Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

Mostrando entradas con la etiqueta matrimonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta matrimonio. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de octubre de 2026

Pablo García y Lola Sánchez tienen 6 hijos, 3 de ellos adoptados con necesidades especiales: «Abrazamos el plan de Dios, el plan B, de bueno; ojalá cada día podamos abandonarnos más a la voluntad del Señor»

Pablo García y Lola Sánchez con sus seis hijos / Foto: Elena M. Tascón - ECCLESIA

* «Nunca me he enfadado con Dios. He sufrido, pero he dicho: ‘Dios sabrá’. Recuerdo una vez que una catequista me dijo: ‘Estás amargada porque quieres ser madre de hijos perfectos, y a lo mejor Dios te llama a ser madre de los que nadie quiere’... Ojalá cada vez seamos un poco menos yo y más Dios. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»

Vídeo de 13 TV en el que Lola Sánchez cuenta su testimonio en marzo de 2025, cuando todavía tenía 5 hijos y estaba cercana la adopción del sexto

Camino Católico.-  Durante el encuentro del Papa con los presidentes de conferencias episcopales se escucharán varios testimonios de familias. Luis Rivas en ECCLESIA ha acompañado una tarde a los García Sánchez, testimonio de vida cristiana. Tienen seis hijos, tres con discapacidad: «Abrazamos el plan de Dios. El plan B, de bueno»

En el amplio y luminoso salón de un piso en Madrid, el silencio no es ni tan siquiera un recuerdo. El espacio, organizado de manera impecable y desahogada, permanece saturado de voces en sus diferentes etapas de la infancia, el arrastrar rítmico de un andador y risas imprevistas. Es una tarde cualquiera. Pablo García, director de Tecnología de una compañía de reciclaje, cruza el umbral de su hogar tras una intensa y estimulante jornada laboral. Viene de un entorno profesional dinámico y exigente, donde prima la eficiencia.

Pero en esta casa, esa lógica se desmorona de inmediato. Desde el pasillo, Bubi, su hija china con síndrome de Down, se acerca y le grita «¡Hola, papá!» con la voz más graciosa que uno pueda imaginar. Bubi lanza besos, aplaude y choca. Las fatigas y enfados de su padre se deshacen en una sonrisa. Lola Sánchez, la mamá, reconoce que «es la única persona en el mundo capaz de quitarle un cabreo a mi marido a las 12 de la noche».

En el hogar de los García Sánchez, seis hijos —Teresa (19), Pepe (14), Juan (13), Roque (9), Bubi (4) y Marifree (3), «más uno que está en el cielo» desde las ocho semanas, como apunta siempre Teresa—, conviven desafiando las convenciones sociales y los proyectos de vida. Lola define estas vueltas de tuerca como su motor personal: «Mis redes sociales —que utiliza para dar testimonio de su vida familiar en Cristo y de que se puede ser plenamente feliz en las necesidades especiales— se llaman Abrazando el plan B, porque, en nuestro caso, nada ha sido el plan A, el mío. Todo ha sido un plan B, el de Dios. El bueno».

En su matrimonio de dos décadas —Lola acaba de cumplir 43 años y Pablo tiene 44—, la gracia ha transformado el desorden en gloria de Dios, a través de una fe de cada día en la debilidad y el disfrute, en la autenticidad y los imprevistos. Porque la historia de Pablo y Lola no escapa a los pecados de juventud.

Él, quinto de 11 hermanos y «un desastrillo en los estudios», jamás pensó en familias, y mucho menos numerosas. Lola, en cambio, procedía de un hogar pequeño de dos hermanos y tenía un solo sueño en la vida: «Ser madre». Ambos coincidían en encuentros del Camino Neocatecumenal, donde se encontraban y desencontraban sin mayor compromiso. «Hacíamos lo que nos daba la gana», recuerda ella. «Estábamos, por así decirlo, desordenados, porque, cuando no sabes usar tu libertad, acabas en el libertinaje, y todos sabemos que esto no te encamina a la felicidad».

El cambio

Y así, hasta que, sobre los 18 años, una convivencia sobre la encíclica Humana Vitae y la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II les despejó el horizonte. Lejos de sonarles a exhortación, les voló la cabeza como una liberación hermosa. «Me sentí muy querido por la Iglesia», recuerda Pablo, «al tomar conciencia de cómo mi cuerpo está habitado por el Espíritu Santo». Les cambió la vida: iniciaron «un noviazgo realmente sanador», en el que la Iglesia actuó como madre: «Cuando has hecho de tu libertad y de tu capa un sayo, tienes muchas heridas, y curar eso requiere mucha misericordia», admiten los dos.

Se casaron jóvenes, abriéndose camino en el mundo laboral desde muy pronto con gran esfuerzo. Pablo metía cable para una empresa de telecomunicaciones, mientras Lola era secretaria. Pero tenían claro su faro y destino: querían formar una familia cristiana. Su evolución y crecimiento profesional con el paso de los años —con Lola forjando una sólida carrera en una gestora de fondos de inversión, y Pablo como director de tecnología— lo interpretan como una clara provisión de Dios: «Todo es por un sí con rectitud de corazón».

La familia García Sánchez al completo / Foto: Elena M. Tascón - ECCLESIA

Los hijos

Teresa, la primogénita, nació pronto. Un regalo del Señor al que no acompañaron más. «Los hijos no llegaban», cuenta Pablo, visiblemente afectado. Tuvieron un diagnóstico médico de esterilidad y tres años de sufrimiento conyugal, hasta que descubrieron un don entre tanto dolor: «Nunca me he enfadado con Dios. He sufrido, pero he dicho: “Dios sabrá”», reconoce Lola. «Recuerdo una vez que una catequista me dijo: “Estás amargada porque quieres ser madre de hijos perfectos, y a lo mejor Dios te llama a ser madre de los que nadie quiere”. No le di mucha importancia, pero aquello fue madurando en mi corazón y acabó encendiendo el deseo de adoptar niños con necesidades especiales», agrega.

