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domingo, 8 de marzo de 2026

Oraciones a San Juan de Dios para pedir la sanación de un niño enfermo y para problemas económicos, salud y depresión

Camino Católico.- Cada 8 de marzo, la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Juan de Dios, fundador de la Orden de los Hermanos Hospitalarios, la que posteriormente se denominaría, en honor al santo, “Orden Hospitalaria de San Juan de Dios”.

San Juan de Dios es un símbolo de la vocación de la Iglesia a hacerse ella misma caridad con aquellos que sufren en el cuerpo y también en el espíritu.

El aventurero llamado a servir a los que sufren

San Juan de Dios O. H. nació en Montemor-o-Novo (Montemayor), Portugal, el 8 de marzo de 1495 y, coincidentemente, fue llamado a la Casa del Padre también un 8 de marzo, pero de 1550, en Granada (España). Su nombre de pila fue João Cidade Duarte, aunque el mundo lo ha conocido siempre como Juan, ‘Juan de los enfermos’.

João, con tan solo 12 años, tomó rumbo hacia Toledo (España). Allí empezaría su curioso itinerario laboral que lo haría pasar del pastoreo -su primer empleo- a mercenario a los 27 años, cuando se enlista en la milicia del Emperador Carlos I de España (1500-1558). Poco le faltó para morir ahorcado a causa de un descuido suyo que comprometió a su compañía militar. Años después volvería a enrolarse para apoyar a Carlos I (Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico), esta vez no para luchar contra los franceses sino contra los turcos que habían sitiado Viena en 1532.

Santo de los libreros y mayordomos

Después de la milicia, decidió volver a su tierra, Portugal. En el camino conoció a una familia noble expulsada por el rey de Portugal a Ceuta, quienes lo contrataron como sirviente.

Decidido a probar fortuna empezó a trabajar como librero en Gibraltar, llegando a abrir una pequeña librería propia. Gracias a este oficio tuvo contacto con la literatura religiosa de la época, que dejó una huella imborrable en su corazón. Por épocas volvió a trabajar como sirviente, ejercitándose aún más en los dones y hábitos que Dios plenificaría más tarde cuando Juan se convertiría en servidor de los enfermos para siempre.

Finalmente, Juan se hizo enfermero por vocación y convicción, pues descubrió que el amor a los que sufren dolor era lo que más le movía y llenaba el corazón. Juan se quedó prendado de este noble oficio, con el que aprendió a tratar a diario con ‘ese’ Jesús sufriente, vulnerable, esperando ser atendido y consolado, y que siempre está presente en cada persona enferma.

Un alma hospitalaria

Juan, cuando trabajó como sirviente, aprendió aquello de que en el servicio el amor se hace palpable, visible. Cristo se hizo servidor de todos y fue quien más amó y es quien más nos ama. Movido por esa convicción, el santo fundó un hospital en Granada y, posteriormente, junto con su grupo de compañeros, constituyó la base de lo que sería la Orden Hospitalaria, dedicada a la pastoral de la salud. Los miembros de la Orden estarían dedicados por entero a atender a los pobres y necesitados.

En aquel hospital, el Hermano Juan trabajaría casi sin descanso durante diez años. Fueron años duros, con muchas tribulaciones y dolores, que se hicieron más llevaderos -cuando no hermosos- gracias a la oración. Sin Cristo, nada hubiese sido posible, pensaba Juan: “Son tantos los pobres que aquí llegan, que yo mismo, muchas veces estoy espantado cómo se pueden sustentar, mas Jesucristo lo provee todo y les da de comer”.

Es Cristo quien cura

El Hermano Juan, cada vez que podía, se ponía en presencia de Dios o renunciaba a alguna cosa que le agradaba para “mantener contento al Señor” durante la jornada y seguir exhibiendo la sonrisa que animaba a sus enfermos. Ellos, desorientados por el dolor, muchas veces pensaban que Dios los había abandonado y se veían caer en el abismo del desamparo, hasta que de pronto la sonrisa serena de Juan y sus ademanes llenos de cuidado y afecto les aliviaba el alma.

Juan había interiorizado hasta el tuétano que amar al que sufre es razón suficiente para desvelos y sacrificios. Ni cuando su propia salud lo traicionaba -solía resfriarse constantemente- buscó su seguridad o comodidad, sino siempre primero el bienestar del que tenía enfrente.

En una ocasión, se produjo un terrible incendio en su hospital y él, poniendo en riesgo su vida, se encargó personalmente de rescatar a los pacientes. Fue auténticamente milagrosa la manera como Juan de dios atravesó el lugar en llamas, una y otra vez, sin recibir quemadura alguna. Aquel día ni uno solo de sus pacientes sufrió algún daño.

