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martes, 3 de marzo de 2026

Javier Alonso: «Viví una experiencia de sanación muy fuerte, y dejé la pornografía completamente; Clamé a Dios. ‘Si lo has hecho con un ateo, ¡hazlo conmigo, que yo creo en ti!; Y Jesucristo me sanó»

Javier Alonso, autor de 'Más allá del laberinto', sanado por Dios de la adicción a la pornografía / Foto: Cedida - El Debate 

* «Automáticamente, fue como si una nube negra abandonara mi cabeza y mi corazón: en aquellos tres segundos, Jesús me había sanado. Cuando era joven, yo leía este tipo de cosas extraordinarias y pensaba que solo le pasaban a frikis o a santos, pero es que las he vivido. Este fue un momento excepcional, pero también veo frutos en la oración cotidiana: recomiendo, a quien se enfrente al problema que tenía yo, que no solo recen por su sanación, sino también para que Dios le conceda autoconocimiento, que le haga saber de dónde viene el tema»

Camino Católico.-  El 97% de los hombres que rondan los 50 años ha consumido pornografía de forma voluntaria al menos una vez en los últimos seis meses, según un estudio publicado en 2022 por la Universidad de Valencia y la Universidad Jaume I de Castellón. Javier Alonso (Barcelona, 1977) no era una excepción: empezó a consumir pornografía durante la adolescencia y mantuvo el hábito como «regulador emocional» con el paso de los años, también tras conocer al amor de su vida, casarse y tener a sus cuatro hijos.

Sin embargo, la historia de este emprendedor catalán sí es excepcional: hoy vive una vida libre de pornografía, gracias a un arduo trabajo interior y, sobre todo, a una poderosa experiencia de sanación durante un retiro católico. Alonso explica su periplo en ‘Más allá del laberinto' (Albada), y es entrevistado por Guillermo Altarriba Vilanova en El Debate para hablar sobre su experiencia luchando contra una lacra que lastra a la gran mayoría de hombres hoy en día.

–En Más allá del laberinto ud. expone con mucha valentía su intimidad. ¿Qué le llevó a escribirlo?

–Hace ocho años viví una experiencia de sanación muy fuerte, y dejé la pornografía completamente. Al principio lo llevé en secreto, pero con el tiempo empecé a explicarlo: primero a mi mujer, luego me pidieron que diera charlas en colegios, o en retiros… Tenía la sensación de que me habían tocado 180 millones de euros, que no podía quedarme esa riqueza para mí. El libro es una forma de decir al mundo que a ti también te pueden tocar 180 millones de euros.

Portada del libro 'Más allá del laberinto' de Javier Alonso / Foto: Albada Editorial

–Pero no es un manual al uso sobre cómo abandonar el consumo de pornografía.

–No, no lo es. Es un modo de decirle a una persona que consume porno que no es un casquibano ni un guarro, sino que puede deberse a su debilidad. A mí me pasaba: consumía en momentos de tristeza y soledad. Para explicar por qué me sentía así, me tuve que explicar a mí mismo, y ese es el recorrido que hago en el libro, trazando mi vida desde diferentes ángulos: tanto desde lo que podría ser mi perfil de LinkedIn hasta las inseguridades que hay entre bastidores.

–¿En nuestra sociedad es tabú reconocer que uno consume pornografía?

–El verdadero tabú no es decir «he consumido pornografía», sino «me he sentido miserable por consumir pornografía», porque la pornografía está blanqueada. Hay sexólogos que la recomiendan en pequeñas dosis, por ejemplo. Pero la realidad es que la mayoría de las personas presentan un consumo problemático de pornografía, y me da igual si es una vez al mes o una vez al día: cualquier consumo es problemático.

–¿Por qué?

–Antes de 2005 o 2006, con la pornografía ocurría lo mismo que con los cavernícolas del Paleolítico: la comida era escasa y había que salir a buscarla. La revolución de internet tal y como lo conocemos ha sido –haciendo el símil– como meter a ese cavernícola en el bufet libre del hotel Hilton. ¿Y qué pasa? Que se vuelve loco.

Si durante este Paleolítico la cuestión era un tema moral, en la actualidad es también un tema de salud: hay muchos estudios científicos que prueban que la pornografía actúa de forma similar a una droga. Especialmente, a la cocaína, por los picos de dopamina que genera: te induce a repetir el comportamiento y a escalarlo, en busca de la novedad constante.

