Clémence de Camaret con su escultura de Juana de Arco / Foto: Clémence de Camaret - Aleteia
Camino Católico.- Desde niña, Clémence de Camaret soñaba con ser arquitecta. Esta profesión reunía todo lo que le apasionaba: el dibujo, la observación, la creación y el patrimonio. Sin embargo, tras cinco años de estudio y varias experiencias profesionales, se dio cuenta de que algo le faltaba. El trabajo frente a la pantalla, el ritmo exigente y el difícil mercado laboral la llevaron gradualmente a considerar otro camino. Con el tiempo, fue principalmente la falta de trabajo práctico y concreto lo que empezó a pesarle.
Fue casi por casualidad que descubrió la escultura durante un año Erasmus en Roma. En la Ciudad Eterna, rodeada de las obras de Bernini y Miguel Ángel, Clémence compró plastilina, una arcilla para modelar que usan los escultores y que tiene la propiedad única de no secarse nunca, y comenzó a esculpir por su cuenta en su habitación de estudiante. En aquel momento, atravesaba un periodo personal difícil. "Necesitaba mantener las manos ocupadas", confiesa a Laura Marchais en Aleteia. Muy pronto, la joven descubrió una pasión y un verdadero talento para este arte.
Clémence, disléxica, explica que siempre ha aprendido más a través de la práctica y el movimiento que con los métodos escolares tradicionales. "Aprendo moviéndome, poniendo las cosas en práctica", afirma. La escultura surgió entonces como una elección natural, la síntesis perfecta de su amor por el dibujo, su sentido del espacio heredado de la arquitectura y su necesidad de trabajar con materiales.
De vuelta en Francia, Clémence completó su formación autodidacta en la Academia de Artes de Aviñón, una institución francesa especializada en la enseñanza de la escultura clásica. Durante unos meses, adquirió técnicas de modelado y descubrió el mundo de la restauración del patrimonio.
Los primeros pasos de una aventura artesanal
Con tan solo tres meses de experiencia como autónoma y apenas 25 años, Clémence se encuentra en los inicios de esta aventura artesanal. Sin embargo, ya recibe encargos. Todo comenzó con una estatua de la Virgen María creada como regalo de compromiso. Inspirada en una Virgen María del siglo XII que se conserva en el Louvre, la pieza cautivó rápidamente a quienes le pidieron que la reprodujera. Animada por su prometido, decidió lanzarse a la aventura.
Actualmente, sus clientes son principalmente particulares que descubren su obra en las redes sociales, que se han convertido en su principal plataforma de venta. Pero antes de llegar a sus dueños, cada una de sus esculturas requiere un proceso largo y meticuloso. Para dar vida a sus creaciones, Clémence comienza modelando una pieza original en arcilla. A esto le sigue un extenso proceso de moldeo, seguido de refinamientos y toques finales antes de que una estatua pueda salir de su taller. En total, cada pieza representa más de una semana de trabajo, sin contar las horas dedicadas a los detalles finales.
Clémence de Camaret esculpiendo en su taller / Foto: Clémence de Camaret - Aleteia
Sus precios siguen siendo intencionadamente asequibles: 230 € por su Virgen María de Bel-Amour, 265 € por su ángel sonriente inspirado en la catedral de Reims y 295 € por su Juana de Arco. "Actualmente estoy muy por debajo del precio de mercado", admite con humildad. "Sigo mejorando técnicamente". Sin embargo, su ambición no es crear una gran empresa. A pocas semanas de su boda, la joven desea principalmente forjarse una carrera compatible con la vida familiar que anhela. "Mi familia es lo primero", afirma con sencillez.
Para devolver un lugar a lo sagrado
Aunque Clémence se dedica principalmente a esculpir figuras religiosas, su elección va mucho más allá de lo artístico. Durante un viaje a Jordania para su proyecto de fin de carrera, le impactó la naturalidad con la que los cristianos manifestaban su fe en los espacios públicos. Esta reflexión sigue vigente en ella. "Lo que me conmueve es expresar mi fe a través de la belleza", explica. "Para mí, la belleza es un pequeño rayo de luz que revela la verdad, quién es Dios y su amor".
Poco a poco, los proyectos van tomando forma. Clémence ahora quiere crear más obras al aire libre, en particular para recuperar los nichos en las fachadas de los edificios que antaño ocupaban las estatuas de la Virgen María, a veces olvidadas hoy en día. Originaria de la Provenza, la escultora siente un profundo apego por estas Madonas que han velado por pueblos y barrios durante generaciones. "Son parte de nuestra historia. Es algo que me conmueve profundamente", subraya. "Mi objetivo es casi crear obras tan bellas que nadie se atreva a romperlas", añade la joven.
"Mi trabajo es una oración continua"
Detrás del lanzamiento de su taller se esconde una búsqueda más personal. Durante mucho tiempo, Clémence sintió que buscaba constantemente una nueva aventura. Viajes, proyectos y retos deportivos o profesionales se sucedían uno tras otro. Recuerda especialmente las largas horas que pasaba sola caminando o en bicicleta hasta Roma, como si algo aún se le escapara.
La escultura puso fin gradualmente a esta búsqueda constante. Por primera vez, la joven sintió que había encontrado una actividad que reunía todo lo que la definía profundamente: el trabajo manual, la contemplación, la creación artística, el compartir conocimientos y la fe. Esta actividad también satisfizo una necesidad muy personal de Clémence. "Soy una persona bastante activa", explica. "Nunca me ha atraído estar sentada en una silla. Hacer algo me mantiene con los pies en la tierra".
Así, en su taller, descubre un espacio singular donde sus manos están ocupadas mientras su mente permanece libre. Un lugar donde puede trabajar dejando que sus pensamientos divaguen. "Soy de las que tienen dificultades para rezar con constancia y regularidad", admite con franqueza. Mientras que otros encuentran su equilibrio de forma natural en la adoración o en el rezo diario del rosario, Clémence se siente más llamada a encontrarse con Dios en la acción.
Varias de las esculturas de Clémence de Camaret / Foto: Clémence de Camaret
La escultura le ofrece precisamente este tiempo de libertad interior. Durante horas, concentrada en el rostro de la Virgen o en los pliegues de una prenda, entra en un estado de silencio y contemplación. "Para mí, este trabajo es una oración continua", explica. "Es una especie de práctica meditativa, como la que los monjes siempre han utilizado para conectar con Dios".
Cada escultura se convierte entonces en algo más que un objeto o un encargo. Para Clémence, es un momento de presencia, un diálogo silencioso que se desarrolla al ritmo de los gestos repetidos y del material trabajado. "Siento que Dios no me llama a rezar de la forma tradicional", explica. "Hacer cosas que sirvan a Dios": eso es lo que le parece más apropiado.
A través de sus estatuas, Clémence busca menos producir objetos religiosos que ofrecer obras capaces de elevar la mirada. Esta convicción impregna ahora todo su proyecto. Detrás de la emprendedora que aprende a desarrollar su negocio se esconde una joven que finalmente ha encontrado lo que tanto anhelaba: una manera de unir su trabajo, su fe y su vida.



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