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jueves, 27 de agosto de 2026

Devin Hays: «Me alejé de la fe en la secundaria, me diagnosticaron cáncer y me entregué a Dios: ‘Sea cual sea tu voluntad, es tu voluntad. Solo ayúdame a superar la parte mental’ y ahora atiendo a niños hospitalizados»

Devin Hays entregó su vida a Dios cuando le diagnosticaron un linfoma / Foto: El Pueblo Católico 

* «No ocultamos que somos cristianos y católicos. Pero también nos conectamos con las personas en su situación. Visitar a los enfermos es una Obra Corporal de Misericordia. Y a veces, esas visitas abren la puerta a conversaciones más profundas… Antes del diagnóstico, el hockey era sin dudar mi ídolo. Me siento agradecido por haber pasado por esto porque cambió mi perspectiva. Me enseñó lo grande que es el dolor en el mundo, pero también la gracia extrema que Cristo derrama a través de ese dolor»

Camino Católico.- Cuando Devin Hays sintió el primer bulto en la cabeza, estaba más preocupado por sus exámenes finales que por su salud. “Ese semestre me dio faringitis estreptocócica dos veces, lo cual ya era raro, pero cuando apareció el bulto pensé que solo tenía un resfriado extraño. “Estaba tosiendo, agotado y no me podía concentrar en clase, ni siquiera con una taza grande de café. Pensé que podía aguantar hasta el fin de semana”, explica a El Pueblo Católico de Denver

Para el viernes ya tenía un tercer bulto y la tos había empeorado, por lo que decidió ir a la clínica del campus el lunes por la mañana. “Pensé, ‘Ojalá me den algo para aguantar la semana de exámenes y luego me preocupo por esto cuando regrese a casa’”, recuerda Devin.

Lo que nunca se imaginó, es que le dijeran que tenía que ir al hospital lo antes posible. “No podían encontrar mi corazón en la radiografía. Había algo en la tráquea y el mediastino. Ahí supe que se trataba de algo serio”, reconoce.

El linfoma y la entrega a Dios

Educado en un hogar católico en Erie (Colorado), Devin se había alejado de la fe en la secundaria, ya que el hockey competitivo ocupaba mucho de su tiempo familiar.

Pero en ese momento de incertidumbre médica, algo más profundo despertó en él. “Por primera vez en mi vida, me entregué a Dios. Le dije: ‘Sea cual sea tu voluntad, es tu voluntad. Solo ayúdame a superar la parte mental’. Ese fue mi momento de rendición”, recuerda.

Al principio, los médicos pensaron que tenía linfoma —un tipo de cáncer tratable con buen pronóstico. Pero luego llegó la mala noticia: “Me dijeron que no era linfoma. Era leucemia. Agresiva. Incurable. Con una tasa de supervivencia a cinco años de apenas el 50%. Después de eso, baja”.

Parecía que todo se derrumbaba. Pero luego llegaron los resultados de la biopsia de una clínica en Iowa. “Me dijeron que sí era linfoma, y que era curable. Lo que sucedió fue que, o un patólogo del Mayo Clinic se equivocó, o algo cambió. Yo elijo creer que algo cambió”.

El tratamiento comenzó rápidamente y, aunque el cáncer respondió bien, la quimioterapia fue brutal. “En muchas ocasiones, la quimio casi me mata. Perdí todo el cabello. Mi cara se hinchó. Me veía muy enfermo”, comparte.

La intervención de la comunidad parroquial

Fue durante esa época que la comunidad que lo rodeaba intervino, especialmente en su parroquia natal, St. Scholastica en Erie.

“Me acerqué mucho al padre Rob Wedow, y él me ayudó a superarlo. Los Caballeros de Colón también fueron fundamentales. Aunque me veía enfermo, me trataron como a cualquier otro. Me dieron las mismas responsabilidades que a los demás, y en ese momento, eso significó muchísimo para mí”, asegura Devin.

Devin Hays con sombrero visitando a enfermos y sus familias en el hospital infantil Rocky Mountain Hospital for Children situado en el campus médico de Presbyterian/St. Luke's en Denver, Colorado / Foto: Instagram Hospital Homies

A pesar del tratamiento intenso, Devin se negó a atrasarse en sus estudios. “Hacía exámenes y pruebas mientras recibía quimio. Después me transferí a CU Boulder. Por la gracia de Dios, la universidad me va a tomar solo cuatro años, incluso con el cáncer.”

