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domingo, 15 de marzo de 2026

Jason Blakely era ateo, lector de Nietzsche y Heidegger, le sacudió el amor y Cristo: «Si entras en relación con Dios, misteriosamente se te ofrecerá la fe. Solo necesitas la humildad de acercarte y pedir»

Jason Blakely, profesor de Filosofía Política, a quien siendo ateo le sacudió el amor de Cristo

* «La misa arraigaba en mi carne y mis huesos. Las palabras volvían a mi lengua: Dios de Dios, luz de luz... Como Pascal había señalado, la práctica puede preceder a la creencia»

Camino Católico.-  Jason Blakely es profesor de Políticas en la Universidad Pepperdine (Malibú, California). Ha escrito libros influyentes como We built reality y Lost in ideology. Fue durante muchos años ateo, entre el nihilismo y el existencialismo. Leía mucha filosofía y se consideraba un valiente frente al Vacío, un héroe ante un mundo sin sentido.

Empezó a cambiar cuando reflexionó sobre el amor, pensando en el amor de su novia, perseverante. ¡Con amor, el mundo tiene sentido! Después le cautivó la honestidad intelectual del filósofo católico Charles Taylor. Y luego, combinando la lectura de Dostoyevsky y los cuatro Evangelios, quedó fascinado por Cristo y su enseñanza.

Ha contado con detalle y buena pluma su evolución intelectual y de fe en la revista America, de los jesuitas de Estados Unidos, a partir de una versión que pronunció en un encuentro académico, y P.J. Ginés lo traduce y sintetiza en  Religión en Libertad.

El testimonio de Jason Blakely en la revista America de los jesuitas de EEUU

El nihilismo de los suburbios feos

Blakely usa toda su capacidad literaria para intentar definir esa Nada fea del suburbio donde creció. Piensa que Dostoyevski tiene razón en  Los Demonios (o Los Poseídos, o Los Endemoniados): el peor veneno en la vida humana no es la ira sino el aburrimiento.

Esa fue la experiencia de su juventud: un suburbio gris en Colorado, feo, repetitivo, las mismas casas, las mismas tiendas de franquicias. "Era un aburrimiento que contiene el más firme rechazo a la existencia, un aburrimiento burlón, perezoso, orgulloso y lamentable, que mira al ser, a su grandeza brillante, a su novedad inagotable y le dice una sola palabra: no".

Recuerda que a una hora de su casa, en la  escuela Columbine, en un suburbio idéntico al suyo, casi clonado, en Littleton en 1999, dos estudiantes mataron a 12 compañeros y se suicidaron. En esa época no estaban acostumbrados a esos tiroteos absurdos, que luego se multiplicarían. "Quizá sentían el mismo veneno impío que corría por nuestras venas", apunta, esa desesperación nihilista.

Ateísmo por hábito

"Mi primer ateísmo no era de convicción. Eso vendría después. Era un hábito, un estilo de vida, una manera de estar en el mundo, el sentimiento de una ausencia. Mi increencia tenía la ventaja de mirar a la realidad sin locas conjeturas metafísicas y aditivos innecesarios. No era un ateísmo muy militante, incluso apático", detalla.

"Mi padre podía ser un fiero crítico de la religión organizada, particularmente del cristianismo, pero no era ateo. Me enseñó a ver en la naturaleza una dimensión espiritual profunda, de excursión por las montañas, y a admirar la búsqueda artística en la contracultura", escribe. Su madre era católica y le llevaba a misa los domingos. Pero Blakely siempre fue escéptico en todo lo espiritual, "para mí era un engaño, desde los cristianos evangélicos a los hippies New Age".

Además, le parecía que los cristianos, por los que conocía, estaban dormidos, inactivos ante el sufrimiento humano y la injusticia, "más aclimatados al mal y a ese mortal aburrimiento".

El vacío palpable

En la escuela secundaria, Blakely conoció a Lindsay, su novia. Cuando la conoció, Blakely ya llevaba 2 años sin ir a misa con su madre y sin recibir los sacramentos, excepto ocasionalmente. La misa de Confirmación fue su última misa en más de 10 años.

Jason Blakely en el año 2000, con 18 años, empezando la universidad.

