* «Dentro de cada uno de nosotros se hallan en lucha el trigo y la cizaña plantados respectivamente por Dios y por el Maligno. El combate espiritual en que debemos empeñarnos consiste en hacer que el trigo crezca y la cizaña mengüe. Se trata de una lucha larga y compleja donde, ayudados por la gracia, podemos ir aprendiendo el arte de la guerra y ganando cada vez más batallas. Dios conoce la realidad de este combate y de estos procesos, y espera con paciencia y respeto su desenlace, comunicándonos toda la gracia que estemos dispuestos a acoger»
Domingo XVI del tiempo ordinario - A
Sabiduría 12, 13. 16-19 / Salmo 85 / Romanos 8, 26-27 / San Mateo 13, 24-30
P. José María Prats / Camino Católico.- La primera lectura y el evangelio nos transmiten una imagen muy bonita de la soberanía y la misericordia de Dios: «Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres». Dios nos ha creado para invitarnos a participar de su plenitud de vida y, respetando siempre nuestra libertad, nos llama continuamente hacia sí, con una gran paciencia y condescendencia.
A lo largo de la vida, nuestra libertad se debate entre esta invitación divina y las seducciones del mal, que exacerban nuestra tendencia al egoísmo. Dentro de cada uno de nosotros se hallan en lucha el trigo y la cizaña plantados respectivamente por Dios y por el Maligno. El combate espiritual en que debemos empeñarnos consiste en hacer que el trigo crezca y la cizaña mengüe. Se trata de una lucha larga y compleja donde, ayudados por la gracia, podemos ir aprendiendo el arte de la guerra y ganando cada vez más batallas. Dios conoce la realidad de este combate y de estos procesos, y espera con paciencia y respeto su desenlace, comunicándonos toda la gracia que estemos dispuestos a acoger.
El libro de la Sabiduría nos dice que esta actitud de Dios debe ser también la nuestra: «Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». A menudo pensamos y actuamos como aquellos criados que, viendo la presencia de la cizaña en el campo, preguntaron a su amo si podían arrancarla. Nos erigimos, entonces, en jueces del mundo, que quieren adelantar el juicio final sin respetar la libertad y el tiempo que Dios ha concedido a cada uno para que se convierta en trigo cada vez más puro.
Si no podemos arrancar la cizaña, entonces, ¿qué debemos hacer? Trabajar para promover en nuestras familias y en nuestra sociedad un clima que favorezca el desarrollo del trigo y debilite la cizaña. El domingo pasado veíamos cómo en una tierra llena de zarzas se ahogaba la buena semilla. Por la misma razón, en una tierra donde el trigo se halla robusto y compacto, no puede prosperar la cizaña.
A veces nos parece que crear este clima favorable al desarrollo de la fe es hoy muy difícil, porque constatamos la presencia de demasiadas fuerzas y elementos en contra. Las parábolas de Jesús, sin embargo, nos invitan al optimismo: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece ... se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas»; «el reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente». Estas parábolas nos hablan del poder de las acciones y de los grupos pequeños para transformar el mundo si Dios está verdaderamente presente en ellos. Ahora es el momento de plantar la buena semilla, una semilla purificada por la prueba y la perseverancia, una semilla que hoy nos parecerá impotente frente a la hegemonía del mal, pero que a su debido tiempo mostrará su poder y su grandeza.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».
San Mateo 13, 24-30


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