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lunes, 20 de abril de 2026

Almudena de Agustín, 26 años, casada con Guillermo y con dos hijos: «iba a las oraciones porque iba el chico que hoy es mi marido, él iba porque iba yo, y al final íbamos los dos por estar con el Señor y crecer en su amor»

Almudena de Agustín cree que el mejor testimonio es vivir la fe en la vida cotidiana y que los demás lo vean / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

* «Recuerdo que hace bastantes años ya, en unos campamentos, que un seminarista dando catequesis nos dijo que la fe era un don y que lo podíamos pedir, y que después de comulgar pidiéramos al Señor que nos aumentara la fe. Y yo lo empecé a hacer, y un día, sin darme mucha cuenta, de repente dije: “llevo todo este tiempo pidiendo al Señor que aumentara mi fe, y lo ha hecho”. Desde ese momento siempre he tenido muy claro que la oración era una parte muy importante para el discernimiento y para ir escuchando cómo el Señor nos va hablando. Con Guillermo tenía muy claro que iba a ser lo que Dios quisiera. O sea, nosotros estábamos en un noviazgo, que al final es al matrimonio lo que el seminario sería al sacerdocio, el tiempo de discernimiento, el tiempo de formarnos, en los temas que van relacionados con esto, y cada vez que íbamos encontrándonos con distintos problemas, o según nos íbamos conociendo, como que el Señor iba confirmando que sí, que efectivamente era la persona que me había regalado para entregarle mi vida y para entregarme al Señor a través de él y formar con él una familia»

Camino Católico.-  Almudena de Agustín vive su fe en la parroquia de Santa María la Mayor en Alcalá de Henares y tiene 26 años. A los 22 se casó con Guillermo y un año después tuvo su primera hija. El mismo día que cumplía 25 años llegó su segundo hijo. Esta joven alcalaína hizo un grado en Lenguas Modernas y Traducción en la UAH y un Máster en Traducción Audiovisual. Compagina actualmente su trabajo como traductora con el de guía turística en la ciudad cervantina, al que accedió gracias a un voluntariado que hizo con la Asociación Nártex en Münster (Alemania). Cuenta su testimonio de conversión y vida en la  web de la diócesis de Alcalá de Henares.

- Almu ¿qué haces tú como joven de 26 años en un lugar como la Iglesia?

- Vengo de familia católica, entonces siempre hemos vivido la fe, en mayor o menor medida, de manera más automática o menos automática, pero gracias a Dios con unos padres muy coherentes. Se comprometieron en mi Bautismo y cuando se casaron a educarme en la fe. Ellos hacían el esfuerzo por mantenernos a mi hermano y a mí cerca de Dios, incluso cuando ellos a lo mejor no lo estaban tanto.

Eso nos sirvió para que después el Señor se fuera valiendo de unas cosas u otras para siempre mantenernos cerca hasta que realmente nos encontráramos con Él. En mi caso fue cuando ya era más independiente: iba a las oraciones de la parroquia de jóvenes de los viernes porque iba el chico que me gustaba, el que después fue mi novio, y el que después es mi marido y el padre de mis hijos. Entonces yo iba porque iba él, él iba porque iba yo, y al final acabamos yendo los dos por estar con el Señor.

Al final tampoco ha sido un proceso de decir “hemos tenido un boom de conversión en un momento dado”, sino que siempre hemos tenido nuestras idas y venidas, siempre estando cerca, siempre creciendo en ese amor al Señor.

- Ver una mujer que se casa con 22 años no es lo normal en el mundo de hoy. Y más por la Iglesia. Tener dos hijos tan joven tampoco es lo “normal”. ¿Cómo vives esto desde la fe?

- Yo recuerdo que hace bastantes años ya, en unos campamentos, que un seminarista dando catequesis nos dijo que la fe era un don y que lo podíamos pedir, y que después de comulgar pidiéramos al Señor que nos aumentara la fe.