En un primer momento, Pablo se resistió con las dudas habituales sobre su capacidad para querer del mismo modo a un niño adoptado y, además, uno de los no llamados a «triunfar» en el mundo. Pero Lola, «que puede llegar a ser tremendamente insistente», inició entonces una campaña de «publicidad subliminal» dejando folletos y revistas estratégicamente por todos los lugares que frecuentaba su marido. Finalmente, «pudiendo negarme una vez más, acabó respondiéndole: “Lo voy a rezar durante un fin de semana”. No sé por qué dije aquello, pero lo dije», rememora él. Y se retiró a un convento en Córdoba para discernirlo. Allí, el prior, sin saber lo que traía en su corazón, le espetó: «La voluntad de Dios nunca es fácil, pero te da la paz». Esa paz de la aceptación le acompañó durante todo el viaje de vuelta en el tren. Entregaron los papeles para la adopción el 1 de febrero de 2012. El 20 de julio de 2012 llegó Pepe. «El Señor siempre te supera: mi gran sueño había sido tener un hijo rubio y de ojos azules. Pues toma: Teresa era —y es— supermorena. Y ahí, al ver a su bebé de cuatro meses, rubio, con ojos azules y síndrome de Down, me sentí desbordada por la emoción. Tanto que no pude sostenerlo y tuvo que cogerle Pablo», relata Lola.

«Cuando me dieron a Pepe», recuerda Pablo, «sentí que el fracasado era yo. Sentí que la paz volvía a mí, que todas esas ideas malas que había ido acumulando se iban volando y que las piezas del puzle recobraban su sitio». A sus 14 años, Pepe juega al rugby y se acaba de apuntar a fútbol, superando barreras que su padre nunca logró traspasar.

Al mes y medio de la adopción de Pepe y, para total pasmo de la ciencia médica, Lola se quedó nuevamente embarazada. Dios daba otra vuelta de tuerca: «Con ese embarazo, el Señor parecía querer decirme: “Confía, porque mi proyecto es mejor… Hago lo que quiero, soy el dueño de la vida y de la muerte”». Al año de nacer Juan, llegaría Roque, el tercer hijo natural de la familia, mientras las pruebas confirmaban el diagnóstico de infertilidad de la pareja. 

En esta especie de juego de los planes, durante la pandemia de 2020 fue Pablo quien sugirió volver a adoptar. Pero en esta ocasión, Lola, quien se veía con la vida ya encarrilada, ofreció resistencia: «Me salió mi pereza, mi egoísmo… ya tenía la faceta de madre cubierta con cuatro hijos. Además, iban creciendo y ya empezaba a ver la luz». El combate entre inquietud y resistencia fue intenso en la pareja, hasta que, de nuevo, unas palabras providenciales movieron la voluntad. Una noche, ante sus negativas, Pablo le dijo a su mujer: «Qué fácil es abortar a los hijos del corazón, porque, total, no estás matando a nadie».

Fragilidad y confianza en Dios

La respuesta a la caída del caballo fue Bubi, una niña china con síndrome de Down y problemas importantes: sonda, hipertensión pulmonar y una cardiopatía incurable. Padece disfagia y se ahoga con su saliva, requiriendo reanimaciones serias. «Yo he visto a mi hija azul hasta el cuello, eso no me echa para atrás», afirma Lola. En 2024, tras una sedación rutinaria en el hospital para una infección de oído, Bubi sufrió una crisis de hipertensión pulmonar al ser desentubada. Lola vio a su hija ponerse azul y fría: «Fue el minuto más largo de mi existencia —relata entre lágrimas—. Le dije a la Virgen María: “Yo ya no puedo hacer nada. O lo haces tú, o yo hasta aquí he llegado”».

Pablo, que se encontraba de viaje de trabajo, recibió las noticias con angustia: «En ese momento, depositas tu falta de fuerza donde ya no llegas. Personalmente, sentí una paz profunda al decir: “Señor, tú sabrás. Nuestra misión es llevar a nuestros hijos al cielo”». Bubi sobrevivió, y aquella experiencia traumática supuso una liberación para su madre: «Ahí descubrí que Dios también está detrás del sufrimiento. Aprendí a dejarlo en sus manos, a confiar… y a vivir».

El último giro de guion llegó el año pasado con Marifree. Durante sus oraciones, y a pesar de o precisamente por su conocimiento de la discapacidad, Lola siempre le había pedido al Señor: «Lo que tú quieras, Dios mío, pero no me des una parálisis cerebral». Tras comprometerse, a la niña le fue diagnosticada, precisamente, una parálisis cerebral pocos días antes de la entrega. 

La de Marifree está siendo su adopción más difícil. Como su madre intuía al querer evitar esta situación, la niña arrastra frustraciones por una rigidez física que exige disciplina constante. Lola asume el papel, durísimo, de ser «la mala de la película» para exigirle avances que le hagan bien. «Me ha costado mucho aceptar esto. Pero un sacerdote durante una confesión me dijo una vez: “El bien que hagas y el mal que recibas te sirvan como redención”. Y es exactamente esto, porque esta niña es una oportunidad de hacer el bien. Yo no siento que haga el bien por amar a mis hijos o adoptar niños con necesidades especiales, pero con Marifree estamos sufriendo mucho. No es fácil amar sufriendo, por eso estamos haciendo un bien». Esta hija los ha despojado del orgullo que pudiera quedarles, pues sacarla adelante «es para la gloria de Dios, no para la nuestra», afirma Lola. 

La prueba de la enfermedad

El pasado 16 de julio, la realidad de los García Sánchez volvió a sacudirse. De manera providencial, tras un dolor estomacal fortuito, los médicos descubrieron un tumor maligno en el riñón de Lola. Un cáncer silencioso, que nunca da la cara y que, gracias a esa «diosidad» que llevó al enfermero a hacer una prueba que no debía hacer y que nunca se hace, fue descubierto. Del dolor de barriga nunca más se volvió a saber.

«Podría pensar que Dios me ha elegido para tener un cáncer, y podría enfadarme. Pero no me he enfadado. Soy la mimada del Señor a la que se lo encuentran, la mimada de los planes b», relata Lola. Al quirófano entró con una estampa de la oración «Ocúpate tú», que invita a descargar las angustias de la vida en Cristo. «Cuando ya no dominaba mi pensamiento por la anestesia, vi un monte, al buen ladrón y a Jesucristo crucificado. No vi a nadie más y me dormí», narra. «Al despertar, me encontré ante un fondo blanco de resplandor cegador. Volví a ver a Dimas y a Jesús. El buen ladrón repetía: “Acuérdate de mí”, mientras Cristo, desclavando sus brazos, se inclinaba con ternura y tiraba de él hacia arriba. Durante esta experiencia que vieron mis ojos cuando no controlaba mi mente, sentí la presencia de Chema, nuestro párroco —fallecido una semana antes—, que me susurraba: «¿Te das cuenta de lo que hace Dios contigo? Dios no solo te recoge porque eras la oveja perdida, también te da pasto verde. Él se supera siempre».