Con 18 años estudió Políticas y Filosofía en en Nueva York. Su profesora de Filosofía proponía el existencialismo y citaba aforismos de Nietzsche "igual que los cristianos citan la Escritura. "Me convencí de que la única visión racional de la existencia es que es absurda. Leí a Camus, Kafka, Sartre, Kierkegaard, y sobre todo a Nietzsche y Heidegger", recuerda.

"Aquí es cuando el vacío por primera vez se hizo palpable, incluso terriblemente real. Era más real que cualquier otra cosa. Era tan vasto, tan abrumador, que quizá anunciaba, sin yo saberlo, un misterio que ninguna mente puede comprender. Si un ateo puede sentir el temor de Dios sin saberlo... creo que esa era mi experiencia", detalla.

En esa época, consideraba que el ateísmo era la opción del que tiene verdadero "coraje intelectual", que el ateo puede "sobrevivir ante la verdad más que otros, el ateo podía mirar más rato al sol terrorífico". Ser ateo era una forma de ser heroico ante la realidad.

Y añade, con cierto humor: "Los que nunca han sido ateos tienen que saber que cualquier cosa en la vida puede significar la muerte de Dios. Eso incluye la familia, las relaciones, la ciencia, la política, la tecnología, la psicología, la naturaleza, tu conciencia... ¡Todo puede ser testimonio del vacío y rendirle homenaje!"

Mientras tanto, su novia Lindsay había estudiado en Boston en una universidad de los jesuitas. Allí también leían a Nietzsche, pero lo acompañaban del Evangelio de Juan y de La Tierra Baldía, el poema de T.S.Eliot de 1922 (Eliot se haría cristiano cinco años después, en 1927).

Jason Blakely en 2003, convencido que un artista crea su propio destino

Escribir, voluntad superior... y colapso

En Nueva York, Blakely trabajaba en una librería de día y leía y escribía horas y horas por las noches. "Decidí ser novelista y poeta. Los artistas crean sus propios significados ex nihilo, como una rebelión contra el vacío. El arte sería mi gran amén de la voluntad creativa ante el vacío de un mundo sin Dios". Incluso pintaba un poco.

Pero colapsó. En octubre de 2005, tras meses de dolores, mareos y agotamiento, Blakely empezó a ir a los médicos. Ellos no encontraban problemas físicos. "Mi cuerpo estaba entumecido: parecía como si me faltara la voluntad de vivir. Yo no sabía qué era una vida buena, más allá de la lucha de la voluntad contra el vacío. La muerte, aunque yo la contemplaba constantemente, era casi inconcebible para mí. Si yo moría ¡moriría conmigo todo lo que es significativo!"

Se dio cuenta de que más que una enfermedad, vivía una caída de significado, "no solo espiritual sino también en mi cuerpo".

Jason y Lindsay en verano de 2005, pocos meses antes del colapso de él

Su novia Lindsey le cuidaba y poco a poco su salud mejoraba.

Emocionado, él le pidió que se casaran. Ella quedó sorprendida. "¿Lo dices en serio?", preguntó. "Sí, en serio". Ella lloró de alegría. Él siempre había dicho que el matrimonio era una convención vacía de la clase burguesa. Pero sufrir, dice, le había enseñado algo distinto: "había belleza en la promesa de acompañar a alguien".

Eso le acercó a otra idea: si había sobrevivido a la 'lucha contra el vacío' y al colapso, no era por ninguna fuerza propia de superhombre nietzschiano, sino por una fuerza exterior a él: el sentido del amor.

Estudiando más Filosofía

En Chicago estudió Filosofía Política. Pero ahora que conocía que el amor da fuerza y sentido, estaban cambiando muchas de sus ideas.

El ateísmo, por ejemplo, parecería bastante creíble si el universo de verdad pudiera explicarse sólo de forma naturalista, con un determinismo inmanente, pero veía que nadie había logrado ni acercarse a probar algo así.

Por otra parte, veía que los humanos una y otra vez descubren significados e historias, y no un vacío.

Él durante años pensó que el cristianismo implicaba ser intelectualmente deshonesto. Pero cambió de opinión en estos años leyendo Una Era Secular, el gran libro de 2007 del filósofo católico Charles Taylor.

