* «Creed y veréis la gloria de Dios, creed y cambiará por completo vuestra forma de interpretar los hechos que os toca vivir, creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias, creed para que el Espíritu de Dios habite en vosotros, porque ‘si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu’»
Domingo V de Cuaresma – A
Ezequiel 37, 12-14 / Salmo 129 / Romanos 8, 8-11/ San Juan 11, 1-45
P. José María Prats / Camino Católico.- En los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia describieron el proceso catecumenal que culmina en el bautismo como una transformación interna que nos lleva de una contemplación de la realidad con los ojos de la carne a una contemplación con los ojos de la fe. Este cambio de mentalidad es particularmente decisivo a la hora de tener que afrontar la persecución, la enfermedad o la muerte.
La tercera y última catequesis bautismal del ciclo A quiere provocar en nosotros esta transformación contraponiendo deliberada y sistemáticamente la visión inquieta y temerosa de los discípulos, que entienden las cosas al modo humano, con la de Jesús, que sabe ver en todo la voluntad y los designios inescrutables del Padre.
Los discípulos contemplan la enfermedad de Lázaro como lo haría un médico («si duerme se salvará»). Jesús, en cambio, está pendiente de su sentido profundo («esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios»). Los discípulos ven en el viaje a Judea una amenaza para su vida, pues hace poco los judíos intentaron apedrearlos. Jesús, en cambio, sabe que mientras sea de día, mientras no llegue la hora del poder de las tinieblas según los designios del Padre, nada ni nadie podrá hacerle daño.
Marta y María, contrariadas por el desenlace de la enfermedad de su hermano, reprochan a Jesús no haber llegado a tiempo («Señor, si hubieses estado aquí no habría muerto mi hermano»), y los judíos van más allá poniendo en entredicho el poder de Jesús («y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que muriera éste?»). Jesús, en cambio, a pesar de que amaba entrañablemente a Lázaro y hubiera querido ir inmediatamente a socorrerlo, sabe escuchar en el silencio de su oración los designios del Padre y, contra toda lógica humana, espera dos días antes de ponerse en camino hacia Betania. Su visión de las cosas va más allá de lo aparente y de lo que humanamente parece justo y razonable.
El evangelio de hoy es un continuo reproche a la incapacidad de los discípulos de contemplar la realidad con los ojos de la fe. Jesús se ha revelado ya a Marta como «la resurrección y la vida» y, cuando manda quitar la losa para resucitar a Lázaro, ésta continúa todavía con su ceguera: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Y es entonces cuando Jesús, harto ya de tanta incomprensión, le responde con esta frase memorable: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Éste es el resumen del evangelio de hoy: Creed y veréis la gloria de Dios, creed y cambiará por completo vuestra forma de interpretar los hechos que os toca vivir, creed en la presencia amorosa de Dios que vela en todo momento por vosotros y cesarán los temores y las angustias, creed para que el Espíritu de Dios habite en vosotros, porque «si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu».
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús:
«Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo».
Al oírlo Jesús, dijo:
«Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.
Al cabo de ellos, dice a sus discípulos:
«Volvamos de nuevo a Judea».
Le dicen los discípulos:
«Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?».
Jesús respondió:
«¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él».
Dijo esto y añadió:
«Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle».
Le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se curará».
Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente:
«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él».
Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos:
«Vayamos también nosotros a morir con Él».
Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa.
Dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Le dice Jesús:
«Tu hermano resucitará».
Le respondió Marta:
«Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día».
Jesús le respondió:
«Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».
Le dice ella:
«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».
Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído:
«El Maestro está ahí y te llama».
Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo:
«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo:
«¿Dónde lo habéis puesto?».
Le responden:
«Señor, ven y lo verás».
Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían:
«Mirad cómo le quería».
Pero algunos de ellos dijeron:
«Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?».
Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús:
«Quitad la piedra».
Le responde Marta, la hermana del muerto:
«Señor, ya huele; es el cuarto día».
Le dice Jesús:
«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».
Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo:
«Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado».
Dicho esto, gritó con fuerte voz:
«¡Lázaro, sal fuera!».
Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice:
«Desatadlo y dejadle andar».
Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.
San Juan 11, 1-45


No hay comentarios:
Publicar un comentario