San Juan de Dios y la salud hoy

San Juan de Dios además de ser patrono de hospitales y centros de salud, lo es de quienes trabajan en ellos en todas las áreas: médicos, enfermeros, administrativos y obreros; es decir, de todos los involucrados en preservar la salud y el valor de la vida humana. Asimismo -y no es poca cosa- es patrón de los que difunden libros en los que hay verdad, como los libros religiosos o de provecho espiritual. La salud es siempre cosa del cuerpo y del alma.

Hoy su vida y ejemplo de entrega a los sufrientes cobran un sentido especial. Pidamos su intercesión por todos aquellos que se arriesgan en los hospitales y servicios de salud alrededor del mundo para servir a otros. Pidamos también por quienes padecen el dolor del deterioro corporal y la soledad que a veces acarrea la enfermedad.

Actualmente los religiosos hospitalarios de San Juan de Dios, sus hijos espirituales, continúan sirviendo en cientos de centros de salud en los cinco continentes. Ellos son testigos del valor único de la vida humana, que ha de respetarse de manera incondicional.

Pidamos la intercesión de San Juan de Dios con confianza con estas dos oraciones pidiendo la sanación de un niño enfermo y para problemas económicos, salud y depresión:

Oración a San Juan de Dios para pedir la sanación de un niño enfermo

Glorioso san Juan de Dios, alma buena y noble,

que, engrandecido por Dios con su Poder y sus Gracias,

compartiste los sufrimientos y aflicciones de los demás,

ahora que estás junto al buen Jesús,

que te honra y no te niega nada,

y eres nuestro intercesor ante la salud y la enfermedad,

te suplico ruegues por la salud de este niño-a enfermo

y hagas lo posible para que sea sanado-a cuanto antes…

(nombre del niño-a enfermo).


Tu que repartes favores entre todos los que esperanzados

imploran tu generosidad y clemencia,

como lo acredita una serie continuada de milagros

obrados por ti en todos los siglos, naciones y gentes,

mira compasivamente a este criaturita

y dale tu asistencia y afecto desde los Cielos.


Ayúdale a librar esta dura batalla,

no le abandones en este trance difícil y angustioso

y envía junto a su cama al Arcángel san Rafael

para que, al igual que a ti te ayudó y protegió,

sea su amigo y compañero, lo proteja y custodie.


San Juan de Dios, glorioso patrón de los enfermos,

que elegiste a los más necesitados y a los que padecían

para darles tu amor, cuidados y atenciones

por ser ellos la representación del Cristo sufriente,

y te esforzaste en hacerles el bien y caridad,

en sustentarles, vestir y curar,

recibe a ....... con amor y caridad y pide por el-ella,

para que en breve recupere su energía y vitalidad

y sea un niño-a sanísimo-a, alegre y dichoso-a.


San Juan de Dios, esclavo de Jesús y María,

suplica con fervor a la Santísima Virgen,

que es nuestro amparo y consuelo,

acune entre sus amorosos brazos a …….

y con sus maternales caricias mitigue sus dolores;

pide al Niño Jesús, que es vida y salud del enfermo,

que con su infinito amor y misericordia

limpie su cuerpo de toda enfermedad física y mental,

sane sus dolencias y le devuelva la salud,

para que tenga una larga y buena vida,

nosotros le-la amamos y necesitamos a nuestro lado,

...... es nuestra alegría y llena de felicidad nuestras vidas.


San Juan de Dios, bendito y milagroso

que tus manos y corazón no se separen

de esta criatura que padece y sufre; 

haz que los doctores y enfermeras que se ocupan de .......

reciban luz y guía de Dios Padre Todopoderoso

y sean sabios para administrar las medicinas adecuadas,

danos fortaleza a sus familiares y amigos

para que no perdamos la esperanza

y sepamos hacer todo lo necesario y preciso

para afrontar esta situación con entereza y sin decaer, 

y sobre todo, pide al Señor que desde las Alturas

contemple con ojos de misericordia, visite y sane

a su pequeño-a siervo-a ....... que tanto le necesita.


Bienaventurado e insigne san Juan de Dios,

sé que mi pedido será escuchado

y por ello te doy las gracias por anticipado,

y me mantengo a la espera

con toda la esperanza y confianza

que mi alma y corazón sean capaces.


Oh Dios concédenos que,

siguiendo el ejemplo de san Juan de Dios

llevemos en el corazón y manifestemos en la practica

el amor a los pobres, a los enfermos y necesitados,

y extiende tu acostumbrada bondad sobre .......

guarda, cuida y sana a ....... 

que se encuentra afligido por la enfermedad,

Padre Dios, concédele la ayuda de tu Poder

para que su enfermedad sea cambiada por salud total

y la tristeza que ahora tenemos se convierta en gozo.


Por Jesucristo, nuestro Señor.


Amén.


