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sábado, 31 de octubre de 2026

Marcela Araya, de familia comunista y atea, herida por drogas y amarguras, reiki y masonería, abortó y quería suicidarse, pero rezó «y Jesús apareció a mi lado. Vi todos mis pecados y que lo había herido»


* «Él es puro, purísimo, todo amor, y yo lloraba de vergüenza, por todo lo que había hecho, que era terrible. Y pensaba: ahora me va a juzgar. Pero él me miraba y me amaba. Y en ese momento yo vivía su misericordia. Me estaba dando mucho amor. Casi oía caer las cadenas que me ataban. Y lloraba y lloraba. Para mí fue eterno, no sé si 10 minutos o tres horas. Le dije: ¿qué quieres? Y me dijo: ve a mi Iglesia. Y le dije: pídeme otra cosa, eso pídemelo cuando esté mejor. Yo me había leído todos esos libros contra la Iglesia y los curas me caían muy mal. Pero Él insistía: ve a mi Iglesia. Y fui al momento a buscar una iglesia, en Berlín. Cuando entré, me senté, y sentí una paz que no había sentido nunca. Sentí que era mi casa. Fue muy hermoso»

Camino Católico.- Marcela Araya ,madre de familia, procedente de una familia comunista y atea, tras abandonar la casa de sus padres queda expuesta a los peligros de la calle donde es herida por la droga, las  amarguras, el reiki y masonería: Después de una accidentada vida llena de equivocaciones cuenta cómo Jesucristo sale a su encuentro repentinamente, transformándola totalmente. Relató su testimonio en Barcelona, ante Nazaret.Tv en 2018, unos tres años después de su conversión.

Durante toda su vida, la sensación de falta de amor le condujo a comportamientos destructivos, adicción, intentos de suicidio y después los vacíos vaporosos de la espiritualidad New Age. Hasta que un día de invierno se dirigió a Jesucristo: "si existes, si de verdad eres 'eso que dicen', ven y sálvame". Cuenta su testimonio cuando se lo piden sacerdotes, por obediencia y con permiso de su director espiritual. Así fue su historia de conversión.

Una familia atea comunista

"Yo nací en Chile, en una familia atea, comunista, que apoyaba a Allende por el sueño de un mundo mejor para los trabajadores, una familia muy solidaria pero muy atea. Estaban en un espíritu de división: los buenos y los malos", explica Marcela. Era una familia grande y con muchos parientes. Su madre trabajaba en el Ministerio de Agricultura "con mucha gente a sus órdenes" y tenían una gran casa, y vacaciones en las montañas. 

Con la llegada del régimen de Pinochet, y con amigos y parientes detenidos, torturados o desaparecidos, la familia escapa de Chile y llega, casi sin posesiones, a Menorca, invitados por un amigo de la infancia del padre. Marcela tenía 9 años y "aunque Menorca era muy bonita", ella se sentía sola y desarraigada. "Tenía mucho dolor, no dormía de noche, lo odiaba todo, era muy pequeña y vengativa", recuerda. 

Infancia de amargura: un bloqueo al amor

Empezaron pobres: su padre trabajando en el hotel de su amigo, su madre en tiendas de bisutería y luego en una importante empresa de viajes. "Enseguida remontamos", explica. Sus padres, viendo rotos sus sueños de Chile, sintiéndose abandonados también por el Partido Comunista, se llenaron de amargura. "Mi padre se volvió muy amargo, y era bruto conmigo y con mi hermana. Luego se arrepentía, porque era buen hombre, pero tenía demasiado dolor. Ateo, no tenía donde acudir. Mi madre estaba volcada en el trabajo y solo nos daba amargura. En cuanto pudimos, las hijas nos fuimos de casa". 

"A los 13 años me fui de casa, y con mi hermana, de 19, nos fuimos a Londres, a Brighton, a estudiar inglés. El viaje, vivir solas, nos espabiló mucho, a mí, desde luego, demasiado. Yo sentía que me habían echado de casa. Mis padres no estaban para mí". 

Porros, ácidos, heroína...

"A los 14, de vuelta a Menorca, empecé con los porros, las drogas. Te hacen reir, olvidar. Y después los ácidos, y con 17 en la heroína. Era fantástico: te morías y no sentías dolor. Éramos niños bien, que robábamos a los padres".

