Camino Católico

Mi foto
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.

Elige tu idioma

Síguenos en el canal de Camino Católico en WhatsApp para no perderte nada pinchando en la imagen:

Mostrando entradas con la etiqueta conversión al catolicismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conversión al catolicismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de octubre de 2026

Eduardo Peys, maltratado y abandonado por su madre, sin fe, sin bautizar, pidió a Dios que ayudara a su novia y Él le respondió sanando a los dos: «Dejé de odiar y todo mi pasado dejó de doler»


Eduardo Peys contando su testimonio de conversión el pasado 5 de octubre 

* «Pasamos los tres días en el Vaticano! Había una sala de adoración allí, y me arrodillé y empecé a orar por mis padres, por mi madre que me había abandonado. No sabía por qué lo hacía. Cuando escuché ‘amor’ y vi esa palabra en la pizarra, entendí que había rezado por mi madre como un gesto de amor. Y en la mesa, ante los compañeros, me puse a llorar, hiperventilando, y todos preocupados, y yo les decía: ‘No os preocupéis, que en realidad lloro de alegría’. Y en ese momento todo, absolutamente todo, dejó de doler. Ya no sentía odio ni rencor a mi madre, a mi madrastra. Sigo el camino del Señor, todo me lo sanó. Tengo una relación de confianza con Dios, ¡me ha quitado un dolor tan grande! Ahora cuando pasan cosas malas, sé que tengo a Dios conmigo, y soy más fuerte»

  

Testimonio de Eduardo Peys en la inauguración del curso pastoral de la Diócesis de Getafe 

Camino Católico.- Eduardo Peys compartió su testimonio de renovación y conversión el sábado 5 de octubre en el encuentro de inauguración del curso pastoral de la Diócesis de Getafe que tuvo lugar en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús. Un camino de fe que le llevó a recibir el Bautismo en la Vigilia Pascual de este año y a casarse hace tres meses con su novia Judith. Este chileno de 34 años lleva en España desde hace 12 años. Llegó a nuestro país para ganarse la vida trabajando en la construcción. En la actualidad, reside en la localidad de San Martín de la Vega y pertenece a la Parroquia Natividad de Nuestra Señora. En Camino Católico publicamos en octubre del año pasado su testimonio que el desgranó como ejemplo del poder del kerigma para sanar y tocar corazones en un encuentro ante responsables diocesanos de Primer Anuncio de toda España.

"Vengo de familia pobre, en Chile. Nadie era cristiano en mi casa y no me bautizaron. Sufrí maltrato por parte de mi madre, palizas. Yo sentía claramente que mi madre no me quería. Incluso me ponía a comer separado en una esquina. De niño, a menudo iba a una iglesia cercana, porque allí me trataban bien y sentía cariño", explica.

"A los 14 años descubrí que mi madre ¡no era mi madre! Era una vecina que me había alojado todo este tiempo. Supe por qué mi madre real me dejó de lado, una historia no muy agradable. Al saberlo me explotó la cabeza y estuve unos meses con depresión. Me dijeron que en España vivía mi tía por parte de mi madre real, que se ofrecía a cuidarme. Así dejé a mi familia, a mis hermanos y mi contacto con la iglesia", cuenta Eduardo.

Llegado a España, estableció las líneas que marcarían su vida. "Me dije: la vida es dura, levántate tú, nadie te levantará". En España sufrió algunas desgracias, fue víctima de estafas, tuvo problemas con papeles... "Yo le echaba las culpas a Dios y me decía: 'soy fuerte y ni la vida ni Dios ni nadie podrá conmigo'".

A partir de cierto momento, las cosas le empezaron a ir mejor, "aunque en silencio, yo lloraba, con mi mochila del pasado".

Enamorarse da fuerza... y vulnerabilidad

Conoció a Judit. "Era una chica muy buena, bondadosa, me enamoré locamente. Con su sonrisa, su mirada, me dio lo que nunca había tenido. Ella me hacía feliz y me hacía reír. A veces me contaba cosas de la Iglesia, pero yo no quería saber nada de ese tema", explica.

Cuando Judit entró a trabajar en el Ejército, ella empezó a sufrir acoso y bullying y entró en una grave depresión. "Se fue su sonrisa. Y yo, por primera vez en mi vida, ya no podía presumir de mis fuerzas autónomas. Nada ayudaba a Judit: ni psicólogos ni pastillas ni yo. Eso me puso de rodillas", cuenta Eduardo.

"Algo le había pasado en Tierra Santa"

En septiembre de 2022, los padres de Judit fueron a Tierra Santa y volvieron entusiasmados.  La madre ya era una firme cristiana, pero el padre era más tibio. "Nos invitaron a comer y por primera vez ahí escuché un testimonio de una persona impactada por Dios. Mi suegro, que había ido a regañadientes, había vuelto transformado de Tierra Santa. Le había pasado algo en Tierra Santa y se había convertido profundamente. No entendí mucho de la historia que nos contaba. ¡Pensé que le había afectado el incienso! Pero lo cierto es que sus ojos no eran los mismos, eran ojos que brillaban, y esos ojos con su brillo me tenían sorprendido".

