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viernes, 18 de septiembre de 2026

John Edwards era Bautista, cambió la fe por las drogas y en prisión «Jesús habló a mi corazón: `lo intentaste, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo’»   

 John Edwards, a punto de perder su matrimonio, pensando en el suicidio y atrapado en la pesadilla de las drogas, fue detenido por la DEA... y entre rejas le esperaba una propuesta de Dios

* «Me levanté después de la Misa para irme, llegué a la puerta, y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, refiriéndome al sacerdote, y me dijo: ‘Hola, John’. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: ‘No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien’. Y lo miré y pensé, ‘¿cómo puede saber eso?’ Y él dijo: ‘John, disfruta tu día, feliz Pascua’. Se dio la vuelta y se fue. Fui y me senté en el auto de mi papá y dije: ‘Eso es todo, eso es todo. Voy a recuperar a mi familia. Voy a dar mi vida a ti, Señor’… Dios dice: ‘Oye amigo, solo necesito un poco de ti. Solo necesito tu corazón y tu confianza’. Estas cosas muy simples»

Camino Católico.- Cerca de cumplir los 45 años, John Edwards se define como felizmente casado con Ángela, padre de Jacob y dos gemelas, Caitlin y Allyson y, sobre todo, como "un discípulo de Jesucristo". Pero como ha relatado, "no siempre fue así".

Nacido en Midtown (Memphis), recuerda como una de sus grandes pasiones acudir a su iglesia bautista y pasar allí el mayor tiempo posible con su familia y amigos.

Pero al cumplir los 18 años y empezar la universidad, la estabilidad emocional que le proporcionaba su entorno, su propia iglesia y su propio grupo de amigos desapareció.

Tenía que comenzar solo, preguntándose cuál sería el nuevo lugar en el que encajar. Recuerda que finalmente se decidió por una fraternidad universitaria. Y también que el día que la visitó por primera vez como miembro sería también el último en pisar una iglesia durante años.

"En lo más bajo": LSD, marihuana y cocaína

La historia que sigue es similar a la que han relatado multitud de películas y series, pero consecuencias reales y sin final feliz.

Edwards lo probó todo, desde el LSD hasta pastillas y marihuana. Recuerda especialmente la noche en que tomó "una de las peores decisiones" de su vida al probar la cocaína.

Al principio, lo vivió como algo inocente, una novatada. "Podíamos beber mucho, salir de noche, era algo divertido. Pero como muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son".

John tenía dinero suficiente como para permitirse "el lujo" para sí mismo y también para sus amigos. Invitaba a alcohol, gasolina y drogas, pero la escena pronto dejó de ser agradable.

"Todo acabó girando siempre en torno a dónde consumíamos, dónde conseguiríamos las drogas, en qué casa lo haríamos… pronto nos separamos", explica.

Enganchado, pero solo de nuevo, recuerda aquel momento como "el punto más bajo" en el que podía estar, consumiendo unos 20 gramos de cocaína y 30 cervezas al día.

Matrimonio, familia y acercamiento a la fe

"Pero Dios me visitó una noche cuando entré a un bar y conocí a Ángela. Ella trajo ese `algo´ a mi vida cuando necesitaba a alguien que se preocupara realmente por mí. Desde esa noche salimos, ella me aguantó y nos casamos poco después", recuerda.

Aquel fue su primer acercamiento al catolicismo. Pero él creía que "las drogas pararían, que se irían solas, que decirle `sí´ a alguien para toda la vida solucionaría los problemas"… y no fue así.

Comenzaron a llegar los hijos. Primero Jacob, al que "adoraba". Años después llegarían Caitlin y Allyson y Ángela, buscando llevar la fe a su marido, le perseguía para ir a misa en familia. Él, como cada domingo por la mañana, solo quería que pasase el tiempo… y la resaca.

Pero un día, en 2011, decidió ir a la parroquia de San Francisco, dirigida por el mediático sacerdote Larry Richards. Emocionado por su llamado a la acción, la virilidad y la virtud, empezó a leer sus libros y pareció que durante un par de semanas había cambiado de vida… "pero las drogas volvieron".

Primera recaída: "Quiero que Dios cambie mi vida"

Y lo hicieron con fuerza. Relata que, aunque no lo hacía a propósito, ni si quiera parecía importarle el hecho de tener hijos o una esposa maravillosa.

"Mi madre murió y lo único que me hizo sentir mejor fueron las drogas y el alcohol. No sentía nada. Me quedaba despierto hasta tarde, bebiendo entre 15 y 18 cervezas cada noche, fumando cigarrillos y consumiendo cocaína", relata.

Una de esas noches sintió algo raro. "Plap, plap, plap, plap… el corazón empezó a palpitar violentamente. Pero no quería despertar a Ángela y que me encontrara así porque sabía que podía dejarme… Pensé que iba a morir".

John Edwards, a la derecha de la imagen, entró a una fraternidad universitaria buscando apoyo y amigos... pero allí fue consciente de que "muchas cosas que empiezan pareciendo inocentes, no siempre lo son"

En pleno ataque, pensó en rezar y se dirigió a Dios prometiendo que si le salvaba, no volvería a consumir. Todo volvió a la normalidad. Se acostó y, por segunda vez, tomó la resolución de confesarse y recuperar su vida, entonces "fuera de control".

