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miércoles, 11 de marzo de 2026

Edinson José Salas, diácono, venció las tentaciones de perder la fe ante un cáncer: «Aun sin fuerzas, a veces sin sentir nada, a veces llorando, sólo repetía: ‘Señor, confío en Ti’; En mi desierto aprendí a confiar en Dios»

Edinson José Salas ha afrontado un cáncer con un combate espiritual profundo para no abandonar la fe y cuenta su testimonio / Foto: Cortesía de  Edinson José Salas

* «Entendí: Señor tu gracia me basta. Él no me prometió ausencia de dolor, sino su presencia en mi vida, en mi existencia, en mi ser. Mi enfermedad fue dolorosa, pero fue el lugar donde más he sentido a Dios . Si estás enfermo, no pienses que es un castigo: eres Evangelio encarnado.Seamos testimonios de confianza en el Señor para los demás, evangelios vivientes allá donde nos encontremos. La enfermedad no es un castigo, una maldición, sino un camino para purificar nuestra alma y acercarnos más a Dios. Volvamos a Él nuestra mirada, aprovechemos la oportunidad para volver a Él. Ofrecer la enfermedad al Señor no es decir 'no pasa nada’; es reconocer: esto me supera pero sé que Tú estás conmigo, me acompañas, me estás guiando, siento tu presencia»

Camino Católico.- A punto de cumplir 44 años, esperando ser ordenado sacerdote pronto, el diácono Edinson José Salas camina acompañado por una grave enfermedad que condiciona sus planes. Un cáncer de colon le ha llevado en los últimos meses al límite de sus fuerzas, pero también le ha enseñado a confiar más en Dios. Patricia Navas en Aleteia sintetiza el testimonio que Edinson José ha contado en su parroquia.

“Cuando me lo diagnosticaron el verano pasado, sentí que había sido empujado a un desierto. Con el tiempo, entendí que ese desierto está dentro del plan de Dios”, dice.

Haciendo un paralelismo con las tentaciones que Jesús sufrió en el desierto, Edinson explica que al descubrir que tenía cáncer sintió que el tiempo se paró, que todo se desmoronaba.

Tentaciones

“La enfermedad no solo ataca al cuerpo, ataca la confianza -constata-. Y tuve la tentación de perder la fe”.

“El tentador propone soluciones fáciles; a mí también me vinieron tentaciones: enojarme con Dios, victimizarme, pensar que mi vida no tenía sentido,…”, confiesa.

Y cuestionó a Dios: “Si me amas, ¿por qué estoy enfermo? ¿Por qué yo, que quiero ser buena persona y hacer las cosas bien?”.

“Sentí hambre de respuesta, de seguridad, de volver a mi vida anterior al diagnóstico – ahonda-. Hubo noches muy oscuras, de llanto, de dolor”.

Cruz

“Miraba el crucifijo que tengo detrás de mi cama -comparte- y rezaba: Señor, si me permitiste vivir esta enfermedad, permíteme también llevarla con alegría, con amor, confiando en Ti”.

“Él no bajó de la cruz para mostrar poder -reflexiona-. Sólo mostró misericordia”.

Ayudado por “personas que Dios puso a mi lado”, el diácono empezó a ver el cáncer como “una cruz que me lleva a purificar”.

“Al principio me sentí triste, pero después empecé a ofrecer esta cruz al Señor y la vi llena de vida y amor”, dice.

“Señor, confío en Ti”


Edinson José Salas con su obispo y compañeros del seminario / Foto: Cortesía de  Edinson José Salas

El diácono decidió ponerlo todo en manos de Dios y empezó a ofrecer la enfermedad y sus dificultades por las personas que sufren y por distintas intenciones.

“Aun sin fuerzas, a veces sin sentir nada, a veces llorando, sólo repetía: ‘Señor, confío en Ti’ -relata-. En mi desierto aprendí a confiar en Dios”.

