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sábado, 26 de septiembre de 2026

John Edwards era Bautista, cambió la fe por las drogas y en prisión «Jesús habló a mi corazón: `lo intentaste, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo’»   

 John Edwards, a punto de perder su matrimonio, pensando en el suicidio y atrapado en la pesadilla de las drogas, fue detenido por la DEA... y entre rejas le esperaba una propuesta de Dios

* «Me levanté después de la Misa para irme, llegué a la puerta, y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, refiriéndome al sacerdote, y me dijo: ‘Hola, John’. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: ‘No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien’. Y lo miré y pensé, ‘¿cómo puede saber eso?’ Y él dijo: ‘John, disfruta tu día, feliz Pascua’. Se dio la vuelta y se fue. Fui y me senté en el auto de mi papá y dije: ‘Eso es todo, eso es todo. Voy a recuperar a mi familia. Voy a dar mi vida a ti, Señor’… Dios dice: ‘Oye amigo, solo necesito un poco de ti. Solo necesito tu corazón y tu confianza’. Estas cosas muy simples»

Camino Católico.- Cerca de cumplir los 45 años, John Edwards se define como felizmente casado con Ángela, padre de Jacob y dos gemelas, Caitlin y Allyson y, sobre todo, como "un discípulo de Jesucristo". Pero como ha relatado, "no siempre fue así".

Nacido en Midtown (Memphis), recuerda como una de sus grandes pasiones acudir a su iglesia bautista y pasar allí el mayor tiempo posible con su familia y amigos.

Pero al cumplir los 18 años y empezar la universidad, la estabilidad emocional que le proporcionaba su entorno, su propia iglesia y su propio grupo de amigos desapareció.

Tenía que comenzar solo, preguntándose cuál sería el nuevo lugar en el que encajar. Recuerda que finalmente se decidió por una fraternidad universitaria. Y también que el día que la visitó por primera vez como miembro sería también el último en pisar una iglesia durante años.

"En lo más bajo": LSD, marihuana y cocaína

La historia que sigue es similar a la que han relatado multitud de películas y series, pero consecuencias reales y sin final feliz.

Edwards lo probó todo, desde el LSD hasta pastillas y marihuana. Recuerda especialmente la noche en que tomó "una de las peores decisiones" de su vida al probar la cocaína.

Al principio, lo vivió como algo inocente, una novatada. "Podíamos beber mucho, salir de noche, era algo divertido. Pero como muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son".

John tenía dinero suficiente como para permitirse "el lujo" para sí mismo y también para sus amigos. Invitaba a alcohol, gasolina y drogas, pero la escena pronto dejó de ser agradable.

"Todo acabó girando siempre en torno a dónde consumíamos, dónde conseguiríamos las drogas, en qué casa lo haríamos… pronto nos separamos", explica.

Enganchado, pero solo de nuevo, recuerda aquel momento como "el punto más bajo" en el que podía estar, consumiendo unos 20 gramos de cocaína y 30 cervezas al día.

Matrimonio, familia y acercamiento a la fe

"Pero Dios me visitó una noche cuando entré a un bar y conocí a Ángela. Ella trajo ese `algo´ a mi vida cuando necesitaba a alguien que se preocupara realmente por mí. Desde esa noche salimos, ella me aguantó y nos casamos poco después", recuerda.

Aquel fue su primer acercamiento al catolicismo. Pero él creía que "las drogas pararían, que se irían solas, que decirle `sí´ a alguien para toda la vida solucionaría los problemas"… y no fue así.

Comenzaron a llegar los hijos. Primero Jacob, al que "adoraba". Años después llegarían Caitlin y Allyson y Ángela, buscando llevar la fe a su marido, le perseguía para ir a misa en familia. Él, como cada domingo por la mañana, solo quería que pasase el tiempo… y la resaca.

Pero un día, en 2011, decidió ir a la parroquia de San Francisco, dirigida por el mediático sacerdote Larry Richards. Emocionado por su llamado a la acción, la virilidad y la virtud, empezó a leer sus libros y pareció que durante un par de semanas había cambiado de vida… "pero las drogas volvieron".

Primera recaída: "Quiero que Dios cambie mi vida"

Y lo hicieron con fuerza. Relata que, aunque no lo hacía a propósito, ni si quiera parecía importarle el hecho de tener hijos o una esposa maravillosa.

