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miércoles, 29 de abril de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 29-4-2026: «Doy gracias al Señor que me ha permitido vivir el viaje a África como mensaje de paz en un momento marcado por guerras y graves violaciones del derecho internacional»

* «La providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte, he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la alocución Papa León XIV ha hecho en nuestro idioma

* «Pidamos al Señor que toque el corazón y la mente de todos, de modo que su Evangelio pueda ser encarnado en la vida. Con dolor y preocupación he tenido noticia de la trágica situación de violencia que aflige la región Suroeste de Colombia, que ha causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía a las víctimas y a sus familiares y exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz»


29 de abril de 2026.- (Camino Católico).- “Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional”, ha subrayado el Papa León XIV en su catequesis de la Audiencia General de este miércoles 29 de abril, ante 20.0000, en la que ha reflexionado sobre el reciente viaje apostólico que lo llevó del 13 al 23 de este mes a cuatro naciones africanas: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.

El Papa, al saludar a los peregrinos de habla hispana en la audiencia general, expresa su pesar por el atentado perpetrado hace unos días en el país sudamericano por fuerzas armadas disidentes. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles, 29 de abril de 2026


El Viaje apostólico a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy deseo hablar sobre el viaje apostólico que realicé del 13 al 23 de abril visitando cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.

Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional. Expreso mi más sincero agradecimiento a los obispos y a las autoridades civiles que me han acogido, así como a todos aquellos que han colaborado en la organización.

La providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte, he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano.

En Argelia he recibido una acogida no solamente respetuosa, sino también cordial, y hemos podido comprobar de primera mano y mostrar al mundo que es posible vivir juntos como hermanos y hermanas, incluso de religiones distintas, cuando nos reconocemos hijos del mismo Padre misericordioso. Asimismo, ha sido una ocasión propicia para entrar en la escuela de san Agustín: con su experiencia de vida, sus escritos y su espiritualidad, él es maestro en la búsqueda de Dios y de la verdad. Su testimonio es hoy de gran importancia para los cristianos y para cualquier persona.

En los siguientes tres países que he visitado, la población es, en cambio, de mayoría cristiana, y, por tanto, me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente africana. Al igual que mis predecesores, yo también he experimentado un poco de lo que le sucedía a Jesús con las multitudes de Galilea: Él las veía sedientas y hambrientas de justicia, y les anunciaba: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que trabajan por la paz…” Y reconociendo su fe, decía: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (cfr. Mt 5,1-16).

La visita a Camerún me ha permitido reforzar el llamamiento a comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia. Me alegro de haber ido a Bamenda, en la zona anglófona, donde he animado a trabajar juntos por la paz. Camerún es llamado “África en miniatura”, con referencia a la variedad y a la riqueza de su naturaleza y de sus recursos; pero también podemos entender esta expresión en el sentido de que en Camerún encontramos las grandes necesidades de todo el continente africano: la necesidad de una distribución equitativa de las riquezas; de dar espacio a los jóvenes, superando la corrupción endémica; de promover el desarrollo integral y sostenible, oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación internacional con visión de futuro. Doy las gracias a la Iglesia en Camerún y a todo el pueblo camerunés, que me ha acogido con tanto amor; y rezo para que el espíritu de unidad que se ha manifestado durante mi visita se mantenga vivo y guíe las decisiones y las acciones futuras.

La tercera etapa del viaje ha sido Angola, gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa. Como muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una larga guerra interna. En el crisol de esta historia, Dios ha guiado y purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre para un pueblo libre! En el santuario mariano de Mamã Muxima – que significa “Madre del corazón” – he sentido latir el corazón del pueblo angoleño. Y en los varios eventos he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, y que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos.

Esta esperanza exige un compromiso concreto, y la Iglesia tiene la responsabilidad, con el testimonio y el anuncio valiente de la Palabra de Dios, de reconocer los derechos de todos y de promover su respeto efectivo. He podido asegurar a las autoridades civiles angoleñas, y también a las de los otros países, la voluntad de la Iglesia Católica de seguir ofreciendo esta contribución, especialmente en los campos sanitario y educativo.

