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sábado, 26 de septiembre de 2026

John Edwards era Bautista, cambió la fe por las drogas y en prisión «Jesús habló a mi corazón: `lo intentaste, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo’»   

 John Edwards, a punto de perder su matrimonio, pensando en el suicidio y atrapado en la pesadilla de las drogas, fue detenido por la DEA... y entre rejas le esperaba una propuesta de Dios

* «Me levanté después de la Misa para irme, llegué a la puerta, y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, refiriéndome al sacerdote, y me dijo: ‘Hola, John’. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: ‘No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien’. Y lo miré y pensé, ‘¿cómo puede saber eso?’ Y él dijo: ‘John, disfruta tu día, feliz Pascua’. Se dio la vuelta y se fue. Fui y me senté en el auto de mi papá y dije: ‘Eso es todo, eso es todo. Voy a recuperar a mi familia. Voy a dar mi vida a ti, Señor’… Dios dice: ‘Oye amigo, solo necesito un poco de ti. Solo necesito tu corazón y tu confianza’. Estas cosas muy simples»

Camino Católico.- Cerca de cumplir los 45 años, John Edwards se define como felizmente casado con Ángela, padre de Jacob y dos gemelas, Caitlin y Allyson y, sobre todo, como "un discípulo de Jesucristo". Pero como ha relatado, "no siempre fue así".

Nacido en Midtown (Memphis), recuerda como una de sus grandes pasiones acudir a su iglesia bautista y pasar allí el mayor tiempo posible con su familia y amigos.

Pero al cumplir los 18 años y empezar la universidad, la estabilidad emocional que le proporcionaba su entorno, su propia iglesia y su propio grupo de amigos desapareció.

Tenía que comenzar solo, preguntándose cuál sería el nuevo lugar en el que encajar. Recuerda que finalmente se decidió por una fraternidad universitaria. Y también que el día que la visitó por primera vez como miembro sería también el último en pisar una iglesia durante años.

"En lo más bajo": LSD, marihuana y cocaína

La historia que sigue es similar a la que han relatado multitud de películas y series, pero consecuencias reales y sin final feliz.

Edwards lo probó todo, desde el LSD hasta pastillas y marihuana. Recuerda especialmente la noche en que tomó "una de las peores decisiones" de su vida al probar la cocaína.

Al principio, lo vivió como algo inocente, una novatada. "Podíamos beber mucho, salir de noche, era algo divertido. Pero como muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son".

John tenía dinero suficiente como para permitirse "el lujo" para sí mismo y también para sus amigos. Invitaba a alcohol, gasolina y drogas, pero la escena pronto dejó de ser agradable.

"Todo acabó girando siempre en torno a dónde consumíamos, dónde conseguiríamos las drogas, en qué casa lo haríamos… pronto nos separamos", explica.

Enganchado, pero solo de nuevo, recuerda aquel momento como "el punto más bajo" en el que podía estar, consumiendo unos 20 gramos de cocaína y 30 cervezas al día.

Matrimonio, familia y acercamiento a la fe

"Pero Dios me visitó una noche cuando entré a un bar y conocí a Ángela. Ella trajo ese `algo´ a mi vida cuando necesitaba a alguien que se preocupara realmente por mí. Desde esa noche salimos, ella me aguantó y nos casamos poco después", recuerda.

Aquel fue su primer acercamiento al catolicismo. Pero él creía que "las drogas pararían, que se irían solas, que decirle `sí´ a alguien para toda la vida solucionaría los problemas"… y no fue así.

Comenzaron a llegar los hijos. Primero Jacob, al que "adoraba". Años después llegarían Caitlin y Allyson y Ángela, buscando llevar la fe a su marido, le perseguía para ir a misa en familia. Él, como cada domingo por la mañana, solo quería que pasase el tiempo… y la resaca.

Pero un día, en 2011, decidió ir a la parroquia de San Francisco, dirigida por el mediático sacerdote Larry Richards. Emocionado por su llamado a la acción, la virilidad y la virtud, empezó a leer sus libros y pareció que durante un par de semanas había cambiado de vida… "pero las drogas volvieron".

Primera recaída: "Quiero que Dios cambie mi vida"

Y lo hicieron con fuerza. Relata que, aunque no lo hacía a propósito, ni si quiera parecía importarle el hecho de tener hijos o una esposa maravillosa.

"Mi madre murió y lo único que me hizo sentir mejor fueron las drogas y el alcohol. No sentía nada. Me quedaba despierto hasta tarde, bebiendo entre 15 y 18 cervezas cada noche, fumando cigarrillos y consumiendo cocaína", relata.

