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jueves, 15 de octubre de 2026

Pablo García y Lola Sánchez tienen 6 hijos, 3 de ellos adoptados con necesidades especiales: «Abrazamos el plan de Dios, el plan B, de bueno; ojalá cada día podamos abandonarnos más a la voluntad del Señor»

Pablo García y Lola Sánchez con sus seis hijos / Foto: Elena M. Tascón - ECCLESIA

* «Nunca me he enfadado con Dios. He sufrido, pero he dicho: ‘Dios sabrá’. Recuerdo una vez que una catequista me dijo: ‘Estás amargada porque quieres ser madre de hijos perfectos, y a lo mejor Dios te llama a ser madre de los que nadie quiere’... Ojalá cada vez seamos un poco menos yo y más Dios. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»

Vídeo de 13 TV en el que Lola Sánchez cuenta su testimonio en marzo de 2025, cuando todavía tenía 5 hijos y estaba cercana la adopción del sexto

Camino Católico.-  Durante el encuentro del Papa con los presidentes de conferencias episcopales se escucharán varios testimonios de familias. Luis Rivas en ECCLESIA ha acompañado una tarde a los García Sánchez, testimonio de vida cristiana. Tienen seis hijos, tres con discapacidad: «Abrazamos el plan de Dios. El plan B, de bueno»

En el amplio y luminoso salón de un piso en Madrid, el silencio no es ni tan siquiera un recuerdo. El espacio, organizado de manera impecable y desahogada, permanece saturado de voces en sus diferentes etapas de la infancia, el arrastrar rítmico de un andador y risas imprevistas. Es una tarde cualquiera. Pablo García, director de Tecnología de una compañía de reciclaje, cruza el umbral de su hogar tras una intensa y estimulante jornada laboral. Viene de un entorno profesional dinámico y exigente, donde prima la eficiencia.

Pero en esta casa, esa lógica se desmorona de inmediato. Desde el pasillo, Bubi, su hija china con síndrome de Down, se acerca y le grita «¡Hola, papá!» con la voz más graciosa que uno pueda imaginar. Bubi lanza besos, aplaude y choca. Las fatigas y enfados de su padre se deshacen en una sonrisa. Lola Sánchez, la mamá, reconoce que «es la única persona en el mundo capaz de quitarle un cabreo a mi marido a las 12 de la noche».

En el hogar de los García Sánchez, seis hijos —Teresa (19), Pepe (14), Juan (13), Roque (9), Bubi (4) y Marifree (3), «más uno que está en el cielo» desde las ocho semanas, como apunta siempre Teresa—, conviven desafiando las convenciones sociales y los proyectos de vida. Lola define estas vueltas de tuerca como su motor personal: «Mis redes sociales —que utiliza para dar testimonio de su vida familiar en Cristo y de que se puede ser plenamente feliz en las necesidades especiales— se llaman Abrazando el plan B, porque, en nuestro caso, nada ha sido el plan A, el mío. Todo ha sido un plan B, el de Dios. El bueno».

En su matrimonio de dos décadas —Lola acaba de cumplir 43 años y Pablo tiene 44—, la gracia ha transformado el desorden en gloria de Dios, a través de una fe de cada día en la debilidad y el disfrute, en la autenticidad y los imprevistos. Porque la historia de Pablo y Lola no escapa a los pecados de juventud.

Él, quinto de 11 hermanos y «un desastrillo en los estudios», jamás pensó en familias, y mucho menos numerosas. Lola, en cambio, procedía de un hogar pequeño de dos hermanos y tenía un solo sueño en la vida: «Ser madre». Ambos coincidían en encuentros del Camino Neocatecumenal, donde se encontraban y desencontraban sin mayor compromiso. «Hacíamos lo que nos daba la gana», recuerda ella. «Estábamos, por así decirlo, desordenados, porque, cuando no sabes usar tu libertad, acabas en el libertinaje, y todos sabemos que esto no te encamina a la felicidad».

El cambio

Y así, hasta que, sobre los 18 años, una convivencia sobre la encíclica Humana Vitae y la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II les despejó el horizonte. Lejos de sonarles a exhortación, les voló la cabeza como una liberación hermosa. «Me sentí muy querido por la Iglesia», recuerda Pablo, «al tomar conciencia de cómo mi cuerpo está habitado por el Espíritu Santo». Les cambió la vida: iniciaron «un noviazgo realmente sanador», en el que la Iglesia actuó como madre: «Cuando has hecho de tu libertad y de tu capa un sayo, tienes muchas heridas, y curar eso requiere mucha misericordia», admiten los dos.