El 8 de octubre de 2022 Judit sufrió un brote agresivo, a las 4 de la mañana. Eduardo se sentía inútil, incapaz de ayudarla. "Me fui de casa, caminando, llorando, y aparecí junto a la parroquia de San Martín de la Vega. Me senté en un banco, miré la cruz y entre lágrimas hablé a Dios y oré. Le dije: 'Nunca antes te he pedido nada en mi vida. Por favor, ayúdala a ella. No a mí, a ella'. Y me volví a casa".

Unos días después, empezaron unas catequesis en esa parroquia.  "Allí iba mi suegro entusiasta, convertido a viento y marea. Y me dijo mi suegra: 'vente tú también'. Yo le dije: '¡Pero si no estoy ni bautizado!'. Pero pensé: 'Pedí ayuda a Dios, y a lo mejor es un pago o una penitencia que he de cumplir'".

Eduardo Peys sufrió maltrato y una vida complicada, abrirse al perdón fue difícil, pero Dios le condujo hacia allí

Dios te ama y te envía señales

Con esa idea, empezó a acudir a las catequesis. "Hoy quiero a esos catequistas con locura, pero en ese momento no los quería nada. Eso sí, de nuevo, me asombraban sus ojos. Un catequista planteó: '¿qué es lo más importante?'. Yo dije: la familia. Pues no, él insistía en que sólo el amor. Yo pensé: "Este hombre no tiene ni idea. ¡Como él sí tiene su familia desde siempre, no la valora!".

Los catequistas tenían un mensaje muy directo y sencillo para dar: que Dios siempre está ahí, que te ama, que te envía señales y "has de sacarte las gafas de madera que no te dejan ver".

En las catequesis en San Martín de Valdeiglesias Eduardo fue conociendo a Jesús

Reticente y de mal humor, pero en las catequesis en San Martín de la Vega Eduardo fue conociendo a Jesús y el amor de Dios.

Esas catequesis empezaron a tocar a Eduardo. Le tocaban las canciones, los testimonios, y que Judit acudía y recobraba la alegría. Judit sonreía en esas catequesis y eso alegraba a Eduardo y le hacía perseverar en esas sesiones.

"El problema es que se hablaba mucho de perdón y amor y eso, en la historia de mi vida, no lo veía, y por eso me dolía. Perseveré porque sentía que Dios me ayudaba. Un día que se habló del perdón, empecé a llorar una vez en casa, porque me dolía el corazón. Dije: 'solo sé que me duele el corazón, necesito redimirme'". Ni siquiera estaba muy claro que entendiera a qué se refería con la palabra.

Ese sábado se quedó solo en casa. Le habían hablado de la teleserie cristiana 'The Chosen', y pensó en ponerla como ruido de fondo mientras jugaba videojuegos en la consola. Pero pronto dejó la consola y miró con atención la historia de María Magdalena, que sufría y pensaba en suicidarse. "Ella sigue a una paloma y ve a Jesús, y al aparecer Jesús, se me puso a latir fuerte el corazón, a hacer cosas raras. Y Jesús dice entonces: 'No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mía'. Y yo pensé, al escuchar eso, que estaba respondiendo a lo que yo había pedido".

En ese momento sonaron las campanas llamando a la misa de 7. "Fui corriendo a misa, y la homilía era sobre el perdón. Y le dije a Dios: no sé lo que quieres, pero confío en ti. Seguiré lo que Tú me digas".

Desde ese momento, esperaba con ganas las catequesis, y luego las Cenas Alpha, con sus vídeos y sus temas de fe. "La tercera sesión trataba sobre el perdón. Yo era incapaz de perdonar a mi madre y me sentía mal. 'Con lo que me han hecho, no puedo perdonar', decía".

Su párroco, Jesús Úbeda, actual vicario de Evangelización en la diócesis de Getafe, le dijo: "Si abres la carne y empiezas a tratar al corazón, puede ayudar; aunque es verdad que, aunque va sanando, duele".

Orar por los que os trataron mal

Eduardo y Judit fueron a Roma: era un viaje breve que habían comprado muchos meses antes, antes de tener fe. "¡Pasamos los tres días en el Vaticano! Había una sala de adoración allí, y me arrodillé y empecé a orar por mis padres, por mi madre que me había abandonado. No sabía porqué lo hacía".

Eduardo Peys dio el paso a confiar en Dios, a orar por los demás, y con ese amor el perdón acabó de sanar su vida interior

Eduardo dio el paso de confiar en Dios, orar por los demás, y con ese amor el perdón acabó de sanar su vida interior. Se preparó con alegría para recibir el bautismo y los otros sacramentos, que acogió con emoción y alegría en la pasada Vigilia de Pascua.

De vuelta a España, la siguiente sesión de Alpha trataba sobre el mal. Y su enseñanza central era: "el mal se combate con amor".