Al subir a planta, lloró ante su madre y su esposo. No por dolor, sino por la revelación: «Dios me ha hablado y me ha contestado a aquello que llevo toda la vida queriendo saber», les dijo. Había vivido bajo la tensión de tener que «hacer» cosas para Dios, de justificar su salvación con sus propias fuerzas. En el quirófano, la respuesta fue: «Solo necesito que tengas la suficiente humildad para decirme: “Acuérdate de mí”». «No eligió a un apóstol. Me presentó al buen ladrón, a mí, con todos mis pecados. Él no era un santo; solo reconoció que Jesús era Dios y que lo necesitaba. Eso es lo único que Dios espera de mí», reconoce.

Esta es la teología cotidiana de su casa. Aprendida con sangre en el cuidado de los hijos y en la aceptación de los límites. Para Pablo y Lola, la adopción y la apertura a la vida no son heroísmo, sino el camino para experimentar una alegría que el mundo, con sus promesas de felicidad fácil y descarte del débil, es incapaz de comprender. «Ojalá cada día podamos abandonarnos más a la voluntad de Dios», concluye ella. «Ojalá cada vez seamos un poco menos yo y más Él. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».

jueves, 8 de octubre de 2026

Sergio Carranza se abocó al culto satánico al morir su padre porque «le cogí mucho rencor a Dios», pero Cristo le liberó y rescató al asistir a un retiro espiritual al que le invitaron

 


Antes de su conversión, el mexicano Sergio Carranza acostumbraba a tratar con el demonio y pedirle favores a cambio de renunciar a Dios

* «El llamado que me hizo Dios en el retiro fue muy especial y de una forma muy sencilla me llenó mucho más que todo lo malo que pudiese haber hecho, incluso que las conversaciones con el demonio. Le decía a mi pareja que no me quería casar con ella porque no tenía nada que ofrecerle. Pero cuando llegó ese llamado de Dios le dije: `¿Sabes qué? Ahora si tengo algo que ofrecerte, y sé lo que debo hacer para que seáis felices: quiero casarme´. Supe que el Señor es más fuerte, el que nos puede dar todo sin sacrificar mi vida, mis hijos o dañar a mi esposa, y sin tener que matar a una persona, Él me lo ofreció todo. Así empecé mi vida con Dios»

Camino Católico.- El mexicano Sergio Carranza Martínez desterró a Dios de su vida e instauró el culto satánico cuando murió su padre en un trágico accidente. «Para mí era todo lo que necesitaba y le cogí mucho rencor a Dios: Él lo tenía todo, ángeles, arcángeles… ¿Por qué tenía que quitarme todo lo que yo tenía?», cuenta al canal del misionero católico Jorge López.

Asustado por su familia, quiso volver atrás, pero el demonio comenzó a cobrar su deuda. La invitación a un retiro espiritual le llevó a ser rescatado por Dios y a su conversión. Pero para ir al encuentro no tenía dinero y oró así: «Siempre he sabido Dios que existes pero no he querido estar contigo. Si quieres que lo esté, ayúdame a pagar ese retiro, porque no tengo dinero».  Y el dinero llegó de las formas más inimaginables. “Cristo me lo ofreció todo”,  reconoce en su testimonio.

Entre las consecuencias cotidianas en las que vivía inmerso por el culto a satanás estaba el hecho habitual que muebles de su cuarto se movían sin explicación. Sergio rememora una ocasión en que, acuciado por necesidades económicas «le decía al demonio que no quería estar del lado de Dios» por haberse «llevado» a su padre. En su lugar, pidió ayuda al demonio para solventar sus problemas. Y asegura: «Al día siguiente apareció una persona ofreciéndome más dinero de lo que necesitaba, pero a cambio de que le quitara la vida a otro hombre».

Carranza subraya que Dios siempre le ha permitido pensar y discernir antes de actuar. Por ello declinó las propuestas que podían suponer daño para terceros como asesinatos o drogas, pero se entregó en muchas otras, convencido de que «las batallas espirituales son aún más fuertes que una adicción«.

«Esa rebeldía y rencor que tenía hacia Dios me llevaron a hacer cosas similares, me sentía a gusto con que alguien me escuchase y recibiendo una respuesta», menciona refiriéndose a  la oración que dirigía al demonio.


Sergio Carranza Martínez

El culto a la muerte, los amuletos «curados»  -poseedores de ciertas energías-,  las oraciones y las consagraciones al demonio o las invitaciones a sectas formaban parte de las conversaciones del día a día de Sergio, aunque matiza que nunca formó parte de ninguna agrupación. Matiza que su participación en el satanismo siempre fue «privada» y que él no quería profesar un culto concreto o difundir el satanismo, simplemente sentirse «pleno» o escuchado ante la pérdida de su padre.

«Solo encontraba una persona que me escuchaba -el demonio- y no veía como algo malo el trato directo que tenía, pensaba que solo hablaba y él respondía, pero no hacía ningún sacrificio o ritual«, asevera.

En lo económico, sus necesidades fueron escuchadas. Sin embargo, el vacío por la pérdida de su padre nunca desapareció: «Se camuflaba con otras cosas pero nunca fui feliz. El demonio te satisface algunas necesidades, pero nunca te dejas de sentir vacío o con problemas». Asumió  que iba hundiéndose «cada vez más» y que sus dificultades se agravaban, decidió «caminar solo», sin Dios, pero también sin Satanás.

«No pude. Cuando le negué la entrada al demonio en mi vida, empezaron los ataques. Me encontraba personas en la calle que nunca había visto y me atacaban como si me conocieran, una persona disfrazada de payaso me miraba siempre fijamente y también me agredía».

Los ataques se prolongaron en el tiempo, y el mexicano ya conocía la sensación que acompañaba a la presencia diabólica. «Cuando vives una vida espiritual al lado del demonio lo entiendes. Había una persona de negro que en la madrugada siempre estaba al pie de mi cama, mirándome. Sé quién eres, a qué vienes y qué quieres, pero no me interesa estar contigo», le dijo a la presencia.

