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domingo, 22 de marzo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias / Por P. José María Prats

* «Creed y veréis la gloria de Dios, creed y cambiará por completo vuestra forma de interpretar los hechos que os toca vivir, creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias, creed para que el Espíritu de Dios habite en vosotros, porque ‘si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu’»

Domingo V de Cuaresma – A

Ezequiel 37, 12-14 / Salmo 129 / Romanos 8, 8-11/ San Juan 11, 1-45

P. José María Prats / Camino Católico.-  En los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia describieron el proceso catecumenal que culmina en el bautismo como una transformación interna que nos lleva de una contemplación de la realidad con los ojos de la carne a una contemplación con los ojos de la fe. Este cambio de mentalidad es particularmente decisivo a la hora de tener que afrontar la persecución, la enfermedad o la muerte.

La tercera y última catequesis bautismal del ciclo A quiere provocar en nosotros esta transformación contraponiendo deliberada y sistemáticamente la visión inquieta y temerosa de los discípulos, que entienden las cosas al modo humano, con la de Jesús, que sabe ver en todo la voluntad y los designios inescrutables del Padre.

Los discípulos contemplan la enfermedad de Lázaro como lo haría un médico («si duerme se salvará»). Jesús, en cambio, está pendiente de su sentido profundo («esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios»). Los discípulos ven en el viaje a Judea una amenaza para su vida, pues hace poco los judíos intentaron apedrearlos. Jesús, en cambio, sabe que mientras sea de día, mientras no llegue la hora del poder de las tinieblas según los designios del Padre, nada ni nadie podrá hacerle daño.


Marta y María, contrariadas por el desenlace de la enfermedad de su hermano, reprochan a Jesús no haber llegado a tiempo («Señor, si hubieses estado aquí no habría muerto mi hermano»), y los judíos van más allá poniendo en entredicho el poder de Jesús («y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que muriera éste?»). Jesús, en cambio, a pesar de que amaba entrañablemente a Lázaro y hubiera querido ir inmediatamente a socorrerlo, sabe escuchar en el silencio de su oración los designios del Padre y, contra toda lógica humana, espera dos días antes de ponerse en camino hacia Betania. Su visión de las cosas va más allá de lo aparente y de lo que humanamente parece justo y razonable.


El evangelio de hoy es un continuo reproche a la incapacidad de los discípulos de contemplar la realidad con los ojos de la fe. Jesús se ha revelado ya a Marta como «la resurrección y la vida» y, cuando manda quitar la losa para resucitar a Lázaro, ésta continúa todavía con su ceguera: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Y es entonces cuando Jesús, harto ya de tanta incomprensión, le responde con esta frase memorable: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».


Éste es el resumen del evangelio de hoy: Creed y veréis la gloria de Dios, creed y cambiará por completo vuestra forma de interpretar los hechos que os toca vivir, creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias, creed para que el Espíritu de Dios habite en vosotros, porque «si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu».


P. José María Prats


Evangelio: 

En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.


Las hermanas enviaron a decir a Jesús: 


«Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». 


Al oírlo Jesús, dijo: 


«Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».


Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.


Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: 


«Volvamos de nuevo a Judea». 


Le dicen los discípulos: 


«Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?». 


Jesús respondió: 


«¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él». 


Dijo esto y añadió: 


«Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». 


Le dijeron sus discípulos: 


«Señor, si duerme, se curará». 


Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: 


«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». 


Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: 


«Vayamos también nosotros a morir con Él».


Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. 


Dijo Marta a Jesús: 


«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». 


Le dice Jesús: 


«Tu hermano resucitará». 


Le respondió Marta: 


«Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». 


Jesús le respondió: 


«Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». 


Le dice ella: 


«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».


Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: 


«El Maestro está ahí y te llama». 


Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.


Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: 


«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». 


Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: 


«¿Dónde lo habéis puesto?». 


Le responden: 


«Señor, ven y lo verás». 


Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: 

«Mirad cómo le quería». 


Pero algunos de ellos dijeron: 


«Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?».


Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: 


«Quitad la piedra». 


Le responde Marta, la hermana del muerto: 


«Señor, ya huele; es el cuarto día». 


Le dice Jesús: 


«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». 


Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: 


«Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». 


Dicho esto, gritó con fuerte voz: 


«¡Lázaro, sal fuera!». 


Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: 


«Desatadlo y dejadle andar».


Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.


San Juan 11, 1-45

domingo, 15 de marzo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: El Señor quiere purificar a su Iglesia destruyendo sus nefastas alianzas con el mundo para que pueda proclamar con todo el corazón: «Creo, Señor» / Por P. José María Prats

Domingo IV de Cuaresma – A

1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a/ Salmo 22 / Efesios 5, 8-14 / San Juan 9, 1-41

P. José María Prats / Camino Católico.-  Esta segunda catequesis bautismal del ciclo A nos presenta la curación de un ciego de nacimiento en la que los judíos convertidos a Cristo de la segunda mitad del siglo I veían representada la historia de su conversión. 