"Cuando escuché 'amor' y vi esa palabra en la pizarra, entendí que había rezado por mi madre como un gesto de amor. Y en la mesa, ante los compañeros, me puse a llorar, hiperventilando, y todos preocupados, y yo les decía: 'No os preocupéis, que en realidad lloro de alegría'. Y en ese momento todo, absolutamente todo, dejó de doler. Ya no sentía odio ni rencor a mi madre, a mi madrastra. Y a la cena siguiente todos me dijeron: 'Eduardo, te ha cambiado la mirada, estás distinto'".

"Desde entonces, sigo el camino del Señor, que todo me lo sanó", concluye su historia. "Tengo una relación de confianza con Dios, ¡me ha quitado un dolor tan grande! Ahora cuando pasan cosas malas, sé que tengo a Dios conmigo, y soy más fuerte", asegura.

jueves, 15 de octubre de 2026

Devrim era musulmana y soñó con un anciano de blanco: «Soy Juan, San Juan, todo irá bien»; era Juan XXIII que le cambió la vida y se bautizó católica

San Juan XXIII reza con una niña enferma, en una de sus fotos más conocidas

* «Cristo sólo espera nuestro sí para hacerse compañero de nuestra existencia. Ese vacío que sentía en mi corazón de joven en Turquía ha sido colmado por su presencia amorosa. Ahora que soy cristiana me doy cuenta de que el bautismo no es el final de un camino, sino un nuevo inicio, y soy feliz de poder decírselo a todo el mundo»

Camino Católico.-  Devrim era una chica turca y musulmana que no conocía nada del Papa Juan XXIII: ni su nombre, ni su aspecto, ni su existencia ni mucho menos que este Papa había vivido 3 años en Turquía.

Y sin embargo, por alguna razón el Papa Roncalli quiso participar en su vida de forma asombrosa muchos años después de fallecido. La historia, que se publicó primero en una web en italiano dedicada al Papa Juan XXIII, se puede leer en el libro de testimonios Cristianos venidos del Islam (LibrosLibres, 2007). La Iglesia celebra la fiesta de San Juan XXIII cada 11 de octubre.

Una joven turca que buscaba a un Dios cercano

Devrim nació y vivió en Turquía hasta los 29 años. Su familia era musulmana y creyente, aunque integrada en el estilo de vida más laico de la Turquía moderna, poco fervorosa.

“Mis padres me hablaban de nuestro grande y único Dios. Repetían que el Corán es la revelación última y definitiva. Que el Islam es la mejor religión, pero que debemos respetar a quienes profesen otra. Yo rezaba sola. Rara vez iba a la mezquita. No me consideraba una persona especialmente devota pero, al mismo tiempo, sentía un fuerte deseo de un Dios con el que dialogar. Había un vacío en mi corazón, pero no lograba comprender como podía colmarlo”.

Un novio en Italia

A los 29 años Devrim se instaló en Italia, como intérprete en una empresa de envíos internacionales. Allí conoció a un chico siciliano, Beppe, se enamoraron y se casaron por lo civil. Pero con el tiempo, entendieron que deseaban que Dios bendijera su amor, y acudieron a su parroquia de Verona.

A Devrim se le abría un mundo al escuchar cómo el párroco, Don Francesco, le presentaba al Dios cristiano.

“Su hablar de Dios como amigo, como compañero de la vida cotidiana del hombre, hacía crecer en mí la curiosidad hacia el catolicismo, hacía centellear ante mis ojos una divinidad cercana, concreta y fascinante. Don Francesco repetía que Dios es como una luz siempre encendida fuera de la ventana y que es suficiente abrir para que entre en nuestra casa. Y yo me preguntaba: ¿alguna vez he abierto realmente mi ventana?”

Pero ella aún no pensaba hacerse cristiana. Sólo quería una boda cristiana con su marido católico.

En principio la fecha estaba establecida para el 7 de octubre del 2000, pero en agosto comunicaron desde la Curia diocesana que habían surgido “dificultades” en el expediente, nunca detalladas, que bloqueaban el proceso.

Beppe se enteró mientras estaba en Sicilia repartiendo invitaciones a su familia. Devrim lloraba en Verona: ¿estaba Dios en contra de bendecir su unión?

Y entonces tuvo el sueño.

"Un anciano de blanco con grandes orejas"

“Una noche tuve un sueño que quedó nítidamente impreso en mi mente cuando desperté. En el dormitorio estaba un hombre anciano, vestido de blanco, un poco inclinado sobre sí mismo por la edad, con grandes orejas, grandes mofletes y los dientes ligeramente torcidos, que me miraba sonriendo”.

- ¿Quién eres? –preguntó Devrim en el sueño.

- Soy Juan, San Juan –dijo el anciano, poniendo su mano sobre el hombro de ella. –No temas, todo irá bien.

“A la mañana siguiente recibo una llamada del párroco: nuestra petición de matrimonio había obtenido la aprobación directamente del obispo de Verona, monseñor Flavio Carrazo”.

Devrim entendió que había sido algún tipo de sueño premonitorio, pero no lo contó porque no entendía quién era el viejecito de blanco.

Pero unos días más tarde, domingo, viendo la televisión, vio una ceremonia en la Plaza de San Pedro: el Papa Juan Pablo II estaba proclamando un beato, se desenrollaba un tapiz y aparecía el rostro del viejecito desconocido con el que había soñado.