“Poco a poco el desierto dejó de ser solo sufrimiento y se convirtió en encuentro con Él”, asegura.

Presencia de Dios

Ahora Edinson ve que su enfermedad le ha ayudado a ser más humano y a acercarse más a Dios, pues “cuando tenemos salud, cuando lo tenemos todo, nos olvidamos de Él”.

“Entendí: Señor tu gracia me basta -resume-. Él no me prometió ausencia de dolor, sino su presencia en mi vida, en mi existencia, en mi ser”.

“Mi enfermedad fue dolorosa, pero fue el lugar donde más he sentido a Dios -asegura-. Si estás enfermo, no pienses que es un castigo: eres Evangelio encarnado”.

El diácono, nacido en Colombia pero actualmente sirviendo en España, afirma que “las tentaciones de Jesús en el desierto son también nuestra historia”.

Misión

“En el desierto no se pierde la fe, sino que se la alimenta y purifica… y después comienza la misión”, exclama.

“Seamos testimonios de confianza en el Señor para los demás -invita-, evangelios vivientes allá donde nos encontremos”.

Y concluye su testimonio, ofrecido este martes en su parroquia, con 5 reflexiones aprendidas en la enfermedad y el sufrimiento:

“Cuando uno ofrece el sufrimiento al Señor, se le hace más llevadero, lo lleva uno con más alegría y sentido”.

“En la enfermedad o las dificultades, no busques lo más fácil sino ofrecer tu vida para la purificación y la salvación”.

“La enfermedad no es un castigo, una maldición, sino un camino para purificar nuestra alma y acercarnos más a Dios. Volvamos a Él nuestra mirada, aprovechemos la oportunidad para volver a Él”.

“Ofrecer la enfermedad al Señor no es decir 'no pasa nada'; es reconocer: esto me supera pero sé que Tú estás conmigo, me acompañas, me estás guiando, siento tu presencia”.

“El mundo está lleno de miedo, ansiedad y desconfianza. El cristiano está llamado a ser signo de esperanza. Somos testigos cuando no perdemos la fe ante las dificultades, cuando tratamos a los demás con paciencia, cuando confiamos en Dios incluso en la cruz”.

domingo, 1 de marzo de 2026

Izarelly Rosillo, madre a los 15 años y huérfana: «Estuve enojada con Dios y fui al Santísimo y dije: 'Yo no puedo abandonar a mi hijo, a mis hermanitos, quiero amar todo como tú’; y Él se valió del amor de mi pequeño»

Izarelli Rosillo siendo menor de edad tuvo que afrontar momentos muy difíciles en su vida y asegura que “la fe es lo que me ha salvado” / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

* «Lo más importante para mí es la fe. Ser católica ha sido el mayor regalo que me han dado mis padres, mis abuelos y mi bisabuela. Y la fe es lo que me ha salvado… Cuando yo llegaba triste, angustiada, la madre María me decía: 'Ve a la capilla y platica con Dios'. Yo siento que eso que hizo la madre María conmigo me sembró una semilla de esperanza, resiliencia y amor en mi corazón… Ahora sé que Dios me quería para algo distinto… amar la vida, a mí y a mi prójimo»

Camino Católico.-  Originaria de la capital del estado de Querétaro (México), Izarelly Rosillo Pantoja es Licenciada en Derecho, especializada en Constitucional y Amparo, así como en Derecho notarial. Además, cuenta con una Maestría en Administración Pública Estatal y Municipal, y con un Doctorado en Derecho. Pero, sobre todo, es católica. Y aunque eso no estaba en sus sueños, hoy sabe que esa es su vocación.

