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viernes, 20 de marzo de 2026

Andrés David Forero ordenado sacerdote padeciendo cáncer: «Yo no me he sentido abandonado por Dios, aunque me haya preguntado por qué a mí; Él no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor»


Andrés David Forero celebrando su primera Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero

* «No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar… Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene… Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros»

Camino Católico.- “He asumido la enfermedad como una prueba de fe”. Con estas palabras, Andrés David Forero Rincón ha definido la experiencia que ha marcado los meses previos a su ordenación sacerdotal, celebrada en la parroquia de Sant Pere de Sencelles, en Mallorca, el pasado 1 de marzo, ceremonia que estuvo presidida por el obispo de la diócesis, Sebastià Taltavull. A Andrés, cuando ya era diácono,  le diagnosticaron un linfoma, cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Lo entrevista Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega una hora antes de su tercera sesión de quimio.

—Acaba de celebrar su primera Misa como sacerdote, unos días después de recibir la ordenación. ¡Enhorabuena!

—El de la ordenación fue un día muy especial, porque lo esperaba desde que era muy niño. Fue un momento de amor, una caricia de Dios que me decía: «Estoy aquí». Mi primera Misa la celebré en la parroquia de San Alonso Rodríguez, en Palma de Mallorca, donde tras venir de Colombia me acogieron los hermanos de la Renovación Carismática. Crecí en este ambiente en mi país y quise compartir con ellos este momento tan especial.

—Me han dicho que anda un poco flojo de salud.

—Sí, hace un mes y medio me diagnosticaron un linfoma, un cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Llevaba ya varios meses un poco enfermo, y tras la Misa de la última Nochebuena me sentí realmente mal. Ahora lo vamos combatiendo y en un rato tengo que entrar en mi tercera sesión de quimioterapia, de las seis que me van a dar.

—¿Cómo está llevando la quimio?

—Sorprendentemente, muy tranquilo. Los médicos me dicen que están haciendo todo lo posible para que sea curable. Estamos enfocados, tanto ellos como yo, en que sea así. Esa es la esperanza que tenemos.

Andrés David Forero en la consagración de la eucaristía durante la primera misa después de ser ordenado / Foto: Cedida por Andrés David Forero

—Todo esto le ha venido siendo ya diácono. ¿Cómo surgió su vocación?

—Yo vengo de una familia colombiana muy católica, con la fe muy arraigada. Mis hermanos y yo íbamos de niños todos los días a Misa. Teníamos un trato asiduo con sacerdotes cercanos; eso me hizo preguntarme en el instituto qué quería Dios de mí. Empecé a estudiar Filosofía en la universidad de los padres eudistas y, en la Jornada Mundial de la Juventud del año 2019, en Panamá, le pedí a Dios que me mostrara mi camino.

—¿Y cómo acabó en Mallorca?

—Es la providencia de Dios. En mi vida apareció de repente este lugar que yo no conocía ni sabía que existía. Leyendo en las redes sociales vi que había seminarios muy vacíos, como el seminario de Mallorca, que entonces tenía pocas vocaciones. Entonces le dije al Señor: «Si tú quieres que yo sea sacerdote, llévame donde más me necesiten».

—¿Y qué pasó después?

—Me puse en contacto con el seminario y vine en junio para conocerlo. En septiembre ya estaba empezando el curso. Todo fue muy rápido, muy providencial. Dios nos mueve siempre.

—En esta manera de ver su historia bajo la mirada de Dios, ¿cómo encaja su enfermedad?

—Como un reto, porque Dios siempre nos desafía en el buen sentido. Hace unos días en la Misa leímos la escena de Jesús en la barca con los discípulos. Allí Él les pide hacer algo diferente: tirar la red a la derecha, en lugar de a la izquierda, como estaban haciendo. A mí Dios me ha pedido en este momento, con la enfermedad, tirar la red a la derecha: hacer otra cosa diferente, vivir el ministerio y mi vida de otra manera, porque Él quiere seguir teniendo el lugar primero que le corresponde en mi vida.

Andrés David Forero celebrando la Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero.

—Eso suena difícil.

—No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar. Son reflexiones que he hecho a lo largo de ese tiempo. Yo no me he sentido abandonado por Él, a pesar de que a veces me haya preguntado por qué a mí. Dios no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor.