"Mi madre murió y lo único que me hizo sentir mejor fueron las drogas y el alcohol. No sentía nada. Me quedaba despierto hasta tarde, bebiendo entre 15 y 18 cervezas cada noche, fumando cigarrillos y consumiendo cocaína", relata.

Una de esas noches sintió algo raro. "Plap, plap, plap, plap… el corazón empezó a palpitar violentamente. Pero no quería despertar a Ángela y que me encontrara así porque sabía que podía dejarme… Pensé que iba a morir".

John Edwards, a la derecha de la imagen, entró a una fraternidad universitaria buscando apoyo y amigos... pero allí fue consciente de que "muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son"

En pleno ataque, pensó en rezar y se dirigió a Dios prometiendo que si le salvaba, no volvería a consumir. Todo volvió a la normalidad. Se acostó y, por segunda vez, tomó la resolución de confesarse y recuperar su vida, entonces "fuera de control".

"Le dije al sacerdote que era un mal padre, un marido terrible, inmaduro y que no sabía como cambiar y ser diferente. Quiero que Dios cambie mi vida", suplicó.

Segunda caída, antes de Pascua y detenido

La Semana Santa estaba cerca y, una vez más, parecía que Edwards iba a cambiar de vida. Especialmente tras la absolución, cuando se sintió vulnerable por primera vez en su vida y decidió romper con sus adicciones y tirarlo todo, la cocaína, el alcohol… incluso el tabaco.

Pero cuando llegó el jueves santo, cayó de nuevo y antes de recoger a su hijo compró un nuevo cargamento del que consumir. Con lo que no contaba era que la DEA -la entidad federal que se encarga de combatir el tráfico y el consumo de drogas en Estados Unidos- le seguía. Segundos después, quedaba detenido y caminaba a prisión.

"Nunca olvidaré esa puerta gigante con barrotes, entrar y darme la vuelta mientras la puerta se cerraba lentamente con ese ruido característico", relata.

No paraba de pensar que su vida había terminado, a dónde iba a ir, cómo había llegado hasta ahí o qué pasaría con su mujer y sus hijos. "¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?", se repetía. Y entonces, las palpitaciones volvieron, llevándole al borde de la desesperación y a pensar incluso en acabar con su propia vida.

Un mensaje de Dios: "Ahora tienes una nueva vida"

"Entonces sucedió lo más extraño. Estaba allí sentado y de repente me invadió la calma. Nunca había sentido algo así y me invadió el pensamiento de que no podía hacer nada salvo sentarme hasta que me dejasen ir", recuerda.

Edwards solo pasó unos días en prisión. Pero con esa celda cerrándose tras de sí por última vez, supo que había sucedido algo más relevante que salir de la cárcel.

"Recuerdo mirar hacia atrás, en la celda, donde Jesús acababa de hablar a mi corazón. Recuerdo haber pensado que lo tenía solo a él y me decía `lo intentaste, tu vida ha terminado, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo´", relata.

Edwards acabó detenido por la DEA, a punto de perder su matrimonio. Entre rejas, un mensaje de Dios le motivó a cambiar de vida para siempre... y dedicársela a él

Aquel día era Pascua de Resurrección. En lo que parecía toda una analogía evangélica, Edwards se reconcilió con su padre cuando le recibió de su retención, le pidió perdón por sus errores y decidió acudir a una iglesia que visitó años atrás.


"Dios quiere que te diga que todo va a salir bien"

Tras la experiencia entre rejas, no dudó en entrar a misa y probar… y nuevamente, sucedió algo inexplicable: "Me levanté después de la Misa para irme y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, y me dijo: 'Hola, John'. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: 'No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien. John, disfruta tu día, feliz Pascua'".

Fue el suceso que necesitó para tomar una resolución definitiva. "Voy a recuperar mi vida y a entregártela, Señor", prometió.

Su siguiente paso fue enfrentarse cara a cara con su adicción. Fue su padre el que le llevó al centro, pero lo que no esperaba era ver allí a Ángela. Él la miró de arriba abajo, atónito e incrédulo al escuchar que no iba a dejarle pasar solo por aquella situación.

Treinta días después, no quedaba nada del viejo Edwards. Se había desintoxicado, dejó las drogas y el alcohol y empezó a redirigir su día a día.

Nuevo mensaje, ahora a un dedicado evangelizador

Una mañana, entró a la Iglesia y Dios terminó por "cambiar" su vida y le permitió "ver la belleza de la Eucaristía. Sentí que estaba hablando a mi corazón, como dándome el regalo de conocer las claves para seguir a Cristo".

