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jueves, 6 de agosto de 2026

Papa León XIV a los jóvenes en Asís, 6-8-2026: «De san Francisco aprendan la radicalidad evangélica: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús, humildes y acogiendo a todos»

* «San Francisco descubrió que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, fomenta el encuentro e invita al intercambio de dones. Así, intuyó que el Evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9): el Evangelio es su vida, su camino, su confianza inquebrantable en el Padre. Si nos reunimos en su nombre, Él viene en medio de nosotros (cf. Mt 18,20) y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera (cf. Jn 20,20). Esta alegría evangeliza más que las palabras, y no se puede ocultar»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con las preguntas de los jóvenes y las respuestas del Papa León XIV

* «Tomar una decisión para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo mayor. Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un recorrido en el que Dios anda con nosotros, y este es el verdadero sentido de toda vocación. La Biblia nos inspira a vivir así: como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia recibiendo como un don del Señor, la orientación y el sentido, para amar según sus designios (cf. 1 Co 13 y 1 Jn 4). La fe, la confianza y la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento» 


6 de agosto de 2026.- (Camino Católico).-  “De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos. No es fácil, pero da mucha alegría”, ha subrayado el Papa León XIV en su respuesta a Karolina de Zagreb, que ha sido una de las tres personas que le ha preguntado, esta mañana, en nombre de los 2.500 de jóvenes, de entre 18 y 33 años, reunidos en la Plaza de Santa María de los Ángeles de Asís, que participan del GO! Franciscan Youth Meeting, procedentes de toda Europa y de otros continentes. Entre ellos hay representantes de Bosnia y Herzegovina, Croacia, Polonia, Bélgica, Portugal, Suiza, Eslovaquia, Hungría, Reino Unido, Irlanda, Austria, Rumanía, España, Estados Unidos, Alemania, Vietnam, Francia, Sudán del Sur, Países Bajos, Chipre y Albania.

León XIV ha llegado a Asís en helicóptero alrededor de las 8:28 de la mañana. Tras aterrizar en las inmediaciones del Teatro Lyrick de Santa María de los Ángeles, fue recibido por Mons. Felice Accrocca, obispo de Asís; Stefania Proietti, presidenta de la Región de Umbría; Francesco Zito, prefecto de Perugia; Valter Stoppini, alcalde de Asís; y Massimiliano Presciutti, presidente de la Provincia de Perugia.

Este histórico encuentro del Papa en la Porciúncula se enmarca en las celebraciones del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. León XIV ha querido situar a los jóvenes en el centro de este año jubilar dedicado al santo de Asís.


Poco después, el Santo Padre se ha trasladado en automóvil a la Basílica de Santa María de los Ángeles. A su llegada al convento fue recibido por los ministros generales de las órdenes franciscanas: fray Massimo Fusarelli, OFM; fray Carlos Alberto Trovarelli, OFM Conv.; y fray Roberto Genuin, OFM Cap.

A través de tres preguntas formuladas por jóvenes provenientes de Croacia y de distintas regiones de Italia, el Santo Padre abordó algunos de los grandes desafíos que enfrenta la juventud de hoy: el testimonio cristiano en un mundo fragmentado, el valor de las decisiones definitivas y el amor a la Iglesia en medio de sus heridas. En el vídeo de Vatican News se visualizan y escuchan las preguntas de los jóvenes y las respuestas del Papa León XIV, cuyo texto completo es el siguiente:

VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES – ASÍS

DIÁLOGO DEL SANTO PADRE

CON LOS JÓVENES 


Santa María de los Ángeles (Asís)

Jueves, 6 de agosto de 2026


Pregunta de Karolina (Zagreb)

Santo Padre:

Me llamo Karolina, vengo de Croacia, de la parroquia y basílica de san Antonio de Padua, en Zagreb. Hemos crecido en parroquias franciscanas, acompañados por los frailes, aprendiendo de san Francisco que el Evangelio se anuncia ante todo con la vida, a través de la alegría, la sencillez, la fraternidad y la cercanía a cada persona. Gracias a esta experiencia, hemos descubierto una fe viva, que no se queda encerrada en las iglesias, sino que se convierte en servicio, acogida y esperanza para los demás.

Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo que cambia rápidamente, en el que muchos jóvenes tienen dificultades para encontrar puntos de referencia, para construir relaciones auténticas y para abrir el corazón a Dios. Nosotros también deseamos ser testigos creíbles del Evangelio en los lugares donde vivimos, estudiamos y trabajamos, llevando la luz de Cristo con el estilo sencillo y fraterno de san Francisco.

Santo Padre, ¿qué consejo nos daría a nosotros, los jóvenes que crecimos en la espiritualidad franciscana, para que podamos seguir siendo auténticos discípulos de Cristo y llevar esperanza a nuestros compañeros, sin perder la alegría del Evangelio, la sencillez del corazón y esa cercanía a las personas que hace creíble todo testimonio cristiano?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Karolina, por esta pregunta. Y, antes que nada, ¡Buenos días a todos ustedes! Un saludo también a los jóvenes que ya están dentro de la basílica y que, creo, nos siguen asimismo a través de las pantallas. ¡Me siento realmente contento de estar aquí con ustedes! Bueno, Carolina, gracias por esta pregunta. Creo que muchos, al escucharla, han notado que ya contenía parte de la respuesta, porque has dado testimonio del estilo de sencillez, fraternidad y cercanía que te ha convencido y te ha permitido madurar en la fe, formando parte de una comunidad, pero abierta a todos. Esto ha sucedido en una región de Europa que, hace tan solo treinta años, vivió la guerra y la peligrosa mezcla entre confesión religiosa y nacionalismo. En realidad, la presencia de los franciscanos había inspirado durante siglos el diálogo y había contribuido a la convivencia pacífica entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Hoy en día, ser fieles a esta tradición de cercanía significa ir a contracorriente, trabajando por la purificación de la memoria y cultivando la reconciliación.

A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos. No es fácil, pero da mucha alegría.

Intenten ahora imaginar, por un momento, cómo era el lugar en el que nos encontramos, hace ocho siglos. Aquí, en pleno campo, se habían reunido con Francisco cientos de jóvenes hermanos de toda Europa. Traten de visualizarlos, tal y como relatan las Florecillas: «viendo en la explanada, […] sentados a los hermanos por grupos; sesenta aquí, cien allá, doscientos o trescientos más allá, todos a una ocupados en razonar de Dios; unos llorando de consuelo, otros en oración, otros en ejercicios de caridad; y en un ambiente tal de silencio y de modestia que no se oía el menor ruido» (Florecillas de san Francisco, cap. XVIII). Ese silencio es lo contrario de la guerra, con su violencia, sus gritos y su crueldad. Las esteras de aquellos frailes, al igual que hoy los sacos de dormir de ustedes, hablan de paz. Esta es la Iglesia: una asamblea de hermanos y hermanas, a la que todos están invitados. Queridos jóvenes, ¡qué bonito es estar juntos para “razonar sobre Dios” y de esta manera, juntos en su luz, en su vida misma, en su belleza, en su misterio, en su seriedad! Den testimonio de este estilo en todas partes, especialmente en un tiempo en el que la tecnología hace que sea más difícil que las personas de carne y hueso compartan entre sí.

San Francisco descubrió que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, fomenta el encuentro e invita al intercambio de dones. Así, intuyó que el Evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9): el Evangelio es su vida, su camino, su confianza inquebrantable en el Padre. Si nos reunimos en su nombre, Él viene en medio de nosotros (cf. Mt 18,20) y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera (cf. Jn 20,20). Esta alegría evangeliza más que las palabras, y no se puede ocultar. Gracias.

Pregunta de Giovanni (Bolonia)

Santo Padre:

Me llamo Giovanni, tengo 27 años y vengo de Boloña. Los jóvenes vivimos inmersos en un mundo en el que reina la cultura de lo provisional y en el que nos asustan las decisiones definitivas sobre la vida. A pesar de ello, Dios, de una manera única y amorosa, nos habla continuamente y nos llama a seguirle, con una promesa de vida y de alegría, revelándonos poco a poco nuestra vocación.

