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viernes, 30 de enero de 2026

Steve Botsford se sumergió en el alcohol, las drogas y el rock hasta que clamó a Dios: «El amor de Dios es implacable, paciente y siempre está obrando para nuestro bien, incluso cuando estamos lejos de Él»


Steve Botsford / Foto: Cortesía de Steve Botsford - Aleteia

* El primero de enero de 1990, mientras conducía bajo la influencia del alcohol y otras drogas, el joven Steven fue arrestado, por segunda vez. Sentado en su celda, se entregó a Dios orando de esta manera: «Dios, si estás ahí, te necesito, y te necesito ahora» 

Camino Católico.- Criado en un hogar Protestante, en el sureste de los Estados Unidos, experimentó las adicciones y excesos a los que miles de jóvenes estadounidenses están expuestos en la actualidad. Steve Botsford es Licenciado en Educación Religiosa y Administración de Empresas, y ha trabajo durante 10 años en ministerios juveniles; además, es Vicepresidente de la exitosa editorial católica William H. Sadlier Inc.,. En una entrevista con Ingrid Basaldúa Guzmán Aleteia comparte su camino de conversión desde las drogas hasta el servicio a la Iglesia Católica. 

“En mi deseo de ser amado y aceptado comencé a perseguir a las chicas, beber alcohol y fumar marihuana, y con el tiempo, también cocaína. Al poco tiempo me uní a una banda de rock que me sumergió en una cultura que alimentaba estos deseos, convirtiéndose en actividades habituales en mi vida”, explica Steven.

Una adolescencia complicada y un reencuentro en el dolor

La familia del pequeño Steve atendía el servicio dominical de diferentes iglesias protestantes; sin embargo, se alejó de la fe durante la adolescencia. La contradicción que vio en los jóvenes de la Iglesia, entre el estilo de vida y su compromiso con el Evangelio, repercutió negativamente en su vida espiritual. A pesar de ello, nunca dejó de creer que existía algo -o alguien- más grande que nosotros. 

El primero de enero de 1990, mientras conducía bajo la influencia del alcohol y otras drogas, el joven Steven fue arrestado, por segunda vez. Sentado en su celda, se entregó a Dios orando de esta manera: “Dios, si estás ahí, te necesito, y te necesito ahora”. 

Al poco tiempo, conoció a una chica católica, con la cual se comprometió al año siguiente. En diciembre de 1990, la madre de su prometida le señaló a Steve que, si querían casarse, su matrimonio debería ser ante la Iglesia Católica. Pronto, el joven Botsford estaba preparándose para recibir los sacramentos.

Sin embargo, semanas antes de la boda, la joven rompió el compromiso con Steve argumentando que no estaba lista para casarse. Este rompimiento dejó al joven Botsford devastado, pero su padrino de bodas permaneció cerca de él para rezar juntos. En una de esas ocasiones, le dijo: ”Jesús te sostiene de la mano, déjalo que te guíe”.

“En medio de la confusión de romper el compromiso con el amor de mi vida, Dios estuvo y ha estado haciendo algo muy fuerte en mi vida. Ese fue otro encuentro con Dios que me llevó a mi conversión a la Iglesia Católica”, describe Steve. 

Como nuevo Católico, se sumergió en los estudios bíblicos y la oración carismática para adultos jóvenes, donde se acercó más a Dios a través de las Escrituras, la música y la comunidad. Pronto se había convertido en Ministro de la Juventud: “Quería ayudar a los jóvenes a evitar las trampas de la vida y encontrar el mismo amor que yo encontré en Dios”, reflexiona en retrospectiva.

Después de varios años como Ministro de la Juventud, Steve se casó y tuvo cuatro hijos. Por ese entonces, se unió a la Editorial SADLIER como publicista.

Steve Botsford junto a su familia / Foto: Cortesía de Steve Botsford - Aleteia


Al ser una editorial fundada por inmigrantes irlandeses con el propósito de proveer recursos Católicos en los Estados Unidos, esto le permitió a Steve continuar con su amor por la evangelización y la educación de jóvenes, catequistas y familias. 