John se confesó, comenzó a frecuentar la comunión y supo que podía ser una mejor persona. Desde entonces, dedica su vida por entero a su familia, a su fe y la evangelización a través de varios apostolados. Se cuentan por cientos las personas a las que desde entonces sigue llegando a través de Just a Guy in the Pew, que dirige. Su apostolado tiene como fin ayudar a edificar en cada parroquia grupos de hombres que se sirvan de apoyo mutuo en la vida de la gracia y la lucha contra el pecado a través de cuatro pilares: la adoración, el compañerismo y la camaradería, la entrega y la formación.

Concluye con un mensaje a otros hombres que pueden ser víctima de las adicciones o la debilidad, invitándoles a "convertirse en los hombres por los que Él murió, para que sean lo que necesitan su familia e hijos y lo que todos necesitamos, porque nos necesitamos los unos a los otros".

Vídeo en inglés en el que John Edwards cuenta su testimonio

lunes, 21 de septiembre de 2026

Fede Carranza, cantante de Jésed: «Era inseguro, me aboqué en la pornografía, la sexualidad y el alcohol hasta que dije: ‘Señor, ya no quiero estar lejos de ti. Extraño vivir en paz. Quiero corregir el rumbo’»


Fede Carranza, cantante del Ministerio de Música católico Jésed

* «Dios no es un padre de acuerdos. Dios sale a buscarte. Toma tu corazón y lo exprime, te convierte, te sostiene y te da vida. Recuerdo que Tomás mete su mano y toca el costado de Cristo y le dice “Señor mío y Dios mío…mi Dios”. Pensé: “Tengo que hablar con San Francisco de Asís”» 

Testimonio de Fede Carranza entrevistado en un vídeo por Veronica Brunkow 

Camino Católico.- Fede Carranza, cantante del Ministerio de Música católico Jésed, hasta poder testimoniar a Cristo ha tenido que recorrer un largo camino no exento de dificultades: “De adolescente andaba con inseguridades y las tapaba, no las sanaba; empiezo a incursionar en la pornografía y en la impureza”, dice entrevistado en un vídeo por Veronica Brunkow.  También la promiscuidad sexual y su embriaguez reiterada con alcohol le determinaron la vida. 

El inicio de su conversión se produjo cuando tocó fondo estudiando en la universidad y despertó después de una noche de alcohol. Se encontraba tan mal que fue a buscar silencio en la capilla y  “le dije al Señor: ‘Ya no quiero estar lejos de ti, Señor. Me hartan las cosas, extraño vivir en paz. Quiero corregir el rumbo’”. Así empezó su combate para descubrir el amor de Dios. Esta es una síntesis de su historía de vida que cuenta en el vídeo:    


Fede Carranza estuvo en Asís orando durante su camino de conversión

«Dios no quiere un contrato contigo, o tu servicio. Dios te quiere a ti. Dejé que el Señor me mostrara cómo manejar mi vida»       
   
 

Mi historia es la historia del hijo pródigo. Nací en Monterrey. De adolescente, quería explorar otras cosas y descubrir más sobre mí mismo. Yo tenía todo en la casa de mi padre. Tenía amigos a raíz de su interés por la música. Yo andaba con inseguridades y las tapaba, no las sanaba; así que empiezo a incursionar en la pornografía y en la impureza para tapar mi inseguridad. Si no ves la muerte como natural, todo se distorsiona y se contamina. Varias personas cercanas murieron. Termine la Preparatoria y me fui de casa, lleve una vida muy mundana. Ya no quería tapaderas para mi inseguridad. Empecé a andar con amigos que traían la misma crisis que yo.

Mi rompimiento con Dios fue lento, pero salir de casa de mi padre fue como un símbolo. Cuando me embriagaba en compañía de amigos, sacaba mis inseguridades y eso te acaba de romper porque nadie te arropa. Hacer confidencias en ese estado te lleva a caer en vacíos. Cuando tropiezas en vacío no ves el piso, es como tropezar en la noche: No sabes con qué te vas a golpear ni de dónde cogerte. Eso pasa en las relaciones sexuales fuera del matrimonio: crees que tienes todo bajo control y no es así, caes en el vacío. Vuelven a mi mente pensamientos deprimentes.