Se casaron jóvenes, abriéndose camino en el mundo laboral desde muy pronto con gran esfuerzo. Pablo metía cable para una empresa de telecomunicaciones, mientras Lola era secretaria. Pero tenían claro su faro y destino: querían formar una familia cristiana. Su evolución y crecimiento profesional con el paso de los años —con Lola forjando una sólida carrera en una gestora de fondos de inversión, y Pablo como director de tecnología— lo interpretan como una clara provisión de Dios: «Todo es por un sí con rectitud de corazón».

La familia García Sánchez al completo / Foto: Elena M. Tascón - ECCLESIA

Los hijos

Teresa, la primogénita, nació pronto. Un regalo del Señor al que no acompañaron más. «Los hijos no llegaban», cuenta Pablo, visiblemente afectado. Tuvieron un diagnóstico médico de esterilidad y tres años de sufrimiento conyugal, hasta que descubrieron un don entre tanto dolor: «Nunca me he enfadado con Dios. He sufrido, pero he dicho: “Dios sabrá”», reconoce Lola. «Recuerdo una vez que una catequista me dijo: “Estás amargada porque quieres ser madre de hijos perfectos, y a lo mejor Dios te llama a ser madre de los que nadie quiere”. No le di mucha importancia, pero aquello fue madurando en mi corazón y acabó encendiendo el deseo de adoptar niños con necesidades especiales», agrega.

En un primer momento, Pablo se resistió con las dudas habituales sobre su capacidad para querer del mismo modo a un niño adoptado y, además, uno de los no llamados a «triunfar» en el mundo. Pero Lola, «que puede llegar a ser tremendamente insistente», inició entonces una campaña de «publicidad subliminal» dejando folletos y revistas estratégicamente por todos los lugares que frecuentaba su marido. Finalmente, «pudiendo negarme una vez más, acabó respondiéndole: “Lo voy a rezar durante un fin de semana”. No sé por qué dije aquello, pero lo dije», rememora él. Y se retiró a un convento en Córdoba para discernirlo. Allí, el prior, sin saber lo que traía en su corazón, le espetó: «La voluntad de Dios nunca es fácil, pero te da la paz». Esa paz de la aceptación le acompañó durante todo el viaje de vuelta en el tren. Entregaron los papeles para la adopción el 1 de febrero de 2012. El 20 de julio de 2012 llegó Pepe. «El Señor siempre te supera: mi gran sueño había sido tener un hijo rubio y de ojos azules. Pues toma: Teresa era —y es— supermorena. Y ahí, al ver a su bebé de cuatro meses, rubio, con ojos azules y síndrome de Down, me sentí desbordada por la emoción. Tanto que no pude sostenerlo y tuvo que cogerle Pablo», relata Lola.

«Cuando me dieron a Pepe», recuerda Pablo, «sentí que el fracasado era yo. Sentí que la paz volvía a mí, que todas esas ideas malas que había ido acumulando se iban volando y que las piezas del puzle recobraban su sitio». A sus 14 años, Pepe juega al rugby y se acaba de apuntar a fútbol, superando barreras que su padre nunca logró traspasar.

Al mes y medio de la adopción de Pepe y, para total pasmo de la ciencia médica, Lola se quedó nuevamente embarazada. Dios daba otra vuelta de tuerca: «Con ese embarazo, el Señor parecía querer decirme: “Confía, porque mi proyecto es mejor… Hago lo que quiero, soy el dueño de la vida y de la muerte”». Al año de nacer Juan, llegaría Roque, el tercer hijo natural de la familia, mientras las pruebas confirmaban el diagnóstico de infertilidad de la pareja. 

En esta especie de juego de los planes, durante la pandemia de 2020 fue Pablo quien sugirió volver a adoptar. Pero en esta ocasión, Lola, quien se veía con la vida ya encarrilada, ofreció resistencia: «Me salió mi pereza, mi egoísmo… ya tenía la faceta de madre cubierta con cuatro hijos. Además, iban creciendo y ya empezaba a ver la luz». El combate entre inquietud y resistencia fue intenso en la pareja, hasta que, de nuevo, unas palabras providenciales movieron la voluntad. Una noche, ante sus negativas, Pablo le dijo a su mujer: «Qué fácil es abortar a los hijos del corazón, porque, total, no estás matando a nadie».