Esta es mi pregunta: ¿Cómo podemos decirle un “sí” pleno y valiente, evitando “poner la mano en el arado y luego mirar atrás”, dando un peso excesivo a los cansancios y a las renuncias del camino? ¿Qué le ha ayudado a usted en su camino vocacional?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Giovanni, por esta pregunta que, diría yo, es valiente, llena del anhelo por lo que perdura. Hoy en día tendemos a hablar negativamente de lo provisional. Sin embargo, antes era la Iglesia la que educaba con insistencia en el sentido de lo provisional: este mundo pasa, el tiempo corre, las cosas terrenales son cambiantes. Sólo Dios permanece, porque Dios es eterno. Debemos preguntarnos, pues, qué ha cambiado, para no estar entre aquellos que añoran el pasado y, por ello, no afrontan el presente ni asumen responsabilidades para el futuro.

En casi todo el mundo está desapareciendo la estabilidad de las sociedades tradicionales; aquella, gracias a la cual, generaciones enteras solo podían ver cambios mínimos a lo largo de una vida. En su seno, todo estaba muy regulado y predeterminado. Entonces, el testimonio de la Iglesia invitaba a no acomodarse en un destino ya escrito, a discernir el valor de cada gesto individual en relación con la eternidad. Hoy, en cambio, con una interpretación a veces confusa de la libertad, nos ilusionamos pensando que la vida nunca se resuelve de una vez por todas, porque el contexto en el que vivimos cambia rápidamente y nosotros también cambiamos mucho. Con ello, sin embargo, aumentan asimismo el miedo y la posibilidad de perderse. En este contexto, el valor de tomar una decisión definitiva es quizás el acto más revolucionario.

Tomar una decisión para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo mayor. Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un recorrido en el que Dios anda con nosotros, y este es el verdadero sentido de toda vocación. La Biblia nos inspira a vivir así: como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia recibiendo como un don del Señor, la orientación y el sentido, para amar según sus designios (cf. 1 Co 13 y 1 Jn 4). La fe, la confianza y la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento. De este modo, en la fe desmontamos la ilusión de que los problemas se resuelven huyendo, traicionando o intentando dar unos pocos pasos por caminos siempre diferentes, sin llegar nunca muy lejos. De hecho, se pueden multiplicar las experiencias, los contactos y el consumo, pero permaneciendo siempre en el mismo punto. El coste humano es elevado y el vacío interior es profundo. No es raro que se llegue a utilizar a las personas y a ser utilizados por ellas. El “para siempre”, entonces, es una gracia a la que Dios mismo nos ayuda a responder con nuestra fidelidad, para alcanzar la plenitud de la vida (cf. Jn 10,10).

Desde la adolescencia es importante, por tanto, aprender a conocerse a sí mismo, a tomar decisiones y a arriesgarse —es decir, a responder a la llamada del Señor— sin dejar de hacerlo en la edad adulta, tanto en las decisiones ya tomadas como ante las que aún quedan por tomar. Es una aventura en la que nadie debe sentirse solo y que, al igual que la fe, durará hasta el último instante. Por mi propia experiencia, puedo decir que el Señor nunca me ha abandonado: siempre me ha acompañado, regalándome incluso personas con quienes caminar juntos. Así, en mi vocación a ser sacerdote, miembro de la comunidad agustina y misionero, he encontrado una especie de luz que me ha guiado hasta hoy, hasta el momento en que tuve que decir “sí” también a una llamada muy especial: la de ser Papa.

En la adhesión al proyecto único que Dios manifiesta para cada uno de nosotros, la llamada fundamental, inscrita en cada corazón, es una llamada a la comunión y no se escucha una sola vez, sino cada día. El pecado enturbia la claridad sobre este punto introduciendo, en los vínculos fundamentales, desconfianza, rivalidad y recelo. En cambio, gracias a Dios, toda vocación es también un camino de redención y sanación. La invitación de Jesús, que nos llama a seguirle, ilumina nuestra dignidad y nos hace honrar la de los demás, sintiendo confianza y depositándola en los demás: esta dinámica es tan liberadora que merece toda nuestra pasión. Gracias.

Pregunta de Luigi (Paternò, Sicilia)

Santo Padre:

Me llamo Luigi, tengo 22 años y soy de Paternò, un pueblecito de Sicilia. Soy portavoz de la Juventud Franciscana de Sicilia, un grupo de jóvenes que sigue el carisma franciscano. Me gustaría plantearle una pregunta sobre un aspecto de san Francisco que me llama mucho la atención.