Cuando, tras haber sido iluminados por Cristo, estos judíos contemplan su vida anterior, la comparan con la de un ciego: Cristo les ha abierto los ojos y les ha mostrado un horizonte nuevo, llenando su vida de luz, de sentido y de esperanza. Son conscientes de que, desde entonces, su vida ha cambiado por completo, de que son –como dice San Pablo– una nueva creación. De hecho, el gesto de Jesús haciendo barro con su saliva y untando los ojos del ciego, evoca los relatos de la creación cuando el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas y Dios modeló al hombre del polvo de la tierra. 

La conciencia de haber adquirido una identidad nueva aparece muy claramente en la historia del ciego: unos dicen que se trata de la misma persona que antes estaba ciega, otros que no, pero que se le parece. El ciego insiste en que es él mismo pero con una gran diferencia: ¡ahora ve!

La historia de estos judíos, como la del ciego, estuvo marcada por el rechazo y la marginación. Muchos ni siquiera contaron con el apoyo de sus padres («preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse») y su comunidad acabó excluyéndolos del culto sinagogal.

En el conflicto de estos conversos con las autoridades judías reflejado en esta historia, llama mucho la atención la actitud de unos y otros. Los fariseos se obstinan en negar los hechos contra toda evidencia («no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista») y en desprestigiar a Jesús a pesar de la bondad y el poder de sus signos («este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado»). El ciego, en cambio, sin entrar en disputas teológicas, se remite únicamente a la experiencia de su encuentro personal con Jesús: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo».

De hecho, el rechazo de su entorno y la expulsión de la sinagoga liberaron a estos conversos de la estrechez de las concepciones mesiánicas judías que los mantenían en una fe en Jesús ambigua y vacilante, permitiéndoles llevar esta fe hasta sus últimas consecuencias en consonancia con la profunda experiencia espiritual que habían tenido. Así, vemos en el relato cómo es sólo después de la expulsión de la sinagoga cuando Jesús se manifiesta claramente al ciego como el Hijo del hombre («lo estás viendo: el que te está hablando, ése es») y éste, postrándose ante Él, responde: «Creo, Señor».

Todo esto ocurrió hace casi veinte siglos, pero tal vez pronto nos toque revivir esta experiencia. La hegemonía cada vez más intransigente de un nuevo orden mundial y la obstinación de muchos líderes de nuestra sociedad en presentar contra toda evidencia la cosmovisión cristiana como falsa y perversa, está llevando a los cristianos a una situación de marginación cada vez mayor. Tal vez, como entonces, el Señor quiera purificar así a su Iglesia, destruyendo sus nefastas alianzas con el mundo para que, postrada nuevamente ante Él, pueda proclamar con todo el corazón: «Creo, Señor».

P. José María Prats

 

Evangelio:

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos:

 

«Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». 


Respondió Jesús: 


«Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». 


Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: 


«Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). 


El fue, se lavó y volvió ya viendo.


Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: 


«¿No es éste el que se sentaba para mendigar?».


Unos decían: 


«Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». 


Pero él decía:

 

«Soy yo». 


Le dijeron entonces: 


«¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». 


Él respondió: 


«Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». 


Ellos le dijeron: 


«¿Dónde está ése?». 


El respondió: 


«No lo sé».


Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: 


«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo».


Algunos fariseos decían: 


«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». 


Otros decían: 


«Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?». 


Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: 


«¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?». 


Él respondió: 


«Que es un profeta».


No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: 


«¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?». 


Sus padres respondieron: 


«Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». 


Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: 


«Edad tiene; preguntádselo a él».


Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: 


«Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». 


Les respondió: 


«Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». 


Le dijeron entonces: 


«¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». 


Él replicó: 


«Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». 

Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: 


«Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». 


El hombre les respondió: 


«Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». 


Ellos le respondieron: 


«Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?». 


Y le echaron fuera.


Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: 


«¿Tú crees en el Hijo del hombre?». 


El respondió: 


«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». 


Jesús le dijo: 


«Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». 


Él entonces dijo: 


«Creo, Señor». 


Y se postró ante Él. 


Y dijo Jesús: 


«Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». 


Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: 


«Es que también nosotros somos ciegos?». 


Jesús les respondió: 


«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».