Y yo lo empecé a hacer, y un día, sin darme mucha cuenta, de repente dije: “llevo todo este tiempo pidiendo al Señor que aumentara mi fe, y lo ha hecho”. Desde ese momento siempre he tenido muy claro que la oración era una parte muy importante para el discernimiento y para ir escuchando cómo el Señor nos va hablando. Con Guillermo tenía muy claro que iba a ser lo que Dios quisiera.

O sea, nosotros estábamos en un noviazgo, que al final es al matrimonio lo que el seminario sería al sacerdocio, el tiempo de discernimiento, el tiempo de formarnos, en los temas que van relacionados con esto, y cada vez que íbamos encontrándonos con distintos problemas, o según nos íbamos conociendo, como que el Señor iba confirmando que sí, que efectivamente era la persona que me había regalado para entregarle mi vida y para entregarme al Señor a través de él y formar con él una familia.

Llegó un punto en nuestro noviazgo en el que ya llevábamos ya mucho tiempo saliendo, porque estuvimos saliendo desde que yo tenía 16 años, y ya le dije: “A ver,  Guillermo, ¿qué estamos haciendo? ¿Nos vamos a casar o no nos vamos a casar?”.

Él me dijo que no se sentía como preparado para una cosa así, y yo dije: “pero si no estamos preparados para nada”. Uno se pasa todo Bachillerato para acceder a la Universidad y luego llega el primer año de carrera y se estampa y suspende todo. O se saca el carnet de conducir, se prepara muchísimo para aprender a conducir, llega a la primera rotonda con el carnet sacado y no sabe cómo salir a la rotonda.

O sea, realmente lo que te pone en tu sitio es hacer las cosas. Lo único que nos hacía falta para casarnos era tenerlo claro. Una vez teniéndolo claro y sabiendo a través de ese discernimiento, de esa oración, que era lo que el Señor nos pedía, pues no nos hacía falta ni tener más edad, ni tener más recursos, ni tener nada de nada. Solo tenernos el uno al otro con el Señor.

Almudena y Guillermo cuando todavía eran novios / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

- ¿Tuviste alguna gran crisis dentro del noviazgo? ¿Cómo ayudó el Señor a resolverla?

- No diría que una gran crisis. Al final la espera se te hace larga y estás ahí esperando la confirmación del Señor. Tuve un momento de decir: “pues es que no tengo claro… o sea, a lo mejor entonces lo que tengo que hacer es dejarlo”. Porque al fin y al cabo el noviazgo está para dejarlo: porque te casas o porque lo dejas.

Y me acuerdo que se lo conté a una amiga mía, que es la que ha vivido todo nuestro noviazgo muy de cerca y luego incluso estuvo presente el día que nos comprometimos. Se lo dije, yo toda triste, y me dijo: “¡Cómo me alegro de que me estés diciendo esto! Porque esto significa que es que os vais a casar seguro”. Claro, yo me quedé totalmente descolocada. Ella fue capaz de ver algo que yo no estaba viendo en ese momento. El Señor te confirma las cosas también a través de la gente que tienes a tu alrededor, la gente que te quiere. Y ella se dio cuenta de que realmente mi duda era porque ya el noviazgo estaba llegando a su fin, ya teníamos claro que lo que teníamos que hacer era dar otro paso. Y nos queríamos mucho y sabíamos que queríamos pasar nuestra vida juntos, compartir nuestra vida juntos y ser ayuda mutua para el otro, para llegar a la santidad. Y no lo íbamos a dejar, evidentemente.

- ¿Cómo es ir a contracorriente en este mundo?