“Beppe, ¡ven a mirar! ¿Ves ese rostro en la tela? ¡Es él, es el viejecito con el que soñé hace unos días!”, grita a su marido.

Así apareció el rostro de Juan XXIII en el tapiz de la beatificación el 3 de septiembre del 2000.

Beppe no sabía nada del sueño, pero sí conocía al viejecito. Explicó a la joven turca que ese hombre anciano era el difunto Papa Juan XXIII… y ahora la Iglesia lo proclamaba beato.

Un escalofrío recorrió la espalda de Devrim. Y quiso saberlo todo sobre Juan XXIII.

Un Papa que vivió en Turquía

En primer lugar quería fotos, más fotos, para compararlo con el anciano de blanco de su sueño.

Después descubrió asombrada que ella no fue la primera turca que interesó a Juan XXIII: había vivido en Estambul de 1934 a 1937, en la nunciatura, y durante años y años rezó por Turquía y su pueblo.

“Nada de coincidencias, son signos de la misteriosa presencia de Dios en mi vida”, diría después. “¿Por qué una mujer musulmana iba a soñar con un santo del que ni siquiera conocía su existencia?”, planteó.

Después de la boda religiosa, Devrim quiso saberlo todo sobre la Iglesia, la fe católica y Jesús. Acribilló a preguntas a amigos y parientes. Finalmente se apuntó a un catecumenado con su párroco.

Cuando en 2005 nació su hija, la pequeña Anna, ambas, madre y niña, fueron bautizadas en la Vigilia Pascual, el 26 de marzo de ese año.

Desde el día de su boda, una foto de Juan XXIII está en la mesilla de noche de Devrim y Beppe.

Y ella habla de su relación con Cristo: “Él sólo espera nuestro sí para hacerse compañero de nuestra existencia. Ese vacío que sentía en mi corazón de joven en Turquía ha sido colmado por su presencia amorosa. Ahora que soy cristiana me doy cuenta de que el bautismo no es el final de un camino, sino un nuevo inicio, y soy feliz de poder decírselo a todo el mundo”.

San Juan XXIII fue canonizado por el Papa Francisco en abril de 2014.

Testimonio publicado en Camino Católico en 2014, republicado con correcciones menores

sábado, 10 de octubre de 2026

Vanesa Prieto, actriz, marcada por abusos en su infancia fue expulsada de los Testigos de Jehová: «A veces Dios viene a buscarnos a los lugares más insospechados y soy católica»


Vanesa Prieto es de Barcelona pero vive en París y tuvo su encuentro con Dios al conocer a su Oliver, su pareja / Foto: Facebook de Vanesa Prieto

* «Salí de los Testigos de Jehová hecha polvo. No me alejé de Dios por completo. Siempre he sido una persona espiritual y creo en un Dios que da sentido a todo. Tal vez por eso, ahí empezó para mí una etapa de mucha búsqueda. Me interesaba por el hinduismo, frecuentaba ciertas terapias o quería conocer el New Age. El catolicismo no entraba para nada en mis planes. Conocí a Olivier, quien al poco se convirtió en mi pareja. Era católico y estaba haciendo los ejercicios espirituales ignacianos. Poco a poco noté cómo el catolicismo empezaba a resonar en mi interior y sabía que, de algún modo, era un encuentro natural con la fe de mis ancestros, antes de abandonar su religión. En la vigilia pascual de 2019, el 20 de abril, recibí en la misma ceremonia el bautismo, la comunión y la confirmación. En 2021 recibí otro sacramento, el del matrimonio, al casarme con Olivier»

Camino Católico.-  Vanesa Prieto es una actriz franco-española que trabaja en todos los géneros. Interpretó el papel principal en Joyce (2018) de Martin Ziegler, se distinguió en Historia de un alma, una obra sobre Santa Teresa de Lisieux, y aparecerá en la serie de Netflix GIGN en julio. Actualmente, presenta In-secte, un monólogo que explora, con humor y tragedia, los mecanismos de manipulación a través del viaje de una niña que crece en una secta. Esta obra resuena con su propia historia.

Vanesa Prieto pasó su infancia con los Testigos de Jehová y los abandonó a los 19 años. Fue una experiencia dolorosa, y quiso ofrecer una perspectiva externa, a veces "un poco absurda", para concienciar al público sobre los mecanismos de manipulación. Dios le salió a su encuentro en sus inquietudes espirituales y fue bautizada en 2019 y en un taller de lectura de los textos de Teresa de Lisieux conoció en profundidad a la santa que fue transformando su vida. 

La historia de búsqueda y prueba de Vanesa Prieto comienza mucho antes de su nacimiento hace cerca de 40 años. Evoca a sus raíces más íntimas, cuando las familias de los que serían sus padres cambiaron por completo su vida: “Siendo ambos adolescentes en Barcelona, los abuelos y padres de ambos se convirtieron en bloque del catolicismo, que vivían más como algo tradicional y no tan vivencial, a una nueva fe, la de los Testigos de Jehová. Desde entonces, toda nuestra familia pertenece a lo que yo hoy no dudo en calificar de secta”.