"Lo más importante para mí es la fe. Ser católica ha sido el mayor regalo que me han dado mis padres, mis abuelos y mi bisabuela. Y la fe es lo que me ha salvado", asegura Izarelly a Jesús V. Picón en Aleteia 

La maternidad, el cáncer y la orfandad

La juventud de Izarelly fue sorpresiva en muchos aspectos. Se convirtió en mamá cuando tenía 15 años de edad; por otro lado, su madre enfermó de cáncer siendo una mujer muy joven, lo cual la llevó a someterse a 50 quimioterapias y 25 radiaciones. Tras el extenso tratamiento, la enfermedad de su madre las llevo a ella y a sus tres hermanos a la orfandad, lo cual cambió abruptamente los anhelos de Izarelly.

Este destino la llevaba a renegar de la vida, de la sociedad y, por supuesto, de Dios.

"Fui muchas veces a hablar con el Santísimo y dije: 'Yo no puedo abandonar a mi hijo, a mis hermanitos, mi vida se va a convertir en algo que no quiero, pero quiero amar todo como tú'".

La Doctora Izarelly cuenta que esto se lo debe a la guía espiritual de una religiosa: "Yo tuve una maestra -en sexto año de primaria- sumamente alegre, hermosa de espíritu; hoy entiendo que esa luz en sus ojos era el Espíritu Santo. Estudié en una escuela de religiosas, el Instituto José Guadalupe Velázquez. Mi maestra era la madre María, que siempre llegaba con esperanza y felicidad a darnos clases". 

"Cuando yo llegaba triste, angustiada, la madre María me decía: 'Ve a la capilla y platica con Dios'. Yo siento que eso que hizo la madre María conmigo me sembró una semilla de esperanza, resiliencia y amor en mi corazón".

Ahora bien, ¿qué tristezas podía estar viviendo esta niña? Izarelly responde: 

"La vida con mi madre tuvo muchas adversidades; era una mujer sola, con tres hijos, divorciada, estigmatizada, tachada y rechazada por el mundo. Y como yo era la mayor de todos, eso implicaba tener algunos retos y sacrificios en casa, desde cuidar a los hermanitos hasta llevar calificaciones de diez porque yo estaba becada". 

"La enfermedad de mamá fue un gran golpe al corazón para mis hermanitos, mis abuelitos y para mi alma".

Anhelos truncados

"Quería estudiar medicina pero cuando los médicos desahuciaron a mamá, mi vida se desplomó. Lloré demasiado, todo iba a cambiar; se convertiría en todo aquello que no hubiera querido, mami iba a morir y yo solo pensaba en dar mi propia vida por ella".

Izarelli Rosillo junto a su hijo / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

Sus hermanitos y su hijo han tenido que caminar por sendas muy difíciles: "Cuando mi mamá me comparte que los médicos la habían desahuciado cruda y cruelmente, ella vivió un duelo y un agotamiento físico y emocional, no me imagino el dolor de saber que dejaría lo que más amaba"

Izarelly cuenta que escuchó a su mamá decirle: "Te vas a quedar huérfana, con tus hermanos. No puedes estudiar Medicina porque no habrá quién te pague la carrera y tampoco quién cuide de tus hermanos y de tu bebé. Yo te recomiendo que estudies Derecho".

Cáncer y tentaciones 

"Mi mamá murió muy joven, a los 38 años de edad", cuenta Izarelly, y por ello "estuve enojada con Dios mucho tiempo. Yo antes me había vuelto una adolescente rebelde, pero me reconcilié con mi mamá en su enfermedad; hicimos las paces y la cuidé hasta el último momento, le lavé sus heridas, le dije que la amaba y le cerré sus ojos".

"Después de que mi madre murió, yo también enfermé de cáncer, los abismos de la indolencia social, las injusticias en la salud pública, y por supuesto la soledad llenaron de frío la esperanza de mi corazón"

Cuando los médicos le dijeron que, debido a su enfermedad, no podría volver a ser mamá, apareció la falta de sentido y la tentación del suicidio. "Fue cuando sentí que era demasiado, nada tenía sentido".

