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sábado, 4 de julio de 2026

Papa León XIV en homilía en Lampedusa, 4-7-2026: «No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco; llorar ante el dolor de otros como Jesús es entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado»

* «Quien se deja llevar por esta dinámica de compasión, de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Entonces puede surgir verdaderamente la civilización del amor, propuesta por mis santos predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Junto con un gran número de profetas y mártires del siglo pasado, ellos comprendieron que a los abismos del corazón humano y a los horrores de la guerra, únicamente sabe responder la misericordia mediante nuevos comienzos. Ahora, sobre los hombros de estos gigantes, hemos entrado en un milenio en el cual dar forma espiritual, cultural, jurídica, política y económica a la civilización del amor. Que la inmensidad del dolor que observamos nos haga acoger la radicalidad de esta llamada» 

  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la omilía del Papa León XIV 

* «Tenemos aquí junto al altar la imagen de la Virgen de Porto Salvo, patrona de Lampedusa. Tal vez ustedes sepan que a san Agustín le gustaba describir la vida humana como navegación por un mar en tempestad y su destino como un puerto firme y seguro. No nos dejemos vencer por el miedo, sino consideremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio. Que su fe, queridos amigos, sea intensificada por estos años de prueba y de compromiso generoso. Que esta venerada imagen vuelva a hablarles con la fuerza de un tiempo en el que, cuantos les han transmitido la devoción, se confiaban a la intercesión de la Virgen con radical sinceridad. Todos tenemos en Dios un puerto seguro, del cual cada comunidad cristiana está llamada a ser un reflejo en la tierra. Y a ustedes, comunidad de Lampedusa y Linosa, que no les falte nunca el respiro de la fe, de la esperanza y de la caridad» 


 

4 de julio de 2026.- (Camino Católico)  “No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de la santa Misa, que ha celebrado en el Campo Deportivo "Arena", durante la visita pastoral a Lampedusa, en la mañana de este sábado 4 de julio de 2026.




El Papa León XIV ha reflexionado sobre el evangelio de la parábola del Buen Samaritano como la clave para interpretar la realidad que vive esta isla mediterránea y llamó a transformar la compasión en decisiones concretas. Al inicio de la homilía, el Pontífice ha recordado que "Dios siempre es el primero en amarnos" y ha afirmado que "la belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita". Asimismo, ha evocado la visita que realizó el Papa Francisco a Lampedusa el 8 de julio de 2013, en su primer viaje  como Sucesor de Pedro.



León XIV ha asegurado que la parábola del Buen Samaritano sigue describiendo la realidad contemporánea. "Hoy Lampedusa y Linosa se encuentran en un camino peligroso, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó".



El Sucesor de Pedro afirma que la isla ha contemplado durante años el sufrimiento de miles de personas víctimas de las redes de explotación y de los peligros del Mediterráneo. "Aquí no sólo han visto uno, sino a miles de seres humanos caídos en las manos de bandidos que los despojan de todo, los apalean y se van, dejándolos medio muertos". 


Recuerda también a quienes nunca lograron alcanzar tierra firme. "El mar se ha quedado con los otros, aquellos que no han conseguido llegar a donde esperaban". Y añade: "Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas".



Un pasaje particularmente significativo de la homilía ha estado dedicado al reconocimiento de los habitantes de la isla. "He venido a agradecerles, hermanos y hermanas de Lampedusa, por la proximidad que muchos entre ustedes han decidido ejercitar", afirma.



El Papa ha dado las gracias a voluntarios, asociaciones, Guardia Costera, autoridades civiles, personal sanitario, sacerdotes, religiosos, fuerzas de seguridad y a todos aquellos que "han decidido amar juntos".


También dirigió un saludo especial a los migrantes presentes. "Ellos mismos no han simplemente recibido, sino que muchas veces han ejercitado la solidaridad en su viaje, como pobres que ayudan a los más pobres".



