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jueves, 22 de enero de 2026

El padre Lucjan Bielas, de 68 años y científico, tenía un cáncer maligno: «Recé la novena al Niño Jesús y pedía: "si te toco todos los días, Señor, si quieres, puedes purificarme; y me sanó»

  

* «Hasta hoy rezo todos los días la novena al Niño de Koleta y, gracias a ella, visito espiritualmente Belén y Nazaret. He comprendido que, a través de la Eucaristía y el cumplimiento de la voluntad de Dios, soy miembro de la Sagrada Familia. Y el culto al Niño Jesús, que antes me parecía infantil, hoy me hace crecer junto con Jesús, en mi relación con Dios Padre, María y José»  

Camino Católico.- Era la primavera de 2020. El padre Lucjan Bielas, de 68 años, activo pastor y científico de la diócesis de Cracovia, notó en sí mismo unos síntomas preocupantes: sangre en la orina. "¿Cómo? ¿Cáncer? Pero si no me duele nada", fue su reacción al escuchar el diagnóstico en la consulta del urólogo. "Hay que extirparlo. Lo mejor es hacerlo mañana, porque cada minuto cuenta", respondió el médico. Aquí su impactante testimonio.

El toque de Dios

El padre Lucjan Bielas sanó de cáncer / Foto: Andrzej Niedźwiedzki

Cuatro días después, ya había sido operado. "G4, es decir, el grado más alto de malignidad", leyó en los resultados de los exámenes histopatológicos y se dio cuenta cada vez más de la gravedad de la situación. En los rostros de los médicos veía preocupación y desesperanza. Era un tipo de cáncer que pronto da metástasis.

"Quizás no temía tanto a la muerte como al hecho de tener que poner aún más en orden mi vida antes de partir, porque el tiempo podía ser corto", dice a Dorota Niedźwiecka en Aleteia. "Y sucedió algo extraordinario. Durante la misa, empecé a darme cuenta de nuevo del significado de las palabras de la oración que el sacerdote reza antes de la comunión".

"Señor Jesucristo, que la recepción de tu Cuerpo y tu Sangre (...) gracias a tu misericordia (...) me proteja y cure eficazmente mi alma y mi cuerpo". Las palabras "y mi cuerpo" resonaban en su cabeza y se tomaba muy en serio que Cristo está realmente presente en el pan y el vino consagrados.

"Si creo que realmente toco el Cuerpo de Cristo, tal como lo tocaban las personas a las que sanó hace siglos, eso significa que Él también puede sanarme a mí", comprendía cada vez más.

Imagen del Niño Jesús

Estatua del Niño Jesús, llamada Koletański, del Santuario de San José en el convento de las benedictinas de clausura en Cracovia, que visitó el padre Lucjan Bielas. A partir de ese momento empezó una novena al Niño Jesús pidiendo la curación del cáncer / Foto: Andrzej Niedźwiedzki

"¿Para qué me necesita Dios siendo sano?", comenzó a preguntarse en sus oraciones. Y descubrió que Dios quería que dirigiera la Pastoral de los Trabajadores Ora et Labora, de la que había decidido ocuparse antes de la pandemia, cuando se jubiló.

A pesar de la pandemia y de la suspensión de las actividades pastorales, decidió seguir adelante. Junto con las personas de la pastoral, visitó el Santuario de San José en el convento de las benedictinas de clausura en Cracovia, que parecía ideal para establecer la obra.

Era el 19 de junio de 2020, festividad del Sagrado Corazón de Jesús. La hermana Ewelina, que les recibió en la puerta, comenzó a hablarles con gran fe de las gracias obtenidas por intercesión de la milagrosa estatua del Niño Jesús, llamada Koletański, que se encuentra en su iglesia desde hace 200 años.

"Padezco un cáncer muy grave, que suele tener un final dramático", compartió el padre Lucjan su problema. Entonces, la hermana, con un rostro sereno, detrás del cual se escondía su fe, le puso en la mano un librito con la novena al Niño Koletański, una botella con agua en la que se había bañado la estatuilla y unas telas.

"La idea del Niño me pareció infantil al principio, pero cuando la muerte te mira a los ojos, uno se aferra a cualquier oración", dice el padre Lucjan. "Empecé a rezar esta novena con seriedad todos los días, y la oración iba acompañada de pensamientos siempre nuevos".