"La pregunta filosófica final no era el suicidio, como decía Camus, sino ¿qué historia extrae más sentido de nuestras existencias? La pregunta no es por qué el universo carece de sentido, sino ¿por qué el mundo tiene tanta abundancia de sentido, tan fascinante, que nos deja perplejos? ¡Huye a la esquina más lejana del cosmos, pero no podrás escapar de tu historia!", era lo que ahora pensaba.

Qué es vivir bien: el modelo de Jesucristo

Lindsay y Blakely ahora hablaban mucho sobre matrimonio, amor y lo que significa 'vivir bien'. Y Cristo aparecía más y más en esas charlas.

Cristo era, para ellos, "una persona hermosa cuya vida resuena con la historia de lo que significa vivir bien. Cristo parecía ser la primera persona en la historia que enseñaba que el significado más profundo y fundamental es el amor como don sacrificial de uno mismo". Blakely después sospecharía que Cristo les había acompañado como pareja en su decisión de nunca abandonar al otro, ni en la distancia ni en la enfermedad.

"Empecé a releer a Dostoyevski, junto con los Evangelios, y a insistir en que el cristianismo era la historia más noble imaginable y que ninguna mente humana podría haber pensado algo tan hermoso. La biografía de Cristo en sus cuatro versiones era absolutamente asombrosa, inimaginablemente buena. En su historia estaban sus historias, extrañas parábolas sobre viudas y semillas de mostaza, monedas, ovejas perdidas, odres y perlas, hijos pródigos, ricos y sirvientes".

A partir de cierto momento, Lindsay, empezó a ir a distintas iglesias los domingos por la mañana. "Ella estaba convencida de que la fe necesita una relación con algo o alguien fuera de uno mismo: tú amas a alguien con toda tu persona, no solo tu mente", explica Blakely.

A misa, tras muchos años...

Un día de Cuaresma, fueron juntos a una misa católica. Era la primera de la mañana, había muchos bancos vacíos y parroquianos de pelo blanco. La luz del invierno iluminaba un crucifijo de madera. "Cristo parecía a la vez pesado y ligero, como levitando en la Cruz, con serenidad y dolor congelado", recuerda.

El sacerdote pronunció las palabras iniciales de la misa y Blakely se asombró al notar que su cuerpo reaccionaba con el gesto de la cruz y las respuestas que volvían de su infancia. Esas palabras ahora estaban llenas de contenido, eran muy actuales, reales: "Yo confieso a Dios Todopoderoso, y a vosotros hermanos, que he pecado...".

Blakely intenta definir esa sensación: “era como encontrar a alguien que durante años pensaste que no volverías a ver, y al encontrarlo por sorpresa descubres que es familiar y fascinante”, dice.

Su conversión fue gradual durante un año. Aprender a rezar o arrodillarse golpeaba su orgullo. Una vocecita resonaba en su cabeza: "esto es ridículo, ¿ante qué te arrodillas? Necio, ante una gran nada". Pero él perseveró en la práctica semanas y luego meses y "esa voz del ego empezó a evaporarse en el silencio".

"La misa arraigaba en mi carne y mis huesos. Las palabras volvían a mi lengua: Dios de Dios, luz de luz... Como Pascal había señalado, la práctica puede preceder a la creencia. Si entras en relación con Dios, misteriosamente se te ofrecerá la fe. Solo necesitas la humildad de acercarte y pedir".

La Vigilia Pascual de 2010, Lindsay y Jason Blakely fueron acogidos como católicos en esa parroquia de Santa María Magdalena.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Mark de Vries, de origen protestante, ateo en realidad, curioseó una misa por interés histórico en Adviento: «Al año pedí el bautismo porque tuve una relación creciente con Dios; La fe sin buenas obras es inútil»

Mark de Vries con Kitty, su esposa

* «La fe católica no se presenta solo como una cuestión de palabras y pensamiento, sino que se refiere a toda la persona, cuerpo, alma, cabeza y corazón… Cuando me siento en la Iglesia y no parece que sucede mucho, no es razón para rendirme. El bautismo es de por vida, también los votos que hice entonces y la fe que expresé en el Credo. El mensaje de Cristo es una promesa, incluso en los días más oscuros y puede parecer que está ausente. Él está ahí para mí, pero yo también tengo que estar ahí para Él… No creo en Dios por miedo: la cosmovisión secular no funciona, y no temo al mundo en que vivimos, pero creo que son mejores con Dios en ellos… Tener fe no me convierte en buena persona»                            

Camino Católico.-   A sus 42 años, Mark de Vries es un bloguero católico de Groningen (Países Bajos) cuyas publicaciones se han difundido en grandes medios de comunicación católicos como National Catholic Register, EWTN, The Remnant o Rorate Coeli.Miembro de la Latin Liturgy Society, le apasiona la historia, la fotografía y la actualidad de la Iglesia, pero cuenta en su blog, In Caelo et in Terra, que no siempre fue así. Tras años de un profundo agnosticismo, encontró la fe movido por la curiosidad y una compañera de la universidad.