Y no sólo eso, SADLIER representa la primera editorial en Estados Unidos y uno de los principales aliados en la evangelización en español en ese país, así lo explica Steve: 

“Apoyar la evangelización en español es esencial porque honra la realidad vivida de una parte amplia, vibrante y profundamente fiel de la Iglesia en los Estados Unidos. El lenguaje es más que un medio de comunicación: es la forma principal en que las personas rezan, aprenden y forman relaciones con Dios y entre sí. Cuando ofrecemos recursos en español, estamos afirmando la dignidad, la cultura y la herencia espiritual de los católicos hispanos y asegurándonos de que puedan acercarse al Evangelio en el idioma de su corazón. Sadlier fue la primera en reconocer esto y la primera en publicar recursos catequéticos bilingües como resultado.” 

El encuentro con la pastoral hispana, fuente de gratitud

En su trabajo en la evangelización a la Comunidad Hispana de los Estados Unidos, Steve ha profundizado en su ministerio y en la comprensión de su fe. La devoción, la centralidad de la familia y los vínculos personales que se viven en la Comunidad Hispana le hacen experimentar una vida de comunidad vibrante. 

“He recibido una enorme gratitud y amor de los líderes y las familias migrantes latinas a quienes he servido. Su aprecio por el acompañamiento —simplemente estar presente, escuchar y apoyarlos— me ha reforzado la idea de que el ministerio, en última instancia, se trata de caminar con las personas. Esto ha fortalecido mi convicción de que cuando honramos la cultura, el idioma y la historia, podemos proclamar mejor el Evangelio de maneras que realmente hablan al corazón”. 

La historia de Steve Botsford, es una historia de amor y redención. Demuestra que cada persona está llamada a algo grande, caminando de la mano de Jesús. El mismo Steve invita a todos aquellos jóvenes que están en un camino como el que experimentó:

“Debemos preguntar con amor y suavidad cómo está su corazón. No de una manera crítica pero de modo que les ayude a reflexionar sobre su anhelo de Dios. Invitándoles a abrirse a la oración. Finalmente recordarles que no tienen que encontrar su camino solos, significa estar dispuestos a que Dios entre en su historia y camine con ellos”. Y cierra de este modo: 

“Mi vida es un testimonio de la verdad de que el amor de Dios es implacable, paciente y siempre está obrando para nuestro bien, incluso cuando estamos lejos de Él”.

viernes, 9 de enero de 2026

Nancy Charles era activista LGBT: «Entré a una Misa, miré la vela roja del Sagrario y escuché: ‘Sigue mirándome’; supe que Jesús era real, que había sido creada para amar y ser amada por Él; Dejé todo atrás y soy católica»

Nancy Charles se ha convertido a Cristo mirando la vela roja del Sagrario

* «Había llegado al límite en mi vida, y me encontré entrando casi por tropiezo a una Misa Tradicional en latín un domingo temprano por la mañana... Pensaba que todos me odiarían y me echarían por alguna razón. Por supuesto, en ese momento no sabía nada sobre el catolicismo ni sobre la Eucaristía… ni siquiera que esa vela roja tenía un significado. Pero… justo cuando estaba a punto de salir corriendo por la puerta, la vela roja captó mi mirada y no pude dejar de verla... Sentí, en ese momento, el amor más radical que había experimentado en toda mi vida. Se sentía como si estuviera siendo sostenida profundamente, en el núcleo mismo de mi alma, por el propio Creador, y eso me rompió por completo de una manera que cambiaría toda la trayectoria de mi vida»   

Camino Católico.- Hasta no hace mucho y durante 15 años, Nancy Charles vivió como adicta y comprometida militante en el movimiento LGBT. Durante esos años, Nancy pareció integrar la facción "racional" del lobby, meditando ocasionalmente las consignas oficiales en lugar de asumirlas sin juicio crítico. En el caso de los cristianos, estaba convencida de que "no odiaban" a los LGBT, si bien ella se sentía "herida" por asumir las creencias cristianas "como un rechazo".

