Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

Mostrando entradas con la etiqueta Oración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oración. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de abril de 2026

Papa León XIV en rezo del Rosario en Angola, 19-4-2026: «La Virgen nos pide que nos dejemos transformar por los sentimientos de su corazón, para ser como Ella constructores de justicia y portadores de paz»

* «Rezar el Rosario nos compromete a amar a cada persona con corazón maternal, de manera concreta y generosa, y a dedicarnos al bien de los demás, especialmente de los más pobres. Una madre ama a sus hijos, aunque sean diferentes entre sí, a todos del mismo modo y con todo el corazón. También nosotros, ante la Madre del corazón, queremos prometer hacer lo mismo, esforzándonos sin medida para que a nadie le falte el amor y, con él, lo necesario para vivir dignamente y ser felices: para que quien pasa hambre tenga qué comer, para que todos los enfermos reciban los cuidados necesarios, para que a los niños se les garantice una educación adecuada, para que los ancianos vivan serenamente los años de su madurez. Una madre piensa en todas estas cosas; María piensa en todas estas cosas y nos invita también a nosotros a compartir su solicitud»

    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con todo el discurso del Papa 

* «¡Es el amor el que debe triunfar, no la guerra! Esto nos enseña el corazón de María, el corazón de la Madre de todos. Salgamos, pues, de este santuario como “ángeles-mensajeros” de vida, para llevar a todos la caricia de María y la bendición de Dios»

 


19 de abril de 2026.- (Camino Católico) En Angola Su Santidad el Papa León XIV ha presidido el rezo del Santo Rosario en el Santuario de Mama Muxima y ha dirigido un emotivo discurso final, lleno de esperanza, compromiso social y un fuerte llamado a la paz a las 30.000 personas que han asistido a la oración:. “La Virgen nos pide que nos dejemos transformar por los sentimientos de su corazón, para ser como Ella constructores de justicia y portadores de paz”.

Uno de los momentos más conmovedores del discurso fue cuando el Pontífice habló de Mama Muxima como una Madre cercana y silenciosa que sostiene el corazón de la Iglesia. Ha recordado cómo innumerables personas han acudido allí con lágrimas, promesas y peticiones, incluso a través de cartas y mensajes enviados desde lejos, confiando en la intercesión maternal de la Virgen. El Papa resalta que “Mama Muxima acoge a todos, escucha a todos y reza por todos”, reafirmando la dimensión universal de la fe mariana y el papel de María como refugio espiritual.

Durante el Rosario, se meditaron los Misterios Gloriosos, que el Santo Padre interpreta como una contemplación del destino cristiano y del sentido de la misión evangelizadora. Señala que Cristo resucitado venció la muerte y mostró el camino hacia el Padre, pero que también entregó el Espíritu Santo para fortalecer a la Iglesia en su camino.

Inspirado por el ejemplo de María, el Papa ha invitado a los fieles a caminar hacia el cielo con alegría, llevando la luz del Resucitado a todos los hermanos y hermanas que se encuentran en el camino. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la alocución del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026)


DISCURSO DEL SANTO PADRE

AL FINALIZAR LA ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO

Explanada frente al Santuario de “Mama Muxima” (Muxima)

Domingo, 19 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Queridos jóvenes, miembros de la Legión de María y devotos de Mama Muxima, la Madre del corazón, con alegría comparto con ustedes este momento de oración mariana.

Hemos rezado juntos el Santo Rosario, una devoción antigua y sencilla, nacida en la Iglesia como oración para todos. San Juan Pablo II la definió como la oración de un cristianismo que ha conservado «la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a “remar mar adentro” […], para anunciar, más aún, “proclamar” a Cristo al mundo como Señor y Salvador» (Carta ap. Rosarium Virginis Mariae, 1).

Al mirarlos a todos ustedes, Iglesia viva y joven de Angola, y al compartir este momento intenso y lleno de fervor, me parece que las palabras de mi santo predecesor se adaptan de manera muy especial a esta gran comunidad, en la que sin duda se siente la frescura de la fe y la fuerza del Espíritu.

Nos encontramos en un santuario donde, durante siglos, muchos hombres y mujeres han rezado, en momentos de alegría y también en circunstancias tristes y muy dolorosas de la historia de este país. Aquí, desde hace mucho tiempo, Mama Muxima interviene silenciosamente para mantener vivo y palpitante el corazón de la Iglesia, un corazón hecho de muchos corazones: los de ustedes y los de tantas personas que aman, rezan, celebran, lloran y, a veces, incluso ante la imposibilidad de acudir físicamente, confían en cartas y mensajes postales sus peticiones y sus promesas, como ha recordado Su Excelencia. Mama Muxima acoge a todos, escucha a todos y reza por todos.