Marcela empezó a ver a algunos amigos de la droga que les iba muy mal. Empezó a asustarse y pensar en dejarlo. Pero, ¿cómo? No se atrevía a decirlo a sus padres. Para llamar la atención, intentó suicidarse "pero de una manera muy tonta, con un cuchillo que casi no cortaba. Me pilló la madre de un amigo y me llevó a casa". Marcela reconoció antes sus padres que necesitaba ayuda... Durante unos meses sus padres de volcaron en ayudarla, con tratamientos, medicinas y atención.

Pero al cumplir los 18 años decidió irse "a descubrir mundo" con otra amiga. Era también una forma de evitar sus antiguas amistades de adicta. Dejaron Mahón, fueron a Ciudadela, conocieron más gente, fiestas... y otras vez drogas (esta vez cocaína, en vez de heroína).

Después, "haciendo todas las trampas posibles" se colocó a estudiar Económicas en la universidad en Londres. Descubrió que era buena estudiante. También hacía cortos y videoclips en una escuela de cine.

Desilusión, aborto, suicidio casi exitoso

"Aprendí a hacer producción y lo hacía bastante bien, con mi novio de entonces, que era director. Pero me desilusionó ese mundo, y mi novio. No les interesaba tanto el cine como la fiesta. Y quedé embarazada, y aborté, porque la carrera era más importante".  A Marcela le tiembla la voz cuando llega a este punto y se detiene un instante. "Dios me ha perdonado. Pero si una se da cuenta... es terrible, claro, es un asesinato. Y yo asesiné a mi hijo". 

Después de eso intentó suicidarse otra vez. No recuerda mucho, pero el doctor, después del quirófano, le dijo: "has tenido mucha suerte, te cortaste hasta los tendones, podrías haberte quedado sin manos". "Yo pensé: ¡es que estoy como una cabra, loca perdida!". Su familia había vuelto a Chile. Las autoridades la colocaron en el psiquiátrico de Sabadell, cerca de Barcelona, esperando que alguien se responsabilizara de ella. 

Por primera vez, conoce el amor

Una amiga de Inglaterra vino a sacarla del hospital y se la llevó a Londres, a su casa. En una cena allí conoció a Phillip, su marido. "Me quedé en casa de él. Vio que yo estaba fatal, porque era listo, pero me amaba de verdad. Yo descubrí que ¡hay gente que te ama! Yo estaba alucinada: era amable, respetuoso... Y quedé embarazada. Pensé que él no querría el niño, que me dejaría... Pero él se alegró, me abrazó. Yo no lo esperaba: por primera vez alguien estaba alegre por algo mío. Nos casamos por lo civil. Teníamos un niño, esperábamos el segundo. Por primera vez tenía amor, daba amor, recibía amor".

El reiki y la new age

En lo material estaban bien y vivían ahora en Barcelona. Pero ahora una amiga la inició en el reiki para "sanar más". Se inició en distintos tipos de reiki, la supuesta técnica para canalizar una indetectable energía vital sanadora. Lo combinaba con otras prácticas new age. 

"Empecé a adorar piedras, yo que sé, tonterías, que uno se lo quiere creer por buena voluntad... y el yoga, la meditación, y yo le daba lecciones a los demás... cuando en realidad yo estaba fatal, y no podía ni con mis niños". 

Marcela explica así su herida: "Yo tenía esa barrera de dolor y no podía darles a mis hijos lo que no había recibido; si no lo había recibido, ¿cómo iba a dárselo? ¡Las piedras tampoco podían dármelo!" 

Masonería y esoterismo

"Y me metí en la masonería, a leer muchos libros en contra de la Iglesia Católica, algunos libros muy bonitos, pero que hoy los veo y digo 'madre mía, ¿cómo es posible que yo me creyera esto?'. Y hablar, y hablar con el psicólogo, etc... Pero esas miserias, aunque las puedes airear un poco, siguen ahí".

Mientras tanto, a Philip, su marido, todo le iba mal: salud, problemas de trabajo... "Claro, hoy lo veo: si yo me dedicaba a abrirle la casa al Maligno, ¿cómo no?"

Se mudaron a Berlín. "Allí fue la explosión del esoterismo: cada semana un curso nuevo, gastando dinero, energía e ilusiones."


Una amiga católica y un vídeo-testimonio

Sin embargo, mantenía contacto con algunas amigas de Barcelona que también estaban en su propio viaje de exploración espiritual por la Nueva Era. Y entonces supo que una de ellas se estaba haciendo católica. 

