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miércoles, 11 de marzo de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 11-3-2026: «La Iglesia es una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz»

* «Se trata de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene como cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de cualquier tarea o función, por lo tanto, lo que cuenta realmente en la Iglesia es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la alocución Papa León XIV ha hecho en nuestro idioma

* «Continuemos rezando por la paz en Irán y en todo Oriente Medio, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre las que hay muchos niños inocentes. Que nuestra oración pueda ser consuelo para los que sufren y semilla de esperanza para el futuro»

 


11 de marzo de 2026.- (Camino Católico).- "Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo y que es él mismo el cuerpo de Cristo; no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, – según una espléndida expresión del Concilio – «una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz”.


Es lo que ha subrayado
el Papa León XIV en su catequesis en la audiencia general del miércoles 11 de marzo de 2026, en la Plaza de San Pedro, ante miles de fieles, continuando el ciclo de reflexiones dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II, iniciado el 7 de enero. En esta ocasión, el Santo Padre centró su meditación en el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la Iglesia como Pueblo de Dios.

Al término de la audiencia general, León XIV pide oraciones por los países devastados por los conflictos, por quienes han perdido la vida y por quienes se encuentran en dificultades. También recuerda al padre Pierre El-Raii, asesinado el lunes pasado en el Líbano, donde estos días los pueblos del sur “están viviendo una vez más el drama de la guerra. Estoy cerca de todo el pueblo libanés en este momento de grave prueba”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:


LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de san Pedro

Miércoles, 11 de marzo de 2026


Catequesis: Los documentos del Concilio Vaticano II

II. Constitución dogmática Lumen gentium 3. La Iglesia pueblo de Dios

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos

Continuando en la reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen gentium (LG) hoy nos detenemos en el segundo capítulo, dedicado al Pueblo de Dios.

Dios, que creó el mundo y la humanidad y que desea salvar a todos los hombres, lleva a cabo su obra de salvación en la historia eligiendo un pueblo concreto y habitando en él. Por eso, Él llama a Abraham y le promete una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar (cf. Gen 22,17-18). Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, los cuida y los recoge cada vez que se pierden. Por ello, la identidad de este pueblo viene dada por la acción de Dios y por la fe en Él. Está llamado a convertirse en luz para las demás naciones, como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la humanidad (cf. Is 2,1-5).

El Concilio afirma que «todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne» ( LG, 9). Es, de hecho, Cristo el que, en el don de su Cuerpo de su Sangre reúne en sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está compuesto ya por personas procedentes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por la adhesión a Él, por vivir su misma vida animados por el Espíritu del Resucitado. Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo [1] y que es él mismo el cuerpo de Cristo; [2] no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, – según una espléndida expresión del Concilio – «una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz» ( LG, 9). 

Se trata de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene como cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de cualquier tarea o función, por lo tanto, lo que cuenta realmente en la Iglesia es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.

Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia no puede nunca estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Si pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos recuerda que «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos» (LG, 13).

Incluso quienes no han recibido todavía el Evangelio están, de alguna manera, orientados al pueblo de Dios y la Iglesia, cooperando a la misión de Cristo, está llamada a difundir el Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG, 17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo. Esto significa que en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra. Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cf. LG, 13).

En este sentido, la Iglesia es una, pero incluye a todos. Así la ha descrito un gran teólogo: «Arca única de la Salvación, debe acoger en su amplia nave todas las diversidades humanas. Única sala del Banquete, los manjares que distribuye proceden de toda la creación. Vestimenta sin costuras de Cristo, es también — y es lo mismo — la vestimenta de José, de muchos colores». [3]

Es un gran signo de esperanza — sobre todo en nuestros días, atravesados por tantos conflictos y guerras — saber que la Iglesia es un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura: es un signo puesto en el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y de esa paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos hoy sobre el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, que está dedicado al Pueblo de Dios. En su obra de salvación, Dios elige un pueblo concreto, establece con ellos una alianza, los acompaña, los cuida y los reúne cuando se dispersan. La identidad de este pueblo está dada por la acción de Dios y por su fe en Él; y su vocación es la de ser luz para las naciones, como un faro que atrae a toda la humanidad.

El Concilio afirma que dicha elección y preparación encuentra su plenitud en Cristo, quien congrega en torno a sí al nuevo Pueblo de Dios, por medio de la entrega de su Cuerpo y de su Sangre. Este nuevo Pueblo, que es la Iglesia, está formado por hombres y mujeres provenientes de todos los lugares de la tierra, de diferentes lenguas y culturas. Su principio unificador es la fe en Jesucristo y su presencia es profecía de la unidad y la paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Santísima Virgen María que no nos cansemos de orar, esperar y trabajar, dispuestos a la purificación y a la renovación interior, a fin de que la luz de Cristo resplandezca siempre en el Pueblo de Dios. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Hoy se celebra en Qlayaa, Líbano, el funeral del Padre Pierre El Raii, párroco maronita de uno de los pueblos cristianos en el sur del Líbano que estos días están viviendo, una vez más, el drama de la guerra. Estoy cerca de todo el pueblo libanés, en este momento de grave prueba.

