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jueves, 2 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en la Misa de la Cena del Señor, 2-4-2026: «El Señor nos ama y por eso nos perdona, purifica y lava, para que podamos corresponder a su amor»

* «No comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma. Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. ‘Si yo no te lavo’, le dijo Jesús a Pedro, ‘no podrás compartir mi suerte’ (Jn 13,8); si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye» 



2 de abril de 2026.- (Camino Católico)   “Cristo no ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor” ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor, celebrada, esta tarde, en la Basílica de San Juan de Letrán, Catedral de Roma.





En este Jueves Santo, “un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad”, como lo describe el mismo León XIV, en el día del banquete con el que Jesús instituyó la Eucaristía, el “Sacramento de la salvación”, en la tarde que nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor, “cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús”.





La celebración en la basílica constantiniana, ha asumido un tono de recogimiento y austeridad. Cardenales, obispos y sacerdotes de la Curia Romana y del Vicariato romano y numerosos fieles participaron en la primera Misa in Coena Domini de Robert Prevost, como Pontífice.






Después de la homilía, el Papa León XIV ha realizado el esperado rito del lavatorio de los pies a 11 sacerdotes ordenados el año pasado y a su guía espiritual a pies descubiertos, con un cierto pudor y profunda humildad. Quienes han participado en el lavatorio son: Andrea Alessi, Gabriele Di Menno Di Bucchianico, Francesco Melone, Clody Merfalen, Federico Pelosio, Marco Petrolo, Pietro Hieu Nguyen Huai, Matteo Renzi, Giuseppe Terranova, Simone Troilo, Enrico Maria Trusiani y Renzo Chiesa, director espiritual del Pontificio Seminario Romano Mayor.




Al concluir la Santa Misa, León XIV ha llevado el Santísimo Sacramento al lugar de la reposición en la Capilla de San Francisco y tras un breve momento de adoración, se ha retirado en silencio, tal como los fieles presentes en la basílica. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



JUEVES SANTO «CENA DEL SEÑOR» 


MISA VESPERTINA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Juan de Letrán

Jueves Santo, 2 de abril de 2026


Queridos hermanos y hermanas:

La solemne liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús; como invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en Sacramento de salvación. Participamos, en efecto, en un banquete durante el cual Cristo, «que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.

Durante esta última Cena, Él lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Es un ejemplo del sacramento; a la vez que confirma su sentido, nos confía una tarea que queremos asumir como alimento para nuestra vida. El evangelista Juan elige la palabra griega upódeigma para relatar el acontecimiento del que fue testigo; significa “lo que se muestra ante los propios ojos”. Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.

Junto con la muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos «aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 20 marzo 2008). Estas palabras del Papa Benedicto XVI reconocen con lucidez que siempre estamos tentados a buscar un Dios que “nos sirva”, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio, no comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma.

Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.

Él es el criterio auténtico, el «Maestro y Señor» (Jn 13,13) que despoja de todas sus máscaras tanto a lo divino como a lo humano. No ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor.

Aprendamos de Jesús este servicio recíproco. De hecho, Él no nos pide que se lo devolvamos, sino que lo compartamos entre nosotros: «Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14). Así lo comentaba el Papa Francisco: «Es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 28 marzo 2013). Él no hablaba de un imperativo abstracto, ni de una orden formal y vacía, sino que expresaba su fervor obediente por la caridad de Cristo, fuente y ejemplo de nuestra caridad. El ejemplo dado por Jesús, en efecto, no puede ser imitado por conveniencia, de mala gana o con hipocresía, sino sólo por amor.

Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. «Si yo no te lavo», le dijo Jesús a Pedro, «no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8); si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye.

Entonces, ante una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos. Así es como queremos seguir el ejemplo del Señor, haciendo realidad lo que hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Este será para ustedes un día memorable» (Ex 12,14). Sí, toda la historia bíblica converge en Jesús, el verdadero Cordero pascual. A través de Él, las figuras antiguas encuentran su pleno significado, porque Cristo, el Salvador, celebra la Pascua de la humanidad, abriendo para todos el paso del pecado al perdón, de la muerte a la vida eterna: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,24).

Al renovar los gestos y las palabras del Señor, esta misma tarde recordamos la institución de la Eucaristía y del Orden sagrado. El vínculo intrínseco entre los dos sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, Sumo Sacerdote y Eucaristía viva por los siglos. En el pan y el vino consagrados se encuentra, en efecto, el «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (Conc. Vat. II, Const. dogm. Sacrosanctum Concilium, 47). En los obispos y en los presbíteros, constituidos «sacerdotes del Nuevo Testamento» según el mandato del Señor (Conc. de Trento, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser.

El Jueves Santo es, por tanto, un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad. Que la adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como Él lo hizo, y pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio con el mismo amor.


PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 2-4-2026

Palabra de Vida 2/4/2026: «Los amó hasta el extremo» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 2 de abril de 2026, Jueves Santo, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Juan 13, 1-15:

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:

– «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó:

– «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice:

– «No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó:

– «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice:

– «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice:

– «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

– «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Homilía del evangelio del Jueves Santo: Hemos sido liberados para liberar, Jesús nos ha lavado los pies para que los lavemos a nuestros hermanos / Por P. José María Prats

* «Que este signo tan bonito del lavatorio de los pies que realizamos en la liturgia de hoy se convierta en realidad cada día en el cuidado de nuestros ancianos, enfermos y personas necesitadas, y en la alegría de vivir para servir y promover la vida»

Jueves Santo

Éxodo 12, 1-8,11-14 / Salmo 116 / 1 Corintios 11, 23-26 / San Juan 13, 1-15

P. José María Prats / Camino Católico.-  Las lecturas que hemos proclamado nos ayudan a profundizar en el misterio que estamos celebrando en este día.

La primera lectura nos habla de las circunstancias que hicieron posible la salida de Egipto de los israelitas. Para liberar a su pueblo de la esclavitud del faraón, Dios suscitó todo tipo de plagas: convirtió en sangre las aguas del Nilo, hizo caer granizo con una fuerza extraordinaria, inundó el país de langostas, ranas y mosquitos... pero nada de esto fue suficiente para liberar a Israel.

¿Qué hizo posible esta liberación? El sacrificio de un cordero. Dios pide a su pueblo que cada familia mate un cordero, que pinte con su sangre las jambas y el dintel de su casa para salvar de la muerte a sus primogénitos y coma su carne para poder emprender el camino hacia una vida en paz y libertad en la tierra prometida.

Israel, pues, había asumido que su salvación estaba asociada al sacrificio de un cordero, cuya sangre los libraba de la muerte y cuya carne los sostenía en el camino hacia una vida plena y feliz. Cada año debían repetir este rito para hacer presente esta salvación y llevarla a su plenitud.

Es en el contexto de la celebración de este rito pascual cuando –como narra San Pablo en la segunda lectura– Jesús hace algo totalmente inesperado: «tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.” Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.”» El mensaje de Jesús a sus discípulos no puede ser más claro: “en mí se hacen realidad las figuras del Antiguo Testamento, yo soy el verdadero Cordero de Dios cuyo sacrificio os trae la salvación, cuya sangre os libra de la muerte eterna y cuya carne os sostiene en el camino hacia una libertad y felicidad plenas en la vida eterna. Cada vez que celebréis este rito se hará presente en vosotros el sacrificio por el cual os libro de la esclavitud del pecado y os comunico mi vida y mi victoria”.

Finalmente, el evangelio nos muestra que esta nueva vida que hace posible el sacrificio de Cristo, es una vida de servicio y entrega a los demás: hemos sido liberados para liberar, Jesús nos ha lavado los pies para que los lavemos a nuestros hermanos. Que este signo tan bonito del lavatorio de los pies que realizamos en la liturgia de hoy se convierta en realidad cada día en el cuidado de nuestros ancianos, enfermos y personas necesitadas, y en la alegría de vivir para servir y promover la vida.

P. José María Prats

Evangelio: 


Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.


Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».


Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

San Juan 13, 1-15

Papa León XIV en homilía en la Misa Crismal, 2-4-2026: «Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte; renovemos nuestro ‘sí’ a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz»

* «Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra. En ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión!» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Lo que nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino a “pasar en medio” de la prueba, como Jesús, quien, arrastrado por la gente hasta el borde del precipicio, «pasando en medio de ellos, continuó su camino» (Lc 4,30). La cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario. La ocupación imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesías pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca a la luz una nueva creación» 

2 de abril de 2026.- (Camino Católico)  Hoy ha dado inicio el Triduo Pascual, donde un año más “el Señor nos llevará a la cumbre de su misión, para que su pasión, muerte y resurrección se conviertan en el corazón de nuestra misión”. Ante una Basílica de San Pedro repleta de fieles, el Papa León XIV ha presidido esta mañana su primera Misa Crismal como Obispo de Roma en la que ha reflexionado sobre la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo: “Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos nuestro “sí” a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz”.


León XIV nos recuerda hoy que somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: “todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo”.  En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



SANTA MISA CRISMAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Jueves Santo, 2 de abril de 2026


Queridos hermanos y hermanas:


Nos encontramos ya en el umbral del Triduo Pascual. Una vez más, el Señor nos llevará a la cumbre de su misión, para que su pasión, muerte y resurrección se conviertan en el corazón de nuestra misión. Lo que estamos a punto de revivir, de hecho, tiene en sí la fuerza de transformar aquello que el orgullo humano tiende generalmente a endurecer: nuestra identidad, nuestro lugar en el mundo. La libertad de Jesús cambia el corazón, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y resucita.


En este primer año en el que presido la Misa Crismal como Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo. Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra. En ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión! Obispos y presbíteros, al renovar nuestras promesas, estamos al servicio de un pueblo misionero. Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de consuelo, Espíritu de profecía y de unidad.


Lo que Jesús vive en los momentos culminantes de su misión ya se anticipa en el pasaje de Isaías, que Él mismo señaló en la sinagoga de Nazaret como la Palabra que «hoy» se cumple (cf. Lc 4,21). En la hora de la Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. Él «me envió» (Lc 4,18), dice Jesús, describiendo ese movimiento que une su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos. Y nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos “apostólica” a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21).


Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo. Es interesante que «con el poder del Espíritu» (Lc 4,14), descendido sobre Él después del Bautismo en el Jordán, Jesús regrese a Galilea y vaya «a Nazaret, donde se había criado» (v. 16). Es el lugar que ahora debe abandonar. Se mueve «como de costumbre» (ibíd.), pero para inaugurar un tiempo nuevo. Ahora deberá partir definitivamente de aquel pueblo, para que madure lo que allí ha germinado, sábado tras sábado, en la escucha fiel de la Palabra de Dios. Del mismo modo, llamará a otros a partir, a arriesgarse, para que ningún lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una guarida.


Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesús, quien «no consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo» (Flp 2,6-7). Toda misión comienza con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace. Nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de nuestra vida. Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y sanación. Así, la misión comienza por la reconciliación con nuestros orígenes, con los dones y los límites de la formación recibida; al mismo tiempo, no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar. Somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envío.


El camino de Jesús nos revela que la disponibilidad para perder, para vaciarse, no es un fin en sí misma, sino una condición para el encuentro y la intimidad. El amor sólo es verdadero si está desarmado, necesita pocas cosas, ninguna ostentación, y custodia con delicadeza la debilidad y la desnudez. Nos cuesta lanzarnos a una misión tan expuesta, y sin embargo no hay «buena nueva para los pobres» (cf. Lc 4,18) si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos de la posesión. Aquí tocamos un segundo secreto de la misión cristiana. Tras el desprendimiento está la ley del encuentro. Sabemos que, a lo largo de la historia, la misión ha sido no pocas veces trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo. San Juan Pablo II tuvo la lucidez y el valor de reconocer que «por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aún sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido». [1]


Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto. Es el camino de la encarnación, que siempre y de nuevo toma la forma de la inculturación. La salvación, de hecho, sólo puede ser acogida por cada uno en su lengua materna. «¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?» ( Hch 2,8). La sorpresa de Pentecostés se repite cuando no pretendemos dominar los tiempos de Dios, sino que confiamos en el Espíritu Santo, que “está presente también hoy, como en tiempos de Jesús y de los apóstoles, está presente y actuante, llega antes que nosotros, trabaja más y mejor que nosotros; a nosotros no nos corresponde ni sembrarlo ni despertarlo, sino ante todo reconocerlo, acogerlo, seguirlo, abrirle camino e ir tras él. Está ahí y nunca ha perdido la esperanza respecto a nuestro tiempo; por el contrario, sonríe, baila, penetra, envuelve, llega incluso allí donde nunca hubiéramos imaginado”. [2]


Para establecer esta sintonía con lo invisible, es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena. Somos huéspedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista: «Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús […]. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades». [3] Esto sólo ocurre si en la Iglesia caminamos juntos, si la misión no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros.


Existe además una tercera dimensión, quizá la más radical, de la misión cristiana. Ya en la violenta reacción de los habitantes de Nazaret ante las palabras de Jesús se manifiesta la dramática posibilidad de la incomprensión y del rechazo: «Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo» (Lc 4,28-29). Aunque la lectura litúrgica haya omitido esta parte, lo que nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino a “pasar en medio” de la prueba, como Jesús, quien, arrastrado por la gente hasta el borde del precipicio, «pasando en medio de ellos, continuó su camino» (Lc 4,30). La cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario. La ocupación imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesías pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca a la luz una nueva creación.


¡De cuántas resurrecciones somos testigos también nosotros, cuando, liberados de una actitud defensiva, nos entregamos al servicio como una semilla en la tierra! Podemos atravesar en nuestra vida situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces nos preguntamos si la misión ha sido inútil. Es cierto, a diferencia de Jesús, nosotros también vivimos fracasos que dependen de nuestra insuficiencia o de la de los demás, a menudo de una maraña de responsabilidades, de luces y sombras. Pero podemos hacer nuestra la esperanza de muchos testigos. Recuerdo uno, a quien estimo particularmente. Un mes antes de su muerte, en el cuaderno de los Ejercicios espirituales, el santo obispo Óscar Romero escribía: «El Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana. […] Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Él asistió a los mártires y si es necesario lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro. Pero que más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para él. […] Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en él está mi vida y mi muerte que, a pesar de mis pecados, en él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria».


Queridas hermanas y hermanos, los santos hacen la historia. Este es el mensaje del Apocalipsis. «La gracia y la paz de parte […]de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra» (Ap 1,4-5). Este saludo resume el camino de Jesús en un mundo en conflicto entre potencias que lo devastan. En su interior se gesta un pueblo nuevo, no de víctimas, sino de testigos. En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos nuestro “sí” a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz. ¡Sí, aquí estamos! ¡Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida.


PAPA LEÓN XIV

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[1] S. Juan Pablo II, Bula de convocación del Gran Jubileo del año 2000 Incarnationis mysterium (29 noviembre 1998), 11.

[2] C.M. Martini, Tre racconti dello Spirito, Milán 1997, 11.

[3] Francisco, Exhort. ap.  Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),   73-74.




Fotos: Vatican Media, 2-4-2026