Pronto, el cáncer comenzó a remitir. Conforme va teniendo perspectiva, analiza y recuerda las peores partes de su enfermedad, como ver a sus familiares y amigos afectados. ”La parte más difícil fue ver a otros niños pasar por lo mismo. Me trataron en pediatría casi todo el tiempo, y ver sufrir a los niños es muy duro. Ese octubre, cuando ya estaba en remisión, pero aún en tratamiento, nos disfrazamos y repartimos dulces a los niños que también estaban hospitalizados”.

La asistencia a niños hospitalizados y sus familias

Actualmente es voluntario en la pastoral universitaria de CU Boulder, colabora con el grupo juvenil de la parroquia de St. Scholastica y es miembro activo de los Caballeros de Colón. A la experiencia que adquirió en estas iniciativas se suma ahora la que desarrolló a través de un proyecto dedicado por entero a acompañar a los pequeños ingresados y a sus familias, Hospital Homies.

“Tuve la bendición de conocer a Tim Tebow, un gran cristiano, y verlo amar a la gente me inspiró mucho. La noche antes de un viaje para recaudar fondos, me vino el nombre ‘Hospital Homies’. Fue algo demasiado bueno para que se me ocurriera a mí, especialmente con el cerebro afectado por la quimio”, dice entre risas.

La organización ahora es una entidad registrada dedicada a visitar a niños en hospitales y apoyar a sus familias. “No ocultamos que somos cristianos y católicos. Pero también nos conectamos con las personas en su situación. Visitar a los enfermos es una Obra Corporal de Misericordia. Y a veces, esas visitas abren la puerta a conversaciones más profundas”, dice.

Terminando sus estudios, Devin ya piensa en su siguiente proyecto, que en este caso será una empresa dedicada a la venta de artículos y coleccionables, especialmente monedas, buscando servir así a su proyecto matriz de caridad.

Devin Hays, en el centro de la imagen, visitando a enfermos y sus familias en el hospital infantil Rocky Mountain Hospital for Children en Denver, Colorado / Foto: Instagram Hospital Homies

“La idea es crear una fuente de ingreso estable para financiar el Hospital Homies. Necesitas medios para sostener tu misión, y esta es mi forma de hacerlo realidad”. Su nuevo proyecto tampoco pretende perder de vista su componente católico, y espera poder contar con una sección religiosa con medallas de santos, monedas pontificias antiguas y otros artículos devocionales.

Mirando atrás, cuando se encontraba alejado de la fe, no puede evitar corroborar que su transformación ha sido mucho más espiritual que incluso en lo estrictamente físico o de la salud.

“Antes del diagnóstico, el hockey era sin dudar mi ídolo. Me siento agradecido por haber pasado por esto porque cambió mi perspectiva. Me enseñó lo grande que es el dolor en el mundo, pero también la gracia extrema que Cristo derrama a través de ese dolor “, concluye.

Y esa gracia es la que Devin espera compartir por el resto de su vida. Por su profundo camino de entrega llena de fe a la voluntad del Señor y su profunda devoción al servicio a los demás, especialmente a quienes sufren profundamente, Devin Hays ha sido reconocido como el Discípulo del Mes en la Diócesis de Denver.

jueves, 7 de mayo de 2026

Davide Fiorillo murió de leucemia con 8 años: veía a Jesús, la Virgen, los ángeles y cambió la vida de sus padres: «Comprendimos que Jesucristo está vivo en la Eucaristía»



Davide Fiorillo cambió desde que empezó a ver junto a sí a Jesús, la Virgen y los ángeles. Y su alegría cambió la vida de fe de sus padres / Foto: Cubierta de 'Davide', la historia del pequeño contada por Costanza Signorelli

* «Sabiendo cuánto le gustaba comprar juguetes, le dije: ‘¿Ves cuánto dinero te han regalado? ¡Tienes que decirle a los angelitos y a la Virgen que te curen para que puedas gastarlo!’. Me contestó enseguida, sin pensárselo: ‘No, papá. Me están esperando. Me tengo que ir’. ¿Se imaginan a un niño de ocho años hablando así de su muerte, con una certeza y una serenidad indescriptibles? Davide nos mostró que la muerte no es el final, sino el principio de la vida. Antes de ir al cielo, se hizo coser un traje especialmente para volar con los angelitos: lo eligió todo hasta el último detalle, y cuando se lo probó, parecía que se estaba preparando para una boda, ¡para el día más hermoso de su vida!»