Rezar tres Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

 _________

Oración de San Juan de Dios para problemas económicos, salud y depresión

San Juan de Dios glorioso,
benefactor insigne de los enfermos,
los desahuciados y abandonados,
de los que sufren depresión, angustia o ansiedad,
de los traumatizados, de las víctimas de abusos,
y de toda persona desamparada o en dificultad,
te suplicamos de todo corazón,
y por la poderosa ayuda divina que recibiste de tu amigo y protector
el Arcángel san Rafael,
que nos des tu asistencia en las necesidades
corporales, espirituales y materiales
que aquí te presentamos:

(pedir lo que se necesita conseguir).

No nos niegues la ayuda que con fe te pedimos,
mira nuestras carencias, nuestros agobios,
tiende tu generosa mano y danos tu auxilio,
danos las bendiciones que tanto precisamos
para solucionar nuestros problemas,
pide por nosotros al Señor de Misericordia
y consigue seamos escuchados y atendidos.

Así mismo te pedimos que nos hagas participes
del conocimiento de Dios,
para que conociéndolo le amemos,
le sirvamos y le obedezcamos,
porque no hay mayor pobreza
que el desconocimiento de Dios,
y libres de esta pobreza espiritual
seamos dotados de buenas obras
y así de esta manera,
venciendo todos los obstáculos
de la vida presente
seamos dignos de las glorias
y maravillas celestiales.

Por Jesucristo Nuestro Señor

Amén.

domingo, 15 de febrero de 2026

Reza el “Acto de confianza en Dios” de San Claudio de la Colombière

Camino Católico.- Cada 15 de febrero la Iglesia Católica celebra a San Claudio de la Colombière, sacerdote jesuita francés del siglo XVII, quien obtuvo de primera mano los testimonios de Santa Margarita María Alacoque, vidente del Sagrado Corazón de Jesús.

San Juan Pablo II, quien canonizó a San Claudio en 1992, lo presentó como modelo de jesuita, recordando cómo "se entregó por completo al Sagrado Corazón, 'siempre abrasado de amor'. Incluso practicó el olvido de sí mismo, con el fin de alcanzar la pureza del amor y de elevar el mundo a Dios".


“Un corazón contrito y humillado, oh Dios, Tú no lo desprecias” (Sal 51, 19)

Nacido en el sur de Francia (Saint-Symphorien-d'Ozon) en 1641, San Claudio era parte de una familia numerosa de siete hijos, cuatro de los cuales se consagraron a Dios, sea en el sacerdocio o en la vida religiosa. Asistió de niño a una escuela regentada por la Compañía de Jesús y al cumplir los 17 años ingresó a la Orden.

Claudio admitió alguna vez -con mucha honestidad- haber tenido una "terrible aversión" al riguroso entrenamiento requerido por la Compañía en los años de noviciado, pero reconocía también que esta etapa de formación lo ayudó a incrementar sus talentos naturales y mejorar su disposición espiritual. Para ayudarse en los buenos propósitos, hizo un voto privado -una promesa personal- para obedecer las reglas y las órdenes lo más perfectamente posible. Para el hombre que ama a Dios, obedecerlo es la manera por excelencia de mostrar cuánto se ama -y Claudio lo aprendió muy bien.

Después de completar el período de estudio, Claudio fue ordenado sacerdote en 1669. Conocido como un gran predicador, llegó a enseñar en la universidad y sirvió como tutor de los hijos del ministro de finanzas (hacienda) del rey de Francia, Luis XIV.

En 1674 fue elegido superior de la casa de los jesuitas en la ciudad de Paray-le-Monial. En ese tiempo, cuando servía como confesor en un convento de monjas de la localidad, Claudio tomó parte en un conjunto de acontecimientos que cambiarían su vida y la historia de la Iglesia en Occidente.

Santa Margarita María de Alacoque

San Claudio de la Colombiere solía hacer acompañar espiritualmente a las monjas de un convento. Una de las religiosas que conoció allí fue Santa Margarita María de Alacoque, quien decía haber experimentado revelaciones personales del mismo Cristo, instando a la devoción a su sagrado corazón.

Dentro del convento, sin embargo, el testimonio de la Hermana Margarita María –cuya veracidad fue demostrada con el tiempo y respaldada por la Iglesia– era objeto de gran escepticismo, y, en algunos casos fue tomado con absoluto desdén.

El Padre Claudio de la Colombière, por el contrario, se aproximó a la situación con total apertura. Se convirtió en el director espiritual de Santa Margarita y permaneció en esa función durante todo su tiempo en Paray-le-Monial.

De la Colombière escuchó cuidadosamente el testimonio de la santa sobre las revelaciones, y tras estudiarlas con detenimiento llegó a la conclusión de que la Hermana Margarita María había recibido efectivamente una gracia extraordinaria (revelación particular o privada).

