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miércoles, 15 de julio de 2026

Luis Arroyo y Amparo Martínez, 60 años ayudando a personas con discapacidad: «Si no nos enamoramos de Jesucristo, ¿de qué nos vamos a enamorar? Y tenemos que dar a conocer que Jesucristo está vivo»

Amparo Martínez y Luis Arroyo, matrimonio y fundadores de la Fundación Juan XXIII   / Foto: Nicolás de Cárdenas - ACI Prensa

* «Toda esta labor está confiada a la Providencia: Nunca hemos tenido una peseta, pero nunca nos ha faltado una peseta. Nunca. Y el camino después de 60 años es muy largo. Tengo la seguridad del patronato que yo tengo arriba: el Señor, la Virgen, San José, mi banquero de ahora que no falla… Mi mayor preocupación es que todo el mundo conozca a Dios»

Camino Católico.-  Luis Arroyo y Amparo Martínez soñaban con ser misioneros lejos de España, pero la Providencia los unió para crear hace 60 años la Fundación Juan XXIII, al servicio de las personas con discapacidad. Casi nonagenarios, siguen al frente de esta misión que aborda una realidad: en España hay más de cuatro millones de personas que declaran tener una discapacidad, según el Instituto Nacional de Estadística. Y sólo uno de cada cuatro en edad de trabajar logra un empleo.

Luis y Amparo, junto a su hijo Javier, director general de la fundación, han comprobado a lo largo de su vida que, con la formación y los medios adecuados, estas personas pueden mejorar su calidad de vida, desarrollar su autonomía personal y, en muchos casos, obtener un empleo.

Un joven torero y una huérfana de guerra con alma de misioneros

Luis Arroyo iba para torero. Ganó un concurso para jóvenes talentos taurinos y cortó una oreja en la Plaza de Las Ventas. "Los toros en realidad fueron los que me llevaron a la fe. Claro, ante el miedo, pues 'bendito seas, Señor'", explica en conversación con ACI Prensa.

La experiencia de los ejercicios espirituales ignacianos transformó su vida: "Ahí tuve un impacto de fe muy fuerte y ya mi obsesión era las misiones", recuerda Así, ingresó en el Colegio Mayor de Vocaciones Tardías de Salamanca, donde estuvo cuatro años. Nunca llegó a ser misionero. Al menos, como lo soñó en un primer momento.

Amparo fue llevada en su infancia a un colegio religioso en Toledo donde iban hijas huérfanas tras la Guerra Civil española. Allí le dieron "una formación muy buena, tranquila, en época de postguerra, sin decir nada de la guerra ni nada de odios, nunca".

Al cumplir 12 años, se unió a un grupo de niñas comprometidas a "hacer cada día un sacrificio para la conversión de los pecadores", como pidió la Virgen María en Fátima. A los 19 decidió ingresar como novicia en una orden de religiosas misioneras. Su madre, pese a ser muy religiosa, no la acompañó. Allí fue feliz "Cuando ya hice el noviciado y el primer año en Cataluña, me dicen: usted no sirve para misionera", recuerda.

Así volvió a la vida secular a los 26 años con su título de pedagogía, con el que logró trabajo en un colegio para personas sordas durante un año. Poco después, puso en marcha un colegio de niñas al que le puso el nombre de Inmaculada Concepción.

Una misión confiada a la Providencia

En 1966 ambos fundaron el colegio de Educación Especial Juan XXIII. La humildad y la bonhomía del Papa les cautivó. Por eso eligieron su nombre, tres años después de fallecer el Pontífice que convocó el Concilio Vaticano II.

Allí acogieron a los primeros 50 alumnos con discapacidad y en un centro que es el origen de la actual fundación, que hoy abarca centros de día y de formación especial, servicios de empleo y pisos tutelados, entre otros servicios, que dan apoyo a más de 3.500 personas.

“Toda esta labor está confiada a la Providencia: Nunca hemos tenido una peseta, pero nunca nos ha faltado una peseta. Nunca. Y el camino después de 60 años es muy largo", detalla Amparo.

"Tengo la seguridad del patronato que yo tengo arriba: el Señor, la Virgen, San José, mi banquero de ahora que no falla", expone con humor.

"Señor, qué bonito, qué bien lo haces"

"Voy a hacer 91 y es como si tuviera 50", afirma Luis. A los 65 se jubiló, pero sólo de forma momentánea. Volvió porque “mi mayor preocupación es que todo el mundo conozca a Dios, porque todavía no dejo de sorprenderme el abandono en el que está la fe todavía en España".

"Cuanto más conozco a Jesucristo, más me enloquece", añade, antes de subrayar: "Si no nos enamoramos de él, ¿de qué nos vamos a enamorar? Y entonces eso es lo que tenemos que dar a conocer, que Jesucristo además está vivo" y que "va a venir en cualquier momento a preguntarnos a ver qué tal nos va".

La perspectiva de la muerte está muy presente también en Amparo, quien espera poder sumarse al "patronato del cielo" de la fundación: "Hasta tengo ganas de morir. Digo: ¡Ay!, voy a estar en el patronato de arriba, voy a continuar, pero desde arriba".

Ella afronta estos últimos años "aunque llore, alegre o tranquila, esperando con mi maleta lo que realmente me viene. Seguro, seguro, es la muerte".

¿Y cómo lo afronta?, le preguntamos. Amparo responde con serenidad y emoción contenida: "No digo gana, porque la vida es bonita. Pero voy diciendo: Señor, que me vas a venir a buscar: Que yo te he buscado a Ti y Tú me vas a venir a buscar a mí".

"Lo único que me llevo de verdad es lo que yo haya ayudado a la gente. No hay otra cosa. No queda nada. Ni dinero, ni bienestar", añade Amparo.

Luis, mirando el camino recorrido, añade: "¿Qué hemos hecho? Nada. Hacer bien, pero no hemos hecho nada. Venir, trabajar. Pero el camino ha sido un camino bonito, que te permite ver las situaciones de cada persona, masticarlas también y decir: Señor, qué bonito, qué bien lo haces".

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