San Juan 9, 1-41

domingo, 8 de marzo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Establecer un diálogo sincero y profundo con Jesús para que nos aparte definitivamente de lo que nos esclavizan / Por P. José María Prats

* «Que en este tiempo de Cuaresma en que, acompañando a los catecúmenos, nos preparamos para renovar nuestro bautismo,  Jesús haga renacer con fuerza en nosotros los ríos de agua viva capaces de saciar nuestra sed»

Domingo III de Cuaresma – A

Éxodo 17, 3-7 / Salmo 94 / Romanos 5, 1-2.5-8 / San Juan 4, 5-42

P. José María Prats / Camino Católico.- La Cuaresma se estableció en los primeros siglos de la Iglesia como un período penitencial y catecumenal. Durante los cuarenta días previos a la celebración del Triduo Pascual, los pecadores públicos intensificaban sus penitencias para recibir la absolución el Jueves Santo de manos del obispo y los catecúmenos recapitulaban su preparación para ser bautizados en la Vigilia Pascual.

El carácter catecumenal del tiempo cuaresmal se manifiesta especialmente en este ciclo A en los tres pasajes del evangelio de San Juan que leemos a partir de este domingo y que constituyen unas magníficas catequesis bautismales.

Hoy se nos presenta la figura de la samaritana, una mujer atrapada en las redes del pecado a quien Jesús libera haciendo brotar en ella las aguas del Espíritu y conduciéndola hacia el verdadero culto, en espíritu y en verdad.

El relato describe estupendamente la realidad personal de la samaritana. Su viaje cotidiano al pozo de Jacob tiene un profundo significado simbólico: esta mujer, como todos nosotros, tiene sed de plenitud de vida y, por ello, sale diariamente en busca de aquello que pueda apagar esta sed.

Los cinco “maridos” ilegítimos que ha tenido representan las fuentes a las que ha acudido para saciar su sed. Podríamos ponerles nombres como dinero, drogas, sexo, poder o fama. Con todos ellos ha tenido un profundo desengaño: ¡Cuánto esfuerzo y qué precio tan alto le han obligado a pagar por un momento fugaz de gloria! Y es que –como bien dice ella– el pozo de Jacob es hondo, las aguas escasean y para conseguir un pequeño sorbo hay que pelearse con todo el mundo.

Está muy claro que la samaritana está cansada y asqueada de todo. Ojalá –piensa ella– alguien le diera de beber un agua que saciara definitivamente su sed y no tuviera que volver nunca más junto al pozo de Jacob donde tanto ha sufrido y tan poco fruto ha cosechado. He aquí, pues, la realidad personal de esta mujer y la de tantos otros que no han tenido un verdadero encuentro con Jesucristo.

El evangelio nos muestra cómo Jesús penetra y transforma esta realidad. Sentado junto a la samaritana, la invita a un diálogo en el que irá tomando conciencia de su situación y descubrirá la fuente de la que mana el agua que es capaz de saciar su sed de plenitud de vida.

Con su delicada pedagogía Jesús la va iluminando, elevándola poco a poco desde su problema cotidiano de tener que ir cada día a buscar agua hasta las preguntas más sublimes sobre el verdadero culto y el Mesías. Y es entonces cuando tiene lugar la manifestación imponente, formidable de la identidad mesiánica de Jesús: «Yo soy: el que habla contigo».

Después de esta afirmación, el evangelio pone un punto y aparte y cambia discretamente de tema, pero nosotros deberíamos guardar un momento de silencio. Nada dice el texto –por respeto a lo inefable– de la reacción de la samaritana, pero lo que ha ocurrido está muy claro: ha tenido lugar el milagro de la fe y dentro de esta mujer ha penetrado el Espíritu de Dios, en ella ha brotado un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Y su alegría es tan grande que no puede contenerla y parte inmediatamente hacia el pueblo para compartir con su gente lo que acaba de vivir.

Que en este tiempo de Cuaresma en que, acompañando a los catecúmenos, nos preparamos para renovar nuestro bautismo, sepamos establecer un diálogo sincero y profundo con Jesús para que nos aparte definitivamente de esos cinco maridos que todavía nos esclavizan y haga renacer con fuerza en nosotros los ríos de agua viva capaces de saciar nuestra sed.


P. José María Prats


Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.


Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: 


«Dame de beber». 


Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. 


Le dice la mujer samaritana: 


«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). 


Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». 


Le dice la mujer: 


«Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».


Jesús le respondió: 


«Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».


Le dice la mujer: 


«Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». 


Respondió la mujer: 


«No tengo marido». 


Jesús le dice: 


«Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».


Le dice la mujer: 


«Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». 


Jesús le dice: 


«Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».


Le dice la mujer: 


«Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».


En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». 


La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: 


«Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». 


Salieron de la ciudad e iban donde Él.


Entretanto, los discípulos le insistían diciendo:


«Rabbí, come». 


Pero Él les dijo: 


«Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». 


Los discípulos se decían unos a otros:


«¿Le habrá traído alguien de comer?». 


Les dice Jesús: 


«Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».


Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: 


«Me ha dicho todo lo que he hecho». 


Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: 


«Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».


San Juan 4, 5-42