Una de esas noches sintió algo raro. "Plap, plap, plap, plap… el corazón empezó a palpitar violentamente. Pero no quería despertar a Ángela y que me encontrara así porque sabía que podía dejarme… Pensé que iba a morir".

John Edwards, a la derecha de la imagen, entró a una fraternidad universitaria buscando apoyo y amigos... pero allí fue consciente de que "muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son"

En pleno ataque, pensó en rezar y se dirigió a Dios prometiendo que si le salvaba, no volvería a consumir. Todo volvió a la normalidad. Se acostó y, por segunda vez, tomó la resolución de confesarse y recuperar su vida, entonces "fuera de control".

"Le dije al sacerdote que era un mal padre, un marido terrible, inmaduro y que no sabía como cambiar y ser diferente. Quiero que Dios cambie mi vida", suplicó.

Segunda caída, antes de Pascua y detenido

La Semana Santa estaba cerca y, una vez más, parecía que Edwards iba a cambiar de vida. Especialmente tras la absolución, cuando se sintió vulnerable por primera vez en su vida y decidió romper con sus adicciones y tirarlo todo, la cocaína, el alcohol… incluso el tabaco.

Pero cuando llegó el jueves santo, cayó de nuevo y antes de recoger a su hijo compró un nuevo cargamento del que consumir. Con lo que no contaba era que la DEA -la entidad federal que se encarga de combatir el tráfico y el consumo de drogas en Estados Unidos- le seguía. Segundos después, quedaba detenido y caminaba a prisión.

"Nunca olvidaré esa puerta gigante con barrotes, entrar y darme la vuelta mientras la puerta se cerraba lentamente con ese ruido característico", relata.

No paraba de pensar que su vida había terminado, a dónde iba a ir, cómo había llegado hasta ahí o qué pasaría con su mujer y sus hijos. "¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?", se repetía. Y entonces, las palpitaciones volvieron, llevándole al borde de la desesperación y a pensar incluso en acabar con su propia vida.

Un mensaje de Dios: "Ahora tienes una nueva vida"

"Entonces sucedió lo más extraño. Estaba allí sentado y de repente me invadió la calma. Nunca había sentido algo así y me invadió el pensamiento de que no podía hacer nada salvo sentarme hasta que me dejasen ir", recuerda.

Edwards solo pasó unos días en prisión. Pero con esa celda cerrándose tras de sí por última vez, supo que había sucedido algo más relevante que salir de la cárcel.

"Recuerdo mirar hacia atrás, en la celda, donde Jesús acababa de hablar a mi corazón. Recuerdo haber pensado que lo tenía solo a él y me decía `lo intentaste, tu vida ha terminado, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo´", relata.

Edwards acabó detenido por la DEA, a punto de perder su matrimonio. Entre rejas, un mensaje de Dios le motivó a cambiar de vida para siempre... y dedicársela a él

Aquel día era Pascua de Resurrección. En lo que parecía toda una analogía evangélica, Edwards se reconcilió con su padre cuando le recibió de su retención, le pidió perdón por sus errores y decidió acudir a una iglesia que visitó años atrás.


"Dios quiere que te diga que todo va a salir bien"

Tras la experiencia entre rejas, no dudó en entrar a misa y probar… y nuevamente, sucedió algo inexplicable: "Me levanté después de la Misa para irme y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, y me dijo: 'Hola, John'. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: 'No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien. John, disfruta tu día, feliz Pascua'".

Fue el suceso que necesitó para tomar una resolución definitiva. "Voy a recuperar mi vida y a entregártela, Señor", prometió.

Su siguiente paso fue enfrentarse cara a cara con su adicción. Fue su padre el que le llevó al centro, pero lo que no esperaba era ver allí a Ángela. Él la miró de arriba abajo, atónito e incrédulo al escuchar que no iba a dejarle pasar solo por aquella situación.

Treinta días después, no quedaba nada del viejo Edwards. Se había desintoxicado, dejó las drogas y el alcohol y empezó a redirigir su día a día.

Nuevo mensaje, ahora a un dedicado evangelizador

Una mañana, entró a la Iglesia y Dios terminó por "cambiar" su vida y le permitió "ver la belleza de la Eucaristía. Sentí que estaba hablando a mi corazón, como dándome el regalo de conocer las claves para seguir a Cristo".

John se confesó, comenzó a frecuentar la comunión y supo que podía ser una mejor persona. Desde entonces, dedica su vida por entero a su familia, a su fe y la evangelización a través de varios apostolados. Se cuentan por cientos las personas a las que desde entonces sigue llegando a través de Just a Guy in the Pew, que dirige. Su apostolado tiene como fin ayudar a edificar en cada parroquia grupos de hombres que se sirvan de apoyo mutuo en la vida de la gracia y la lucha contra el pecado a través de cuatro pilares: la adoración, el compañerismo y la camaradería, la entrega y la formación.