"Viví en una contradicción entre dos creencias durante toda mi vida. La primera, que los cristianos en realidad no nos odiaban. Y la segunda, que cuando condenaban nuestro estilo de vida, nos estaban rechazando", explica.

Charles parafrasea a Dover al asegurar que "era muy joven cuando el diablo vino" a hablarle. "Me dijo que yo era lo que sentía. Fui como Eva cuando mordió la manzana y creyó a la serpiente. Toda mi vida pensé que si sentía algo, yo era ese sentimiento, por eso nunca pude alejarme de mi atracción por el mismo sexo"; detalla en X, antiguo Twitter.

Pero un día brotó una pregunta más poderosa que aquella reflexión: "Y si no soy lo que siento… ¿quién soy?"

Una carta de su hermano que la encaminó a la verdad

Pronto sería testigo de que "la verdad es lo más caritativo que puedes darle a alguien". Incluso si no quiere escucharse, como fue su caso.

Fue a través de una carta que le escribió su hermano Joshua, tras años de consumo de drogas, rehabilitación y vida LGBT que llevaron a Nancy incluso a pensar en el suicidio.

"Nancy, nunca te recuperarás mientras sigas rechazando a tu Creador. Podrás decir que crees en Dios o en un poder superior, pero no. Si lo hicieras, buscarías lo que Él quiere de ti en lugar de inventar tu propia versión de Dios para adaptarla a tus propias inclinaciones. Han rechazado la Biblia, el cristianismo y la verdad. Ninguna persona que rechaza la verdad puede prosperar", le dijo su hermano.

En la carta también advertía de que seguiría habiendo "distancia" entre él y ella, como militante LGBT.

"No porque los juzgue, sino porque ni siquiera hablamos el mismo idioma. Hasta que no reconozcas tu necesidad de Dios y tu responsabilidad personal, no hay absolutamente nada que yo ni nadie pueda hacer por ti. No participaré más en tu engaño. Te quiero. Deseo tu mayor bien, por eso te traslado estas contundentes verdades", agregaba la carta.

No fueron las buenas palabras o el `engaño´ lo que llevaron a la activista LGBT Nancy Charles a la fe y la paz, sino la verdad expuesta con amor, caridad y claridad

Nancy Charles llegó a Misa llena de miedo, sintiéndose fuera de lugar y a punto de irse. Pero una simple mirada al Santísimo Sacramento se convirtió en el inicio de una conversión que transformaría su vida para siempre.

Criada como protestante, "nunca había oído hablar sobre la Eucaristía". Sin embargo, conforme daba sus primeros pasos hacia la plena fe, "no tenía nada más que el rosario y la adoración antes de poder participar oficialmente en los sacramentos". Por eso considera "una locura" que los católicos no acudan a la adoración eucarística.

Hoy, Charles sigue considerando la carta de su hermano como "uno de los momentos más dolorosos" pero también "de los más cruciales" de su vida. Hasta el punto que, seis años después, la "poderosa semilla" plantada por Dios a través de esa carta le llevarían a ingresar oficialmente en la Iglesia. Fue el pasado 29 de septiembre de 2023, tras seis meses desde una "conversión milagrosa" el día de San José del mismo año.

La Misa tradicional y la vela del Sagrario

En su cuenta de X, la directora de operaciones de Eternal Christendom comparte una experiencia reciente en la Adoración Eucarística que la llevó a recordar, con profunda gratitud, cómo comenzó su camino de fe.

Mientras permanecía sentada en silencio ante el Santísimo, fue testigo de algo que nunca antes había visto: el cambio de la vela roja que acompaña al Sagrario. Esta Lámpara del Santísimo, cuando está encendida, indica la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

Aquel gesto sencillo despertó en ella el recuerdo de su conversión. Nancy explicó que su encuentro con Dios ocurrió precisamente al fijar la mirada en la vela roja que custodia el Sagrario. En ese momento de su vida, se describía a sí misma como un alma “profundamente perdida y profundamente fracturada”.