Pero Dios se valió del amor de su pequeño hijo para acudir en rescate de Izarelly: "Mi hijo me dio palabras de niño, me abrazó cuando yo estaba triste, y me recordó cuánto me amaba cuando yo me quería ir. Y me dije: cómo lo voy a abandonar. Cómo es que este amor sublime me vea con toda esa luz que a mi me hace falta.  El hecho es que no sólo me recuperé, sino que hoy tengo otros dos bellos y grandiosos hijos".


Izarelli Rosillo actualmente ayuda a los mineros de la Sierra Gorda / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

Izarelly se levantó para seguir adelante. "Hice un primer intento para ingresar a la carrera de Derecho, aunque en el fondo pensaba que iba a ser temporal porque me seguía diciendo que yo iba a lograr ser médico algún día".

Como no lo consiguió, buscó otra cosa. "Hice el curso propedéutico y el examen de admisión para la facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro; pero, cuando publicaron los resultados, mi número de folio no salió.  Me sentí sumamente frustrada".

Izarelly decidió no darse por vencida e ingresar a la Universidad, en una institución privada.

"Llegué al Centro Universitario México, lo que hoy es la Universidad Marista, pues vi que tenían una lona que promocionaba la carrera de Derecho. Pedí una cita con el rector y le dije: ‘Mi mamá murió, me dejó una deuda de colegiaturas con mis hermanitos, no tengo trabajo y quiero estudiar’. Entonces la Universidad me dio una beca del 90 por ciento para estudiar Derecho".

"Además, el rector me dio trabajo. Y no sólo eso: mi mamá debía colegiaturas en escuelas de religiosas, y yo estaba dispuesta a pagarlas; pero el rector les giró una carta pidiéndoles un plazo, diciendo que él iba a cubrir una parte de las colegiaturas de mis hermanos y yo otra parte con mi sueldo. ¡Fue un regalo increíble!".

Todo esto ocurrió mientras Izarelly aún no alcanzaba la edad adulta.

"Fui a la Preparatoria Norte de la Universidad Autónoma de Querétaro a recoger mis papeles, pero como yo era menor de edad, pues tenía 17 años, me enviaron a solicitar una autorización con la coordinadora del plantel".

«Ella, que fue una gran inspiración y ayuda cuando mamá enfermó, me preguntó: '¿Por qué no estás en Filosofía?', y yo le contesté: 'Es que no salió mi folio', y me dijo: 'Todos los que aplicaron el examen aprobaron'. Fue por el periódico y nos dimos cuenta de que mi folio estaba al revés".

Aún así, no ingresó en Filosofía, sino que se quedó en Derecho. "Y hoy puedo ver que fue la acción de la Divina Providencia, comprendí que mi vida tenía un propósito".

Una vocación hermosa pero peligrosa

Después de terminar la licenciatura, Izarelly realizó posteriormente todos sus postgrados en la Universidad Autónoma de Querétaro.

En 2012 recibió de Dios la sanación interior que necesitaba. Entonces Izarelly ingresó al Camino Neocatecumenal.

Izarelli Rosillo ante las Naciones Unidas / Foto: Cortesía de Izarelly Rosillo - Aleteia

En lo laboral, ahora es catedrática e investigadora. "Es un trabajo muy comprometido y hermoso; es una vocación, ser profesor en la universidad, acompañando a los jóvenes". 

"Estoy dando clases y escribiendo y haciendo vivo el acceso a la mejor calidad de vida de la población más vulnerable. Trabajo con grupos indígenas, mujeres, niños, migrantes y personas en situación de pobreza". 

En especial, busca ayudar a los mineros de la Sierra Gorda, lo que la ha llevado a estar, como ellos, intoxicada por mercurio. Pero ellos dicen: "Prefiero morir contaminado que morirme de hambre".  

Señala: "Tengo 20 años trabajando en Derecho Ambiental, y 12 años trabajando en el territorio. México suscribió un tratado que obliga a los países a no usar mercurio a partir de 2032; habrá un bloqueo comercial en todas las industrias y actividades que utilizan mercurio en sus procesos".