«El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana» (Regla bulada I, 2). A pesar de vivir en una época en la que la Iglesia se veía marcada por contradicciones y dificultades internas, no elige el camino de la herejía; no ataca ni juzga a la Iglesia de aquel tiempo, sino que prefiere obedecer al Papa. La suya es una elección libre y revolucionaria, al más puro estilo «menor», cuyo único objetivo es vencer la miseria del juicio con la compasión y la reparación que sólo el Amor puede dar.

Hoy en día, muchos jóvenes dicen que “creen, pero no en la Iglesia” y, desde nuestras comunidades, observamos a veces una Iglesia con sus contradicciones y sus crisis internas; por eso me pregunto: ¿cómo hacemos para permanecer en este Amor reparador? ¿Por qué resulta difícil en la actualidad ver a la Iglesia como una Madre que, incluso con sus heridas, siempre está dispuesta a acogernos y a amarnos?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Luigi. Tu pregunta es una pregunta de actualidad, que nos lleva al corazón de la experiencia de san Francisco. Abordarla significa compartir un deseo: el deseo del Señor Jesús respecto a la Iglesia. Francisco lo escuchó mientras contemplaba al Crucificado. Deberíamos volver siempre a este deseo. Muchas personas a lo largo de la historia, y también ahora, no han podido experimentar la Iglesia tal y como Jesucristo quiere que ella sea. Esto causa sufrimiento, deja heridas y decepciones, y para algunos puede llegar incluso a convertirse en un obstáculo para creer.

En el Evangelio, Jesús nos alerta sobre este tipo de tropiezo, es decir, sobre el escándalo que sus discípulos pueden causar a los demás, especialmente a los pequeños y a los pobres. El deseo de Jesús —lo vemos en el grupo que desde el principio se forma a su alrededor— es reunir a un pueblo en el que se supere aquello que suele dividir a los seres humanos. Alrededor de Jesús se convierten en hermanos y hermanas hombres y mujeres que, de otro modo, nunca se habrían conocido o tratado. Cuando este milagro de la Iglesia sigue ocurriendo, gracias a Dios, sigue siendo sorprendente incluso hoy en día en nuestras ciudades, llenas de muros invisibles que nos separan unos de otros. ¡Cuántas discriminaciones y desigualdades podrían acabar de inmediato, en cuanto nos reconozcamos como hermanos y hermanas!

Hay, además, otro aspecto de esta revolucionaria unidad. Jesús dice: «¡Que no sea así entre ustedes!» (Mc 10,43), es decir, no debe ser como entre los grandes de la Tierra y los poderosos del mundo, que buscan protagonismo y se imponen sobre los demás. Por el contrario, Jesús nos dice: «el que quiera ser importante que se haga servidor de los demás; y el que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga esclavo de todos» (ibíd.). El deseo de Jesús para la Iglesia es claro: se trata de que nos convirtamos en su cuerpo y manifestemos su vida, seguir su ejemplo y ejercer un tipo diferente de fuerza, que no humilla, sino que levanta.

La Palabra de Dios, los sacramentos y la práctica del amor fraterno son caminos de transformación para hacer realidad en nosotros la imagen de Cristo. Francisco los recorrió: no dominar, sino servir; no aferrarse, sino recibir; no retener, sino devolver: es la vida de Dios la que repara la Iglesia y la convierte en un pueblo libre, un lugar de respiro y de salvación. «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala» (TC V,13): cada uno de nosotros tiene un papel en esta obra siempre en marcha. Tenemos diferentes responsabilidades y vocaciones, pero caminamos juntos, inspirándonos, ayudándonos y corrigiéndonos mutuamente. Es importante colaborar con nuestra parte. Entonces hablaremos de la Iglesia con el cariño con el que se habla de una Madre, porque reconoceremos que le pertenecemos. Será una forma sincera de amar a esas personas y a esa historia en la que Jesucristo viene a nosotros y permanece con nosotros. «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Con humildad, este es el Evangelio que anunciamos. Para compartir el deseo del Señor, pues, no hace falta que aparentemos ser mejores de lo que somos. Es necesario reconocer y dejar que Jesús Resucitado actúe en nuestra vida, en la historia de todos nosotros. Gracias.