El último país que he visitado es Guinea Ecuatorial, en el 170°. aniversario de la primera evangelización. Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo, el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia, y, en los pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su voluntad de caminar unido hacia un futuro de esperanza.

No puedo olvidar lo sucedido en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial: los reclusos cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece “por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico del Reino de Dios! Y, siempre bajo la lluvia, comenzó el gran encuentro con la juventud en el estadio de Bata. Una fiesta de alegría cristiana, con testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio el camino para un crecimiento libre y responsable. Esta fiesta culminó con la celebración eucarística del día siguiente, que coronó dignamente la visita a Guinea Ecuatorial y todo el viaje apostólico.

Queridos hermanos y hermanas, la visita del Papa es, para las poblaciones africanas, una ocasión para hacer oír sus voces, para expresar la alegría de ser pueblo de Dios y la esperanza en un futuro mejor, de dignidad para cada uno y para todos. Me alegro de haberles dado esta oportunidad, y, al mismo tiempo, doy gracias al Señor por lo que ellos me han dado: una riqueza inestimable para mi corazón y mi ministerio.

 

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera hacer un breve resumen del Viaje apostólico realizado del 13 al 23 de abril en tierras africanas, en el que visité Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Ha sido una experiencia de gracia que me permitió, como Pastor, encontrar y alentar al pueblo de Dios, teniendo como prioridad el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo y llevando también un mensaje de paz en un tiempo herido por conflictos.

En Argelia, al inicio del recorrido, pude volver a las raíces espirituales ligadas a san Agustín y, al mismo tiempo, fortalecer importantes puentes: con la tradición de los Padres de la Iglesia, así como con el mundo islámico y con el continente africano.

En Camerún renové el llamado a la reconciliación, la justicia y el desarrollo integral, ante desafíos como la desigualdad y la violencia. En Angola contemplé una Iglesia viva, purificada por la historia, comprometida con la paz y la promoción humana.

Finalmente, en Guinea Ecuatorial, fui testigo de una fe llena de esperanza, especialmente entre los jóvenes y los más necesitados. Doy gracias al Señor por este viaje, que ha sido un don tanto para los pueblos visitados como para mi ministerio petrino.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que toque el corazón y la mente de todos, de modo que su Evangelio pueda ser encarnado en la vida. Con dolor y preocupación he tenido noticia de la trágica situación de violencia que aflige la región Suroeste de Colombia, que ha causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía a las víctimas y a sus familiares y exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Finalmente, mis pensamientos se dirigen a los jóvenes, los enfermos y los recién casados. Hoy la liturgia celebra a Santa Catalina de Siena, virgen dominica y Doctora de la Iglesia. Queridos jóvenes, enamoren a Cristo, como lo hizo Catalina, para seguirlo con fervor y fidelidad. Ustedes, queridos enfermos, sumérjanse en el misterio del amor a la Sangre del Redentor, contemplada con especial devoción por la santa sienesa. Y ustedes, queridos recién casados, con su amor mutuo, sean signo del amor de Cristo por la Iglesia.

Mi bendición a todos.

Papa León XIV



Fotos: Vatican Media, 29-4-2026

domingo, 26 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía a nuevos sacerdotes, 26-4-2026: «No hay testimonio más hermoso de aquel que confía: ‘Dios salva’. Ustedes son testigos de esto; ‘Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida’»

* «Cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena. Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social»  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «En el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10,1-10) sorprende la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites; no vienen, dice Jesús, ‘sino para robar, matar y destruir’ (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro» 

 


26 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: ‘Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre’ (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, ‘Dios salva’. Ustedes son testigos de esto. ‘Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida’”. Lo ha dicho el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que presidió en la Basílica de San Pedro, este 26 de abril, Domingo del Buen Pastor y Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, en el cual ha ordenado a diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma. A las 12 del mediodía, después de finalizar la Misa, el Santo Padre se ha asomado al balcón del Palacio Apostólico para rezar el Regina Caeli con las decenas de miles de fieles concentrado en la plaza de San Pedro.






El Santo Padre ha dicho que, en la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Y que este es un domingo lleno de vida porque al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva: “Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián”.