"Yo pensé: está loca, qué le pasa, me habla de Vírgenes, de curaciones, que si se aparece..." Pero la veía más tranquila y mejor. "Y ella fue a Medjugorje y allí rezó por mí".

"Yo me dedicaba a la meditación trascendental, que no funcionaba, me ponía de mal humor aunque todo nos iba bien materialmente". Y por esas fechas su amiga le mandó un vídeo con el testimonio de Gloria Polo, una mujer alejada de la fe que recibió un rayo y volvió de una experiencia cercana a la muerte. "Lo miré por respeto con mi amiga, para al menos decir que lo había visto". 

Gloria Polo hablaba de sus pecados pasados, del Purgatorio, del infierno... "y me parecía una locura, pero me creó la duda; 'yo iría al infierno directo, seguro'". 

Día de nieve: la primera oración a Jesús

Un tiempo después, en un día de nieve, Marcela se encontró llorando, sintiéndose muy mal pese a todos sus cursos de New Age. Y decidió dirigirse a Jesucristo, por primera vez. "Y le dije a Jesús que si existe, que si es 'eso que dicen', que venga y me salve, porque ya está bien, porque con mi dolor iba a hacer algo que lo perdería todo, mis hijos, mi familia..."

"Y me aparece Él, me aparece Jesús"

Al día siguiente, entró en su "cuarto de meditación, con todas mis piedras y esas cosas". "Me puse a meditar. Y me aparece Él, me aparece Jesús. Está a mi lado, me está mirando. Está ocupado, como rodeado de jóvenes. Y me miraba como diciendo: 'tenemos trabajo'. Lo entendí todo, vi todos mis pecados. Me iluminó y lo vi, no había donde esconder nada. Vi que todo lo que había hecho era herirlo". 

"Él es puro, purísimo, todo amor, y yo lloraba de vergüenza, por todo lo que había hecho, que era terrible. Y pensaba: ahora me va a juzgar. Pero él me miraba y me amaba. Y en ese momento yo vivía su misericordia. Me estaba dando mucho amor. Casi oía caer las cadenas que me ataban. Y lloraba y lloraba. Para mí fue eterno, no sé si 10 minutos o tres horas. Le dije: ¿qué quieres? Y me dijo: ve a mi Iglesia. Y le dije: pídeme otra cosa, eso pídemelo cuando esté mejor. Yo me había leído todos esos libros contra la Iglesia y los curas me caían muy mal. Pero Él insistía: ve a mi Iglesia. Y fui al momento a buscar una iglesia, en Berlín. Pensé: será la católica, que es la que yo conozco".  Le costó un rato, pero finalmente encontró una parroquia católica. 

"Cuando entré, me senté, y sentí una paz que no había sentido nunca. Sentí que era mi casa. Fue muy hermoso".

"Ahora sí que estoy chalada..." 

Y empezó así su amistad con Jesús. "Yo estaba asustada: 'ahora sí que estoy chalada, ahora hablo con Jesús. No puedo decírselo a mi marido, porque me la juego, con mis antecedentes'. Pero rompí con muchas amistades, con el reiki... Jesús me perdonaba con la mirada pero yo sabía que faltaba algo. En Internet leí lo de los pecados de pensamiento, obra, palabra y omisión... Pensé: 'de omisión lo he hecho todo'. Los amigos, cuando les contaba 'creo que soy católica', pensaban "Marcela y sus locuras". 

En su primera confesión vio, asombrada, que el sacerdote se emocionaba. "Solo me confesé una vez en el colegio, y no era nada real. Hice la comunión mal, por ponerme a la cola", le iba explicando al sacerdote. Y luego todo lo demás, su vida desastrosa, lo del aborto y muchas lágrimas. Cuando el sacerdote dijo las palabras poderosas de la absolución ("Yo te absuelvo en nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo"), ella sintió "un calor, que de repente se me iba todo eso que me dañaba. Y lloré por la sanación que sentía. Y me maravillaba. Volví a casa cantando como una niña". 

Ir a misa diaria, a escondidas

A partir de entonces necesitaba ir a misa cada día. Del Rosario sólo sabía que tenía bolitas. Y buscó por internet y empezó a rezarlo cada día. En Berlín hay pocas misas de diario: según el día era en un sitio u otro. En casa la misa diaria causaba trastornos, iba a misa a escondidas, escapándose de casa. Pero "yo sabía que toda mi fuerza vendría solo del Señor y sin ella volvería a caer". Aún no podía comulgar, ella misma lo sentía.

