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domingo, 10 de mayo de 2026

Papa León XIV en el Regina Caeli, 10-5-2026: «Porque nos ama, el Señor no nos deja solos en las pruebas de la vida: nos promete al Paráclito, es decir, al Abogado defensor, el ‘Espíritu de la Verdad’»

* «Al ofrecernos el amor verdadero y eterno, Jesús comparte con nosotros su identidad de Hijo amado: ‘yo estoy en mi Padre, y […] ustedes están en mí y yo en ustedes’. Esta comunión de vida tan envolvente desmiente al acusador, es decir, al adversario del Paráclito, el espíritu contrario a nuestro defensor. De hecho, mientras que el Espíritu Santo es fuerza de verdad, este acusador es ‘padre de la mentira’ (Jn 8,44), que quiere enfrentar al hombre con Dios y a los hombres entre sí: justo lo contrario de lo que hace Jesús, salvándonos del mal y uniéndonos como pueblo de hermanos y hermanas en la Iglesia»

    

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Regina Caeli

* «Quiero agradecer la acogida que caracteriza al pueblo de las Islas Canarias, por permitir la llegada del crucero ‘Hondius’ con los enfermos de hantavirus. Estoy contento de poder encontrarme con vosotros el próximo mes en mi visita a las Islas… He recibido con preocupación las noticias sobre el aumento de la violencia en la región del Sahel, en particular en Chad y Malí, que han sido objeto de recientes ataques terroristas. Les aseguro mis oraciones por las víctimas y mi cercanía a quienes sufren. Deseo que cese toda forma de violencia y aliento todo esfuerzo en favor de la paz y el desarrollo en esa querida tierra» 

10 de mayo de 2026.- (Camino Católico) “Porque nos ama, el Señor no nos deja solos en las pruebas de la vida: nos promete al Paráclito, es decir, al Abogado defensor, el ‘Espíritu de la Verdad’ (Jn 14,17). Es un don que ‘el mundo no puede recibir’, mientras se obstine en el mal que oprime al pobre, excluye al débil y mata al inocente. Mientras que, quien corresponde al amor que Jesús tiene hacia todos, encuentra en el Espíritu Santo un aliado que nunca falla”, ha reflexionado el Papa León XIV, en el Regina Caeli del VI domingo de Pascua, en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles, en el que ha centrado la mirada hacia la Última Cena de Jesús, precisamente a ese momento en el que transforma el pan y el vino en el signo vivo de su amor y dice: «si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos».

El Pontífice explica que no debemos cumplir los mandamientos para ganarnos el amor de Dios, sino porque ya nos sabemos amados por Él: “Por el contrario, el amor de Dios es la condición para nuestra justicia. Miramos verdaderamente los mandamientos, según la voluntad de Dios, si reconocemos su amor por nosotros, tal como Cristo lo revela al mundo”.

El Santo Padre insiste en que “las palabras de Jesús son una invitación a la relación, no un chantaje”. Por ello, el Señor nos manda amarnos unos a otros como Él nos ha amado: “es el amor de Jesús el que hace nacer el amor en nosotros. Cristo mismo es el criterio, la regla del amor verdadero; aquel que es fiel para siempre, puro e incondicional”, asegura el Papa. Y añade que se trata de un amor que no conoce reservas ni condiciones: “aquel que no conoce el “pero” ni el “quizá”, que se entrega sin pretender poseer, y que da vida sin pedir nada a cambio”.

Después de rezar el Regina Caeli, León XIV agradece a las Islas Canarias por haber acogido al buque Hondius, punto cero del brote de hantavirus, y se muestra contento de encontrarse con la población en el viaje que realizará en junio a España. Destaca su llamamiento por Chad y Malí, afectados por duros ataques. Finalmente, un saludo a la “amada” Iglesia copta y un “pensamiento especial” para todas las madres, especialmente aquellas en condiciones difíciles. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre y la oración del Regina Caeli, cuyo texto completo es el siguiente:

PAPA LEÓN XIV
REGINA CAELI
Plaza de San Pedro
VI Domingo de Pascua, 10 de mayo de 2026


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


En el Evangelio de hoy, hemos escuchado algunas palabras que Jesús dirige a sus discípulos durante la Última Cena. Mientras transforma el pan y el vino en el signo vivo de su amor, Cristo dice: «si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos» (Jn 14,15). Esta afirmación nos libra de un malentendido, es decir, de la idea de que somos amados si guardamos los mandamientos: nuestra justicia sería entonces un condicionante para el amor de Dios. Por el contrario, el amor de Dios es la condición para nuestra justicia. Guardamos verdaderamente los mandamientos, según la voluntad de Dios, si reconocemos su amor por nosotros, tal como Cristo lo revela al mundo. Las palabras de Jesús son, pues, una invitación a la relación, no un chantaje ni una puesta en duda.