¿Quizás el Caribe?

La novena al Niño Jesús comenzó a asociarse en su mente con el Santísimo Sacramento. "Si te toco todos los días, Señor, si quieres, puedes purificarme", pedía. Las siguientes pruebas mostraron que no había metástasis en el organismo y que en la cicatriz de la primera operación no había rastros de cáncer.

"Estaba limpio, lo que, por supuesto, no significa que no vaya a volver".

Los médicos, sorprendidos por los resultados, renunciaron a la quimioterapia prevista y solo recomendaron un control regular.

"Entonces sentí muy claramente cómo las oraciones de cientos de personas me sacaban del problema", dice. "Satisfecho, fui a la capilla del hospital y pensé: "¿Quizás un viaje al Caribe? ¿Quizás una vuelta al mundo? ¡Disfruta de la vida!". Y casi al mismo tiempo sentí una voz interior que me decía: "Lucek, me estás molestando. Ponte a trabajar, porque te voy a retirar las subvenciones".

Ponte a trabajar

Padre Lucjan Bielas / Foto: Archivo de Joanny Błyszczak

Así, comenzó a desarrollarse la Pastoral de los Trabajadores Ora et Labora, que da forma a la cultura del trabajo. Representantes de diferentes profesiones se reúnen cada mes en el convento de las hermanas bernardinas y encuentran soluciones concretas para el cambiante mercado laboral y en relación con Dios. Abordan el realismo, los retos concretos de la vida...

El padre Lucjan también comenzó a acompañar a grupos concretos: silvicultores, arquitectos, aviadores y... presos. Imparte catequesis para adultos, retiros... Y cada asociación de la que es pastor se basa en las rosas del Rosario Viviente.

"Hasta hoy rezo todos los días la novena al Niño de Koleta y, gracias a ella, visito espiritualmente Belén y Nazaret", dice. "He comprendido que, a través de la Eucaristía y el cumplimiento de la voluntad de Dios, soy miembro de la Sagrada Familia. Y el culto al Niño Jesús, que antes me parecía infantil, hoy me hace crecer junto con Jesús, en mi relación con Dios Padre, María y José”

"¿Cómo funciona?"

El padre Lucjan Bielas tiene una intensa actividad pastoral después de su curación del cáncer / Foto: Archivo de Joanny Błyszczak

El sacerdote explica, "Me di cuenta de que, al crecer, Jesús aprendió todos los comportamientos de la vida cotidiana en casa, de María y José. Observaba cómo hablaban, cómo trabajaban, cómo construían relaciones con los demás. Y luego compartía esa gran sabiduría, como cuando, con 12 años, discutía con los eruditos en el templo. Nosotros solemos fijarnos solo en su actividad pública. Sin embargo, aprendió en casa cómo comportarse en la comunidad de la Iglesia. Y eso es lo que yo también aprendo cada día de la Sagrada Familia".

"Lo que sucedió me cambió por completo", resume el padre Lucjan Bielas. "Y mi trabajo diario, en toda la realidad de la vida, al abordar todos los temas, incluso los más difíciles, es un agradecimiento por estar vivo".

martes, 6 de enero de 2026

Tammy Peterson era protestante, padeció un cáncer renal mortal, rezó el rosario con uno bendecido por el Papa Francisco, hizo una novena, se curó y se ha hecho católica: «Dejé todo en manos de Dios»

Tammy Peterson empezó su búsqueda de Dios tras un doloroso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Una amiga le enseñó a rezar el Santo Rosario

* «La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos… La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria»

Camino Católico.- El camino de Tammy Peterson, esposa del psicólogo canadiense Jordan Peterson -azote de la cultura de la cancelación y de la deriva de género-, hacia la conversión al catolicismo surgió de la oscuridad de la enfermedad y la desesperación. C reció como protestante pero se quedó sin vínculos religiosos cuando sus padres dejaron de ir a la iglesia. Confiesa que tiene recuerdos de su bisabuela católica, polaca y de 104 años, rezando el Rosario. 

Tras ser diagnosticada con una forma rara y agresiva de cáncer, Tammy enfrentó meses de dolor, cirugía y una prolongada recuperación. Fue durante este período de fragilidad extrema que, por recomendación de una amiga, comenzó a rezar el rosario.

