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domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: La misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado / Por P. José María Prats

 


* «En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz»

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 20, 19-23

P. José María Prats / Camino Católico.-   Con esta solemnidad de Pentecostés terminamos la celebración del tiempo pascual, que la liturgia de la Iglesia nos invita a vivir como si fuera un solo día, como el «gran domingo» en el que nuestro Señor Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte por el don del Espíritu Santo.

De hecho, la Resurrección y Ascensión del Señor por una parte y el envío del Espíritu Santo por otra, constituyen las dos caras de una misma moneda, los dos aspectos inseparablemente unidos de nuestra redención. Por la Resurrección y Ascensión de Jesús, un ser humano, que es el mismo Hijo de Dios hecho hombre, ha triunfado sobre el pecado y sobre las fuerzas del mal que nos tenían subyugados y ha alcanzado el destino de gloria para el que fuimos creados. Pero de poco nos serviría esta victoria si no la pudiésemos compartir, y ésta es precisamente la misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado.

La experiencia de Pentecostés que narran los Hechos de los Apóstoles constituye la antítesis de lo que ocurrió con la Torre de Babel, cuyos constructores, llenos de soberbia, intentaron alcanzar la gloria con su solo esfuerzo, prescindiendo de Dios, y fueron confundidos en su lengua y dispersados por toda la tierra, rompiéndose así la comunión entre ellos. Ahora, con motivo de la fiesta judía de Pentecostés, se habían congregado en Jerusalén peregrinos de todas las naciones, que eran incapaces de comunicarse debido a la diversidad de sus lenguas. Sin embargo, tras la irrupción del Espíritu Santo, esta incapacidad de comunicación y comunión desaparece hasta el punto de que todos pueden entender a los apóstoles proclamar las maravillas de Dios.

Pero esta narración se pone también en relación con otro acontecimiento bíblico muy importante: la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, que era lo que conmemoraba la fiesta judía de Pentecostés. Por ello, el Espíritu Santo es entendido como la nueva Ley que desciende de lo alto para inscribirse en el corazón del hombre y llevar a plenitud la antigua Ley escrita en tablas de piedra, tal como había profetizado Ezequiel hacía más de quinientos años:

«Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (Ez 36,26-27).

Y así, si la entrega de la Ley a Moisés en el Sinaí estuvo acompañada por truenos y relámpagos, el descenso de la nueva Ley lo estuvo por «un ruido del cielo, como de un viento impetuoso, que resonó en toda la casa donde se encontraban».

En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, a tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.


P. José María Prats

Evangelio: 


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 


«La paz con vosotros». 


Dicho esto, les mostró las manos y el costado.


Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 


«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». 


Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 


«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

San Juan 20, 19-23

domingo, 17 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: «La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo» / Por P. José María Prats

 


* «No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria»

La Ascensión del Señor – A

Hechos 1, 1-11 / Salmo 46 / Efesios 1, 17-23 / San Mateo 28, 16-20

P. José María Prats / Camino Católico.-   En esta solemnidad de la Ascensión del Señor celebramos que Jesucristo ha entrado para siempre en la gloria del Padre y en Él ha sido glorificada la naturaleza humana que comparte con nosotros. A través del vínculo de esta naturaleza común se nos comunica ahora su vida gloriosa por medio del Espíritu Santo, tal como Él mismo anunció antes de su muerte: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

De hecho, el mandato misionero que Jesús da a sus discípulos antes de su Ascensión no pretende otra cosa que hacer posible la comunicación de esta vida glorificada: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.» El Espíritu Santo sólo puede descender sobre los que acogen a la persona de Jesús cumpliendo su palabra transmitida por la predicación apostólica, y se comunica a través de los sacramentos, el primero de los cuales es el bautismo.

El tiempo que sigue a la Ascensión del Señor es, pues, decisivo, porque durante este tiempo el Espíritu Santo está disponible para transformar el mundo preparándolo para la segunda venida de Jesucristo como juez de vivos y muertos: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria.

La oración colecta que hemos leído al principio de la misa resume estupendamente el sentido de esta fiesta: «Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo.»