“Había llegado al límite en mi vida, y me encontré entrando casi por tropiezo a una Misa Tradicional en latín un domingo temprano por la mañana”, señala.

Desde el primer momento, se sintió fuera de lugar. Confesó que su apariencia la hacía pensar que no encajaba y que todos la juzgarían. El miedo era tan grande que estuvo a punto de salir corriendo. Sin embargo, justo antes de hacerlo, algo captó su atención: la vela roja del Santísimo.

“Pensaba que todos me odiarían y me echarían por alguna razón. Por supuesto, en ese momento no sabía nada sobre el catolicismo ni sobre la Eucaristía… ni siquiera que esa vela roja tenía un significado. Pero… justo cuando estaba a punto de salir corriendo por la puerta, la vela roja captó mi mirada y no pude dejar de verla. Todo lo que escuchaba en mi cabeza, una y otra vez, era: ‘Sigue mirándome’”.

Poco después, comenzó a sonar el órgano y, de manera repentina, Nancy rompió en llanto como nunca antes lo había hecho.

“Sentí, en ese momento, el amor más radical que había experimentado en toda mi vida. Se sentía como si estuviera siendo sostenida profundamente, en el núcleo mismo de mi alma, por el propio Creador, y eso me rompió por completo de una manera que cambiaría toda la trayectoria de mi vida. Desde entonces supe que Jesús era real y que yo había sido creada para amar y ser amada por Él. Dejé todo atrás y comencé la catequesis con uno de los sacerdotes de la parroquia la semana siguiente”, resalta.

Ese proceso de conversión, que inició el 19 de marzo de 2023, la llevó a recibir el Sacramento de la Confirmación el 29 de septiembre de ese mismo año.

La vela del Santísimo para ella

Hoy, cada vez que se sienta ante el Santísimo Sacramento, la vela roja continúa conmoviendo su corazón. Para Nancy, esa luz silenciosa proclama una verdad que marcó su vida para siempre: “Él está aquí”.

Mientras observaba cómo el feligrés retiraba la vela para reemplazarla por una nueva y recordaba su conversión, notó que este se le acercaba con una pregunta inesperada: si quería llevarse a casa la vela antigua.

“Observé atentamente cómo el feligrés se acercaba a cambiar la vela por una nueva. Debí de tener una expresión de asombro en el rostro, porque se acercó directamente a mí y me preguntó si quería llevarme a casa la vela antigua, la cual, me dijo, todavía tenía alrededor de 10 horas de tiempo de combustión.

Esto me conmovió profundamente. ¿Quieres decir que la vela que veló fielmente por Nuestro Señor, desde su primer encendido hasta ahora, puede irse a casa conmigo y arder sus últimas 10 horas a mi lado?”.

En ese momento, al volver a mirar al Santísimo, las lágrimas llenaron nuevamente sus ojos.

“No pedí esto, ni jamás podría haberlo planeado. De algún modo, se sintió como un recordatorio silencioso del propio Jesús que me susurraba: ‘Sigo aquí’”.

Los gays, como cualquier otro cristiano

Sus reflexiones sobre Fiducia supplicans, publicada poco después de su conversión, enormemente interesantes, pues muestra cómo percibe un homosexual los intentos de la Iglesia por acercarse a ellos.

Una de ellas la escribió el 1 de enero de 2024, "como persona que siente atracción por personas del mismo sexo". "Los gays no son especiales", dijo. Por eso "estamos sujetos a las reglas de Dios al igual que cualquier otro. Todos estamos llamados a llevar nuestra cruz. A veces es atracción hacia el mismo sexo, lo que nos llama a vivir la castidad", explica.