Y dirigiéndose a los candidatos al sacerdocio el Pontífice les ha revelado un primer secreto en la vida del sacerdote, es decir, “cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad”. Por ello, el servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:




SANTA MISA CON ORDENACIONES PRESBITERALES


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

IV Domingo de Pascua, 26 de abril de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


Con este saludo me dirijo, en particular, a quienes acaban de ser presentados y que recibirán la ordenación presbiteral; también a sus familiares, a los sacerdotes de Roma —muchos de los cuales recuerdan su ordenación en este cuarto domingo de Pascua— y a todos los aquí presentes.


¡Este es un domingo lleno de vida! Aunque la muerte nos rodea, la promesa de Jesús ya se cumple: «Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). En la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva. Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián.


El servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. De hecho, la “vida en abundancia” llega a nosotros en el personalísimo encuentro con la persona del Hijo, pero de inmediato abre nuestros ojos a un pueblo de hermanos y hermanas que ya experimentan, o que todavía están buscando, el «poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Este es un primer secreto en la vida del sacerdote. Queridos ordenandos, cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena. Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social.


 A este respecto, en el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10,1-10) sorprende la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites; no vienen, dice Jesús, «sino para robar, matar y destruir» (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro.


Hoy la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios. A menudo hay miedo a nuestro alrededor y quizás también dentro de nosotros. Que su seguridad no resida en el rol que desempeñan, sino en la vida, muerte y resurrección de Jesús, en la historia de salvación en la que participan con su pueblo. Es una salvación que ya actúa en tanto bien que se hace silenciosamente, entre personas de buena voluntad, en las parroquias y en los ambientes a los que ustedes se harán cercanos, como compañeros de viaje. Lo que anuncian y celebran los protegerá también en situaciones y en tiempos difíciles.


Las comunidades a las que serán enviados son lugares donde el Resucitado ya está presente, donde muchos ya lo han seguido de manera ejemplar. Reconocerán sus llagas, distinguirán su voz, encontrarán a quienes se lo indicarán. Son comunidades que los ayudarán también a ustedes a ser santos. Y ustedes ayúdenlas a caminar unidas en pos de Jesús, el Buen Pastor, para que sean lugares —jardines— de la vida que renace y se comunica. Con frecuencia, lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se conocerían nunca y acercar a los contrarios está íntimamente unido a la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia.


Es significativa una imagen en el Evangelio con la que Jesús, en un cierto momento, comienza a hablar de sí mismo. Se estaba describiendo como el “pastor”, pero parece que quienes lo escuchan no lo entienden; entonces, cambia la metáfora: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). En Jerusalén había una puerta que se llamaba precisamente así, “la puerta de las ovejas”, cerca de la piscina de Betsaida. Por allí entraban en el templo las ovejas y los corderos, antes de ser sumergidos en el agua y luego destinados a los sacrificios. Es espontáneo pensar en el Bautismo.


«Yo soy la puerta», dice Jesús. El Jubileo nos ha mostrado cómo esta imagen sigue hablando al corazón de millones de personas. Durante siglos la puerta —a menudo un auténtico portal— ha invitado a cruzar el umbral de la Iglesia. En algunos casos, la fuente bautismal se construía en el exterior, como la antigua piscina probática, bajo cuyos pórticos «yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos» (Jn 5,3). Queridos ordenandos, siéntanse parte de esta humanidad que sufre y que espera la vida en abundancia. Al iniciar a otros en la fe, reavivarán la propia fe. Junto con los otros bautizados, cruzarán cada día el umbral del Misterio, ese umbral que tiene el rostro y el nombre de Jesús. Nunca oculten esta puerta santa, no la cierren, no sean un obstáculo para el que quiere entrar. «No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden» (Lc 11,52): es el reproche amargo de Jesús a aquellos que escondieron la llave de un paso que debía ser accesible a todos.


Hoy más que nunca, especialmente cuando los números parecen marcar una distancia entre las personas y la Iglesia, ¡mantengan la puerta abierta! Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro. Muchos creen que ya saben lo que hay detrás de ese umbral. Llevan consigo recuerdos, quizás de un pasado lejano; a menudo hay algo vivo que no se ha apagado y que los atrae; pero otras veces hay algo más, que aún sangra y provoca rechazo. El Señor lo sabe y espera. Sean reflejo de su paciencia y de su ternura. ¡Ustedes son de todos y para todos! Que este sea el perfil fundamental de su misión: mantener libre el umbral y señalarlo, sin necesidad de muchas palabras.