Concluyamos esta primera parte pidiendo la gracia de Dios, la bendición del Señor para cada uno y para todos nosotros. [bendición]

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 6-8-2026

La celebración de la Transfiguración del Señor nos recuerda que la luz de Cristo nunca se apaga y que nuestra vocación es dejarnos transformar por su gracia / Por P. Carlos García Malo

 


miércoles, 5 de agosto de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 5-8-2026: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual»

* «Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana. Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo ‘une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza’ (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la catequesis del Papa León XIV y la síntesis que ha hecho en nuestro idioma

* «En la conmemoración de la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, pedimos a la Santísima Virgen que nos ayude a ser fieles en la oración para que Dios siempre ocupe el primer lugar en nuestras vidas... Los exhorto a todos a mantener firme la esperanza, abandonándose en las manos de Jesús, quien, con su irrevocable sacrificio de amor, nos salvó»

 

5 de agosto de 2026.- (Camino Católico).-  “La oración, como dimensión fundamental de nuestra humanidad, necesita ser redescubierta desde la verdad. En este sentido, el Papa san Pablo VI afirmó: ‘Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual’”. Así lo subraya León XIV en la quinta catequesis de la audiencia general sobre la Sacrosanctum Concilium, la Constitución que el Concilio Vaticano II dedicó a la liturgia, sobre el tema «La oración de la Iglesia».

Una audiencia celebrada hoy, 5 de agosto, tras la pausa del mes de julio, en la Basílica de San Pedro, debido al intenso calor que se registra estos días en Roma. Tras recorrer la nave central para saludar a los 5 000 fieles presentes, el Papa explica que desea detenerse en la dimensión eclesial de la oración litúrgica. Tal y como sugiere San Pablo en el pasaje de la Carta a los Efesios que se ha leído al comienzo de la catequesis, «es el Espíritu Santo quien nos enseña a orar», y lo hace morando en la Iglesia desde el día de Pentecostés. Desde entonces, recuerda el Concilio en su primer documento aprobado, «la Iglesia nunca dejó de reunirse en asamblea para celebrar el misterio pascual», leyendo las Escrituras, celebrando la Eucaristía y dando gracias a Dios «por su don inefable en Cristo Jesús».

“En nuestra época, en contextos dominados por una mentalidad eficientista y consumista, la oración puede parecer algo inútil e insignificante. En un mundo en el que la ciencia y la técnica pretenden dar todas las respuestas, orar puede parecer una forma de evasión”, reflexiona León XIV.

Incluso en «diversas familias cristianas», lamenta el Sumo Pontífice, “ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Basílica de San Pedro

Miércoles, 5 de agosto de 2026


Ciclo de catequesis – Los documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Retomamos hoy las catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, centrándonos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica. La oración, como dimensión fundamental de nuestra humanidad, necesita ser redescubierta desde la verdad. En este sentido, el Papa san Pablo VI afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 diciembre 1963).

El Pontífice, de feliz memoria, deseaba que la Liturgia de las Horas, que es inseparable de la Eucaristía, penetrara y orientara profundamente toda la oración cristiana, alimentando así la vida espiritual de todo el Pueblo de Dios (cf. Cost. ap. Laudis Canticum). A este respecto, podemos afirmar que la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo por todo su Cuerpo.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a valorar la Eucaristía y la Liturgia de las Horas como grandes tesoros milenarios de la Iglesia, y que, a través de nuestro amor a ellas, podamos día a día ir santificando nuestras vidas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Hoy, en la conmemoración de la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, pedimos a la Santísima Virgen que nos ayude a ser fieles en la oración para que Dios siempre ocupe el primer lugar en nuestras vidas.

Finalmente, mis pensamientos se dirigen a los jóvenes, los enfermos y los recién casados. Los exhorto a todos a mantener firme la esperanza, abandonándose en las manos de Jesús, quien, con su irrevocable sacrificio de amor, nos salvó.

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 5-8-2026

Oración a la Virgen de las Nieves: «Haznos mensajeros de las Palabras de Cristo que siempre contagian vida» / Por P. Carlos García Malo

 


«El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño» / Por P. Carlos García Malo