–En el libro lo compara con un virus informático que cortocircuita el cerebro…

–Efectivamente, porque nuestro sistema de recompensa está configurado para hacernos sobrevivir. Al hiperestimularlo con la pornografía, hace que prefieras eso a una relación sexual sana… lo cual no es bueno para la supervivencia. Y no es el único problema que tiene: los estudios han mostrado que muchas parejas y matrimonios se separan por la pornografía, o que cada vez más jóvenes tienen disfunción eréctil y problemas de autoestima.

También hablo sobre la desconexión empática: cuando uno ve un vídeo pornográfico tiene que ‘apagar’ una parte de su empatía para convertir a alguien en algo. O el tema de los scripts sexuales: la pornografía dicta a la gente cómo comportarse en la cama, enseñándoles a ellos a ser agresivos y a ellas, a ser sumisas.

–Más allá del laberinto está profusamente documentado. ¿Este tipo de disfunciones neurológicas son reversibles?

–Sí. Lo que se ha visto estudiando los movimientos NoFap de EEUU –que abogan por abandonar la masturbación, algo muy ligado a la pornografía– es que cuando uno deja de consumir hay una suerte de ‘recableado’. Se fortalece la conexión del córtex prefrontal con el sistema de recompensa, y aumentan la regulación, la inhibición de comportamientos perniciosos y la fuerza de voluntad.

Javier Alonso, sanado por Dios de la adicción a la pornografía, durante la entrevista / Foto: G. Altarriba - El Debate 

–Tras estos años estudiando y divulgando acerca del tema, ¿cuál cree que es el principal mito vigente sobre la pornografía?

–La idea preconcebida de que es imposible que el hombre viva sin masturbarse o sin ver pornografía de vez en cuando. Y que, si existe alguno, tiene que ser un reprimido sexual. He descubierto en mi propia vida que esta verdad implícita es mentira. En mi caso, como explico en el libro, estuve un año y pico sin consumir tras recurrir a una coach, por ejemplo, y cuando recaí podría haber vuelto con ella.

–Pero no lo necesitó: se lo pidió a Dios, y asegura que Él se lo concedió.

–Lo explico en el libro: estaba en un retiro organizado por los jesuitas, con mi familia. Leí en La Vanguardia una entrevista a Raúl Eguía, y en ella él contaba: «Una noche, al borde del suicidio, grité: ‘¡Si existes, sácame de aquí ahora!’. Me rendí y quedé limpio de la adicción de la noche a la mañana». Más tarde, rezando, recordé aquello y le dije a Jesús: «Si lo has hecho con Raúl, que era ateo, ¡hazlo conmigo, que yo creo en ti!».

Automáticamente, fue como si una nube negra abandonara mi cabeza y mi corazón: en aquellos tres segundos, Jesús me había sanado. Cuando era joven, yo leía este tipo de cosas extraordinarias y pensaba que solo le pasaban a frikis o a santos, pero es que las he vivido.

Este fue un momento excepcional, pero también veo frutos en la oración cotidiana: recomiendo, a quien se enfrente al problema que tenía yo, que no solo recen por su sanación, sino también para que Dios le conceda autoconocimiento, que le haga saber de dónde viene el tema.

–¿Qué otros consejos le daría a alguien que haya intentado dejar la pornografía y no lo consiga?

–Primero, le daría la enhorabuena. Y segundo, que se lo diga a alguien de confianza lo antes posible: su pareja, un amigo, un sacerdote, un terapeuta... Que busque una relación. Y en tercer lugar, tiene que ser capaz de mirarse al espejo y preguntarse: «¿Estoy dispuesto a dejar de hacer esto el resto de mi vida?». No es si puede, sino si quiere: la respuesta tiene que ser un «sí» al 100%.

Y quería dejar una última reflexión: en el libro me expongo mucho. De hecho, lo más pornográfico de ‘Más allá del laberinto’ no es cuando hablo de pornografía. No me apetecía nada, pero no creo que haya sido gratuito, porque sé que el testimonio va a tocar el corazón a mucha gente. A las mujeres que se sientan traicionadas por sus maridos, para que les entiendan; a los padres, para que hablen con sus hijos sobre esto; a los que están luchando, para que les dé esperanza. Y espero que todos conozcan a Aquel que me liberó, el que aparece al final.

sábado, 14 de febrero de 2026

Laurence Cottet era alcohólica e iba a suicidarse, pero entró en una Iglesia: «Oré a Dios que me sanó: ‘escucha, estoy al límite de mis fuerzas, no puedo más, la pelota está en tu tejado’; desde ese día no he bebido más»

