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domingo, 13 de septiembre de 2026

Papa León XIV en el Ángelus, 13-9-2026: «Pidamos a la Virgen María que nos ayude a perdonar siempre y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor»

* «Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras»

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América. Renuevo mi oración por quienes perdieron la vida y por quienes continúan llevando consigo las heridas de aquel trágico día. En un tiempo en el que los conflictos y la violencia afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz. El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo mediante la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María»

13 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) “Pidamos a la Virgen María Madre de la Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor”, ha sido la invitación del Papa León XIV, al final de su alocución antes del rezo mariano, de este domingo, en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

Ante una multitud de fieles y peregrinos que han acompañado el rezo del Ángelus, el Santo Padre ha reflexionado sobre el Evangelio de hoy (Mt 18,21), en el que Pedro pregunta al Maestro si perdonar siete veces a quien nos ofende significa “perdonar con gran generosidad”. Pero fue más allá de todo límite y medida: “hasta setenta veces siete”.  Es decir, “el perdón es un valor fundamental en la vida cristiana”, y Jesús mismo lo atestiguó al pedir a su Padre perdonar a sus perseguidores, “porque no saben lo que hacen».

Después de rezar el Ángelus, León XIV ha reiterado sus oraciones por las víctimas de los atentados terroristas de Nueva York ocurridos hace 25 años y por quienes aún sufren las secuelas de aquel trágico día. Y, en un momento en que el conflicto y la violencia azotan al mundo, hizo un llamamiento a un renovado compromiso con la paz. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:  


PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

XXIV Domingo del Tiempo ordinario, 13 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Mt 18,21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo atestiguó hasta en la cruz, donde oró al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). Sus palabras revelan un corazón generoso: el número siete, de hecho, simboliza en la Biblia la plenitud, y “perdonar siete veces” significa perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo que hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.

Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta la parábola de un siervo que tenía, una deuda tan grande con su señor, que era prácticamente imposible de pagar. Aunque por pura misericordia, había obtenido la condonación no había mostrado la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y por eso fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).

Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras.

Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol. El mismo san Pedro lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de su vida; en particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación: «Sígueme» (v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, supondrá para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.

Pidamos, pues, a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.


Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:


Hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América. Renuevo mi oración por quienes perdieron la vida y por quienes continúan llevando consigo las heridas de aquel trágico día. En un tiempo en el que los conflictos y la violencia afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz.


El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo mediante la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María.


Y ahora, saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos.


Doy la bienvenida a los grupos procedentes de São Paulo, Brasil, y a los llegados de diversos países.


Saludo a los miembros de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo, residentes en Roma, al grupo del Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova, en Cerdeña, y a los peregrinos llegados desde Asís por la Vía de San Francisco.


Saludo a la “Familia Bellunesa”, junto con la Escuela de Erechim, en Brasil; así como a los motociclistas reunidos para manifestarse en favor de la paz y de la vida.


A todos les deseo un feliz domingo.


Papa León XIV




Fotos: Vatican Media, 13-9-2026

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 9-9-2026: «Cada persona es pensada por Dios para la comunión con Él, los demás y la creación; su dignidad es un don del Señor como expresión de su amor que nunca falla»

* «La dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es ‘unidad de cuerpo y alma’. La reducción del cuerpo a un ‘objeto’, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: ‘No debe […] despreciar la vida corporal del hombre’, y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no ‘permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón’, puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la catequesis del Papa León XIV y la síntesis que ha hecho en nuestro idioma

* «El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección»

 


9 de septiembre de 2026.- (Camino Católico).-   “Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla”, ha afirmado al Papa León XIV en su catequesis de hoy, en la plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles, al retomar la reflexión del Concilio Vaticano II sobre la dignidad de la persona humana, uno de los temas centrales de la Constitución Gaudium et spes. 


La Constitución reconoce que el esfuerzo de la humanidad por defender los derechos y la dignidad de cada persona constituye uno de los grandes logros de la historia. Sin embargo, advierte también que este camino no está terminado. Todavía existen situaciones y decisiones que desfiguran la dignidad humana y dificultan que sea reconocida en toda su profundidad.


“La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha ‘a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador’, proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado ‘para gobernarla y usarla glorificando a Dios’”, ha explicado el Pontífice.

El Santo Padre ha recordado que la persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás: “Por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio”. 

La dignidad se manifiesta de manera especial en tres capacidades que caracterizan a la persona: la inteligencia, la conciencia y la libertad. La inteligencia nos impulsa a buscar la verdad. La conciencia permite reconocer esa verdad y orientar la propia vida. Y la libertad nos hace capaces de decidir y, al mismo tiempo, responsables de nuestras decisiones: “Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad”, ha dicho León XIV. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles, 9 de septiembre de 2026


Ciclo de catequesis – Los documentos del Concilio Vaticano II IV. Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 2. La dignidad humana: don y responsabilidad

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es fundamento y condición de aquellos «valores que hoy disfrutan la máxima consideración», pero que necesitan no perder la relación con «su fuente divina», para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la «la corrupción del corazón humano» (GS, 11).

