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sábado, 18 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en Camerún, 18-4-2026: «Jesús está con nosotros más fuerte que el poder del mal y nos repite: ‘Estoy aquí contigo, no tengas miedo’; por eso nos levantamos de cada caída con valentía y confianza»

* «Jesús se acerca a nosotros: no calma inmediatamente las tormentas, pero viene a nuestro encuentro en medio de los peligros y nos invita también a permanecer juntos y solidarios en la misma barca, como los discípulos, en las alegrías y en los dolores; a no mirar desde lejos a quienes sufren, sino a acercarnos a ellos, a unirnos unos a otros. Nunca hay que dejar a nadie solo frente a las adversidades de la vida; para ello cada comunidad tiene el deber de crear y sostener estructuras de solidaridad y ayuda mutua en las que, ante las crisis —sean sociales, políticas, sanitarias o económicas—, todos puedan dar y recibir ayuda, según sus capacidades y necesidades. Las palabras de Jesús, “soy yo”, nos recuerdan que, en una sociedad basada en el respeto a la dignidad de la persona, la aportación de todos es importante y tiene un valor único, independientemente del estatus o la posición de cada uno a los ojos del mundo»  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «La fe no separa la vida espiritual de la social; al contrario, da al cristiano la fuerza para interactuar con el mundo, a fin de responder a las necesidades de los demás, especialmente de los más débiles. Los esfuerzos individuales y aislados de cada persona no son suficientes para salvar a una comunidad; se necesita una decisión común, que integre la dimensión espiritual y ética del Evangelio en el corazón de las instituciones y las estructuras, convirtiéndolas en instrumentos para el bien común, y no en lugares de conflicto, de interés o en escenario de luchas estériles» 

 

18 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “Jesús está con nosotros, siempre, y más fuerte que cualquier poder del mal; en cada tormenta nos alcanza y nos repite: ‘Yo estoy aquí contigo, no tengas miedo’. Por eso nos levantamos de cada caída y no dejamos que ninguna tormenta nos detenga, sino que proseguimos, siempre con valentía y confianza”, ha subrayado en su homilía el Papa León XIV esta mañana, 18 de abril, al presidir la Misa votiva de María Virgen, Reina de los Apóstoles, en el aeropuerto de Yaundé-Ville, en Camerún, ante unos 200 mil fieles. 



El Santo Padre ha expresado, en primer lugar, su gratitud por la bienvenida que le brindaron y “por los momentos de alegría y fe que hemos vivido juntos”. Seguidamente, centrando su reflexión en capitulo 6 del Evangelio de Juan en el que Jesús camina sobre las aguas, asegura: “La fe no nos libra del desasosiego y las tribulaciones, y en algunos momentos puede parecer que el miedo nos venza. Sin embargo, nosotros sabemos que incluso en esos momentos, tal como les sucedió a los discípulos en el mar de Galilea, Jesús no nos abandona”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026)


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Aeropuerto de Yaundé-Ville

Sábado, 18 de abril de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

¡La paz esté con ustedes! La paz de Cristo, cuya presencia ilumina nuestro camino y calma las tormentas de la vida.

Celebramos esta Santa Misa al finalizar mi visita a Camerún, y les estoy muy agradecido por la bienvenida que me han brindado, por los momentos de alegría y fe que hemos vivido juntos.

Como hemos escuchado en el Evangelio, la fe no nos libra del desasosiego y las tribulaciones, y en algunos momentos puede parecer que el miedo nos venza. Sin embargo, nosotros sabemos que incluso en esos momentos, tal como les sucedió a los discípulos en el mar de Galilea, Jesús no nos abandona.

Tres evangelistas relatan, cada uno a su manera, el episodio que hemos escuchado, con un mensaje diferente según los lectores a los que se dirigen. San Marcos (cf. 6,45-52) presenta al Señor que alcanza a los discípulos mientras estos reman con dificultad debido al viento en contra, el cual, sin embargo, se calma tan pronto como Él sube con ellos a la barca. San Mateo (cf. 14,22-33) añade un detalle: Pedro quiere ir hacia el Maestro caminando sobre las olas. Sin embargo, una vez que baja de la barca, se deja vencer por el miedo y comienza a hundirse. Cristo lo toma de la mano, lo salva y lo reprende por su incredulidad.