Llevada a la desesperación por las dificultades desde su infancia, Laurence Cottet se refugió en el alcohol durante casi 50 años. Hasta que un día, en lo más profundo de su desesperación, el Señor la ayudó / Foto: @Nicolas Guyonnet

* Decidió dejar su trabajo para dedicarse por completo a la prevención. Durante los últimos 15 años, lo ha dado todo, viajando por Francia con su frágil figura para concienciar y ofrecer consejos con delicadeza a cualquiera que esté dispuesto a escucharla. Licenciada en estudios sobre adicciones, es voluntaria en el Hospital Universitario de Grenoble, ha escrito varios libros, fundó la asociación "Enero Seco" para promover el movimiento británico "Enero Seco" en Francia y se pronuncia sobre una amplia gama de temas, todo de forma voluntaria

Camino Católico.- Fue a los 6 años que descubrió las virtudes terapéuticas del alcohol. Laurence Cottet, la segunda de seis hijos en una familia que le prestaba poca atención, empezó por terminarse la última copa: "Mis padres no se llevaban bien y no nos demostraban ningún cariño", lamenta a Raphaëlle Coquebert en  Aleteia. "En ese clima de violencia física y psicológica, solo el alcohol aliviaba mi dolor".

El refugio de una mujer sedienta de amor

Tenía 15 años cuando su padre se fue de casa: su madre luchaba por llegar a fin de mes, dejando a los niños a su suerte. Laurence decidió tomar las riendas de su destino y huir: con una serie de trabajos esporádicos, ¡pensó que se las arreglaría perfectamente! Aprobó el bachillerato y empezó a estudiar Derecho: tras apenas aprobar, ingresó en la escuela de negocios, trabajando a tiempo parcial para financiarse. 

Tiene sentimientos encontrados sobre aquellos años: "No tenía ni idea", recuerda. "En los grupos de amigos con los que salía, bebían mucho, y yo les seguía la corriente. Me animaban porque, al parecer, era graciosa con unas copas". Sin darse cuenta, bebía para calmar sus heridas, esa falta de cariño que la carcomía.

Un respiro de unos años 

Un romance fulgurante en el trabajo puso fin a esos años caóticos. A los 29 años, mientras disfrutaba de una prometedora carrera en los departamentos legales de empresas consolidadas, conoció a Pierre Cottet. A pesar de su cáncer, creía que la felicidad era posible: «Nos casamos rápidamente. Fueron seis años muy felices, durante los cuales bebí con moderación, por placer». Pero en tres meses, la salud de su esposo se deterioró rápidamente. El 31 de marzo de 1995, a las 5:00 a. m., murió en sus brazos. Laurence tenía 35 años. A partir de entonces, fue una espiral descendente.

Autodestrucción

Desesperada tras este último golpe, la joven viuda recayó. En un año, se bebió las 300 botellas. Fue entonces cuando se convirtió en una auténtica alcohólica: "Significa", explica, "que el alcohol se convierte en una obsesión. Toda tu vida gira en torno a él. Es un círculo vicioso: bebes... para olvidar que estás bebiendo". ¿Las consecuencias? Borracheras increíbles que la llevaron a la comisaría, pérdida de memoria y un aislamiento cada vez mayor.

"En aquella época, mi familia se estaba desmoronando y no tenía más amigos que mis compañeros de copas. Para guardar las apariencias, acabé bebiendo solo en casa, por las noches, lejos de miradas indiscretas. Me acostaba borracha".

Laurence Cottet al salir de la Iglesia, en la que entró y permaneció en ella orando, se fue a casa, vació todas las botellas de alcohol en el fregadero y no volvió a beber más / Foto: @Nicolas Guyonnet

Hasta el día en que cayó el telón. Laurence lo recuerda vívidamente: el 24 de enero de 2009, mientras trabajaba como ejecutiva en París para una importante constructora donde el alcohol era moneda corriente, bebió en exceso durante una recepción de Año Nuevo a la que asistieron 600 personas. Su cuerpo, exhausto, cedió y se desplomó en público, sembrando el pánico a su alrededor. Nadie le ofreció ayuda, su jefe ya no la quería y la vergüenza la abrumaba: era demasiado.