Y es que la primera parte de su vida, la infancia y la adolescencia, “estuvo marcada por abusos de todo tipo, tanto emocionales como físicos. Crecí en un ambiente en el que, desde muy temprano, supe que Dios no podía estar ahí… Notaba que algo esencial no funcionaba, no estaba bien. Eran demasiadas las contradicciones entre el mensaje que se predicaba y las acciones que lo llevaban a la práctica”.

Años muy dolorosos

Fueron años muy dolorosos en los que sentía “la presión de ser muy buena a ojos de los demás para que mi entorno estuviera orgulloso de mí”. Y todo mientras sufría desgarros muy profundos, como saber de la existencia de dos hermanos suyos que fallecieron antes de nacer ella “casi por casualidad… Cuando preguntaba por ellos, apenas tenía respuestas. Mis padres no hablaban de ellos, era un tabú grandísimo. Lo que conozco es porque mis otros hermanos o abuelos en algún momento decían cosas sobre ese tema. Los dos nacieron con una enfermedad cardiaca congénita. Más allá de las circunstancias, lo que me entristece mucho es que no se hable de ellos, que no se les rememore, como si no hubieran existido”.

Vanesa Prieto en plena interpretación este año 2026 / Foto: Facebook de Vanesa Prieto

Además, ella misma fue víctima de abusos de distinto tipo por parte de quienes debían ser sus principales protectores. Una mirada retrospectiva de esa época lleva a Vanesa a lamentar con mucha tristeza el papel de su madre: “Era una mujer que siempre miró exclusivamente por mi padre, quien muchas veces actuaba con gran dureza contra sus hijos. No sé si fue por miedo o por sumisión, pero nunca nos protegió”.

Algo que se puso de manifiesto en el momento más complicado de esos años: “Cuando naces Testigo de Jehová, lo habitual es recibir el bautismo en la adolescencia. Cuando uno decide aceptarlo, lo hace con todas sus consecuencias y sabe que ya no hay salida posible de esa vida, salvo que se acepte romper radicalmente con todo. Es lo que me ocurrió… Yo me había bautizado por responsabilidad hacia la familia, pero atravesaba un período de cierta rebeldía. Tenía mis amigos fuera de ese ambiente y quería vivir mi vida, lo que generaba una gran tensión en mi casa. Hasta que todo se rompió”.

La expulsión

De pronto, un día su madre descubrió algo que la golpeó: “Supo que estaba con un chico y habíamos tenido relaciones. Sin dudarlo, me denunció ante la asamblea de ancianos y me sometieron a juicio. Yo reconocí que, a sus ojos, lo que había hecho era un pecado, pero no me podía engañar a mí misma y aclaré que, no solo no me arrepentía de nada, sino que no quería seguir formando parte de los Testigos de Jehová. El juicio acabó con mi condena y mi expulsión de la comunidad”.

“Cuando me echaron de la secta –continúa–, me fui de casa de mis padres y me independicé. Unos años después, cuando tenía 22, me casé con un chico. Después, nos divorciamos y, con 24, empecé a formarme y a trabajar como actriz.

Me vine a París con 30 años. Durante los primeros años después de la ruptura familiar intenté seguir teniendo un contacto razonable con ellos. Les llamaba y acudía a verlos muy de vez en cuando. Hace unos años me di cuenta de que el movimiento solo iba de mí hacia ellos. Les llamaba, pero, si no lo hacía yo, ellos nunca me contactaban. Fui consciente de que podía estar viva o muerta y para ellos no tenía ninguna importancia, así que dejé de llamarlos. Desde entonces, el contacto es prácticamente nulo. Como mucho, un mensaje de texto alguna vez”.

Con todo, pese a que “salí de esa experiencia hecha polvo”, de algún modo “no me alejé de Dios por completo. Siempre he sido una persona espiritual y creo en un Dios que da sentido a todo. Tal vez por eso, ahí empezó para mí una etapa de mucha búsqueda. Me interesaba por el hinduismo, frecuentaba ciertas terapias o quería conocer el New Age. Me movía con mucha libertad e inquietud en distintos ambientes, pero nunca quería comprometerme con nada. El solo concepto de jerarquía o la presencia de sacerdotes me echaba para atrás, me repelía en lo más profundo. No quería formar parte de nada y, según empezaba a conocer algo, en seguida veía en ello el eco de una secta”.

Vanesa Prieto, actriz, ante uno de los carteles de una de sus representaciones en marzo de 2026 / Foto: Facebook de Vanesa Prieto

Camino de sanación

Fue un “camino de sanación que tenía que hacer en solitario, fiel a mí misma”. En este sentido, “el catolicismo no entraba para nada en mis planes. Veía demasiados puntos en común con los Testigos de Jehová y lo rechazaba. Y eso que, en el tiempo en el que aún pertenecía a la secta, en parte por rebeldía y en otra porque me sentía bien, me gustaba entrar a las iglesias vacías y sentarme un rato en sus bancos. Era una sensación extraña, pues era algo que no me estaba permitido y, sin embargo, me daba una gran sensación de paz”.