"Le dije al sacerdote que era un mal padre, un marido terrible, inmaduro y que no sabía como cambiar y ser diferente. Quiero que Dios cambie mi vida", suplicó.

Segunda caída, antes de Pascua y detenido

La Semana Santa estaba cerca y, una vez más, parecía que Edwards iba a cambiar de vida. Especialmente tras la absolución, cuando se sintió vulnerable por primera vez en su vida y decidió romper con sus adicciones y tirarlo todo, la cocaína, el alcohol… incluso el tabaco.

Pero cuando llegó el jueves santo, cayó de nuevo y antes de recoger a su hijo compró un nuevo cargamento del que consumir. Con lo que no contaba era que la DEA -la entidad federal que se encarga de combatir el tráfico y el consumo de drogas en Estados Unidos- le seguía. Segundos después, quedaba detenido y caminaba a prisión.

"Nunca olvidaré esa puerta gigante con barrotes, entrar y darme la vuelta mientras la puerta se cerraba lentamente con ese ruido característico", relata.

No paraba de pensar que su vida había terminado, a dónde iba a ir, cómo había llegado hasta ahí o qué pasaría con su mujer y sus hijos. "¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?", se repetía. Y entonces, las palpitaciones volvieron, llevándole al borde de la desesperación y a pensar incluso en acabar con su propia vida.

Un mensaje de Dios: "Ahora tienes una nueva vida"

"Entonces sucedió lo más extraño. Estaba allí sentado y de repente me invadió la calma. Nunca había sentido algo así y me invadió el pensamiento de que no podía hacer nada salvo sentarme hasta que me dejasen ir", recuerda.

Edwards solo pasó unos días en prisión. Pero con esa celda cerrándose tras de sí por última vez, supo que había sucedido algo más relevante que salir de la cárcel.

"Recuerdo mirar hacia atrás, en la celda, donde Jesús acababa de hablar a mi corazón. Recuerdo haber pensado que lo tenía solo a él y me decía `lo intentaste, tu vida ha terminado, ahora tienes una nueva vida y te vas a ir de aquí conmigo´", relata.

Edwards acabó detenido por la DEA, a punto de perder su matrimonio. Entre rejas, un mensaje de Dios le motivó a cambiar de vida para siempre... y dedicársela a él

Aquel día era Pascua de Resurrección. En lo que parecía toda una analogía evangélica, Edwards se reconcilió con su padre cuando le recibió de su retención, le pidió perdón por sus errores y decidió acudir a una iglesia que visitó años atrás.


"Dios quiere que te diga que todo va a salir bien"

Tras la experiencia entre rejas, no dudó en entrar a misa y probar… y nuevamente, sucedió algo inexplicable: "Me levanté después de la Misa para irme y de repente, sentí una mano en mi hombro. No conocía a nadie allí. Me di la vuelta y dije `padre´, y me dijo: 'Hola, John'. Recordó mi nombre, me había conocido una vez cinco años antes. Y dijo: 'No sé por qué tu familia no está aquí, pero Dios quiere que te diga que todo va a estar bien. John, disfruta tu día, feliz Pascua'".

Fue el suceso que necesitó para tomar una resolución definitiva. "Voy a recuperar mi vida y a entregártela, Señor", prometió.

Su siguiente paso fue enfrentarse cara a cara con su adicción. Fue su padre el que le llevó al centro, pero lo que no esperaba era ver allí a Ángela. Él la miró de arriba abajo, atónito e incrédulo al escuchar que no iba a dejarle pasar solo por aquella situación.

Treinta días después, no quedaba nada del viejo Edwards. Se había desintoxicado, dejó las drogas y el alcohol y empezó a redirigir su día a día.

Nuevo mensaje, ahora a un dedicado evangelizador

Una mañana, entró a la Iglesia y Dios terminó por "cambiar" su vida y le permitió "ver la belleza de la Eucaristía. Sentí que estaba hablando a mi corazón, como dándome el regalo de conocer las claves para seguir a Cristo".

John se confesó, comenzó a frecuentar la comunión y supo que podía ser una mejor persona. Desde entonces, dedica su vida por entero a su familia, a su fe y la evangelización a través de varios apostolados. Se cuentan por cientos las personas a las que desde entonces sigue llegando a través de Just a Guy in the Pew, que dirige. Su apostolado tiene como fin ayudar a edificar en cada parroquia grupos de hombres que se sirvan de apoyo mutuo en la vida de la gracia y la lucha contra el pecado a través de cuatro pilares: la adoración, el compañerismo y la camaradería, la entrega y la formación.

Concluye con un mensaje a otros hombres que pueden ser víctima de las adicciones o la debilidad, invitándoles a "convertirse en los hombres por los que Él murió, para que sean lo que necesitan su familia e hijos y lo que todos necesitamos, porque nos necesitamos los unos a los otros".