Una mano amiga del cielo

Poco después, una mañana, Laurence se emborracha de nuevo, se calza las zapatillas y se dirige a la estación de metro de Denfert-Rochereau para acabar con todo de una vez por todas. Pero al pasar por la iglesia de Saint-Pierre de Montrouge, en el distrito 14, oye las campanas. La religión no es lo suyo; ya estaba harta de ella en su infancia: misa todos los domingos, bendiciones e imágenes religiosas a raudales, escuelas monásticas... Con tal distancia entre las palabras y los hechos, lo rechazó todo por completo hasta la muerte de su marido. Esta repentina pérdida la acercó a Dios, aunque de una forma bastante vaga.

¿Por qué entró entonces en la iglesia? No lo supo decir. Lo cierto fue que la homilía del sacerdote la impactó: «Huye del libertinaje, el Señor te ha dado un cuerpo, no te pertenece. Debes ponerlo a su servicio». ¿Ese cuerpo que tanto estaba dañando? En el momento de la comunión, avanzó como un autómata y se oyó responder al sacerdote que le ofrecía la hostia sagrada: «Señor, no soy digna de recibirte, pero solo di una palabra y sanaré». Laurence se dirigió a Dios en su corazón: «Escucha, estoy al límite de mis fuerzas, lo he intentado todo, no puedo más, la pelota está en tu tejado».

Permaneció en oración largo rato, conmovida por la belleza de los cantos y aliviada por el entorno. Cuando finalmente decidió irse, sus pensamientos sombríos se habían desvanecido. Volvió a casa, vació todas las botellas restantes por el fregadero y reflexiona en su corazón. «Desde ese día», se maravilló, «no he bebido ni una gota de alcohol».

De adicta a experta en estudios sobre adicciones

Sin embargo, su camino hacia la recuperación duró unos diez años: un psiquiatra especializado en adicciones la ayudó a responder a la pregunta crucial: "¿Por qué bebo?", a verbalizar su sufrimiento enterrado (incluida una violación familiar a los 16 años) y a encontrar la paz. Luego, por lealtad a la memoria de su hermana menor, quien también tuvo problemas con el alcohol y se quitó la vida a los 42 años, Laurence decidió dejar su trabajo para dedicarse por completo a la prevención. Durante los últimos 15 años, lo ha dado todo, viajando por Francia con su frágil figura para concienciar y ofrecer consejos con delicadeza a cualquiera que esté dispuesto a escucharla.

Licenciada en estudios sobre adicciones, es voluntaria en el Hospital Universitario de Grenoble, ha escrito varios libros, fundó la asociación "Enero Seco" para promover el movimiento británico "Enero Seco" en Francia y se pronuncia sobre una amplia gama de temas, todo de forma voluntaria. "Me llevó años apreciar plenamente el regalo que Dios me dio el día que quise morir. Se lo debo mucho, ¿verdad?"

martes, 2 de diciembre de 2025

Daniel: «Dejé la Iglesia, me introduje en el punk y en las drogas, tuve pensamientos suicidas, clamé a Jesús que me rescatara y leyendo sobre el milagro del sol de Fátima, Cristo transformó mi vida en un instante»


Daniel fue rescatado por Jesucristo de la adicción a las drogas

* «Mientras estaba acostado en mi cama, leyendo un artículo sobre el "milagro del sol", de repente sentí una poderosa revelación del Espíritu Santo. Es difícil de explicar, pero en un instante comprendí que Jesús existe de verdad y que todo lo demás es vanidad. Ahora sé que Jesús es el único y verdadero Señor del cielo y de la tierra, ¡y a Él sea la gloria, la alabanza y la honra por los siglos de los siglos! Estoy seguro de que si Jesucristo logró algo así en mi vida, también puede hacerlo en la tuya. ¡Su misericordia es mayor que tu pecado! Confía en Él y permítele amarte» 

Camino Católico.-  El éxtasis de las drogas se convirtió en una gran depresión en Daniel quien afirma que "mi vida se volvió sin sentido, sin propósito y el diablo me sugería pensamientos suicidas... Mientras estaba acostado en mi cama, leyendo un artículo sobre el ‘milagro del sol’ de Fátima, de repente sentí una poderosa revelación del Espíritu Santo. Es difícil de explicar, pero en un instante comprendí que Jesús existe de verdad y que todo lo demás es vanidad Jesucristo, él solo, en un instante, hizo algo que parecía imposible: transformó mi antigua vida y me dio una nueva, libre de adicciones y miedos, una vida plena. Ahora sé que Jesús es el único y verdadero Señor del cielo y de la tierra, ¡y a Él sea la gloria, la alabanza y la honra por los siglos de los siglos!”. Explica su testimonio en primera persona en el portal polaco Trwajciewmiłości.pl. Esta es su historia:

Daniel se sumergió en la subcultura punk, un tanto «depredadora». Empezó a vestir diferente: botas militares con cordones multicolores, pantalones rotos con los bajos remangados e insignias sujetas con imperdibles a suéteres oscuros y chaquetas de cuero

«El milagro del sol me salvó»

Cuando tenía catorce años, algo malo empezó a suceder en mi vida. Fue una época de rebeldía, de esas que todos experimentamos en mayor o menor medida. Acababa de dejar mi compromiso como lector en la parroquia y, ya adulto, decidí romper todo vínculo con la Iglesia, que por aquel entonces no era más que una institución muerta.