El primer contacto de Mark con la religión tuvo lugar durante su infancia y educación en una escuela protestante. “Aunque eso me dio un conocimiento práctico de la Biblia y los fundamentos del cristianismo, no resultó en una fe viva en mi vida”. “Me consideraba ateo cuando empecé la secundaria, aunque eso no me impidió interesarme por algunos elementos de las clases de educación religiosa”, escribe Mark.

Frecuentemente participaba en las celebraciones escolares de Pascua y Navidad y asistía a los servicios protestantes, pero explica que todo aquello “no condujo a ninguna forma de conversión, y me dejaron con una imagen seca del cristianismo”.

“¡Que diferente sería aquello de mis primeras impresiones del catolicismo!”, exclama Mark, que siempre estuvo abierto e interesado a la idea de saber más sobre el cristianismo.

“Aunque probablemente se remontase lejanamente a este periodo, mi conversión propiamente dicha comenzó en Adviento de 2005, cuando le pregunté a una amiga católica si podía acompañarla a misa de lunes a viernes”. Escribe su historia de conversión en  su blog In Caelo et in Terra, que la relata así:

Mark de Vries a día de hoy sigue profundizando en su proceso de conversión

¿Por qué soy católico?

Una pregunta de cuatro palabras, pero no tan breve. Antes de responder, creo que deberíamos analizar las preguntas incluidas en la primera. ¿Por qué ser cristiano? ¿Por qué creer en un poder superior? ¿Por qué alejarse del ateísmo/agnosticismo hacia una creencia que, según todas las apariencias, dificulta tanto la vida? Preguntas que espero responder en los siguientes párrafos, y así formular una respuesta definitiva a la pregunta: ¿por qué soy católico? Y quizás algunos lectores empiecen a pensar en otra pregunta sobre sí mismos: ¿por qué no soy católico?

Primero, quisiera aclarar algunos malentendidos que surgen de vez en cuando: No, no tengo fe por miedo. No tengo fe porque me lo diga un libro. No tengo fe porque sea la solución más fácil. No tengo fe porque me la enseñaron mis padres. No creo ser mejor persona que quienes tienen una fe diferente o no la tienen. No le temo a la ciencia ni la encuentro sospechosa. Y, por último, tampoco soy un fundamentalista peligroso porque tengo fe y escribo sobre temas de fe.

Ahora que ya lo hemos aclarado, comencemos. Y la mejor manera de hacerlo es contarles mi historia de conversión. Verán, durante años me presenté como ateo o agnóstico (la mitad del tiempo dependía de mi estado de ánimo), así que no llevo mucho tiempo siendo católico. ¿Cómo sucedió?

Mi historia de conversión

Aunque probablemente se remonta a, por ejemplo, mi asistencia a escuelas cristianas, mi conversión propiamente dicha comenzó en el Adviento de 2005, cuando le pregunté a una amiga católica si podía acompañarla a la misa entre semana. Lo hice por curiosidad. Siempre me ha interesado la historia (las iglesias antiguas han sido lugares favoritos para visitar durante años) y sabía algo sobre los aspectos externos del culto católico: los altares, el sacerdote y los rituales, aunque ese conocimiento era realmente escaso. Así que, por curiosidad, la acompañé, solo para descubrir que entendía muy poco de esa primera misa: las lecturas estaban bien, pero no deberías haberme preguntado cuándo ponerme de pie, sentarme o arrodillarme, y mucho menos decirte por qué.