Hemos meditado los Misterios gloriosos de la vida de Jesús, contemplando en su glorificación nuestro destino y en su amor nuestra misión. Cristo, en la Pascua, venció a la muerte, mostrándonos el camino para volver al Padre. Y para que también nosotros podamos recorrer esta senda luminosa y exigente, haciendo partícipe al mundo entero de su belleza, nos ha dado su Espíritu, que nos anima y nos sostiene en el camino y en la misión. Al igual que María, también nosotros estamos hechos para el cielo, y hacia el cielo caminamos con alegría, mirándola a Ella, Madre bondadosa y modelo de santidad, para llevar la luz del Resucitado a los hermanos y hermanas que encontramos, como lo hemos hecho simbólicamente al comienzo de cada “decena”, a través de representantes de cada vocación y edad.

Como recordó Mons. Sumbelelo, este santuario, dedicado a la Inmaculada Concepción, ha sido espontáneamente “rebautizado” por los fieles como Santuario de la “Madre del corazón”. Es un título precioso, que nos hace pensar en el Corazón de María: un corazón limpio y sabio, capaz de conservar y meditar los acontecimientos extraordinarios de la vida del Hijo de Dios (cf. Lc 2,19.51). Al rezar juntos, también nosotros hemos hecho lo mismo, dejándonos acompañar por María en el recuerdo de Jesús. Hemos recorrido con Ella varios momentos de la vida de su Hijo, para alimentar en nosotros un amor universal como el suyo (cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae, 11).

Entonces, rezar el Rosario nos compromete a amar a cada persona con corazón maternal, de manera concreta y generosa, y a dedicarnos al bien de los demás, especialmente de los más pobres. Una madre ama a sus hijos, aunque sean diferentes entre sí, a todos del mismo modo y con todo el corazón. También nosotros, ante la Madre del corazón, queremos prometer hacer lo mismo, esforzándonos sin medida para que a nadie le falte el amor y, con él, lo necesario para vivir dignamente y ser felices: para que quien pasa hambre tenga qué comer, para que todos los enfermos reciban los cuidados necesarios, para que a los niños se les garantice una educación adecuada, para que los ancianos vivan serenamente los años de su madurez. Una madre piensa en todas estas cosas; María piensa en todas estas cosas y nos invita también a nosotros a compartir su solicitud.

Queridos jóvenes, queridos miembros de la Legión de María, queridos hermanos y hermanas, la Virgen nos pide que nos dejemos transformar por los sentimientos de su corazón, para ser como Ella constructores de justicia y portadores de paz. Aquí hay un gran proyecto en marcha: la construcción de un nuevo santuario que tenga capacidad para acoger a todos los que vienen en peregrinación. Especialmente ustedes, jóvenes, considérenlo un signo. También a ustedes la Madre del Cielo les confía un gran proyecto: el de construir un mundo mejor, acogedor, donde ya no haya guerras, ni injusticias, ni miseria, ni deshonestidad, y donde los principios del Evangelio inspiren y moldeen cada vez más los corazones, las estructuras y los programas, para el bien de todos.

¡Es el amor el que debe triunfar, no la guerra! Esto nos enseña el corazón de María, el corazón de la Madre de todos. Salgamos, pues, de este santuario como “ángeles-mensajeros” de vida, para llevar a todos la caricia de María y la bendición de Dios.

Mama Muxima, tueza kokué, Mama Muxima, tutambululé: “Madre del corazón, venimos a ti para ofrecerte todo”, así dice el Himno a Mama Muxima, y continúa: “Venimos a pedir tu bendición”.

Queridos amigos, ofrezcamos todo a María entregándonos a los hermanos y, por su intercesión, recibamos con alegría la bendición del Señor, para llevarla a todos aquellos con quienes nos encontremos. Amén.

PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 19-4-2026

Oración de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario en el Santuario de “Mama Muxima”, Angola, presidida por el Papa León XIV, 19-4-2026

Foto: Vatican Media, 19-4-2026

19 de abril de 2026.- (Camino Católico)  León XIV ha presidido el rezo del Rosario en el Santuario de Mama Muxima, en Angola, donde ha ofrecido al final un mensaje centrado en la esperanza, la paz y el compromiso social. Ante una 30.000 fieles, el Pontífice ha destacado el valor del Rosario como oración universal y ha llamado a transformar la fe en acciones concretas a favor de los más necesitados, subrayando el papel de María como Madre que acoge y guía a todos hacia un mundo más justo y fraterno: “La Virgen nos pide que nos dejemos transformar por los sentimientos de su corazón, para ser como Ella constructores de justicia y portadores de paz”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la oración y las palabras del Santo Padre. 

lunes, 13 de abril de 2026

Papa León XIV a la comunidad católica argelina, 13-4-2026: «Caminar juntos, vivir, rezar, porque la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer una verdadera fraternidad»

* «San Carlos de Foucauld, que había reconocido su vocación a ser presencia orante. Escribía: ‘Me siento feliz, feliz de estar a los pies del Santísimo Sacramento a todas horas’. Y aconsejaba: ‘Recen mucho por los demás. Conságrense a la salvación del prójimo con todos los medios a su alcance: oración, bondad, ejemplo’... La oración une y humaniza, refuerza y purifica el corazón, y la Iglesia en Argelia, gracias a la oración, siembra humanidad, unidad, fuerza y pureza a su alrededor, llegando a lugares y contextos que sólo el Señor conoce»

    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con todo el discurso del Papa 

* «Una parte considerable del territorio de este país está ocupada por el desierto, y en el desierto no se sobrevive en soledad. La aspereza de la naturaleza redimensiona toda presunción de autosuficiencia y nos recuerda a todos que necesitamos los unos de los otros, y que necesitamos a Dios. Es la fragilidad reconocida la que abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» 

 


13 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “Unidos por la misma aspiración a la dignidad, al amor, a la justicia y a la paz. Hijos deseosos de caminar juntos, de vivir, rezar, trabajar y soñar, porque la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer una verdadera fraternidad”.

Estas palabras del Papa León XIV durante el encuentro con la comunidad católica de argelinos, reunidos en la basílica de Nuestra Señora de África, signo y patrimonio de unión entre musulmanes y cristianos, sirvieron para subrayar que, en un mundo donde las divisiones y las guerras siembran dolor y muerte entre las naciones, el ejemplo de las comunidades e incluso en las familias de Argelia, su forma de vivir juntos, unidos y en paz, es un gran signo, como el de los mártires que sin pretensiones y sin clamor, sino con serenidad y firmeza han puesto su confianza en el Señor.

El Santo Padre entró en la Basílica de Nuestra Señora de África que, desde la cima de una colina, con el mar del fondo, en el centro de Argel, surge como recinto de una estatuilla de bronce de la Virgen María que, en 1840, fue regalada al primer obispo de Argel. Cuánta historia de conflictos, terremotos, devoción y trabajo perfilaron en esta edificación de estilo bizantino, donde se venera una estatua de la Virgen Negra, se reza en las dos capillas dedicadas a San Agustín y a su madre, Santa Mónica, y lugar donde se rinde homenaje a los diecinueve mártires de Argelia, asesinados en los años 90 del siglo XX.

Un ramo de flores ofrecidas por dos niñas, la cruz y el agua bendita para la aspersión, le son dadas por el rector del templo, el padre Peter Claver Kogh y al llegar al altar central las palabras de bienvenida del arzobispo de Argel, cardenal Jean-Paul Vesco. Que desde Argelia haya partido el Evangelio hacia muchos países del continente, que 9 de cada 10 personas que cruzan el umbral de la basílica de Nuestra Señora de África, considerada patrimonio y orgullo del país, son de religión musulmana, que una inscripción reafirme esta fraternidad: “Recen por nosotros y los musulmanes”, fueron solo algunos de los aspectos tocados por el arzobispo. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la alocución del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026))

ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD ARGELINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Basílica de Nuestra Señora de África (Argel)

Lunes, 13 de abril de 2026


En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

La paz esté con ustedes.

Queridos hermanos en el episcopado,
queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas,
amados hijos de la Iglesia en Argelia:

Con gran alegría y afecto paternal me encuentro hoy con ustedes, que son una presencia discreta y preciosa, arraigada en esta tierra, marcada por una historia antigua y por luminosos testimonios de fe.