Fragilidad y confianza en Dios

La respuesta a la caída del caballo fue Bubi, una niña china con síndrome de Down y problemas importantes: sonda, hipertensión pulmonar y una cardiopatía incurable. Padece disfagia y se ahoga con su saliva, requiriendo reanimaciones serias. «Yo he visto a mi hija azul hasta el cuello, eso no me echa para atrás», afirma Lola. En 2024, tras una sedación rutinaria en el hospital para una infección de oído, Bubi sufrió una crisis de hipertensión pulmonar al ser desentubada. Lola vio a su hija ponerse azul y fría: «Fue el minuto más largo de mi existencia —relata entre lágrimas—. Le dije a la Virgen María: “Yo ya no puedo hacer nada. O lo haces tú, o yo hasta aquí he llegado”».

Pablo, que se encontraba de viaje de trabajo, recibió las noticias con angustia: «En ese momento, depositas tu falta de fuerza donde ya no llegas. Personalmente, sentí una paz profunda al decir: “Señor, tú sabrás. Nuestra misión es llevar a nuestros hijos al cielo”». Bubi sobrevivió, y aquella experiencia traumática supuso una liberación para su madre: «Ahí descubrí que Dios también está detrás del sufrimiento. Aprendí a dejarlo en sus manos, a confiar… y a vivir».

El último giro de guion llegó el año pasado con Marifree. Durante sus oraciones, y a pesar de o precisamente por su conocimiento de la discapacidad, Lola siempre le había pedido al Señor: «Lo que tú quieras, Dios mío, pero no me des una parálisis cerebral». Tras comprometerse, a la niña le fue diagnosticada, precisamente, una parálisis cerebral pocos días antes de la entrega. 

La de Marifree está siendo su adopción más difícil. Como su madre intuía al querer evitar esta situación, la niña arrastra frustraciones por una rigidez física que exige disciplina constante. Lola asume el papel, durísimo, de ser «la mala de la película» para exigirle avances que le hagan bien. «Me ha costado mucho aceptar esto. Pero un sacerdote durante una confesión me dijo una vez: “El bien que hagas y el mal que recibas te sirvan como redención”. Y es exactamente esto, porque esta niña es una oportunidad de hacer el bien. Yo no siento que haga el bien por amar a mis hijos o adoptar niños con necesidades especiales, pero con Marifree estamos sufriendo mucho. No es fácil amar sufriendo, por eso estamos haciendo un bien». Esta hija los ha despojado del orgullo que pudiera quedarles, pues sacarla adelante «es para la gloria de Dios, no para la nuestra», afirma Lola. 

La prueba de la enfermedad

El pasado 16 de julio, la realidad de los García Sánchez volvió a sacudirse. De manera providencial, tras un dolor estomacal fortuito, los médicos descubrieron un tumor maligno en el riñón de Lola. Un cáncer silencioso, que nunca da la cara y que, gracias a esa «diosidad» que llevó al enfermero a hacer una prueba que no debía hacer y que nunca se hace, fue descubierto. Del dolor de barriga nunca más se volvió a saber.

«Podría pensar que Dios me ha elegido para tener un cáncer, y podría enfadarme. Pero no me he enfadado. Soy la mimada del Señor a la que se lo encuentran, la mimada de los planes b», relata Lola. Al quirófano entró con una estampa de la oración «Ocúpate tú», que invita a descargar las angustias de la vida en Cristo. «Cuando ya no dominaba mi pensamiento por la anestesia, vi un monte, al buen ladrón y a Jesucristo crucificado. No vi a nadie más y me dormí», narra. «Al despertar, me encontré ante un fondo blanco de resplandor cegador. Volví a ver a Dimas y a Jesús. El buen ladrón repetía: “Acuérdate de mí”, mientras Cristo, desclavando sus brazos, se inclinaba con ternura y tiraba de él hacia arriba. Durante esta experiencia que vieron mis ojos cuando no controlaba mi mente, sentí la presencia de Chema, nuestro párroco —fallecido una semana antes—, que me susurraba: «¿Te das cuenta de lo que hace Dios contigo? Dios no solo te recoge porque eras la oveja perdida, también te da pasto verde. Él se supera siempre».

Al subir a planta, lloró ante su madre y su esposo. No por dolor, sino por la revelación: «Dios me ha hablado y me ha contestado a aquello que llevo toda la vida queriendo saber», les dijo. Había vivido bajo la tensión de tener que «hacer» cosas para Dios, de justificar su salvación con sus propias fuerzas. En el quirófano, la respuesta fue: «Solo necesito que tengas la suficiente humildad para decirme: “Acuérdate de mí”». «No eligió a un apóstol. Me presentó al buen ladrón, a mí, con todos mis pecados. Él no era un santo; solo reconoció que Jesús era Dios y que lo necesitaba. Eso es lo único que Dios espera de mí», reconoce.