Fue también una época de fascinación por la subcultura punk, un tanto «depredadora». Empecé a vestir diferente: botas militares con cordones multicolores, pantalones rotos con los bajos remangados e insignias sujetas con imperdibles a suéteres oscuros y chaquetas de cuero. Me dejé crecer el pelo, que, según las normas, no me peinaba muy a menudo. Escuchaba un punk rock muy particular y contundente, que, dicho sea de paso, es un vehículo perfecto para una filosofía poco cristiana. Se puede resumir en pocas palabras: libertad e «ignorancia» total de todo.

Las cosas se pusieron realmente peligrosas cuando las drogas entraron en escena: primero cerveza y cigarrillos, a los que pronto se unieron vino barato y las llamadas drogas blandas: marihuana y hachís. En dos años, cambié por completo. Mis padres dejaron de ser cercanos y se convirtieron en mis enemigos. Aún recuerdo las fuertes discusiones que solían terminar con mi madre llorando desconsoladamente. Solo volvía a casa para comer y dormir, e incluso entonces, no siempre. Tuve muchas adicciones, algunas de las cuales me avergüenza escribir. En el colegio, la situación empeoró. Falté a clase durante dos semanas; mi promedio bajó de 5,3 a 2,8…

Lo interesante es que, a mi manera, siempre creí en Dios, y ahora veo claramente que inconscientemente lo buscaba constantemente, y Él nunca dejó de llamarme. Incluso leí la Biblia completa y, animado por mi novia, me confesé. Jesús me dio entonces una verdadera sensación de libertad y alegría. Pero este sacramento no produjo ninguna transformación visible en mí.

Jesús intentó llegar a mí a través de los jóvenes del movimiento "La Parada de Jesús", que evangelizaban en las paradas de buses, y que estaban a la salida del festival de rock  "Przystanek Woodstock". Hasta allí llegué escapando de mi casa por una ventana de noche, sin dinero, solo con una botella de agua y siete panecillos secos en mi mochila. La misa a la que me invitaron fue inolvidable.

Después de Woodstock, todo empeoró. Cuando perdí dolorosamente a mi novia, y luego a todos mis amigos, el mal se apoderó de mí. Me mostró mi soledad, mis deudas, la basura que era: golpeado por matones, rechazado por mis amigos. Incluso el éxtasis de las drogas se convirtió en una profunda depresión. Mi vida se volvió insignificante y sin sentido. El diablo me inculcó pensamientos suicidas (de no ser por mi torpeza, lo habría logrado por completo).

Recuerdo un breve momento de oración nocturna, pidiéndole a Jesús que me rescatara de este atolladero, porque no podía hacerlo solo. Él se inclinó una vez más sobre aquel pecador sucio y maloliente. Jesús volvió a tocar mi corazón. Mi tío, un maravilloso sacerdote misionero (a quien veo solo un mes al año), aprovechó mi interés por el recientemente revelado Tercer Secreto de Fátima y me recomendó su revista, cuyo tema principal eran las apariciones de María en Fátima.

Mucha gente cuenta historias de encuentros con Jesús en retiros, cursos de Nueva Evangelización, peregrinaciones u otros eventos similares, pero ¡el Espíritu Santo actúa donde quiere! Mientras estaba acostado en mi cama, leyendo un artículo sobre el "milagro del sol", de repente sentí una poderosa revelación del Espíritu Santo. Es difícil de explicar, pero en un instante comprendí que Jesús existe de verdad y que todo lo demás es vanidad.

Jesucristo, él solo, en un instante, hizo algo que parecía imposible: transformó mi antigua vida y me dio una nueva, libre de adicciones y miedos, una vida plena. Ahora sé que Jesús es el único y verdadero Señor del cielo y de la tierra, ¡y a Él sea la gloria, la alabanza y la honra por los siglos de los siglos! Estoy seguro de que si Jesucristo logró algo así en mi vida, también puede hacerlo en la tuya. ¡Su misericordia es mayor que tu pecado! Confía en Él y permítele amarte.