Lo que empezó como una búsqueda de consuelo se transformó en un encuentro espiritual que culminó con su bautismo y entrada plena en la Iglesia católica. Su relato es un conmovedor ejemplo de cómo la fe puede florecer incluso en las circunstancias más difíciles.

Tammy Peterson y su esposo, el psicólogo canadiense Jordan Peterson

La enfermedad, el rezo del Rosario, la curación y la conversión

Su búsqueda personal de Dios comenzaría tras un doloso anuncio. En 2015, después de una exploración médica, recibió la noticia de que tenía carcinoma de células renales, un tipo de cáncer de riñón. Le dieron diez meses de vida.

Tammy Peterson fue entonces a ver a su hijo, Julian, que vivía muy cerca. "Mi hijo me miró con tanto dolor y un amor más profundo que el que yo tenía por mí misma, que sentí que se desprendía de mi cuerpo mi propio cinismo. Le entregué a Dios todas mis dudas", dice al National Catholic Register.

A pesar de las varias cirugías para extirpar los tumores y ser sometida a todo tipo de pruebas, la salud de Peterson empeoró hasta el punto de llegar a pesar 40 kilos. "Los médicos ni siquiera me ofrecieron quimioterapia o radioterapia, dijeron que este tipo de cáncer mataba a todos y que no había tratamiento para él", reconoce Tammy.

Ella asegura que logró curarse gracias, en parte, a las oraciones y al apoyo de su querida amiga Queenie Yu, numeraria del Opus Dei. Yu es una católica conversa que, cuando Peterson estaba muy mal, le llevó un rosario bendecido por el Papa Francisco, un folleto sobre cómo rezarlo y una imagen de Nuestra Señora con el niño Jesús.

Durante cinco semanas seguidas, Peterson y Yu rezaron juntas el rosario en el hospital. Uno de esos días, Yu le preguntó: "¿Por qué dijiste que tu enfermedad era un regalo, cuando estabas pasando por tanto dolor?". Peterson, respondió: "Porque a través de mi enfermedad encontré a Dios, y, ¿qué mejor que conocer a tu propio Creador?'. Tammy también dijo que la oración le "aliviaba algo del dolor".

"Me despertaba por la noche y rezaba el Padrenuestro hasta que me quedaba dormida. No me preocupaba de nada. Rezaba toda la noche, a menos que estuviera durmiendo", comenta. En el quinto día de una novena a San Josemaría Escrivá, cuando Peterson tenía programada una cirugía, sus médicos descubrieron que el problema se había resuelto solo. Su cirugía fue cancelada y fue dada de alta del hospital.

Tammy Peterson posa frente al altar de la Iglesia del Santo Rosario en Toronto, donde recibió la confirmación en 2024 / Foto: Laura Salem, In His Image Photo & Film

Entrevistada por Javier García Herrería en Omnes, Tammy Peterson cuenta en profundidad su camino de fe hasta hoy. Respecto a su conversión como consecuencia del cáncer y su rezo del Santo Rosario explica:

“Aprender y rezar el Rosario me acercó gradualmente a Jesús como mi salvador. Hoy sigo rezándolo todas las mañanas; me ayuda a mantenerme en el camino de Dios y no en el mío propio. La belleza de la Iglesia católica —los sacerdotes, los iconos, los ornamentos— también me enseñó a ser más humilde, pues la belleza nos recuerda la grandeza y la humildad de Dios, y nos ayuda a detenernos y a centrarnos en Él”.

En este sentido relata cómo una profunda experiencia le hizo reconectar con su fe católica:

“Antes de mi conversión, yo crecí como protestante, pero mi abuela pasó de ser católica a ser protestante. Cuando era niña y entraba en una iglesia, me preguntaba dónde estaba la Virgen María, porque no era evidente allí, y eso me confundía. Más tarde, durante mi conversión, tuve una experiencia profunda: un abuelo mexicano de Nueva Zelanda me ayudó a reconectar con mi fe católica. Oró en español conmigo y me dijo que mi abuela estaba conmigo. Esto me hizo sentir que había reparado una separación histórica en nuestra familia, y me permitió ver la fe católica como algo que siempre había estado presente, incluso si no lo había comprendido plenamente desde pequeña”.