Por eso el Señor nos manda que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34): es el amor de Jesús el que hace nacer el amor en nosotros. Cristo mismo es el criterio, la regla del amor verdadero; aquel que es fiel para siempre, puro e incondicional. Aquel que no conoce ni el “pero” ni el “quizá”, aquel que se entrega sin querer poseer, aquel que da vida sin pedir nada a cambio. Dado que Dios nos ama primero, también nosotros podemos amar; y cuando amamos verdaderamente a Dios, nos amamos verdaderamente unos a otros. Sucede como con la vida: sólo quien la ha recibido puede vivir, y así, sólo quien ha sido amado puede amar. Los mandamientos del Señor son, por tanto, una forma de vida que nos sana de los amores falsos; son un estilo espiritual, que es camino hacia la salvación.


Precisamente porque nos ama, el Señor no nos deja solos en las pruebas de la vida: nos promete al Paráclito, es decir, al Abogado defensor, el «Espíritu de la Verdad» (Jn 14,17). Es un don que «el mundo no puede recibir» (ibíd.), mientras se obstine en el mal que oprime al pobre, excluye al débil y mata al inocente. Mientras que, quien corresponde al amor que Jesús tiene hacia todos, encuentra en el Espíritu Santo un aliado que nunca falla: «Ustedes, en cambio, lo conocen, —dice Jesús—, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes» (ibíd.). Siempre y en todas partes podemos entonces dar testimonio de Dios, que es amor: esta palabra no significa una idea de la mente humana, sino la realidad de la vida divina, por la cual todas las cosas han sido creadas de la nada y redimidas de la muerte.


Al ofrecernos el amor verdadero y eterno, Jesús comparte con nosotros su identidad de Hijo amado: «yo estoy en mi Padre, y […] ustedes están en mí y yo en ustedes» (v. 20). Esta comunión de vida tan envolvente desmiente al acusador, es decir, al adversario del Paráclito, el espíritu contrario a nuestro defensor. De hecho, mientras que el Espíritu Santo es fuerza de verdad, este acusador es «padre de la mentira» (Jn 8,44), que quiere enfrentar al hombre con Dios y a los hombres entre sí: justo lo contrario de lo que hace Jesús, salvándonos del mal y uniéndonos como pueblo de hermanos y hermanas en la Iglesia.


Queridos amigos, llenos de gratitud por este don, confiémonos a la intercesión de la Virgen María, Madre del Amor Divino.



Oración del Regina Caeli: 


V/. Reina del Cielo, alégrate; aleluya.

R/. Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

V/. Resucitó según dijo; aleluya.

R/. Ruega por nosotros a Dios; aleluya;

V/. Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

R/. Porque resucitó en verdad el Señor; aleluya.


Oración:


¡Oh, Dios!, que te dignaste alegrar al mundo por la Resurrección de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: concédenos, te rogamos, que por la mediación de la Virgen María, su Madre, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.




Después el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


He recibido con preocupación las noticias sobre el aumento de la violencia en la región del Sahel, en particular en Chad y Malí, que han sido objeto de recientes ataques terroristas. Les aseguro mis oraciones por las víctimas y mi cercanía a quienes sufren. Deseo que cese toda forma de violencia y aliento todo esfuerzo en favor de la paz y el desarrollo en esa querida tierra.


El 10 de mayo se celebra el “Día de la Amistad Copto-Católica”. Dirijo un saludo fraterno a Su Santidad el Papa copto Tawadros II y aseguro mi oración a toda la amada Iglesia copta, con la esperanza de que nuestro camino de amistad nos conduzca a la unidad perfecta en Cristo, quien nos llamó “amigos” (cf. Jn 15,15).



¡Y ahora les doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países!


En particular, saludo al grupo “Guardias de honor del Sagrado Corazón de Jesús”, procedentes de varias ciudades de Italia, y a los “Voluntarios para la evangelización” vinculados a la familia de Radio María; así como a la Asociación de voluntariado “Komen Italia”, comprometida con la prevención del cáncer de mama.


Quiero agradecer la acogida que caracteriza al pueblo de las Islas Canarias, por permitir la llegada del crucero “Hondius” con los enfermos de hantavirus. Estoy contento de poder encontrarme con vosotros el próximo mes en mi visita a las Islas.


Hoy recordamos de modo especial a todas las madres. Por intercesión de María, madre de Jesús y madre nuestra, recemos con cariño y gratitud por cada mamá, especialmente por aquellas que viven en condiciones difíciles. ¡Gracias! ¡Que Dios las bendiga!


Les deseo a todos un feliz domingo.