Pero en algún lugar, algo me despertó. Es difícil precisar qué fue, pero me impulsó a ir más a menudo. Todavía era estudiante por aquel entonces, pero había pausas para comer en las que asistía a misa en lugar de sentarme en la cafetería de la universidad. ¿Por qué seguí yendo? Creo que un aspecto importante fue que me sentí bienvenido. En un sentido muy básico: me sentí bienvenido por la comunidad parroquial, las pocas docenas de fieles que asistían a la misa entre semana, y más tarde también por el párroco y otros católicos de fuera de mi parroquia. No eran personas apartadas del mundo cotidiano, distantes ni nada por el estilo. No, tenían trabajo, tenían familia, también tenían sus vidas en la ciudad donde yo vivía. Eran personas normales de todos los ámbitos de la vida, que se sentían como en casa en el sencillo norte de los Países Bajos. No fingían, decían las cosas como las veían, pero por alguna razón todos creían en el Dios que aprendíamos en la misa, en las palabras de la Biblia y la homilía, y que desempeñaba su papel en la vida de estas personas. Él encajó en sus vidas, o ellos en las de Él…

Mientras esto continuaba, en el nuevo año 2006, surgieron en mí las preguntas que me hacía: ¿Quién soy yo para decir que todas estas personas, obviamente inteligentes y educadas, están equivocadas? ¿No es terriblemente egoísta pretender tener las respuestas, extraídas de mi propio pensamiento y experiencia, y que estas personas, en algún momento, han sido engañadas y han mantenido esa ilusión, a menudo durante años y décadas? ¿Qué hay, por ejemplo, del párroco, un historiador del arte que lleva 25 años compartiendo la Palabra de Dios y administrando el sacramento? ¿Se ha estado engañando a sí mismo con su vida de estudio y ministerio? ¿Y qué hay de la señora de origen protestante, hija de un pastor, que se siente cómoda en la Iglesia católica? ¿Se puede decir que delira, después de tomar la improbable y sin duda difícil decisión de convertirse al catolicismo? Decir simplemente que sí, que estas personas deliran es presuntuoso, incluso arrogante.

Mientras tanto, mientras estos pensamientos se formaban lentamente en mi cabeza, también descubrí la necesidad de preguntarme qué significaban estos pasos que ya había dado. ¿Era solo una distracción, una forma de satisfacer la curiosidad, de conocer gente nueva? No lo era, porque mucho de lo que escuchaba, tanto en las misas como en conversaciones con católicos, parecía encajar muy bien con mis propias ideas. Cosas como la importancia del amor, de la responsabilidad por las propias acciones, pero también cómo debería ser, en ese momento, una relación hipotética entre Dios y las personas. Lo que la Iglesia enseñaba sobre estos temas era esencialmente lo que yo también me había formulado, incluso antes de empezar a asistir a misas. La sociedad fría y dura en la que vivimos no tenía la respuesta a una vida satisfactoria, había pensado durante mucho tiempo. La Iglesia, como ahora aprendí, estaba de acuerdo conmigo en eso.

La bola que empezó a rodar, siguió rodando felizmente. Conocí gente en la plataforma juvenil diocesana, me involucré con la joven parroquia estudiantil (donde incluso fui lector algunas veces) y finalmente me armé de valor para hablar con mi párroco sobre mi viaje de descubrimiento. Nos reuníamos en su despacho con regularidad y hablábamos de cualquier tema que se presentara. Empecé a leer libros, encontré respuestas a mis preguntas y, en esencia, me sentí como en casa en este nuevo mundo. Incluso conocí al obispo bastante pronto.

Aproximadamente un año después de mi primera experiencia en la misa, a finales de 2006, le dije a mi párroco que quería iniciar el proceso hacia el Bautismo. A pesar de su alegría, aceptó que nos prepararíamos para el Bautismo en la Pascua de 2007, pero me aseguró que no tenía ninguna obligación: si decidía esperar un poco más, era perfectamente posible. Así que empezamos: nuestras reuniones semanales cambiaron un poco de tono, ya que el párroco me daba material de lectura específico y aspectos a considerar, y con el tiempo empezamos a reunirnos en grupos con otras personas que también recibirían los sacramentos del Bautismo y/o la Confirmación en Pascua. Al final, nuestro grupo contaba con unas nueve personas, siete de las cuales serían bautizadas. Las demás ya habían sido bautizadas en otra comunidad eclesial, por lo que solo necesitarían la confirmación.