- Pues a nosotros nos ha resultado relativamente fácil porque no lo hemos hecho solos. Tuvimos acompañamiento durante el noviazgo, en lo que ahora han llamado “El taller del orfebre”, cuando todavía no tenía nombre, con Marta y Borja. Todos poníamos en común nuestras dificultades, cómo lo vivíamos, lo difícil que lo pone el mundo… Porque yo lo hablaba con otras amigas mías y ninguna lo entendía. Todas me preguntaban que por qué no me iba a vivir antes con Guille, antes de casarme… Y yo les decía: “mira, es que a mí no me hace falta el mes gratis de prueba de Spotify para saber que quiero la suscripción Premium”.

Con ese grupo ya entablamos amistad, nos prometimos todos a la vez, nos casamos todos a la vez, somos padrinos unos de los hijos de los otros…

Lo que no sepas tú del amor te lo inventas y te lo inventas en base a lo que te viene del exterior, pues las películas, las series… Y normalmente no es un amor ordenado el que te muestran ahí. El tener a alguien que te pueda ir acompañando, que te pueda ir mostrando la verdad del amor humano, del amor como Dios lo ha pensado para el hombre, es súper necesario. Hacerlo acompañado es lo mejor que se puede hacer.

Yo animaría a todos los novios a que se apunten al Taller del Orfebre, que vivan su noviazgo también acompañados. Lógicamente las decisiones finales las vais a tomar vosotros con el Señor, pero no es una cosa de “yo me lo guiso, yo me lo como”. Hay más gente en la misma situación, hay más gente pasando por las mismas dificultades y apoyarse unos en otros es lo mejor que se puede hacer.

- ¿Cómo evangelizas en tu día a día?

- Tampoco considero que haga grandes cosas, ya simplemente creo que el hecho de vivir la vida que vivo, estando casada tan joven, teniendo los hijos tan joven… ya impacta bastante a la gente de mi alrededor que no cree y tienden a plantearse el por qué lo hago.

Nuestro hijo cuando nació se puso muy malito y he tenido amigas que no creían y que me han dicho: “que sepas que he estado rezándole a Dios por tu hijo, que yo no sé si me escucha, pero como sé que para ti es importante, he rezado yo también”.

En el turismo sí que encuentro un momento de encuentro con mucha gente, que no necesariamente tiene por qué conocer al Señor, que Dios me regala para enseñarles lo que hay, porque es lo que aprendí en Nártex. Todos mis visitantes se comen una catequesis interesante. En los últimos meses he estado diseñando un guión de visita guiada que es explícitamente una catequesis: “Alcalá y el Cielo”. Es Alcalá de Henares desde el punto de vista de la fe.

Entonces yo no voy a las Bernardas y hablo del estilo barroco y ya está, sino que hablo de por qué la belleza necesariamente nos lleva a Dios, de cómo el hombre como artista está hecho a imagen y semejanza de Dios. Hablo de la carta de San Juan Pablo II a los artistas… cosas así…. O hablo de los testimonios de los santos y no me quedo solo en la historia… Explico el sentido de que el matrimonio de Antezana quisiera, aun no habiendo tenido hijos, que su matrimonio fuera fecundo y dejar una huella realmente en Alcalá y que sirviera también para abrirse a los demás y para darse a los demás. O sea, explico todas las cosas que se explican en todas las visitas habidas y por haber, pero dándoles un sentido desde el punto de vista de la fe. Yo hago lo que lo que hacen la Asociación Nártex: intento hacer hablar a las piedras.

Almudena de Agustín, a la derecha de la imagen, y otras dos jóvenes durante su estancia en la Catedral de San Pablo en Münster (Alemania), como parte de un proyecto Nártex / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

- ¿Qué es Nártex?

- La asociación Nártex es una asociación que se dedica principalmente a la difusión del arte desde el punto de vista de la fe y a la difusión de la fe valiéndose del arte. Todos los veranos organizan unos proyectos junto con otras asociaciones internacionales en distintas iglesias y catedrales por toda Europa para mandar voluntarios que acojan a los turistas españoles cada uno en donde le toque. Aquí en España hacen muchos proyectos, por ejemplo en Torreciudad, en Madrid siempre hacen alguno….