Estaba en segundo año de universidad, estaba reprobando. No me interesaba nada el estudio; no sabía cuánto gastaba mi papá en mí. Un día me dijo mi padre: ¿No te gustaría estudiar en Estados Unidos en Stubenville? Yo le dije que sí, me fui un verano, me encantó. En enero del 2008 me fui a estudiar la carrera de Comunicación. Allí toqué fondo. Desperté en la casa de un amigo, nos habíamos emborrachado, yo tenía la camisa sucia y me estallaba la cabeza. Me fui a mi habitación y no podía dormir. Pensé: “Me tengo que ir a un lugar silencioso”. Busqué la capilla, era domingo y había Misa. Me quedé y le dije al Señor: “Ya no quiero estar lejos de ti, Señor. Me hartan las cosas, extraño vivir en paz. Quiero corregir el rumbo”.


Fede Carranza, cantando con el Ministerio de Música católico Jésed

Me dije: “No tengo brújula. Estoy reventado. Ando en concupiscencias…”. Regresé a Monterrey y traté de portarme bien con algunas excepciones. Le dije al Señor: “Te sirvo pero te deshonro”. Me di cuenta de que me estaba dañando, había una rotura entre mi alma y mi cuerpo. Esto duró cuatro años, hasta que una amiga me dijo: “No te veo contento, andas deprimido y no eres de una pieza. Necesitas ayuda profesional”. Después de cuatro sesiones me dice la psicóloga: “El problema es que no te amas, no te has aceptado, rechazas tu infancia”. Había empezado a hablar con un sacerdote y le dije; “No quiero orar”. Me dijo: “Lo entiendo, porque no conoces a Dios”. Me hirió, y era verdad, me hirió Dios con la llama de amor viva. Sentí el amor paternal de Dios que exprimía mi corazón con amor, te quebranta y te cura.

Dios no es un padre de acuerdos. Dios sale a buscarte. Toma tu corazón y lo exprime, te convierte, te sostiene y te da vida. Recuerdo que Tomás mete su mano y toca el costado de Cristo y le dice “Señor mío y Dios mío…mi Dios”. Pensé: “Tengo que hablar con San Francisco de Asís”.

Decidí ir dos semanas a Europa y aprovechar para ver a mi hermana que vive en Holanda.

En el primer día del viaje fui a Segovia, donde está enterrado San Juan de la Cruz. En el altar hay una oración que dice: “No me quitarás Dios mío lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero, por eso me holgaré que no tardarás si yo espero. Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos, y míos los pecadores; los ángeles son míos y la Madre de Dios y todas las cosas son mías y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Entonces ¿qué pides?, ¿qué buscas alma mía? Tuyo es todo esto y todo es para ti. No te pongas a menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera, gloríate en Su gloria, escóndete en ella y goza y alcanzarás las peticiones de tu corazón”.

Fede Carranza

Comprendí que, si alguien sabe historias de amor es Dios.

Decido pasar tres días en Asís, apagar teléfonos y guardar silencio. Llegué a Asís, a rezar ante la tumba de San Francisco. Me dije a mí mismo: “Dios no quiere un contrato contigo, o tu servicio. Dios te quiere a ti”.

Comprendí que la mística católica se ha perdido en estos tiempos. La vida mística va a salvar a la humanidad porque es la única manera en que vamos a amarnos a nosotros mismos y a los demás. Si supiéramos lo que valemos, amaríamos la vida… Los que abortan o matan es porque ellos mismos no saben lo que valen.


Fede Carranza

Cuando regresé dejé que el Señor me mostrara cómo manejar mi vida. Fui con la psicóloga y me dijo: “Ya dejaste de ser niño. Ahora hablas como hombre. Ya no necesitas mi ayuda”.

Volví con el sacerdote y le dije: “Descubrí que no sé nada”. El comentó: “Este es el mejor momento para conocer a Dios”.

Lo primero que descubres cuando Dios te quebranta es que Él siempre ha estado siempre allí, contigo. Ahora sirvo al Seños sin condiciones. Estoy feliz, estoy pleno en Él. Me agarro de tres cosas: de la lectura inteligente de los evangelios, que son un mapa para conocer a Jesucristo. Me apoyo en los santos, en sus escritos, y en los sacramentos.