Desde "este borde de Europa en el Mar Mediterráneo", Prevost dirige un llamamiento particular al continente europeo. Afirma que Europa posee "un potencial único" derivado de su historia y de su cultura y, precisamente por ello, "una equivalente responsabilidad". Pide afrontar la crisis migratoria mediante un proyecto de largo alcance que sea capaz de: "acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar". Subrayó que todo ello debe realizarse "velando por el respeto de la dignidad de cada persona". En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:




VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

A LAMPEDUSA


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Campo deportivo “Arena”, Salina

Sábado, 4 de julio de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Dios siempre es el primero en amarnos. La belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita: el amor nos precede, nos rodea y nos reúne. Estoy agradecido al Señor por poder visitarles, siguiendo las huellas del Papa Francisco, que el 8 de julio de 2013 quiso venir a Lampedusa en su primer viaje como Sucesor de Pedro.

Los apóstoles, como saben, navegaron por el Mediterráneo y experimentaron la hospitalidad de los habitantes de sus islas y de sus costas, encrucijada de civilización desde hace milenios. El Evangelio resuena donde los pueblos se encuentran, las personas son acogidas, sus vidas se entrecruzan, las diversas culturas se ponen en diálogo. Se silencia, sin embargo, donde cada uno hace de sí mismo una isla, donde se evita el contacto y el intercambio se interrumpe. En este sentido, la parábola del buen samaritano, que se acaba de proclamar, describe una historia que continúa (cf. Lc 10,25–37) y la Encíclica Fratelli tutti nos ha ayudado a releerla en las dramáticas circunstancias históricas en las que todavía estamos inmersos. La Palabra de Dios es siempre actual y nos lleva a una conversación de la cual salir transfigurados. ¿Cómo responderemos, pues, al amor de quien nos ha amado primero?

Queridos amigos, hoy Lampedusa y Linosa se encuentran en un camino peligroso, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. v. 30). Aquí no sólo han visto uno, sino a miles de seres humanos caídos en las manos de bandidos que los despojan de todo, los apalean y se van, dejándolos medio muertos (cf. Lc 10,30). El mar se ha quedado con los otros, aquellos que no han conseguido llegar a donde esperaban. Sin embargo, sentimos su presencia, que nos interpela tanto como la de aquellos que han desembarcado, necesitados de atención y ayuda. Antes de cualquier otra consideración intelectual o convicción ideológica, el impacto con quien yace delante de nosotros, despojado de todo, llama a la proximidad. La Carta a los Hebreos nos ha dicho «Acuérdense […] de los maltratados, como si estuvieran en sus cuerpos» (Hb 13,3). ¡Es el centro de la parábola evangélica: nos hacemos próximos, nos volvemos prójimos (cf. Lc 10,36-37)!

He venido a agradecerles, hermanos y hermanas de Lampedusa, por la proximidad que muchos entre ustedes han decidido ejercitar. Ha sucedido una vez más el milagro de la compasión —«al verlo, se conmovió» (v. 33)— una revolución interior que hace brotar en nosotros el “sentir” de Dios y ensancha los pensamientos, el corazón y la vida. Doy las gracias a los voluntarios, a las asociaciones reunidas en el “Forum Lampedusa Solidario”, a las instituciones civiles, a la Guardia Costera, a los alcaldes y a las administraciones que se han sucedido en el tiempo; gracias a los diáconos, a los sacerdotes, a las religiosas, a los médicos, a los psicólogos, a los educadores; gracias a las fuerzas de seguridad y a todos aquellos que, con o sin el don de la fe, han decidido amar juntos. Sí, porque entre ustedes se organiza el amor, aquel amor del cual la compasión, que ve al hermano en el mar, es como el primer estremecimiento, la llamada profunda a atreverse a aquello que nunca se hubiese pensado. Saludo a las personas migrantes que están aquí: ellas mismas no han simplemente recibido, sino que muchas veces han ejercitado la solidaridad en su viaje, como pobres que ayudan a los más pobres. Gracias, hermanos y hermanas, porque no hay nada que se pueda dar por sentado en su gesto de hacerse prójimos, nada que sea automático.