Aquella noche fue la última vez que Carranza vio aquella figura, pero permaneció entre su familia: «Mi hija mayor no podía dormir durante las noches, le pregunté y me dijo: `Una persona de negro se pone en mi cama, cuando abro los ojos lo veo y cuando los cierro siento que pega su cara a la mía y me asusta´».

Entre aquellos ataques espirituales que reclamaban su deuda, recibía continuas invitaciones para realizar cultos a la muerte, participar en sectas, acercarse a brujos e incluso consagrarse como servidor del demonio.

«¿Qué hago? Es mi familia, pero contra el demonio no puedo hacer nada físicamente. Necesito ayuda», pensó.

En esta ocasión, la respuesta tampoco tardó en llegar: «Una persona me invitó a un retiro espiritual en el que se hacían oraciones de liberación, sanación y rompimiento de cadenas, por las que el demonio quede alejado sin ningún poder sobre ti o tu familia.  Era lo que necesitaba» y pese a no tener dinero para pagarlo, sabía que tenía que ir.


Sergio Carranza Martínez sirve junto a su familia en la parroquia y en la comunidad carismática Sermón de la Montaña, cuyos miembros aparecen en la imagen y que él considera su segunda familia

«Siempre he sabido Dios que existes pero no he querido estar contigo. Si quieres que lo esté, ayúdame a pagar ese retiro, porque no tengo dinero». Como si de pequeños milagros se tratasen, el dinero necesario apareció sin explicación.

«El llamado que me hizo Dios en el retiro fue muy especial y de una forma muy sencilla me llenó mucho más que todo lo malo que pudiese haber hecho, incluso que las conversaciones con el demonio», recuerda Sergio. Un llamado que no solo fue especial por devolverle a la fe, sino por ayudarle a formalizar su familia. «Le decía a mi pareja que no me quería casar con ella porque no tenía nada que ofrecerle. Pero cuando llegó ese llamado de Dios le dije: `¿Sabes qué? Ahora si tengo algo que ofrecerte, y sé lo que debo hacer para que seáis felices: quiero casarme´».

«Supe que el Señor es más fuerte, el que nos puede dar todo sin sacrificar mi vida, mis hijos o dañar a mi esposa, y sin tener que matar a una persona, Él me lo ofreció todo. Así empecé mi vida con Dios», concluye. Hoy, pasados los años, sirve junto a su familia en la parroquia y en la comunidad carismática Sermón de la Montaña, que le auxilió.


lunes, 21 de septiembre de 2026

Boštjan Rakovnik y Mihaela, matrimonio, han superado todas sus crisis: «Cada día invitamos a Jesús a nuestra relación; estamos conectados entre nosotros y con Él, quien siempre está cerca»

Boštjan Rakovnik y su esposa, Mihaela, un matrimonio esloveno, han afrontado todas sus crisis con oración perseverante / Foto: Osebni arhiv - Aleteia

* «Nos nutrimos espiritualmente con Dios, a lo largo del día, con la oración y el amor mutuo. Al encontrarnos con el prójimo, con la Palabra de Dios y con Jesús entre nosotros, en la Eucaristía… Como tenemos una capilla en el trabajo, me detengo allí todos los días y le pido a Jesús que me acompañe en las relaciones de ese día. No siempre es fácil, pero es la voluntad de Dios»

Camino Católico.- Boštjan Rakovnik, de Eslovenia, es un hombre que, incluso en un día completamente normal, sabe reconocer las oportunidades para nuevos comienzos; pero sobre todo, para el amor. Él es un ejemplo a seguir para muchos de quienes lo conocen. Trabaja como técnico de mantenimiento en un hospital, y en su tiempo libre prefiere pasar el rato con su esposa Mihaela y sus seres queridos. Participa activamente en la asociación pastoral de su parroquia y, todos los días, junto con su esposa, reza por la paz en el movimiento "La Obra de María".

Boštjan Rakovnik y su esposa, Mihaela, invitan cada mañana a Jesucristo a su relación / Foto: Boštjan Rakovnik - Aleteia

“Cada día decido empezar de nuevo. La relación matrimonial es muy importante para mí. Vale la pena invertir en ella. Mi esposa y yo casi siempre planeamos el día juntos. Por la mañana tomamos café e invitamos a Jesús a nuestra relación. Estamos conectados entre nosotros y con Él, quien siempre está cerca. La Misa es una parte importante del día para nosotros”, comparte  Boštjan Rakovnik en Aleteia.

“Una de las muchas actividades diarias que son importantes para mi paz interior es el dado del amor. En él hay frases como: ‘Ama a tu enemigo’, ‘Sean uno’, ‘Ama a Jesús en cada persona’, ‘Ama primero’… Lanzo el dado cada día y trato de vivir así desde hace varias décadas. Y debo reconocer que soy testigo vivo de milagros constantes”, asegura.

“Con nosotros vive Jasna, la hermana de mi esposa, que tiene una discapacidad desde la infancia; también tenemos a nuestra perrita, Biba, y un jardín grande. Cuando estamos juntos, todos estamos muy felices y hay un ambiente agradable. Pero todos necesitamos el amor mutuo para que esto siga vivo y siga adelante. Cada uno de nosotros debe cumplir con su parte y con el deber del que es responsable. Cuando eso no ocurre, por lo general, es difícil. En esos momentos hay que empezar de nuevo. En las relaciones hay que saber acercarse y también dejar al otro en paz”, asevera Boštjan.

Boštjan Rakovnik trabajando en su jardín / Foto: Osebni arhiv - Aleteia

“En el trabajo, las relaciones pueden ser buenas o malas. A menudo, yo mismo soy el culpable de ellas. Mis compañeros de trabajo son mi ‘espejo’. A menudo me pregunto qué más puedo hacer por ellos. Como tenemos una capilla en el trabajo, me detengo allí todos los días y le pido a Jesús que me acompañe en las relaciones de ese día. No siempre es fácil, pero es la voluntad de Dios”, subraya este técnico de mantenimiento en un hospital.

“Mi tiempo para mí se ve enriquecido por un grupo de voluntarios de la Obra de María. Cada 14 días nos reunimos desde toda Eslovenia y nos enriquecemos con la vida de Jesús entre nosotros. También me enriquece el paseo diario con mi perrita Biba y, por supuesto, la vida con mis seres queridos”, reconoce.