Concluye con un mensaje a otros hombres que pueden ser víctima de las adicciones o la debilidad, invitándoles a "convertirse en los hombres por los que Él murió, para que sean lo que necesitan su familia e hijos y lo que todos necesitamos, porque nos necesitamos los unos a los otros".

Vídeo en inglés en el que John Edwards cuenta su testimonio

sábado, 6 de junio de 2026

Brian Vázquez era alcohólico y drogadicto a los 9 años y ahora, a los 15, ayuda a otros a dejarlo: «Pedí a Dios ayuda, perdón por las cosas malas que había hecho y rezo para poder perdonarme a mí mismo»

Brian Vázquez tiene solo 15 años, pero ya ha experimentado el alcoholismo, la drogadicción, la vida en la calle y la delincuencia. Hoy, a pesar de su corta edad, en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en León Guanajuato, México, ayuda a quienes han caído en la trampa de la adicción. En la imagen el interior del templo

* «Ahora me siento feliz, en paz y con más energía física y mental. Aun así, sigo sintiendo atracción por aquello que me hacía infeliz. Por eso, ahora, cada noche, en lugar de beber y consumir drogas, rezo a Dios de rodillas pidiendo ayuda. Esta oración me ayuda enormemente a perseverar en la paz y la alegría que me brinda la abstinencia. Solo ha pasado un año desde que comencé el tratamiento, así que no es fácil. Animamos a las personas a que le hagan promesas a Dios de dejar ciertas sustancias durante un tiempo determinado. Puede ser un mes, un año o dos, o incluso de por vida. Por supuesto, no es raro que alguien vuelva a su antigua vida después de este período. Nos esforzamos por asegurar que estas promesas se renueven. La clave no es rendirse. Una persona adicta no puede simplemente dejar de beber alcohol o consumir drogas»

Camino Católico.-  Brian Vázquez tiene solo 15 años, pero ya ha experimentado el alcoholismo, la drogadicción, la vida en la calle y la delincuencia. Hoy, a pesar de su corta edad, en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en León Guanajuato, México, ayuda a quienes han caído en la trampa de la adicción. Los anima a hacer votos de abstinencia temporal en una capilla especialmente habilitada para este propósito en el santuario. No quiere que se publique su imagen, lo cual es totalmente comprensible, pero sin embargo, comparte su testimonio.

A los 9 años, Brian Vázquez ya vivía en la calle, consumiendo alcohol y drogas y lo cuenta así: 

"Hoy en León se ven muchos niños abandonados que, desde muy pequeños, consumen drogas o se emborrachan en las calles. Muchos mendigan o limpian ventanas de autos en los semáforos, no para comer, sino para conseguir dinero para su próxima dosis. Piden cambio para un taco, pero lo que realmente quieren es comprar drogas. Muchos también se dedican al robo” dice a Misyjne. 

Y prosigue: “Tenía amigos así y no quería sentirme diferente. Quería pertenecer a su grupo, pero sentía que no les importaba. Así que empecé a hacer lo mismo que ellos, empezando por fumar marihuana. Además, todas las sustancias sintéticas que consumía eran una forma eficaz de escapar de la realidad, de lo real, y no siempre era fácil. Después de una noche de drogas y de estar colocado, me despertaba por la mañana sintiéndome aún peor, sobre todo cuando veía a mi madre, que estaba muy preocupada. Como de niño no tenía suficiente dinero para alcohol y drogas, robaba o simplemente arrebataba dinero y bolsos de las manos de la gente. Esa era mi vida”.

Pero ante la difícil situación que vivía, Brian Vázquez llegó un momento en que empezó a rezar:

“Cuando pasaba las noches en esas ‘fiestas’ callejeras, no rezaba, no pensaba en Dios. Pero me entristecía constantemente la situación en casa. Me preocupaban mi madre y mis hermanas. Con el tiempo, también me di cuenta de que las drogas ya no eran tan divertidas como al principio. Al principio, una pequeña dosis era suficiente, pero luego necesitabas dos para conseguir el mismo efecto, y con el tiempo, cada vez más”, asegura.

Y fue en esa situación que “a los 14 años, me uní a Alcohólicos Anónimos. Me dijeron que lo único que querían era que dejara de beber y de consumir drogas. Desde ese momento, comencé a orar y a pedirle a Dios ayuda en mi lucha contra la adicción y perdón por las cosas malas que había hecho en mi vida. También rezo para poder perdonarme a mí mismo”.