Vídeo en inglés en el que John Edwards cuenta su testimonio

Ricardo Pareja Meseguer era un «punky» drogadicto, su tía rezaba por él, unos neonazis lo apalearon y Dios lo atrajo hacia sí, se casó y es padre de 9 hijos: «Descubrí que si tienes el Espíritu de Jesucristo, tienes un corazón dispuesto a amar»

Ricardo Pareja Meseguer pasó de punk a formar una familia numerosa con 9 hijos tras su conversión

* «Apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui. El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro»

Vídeo del testimonio de Ricardo Pareja Meseguer transmitido en directo por el  Camino Neocatecumenal Internacional el 23 de noviembre de 2020

Camino Católico.- Ricardo Pareja Meseguer vive su fe en el Camino Neocatecumenal, evangelizador en las redes sociales, donde da testimonio de su conversión al Señor en primera persona, actualmente está felizmente casado y es padre de nueve hijos. Sin embargo, Ricardo, en los años 80, era un «punky» drogadicto, que no quería saber nada de Dios. Su tía rezaba por él y Ricardo continuaba entregado a su vida desenfrenada. Un día, unos neonazis lo apalearon brutalmente y Dios lo atrajo hacia sí estando en el hospital sirviéndose de su tía que le propuso ir a una convivencia y decidió asistir. Ahí en ese encuentro es donde el Señor le estaba esperando para iniciar su transformación. Esta es su historia contada por él mismo:

Ricardo Pareja Meseguer con su familia

«Descubrí que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí; que Dios me amaba tal como yo era, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados; que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo»

Provengo de una familia de cuatro hermanos, siendo yo el mayor de ellos. Mis padres, a pesar de ser bautizados y casados por la iglesia, no han sido practicantes; aunque han sido padres de valores y siempre me he sentido amado por ellos. Mi abuelo materno era profundamente religioso y en mi niñez antes de darme la moneda del domingo me leía textos de la Sagrada Escritura. Era una semilla en mi vida que después iría  descubriendo. 

Mis padres me apuntaron a un colegio religioso con la convicción de que era lo mejor, pero en mi no resultó así, me sentí muy agobiado, exigido y la religión católica se convirtió en algo incómodo, algo que me limitaba, algo que me privaba de libertad, o al menos eso pensaba. 

Al acabar los estudios de EGB (nivel secundario) me apunté a una academia de peluquería. Allí estuve varios años y aprendí el oficio de peluquero. Pero allí también pasé una mala experiencia. Era un chico tímido y tenía que batallar con un centenar de chicas y clientas y esto me superaba hasta el punto que de los nervios tenía grandes dolores de estómago y cada día acababa con vómitos después de un gran malestar. 

En esta situación conocí a una chica punk y me fascino ese mundo. Entrar en él era como salir de golpe de la timidez y echarle cara a todo y como no, para esta hazaña necesitaba la ayuda del alcohol y de las drogas. Yo era uno de esos «punkies» de mediados de los 80 que estaba metido en la droga, siempre borracho, iba con una cresta de gallo y encadenado con cadenas gruesas, no me lavaba, andaba con unos colegas donde el amor libre y la homosexualidad era el ambiente dominante. Realmente estaba hecho un asco y nadie daba un céntimo por mi vida, todo era egoísmo, llamaba la atención de las chicas y lo aprovechaba para usarlas a mi antojo… era un indeseable.

En casa la situación era imposible: mi madre siempre en vilo esperando que cualquier día me encontraran por ahí, en una cuneta. Mis padres, los pobres, sufrían muchísimo y parecía que a mí no me afectaba nada, pero al mismo tiempo había quien rezaba todos los días por su sobrino, una hermana de mi madre que confiaba en el poder del Señor para sacarme de aquella vida y que siempre que tenía oportunidad me hablaba de Cristo y me invitaba a rezar… pero yo solo la escuchaba por respeto, no me interesaban esos «rollos».

En esta situación, cuando peor estaba, el Señor, que ya había intentado atraerme con lazos de amor sin éxito, me hizo vivir una experiencia que cambió mi vida para siempre… Un día me cogieron un grupo de neonazis, me golpearon con barras de hierro en la cabeza hasta que todo yo era brechas de sangre y me dejaron medio muerto en mitad de la vía pública mientras la gente deambulaba alrededor sin hacer ni decir nada. Me recogió una ambulancia y estuve ingresado dos semanas en el hospital. Poco antes de recibir el alta me dijeron que ya no vería nunca más por un ojo… 

Entonces apareció mi tía por el hospital con un matrimonio amigo suyo y me invitaron a una convivencia de inicio de curso para catequistas, un sitio —pensaba yo— que no me correspondía, pero mi tía estaba empeñada en que fuera con aquel matrimonio a escuchar, y allí que fui.

El sitio en concreto estaba en Castellón, un seminario a 250 kilómetros de mi casa. Y allí el Señor empezó a hablarme personalmente: aquellas catequesis y la palabra de Dios no eran «historietas», empezaba a ver mi vida en todo aquello, era Cristo que me hablaba a mí personalmente. Yo estaba conmocionado y no me venían más que ganas de llorar, pero era feliz, estaba listo para que el Señor comenzara a cambiar mi vida —una vida vacía— y descubrirme el secreto de la VIDA, la vida que te hace salir del profundo egoísmo y que te hace ver al otro.

Al participar en ese seminario muchas cosas me impactaron. Por ejemplo, descubrir que en las Escrituras estaba mi vida, que no eran solo historias que pasaron, sino que era totalmente actual para mí. Que Dios me amaba tal como yo era a pesar de que era despreciable, que me quería tanto que había muerto y resucitado por mis pecados. Que me esperaba una vida plena de la mano de Cristo, que yo me había pasado la vida buscando el sentido y el sentido era amar y esto no lo podía realizar yo, que es un don de Dios.