Por otra parte, Jesús insiste y precisa: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Él no sofoca nuestra libertad. Hay afiliaciones que sofocan, compañías donde es fácil entrar y casi imposible salir. No es así la Iglesia del Señor, no es así la compañía de sus discípulos. Quien es salvado, dice Jesús, “entra, sale y encuentra su alimento”. Todos buscamos protección, descanso y cuidado: la puerta de la Iglesia está abierta. No para desentendernos de la vida; la vida no se agota en la parroquia, en la asociación, en el movimiento ni en el grupo. Quien es salvado “sale y encuentra su alimento”.


Queridos hermanos, salgan y encuéntrense con la cultura, con la gente, con la vida. Admiren aquello que Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado. Aquellos para quienes serán sacerdotes —fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos— habitan praderas que ustedes deben conocer. A veces les parecerá que no tienen los mapas; pero los posee el Buen Pastor, del que tienen que escuchar su voz, tan familiar. ¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: «Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre» (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, “Dios salva”. Ustedes son testigos de esto. «Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida» (v. 6). Hermanos, hermanas, queridos jóvenes: ¡que así sea!


PAPA LEÓN XIV






Fotos: Vatican Media, 26-4-2026

Santa Misa de hoy, IV domingo de Pascua, con ordenaciones sacerdotales, presidida por el Papa León XIV, 26-4-2026


Foto: Vatican Media, 26-4-2026


26 de abril de 2026.- (Camino Católico El Papa León XIV ha presidido la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, este 26 de abril, Domingo del Buen Pastor y Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, en el cual ha ordenado a diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



El Santo Padre, dirigiéndose a los nuevos presbíteros, en su homilía ha dicho:  “¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: ‘Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre’ (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, ‘Dios salva’. Ustedes son testigos de esto. ‘Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida’”.



Durante la ceremonia solemne, el Pontífice confirió el sacramento del orden sacerdotal a un grupo de diez diáconos en una liturgia marcada por la imposición de manos, la oración consagratoria y la unción de las manos. La celebración ha subrayado la misión de los nuevos presbíteros como servidores del pueblo de Dios, llamados a predicar, celebrar los sacramentos y acompañar a las comunidades que se les confíen. A las 12 del mediodía, después de finalizar la Misa, el Santo Padre se ha asomado al balcón del Palacio Apostólico para rezar el Regina Caeli con las decenas de miles de fieles concentrado en la plaza de San Pedro.

jueves, 23 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en Guinea Ecuatorial, 23-4-2026: «Celebrando juntos la Eucaristía, que deis testimonio con vuestras vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos»

* «En Jesús se nos da una posibilidad sorprendente: Dios se da a sí mismo por nosotros. ¿Confío en que su amor es más fuerte que mi muerte? Al decidir creerle, cada uno de nosotros elige entre una desesperación cierta y una esperanza que Dios hace posible. Entonces nuestra hambre de vida y de justicia encuentra alivio en las palabras de Jesús: ‘El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo’»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «¡Cristo lo es todo para nosotros!. En Él encontramos plenitud de vida y de sentido: ‘Si estás oprimido por la injusticia, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz’ (S. Ambrosio, De Virginitate, 16,99). Con la compañía del Señor, nuestros problemas no desaparecen, pero son iluminados: así como toda cruz encuentra redención en Jesús, así en el Evangelio la historia de nuestra vida encuentra sentido. Por eso hoy cada uno de nosotros puede decir: ‘Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración, ni apartó de mí su misericordia’ (Sal 66,20). Él siempre nos ama primero; su palabra es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo» 


23 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “Celebrando juntos la Eucaristía, que deis testimonio con vuestras vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que ha presidido en el Estadio de Malabo, en el último día de viaje apostólico a Guinea Ecuatorial. Dirigiéndose a unos 30 mil fieles presentes en la instalación deportiva, el Santo Padre ha inspirado su reflexión en la lectura de la liturgia del día de los Hechos de los Apóstoles que relata el encuentro de Felipe con un viajero que, desde Jerusalén, regresa a África.