Papa León XIV



Foto: Vatican Media, 10-5-2026

viernes, 8 de mayo de 2026

Papa León XIV en homilía en el santuario de la Virgen de Pompeya, 8-5-2026: «El Rosario marca el ritmo de nuestra vida, devolviéndola continuamente a Jesús y a la Eucaristía»

* «El Rosario dirige nuestra mirada a las necesidades del mundo, como enfatizó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, proponiendo en particular dos intenciones que siguen siendo de urgente relevancia: la familia, que sufre el debilitamiento del vínculo matrimonial, y la paz, amenazada por las tensiones internacionales y una economía que prefiere el comercio de armas al respeto por la vida humana» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Desde este Santuario, cuya fachada concibió San Bartolo Longo como un monumento a la paz, hoy elevamos nuestra oración con fe. Jesús nos dijo que la oración ofrecida con fe puede alcanzarlo todo (cf. Mt 21,22). Y San Bartolo Longo, pensando en la fe de María, la llama «omnipotente por la gracia». Por su intercesión, que el Dios de paz derrame una abundante misericordia que toque los corazones, calme el resentimiento y el odio fratricida, e ilumine a quienes tienen responsabilidades especiales en el gobierno. Hermanos y hermanas, ningún poder terrenal salvará al mundo, sino solo el poder divino del amor, ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, reveló y nos dio. ¡Creemos en Él, pongamos nuestra esperanza en Él, sigámoslo!» 

 


8 de mayo de 2026.- (Camino Católico)  “El Rosario marca el ritmo de nuestra vida, devolviéndola continuamente a Jesús y a la Eucaristía” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de este viernes al presidir una solemne celebración eucarística en la Plaza del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, uno de los lugares marianos más significativos de Italia. Ante 20.000 fieles, entre ellos 400 enfermos discapacitados. Al final de la Misa el Pontífice ha orado la súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya escrita por San Bartolo Longo, fundador del santuario.



El Pontífice ha encomendado en su homilía su ministerio petrino a la protección de la Virgen: “Exactamente hace un año, cuando me fue confiado el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Por eso debía venir aquí, para poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa”. Además, ha destacado el vínculo entre el nombre pontificio que eligió y León XIII, Papa que impulsó ampliamente la devoción al Rosario a través de “un amplio Magisterio”.




“¿Qué hay más esencial que los misterios de Cristo, que su santo Nombre pronunciado con la ternura de la Virgen Madre?”. El Papa además ha recordado que generaciones enteras de creyentes “han encontrado en el Rosario una escuela sencilla y profunda de fe, capaz de custodiar tanto la espiritualidad popular como las expresiones más elevadas de la mística cristiana” y ha insistido en que el Rosario es “rezado”, “celebrado” y consecuencia natural, fuente de caridad: “Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



VISITA PASTORAL DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A POMPEYA Y NÁPOLES


SANTA MISA

Y SÚPLICA A NUESTRA SEÑORA DE POMPEYA


HOMILÍA DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV


Piazza Bartolo Longo, frente al Santuario de Nuestra Señora del Santo Rosario de Pompeya

Viernes, 8 de mayo de 2026



¡Queridos hermanos y hermanas!


«Mi alma glorifica al Señor». Estas palabras, con las que respondimos a la primera lectura, brotan del corazón de la Virgen María al presentar a Isabel el fruto de su vientre, Jesús, el Salvador. Después de ella, Zacarías, padre de Juan el Bautista, y el anciano Simeón cantarán a Cristo. Estos tres cánticos marcan la alabanza diaria de la Iglesia en la Liturgia de las Horas. Son la mirada del antiguo Israel, que ve cumplidas sus promesas; son la mirada de la Iglesia, la Esposa, que se extiende hacia su divino Esposo; son implícitamente la mirada de toda la humanidad, que encuentra la respuesta a su anhelo de salvación.


Hace ciento cincuenta años, al colocar la primera piedra de este Santuario, en el lugar donde la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. sepultó bajo cenizas los vestigios de una gran civilización, protegiéndolos durante siglos, San Bartolo Longo, junto con su esposa, la condesa Marianna Farnararo De Fusco, sentó las bases no solo de un templo, sino de toda una ciudad mariana. Así expresó su comprensión del plan de Dios, que San Juan Pablo II, hablando en este lugar de gracia el 7 de octubre de 2003, al concluir el Año del Rosario, relanzado para el Tercer Milenio, desde la perspectiva de la nueva evangelización: «Hoy», dijo, «como en los tiempos de la antigua Pompeya, es necesario proclamar a Cristo a una sociedad que se aleja de los valores cristianos e incluso pierde su memoria».


Exactamente hace un año, cuando me fue confiado el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Por eso debía venir aquí, para poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa. Habiendo elegido posteriormente el nombre de León, sigo los pasos de León XIII, quien, entre otros méritos, desarrolló un amplio Magisterio sobre el Santo Rosario. A todo esto se suma la reciente canonización de San Bartolo Longo, apóstol del Rosario. Este contexto nos brinda una clave para reflexionar sobre la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.