Camino Católico.-  Davide Fiorillo murió a los 8 años de edad a consecuencia de una larga enfermedad. Durante esa etapa final de su corta vida vio con frecuencia a Jesús, la Virgen y los ángeles. Una historia extraordinaria que sus padres, Salvatore y Elisa, han contado a Riccardo Caniato en Maria con te y reproduce Famiglia Cristiana.

-¿Quieres parar un poco y ver el mar?


-¡No mamá, tenemos que irnos! La Virgen nos espera.


En este intercambio entre Elisa y su hijo se incluye ya el misterio de una vida, recogido por la periodista Costanza Signorelli en el volumen David. El niño que hablaba con los ángeles (Ares). Una historia conmovedora que será fuente de esperanza para todos aquellos que cargan con una cruz en su enfermedad.


Davide Fiorillo, calabrés de Piscopio, en la provincia de Vibo Valentia, murió de leucemia a los 8 años, el 22 de junio de 2021, en circunstancias especiales que hacen que su historia sea extraordinaria. Nacido en el seno de una familia no practicante, Davide abrazó en un momento dado su enfermedad incurable con una serenidad sorprendente: lo hizo desde el momento en que, según testimonió el pequeño a sus padres, los ángeles vinieron a hacerle compañía, después la Virgen y por último Jesús. Todos le prepararon y acompañaron en su paso al Cielo.



Davide Fiorillo con su madre Elisa / Foto: Famiglia cristiana


Dentro de esta historia, un pasaje significativo se refiere al santuario de Nuestra Señora de los Ángeles de Cassano delle Murge, que relatamos en el número 5 del semanario Maria con te [María contigo]: fue aquí donde la Virgen invitó dos veces al niño, y donde este se apresuró a reunirse con ella a costa de renunciar al mar que tanto amaba; y fue aquí donde las dos veces se le vio caer en éxtasis ante la estatua de la Virgen de los Ángeles.

Pero María también salió al encuentro del sufrimiento de Davide en la vida cotidiana de su casa: como nos testimonian directamente sus padres, Salvatore y Elisa, en la siguiente entrevista.


-¿Cuándo comenzaron los fenómenos místicos para Davide?


-Salvatore: Los descubrimos el 19 de marzo de 2021. Davide estaba hospitalizado en Roma, en el Bambin Gesù, los médicos acababan de decirnos que no había esperanza para él. Elisa y yo estábamos desesperados, ya no sabíamos ni qué decirle a nuestro hijo. En un momento dado, Elisa le habló del ángel de la guarda, para aferrarse a una imagen consoladora, como el que se refugia en los cuentos de hadas, y Davide, todo alegría, le contestó: "Mamá, uno no, ahora veo tres. Y si cierras los ojos, también tú los ves".


-¿También veía a la Virgen?


-Elisa: "La Virgen es muy hermosa", nos decía. La vio rodeada de ángeles, como está representada en la estatua del santuario de Cassano. Él no conocía ese lugar, ninguno de nosotros lo conocía, fue María quien se lo indicó, quien le hizo encontrar esa imagen suya en internet y pedirnos que fuéramos en peregrinación.



Nuestra Señora de los Ángeles, en el santuario que le está consagrado en Cassano delle Murge (Apulia, Italia).


-Salvatore: Primero vio a los ángeles, que le prepararon para el encuentro con la Virgen. En ese momento Ella ya no le abandonó nunca más y a su vez le preparó para el encuentro con Jesús que tuvo lugar con su Primera Comunión.


-Ad Jesum per Mariam. El capítulo del libro dedicado a la Eucaristía se titula: "Veo a Jesús". ¿Qué ocurrió exactamente ese día?


-Elisa: Era la primera misa a la que asistía Davide. Durante la celebración tenía una mirada seria y profunda, estaba sereno y decidido en sus movimientos, como si ya lo supiera todo. Le oíamos hablar en voz baja y no entendíamos si estaba participando en el rito (que desconocía) o conversando con alguien. En un momento dado le pregunté si la Virgen había venido a la misa, como había prometido. Me contestó que ya estaba en la iglesia esperándole y, tras mirar hacia arriba como cuando se escruta el cielo, lleno de felicidad le dijo a su padre que los angelitos también estaban allí. Por la noche, cuando todo había terminado, tuve el valor de preguntarle si también Jesús se había presentado, me contestó que solo después de comer la Hostia consagrada había visto a Jesús y nos lo describió.