La parábola nos lo relata: el amor está siempre en la libertad y la libertad está en las decisiones. Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir. Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que fomenta prejuicios y desprecio, el pensamiento de que estos problemas no nos competen, los cálculos criminales de quien se lucra a costa del drama de otros, el paso lento y difícil de una mera gestión de las emergencias a la elaboración de políticas orgánicas y compartidas: todo esto reproduce, hoy, el apresurado “pasar de largo” (cf. vv. 31.32) del relato evangélico.

En la parábola, un sacerdote se encuentra allí «por casualidad» (v. 31) y, después de él, un levita. Los dos ven, pero pasan de largo. Desgraciadamente, nunca falta quien teme contaminarse por entrar en contacto con los demás, negando así —incluso ante el sufrimiento y la muerte— el origen común en Dios, la infinita dignidad de cada ser humano y la llamada al amor sin límites. Es tiempo de reconocer y afirmar que la pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación. Donde existían muros de separación, Cristo los ha derribado (cf. Ef 2,14). No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado.

Queridos amigos, quien se deja llevar por esta dinámica de compasión, de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Entonces puede surgir verdaderamente la civilización del amor, propuesta por mis santos predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Junto con un gran número de profetas y mártires del siglo pasado, ellos comprendieron que a los abismos del corazón humano y a los horrores de la guerra, únicamente sabe responder la misericordia mediante nuevos comienzos. Ahora, sobre los hombros de estos gigantes, hemos entrado en un milenio en el cual dar forma espiritual, cultural, jurídica, política y económica a la civilización del amor. Que la inmensidad del dolor que observamos nos haga acoger la radicalidad de esta llamada.

Al igual que el samaritano podemos cambiar programa y dirección. Tenemos más recursos y oportunidades que el samaritano para dar concreción histórica a la esperanza. Él «se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo» (Lc 10,34). También nosotros tenemos que reconocer que «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (Carta enc. Magnifica Humanitas, 213). De esto, amigos de Lampedusa, ¡ustedes son testigos! Aquí, al confrontarse con ustedes, se entiende mejor nuestro tiempo y cada uno puede verificar la dirección de la propia vida. «Claro, no todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad […]. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado—» (ibíd., 212).

Por ello, desde este borde de Europa en el Mar Mediterráneo, se ve mejor la llamada que el fenómeno migratorio dirige a la sociedad europea. Tanto por este aspecto –como por lo que se refiere a la transición ecológica y de la promoción de la paz– Europa posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por eso mismo, una equivalente responsabilidad. Por su posición geográfica y por su estructura institucional, Europa tiene la capacidad —en esta área— de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. Todo esto velando por el respeto de la dignidad de cada persona. Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la sociedad civil y de la Iglesia.

Hermanas y hermanos, como decía recientemente en Tenerife, durante el viaje apostólico a España, también en Lampedusa la cultura de la acogida tiene una vocación turística que, por desgracia, puede sentirse amenazada por las rutas migratorias y desarrollarse en la indiferencia o incluso en contraposición a sus aspectos más dramáticos. Para muchos, de hecho, las vacaciones solamente implican distracción, ligereza, despreocupación. Incluso parece que se deba elevar un muro invisible entre el mar de los náufragos y el de los veraneantes. Tengan la audacia de pensar de modo diferente. Poco a poco, con creatividad, conseguirán que todo aquel que venga a pasar un período, incluso de descanso en esta isla, pueda volverse más humano al medirse con la caridad de ustedes, con aquello que el mar les ha enseñado y con los encuentros que los han educado. Hay auténtico descanso allí donde se reencuentra el sentido de la vida; hay verdadero bienestar cuando la economía es justa y fraterna. En esta economía, el cuidado de la creación y la amistad social se unen en una síntesis que la humanidad busca hoy.