Exterior del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en León Guanajuato, México, donde Brian Vázquez ayuda a otras personas a dejar las adicciones

Tiene claro que un adicto, aunque esté sin tomar ni alcohol o drogas, lo será toda la vida y combate con esa cuestión: “Hoy sigo teniendo antojo de drogas y alcohol. Me cuesta mucho abstenerme. Es una especie de escape que, superficialmente, hace que la vida sea más placentera. Y, paradójicamente, ahora me siento feliz, en paz y con más energía física y mental. Aun así, sigo sintiendo atracción por aquello que me hacía infeliz. Por eso, ahora, cada noche, en lugar de beber y consumir drogas, rezo a Dios de rodillas pidiendo ayuda. Esta oración me ayuda enormemente a perseverar en la paz y la alegría que me brinda la abstinencia. Solo ha pasado un año desde que comencé el tratamiento, así que no es fácil”.

En el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en León, se creó una capilla especial para hacer votos de abstención temporal de alcohol o drogas: “Animamos a las personas a que le hagan promesas a Dios de dejar ciertas sustancias durante un tiempo determinado. Puede ser un mes, un año o dos, o incluso de por vida. Por supuesto, no es raro que alguien vuelva a su antigua vida después de este período. Nos esforzamos por asegurar que estas promesas se renueven. La clave no es rendirse. Una persona adicta no puede simplemente dejar de beber alcohol o consumir drogas” explica con realismo Brian Vázquez.

Y concluye dirigiéndose a cualquier joven que se adentra hoy en el mundo de las drogas: “Hermano, yo he pasado por eso. Sé lo que es estar drogado todas las noches, sentirse física y mentalmente deprimido después de emborracharse con alcohol o drogas. Sé lo que es estar encerrado en tu habitación, temblando y sintiéndote fatal porque tu cuerpo te pide a gritos otra dosis. También es esa horrible sensación de estar atrapado en una trampa de la que no puedes salir. No vayas por donde yo he estado. Lo que puedo ofrecerte es mi ayuda. Eso es lo que te diría. Además, hoy soy realmente feliz. Tengo buenas relaciones familiares. Veo a mi madre feliz y a mis hermanas a salvo. ¡Y sobre todo, me siento bien conmigo mismo! Me gusta esta vida de la que intentaba escapar. Mentalmente, estoy tranquilo y satisfecho. No vale la pena cambiarlo por alcohol y drogas”.

martes, 7 de abril de 2026

David Patterson: «Me enojé por el divorció de mis padres, abandoné la fe, bebía alcohol hasta perder el conocimiento, mi madre rezaba por mí, fui a un retiro, me confesé y 6 meses después Dios sanó mis adicciones»

David Patterson contando su testimonio de conversión 

* «Cuando comenzó la primera charla, el orador captó mi atención. Me habló del amor de Dios. Dijo que ‘un simple “sí” a Cristo cambiará tu vida para siempre’. Continuó: ‘Hoy es 15 de agosto. Corran al Sacramento de la Reconciliación y sean libres. Hagan de hoy el día en que le dijeron “sí” a Jesús’. Me tocó la fibra sensible, porque, más que nada, anhelaba ser libre y sabía que no lo era. Así que esa noche corrí a confesarme. Mientras me confesaba, me sentía cada vez más ligero, y cuando el sacerdote me dio la absolución, me sentí libre. Me sentí transformado»

Camino Católico.- David Patterson, tiene 38 años, vive en Toronto (Canadá) y es el creador del portal Yes Catholic de Canadá, en el que cuenta su poderosa historia de conversión. Este medio cuenta con el apoyo de figuras de la Iglesia en Canadá, como el Arzobispo Emérito Cardenal Thomas Collins de Toronto.

Aunque la madre de David era católica, tras el divorcio de sus padres, él sintió resentimiento hacia su padre y deseaba que este "sintiera su dolor". También empezó a preguntarse "si la gente realmente creía en Jesús".

En noveno grado, pasó un verano en la casa de campo de su padre y terminó involucrándose profundamente con la marihuana, el alcohol y las fiestas. Con su adicción al alcohol llegaba a perder el conocimiento. Cuando regresó a la escuela en otoño, se juntó con malas compañías y continuó llevando una vida imprudente durante la secundaria y la universidad. De hecho, en un momento dado, David le preguntó a un amigo por qué le dolía la cabeza cuando no bebía, y el amigo le respondió: "Tienes los colmillos del lobo. Eres un alcohólico; bienvenido al club".