Por eso dirige una palabra especial a quienes no comprenden la preocupación existente sobre Fiducia supplicans: "Si no puedes entenderlo, o estas siendo extremadamente poco caritativo o estoy segura de que buscas destruir las almas de aquellos que luchan, como yo. No puedes pretender amarnos y mentirnos al mismo tiempo".

Nancy Charles, protestante, militante del lobby LGBT y homosexual, solo necesitó que le dijesen la verdad sin miedo a que saliese espantada para aceptarla y convertirse a la fe

Mejor la verdad que un mensaje diluido

Charles, que mantiene su inclinación, considera necesario transmitir "la verdad" a personas con atracción por el mismo sexo frente a un "mensaje diluido".

"El problema es que las palabras importan. La precisión del lenguaje es importante. Es la diferencia entre la claridad de la verdad o la niebla de la ambigüedad. Nuestro trabajo es llevar la verdad a la gente, no cambiar el lenguaje para engañarlos y que vengan a la Iglesia", admite.

La conversa y homosexual afirma, como homosexual y conversa, que si se dice a los homosexuales que están llamados a vivir en castidad, "es posible que huyan y nunca se consideren bienvenidos a la Iglesia. Entonces déjalos que se vayan. No porque no desee que vengan a Cristo, sino porque el trabajo de la Iglesia es ser árbitro de la verdad. ¿De qué sirve que estén en la Iglesia si hemos perdido su alma?".

"Como alguien que siente atracción por personas del mismo sexo, estoy profundamente agradecida a mi familia tradicional de misa en latín por nunca mentirme y preocuparse lo suficiente por mi alma como para decirme la verdad. Por amarme siempre y darme la bienvenida a la iglesia y por mantenerme al mismo nivel que todos los demás", concluye.

martes, 6 de enero de 2026

Tammy Peterson era protestante, padeció un cáncer renal mortal, rezó el rosario con uno bendecido por el Papa Francisco, hizo una novena, se curó y se ha hecho católica: «Dejé todo en manos de Dios»

Tammy Peterson empezó su búsqueda de Dios tras un doloroso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Una amiga le enseñó a rezar el Santo Rosario

* «La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos… La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria»

Camino Católico.- El camino de Tammy Peterson, esposa del psicólogo canadiense Jordan Peterson -azote de la cultura de la cancelación y de la deriva de género-, hacia la conversión al catolicismo surgió de la oscuridad de la enfermedad y la desesperación. C reció como protestante pero se quedó sin vínculos religiosos cuando sus padres dejaron de ir a la iglesia. Confiesa que tiene recuerdos de su bisabuela católica, polaca y de 104 años, rezando el Rosario. 

Tras ser diagnosticada con una forma rara y agresiva de cáncer, Tammy enfrentó meses de dolor, cirugía y una prolongada recuperación. Fue durante este período de fragilidad extrema que, por recomendación de una amiga, comenzó a rezar el rosario.

Lo que empezó como una búsqueda de consuelo se transformó en un encuentro espiritual que culminó con su bautismo y entrada plena en la Iglesia católica. Su relato es un conmovedor ejemplo de cómo la fe puede florecer incluso en las circunstancias más difíciles.

Tammy Peterson y su esposo, el psicólogo canadiense Jordan Peterson

La enfermedad, el rezo del Rosario, la curación y la conversión

Su búsqueda personal de Dios comenzaría tras un doloso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Le dieron diez meses de vida.

Tammy Peterson fue entonces a ver a su hijo, Julian, que vivía muy cerca. "Mi hijo me miró con tanto dolor y un amor más profundo que el que yo tenía por mí misma, que sentí que se desprendía de mi cuerpo mi propio cinismo. Le entregué a Dios todas mis dudas", dice al National Catholic Register.

A pesar de las varias cirugías para extirpar los tumores y ser sometida a todo tipo de pruebas, la salud de Peterson empeoró hasta el punto de llegar a pesar 40 kilos. "Los médicos ni siquiera me ofrecieron quimioterapia o radioterapia, dijeron que este tipo de cáncer mataba a todos y que no había tratamiento para él", reconoce Tammy.