P. José María Prats

 

Evangelio: 


En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así:


«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


San Mateo 28, 16-20

domingo, 10 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Jesús por el Espíritu se hace presente dentro de nosotros, nos santifica, nos inspira, nos mueve: Él está en nosotros y nosotros en Él / Por P. José María Prats

* «Dios es Señor, y cuando viene a habitar en nosotros a través de los sacramentos, viene a reinar en nosotros. Y no puede hacerlo si negamos su voluntad en algún aspecto importante de nuestra vida. Si no aceptamos incondicionalmente sus mandamientos, Él nos atraerá desde fuera con su Espíritu moviéndonos a la conversión, pero no vendrá a habitar en nosotros»

Domingo VI de Pascua – A

Hechos 8, 5-8.14-17 / Salmo 65 / 1 Pedro 3, 15-18 / San Juan 14, 15-21

P. José María Prats / Camino Católico.-   Dentro de dos semanas celebraremos la gran solemnidad de Pentecostés y las lecturas de hoy nos invitan a prepararla meditando sobre el Espíritu Santo.

En el evangelio, Jesús nos ha dicho: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad ... Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Es decir, después de su muerte, Jesús sigue estando presente en los que creen en Él a través del Espíritu Santo. Vimos el domingo pasado que, por el amor, las tres personas divinas se inhabitan mutuamente. Por ello, al recibir al Espíritu Santo, recibimos también en Él al Padre y al Hijo. Pero esta presencia de Jesús por el Espíritu es mucho más intensa y profunda que antes de su muerte, porque no es una presencia frente a nosotros, sino dentro de nosotros, que nos santifica, nos inspira, nos mueve: Él está en nosotros y nosotros en Él.

Pero es importante notar que tanto antes como después de estas palabras, Jesús insiste en que “si le amamos, guardaremos sus mandamientos”. Es decir, solo podemos recibir al Espíritu Santo y en Él al Padre y al Hijo, si guardamos los mandamientos de Jesús. A partir de aquí se entiende muy bien que la Iglesia, para poder recibir cualquier sacramento, nos pida que aceptemos y estemos decididos a guardar los mandamientos. Dios es Señor, y cuando viene a habitar en nosotros a través de los sacramentos, viene a reinar en nosotros. Y no puede hacerlo si negamos su voluntad en algún aspecto importante de nuestra vida. Si no aceptamos incondicionalmente sus mandamientos, Él nos atraerá desde fuera con su Espíritu moviéndonos a la conversión, pero no vendrá a habitar en nosotros. En el texto que sigue inmediatamente al fragmento del evangelio que hemos proclamado, Jesús vuelve a insistir sobre esto de manera aún más clara: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

En la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los apóstoles, se nos dice que Pedro y Juan bajaron a Samaría, oraron e impusieron las manos a los que habían creído en Jesús para que recibieran al Espíritu Santo y así ocurrió. En aquellos primeros tiempos, la venida del Espíritu se manifestaba en signos externos como que los que lo habían recibido se pusieran a profetizar o a alabar a Dios en lenguajes misteriosos. La Iglesia sigue invocando la venida del Espíritu Santo con la oración y la imposición de manos en los sacramentos de la Confirmación, el Orden y la Unción de los enfermos. 

En este sexto domingo de Pascua, con motivo de la celebración de la Pascua del enfermo, se ofrece a las personas ancianas o que tienen una enfermedad grave, recibir el sacramento de la Unción de los enfermos. Por ello, a continuación impondremos sobre ellas las manos pidiendo que descienda el Espíritu Santo y les conceda la fortaleza, la sabiduría y los demás dones que necesitan para vivir con sentido y con paz su enfermedad o debilidad y los una íntimamente a Jesucristo en su pasión para que sus dolores y limitaciones se conviertan en fuente de santificación y redención.

P. José María Prats


Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 


«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».


