miércoles, 27 de mayo de 2026
«Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros» es una invitación a vivir con humildad, a no juzgar por apariencias y a confiar en que Dios recompensa el amor escondido / Por P. Carlos García Malo
martes, 26 de mayo de 2026
San Felipe Neri enseñó que la verdadera alegría no depende de que todo salga bien, sino de saberse amado por Dios / Por P. Carlos García Malo
lunes, 25 de mayo de 2026
La fiesta del Rocío nos recuerda que la fe también camina, canta y espera; que la Blanca Paloma fortalezca nuestra esperanza y nos enseñe a vivir con humildad, fe y caridad / Por P. Carlos García Malo
domingo, 24 de mayo de 2026
Homilía del evangelio del domingo: La misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado / Por P. José María Prats
* «En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz»
Domingo de Pentecostés
Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 20, 19-23
P. José María Prats / Camino Católico.- Con esta solemnidad de Pentecostés terminamos la celebración del tiempo pascual, que la liturgia de la Iglesia nos invita a vivir como si fuera un solo día, como el «gran domingo» en el que nuestro Señor Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte por el don del Espíritu Santo.
De hecho, la Resurrección y Ascensión del Señor por una parte y el envío del Espíritu Santo por otra, constituyen las dos caras de una misma moneda, los dos aspectos inseparablemente unidos de nuestra redención. Por la Resurrección y Ascensión de Jesús, un ser humano, que es el mismo Hijo de Dios hecho hombre, ha triunfado sobre el pecado y sobre las fuerzas del mal que nos tenían subyugados y ha alcanzado el destino de gloria para el que fuimos creados. Pero de poco nos serviría esta victoria si no la pudiésemos compartir, y ésta es precisamente la misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado.
La experiencia de Pentecostés que narran los Hechos de los Apóstoles constituye la antítesis de lo que ocurrió con la Torre de Babel, cuyos constructores, llenos de soberbia, intentaron alcanzar la gloria con su solo esfuerzo, prescindiendo de Dios, y fueron confundidos en su lengua y dispersados por toda la tierra, rompiéndose así la comunión entre ellos. Ahora, con motivo de la fiesta judía de Pentecostés, se habían congregado en Jerusalén peregrinos de todas las naciones, que eran incapaces de comunicarse debido a la diversidad de sus lenguas. Sin embargo, tras la irrupción del Espíritu Santo, esta incapacidad de comunicación y comunión desaparece hasta el punto de que todos pueden entender a los apóstoles proclamar las maravillas de Dios.
Pero esta narración se pone también en relación con otro acontecimiento bíblico muy importante: la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, que era lo que conmemoraba la fiesta judía de Pentecostés. Por ello, el Espíritu Santo es entendido como la nueva Ley que desciende de lo alto para inscribirse en el corazón del hombre y llevar a plenitud la antigua Ley escrita en tablas de piedra, tal como había profetizado Ezequiel hacía más de quinientos años:
«Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (Ez 36,26-27).
Y así, si la entrega de la Ley a Moisés en el Sinaí estuvo acompañada por truenos y relámpagos, el descenso de la nueva Ley lo estuvo por «un ruido del cielo, como de un viento impetuoso, que resonó en toda la casa donde se encontraban».
En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, a tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.
P. José María Prats
Evangelio:
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:
«La paz con vosotros».
Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez:
«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío».
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
San Juan 20, 19-23
Pentecostés es el cumplimiento de la promesa de Cristo: el Espíritu Santo viene para acompañar, consolar y fortalecer a la Iglesia / Por P. Carlos García Malo
sábado, 23 de mayo de 2026
La presencia de la Virgen María en Pentecostés nos enseña que donde está María hay apertura al Espíritu, paz en la espera y fidelidad a Cristo / Por P. Carlos García Malo
viernes, 22 de mayo de 2026
jueves, 21 de mayo de 2026
miércoles, 20 de mayo de 2026
El Espíritu Santo es el don más íntimo de Dios al corazón humano: consuela en la tristeza, ilumina en la duda y fortalece en la debilidad / Por P. Carlos García Malo
martes, 19 de mayo de 2026
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón de tu luz y de tu paz» / Por P. Carlos García Malo
lunes, 18 de mayo de 2026
«En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» / Por P. Carlos García Malo
domingo, 17 de mayo de 2026
Homilía del evangelio del domingo: «La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo» / Por P. José María Prats
* «No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria»
La Ascensión del Señor – A
Hechos 1, 1-11 / Salmo 46 / Efesios 1, 17-23 / San Mateo 28, 16-20
P. José María Prats / Camino Católico.- En esta solemnidad de la Ascensión del Señor celebramos que Jesucristo ha entrado para siempre en la gloria del Padre y en Él ha sido glorificada la naturaleza humana que comparte con nosotros. A través del vínculo de esta naturaleza común se nos comunica ahora su vida gloriosa por medio del Espíritu Santo, tal como Él mismo anunció antes de su muerte: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).
De hecho, el mandato misionero que Jesús da a sus discípulos antes de su Ascensión no pretende otra cosa que hacer posible la comunicación de esta vida glorificada: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.» El Espíritu Santo sólo puede descender sobre los que acogen a la persona de Jesús cumpliendo su palabra transmitida por la predicación apostólica, y se comunica a través de los sacramentos, el primero de los cuales es el bautismo.
El tiempo que sigue a la Ascensión del Señor es, pues, decisivo, porque durante este tiempo el Espíritu Santo está disponible para transformar el mundo preparándolo para la segunda venida de Jesucristo como juez de vivos y muertos: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria.