El Evangelio de la Anunciación nos introduce al momento en que la Palabra de Dios se hizo carne en el seno de María. De este seno irradia la Luz que da pleno sentido a la historia y al mundo. El saludo que el ángel Gabriel dirige a la Virgen es una invitación a la alegría: «¡Salve, llena de gracia!». (Lucas 1:28; cf. Sofonías 3:14). Sí, el Ave María es una invitación a la alegría: le dice a María, y por medio de ella, a todos nosotros, que sobre las ruinas de nuestra humanidad, probada por el pecado y, por lo tanto, siempre propensa al abuso, la opresión y la guerra, ha llegado la caricia de Dios, la caricia de la misericordia, que toma rostro humano en Jesús. María se convierte así en la Madre de la Misericordia. Discípula del Verbo e instrumento de su encarnación, se revela verdaderamente como «llena de gracia». ¡Todo en ella es gracia! Al ofrecer su carne al Verbo, se convierte también, como enseña el Concilio Vaticano II, siguiendo a San Agustín, en «madre de los miembros (de Cristo)... porque cooperó por la caridad en el nacimiento de los fieles de la Iglesia, que son miembros de esa Cabeza» (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 53; cf. San Agustín, De S. Virginitate, 6). En el «Aquí estoy» de María, no solo nace Jesús, sino también la Iglesia, y María se convierte en Madre de Dios —Theotokos— y Madre de la Iglesia.


¡Un gran misterio! Todo sucede por obra del Espíritu Santo, que cubre a María con su sombra y hace fecunda su concepción virginal. Este momento histórico posee una dulzura y una fuerza que atraen el corazón y lo elevan a esa altura contemplativa donde florece la oración del Santo Rosario. Una oración que, habiendo surgido y evolucionado progresivamente en el segundo milenio, tiene sus raíces en la historia de la salvación y encuentra su preludio precisamente en el saludo del ángel a la Virgen: «¡Ave María!». La repetición de esta oración en el Rosario es como el eco del saludo de Gabriel, un eco que trasciende los siglos y guía la mirada del creyente hacia Jesús, visto a través de los ojos y el corazón de la Madre. Jesús adoraba, contemplaba y asimilaba cada uno de sus misterios, de modo que con San Pablo podemos decir: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gal 2:19).


Precedida por la proclamación de la Palabra de Dios, entre el Padrenuestro y el Gloria, el Ave María, repetido en el Santo Rosario, es un acto de amor. ¿Acaso no es amor repetir incansablemente: «Te amo»? Un acto de amor que, en las cuentas del rosario, como se aprecia claramente en la pintura mariana de este Santuario, nos conduce de vuelta a Jesús y nos lleva a la Eucaristía, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen Gentium, 11). San Bartolo Longo estaba convencido de ello cuando escribió: «La Eucaristía es el Rosario vivo, y todos los misterios se encuentran en el Santo Sacramento de forma activa y vital» (El Rosario y la Nueva Pompeya, 1914, p. 86). Tenía razón. En la Eucaristía, los misterios de la vida de Cristo se encuentran, por así decirlo, concentrados en el memorial de su sacrificio y en su presencia real. El Rosario tiene un aspecto mariano, pero un corazón cristológico y eucarístico (cf. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 1). Si la Liturgia de las Horas marca los momentos de alabanza de la Iglesia, el Rosario marca el ritmo de nuestras vidas, conduciéndolas continuamente a Jesús y a la Eucaristía.


Generaciones de creyentes han sido formadas y protegidas por esta oración sencilla y popular, capaz de alcanzar alturas místicas y de ser un tesoro de la teología cristiana más esencial. ¿Qué hay, en efecto, más esencial que los misterios de Cristo, que su santo Nombre, pronunciado con la ternura de la Virgen María? Es en este Nombre, y en ningún otro, que podemos ser salvados (cf. Hch 4,12). Al repetirlo en cada Ave María, de alguna manera experimentamos la casa de Nazaret, casi escuchando de nuevo las voces de María y José durante los largos años que Jesús vivió con ellos. También experimentamos el Cenáculo, donde los Apóstoles, junto con María, esperaban la efusión del Espíritu Santo. Esto es lo que nos reveló la primera lectura. ¿Cómo no imaginar que, en ese tiempo entre la Ascensión y Pentecostés, María y los Apóstoles competían por recordar los diversos momentos de la vida de Jesús? ¡No se podía pasar por alto ningún detalle! Todo debía recordarse, asimilarse, imitarse. Así nació el camino contemplativo de la Iglesia, del cual, al igual que el año litúrgico, el Rosario ofrece una síntesis en la meditación diaria de los santos misterios. El Rosario ha sido considerado, con razón, un compendio del Evangelio, que san Juan Pablo II quiso integrar con los Misterios de la Luz. Esta dimensión también estaba muy presente en san Bartolo Longo, quien ofrecía a los peregrinos profundas meditaciones para liberar al Santo Rosario de la tentación de la recitación mecánica y asegurar su alcance bíblico, cristológico y contemplativo.