 Fede Carranza

Ministerio de Música católico Jésed

viernes, 18 de septiembre de 2026

Ricardo Pareja Meseguer era un «punky» drogadicto, su tía rezaba por él, unos neonazis lo apalearon y Dios lo atrajo hacia sí, se casó y es padre de 9 hijos: «Descubrí que si tienes el Espíritu de Jesucristo, tienes un corazón dispuesto a amar»

Ricardo Pareja Meseguer pasó de punk a formar una familia numerosa con 9 hijos tras su conversión

* «Apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui. El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro»

Vídeo del testimonio de Ricardo Pareja Meseguer transmitido en directo por el  Camino Neocatecumenal Internacional el 23 de noviembre de 2020

Camino Católico.- Ricardo Pareja Meseguer vive su fe en el Camino Neocatecumenal, evangelizador en las redes sociales, donde da testimonio de su conversión al Señor en primera persona, actualmente está felizmente casado y es padre de nueve hijos. Sin embargo, Ricardo, en los años 80, era un «punky» drogadicto, que no quería saber nada de Dios. Su tía rezaba por él y Ricardo continuaba entregado a su vida desenfrenada. Un día, unos neonazis lo apalearon brutalmente y Dios lo atrajo hacia sí estando en el hospital sirviéndose de su tía que le propuso ir a una convivencia y decidió asistir. Ahí en ese encuentro es donde el Señor le estaba esperando para iniciar su transformación. Esta es su historia contada por él mismo:

Ricardo Pareja Meseguer con su familia

«Descubrí que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí; que Dios me amaba tal como yo era, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados; que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo»

Provengo de una familia de cuatro hermanos, siendo yo el mayor de ellos. Mis padres, a pesar de ser bautizados y casados por la iglesia, no han sido practicantes; aunque han sido padres de valores y siempre me he sentido amado por ellos. Mi abuelo materno era profundamente religioso y en mi niñez antes de darme la moneda del domingo me leía textos de la Sagrada Escritura. Era una semilla en mi vida que después iría  descubriendo. 

Mis padres me apuntaron a un colegio religioso con la convicción de que era lo mejor, pero en mi no resultó así, me sentí muy agobiado, exigido y la religión católica se convirtió en algo incómodo, algo que me limitaba, algo que me privaba de libertad, o al menos eso pensaba. 

Al acabar los estudios de EGB (nivel secundario) me apunté a una academia de peluquería. Allí estuve varios años y aprendí el oficio de peluquero. Pero allí también pasé una mala experiencia. Era un chico tímido y tenía que batallar con un centenar de chicas y clientas y esto me superaba hasta el punto que de los nervios tenía grandes dolores de estómago y cada día acababa con vómitos después de un gran malestar. 

En esta situación conocí a una chica punk y me fascino ese mundo. Entrar en él era como salir de golpe de la timidez y echarle cara a todo y como no, para esta hazaña necesitaba la ayuda del alcohol y de las drogas. Yo era uno de esos «punkies» de mediados de los 80 que estaba metido en la droga, siempre borracho, iba con una cresta de gallo y encadenado con cadenas gruesas, no me lavaba, andaba con unos colegas donde el amor libre y la homosexualidad era el ambiente dominante. Realmente estaba hecho un asco y nadie daba un céntimo por mi vida, todo era egoísmo, llamaba la atención de las chicas y lo aprovechaba para usarlas a mi antojo… era un indeseable.

En casa la situación era imposible: mi madre siempre en vilo esperando que cualquier día me encontraran por ahí, en una cuneta. Mis padres, los pobres, sufrían muchísimo y parecía que a mí no me afectaba nada, pero al mismo tiempo había quien rezaba todos los días por su sobrino, una hermana de mi madre que confiaba en el poder del Señor para sacarme de aquella vida y que siempre que tenía oportunidad me hablaba de Cristo y me invitaba a rezar… pero yo solo la escuchaba por respeto, no me interesaban esos «rollos».

En esta situación, cuando peor estaba, el Señor, que ya había intentado atraerme con lazos de amor sin éxito, me hizo vivir una experiencia que cambió mi vida para siempre… Un día me cogieron un grupo de neonazis, me golpearon con barras de hierro en la cabeza hasta que todo yo era brechas de sangre y me dejaron medio muerto en mitad de la vía pública mientras la gente deambulaba alrededor sin hacer ni decir nada. Me recogió una ambulancia y estuve ingresado dos semanas en el hospital. Poco antes de recibir el alta me dijeron que ya no vería nunca más por un ojo… 

Entonces apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui.

El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro.

Al participar en ese seminario muchas cosas me impactaron. Por ejemplo, descubrir que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí. Que Dios me amaba tal como yo era a pesar de que era despreciable, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados. Que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo, que yo me había pasado la vida buscando el sentido y el sentido era amar y esto no lo podía realizar yo, que es un don de Dios.