En la versión de san Juan que se ha proclamado hoy (cf. Jn 6,16-21), el Salvador, caminando sobre las aguas, se acerca a los discípulos y les dice: «Soy yo, no teman» (v. 20), y el evangelista subraya que «ya era de noche» (v. 17). Para la tradición judía, las “aguas”, a causa de su profundidad y su misterio, aluden a menudo al mundo de los infiernos, al caos, al peligro, a la muerte. Evocan, junto con las tinieblas, las fuerzas del mal, que el hombre por sí solo no puede dominar. Al mismo tiempo, sin embargo, en el recuerdo de los prodigios del Éxodo, también se perciben como un lugar de paso, un cruce a través del cual Dios, con poder, libera a su pueblo de la esclavitud.

La Iglesia ha experimentado tantas veces, en su travesía a lo largo de los siglos, tormentas y “vientos contrarios”, y también nosotros podemos identificarnos con los sentimientos de miedo y duda que tuvieron los discípulos durante el viaje en el lago de Tiberíades. Es lo que advertimos en los momentos en que parece que nos hundimos, abrumados por fuerzas adversas, cuando todo se ve oscuro y nos sentimos solos y frágiles. Pero no es así. Jesús está con nosotros, siempre, y más fuerte que cualquier poder del mal; en cada tormenta nos alcanza y nos repite: “Yo estoy aquí contigo, no tengas miedo”. Por eso nos levantamos de cada caída y no dejamos que ninguna tormenta nos detenga, sino que proseguimos, siempre con valentía y confianza. Y es gracias a Él que, como decía el Papa Francisco, tantos «hombres y mujeres […] que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe» (Catequesis, 14 mayo 2014).

Jesús se acerca a nosotros: no calma inmediatamente las tormentas, pero viene a nuestro encuentro en medio de los peligros y nos invita también a permanecer juntos y solidarios en la misma barca, como los discípulos, en las alegrías y en los dolores; a no mirar desde lejos a quienes sufren, sino a acercarnos a ellos, a unirnos unos a otros. Nunca hay que dejar a nadie solo frente a las adversidades de la vida; para ello cada comunidad tiene el deber de crear y sostener estructuras de solidaridad y ayuda mutua en las que, ante las crisis —sean sociales, políticas, sanitarias o económicas—, todos puedan dar y recibir ayuda, según sus capacidades y necesidades. Las palabras de Jesús, “soy yo”, nos recuerdan que, en una sociedad basada en el respeto a la dignidad de la persona, la aportación de todos es importante y tiene un valor único, independientemente del estatus o la posición de cada uno a los ojos del mundo.

La exhortación «no teman» adquiere, entonces, una dimensión amplia, incluso a nivel social y político, como estímulo para afrontar juntos los problemas y los desafíos —especialmente los relacionados con la pobreza y la justicia—, con sentido cívico y responsabilidad civil. La fe no separa la vida espiritual de la social; al contrario, da al cristiano la fuerza para interactuar con el mundo, a fin de responder a las necesidades de los demás, especialmente de los más débiles. Los esfuerzos individuales y aislados de cada persona no son suficientes para salvar a una comunidad; se necesita una decisión común, que integre la dimensión espiritual y ética del Evangelio en el corazón de las instituciones y las estructuras, convirtiéndolas en instrumentos para el bien común, y no en lugares de conflicto, de interés o en escenario de luchas estériles.