"Querétaro es el segundo lugar a nivel mundial en extracción artesanal en el mundo, así que decidí hacerle saber a los mineros qué es lo que va a pasar, y acompañarlos para que tengan una reconversión económica a través de otro sustento alternativo a la minería artesanal y a pequeña escala de mercurio".

Y termina diciendo: "Ahora sé que Dios me quería para algo distinto…amar la vida, a mí y a mi prójimo".

viernes, 27 de febrero de 2026

Pablo Javier Reneo, 19 años, padece un grave cáncer: «Dios es mi Padre, estoy en su providencia; no sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío; la vida no es mía, pertenece a Dios, es un don que se me ha dado»

Pablo Javier Reneo vive su enfermedad confiado en Dios pese a que no sabe si se va a curar / Foto: Diócesis de Getafe

* «La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración»

Camino Católico.-  El testimonio de Pablo Javier Reneo, un joven de 19 años de Alcorcón, muestra cómo la fe puede transformar la experiencia del sufrimiento. Hasta hace poco, la vida de Pablo transcurría con normalidad. Estudiaba, salía con sus amigos y acudía a misa los domingos con su familia. Todo cambió cuando un dolor persistente en la rodilla comenzó a condicionar su día a día. Tras varias pruebas médicas llegó un diagnóstico inesperado: un sarcoma óseo poco frecuente y agresivo. Tenía 18 años y era plenamente consciente de la gravedad de la situación. Lo ha contado en la revista «Padre de Todos».

- ¿Cómo recibiste la noticia?

—Fue un shock. Entré en la consulta y el doctor me explicó con claridad lo que tenía. Aunque sabía lo que estaba pasando, me costaba asimilarlo. Pensaba: esto les pasa a otros, no a mí. Los primeros días estuvieron marcados por el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas sin respuesta.

- ¿Qué te ayudó en esos momentos iniciales?

—Mis padres me dijeron algo muy sencillo, pero muy fuerte: que Dios era mi Padre y que me quería. Al principio casi no lo entendía, pero ahora sé que esas palabras me sostienen cada día.

- Tras la operación y diversos tratamientos, la enfermedad continúa activa… Sin embargo, esa incertidumbre no se ha convertido en desesperanza. ¿Cómo afrontas ahora lo que viene?

—No sé qué va a pasar. Estoy en la providencia de Dios. No sé si me llama a curarme o a ir con Él, pero confío.

Una llamada a vivir de otra forma

Para Pablo, la enfermedad ha supuesto un punto de inflexión profundo. Le ha obligado a detenerse, a mirar su vida con más verdad y a replantearse su relación con Dios. Mirar a Cristo en la cruz le ayuda a encontrar sentido incluso en los momentos más duros. Su sufrimiento ha servido para mucho, y no solo a él sino también a su familia.

Pablo Javier Reneo con sus padres / Foto: Diócesis de Getafe

- ¿Cómo te ha llevado la enfermedad a seguir más de cerca a Cristo?

—Ha sido una llamada muy fuerte, un toque de atención. Antes tenía muchos altibajos en la fe. A veces iba a misa casi por inercia y me preguntaba qué hacía allí, mientras mis amigos estaban fuera divirtiéndose. No siempre vivía con el corazón puesto en Dios.

- ¿La enfermedad te ha hecho tomar conciencia de tu propia existencia?

—He comprendido que la vida no es mía, que pertenece a Dios. No puedo guardármela para mí ni vivirla como si todo dependiera solo de mis planes. Es un don que se me ha dado y por el que tengo que dar gracias.

- ¿Qué papel tiene la oración y la fe en tu día a día?