-¿Cómo lo describió?


-Elisa: Con estas palabras exactas: "¡Guapo! Joven como San Miguel, sin barba, con el pelo no muy largo, vestido con una túnica blanca y un manto rojo". También nos dijo que Jesús le había acariciado con una mano y le había tocado el corazón con la otra.


-En el libro se relata la primera comunión de Davide como un giro radical en vuestra vida…


-Elisa: Tanto Salvatore como yo vivíamos lejos de la Iglesia y de los sacramentos; y Davide había crecido sin ninguna formación religiosa. Nunca antes habíamos comprendido lo que significa que Jesucristo está vivo y presente en la Eucaristía. A través de nuestro hijo tocamos con nuestras manos esta presencia real. Davide nos dijo que vio a Jesús, pero nosotros vimos cómo él nos lo dijo: su confianza, su fe, su espontaneidad, sus ojos llenos de una luz que no existe en esta tierra.


-Salvatore, usted es apicultor, un hombre concreto, de la tierra: ¿cómo pudo creer en las palabras de su hijo y cómo le cambiaron?


-Salvatore: La pregunta que me hago es la contraria: ¿cómo no iba a creer? Desde el primer momento en que oí a mi hijo hablar del Cielo, algo dentro de mí cambió. Es como si las palabras de Davide respondieran a tantas preguntas que yo llevaba dentro de una manera que nadie había respondido nunca. La primera vez que Elisa me llevó corriendo al hospital, diciéndome que Davide había hablado de los angelitos y del Cielo, rompí a llorar y sentí dentro de mí una certeza inquebrantable. Día tras día, Elisa y yo -cada uno a su manera, pero juntos- comprendíamos que si lo que nuestro hijo nos contaba era verdad, ¡nuestra vida ya no podría volver a ser la misma! Yo soy un hombre racional y había vivido como si nada existiera más allá de lo que podíamos ver y tocar. Pero Davide nos mostró otra vida, la verdadera, y es la que él más esperaba y deseaba.



Davide Fiorillo / Foto: Famiglia cristiana


-¿Cómo les comunicaba estas cosas?


-Salvatore: De muchas maneras. Le pondré un ejemplo. Al día siguiente de la Primera Comunión vi a Davide jugueteando con su hucha en forma de casita de abejas. Sabiendo cuánto le gustaba comprar juguetes, le dije: "¿Ves cuánto dinero te han regalado? ¡Tienes que decirle a los angelitos y a la Virgen que te curen para que puedas gastarlo!". Me contestó enseguida, sin pensárselo: "No, papá. Me están esperando. Me tengo que ir". ¿Se imaginan a un niño de ocho años hablando así de su muerte, con una certeza y una serenidad indescriptibles? Davide nos mostró que la muerte no es el final, sino el principio de la vida. Antes de ir al cielo, se hizo coser un traje especialmente para volar con los angelitos: lo eligió todo hasta el último detalle, y cuando se lo probó, parecía que se estaba preparando para una boda, ¡para el día más hermoso de su vida!


-¿Les describió también lo que hay después de la muerte?


-Elisa: Nunca habló de la muerte. Un día nos contó que los angelitos le llevaron a ver el Paraíso y lo describió como un lugar precioso, lleno de luz y con un arcoíris. Un lugar donde ocurren las cosas bonitas que deseas y donde no hay sufrimiento, de hecho repetía: "En el Paraíso no se toman medicinas y no hay hospitales". Piense que Davide estaba muy unido a mí, hasta el punto de que durante las estancias en el hospital no me dejaba salir de la habitación, pero desde el momento en que vio el Paraíso empezó a decir que quería ir allí. Tenía una serenidad inexplicable y me decía que tenía que estar tranquila porque siempre vendría a verme.