La oración colecta que hemos leído al principio de la misa resume estupendamente el sentido de esta fiesta: «Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo.»
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así:
«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
San Mateo 28, 16-20
La fiesta de la Ascensión nos recuerda que Jesús abre el camino hacia el Padre y es una invitación a vivir con los pies en la tierra y el corazón en el cielo / Por P. Carlos García Malo
sábado, 16 de mayo de 2026
La Virgen María es llevada al Cielo no por su propia fuerza, sino por la gracia de Dios y por su fidelidad humilde y constante / Por P. Carlos García Malo
viernes, 15 de mayo de 2026
Quien permanece en el amor de Cristo aprende a amar con paciencia, humildad y misericordia / Por P. Carlos García Malo
jueves, 14 de mayo de 2026
El Espíritu consuela, corrige y conduce suavemente al alma hacia Cristo, que es la Verdad plena / Por P. Carlos García Malo
miércoles, 13 de mayo de 2026
Virgen de Fátima intercede ante tu Hijo Jesús para que nunca falte la fe en nuestros corazones, la esperanza en las pruebas y la caridad en nuestras obras / Por P. Carlos García Malo
martes, 12 de mayo de 2026
Envía hoy tu Espíritu Santo a mi corazón; que Él me consuele en la tristeza, me fortalezca en la lucha y me guíe siempre hacia la verdad / Por P. Carlos García Malo
lunes, 11 de mayo de 2026
El Espíritu Santo conduce siempre hacia Jesucristo, ilumina el corazón y fortalece la fe / Por P. Carlos García Malo
domingo, 10 de mayo de 2026
Homilía del evangelio del domingo: Jesús por el Espíritu se hace presente dentro de nosotros, nos santifica, nos inspira, nos mueve: Él está en nosotros y nosotros en Él / Por P. José María Prats
* «Dios es Señor, y cuando viene a habitar en nosotros a través de los sacramentos, viene a reinar en nosotros. Y no puede hacerlo si negamos su voluntad en algún aspecto importante de nuestra vida. Si no aceptamos incondicionalmente sus mandamientos, Él nos atraerá desde fuera con su Espíritu moviéndonos a la conversión, pero no vendrá a habitar en nosotros»
Domingo VI de Pascua – A
Hechos 8, 5-8.14-17 / Salmo 65 / 1 Pedro 3, 15-18 / San Juan 14, 15-21
P. José María Prats / Camino Católico.- Dentro de dos semanas celebraremos la gran solemnidad de Pentecostés y las lecturas de hoy nos invitan a prepararla meditando sobre el Espíritu Santo.
En el evangelio, Jesús nos ha dicho: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad ... Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Es decir, después de su muerte, Jesús sigue estando presente en los que creen en Él a través del Espíritu Santo. Vimos el domingo pasado que, por el amor, las tres personas divinas se inhabitan mutuamente. Por ello, al recibir al Espíritu Santo, recibimos también en Él al Padre y al Hijo. Pero esta presencia de Jesús por el Espíritu es mucho más intensa y profunda que antes de su muerte, porque no es una presencia frente a nosotros, sino dentro de nosotros, que nos santifica, nos inspira, nos mueve: Él está en nosotros y nosotros en Él.
Pero es importante notar que tanto antes como después de estas palabras, Jesús insiste en que “si le amamos, guardaremos sus mandamientos”. Es decir, solo podemos recibir al Espíritu Santo y en Él al Padre y al Hijo, si guardamos los mandamientos de Jesús. A partir de aquí se entiende muy bien que la Iglesia, para poder recibir cualquier sacramento, nos pida que aceptemos y estemos decididos a guardar los mandamientos. Dios es Señor, y cuando viene a habitar en nosotros a través de los sacramentos, viene a reinar en nosotros. Y no puede hacerlo si negamos su voluntad en algún aspecto importante de nuestra vida. Si no aceptamos incondicionalmente sus mandamientos, Él nos atraerá desde fuera con su Espíritu moviéndonos a la conversión, pero no vendrá a habitar en nosotros. En el texto que sigue inmediatamente al fragmento del evangelio que hemos proclamado, Jesús vuelve a insistir sobre esto de manera aún más clara: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).
En la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los apóstoles, se nos dice que Pedro y Juan bajaron a Samaría, oraron e impusieron las manos a los que habían creído en Jesús para que recibieran al Espíritu Santo y así ocurrió. En aquellos primeros tiempos, la venida del Espíritu se manifestaba en signos externos como que los que lo habían recibido se pusieran a profetizar o a alabar a Dios en lenguajes misteriosos. La Iglesia sigue invocando la venida del Espíritu Santo con la oración y la imposición de manos en los sacramentos de la Confirmación, el Orden y la Unción de los enfermos.
En este sexto domingo de Pascua, con motivo de la celebración de la Pascua del enfermo, se ofrece a las personas ancianas o que tienen una enfermedad grave, recibir el sacramento de la Unción de los enfermos. Por ello, a continuación impondremos sobre ellas las manos pidiendo que descienda el Espíritu Santo y les conceda la fortaleza, la sabiduría y los demás dones que necesitan para vivir con sentido y con paz su enfermedad o debilidad y los una íntimamente a Jesucristo en su pasión para que sus dolores y limitaciones se conviertan en fuente de santificación y redención.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».
San Juan 14, 15-21






