Entonces, en 2018, sucedió algo que lo volvió a cambiar todo: “Conocí a Olivier, quien al poco se convirtió en mi pareja. Era católico y estaba haciendo los ejercicios espirituales ignacianos. Cuando me hablaba de estas cosas, yo era muy reacia y lo veía carca. Se abría y me explicaba cómo era su fe, ¡y hasta me invitaba a ir a misa con él! Me daba algo de miedo todo eso, pero, al mismo tiempo, me sorprendía porque con él todo era distinto. Veía coherencia entre lo que decía y hacía. Sin ser un camino ni mucho menos perfecto, le veía feliz, demostraba que era algo natural a él y que le hacía mejor. Además, en un ambiente de mucha libertad, participamos juntos en iniciativas ecuménicas, conocimos varios carismas y valoré la diversidad del mundo católico”.

Fue así como consiguió romper con sus prejuicios y se decidió a dar un paso muy importante: “Poco a poco noté cómo el catolicismo empezaba a resonar en mi interior y sabía que, de algún modo, era un encuentro natural con la fe de mis ancestros, antes de abandonar su religión. No le dije nada a casi nadie, pues quería que fuera algo propio e íntimo, pero decidí inscribirme en una catequesis para conocer profundamente la fe católica. En ese momento lo hice por probar, por darle una oportunidad a esa experiencia, pero sin saber si la completaría hasta el final o no”.

Bautismo, comunión y confirmación

Ese tiempo de formación en un ambiente parroquial, acompañada por un matrimonio “cuyo testimonio personal de coherencia también fue clave”, desembocó en un día inolvidable para ella: “En la vigilia pascual de 2019, el 20 de abril, recibí en la misma ceremonia el bautismo, la comunión y la confirmación. y en 2021 recibí otro sacramento, el del matrimonio, al casarme con Olivier”.

Fue entonces, después de bautizarse cuando conoció a Santa Teresa de Lisieux. "Buscaba una actividad relacionada con mi espiritualidad cristiana, y mi ahora esposo me habló de un taller de lectura de los textos de Santa Teresa de Lisieux en la iglesia de Saint-Leu-Saint-Gilles en París", recuerda. Durante la pandemia de Covid, que paralizó el mundo, trabajó con el director y montó la obra Historia de un alma, que se representó en iglesias parisinas. “Fue una puesta en escena muy sencilla, pero muy bonita y a mí me permitió estrechar aún más en mi vida la relación con la fe”.

"Así conocí a Teresa de Lisieux, y siempre ha estado presente en mi vida. A menudo le confío mis inquietudes, comparto mis proyectos con ella porque ¡ella también era actriz!". Santa Teresa de Lisieux escribió, en efecto, ocho obras de teatro, antes llamadas recreaciones piadosas. Dos de ellas están dedicadas a Santa Juana de Arco, a quien ella misma interpretó.

Santa Teresita de Lisieux interpretando a Juana de Arco / Foto: Office Central de Lisieux

"Lo que más me inspira de Teresa es su increíble seguridad en sí misma, su asombro ante las cosas y su capacidad de soltar. Aprendo mucho de ella porque yo suelo intentar controlarlo todo", afirma Vanesa Prieto.

Una nueva vida en la que Vanesa continúa caminando en la fe: “He completado dos años de formación en Teología. Lo he hecho por conocer más cosas cada día y porque lo que más me fascina del catolicismo es que, al abrir mi alma, tengo muchas más preguntas que respuestas. Y eso es apasionante”.

Dinamismo espiritual

Con todo, si se tiene que quedar con unos instantes que simbolicen este complejo camino, el primero es el que se dio hace tres años, al principio de esta nueva etapa: “Fue una ceremonia en Notre Dame poco antes del incendio. Fue un momento de gran belleza, reflejo del dinamismo espiritual que se percibe en ciertos ambientes de la ciudad. Aquí la llaman la ‘llamada decisiva’. Éramos unas 800 personas y para mí tuvo un significado muy emotivo, pues era la ceremonia previa al bautismo”.

El recorrido vital de Vanesa ha estado marcado por el dolor tanto como por la aspiración a la belleza y el deseo de jamás dejar de ser ella misma. Y siempre con un gran mar de fondo: la búsqueda espiritual. Porque, como concluye, “a veces Dios viene a buscarnos a los lugares más insospechados”.

jueves, 7 de mayo de 2026

Davide Fiorillo murió de leucemia con 8 años: veía a Jesús, la Virgen, los ángeles y cambió la vida de sus padres: «Comprendimos que Jesucristo está vivo en la Eucaristía»



Davide Fiorillo cambió desde que empezó a ver junto a sí a Jesús, la Virgen y los ángeles. Y su alegría cambió la vida de fe de sus padres / Foto: Cubierta de 'Davide', la historia del pequeño contada por Costanza Signorelli

* «Sabiendo cuánto le gustaba comprar juguetes, le dije: ‘¿Ves cuánto dinero te han regalado? ¡Tienes que decirle a los angelitos y a la Virgen que te curen para que puedas gastarlo!’. Me contestó enseguida, sin pensárselo: ‘No, papá. Me están esperando. Me tengo que ir’. ¿Se imaginan a un niño de ocho años hablando así de su muerte, con una certeza y una serenidad indescriptibles? Davide nos mostró que la muerte no es el final, sino el principio de la vida. Antes de ir al cielo, se hizo coser un traje especialmente para volar con los angelitos: lo eligió todo hasta el último detalle, y cuando se lo probó, parecía que se estaba preparando para una boda, ¡para el día más hermoso de su vida!»

