheces económicas, sí, pero nunca nos ha faltado lo básico. Ha habido meses, por ejemplo, donde no teníamos para pagar la calefacción, y pasábamos las tardes en la cocina todos juntos con un radiador, pero la experiencia que tenemos es que Dios, de un modo u otro, aparece siempre", explican.

Una vida en misión

¿Y cómo es la vida misionera de los Oliva Martínez en Dinamarca? "Lo primero es evangelizar con nuestra vida, viviendo como una familia cristiana dentro de una sociedad secularizada donde el catolicismo es una minoría y hay muchos matrimonios destruidos. Algunos pueden no entender lo de ser misionero en Dinamarca, pero es que a Dios hay que anunciarlo también en los países a los que consideramos ricos", afirman.

En cuanto a la actividad pastoral, se desarrolla en un barrio donde no existe una parroquia católica cercana, por lo que, junto a las otras familias con las que comparten misión en la zona (las hay procedentes de varios países), disponen de un local para celebrar la misa (un sacerdote les asiste) y el resto de celebraciones litúrgicas.

Se realiza además una misión evangelizadora en la plaza del barrio durante varios domingos del año, rezando los laudes (la oración matutina de la Iglesia) y cantando salmos. A veces predican por las propias casas, llamando a la puerta de los vecinos para anunciar el Evangelio. A lo largo del año, Daniel y Gema se ocupan de dar catequesis de todo tipo (jóvenes, parejas que van a casarse, familias que se acercan por primera vez a la Iglesia después de muchos años, etc) y también ayudan en el seminario de Copenhague con lo que se les requiera. Un ejemplo: su casa siempre está abierta para acoger a los seminaristas que van los domingos a comer con esta nutrida familia malagueña.

Todas estas actividades las realizan compaginándolas con sus trabajos (Daniel es conductor de un autobús de línea urbana y Gema, que durante la mayor parte de estos años se ha centrado en las tareas de casa, trabaja además ahora en un centro de mayores cuidando a personas ancianas).

Una casa que no es un "caos"

"A la casa vienen además compañeros de colegio de nuestros hijos a comer y el simple hecho de que montemos una mesa para tantas personas es un signo para ellos. Los padres nos dicen ‘¿cómo vivís, cómo lo hacéis?’ A las familias que nos han conocido les gusta venir a la casa, ven cómo vivimos, les sorprende nuestra forma de educar a los hijos,...", relatan.

Ciertamente, el hecho de ser una familia particularmente numerosa es algo que llama hoy día sobremanera la atención, ya sea en Dinamarca, en España o en cualquier sitio. Daniel y Gema afirman que sus 14 hijos (María, David, Eva, Pedro, José, Marta, Teresa, Ana, Manuel, Carmen, Juan Pablo, Miguel, Daniel y Gabriel) son "un regalo tras otro" de Dios. Siete han nacido en España y los otros siete ya en Dinamarca. La mayor tiene 23 años; el más pequeño, tres.

Sus padres señalan que, lógicamente, organizar una casa tan grande requiere de más trabajo pero rechazan la imagen estereotipada de "caos" que algunos pueden tener cuando piensan en un hogar tan numeroso. "En nuestra casa se da siempre un orden y una obediencia, pero precisamente porque se da el amor y el cariño y porque Dios está en medio", afirma Gema.

Daniel, por su parte, tiene muchas veces que responder a los que le preguntan cómo consiguen llegar a fin de mes. "Hay un dicho que afirma ‘No es más rico quien más tiene sino el que menos necesita’, y es verdad. A veces, con más dinero, también te falta. Tenemos lo que necesitamos", asevera simplemente.

Un pequeño descanso

En unos días, la familia Oliva Martínez volverá a Dinamarca, tras unas semanas en Málaga. "Es una forma de descansar mentalmente y de poder vernos con la familia y con la gente de la parroquia. Vamos a la playa, los hijos ven a los amigos... para nosotros es muy importante todo este contacto con nuestro origen porque así tomamos más conciencia de que estamos en misión" señala Gema.

Cabe destacar que, cada verano, la familia visita un día con todos los niños al hasta ahora obispo de Málaga, Jesús Catalá, que siempre ha estado al tanto de su misión (de hecho, cuando se fueron en 2009, los inscribió en el registro de misioneros de la Diócesis) y que siempre los anima espiritualmente. "Don Jesús nos ha ayudado mucho cada vez que hemos ido, y tiene un especial cariño hacia todos nuestros hijos", comentan agradecidos.

La familia malagueña Oliva Martínez, en el parque de la barriada de Huelin de Málaga / Foto: Álex Zea - La opinión de Málaga

¿Hasta cuándo estarán en la misión de Copenhague? Ellos mismos no tienen la respuesta y dicen que dejan esa decisión en manos de Dios. "Humanamente hay días que diría: ‘Me vuelvo ya’ pero la realidad es que, mientras que no tengamos impedimentos reales (porque Dios habla también en los acontecimientos) creemos que nuestro sitio está allí. Y también vemos que nuestros hijos, aunque les encanta venir siempre a Málaga, están felices. Y eso es también lo importante para nosotros", afirma Daniel.