Esta es la teología cotidiana de su casa. Aprendida con sangre en el cuidado de los hijos y en la aceptación de los límites. Para Pablo y Lola, la adopción y la apertura a la vida no son heroísmo, sino el camino para experimentar una alegría que el mundo, con sus promesas de felicidad fácil y descarte del débil, es incapaz de comprender. «Ojalá cada día podamos abandonarnos más a la voluntad de Dios», concluye ella. «Ojalá cada vez seamos un poco menos yo y más Él. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».

martes, 7 de julio de 2026

Irene Alonso, madre de 12 hijos: «Si yo no tuviera a Dios en mi vida, sería imposible que sostuviera la familia; vivo descansando en la gracia y solo hay que dejarse llevar, dar tu sí, pequeñito, y con eso el Señor hace maravillas»


Irene Alonso contando su testimonio de fe y vida familiar

* «El día que estábamos enterrando a mi hija Nazaret fui muy consciente del regalo que suponen los hijos y de la poca ascendencia que tenemos sobre ellos. Los hijos no son más que un préstamo y cuidarlos es un privilegio. La muerte de Nazaret fue el primer paso hacia una fe madura, ya que hasta entonces había vivido de la fe heredada de mis padres. Israel, mi marido, lo tuvo claro desde el principio y decía: ‘Nuestra misión con nuestros hijos es que lleguen al cielo, y con Nazaret ya lo hemos conseguido’»

Vídeo del testimonio de Irene Alonso, madre de 12 hijos, en el programa 'Ecclesia es domingo' de 13 TV

Camino Católico.-  En la familia de Irene Alonso, madre de 12 hijos, la fe es el motor principal. "Si yo no tuviera a Dios en mi vida, sería imposible que sostuviera la familia que sostengo", ha confesado. Para ella, cuando se vive "descansando en la gracia, solo hay que dejarse llevar, dar tu sí, pequeñito, y con eso el Señor hace maravillas". Conocida en redes sociales como 'Soy una madre normal', esta madre de 12 hijos comparte el día a día de su familia con más de 200.000 seguidores para luchar contra los prejuicios. En una entrevista en 'Ecclesia es domingo' de 13 TV, Alonso se alinea con el mensaje del Papa León XIV a los jóvenes: no tener miedo al matrimonio.

Mientras que 8 de cada 10 jóvenes españoles consideran que formar una familia es más difícil que nunca, según el último barómetro de The Family Watch. Irene Alonso ha afirmado que entiende el temor de los jóvenes, ya que "el mundo nos empuja a pensar que la felicidad está en la autorrealización", mientras que "la familia es todo lo contrario, es el dejar de ser yo para que sean los demás". Según ella, este principio responde más al Evangelio que a la corriente actual, y aunque el Evangelio "a veces da miedo", al vivirlo se descubre que "solo así se puede ser feliz".

Irene Alonso y su familia hace unos días

La pérdida que afianzó su fe

Uno de los momentos clave en su vida fue la muerte de su cuarta hija, Nazaret, que falleció recién nacida. "El día que estábamos enterrando a mi hija fui muy consciente del regalo que suponen los hijos y de la poca ascendencia que tenemos sobre ellos", ha explicado. Para Alonso, los hijos "no son más que un préstamo" y cuidarlos es un "privilegio".

La muerte de Nazaret supuso un "punto de inflexión" en su vida y fue el "primer paso hacia una fe madura, ya que hasta entonces había vivido de la fe heredada de mis padres”. Su marido, Israel, lo tuvo claro desde el principio: "Nuestra misión con nuestros hijos es que lleguen al cielo, y con Nazaret ya lo hemos conseguido". Irene Alonso siente que su hija, que tenía síndrome de Down, es una "intercesora maravillosa" y asegura que "un hijo en el cielo es como garantía de que nos ganamos el cielo".

El matrimonio, cimiento del hogar

Irene Alonso insiste en que cuidar la relación de pareja es fundamental, ya que "el matrimonio es el cimiento del hogar". Ha advertido del peligro de que los hijos pasen a ser el centro, pues cuando estos se van, los cónyuges pueden encontrarse con "un desconocido después de 20 años de matrimonio", algo que le parece "durísimo".