Pero lo esencial fue que ella se abandonó en Dios:

“No sé si habría podido atravesar mi experiencia con el cáncer sin la ayuda de Dios. Fue realmente una experiencia asombrosa. Dejé todo en manos de Dios, y aprendí algo fundamental: no tenemos que preocuparnos por los pensamientos que no queremos tener. Antes, dejaba que mi mente vagara sin control, pero ahora entiendo que puedo elegir en qué pensar. Si un pensamiento no es apropiado, simplemente lucho para que se desvanezca. Es un aprendizaje que me ha ayudado a comprender la naturaleza superficial de ciertos pensamientos y cómo dejarlos ir”.

—¿Qué otras cosas le han sorprendido del catolicismo?

—La Confesión supuso para mí una experiencia profunda de perdón. Hace tiempo aprendí las técnicas Al-Anon y los Doce Pasos, un programa de principios espirituales y acciones prácticas desarrollados originalmente por Alcohólicos Anónimos. Así aprendí a conocerme mejor y compartir mis errores, pero el catolicismo me permitió profundizar más, liberándome en la Confesión de cargas pasadas que no podía perdonar por mí misma. La Eucaristía, por su parte, es una práctica concreta que nos enseña a recibir la gracia de Dios, incluso en los días más difíciles. Practicar la oración y la comunión nos prepara para aceptar la gracia cuando realmente la necesitamos.

Nuestra sociedad se ha vuelto cada vez más divisiva y superficial, a veces incapaz de matices. La Iglesia, en cambio, nos enseña a ser humildes, atentos y abiertos. La oración y la escucha de la voluntad de Dios nos guían para actuar de manera correcta y amorosa, incluso en medio de la confusión y la división que vemos a nuestro alrededor. La práctica diaria, aunque sencilla, nos permite acercarnos a Dios y vivir según Su voluntad. Incluso pequeños actos —sentarse a mirar por la ventana, respirar conscientemente, agradecer la luz y la vida que Dios nos da— son formas de cultivar la espiritualidad y la humildad en nuestra vida diaria.

La crianza también refleja esto. Observar a mi nieta de tres años me enseñó la importancia de guiar sin imponer, de apoyar y corregir sin convertirnos en opresores. El respeto y la paciencia en las relaciones son extensiones de la práctica espiritual que la Iglesia nos enseña. Esto se aplica, no solo a la familia, sino también a la sociedad en general, especialmente en tiempos de polarización y división. 

Ahora, tengo un pódcast para dar a conocer estas ideas. Hablo principalmente con mujeres jóvenes, ayudándolas a encontrar su camino, a reconciliar la fe con sus vidas, a comprender la importancia de la familia y la maternidad, y a navegar la narrativa feminista moderna con conciencia cristiana. Intento enseñarles que pueden aspirar a una vida plena y significativa sin renunciar a su fe ni a su vocación más profunda.

–¿Cómo es su vida ahora que ha vuelto a la fe?

—Lo único verdaderamente importante que he aprendido es que voy a la Iglesia, me siento, pongo los pies firmes en el suelo y le agradezco a Dios por estar viva, por tener un día más para hacer lo que Él quiere que haga. Eso es lo que he aprendido. Lo entendí cuando tenía seis años, y desde entonces he vivido de esa manera.

¿Cómo ha cambiado mi vida? Es interesante. Un día, mientras mi marido Jordan y yo conversábamos sobre las transformaciones que había experimentado desde mi vuelta a la fe, escribimos una lista de virtudes que han surgido en mí desde mi conversión. Llegamos a una suma de treinta virtudes que he recibido a partir de ese momento. 

(Tammy busca un papel y comienza a leerlo). 

Repasaré algunas: soy más como una niña pequeña, más divertida, menos cínica, menos volátil, menos preocupada por el control y el poder; más paciente y amable; más enfocada en el bienestar de los demás; más hospitalaria, más obediente, más presente, más hermosa, más cálida; más discernidora, más elegante, más serena, más resiliente, más compasiva; más adecuada socialmente; una mejor madre; más fácil para negociar; más dispuesta a escuchar y conversar; más precisa con mis palabras; pienso con mayor profundidad; soy más creativa; más fácil para trabajar conmigo; una mejor líder; más atractiva; más confiada en la valentía, más valiente con confianza y más reflexiva.

Estos son muchos de los modos en que mi vida se ha transformado desde mi conversión. Es realmente extraordinario. Nunca imaginé la profundidad de los cambios que llegarían a mi vida…

Tammy Peterson y su esposo, Jordan, posan para una foto en el Oratorio del Kintore College en Toronto / Foto: Sheila Nonato 

–¿Qué papel ha jugado su marido en su conversión?