Yo estuve en Alemania, en la Catedral de San Pablo, en Münster. Otra gente ha ido a Milán, a Brujas… Y es un voluntariado muy bonito, porque normalmente pensamos en voluntariado como irse a ayudar materialmente, ¿no? Como un voluntariado con las Hermanas de la Caridad; pero esto realmente también ayuda a gente que lo necesita en otro sentido. Porque como decía, con mi trabajo «se te ponen a tiro» muchos turistas que no necesariamente tienen por qué conocer a Jesús, a Dios, y tienes la oportunidad de hablarles de Él desde lo que están viendo a través de sus sentidos, desde las obras de arte, desde la arquitectura, desde la escultura, desde la pintura que hay en esa iglesia, y explicarles el sentido que tiene cada cosa.

Yo recomiendo a todo el mundo hacerlo, la verdad.

- ¿De qué manera has encontrado a Dios en el grado de Lenguas Modernas y Traducción?

- La traducción no deja de ser tender puentes entre distintas personas que no se entienden por la barrera de la lengua, del idioma. Y es hacer posible ese entendimiento. Yo estoy soñando con que me manden traducir un libro de Christopher West, por ejemplo, que yo los he disfrutado mucho en inglés y hay muchos que no están en español todavía. Y yo estaría encantada de que me mandaran traducir cosas de ese estilo para para poder acercar a la gente que habla español textos en inglés que les pudieran enriquecer en su vida personal. No sólo de literatura que tenga que ver con el ámbito espiritual, sino en cualquier sentido.

O sea, yo que traduzco series, que traduzco películas… al final es posibilitar el acceso a la cultura y a cualquier texto en otro idioma a la gente que lo necesita. A través de la cultura uno también se puede acercar al Señor, lógicamente.

- ¿Piensas que la juventud está receptiva a Cristo dentro del ámbito de las Humanidades?

- Yo diría que están receptivos a algo y simplemente no saben cómo llamarlo. Porque al final, la gente que se dedica a las humanidades, la gente que se dedica al arte, a la cultura… es consciente de que el mundo no es solamente matemático… El hombre es mucho más grande de lo que parece y el hombre puede hacer muchas cosas.

Yo creo que son conscientes en el fondo de que existe una grandeza detrás del hombre y detrás de lo que puede hacer, pero no saben darle nombre. Pero yo estoy segura de que si estuvieran dispuestos a abrir las miras y explorar otros caminos, lo que ellos hacen podría llevarles hasta esa conclusión. Como ha llevado a tantos otros, a San Agustín… Él lo cuenta perfectamente en el «Tarde te amé», que a través de los sentidos es a través de lo que acabó llegando al Señor.

- ¿Cómo hablas de Dios con tus amigos no creyentes?

Ha llegado el punto en el que intento no forzarlo. Ya solo con el ejemplo de mi vida ellos son perfectamente conscientes de lo que hay y saben que cuando quieren preguntar yo les voy a contestar. De hecho, como al final lo que ven más en mi vida es la parte de mi matrimonio, mi maternidad… me hacen muchas preguntas que tienen que ver con el tema, porque ahora mismo el amor humano se trata como se trata, y hay mucha equivocación y no entienden el cómo lo vivo yo.

Por ejemplo me hacen muchísimas preguntas que tienen que ver con la teología del cuerpo y yo les explico lo que quieran pero siempre me suelo encontrar con que el tope de la conversación llega donde empieza o termina la fe. Yo les puedo dar los argumentos más humanos y más comprensibles y hasta cierto punto lo entienden pero llega un punto en el que sin Dios no se entiende que yo viva las cosas como las vivo. Gracias a Dios tengo unas amigas muy abiertas al diálogo y que no juzgan mi manera de vivir, ni yo la suya, mucho menos. Y sí que podemos compartir muchas cosas.