Irene Alonso con su esposo Israel

Para ella, la conclusión es clara: "Cuidar del matrimonio es cuidar de los hijos". Sostiene que "todo el tiempo que inviertas en mejorar tu matrimonio, lo estás invirtiendo en mejorar la vida de tus hijos", porque ellos repetirán los patrones que ven en casa. Si ven un matrimonio sólido, buscarán lo mismo para sus futuras familias.

Recientemente, Alonso ha hecho un descubrimiento que ha cambiado su forma de ver su vida: "He descubierto que mi vocación no es al matrimonio y a la maternidad, que mi vocación es a ser la esposa de mi marido, específicamente, y a ser la madre de mis hijos". Considera que su historia está "muy bien diseñada" y que en su marido está el "complemento perfecto" para ella.

lunes, 11 de mayo de 2026

Paloma Carmona González y Luis Ángel Soler Areta, padres de 15 hijos: «Son un don de Dios y me casé confiando en que el Señor actuara en nuestro matrimonio; nunca nos planteamos tener X hijos y pensamos que lo que viniera del cielo, iba a ser bueno»


Paloma Carmona González, su marido y sus quince hijos forman la familia más numerosa de la Comunidad de Madrid / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

* «Para mí ser madre es una carrera sin meta en la que he tenido que saltar muchos obstáculos  siempre con la ayuda de mi esposo Luis y de Dios que siempre llega donde yo no puedo. Tengo a la Virgen María como Madre y referente, porque me ha ayudado mucho en todo lo que he necesitado» 

 Vídeo del testimonio de Paloma Carmona González y Luis Ángel Soler Areta en el programa 'Ecclesia es Domingo' de 13 TV

Camino Católico.- «Mi familia nace hace 41 años cuando mi marido, Luis Ángel Soler Areta, y yo decidimos casarnos por la Iglesia y confiando que Dios siempre estuviese en medio de nuestro matrimonio. Él ha sido fiel, ha estado grande y estamos alegres, aunque también hemos tenido dificultades» afirma Paloma Carmona González, madre de 15 hijos, de entre 39 y 16 años, que forma parte del Camino Neocatecumenal, a Sandra Madrid en Infomadrid.

Tener hijos, asegura Paloma Carmona González, fue algo que ella y su marido Luís  nunca se plantearon, sino que se fiaban de lo que Dios les iba indicando / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

El Señor siempre ha sido fiel

Sin embargo, lo que no es tan natural es tener 15 hijos. Algo que, según asegura Paloma, su marido y ella nunca se plantearon, sino que se fiaban de lo que el Señor les fuera trayendo. «Los dos venimos de familias grandes, los dos tenemos nueve hermanos, y nos educaron igual dentro de la Iglesia. Yo me casé muy jovencita confiando en que el Señor actuara en nuestro matrimonio. Nunca nos planteamos tener X hijos. Pensamos que lo que viniera del cielo, iba a ser bueno para nosotros», explica a Paula Baena en El Debate.

“No me siento especial, me siento agradecida por haber hecho esta obra que Dios me ha dado. No me planteé cuando me casé en tener muchos hijos, me fié del Señor y he tenido 18 embarazos, tres no llegaron a término, y estos quince hijos son un don del Señor que he recibido bien”, ha explicado Paloma en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV.

Luis Ángel reconoce que el peor momento llegó con el tercer hijo: “Yo decía que si Paloma tiene a uno en brazos y yo a otro, ¿qué hacemos con el tercero que nace? Era una montaña. Pero poco a poco, a lo largo de la historia el Señor, nos fue enseñando a no temer, no hay nada imposible para Dios. Yo decía cómo lo vamos a hacer, el piso... y Paloma me decía alégrate, no temas, nada es imposible para Dios”.

El matrimonio, que pertenece al Camino Neocatecumenal, se conoció en la parroquia. Paloma en un primer momento no veía a su futuro marido como el padre de sus hijos, aunque reconoce que “me atrajo su voz, su forma de cantar”.

Luis Ángel, en cambio, pronto se enamoró de Paloma, que era hija del responsable del Camino Neocatecumenal en su comunidad parroquial. Para la familia, esta realidad eclesial “ha sido la base de nuestro acompañamiento” y el canal para traspasar la fe a sus hijos. “La mayor herencia que nos han dejado nuestros padres es que estamos aquí de paso, que nuestra vida tiene un fin que es el Cielo”.