—Muchos sufren por sus dolencias o por las de alguien cercano. ¿Qué les diría desde su experiencia?

—Tenemos que agudizar el oído y la vista para no ir a Dios solo para que nos sane. Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene.

La enfermedad nos saca de nosotros mismos, no nos la esperamos. Pero también nos permite dar lo mejor de nosotros. Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros.


Andrés David Forero el 1 de marzo de 2026. en su ordenación sacerdotal / Fotos: Diócesis de Mallorca

Robert Steele era alcohólico hasta que Dios lo sanó y es sacerdote ayudando a otros adictos: «La pornografía aísla a las personas y la confesión regular es un ancla que las lleva a la luz, donde comienza la sanación»

El sacerdote neozelandés Robert Steele / Foto: Diócesis de Auckland

* «La vergüenza y el miedo al juicio a menudo les impiden buscar ayuda, creando un ciclo de secretismo. A menudo se malinterpreta la confesión como un ritual de culpa, pero en realidad es una de las mayores fuentes de sanación. Recibir la confesión con frecuencia, semanalmente o cada dos semanas, ayuda a fortalecer la resiliencia, porque cada confesión no solo absuelve el pecado, sino que también derrama la gracia sacramental, fortaleciéndonos para resistir la tentación. Muchos adictos en recuperación testifican que la confesión es su ‘botón de reinicio’, un lugar seguro para empezar de nuevo sin temor al juicio»

Camino Católico.-  Fue una vocación tardía, muy tardía. Robert Steele tenía 57 años en 2008 cuando el obispo le impuso las manos para transferirle el orden sacerdotal. Llevaba siete sin tomar una gota de alcohol, una adicción que arrastraba desde su adolescencia, durante cerca de 40 años. «Descubrí que Dios no había desperdiciado mi sufrimiento», asegura en una entrevista con The Catholic Weekly. «Las experiencias de las que antes me avergonzaba se convirtieron en parte de mi vocación pastoral», reconoce ahora este sacerdote católico neozelandés que lleva años acompañando a personas con problemas de adicción.

El padre Steele es el párroco de la iglesia de San Patricio en Pukekohe, al sur de Auckland (Nueva Zelanda). Tras años viviendo en la culpa y la vergüenza, ha plasmado toda su experiencia vital de lucha en un libro que ha titulado ‘A Journey of Hope: Combating Pornography on the Internet’ (Un viaje de esperanza: Combatiendo la pornografía en internet). En él, el sacerdote neozelandés se atreve a abordar un tema que genera mucho silencio: cómo avanzar hacia la sanación y la libertad para aquellas personas atrapadas en patrones compulsivos de contenido sexual en línea. Argumenta que es una crisis que afecta la salud mental, la vida espiritual e incluso la capacidad de los jóvenes para imaginar su futuro.

Sus reflexiones surgen de su experiencia pastoral, pero también de su propia historia personal de recuperación. Antes de ingresar al seminario, Steele luchó contra el alcoholismo durante su juventud. Tras enfrentarse a la adicción y abrazar la sobriedad, finalmente discernió su vocación sacerdotal. Hoy cumple 25 años sin alcohol, un hito que a menudo cita como prueba de que las heridas personales pueden convertirse en la base de una vida de servicio.

Camino de adicción, sufrimiento y la gracia de Dios

“Crecí en un entorno obrero bastante común y corriente, y como muchos hombres de mi generación, caí en comportamientos adictivos durante mi juventud. El alcohol era mi principal problema, pero debajo de eso había cuestiones más profundas: soledad y heridas sin resolver. Durante mucho tiempo intenté manejar la vida a mi manera, y simplemente no funcionó”. cuenta el padre Robert Steele.

Durante varios años trabajó en el sector turístico y hotelero, llegando a ser profesor universitario en esa área. Pero no era feliz.  

“Mi punto de inflexión llegó cuando finalmente admití que no podía arreglarme a mí mismo. Ingresé a rehabilitación, abracé la sobriedad y comencé un largo y honesto proceso de sanación interior. Ese camino me enseñó humildad, autoconocimiento y a confiar en la gracia divina. Ahora llevo 25 años sobrio”. 