Afortunadamente, la madre de David nunca dejó de orar por su conversión. Cuando ella le pidió que asistiera a un retiro católico, él accedió a regañadientes y fue allí, que después de confesarse tuvo un encuentro con Dios. Su conversión se produjo el 15 de agosto de 2009, cuando tenía 21 años. Después de crecer seis meses en su relación con Cristo y perseverar en los sacramentos, el Señor le sanó de sus adicciones. Esta es su historia contada en primera persona.

David Patterson junto a su esposa Alexandra y su madre en el evento ‘Lift Jesus Higher Rally’ de 2017 en Toronto, Ontario

«Dios elige a los quebrantados, sana nuestros corazones y nos ama incluso cuando volvemos a caer»

De niño, tenía muchas preguntas sin respuesta sobre la fe. Cuando estaba en noveno grado, quería ver si alguien  realmente  creía en Jesús y en la Iglesia Católica, pero, para ser honesto, no vi a nadie que lo hiciera. Así que pensé: "¿Para qué?". Ya había experimentado mucha confusión y enojo por el divorcio de mis padres, y aunque mi madre seguía intentando animarme —convenciéndome de que hablara con tal o cual sacerdote—, yo ya estaba harto de todo eso, y solo tenía 15 años.

Ese verano, mi vida se fue al traste rápidamente. Me pasé todas las vacaciones bebiendo, fumando y juntándome con malas compañías. Lamentablemente, esa fue una muestra de toda mi experiencia en el instituto. Ojalá pudiera decir que mi época universitaria fue diferente, pero la verdad es que bebía con frecuencia, incluso hasta el punto de perder el conocimiento por culpa del alcohol.

Pero hay algo que debes entender. Aunque yo no pensaba en el cristianismo ni en Jesús, mi madre no había perdido la esperanza en mí. Rezaba por mí. Me insistía constantemente para que fuera a un retiro espiritual, y finalmente, para que dejara de  insistir , cedí.

El retiro no empezó bien. Estaba enfadado y no quería estar allí, así que me senté afuera en el aparcamiento gritándole a mi madre, intentando convencerla de que no quería entrar, deseaba marcharme. En medio del alboroto sentí que me tocaban el hombro y vi a un sacerdote con sombrero de vaquero. Era cariñoso y paciente, y me dijo: ‘Hijo, creo que deberías quedarte’. No solo me calmó, sino que incluso me convenció de quedarme, aunque seguía escéptica.

Cuando comenzó la primera charla, el orador captó mi atención. Me habló del amor de Dios. Dijo que “un simple «sí» a Cristo cambiará tu vida para siempre”. Continuó: «Hoy es 15 de agosto. Corran al Sacramento de la Reconciliación y sean libres. Hagan de hoy el día en que le dijeron “sí” a Jesús».

Me tocó la fibra sensible, porque, más que nada, anhelaba ser libre y sabía que no lo era. Así que esa noche corrí a confesarme. Mientras me confesaba, me sentía cada vez más ligero, y cuando el sacerdote me dio la absolución, me sentí libre. Me sentí transformado.

Al regresar del retiro, comencé a ir a misa solo. Empecé a frecuentar el sacramento de la Reconciliación. Y después de seis meses de estar cerca de Jesús, Dios sanó mis adicciones. Así que sí, Dios rompió las cadenas de mi vida.

Meses después, participé en otro retiro espiritual. Mientras oraba ante la Eucaristía, Dios puso una imagen en mi mente. Vi a un grupo de adolescentes alabando a Dios en el sótano de la iglesia donde crecí. Al día siguiente, como estaba en mi ciudad natal, fui a esa iglesia y hablé con el sacerdote, contándole lo que había visto. Su expresión cambió de inmediato. Me dijo: «Qué curioso, porque ayer tuvimos una reunión para hablar de buscar un coordinador de pastoral juvenil. Creo que tú podrías serlo».

Me sentía tan indigno. Si aquel sacerdote hubiera sabido dónde había estado y qué había hecho en mi vida, estaba seguro de que no me habría pedido que fuera coordinador de la pastoral juvenil. Pero no sabía que así es cómo obra Dios. Él elige a los quebrantados, sana nuestros corazones y nos ama incluso cuando volvemos a caer.

Acepté el puesto de coordinador de jóvenes y me asombró lo que Dios era capaz de hacer, aunque no tenía ni idea de lo que estaba  haciendo. Y lo curioso es que estaba tan concentrado en intentar ayudar a estos jóvenes desde mi propia fragilidad que olvidé por completo que Jesús me estaba ayudando constantemente a mí.

Lo sé porque el primer día de nuestro primer campamento de verano conocí a una monitora que cambió mi vida para siempre. Se llamaba Alexandra y era preciosa.