El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente, una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, dicho camino no ha terminado, y en su recorrido se deben afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona. He tenido ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica humanitas: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios» (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, puesto que el Hijo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. De hecho, por las decisiones en contra de su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía existe hoy en el hombre una «división íntima» y «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». Sin embargo, esta condición frágil y limitada puede contemplarse con esperanza, pues «el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.» (GS, 13).

La Constitución Gaudium et spes,  además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17).

Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Para continuar con nuestras catequesis sobre la Constitución Gaudium et spes, hoy he querido hablar sobre la dignidad de la persona humana. El documento conciliar subraya que la misma nos viene de la divinidad, porque la identidad del ser humano es la de haber sido creado a “imagen y semejanza de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador (GS, 12). Más aún, la encarnación de Dios Hijo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22). Por ello, la persona humana exige relación, primero con Dios y después con los demás. En este sentido, el hombre es siempre un don que se comparte, que crece y madura al acoger a los otros, en la reciprocidad y en el servicio.

Las tres expresiones más significativas de la dignidad de la persona humana son: la inteligencia, que hace al hombre buscador insaciable de la verdad (cf. n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a la propia vida (cf. n. 16); y la libertad, que lo hace responsable de sus decisiones (cf. n. 17).

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a revalorizar y a promover, en ustedes mismos y en los demás, la dignidad única e indeleble que han recibido como seres creados a imagen de Dios y, más aún, al haber sido redimidos por Cristo. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Por último, dirijo mi pensamiento a los ancianos, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Ayer celebramos la fiesta litúrgica de la Natividad de la Santísima Virgen María; que su ejemplo e intercesión materna inspiren y acompañen sus vidas.

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 9-9-2026

martes, 8 de septiembre de 2026

Papa León XIV en homilía: «Pidámosle a la Virgen María su buen consejo, que acoja la Palabra divina, la conserve en nuestro interior y la traiga a la luz mediante decisiones valientes y sabias de auténtica conversión»

* «Así, como María, también nosotros estamos ‘predestinados a ser conformados a la imagen del Hijo’: por gracia, ciertamente, pero deseando y prefiriendo su camino, sus elecciones, su senda a otros caminos… En Jesucristo, Dios ha elegido las condiciones históricas más humildes y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene cabida y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida» 

  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Sí, queridísimos, queremos imaginar la paz —ampliar los límites de la comprensión y pintarla en nuestra alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos que la paz crezca en nosotros. Brotará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión» 

Durante su visita a la Basílica de Nuestra Señora del Buen Consejo, el Papa desveló, antes de celebrar la Eucaristía en vísperas de la Natividad de la Santísima Virgen María, el fresco que lo representa orando ante la venerada imagen mariana. La obra, creada por Marco Innocenzi, forma parte de la tradición de retratos de los Papas que han visitado el Santuario

Camino Católico.-  “Pidámosle a la Virgen María su buen consejo, que acoja la Palabra divina, la conserve en nuestro interior y la traiga a la luz mediante decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión”, ha invitado el Papa León XIV en su homilía de la Santa Misa de la vigilia de la Natividad de la Virgen María, que ha celebrado en el Santuario de la Virgen del Buen Consejo en Genazzano, la tarde del lunes 7 de septiembre de 2026.




En la basílica de Genazzano, bajo la custodia de la orden de San Agustín, donde se conserva la imagen de la Virgen «procedente» de Shkodër, en Albania, el 25 de abril de 1467, y venerada como Madre del Buen Consejo, León XIV, en su segunda visita al santuario mariano, exhorta a pedir a la Madre Celestial que aumente la paz en cada uno y anima a todos a cultivarla.




Y de María, precisa el Pontífice, «aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que plantea preguntas e interpreta los acontecimientos, guardándolos y entrelazándolos en el corazón». Y si el Evangelio de Mateo de ella «menciona su presencia, pero no una sola palabra», hay una importante enseñanza que extraer. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



SANTA MISA DE LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


HOMILÍA DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV


Genazzano, Santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo

Lunes, 7 de septiembre de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


Como recordarán, ya en los primeros días de mi pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al Santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo, quien a lo largo de mi vida me ha acompañado con su presencia maternal, su sabiduría y el ejemplo de su amor por su Hijo, que siempre es el centro de mi fe (Dedicación en el libro de visitas del Santuario, 10 de mayo de 2025). Con alegría estoy de nuevo aquí, para celebrar con vosotros la Vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen y para encomendar a María Niña lo que aún nace en esta pobre y magnífica humanidad: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es el amanecer de un día diferente, de un mundo finalmente liberado del mal. Y aquí estamos, cerca de ella, alrededor del Altar del que nos llega la salvación y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su buen consejo, que acoja la Palabra divina, la guarde en nuestro interior y la traiga a la luz mediante decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.