A medida que superaba lentamente su alcoholismo, resurgió un interés por el sacerdocio que había permanecido latente durante mucho tiempo. Fue ordenado sacerdote en 2008, a la edad de 57 años. 

“Descubrí que Dios no había desperdiciado mi sufrimiento. Las experiencias de las que antes me avergonzaba se convirtieron en parte de mi vocación pastoral. Regresé al seminario más adelante, por la gracia de Dios, y fui ordenado sacerdote, llevando conmigo una profunda compasión por quienes sufren. Mi vocación es inseparable de mi recuperación. El sacerdocio es la forma en que Dios transformó mis heridas en una fuente de servicio”.

El libro del padre Steele, por ahora solo disponible en inglés

Cómo combatir la pornografía

En su país, el 54 % de los chicos jóvenes y el 14 % de las mujeres jóvenes ven pornografía al menos una vez a la semana. Unas cifras similares a las que se manejan en el resto del mundo occidental. “Lo que me preocupa aún más que los porcentajes es la edad de la primera exposición. Muchos niños se enfrentan a la pornografía a los 9, 10 u 11 años”, explica el padre Steele. “En esa etapa, sus cerebros y estructuras morales no están ni remotamente preparados para procesar lo que ven”, constata. Eso, inevitablemente, crea unas cadenas que son muy difíciles de romper. Él, que ha tenido que desembarazarse de las del alcohol, sabe bien de qué habla y aborda en su libro como hacer frenta a la pornografía.

“Desde una perspectiva de salud pública, la pornografía está ahora fuertemente vinculada a la ansiedad, la depresión, la disfunción sexual, la ruptura de relaciones, las visiones distorsionadas de la intimidad y el aumento de los patrones de adicción. Neurológicamente, reconfigura los circuitos de recompensa de maneras sorprendentemente similares a las drogas”, señala.  

Y subraya que “desde una perspectiva espiritual, es igualmente grave. La pornografía entrena al corazón para consumir en lugar de amar. Erosiona la capacidad de entrega, fidelidad, respeto por el cuerpo y una intimidad auténtica. En cuanto a las vocaciones y la práctica de la fe: no diría que la pornografía es el único factor, pero estoy convencido de que es uno importante. Cuando los hombres viven con vergüenza crónica, secretismo y comportamientos sexuales compulsivos, les resulta mucho más difícil imaginar el sacerdocio, el matrimonio o un compromiso profundo con Dios”.

“Romper el ciclo de la adicción a la pornografía se desarrolla en tres dimensiones: neurológica, emocional y espiritual. La libertad duradera no es simplemente una cuestión de fuerza de voluntad; es un camino de gracia.  Y los puntos de hidratación en la larga carrera hasta la meta son las prácticas tradicionales de la Iglesia Católica: la confesión frecuente, la Eucaristía, la dirección espiritual, el ayuno y los actos de sacrificio, y la devoción a la Santísima Virgen”,   explica el padre Steele.

“La terapia, el software de seguimiento, los grupos de apoyo y las intervenciones basadas en la neurociencia son realmente útiles”, afirma. “Pero sin fe, falta algo esencial: sentido, perdón, esperanza y trascendencia. La adicción no es solo un problema de comportamiento. Es una herida relacional y espiritual”. 

“Para los católicos, el poder de la confesión suele pasarse por alto, pero es una piedra angular del éxito espiritual, ya que la vergüenza es la atadura más fuerte para quienes no pueden dejar de consumir pornografía”, asegura el sacerdote.

“La adicción a la pornografía aísla a las personas. La vergüenza y el miedo al juicio a menudo les impiden buscar ayuda, creando un ciclo de secretismo”, escribe el padre Steele en ‘Un viaje de esperanza’.

“A menudo se malinterpreta la confesión como un ritual de culpa, pero en realidad es una de las mayores fuentes de sanación. La vergüenza nos dice que nos escondamos, pero la confesión nos saca de las sombras y nos lleva a la luz, donde comienza la sanación. Para alguien que lucha contra la pornografía, la confesión regular se convierte en un ancla”, asegura.