Hermanas y hermanos, si el Rosario se «reza» y, me atrevo a decir, se «celebra» de esta manera, es también, por consecuencia natural, fuente de caridad. Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda, como nos recuerda la segunda lectura de la primera Carta de San Juan, que concluye con la exhortación: «No amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Juan 3:18). Por lo tanto, San Bartolo Longo fue apóstol del Rosario y, al mismo tiempo, apóstol de la caridad. En esta ciudad mariana, acogió a huérfanos e hijos de presos, demostrando el poder regenerador del amor. Aquí, aún hoy, los más pequeños y vulnerables son acogidos y cuidados en las obras del Santuario. El Rosario dirige nuestra mirada a las necesidades del mundo, como enfatizó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, proponiendo en particular dos intenciones que siguen siendo de urgente relevancia: la familia, que sufre el debilitamiento del vínculo matrimonial, y la paz, amenazada por las tensiones internacionales y una economía que prefiere el comercio de armas al respeto por la vida humana.


Cuando San Juan Pablo II proclamó el Año del Rosario —el próximo año se cumplen veinticinco años— quiso situarlo de manera especial bajo la mirada de la Virgen de Pompeya. Los tiempos no han mejorado desde entonces. Las guerras que aún se libran en muchas regiones del mundo exigen un compromiso renovado, no solo económico y político, sino también espiritual y religioso. La paz nace del corazón. El propio Pontífice, en octubre de 1986, reunió a los líderes de las principales religiones en Asís, invitándolos a todos a orar por la paz. En varias ocasiones, incluidas algunas recientes, tanto el Papa Francisco como yo hemos pedido a los fieles de todo el mundo que oren por esta intención. No podemos resignarnos a las imágenes de muerte que las noticias nos presentan a diario. Desde este Santuario, cuya fachada concibió San Bartolo Longo como un monumento a la paz, hoy elevamos nuestra oración con fe. Jesús nos dijo que la oración ofrecida con fe puede alcanzarlo todo (cf. Mt 21,22). Y San Bartolo Longo, pensando en la fe de María, la llama «omnipotente por la gracia». Por su intercesión, que el Dios de paz derrame una abundante misericordia que toque los corazones, calme el resentimiento y el odio fratricida, e ilumine a quienes tienen responsabilidades especiales en el gobierno.


Hermanos y hermanas, ningún poder terrenal salvará al mundo, sino solo el poder divino del amor, ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, reveló y nos dio. ¡Creemos en Él, pongamos nuestra esperanza en Él, sigámoslo!


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 8-5-2026

El Papa León XIV encomienda su ministerio petrino a la protección de la Virgen rezando la Súplica a la Virgen María del Santo Rosario de Pompeya, 8-5-20262: «Bendecid, ¡oh María!, en este instante al Sumo Pontífice»


El Papa León XIV rezando, después de la comunión, la súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya, escrita por San Bartolo Longo, fundador del santuario, y superpuesta la imagen ante la que ha orado


8 de mayo de 2026.- (Camino Católico“Exactamente hace un año, cuando me fue confiado el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Por eso debía venir aquí, para poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa”, ha dicho el Papa León XIV en su homilía al presidir una solemne celebración eucarística en la Plaza del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, uno de los lugares marianos más significativos de Italia. Ante 20.000 fieles, entre ellos 400 enfermos discapacitados, el Pontífice ha encomendado su ministerio petrino a la protección de la Virgen rezando, después de la comunión, la súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya, escrita por San Bartolo Longo, fundador del santuario. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la oración, cuyo texto completo es el siguiente:



VISITA PASTORAL DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV A POMPEYA Y NÁPOLES


Oración del Papa León XIV de la Súplica a la Virgen de Pompeya escrita por San Bartolo Longo


Piazza Bartolo Longo, frente al Santuario de Nuestra Señora del Santo Rosario de Pompeya

Viernes, 8 de mayo de 2026



En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.


I - ¡Oh augusta Reina de las Victorias, oh Virgen soberana del Paraíso!, cuyo nombre poderoso alegra los cielos y hace temblar de terror a los abismos. ¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario!, nosotros, los venturosos hijos vuestros, postrados a vuestras plantas -en este día sumamente solemne de la fiesta de vuestros triunfos sobre la tierra de los ídolos y de los demonios-, derramamos entre lágrimas los afectos de nuestro corazón, y con la confianza de hijos os manifestamos nuestras necesidades.


Desde ese trono de clemencia donde os sentáis como Reina, volved, ¡oh María!, vuestros ojos misericordiosos a nosotros; a nuestras familias, a nuestra nación, a la Iglesia Católica, al mundo todo, y apiadaos de las penas y amarguras que nos afligen. Mirad, ¡oh Madre!, cuántos peligros para el alma y cuerpo nos rodean; cuántas calamidades y aflicciones nos agobian. Detened el brazo de la justicia de vuestro Hijo ofendido, y con vuestra bondad subyugad el corazón de los pecadores, pues ellos son nuestros hermanos e hijos vuestros, que al dulce Jesús costaron sangre divina y a vuestro sensibilísimo Corazón indecibles dolores. Mostraos hoy para con todos Reina verdadera de paz y de perdón.