Ricardo Pareja Meseguer tras su conversión contando su testimonio

Tras dejar el seminario volví a Barcelona y «comencé a caminar» de la mano de una comunidad Neocatecumenal en la Parroquia de San Luis Gonzaga. Luego conocí a Merche, mi mujer, una chica normalita, de casa, nada que ver con lo que yo había vivido. El Señor nos permitió un noviazgo santo, ¡qué regalo! era como un tesoro preciado para mí. El Señor me colmaba con creces… ¿merecía yo ese derroche de gracias? Sentía, sin duda, que no me lo merecía pero el Señor es infinitamente bondadoso. Tiempo después Merche entró en la Iglesia y nos casamos… Hoy somos padres de nueve hijos maravillosos que nos ayudan a convertirnos cada día. Atrás queda una vida en la que los «colegas» que siguieron están presos o con sida o muertos.

Esa música de protesta, antisistema ya no significa nada en mi vida. Sólo  estuvo presente un tiempo que pertenece a mi historia de salvación. Hoy tengo otro concepto de lo que es ser un antisistema, de lo que es vivir a contra corriente y esto te lo regala Cristo en su Iglesia, porque una familia numerosa es lo que sale de lo establecido, un matrimonio que se ama, unos hijos que se les pasa la fe como buenamente podemos y donde se les enseña sobre todo que antes que el trabajo, que el dinero, que el prosperar, que los estudios, es ser persona amada de Dios, honrada hasta en las cosas pequeñas y buscando a Cristo siempre como lo más importante.

Siempre les he hablado a mis hijos con franqueza de mi historia y no les oculto nada. La vida es un misterio  de alegrías y sufrimientos, de vigor y enfermedad, de luchas y de noches oscuras. Pero todo es  historia de salvación. Por eso lo importante es poner al Señor y buscarlo, la cruz solo se puede tolerar si Cristo reina en ella, el que huye de su cruz y tiene que recurrir a las drogas, al alcohol o al sexo fuera del matrimonio, o a otras cosas, jamás será feliz en lo profundo, porque sólo el que se siente amado de Dios y tiene Vida Eterna es realmente dichoso. Porque si te mueres y ya está, nada tiene sentido, pero si tu vida es para la eternidad ¿Qué te impide perderla, date a los demás y aceptar con alegría la enfermedad? Mis hijos me conocen, saben que muchas veces me equivoco, que a veces soy duro, cabezón, gritón,  y muchas más cosas, y aunque siempre hay un tiempo en la adolescencia que parece que  yo soy como el enemigo, la verdad, es un tiempo que pasa y a la luz de la fe ellos también descubren que lo que a su padre le pasa también en parte les pasa a ellos. Para nada somos perfectos, una familia tan numerosa la hace grande el Señor, porque nos reconciliamos, rezamos los unos por los otros y eso es lo más.

A los padres, que como le pasó a los mios, tienen un hijo viviendo una vida como la que yo viví que recen como mi amada tía. La oración es un arma muy poderosa. Que tengan la certeza que aunque un hijo abandone a Dios, Dios jamás lo abandona; y que lo que les debe cuestionar no debe ser nuestro malestar sino más bien nuestra actitud de oración y comunión en el matrimonio. Ni la oración cae en vacío ni la Palabra de Dios. Pensad que cuando me leía la Biblia mi abuelo en mi niñez, eso que hacía mi abuelo conmigo, que no es poco, era una semilla que aún da fruto.

Lo que Dios nos regala es para proclamarlo. Tanta gente hay sufriendo  por que están engañados o porque no entienden su historia, o simplemente porque no conocen a Jesucristo. Hay que ser realistas. Los divorcios superan en muchos países a las bodas, los jóvenes han perdido el sentido del esfuerzo, la capacidad de sufrimiento, no saben lo que es el amor. Todo es sexo y libertinaje. Los ancianos nadie los quiere porque ya no producen sólo son un gasto y cuidarlos nos destruye. Estamos construyendo una sociedad individualista donde todo se realiza a través de una pantalla, sin el trato humano, sin que se puedan conocer personalmente al otro y amarlo. Donde sólo hay un dios que es el dinero. En nuestra mano está decir la verdad, y la verdad es que el que tiene el Espíritu de Jesucristo tiene un corazón dispuesto a amar. Esto es lo que esta sociedad necesita, porque si tú has experimentado que Cristo te ama, tú ya no abortas, ni metes a tus padres en el asilo, ni dejas a tu mujer por otra más joven. El problema está en el corazón y Dios es un renovador de corazones. Por eso, que mejor aprovechar estos medios que llegan a tanta gente.