"Yo veía al Señor conmigo en mis momentos malos del pasado, bendiciendo, poniendo amor en situaciones que habían sido terribles. Yo sentía amor y sanación. Veía esas cadenas, las llevaba a la confesión, y allí las soltaba. Y lloraba siempre en confesión. Mi marido empezó a ver el cambio. Mi hijo mayor, que le gusta la historia, viendo la película "Karol", sobre Juan Pablo II, me dijo: ahora lo entiendo, mamá. Mi marido empezó a acompañarme a misa". 

- ¿Tú te casarías conmigo otra vez? - le dijo ella.

- Claro -dijo él. 

- Pues lo vas a hacer, ahora por la Iglesia.  

Con la ayuda de un sacerdote de Gerona el matrimonio se preparó. Ella vivió su boda eclesial sintiéndose "la hija bonita de nuestro Padre Celestial". Cuando preguntaban a su marido por su fe, decía que viendo el cambio en Marcela, era indudable que eran cosas que hacía Dios. Más adelante, un viaje a Lourdes la ayudó a sanar aspectos de su relación con su madre terrenal.

"Así pasé de no conocer el amor a llenarme de amor de manera absoluta. Soy plenamente feliz, estoy con Dios, que es el más guapo, es inmenso. No lo cambio por nada".

sábado, 26 de septiembre de 2026

John Edwards era Bautista, cambió la fe por las drogas y en prisión «Jesús habló a mi corazón: `lo intentaste, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo’»   

 John Edwards, a punto de perder su matrimonio, pensando en el suicidio y atrapado en la pesadilla de las drogas, fue detenido por la DEA... y entre rejas le esperaba una propuesta de Dios

* «Me levanté después de la Misa para irme, llegué a la puerta, y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, refiriéndome al sacerdote, y me dijo: ‘Hola, John’. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: ‘No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien’. Y lo miré y pensé, ‘¿cómo puede saber eso?’ Y él dijo: ‘John, disfruta tu día, feliz Pascua’. Se dio la vuelta y se fue. Fui y me senté en el auto de mi papá y dije: ‘Eso es todo, eso es todo. Voy a recuperar a mi familia. Voy a dar mi vida a ti, Señor’… Dios dice: ‘Oye amigo, solo necesito un poco de ti. Solo necesito tu corazón y tu confianza’. Estas cosas muy simples»

Camino Católico.- Cerca de cumplir los 45 años, John Edwards se define como felizmente casado con Ángela, padre de Jacob y dos gemelas, Caitlin y Allyson y, sobre todo, como "un discípulo de Jesucristo". Pero como ha relatado, "no siempre fue así".

Nacido en Midtown (Memphis), recuerda como una de sus grandes pasiones acudir a su iglesia bautista y pasar allí el mayor tiempo posible con su familia y amigos.

Pero al cumplir los 18 años y empezar la universidad, la estabilidad emocional que le proporcionaba su entorno, su propia iglesia y su propio grupo de amigos desapareció.

Tenía que comenzar solo, preguntándose cuál sería el nuevo lugar en el que encajar. Recuerda que finalmente se decidió por una fraternidad universitaria. Y también que el día que la visitó por primera vez como miembro sería también el último en pisar una iglesia durante años.

"En lo más bajo": LSD, marihuana y cocaína

La historia que sigue es similar a la que han relatado multitud de películas y series, pero consecuencias reales y sin final feliz.

Edwards lo probó todo, desde el LSD hasta pastillas y marihuana. Recuerda especialmente la noche en que tomó "una de las peores decisiones" de su vida al probar la cocaína.

Al principio, lo vivió como algo inocente, una novatada. "Podíamos beber mucho, salir de noche, era algo divertido. Pero como muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son".

John tenía dinero suficiente como para permitirse "el lujo" para sí mismo y también para sus amigos. Invitaba a alcohol, gasolina y drogas, pero la escena pronto dejó de ser agradable.

"Todo acabó girando siempre en torno a dónde consumíamos, dónde conseguiríamos las drogas, en qué casa lo haríamos… pronto nos separamos", explica.

Enganchado, pero solo de nuevo, recuerda aquel momento como "el punto más bajo" en el que podía estar, consumiendo unos 20 gramos de cocaína y 30 cervezas al día.