Boštjan Rakovnik confidencia que “el estereotipo de que los hombres somos el cabeza de familia, pues no se aplica en mi caso. A menudo estoy en la cocina, ayudando a mi esposa. Nos apoyamos mutuamente y tratamos de ser iguales el uno para el otro, incluso en las demás tareas del hogar. Mimo a mi esposa llevándole café a la cama y un masaje en las plantas de los pies. Lo que más valora es que la ayude sin quejarme. Se trata de pequeños detalles. Mi regalo mensual es un ramo de flores cada 15 del mes, cuando celebramos nuestro aniversario de boda. La apoyo en los días difíciles, por lo general debido a casos complicados en el trabajo. La cercanía es la verdadera relación, y eso es lo que ella valora”.

Boštjan Rakovnik dice que su matrimonio se nutre espiritualmente con Dios / Foto: Osebni arhiv - Aleteia

A Boštjan Rakovnik y a su esposa, Mihaela, no han podido tener hijos propios y pese a ello pueden ser fructíferos: “Lo hemos afrontado con mucho diálogo y aceptando la situación, sin compadecerse de uno mismo y ayudando al prójimo. Tenemos a Jasna, y en el pasado también cuidamos a personas mayores: a mi suegra, a mi papá y a mi mamá. Tenemos varios ahijados, a quienes acompañamos en su camino por la vida. Si cada día miras a tu alrededor, verás a alguien que necesita tu ayuda”.

El acontecimiento o prueba en la vida que más ha hecho reflexionar a Boštjan es: “sin duda, la boda. También el cuidado de una persona con discapacidad, y darme cuenta de que no tendríamos hijos propios. Más tarde, también la búsqueda de un nuevo empleo”.

Para concluir, Boštjan explica que “nos nutrimos espiritualmente con Dios, a lo largo del día, con la oración y el amor mutuo. Al encontrarnos con el prójimo, con la Palabra de Dios y con Jesús entre nosotros, en la Eucaristía”.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Ricardo Pareja Meseguer era un «punky» drogadicto, su tía rezaba por él, unos neonazis lo apalearon y Dios lo atrajo hacia sí, se casó y es padre de 9 hijos: «Descubrí que si tienes el Espíritu de Jesucristo, tienes un corazón dispuesto a amar»

Ricardo Pareja Meseguer pasó de punk a formar una familia numerosa con 9 hijos tras su conversión

* «Apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui. El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro»

Vídeo del testimonio de Ricardo Pareja Meseguer transmitido en directo por el  Camino Neocatecumenal Internacional el 23 de noviembre de 2020

Camino Católico.- Ricardo Pareja Meseguer vive su fe en el Camino Neocatecumenal, evangelizador en las redes sociales, donde da testimonio de su conversión al Señor en primera persona, actualmente está felizmente casado y es padre de nueve hijos. Sin embargo, Ricardo, en los años 80, era un «punky» drogadicto, que no quería saber nada de Dios. Su tía rezaba por él y Ricardo continuaba entregado a su vida desenfrenada. Un día, unos neonazis lo apalearon brutalmente y Dios lo atrajo hacia sí estando en el hospital sirviéndose de su tía que le propuso ir a una convivencia y decidió asistir. Ahí en ese encuentro es donde el Señor le estaba esperando para iniciar su transformación. Esta es su historia contada por él mismo:

Ricardo Pareja Meseguer con su familia

«Descubrí que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí; que Dios me amaba tal como yo era, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados; que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo»

Provengo de una familia de cuatro hermanos, siendo yo el mayor de ellos. Mis padres, a pesar de ser bautizados y casados por la iglesia, no han sido practicantes; aunque han sido padres de valores y siempre me he sentido amado por ellos. Mi abuelo materno era profundamente religioso y en mi niñez antes de darme la moneda del domingo me leía textos de la Sagrada Escritura. Era una semilla en mi vida que después iría  descubriendo. 

Mis padres me apuntaron a un colegio religioso con la convicción de que era lo mejor, pero en mi no resultó así, me sentí muy agobiado, exigido y la religión católica se convirtió en algo incómodo, algo que me limitaba, algo que me privaba de libertad, o al menos eso pensaba. 

Al acabar los estudios de EGB (nivel secundario) me apunté a una academia de peluquería. Allí estuve varios años y aprendí el oficio de peluquero. Pero allí también pasé una mala experiencia. Era un chico tímido y tenía que batallar con un centenar de chicas y clientas y esto me superaba hasta el punto que de los nervios tenía grandes dolores de estómago y cada día acababa con vómitos después de un gran malestar. 

En esta situación conocí a una chica punk y me fascino ese mundo. Entrar en él era como salir de golpe de la timidez y echarle cara a todo y como no, para esta hazaña necesitaba la ayuda del alcohol y de las drogas. Yo era uno de esos «punkies» de mediados de los 80 que estaba metido en la droga, siempre borracho, iba con una cresta de gallo y encadenado con cadenas gruesas, no me lavaba, andaba con unos colegas donde el amor libre y la homosexualidad era el ambiente dominante. Realmente estaba hecho un asco y nadie daba un céntimo por mi vida, todo era egoísmo, llamaba la atención de las chicas y lo aprovechaba para usarlas a mi antojo… era un indeseable.

En casa la situación era imposible: mi madre siempre en vilo esperando que cualquier día me encontraran por ahí, en una cuneta. Mis padres, los pobres, sufrían muchísimo y parecía que a mí no me afectaba nada, pero al mismo tiempo había quien rezaba todos los días por su sobrino, una hermana de mi madre que confiaba en el poder del Señor para sacarme de aquella vida y que siempre que tenía oportunidad me hablaba de Cristo y me invitaba a rezar… pero yo solo la escuchaba por respeto, no me interesaban esos «rollos».

En esta situación, cuando peor estaba, el Señor, que ya había intentado atraerme con lazos de amor sin éxito, me hizo vivir una experiencia que cambió mi vida para siempre… Un día me cogieron un grupo de neonazis, me golpearon con barras de hierro en la cabeza hasta que todo yo era brechas de sangre y me dejaron medio muerto en mitad de la vía pública mientras la gente deambulaba alrededor sin hacer ni decir nada. Me recogió una ambulancia y estuve ingresado dos semanas en el hospital. Poco antes de recibir el alta me dijeron que ya no vería nunca más por un ojo… 

Entonces apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui.