En árabe “El Raii” significa “el Pastor”. El Padre Pierre fue un auténtico pastor, que permaneció siempre junto a su pueblo, con el amor y el sacrificio de Jesús, el Buen Pastor. En cuanto se enteró de que algunos feligreses habían resultado heridos en un bombardeo, sin pensarlo corrió a ayudarlos.

Que el Señor quiera que su sangre derramada sea semilla de paz para el amado Líbano.

Queridos hermanos y hermanas, continuemos rezando por la paz en Irán y en todo Oriente Medio, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre las que hay muchos niños inocentes. Que nuestra oración pueda ser consuelo para los que sufren y semilla de esperanza para el futuro.

Finalmente, mi pensamiento se dirige a los enfermos, los recién casados ​​y los jóvenes, especialmente a los estudiantes del Instituto Galileo de Siena, del Instituto San Leone IX de Sessa Aurunca y del Instituto Gadda de Quarto. En este tiempo de Cuaresma, continuemos con compromiso el camino hacia la Pascua, misterio central de nuestra fe.

Papa León XIV

[1] Cf. J. Ratzinger, Il nuovo popolo di Dio, Brescia 1992, 97.[2] Cf. Y. M.-J. Congar, Un popolo messianico, Brescia 1976, 75.

[3] Cf. H. de Lubac, Cattolicismo. Aspetti sociali del dogma, Milán 1992, 222.






Fotos: Vatican Media, 11-3-2026

miércoles, 4 de marzo de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 4-3-2026: «No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia; su santidad consiste en que Cristo vive en ella»

* «En su dimensión humana, la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres que, con virtudes y defectos, comparten la fe y anuncian el Evangelio, siendo signo de la presencia de Cristo en el mundo. La dimensión divina se refiere a la concepción de la Iglesia en el proyecto de amor de Dios para la humanidad, que se realiza en Cristo»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la alocución Papa León XIV ha hecho en nuestro idioma

* «La Cuaresma nos exhorta a reconocer a Cristo como la esperanza suprema de la humanidad. Los invito, queridos jóvenes, a ser testigos valientes del Evangelio, a tener un impacto positivo en los diversos ámbitos de la vida. A ustedes, queridos enfermos, les recomiendo la virtud de la paciencia, para que su sufrimiento, unido al de Cristo, sea una ofrenda grata al Padre. Y los animo, queridos recién casados, a descubrir el valor de la oración en la ‘iglesia doméstica’ que han formado»



4 de marzo de 2026.- (Camino Católico).- “No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia. Su santidad consiste en el hecho de que Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros”, ha dicho el Papa León XIV al responder a la pregunta: ¿Qué significa que la Iglesia sea “una realidad compleja”? 

A partir de esta pregunta, el Papa León XIV ha centrado su catequesis de este miércoles 4 de marzo durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, ante más de once mil fieles, retomando el primer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, donde se aborda la naturaleza profunda de la Iglesia. De este modo, el Santo Padre ha proseguido sus meditaciones sobre los documentos conciliares en el marco de un ciclo que comenzó el 7 de enero pasado.

"La Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por esto, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo".

“La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.” En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:


LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de san Pedro

Miércoles, 4 de marzo de 2026


Catequesis: Los documentos del Concilio Vaticano II

II. Constitución dogmática Lumen gentium 2. La Iglesia, realidad visible y espiritual

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.

En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.

La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).

La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.

A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.

En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.

La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos profundizando en la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. En el primer capítulo, se describe a la Iglesia como una “realidad compleja”, en cuanto conviven en ella tanto la dimensión humana como la dimensión divina, integrándose armoniosamente, sin separación y sin confusión.

En su dimensión humana, la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres que, con virtudes y defectos, comparten la fe y anuncian el Evangelio, siendo signo de la presencia de Cristo en el mundo. La dimensión divina se refiere a la concepción de la Iglesia en el proyecto de amor de Dios para la humanidad, que se realiza en Cristo.

Recordemos que no existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia. Su santidad consiste en el hecho de que Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos ayude a seguir edificando la Iglesia en la vivencia ordinaria de nuestra fe, expresada de manera particular a través de la oración, el ayuno y la caridad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Finalmente, mi pensamiento se dirige a los enfermos, los recién casados ​​y los jóvenes. La Cuaresma nos exhorta a reconocer a Cristo como la esperanza suprema de la humanidad. Los invito, queridos jóvenes, a ser testigos valientes del Evangelio, a tener un impacto positivo en los diversos ámbitos de la vida. A ustedes, queridos enfermos, les recomiendo la virtud de la paciencia, para que su sufrimiento, unido al de Cristo, sea una ofrenda grata al Padre. Y los animo, queridos recién casados, a descubrir el valor de la oración en la "iglesia doméstica" que han formado. 

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV









Fotos: Vatican Media, 4-3-2026