La primera lectura nos ha recordado que practicando la hospitalidad, «algunos sin saberlo hospedaron a ángeles» (Heb 13,2). Sean pues, en lo pequeño, profecía de aquello que podemos alcanzar juntos a gran escala. Los primeros beneficiados serán ustedes y sus familias, superando las divisiones y las divergencias que solo la caridad puede disolver. Que la parroquia, en particular, sea una comunidad en la que, como en la escuela del Evangelio, se aprenda conjuntamente a acoger, acompañar e integrar, en un estilo de comunión.

Tenemos aquí junto al altar la imagen de la Virgen de Porto Salvo, patrona de Lampedusa. Tal vez ustedes sepan que a san Agustín le gustaba describir la vida humana como navegación por un mar en tempestad y su destino como un puerto firme y seguro. No nos dejemos vencer por el miedo, sino consideremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio. Que su fe, queridos amigos, sea intensificada por estos años de prueba y de compromiso generoso. Que esta venerada imagen vuelva a hablarles con la fuerza de un tiempo en el que, cuantos les han transmitido la devoción, se confiaban a la intercesión de la Virgen con radical sinceridad. Todos tenemos en Dios un puerto seguro, del cual cada comunidad cristiana está llamada a ser un reflejo en la tierra. Y a ustedes, comunidad de Lampedusa y Linosa, que no les falte nunca el respiro de la fe, de la esperanza y de la caridad: “O’scià!” [Saludo típico de Lampedusa].

PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 4-7-2026

Santa Misa de hoy, sábado, 13ª semana del Tiempo Ordinario, presidida por el Papa León XIV, en Lampedusa, 4-7-2026


Foto: Vatican Media, 4-7-2026

4 de julio de 2026.- (Camino Católico)  Lampedusa ha vuelto a convertirse este sábado 4 de julio de 2026 en el corazón de la reflexión de la Iglesia sobre el drama de las migraciones durante la visita pastoral del Santo Padre. En la Santa Misa celebrada en el Campo Deportivo "Arena", el Papa León XIV ha presentado la parábola del Buen Samaritano como la clave para interpretar la realidad que vive esta isla mediterránea y en su homilía ha llamado a transformar la compasión en decisiones concretas y ha subrayado que "Dios siempre es el primero en amarnos" y "la belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita". Asimismo, ha evocado la visita que realizó el Papa Francisco a Lampedusa el 8 de julio de 2013, en su primer viaje  como Sucesor de Pedro. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

lunes, 29 de junio de 2026

Papa León XIV en homilía, 29-6-2026: «Fijarnos en los santos Pedro y Pablo para comprender cómo podemos ser apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad»

* «La comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás. Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la omilía del Papa León XIV 

* «Los palios de los arzobispos metropolitanos, banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia» 

 


29 de junio de 2026.- (Camino Católico)  “Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad”, ha invitado el Papa León XIV en su homilía de la misa de la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, que ha celebrado este lunes 29 de junio, a las 9’30 de la mañana, en la Basílica de San Pedro. Ceremonia en la que también ha bendecido y ha impuesto los palios a los 35 nuevos arzobispos. El Santo Padre ha reflexionado sobre la misión de los patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma, como ha hecho  posteriormente, a las 12 del mediodía, al rezar el Ángelus en la plaza de San Pedro, en el que ha dicho que “Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien”.




“Elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia”, ha dicho León XIV en su homilía.




También el Papa ha dirigido un saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, “enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia”.



Ha concluido el Papa pidiendo “a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



SANTA MISA Y BENDICIÓN DE LOS PALIOS PARA LOS NUEVOS ARZOBISPOS METROPOLITANOS

EN LA SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO 


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Lunes, 29 de junio de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14). No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora. Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 29-6-2026

Santa Misa de hoy, lunes, solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, presidida por el Papa León XIV, 29-6-2026

Foto: Vatican Media, 29-6-2026


29 de junio de 2026.- (Camino Católico)  En la Basílica vaticana el Papa León XIV celebra la misa de la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, este lunes 29 de junio. Ceremonia en la que también ha bendecido e impuesto los palios a los nuevos arzobispos. El Santo Padre ha reflexionado en su homilía sobre la misión de los patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma y ha subrayado que “hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.