Ricardo Pareja Meseguer tras su conversión contando su testimonio

Tras dejar el seminario volví a Barcelona y «comencé a caminar» de la mano de una comunidad Neocatecumenal en la Parroquia de San Luis Gonzaga. Luego conocí a Merche, mi mujer, una chica normalita, de casa, nada que ver con lo que yo había vivido. El Señor nos permitió un noviazgo santo, ¡qué regalo! era como un tesoro preciado para mí. El Señor me colmaba con creces… ¿merecía yo ese derroche de gracias? Sentía, sin duda, que no me lo merecía pero el Señor es infinitamente bondadoso. Tiempo después Merche entró en la Iglesia y nos casamos… Hoy somos padres de nueve hijos maravillosos que nos ayudan a convertirnos cada día. Atrás queda una vida en la que los «colegas» que siguieron están presos o con sida o muertos.

Esa música de protesta, antisistema ya no significa nada en mi vida. Sólo  estuvo presente un tiempo que pertenece a mi historia de salvación. Hoy tengo otro concepto de lo que es ser un antisistema, de lo que es vivir a contra corriente y esto te lo regala Cristo en su Iglesia, porque una familia numerosa es lo que sale de lo establecido, un matrimonio que se ama, unos hijos que se les pasa la fe como buenamente podemos y donde se les enseña sobre todo que antes que el trabajo, que el dinero, que el prosperar, que los estudios, es ser persona amada de Dios, honrada hasta en las cosas pequeñas y buscando a Cristo siempre como lo más importante.

Siempre les he hablado a mis hijos con franqueza de mi historia y no les oculto nada. La vida es un misterio  de alegrías y sufrimientos, de vigor y enfermedad, de luchas y de noches oscuras. Pero todo es  historia de salvación. Por eso lo importante es poner al Señor y buscarlo, la cruz solo se puede tolerar si Cristo reina en ella, el que huye de su cruz y tiene que recurrir a las drogas, al alcohol o al sexo fuera del matrimonio, o a otras cosas, jamás será feliz en lo profundo, porque sólo el que se siente amado de Dios y tiene Vida Eterna es realmente dichoso. Porque si te mueres y ya está, nada tiene sentido, pero si tu vida es para la eternidad ¿Qué te impide perderla, date a los demás y aceptar con alegría la enfermedad? Mis hijos me conocen, saben que muchas veces me equivoco, que a veces soy duro, cabezón, gritón,  y muchas más cosas, y aunque siempre hay un tiempo en la adolescencia que parece que  yo soy como el enemigo, la verdad, es un tiempo que pasa y a la luz de la fe ellos también descubren que lo que a su padre le pasa también en parte les pasa a ellos. Para nada somos perfectos, una familia tan numerosa la hace grande el Señor, porque nos reconciliamos, rezamos los unos por los otros y eso es lo más.

A los padres, que como le pasó a los mios, tienen un hijo viviendo una vida como la que yo viví que recen como mi amada tía. La oración es un arma muy poderosa. Que tengan la certeza que aunque un hijo abandone a Dios, Dios jamás lo abandona; y que lo que les debe cuestionar no debe ser nuestro malestar sino más bien nuestra actitud de oración y comunión en el matrimonio. Ni la oración cae en vacío ni la Palabra de Dios. Pensad que cuando me leía la Biblia mi abuelo en mi niñez, eso que hacía mi abuelo conmigo, que no es poco, era una semilla que aún da fruto.

Lo que Dios nos regala es para proclamarlo. Tanta gente hay sufriendo  por que están engañados o porque no entienden su historia, o simplemente porque no conocen a Jesucristo. Hay que ser realistas. Los divorcios superan en muchos países a las bodas, los jóvenes han perdido el sentido del esfuerzo, la capacidad de sufrimiento, no saben lo que es el amor. Todo es sexo y libertinaje. Los ancianos nadie los quiere porque ya no producen sólo son un gasto y cuidarlos nos destruye. Estamos construyendo una sociedad individualista donde todo se realiza a través de una pantalla, sin el trato humano, sin que se puedan conocer personalmente al otro y amarlo. Donde sólo hay un dios que es el dinero. En nuestra mano está decir la verdad, y la verdad es que el que tiene el Espíritu de Jesucristo tiene un corazón dispuesto a amar. Esto es lo que esta sociedad necesita, porque si tú has experimentado que Cristo te ama, tú ya no abortas, ni metes a tus padres en el asilo, ni dejas a tu mujer por otra más joven. El problema está en el corazón y Dios es un renovador de corazones. Por eso, que mejor aprovechar estos medios que llegan a tanta gente.

A los jóvenes hay que anunciarles a Cristo por que hoy es la droga y el alcohol y mañana será la infidelidad o no sé qué pecado. Si no te encuentras con el amor autentico es muy difícil salir. Una persona que cree que  su vida no tiene sentido, no precisa pequeños arreglos o consejos. Necesita una vida nueva y eso solo lo hace el Autor de la Vida. Si no tienes a Cristo es como un pez que se muerde la cola, todos necesitamos sentirnos queridos. Y si no sabes más, la sociedad te avoca a una vida de buscar donde no está. Huyes de tu cruz y caes en cosas que no hacen más que aumentar la cruz. Eso, sólo eso, te aporta consumir o el sexo libre: una insatisfacción que la tienes que llenar de más insatisfacciones.