Matrimonio, familia y acercamiento a la fe

"Pero Dios me visitó una noche cuando entré a un bar y conocí a Ángela. Ella trajo ese `algo´ a mi vida cuando necesitaba a alguien que se preocupara realmente por mí. Desde esa noche salimos, ella me aguantó y nos casamos poco después", recuerda.

Aquel fue su primer acercamiento al catolicismo. Pero él creía que "las drogas pararían, que se irían solas, que decirle `sí´ a alguien para toda la vida solucionaría los problemas"… y no fue así.

Comenzaron a llegar los hijos. Primero Jacob, al que "adoraba". Años después llegarían Caitlin y Allyson y Ángela, buscando llevar la fe a su marido, le perseguía para ir a misa en familia. Él, como cada domingo por la mañana, solo quería que pasase el tiempo… y la resaca.

Pero un día, en 2011, decidió ir a la parroquia de San Francisco, dirigida por el mediático sacerdote Larry Richards. Emocionado por su llamado a la acción, la virilidad y la virtud, empezó a leer sus libros y pareció que durante un par de semanas había cambiado de vida… "pero las drogas volvieron".

Primera recaída: "Quiero que Dios cambie mi vida"

Y lo hicieron con fuerza. Relata que, aunque no lo hacía a propósito, ni si quiera parecía importarle el hecho de tener hijos o una esposa maravillosa.

"Mi madre murió y lo único que me hizo sentir mejor fueron las drogas y el alcohol. No sentía nada. Me quedaba despierto hasta tarde, bebiendo entre 15 y 18 cervezas cada noche, fumando cigarrillos y consumiendo cocaína", relata.

Una de esas noches sintió algo raro. "Plap, plap, plap, plap… el corazón empezó a palpitar violentamente. Pero no quería despertar a Ángela y que me encontrara así porque sabía que podía dejarme… Pensé que iba a morir".

John Edwards, a la derecha de la imagen, entró a una fraternidad universitaria buscando apoyo y amigos... pero allí fue consciente de que "muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son"

En pleno ataque, pensó en rezar y se dirigió a Dios prometiendo que si le salvaba, no volvería a consumir. Todo volvió a la normalidad. Se acostó y, por segunda vez, tomó la resolución de confesarse y recuperar su vida, entonces "fuera de control".

"Le dije al sacerdote que era un mal padre, un marido terrible, inmaduro y que no sabía como cambiar y ser diferente. Quiero que Dios cambie mi vida", suplicó.

Segunda caída, antes de Pascua y detenido

La Semana Santa estaba cerca y, una vez más, parecía que Edwards iba a cambiar de vida. Especialmente tras la absolución, cuando se sintió vulnerable por primera vez en su vida y decidió romper con sus adicciones y tirarlo todo, la cocaína, el alcohol… incluso el tabaco.

Pero cuando llegó el jueves santo, cayó de nuevo y antes de recoger a su hijo compró un nuevo cargamento del que consumir. Con lo que no contaba era que la DEA -la entidad federal que se encarga de combatir el tráfico y el consumo de drogas en Estados Unidos- le seguía. Segundos después, quedaba detenido y caminaba a prisión.

"Nunca olvidaré esa puerta gigante con barrotes, entrar y darme la vuelta mientras la puerta se cerraba lentamente con ese ruido característico", relata.

No paraba de pensar que su vida había terminado, a dónde iba a ir, cómo había llegado hasta ahí o qué pasaría con su mujer y sus hijos. "¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?", se repetía. Y entonces, las palpitaciones volvieron, llevándole al borde de la desesperación y a pensar incluso en acabar con su propia vida.

Un mensaje de Dios: "Ahora tienes una nueva vida"

"Entonces sucedió lo más extraño. Estaba allí sentado y de repente me invadió la calma. Nunca había sentido algo así y me invadió el pensamiento de que no podía hacer nada salvo sentarme hasta que me dejasen ir", recuerda.

Edwards solo pasó unos días en prisión. Pero con esa celda cerrándose tras de sí por última vez, supo que había sucedido algo más relevante que salir de la cárcel.

"Recuerdo mirar hacia atrás, en la celda, donde Jesús acababa de hablar a mi corazón. Recuerdo haber pensado que lo tenía solo a él y me decía `lo intentaste, tu vida ha terminado, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo´", relata.