Camino Católico.-  Davide Fiorillo murió a los 8 años de edad a consecuencia de una larga enfermedad. Durante esa etapa final de su corta vida vio con frecuencia a Jesús, la Virgen y los ángeles. Una historia extraordinaria que sus padres, Salvatore y Elisa, han contado a Riccardo Caniato en Maria con te y reproduce Famiglia Cristiana.

-¿Quieres parar un poco y ver el mar?


-¡No mamá, tenemos que irnos! La Virgen nos espera.


En este intercambio entre Elisa y su hijo se incluye ya el misterio de una vida, recogido por la periodista Costanza Signorelli en el volumen David. El niño que hablaba con los ángeles (Ares). Una historia conmovedora que será fuente de esperanza para todos aquellos que cargan con una cruz en su enfermedad.


Davide Fiorillo, calabrés de Piscopio, en la provincia de Vibo Valentia, murió de leucemia a los 8 años, el 22 de junio de 2021, en circunstancias especiales que hacen que su historia sea extraordinaria. Nacido en el seno de una familia no practicante, Davide abrazó en un momento dado su enfermedad incurable con una serenidad sorprendente: lo hizo desde el momento en que, según testimonió el pequeño a sus padres, los ángeles vinieron a hacerle compañía, después la Virgen y por último Jesús. Todos le prepararon y acompañaron en su paso al Cielo.



Davide Fiorillo con su madre Elisa / Foto: Famiglia cristiana


Dentro de esta historia, un pasaje significativo se refiere al santuario de Nuestra Señora de los Ángeles de Cassano delle Murge, que relatamos en el número 5 del semanario Maria con te [María contigo]: fue aquí donde la Virgen invitó dos veces al niño, y donde este se apresuró a reunirse con ella a costa de renunciar al mar que tanto amaba; y fue aquí donde las dos veces se le vio caer en éxtasis ante la estatua de la Virgen de los Ángeles.

Pero María también salió al encuentro del sufrimiento de Davide en la vida cotidiana de su casa: como nos testimonian directamente sus padres, Salvatore y Elisa, en la siguiente entrevista.


-¿Cuándo comenzaron los fenómenos místicos para Davide?


-Salvatore: Los descubrimos el 19 de marzo de 2021. Davide estaba hospitalizado en Roma, en el Bambin Gesù, los médicos acababan de decirnos que no había esperanza para él. Elisa y yo estábamos desesperados, ya no sabíamos ni qué decirle a nuestro hijo. En un momento dado, Elisa le habló del ángel de la guarda, para aferrarse a una imagen consoladora, como el que se refugia en los cuentos de hadas, y Davide, todo alegría, le contestó: "Mamá, uno no, ahora veo tres. Y si cierras los ojos, también tú los ves".


-¿También veía a la Virgen?


-Elisa: "La Virgen es muy hermosa", nos decía. La vio rodeada de ángeles, como está representada en la estatua del santuario de Cassano. Él no conocía ese lugar, ninguno de nosotros lo conocía, fue María quien se lo indicó, quien le hizo encontrar esa imagen suya en internet y pedirnos que fuéramos en peregrinación.



Nuestra Señora de los Ángeles, en el santuario que le está consagrado en Cassano delle Murge (Apulia, Italia).


-Salvatore: Primero vio a los ángeles, que le prepararon para el encuentro con la Virgen. En ese momento Ella ya no le abandonó nunca más y a su vez le preparó para el encuentro con Jesús que tuvo lugar con su Primera Comunión.


-Ad Jesum per Mariam. El capítulo del libro dedicado a la Eucaristía se titula: "Veo a Jesús". ¿Qué ocurrió exactamente ese día?


-Elisa: Era la primera misa a la que asistía Davide. Durante la celebración tenía una mirada seria y profunda, estaba sereno y decidido en sus movimientos, como si ya lo supiera todo. Le oíamos hablar en voz baja y no entendíamos si estaba participando en el rito (que desconocía) o conversando con alguien. En un momento dado le pregunté si la Virgen había venido a la misa, como había prometido. Me contestó que ya estaba en la iglesia esperándole y, tras mirar hacia arriba como cuando se escruta el cielo, lleno de felicidad le dijo a su padre que los angelitos también estaban allí. Por la noche, cuando todo había terminado, tuve el valor de preguntarle si también Jesús se había presentado, me contestó que solo después de comer la Hostia consagrada había visto a Jesús y nos lo describió.


-¿Cómo lo describió?