Desde hace más de 30 años trabajo de albañil y después de algunos años precarios hoy día trabajo por cuenta propia y realizamos muchos trabajos en parroquias que necesitan reformas y rehabilitaciones. En la actualidad mis padres viven relativamente cerca y tenemos muy buena relación. Empiezan a ser mayores pero se quieren y están orgullosos de ser unos súper abuelos, ya que tienen veinte nietos, 19 de ellos de nuestro matrimonio y el de mi hermana mayor.

Ricardo Pareja Meseguer

Este testimonio fue publicado originalmente en Camino Católico en noviembre de 2020

martes, 15 de septiembre de 2026

Andrés Carrión hundido en las drogas y la santería quería suicidarse y acabó en la cárcel: «La misericordia de Dios es infinita y su voz ha estado conmigo porque he tenido conciencia de pecado; el miedo al infierno me salvó»


Andrés Carrión dice que "en la cárcel descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad"

* «Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra. Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas»

Vídeo de El Rosario de las 11 PM en el que Andrés Carrión cuenta su testimonio

* «Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo.Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga. Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios»

Camino Católico.- Andrés Carrión es español, tiene 36 años, está casado y tiene cuatro hijos. Del Camino Neocatecumenal, su historia es realmente de película. De una dura infancia en una familia desestructurada, pasó a la cleptomanía, a consumir drogas, posteriormente al tráfico de drogas, a la santería... hasta que el encuentro con Dios en la cárcel le devolvió la paz, y a conocer a la que hoy es su mujer. Acaba de contar su testimonio en  El Rosario de las 11 PM. Esta es su historia contada en primera persona con los fragmentos esenciales que relata en el vídeo: 

Nací en una familia cristiana, al uso, pero un poco desestructurada. Mi madre me tuvo con 17 años. Fue por accidente, no digo que fuera un hijo 'no querido' pero sí 'no deseado'. Mi vida, desde los primeros días, no fue nada fácil. Mi madre tuvo anorexia de joven y estuvo a punto de morir. Fue un milagro que siguiera viva. Entonces, mis abuelos maternos fueron los que me sustentaron y me criaron.

Vivía en un barrio de la zona sur de Móstoles, en Madrid. Un barrio normal y corriente en el que se ven muchas cosas. Desde bien pequeñito empecé a jugar con ciertas cosas, empecé a robar en los bazares chinos (...). Eso, poco a poco, me llevó a dar más pasos. Con 8 años di mi primera calada a un cigarrillo (...). Yo tenía una carencia muy grande de madre y de padre, y la buscaba llenar en la calle. Lo que fueron hurtos pequeños sin importancia empezaron a ser un poquito más grandes.

Esto me creó una adicción que se llama cleptomanía. Todo lo que veía lo tenía que robar, sentía que lo necesitaba, tenía que robarlo, incluso hasta a mis amigos. Con nueve o diez años ya no era feliz, y no era feliz porque, en realidad, mi corazón ansiaba lo que veía en mis amigos, que tenían padre y madre en casa. Yo no sé lo que es llegar a mi casa y decir 'hola, mamá', y 'hola, papá'. Mi vida fue un ir y venir".

Me llevaron a un colegio que me generó mucha violencia. Tenía muchos problemas en la escuela. No sentía esa paz, esa felicidad, esa tranquilidad. Estaba harto de volver con mi madre, luego con mi padre, otra vez con mi abuela. Con doce o trece años empecé a tocar los porros y me generó una adicción desde bien joven, hasta el punto de que no podía vivir sin ello. Con trece o catorce años yo ya no podía vivir sin una piedra de hachís en el bolsillo.

Tenía la adicción al chocolate, al hachís... y, con esa edad, no tenía ingresos, con lo cual solo tenía una opción, que era gastar lo que me daban de paga. Pero, como mi consumo diario era muchísimo, eso me llevaba a robar constantemente, a robar a mi familia, a mi madre... a mi abuela le he robado muchísimo, no puedo decir la cantidad de cosas de casa que le quitaba para venderlas. El día que me levantaba y no tenía una piedra de hachís en el bolsillo del pantalón me generaba una ansiedad...

Andrés Carrión asegura que "a mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño"

Esto me llevó un punto de querer quitarme la vida, con 15 años ya no quería vivir más, era un completo infeliz. Pero mi padre había vuelto a retomar contacto conmigo, gracias a la Iglesia y en concreto al Camino Neocatecumenal, porque él también tuvo una juventud muy complicada por la droga. Sus catequistas le invitaron a recuperar esa paternidad que había perdido. Entonces me empezó a llevar a la Iglesia. Con nueve o diez años yo participaba de las eucaristías con la comunidad de mi padre, veía en la Iglesia algo que me llamaba mucho la atención, sentía, y vivía, una paz, y una felicidad.

A mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño. Yo tenía una doble vida, cuando iba con mi padre a la Iglesia me iba calando poco a poco, y, con 15 años, me invitaron a hacer las catequesis del Camino. Estaba feliz de estar ahí pero, al mismo tiempo, la calle, el mundo lo tenía tan dentro de mí que no podía soltarlo solo. Me acuerdo de que iba a las celebraciones con una piedra de hachís en el bolsillo, comulgaba con una piedra de chocolate en el bolsillo. Muchas veces he comulgado en pecado mortal. Estaba totalmente absorbido en el mundo de la delincuencia.