Queridos amigos, en este lugar de antigua presencia agustiniana, retomaré las páginas bíblicas que acabo de proclamar con la ayuda de Santo Tomás de Villanueva, fraile agustino y obispo que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró profundamente en la verdad de la fe. Supo ver la paradoja de la pequeñez de María y, por así decirlo, de su marginalidad, central en la economía de la salvación. Preguntémonos: ¿cómo habrá sido el nacimiento de una niña en tiempos de Joaquín y Ana? Santo Tomás profundiza en el tema: «A menudo he reflexionado», escribe, «y me he preguntado por qué los evangelistas, que hablaron tan extensamente de San Juan Bautista y los apóstoles, nos cuentan tan sucintamente la historia de la Virgen María, que supera a todas las demás en su experiencia y su grandeza personal. ¿Por qué, pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana mantenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles tras su ascensión? Todas estas cosas eran importantes, y los fieles las habrían leído con singular devoción, y habrían complacido al pueblo. ¡Oh, evangelistas, a vosotros os dirijo! ¿Por qué nos habéis privado de tan gran alegría con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan gozosos, tan esperados y tan encantadores?» (Obras Completas VII, 266, 8).


En estas palabras encontramos una importante sugerencia para nuestra fe: una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar a la Escritura y a sus autores, debatir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como si fueran amigos. En efecto, somos «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19), y de la misma María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que hace preguntas (cf. Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos, guardándolos y conectándolos en nuestros corazones (cf. Lc 2,19, 51). El Evangelio según Mateo, sin embargo, parece justificar a Santo Tomás de Villanueva con su silencio. Lo hemos oído: relata la presencia de María, pero ni una palabra. 

Sin embargo, el simple hecho de que María esté presente —y el Hijo en ella— mueve toda la historia: la de José y la de toda su casa. La presencia de María provoca una especie de salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no solo las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre. Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace, en efecto, es una respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta singularidad, que trasciende todo discurso e historia. En María, la salvación encuentra su hogar: ¡Dios está con nosotros!


Nuestro Santo Tomás escribe además: «Pues bien, respecto a estas reflexiones mías a las que me referí, sobre por qué no se ha escrito un libro sobre las obras de la Virgen, como se ha hecho sobre las de Pablo, […] lo único que me viene a la mente es que fue así porque le plació al Espíritu Santo, y que los evangelistas, por impulso, guardaron silencio sobre ella, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella (cf. Sal 44,14 Vulg.), y podía imaginarse más que describirse, y que, como resumen de su historia, lo que se expresa en el título es suficiente: que Jesús nació de ella. ¿Qué más queréis saber? ¿Qué más buscáis en la Virgen? Os basta con saber que ella es la Madre de Dios» (ibíd.).


Queridos hermanos y hermanas, sentimos una especie de vértigo ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse a él! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador, la Madre de Dios que salva. Y, sin embargo, nace simplemente una niña, como las hijas y las nietas que sostenemos en brazos. Hoy tenemos para ella títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, aunque no por ello menos poderoso y transformador. Es el camino del propio Jesús mismo, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Así, como María, también nosotros estamos «predestinados a ser conformados a la imagen del Hijo» (ibíd.): por gracia, ciertamente, pero deseando y prefiriendo su camino, sus elecciones, su senda a otros caminos. En Jesucristo, Dios ha elegido las condiciones históricas más humildes y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene cabida y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.


Santo Tomás de Villanueva añade: «Deja volar la imaginación, amplía los límites de la comprensión y dibuja en lo más profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humildísima, mansísima, llena de toda gracia, ricísima en santidad, adornada con todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente agrada a Dios; amplíala todo lo que puedas, imagínala tanto como seas capaz» (ibíd.). Santo Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la describió por escrito, sino que esperó a que la pintaras interiormente» (ibíd., VII, 266, 9). Queridos hermanos y hermanas, es precisamente así: en la oración contemplativa toma forma aquello que el mundo no nos cuenta, pero que ya existe; aquello que aún es invisible, pero que en sí mismo encierra un nuevo tipo de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción e incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.


En la pequeña Belén, el profeta Miqueas presentía el surgimiento de un Rey de paz, gracias al cual finalmente podríamos habitar la tierra en seguridad (véase Miqueas 5:1-4). Y hoy, en la Colecta, dirigiéndonos a la pequeña María, pedimos que «la celebración de su nacimiento aumente nuestra paz». Sí, queridos hermanos, queremos imaginar la paz, ampliar los límites de la comprensión y plasmarla en nuestras almas, reconocer que ya existe, acogerla y servirle. Es don de Dios, aliento del Resucitado, obra del Espíritu Santo. Permitamos que la paz crezca en nuestro interior. Germinará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 7-9-2026