Desirée López escucha la respuesta del Papa León XIV a sus preguntas
* «A día de hoy puedo afirmar que Dios ha estado siempre, en cada momento, incluso en aquellos en los que yo pensaba que no. Al final veo que todo lo que he pasado ha tenido un sentido en mi vida… La fe es lo más importante que tengo a día de hoy. Al final, es Dios quien me acompaña y me regala cada día, y ha sido gracias a la fe que he podido darle un sentido al dolor y al sufrimiento que hay en mi historia. La Iglesia también ha sido ese hogar al que siempre puedo volver y donde todo es acogido. La fe también me aporta esperanza, porque me ayuda a confiar en que todo tiene un sentido, aunque en ese momento no podamos verlo»
Vídeo de la transmisión en directo de 13 TV del testimonio y las preguntas de Desirée López al Papa León XIV en el estadio olímpico ‘Lluis Companys’ de Montjuic en Barcelona, el 9 de junio de 2026
Camino Católico.- Desirée López tiene 20 años. Esta joven de Barcelona nació de una pareja donde hubo violencia machista. Su padre casi mata a su madre. Le contó en breve su historia al Papa en el Estadi Olímpic de Montjuïc, ante 40.000 personas. Su testimonio conmovió a León XIV. Después de aquel acto multitudinario ha transparentado en una entrevista en La Vanguardia que “encontrarme con el Señor dio sentido a todo lo que viví; hoy no cambiaría nada, porque si lo hiciera no estaría donde estoy ahora”.
Desirée relató su vivencia a León XVI así:
—Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie.
Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?.
El perdón, un don de Dios
Días después de su intervención ante el Papa, la joven comparte:
—Creo que sí que he perdonado a mi padre. Al principio lo veía como una carga enorme. Incluso me sentía culpable por todo lo que había pasado. Pensaba: ‘Es mi padre y ha hecho mucho daño a mi madre’. Muchas veces me pregunté si era justo perdonarlo”.
Respecto a la respuesta del Papa sobre el perdón, Desirée dice a ABC:
—Fue como si me estuviera hablando el Espíritu Santo. No sabía lo que me respondería, pero sus palabras me liberaron de una carga muy grande. Yo vivía el perdón como algo que debía conseguir sola. En cambio, él explicó que es un don que debemos pedir al Señor. Esto me dio mucha paz. Estaba bastante a la expectativa y súper abierta a la respuesta que él me diera. La frase que más se me quedó del Santo Padre fue que el perdón es un camino que dura toda la vida. Significa entender que no es algo inmediato. Que no se trata simplemente de perdonarlo y ya está. Es un proceso largo, un recorrido que se hace despacio, con la ayuda de Dios”.
En cuanto a porqué ha compartido su testimonio tan íntimo dice a Catalunya Cristiana:
—Me gustaría que sirviera para que la gente viera que las segundas oportunidades existen. Hoy parece que el perdón sea una palabra que se utiliza poco, pero yo creo que es muy importante. También quisiera transmitir que, aunque haya momentos en que todo parezca oscuro y sin salida, el Señor puede recuperarte desde allí si dejas el corazón abierto.
A las personas que pasan por situaciones como la mia quiero decirles que no pierdan la esperanza. Que, aunque su historia sea muy dura, existe una salida. Yo he podido experimentarlo y me gustaría que mi testimonio ayudara a otras personas a creer que también es posible para ellas”.
“Dios me acompaña y me regala cada día”
Desirée cuenta lo que es la fe para ella:
—La fe es lo más importante que tengo a día de hoy. Al final, es Dios quien me acompaña y me regala cada día, y ha sido gracias a la fe que he podido darle un sentido al dolor y al sufrimiento que hay en mi historia. La Iglesia también ha sido ese hogar al que siempre puedo volver y donde todo es acogido. La fe también me aporta esperanza, porque me ayuda a confiar en que todo tiene un sentido, aunque en ese momento no podamos verlo. Y, evidentemente, me aporta una compañía enorme y unas amigas que no merezco para nada.
Esa fe fue también la que la llevó ante Su Santidad y la que, con los años, le permitió acercarse a una de las palabras más difíciles de su vida: perdón. Fue una de las ideas centrales de la respuesta de León XIV. El Pontífice le recordó que perdonar no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino iniciar un camino que puede durar toda la vida. «Debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino», le dijo.
—Estoy totalmente de acuerdo con la respuesta del Santo Padre. El perdón, para mí, es un don que también sirve para uno mismo. Es liberar una carga del corazón. También me gustaría remarcar que el Santo Padre respondió que para perdonar no es necesario quedarse o seguir manteniendo relación con esa persona; esta fue una respuesta que me dio mucha paz también.