—Mi esposo ha sido una influencia clave en mi fe y en mi conversión. A través de su ejemplo, su dedicación y su acompañamiento durante mis años más difíciles, aprendí a escuchar, a observar y a confiar en Dios en cada decisión y desafío. Su apoyo fue instrumental durante mi diagnóstico y tratamiento, y me enseñó el valor del amor práctico y paciente en la vida cotidiana.

Toda esta experiencia —el cáncer, la conversión, la familia, la crianza, el servicio a otros a través del podcast— me ha enseñado que vivir la fe no es solo un acto de oración, sino un compromiso diario de hacer lo correcto, de guiar a otros con amor y de buscar la gracia de Dios en todo momento. Se trata de pequeños pasos diarios, de actos conscientes, de humildad y gratitud. Y sobre todo, de reconocer que Dios nos acompaña en cada paso, guiándonos y fortaleciendo nuestra vida, incluso en las pruebas más profundas.

–¿Cómo fue la relación con sus padres?

—Mi padre era empresario y estaba siempre muy ocupado. Tenía una mente muy abierta y me transmitió mucho coraje y fortaleza para intentar cosas desconocidas o que aparentemente estaban lejos de mi alcance. Gracias a él heredé una mentalidad abierta y se lo agradezco al Señor de veras.

Mi madre también estaba a mi lado, pero no confiaba del todo en mi padre. Años más tarde comprendí la razón: probablemente ella misma había sido abusada por su propio padre, quien murió muy joven. Era un hombre con depresión y era evidente que no estaba bien. Siempre noté que mi madre desconfiaba, en cierta medida, de mi padre, y eso fue difícil para mí al crecer. Mi padre tenía amigos que se quedaban en la oficina después del trabajo para beber juntos, y mi madre siempre sospechaba de lo que pudiera ocurrir allí. Muchas personas enfrentan problemas como estos, y no es sencillo integrarlos en la propia vida. Aún así, mi padre fue una gran persona y me siento muy afortunada de haberlo tenido.

Mi madre tuvo demencia temprana. Empezó a enfermar a los 50 años y, cuando tenía 70, falleció. En ese tiempo ella y mi papá vivían en Vancouver, mientras yo estaba en Toronto. Yo viajaba para ayudarlos: buscaba un cuidador, limpiaba, organizaba sus medicamentos y me aseguraba de que ambos estuvieran comiendo bien. Afortunadamente, los cuatro hermanos ayudamos. Todos estuvimos allí para apoyar a mi padre, quien cuidó de mi madre hasta el final. 

En un momento dado, la medicación volvió a mi madre paranoica. Comenzó a sospechar de mi padre de nuevo, y volví a sentir lo mismo que en mi adolescencia, cuando ella también desconfiaba injustamente de él. De algún modo, fue como una gracia de Dios que me permitiera ver con claridad que aquella paranoia venía de mi mamá, no de mi papá. Y se lo agradecí internamente, porque me mostró algo importante.

Finalmente cambiaron la medicación de mi madre y volvió a estabilizarse. Los dos permanecieron juntos hasta su muerte. Fue solo un episodio breve, pero significativo, porque me enseñó algo esencial y me permitió acercarme mucho a mi padre durante los últimos veinte años de su vida, que terminó con 93 años, apenas hace un par de años.

Ahora lo veo como una gracia de Dios: recibimos lo que necesitamos aprender justo cuando lo necesitamos. 

Tammy Peterson ha vivido un largo camino para abrazar el catolicismo

--¿Cómo describiría su vida espiritual en su juventud y antes de reencontrarse con la fe?

—Me crié en un entorno de iglesias protestantes. Cuando yo era pequeña, mis abuelas eran ambas miembros activos de la fe protestante. Mi abuela paterna tocaba el piano en la iglesia. Y mi abuela materna cantaba en el coro. Las dos fueron grandes modelos para mí. 

Cuando era pequeña, iba a la escuela de la iglesia los domingos, pero no recuerdo que mis padres estuvieran allí. Tenía tres hermanos mayores, que creo recordar que también venían. Quitando la asistencia a los servicios del domingo, en casa no rezábamos más, ni  siquiera para bendecir la cena u oraciones antes de acostarnos.