“Recibir la confesión con frecuencia, semanalmente o cada dos semanas, ayuda a fortalecer la resiliencia, porque cada confesión no solo absuelve el pecado, sino que también derrama la gracia sacramental, fortaleciéndonos para resistir la tentación. Muchos adictos en recuperación testifican que la confesión es su ‘botón de reinicio’, un lugar seguro para empezar de nuevo sin temor al juicio”, comparte.

La recuperación puede ser un camino largo y arduo. Incluso los cristianos convencidos pierden la esperanza y dejan de orar. “Llegan a un punto en el que dicen: ‘¿Para qué molestarse? ¿Para qué orar por esto? Porque no lleva a ninguna parte’”.  

“Siempre animo a quienes acompaño y les digo que nunca se rindan. Que sigan orando. La recuperación es lenta. Las recaídas son comunes, por desgracia. Pero el progreso es lento pero constante”, subraya.  

La pornografía entrena al corazón para consumir en lugar de amar. Erosiona la capacidad de entregarse a uno mismo, la fidelidad, el respeto por el cuerpo y la intimidad auténtica / Foto: Pexels.com.

Si la pornografía es un problema tan grave, ¿por qué los feligreses no oyen hablar de ello con más frecuencia? El padre Steele afirma que “los sacerdotes no son indiferentes, pero deberían pronunciarse al respecto. A algunos les preocupa avergonzar a los feligreses, provocar reacciones negativas o no tener el lenguaje adecuado. Otros, simplemente, no se sienten capacitados para abordar la adicción sexual,” asegura. 

“Pero el silencio tiene un precio. Cuando los jóvenes y los padres nunca oyen a la iglesia hablar con claridad, compasión y pragmatismo sobre la castidad y la pornografía, asumen que la iglesia no comprende su mundo. Eso es trágico. Necesitamos más predicación, más catequesis y más honestidad pastoral. No de una manera moralizante o que avergüence, sino de una manera sanadora, esperanzadora y que diga la verdad”, reflexiona. 

Los padres no pueden permitirse el lujo de ignorar el atractivo de la pornografía para sus hijos. Las búsquedas en Google o las atractivas ventanas emergentes atraen a muchos niños a los rincones oscuros de internet. Y siempre existirá la presión de grupo para explorar terrenos prohibidos.  

El padre Steele tiene cuatro palabras de consejo para los padres: "Sean tempranos y sean honestos". Y añade: “Los padres deben dar por sentado que sus hijos se encontrarán con pornografía, en lugar de preguntarse si podrían hacerlo. Las conversaciones sobre el cuerpo, el sexo y la seguridad en internet deben comenzar mucho antes de lo que la mayoría de los padres creen”. 

Por otra parte, “también es necesario crear un entorno donde los niños no tengan miedo de decir la verdad. Si un niño confiesa haber estado expuesto y recibe ira o pánico, aprenderá a esconderse. Las herramientas prácticas también importan: filtros, aplicaciones de control, reglas para los dispositivos. Pero ningún filtro reemplaza una relación sólida y un diálogo abierto”, asevera.  

Como complemento de  «Un viaje de esperanza», el padre Steele también ha publicado una parábola moderna, «El viaje de Miguel: una novela de lucha, gracia y libertad». Narra la historia de un joven atrapado por la pornografía que, poco a poco, logra liberarse con la ayuda de la oración y el consejo de un sacerdote comprensivo. Padres y adolescentes podrían encontrarla útil. 

Para los adictos a la pornografía, ¿existe un Matt Talbot, el irlandés santo considerado el santo patrón de los alcohólicos?  “Todavía no, aunque San Carlos Acutis es venerado por su “pureza, devoción eucarística y uso de la tecnología para el bien. Creo sinceramente que Dios está suscitando testigos modernos que algún día serán reconocidos como santos de esta lucha. Vivimos en un nuevo campo de batalla espiritual, y el cielo siempre provee nuevos héroes» concluye el padre Steele.

lunes, 26 de enero de 2026

Vincent Lafargue tuvo una experiencia cercana la muerte que lo llevó a ser sacerdote: «Vi una luz inmensa habitada por el amor de Dios que me cambió la vida y descubrí la vocación»

El padre Vincent Lafargue dejó los tras trabajos que tenía y sintió su llamado al sacerdocio después de haber estado muerto clínicamente y haber vivido una experiencia cercana a la muerte (ECM)