Desirée López después de la Vigilia de Oración con León XIV
“Dios ha estado siempre”
Llegados a este punto, la pregunta parece casi obligada. ¿Cómo se perdona algo así? Fue precisamente una de las preguntas que Desirèe dedicó también al Papa, sin rodeos: «¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?».
La respuesta de León XIV, por supuesto, estuvo a la altura: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad», señaló el Pontífice, que advirtió de que tampoco se puede imaginar «que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda». Dios, añadió, ha dotado al ser humano «de inteligencia y voluntad», le ha dado «una conciencia» y lo ha revestido «de dignidad y de libertad». Por eso, sostuvo, «si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio», es necesario dirigir las preguntas «a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios».
Repasando las palabras del Santo Padre, Desirèe es casi incapaz de disimular la sonrisa. Su relación con sus padres ya no es para ella un tabú, aunque durante años fuera una de las partes más difíciles de ordenar de su propia historia.
—A día de hoy estoy viviendo con mi madre biológica, ya que está totalmente recuperada, y estoy súper contenta. Aprendo muchísimo de ella porque es una de las personas más fuertes que conozco. Con mi padre no mantengo ninguna relación, ya que se desvinculó de mí hace unos años.
La joven preguntó al Papa dónde estaba Dios cuando era niña y así asegura que ella vive la relación con el Señor:
—A día de hoy puedo afirmar que Dios ha estado siempre, en cada momento, incluso en aquellos en los que yo pensaba que no. Al final veo que todo lo que he pasado ha tenido un sentido en mi vida, y yo no estaría donde estoy ni sería quien soy hoy. Dentro de lo que cabe, me siento una afortunada de que Dios se haya servido de mi historia para poder dar luz y esperanza a personas que están pasando por algo similar o que sienten que no hay salida.
Su testimonio llegó ante León XIV gracias a su párroco:
—Me contactó el cura de mi parroquia, Sant Carles Borromeu, en el barrio de Gràcia de Barcelona, y me preguntó si me gustaría ser una de las personas que le hiciera una pregunta al Santo Padre. Lo primero que hice fue dudar por miedo y vergüenza, pero lo estuve pensando y rezando, y al final vi que era una oportunidad única y un regalo que no podía dejar pasar. esa parroquia no es la de mi barrio pero voy a ella porque allí tenemos un grupo de universitarios. Nos reunimos los jueves y vamos a misa cada domingo.
Cuando tenía tres años sucedieron los hechos que contó al Papa
Y habla de su vida dando más detalles de cómo vivió su sufrimiento:
—Nací en una familia formada por mi madre, mi padre, mi abuela materna y yo. Vivimos juntos hasta mis tres años. En el Paral·lel. Y entonces, mi padre intentó matar a mi madre. Mi madre se salvó porque un chico se puso en medio. Metieron a mi padre en prisión. Además, coincidió que mi abuela murió por esas fechas. Mi madre se vio sola conmigo y acabó entrando en el mundo de las drogas… No presencié malos trastos de mi padre a mi madre. Tenía solo tres años, era muy pequeña. De esa etapa no recuerdo apenas nada. El maltrato era continuado. Lo que pasó aquel día fue simplemente el momento en que explotó todo.
Relata cómo sucedieron los hechos aquel día:
—Mi madre salía para ir a trabajar. Habían discutido. Yo me quedé en casa con mi abuela, como cada día. Mi padre salió detrás de ella con un cuchillo y la siguió y en una calle cercana intentó atacarla con el cuchillo. Empezaron a forcejear. Un chico lo vio, trató de detenerlo y el muchacho murió no sé si en la calle, o después, en el hospital. A mi madre no la hirió con el cuchillo, le dio golpes, puñetazos… Mi madre, tenía unos 30 años y ahora tiene 48. Más o menos como mi padre. Ella trabajaba limpiando casas y hoteles. Mi padre no trabajaba y no sé si lo había hecho antes. Alguna vez hizo de camarero.
Pese a ser pequeña, Desirée recuerda:
—Hubo un poco el movimiento de la policía en casa. Se llevaron a mi padre a prisión y nos quedamos mi madre, mi abuela y yo. Mi abuela ayudaba mucho y sostenía bastante a la familia. Mi abuela me quería muchísimo y yo también le guardo mucho cariño. Desde los tres hasta los seis viví con mi madre en esa situación. Casi no iba al colegio. Entonces nació mi hermano, de otra relación. El padre de mi hermano también acabó en prisión. Cuando tenía diez años fue cuando intervinieron los servicios sociales. Vieron que yo no iba al colegio y que las dos parejas de mi madre habían terminado en prisión.