A los jóvenes hay que anunciarles a Cristo por que hoy es la droga y el alcohol y mañana será la infidelidad o no sé qué pecado. Si no te encuentras con el amor autentico es muy difícil salir. Una persona que cree que  su vida no tiene sentido, no precisa pequeños arreglos o consejos. Necesita una vida nueva y eso solo lo hace el Autor de la Vida. Si no tienes a Cristo es como un pez que se muerde la cola, todos necesitamos sentirnos queridos. Y si no sabes más, la sociedad te avoca a una vida de buscar donde no está. Huyes de tu cruz y caes en cosas que no hacen más que aumentar la cruz. Eso, sólo eso, te aporta consumir o el sexo libre: una insatisfacción que la tienes que llenar de más insatisfacciones.

Desde hace más de 30 años trabajo de albañil y después de algunos años precarios hoy día trabajo por cuenta propia y realizamos muchos trabajos en parroquias que necesitan reformas y rehabilitaciones. En la actualidad mis padres viven relativamente cerca y tenemos muy buena relación. Empiezan a ser mayores pero se quieren y están orgullosos de ser unos súper abuelos, ya que tienen veinte nietos, 19 de ellos de nuestro matrimonio y el de mi hermana mayor.

Ricardo Pareja Meseguer

Este testimonio fue publicado originalmente en Camino Católico en noviembre de 2020

sábado, 14 de febrero de 2026

Laurence Cottet era alcohólica e iba a suicidarse, pero entró en una Iglesia: «Oré a Dios que me sanó: ‘escucha, estoy al límite de mis fuerzas, no puedo más, la pelota está en tu tejado’; desde ese día no he bebido más»

Llevada a la desesperación por las dificultades desde su infancia, Laurence Cottet se refugió en el alcohol durante casi 50 años. Hasta que un día, en lo más profundo de su desesperación, el Señor la ayudó / Foto: @Nicolas Guyonnet

* Decidió dejar su trabajo para dedicarse por completo a la prevención. Durante los últimos 15 años, lo ha dado todo, viajando por Francia con su frágil figura para concienciar y ofrecer consejos con delicadeza a cualquiera que esté dispuesto a escucharla. Licenciada en estudios sobre adicciones, es voluntaria en el Hospital Universitario de Grenoble, ha escrito varios libros, fundó la asociación "Enero Seco" para promover el movimiento británico "Enero Seco" en Francia y se pronuncia sobre una amplia gama de temas, todo de forma voluntaria

Camino Católico.- Fue a los 6 años que descubrió las virtudes terapéuticas del alcohol. Laurence Cottet, la segunda de seis hijos en una familia que le prestaba poca atención, empezó por terminarse la última copa: "Mis padres no se llevaban bien y no nos demostraban ningún cariño", lamenta a Raphaëlle Coquebert en  Aleteia. "En ese clima de violencia física y psicológica, solo el alcohol aliviaba mi dolor".

El refugio de una mujer sedienta de amor

Tenía 15 años cuando su padre se fue de casa: su madre luchaba por llegar a fin de mes, dejando a los niños a su suerte. Laurence decidió tomar las riendas de su destino y huir: con una serie de trabajos esporádicos, ¡pensó que se las arreglaría perfectamente! Aprobó el bachillerato y empezó a estudiar Derecho: tras apenas aprobar, ingresó en la escuela de negocios, trabajando a tiempo parcial para financiarse. 

Tiene sentimientos encontrados sobre aquellos años: "No tenía ni idea", recuerda. "En los grupos de amigos con los que salía, bebían mucho, y yo les seguía la corriente. Me animaban porque, al parecer, era graciosa con unas copas". Sin darse cuenta, bebía para calmar sus heridas, esa falta de cariño que la carcomía.

Un respiro de unos años 

Un romance fulgurante en el trabajo puso fin a esos años caóticos. A los 29 años, mientras disfrutaba de una prometedora carrera en los departamentos legales de empresas consolidadas, conoció a Pierre Cottet. A pesar de su cáncer, creía que la felicidad era posible: «Nos casamos rápidamente. Fueron seis años muy felices, durante los cuales bebí con moderación, por placer». Pero en tres meses, la salud de su esposo se deterioró rápidamente. El 31 de marzo de 1995, a las 5:00 a. m., murió en sus brazos. Laurence tenía 35 años. A partir de entonces, fue una espiral descendente.