El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro.

Al participar en ese seminario muchas cosas me impactaron. Por ejemplo, descubrir que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí. Que Dios me amaba tal como yo era a pesar de que era despreciable, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados. Que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo, que yo me había pasado la vida buscando el sentido y el sentido era amar y esto no lo podía realizar yo, que es un don de Dios.

Ricardo Pareja Meseguer tras su conversión contando su testimonio

Tras dejar el seminario volví a Barcelona y «comencé a caminar» de la mano de una comunidad Neocatecumenal en la Parroquia de San Luis Gonzaga. Luego conocí a Merche, mi mujer, una chica normalita, de casa, nada que ver con lo que yo había vivido. El Señor nos permitió un noviazgo santo, ¡qué regalo! era como un tesoro preciado para mí. El Señor me colmaba con creces… ¿merecía yo ese derroche de gracias? Sentía, sin duda, que no me lo merecía pero el Señor es infinitamente bondadoso. Tiempo después Merche entró en la Iglesia y nos casamos… Hoy somos padres de nueve hijos maravillosos que nos ayudan a convertirnos cada día. Atrás queda una vida en la que los «colegas» que siguieron están presos o con sida o muertos.

Esa música de protesta, antisistema ya no significa nada en mi vida. Sólo  estuvo presente un tiempo que pertenece a mi historia de salvación. Hoy tengo otro concepto de lo que es ser un antisistema, de lo que es vivir a contra corriente y esto te lo regala Cristo en su Iglesia, porque una familia numerosa es lo que sale de lo establecido, un matrimonio que se ama, unos hijos que se les pasa la fe como buenamente podemos y donde se les enseña sobre todo que antes que el trabajo, que el dinero, que el prosperar, que los estudios, es ser persona amada de Dios, honrada hasta en las cosas pequeñas y buscando a Cristo siempre como lo más importante.

Siempre les he hablado a mis hijos con franqueza de mi historia y no les oculto nada. La vida es un misterio  de alegrías y sufrimientos, de vigor y enfermedad, de luchas y de noches oscuras. Pero todo es  historia de salvación. Por eso lo importante es poner al Señor y buscarlo, la cruz solo se puede tolerar si Cristo reina en ella, el que huye de su cruz y tiene que recurrir a las drogas, al alcohol o al sexo fuera del matrimonio, o a otras cosas, jamás será feliz en lo profundo, porque sólo el que se siente amado de Dios y tiene Vida Eterna es realmente dichoso. Porque si te mueres y ya está, nada tiene sentido, pero si tu vida es para la eternidad ¿Qué te impide perderla, date a los demás y aceptar con alegría la enfermedad? Mis hijos me conocen, saben que muchas veces me equivoco, que a veces soy duro, cabezón, gritón,  y muchas más cosas, y aunque siempre hay un tiempo en la adolescencia que parece que  yo soy como el enemigo, la verdad, es un tiempo que pasa y a la luz de la fe ellos también descubren que lo que a su padre le pasa también en parte les pasa a ellos. Para nada somos perfectos, una familia tan numerosa la hace grande el Señor, porque nos reconciliamos, rezamos los unos por los otros y eso es lo más.

A los padres, que como le pasó a los mios, tienen un hijo viviendo una vida como la que yo viví que recen como mi amada tía. La oración es un arma muy poderosa. Que tengan la certeza que aunque un hijo abandone a Dios, Dios jamás lo abandona; y que lo que les debe cuestionar no debe ser nuestro malestar sino más bien nuestra actitud de oración y comunión en el matrimonio. Ni la oración cae en vacío ni la Palabra de Dios. Pensad que cuando me leía la Biblia mi abuelo en mi niñez, eso que hacía mi abuelo conmigo, que no es poco, era una semilla que aún da fruto.

Lo que Dios nos regala es para proclamarlo. Tanta gente hay sufriendo  por que están engañados o porque no entienden su historia, o simplemente porque no conocen a Jesucristo. Hay que ser realistas. Los divorcios superan en muchos países a las bodas, los jóvenes han perdido el sentido del esfuerzo, la capacidad de sufrimiento, no saben lo que es el amor. Todo es sexo y libertinaje. Los ancianos nadie los quiere porque ya no producen sólo son un gasto y cuidarlos nos destruye. Estamos construyendo una sociedad individualista donde todo se realiza a través de una pantalla, sin el trato humano, sin que se puedan conocer personalmente al otro y amarlo. Donde sólo hay un dios que es el dinero. En nuestra mano está decir la verdad, y la verdad es que el que tiene el Espíritu de Jesucristo tiene un corazón dispuesto a amar. Esto es lo que esta sociedad necesita, porque si tú has experimentado que Cristo te ama, tú ya no abortas, ni metes a tus padres en el asilo, ni dejas a tu mujer por otra más joven. El problema está en el corazón y Dios es un renovador de corazones. Por eso, que mejor aprovechar estos medios que llegan a tanta gente.

A los jóvenes hay que anunciarles a Cristo por que hoy es la droga y el alcohol y mañana será la infidelidad o no sé qué pecado. Si no te encuentras con el amor autentico es muy difícil salir. Una persona que cree que  su vida no tiene sentido, no precisa pequeños arreglos o consejos. Necesita una vida nueva y eso solo lo hace el Autor de la Vida. Si no tienes a Cristo es como un pez que se muerde la cola, todos necesitamos sentirnos queridos. Y si no sabes más, la sociedad te avoca a una vida de buscar donde no está. Huyes de tu cruz y caes en cosas que no hacen más que aumentar la cruz. Eso, sólo eso, te aporta consumir o el sexo libre: una insatisfacción que la tienes que llenar de más insatisfacciones.

Desde hace más de 30 años trabajo de albañil y después de algunos años precarios hoy día trabajo por cuenta propia y realizamos muchos trabajos en parroquias que necesitan reformas y rehabilitaciones. En la actualidad mis padres viven relativamente cerca y tenemos muy buena relación. Empiezan a ser mayores pero se quieren y están orgullosos de ser unos súper abuelos, ya que tienen veinte nietos, 19 de ellos de nuestro matrimonio y el de mi hermana mayor.

