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jueves, 2 de julio de 2026

Desirée López, tras preguntar al Papa León XIV ‘¿cómo puedo perdonar a mi padre?’: «Encontrarme con el Señor dio sentido a todo lo que viví; hoy no cambiaría nada, porque si lo hiciera no estaría donde estoy ahora»

Desirée López escucha la respuesta del Papa León XIV a sus preguntas

* «A día de hoy puedo afirmar que Dios ha estado siempre, en cada momento, incluso en aquellos en los que yo pensaba que no. Al final veo que todo lo que he pasado ha tenido un sentido en mi vida… La fe es lo más importante que tengo a día de hoy. Al final, es Dios quien me acompaña y me regala cada día, y ha sido gracias a la fe que he podido darle un sentido al dolor y al sufrimiento que hay en mi historia. La Iglesia también ha sido ese hogar al que siempre puedo volver y donde todo es acogido. La fe también me aporta esperanza, porque me ayuda a confiar en que todo tiene un sentido, aunque en ese momento no podamos verlo» 

Vídeo de la transmisión en directo de 13 TV del testimonio y las preguntas de Desirée López al Papa León XIV en el estadio olímpico ‘Lluis Companys’ de Montjuic en Barcelona, el 9 de junio de 2026

Camino Católico.- Desirée López tiene 20 años. Esta joven de Barcelona nació de una pareja donde hubo violencia machista. Su padre casi mata a su madre. Le contó en breve su historia al Papa en el Estadi Olímpic de Montjuïc, ante 40.000 personas. Su testimonio conmovió a León XIV. Después de aquel acto multitudinario ha transparentado en una entrevista en La Vanguardia que “encontrarme con el Señor dio sentido a todo lo que viví; hoy no cambiaría nada, porque si lo hiciera no estaría donde estoy ahora”.

Desirée relató su vivencia a León XVI así:

—Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie. 

Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?.


Desirée López emocionada en el momento previo de recibir un rosario y el abrazo del Papa León XIV

El perdón, un don de Dios

Días después de su intervención ante el Papa, la joven comparte:

—Creo que sí que he perdonado a mi padre. Al principio lo veía como una carga enorme. Incluso me sentía culpable por todo lo que había pasado. Pensaba: ‘Es mi padre y ha hecho mucho daño a mi madre’. Muchas veces me pregunté si era justo perdonarlo”. 

Respecto a la respuesta del Papa sobre el perdón, Desirée dice a ABC:

—Fue como si me estuviera hablando el Espíritu Santo. No sabía lo que me respondería, pero sus palabras me liberaron de una carga muy grande. Yo vivía el perdón como algo que debía conseguir sola. En cambio, él explicó que es un don que debemos pedir al Señor. Esto me dio mucha paz. Estaba bastante a la expectativa y súper abierta a la respuesta que él me diera. La frase que más se me quedó del Santo Padre fue que el perdón es un camino que dura toda la vida. Significa entender que no es algo inmediato. Que no se trata simplemente de perdonarlo y ya está. Es un proceso largo, un recorrido que se hace despacio, con la ayuda de Dios”.

En cuanto a porqué ha compartido su testimonio tan íntimo dice a Catalunya Cristiana:

—Me gustaría que sirviera para que la gente viera que las segundas oportunidades existen. Hoy parece que el perdón sea una palabra que se utiliza poco, pero yo creo que es muy importante. También quisiera transmitir que, aunque haya momentos en que todo parezca oscuro y sin salida, el Señor puede recuperarte desde allí si dejas el corazón abierto.

A las personas que pasan por situaciones como la mia quiero decirles que no pierdan la esperanza. Que, aunque su historia sea muy dura, existe una salida. Yo he podido experimentarlo y me gustaría que mi testimonio ayudara a otras personas a creer que también es posible para ellas”.


Desirée López se funde en una abrazo con León XIV

“Dios me acompaña y me regala cada día”

Desirée cuenta lo que es la fe para ella:

—La fe es lo más importante que tengo a día de hoy. Al final, es Dios quien me acompaña y me regala cada día, y ha sido gracias a la fe que he podido darle un sentido al dolor y al sufrimiento que hay en mi historia. La Iglesia también ha sido ese hogar al que siempre puedo volver y donde todo es acogido. La fe también me aporta esperanza, porque me ayuda a confiar en que todo tiene un sentido, aunque en ese momento no podamos verlo. Y, evidentemente, me aporta una compañía enorme y unas amigas que no merezco para nada.