En el verano participábamos de las actividades de una iglesia de los Adventistas. Y, de niña, también acudí a algunos campamentos con diferentes tipos de iglesias, algo que no importaba nada a mis padres. 

En la adolescencia era una niña muy curiosa. Vivíamos en un lugar muy remoto y yo usaba cualquier excusa —por insignificante que fuera— para dejar de ir a la iglesia. Cuando me fui de casa y comencé la universidad, asistí a la iglesia durante el primer año. Pero al comenzar el año siguiente, el ministro empezó con el mismo sermón que había dado el año anterior y lo tomé como excusa para dejar de asistir. 

Es curioso cuántas excusas puede encontrar una persona cuando en realidad está buscando maneras de evitar algo.

Recuerdo esos tiempos y todas aquellas pequeñas excusas que usaba sin comprender por qué realmente no quería ir a la iglesia, ni por qué podría ser beneficioso para mí hacerlo, sin importar el momento, quién estuviera allí o dónde quedara la iglesia. Nada de eso era lo esencial.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Merche Gil ha afrontado un cáncer: «hemos vivido la enfermedad confiando en Dios y en los médicos; tuve que aprender a abandonarme en el Señor, aceptando la cruz, sabiendo que es el camino hacia el cielo»


Merche Gil con su esposo Óscar y sus hijos Gonzalo y Alejandro

* «Reconozco que me cuesta pensar cómo se puede vivir un acontecimiento como este sin fe, y lo he pensado mucho durante estos meses. Para mí la fe ha sido uno de los pilares fundamentales estos meses, el diagnóstico llegó unos días antes de la Semana Santa del año pasado y puedo asegurar que ha sido la que más unida he estado al Señor y a la Virgen. Sabemos que de este sufrimiento Dios sacará un bien mayor. Por supuesto que la fe no quita el dolor, pero se vive de otra manera» 

Camino Católico.-  Merche Gil vive la fe, junto a su familia, en la Parroquia Inmaculada Concepción de Ntra. Sra. de Alcorcón de la diócesis de Getafe. Esposa y madre de familia, en marzo de 2024 le diagnosticaron un cáncer de mama. Su vida cambió de la noche a la mañana, pero la enfermedad le ha unido más al Señor. El testimonio lo ha contado en el último número de 'Padre de Todos’. 

- Tu historia es de total esperanza, sobre todo en los últimos meses... ¿Por qué?

- En marzo de 2024 en una revisión rutinaria me diagnosticaron cáncer de mama en estadio I, pero se trataba del tipo de cáncer más agresivo. En cuestión de una semana desde el diagnóstico, empecé el tratamiento porque era preferible hacerlo cuanto antes. Han sido 16 sesiones de quimioterapia, después la cirugía para eliminar el tumor, 15 sesiones de radioterapia y 6 meses de quimioterapia preventiva. 

- ¿Cómo has vivido este tiempo de enfermedad?

- Al principio es un golpe importante, te enfrentas a una enfermedad grave de forma inesperada, con la incertidumbre que conlleva, con un tratamiento duro que hasta el final no se sabe si funcionará y teniendo que parar de golpe la actividad habitual.  

Lo primero que hicimos fue contárselo a nuestros hijos, a nuestro párroco y vicario parroquial, a nuestro obispo D. Ginés, y a muchos sacerdotes amigos y seminaristas, pidiéndoles que rezaran por nosotros. Esto pasó cuatro días antes del día de San José y decidí ofrecer cada momento de la enfermedad por los sacerdotes y seminaristas. 

Yo, que suelo querer tener todo controlado y organizado, tuve que aprender a abandonarme en el Señor, aceptando la cruz, sabiendo que es el camino hacia el cielo. La enfermedad nos ha permitido parar y ver la belleza de lo que nos rodea. Cuando uno busca tener todo bajo control, Jesús nos pide que confiemos y que abandonemos la creencia de que nosotros podemos con todo. 

Además, hemos contado con mucha gente que ha rezado por mí y por mí familia, sacerdotes, amigos, todos los grupos de la parroquia, en especial nuestro grupo de matrimonios, familias y profesores del colegio Juan Pablo II, monjas de muchísimos sitios, las familias del familión, compañeros de trabajo, todos ellos nos han cuidado, acompañado, no ha habido un solo día en el que no haya habido un mensaje, una llamada, un abrazo, una visita, un detalle … en todo momento no hemos dejado de dar gracias a Dios, a los médicos y a todas las personas que han estado a nuestro lado.