No creo que me mis amigas me hayan oído en ningún momento juzgar ninguna de sus vivencias ni dejarlas de lado porque vivan de una manera diferente a la mía. La más antigua hace 10 años que somos amigas y siempre he estado a su lado. Estoy dispuesta a seguir a su lado siempre porque la quiero muchísimo. Y es eso, vivir la vida con sencillez y con naturalidad, no es mucho más complicado que eso.

Almudena de Agustín, joven feligresa de la parroquia de Santa María la Mayor, trabaja como guía turística en el casco histórico de Alcalá de Henares / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

- ¿Ha habido algún punto de inflexión en tu vida de fe?

- Sí. Quizá el más gordo fue cuando nació nuestro segundo hijo; estuvo muy malito, casi se nos queda por el camino y luego tuvo ciertas complicaciones que luego se han ido solventando y el niño está estupendo. A nosotros se nos pone malo el niño a los 15 días de vida, aproximadamente. Lo tenemos que dejar en el hospital solito, porque por las noches nos “echaban” de la unidad de neonatos, nos decían que nos fuéramos a casa a descansar, lógicamente, y a pesar de ser la situación la que era, y siendo yo como soy, que me suelo agobiar mucho, la gente a nuestro alrededor, la psicóloga del hospital, nos preguntaban cómo estábamos… y a todo el mundo le sorprendía porque nos veían muy enteros.

Y es verdad que estábamos muy enteros y lo vivimos con muchísima paz, porque fue llegar a Urgencias, que nos dijeran lo que podía ser, y los mensajes que mandamos para informar fueron a la familia y a nuestros grupos de la parroquia, al grupo de matrimonios y demás para poner en marcha “la máquina”. Y llegó a nuestros oídos que acabaron rezando por el niño incluso monjas de clausura en Ciudad Real, en todas partes…

Realmente fue un momento muy duro en el que nos sentimos totalmente sostenidos por la Iglesia y por el Señor. Nos apoyamos mucho el uno en el otro, nos unimos mucho como matrimonio.

A mí se me echaban a llorar otras madres en la unidad de neonatos cuando les contaba lo que le pasaba al niño. Me decían: “¿y tú por qué no lloras?” Yo decía: “pues porque tengo bastante esperanza en que todo va a ir bien y que va a ser lo que Dios quiera, que Dios sabe más que nosotros y va a ser Dios el que cuide a nuestro niño y el que nos cuide a nosotros”.

Fuimos muy conscientes en todo momento de que fue la oración de otros, el vivirlo en comunidad y el vivir en la familia de la Iglesia, lo que nos mantuvo a flote en todo momento para afrontarlo.

- ¿Cómo se concreta tu fe en el día a día?

- Pues nuestro día a día se rige mucho por lo que toca en cada momento. Nada te pone los pies más en la tierra que tener niños pequeños. Durante el día es verdad que no tenemos la posibilidad ahora mismo ni de dar catequesis como siempre habíamos hecho, ni de participar de otros grupos, ni de ir a las oraciones de matrimonios, porque son horas en las que ya estamos en la “hora de la santidad”: estamos dando baños, cenas, acostando niños…

Es verdad que a nosotros al principio nos supuso un poco de frustración el no poder llevar la vida que llevábamos antes. Pero es una cosa muy lógica: el Señor no quiere que vivamos la vida que vivíamos antes, quiere que estemos viviendo nuestra entrega en el momento, en lo que necesitan nuestros hijos en cada momento. Entonces nosotros ¿rezamos? Sí, rezamos mucho con los niños.

Nuestra hija es espectacular porque de vez en cuando hace unas cosas… De repente, está tan tranquila jugando y es de las que te viene y te dice: “Mamá ¿podemos parar a rezar por las almas del purgatorio?” Y te hace parar todo lo que está haciendo para dedicar un ratito a rezar por las almas del purgatorio o por lo que quiera pedir cada vez.