Esa fe fue también la que la llevó ante Su Santidad y la que, con los años, le permitió acercarse a una de las palabras más difíciles de su vida: perdón. Fue una de las ideas centrales de la respuesta de León XIV. El Pontífice le recordó que perdonar no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino iniciar un camino que puede durar toda la vida. «Debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino», le dijo.

—Estoy totalmente de acuerdo con la respuesta del Santo Padre. El perdón, para mí, es un don que también sirve para uno mismo. Es liberar una carga del corazón. También me gustaría remarcar que el Santo Padre respondió que para perdonar no es necesario quedarse o seguir manteniendo relación con esa persona; esta fue una respuesta que me dio mucha paz también.


Desirée López después de la Vigilia de Oración con León XIV

“Dios ha estado siempre”

Llegados a este punto, la pregunta parece casi obligada. ¿Cómo se perdona algo así? Fue precisamente una de las preguntas que Desirèe dedicó también al Papa, sin rodeos: «¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?».

La respuesta de León XIV, por supuesto, estuvo a la altura: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad», señaló el Pontífice, que advirtió de que tampoco se puede imaginar «que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda». Dios, añadió, ha dotado al ser humano «de inteligencia y voluntad», le ha dado «una conciencia» y lo ha revestido «de dignidad y de libertad». Por eso, sostuvo, «si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio», es necesario dirigir las preguntas «a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios».

Repasando las palabras del Santo Padre, Desirèe es casi incapaz de disimular la sonrisa. Su relación con sus padres ya no es para ella un tabú, aunque durante años fuera una de las partes más difíciles de ordenar de su propia historia.

—A día de hoy estoy viviendo con mi madre biológica, ya que está totalmente recuperada, y estoy súper contenta. Aprendo muchísimo de ella porque es una de las personas más fuertes que conozco. Con mi padre no mantengo ninguna relación, ya que se desvinculó de mí hace unos años.

La joven preguntó al Papa dónde estaba Dios cuando era niña y así asegura que ella vive la relación con el Señor:

—A día de hoy puedo afirmar que Dios ha estado siempre, en cada momento, incluso en aquellos en los que yo pensaba que no. Al final veo que todo lo que he pasado ha tenido un sentido en mi vida, y yo no estaría donde estoy ni sería quien soy hoy. Dentro de lo que cabe, me siento una afortunada de que Dios se haya servido de mi historia para poder dar luz y esperanza a personas que están pasando por algo similar o que sienten que no hay salida.

Su testimonio llegó ante León XIV gracias a su párroco:

—Me contactó el cura de mi parroquia, Sant Carles Borromeu, en el barrio de Gràcia de Barcelona, y me preguntó si me gustaría ser una de las personas que le hiciera una pregunta al Santo Padre. Lo primero que hice fue dudar por miedo y vergüenza, pero lo estuve pensando y rezando, y al final vi que era una oportunidad única y un regalo que no podía dejar pasar. esa parroquia no es la de mi barrio pero voy a ella porque allí tenemos un grupo de universitarios. Nos reunimos los jueves y vamos a misa cada domingo.

 Desirée López testimoniando y preguntando al Papa León XIV

Cuando tenía tres años sucedieron los hechos que contó al Papa 

Y habla de su vida dando más detalles de cómo vivió su sufrimiento:

—Nací en una familia formada por mi madre, mi padre, mi abuela materna y yo. Vivimos juntos hasta mis tres años. En el Paral·lel. Y entonces,  mi padre intentó matar a mi madre. Mi madre se salvó porque un chico se puso en medio. Metieron a mi padre en prisión. Además, coincidió que mi abuela murió por esas fechas. Mi madre se vio sola conmigo y acabó entrando en el mundo de las drogas… No presencié malos trastos de mi padre a mi madre. Tenía solo tres años, era muy pequeña. De esa etapa no recuerdo apenas nada. El maltrato era continuado. Lo que pasó aquel día fue simplemente el momento en que explotó todo.

Relata cómo sucedieron los hechos aquel día:

—Mi madre salía para ir a trabajar. Habían discutido. Yo me quedé en casa con mi abuela, como cada día. Mi padre salió detrás de ella con un cuchillo y la siguió y en una calle cercana intentó atacarla con el cuchillo. Empezaron a forcejear. Un chico lo vio, trató de detenerlo y el muchacho murió no sé si en la calle, o después, en el hospital. A mi madre no la hirió con el cuchillo, le dio golpes, puñetazos… Mi madre, tenía unos 30 años y ahora tiene 48. Más o menos como mi padre. Ella trabajaba limpiando casas y hoteles. Mi padre no trabajaba y no sé si lo había hecho antes. Alguna vez hizo de camarero.