Al encuentro del Sagrado Corazón de Jesús

La palabra de San Claudio de la Colombière en torno a las experiencias y la vida de Santa Margarita contribuyeron enormemente -y lo siguen haciendo- a que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús sea uno de los más importantes tesoros de la piedad católica. En su momento, solo a manera de ejemplo, esta devoción -y la teología que empezó a desarrollarse alrededor- ayudó a combatir la herejía jansenista, que sostenía tesis cercanas a la predestinación al acentuar el lado pecaminoso u obscuro de la naturaleza humana y terminar restándole todo concurso al libre albedrío en la salvación humana.

La Iglesia condenó el jansenismo, movimiento religioso iniciado por Cornelio Jansenio (1585-1638), y lo calificó de herético. Fue parte de una visión pesimista muy difundida en la época, contaminada de puritanismo. Gracias al Sagrado Corazón de Jesús la herejía fue contrarrestada desde la conciencia renovada de que Dios invita a todos a recibir su perdón, al arrepentimiento y a gozar del don de la misericordia. Jesús estaba mostrando su corazón inflamado de amor por cada uno de los seres humanos, invitados todos a la salvación con la cooperación del libre albedrío. Sin Santa Margarita María y sin San Claudio de la Colombiere ese mensaje no habría tocado los corazones de muchísima gente.

Misionero expulsado de Inglaterra

En el otoño de 1676, el P. de la Colombière fue enviado a Inglaterra, en tiempos de gran tensión en ese país, religiosamente desgarrado por las guerras civiles de mediados de siglo. Allí el jesuita desempeñó su ministerio como capellán y predicador de María de Módena, noble católica que se había convertido en duquesa de York, es decir, en reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda.

Ese fue un tiempo de relativa calma, hasta que en 1678 un rumor sobre un supuesto complot católico contra la monarquía inglesa se extendió por el país. Aún cuando se trató de una mentira, el rumor llevó a la ejecución de 35 personas inocentes, entre ellos ocho sacerdotes jesuitas. El P. Claudio Colombière no fue ejecutado pero sí acusado, arrestado y encerrado en un calabozo, donde permaneció por varias semanas.

El jesuita francés soportó heroicamente aquella prueba; sin embargo, las condiciones de la prisión maltrataron mucho su salud. Sin haberse siquiera repuesto, fue expulsado de Inglaterra.

Vuelta a Francia y muerte

El santo volvió a Francia en 1679 y reanudó su trabajo como maestro y sacerdote, aprovechando las nuevas circunstancias para difundir la devoción al Sagrado Corazón de Cristo entre sus compatriotas.

En 1681, el P. de la Colombière volvió a Paray-le-Monial, al mismo lugar donde acontecieron las revelaciones a Santa Margarita María Alacoque. En aquella comuna, un año más tarde (1682), murió de una hemorragia interna a los 41 años, el primer domingo de Cuaresma, 15 de febrero.

Claudio de la Colombière fue beatificado en 1929 –nueve años después de la canonización de Santa Margarita María Alacoque– y canonizado 63 años después por San Juan Pablo II, el 31 de mayo de 1992.

Recemos con la oración de San Claudio de la Colombière “Acto de confianza en Dios”, que es parte de un sermón del Santo sobre el amor de Dios: Oeuvres, IV, 215. Cf. carta XCVI:


Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien aguarda de Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes: «en paz me duermo y al punto descanso, porque tú, Señor, me has afirmado singularmente en la esperanza» (Sal 4,10). Despójenme, en buena hora, los hombres de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerzas e instrumentos de serviros; pierda yo por mí mismo vuestra gracia pecando, que no por eso perderé la esperanza; antes la conservaré hasta el último suspiro de mi vida y serán vanos los esfuerzos de todos los demonios del infierno por arrancármela: en paz me duermo y al punto descanso. 

Que otros esperen la dicha de sus riquezas o de sus talentos: que descansen otros en la inocencia de su vida, o en la aspereza de su penitencia, o en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí toda mi confianza se funda en mi misma confianza: «Tú, Señor, me has afirmado singularmente en la esperanza» (Sal 4,10). Confianza semejante jamás salió fallida a nadie: «Nadie esperó en el Señor y quedó confundido» (Sir 2,11). Así que seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque eres Tú, Dios mío, de quien lo espero: «en Ti, Señor, he esperado; no quedaré avergonzado jamás» (Sal 30,2; 70,1). 

Conocer, demasiado conozco que por mí soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme. Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable. 

En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de Ti, y que nunca tendré menos de lo que hubiere esperado. Por tanto, espero que me sostendrás firme en los riesgos más inminentes y me defenderás en medio de los ataques más furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos. Espero que Tú me amarás a mí siempre y que te amaré a Ti sin intermisión, y para llegar de un solo vuelo con la esperanza hasta dónde puede llegarse, espero a Ti mismo, de Ti mismo, oh Criador mío, para el tiempo y para la eternidad. Amén.