Todas las noches rezamos con ellos… ya a la mayor le van surgiendo preguntas. El pequeño cuando tiene hambre, por ejemplo, como no sabe hablar, solo pide galletas, que es lo único que dice, o se santigua. Va santiguándose para bendecir la mesa porque te está diciendo que tiene hambre y sabe que lo primero que hacemos es bendecir la mesa. Al final son ellos los que nos ponen en nuestro sitio. Tienen perfectamente claro que los domingos el centro del día es la Misa y luego santificar las fiestas. No perdonan el aperitivo con los amigos de la parroquia. Son ellos los que nos permiten realmente centrar nuestra entrega en lo que tenemos que hacer y no perdernos en cosas que no son las que tocan en ese momento.

Es verdad que es difícil a veces, con el cansancio, sacar un rato de oración personal cada uno, pero al final tenemos claro que también estamos muy cerca del Señor, que nos va regalando muchas gracias para ir haciendo lo que tenemos que hacer en cada momento, que al final es un poco lo esencial ahora, sobre todo en la etapa en la que estamos, que son tan pequeños.

Pensábamos que les íbamos a enseñar nosotros muchas cosas y no, nos están enseñando muchas ellos a nosotros.

Almudena de Agustín y Guillermo el día de su boda en 2022 / Foto: Diócesis de Alcalá de Henares

- ¿De qué forma contribuís en la Diócesis?

Ahora mismo en las cosas de la Delegación de Familias y en la parroquia hacemos lo que podemos y lo que nos van pidiendo. Por ejemplo, en la parroquia, si me piden que vaya a ayudar con el coro, pues evidentemente voy. Participamos en los encuentros de familias con el obispo, siempre hacemos por ir y echamos un cable con lo que nos pidan. Intentamos estar disponibles dentro de nuestras limitaciones horarias impuestas por dos personas pequeñitas.

De momento seguimos haciendo por participar en todo lo que podemos y en todo lo que está pensado para que las familias puedan participar. Mantenemos un grupo de matrimonios, mantenemos un grupo de vida en la parroquia, nos juntamos también cada mes para compartir y para hablar de diversos temas y vivir la fe en comunidad, que al final es lo importante. En ese sentido no estamos solos; con el cole también tenemos la oportunidad de hacer cosas que nos van planteando, que nos van proponiendo

- Un libro que recomiendes para conocer más la fe

- Bailar en la cocina, de Pep Borrell

- Un santo o beato que sea un referente para ti

- Santa Mónica. Es ejemplo de madraza que tenía claro en qué consistía su vocación: ella estaba para ayudar a salvar a su marido y a su hijo. Para entregarse a ellos, y esa entrega se concretaba en su oración.

Termina la frase:

Los jóvenes son… el futuro de la Iglesia.

Los jóvenes esperan… el encuentro con quien les ama.

La fe de los jóvenes… tiene mucho que ofrecer.

viernes, 6 de junio de 2025

Anna María, la bebé milagro de la familia Harding: Los médicos y los padres vieron en el parto que nació con síndrome de Down, pero el padre fue a la UCI oró y la roció con agua de Lourdes y su hija sanó

En la parte superior de la imagen, John Harding con la pequeña Anna María, y en la parte inferior, la esposa y madre Min Sun Kim-Harding / Foto: Cortesía de la familia Harding

* «El enfermero que atendió el parto vino y me dijo: ‘¿Sabes?, el día en que tuviste a tu bebé, cuando nació, tenía síndrome de Down. Pero luego, cuando la vi en la UCI, pensé que habían cambiado a la bebé» 

Camino Católico.-  Min Sun Kim-Harding llegó a Estados Unidos desde Corea cuando tenía 14 años para estudiar. Después de terminar sus estudios de posgrado, consiguió un trabajo en Washington, D.C., donde conoció a su esposo, John Harding.