Pese a ser pequeña, Desirée recuerda:

—Hubo un poco el movimiento de la policía en casa. Se llevaron a mi padre a prisión y nos quedamos mi madre, mi abuela y yo. Mi abuela ayudaba mucho y sostenía bastante a la familia. Mi abuela me quería muchísimo y yo también le guardo mucho cariño. Desde los tres hasta los seis viví con mi madre en esa situación. Casi no iba al colegio. Entonces nació mi hermano, de otra relación. El padre de mi hermano también acabó en prisión. Cuando tenía diez años fue cuando intervinieron los servicios sociales. Vieron que yo no iba al colegio y que las dos parejas de mi madre habían terminado en prisión.


Desirée López ha asumido que personar es un camino para toda la vida y un don de Dios como le dijo León XIV

Conoce a Dios en el centro de menores

A partir de aquel momento lo que sucedió fue esto:

—Antes de llevarnos a un centro intentaron buscar familiares que pudieran hacerse cargo. Por parte de mi madre no había nadie. Por parte de mi padre, sí. Primero fui con una tía, pero no podía hacerse cargo de mi y de mi hermanos. Luego con mi abuela paterna, pero era demasiado mayor. Después con otra tía y mis primos; estuve allí unos meses, pero tampoco era sostenible. Finalmente nos llevaron a un centro de menores a los dos juntos.

Tuve mucha suerte porque me tocó Sant Josep de la Muntanya. Era un centro maravilloso. Lo llevan monjas. No me quejo de nada. Pero sigue siendo un centro de menores. Hay niños que están muy mal, muchos conflictos. Y todos teníamos una carencia común: el amor de una familia. Porque por muy bueno que sea un centro, entran y salen educadores; no tienes a unos padres contigo. 

Allí empecé a conocer a Dios en Sant Josep de la Muntanya. Mi familia biológica no era creyente. Allí me explicaron quién era Dios. Allí me bauticé e hice la Primera Comunión. Recibí mucho apoyo. De hecho, mis padrinos de bautismo son dos educadores que tuve en el centro. Las monjas y los educadores me acogieron con mucho afecto. Me dieron el amor que necesitaba y que no había recibido nunca.

La joven sigue su relato:

—Estuve en el centro unos dos años más. Mi hermano, como solo tenía tres años, fue acogido por una familia de Vic. Al ser pequeño fue más fácil. Yo me quedé… Y empecé a ver a mi padre. Teníamos visitas supervisadas. Estaba en prisión y nos veíamos en  un espacio llamado EVIA. Es un lugar donde los menores tutelados pueden ver a sus familias biológicas. Hay una sala, con un trabajador social, juegas o hablas. No recordaba ni su cara. Me lo propusieron y acepté. Con mi madre nunca perdí el contacto; ella siempre me llamaba una vez por semana. Pero con mi padre pensé: ‘Es mi padre, tendré que verlo’. 

Las  visitas eran una vez al mes, como un trámite. Él no me había visto crecer. Para mí era un desconocido. Nunca me pidió perdón. Las visitas se prolongaron hasta segundo o tercero de ESO. No recuerdo si fue antes o después de la pandemia. Empezó a faltar a las visitas y, al final, dejó de venir sin dar ninguna explicación. Y desde ese momento nunca más lo he visto.

 Desirée López se emocionó varias veces ante el Papa León XIV

Acogida por la familia de su hermano y en la ESO el enfado con Dios

Volviendo a un momento anterior, Desirée cuenta cuando salió del centro de menores: 

—Cuando la familia que había acogido a mi hermano me acogió también a mí salí de Sant Josep de la Muntanya. Mi madre luchó mucho para conseguirlo. La separación de mi hermano yo la vivía muy mal. Yo hice de madre para él durante mucho tiempo. Los dos seguíamos viéndonos y la familia de acogida me preguntó si quería vivir con ellos. Dije que sí cuando tenía doce años. Esa familia tenía cuatro hijos. Me costó adaptarme. Yo había levantado un muro… La familia de acogida también era devota: vivían la fe en el día a día.

Y también rememora cuando se enfadó con Dios: 

—Renegué de Dios durante uno o dos años. En la ESO. Estaba enfadadísima. No entendía por qué me había pasado todo aquello. Si Dios era tan bueno, ¿dónde estaba? En unos campamentos. Allí empecé a reconciliarme. Luego hice un retiro que cambió completamente mi mirada.