Para Paloma, la cofundadora de los 'kikos', Carmen Hernández, fue también inspiración en la maternidad: “Ella decía que la mujer tenía el útero, que es la fabrica de la vida”. De ahí que para ella sea doloroso que haya mujeres que rechacen ese don.

Paloma, que estudió Administrativo, explica que decidió no trabajar para cuidar de su familia. Su primer hijo nació a los 15 meses de casarse, «y a partir de ahí empezaron a llegar los demás». Asimismo, destaca que «ha sido fantástico no perderme ni un momento de sus vidas». En este sentido afirma que ha renunciado a mucho pero que ha recibido más. 

Rememora sus inicios como madre -tuvo a sus primeros nueve hijos en nueve años- como complicados, también da gracias porque han sido «muy buenos». «El sueño lo respetaban. Hemos dormido muy bien. Seis horas pero muy bien dormidas», celebra.

Aunque reconoce que a lo largo de la crianza de sus hijos -de los cuales seis todavía siguen bajo el techo paterno, mientras que el resto ya les han dado 28 nietos, y otros cuatro en camino. “Se sabe hasta la fecha de nacimientos de cada uno”, comenta Luis Ángel refiriéndose a su mujer en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV , donde han contado como es la vida en una familia tan numerosa.

Ha habido dificultades y momentos complicados, como cuando su marido se quedó en paro estando ella embarazada de su décimo tercer hijo, subraya que al final el Señor siempre les ha dado lo que han necesitado. «Quiero decir que nunca nos ha faltado de nada. Hemos comido todos los días», subraya.

Paloma Carmona González y su marido con todos sus hijos y nietos / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

«Educarlos en el amor y en el perdón»

También explica que su oficio- vocación es ser madre. «Para mí ser madre es una carrera sin meta en la que he tenido que saltar muchos obstáculos», siempre con «la ayuda de Luis», que es el padre de familia, y de «Dios que siempre llega donde yo no puedo».

Como familia, Paloma destaca que viven muchas alegrías, por ejemplo, cuando ves cómo tus hijos «se quieren, se perdonan, se aman, se ayudan y se aconsejan». En definitiva, «disfrutan unos de los otros». Además destaca que su familia «es una piña». Somos 53 entre hijos, nietos, nueras, yernos. En este sentido recuerda que su marido y ella han intentado «educarlos en el amor y en el perdón», y así que lo hagan con los demás. Y nos da la clave: «fiarnos de Dios». En este aspecto recuerda también a la Virgen María como «Madre y referente», porque «me ha ayudado mucho en todo lo que he necesitado».

Loa comentarios de las personas

Interrogada sobre qué comentarios ha recibido de la gente a lo largo de su vida por tener tantos hijos, Paloma sentencia que le han dicho «muchas tonterías». «¡Me han llegado a decir que si era una equivocación! Pero nosotros siempre hemos dado testimonio de nuestra fe», señala.

Con todo, admite que, al principio, lo pasaba mal porque la gente se metía mucho con ella. «Yo pensaba, '¿pero me meto yo en su vida, señora?'», evoca. «Íbamos en la furgoneta y veías a la gente contando cabezas, y yo salía y les decía ¡vamos diez! o los que fuéramos», cuenta, divertida.

Pero las críticas por sus 18 embarazos, dieron paso a muestras de admiración. «Madres del cole se quedaban asombradas y yo les daba hasta envidia. Me decían 'si yo hubiera hecho como tú, Paloma, y hubiera tenido otro hijo...», declara.

Paloma Carmona González y su marido con todos sus nietos / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

Paloma señala que su familia llama la atención. Lo que más suele preocupar a la gente es la organización, pero cuando vienen a casa y nos conocen, lo que más les sorprende «es la relación que tenemos entre todos».

Sobre el descenso de la natalidad generalizada que existe en España, esta madre de familia numerosa cree que se debe, en parte, a que «la sociedad ha apartado a Dios de sus vidas y, si apartas al dueño de la vida, ¿para qué vas a dar vida?». Al mismo tiempo, también apunta a que esta generación «valora mucho el trabajo y el dinero, que está muy bien valorarlo, pero no te puede manipular ni condicionar para una serie de cosas».

En este sentido, sostiene que ellos nunca han «hecho las cosas sobre el papel, tipo en agua gastamos X... porque si realmente lo hiciéramos así, no podríamos vivir». «Mi marido, además, ahora está jubilado y todavía tenemos seis hijos en casa, o sea que sería imposible. Pero bueno, de todas hemos salido», agrega.