Nos lo cuenta la primera lectura (cf. Hch 6,1-7), donde vemos cómo la Iglesia afronta su primera crisis de crecimiento. El rápido aumento del número de discípulos (v. 1) plantea nuevos retos para la comunidad en el ejercicio de la caridad, de los cuales los apóstoles ya no pueden ocuparse por sí solos. Hay personas que quedan desatendidas en la distribución de los alimentos, por lo que crecen las quejas y una sensación de injusticia amenaza la unidad. El servicio diario a los pobres era una práctica esencial en la Iglesia primitiva, y tenía como objetivo socorrer a los más vulnerables, en particular a los huérfanos y las viudas. Sin embargo, había que conciliarlo con las necesidades del anuncio y la enseñanza, que también eran apremiantes, y la solución no era sencilla. Es entonces que los apóstoles se reunieron, compartieron sus preocupaciones, reflexionaron a la luz de las enseñanzas de Jesús y oraron juntos, logrando salvar obstáculos e incomprensiones que a primera vista parecían insuperables. Así dieron origen a algo nuevo, eligiendo hombres «de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (v. 3), y asignándoles, mediante la imposición de manos, un servicio práctico que era también una misión espiritual. Al escuchar la voz del Espíritu Santo y estar atentos a los clamores de los que sufren, no sólo evitaron divisiones internas en la comunidad, sino que, por inspiración divina, la dotaron de herramientas nuevas y adecuadas para su crecimiento, transformando un momento de crisis en una oportunidad de enriquecimiento y desarrollo para todos.

A veces, la vida de una familia y de una sociedad también exige esto: el valor de cambiar hábitos y estructuras, de modo que la dignidad de la persona siga siendo fundamental y se superen las desigualdades y la marginación. Además, al hacerse hombre, Dios se identificó con los más desfavorecidos, y esto hace que la atención preferencial por los pobres sea una opción fundamental para nuestra identidad cristiana (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 198; Exhort. ap. Dilexi te, 16-17).

Hermanos y hermanas, hoy nos despedimos. Cada uno regresa a sus ocupaciones habituales y la barca de la Iglesia continúa su ruta hacia la meta, por gracia de Dios y con el compromiso de cada uno. Mantengamos vivo en nuestros corazones el recuerdo de los hermosos momentos que hemos compartido; incluso en medio de las dificultades, sigamos abriéndole espacio a Jesús, dejándonos iluminar y renovar cada día por su presencia. La Iglesia en Camerún está viva, es joven, rica en dones y entusiasmo, vibrante en su diversidad y maravillosa en su armonía. Que, con la ayuda de la Virgen María, nuestra Madre, puedan hacer florecer cada vez más la presencia alegre que ustedes poseen, y que también los vientos contrarios, que nunca faltan en la vida, sean ocasión de crecimiento en el servicio gozoso a Dios y a los hermanos, en el compartir, en la escucha, en la oración y en el deseo de crecer juntos.

Agradecimiento final

Queridos hermanos y hermanas, con esta celebración concluye mi visita a Camerún. Agradezco de corazón al señor arzobispo y a todos los pastores de la Iglesia en este país.

Reitero mi gratitud a las autoridades civiles y a todos aquellos que han colaborado en la preparación y organización de cada evento.

Gracias a todos, de manera especial a los enfermos, a los ancianos y a las religiosas de clausura que han ofrecido sus oraciones.

Pueblo de Dios que vives y caminas en Camerún, ¡no temas! ¡Permanece firmemente unido a Cristo el Señor! ¡Con la fuerza de su Espíritu, serás sal y luz de esta tierra! Muchas gracias.

PAPA LEÓN XIV





Fotos: Vatican Media, 18-4-2026

viernes, 17 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en Camerún, 17-4-2026: «Anunciar a Jesús Resucitado significa trazar signos de justicia; signos de paz entre rivalidades y corrupciones; signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia»

* «¿Dónde está Dios ante el hambre de la gente? Mientras espera nuestras respuestas, Jesús da la suya: «Tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron» (v. 11). Un grave problema se resuelve bendiciendo la poca comida que hay y repartiéndola entre todos los que tienen hambre. La multiplicación de los panes y los peces ocurre en el compartir; ¡he aquí el milagro! Hay pan para todos si se da a todos. Hay pan para todos si se lo toma no con una mano que acapara, sino con una mano que da. Observemos bien el gesto de Jesús: cuando el Hijo de Dios toma el pan y los peces, ante todo da gracias. Agradece al Padre por un bien que se convierte en don y bendición para todo el pueblo»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «El milagro que realizó es signo de este amor; no nos hace ver solamente cómo Dios alimenta a la humanidad con el pan de vida, sino también cómo nosotros podemos llevar este alimento a todos los hombres y mujeres que, como nosotros, tienen hambre de paz, de libertad y de justicia. Cada gesto de solidaridad y perdón, cada iniciativa de bien es un bocado de pan para la humanidad necesitada de cuidados. Y, sin embargo, esto no es suficiente. Al alimento que nutre el cuerpo hay que unir, con igual caridad, el alimento del alma, que nutre nuestra conciencia, que nos sostiene en la hora oscura del miedo, en medio de las tinieblas del sufrimiento. Este alimento es Cristo, que siempre nutre en abundancia a su Iglesia y nos fortalece en el camino con su Cuerpo»