No es casualidad que de una vida como la suya haya surgido la vocación de estudiar Derecho en la Universidad de Barcelona. No lo cuenta como un deseo cerrado desde niña, sino como una elección vinculada a lo que le ha tocado vivir y a toda la ayuda que ha recibido en el proceso.

—Estudio Derecho porque quiero hacer justicia y acompañar a todas las víctimas, igual que se hizo en mi caso. Sobre todo a las víctimas de violencia contra la mujer, para que en ese proceso tan duro puedan encontrar esperanza y sentir que no están solas. También me gustaría que, dentro del proceso judicial, hubiera espacio para el perdón, porque ayuda a sanar y a afrontar el proceso de una manera más llevadera para la propia víctima.

Fotos: Vatican Media

viernes, 12 de junio de 2026

Papa León XIV en homilía en Tenerife, 12-6-2026: «Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él; Este es el corazón del Evangelio, de Cristo; Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo; ¡Abran a todos este mar de amor!»

* «El Corazón de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril: ‘Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él’ (1 Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. En efecto, ‘como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido’»   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News con la homilía del Papa León XIV 

* «La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su misma carne: ‘Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. Sólo comparando nuestras quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invite a simplificar nuestra vida’ (Dilexi te, 102). El Señor, que reprende y corrige a los que ama (cf. Ap 3,19), desea hacer sencilla y alegre nuestra vida» 



12 de junio de 2026.- (Camino Católico) “Que se respire entre ustedes que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él». Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor!” ha dicho el Papa León XIV en la homilía en la santa misa de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, ante cuarenta mil fieles. 




León XIV ha llamado a la comunión con Dios y con el prójimo, a la entrega sincera de sí, a dejarse evangelizar por quienes piden ayuda y no reducir la belleza de ese mar infinito que toca el cielo, a un simple intercambio de intereses y beneficios.




El Santo Padre hace referencia al Evangelio que hoy radicaliza aún más el significado de la acogida al recordar que el mismo Jesús agradece al Padre por la riqueza de los pobres. Porque “es a los pequeños —que en el contexto significa a los mínimos, a los que nadie estima capaz de pensamiento y de palabra— a los que Dios se ha revelado a sí mismo”, reitera León XIV. A ellos, continua el Pontífice, “los ha enriquecido de aquello que permanece escondido a quienes están rodeados de admiración y de éxito”. Y es a ese “lugar privilegiado de los pobres” donde -como confiesa el mismo Santo Padre- ha querido prestar atención con su Exhortación apostólica Dilexi te. 



Tras el saludo y agradecimiento del obispo de San Cristóbal de La Laguna (Diocesi di Tenerife), mons. Santiago Eloy Alberto Santiago, el Papa, antes de su regreso a Roma, manifesta su agradecimiento, en ésta, la última celebración eucarística de su viaje apostólico a España, a todos aquellos que lo han acogido, que han preparado y participado en los distintos momentos en Madrid, Barcelona y Montserrat y en las Islas Canarias. Pero su pensamiento también se extendió a todos los pueblos del mundo y sus heridas invitándolos a alzar la mirada:


“‘¡Alzad la mirada!’. Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ESPAÑA

(6-12 DE JUNIO DE 2026)


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Puerto de Santa Cruz de Tenerife

Viernes, 12 de junio de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Es una gracia encontrarnos en el día en que el Corazón de Jesús se deja contemplar por nosotros como el corazón de la historia. Me alegra celebrar con ustedes la Eucaristía, dando gracias por la fe y la caridad de las que he recibido tantos testimonios en este viaje apostólico y que hacen también a este archipiélago, tan conocido por su belleza y su acogida, un lugar donde el Señor Resucitado nos precede y se manifiesta. Frente a nosotros el mar evoca el infinito, y así lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas, tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 1). Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje. Sea permaneciendo durante una vida entera en el mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir, nadie permanece nunca quieto. Este es el secreto del corazón: la llamada íntima al éxodo y al encuentro.

Pero el Corazón de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril: «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. En efecto, «como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (Magnifica humanitas, 48). El Papa Francisco observaba: «Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente» (Laudato si, 225). Son palabras que interpelan también la vocación turística de Tenerife, sea respecto al corazón del que decide pasar aquí un período de vacaciones, sea para el que vive y trabaja en la isla, en contacto con visitantes de tantos países del mundo. ¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no engañosa? Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio. «Quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión» (ibíd., 223). Interpreten así, queridos hermanos y hermanas, su vocación a la acogida.