* «Yo era un creyente, no muy practicante, pero solía leer en misa para mi comunidad católica. Estaba más acostumbrado a hablar con Dios para llamarlo a rendir cuentas por la desgracia y la maldad del mundo, en lugar de orar. No me di cuenta de que Dios no es responsable de estos males. Hay tres características principales que observé en mí mismo después y que se encuentran en muchos que han pasado por experiencias cercanas a la muerte. Primero, el hecho de que ya no le temo a la muerte. El segundo elemento es, de hecho, la voluntad de cambiar mi vida. Pasé de mis tres trabajos a la vocación sacerdotal. La tercera característica es la necesidad de estar al servicio de los demás. En mi misión, estoy involucrado en la capellanía del hospital, lo que me permite estar involucrado con la gente como otros estuvieron conmigo después de mi accidente. A nivel personal, he desarrollado un sentido agudo de lo que es directo, justo, sincero. No siempre es cómodo. Me empuja a decir la verdad, ¡lo que no siempre es fácil!»   

Camino Católico.- Al padre Vincent Lafargue le gusta celebrar cada año el 14 de noviembre, ya que marca el día de lo que él considera su segundo nacimiento. Ese día, en el año 2000, a sus 25 años, este suizo sufrió un terrible accidente mientras conducía su moto, que le llevó a la muerte.

Una hemorragia interna, seguida de un paro cardíaco, le impulsó fuera de su propio cuerpo, dice, hacia una poderosa luz en la que se sintió rodeado por el amor absoluto de Dios.

Esa experiencia cercana a la muerte cambió radicalmente su forma de ver la vida y el sentido profundo que daba a su presencia en la tierra, hasta el punto de llevarle a abrazar la vocación sacerdotal dos años después, como cuenta en esta entrevista publicada por el National Catholic Register.

Ordenado sacerdote para la diócesis de Sion (en el cantón de Valais, Suiza) en 2010, el padre Lafargue vive en Villeneuve (cantón de Vaud), mientras se forma actualmente para ser capellán de un hospital cercano en Rennaz.

- ¿En qué contexto se produjo su accidente?

- Tenía 25 años y tres trabajos al mismo tiempo: Era actor por la noche, presentador de radio por la mañana y profesor de francés durante el día. Como mucha gente a esa edad, me creía inmortal. Solía hacerlo todo extremadamente rápido, como me hizo notar una vez uno de mis alumnos, observando un tic verbal que tenía: Siempre decía la palabra "rápidamente". "Vamos a hacer un ejercicio rápidamente". "Vamos a pasar a otro tema rápidamente". "Te voy a enseñar algo rápidamente". Me di cuenta de ello gracias a este alumno.

Estaba pensando en esto esa noche en mi motocicleta, y comencé a hablar con Dios en mi corazón. Le dije: "Sé que voy demasiado rápido y que este tic dice algo sobre mi vida. Estoy haciendo demasiado, y me gustaría poder frenar, pero no sé cómo hacerlo, sobre todo porque me encanta todo lo que hago". Y añadí: "Si eres tan inteligente, si realmente existes, ¿por qué no intentas detenerme?".

Estaba en un semáforo en rojo; y en ese momento, se oyó claramente una voz que cubría la música que estaba escuchando a todo volumen en mis auriculares y que empezó a hablarme. Esta voz, muy suave y amable -y que no tenía nada que ver con la voz de mi conciencia- me preguntó dos veces: "¿Eres realmente consciente de lo que me estás pidiendo?" Y dos veces, en voz alta, sin estar seguro de lo que hacía, respondí: "Sí".

El semáforo se puso en verde y recorrí unos 100 metros antes de encontrarme con un coche delante, a 80 km/h. Había una ilusión óptica en ese punto de la carretera, y el conductor del coche y yo no teníamos forma de vernos. Los investigadores se dieron cuenta más tarde de ello e hicieron corregir la carretera. Todo ocurrió en medio segundo. El otro coche también iba a 80 km/h, así que fue como chocar contra un muro a 100 km/h. Fue muy violento. Fue muy violento. La conductora del coche, que se convirtió en una amiga después, quedó traumatizada durante mucho tiempo.