Dios te salve, María….


II - En verdad, en verdad, Señora, nosotros, aunque hijos vuestros, con las culpas cometidas hemos vuelto a crucificar en nuestro pecho a Jesús y traspasar vuestro tiernísimo Corazón. Si, lo confesamos, somos merecedores de los más grandes castigos; pero tened presente, oh Madre, que en la cumbre del Calvario recibisteis las últimas gotas de aquella sangre divina y el postrer testamento del Redentor moribundo; y que aquel testamento de un Dios, sellado con su propia sangre, os constituía en Madre nuestra, Madre de los pecadores. Vos, pues, como Madre nuestra, sois nuestra Abogada y nuestra Esperanza. Y por eso nosotros, llenos de confianza, entre gemidos, levantamos hacia Vos nuestras manos suplicantes y clamamos a grandes voces: ¡Misericordia, oh María, misericordia!


Tened, pues, piedad, ¡oh Madre bondadosa!, de nosotros, de nuestras familias, de nuestros parientes; de nuestros amigos, de nuestros difuntos, y, sobre todo, de nuestros enemigos y de tantos que se llaman cristianos y, sin embargo, desgarran el amable Corazón de vuestro Hijo. Piedad también, Señora, piedad, imploramos para las naciones extraviadas, para nuestra querida patria y para el mundo entero, a fin de que se convierta y vuelva arrepentido a vuestro maternal regazo. ¡Misericordia para todos, oh Madre de las misericordias!


Dios te salve, María….


III . ¿Qué os cuesta, oh María, escucharnos, qué os cuesta salvarnos? ¿Acaso vuestro Hijo divino no puso en vuestras manos los tesoros todos de sus gracias y misericordias? Vos estáis sentada a su lado con corona de Reina, rodeada de gloria inmortal sobre todos los coros de los Angeles. Vuestro dominio es inmenso en los cielos, y la tierra con todas las criaturas os está sometida. Vuestro poder, ¡oh María!, llega hasta los abismos, puesto que Vos, ciertamente, podéis librarnos de las asechanzas del enemigo infernal. Vos, pues, que sois todopoderosa por gracia, podéis salvarnos; y si Vos no queréis socorrernos por ser hijos ingratos e indignos de vuestra protección, decidnos, a lo menos, a quién debemos acudir para vernos libres de tantos males. ¡Ah!, no: vuestro Corazón de Madre no permitirá que se pierdan vuestros hijos. Ese divino Niño, que descansa sobre vuestras rodillas, y el místico Rosario que lleváis en la mano nos infunden la confianza de ser escuchados, y con tal confianza nos postramos a vuestros pies, nos arrojamos como hijos débiles en los brazos de la más tierna de las madres, y ahora mismo, sí, ahora mismo, esperamos recibir las gracias que pedimos.


Dios te salve, María….


PIDAMOS A MARIA SU SANTA BENDICIÓN


Otra gracia más os pedimos, ¡oh poderosa Reina!, que no podéis negarnos en este día de tanta solemnidad. Concedednos a todos, además de un amor constante hacia Vos, vuestra maternal bendición. No, no nos retiraremos de vuestras plantas hasta que nos hayáis bendecido. Bendecid, ¡oh María!, en este instante al Sumo Pontífice. A los antiguos laureles e Innumerables triunfos alcanzados con vuestro Rosario, y que os han merecido el título de Reina de las Victorias, agregad este otro: el triunfo de la Religión y la paz de la trabajada humanidad. Bendecid también a nuestro Prelado, a los Sacerdotes y a todos los que celan el honor de vuestro Santuario. Bendecid a los asociados al Rosario Perpetuo y a todos los que practican y promueven la devoción de vuestro Santo Rosario.


Dios te salve, Reina y Madre…


Fotos: Vatican Media, 8-5-2026

Santa Misa de hoy, viernes, en el Santuario de la Virgen María del Santo Rosario de Pompeya, presidida por el Papa León XIV, 8-5-2026


Foto: Vatican Media, 8-5-2026


8 de mayo de 2026.- (Camino Católico El Papa León XIV ha presidido este viernes una solemne celebración eucarística en la Plaza del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, uno de los lugares marianos más significativos de Italia. Ante 20.000 de fieles, entre ellos 400 enfermos discapacitados, el Pontífice en su homilía ha encomendado su ministerio petrino a la protección de la Virgen y ha subrayado que “el Rosario marca el ritmo de nuestra vida, devolviéndola continuamente a Jesús y a la Eucaristía”. Después de la comunión el Pontífice ha orado la súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya escrita por San Bartolo Longo, fundador del santuario. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.