Edwards acabó detenido por la DEA, a punto de perder su matrimonio. Entre rejas, un mensaje de Dios le motivó a cambiar de vida para siempre... y dedicársela a él

Aquel día era Pascua de Resurrección. En lo que parecía toda una analogía evangélica, Edwards se reconcilió con su padre cuando le recibió de su retención, le pidió perdón por sus errores y decidió acudir a una iglesia que visitó años atrás.


"Dios quiere que te diga que todo va a salir bien"

Tras la experiencia entre rejas, no dudó en entrar a misa y probar… y nuevamente, sucedió algo inexplicable: "Me levanté después de la Misa para irme y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, y me dijo: 'Hola, John'. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: 'No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien. John, disfruta tu día, feliz Pascua'".

Fue el suceso que necesitó para tomar una resolución definitiva. "Voy a recuperar mi vida y a entregártela, Señor", prometió.

Su siguiente paso fue enfrentarse cara a cara con su adicción. Fue su padre el que le llevó al centro, pero lo que no esperaba era ver allí a Ángela. Él la miró de arriba abajo, atónito e incrédulo al escuchar que no iba a dejarle pasar solo por aquella situación.

Treinta días después, no quedaba nada del viejo Edwards. Se había desintoxicado, dejó las drogas y el alcohol y empezó a redirigir su día a día.

Nuevo mensaje, ahora a un dedicado evangelizador

Una mañana, entró a la Iglesia y Dios terminó por "cambiar" su vida y le permitió "ver la belleza de la Eucaristía. Sentí que estaba hablando a mi corazón, como dándome el regalo de conocer las claves para seguir a Cristo".

John se confesó, comenzó a frecuentar la comunión y supo que podía ser una mejor persona. Desde entonces, dedica su vida por entero a su familia, a su fe y la evangelización a través de varios apostolados. Se cuentan por cientos las personas a las que desde entonces sigue llegando a través de Just a Guy in the Pew, que dirige. Su apostolado tiene como fin ayudar a edificar en cada parroquia grupos de hombres que se sirvan de apoyo mutuo en la vida de la gracia y la lucha contra el pecado a través de cuatro pilares: la adoración, el compañerismo y la camaradería, la entrega y la formación.

Concluye con un mensaje a otros hombres que pueden ser víctima de las adicciones o la debilidad, invitándoles a "convertirse en los hombres por los que Él murió, para que sean lo que necesitan su familia e hijos y lo que todos necesitamos, porque nos necesitamos los unos a los otros".

Vídeo en inglés en el que John Edwards cuenta su testimonio

viernes, 18 de septiembre de 2026

Ricardo Pareja Meseguer era un «punky» drogadicto, su tía rezaba por él, unos neonazis lo apalearon y Dios lo atrajo hacia sí, se casó y es padre de 9 hijos: «Descubrí que si tienes el Espíritu de Jesucristo, tienes un corazón dispuesto a amar»

Ricardo Pareja Meseguer pasó de punk a formar una familia numerosa con 9 hijos tras su conversión

* «Apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui. El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro»

Vídeo del testimonio de Ricardo Pareja Meseguer transmitido en directo por el  Camino Neocatecumenal Internacional el 23 de noviembre de 2020

Camino Católico.- Ricardo Pareja Meseguer vive su fe en el Camino Neocatecumenal, evangelizador en las redes sociales, donde da testimonio de su conversión al Señor en primera persona, actualmente está felizmente casado y es padre de nueve hijos. Sin embargo, Ricardo, en los años 80, era un «punky» drogadicto, que no quería saber nada de Dios. Su tía rezaba por él y Ricardo continuaba entregado a su vida desenfrenada. Un día, unos neonazis lo apalearon brutalmente y Dios lo atrajo hacia sí estando en el hospital sirviéndose de su tía que le propuso ir a una convivencia y decidió asistir. Ahí en ese encuentro es donde el Señor le estaba esperando para iniciar su transformación. Esta es su historia contada por él mismo:

Ricardo Pareja Meseguer con su familia

«Descubrí que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí; que Dios me amaba tal como yo era, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados; que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo»

Provengo de una familia de cuatro hermanos, siendo yo el mayor de ellos. Mis padres, a pesar de ser bautizados y casados por la iglesia, no han sido practicantes; aunque han sido padres de valores y siempre me he sentido amado por ellos. Mi abuelo materno era profundamente religioso y en mi niñez antes de darme la moneda del domingo me leía textos de la Sagrada Escritura. Era una semilla en mi vida que después iría  descubriendo. 

