* «Jesús nos llama a la conversión, a despojarnos de las pasiones y ambiciones que nos centran en nosotros mismos, para acoger su voluntad, una voluntad que Él mismo nos da a conocer a través de multitud de signos cotidianos que sólo podemos percibir e interpretar desde una actitud orante de escucha y disponibilidad: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’ (Sal 39)»
Domingo III del tiempo ordinario – A
Isaías 8, 23b-9,3 / Sal 26 / 1 Corintios 1, 10-13.17 / San Mateo 4, 12-23
P. José María Prats / Camino Católico.- El evangelio de hoy comienza a narrarnos el ministerio público de Jesús que se inicia en Galilea, junto al lago de Tiberiades, en el territorio de las tribus de Zabulón y Neftalí, dando así cumplimiento a la profecía de Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Estos territorios habían sido conquistados por los asirios en el siglo VIII a. C. y repoblados con gentes paganas deportadas de otros lugares; por ello la profecía habla de la «Galilea de los gentiles».
El inicio del ministerio de Jesús es, pues, presentado por Isaías como la aparición de la luz que viene a iluminar «a los que habitaban en tierra y sombras de muerte», luz a la que Jesús llama «el reino de los cielos», y que no es otra cosa que el reino de Dios, pues en el cielo todo se realiza según la voluntad divina, tal como afirmamos en la oración del Padrenuestro: «hágase tu voluntad en la tierra como [se hace] en el cielo».
El reino de los cielos está ya en la tierra operante en Jesús, pues Él es pura sintonía y obediencia a la voluntad del Padre; está, pues, «cerca» de los hombres –tal como anuncia–, pero ahora tiene que comunicarse y extenderse hasta llenar la tierra. Y para ello, Jesús hace dos cosas:
Por una parte, llama a todos a la conversión: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». La conversión supone, sobre todo, la negación de uno mismo, la renuncia a seguir los propios caminos para abrirse a la voluntad de Dios que a menudo resulta desconcertante.
Por otra parte, Jesús comunica a los hombres la voluntad de Dios específica para cada uno y los invita a acogerla. Vemos en el evangelio cómo se acerca primero a Pedro y a Andrés y luego a Santiago y a Juan y los invita a dejarlo todo y a seguirlo para convertirse en «pescadores de hombres» según la voluntad del Padre.
Éste es, pues, el mensaje que hoy nos comunica el evangelio: Jesús quiere extender a la tierra el reino de Dios que ya se vive en el cielo. Este reino consiste en que todo se realice conforme a la voluntad de Dios y nos trae la felicidad y la armonía que existen ya en el cielo. Para ello, Jesús nos llama a la conversión, a despojarnos de las pasiones y ambiciones que nos centran en nosotros mismos, para acoger su voluntad, una voluntad que Él mismo nos da a conocer a través de multitud de signos cotidianos que sólo podemos percibir e interpretar desde una actitud orante de escucha y disponibilidad: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39).
Que la actitud de los primeros discípulos, que al oír la llamada del Señor «inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» sea para nosotros un modelo y un testimonio.
P. José María Prats
Evangelio:
Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías:
«¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir:
«Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado».
Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice:
«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres».
Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
San Mateo 4, 12-23


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