Ella asegura que logró curarse gracias, en parte, a las oraciones y al apoyo de su querida amiga Queenie Yu, numeraria del Opus Dei. Yu es una católica conversa que, cuando Peterson estaba muy mal, le llevó un rosario bendecido por el Papa Francisco, un folleto sobre cómo rezarlo y una imagen de Nuestra Señora con el niño Jesús.

Durante cinco semanas seguidas, Peterson y Yu rezaron juntas el rosario en el hospital. Uno de esos días, Yu le preguntó: "¿Por qué dijiste que tu enfermedad era un regalo, cuando estabas pasando por tanto dolor?". Peterson, respondió: "Porque a través de mi enfermedad encontré a Dios, y, ¿qué mejor que conocer a tu propio Creador?'. Tammy también dijo que la oración le "aliviaba algo del dolor".

"Me despertaba por la noche y rezaba el Padrenuestro hasta que me quedaba dormida. No me preocupaba de nada. Rezaba toda la noche, a menos que estuviera durmiendo", comenta. En el quinto día de una novena a San Josemaría Escrivá, cuando Peterson tenía programada una cirugía, sus médicos descubrieron que el problema se había resuelto solo. Su cirugía fue cancelada y fue dada de alta del hospital.

Tammy Peterson posa frente al altar de la Iglesia del Santo Rosario en Toronto, donde recibió la confirmación en 2024 / Foto: Laura Salem, In His Image Photo & Film

Entrevistada por Javier García Herrería en Omnes, Tammy Peterson cuenta en profundidad su camino de fe hasta hoy. Respecto a su conversión como consecuencia del cáncer y su rezo del Santo Rosario explica:

“Aprender y rezar el Rosario me acercó gradualmente a Jesús como mi salvador. Hoy sigo rezándolo todas las mañanas; me ayuda a mantenerme en el camino de Dios y no en el mío propio. La belleza de la Iglesia católica —los sacerdotes, los iconos, los ornamentos— también me enseñó a ser más humilde, pues la belleza nos recuerda la grandeza y la humildad de Dios, y nos ayuda a detenernos y a centrarnos en Él”.

En este sentido relata cómo una profunda experiencia le hizo reconectar con su fe católica:

“Antes de mi conversión, yo crecí como protestante, pero mi abuela pasó de ser católica a ser protestante. Cuando era niña y entraba en una iglesia, me preguntaba dónde estaba la Virgen María, porque no era evidente allí, y eso me confundía. Más tarde, durante mi conversión, tuve una experiencia profunda: un abuelo mexicano de Nueva Zelanda me ayudó a reconectar con mi fe católica. Oró en español conmigo y me dijo que mi abuela estaba conmigo. Esto me hizo sentir que había reparado una separación histórica en nuestra familia, y me permitió ver la fe católica como algo que siempre había estado presente, incluso si no lo había comprendido plenamente desde pequeña”.

Pero lo esencial fue que ella se abandonó en Dios:

“No sé si habría podido atravesar mi experiencia con el cáncer sin la ayuda de Dios. Fue realmente una experiencia asombrosa. Dejé todo en manos de Dios, y aprendí algo fundamental: no tenemos que preocuparnos por los pensamientos que no queremos tener. Antes, dejaba que mi mente vagara sin control, pero ahora entiendo que puedo elegir en qué pensar. Si un pensamiento no es apropiado, simplemente lucho para que se desvanezca. Es un aprendizaje que me ha ayudado a comprender la naturaleza superficial de ciertos pensamientos y cómo dejarlos ir”.

—¿Qué otras cosas le han sorprendido del catolicismo?

—La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos.

Nuestra sociedad se ha vuelto cada vez más divisiva y superficial, a veces incapaz de matices. La Iglesia, en cambio, nos enseña a ser humildes, atentos y abiertos. La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria.