“Las Escrituras que acabamos de escuchar nos interpelan, preguntándonos a cada uno de nosotros “si sabemos” y “cómo” leemos las páginas bíblicas que hoy compartimos”, expresa el Pontífice abriendo su reflexión. Se trata – puntualiza – de una invitación tan seria como providencial, porque nos prepara para leer juntos el libro de la historia, es decir, las páginas de nuestra vida, que Dios sigue inspirando con su sabiduría. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:




VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026)


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Estadio de Malabo

Jueves, 23 de abril de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Quiero empezar saludando con afecto a esta Iglesia particular de Malabo con su pastor y, a la vez, expresar mi sentido pésame a toda la comunidad archidiocesana, a los hermanos sacerdotes y a los familiares por el fallecimiento, hace algunos días, de su Vicario General, Monseñor Fortunato Nsue Esono, que recordamos en esta Eucaristía.

Invito a vivir con espíritu de fe este momento de dolor y confío en que, sin dejarse llevar por comentarios o conclusiones apresuradas, se haga plena luz sobre las circunstancias de su muerte.

Las Escrituras que acabamos de escuchar nos interpelan, preguntándonos a cada uno de nosotros “si sabemos” y “cómo” leemos las páginas bíblicas que hoy compartimos. Se trata de una invitación tan seria como providencial, porque nos prepara para leer juntos el libro de la historia, es decir, las páginas de nuestra vida, que Dios sigue inspirando con su sabiduría.

Compartiendo el camino de un viajero que, desde Jerusalén, regresa precisamente a África, el diácono Felipe le pregunta: «¿Comprendes lo que estás leyendo?» (Hch 8,30). Aquel peregrino, un eunuco de la reina de Etiopía, le responde de inmediato con humilde sagacidad: «¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?» (v. 31). Su pregunta se convierte así no sólo en una apelación a la verdad, sino en una expresión de curiosidad. Observemos con atención quién está hablando: es un hombre rico, como su tierra, pero esclavo. Todos los tesoros que administra no son suyos; suyas son las fatigas, que benefician a otros. Este hombre tiene inteligencia y cultura, y lo demuestra tanto en el trabajo como en la oración, pero no es plenamente libre. Esta condición está grabada dolorosamente en su cuerpo; se trata, en efecto, de un eunuco. No puede generar vida, todas sus energías están al servicio de un poder que lo controla y lo domina.

Precisamente mientras regresa a su patria, África, convertida para él en lugar de servidumbre, el anuncio del Evangelio lo libera. La Palabra de Dios, que tiene en sus manos, produce un fruto sorprendente en su vida: cuando encuentra a Felipe, testigo de Cristo crucificado y resucitado, el eunuco se convierte no sólo en lector de la Biblia, es decir, espectador, sino en protagonista de un relato que lo involucra, porque se refiere precisamente a él. El texto sagrado le habla y suscita su pregunta sobre la verdad. Así es como este africano se adentra en la Escritura, que es hospitalaria para con todo lector que quiera comprender la Palabra de Dios. Entra en la historia de la salvación, que es hospitalaria para con todo hombre y mujer, especialmente para con los oprimidos, los marginados y los últimos. Al texto escrito corresponde ahora el gesto vivido; al recibir el Bautismo, ya no es un extraño, sino que se convierte en hijo de Dios, en nuestro hermano en la fe. Esclavo y sin descendencia, este hombre renace a una vida nueva y libre en el nombre del Señor Jesús. Nosotros seguimos hablando de su rescate, precisamente mientras leemos las Escrituras.

Como él, también nosotros hemos sido hechos cristianos por el Bautismo, heredando la misma luz, es decir, la misma fe, para leer la Palabra de Dios. Para reflexionar sobre las profecías, para orar los salmos, para estudiar la Ley y proclamar el Evangelio con nuestra vida. Todos los textos bíblicos, en efecto, revelan en la fe su verdadero sentido, porque en la fe fueron escritos y transmitidos hasta nosotros; por eso su lectura es siempre un acto personal y también eclesial, no un ejercicio solitario o meramente técnico.