miércoles, 6 de mayo de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 6-5-2026: «Signo del Reino, la Iglesia anuncia a Cristo y vive la comunión de los santos: une a vivos y difuntos en la liturgia, alabando a Dios y caminando hacia la plenitud final»

* «La Iglesia vive en la historia al servicio de la llegada del Reino de Dios al mundo. Ella anuncia a todos y siempre las palabras de esta promesa, recibe un anticipo en la celebración de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, pone en práctica y experimenta su lógica en las relaciones de amor y de servicio. Asimismo, sabe que es lugar y medio donde la unión con Cristo se realiza “más estrechamente” (LG, 48), y, al mismo tiempo, reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en el Espíritu Santo también fuera de sus límites visibles»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la alocución Papa León XIV ha hecho en nuestro idioma

* «Pidamos al Señor que nos dé una mirada sobrenatural de la realidad, para que, arraigados en la fe y con firme esperanza, sepamos vivir orientados hacia el Reino de Dios, sin dejarnos absorber por lo pasajero ni por las dificultades del camino. Que el Espíritu Santo nos conceda reconocer su presencia en la historia, servir con amor a los demás y ser signos vivos de su salvación en medio del mundo»


6 de mayo de 2026.- (Camino Católico).- “Signo del Reino, la Iglesia no se anuncia a sí misma, sino a Cristo. Además, vive la comunión de los santos: una sola Iglesia que une a vivos y difuntos, especialmente en la liturgia, alabando a Dios y caminando hacia la plenitud final” Ha subrayado el Papa León XIV en su catequesis de este miércoles en la Plaza de San Pedro, ante veinte mil fieles.


El Pontífice ha reiterado, como lo hicieron los Padres conciliares en la Lumen Gentium, que la Iglesia custodia la esperanza que ilumina el camino hacia la “meta final”, el anuncio del Reino, de amor, de justicia y de paz, la patria celeste y, para ello, está llamada a una conversión y renovación constantes, acompañando al pueblo peregrino de Dios, denunciando el mal en todas sus formas y anunciando, con palabras y obras, la salvación que Cristo quiere realizar para toda la humanidad.


Siguiendo su serie de catequesis dedicada a la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, León XIV se detiene en el capítulo VII para destacar su dimensión escatológica, para aclarar que, a pesar de ser un aspecto muchas veces descuidado o minimizado, la dimensión esencial del camino de la Iglesia en el plano terrenal está siempre orientado hacia la meta final, que es la patria celeste: “La Iglesia es el pueblo de Dios en camino en la historia; el fin de todo su obrar es el Reino de Dios. Jesús dio comienzo a la Iglesia precisamente anunciando este Reino de amor, de justicia y de paz. Por ello, estamos llamados a considerar la dimensión comunitaria y cósmica de la salvación en Cristo, y a dirigir la mirada a ese horizonte final, para medir y evaluar todo desde esa perspectiva”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles, 6 de mayo de 2026


Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium. 8. La Iglesia, peregrina en la historia hacia la patria celestial 

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy nos detenemos en una parte del cap. VII de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, y meditamos sobre una de sus características distintivas: la dimensión escatológica. Efectivamente, en esta historia terrena, la Iglesia camina siempre orientada hacia la meta final, que es la patria celeste. Se trata de una dimensión esencial que, sin embargo, a menudo descuidamos o minimizamos, porque estamos demasiado concentrados en lo inmediatamente visible y en las dinámicas más concretas de la vida de la comunidad cristiana.

La Iglesia es el pueblo de Dios en camino en la historia; el fin de todo su obrar es el Reino de Dios (cfr. LG, 9). Jesús dio comienzo a la Iglesia precisamente anunciando este Reino de amor, de justicia y de paz (cfr LG 5). Por ello, estamos llamados a considerar la dimensión comunitaria y cósmica de la salvación en Cristo, y a dirigir la mirada a ese horizonte final, para medir y evaluar todo desde esa perspectiva.

La Iglesia vive en la historia al servicio de la llegada del Reino de Dios al mundo. Ella anuncia a todos y siempre las palabras de esta promesa, recibe un anticipo en la celebración de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, pone en práctica y experimenta su lógica en las relaciones de amor y de servicio. Asimismo, sabe que es lugar y medio donde la unión con Cristo se realiza “más estrechamente” (LG, 48), y, al mismo tiempo, reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en el Espíritu Santo también fuera de sus límites visibles.