David Patterson junto a su esposa Alexandra

Cuando decidimos empezar a salir, nos tomamos de las manos, inclinamos la cabeza y le pedimos a Dios que nos bendijera y fuera el centro de todo lo que hiciéramos. Sé que nos escuchó. Después de salir durante meses, comenzamos una novena —una oración de nueve días— para discernir si estábamos llamados al sacramento del matrimonio. Durante toda la semana, lo único que oía en mi corazón era: «Propónme matrimonio».

Verás, Dios seguía actuando en mí, e incluso estaba dispuesto a involucrar a mi amigo para ayudarme a llegar a donde necesitaba ir. Un día, en medio de una conversación, mi amigo me preguntó de repente: "¿Amas a Alexandra?". 

Sin dudarlo, le dije que sí y que incluso estaba pensando en proponerle matrimonio el jueves (¡ni siquiera sé de dónde saqué la idea del jueves!). Pasamos el resto de la noche planeando cómo conseguiría el permiso de sus padres y el anillo.

La noche anterior al jueves, Alexandra me llamó y me dijo: «Oye, estaba pensando que mañana es el noveno día de nuestra novena para ver si estamos llamados al matrimonio». A la mañana siguiente fuimos a misa y luego a un lugar con vistas a un lago, el mismo sitio donde tuvimos nuestra primera cita. Fue allí donde le pedí a Alexandra que pasara el resto de su vida conmigo. ¡Por suerte, dijo que sí!

Fue un día muy especial, y sin embargo, Dios quería que supiera que también tenía otro significado que yo desconocía. Tras investigar un poco, me di cuenta: le había propuesto matrimonio a mi esposa el 15 de agosto, y fue el 15 de agosto de 2009 cuando regresé a la Iglesia. ¿Coincidencia? No lo creo.

La verdad es que yo era un desastre, pero era Su desastre. A pesar de todo, Dios nunca ha dejado de amarme y, al igual que mi madre, nunca se ha dado por vencido conmigo.

Alexandra y yo nos casamos un año después y hemos sido bendecidos con dos hijos. San Juan Pablo II dijo: «La vida con Cristo es una aventura maravillosa». ¿Sigo siendo un desastre? Sí. Pero sé que Dios obra todo para su gloria.

David Patterson

domingo, 22 de marzo de 2026

Robert Steele era alcohólico hasta que Dios lo sanó y es sacerdote ayudando a otros adictos: «La pornografía aísla a las personas y la confesión regular es un ancla que las lleva a la luz, donde comienza la sanación»

El sacerdote neozelandés Robert Steele / Foto: Diócesis de Auckland

* «La vergüenza y el miedo al juicio a menudo les impiden buscar ayuda, creando un ciclo de secretismo. A menudo se malinterpreta la confesión como un ritual de culpa, pero en realidad es una de las mayores fuentes de sanación. Recibir la confesión con frecuencia, semanalmente o cada dos semanas, ayuda a fortalecer la resiliencia, porque cada confesión no solo absuelve el pecado, sino que también derrama la gracia sacramental, fortaleciéndonos para resistir la tentación. Muchos adictos en recuperación testifican que la confesión es su ‘botón de reinicio’, un lugar seguro para empezar de nuevo sin temor al juicio»

Camino Católico.-  Fue una vocación tardía, muy tardía. Robert Steele tenía 57 años en 2008 cuando el obispo le impuso las manos para transferirle el orden sacerdotal. Llevaba siete sin tomar una gota de alcohol, una adicción que arrastraba desde su adolescencia, durante cerca de 40 años. «Descubrí que Dios no había desperdiciado mi sufrimiento», asegura en una entrevista con The Catholic Weekly. «Las experiencias de las que antes me avergonzaba se convirtieron en parte de mi vocación pastoral», reconoce ahora este sacerdote católico neozelandés que lleva años acompañando a personas con problemas de adicción.

El padre Steele es el párroco de la iglesia de San Patricio en Pukekohe, al sur de Auckland (Nueva Zelanda). Tras años viviendo en la culpa y la vergüenza, ha plasmado toda su experiencia vital de lucha en un libro que ha titulado ‘A Journey of Hope: Combating Pornography on the Internet’ (Un viaje de esperanza: Combatiendo la pornografía en internet). En él, el sacerdote neozelandés se atreve a abordar un tema que genera mucho silencio: cómo avanzar hacia la sanación y la libertad para aquellas personas atrapadas en patrones compulsivos de contenido sexual en línea. Argumenta que es una crisis que afecta la salud mental, la vida espiritual e incluso la capacidad de los jóvenes para imaginar su futuro.