-Elisa: Con estas palabras exactas: "¡Guapo! Joven como San Miguel, sin barba, con el pelo no muy largo, vestido con una túnica blanca y un manto rojo". También nos dijo que Jesús le había acariciado con una mano y le había tocado el corazón con la otra.


-En el libro se relata la primera comunión de Davide como un giro radical en vuestra vida…


-Elisa: Tanto Salvatore como yo vivíamos lejos de la Iglesia y de los sacramentos; y Davide había crecido sin ninguna formación religiosa. Nunca antes habíamos comprendido lo que significa que Jesucristo está vivo y presente en la Eucaristía. A través de nuestro hijo tocamos con nuestras manos esta presencia real. Davide nos dijo que vio a Jesús, pero nosotros vimos cómo él nos lo dijo: su confianza, su fe, su espontaneidad, sus ojos llenos de una luz que no existe en esta tierra.


-Salvatore, usted es apicultor, un hombre concreto, de la tierra: ¿cómo pudo creer en las palabras de su hijo y cómo le cambiaron?


-Salvatore: La pregunta que me hago es la contraria: ¿cómo no iba a creer? Desde el primer momento en que oí a mi hijo hablar del Cielo, algo dentro de mí cambió. Es como si las palabras de Davide respondieran a tantas preguntas que yo llevaba dentro de una manera que nadie había respondido nunca. La primera vez que Elisa me llevó corriendo al hospital, diciéndome que Davide había hablado de los angelitos y del Cielo, rompí a llorar y sentí dentro de mí una certeza inquebrantable. Día tras día, Elisa y yo -cada uno a su manera, pero juntos- comprendíamos que si lo que nuestro hijo nos contaba era verdad, ¡nuestra vida ya no podría volver a ser la misma! Yo soy un hombre racional y había vivido como si nada existiera más allá de lo que podíamos ver y tocar. Pero Davide nos mostró otra vida, la verdadera, y es la que él más esperaba y deseaba.



Davide Fiorillo / Foto: Famiglia cristiana


-¿Cómo les comunicaba estas cosas?


-Salvatore: De muchas maneras. Le pondré un ejemplo. Al día siguiente de la Primera Comunión vi a Davide jugueteando con su hucha en forma de casita de abejas. Sabiendo cuánto le gustaba comprar juguetes, le dije: "¿Ves cuánto dinero te han regalado? ¡Tienes que decirle a los angelitos y a la Virgen que te curen para que puedas gastarlo!". Me contestó enseguida, sin pensárselo: "No, papá. Me están esperando. Me tengo que ir". ¿Se imaginan a un niño de ocho años hablando así de su muerte, con una certeza y una serenidad indescriptibles? Davide nos mostró que la muerte no es el final, sino el principio de la vida. Antes de ir al cielo, se hizo coser un traje especialmente para volar con los angelitos: lo eligió todo hasta el último detalle, y cuando se lo probó, parecía que se estaba preparando para una boda, ¡para el día más hermoso de su vida!


-¿Les describió también lo que hay después de la muerte?


-Elisa: Nunca habló de la muerte. Un día nos contó que los angelitos le llevaron a ver el Paraíso y lo describió como un lugar precioso, lleno de luz y con un arcoíris. Un lugar donde ocurren las cosas bonitas que deseas y donde no hay sufrimiento, de hecho repetía: "En el Paraíso no se toman medicinas y no hay hospitales". Piense que Davide estaba muy unido a mí, hasta el punto de que durante las estancias en el hospital no me dejaba salir de la habitación, pero desde el momento en que vio el Paraíso empezó a decir que quería ir allí. Tenía una serenidad inexplicable y me decía que tenía que estar tranquila porque siempre vendría a verme.


-Salvatore: No solo escuchamos sus historias, sino que le vimos cambiar por completo: antes de partir hacia el Cielo, Davide había superado la angustia típica de los niños que sufren enfermedades graves durante años. Ya no lloraba ni tenía rabietas. Se había vuelto alegre y lleno de vida, daba gracias por todo, quería a todo el mundo y siempre hablaba del Cielo. Incluso su hermano Antonio, al que estaba muy unido, se sintió abrumado por este cambio. Uno de sus últimos días, reunió a su familia, incluidos sus tíos y primos pequeños, y nos llevó a misa. En la iglesia, viendo que íbamos rezagados, nos "empujó" a los bancos de delante para que estuviéramos cerca del altar. Iba en el cochecito porque el dolor le impedía caminar, pero estaba lleno de una alegría que nos dejaba sin palabras. Era el día del Corpus Christi.


-La estatua de Nuestra Señora de los Ángeles de Cassano es una figura regia…


-Elisa: Para Davide la "Madonnina" -así la llamaba- era ante todo una madre. Un día, cuando le pregunté qué hacía o qué le decía la Virgen, me respondió con franqueza: "Se acerca a mi cama y me abraza como una madre, ¡como haces tú!".


-Salvatore: Davide, con la espontaneidad y la ingenuidad de un niño, nos hizo comprender que el Cielo -los Ángeles, la Virgen, Jesús, los Santos- son personas familiares, y están más cerca de nosotros de lo que podemos imaginar.