—La fe me sostiene y me da alegría. Incluso cuando recibo malas noticias, rezo y siento que Dios me ayuda a sobrellevarlo. No es un consuelo teórico; es algo real y concreto. También me he dado cuenta de que mi sufrimiento ayuda a mi familia, a mi novia y a otras personas. A veces incluso personas que no son creyentes se acercan y me piden oración. Dios actúa incluso donde no lo esperamos.

- ¿Qué has descubierto en este camino de oración y reflexión?

—Me di cuenta de que no es necesario curarse para cambiar o para seguir a Cristo más de cerca. Esta llamada también se puede vivir dentro de la enfermedad. Ahora sé que este tiempo que tengo es un tiempo de gracia.

- ¿A través de la enfermedad ha cambiado tu relación con Dios?

—Antes muchas veces vivía de espaldas a Dios. Ahora comprendo que la vida no es mía: pertenece a Él. No necesito curarme para seguir a Cristo más de cerca; puedo hacerlo ahora, incluso dentro de la enfermedad.

La oncóloga de Pablo: «La fe ayuda a llevar la cruz de otra manera» 

En la enfermedad de Pablo también tiene un papel importante la doctora Cristina Mata Fernández, oncóloga pediátrica del Hospital Gregorio Marañón y profesora universitaria: ella lo acompaña en su proceso de lucha vital. 

- ¿Cómo recuerda el primer encuentro con Pablo?
—Llegó tras su cirugía. Me sorprendió que hablara de la muerte con naturalidad. Su madurez y aceptación me ayudaron a acompañarle mejor. 

- ¿Qué aprendiste de Pablo como paciente? 

—Que la fe hace que la cruz se lleve de otra manera. Pacientes como él enseñan a todos a valorar la vida y a relativizar las dificultades pequeñas frente al sufrimiento. 

domingo, 15 de febrero de 2026

Nerea Castellanos: «Me dijeron que podía morir en la operación del cáncer y dije a mi padre; ‘si me muero, habré llegado al cielo con el Señor y estaré mejor que aquí’; era el Espíritu Santo sosteniéndome, si no, no se explica»


Nerea Castellanos ha afrontado el Cáncer confiando en Dios / Foto: ©Cortesía de la entrevistada - Omnes

* «Lo que más saco en claro de todo lo que me ha pasado es el ofrecer el sufrimiento. Para mí fue una revelación. Me desperté angustiada, lloraba, intentaba distraerme con música o dibujando, pero nada me calmaba. Hasta que algo hizo clic dentro de mí y pensé: “lo voy a ofrecer”. Fue instantáneo. De repente el sufrimiento tenía sentido, me dio paz. Entendí que no era en vano, que podía ofrecerlo por alguien, por el Señor. Y eso lo cambió todo… Ahora soy más consciente de la confianza que tuve en Él y de la gracia que me dio. Veo su presencia en mi vida y estoy más agradecida»

Camino Católico.- Durante años, Nerea Castellanos (Alicante, 1995) vivió con un tumor del tamaño de una pelota de tenis sin saberlo. Lo que comenzó en abril de 2023 como dolores de cabeza, vómitos y problemas de visión —atribuidos inicialmente a migrañas y a una contractura cervical— terminó en un diagnóstico que le cambió la vida: un astrocitoma de grado 3 en el lóbulo frontal derecho del cerebro. A pesar de dos cirugías, radioterapia y quimioterapia, Nerea afirma que compartía su testimonio en Instagram, entre otras cosas, porque quería recordar todo aquello.

Desde el principio tuvo una certeza que no la abandonó: «sabía que se iba a curar». Efectivamente, en apenas nueve meses, el 25 de enero de 2024 recibió la buena noticia: «no hay enfermedad». Lo primero que hizo fue rezar ante el sagrario del Hospital Universitario San Juan. Hoy mira hacia atrás todo aquello y da testimonio de la fe que la sostuvo y del sentido que tuvo su sufrimiento.