“Te alabaré con todo mi corazón (…) Porque tu misericordia ha sido grande para mí, y has librado mi vida de las profundidades del infierno” (Salmo 86).

Daniel

lunes, 6 de octubre de 2025

Liza: «Profundamente sola y vacía, desde adolescente me drogué, sentía asco por el pecado, empecé a rezar el rosario y me invadió el amor más perfecto y la Virgen me llevó a la adoración, donde Cristo me recató»


Liza se encontraba buscando sentido a su vida en los lugares equivocados, hasta que conoció a Jesús / Foto: André Escaleira, Jr. - El Pueblo Católico

* «’¿Por qué ponen esto, que a mí me parece una tontería, en este círculo dorado?’, pensé confundida, cuando comenzó la adoración y todos se arrodillaron. Tuve un momento inexplicable en el que sentí que el Señor me hablaba profundamente al corazón… No tenía ni idea de lo que significaba la palabra ‘adoración’. Pero me di cuenta de que estaba hecha para esto. Esto es para lo que fui creada… Creo que es una gran gracia del Señor, porque Él sabe que no había otra forma de llegar a mí excepto de esta manera tan profunda» 

 Camino Católico.- Desde pequeña, Liza experimentó lo que ella describe como una profunda sensación de vacío. Aunque desde fuera su infancia pareciera buena, recuerda sentir una soledad constante. «Siempre me sentí profundamente sola y vacía», comparte a Clare Kneusel-Nowak en El Pueblo Católico.

Sus padres se divorciaron cuando ella era niña, y su padre se mudó a otro estado. Aunque su mamá era cariñosa y protectora, Liza sufría mucho. En sexto grado recurrió a las drogas y al alcohol para llenar ese vacío. Fumar y beber era la única forma en que podía sentir algo. «Me hacía sentir bien», dice. 

Sus compañeros de secundaria les parecía cool porque sabía fumar, pero esa atención no podía sustituir el amor que anhelaba. Estaba intentando llenar un «vacío del tamaño de Dios» con sustancias y popularidad. Y en preparatoria empeoraron las cosas. 

«Persiguiendo al dragón» 

«Llegue a un punto en que probablemente bebía y fumaba marihuana cuatro veces por semana», cuenta. Liza se decía a sí misma que lo estaba manejando bien porque nadie sabía lo que hacía.

En primer año de preparatoria, se encontró con un grupo de jóvenes que fumaban, se saltaban clases y compartían sus gustos musicales. Rodeada de consumidores, los experimentos peligrosos de Liza se intensificaron rápidamente. «Me había consumido por completo el deseo de ‘perseguir al dragón’ —así le llaman cuando intentas revivir la primera experiencia de estar drogado», explica. 

Ese año, la marihuana y el alcohol ya no eran suficientes para Liza. «Nunca tuve miedo a nada, excepto a morir, pero eso se me quitó muy rápido. Estaba dispuesta a tomar la droga más fuerte que cualquiera pudiera darme. Me daba igual morir. Tomaba lo que fuera que me hiciera sentir bien». 

Probó psicodélicos, analgésicos y cualquier otra sustancia que pudiera conseguir. Su mamá eventualmente la forzó a entrar a un programa ambulatorio, pero Liza encontró formas de evadir las sesiones. Luego llegó la pandemia. 

Durante ese tiempo, Liza comenzó a vender contenido en línea a cambio de drogas y alcohol, y mantenía relaciones con hombres mucho mayores a través de internet. Su mamá la envió a otro centro de rehabilitación, pero Liza, que no tenía intención de cambiar, nunca permaneció sobria más de tres días fuera de ese entorno.

«No tenía ningún deseo de mejorar ni de dejar las drogas, ni de enmendar mi vida… No tenía una brújula moral», confiesa. «No sentía culpa ni remordimiento por lo que le estaba haciendo a mi mamá, a mi familia, ni siquiera por mí misma. No tenía ningún estándar moral… Me sentía completamente indiferente». 

Desesperada, su mamá la envió a vivir con su papá en Texas. Él la inscribió en una escuela en línea, pero ella no terminó. A pesar de no conocer a nadie, encontró la forma de seguir consumiendo drogas. «Un adicto siempre encuentra el modo», dice. 

El periodo más oscuro 

Ese mismo año regresó a Colorado, donde la esperaban viejos amigos y drogas más fuertes. En el penúltimo año de preparatoria ya consumía cocaína y metanfetaminas, y robaba para mantener sus hábitos. «Ese fue el peor periodo de mi vida», recuerda. 