- ¿Qué tan grave fue el accidente para usted?

- Fue muy grave, pero una serie de "casualidades" -el nombre que toma Dios cuando actúa de incógnito, pues se trata de casualidades con mayúsculas- hicieron que no muriera esa noche. La conductora tenía un teléfono móvil en el coche (algo que no era habitual en el año 2000), y llamó inmediatamente a la policía en lugar de a la ambulancia porque estaba convencida de que yo estaba muerto cuando me encontró en un charco de sangre. Esto fue lo que me salvó la vida, porque más tarde nos dijeron que la ambulancia estaba atascada en el tráfico, lejos del lugar del accidente, mientras que el coche médico de la policía estaba cerca y llegó en dos minutos.

Me llevaron al hospital de Ginebra. Tenía muchas fracturas, sobre todo en la pelvis, lo que me provocó una hemorragia interna que no se detectó enseguida. Me salvó in extremis un médico que había terminado su jornada de trabajo, pero que se había detenido junto a la máquina de café antes de marcharse. Cuando me vio, me preguntó qué me pasaba y luego pidió ver mis radiografías. Reconoció un punto que indicaba las hemorragias y comprendió que me estaba muriendo. Mi corazón se detuvo justo en la puerta del quirófano.

- ¿Así que fue entonces cuando todo cambió?

- Sí. Lo que sucedió en ese momento es mucho más vívido que cualquier otra cosa en mi mente. De repente vi una escena que pude observar desde arriba. Vi a una persona herida en una cama, la gente se agitaba a su alrededor, y luego oí un pitido que indicaba que el corazón se había detenido. Me preocupé por esta persona sin comprender que era yo. Me encontraba en un estado de bienestar total.

En realidad, apenas duró un minuto, pero en mi percepción, fue mucho más largo. Entonces me di la vuelta de repente, como si alguien me tirara por detrás. Pero en lugar de ver el techo, vi esa famosa luz inmensa, de la que nunca había oído hablar. Es mucho más potente que la luz del sol, sin ser deslumbrante. Me sentí atraído por ella. Floté hacia esta luz durante unos instantes, pero a diferencia de otros, [que, por ejemplo, afirman haber visto a seres queridos fallecidos o incluso a Jesús] no fui más allá. Sin embargo, para mí, esta luz estaba habitada, no por una persona visible, sino por una presencia evidente, que era el Amor, el Amor incondicional. Y, para mí, como aprendí después, el amor es una Persona: Dios. Esto fue lo que sentí profundamente.

El padre Vincent Lafargue contó al médico todo lo que había vivido desde fuera de su cuerpo en el hospital y el doctor tuvo que reconocer que era verdad aunque científicamente no tenía explicación porque él estaba clínicamente muerto

- Dices que después de ver esta intensa luz no fuiste más allá. ¿Qué pasó después?

- De repente fui arrojado de nuevo a mi cuerpo. Fue el peor momento de mi vida, sensorialmente hablando, aunque fue cuando mi corazón volvió a empezar. Se despertaron todos mis dolores. A continuación me sometieron a una serie de duras intervenciones. Algunos recuerdos de mi experiencia volvieron a mí rápidamente después de despertarme, sin que entendiera realmente el significado de todo aquello.

Unos meses más tarde, hablé de ello con el mismo médico que me había operado. Le conté lo que había visto, el masaje cardíaco, el diálogo entre él y las enfermeras, el número que vi en la pared, el nombre en la etiqueta de la bata blanca de un cuidador junto a mi cama... El médico se mostró interesado y confuso a la vez, diciendo que yo no podía recordar científicamente nada de eso, especialmente al hombre junto a la cama, porque nunca lo había visto fuera del quirófano. Dijo que me creía porque todo lo que decía era cierto, pero que no podía explicarse por la ciencia porque mi corazón ya no latía.

- Esta experiencia le empujó a tomar una nueva y radical decisión de vida. Pero, ¿cómo te cambió concretamente?

- Hay tres características principales que observé en mí después y que se encuentran en muchos que han vivido experiencias cercanas a la muerte. En primer lugar, el hecho de que ya no tengo miedo a la muerte. El segundo elemento es, efectivamente, la voluntad de cambiar mi vida. Pasé de mis tres trabajos a la vocación sacerdotal. La tercera característica es la necesidad de estar al servicio de los demás. En mi misión, participo en la capellanía de un hospital, lo que me permite involucrarme con la gente como otros lo hicieron conmigo después de mi accidente.

