* «Pero todo esto no lo podrían hacer si Dios no los hubiera purificado, si no hubiera destruido con el sacrificio de Cristo el poder que sobre ellos tenía el Maligno. Por la participación en la muerte y resurrección del Señor y su docilidad al Espíritu Santo ‘han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias’ (Gal 5,24), son limpios de corazón y ven a Dios en todo lo que les toca vivir, recibiendo de Él la consolación y el aliento para llevar una vida que parece imposible o heroica a quienes no han visto nunca al Señor»
Domingo IV del tiempo ordinario – A
Sofonías 2, 3;3,12-13 / Salmo 145 / 1 Corintios 1, 26-31/ San Mateo 5, 1-12a
P. José María Prats / Camino Católico.- El domingo pasado vimos cómo Jesús venía a traer a la tierra el Reino de Dios que se vive en plenitud en el cielo. Este Reino consistía en la acogida de la voluntad del Padre y nos traía la armonía y la paz, estaba ya presente en la tierra en la persona de Jesús y ahora debía extenderse por todo el mundo. Hoy, en las bienaventuranzas con que inicia su Sermón del Monte, Jesús describe este Reino de Dios en la tierra.
La característica más importante de este Reino es la pobreza en el espíritu, es decir, el sentido de la propia indigencia, de que todo cuanto somos y tenemos es un don de Dios. El que es pobre en el espíritu vive ante Dios «como un niño en brazos de su madre» (Sal 130).
Pero es importante notar que este Reino se vive en la tierra de modo muy diferente a como se vive en el cielo. En el cielo ha desaparecido por completo toda influencia del mal y se goza ya de una victoria definitiva sin sombras ni amenazas. En la tierra, en cambio, el Reino de Dios tiene que abrirse camino en un mundo «que yace en poder del Maligno» (1 Jn 5,19): «El Reino de los cielos sufre violencia» –dice Jesús (Mt 11,12) y sus partidarios son perseguidos por causa de la justicia, por defender y vivir unos principios contrarios a los del mundo. Ellos lloran porque viven desterrados en un mundo con el que no se identifican, y están llenos de hambre y sed de justicia, de que esta tierra se parezca cada vez más a la patria anhelada donde serán consolados, y por ello ponen todo su empeño en trabajar por la paz.
Los que son pobres en el espíritu saben que esta lucha por extender en la tierra el Reino de Dios no se hace con las propias fuerzas ni con las armas de este mundo, sino con el poder de Dios. Jesús ha destruido el pecado dejándose conducir a la muerte «como cordero llevado al matadero» (Is 53,7) y orando por los que lo crucificaban. Del mismo modo, los partidarios del Reino de Dios luchan por la paz con las armas de la mansedumbre y la misericordia, presentando la otra mejilla a quienes los abofetean y orando incluso por sus enemigos.
Pero todo esto no lo podrían hacer si Dios no los hubiera purificado, si no hubiera destruido con el sacrificio de Cristo el poder que sobre ellos tenía el Maligno. Por la participación en la muerte y resurrección del Señor y su docilidad al Espíritu Santo «han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gal 5,24), son limpios de corazón y ven a Dios en todo lo que les toca vivir, recibiendo de Él la consolación y el aliento para llevar una vida que parece imposible o heroica a quienes no han visto nunca al Señor.
La promesa de Jesús –en las antípodas de las promesas del mundo– es que ellos, los pobres en el espíritu, los perseguidos por causa de la justicia, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, son bienaventurados porque un día poseerán en plenitud y sin sombra alguna el Reino por el que luchan y esperan. Y en aquel día, Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21,4).
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».
San Mateo 5, 1-12a


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