-Salvatore: No solo escuchamos sus historias, sino que le vimos cambiar por completo: antes de partir hacia el Cielo, Davide había superado la angustia típica de los niños que sufren enfermedades graves durante años. Ya no lloraba ni tenía rabietas. Se había vuelto alegre y lleno de vida, daba gracias por todo, quería a todo el mundo y siempre hablaba del Cielo. Incluso su hermano Antonio, al que estaba muy unido, se sintió abrumado por este cambio. Uno de sus últimos días, reunió a su familia, incluidos sus tíos y primos pequeños, y nos llevó a misa. En la iglesia, viendo que íbamos rezagados, nos "empujó" a los bancos de delante para que estuviéramos cerca del altar. Iba en el cochecito porque el dolor le impedía caminar, pero estaba lleno de una alegría que nos dejaba sin palabras. Era el día del Corpus Christi.


-La estatua de Nuestra Señora de los Ángeles de Cassano es una figura regia…


-Elisa: Para Davide la "Madonnina" -así la llamaba- era ante todo una madre. Un día, cuando le pregunté qué hacía o qué le decía la Virgen, me respondió con franqueza: "Se acerca a mi cama y me abraza como una madre, ¡como haces tú!".


-Salvatore: Davide, con la espontaneidad y la ingenuidad de un niño, nos hizo comprender que el Cielo -los Ángeles, la Virgen, Jesús, los Santos- son personas familiares, y están más cerca de nosotros de lo que podemos imaginar.

jueves, 26 de marzo de 2026

Andrés David Forero ordenado sacerdote padeciendo cáncer: «Yo no me he sentido abandonado por Dios, aunque me haya preguntado por qué a mí; Él no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor»


Andrés David Forero celebrando su primera Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero

* «No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar… Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene… Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros»

Camino Católico.- “He asumido la enfermedad como una prueba de fe”. Con estas palabras, Andrés David Forero Rincón ha definido la experiencia que ha marcado los meses previos a su ordenación sacerdotal, celebrada en la parroquia de Sant Pere de Sencelles, en Mallorca, el pasado 1 de marzo, ceremonia que estuvo presidida por el obispo de la diócesis, Sebastià Taltavull. A Andrés, cuando ya era diácono,  le diagnosticaron un linfoma, cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Lo entrevista Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega una hora antes de su tercera sesión de quimio.

—Acaba de celebrar su primera Misa como sacerdote, unos días después de recibir la ordenación. ¡Enhorabuena!

—El de la ordenación fue un día muy especial, porque lo esperaba desde que era muy niño. Fue un momento de amor, una caricia de Dios que me decía: «Estoy aquí». Mi primera Misa la celebré en la parroquia de San Alonso Rodríguez, en Palma de Mallorca, donde tras venir de Colombia me acogieron los hermanos de la Renovación Carismática. Crecí en este ambiente en mi país y quise compartir con ellos este momento tan especial.

—Me han dicho que anda un poco flojo de salud.

—Sí, hace un mes y medio me diagnosticaron un linfoma, un cáncer que se extiende por todo el sistema linfático. Llevaba ya varios meses un poco enfermo, y tras la Misa de la última Nochebuena me sentí realmente mal. Ahora lo vamos combatiendo y en un rato tengo que entrar en mi tercera sesión de quimioterapia, de las seis que me van a dar.

—¿Cómo está llevando la quimio?

—Sorprendentemente, muy tranquilo. Los médicos me dicen que están haciendo todo lo posible para que sea curable. Estamos enfocados, tanto ellos como yo, en que sea así. Esa es la esperanza que tenemos.

Andrés David Forero en la consagración de la eucaristía durante la primera misa después de ser ordenado / Foto: Cedida por Andrés David Forero

—Todo esto le ha venido siendo ya diácono. ¿Cómo surgió su vocación?

—Yo vengo de una familia colombiana muy católica, con la fe muy arraigada. Mis hermanos y yo íbamos de niños todos los días a Misa. Teníamos un trato asiduo con sacerdotes cercanos; eso me hizo preguntarme en el instituto qué quería Dios de mí. Empecé a estudiar Filosofía en la universidad de los padres eudistas y, en la Jornada Mundial de la Juventud del año 2019, en Panamá, le pedí a Dios que me mostrara mi camino.

—¿Y cómo acabó en Mallorca?

—Es la providencia de Dios. En mi vida apareció de repente este lugar que yo no conocía ni sabía que existía. Leyendo en las redes sociales vi que había seminarios muy vacíos, como el seminario de Mallorca, que entonces tenía pocas vocaciones. Entonces le dije al Señor: «Si tú quieres que yo sea sacerdote, llévame donde más me necesiten».