La crianza también refleja esto. Observar a mi nieta de tres años me enseñó la importancia de guiar sin imponer, de apoyar y corregir sin convertirnos en opresores. El respeto y la paciencia en las relaciones son extensiones de la práctica espiritual que la Iglesia nos enseña. Esto se aplica, no solo a la familia, sino también a la sociedad en general, especialmente en tiempos de polarización y división. 

Ahora, tengo un pódcast para dar a conocer estas ideas. Hablo principalmente con mujeres jóvenes, ayudándolas a encontrar su camino, a reconciliar la fe con sus vidas, a comprender la importancia de la familia y la maternidad, y a navegar la narrativa feminista moderna con conciencia cristiana. Intento enseñarles que pueden aspirar a una vida plena y significativa sin renunciar a su fe ni a su vocación más profunda.

–¿Cómo es su vida ahora que ha vuelto a la fe?

—Lo único verdaderamente importante que he aprendido es que voy a la Iglesia, me siento, pongo los pies firmes en el suelo y le agradezco a Dios por estar viva, por tener un día más para hacer lo que Él quiere que haga. Eso es lo que he aprendido. Lo entendí cuando tenía seis años, y desde entonces he vivido de esa manera.

¿Cómo ha cambiado mi vida? Es interesante. Un día, mientras mi marido Jordan y yo conversábamos sobre las transformaciones que había experimentado desde mi vuelta a la fe, escribimos una lista de virtudes que han surgido en mí desde mi conversión. Llegamos a una suma de treinta virtudes que he recibido a partir de ese momento. 

(Tammy busca un papel y comienza a leerlo). 

Repasaré algunas: soy más como una niña pequeña, más divertida, menos cínica, menos volátil, menos preocupada por el control y el poder; más paciente y amable; más enfocada en el bienestar de los demás; más hospitalaria, más obediente, más presente, más hermosa, más cálida; más discernidora, más elegante, más serena, más resiliente, más compasiva; más adecuada socialmente; una mejor madre; más fácil para negociar; más dispuesta a escuchar y conversar; más precisa con mis palabras; pienso con mayor profundidad; soy más creativa; más fácil para trabajar conmigo; una mejor líder; más atractiva; más confiada en la valentía, más valiente con confianza y más reflexiva.

Estos son muchos de los modos en que mi vida se ha transformado desde mi conversión. Es realmente extraordinario. Nunca imaginé la profundidad de los cambios que llegarían a mi vida…

Tammy Peterson y su esposo, Jordan, posan para una foto en el Oratorio del Kintore College en Toronto / Foto: Sheila Nonato 

–¿Qué papel ha jugado su marido en su conversión?

—Mi esposo ha sido una influencia clave en mi fe y en mi conversión. A través de su ejemplo, su dedicación y su acompañamiento durante mis años más difíciles, aprendí a escuchar, a observar y a confiar en Dios en cada decisión y desafío. Su apoyo fue instrumental durante mi diagnóstico y tratamiento, y me enseñó el valor del amor práctico y paciente en la vida cotidiana.

Toda esta experiencia —el cáncer, la conversión, la familia, la crianza, el servicio a otros a través del podcast— me ha enseñado que vivir la fe no es solo un acto de oración, sino un compromiso diario de hacer lo correcto, de guiar a otros con amor y de buscar la gracia de Dios en todo momento. Se trata de pequeños pasos diarios, de actos conscientes, de humildad y gratitud. Y sobre todo, de reconocer que Dios nos acompaña en cada paso, guiándonos y fortaleciendo nuestra vida, incluso en las pruebas más profundas.

–¿Cómo fue la relación con sus padres?

—Mi padre era empresario y estaba siempre muy ocupado. Tenía una mente muy abierta y me transmitió mucho coraje y fortaleza para intentar cosas desconocidas o que aparentemente estaban lejos de mi alcance. Gracias a él heredé una mentalidad abierta y se lo agradezco al Señor de veras.