John y Min están felizmente casados y tienen tres hijos: el mayor está en su primer año en la universidad Holy Cross; su hija del medio se prepara para comenzar la universidad este otoño en Providence, Rhode Island; y la menor, Anna Maria Harding, tiene nueve años. Ella es su hija milagro.

La familia Harding / Foto: Cortesía de la familia Harding

Aunque la familia reside actualmente en Weston, Massachusetts, vivieron un tiempo en Alemania debido a la carrera militar de John. Fue durante ese periodo que Min quedó embarazada de forma inesperada.

Min cuenta a Claudette Jerez en ChurchPop: “Mi esposo estaba en el ejército y estábamos destinados en Wiesbaden. No planeaba tener un tercer hijo. Estaba satisfecha con dos hijos, un niño y una niña”.

La pareja ya tenía a sus dos hijos mayores, y Min tenía más de 40 años. Por su edad, la médico le dijo que debían hacerle pruebas al bebé para detectar síndrome de Down. En Alemania, se estima que la tasa de abortos por diagnóstico de síndrome de Down supera el 90 %, una cifra más alta que el promedio europeo, que es del 54 %.

Min relata: “No le di importancia a las pruebas”, ya que había tenido ya dos hijos sanos. Como católicos devotos, Min y su esposo estaban dispuestos a aceptar lo que Dios les enviara.

Unos días después, cuenta Min: “Estaba rezando el Rosario en la sala y recibí una llamada telefónica. Era la doctora… Y no es una buena señal cuando el doctor te llama, porque normalmente, cuando no sabes nada del doctor, sabes que todo está bien”.

Su doctora, la Dra. Christina Moisidis-Tesch, la había llamado para informarle que lo más probable era que su bebé naciera con síndrome de Down y que necesitaba hacerse más pruebas.

La madre de tres explica que, luego que la doctora le dio la noticia, quedó en blanco: “No pude escuchar nada más porque estaba en shock”.

Min llamó a su esposo llorando, y él la consoló recordándole que Dios tiene el control. “Min, no te preocupes. Dios tiene el control, simplemente no te preocupes por eso", le dijo John a su esposa. "Si esa es la voluntad de Dios, tenemos que aceptarla”.

Después de hablar con su esposo, Min llamó a una amiga cercana, que también era doctora, para contarle que tendría que someterse a más pruebas. Su amiga, la Dra. García, le aconsejó que no se hiciera más pruebas, ya que los médicos en Alemania las realizaban con el fin de recomendar abortos si los bebés daban positivo para síndrome de Down.

Cuando Min y John regresaron al médico, se miraron el uno al otro y dijeron: “no más pruebas”.

La Dra. Christina se sorprendió, y Min se volvió hacia su esposo y le dijo: “John, pase lo que pase, voy a seguir rezando”.

Les pidió a sus amigos y familiares que rezaran por ella, y le pidió a su esposo que la llevara a algunos lugares santos en Europa. Min dice: “Le pedí a todos que rezaran por mí. Yo creía que Dios escucharía mis oraciones y las de los demás. Y, mientras tanto, le dije a mi esposo: ‘Quiero que me lleves a todos los lugares sagrados, como Lourdes’”.

John y Min fueron a Lourdes, Francia. Mientras estaban en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, Min entró a las piscinas de aguas milagrosas, y las religiosas le dijeron que mirara hacia la imagen de la Virgen y rezara. Min se volvió hacia su Santa Madre y rezó por la salud de su hijo no nacido.

Explica que clamó a nuestra amada Madre y le dijo: “Madre María… lo único que me importa es tener un bebé sano. Por favor, ruega por mí y por un bebé sano”.

Min asistía a Misa todos los días y bebía toda el agua bendita que podía mientras estuvo allí. Después de Lourdes, le pidió a su esposo que la llevara a Turín, Italia, ya que en ese momento la Sábana Santa estaba en exhibición. Se arrodilló frente al lienzo que envolvió el cuerpo de nuestro Señor y le suplicó por un bebé sano: “Lo único que te pido es un bebé sano”.