Ricardo Pareja Meseguer

Este testimonio fue publicado originalmente en Camino Católico en noviembre de 2020

José Ignacio, el esposo que cada día elige amar más a su mujer Claudia con Alzheimer temprano: «Poder cuidarla solo, no puedo; me gana el dolor; Dios cuida de ella, no es mérito propio; sin Él no soy nada»

José Ignacio y Claudia / Foto: Cortesía - ACI Prensa

* «Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza… Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada… El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar… Cada día la amo más. Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas… Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado»

Camino Católico.- Durante casi 30 años, José Ignacio y Claudia construyeron un matrimonio con alegrías, hijos, proyectos y dificultades propias de la vida en común. Pero hace unos seis años llegó una prueba que ninguno esperaba: a Claudia le diagnosticaron Alzheimer de inicio temprano a los 44 años.

Desde entonces, José Ignacio ha tenido que aprender una nueva manera de amar: más profunda, más entregada, una que reafirma su vocación y su deseo de llegar al cielo junto a Claudia.

“Soy un hombre eternamente enamorado de su esposa, un padre de familia que, antes de estar enamorado de su esposa, es un hijo de Dios que ha encontrado en el camino respuestas a muchas preguntas, precisamente en el dolor”, relata en entrevista con ACI Prensa.

José Ignacio y Claudia en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

La enfermedad de Claudia ha cambiado muchas cosas en su matrimonio, pero, asegura, no ha cambiado la promesa que hicieron el día de su boda.

“El amor es una decisión. El amor no es un sentimiento. El amor es una decisión y tienes que decidir amar a diario”, afirma.

Su historia es, para él, una oportunidad de hablar de la belleza del matrimonio católico y de una promesa que no está condicionada a que todo vaya bien. Es la historia de un esposo que, en medio del cansancio, el dolor y la incertidumbre, intenta permanecer junto a la mujer con quien decidió compartir su vida.

José Ignacio y Claudia se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México) / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz”

José Ignacio y Claudia, ambos mexicanos, se conocieron gracias a una cita a ciegas el 31 de agosto de 1997. Cuando él la vio por primera vez, recuerda haber pensado “wow”. Con el tiempo descubrieron que compartían muchos gustos y, sobre todo, que disfrutaban estar juntos.

Se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México). Claudia tenía 24 años y José Ignacio 28. Formaron una familia con tres hijos, que son su orgullo: María José, Federico José y Anaisabel.

Actualmente viven en Houston, Texas, tienen un pequeño nieto de seis meses y esperan la llegada de otros dos.

Desde su noviazgo y a lo largo de su vida matrimonial han vivido una fe sólida.

“Íbamos a Misa diariamente desde que nos casamos”, cuenta José Ignacio, quien asegura que ambos eran conscientes de que su camino como esposos tenía una dirección mucho más grande que ellos mismos: el cielo.

José Ignacio y Claudia cuando se conocieron / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz, con contratiempos como todos”, dice.

En la boda, el sacerdote les soltó una frase que José Ignacio todavía recuerda: “Entraron solteros, van a salir para siempre unidos en una sola persona”.

Ellos se miraron y entendieron que aquella unión no era solamente una expresión bonita.

“Es que somos uno”, pensaron.

Con el paso de los años llegaron los hijos, las responsabilidades y también los momentos difíciles.

“Obviamente hubo cosas desagradables. Pero ya no las recuerdo, porque mi esfuerzo es verla siempre con amor y que ese amor crezca”, afirma.

José Ignacio y Claudia cuando sus hijos eran pequeños / Foto: Cortesía - ACI Prensa

El diagnóstico que cambió sus vidas

Claudia tenía 44 años cuando recibió el diagnóstico de Alzheimer de inicio temprano.

José Ignacio ya había comenzado a notar algunas confusiones, pero las atribuía al cansancio. La enfermedad, además, no era completamente desconocida para la familia: tanto su madre como su suegra la habían padecido.

Fue durante una consulta médica cuando un neurólogo advirtió señales que llevaron a realizar nuevas evaluaciones.

El diagnóstico fue devastador. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que, con el tiempo, lleva a la muerte.

José Ignacio y Claudia en la actualidad sosteniendo a su nieto / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Según el sitio web del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos (HHS), esta enfermedad “destruye lentamente la memoria y la capacidad de pensar y, con el tiempo, la habilidad de llevar a cabo hasta las tareas más sencillas”. Asimismo, las “personas con Alzheimer también experimentan cambios en la conducta y la personalidad”.

Se calcula que más de 6 millones de personas que viven en los Estados Unidos, muchos de 65 años o más, tienen Alzheimer. De acuerdo a Mayo Clinic, el Alzheimer de aparición temprana afecta a 41 de cada 100.000 personas entre los 30 y los 64 años.

Esta enfermedad tiene un impacto en muchas más personas, como los familiares del paciente y principalmente quien asume el rol de cuidador, como es el caso de José Ignacio.

Cuidado a tiempo completo

El tratamiento de Claudia empezó al poco tiempo del diagnóstico. La enfermedad no tiene cura, pero el tratamiento ayuda a ralentizar su avance. Claudia recibe un tratamiento por infusión en el hospital cada dos semanas, o incluso con mayor frecuencia.

José Ignacio y Claudia en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Durante los primeros años, el deterioro no fue tan evidente. Sin embargo, José Ignacio explica que en los últimos dos años la enfermedad se hizo mucho más perceptible, especialmente en la orientación y en la ejecución de tareas simples.

La memoria, explica, todavía conserva muchos recuerdos. Pero otras capacidades han comenzado a desaparecer y con ellas también ha cambiado la dinámica familiar. José Ignacio dejó su trabajo en el sector financiero y hoy se dedica a tiempo completo a cuidar a Claudia.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa”

Para José Ignacio, sin embargo, hay algo que no ha cambiado: la presencia de Dios.

“Cuando tienes a Dios en medio, Dios habita en medio de los esposos cristianos y nunca los deja”, sostiene.

Por eso entiende el matrimonio no simplemente como una convivencia o como un sentimiento que permanece mientras las circunstancias son favorables.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa y el papel de tu esposa es hacerte feliz. A tu esposa hay que dedicarte y decidirte a amarla diario, porque ese amor lo tienes que alimentar”, explica.

La enfermedad hizo todavía más evidente para él el sentido de una promesa. “Cuando te casas haces una promesa. Es una promesa, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, recuerda.

La adversidad, dice, no es algo que los novios suelen imaginar cuando se casan, pero forma parte de la vida.