“Vivimos con un engaño de la sociedad, de que un hijo cuesta tanto, de que si el trabajo, todo se hace un mundo, tienes un hijo y le tienes que llevar a mil cosas... Mis hijos han hecho el deporte que han querido, no les he llevado a mil cosas, y mis hijos son felices. No hay que dar caprichos absurdos a los hijos”, afirma.

Pero esto no significa que todo haya sido un camino de rosas, como sostiene Luis Ángel: “Hemos recibido de nuestros hijos mucho más de lo que hemos dado, pero hemos dormido poco muchas noches, las enfermedades, accidentes, penurias económicas... tantas cosas que hemos tenido pero en todos los acontecimientos ha habido una palabra de esperanza y un mirar al cielo”, ha aseverado.

La educación tampoco es tarea sencilla con quince hijos, pertenecientes a generaciones distintas. El matrimonio tuvo un apoyo importante en sus hijos mayores. “Cuando tuve mi primer hijo y empezó la adolescencia, no había móviles todavía. A mi los móviles no me gustan mucho porque tienen muchos peligros. Viendo la sociedad les vas educando según ves lo que hay. Los mayores me han ayudado en muchos temas como la organización de la casa”, ha expresado Paloma.

Para Luis Ángel, lo más importante es que sus hijos “son buenas personas y se quieren”. De hecho, la relación tan cercana que mantiene la familia genera extrañeza en su entorno: “Somos una piña, con los mayores sobre todo tengo una confianza que no es normal. Yo veo compañeros de trabajo con problemas con sus hijos y es una bendición”.

En este sentido, Paloma asegura no haber sentido ninguna frustración como consecuencia de la maternidad: “Yo tengo una fortaleza fuera de lo normal, he podido con todo y no me he quejado de nada. Eso lo aprendí de mi madre. No me siento frustrada para nada, me siento muy realizada teniendo tantos hijos. No cambiaría nada de lo vivido y hemos pasado situaciones de sufrimiento”.

Una forma de vivir que no ha estado exento de críticas en el exterior: “Cuando iba al colegio con los niños, las mamis se metían conmigo y yo le dije una vez a una: '¿yo me meto con usted? Pues respéteme'. Yo he sido feliz con mi vida”, afirma convencida.

martes, 20 de enero de 2026

Veronica Daniels, 90 años, tiene 6 hijos, acogió a 18 más, 26 nietos, 51 bisnietos y espera a un tataranieto: «Todos son bienvenidos; somos una gran familia de Dios y Él te lleva por el camino que tienes que recorrer»

Veronica y Len Daniels tienen 6 hijos, acogieron a 18 más, 26 nietos, 51 bisnietos y va a nacer su tataranieto, hablan de fe , amor y acogida / Foto: Kymberlee Gomes - The Catholic Leader

* «Cuanto más amas, más amor tienes… Todo lo que quería era casarme y tener una familia… Cuando nuestras hijas van a tener hijos, siempre les regalo una medalla de San Gerardo Majella [o Mayela]. Cuando no encuentro dónde aparcar, digo 'Bendito San Antonio, encuéntrame un sitio'. A veces me encuentra tres»

Camino Católico.- Veronica Daniels, católica australiana de 90 años, tiene 26 nietos y 51 bisnietos. Habla de su felicidad a Kymberlee Gomes, del Catholic Leader, de Australia, porque asegura que lo que ella siempre quiso era tener familia y crecer con ella.

Pero en diciembre de 2025 le intrigaba algo nuevo (aunque, a la vez, es algo ya vivido): ¡su primer tataranieto!

La enorme familia de Veronica, a la que todos llaman Von, tiene "truco", pero igual que cualquier otra familia numerosa, se construyó sobre la acogida y la generosidad.

Tuvo seis hijos de sangre, pero también fue madre de acogida de otros 18 niños. Dos de ellos incluso tomaron su apellido familiar. Un niño que llegó en adopción con 12 semanas, ahora tiene 47 años.

Uno de los bebés que acogió era una niña de 18 meses con una grave discapacidad. Los médicos dijeron que no viviría mucho... pero acompañó a la gran familia hasta que murió con 28 años.

Creció en familia grande y ve a todos como hijos de Dios

Ella cuenta que la clave de gestionar y acoger a tantos niños fue su convicción de que todos somos hijos de Dios. "Hay suficiente amor en el mundo para todos. Todos son bienvenidos. Somos una gran familia de Dios en este mundo", proclama. Su experiencia repite aquello que decía Madre Teresa de Calcuta: el amor es una de esas cosas que cuanto más das, más tienes. También ella dice que "cuanto más amas, más amor tienes".