La familia Harding visita Lourdes para pedirle a Nuestra Señora un bebé sano.


La familia Harding visita Lourdes para pedirle a Nuestra Señora un bebé sano / Foto: Cortesía de la familia Harding

Cuando su tiempo en Europa llegó a su fin, John, Min, sus dos hijos y su bebé por nacer fueron asignados a El Paso, Texas. Mientras su esposo estaba en California recogiendo sus autos, que habían sido enviados desde Alemania, Min entró en trabajo de parto sola en el hotel donde se hospedaban en El Paso.

Coincidentemente, una amiga de Alemania, Carrie Cogbill, se estaba quedando en el mismo hotel que Min. Ella la llamó para pedir ayuda y Carrie la llevó de inmediato al hospital militar.

En el hospital militar, le dijeron que no tenían espacio para atenderla y llamaron a una ambulancia para trasladarla al hospital infantil. Finalmente, lograron admitirla para el parto en el hospital infantil, y tras una dolorosa espera de 12 horas, su esposo llegó justo a tiempo. Anna nació rápidamente y fue entregada a sus padres antes de ser llevada a la incubadora.

“Miré a mi bebé y se veía hermosa”, recordó Min. 

John se volvió hacia Min y le dijo: “Min, tiene síndrome de Down. ¿Dónde pusiste el agua de Lourdes?”.

Min le dijo a John que estaba en el hotel. John fue a buscar el agua bendita y se dirigió a la UCI neonatal.

Min relata: “Él subió a la UCI donde estaba mi pequeña Anna. Abrió la incubadora y les preguntó si estaba bien, y la bendijo con el agua de Lourdes diciendo: ‘Dios, la amo sin importar nada, y gracias por esta bebé’”.

Jhon y la bebé Anna en UCIN / Foto: Cortesía de la familia Harding

Al día siguiente, el médico se acercó a John y le dijo que los signos de síndrome de Down que habían visto el día anterior ya no estaban, por lo que necesitaban hacer más pruebas.

“Mi esposo simplemente lloró”, cuenta Min.

Como Anna era una bebé prematura, durante dos meses Min hizo con ella el método canguro, que es una terapia piel con piel todos los días mientras Anna permanecía en el hospital.

Mientras Min estaba en la UCI neonatal con su hija, un enfermero se le acercó y le preguntó si lo recordaba de la sala de parto. Él fue el enfermero que ayudó a traer a su bebé al mundo y la entregó a Anna.

“¿Sabes?, el día en que tuviste a tu bebé, cuando nació, tenía síndrome de Down", le dijo a Min. "Pero luego, cuando la vi en la UCI, pensé que habían cambiado a la bebé”.

La bebé Anna María Harding / Foto: Cortesía de la familia Harding

Min, dudando como lo haría Tomás, le preguntó al enfermero por qué pensaba que Anna tenía síndrome de Down. Él le explicó cómo revisan los signos: el nivel de las orejas, los pies y los dedos, los ojos y las manos. Min quedó asombrada.

Le puso a su hija el nombre de Anna, en honor a la madre de la Virgen María, y le dio como segundo nombre María, en honor a la Virgen misma. Ahora, con casi 10 años, Anna María reza el Rosario y la oración a Santa Brígida todos los días con su madre. También forma parte del coro de su parroquia.

Anna, que ahora tiene casi 10 años, recibió su Primera Comunión / / Foto: Cortesía de la familia Harding

Min dice que sintió el llamado de compartir su historia para dar esperanza a quienes han perdido la esperanza y creen que Dios no está escuchando. Él siempre está escuchando, y aunque no podamos ver el panorama completo como Él, debemos permanecer firmes en nuestra fe y confiar en que el Señor sabe lo que está haciendo.