En esta entrevista de Teresa Aguado Peña en Omnes, Nerea cuenta cómo afrontó su paso por el cáncer. Podemos vislumbrar su optimismo en pequeños gestos cotidianos, como la decisión de arreglarse y vestirse con colores alegres cada vez que acudía a oncología, una forma sencilla pero firme de plantar cara a un entorno marcado por la tristeza y el sufrimiento.

- Cuando te dijeron que tenías un tumor cerebral, ¿cómo fue el primer impacto? ¿Qué papel jugó la fe?

- Ha tenido todo el papel. A mí desde que me lo dijeron, yo pensaba «qué hay que hacer ahora». A lo mejor sin ser consciente, el Espíritu Santo y el Señor estaban en mí, porque en ningún momento tuve preocupación.

La gente me decía que mi actitud no era normal. Ahora soy todavía más consciente de que esa paz fue un don que el Señor me regaló en ese momento, y eso que yo siempre he sido muy positiva y muy risueña. De hecho, yo era como la que tenía que consolar a todo el mundo porque yo sabía que me iba a curar.

- ¿Por qué decidiste compartir tu testimonio en redes?

- Estaba viviendo tantísimas cosas que no quería que nada se me olvidase: las anécdotas del hospital, mis hermanos viniendo del extranjero a verme, conversaciones profundas con mi familia… Me hice una segunda cuenta privada de Instagram a modo de diario para guardar todo ahí, pero nunca llegué a subir nada. Sentía que no tenía sentido separar un “Instagram bonito” del real.

En el fondo, lo único que me frenaba era el miedo a que pareciera que buscaba pena o atención. Al final pensé: «esta es mi realidad, quiero guardarla para mí y también compartirla por si a alguien le sirve o se siente identificado. Y si a alguien le molesta, siempre puede dejar de seguirme».

De hecho, cuando me diagnosticaron el tumor me leí el libro de Elena Huelva, la chica que falleció de cáncer. Su testimonio me ayudó muchísimo, porque sentía que, de alguna forma, estaba hablando con ella. Por mucho que hablara con mis amigas u otras personas, no era lo mismo. Ella describía pruebas, sensaciones y momentos por los que yo también estaba pasando, y me sentía muy identificada. Aunque no pudiera hablar directamente con ella, me acompañó mucho. Por eso pensé que quizá yo también podría ayudar a alguien contando mi historia, sobre todo porque el cáncer cerebral, como fue mi caso, asusta mucho, y no siempre tiene por qué acabar mal.

Nerea Castellanos / Foto: ©Cortesía de la entrevistada - Omnes

- ¿Has visto frutos tras compartir tu testimonio?

- Sí. Ha habido algunos casos muy especiales. Uno de ellos es un padre al que tengo muchísimo cariño. Me contactó porque su hija de un añito tenía el mismo tumor que yo. De hecho, peor. Y es que le había llamado la atención cuando conté que lo único que me dio paz fue ofrecer el sufrimiento. Él quiso entender mejor esto.

Se sentía culpable, pensaba que la enfermedad de su hija era un castigo de Dios y hablamos sobre ello. Al final pude conocerlos en persona cuando vinieron a Alicante por el tratamiento. Pasé tiempo con la niña, jugando con ella, y fue un regalo. A día de hoy seguimos escribiéndonos.

- ¿Qué fue para ti ofrecer ese sufrimiento?

- Lo que más saco en claro de todo lo que me ha pasado es el ofrecer el sufrimiento. Para mí fue una revelación.

Un día, después de decirme que ya habían quitado prácticamente todo el tumor, yo tenía la cabeza puesta en volver a casa. Pero, a última hora, me avisaron de que tenían que ponerme una inyección en la tripa. Puede parecer una tontería, pero me entró un ataque de pánico: sentía que ya no podía más, que no tenía fuerzas para nada más. Y, para colmo, me explicaron que tendría que ponérmela cada día durante al menos quince días.