—¿Y qué pasó después?

—Me puse en contacto con el seminario y vine en junio para conocerlo. En septiembre ya estaba empezando el curso. Todo fue muy rápido, muy providencial. Dios nos mueve siempre.

—En esta manera de ver su historia bajo la mirada de Dios, ¿cómo encaja su enfermedad?

—Como un reto, porque Dios siempre nos desafía en el buen sentido. Hace unos días en la Misa leímos la escena de Jesús en la barca con los discípulos. Allí Él les pide hacer algo diferente: tirar la red a la derecha, en lugar de a la izquierda, como estaban haciendo. A mí Dios me ha pedido en este momento, con la enfermedad, tirar la red a la derecha: hacer otra cosa diferente, vivir el ministerio y mi vida de otra manera, porque Él quiere seguir teniendo el lugar primero que le corresponde en mi vida.

Andrés David Forero celebrando la Misa / Foto: Cedida por Andrés David Forero.

—Eso suena difícil.

—No quiero romantizar estos momentos porque son difíciles de asumir, pero si a Dios lo amamos en la alegría, ¿por qué no lo podemos amar en el dolor? Si Él murió por nosotros en la cruz, ¿por qué no podemos compartir con Él la cruz? Si creemos que Él es el Dios del amor, también en el dolor se le puede amar. Son reflexiones que he hecho a lo largo de ese tiempo. Yo no me he sentido abandonado por Él, a pesar de que a veces me haya preguntado por qué a mí. Dios no me prometió vivir sin enfermedades, me prometió su amor.

—Muchos sufren por sus dolencias o por las de alguien cercano. ¿Qué les diría desde su experiencia?

—Tenemos que agudizar el oído y la vista para no ir a Dios solo para que nos sane. Mi historia de amor con el Señor no acaba con la enfermedad. Yo he visto a Dios en el cuidado de mi familia y también en todos los seminaristas y sacerdotes que han dormido a mi lado en el hospital cada día de mi convalecencia. Estos son gestos de amor que vienen solamente de Dios. Agudizar el oído y la vista es descubrir en los demás este amor que nos sostiene.

La enfermedad nos saca de nosotros mismos, no nos la esperamos. Pero también nos permite dar lo mejor de nosotros. Algo que le he pedido al Señor es que nunca reniegue de Él, aunque no comprenda, aunque no vea claro lo que va a venir. Dios nos ama y está continuamente en medio de nosotros.


Andrés David Forero el 1 de marzo de 2026. en su ordenación sacerdotal / Fotos: Diócesis de Mallorca

miércoles, 11 de marzo de 2026

Edinson José Salas, diácono, venció las tentaciones de perder la fe ante un cáncer: «Aun sin fuerzas, a veces sin sentir nada, a veces llorando, sólo repetía: ‘Señor, confío en Ti’; En mi desierto aprendí a confiar en Dios»

Edinson José Salas ha afrontado un cáncer con un combate espiritual profundo para no abandonar la fe y cuenta su testimonio / Foto: Cortesía de  Edinson José Salas

* «Entendí: Señor tu gracia me basta. Él no me prometió ausencia de dolor, sino su presencia en mi vida, en mi existencia, en mi ser. Mi enfermedad fue dolorosa, pero fue el lugar donde más he sentido a Dios . Si estás enfermo, no pienses que es un castigo: eres Evangelio encarnado.Seamos testimonios de confianza en el Señor para los demás, evangelios vivientes allá donde nos encontremos. La enfermedad no es un castigo, una maldición, sino un camino para purificar nuestra alma y acercarnos más a Dios. Volvamos a Él nuestra mirada, aprovechemos la oportunidad para volver a Él. Ofrecer la enfermedad al Señor no es decir 'no pasa nada’; es reconocer: esto me supera pero sé que Tú estás conmigo, me acompañas, me estás guiando, siento tu presencia»

Camino Católico.- A punto de cumplir 44 años, esperando ser ordenado sacerdote pronto, el diácono Edinson José Salas camina acompañado por una grave enfermedad que condiciona sus planes. Un cáncer de colon le ha llevado en los últimos meses al límite de sus fuerzas, pero también le ha enseñado a confiar más en Dios. Patricia Navas en Aleteia sintetiza el testimonio que Edinson José ha contado en su parroquia.