Empiezas por una cosa simple y luego pasas a otras drogas, a ver la cocaína, el cristal, drogas sintéticas... Me pasaba noches enteras en Madrid de fiesta drogándome. Hasta que un día, acabé tirado inconsciente en una calle. Había consumido tantos tipos de drogas que no sé por qué no me llegó a pasar algo más. Llegué a desarrollar un trastorno de doble personalidad, en la Iglesia era una persona y fuera otra totalmente diferente.

La droga te genera mucha violencia interna y mi abuela me amenazaba con no dejarme entrar en casa. Un día cumplió su promesa y, gracias a Dios, acabé en la calle. Con 20 años me ofrecieron ganar un dinero fácil, era para hacer un transporte de drogas. Estaba sumido en tantos problemas, y tenía tanta ansia de dinero, que lo acepté sin ningún problema. Era hacer un viaje a Venezuela con todos los gastos pagados, me montaron en un avión y me llevaron para allá. Aquí empieza a torcerse la cosa. Me acuerdo de que me recibió una chica, con la cual tuve una relación personal bastante fuerte.

Ella me dijo que no lo hiciera, porque me iban a meter en la cárcel 15 años. Vi un ángel de Dios que me avisaba, aunque tengo que decir que esta chica es un milagro, porque iba a ganar dinero conmigo, no es que fuese una persona de bien, formaba parte de este negocio. Le hice caso en todo momento, la voz de Dios siempre estuvo conmigo. Siempre he tenido esa conciencia de pecado. Decidí no hacerlo y eso generó un problema grande, estamos hablando de traficantes, de cosas muy serias, hay mucho dinero envuelto. Entonces tuvimos que inventar un accidente de tráfico, que me había roto el fémur y que no podía volar. Cogimos a un maquillador profesional que me maquilló, que me vendó la pierna. Pero el chico, desde España, estaba interesado en venir a ver mi estado.

El tiempo se iba alargando y el chico seguía insistiendo en que iba a venir. Entonces decidí quedarme durante un tiempo en Venezuela. Mis padres pusieron una denuncia por desaparición, y, a los dos meses, les llamé y les dije que estaba allí.


Andrés Carrión reflexiona que "volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar"

Esta amiga, que en teoría era amiga, participaba de una cosa que se llama la santería. Yo he llegado a participar de un rito satánico, te hacen lavados con gallos, cortan la cabeza de los gallos y te limpian. He llegado a hablar incluso con demonios, he llegado a ver cómo mi propia amiga era poseída delante de mí. De la nada más absoluta era poseída por un espíritu que entre tres personas no éramos capaz de sostenerla. Luego me llevaron a hablar con un demonio, con una persona que había sido poseída por el demonio, que hablaba una lengua muy rara, era un lenguaje muy extraño, que yo no entendía, lógicamente.

Estuve nueve meses, hasta que llegó un punto en el que ya tenía que volver a España. La vuelta era muy complicada, me esperaba gente... Durante los primeros días me escondía entre los coches. No podía hacer vida normal, no podía salir a la calle, y una vez, por casualidad, uno de mis mejores amigos me vio y vino a mi casa, y, durante un tiempo, me mantuvo en secreto, me llevaba en coche a otro sitio donde seguía consumiendo droga. Seguía en esa vida de la drogadicción.

Un día me dijo que tenía que plantar cara y decir que estaba aquí, y quedamos con esa persona que llevaba el tema del narcotráfico. Fui pensando que iba a morir, literalmente, ellos no sabían que lo del accidente era un montaje. Yo pensaba que sí lo sabían y que querían cogerme para pagar las consecuencias. Para mi sorpresa, después de un rato largo hablando con esta persona, me dijo que a mí no me iba a pasar nada, pero que la otra chica iba a morir. Entonces la avisé, me dijeron que no lo hiciera, pero cómo iba a quedarme callado, si esta chica a mí me salvó de estar muerto. Ella cometió el error y habló con ellos, y entonces me tacharon de chivato. Me pusieron una cantidad económica que tenía que pagar, yo no tenía dinero y me obligaban a robar, me llevaban a centros comerciales y me obligaban a robar para ir pagando esa deuda. 

Entonces volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar (...). Intenté hacer una nueva vida, pero la calle seguía tirándome. Hasta que con 22 años me volvieron a ofrecer otro transporte de droga, en ese momento estaba en la miseria más absoluta, vivía en la calle. Mi abuela ya no me abría las puertas de su casa. Ocupaba pisos de nueva construcción, para poder pasar la noche allí y, a la mañana siguiente, me iba a un hospital público, me aseaba, y volvía a la vida en el barrio a seguir fumando porros.

Había caído en la cocaína, había gastado mucho dinero. En dos meses, unos 6000 euros, que eran de mi abuelo, él me dejó un dinero para poder montar un pequeño negocio, pero lo acabé malgastando en droga. Me llegué a quedar en 50 kg, esquelético perdido, no comía, solo consumía, fue terrible. Intenté volver a la Iglesia. Dios siempre está abierto a la conversión de quien se arrepiente y soy testigo de ello.

Durante estos años tuve un intento de suicidio, cogí un cuchillo... como yo no sabía lo que era ser feliz, para mí quitarme la vida no era un problema. El problema era que tenía esa voz de Dios, y una vez  escuché que el que se suicida tiene unas papeletas muy grandes para ir al infierno. Está claro que la misericordia de Dios es infinita. Ese miedo a ir al infierno a mí me ha salvado.