Mis padres me apuntaron a un colegio religioso con la convicción de que era lo mejor, pero en mi no resultó así, me sentí muy agobiado, exigido y la religión católica se convirtió en algo incómodo, algo que me limitaba, algo que me privaba de libertad, o al menos eso pensaba. 

Al acabar los estudios de EGB (nivel secundario) me apunté a una academia de peluquería. Allí estuve varios años y aprendí el oficio de peluquero. Pero allí también pasé una mala experiencia. Era un chico tímido y tenía que batallar con un centenar de chicas y clientas y esto me superaba hasta el punto que de los nervios tenía grandes dolores de estómago y cada día acababa con vómitos después de un gran malestar. 

En esta situación conocí a una chica punk y me fascino ese mundo. Entrar en él era como salir de golpe de la timidez y echarle cara a todo y como no, para esta hazaña necesitaba la ayuda del alcohol y de las drogas. Yo era uno de esos «punkies» de mediados de los 80 que estaba metido en la droga, siempre borracho, iba con una cresta de gallo y encadenado con cadenas gruesas, no me lavaba, andaba con unos colegas donde el amor libre y la homosexualidad era el ambiente dominante. Realmente estaba hecho un asco y nadie daba un céntimo por mi vida, todo era egoísmo, llamaba la atención de las chicas y lo aprovechaba para usarlas a mi antojo… era un indeseable.

En casa la situación era imposible: mi madre siempre en vilo esperando que cualquier día me encontraran por ahí, en una cuneta. Mis padres, los pobres, sufrían muchísimo y parecía que a mí no me afectaba nada, pero al mismo tiempo había quien rezaba todos los días por su sobrino, una hermana de mi madre que confiaba en el poder del Señor para sacarme de aquella vida y que siempre que tenía oportunidad me hablaba de Cristo y me invitaba a rezar… pero yo solo la escuchaba por respeto, no me interesaban esos «rollos».

En esta situación, cuando peor estaba, el Señor, que ya había intentado atraerme con lazos de amor sin éxito, me hizo vivir una experiencia que cambió mi vida para siempre… Un día me cogieron un grupo de neonazis, me golpearon con barras de hierro en la cabeza hasta que todo yo era brechas de sangre y me dejaron medio muerto en mitad de la vía pública mientras la gente deambulaba alrededor sin hacer ni decir nada. Me recogió una ambulancia y estuve ingresado dos semanas en el hospital. Poco antes de recibir el alta me dijeron que ya no vería nunca más por un ojo… 

Entonces apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui.

El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro.

Al participar en ese seminario muchas cosas me impactaron. Por ejemplo, descubrir que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí. Que Dios me amaba tal como yo era a pesar de que era despreciable, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados. Que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo, que yo me había pasado la vida buscando el sentido y el sentido era amar y esto no lo podía realizar yo, que es un don de Dios.

Ricardo Pareja Meseguer tras su conversión contando su testimonio

Tras dejar el seminario volví a Barcelona y «comencé a caminar» de la mano de una comunidad Neocatecumenal en la Parroquia de San Luis Gonzaga. Luego conocí a Merche, mi mujer, una chica normalita, de casa, nada que ver con lo que yo había vivido. El Señor nos permitió un noviazgo santo, ¡qué regalo! era como un tesoro preciado para mí. El Señor me colmaba con creces… ¿merecía yo ese derroche de gracias? Sentía, sin duda, que no me lo merecía pero el Señor es infinitamente bondadoso. Tiempo después Merche entró en la Iglesia y nos casamos… Hoy somos padres de nueve hijos maravillosos que nos ayudan a convertirnos cada día. Atrás queda una vida en la que los «colegas» que siguieron están presos o con sida o muertos.

Esa música de protesta, antisistema ya no significa nada en mi vida. Sólo  estuvo presente un tiempo que pertenece a mi historia de salvación. Hoy tengo otro concepto de lo que es ser un antisistema, de lo que es vivir a contra corriente y esto te lo regala Cristo en su Iglesia, porque una familia numerosa es lo que sale de lo establecido, un matrimonio que se ama, unos hijos que se les pasa la fe como buenamente podemos y donde se les enseña sobre todo que antes que el trabajo, que el dinero, que el prosperar, que los estudios, es ser persona amada de Dios, honrada hasta en las cosas pequeñas y buscando a Cristo siempre como lo más importante.