“La enfermedad llega. Lo último que piensas es en una enfermedad, pero la realidad en el matrimonio es que, la enfermedad en la que prometes estar, llega. Va a llegar de uno o del otro y tarde o temprano”.

José Ignacio, Claudia y su hija / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“Dios no manda sufrimientos”

José Ignacio rechaza la idea de que Dios sea quien envía el sufrimiento.

“Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza”, afirma.

Esa convicción es la que, según cuenta, le permite hacer cada día cosas que muchas veces siente que no podría realizar por sí mismo. Bañar a Claudia, vestirla, acompañarla y ayudarla en sus actividades cotidianas se han convertido en parte de su vida.

“Yo poder cuidar a Claudia solo, no puedo. Me gana el dolor. Sin embargo, Dios lo hace, no es mérito propio. Dios cuida de Claudia”, asegura.

Incluso hay momentos aparentemente pequeños que para él expresan la dignidad con la que quiere seguir tratando a su esposa: “Yo la maquillo porque tiene que salir con la dignidad de una reina. Y Dios es el que hace eso a través de mí”.

“Yo hacerlo solo no podría. Yo sin Dios no soy nada”, subraya.

José Ignacio, Claudia en el bautizo de su hijo, Federico Celis, el 26 de junio de 2024 / Foto: Cortesía - ACI Prensa

San José y una nueva forma de cuidar

Cuando comenzó la enfermedad, José Ignacio recurrió especialmente a San José.

“San José, ayúdame a cuidar de Claudia. ¿Cómo tú cuidarías de la Virgen si la Virgen tuviera Alzheimer? Igualito, idéntico. No me dejes fallar”, le pide siempre.

San José se convirtió así en un modelo de esposo y cuidador: un hombre llamado a proteger y servir sin protagonismo. Sin embargo, José Ignacio confiesa que no es nada fácil.

“No quiero mentirte al decirte que no me canso, que no hay ganas de correr, de salir corriendo, sería mentirte”, reconoce.

José Ignacio y Claudia / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Amar incluso cuando la enfermedad cambia al otro

Uno de los aspectos más difíciles del Alzheimer es la pérdida progresiva de la reciprocidad que caracteriza la vida matrimonial.

“Yo sé que quizá ella por su misma enfermedad pues a veces no pueda tener esa reciprocidad que uno espera, pero yo la busco en pequeños gestos”, afirma.

Para José Ignacio, el amor no desaparece cuando el otro deja de poder responder de la misma manera. Al contrario, es entonces cuando la promesa matrimonial adquiere un significado nuevo.

“El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar... pero mientras vivas vas a poder dar”, sostiene.

José Ignacio también ha tenido que aprender a cuidarse para poder cuidar. Su rutina incluye acompañamiento profesional y espiritual durante la semana, además del apoyo de amigos y familiares.

Pero señala que hay una prioridad por encima de todas: “La primera, la espiritual. Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada”.

José Ignacio y Claudia junto a sus hijos / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Una familia que también aprende a vivir con el Alzheimer

La enfermedad de Claudia no afecta únicamente a José Ignacio. También ha cambiado la vida de sus tres hijos.

Una de sus hijas siente el dolor de haber perdido la posibilidad de contar con su madre como había imaginado para su propia familia. Su hijo se pregunta si su madre podrá estar presente en momentos importantes, como su graduación. Y la hija menor ha perdido a aquella madre con quien podía conversar y compartir sus preocupaciones.

La enfermedad les ha enseñado que la familia también necesita acompañarse y sostenerse mutuamente.

José Ignacio y Claudia junto a su hijo Federico en la actualidad / Foto: Cortesía - ACI Prensa

“El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”

Entre las cosas que más conmueven a José Ignacio está la manera en que ahora mira a Claudia.

La enfermedad ha transformado su rostro y su manera de relacionarse con el mundo. Él habla de una especie de inocencia que percibe en ella.

Y entonces se hace una pregunta: “¿Cómo no te vas a enamorar cada día más de eso?”.

Su respuesta no está en negar el dolor, sino en descubrir que el amor puede adquirir nuevas formas. “El dolor me ha enseñado a luchar por ser feliz”, explica.

Pero lo hace también por Claudia. Cuando ella lo ve triste, él sabe que su tristeza también la afecta. Por eso, intenta luchar por la alegría.

José Ignacio suele decir que es un “consentido de Dios”. No porque su vida sea fácil, sino porque, a pesar del sufrimiento, reconoce haber recibido la fuerza para seguir amando.

“Porque cada día la amo más”, afirma.

Y en los momentos más difíciles, asegura sentir que no están solos.

“Yo sé que Dios llora conmigo y a veces siento que San José y la Virgen nos limpian las lágrimas”.

José Ignacio, Claudia y sus hijos cuando eran pequeños / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Una promesa que sigue viva

José Ignacio sabe que el Alzheimer de Claudia avanza, pero su mirada está puesta en algo que considera todavía más importante.

“Yo tengo que trabajar para ganarme el cielo. Ella no, yo sí. Entonces digo: ‘Dios mío, estoy cada vez más consciente de que mi trabajo aquí es ganarme el cielo’. Y al mismo tiempo, quiero estar con ella, recorriendo ese camino”.

Cada día que transcurre, José Ignacio decide amar. Decide permanecer. Decide cuidar. Decide volver a empezar. Porque, para él, el matrimonio no consiste en esperar que nunca llegue la cruz, sino en descubrir que, cuando llega, los esposos no tienen por qué cargarla solos.

“Es muy doloroso caminar ese Vía Crucis, pero qué alegría hacerlo con Dios a tu lado”.

Y esa es quizá la lección que quiere dejar a otros esposos: que el amor en el matrimonio no pierde su belleza cuando llegan los días aciagos. Al contrario, revela la profundidad de la promesa hecha un día ante Dios.

“El amor es una decisión”, repite José Ignacio.

José Ignacio y Claudia junto a su nieto / Foto: Cortesía - ACI Prensa

Una invitación a acompañar a José Ignacio y Claudia

Quienes deseen acompañar a José Ignacio y Claudia en este camino pueden hacerlo con la oración y también a través de una ayuda económica. Tras dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de su esposa, José Ignacio enfrenta junto a su familia los desafíos que implica el avance del Alzheimer de Claudia.

Campaña de ayuda:

🔗 https://www.gofundme.com/f/support-for-claudia-celis-alzheimers-care