San Juan 14, 15-21

domingo, 3 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Amando a Cristo, Él habita en nosotros y nosotros en Él / Por P. José María Prats

* «Tal como dice San Pablo: ‘vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí’ (Ga 2,20): pensamos con la mente de Cristo, sentimos con el corazón de Cristo, obramos las obras de Cristo, hablamos con la voz de Cristo. Nos unimos así al canal a través del cual la Trinidad entera viene a habitar en nosotros: ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’ (Jn 14,23)»

Domingo V de Pascua – A

Hechos 6, 1-7 / Salmo 32 / 1 Pedro 2, 4-9 / San Juan 14, 1-12

P. José María Prats / Camino Católico.-   En el evangelio de San Juan aparece un concepto clave: el del amor como inhabitación mutua. Cuando amamos a una persona, ella habita de alguna manera en nosotros, quedando prendidos de su forma de pensar, de sentir, de expresarse. Nuestro poeta Pedro Salinas lo describió maravillosamente en su obra La voz a ti debida, en la que narra la historia de una pasión amorosa:

Qué alegría, vivir sintiéndose vivido. 

Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, 

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo (...) 

Que hay otro ser por el que miro el mundo 

porque me está queriendo con sus ojos. 

Que hay otra voz con la que digo cosas 

no sospechadas por mi gran silencio; 

y es que también me quiere con su voz.

Dios es amor y por ello las tres personas divinas se inhabitan plenamente. Así se lo manifiesta Jesús a Felipe en el evangelio de hoy: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí.»

Este concepto nos permite asomarnos un poquito al abismo del Misterio de la Encarnación: Asumiendo la naturaleza humana, el Hijo de Dios se ha hecho «hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne», y a través de esta carne, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos hablan con labios humanos, nos abrazan con brazos de hombre, comparten nuestra alegría y nuestro dolor con nuestro mismo regocijo y nuestro mismo llanto.

La carne de Cristo es el canal que Dios ha abierto entre Él y la humanidad a través del cual el Dios Uno y Trino llega hasta nosotros y nosotros accedemos a Él. Con sus gestos y palabras, esta carne nos manifiesta al Padre (Jn 1,18: «A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer»). A través de ella, la vida eterna, que tiene su origen en el Padre, llega hasta nosotros: (Jn 6,51: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»). Ella es el canal por el que el Espíritu Santo se derrama sobre los creyentes (Jn 20,22: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid al Espíritu Santo”»). 

La esencia de la vida cristiana es que, amando a Cristo, Él habita en nosotros y nosotros en Él, tal como dice San Pablo: «vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20): pensamos con la mente de Cristo, sentimos con el corazón de Cristo, obramos las obras de Cristo, hablamos con la voz de Cristo. Nos unimos así al canal a través del cual la Trinidad entera viene a habitar en nosotros: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).


El Reino de Dios, de hecho, no es otra cosa que esta presencia viva de Dios en cada uno de nosotros que nos constituye en un solo Cuerpo por el amor, un Cuerpo que manifiesta ante el mundo el pensar, el sentir y el obrar de Dios: «Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).


P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 


«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino».


Le dice Tomás: 


«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». 


Le dice Jesús: 


«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto».


Le dice Felipe: 


«Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 


Le dice Jesús: 


«¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».


San Juan 14, 1-12

domingo, 26 de abril de 2026

Homilía del evangelio del Domingo: Como pastores en la Iglesia hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» / Por P. José María Prats

* «Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas’. Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor»

Domingo IV de Pascua – A

Hechos 2, 14a.36-41 / Salmo 22 / 1 Pedro 2, 20-25 / San Juan 10, 1-10

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre la función de los pastores en la Iglesia. Es una palabra dirigida especialmente a los que se nos ha encomendado esta labor tan importante y tan delicada.

Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas». Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor.

Si nuestra atención y nuestros afectos se centran en ideologías políticas o en pasiones personales como el deseo de agradar o de “hacer carrera”, entonces entramos en el aprisco saltando por otra parte y hacemos estragos en el rebaño. Nos convertimos en extraños y las ovejas huyen de nosotros «porque no conocen la voz de los extraños».