Autodestrucción

Desesperada tras este último golpe, la joven viuda recayó. En un año, se bebió las 300 botellas. Fue entonces cuando se convirtió en una auténtica alcohólica: "Significa", explica, "que el alcohol se convierte en una obsesión. Toda tu vida gira en torno a él. Es un círculo vicioso: bebes... para olvidar que estás bebiendo". ¿Las consecuencias? Borracheras increíbles que la llevaron a la comisaría, pérdida de memoria y un aislamiento cada vez mayor.

"En aquella época, mi familia se estaba desmoronando y no tenía más amigos que mis compañeros de copas. Para guardar las apariencias, acabé bebiendo solo en casa, por las noches, lejos de miradas indiscretas. Me acostaba borracha".

Laurence Cottet al salir de la Iglesia, en la que entró y permaneció en ella orando, se fue a casa, vació todas las botellas de alcohol en el fregadero y no volvió a beber más / Foto: @Nicolas Guyonnet

Hasta el día en que cayó el telón. Laurence lo recuerda vívidamente: el 24 de enero de 2009, mientras trabajaba como ejecutiva en París para una importante constructora donde el alcohol era moneda corriente, bebió en exceso durante una recepción de Año Nuevo a la que asistieron 600 personas. Su cuerpo, exhausto, cedió y se desplomó en público, sembrando el pánico a su alrededor. Nadie le ofreció ayuda, su jefe ya no la quería y la vergüenza la abrumaba: era demasiado.

Una mano amiga del cielo

Poco después, una mañana, Laurence se emborracha de nuevo, se calza las zapatillas y se dirige a la estación de metro de Denfert-Rochereau para acabar con todo de una vez por todas. Pero al pasar por la iglesia de Saint-Pierre de Montrouge, en el distrito 14, oye las campanas. La religión no es lo suyo; ya estaba harta de ella en su infancia: misa todos los domingos, bendiciones e imágenes religiosas a raudales, escuelas monásticas... Con tal distancia entre las palabras y los hechos, lo rechazó todo por completo hasta la muerte de su marido. Esta repentina pérdida la acercó a Dios, aunque de una forma bastante vaga.

¿Por qué entró entonces en la iglesia? No lo supo decir. Lo cierto fue que la homilía del sacerdote la impactó: «Huye del libertinaje, el Señor te ha dado un cuerpo, no te pertenece. Debes ponerlo a su servicio». ¿Ese cuerpo que tanto estaba dañando? En el momento de la comunión, avanzó como un autómata y se oyó responder al sacerdote que le ofrecía la hostia sagrada: «Señor, no soy digna de recibirte, pero solo di una palabra y sanaré». Laurence se dirigió a Dios en su corazón: «Escucha, estoy al límite de mis fuerzas, lo he intentado todo, no puedo más, la pelota está en tu tejado».

Permaneció en oración largo rato, conmovida por la belleza de los cantos y aliviada por el entorno. Cuando finalmente decidió irse, sus pensamientos sombríos se habían desvanecido. Volvió a casa, vació todas las botellas restantes por el fregadero y reflexiona en su corazón. «Desde ese día», se maravilló, «no he bebido ni una gota de alcohol».

De adicta a experta en estudios sobre adicciones

Sin embargo, su camino hacia la recuperación duró unos diez años: un psiquiatra especializado en adicciones la ayudó a responder a la pregunta crucial: "¿Por qué bebo?", a verbalizar su sufrimiento enterrado (incluida una violación familiar a los 16 años) y a encontrar la paz. Luego, por lealtad a la memoria de su hermana menor, quien también tuvo problemas con el alcohol y se quitó la vida a los 42 años, Laurence decidió dejar su trabajo para dedicarse por completo a la prevención. Durante los últimos 15 años, lo ha dado todo, viajando por Francia con su frágil figura para concienciar y ofrecer consejos con delicadeza a cualquiera que esté dispuesto a escucharla.

Licenciada en estudios sobre adicciones, es voluntaria en el Hospital Universitario de Grenoble, ha escrito varios libros, fundó la asociación "Enero Seco" para promover el movimiento británico "Enero Seco" en Francia y se pronuncia sobre una amplia gama de temas, todo de forma voluntaria. "Me llevó años apreciar plenamente el regalo que Dios me dio el día que quise morir. Se lo debo mucho, ¿verdad?"