Su comunidad tiene raíces muy profundas. Son herederos de una multitud de testigos que han dado la vida, impulsados por el amor a Dios y al prójimo. Pienso particularmente en los diecinueve religiosos y religiosas mártires de Argelia, que decidieron estar junto a este pueblo compartiendo sus alegrías y sus dolores. Su sangre es una semilla viva que nunca deja de dar fruto.

Son también herederos de una tradición aún más antigua, que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. En esta tierra resonó la ferviente voz de Agustín de Hipona, precedida por el testimonio de su madre, santa Mónica, y de otros santos. Su memoria es una clara llamada a ser, hoy, signos creíbles de comunión, diálogo y paz.

A todos ustedes, queridos hermanos, y a aquellos que, no pudiendo estar presentes, siguen este encuentro a la distancia, expreso mi gratitud por el compromiso cotidiano con el que hacen visible el rostro materno de la Iglesia. Agradezco a Su Eminencia las palabras que me ha dirigido, y también a Rakel, Ali, Monia y la Hna. Bernadette por lo que han compartido. A la luz de lo que hemos escuchado, quisiera que nos detengamos a reflexionar juntos sobre tres aspectos de la vida cristiana que considero muy importantes, especialmente por su presencia aquí: la oración, la caridad y la unidad.

Ante todo, la oración. Todos la necesitamos. Lo subrayaba san Juan Pablo II hablando a los jóvenes: «El hombre —decía— no puede vivir sin orar lo mismo que no puede vivir sin respirar» (Encuentro con los jóvenes musulmanes en Casablanca, 19 agosto 1985, 4). De ese modo, presentaba el diálogo con Dios como un elemento indispensable no sólo para la vida de la Iglesia, sino también para la de cada persona. Asimismo lo había comprendido san Carlos de Foucauld, que había reconocido su vocación a ser presencia orante. Escribía: “Me siento feliz, feliz de estar a los pies del Santísimo Sacramento a todas horas” (Carta a Raymond de Blic, 9 diciembre 1907) y aconsejaba: “Recen mucho por los demás. Conságrense a la salvación del prójimo con todos los medios a su alcance: oración, bondad, ejemplo” (Carta a Louis Massignon, 1 agosto 1916).

A este respecto, Ali, hablando de su experiencia de servicio en Notre Dame d’Afrique, nos ha dicho que muchos vienen aquí para orar en silencio, presentar y encomendar al Señor sus preocupaciones y a las personas que aman y encontrar a alguien dispuesto a escucharlos y a compartir las cargas que llevan en el corazón, y ha visto cómo tantos se van serenos y felices de haber venido. La oración une y humaniza, refuerza y purifica el corazón, y la Iglesia en Argelia, gracias a la oración, siembra humanidad, unidad, fuerza y pureza a su alrededor, llegando a lugares y contextos que sólo el Señor conoce.

Un segundo aspecto de la vida eclesial en el que quisiera detenerme es el de la caridad. Nos ha hablado de ello, en particular, la Hna. Bernadette, compartiendo su experiencia de asistencia a los niños con discapacidad y a sus padres. En lo que ha dicho, percibimos el valor de la misericordia y del servicio no sólo como ayuda a los más frágiles, sino sobre todo como lugar de gracia, en el que cualquiera que se deje involucrar crece y se enriquece. La Hna. Bernadette nos ha contado cómo a partir de un sencillo e inicial gesto de cercanía —la visita a los enfermos— han nacido, cual retoños, primero un sistema de acogida y, después, una organización asistencial cada vez más articulada, una verdadera comunidad en la que muchísimas personas participan, tanto en los acontecimientos alegres como en los dolorosos, unidos por vínculos de confianza, amistad y familiaridad. Un ambiente así es sano y sanador, y no sorprende el hecho de que, en él, el que sufre encuentre los recursos necesarios para mejorar la propia salud, llevando al mismo tiempo alegría a los demás, como en el caso de Fátima.

Por lo demás, el amor a los hermanos es precisamente el que ha animado el testimonio de los mártires que hemos recordado. Frente al odio y a la violencia, permanecieron fieles a la caridad hasta el sacrificio de la vida, junto con tantos otros hombres y mujeres, cristianos y musulmanes. Lo hicieron sin pretensiones y sin clamor, con la serenidad y la firmeza de quien no presume ni desespera, porque sabe en quién ha puesto su confianza (cf. 2 Tm 1,12). Para todos, citamos las palabras sencillas de Fray Luc, el anciano monje médico de la comunidad de Notre-Dame de l'Atlas, quien ante la posibilidad de partir y de ponerse a salvo de posibles peligros, a costa de abandonar a sus pacientes y amigos, él respondía: “Yo quiero quedarme con ellos” (C. Henning - T. Georgeon, Fratel Luc di Tibhirine. Monaco, medico e martire, Ciudad del Vaticano 2025, Introducción), y así lo hizo. El Papa Francisco, al recordarlo a él y a todos los demás, con motivo de la beatificación, decía: «Su testimonio valiente es fuente de esperanza para la comunidad católica argelina y semilla de diálogo para toda la sociedad. Que esta beatificación sea para todos un estímulo para construir juntos un mundo de fraternidad y solidaridad» (8 diciembre 2018).