17 de abril de 2026.- (Camino Católico) “Anunciar a Jesús Resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra que sufre y está oprimida; signos de paz entre rivalidades y corrupciones; signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia, ha dicho el Papa León XIV en la homilía de la Misa presidida en el Estadio Japoma de Duala, hoy 17 de abril. En el tercer día de viaje apostólico a Camerún, el Pontífice se trasladó por la mañana con un vuelo de poco menos de una hora desde Yaundé hacia Duala, centro económico del país, para la celebración de la Santa Misa. Unos 120 mil fieles han recibido con entusiasmo al Pontífice, saludándolo con alegría y afecto a su llegada en el papamóvil.



El Papa reflexiona sobre el Evangelio de Juan que narra el milagro de Jesús de la multiplicación de los panes, con el que garantiza alimento para todos, a pesar de que no hubiera suficiente. Y destacó que esta “Buena Noticia”, para la Iglesia en Camerún “resuena como un anuncio providencial del amor de Dios y de nuestra comunión”.



Recordando la necesidad de la multitud hambrienta del relato evangélico y la poca comida que había, el Pontífice plantea que Jesús nos pregunta también a nosotros como entonces preguntó a sus discípulos: “¿cómo resuelven ustedes este problema? ¿Qué hacen?”. Una pregunta que se dirige a cada uno de nosotros, porque todos tenemos las mismas fragilidades: “Se dirige a los padres y a las madres que cuidan a sus familias; se dirige a los pastores de la Iglesia, que velan por la grey del Señor; se dirige a quienes tienen la responsabilidad social y política de atender al pueblo y mirar por su bien. Cristo dirige esta pregunta a los poderosos y a los débiles, a los ricos y a los pobres, a los jóvenes y a los ancianos, porque todos tenemos hambre por igual”.



A continuación, indica que este grave problema se resuelve “bendiciendo la poca comida que hay y repartiéndola entre todos los que tienen hambre”, se resuelve con el “compartir”. “¡He aquí el milagro! Hay pan para todos si se da a todos. Hay pan para todos si se lo toma no con una mano que acapara, sino con una mano que da”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026)


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


“Japoma Stadium” (Douala)

Viernes, 17 de abril de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


El Evangelio que acabamos de escuchar (Jn 6,1-15) es palabra de salvación para toda la humanidad. Hoy se proclama en todas partes esta Buena Noticia, que para la Iglesia en Camerún resuena como un anuncio providencial del amor de Dios y de nuestra comunión.


El testimonio del apóstol Juan describe, en efecto, a una gran multitud (cf. vv. 2-5), como somos nosotros ahora, aquí. Para toda esa gente, sin embargo, había muy poca comida: sólo «cinco panes de cebada y dos pescados» (v. 9). Al observar esta desproporción, Jesús nos pregunta hoy, como entonces preguntó a sus discípulos: ¿cómo resuelven ustedes este problema? Vean cuánta gente hambrienta, oprimida por el cansancio: ¿qué hacen?


Esta pregunta se dirige a cada uno de nosotros: se dirige a los padres y a las madres que cuidan a sus familias; se dirige a los pastores de la Iglesia, que velan por la grey del Señor; se dirige a quienes tienen la responsabilidad social y política de atender al pueblo y mirar por su bien. Cristo dirige esta pregunta a los poderosos y a los débiles, a los ricos y a los pobres, a los jóvenes y a los ancianos, porque todos tenemos hambre por igual. Esta indigencia nos recuerda que somos criaturas. Necesitamos comer para vivir. No somos Dios; pero, precisamente, ¿dónde está Dios ante el hambre de la gente?