Al día siguiente me desperté angustiada, esperando el momento en que alguien entrara por la puerta para pincharme. Lloraba, intentaba distraerme con música o dibujando, pero nada me calmaba. Hasta que algo hizo clic dentro de mí y pensé: “lo voy a ofrecer”.

Fue instantáneo. De repente el sufrimiento tenía sentido, me dio paz. Entendí que no era en vano, que podía ofrecerlo por alguien, por el Señor. Y eso lo cambió todo.

- Antes de la primera operación, te dijeron que podías salir sin vida ¿Cómo enfrentaste la posibilidad de morir?

- En ese momento estaba a solas con mi padre y empezamos a hablar sobre ello. Le dije: “Papá, si me muero, no me voy a enterar. No voy a sufrir, voy a estar dormida”. Además, le expliqué que si me moría, habría llegado a la meta, al mejor sitio en el que puedo estar, habría llegado al cielo con el Señor y que estaría mejor que aquí.

Él entendía lo que decía, aunque le doliera. Yo sabía que ellos lo iban a sufrir por el apego humano que tenemos, pero para mí era una paz muy real. No estaba haciéndome la fuerte: lo sentía de verdad. Ahora pienso que era el Espíritu Santo sosteniéndome, porque, si no, no se explica.

Nerea Castellanos en su enfermedad ha visto como ha crecido su relación con Dios

- ¿Has visto cómo en esa enfermedad se ha reforzado tu relación con Dios?

- Sí, ahora soy más consciente de la confianza que tuve en Él y de la gracia que me dio. Veo su presencia en mi vida y estoy más agradecida.

Unos meses antes de todo esto yo ya estaba muy fortalecida en la fe. De hecho, una amiga incluso me dijo que parecía que el Señor me estaba preparando para ese momento. No voy sobrada de fe ni muchísimo menos, pero sí que ya entonces me veía con mucha fuerza.

También se reforzaron otros aspectos, como mi relación con mi ángel de la guarda. Antes de la operación, un sacerdote sugirió a mi padre que hablase mucho con mi ángel y con los ángeles de la guarda del quirófano, y lo hice así. Desde entonces lo tengo muchísimo más presente y hablo con él muchas veces al día.

- ¿Qué lugar ha ocupado la Virgen en ese proceso?

- Yo dormía todas las noches en el hospital con el rosario enrollado en mi mano. Al fin y al cabo es mi madre, literalmente.

Todos los días mi madre de la tierra dormía conmigo y me daba la mano; casi siempre se quedaba ella. El día de la operación, sin embargo, tuve que pasar la noche en reanimación y allí no podía entrar.

Esa noche sentí de verdad que la Virgen estaba conmigo, como si me estuviera dando la mano. No podía ver bien ni usar el móvil, pero conseguí poner música y pasé toda la noche escuchando Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre de Atenas y Tranquilo de Luis Po. No dormí nada, pero esas canciones me sostuvieron, especialmente la de la Virgen, que dice algo así como: “estoy aquí, soy tu madre, no tengas miedo”.

- Después de recibir la noticia de que no hay enfermedad, ¿qué sientes que te pide Dios?

- Eso todavía lo sigo descubriendo. Pero sentía muy claro que quería hacer algo que ayudara de verdad, tanto a nivel laboral como personal. Tenía mucha incertidumbre, pero también la convicción de que el Señor me había salvado porque tenía un plan para mí. Yo se lo preguntaba constantemente: “Señor, ¿qué quieres de mí?”.

Con el tiempo me regaló el trabajo en el que estoy ahora, en una fundación para personas con problemas de salud mental, donde soy muy feliz. Allí también conocí a mi pareja, con quien me caso el año que viene, y lo vivo como un regalo de Dios.

Siento que me ha salvado para este plan y que seguiré descubriendo más cosas, pero tengo claro que no puedo dejar de hablar de Él ni de intentar ayudar y ser su instrumento.