Y llegamos así al tercer punto de nuestra reflexión: el compromiso por promover la paz y la unidad. El lema de esta visita son las palabras de Jesús resucitado: «¡La paz esté con ustedes!» (cf. Jn 20,21), y en una imagen tomada de los mosaicos de Tipasa se lee: “In Deo, pax et concordia sit convivio nostro”, que podríamos traducir: “En Dios, la paz y la armonía pueden reinar en nuestro vivir juntos”. La paz y la armonía han sido características fundamentales de la comunidad cristiana desde sus orígenes (cf. Hch 2,42-47), por deseo mismo de Jesús (cf. Jn 17,23), que dijo: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35). San Agustín afirmaba al respecto que la Iglesia «engendra a los pueblos, pero todos son miembros de uno solo» (Sermón 192, 2) y san Cipriano escribía: «El mayor sacrificio delante de los ojos de Dios es la paz y la unión fraternal, y un pueblo unido a proporción que están unidos el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo» (Sobre la oración dominical, IV, 95). Es hermoso, hoy, al oír tanta riqueza de palabras y de ejemplos, hacer eco de lo que hemos escuchado.

Es signo de ello, como nos ha recordado Su Eminencia, esta misma basílica, símbolo de una Iglesia de piedras vivas donde, bajo el manto de Nuestra Señora de África, se construye la comunión entre cristianos y musulmanes. Aquí el amor maternal de Lalla Meryem reúne a todos como hijos, cada uno rico en su diversidad, unidos por la misma aspiración a la dignidad, al amor, a la justicia y a la paz. Hijos deseosos de caminar juntos, de vivir, rezar, trabajar y soñar, porque la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer una verdadera fraternidad, como nos ha dicho Monia, y como ha testimoniado Rakel, compartiendo su experiencia en la Tlemcen Fellowship. En un mundo donde las divisiones y las guerras siembran dolor y muerte entre las naciones, en las comunidades e incluso en las familias, su forma de vivir juntos, unidos y en paz es un gran signo. Así unidos, difundan la hermandad, inspirando en quienes los rodean deseos y sentimientos de comunión y de reconciliación, con un mensaje tanto más fuerte y claro cuanto testimoniado en la sencillez y en la humildad.

Una parte considerable del territorio de este país está ocupada por el desierto, y en el desierto no se sobrevive en soledad. La aspereza de la naturaleza redimensiona toda presunción de autosuficiencia y nos recuerda a todos que necesitamos los unos de los otros, y que necesitamos a Dios. Es la fragilidad reconocida la que abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, los animo a continuar su labor en tierras argelinas, como comunidad de fe unida y abierta, presencia de la Iglesia «sacramento universal de salvación» (Conc. Ecum. Vat. II, Lumen gentium, 48). Gracias por todo lo que hacen, por su oración, por su caridad y por su testimonio de unidad. Les aseguro mi recuerdo en la oración ante el Señor y, encomendándolos a María, Nuestra Señora de África, los bendigo de corazón.

PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 13-4-2026

sábado, 11 de abril de 2026

Papa León XIV en el Rosario por la paz, 11-4- 2026: «Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!»

* «La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte»  

   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News en español, con la meditación-oración del Papa 

* «¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, ‘es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana’. Y, repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: ‘Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra’» 


11 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!”, ha rezado el Papa León XIV al final de la oración de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario invocando el don de la paz, la tarde de este sábado, en la Basílica de San Pedro, ante decenas de miles de peregrinos, muchos de ellos fuera en la plaza.