Conoce a Dios en el centro de menores
A partir de aquel momento lo que sucedió fue esto:
—Antes de llevarnos a un centro intentaron buscar familiares que pudieran hacerse cargo. Por parte de mi madre no había nadie. Por parte de mi padre, sí. Primero fui con una tía, pero no podía hacerse cargo de mi y de mi hermanos. Luego con mi abuela paterna, pero era demasiado mayor. Después con otra tía y mis primos; estuve allí unos meses, pero tampoco era sostenible. Finalmente nos llevaron a un centro de menores a los dos juntos.
Tuve mucha suerte porque me tocó Sant Josep de la Muntanya. Era un centro maravilloso. Lo llevan monjas. No me quejo de nada. Pero sigue siendo un centro de menores. Hay niños que están muy mal, muchos conflictos. Y todos teníamos una carencia común: el amor de una familia. Porque por muy bueno que sea un centro, entran y salen educadores; no tienes a unos padres contigo.
Allí empecé a conocer a Dios en Sant Josep de la Muntanya. Mi familia biológica no era creyente. Allí me explicaron quién era Dios. Allí me bauticé e hice la Primera Comunión. Recibí mucho apoyo. De hecho, mis padrinos de bautismo son dos educadores que tuve en el centro. Las monjas y los educadores me acogieron con mucho afecto. Me dieron el amor que necesitaba y que no había recibido nunca.
La joven sigue su relato:
—Estuve en el centro unos dos años más. Mi hermano, como solo tenía tres años, fue acogido por una familia de Vic. Al ser pequeño fue más fácil. Yo me quedé… Y empecé a ver a mi padre. Teníamos visitas supervisadas. Estaba en prisión y nos veíamos en un espacio llamado EVIA. Es un lugar donde los menores tutelados pueden ver a sus familias biológicas. Hay una sala, con un trabajador social, juegas o hablas. No recordaba ni su cara. Me lo propusieron y acepté. Con mi madre nunca perdí el contacto; ella siempre me llamaba una vez por semana. Pero con mi padre pensé: ‘Es mi padre, tendré que verlo’.
Las visitas eran una vez al mes, como un trámite. Él no me había visto crecer. Para mí era un desconocido. Nunca me pidió perdón. Las visitas se prolongaron hasta segundo o tercero de ESO. No recuerdo si fue antes o después de la pandemia. Empezó a faltar a las visitas y, al final, dejó de venir sin dar ninguna explicación. Y desde ese momento nunca más lo he visto.
Acogida por la familia de su hermano y en la ESO el enfado con Dios
Volviendo a un momento anterior, Desirée cuenta cuando salió del centro de menores:
—Cuando la familia que había acogido a mi hermano me acogió también a mí salí de Sant Josep de la Muntanya. Mi madre luchó mucho para conseguirlo. La separación de mi hermano yo la vivía muy mal. Yo hice de madre para él durante mucho tiempo. Los dos seguíamos viéndonos y la familia de acogida me preguntó si quería vivir con ellos. Dije que sí cuando tenía doce años. Esa familia tenía cuatro hijos. Me costó adaptarme. Yo había levantado un muro… La familia de acogida también era devota: vivían la fe en el día a día.
Y también rememora cuando se enfadó con Dios:
—Renegué de Dios durante uno o dos años. En la ESO. Estaba enfadadísima. No entendía por qué me había pasado todo aquello. Si Dios era tan bueno, ¿dónde estaba? En unos campamentos. Allí empecé a reconciliarme. Luego hice un retiro que cambió completamente mi mirada.
No es casualidad que de una vida como la suya haya surgido la vocación de estudiar Derecho en la Universidad de Barcelona. No lo cuenta como un deseo cerrado desde niña, sino como una elección vinculada a lo que le ha tocado vivir y a toda la ayuda que ha recibido en el proceso.
—Estudio Derecho porque quiero hacer justicia y acompañar a todas las víctimas, igual que se hizo en mi caso. Sobre todo a las víctimas de violencia contra la mujer, para que en ese proceso tan duro puedan encontrar esperanza y sentir que no están solas. También me gustaría que, dentro del proceso judicial, hubiera espacio para el perdón, porque ayuda a sanar y a afrontar el proceso de una manera más llevadera para la propia víctima.
Fotos: Vatican Media




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