Se sumergió en la subcultura de las drogas, rodeándose de personas que creía que podían darle lo que quería: atención, drogas y una sensación efímera de amor. «Quería atención y deseaba con desesperación ser amada. Le gritaba a cualquiera que me amara, que me prestara atención», asegura. 

A los 18 años, después de más intentos fallidos de rehabilitación, vivía con su tía. Incluso sus amigos que consumían drogas estaban preocupados. El comportamiento de Liza se volvía cada vez más peligroso. A veces impedía que sus amigos llamaran a una ambulancia, incluso cuando sabía que podía morir. Su tía le contó a su mamá, quien le dio un último ultimátum: rehabilitación o el albergue para personas sin hogar. «Acepté ir a rehabilitación de nuevo porque no quería estar en la calle. Planeaba fingir hasta que terminara el periodo de incomunicación», confiesa Liza.

El cristiano en abstinencia 

En ese centro, Liza conoció a un paciente que no soportaba: un cristiano lleno de una alegría inquebrantable. «Estaba completamente encendido por el amor de Cristo», dice sobre aquel hombre que, aunque había sido golpeado por la vida, siempre sonreía y se mostraba feliz de conversar con cualquiera o hablar de Jesús. «Recuerdo pensar: ‘Esto es tan molesto’. No soportaba estar cerca de ese tipo».

Durante la abstinencia, la mayoría de los adictos fingen estar bien hasta lograr estabilidad. Pero él no. A pesar de su sufrimiento, irradiaba una alegría sincera. «Pensaba: ‘Está bien, lo de Jesús está muy raro, pero si pudiera descubrir qué te hace tan feliz… Sé que no es realmente Jesús’”, decía. “Entonces, ¿qué es?». 

La alegría de él y de otros pacientes terminó convenciendo a Liza de quedarse. Por primera vez, se preguntó si realmente quería la sobriedad. Si él podía ser feliz en la sobriedad, quizá ella también. 

Cuando salió, siguió los 12 pasos. Nombró a Jesús como su “poder superior”, en gran parte para agradar a su madrina. «Estaba sobria físicamente, pero fumaba dos cajetillas de cigarros al día, me desvelaba y seguía siendo sexualmente activa», cuenta. «Incluso desde un punto de vista secular, no era una buena vida». 

Entonces una amiga la invitó a Arizona para comenzar de nuevo. En apariencia, su vida mejoró. Consiguió un auto, hizo nuevas amistades y se mantuvo sobria. Pero el vacío no desaparecía.  «Por las noches, cuando estaba sola, sentía el mismo vacío profundo que sentía de niña», dice. 

Tras un encuentro con la Santísima Virgen, Liza encontró el camino de vuelta a la Iglesia católica / Foto: André Escaleira, Jr. - El Pueblo Católico

Un último recurso

Llevaba dos meses viviendo en Arizona. Un día, recuerda, fue simplemente perfecto. «Todo lo que hubiera querido tener en un solo día», dice. «Le dije buenas noches a mi compañero, entré a mi cuarto… y sentí un vacío aplastante como nunca en mi vida. Fue peor que cualquier cosa que haya sentido bajo el efecto de las drogas, en cuanto a desesperación —peor que mis momentos más bajos, como cuando dormía en un coche a -15 grados. Jamás había sentido algo así». 

Sentada en su cama, Liza fue invadida por una tristeza insoportable y un dolor desgarrador. Comenzó a temblar, incapaz siquiera de llorar. Era como si todo el dolor acumulado durante años por fin saliera a la superficie. 

«Pensaba: ‘He hecho todo lo que se supone que debía hacer para ser feliz, pero no siento propósito, ni logros, ni felicidad, nada'», recuerda. 

Sintiendo un «asco por el pecado», miró a su mesita de noche y vio un rosario que le había regalado su mamá, que había pertenecido a sus abuelos —«la pareja italiana católica más perfecta», según las historias de su madre. 

Como último recurso, Liza tomó el rosario.  «Pensé: ‘Me voy a sentir tan tonta'», recuerda. «Nunca había rezado, pero sabía más o menos cómo se rezaba el rosario… Esto era literalmente una avemaría. No sabía qué más hacer, así que recé quizá medio misterio… Estaba totalmente consumida por la desesperación».