Como pastores hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3,30). Hemos de quitarnos de en medio, despojándonos de toda ambición y deseo de afirmación, para que las ovejas puedan acceder a través de nosotros al verdadero Pastor. 

Las vestiduras que nos ponemos para ejercer el ministerio de pastores quieren visibilizar el hecho de que no actuamos en nombre propio sino como instrumentos de Jesucristo y de su Iglesia. Para las celebraciones litúrgicas nos ponemos primero el alba, que nos recuerda el bautismo por el que fuimos revestidos de la santidad de Cristo. A continuación nos ceñimos la cintura con el cíngulo, símbolo del servicio a los demás. Sobre el cuello nos ponemos la estola, que representa a la vez la autoridad sacerdotal, el suave yugo de Cristo y las ovejas que estamos dispuestos a cargar sobre nuestras espaldas. Y por encima de todo, la casulla, símbolo de la caridad que debe cubrirlo todo, la caridad del pastor que conoce a las ovejas por su nombre, las defiende de los peligros que las acechan y, caminando delante de ellas, las guía con suavidad hacia los verdes pastos que Jesús ha hecho crecer para que tengamos vida en abundancia.

Una tarea muy bonita, pero también muy comprometida, que sólo podemos realizar debidamente sostenidos por la gracia de Dios y la oración de su Pueblo.

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, dijo Jesús: 


«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».


Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: 


«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


San Juan 10, 1-10

domingo, 19 de abril de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Caminar junto al mundo iluminándolo con la palabra de Dios, que al penetrar con el fuego del Espíritu Santo, hace arder el corazón y transforma por completo a las personas / Por P. José María Prats

* «Es la vivencia significativa de la eucaristía la que abre los ojos y dinamiza a las personas para retornar a Jerusalén, es decir, a la comunión con Dios y con los hermanos que han tenido esa misma experiencia de encuentro con el resucitado: ‘Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’»

Domingo III de Pascua – A

Hechos 2, 14.22-33/ Salmo 15  / 1 Pedro 1,17-21 / San Lucas 24, 13-35

P. José María Prats / Camino Católico.-  El tiempo pascual es el tiempo de la misión de la Iglesia impulsada por el Espíritu Santo, y las lecturas de la liturgia se centran ahora en ella. El pasaje de los discípulos de Emaús constituye una enseñanza preciosa sobre la misión que podemos aplicar con mucho fruto a nuestros días.

Dos discípulos caminan hacia Emaús alejándose de Jerusalén, ciudad que representa la comunión con Dios. Habían creído en Jesús, pero la muerte del Maestro les ha arrebatado la esperanza. Habían sido casi tan ilusos como esas mujeres que ahora andaban diciendo que se les había aparecido resucitado. El mundo, al fin y al cabo, con su crueldad, su injusticia y su lucha por el poder, acababa siempre imponiéndose, y esta era la cruda realidad con la que había que pactar.

Este es también el ánimo de nuestro tiempo, el de una sociedad que había sido creyente y que ahora se aleja de Dios sin esperanza, considerando la fe en el que murió y resucitó como una ilusión propia de beatas ancladas en el pasado. “Que no nos vengan con historias: lo que verdaderamente cuenta es el bienestar material, y a él es al que hemos de consagrar todo nuestro empeño”.

Jesús nos enseña cómo devolver la esperanza a este mundo. Se pone a caminar junto a los discípulos interesándose por su vida y sus preocupaciones, y desde ahí los va iluminando poco a poco haciéndoles comprender el sentido profundo de las Escrituras. Así debe ser la misión de la Iglesia: caminar junto al mundo iluminándolo con la palabra de Dios, la palabra de vida que cuando penetra acompañada del fuego del Espíritu Santo, hace arder el corazón y transforma por completo a las personas. Pero la función última de esta palabra es la de llevar a un encuentro vivo y personal con la misma Palabra encarnada: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron».