Mi madre también estaba a mi lado, pero no confiaba del todo en mi padre. Años más tarde comprendí la razón: probablemente ella misma había sido abusada por su propio padre, quien murió muy joven. Era un hombre con depresión y era evidente que no estaba bien. Siempre noté que mi madre desconfiaba, en cierta medida, de mi padre, y eso fue difícil para mí al crecer. Mi padre tenía amigos que se quedaban en la oficina después del trabajo para beber juntos, y mi madre siempre sospechaba de lo que pudiera ocurrir allí. Muchas personas enfrentan problemas como estos, y no es sencillo integrarlos en la propia vida. Aún así, mi padre fue una gran persona y me siento muy afortunada de haberlo tenido.

Mi madre tuvo demencia temprana. Empezó a enfermar a los 50 años y, cuando tenía 70, falleció. En ese tiempo ella y mi papá vivían en Vancouver, mientras yo estaba en Toronto. Yo viajaba para ayudarlos: buscaba un cuidador, limpiaba, organizaba sus medicamentos y me aseguraba de que ambos estuvieran comiendo bien. Afortunadamente, los cuatro hermanos ayudamos. Todos estuvimos allí para apoyar a mi padre, quien cuidó de mi madre hasta el final. 

En un momento dado, la medicación volvió a mi madre paranoica. Comenzó a sospechar de mi padre de nuevo, y volví a sentir lo mismo que en mi adolescencia, cuando ella también desconfiaba injustamente de él. De algún modo, fue como una gracia de Dios que me permitiera ver con claridad que aquella paranoia venía de mi mamá, no de mi papá. Y se lo agradecí internamente, porque me mostró algo importante.

Finalmente cambiaron la medicación de mi madre y volvió a estabilizarse. Los dos permanecieron juntos hasta su muerte. Fue solo un episodio breve, pero significativo, porque me enseñó algo esencial y me permitió acercarme mucho a mi padre durante los últimos veinte años de su vida, que terminó con 93 años, apenas hace un par de años.

Ahora lo veo como una gracia de Dios: recibimos lo que necesitamos aprender justo cuando lo necesitamos. 

Tammy Peterson ha vivido un largo camino para abrazar el catolicismo

--¿Cómo describiría su vida espiritual en su juventud y antes de reencontrarse con la fe?

—Me crié en un entorno de iglesias protestantes. Cuando yo era pequeña, mis abuelas eran ambas miembros activos de la fe protestante. Mi abuela paterna tocaba el piano en la iglesia. Y mi abuela materna cantaba en el coro. Las dos fueron grandes modelos para mí. 

Cuando era pequeña, iba a la escuela de la iglesia los domingos, pero no recuerdo que mis padres estuvieran allí. Tenía tres hermanos mayores, que creo recordar que también venían. Quitando la asistencia a los servicios del domingo, en casa no rezábamos más, ni  siquiera para bendecir la cena u oraciones antes de acostarnos.

En el verano participábamos de las actividades de una iglesia de los Adventistas. Y, de niña, también acudí a algunos campamentos con diferentes tipos de iglesias, algo que no importaba nada a mis padres. 

En la adolescencia era una niña muy curiosa. Vivíamos en un lugar muy remoto y yo usaba cualquier excusa —por insignificante que fuera— para dejar de ir a la iglesia. Cuando me fui de casa y comencé la universidad, asistí a la iglesia durante el primer año. Pero al comenzar el año siguiente, el ministro empezó con el mismo sermón que había dado el año anterior y lo tomé como excusa para dejar de asistir. 

Es curioso cuántas excusas puede encontrar una persona cuando en realidad está buscando maneras de evitar algo.

Recuerdo esos tiempos y todas aquellas pequeñas excusas que usaba sin comprender por qué realmente no quería ir a la iglesia, ni por qué podría ser beneficioso para mí hacerlo, sin importar el momento, quién estuviera allí o dónde quedara la iglesia. Nada de eso era lo esencial.