- ¿Nunca pensaste en tirar la toalla?

- Nunca he pensado en tirar la toalla, hemos vivido la enfermedad con esperanza, incluso con alegría e intentando no perder la sonrisa (aunque a veces haya habido lágrimas y momentos más difíciles), confiando en Dios y en los médicos. 

La vida es un regalo y tenemos que aprovechar cada momento, tanto bueno como malo. 

- La fe, ¿qué papel ha jugado?

- Reconozco que me cuesta pensar cómo se puede vivir un acontecimiento como este sin fe, y lo he pensado mucho durante estos meses. Para mí la fe ha sido uno de los pilares fundamentales estos meses, el diagnóstico llegó unos días antes de la Semana Santa del año pasado y puedo asegurar que ha sido la que más unida he estado al Señor y a la Virgen. Sabemos que de este sufrimiento Dios sacará un bien mayor. Por supuesto que la fe no quita el dolor, pero se vive de otra manera. 

- ¿Cómo lo ha vivido tu familia?

- Al principio lo vivieron con preocupación, sobre todo por no saber a qué nos enfrentábamos, como iba a cambiar el día a día, pero también lo han vivido con fe y acompañados. Óscar, mi marido, no ha dejado de estar a mi lado, con cariño, amor y paciencia infinita, acompañándome a todas las sesiones de quimioterapia, estando en todo momento, incluso sin pelo me decía que estaba guapa… 

Gonzalo y Alejandro, que ya son adolescentes, han sido muy generosos, comprensivos con la situación, cariñosos y responsables, estando a la altura de las circunstancias en todo momento. Dios me puso al mejor marido y a los mejores hijos que podría tener. 

En octubre del año pasado celebramos nuestro 20 aniversario de matrimonio, esperamos a terminar las sesiones de radioterapia y en noviembre pudimos hacer una misa de acción de gracias acompañados por muchos amigos. 

- Estamos en tiempo pascual que ha empezado fuerte: muerte del Papa Francisco, un gran apagón… ¿Es tiempo para la esperanza?

- Siempre es tiempo para la esperanza, durante estos meses me ayudó mucho la ponencia de D. Ginés sobre la esperanza que dio en octubre. 

Precisamente el Papa Francisco decía que en el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien, aun ignorando lo que traerá consigo el mañana. 

No sabemos lo que va a pasar mañana, pero no podemos perder la esperanza. La vida puede cambiar en un instante, y de repente hay que vivir el día a día, y simplemente amar y ser amado. 

- Podríamos decir que estás viviendo tu propio Jubileo…

- Sí, ahora estamos viviendo un momento especial, sólo quedan dos semanas para terminar el tratamiento preventivo (que sigue teniendo efectos secundarios, aunque más leves), me encuentro bien, hace dos meses pude volver a trabajar y aunque sabemos que quedan unos años de revisiones, podemos decir que es un momento alegre, coincidiendo además con la Pascua. 

- En la diócesis eres muy activa, entre otras cosas, con el Familión. ¿De qué te encargas exactamente?

- Si, en la diócesis formo parte del consejo pastoral diocesano, soy la presidenta de la Acción Católica y la vicepresidenta del Familión, y en la parroquia soy la secretaria del consejo pastoral y colaboramos toda la familia en lo que podemos.

Con respecto al Familión, nuestros objetivos son colaborar en la tarea evangelizadora de las familias, acompañar a las familias a vivir su vocación, ofrecer medios de formación, acoger a las familias en dificultades y trabajar en la tarea educativa de la familia. Y lo hacemos con distintas actividades:  formación, peregrinaciones, ejercicios espirituales, y las más conocida es el encuentro de familias en Málaga, que desde hace unos años hacemos en dos semanas para poder acoger a todas las familias que quieren participar.

- Y ya estáis preparando los dos grandes encuentros para este verano…

- Sí, este año serán del 17 al 23 de agosto y del 24 al 30 de agosto, llevamos ya unos meses preparando los dos encuentros de verano, tenemos una coordinadora general del Familión y dos equipos, uno para cada semana, además de un número importante de matrimonios que antes y durante la semana del encuentro colaboran en muchas cosas. Se han inscrito más de 150 familias, lo cual es un regalo y todo el trabajo merece la pena.