“Hermanos y hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se arrodille”. Arrodillarse para encontrar, en la oración, «una pizca de fe» y no rendirse ante el aparente «destino ya escrito»: el de tumbas que ya no bastan para contener cuerpos aniquilados «sin derecho y sin piedad». Exigir, en cambio, que se arrodillen los demás, cegados por el «delirio de omnipotencia», por la banalización del mal y por los beneficios injustos, hasta el punto de arrastrar «incluso en los discursos sobre la muerte el Santo Nombre de Dios». Así se perfila, impetuosa y conmovedora, la reflexión del Papa León XIV al término del Rosario por la paz de hoy.


“Queremos decirle al mundo entero que es posible construir la paz”, ha  dicho el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro, antes de iniciar la vigilia de oración por la paz este sábado en el Vaticano. Minutos antes de iniciar la vigilia, el Santo Padre se ha dirigido a los miles de fieles presentes en la Plaza de San Pedro para agradecerles su presencia y su participación y les ha impartido su bendición. En el vídeo de Vatican News se escucha y visualiza toda la meditación-oración del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:

ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO PARA INVOCAR LA PAZ

VIGILIA DE ORACIÓN 

PRESIDIDA POR EL SANTO PADRE LEÓN XIV

Reflexión del Santo Padre León XIV

Basílica de San Pedro

Sábado, 11 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

La oración de ustedes es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20). Les agradezco por haber aceptado esta invitación, reuniéndose aquí, junto a la tumba de san Pedro, y en otros tantos lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

San Juan Pablo II, incansable testigo de la paz, en el contexto de la crisis iraquí de 2003 dijo conmovido: «Yo pertenezco a la generación que vivió la segunda guerra mundial y sobrevivió. Siento el deber de decir a todos los jóvenes, a los más jóvenes que yo, que no tienen esa experiencia: “¡Nunca más la guerra!”, como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. Debemos hacer todo lo posible. Sabemos muy bien que no es posible la paz a toda costa. Pero todos sabemos cuán grande es esta responsabilidad» (Ángelus, 16 marzo 2003). Esta tarde hago mío su llamamiento, tan actual.

La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte. Desaparece así un mundo de hermanos y hermanas con un solo Padre en los cielos y, como en una pesadilla nocturna, la realidad se llena de enemigos. Por todas partes se perciben amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro. Hermanos y hermanas, el que reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo (cf. Sal 115,4-8), al cual sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doblegue ante él.

¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, «es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana». Y, repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra» (Carta enc. Pacem in terris, 116).

Unamos, entonces, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto; al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!

Queridos hermanos y hermanas, sin duda los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte. Sin embargo, existe una responsabilidad no menos importante para todos nosotros, hombres y mujeres de tantos países diferentes: una inmensa multitud que repudia la guerra, con hechos, no sólo con palabras. La oración nos compromete a convertir lo que queda de violencia en nuestros corazones y en nuestras mentes: convirtámonos a un Reino de paz que se construye día a día, en los hogares, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas, quitándole terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!

El Rosario, al igual que otras formas de oración muy antiguas, nos ha unido esta tarde en su ritmo regular, basado en la repetición; así se abre paso la paz, palabra tras palabra, gesto tras gesto, como una roca se va esculpiendo gota a gota, como en un telar el tejido avanza movimiento tras movimiento. Son los tiempos largos de la vida, signo de la paciencia de Dios. Necesitamos no dejarnos arrastrar por la aceleración de un mundo que no sabe qué persigue, para volver a servir al ritmo de la vida, a la armonía de la creación, y curar sus heridas. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (Carta enc. Fratelli tutti, 225). En efecto, «hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra» (ibíd., 231).

Queridos hermanos y hermanas, regresemos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y con una profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional. «En todo el mundo es deseable “que cada comunidad se convierta en una ‘casa de paz’, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía» (Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2026).


Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. “Nunca más la guerra, aventura sin retorno; nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia” (cf. S. Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 febrero 1991).

Queridos hermanos, ¡la paz esté con todos ustedes! Es la paz de Cristo resucitado, fruto de su sacrificio de amor en la cruz. Por eso a Él dirigimos nuestra súplica:

Señor Jesús,

tú venciste a la muerte sin armas ni violencia:

disolviste su poder con la fuerza de la paz.

Concédenos tu paz,

como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua,

como a los discípulos escondidos y asustados.

Envía tu Espíritu,

aliento que da vida, que reconcilia,

que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos.

Inspíranos la confianza de María, tu madre,

que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz,

firme en la fe de que resucitarías.

Que la locura de la guerra llegue a su fin

y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía

saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida.

¡Escúchanos, Señor de la vida!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 11-4-2026