Le pedí a la amiga a la que acompañé a misa que fuera mi madrina, y el 7 de abril de 2007 fui bautizada, confirmada y recibí mi primera comunión en la catedral de San José y San Martín de Groningen. El obispo (ahora cardenal) Wim Eijk ofició la ceremonia.

La cosa no terminó con esos sacramentos. De hecho, como pronto me dijo mi párroco, apenas estaban empezando. Mi conversión continúa, a medida que sigo aprendiendo y practicando mi fe. Probablemente seguiré haciéndolo el resto de mi vida, y eso es bueno. Nunca se termina de aprender y crecer.

Mark de Vries junto a su esposa Kitty, 

¿Por qué católico?

Pero ¿por qué católico? ¿Por qué no otra rama del cristianismo, u otra fe en su conjunto? Es una pregunta difícil de responder, porque cualquier respuesta implica más que una simple deducción lógica. También implica un sentido de convicción y confianza; fe, sin duda.

En mi época escolar, como escribí antes, me introdujeron en la fe cristiana, y en particular en su rama protestante. Si bien eso me proporcionó un conocimiento práctico de la Biblia y los fundamentos del cristianismo, no se tradujo en una fe viva en mi vida. Por lo que sé, me consideraba ateo al empezar la secundaria, aunque eso no me impidió interesarme por algunos aspectos de las clases de religión que cursaba (que, por cierto, se parecen más a las ciencias sociales que a la verdadera educación religiosa en este país), ni participar en las celebraciones anuales de Pascua y Navidad en la escuela (de ahí surgió mi interés por el teatro). Ni siquiera la asistencia ocasional a los servicios protestantes me llevó a ninguna conversión. De hecho, me dejaron una imagen del cristianismo como seco y sombrío. ¡Qué diferente de mis impresiones iniciales del cristianismo católico!

Aquí, la fe no se presenta como una cuestión de palabras y pensamientos, sino de la persona humana en su totalidad: cuerpo y alma, mente y corazón. Y eso significa que todos esos elementos humanos participan en la "elección" de la fe, que nunca es realmente una elección, ya que implica decisiones bien razonadas tras comparar todas las opciones. Obviamente, no lo hice. En cambio, me encontré en un lugar que me parecía adecuado, y que siguió sintiéndose adecuado (aunque más) a medida que aprendía más sobre él. Ese estudio de la fe implica no solo adquirir un montón de conocimiento, sino también, por necesidad, una relación creciente con la fuente de esa fe: Dios.

La fe es una relación, y al igual que las relaciones entre personas, la relación con Dios no es solo producto de la comparación, la lógica y la razón solitaria. En mi caso, comenzó con la curiosidad, pero creció con la experiencia, con el ánimo, con la confianza en las personas y, finalmente, con el encuentro con Dios. ¿Qué fue ese encuentro para mí? Tuvo diversas formas y sigue ocurriendo de vez en cuando. Puede ser un sentimiento intangible, pero también una palabra en el momento oportuno (como experimenté durante un retiro mucho antes de mi bautismo), una oración respondida, un sacramento recibido (mi primera Confesión, por ejemplo). Lo que aprendemos con la cabeza se confirma con lo que afecta a nuestro corazón.

La fe como compromiso

El ánimo que mencioné anteriormente es un gran incentivo para seguir buscando el encuentro con Dios. Pero, obviamente, eso no siempre sucede. Como todos, yo también tengo días malos cuando mi mente está ocupada con otras cosas, cuando las preocupaciones me distraen o simplemente no me esfuerzo por dedicarle tiempo y espacio a Dios. 

Pero esos momentos, cuando Dios es solo una palabra, cuando me siento en la iglesia y parece que no pasa gran cosa, no son motivo para rendirme. La fe también es un compromiso. El bautismo es para toda la vida, al igual que los votos que hice entonces, la fe que expresé en el Credo entonces y que sigo haciendo hoy. El mensaje de Cristo es una promesa, incluso en los días más oscuros, incluso cuando parece estar ausente. Él está ahí para mí, pero yo también tengo que estar ahí para Él; ya sea a solas en la oración, en la misa o a través de otras personas. Es una relación recíproca, y no puedo rendirme cuando me apetece. En ese sentido, la relación con Dios es, una vez más, similar a la relación con la familia o los amigos. Los lazos familiares o las amistades no terminan cuando hay un desacuerdo ni cuando alguien falta cuando lo necesitas. Estamos ahí el uno para el otro, como familia, como amigos y también como Dios y su pueblo.