Andrés Carrión al salir de permiso de la cárcel conoció a la que hoy es su esposa

Me llegaron a ofrecer este segundo viaje y no me lo pensé ni siquiera un minuto, mi vida estaba tan destruida, estaba en la calle, no tenía nada que perder. Partí para Perú y allí estuve un mes y medio, viviendo en un hotel, drogándome, esperando el momento para hacer el viaje y volver a mi casa. Con la buena intención de que con ese dinero iba a recomenzar una nueva vida, pero eso era mentira. Aquí empieza la verdadera historia de conversión.

En Brasil, en la fila del avión, sacaron la cocaína y un policía me dijo que la cárcel iba a ser mi casa durante los próximos 4 años. Fue un punto de inflexión muy grande, el mayor de mis problemas era que había vivido toda mi vida haciendo mi voluntad. Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. 

Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra y vino unas tres o cuatro veces a verme (...). Fui condenado a cinco años y medio, pero la condena se me redujo a un año y once meses (...). Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas.

Tuve un permiso en la cárcel de una semana, pero volver por tus propios pies a la cárcel no fue nada fácil, caí en una depresión (...). Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo. Todas las semanas se hacía un culto obligatorio, tan obligatorio que si no asistía te pegaban una paliza. Cuando participaba de esos cultos lo que hacía era rezar el Rosario. Mi cuerpo estaba preso pero mi espíritu estaba libre. 

Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo y me llevaba a varios sitios, me invitó a su casa a comer. Intentó hacérmelo lo más agradable posible. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga.

Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios. Espero que pueda haber ayudado a alguien, la Iglesia está para ayuda.

Andrés Carrión

miércoles, 12 de agosto de 2026

Emilio Ferrando: «Llevaba 35 años alejado de Dios y tuve una vida de éxito, pero todo se desmoronó; era adicto a la cocaína e intenté suicidarme; mi cuñado me trajo a Medjugorje engañado, conocí a Dios y dejé la adicción»

Emilio Ferrando fue para tres días a Medjugorje y lleva viviendo allí ahora hace doce años y medio desde su conversión

* «El Señor lo encajó todo para que entrase en la iglesia de Santiago Apóstol en Medjugorje. Cuando lo hice, tras más de 20 años adicto, mi problema con las drogas se acabó de golpe: nunca tuve síndrome de abstinencia y el Señor me libró de la droga en ese mismo momento… Me encontré con un sacerdote croata que hablaba español y me acabé confesando con él. Fue mi resurrección: lo primero que hice al volver fue hacer las paces con mi familia, contarles mi problema y confesé que lo único en lo que pensaba era en volver: tenía que regresar solo»

Vídeo del testimonio de Emilio Ferrando en 2016 en H.M. Televisión  

Camino Católico.- Cuando Emilio Ferrando tenía 13 años, la muerte de su padre fue traumática para toda la familia. Se adentró precozmente "en un infierno" en el que la droga se apoderó de su vida durante décadas. Un día, iba a saltar por la ventana cuando su perro lo impidió. Pronto supo que Dios y la Virgen María querían devolverle a la vida. Él, doce años y medio después lo resume así: "Llevaba 35 años alejado de Dios. Tuve una vida de éxito, pero todo se desmoronó. Era adicto a la cocaína. Tuve un intento de suicidio. Mi cuñado me trajo a Medjugorje engañado”.

La muerte del padre y el alejamiento de Dios

Tenía 13 años y su padre, un prestigioso arquitecto, acababa de inaugurar la Obra Social de la Caixa, en Madrid. Era Navidad, y volvía junto a su familia en Valencia cuando tuvo un mortal accidente de tráfico.

"Mi vida cambió en cuestión de 1 segundo. Mi madre pasó de ser ama de casa con 42 años y 8 hijos a dirigir una empresa de más de 70 trabajadores. Su muerte fue traumática, no entendía nada. No es lo mismo que una enfermedad, que te da tiempo a despedirte de él. No lo acepté y saqué a Dios de mi vida y dejé de ir a misa", explica.

El hecho de que su colegio fuese católico no era obstáculo para que un verdadero alijo de drogas fuese una de las principales distracciones en la hora del descanso. "Con 14 años empecé a tener mis primeros flirteos con la droga, tenía una compañera de 15 que en vez de tomarse `el típico bocata se fumaba dos porros en media hora".

 Emilio Ferrando en la adolescencia cuando se alejó de Dios

La doble vida y la adicción

Emilio no tardó en seguir a su compañera. Empezó a fumar porros con ella, "iba a clase colocado" y todo empezó a complicarse. Eran los años 80, tiempos de la "ruta del bakalao" y la movida, y Emilio seguía en el colegio cuando empezó a experimentar con drogas químicas, mescalina y ácidos "para poder estar hasta 72 horas sin parar".

Cuando viajó a Nueva York, su "Sodoma y Gomorra particular", el joven se sumergió "en una vorágine de promiscuidad sexual" y drogas en la que el LSD la heroína y otras drogas psicodélicas eran parte de su día a día. "Al principio las utilizaba para divertirme pero llegado un momento, se apoderaron de mi vida", afirma.