Los que hoy se autodenominan “creyentes no practicantes” se han quedado, en realidad, a medio camino. Cuando Jesús «simuló que iba a seguir caminando», le dejaron marchar en vez de apremiarle: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Jesús es entonces un personaje fascinante de nuestra historia, pero no el Dios vivo y verdadero que habita en mí y sostiene mi vida: «En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Es la vivencia significativa de la eucaristía la que abre los ojos y dinamiza a las personas para retornar a Jerusalén, es decir, a la comunión con Dios y con los hermanos que han tenido esa misma experiencia de encuentro con el resucitado: «Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan».

P. José María Prats

Evangelio: 


Aquel mismo día, el domingo, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado, Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron».


Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado».


Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.


San Lucas 24, 13-35

domingo, 12 de abril de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Abrimos al fruto del sacrificio de Cristo, al don del Espíritu Santo que nos capacita para vivir en paz y en comunión con Dios y con los hombres / Por P. José María Prats

* «El evangelio de hoy nos recuerda que por la participación en la muerte y resurrección de Cristo hemos recibido al Espíritu Santo, que ha restablecido nuestra comunión con Dios y nos ha recreado. Se cumplen así las palabras de Juan Bautista: ‘Yo os bautizo con agua ... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego’»

Domingo II de Pascua – A

Hechos 2, 42-47 / Salmo 117  / 1 Pedro  1, 3-9/ San Juan 20, 19-31

P. José María Prats / Camino Católico.-  En este domingo terminamos la octava de Pascua, los ocho días que prolongan el mismo día de la resurrección del Señor y durante los cuales se nos invita a profundizar en el misterio central de nuestra fe y en nuestra participación en él por el bautismo que renovamos solemnemente en la Vigilia Pascual.

La Iglesia antigua vivía esta semana muy intensamente. Era una semana toda ella festiva durante la cual se cerraban los tribunales y se prohibían los intercambios comerciales. La comunidad cristiana acudía diariamente a una liturgia solemnísima en la que el obispo instruía a los neófitos recién bautizados con las llamadas catequesis mistagógicas, en las que les explicaba el simbolismo de los ritos que habían vivido, les mostraba mediante figuras bíblicas el sentido de los sacramentos recibidos y les exhortaba a mantenerse fieles a la fe que habían profesado. Los neófitos acudían a estas celebraciones llevando todavía las albas y los cirios que habían recibido en la Vigilia Pascual y por ello esta semana era conocida como semana in albis.

El evangelio de hoy nos recuerda que por la participación en la muerte y resurrección de Cristo hemos recibido al Espíritu Santo, que ha restablecido nuestra comunión con Dios y nos ha recreado. Se cumplen así las palabras de Juan Bautista: «Yo os bautizo con agua ... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego». Es evidente que la acción de Jesús exhalando su aliento sobre sus discípulos para comunicarles al Espíritu Santo quiere evocar el relato de la creación del hombre, cuando Dios «modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida». Por el bautismo hemos recibido al Espíritu Santo que perdimos como consecuencia del pecado y nos hemos convertido en hombres y mujeres nuevos: hijos de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templos vivos del Espíritu Santo.

Como dice Jesús, el Espíritu Santo es el Espíritu de reconciliación: «Recibid al Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra cómo en la comunidad cristiana nacida de la fe y del bautismo, surge una nueva humanidad reconciliada que vive en el amor a Dios y al prójimo: «vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón».

Durante la Cuaresma y con la fuerza del sacramento de la penitencia hemos luchado contra el “hombre viejo” que todavía habita en nosotros, en el Triduo Pascual hemos participado en la muerte y resurrección de Jesucristo, y ahora, como hombres y mujeres nuevos, nos abrimos al fruto del sacrificio de Cristo, al don del Espíritu Santo que nos capacita para vivir en paz y en comunión con Dios y con los hombres. El mundo necesita esta paz que sólo Dios puede dar.


P. José María Prats

Evangelio: 


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 


«La paz con vosotros». 


Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 


«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». 


Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 


«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: 


«Hemos visto al Señor». 


Pero él les contestó: 


«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».


Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: 


«La paz con vosotros». 


Luego dice a Tomás: 


«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».


Tomás le contestó: 


«Señor mío y Dios mío». 


Dícele Jesús:


«Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».


Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


San Juan 20, 19-31