El Evangelio, hoy, parece radicalizar este reto y nos recuerda la riqueza de los pobres: una paradoja que remite directamente a la vida de Jesús, a su verdad, al camino en el que continúa pidiéndonos que lo sigamos. En la página que hemos escuchado, bendice al Padre por esto: es a los pequeños —que en el contexto significa a los mínimos, a los que nadie estima capaz de pensamiento y de palabra— a los que Dios se ha revelado a sí mismo. Los ha enriquecido de aquello que permanece escondido a quienes están rodeados de admiración y de éxito. Con la Exhortación apostólica Dilexi te quise prestar atención a ese lugar privilegiado de los pobres en la Revelación divina y en la misión de la Iglesia.

Es un misterio que resuena de modo totalmente específico en estas islas, en el centro de rutas migratorias que lo hacen lugar de primera acogida de hermanos y hermanas cuyo viaje está generalmente expuesto a peligros y violencias inenarrables. Frente a quien especula con la desesperación, como cristianos no sólo podemos ofrecer un reflejo del Señor que dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su misma carne: «Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. Sólo comparando nuestras quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invite a simplificar nuestra vida» (Dilexi te, 102). El Señor, que reprende y corrige a los que ama (cf. Ap 3,19), desea hacer sencilla y alegre nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, gracias por lo que son, gracias por lo que hacen, convirtiendo a esta isla en un lugar donde encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16): que esta confesión de fe transmitida por la Primera carta del apóstol Juan resplandezca siempre en ustedes, y les motive a la oración y a la acción. Presten atención a los adolescentes y a los jóvenes, a los ricos y a los pobres, a los residentes y a los huéspedes: todos ellos necesitan ser conocidos con una mirada que ve más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia. Que se respire entre ustedes que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor! Es mi deseo y mi oración para ustedes y para todos aquellos que encuentren en su camino.
__________________

Agradecimiento al final de la Santa Misa

Excelencia, le doy las gracias de todo corazón y, con usted, a todo el pueblo de Tenerife, a sus pastores y a las Autoridades civiles.

Queridos hermanos y hermanas, con esta celebración eucarística concluye mi viaje apostólico a España. Doy gracias a Dios y a todos los que me han acogido y que, de mil maneras, han colaborado en la preparación y la realización de los distintos momentos en Madrid, Barcelona y Montserrat, y aquí, en las Islas Canarias.

Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España.

Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!

¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Gracias de corazón! Permanezcamos unidos en la oración y en la comunión en Cristo y en la santa Iglesia.


PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 12-6-2026

Santa Misa del Sagrado Corazón de Jesús, presidida por el Papa León XIV, en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, 12-6-2026

12 de junio de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV, en la de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, ha presidido la Santa Misa en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, ante cuarenta mil fieles. En su homilía el Pontífice ha subrayado: “Que se respire entre ustedes que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él». Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor!”. En el vídeo de 13 TV se visualiza y escucha toda la celebración.

Papa León XIV con quienes integran migrantes en Tenerife, 12-6-2026: «A quienes trafican con personas: Deténganse, conviértanse; Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él»

* «Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con las palabras del Papa León XIV

* «La última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado. Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos»

 


12 de junio de 2026.- (Camino Católico).-  “Quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro”, ha dicho el Papa León XIV en un encuentro con representantes de realidades dedicadas a la acogida e integración de migrantes celebrado en la Plaza del Cristo de La Laguna, en San Cristóbal de La Laguna, Tenerife, en el archipiélago canario, uno de los principales puntos de llegada de personas que cruzan el mar para llegar a Europa. 


León XIV ha desarrollado gran parte de su intervención en torno a la idea de que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y no puede reducirse a gestos puntuales de ayuda y de que la integración es un proceso humano y espiritual que exige compromiso sólido. “La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro” afirma.


El Pontífice agradece expresamente el trabajo de la diócesis, de Cáritas, de la pastoral de migraciones, de las parroquias y de numerosas organizaciones eclesiales y civiles que acompañan procesos de protección, promoción e integración. Destaca además el valor de quienes, tras haber sido acogidos, se convierten posteriormente en apoyo para otros migrantes, transformando la ayuda recibida en “responsabilidad compartida”. “Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy”, destacó el Papa.