Pero Emilio siempre pudo mantener "una doble vida" con su familia y un trabajo de éxito sin que se viesen afectados. "Tenía un cargo de responsabilidad en una multinacional americana, ganaba muchísimo dinero y compraba lo más caro", explica.

Ese puesto le permitía tener una vida "absolutamente superficial". Podía irse a Ibiza y gastar 6000 euros en un fin de semana, yendo a fiestas "con gente muy importante de Madrid donde todo el mundo consumía, daba igual del partido político que fuesen".

Pero la droga tuvo consecuencias. "Empecé a tener problemas de comunicación, dejé de salir y relacionarme, un camello me traía la droga a casa y me ponía `hasta las cejas´", admite.

El dinero también comenzó a ser un problema, ya que "si lo primero que haces al despertarte es meterte una raya y consumes 2 o 3 gramos al día, las consecuencias económicas son enormes".

Emilio aún podía compaginar su adicción con un buen nivel de vida cuando empezó a tener graves problemas de salud, contrajo hepatitis c y le tuvieron que ingresar sucesivamente en multitud de hospitales.

Emilio Ferrando con la imagen de la Virgen en Mejugorje

El desmoronamiento y el intento de suicidio 

En 2008, Emilio estaba cerca de tocar fondo. "Era la crisis, había dejado la multinacional y me costaba encontrar trabajo", explica.

Durante un tiempo pudo emprender y comenzar sus propios proyectos, pero los costes de su adicción comenzaban a ser insostenibles: "Empecé a tener problemas económicos, impagos de la hipoteca, el banco se me echó encima y perdí la casa. Estaba arruinado".

Emilio cuenta que en ese momento su vida no tenía ningún sentido, tenía a "todo el mundo encima" y la relación con su familia estaba prácticamente rota. Con el último dinero que le quedaba compró 5 gramos de cocaína y empezó "a esnifar una raya detrás de otra". Tenía que estar muy drogado para lo que iba a hacer.

Emilio abrió la ventana de su balcón, se preparó para coger carrerilla y lo único en lo que podía pensar era en el tiempo que iban a tardar en desatar a su mascota. "Cuando iba a lanzarme para suicidarme, mi perro empezó a ladrar, se puso delante de mí y me empujó hacia atrás sobre sus dos patas. Le abracé y entendí que Dios le había utilizado para que no lo hiciese", explica.

La transformación en Medjugorje

El mismo día, cuenta Emilio años después, su cuñado soñó que debía llevarle a Medjugorje y para lograrlo le ofreció un puesto en su empresa con la condición de que le acompañase.

"Siempre dije que fue un complot familiar en el que todos sabían a dónde iba menos yo, y cómo última esperanza de mi familia, decidieron enviarme a Medjugorje", comenta.

Nada más llegar, Emilio solo quería dar marcha atrás, volver a su casa y abandonar "aquel pueblo frío y oscuro, pero solo tenía 1 euro en el bolsillo y dependía completamente de mi cuñado".

Tras 25 años metido en las drogas, hostil a la fe desde grupos de extrema izquierda y abortistas y con "una vida precoz en todo", Emilio comenzó su viaje pensando que "era el peor caso para ir a Medjugorje".

Sin embargo, lo que ocurrió al llegar le mostró lo equivocado que estaba. "El Señor lo encajó todo para que entrase en la iglesia de Santiago Apóstol. Cuando lo hice, tras más de 20 años adicto, mi problema con las drogas se acabó de golpe: nunca tuve síndrome de abstinencia y el Señor me libró de la droga en ese mismo momento", relata.

Pasado el tiempo, Emilio cuenta que de no haberse confesado su vida no habría sido la misma. Pero entonces no lo sabía, y en un principio se negó a ponerse de rodillas tras 35 años de oscuridad y de pecado.

"Me encontré con un sacerdote croata que hablaba español y me acabé confesando con él", explica. "Fue mi resurrección: lo primero que hice al volver fue hacer las paces con mi familia, contarles mi problema y confesé que lo único en lo que pensaba era en volver: tenía que regresar solo", explica.

Pero esta vez volvería solo y sin límite de tiempo, y lo primero que hizo al volver fue visitar la estatua blanca de la virgen. "Me puse de rodillas y le dije: `Me han dicho que eres madre. Si eres madre de todos, también eres mi madre. No sé cómo encontrar sentido a mi vida ni cómo llegar a tu hijo, pero si eres madre me tienes que ayudar a llegar a tu hijo y conocerle´".

Sus palabras fueron escuchadas. Emilio comenzó a trabajar en la delegación de Radio María de Medjugorje y la Virgen le ayudó "a conocer a su hijo. Yo se lo pedí, ella lo ha hecho y me ha hecho un hombre nuevo", afirma.

Pasado el tiempo Emilio comenzó a organizar peregrinaciones para visitar el centro de apariciones, y una de sus conocidas le confesó que siempre ponía su ejemplo cuando le preguntaban por Medjugorje. "Cuando intento explicar qué es, enseño una foto tuya del primer día que viniste y otra con tu cara sonriente y tus ojos diferentes de los últimos días: eso es Medjugorje".

Emilio fue para tres días a Medjugorje. Doce años y medio después, continúa viviendo en la localidad bosnia, que es lugar de peregrinación de millones de católicos de todo el mundo. “No tenía ni idea de lo que era Medjugorje. Llevaba 35 años alejado de Dios y de la fe”, reconoce.