Siempre les he hablado a mis hijos con franqueza de mi historia y no les oculto nada. La vida es un misterio  de alegrías y sufrimientos, de vigor y enfermedad, de luchas y de noches oscuras. Pero todo es  historia de salvación. Por eso lo importante es poner al Señor y buscarlo, la cruz solo se puede tolerar si Cristo reina en ella, el que huye de su cruz y tiene que recurrir a las drogas, al alcohol o al sexo fuera del matrimonio, o a otras cosas, jamás será feliz en lo profundo, porque sólo el que se siente amado de Dios y tiene Vida Eterna es realmente dichoso. Porque si te mueres y ya está, nada tiene sentido, pero si tu vida es para la eternidad ¿Qué te impide perderla, date a los demás y aceptar con alegría la enfermedad? Mis hijos me conocen, saben que muchas veces me equivoco, que a veces soy duro, cabezón, gritón,  y muchas más cosas, y aunque siempre hay un tiempo en la adolescencia que parece que  yo soy como el enemigo, la verdad, es un tiempo que pasa y a la luz de la fe ellos también descubren que lo que a su padre le pasa también en parte les pasa a ellos. Para nada somos perfectos, una familia tan numerosa la hace grande el Señor, porque nos reconciliamos, rezamos los unos por los otros y eso es lo más.

A los padres, que como le pasó a los mios, tienen un hijo viviendo una vida como la que yo viví que recen como mi amada tía. La oración es un arma muy poderosa. Que tengan la certeza que aunque un hijo abandone a Dios, Dios jamás lo abandona; y que lo que les debe cuestionar no debe ser nuestro malestar sino más bien nuestra actitud de oración y comunión en el matrimonio. Ni la oración cae en vacío ni la Palabra de Dios. Pensad que cuando me leía la Biblia mi abuelo en mi niñez, eso que hacía mi abuelo conmigo, que no es poco, era una semilla que aún da fruto.

Lo que Dios nos regala es para proclamarlo. Tanta gente hay sufriendo  por que están engañados o porque no entienden su historia, o simplemente porque no conocen a Jesucristo. Hay que ser realistas. Los divorcios superan en muchos países a las bodas, los jóvenes han perdido el sentido del esfuerzo, la capacidad de sufrimiento, no saben lo que es el amor. Todo es sexo y libertinaje. Los ancianos nadie los quiere porque ya no producen sólo son un gasto y cuidarlos nos destruye. Estamos construyendo una sociedad individualista donde todo se realiza a través de una pantalla, sin el trato humano, sin que se puedan conocer personalmente al otro y amarlo. Donde sólo hay un dios que es el dinero. En nuestra mano está decir la verdad, y la verdad es que el que tiene el Espíritu de Jesucristo tiene un corazón dispuesto a amar. Esto es lo que esta sociedad necesita, porque si tú has experimentado que Cristo te ama, tú ya no abortas, ni metes a tus padres en el asilo, ni dejas a tu mujer por otra más joven. El problema está en el corazón y Dios es un renovador de corazones. Por eso, que mejor aprovechar estos medios que llegan a tanta gente.

A los jóvenes hay que anunciarles a Cristo por que hoy es la droga y el alcohol y mañana será la infidelidad o no sé qué pecado. Si no te encuentras con el amor autentico es muy difícil salir. Una persona que cree que  su vida no tiene sentido, no precisa pequeños arreglos o consejos. Necesita una vida nueva y eso solo lo hace el Autor de la Vida. Si no tienes a Cristo es como un pez que se muerde la cola, todos necesitamos sentirnos queridos. Y si no sabes más, la sociedad te avoca a una vida de buscar donde no está. Huyes de tu cruz y caes en cosas que no hacen más que aumentar la cruz. Eso, sólo eso, te aporta consumir o el sexo libre: una insatisfacción que la tienes que llenar de más insatisfacciones.

Desde hace más de 30 años trabajo de albañil y después de algunos años precarios hoy día trabajo por cuenta propia y realizamos muchos trabajos en parroquias que necesitan reformas y rehabilitaciones. En la actualidad mis padres viven relativamente cerca y tenemos muy buena relación. Empiezan a ser mayores pero se quieren y están orgullosos de ser unos súper abuelos, ya que tienen veinte nietos, 19 de ellos de nuestro matrimonio y el de mi hermana mayor.

Ricardo Pareja Meseguer

Este testimonio fue publicado originalmente en Camino Católico en noviembre de 2020