Liza rezó, y de pronto, totalmente por sorpresa, se envolvió en «la sensación más perfecta de amor que había sentido en mi vida… Era como si nunca antes hubiera conocido el amor, como si no supiera siquiera lo que significaba la palabra ‘amor’ hasta esa noche». 

Sintió, de forma real y concreta, «a la Virgen empujándome al Sagrado Corazón de Jesús». 

«Fue una intensidad de emoción que jamás había vivido», dice. «Lloraba a mares. No sé cuánto tiempo duró en realidad. Sentí como mucho tiempo, como si muchas cosas se purgaran dentro de mí de forma dolorosa, pero con el dolor más hermoso que se puede imaginar. Como lo que describe Teresa de Ávila —no en el mismo grado que ella, pero un dolor que no quieres que se detenga». 

Liza se arrodilló y rezó en voz alta: «No tengo idea de qué fue eso, pero te doy toda mi vida. Desde ahora, haré todo lo que me pidas. Incluso si estoy condenada al infierno por todo lo que he hecho, pasaré el resto de mi vida sirviéndote, y haré lo que tú quieras».

No recuerda haberse quedado dormida, pero a la mañana siguiente no dudó: tenía que encontrar una iglesia católica e ir a Misa, ya que había sentido profundamente el amor de la Santísima Madre.

No entendía lo que sucedía durante la Misa, pero sabía lo suficiente como para no recibir la Eucaristía. «Creo que me habría derretido o algo así», bromea.

Después de la Misa, la parroquia tenía adoración eucarística y, por impulso, Liza se quedó, aunque no sabía qué era la Eucaristía, ni mucho menos el cristianismo. «¿Por qué ponen esto, que a mí me parece una tontería, en este círculo dorado?, pensé confundida, cuando comenzó la adoración y todos se arrodillaron. Tuve un momento inexplicable en el que sentí que el Señor me hablaba profundamente al corazón… No tenía ni idea de lo que significaba la palabra ‘adoración’. Pero me di cuenta de que estaba hecha para esto. Esto es para lo que fui creada… Creo que es una gran gracia del Señor, porque Él sabe que no había otra forma de llegar a mí excepto de esta manera tan profunda».

Al día siguiente, Liza llamó a su madre y le dijo que había decidido convertirse al catolicismo y volver a casa.

«Creo… que estoy viviendo, en un sentido muy real, la historia de amor más grande jamás contada», dice Liza / Foto: André Escaleira, Jr. - El Pueblo Católico

Lo único que satisface

Por supuesto, había detalles que debían resolverse primero, como conseguir un trabajo. «No quería trabajar —solo quería estar en adoración eucarística por el resto de mi vida», comparte Liza. «Pero mi mamá me dijo: ‘Tienes que conseguir un trabajo'». 

Al principio, su familia no creía que su conversión fuera sincera o que duraría. «Fue un gran ejercicio de humildad para mí», dice. «Había decepcionado a mi familia muchas veces y les había dado falsas esperanzas de que estaba mejor… Creo que fue un verdadero impacto para ellos. Mi hermana dijo que ni siquiera me reconocía cuando me mudé de regreso —en el buen sentido». 

Liza comenzó a asistir a Misa diaria, aunque aún no podía recibir a Jesús en la Eucaristía. Dice que lo hacía especialmente por el momento de la consagración, cuando el sacerdote eleva la hostia —ese momento le llegaba profundamente al corazón. «Hubiera esperado mil años solo para cruzar la mirada con Jesús», asegura. 

Pasó dos años en el proceso de OICA (Orden de Iniciación Cristiana de Adultos, por sus siglas en inglés) y finalmente fue recibida en la Iglesia la pasada Vigilia Pascual. Aunque ninguno de ellos es católico, toda su familia asistió a su confirmación. 

Ya como católica, Liza comenzó a estudiar la vida de los santos —en especial a santa Teresa de Ávila, quien, según cuenta, le enseñó a orar y a través de quien Dios la llamó «a un amor más profundo por él». 

Desde aquel encuentro de conversión, el amor de Jesús en la Eucaristía la ha consumido. Confiesa tener “una fijación absoluta por el catolicismo” y quiere absorber “todos los podcasts de apologética, cada artículo católico, todas las lecturas espirituales” que pueda encontrar.  

“Paso al menos una hora diaria en adoración. Ahora yo soy esa persona que tanto detestaba en rehabilitación —la que mete a Jesús en literalmente cada conversación. Creo… que estoy viviendo, en un sentido muy real, la historia de amor más grande jamás contada. Me siento tan enamorada de una forma que nunca creí posible”.