Mark de Vries comenta que la fe es una relación con Dios que debe sostenerse en el tiempo y ser acompañada de obras

Preguntas difíciles

Entonces, aunque la fe debe ser, por su propia identidad, un asunto personal, también existe el aspecto público. Como católicos, este aspecto suele percibirse en la forma de la «Iglesia institucionalizada»: la antigua estructura de la Iglesia con sus sacerdotes y obispos, parroquias y diócesis, el Papa y la Curia, la doctrina social, el Catecismo y el derecho canónico. ¿Es esto un mal necesario o también desempeña un papel positivo en mi vida de fe?

Para mí, esto último es cierto. Personalmente, me interesa el funcionamiento de la Iglesia en la tierra, pero, salvo una mera peculiaridad mía, creo que la «Iglesia institucionalizada» es un elemento fundamental de nuestra fe. Sea cual sea la situación, para que las personas crezcan y prosperen, para que los esfuerzos tengan éxito, se requiere estructura. Esto es especialmente cierto cuando hablamos de un patrimonio tan enorme como el de la Iglesia: desde el depósito de la fe del pueblo judío hasta los escritos de los eruditos modernos y, sí, la experiencia de todos los fieles. Todo esto contribuye al patrimonio que heredamos, y que la Iglesia está llamada a salvaguardar y comunicar.

Aunque la Iglesia es de Cristo, está compuesta por personas y, por lo tanto, es una entidad muy humana. En lugar de considerar a la «Iglesia institucionalizada» como enemiga de la libre experiencia de fe, deberíamos verla como su guardiana. Con esa actitud, podemos abordar las cuestiones difíciles sin vernos obligados a considerar inmediatamente si quedarnos o irnos.

Conclusión

La fe es, ante todo, una expresión de amor. Como cristiano fiel, no pretendo saberlo todo, pero confío en que Dios, obrando en mí y en quienes me rodean, me guiará adonde Él quiere, y participaré activamente en ello. Seré guiado activamente.

Volviendo a los malentendidos que he enumerado anteriormente, y que encuentro una y otra vez aplicados contra mí y otras personas de fe, creo que podemos empezar a señalarlos.

Creo en Dios por miedo. Difícilmente. Si mi fe puede verse como una reacción a la vida y a la sociedad, es la convicción de que la cosmovisión secular no funciona. No le temo a la vida ni al mundo en que vivimos, pero creo que son mejores con Dios en ellos.

Tengo fe porque un libro me la dice. La Biblia es una guía, ya que me dice quién es Dios. Es un fundamento, para ser leído y comprendido dentro del marco de la tradición y el pensamiento humano. Es una inspiración, porque en ningún otro lugar leemos la Palabra de Dios. No es la única razón por la que creo.

Tengo fe porque es más fácil. Hoy en día, no tener fe es más fácil, ya que la mayoría de la gente dice no tenerla y se les anima a mantenerlo en privado si la tienen. Tener fe tampoco es el camino fácil, porque me dice qué pensar. No es así. Más bien, me anima a pensar, aprender y comprender.

Tengo fe porque eso es lo que aprendí de mis padres o maestros.  Crecí sin mucha fe religiosa. Las clases de religión eran más de estudios sociales que de religión.

Creo que soy mejor persona porque tengo fe. Al contrario, sé que no soy mejor que nadie, pero también sé que hay una manera de mejorar. Tener fe no me convierte automáticamente en una buena persona, ya que la fe sin buenas obras no vale nada.

Temo a la ciencia. La ciencia y la fe comparten el mismo objetivo: la búsqueda de la verdad, y por lo tanto no pueden contradecirse. Si no concuerdan, una de las dos está equivocada. Nos corresponde entonces descubrir cuál es y cuál es el error.

¿Por qué soy católico? Porque la Iglesia es mi hogar. Porque creo en un Dios que toma en serio a su pueblo y lo ama como los padres aman a sus hijos. Porque no creo poder saberlo todo y decidir qué es la verdad, el bien y el mal. Porque tengo esperanza y porque creo en el amor. Por eso soy católico.

Mark de Vries