A nivel personal, he desarrollado "antenas contra la hipocresía", en cierto modo. Es un sentido agudo de lo que es franco, justo, sincero. No siempre es cómodo. Me empuja a decir la verdad, lo que no siempre es fácil.

- ¿Qué tipo de relación tenía con Dios antes del accidente?

- Era creyente, no muy practicante, pero solía leer en misa para mi comunidad católica. Estaba más acostumbrado a hablar con Dios para pedirle cuentas por las desgracias y el mal del mundo, que a rezar. No me daba cuenta de que Dios no es responsable de esos males que provienen de otro. ...

Una anécdota relacionada con mi accidente ilustra cómo el Señor vino a responderme sobre este tema. Inmediatamente después de mi accidente, un capellán vino a visitarme a mi habitación, y lo despedí bruscamente. Pero volvió a la semana siguiente, y cada semana después, durante mi larga hospitalización. Me explicó largamente que Dios nunca hace el mal, que no quería el mal que me había ocurrido, sino que lo estaba utilizando para tocar mi corazón. Me dijo que el Señor estaba clavado conmigo en esa cruz que tenía que soportar, clavado en mi cama, y que era con él con quien podía superar todo esto. Obviamente, estas palabras fueron muy importantes y jugaron un papel importante en mi camino.

La "suerte" quiso que el día que fui a visitar el seminario de Friburgo por primera vez, él estaba allí, ¡dando una conferencia sobre capellanía hospitalaria!

En 2019, me han pedido que asista a los pacientes de un nuevo hospital en Rennaz (en el cantón de Vaud). Da la casualidad de que el capellán de este nuevo centro sigue siendo él, el antiguo capellán del hospital de Ginebra, que ahora está a punto de jubilarse. Me pidió que me hiciera cargo de la capellanía del hospital. 

- ¿Su vocación floreció inmediatamente después de su experiencia cercana a la muerte?

No, primero pasaron dos años, durante los cuales exploré todas las religiones del mundo. Estaba buscando. El primer detonante fue la visita del Dalai Lama a Suiza, durante la cual pidió a la población local que no se convirtiera al budismo, sino que redescubriera la belleza de su propia religión. Esto me empujó a volver a mi fe católica, que había tenido la suerte de recibir de niño.

El otro detonante fue un programa de radio. A menudo Dios viene a nosotros a través de lo que nos habla. Yo había sido locutor de radio, y él vino a mí a través de ese canal. Iba en coche a la escuela y cogí un programa por el camino. Escuché a un hombre mayor que hablaba de todo lo que me gusta -poesía, arte, cine- de una manera que me conmovió mucho, sin que yo supiera quién era. Era una radionovela que duró dos o tres días. Al día siguiente, encendí la radio para escucharlo y me quedé de piedra al saber que ese hombre era un cura. Para mí, los sacerdotes sólo decían misa los domingos, y no tenía ni idea de que pudieran hablar de todos estos temas con tanta precisión.

Entonces busqué su información de contacto y le llamé. Mientras hablaba con él por teléfono, su voz era tan abrumadora como en la radio. Sin siquiera pensarlo, le dije que le había escuchado en la radio y que me sentía llamado a la misma vocación que él. Fui el primer sorprendido por lo que dije. 

El padre Vincent Lafargue dice que muchos fieles se conmueven con su testimonio porque están sedientos de testimonios que les permitan intentar comprender lo que la ciencia no explica

- ¿Cómo reaccionan sus compañeros sacerdotes ante su historia? ¿Le animó su jerarquía a dar más testimonio de esta experiencia para evangelizar a las personas alejadas de la fe para que vuelvan?

- Muchos compañeros sacerdotes conocen mi historia, porque ha salido en los medios de comunicación, pero ninguno me habla de ella, salvo algunas excepciones. Muchos se avergüenzan porque este tema es bastante tabú en la Iglesia institucional. Tienden a evitar hablar de lo que la ciencia no puede explicar, lo cual es sorprendente porque ¡la ciencia nunca ha podido explicar los milagros realizados por Jesús! Esta tendencia se da sobre todo en Europa occidental, un poco menos en Estados Unidos y, por supuesto, en la Iglesia oriental.