Dirigiéndose a los católicos, León XIV pide que la integración no sea entendida únicamente como una tarea social. Según ha explicado, quienes llegan necesitan vivienda, trabajo y protección, pero también encontrar comunidades cristianas capaces de ofrecer el testimonio del Evangelio con respeto y libertad. “Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres”, afirma el Papa. En el vídeo de Vatican News se visualizan y escuchan las palabras del Papa León XIV, cuyo texto completo es el siguiente:


VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ESPAÑA

(6-12 DE JUNIO DE 2026)


ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE 

INTEGRACIÓN DE LOS MIGRANTES


DISCURSO DEL SANTO PADRE

"Plaza del Cristo de La Laguna" (Tenerife)

Viernes, 12 de junio de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Es un gusto para mí compartir este momento con ustedes aquí, en San Cristóbal de La Laguna, sede de esta diócesis. Me ha llamado la atención lo que se ha dicho de esta ciudad: que es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta.

Quizás este detalle nos ayude a comprender que las barreras más difíciles de derribar no son siempre de piedra. A veces están en la mirada, o en el miedo o en la indiferencia. El mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer: historias de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una ciudad sin murallas, también el corazón está llamado a ensancharse para acogerlas. Por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras.

El braille y demás formas de escritura táctil nos recuerdan que la palabra puede abrirse camino también por medio del contacto. Del mismo modo, la integración exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y, sin embargo, no reconocen; convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia. De ahí que el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos.

En las obras de integración de estos hermanos nuestros —como en toda obra de caridad— la Iglesia aprende a leer en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu un signo vivo que remite a los santos Evangelios y que se vuelve legible a través del tacto y de la cercanía, cuando palpamos las heridas de los demás. Como Tomás ante el cuerpo glorioso del Resucitado, también la Iglesia aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero (cf. Mt 25,35-40). De esa fe que reconoce a Cristo vivo nace también el servicio del Padre Darwin y de tantas personas. La caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente; por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos.

Desde esta convicción, nuestra presencia quiere testimoniar que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. Está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro.

Integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente. Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro. A ustedes, queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones.

Toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás. Así, quien llegó como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Ésta es una forma preciosa de misericordia.

Hablamos, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar. Después de viajes difíciles y, en ocasiones, de varios intentos —como en el caso de Khalid—, buscan a alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado —como nos expresaba Mbacke—. Pero buscan también algo más: una posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas.

En este sentido, deseo agradecer las palabras de Mons. Santiago y, con ellas, el testimonio de una Iglesia que, aun con medios pobres, quiere “caminar con los que caminan”. Gracias a Cáritas diocesana, a la Delegación diocesana de Migraciones, a las parroquias y a tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración. Gracias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse —como nos recordaba Thalia— en puente para otros, devolviendo el amor recibido. Cuando quien necesitó una mano comienza a tender la suya, la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida.

Al mismo tiempo, no podemos olvidar a tantos migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla. Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran. Ellos recuerdan que integrar es abrir espacio para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy.

A los católicos quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres.

Una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar. Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana. No obstante, existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad.

Y desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse (cf. Mc 1,15). Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cf. Jr 22,13; St 5,1-6).

Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión (cf. Ez 33,11).

Hermanas y hermanos, la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado. Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos.

La Sagrada Familia de Nazaret, que tuvo que migrar a Egipto para proteger la vida del Niño Jesús (cf. Mt 2,13-15), sigue siendo para todos los tiempos modelo y amparo de toda familia refugiada, de todo migrante y de toda persona que se ve forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad (cf. Pío XII, Const. ap. Exsul Familia). Que ella sostenga el servicio que ustedes ofrecen y haga de esta tierra un lugar donde todos se reconozcan y se traten como hermanos. Que Dios les bendiga. Muchas gracias.

Palabras improvisadas desde el balcón del Obispado de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife)

Buenos días, buenos días a todos. Muchas gracias, gracias por estar aquí, gracias por esta acogida tan hermosa. Sobre todo, gracias por la acogida que dan a todos los inmigrantes. Todos queremos ser reconocidos con la dignidad humana que Dios ha dado cuando nos ha creado. Todos somos hermanas y hermanos, algunos peruanos, algunos colombianos, algunos venezolanos, algunos de Tenerife. Somos todos una sola familia. Gracias a Dios, nos ha dado la vida. Gracias a Dios, nos ha dado la capacidad de amar y ser amados, y es cuando compartimos con los demás que descubrimos el verdadero sentido de nuestras vidas. Gracias a todos, nos veremos aún un poquito más tarde. Gracias por estar aquí, y que Dios les bendiga: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias, gracias.

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 12-6-2026