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sábado, 4 de julio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Unirse a Jesús supone acoger su voluntad, su mandamiento de vivir en el amor y en la donación de nosotros mismos / Por P. José María Prats

* «El Espíritu es el Consolador, el que en medio de las pruebas nos hace sentir la presencia y la caricia de Dios: “brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Y es a su vez el Defensor, el poder que nos permite vencer sobre las fuerzas que quieren separarnos de Dios. El Espíritu Santo es, pues, el arma con la que damos muerte a todo aquello que nos arrastra hacia el egoísmo para poder así abrazar el yugo del amor»

Domingo XIV del tiempo ordinario - A

Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144 / Romanos 8, 9.11-13 / San Mateo 11, 25-30

P. José María Prats / Camino Católico.-  En la primera lectura, el profeta Zacarías invita a la hija de Sión, es decir, al pueblo de Dios, a alegrarse por la venida del Mesías, el cual se manifestará como rey «justo y victorioso», con una victoria que alcanzará por su humildad y abajamiento, pues viene a reinar «modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica». Y el fruto de esta victoria será la paz, simbolizada en la destrucción de las armas de guerra del pueblo de Israel: «Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra».

Este rey anunciado por Zacarías es Jesús, el Cordero de Dios, manso y humilde de corazón que, abajándose hasta una muerte de cruz, consiguió la victoria sobre el pecado y las fuerzas del mal para que su pueblo pudiese vivir en paz y en libertad, para que, «libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días» (Lc 1,74-75).

En el evangelio, Jesús invita a los que estamos cansados y agobiados por el combate contra tantas fuerzas hostiles, a unirnos a Él para participar de su victoria y de su paz: «Venid a mí y os aliviaré ... y encontraréis vuestro descanso». Pero unirse a Jesús supone «cargar con su yugo» e imitarle a Él, que es «manso y humilde de corazón», es decir, acoger su voluntad, su mandamiento de vivir en el amor y en la donación de nosotros mismos. 

Y este yugo, este mandamiento, resulta ser «llevadero» y «ligero» porque Jesús nos da al Espíritu Santo para poder cargar con él. El Espíritu es el Consolador, el que en medio de las pruebas nos hace sentir la presencia y la caricia de Dios: “brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Y es a su vez el Defensor, el poder que nos permite vencer sobre las fuerzas que quieren separarnos de Dios. En la segunda lectura, San Pablo dice a los cristianos de Roma: «Si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis». El Espíritu Santo es, pues, el arma con la que damos muerte a todo aquello que nos arrastra hacia el egoísmo para poder así abrazar el yugo del amor.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». En mi primer destino como sacerdote me tocó vivir tres años en un barrio afroamericano de Estados Unidos golpeado por la pobreza y las drogas; y recuerdo que un día, paseando, vi que en un mailbox –esas cajitas que ponen junto a las aceras para que el cartero deje el correo– los dueños de la casa habían colgado un letrero hecho con todo esmero y cariño, que decía: “Try Jesus”. Era una invitación a todo el que pasaba por allí a acudir a Jesús para experimentar su consuelo y su liberación: “si estás desengañando de las promesas del mundo, si no puedes soportar más el dolor de tantas heridas, si te sientes solo y enfermo, si has dejado de encontrar sentido a tu vida... inténtalo con Jesús: try Jesus”.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: 

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.V


Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

San Mateo 11, 25-30

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