Sus reflexiones surgen de su experiencia pastoral, pero también de su propia historia personal de recuperación. Antes de ingresar al seminario, Steele luchó contra el alcoholismo durante su juventud. Tras enfrentarse a la adicción y abrazar la sobriedad, finalmente discernió su vocación sacerdotal. Hoy cumple 25 años sin alcohol, un hito que a menudo cita como prueba de que las heridas personales pueden convertirse en la base de una vida de servicio.

Camino de adicción, sufrimiento y la gracia de Dios

“Crecí en un entorno obrero bastante común y corriente, y como muchos hombres de mi generación, caí en comportamientos adictivos durante mi juventud. El alcohol era mi principal problema, pero debajo de eso había cuestiones más profundas: soledad y heridas sin resolver. Durante mucho tiempo intenté manejar la vida a mi manera, y simplemente no funcionó”. cuenta el padre Robert Steele.

Durante varios años trabajó en el sector turístico y hotelero, llegando a ser profesor universitario en esa área. Pero no era feliz.  

“Mi punto de inflexión llegó cuando finalmente admití que no podía arreglarme a mí mismo. Ingresé a rehabilitación, abracé la sobriedad y comencé un largo y honesto proceso de sanación interior. Ese camino me enseñó humildad, autoconocimiento y a confiar en la gracia divina. Ahora llevo 25 años sobrio”. 

A medida que superaba lentamente su alcoholismo, resurgió un interés por el sacerdocio que había permanecido latente durante mucho tiempo. Fue ordenado sacerdote en 2008, a la edad de 57 años. 

“Descubrí que Dios no había desperdiciado mi sufrimiento. Las experiencias de las que antes me avergonzaba se convirtieron en parte de mi vocación pastoral. Regresé al seminario más adelante, por la gracia de Dios, y fui ordenado sacerdote, llevando conmigo una profunda compasión por quienes sufren. Mi vocación es inseparable de mi recuperación. El sacerdocio es la forma en que Dios transformó mis heridas en una fuente de servicio”.

El libro del padre Steele, por ahora solo disponible en inglés

Cómo combatir la pornografía

En su país, el 54 % de los chicos jóvenes y el 14 % de las mujeres jóvenes ven pornografía al menos una vez a la semana. Unas cifras similares a las que se manejan en el resto del mundo occidental. “Lo que me preocupa aún más que los porcentajes es la edad de la primera exposición. Muchos niños se enfrentan a la pornografía a los 9, 10 u 11 años”, explica el padre Steele. “En esa etapa, sus cerebros y estructuras morales no están ni remotamente preparados para procesar lo que ven”, constata. Eso, inevitablemente, crea unas cadenas que son muy difíciles de romper. Él, que ha tenido que desembarazarse de las del alcohol, sabe bien de qué habla y aborda en su libro como hacer frenta a la pornografía.

“Desde una perspectiva de salud pública, la pornografía está ahora fuertemente vinculada a la ansiedad, la depresión, la disfunción sexual, la ruptura de relaciones, las visiones distorsionadas de la intimidad y el aumento de los patrones de adicción. Neurológicamente, reconfigura los circuitos de recompensa de maneras sorprendentemente similares a las drogas”, señala.  

Y subraya que “desde una perspectiva espiritual, es igualmente grave. La pornografía entrena al corazón para consumir en lugar de amar. Erosiona la capacidad de entrega, fidelidad, respeto por el cuerpo y una intimidad auténtica. En cuanto a las vocaciones y la práctica de la fe: no diría que la pornografía es el único factor, pero estoy convencido de que es uno importante. Cuando los hombres viven con vergüenza crónica, secretismo y comportamientos sexuales compulsivos, les resulta mucho más difícil imaginar el sacerdocio, el matrimonio o un compromiso profundo con Dios”.

“Romper el ciclo de la adicción a la pornografía se desarrolla en tres dimensiones: neurológica, emocional y espiritual. La libertad duradera no es simplemente una cuestión de fuerza de voluntad; es un camino de gracia.  Y los puntos de hidratación en la larga carrera hasta la meta son las prácticas tradicionales de la Iglesia Católica: la confesión frecuente, la Eucaristía, la dirección espiritual, el ayuno y los actos de sacrificio, y la devoción a la Santísima Virgen”,   explica el padre Steele.

“La terapia, el software de seguimiento, los grupos de apoyo y las intervenciones basadas en la neurociencia son realmente útiles”, afirma. “Pero sin fe, falta algo esencial: sentido, perdón, esperanza y trascendencia. La adicción no es solo un problema de comportamiento. Es una herida relacional y espiritual”. 