- ¿Cómo se explica esto?

- Nuestra Iglesia católica occidental es muy racionalista; desconfía mucho de lo paranormal, en general. Básicamente, las únicas personas con las que puedo hablar realmente de mi experiencia son los exorcistas, porque saben muy bien que hay fenómenos paranormales que la ciencia no explica y por los que la Iglesia debería interesarse.

Por otra parte, muchos fieles se conmueven con mi testimonio porque están sedientos de testimonios que les permitan intentar comprender lo que la ciencia no explica. Lo veo cada vez que se emite un artículo o un programa sobre mí. Creo que la Iglesia debe tener una palabra que decir sobre este tipo de cosas. Al fin y al cabo, ¡se trata de la vida eterna!

- Usted ha tenido ocasión de decir en algunas entrevistas que la ausencia de miedo a la muerte no le impide aferrarse con fuerza a la vida. ¿Cómo afronta hoy esta "segunda vida"? ¿Tiene menos prisa que hace 20 años?

- Por desgracia, no. Soy un activista infatigable. Sigo teniendo prisa por vivir la vida al máximo, hoy incluso más que ayer. También soy consciente de lo que casi he perdido. Los días nunca son lo suficientemente largos, ¡y me gustaría no necesitar dormir para tener tiempo de hacer todo lo que quiero hacer en la tierra!

Me acerco a la vida como un niño ante un enorme buffet de chocolates y dulces, sin saber cómo conseguir comerlo todo, sin saber por dónde empezar...

42 publicaciones con argumentos científicos testifican que hay vida después de la muerte

Una profusa investigación liderada por el Dr Pirn van Lommel y un equipo de expertos holandeses, publicada en la revista médica The Lancet, ofrece argumentos para aseverar que hay vida después de la muerte. Estos investigadores examinaron a 60 pacientes que habían sobrevivido a la muerte clínica. En cada uno de ellos, el electrocardiograma registró la cesación de las funciones vitales y el electroencefalograma estaba plano. Médicamente, estos pacientes estaban clínicamente muertos, y fue entonces cuando abandonaron sus cuerpos. Tras abandonar el cuerpo, conservaron plena autoconciencia; podían ver y oír todo con precisión, pero eran invisibles para las personas que vivían en la Tierra.

Estos científicos holandeses no son los únicos que han acumulado información que valida lo que afirma la iglesia. 

Según una encuesta de Gallup, el 5% de todas las personas han tenido la experiencia de la vida tras la muerte clínica (cf. P. van Lommel, Eternal Consciousness: A Scientific Vision of "Life After Life", Varsovia 2010). Esta experiencia se denomina experiencia cercana a la muerte (ECM). Muchas personalidades famosas han sobrevivido a la muerte clínica y han vivido una vida tras la muerte. Entre ellos se encuentran las actrices estadounidenses Elizabeth Taylor y Jane Seymour, así como el actor y director inglés Peter Sellers. El científico y neurocientífico italiano Umberto Scapagnini, que sobrevivió a la muerte clínica, conoció a su madre, que había fallecido un año antes, así como a San Padre Pío (cf. A. Socci, Aquellos que regresaron del más allá, Cracovia 2014, p. 107).

Del escepticismo a la contemplación del misterio

Entre 1975 y 2005, se publicaron 42 artículos científicos sobre 2500 personas que experimentaron muerte clínica. Gracias a estas publicaciones, la comunidad científica comenzó a cambiar su disposición para considerar la vida después de la muerte.

Los relatos de quienes experimentaron una ECM suelen incluir varios elementos recurrentes, como experiencias fuera del cuerpo, ver una luz brillante, entrar en un túnel, realizar un repaso de su vida y sentir una profunda sensación de paz y alivio. Por supuesto, para muchos neurocientíficos, las ECM pueden revelar menos sobre lo divino y más sobre el funcionamiento intrincado del cerebro.

Sin embargo, son cientos los casos registrados que rompen el marco de la neurociencia y abren a la certeza que contempla como realidad la vida después de la muerte.