En este sentido, la Constitución Lumen Gentium realiza una afirmación importante: la Iglesia es “sacramento universal de salvación” (LG, 48), esto es, signo e instrumento de esa plenitud de vida y de paz prometida por Dios. Esto significa que ella no se identifica perfectamente con el Reino de Dios, pero es su germen e inicio, porque el cumplimiento será dado a la humanidad y al cosmos solamente al final. Por eso, los creyentes en Cristo caminan por esta historia terrena, marcada por la maduración del bien pero también por injusticias y sufrimientos, sin caer en ilusiones ni en la desesperanza: viven orientados por la promesa recibida de «Aquel que hace nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Por tanto, la Iglesia realiza su misión entre el “ya” del inicio del Reino de Dios en Jesús, y el “aún no” del cumplimiento prometido y esperado. La Iglesia custodia una esperanza que ilumina el camino, y tiene también la misión de pronunciar palabras claras para rechazar todo lo que mortifica la vida e impide su desarrollo, y para tomar posición a favor de los pobres, los explotados, las víctimas de la violencia y de la guerra y de todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu (cfr. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 159).

Signo y sacramento del Reino, la Iglesia es el pueblo de Dios peregrino en la tierra que, a partir de la promesa final, lee e interpreta según el Evangelio los dinamismos de la historia, denunciando el mal en todas sus formas y anunciando, con palabras y obras, la salvación que Cristo quiere realizar para toda la humanidad y su Reino de justicia, de amor y de paz. La Iglesia, por tanto, no se anuncia a sí misma; al contrario, en ella todo debe remitir a la salvación en Cristo.

Desde esta perspectiva, la Iglesia está llamada a reconocer humildemente la fragilidad humana y la caducidad de sus propias instituciones, que, aun estando al servicio del Reino de Dios, llevan la imagen de este siglo que pasa (cfr. LG, 48). Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser absolutizada; es más, como viven en la historia y en el tiempo, están llamadas a una conversión constante, a la renovación de las formas y a la reforma de las estructuras, a la continua regeneración de las relaciones, de modo que puedan responder verdaderamente a su misión.

En el horizonte del Reino de Dios se debe comprender también la relación entre los cristianos que están cumpliendo hoy su misión y todos los que ya han concluido su existencia terrena y están en un estadio de purificación o de bienaventuranza. Lumen gentium afirma que todos los cristianos forman una única Iglesia, que existe una comunión y una coparticipación de los bienes espirituales fundada en la unión con Cristo de todos los creyentes, una fraterna sollicitudo entre la Iglesia terrena y la Iglesia celeste: esa comunión de los santos que se experimenta en especial en la liturgia (cfr. LG, 49-51). Rezando por los difuntos y siguiendo las huellas de quienes ya vivieron como discípulos de Jesús, también nosotros recibimos ayuda en nuestro camino y reforzamos la adoración a Dios: marcados por el único Espíritu y unidos en la única liturgia, junto con aquellos que nos han precedido en la fe, alabamos y damos gloria a la Santísima Trinidad.

Agradezcamos a los Padres conciliares el habernos recordado esta dimensión tan importante y tan hermosa de nuestro ser cristianos, y tratemos de cultivarla en nuestra vida.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Al detenernos en una parte del capítulo VII de la Lumen gentium, meditamos la dimensión escatológica de la Iglesia. Ella camina en la historia orientada hacia la patria celestial, un aspecto esencial que a menudo se omite. Es el Pueblo de Dios en camino, cuyo fin es el Reino de Dios anunciado por Cristo, y vive al servicio de su llegada mediante la Palabra, los sacramentos

—especialmente la Eucaristía— y las relaciones de amor y servicio.

La Iglesia es “sacramento universal de salvación”, signo e instrumento de la plenitud prometida, aunque no se identifica totalmente con el Reino, cuyo cumplimiento tendrá lugar al final. Los creyentes viven así entre el “ya” y el “todavía no”, sostenidos por la esperanza y llamados a rechazar lo que destruye la vida y a sostener a quienes sufren. Signo del Reino, la Iglesia no se anuncia a sí misma, sino a Cristo. Además, vive la comunión de los santos: una sola Iglesia que une a vivos y difuntos, especialmente en la liturgia, alabando a Dios y caminando hacia la plenitud final.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes recién ordenados de los Legionarios de Cristo, a sus familias y comunidades que los acompañan. Pidamos al Señor que nos dé una mirada sobrenatural de la realidad, para que, arraigados en la fe y con firme esperanza, sepamos vivir orientados hacia el Reino de Dios, sin dejarnos absorber por lo pasajero ni por las dificultades del camino. Que el Espíritu Santo nos conceda reconocer su presencia en la historia, servir con amor a los demás y ser signos vivos de su salvación en medio del mundo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Finalmente, mis pensamientos se dirigen a los jóvenes, los enfermos y los recién casados. Hoy la Iglesia conmemora a Santo Domingo Savio, uno de los primeros frutos de la santidad, moldeado por la gracia divina de la escuela de Don Bosco. Que su ejemplo de fidelidad al Señor en toda circunstancia les ayude a responder generosamente a los deseos de bien que el Espíritu Santo les inspira.

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV



Fotos: Vatican Media, 6-5-2026