“Para los católicos, el poder de la confesión suele pasarse por alto, pero es una piedra angular del éxito espiritual, ya que la vergüenza es la atadura más fuerte para quienes no pueden dejar de consumir pornografía”, asegura el sacerdote.

“La adicción a la pornografía aísla a las personas. La vergüenza y el miedo al juicio a menudo les impiden buscar ayuda, creando un ciclo de secretismo”, escribe el padre Steele en ‘Un viaje de esperanza’.

“A menudo se malinterpreta la confesión como un ritual de culpa, pero en realidad es una de las mayores fuentes de sanación. La vergüenza nos dice que nos escondamos, pero la confesión nos saca de las sombras y nos lleva a la luz, donde comienza la sanación. Para alguien que lucha contra la pornografía, la confesión regular se convierte en un ancla”, asegura.

“Recibir la confesión con frecuencia, semanalmente o cada dos semanas, ayuda a fortalecer la resiliencia, porque cada confesión no solo absuelve el pecado, sino que también derrama la gracia sacramental, fortaleciéndonos para resistir la tentación. Muchos adictos en recuperación testifican que la confesión es su ‘botón de reinicio’, un lugar seguro para empezar de nuevo sin temor al juicio”, comparte.

La recuperación puede ser un camino largo y arduo. Incluso los cristianos convencidos pierden la esperanza y dejan de orar. “Llegan a un punto en el que dicen: ‘¿Para qué molestarse? ¿Para qué orar por esto? Porque no lleva a ninguna parte’”.  

“Siempre animo a quienes acompaño y les digo que nunca se rindan. Que sigan orando. La recuperación es lenta. Las recaídas son comunes, por desgracia. Pero el progreso es lento pero constante”, subraya.  

La pornografía entrena al corazón para consumir en lugar de amar. Erosiona la capacidad de entregarse a uno mismo, la fidelidad, el respeto por el cuerpo y la intimidad auténtica / Foto: Pexels.com.

Si la pornografía es un problema tan grave, ¿por qué los feligreses no oyen hablar de ello con más frecuencia? El padre Steele afirma que “los sacerdotes no son indiferentes, pero deberían pronunciarse al respecto. A algunos les preocupa avergonzar a los feligreses, provocar reacciones negativas o no tener el lenguaje adecuado. Otros, simplemente, no se sienten capacitados para abordar la adicción sexual,” asegura. 

“Pero el silencio tiene un precio. Cuando los jóvenes y los padres nunca oyen a la iglesia hablar con claridad, compasión y pragmatismo sobre la castidad y la pornografía, asumen que la iglesia no comprende su mundo. Eso es trágico. Necesitamos más predicación, más catequesis y más honestidad pastoral. No de una manera moralizante o que avergüence, sino de una manera sanadora, esperanzadora y que diga la verdad”, reflexiona. 

Los padres no pueden permitirse el lujo de ignorar el atractivo de la pornografía para sus hijos. Las búsquedas en Google o las atractivas ventanas emergentes atraen a muchos niños a los rincones oscuros de internet. Y siempre existirá la presión de grupo para explorar terrenos prohibidos.  

El padre Steele tiene cuatro palabras de consejo para los padres: "Sean tempranos y sean honestos". Y añade: “Los padres deben dar por sentado que sus hijos se encontrarán con pornografía, en lugar de preguntarse si podrían hacerlo. Las conversaciones sobre el cuerpo, el sexo y la seguridad en internet deben comenzar mucho antes de lo que la mayoría de los padres creen”. 

Por otra parte, “también es necesario crear un entorno donde los niños no tengan miedo de decir la verdad. Si un niño confiesa haber estado expuesto y recibe ira o pánico, aprenderá a esconderse. Las herramientas prácticas también importan: filtros, aplicaciones de control, reglas para los dispositivos. Pero ningún filtro reemplaza una relación sólida y un diálogo abierto”, asevera.  

Como complemento de  «Un viaje de esperanza», el padre Steele también ha publicado una parábola moderna, «El viaje de Miguel: una novela de lucha, gracia y libertad». Narra la historia de un joven atrapado por la pornografía que, poco a poco, logra liberarse con la ayuda de la oración y el consejo de un sacerdote comprensivo. Padres y adolescentes podrían encontrarla útil. 

Para los adictos a la pornografía, ¿existe un Matt Talbot, el irlandés santo considerado el santo patrón de los alcohólicos?  “Todavía no, aunque San Carlos Acutis es venerado por su “pureza, devoción eucarística y uso de la tecnología para el bien. Creo sinceramente que Dios está suscitando testigos modernos que algún día serán reconocidos como santos de esta lucha. Vivimos en un nuevo campo de batalla espiritual, y el cielo siempre provee nuevos héroes» concluye el padre Steele.