“Cuando me lo diagnosticaron el verano pasado, sentí que había sido empujado a un desierto. Con el tiempo, entendí que ese desierto está dentro del plan de Dios”, dice.

Haciendo un paralelismo con las tentaciones que Jesús sufrió en el desierto, Edinson explica que al descubrir que tenía cáncer sintió que el tiempo se paró, que todo se desmoronaba.

Tentaciones

“La enfermedad no solo ataca al cuerpo, ataca la confianza -constata-. Y tuve la tentación de perder la fe”.

“El tentador propone soluciones fáciles; a mí también me vinieron tentaciones: enojarme con Dios, victimizarme, pensar que mi vida no tenía sentido,…”, confiesa.

Y cuestionó a Dios: “Si me amas, ¿por qué estoy enfermo? ¿Por qué yo, que quiero ser buena persona y hacer las cosas bien?”.

“Sentí hambre de respuesta, de seguridad, de volver a mi vida anterior al diagnóstico – ahonda-. Hubo noches muy oscuras, de llanto, de dolor”.

Cruz

“Miraba el crucifijo que tengo detrás de mi cama -comparte- y rezaba: Señor, si me permitiste vivir esta enfermedad, permíteme también llevarla con alegría, con amor, confiando en Ti”.

“Él no bajó de la cruz para mostrar poder -reflexiona-. Sólo mostró misericordia”.

Ayudado por “personas que Dios puso a mi lado”, el diácono empezó a ver el cáncer como “una cruz que me lleva a purificar”.

“Al principio me sentí triste, pero después empecé a ofrecer esta cruz al Señor y la vi llena de vida y amor”, dice.

“Señor, confío en Ti”


Edinson José Salas con su obispo y compañeros del seminario / Foto: Cortesía de  Edinson José Salas

El diácono decidió ponerlo todo en manos de Dios y empezó a ofrecer la enfermedad y sus dificultades por las personas que sufren y por distintas intenciones.

“Aun sin fuerzas, a veces sin sentir nada, a veces llorando, sólo repetía: ‘Señor, confío en Ti’ -relata-. En mi desierto aprendí a confiar en Dios”.

“Poco a poco el desierto dejó de ser solo sufrimiento y se convirtió en encuentro con Él”, asegura.

Presencia de Dios

Ahora Edinson ve que su enfermedad le ha ayudado a ser más humano y a acercarse más a Dios, pues “cuando tenemos salud, cuando lo tenemos todo, nos olvidamos de Él”.

“Entendí: Señor tu gracia me basta -resume-. Él no me prometió ausencia de dolor, sino su presencia en mi vida, en mi existencia, en mi ser”.

“Mi enfermedad fue dolorosa, pero fue el lugar donde más he sentido a Dios -asegura-. Si estás enfermo, no pienses que es un castigo: eres Evangelio encarnado”.

El diácono, nacido en Colombia pero actualmente sirviendo en España, afirma que “las tentaciones de Jesús en el desierto son también nuestra historia”.

Misión

“En el desierto no se pierde la fe, sino que se la alimenta y purifica… y después comienza la misión”, exclama.

“Seamos testimonios de confianza en el Señor para los demás -invita-, evangelios vivientes allá donde nos encontremos”.

Y concluye su testimonio, ofrecido este martes en su parroquia, con 5 reflexiones aprendidas en la enfermedad y el sufrimiento:

“Cuando uno ofrece el sufrimiento al Señor, se le hace más llevadero, lo lleva uno con más alegría y sentido”.

“En la enfermedad o las dificultades, no busques lo más fácil sino ofrecer tu vida para la purificación y la salvación”.

“La enfermedad no es un castigo, una maldición, sino un camino para purificar nuestra alma y acercarnos más a Dios. Volvamos a Él nuestra mirada, aprovechemos la oportunidad para volver a Él”.

“Ofrecer la enfermedad al Señor no es decir 'no pasa nada'; es reconocer: esto me supera pero sé que Tú estás conmigo, me acompañas, me estás guiando, siento tu presencia”.

“El mundo está lleno de miedo, ansiedad y desconfianza. El cristiano está llamado a ser signo de esperanza. Somos testigos cuando no perdemos la fe ante las dificultades, cuando tratamos a los demás con paciencia, cuando confiamos en Dios incluso en la cruz”.