Leemos juntos la Escritura como un bien común de la Iglesia, teniendo como guía al Espíritu Santo, que inspiró su composición, y a la Tradición apostólica, que la ha custodiado y difundido por toda la tierra. Como pide el eunuco, también nosotros podemos comprender la Palabra de Dios gracias a una guía que nos acompaña en el camino de la fe, como lo fue el diácono Felipe, quien «tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús» (v. 35). El viajero africano estaba leyendo una profecía que se cumplió para él en aquel entonces, como se cumple hoy para nosotros: el siervo sufriente del que habla el profeta Isaías (cf. Is 53,7-8) es Jesús, aquel que, mediante su pasión, muerte y resurrección, nos redime del pecado y de la muerte. Él es el Verbo hecho carne, en quien encuentra cumplimiento toda palabra de Dios: revela su intención originaria, su sentido pleno y su fin último.

Como afirma Cristo, «sólo el que viene de Dios ha visto al Padre» (Jn 6,46). En el Hijo, el Padre mismo muestra su gloria: Dios se hace ver, oír y tocar. A través de los gestos de Jesús, el Redentor, Él da plenitud a lo que hace desde siempre, esto es, dar vida. Crea el mundo, lo salva y lo ama para siempre. Jesús les recuerda a quienes lo escuchan un signo de esta providencia constante: «Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron» (v. 49). Se refiere así a la experiencia del éxodo; un camino de liberación de la esclavitud que, sin embargo, se convirtió en un vagar agotador durante cuarenta años, porque el pueblo no creyó en la promesa del Señor, llegando incluso a añorar Egipto (cf. Ex 16,3). Bajo el yugo del faraón, el pueblo comía los frutos de la tierra; Dios, en cambio, los conduce al desierto, donde el pan sólo puede venir de su providencia. El maná es, por tanto, prueba, bendición y promesa que Jesús viene a cumplir. A aquel signo antiguo le sucede ahora el sacramento de la Alianza nueva y eterna: la Eucaristía, pan consagrado por aquel que ha descendido del cielo para hacerse nuestro alimento. Si los que comieron el maná «murieron» (Jn 6,49), «el que coma de este pan vivirá eternamente» (v. 51), porque Cristo está vivo. ¡Él es el Resucitado y continúa dando su vida por nosotros!

A través del éxodo definitivo que es la Pascua de Jesús, todo pueblo es liberado de la esclavitud del mal. Mientras celebramos este acontecimiento de salvación, el Señor nos llama a una elección decisiva: «El que cree, tiene Vida eterna» (v. 47). En Jesús se nos da una posibilidad sorprendente: Dios se da a sí mismo por nosotros. ¿Confío en que su amor es más fuerte que mi muerte? Al decidir creerle, cada uno de nosotros elige entre una desesperación cierta y una esperanza que Dios hace posible. Entonces nuestra hambre de vida y de justicia encuentra alivio en las palabras de Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo» (v. 51).

¡Gracias, Señor! Te alabamos y te bendecimos, porque has querido hacerte para nosotros Eucaristía, pan de vida eterna, para que podamos vivir para siempre. Precisamente ahora, queridos amigos, mientras celebramos este sacramento de salvación, podemos exclamar con alegría: “¡Cristo lo es todo para nosotros!”. En Él encontramos plenitud de vida y de sentido: «Si estás oprimido por la injusticia, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz» (S. Ambrosio, De Virginitate, 16,99). Con la compañía del Señor, nuestros problemas no desaparecen, pero son iluminados: así como toda cruz encuentra redención en Jesús, así en el Evangelio la historia de nuestra vida encuentra sentido. Por eso hoy cada uno de nosotros puede decir: «Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración, ni apartó de mí su misericordia» (Sal 66,20). Él siempre nos ama primero; su palabra es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo. Esta evangelización nos involucra a todos, a partir del Bautismo, que es sacramento de fraternidad, baño de perdón y fuente de esperanza. A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia.

Como enseñaba el Papa Francisco, verdaderamente «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 1). Al mismo tiempo, cuando compartimos esta alegría, percibimos aún mejor el riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor» (Ibíd., 2). Ante tal cerrazón, es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad.

Por ello, os animo a todos vosotros, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús. Leyendo juntos el Evangelio, que seáis anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, que deis testimonio con vuestra vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos.


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 23-4-2026