Veronica Daniels, de 90 años, en diciembre de 2025, con su bisnieto 51, pero ahora espera una novedad, un primer tataranieto Foto: Kymberlee Gomes - The Catholic Leader

Los hijos de Veronica dicen que ella siempre fue "una persona desinteresada, divertida, enérgica y acogedora", que vivía los valores del Evangelio y "ama como Jesús".

Veronica explica que siendo ella niña, ya vivió en una familia numerosa, alborotadora y acogedora. "Aunque éramos 13 en mi casa, siempre había lugar para uno más", dice, recordando cómo su madre acogió a un niño.

No le interesaba un empleo, solo la familia... y fue enorme

A la joven Von la escuela no le interesaba, y los trabajos que hizo de joven le parecían aburridos. "Todo lo que quería era casarme y tener una familia", recuerda. Y lo hizo... a lo grande.

Con 20 años de edad, se casó con Len, que estaba en la Marina y luego trabajó en telecomunicaciones. Se mudaron unas cuantas veces por su país, Australia.

Von no sólo se volcó en su propia familia, sino que colaboraba con las parroquias o escuelas católicas de su zona. Su hija Cathy explica: "Mamá solía ayudar con la recaudación de fondos, con rifas y bailes, además de la limpieza de la escuela", dice. Y vendía pasteles. Así surgió la primera escuela católica del lugar. Von también era catequista en una escuela pública.

Fe, amor por la vida, espacio en la mesa para más gente

Habla también sobre Von una religiosa, Sandra Lupi, de las Sisters of Mercy, quien alaba su "profunda fe y amor por la vida". "No habría sobrevivido mis primeros años como religiosa joven sin el apoyo y la hospitalidad de Von", explica. Destaca que fue Von quien la enseñó a conducir y que siempre tenía espacio para uno más en la mesa. "Nadie se quedaba con hambre ni sentía que estorbara", detalla.

Boda a los 20 años y momentos familiares de Veronica Daniels / Foto: the catholic leader - cortesía familia daniels

Como si atender la familia no fuera suficiente, sirvió también en el cargo de ministro extraordinario para repartir la Comunión, acompañó en el apostolado funerario y militó en las Conferencias de San Vicente de Paúl (con su intensa actividad caritativa) y la Liga de Mujeres Católicas (CWLA).

En cierto momento, ella misma se vio algo saturada con seis niños menores de seis años. Su receta: "Simplemente sigue adelante, haces lo que tienes que hacer. Dios te lleva por el camino que tienes que recorrer”.

El poder de la oración y los santos que ayudan en familia

Cada día rezaba, y considera que la oración a veces es "lo único que tienes". Su hija Cathy confirma que su madre oraba por todos y a todas horas.

En cierta ocasión Von tenía a una hija grave en la unidad de cuidados intensivos. "Mi esposo tenía una gran devoción por Santa Teresa [de Calcuta]; solíamos rezarle todas las noches. Siempre nos enseñaron que ella te dará lo que quieras: una rosa, pero hay que llevarse las espinas".

Caminaban desde la capilla hacia la habitación del hospital, cuando una rosa cayó frente a ellos. Len la recogió y dijo: "Todo irá bien, tenemos esta rosa". No cayó del cielo, pero fue una señal, dice.

También habla de otros santos que le ayudan en el día a día. “Cuando nuestras hijas van a tener hijos, siempre les regalo una medalla de San Gerardo Majella [o Mayela]. Cuando no encuentro dónde aparcar, digo 'Bendito San Antonio, encuéntrame un sitio'. A veces me encuentra tres”, dice Von.

Con 90 años: cocina, cose, visita ancianos

A sus 90 años aún cocina casi cada mañana. "Se lo regalo a mis nietos porque están trabajando. Preparo espaguetis a la boloñesa, pastel de patata con guisantes, caramelos de mermelada, galletas y pastelitos", enumera Von.

También hace faldas y pantalones para los niños pequeños, se los regala en Navidad. "Me mantengo ocupada. No tengo tiempo para tonterías".

También visita a otros ancianos del barrio y la parroquia, a veces con recados, otras con pasteles. Y aún le queda tiempo para organizar encuentros para tomar el té por la mañana con las amigas y hasta juega al croquet por las tardes (deporte tranquilo en el que se golpean bolas con un mazo para hacerlas pasar por una serie de aros colocados en el césped).