Mientras espera nuestras respuestas, Jesús da la suya: «Tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron» (v. 11). Un grave problema se resuelve bendiciendo la poca comida que hay y repartiéndola entre todos los que tienen hambre. La multiplicación de los panes y los peces ocurre en el compartir; ¡he aquí el milagro! Hay pan para todos si se da a todos. Hay pan para todos si se lo toma no con una mano que acapara, sino con una mano que da. Observemos bien el gesto de Jesús: cuando el Hijo de Dios toma el pan y los peces, ante todo da gracias. Agradece al Padre por un bien que se convierte en don y bendición para todo el pueblo.


Al hacerlo así, la comida abunda; no se raciona por emergencia, no se roba por disputa ni se desperdicia por quienes se atiborran ante quienes no tienen nada que comer. Al pasar de las manos de Cristo a las de sus discípulos, la comida aumenta para todos, es más, sobreabunda (cf. vv. 12-13). La gente, admirada por lo que había hecho Jesús, exclamó: «Este es, verdaderamente, el Profeta» (v. 14), es decir, aquel que habla en nombre de Dios, el Verbo del Omnipotente. Y es verdad, pero Jesús no utiliza estas palabras con vistas a un éxito personal; no quiere convertirse en rey (cf. v. 15), porque ha venido a servir con amor, no a dominar.


El milagro que realizó es signo de este amor; no nos hace ver solamente cómo Dios alimenta a la humanidad con el pan de vida, sino también cómo nosotros podemos llevar este alimento a todos los hombres y mujeres que, como nosotros, tienen hambre de paz, de libertad y de justicia. Cada gesto de solidaridad y perdón, cada iniciativa de bien es un bocado de pan para la humanidad necesitada de cuidados. Y, sin embargo, esto no es suficiente. Al alimento que nutre el cuerpo hay que unir, con igual caridad, el alimento del alma, que nutre nuestra conciencia, que nos sostiene en la hora oscura del miedo, en medio de las tinieblas del sufrimiento. Este alimento es Cristo, que siempre nutre en abundancia a su Iglesia y nos fortalece en el camino con su Cuerpo.


Hermanas y hermanos, la Eucaristía que estamos celebrando se convierte, por tanto, en fuente de una fe renovada, porque Jesús está presente entre nosotros. El Sacramento no reaviva un recuerdo lejano en el tiempo, sino que realiza una “compañía” que nos transforma, porque nos santifica. ¡Felices los invitados a la cena del Señor! En torno a la Eucaristía, esta misma mesa se convierte en anuncio de esperanza en las pruebas de la historia y en las injusticias que vemos a nuestro alrededor. Se convierte en signo de la caridad de Dios, que en Cristo nos invita a compartir lo que tenemos, para que se multiplique en la fraternidad eclesial.


El Señor abraza el cielo y la tierra, conoce nuestro corazón y todas las situaciones, alegres o tristes, que vivimos. Al hacerse hombre para salvarnos, quiso compartir las necesidades de la humanidad, empezando por las más sencillas y cotidianas. El hambre revela entonces no sólo nuestra indigencia, sino sobre todo su amor; recordémoslo cada vez que cruzamos la mirada con el hermano y la hermana a quienes les falta lo necesario. Esos ojos, de hecho, nos repiten la pregunta que Jesús hizo a sus discípulos: ¿qué hacen por toda esta gente? Es cierto que ser testigos de Cristo, imitando sus gestos de amor conlleva, a menudo, dificultades y obstáculos, tanto fuera como dentro de nosotros, donde el orgullo puede corromper el corazón. En esos momentos, sin embargo, repitamos con el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). Aunque a veces vacilemos, Dios siempre nos alienta: «Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» (v. 14).


Queridos jóvenes, les dirijo esta invitación especialmente a ustedes, porque son los hijos amados de la tierra de África. Como hermanos y hermanas de Jesús, multipliquen sus talentos con la fe, la tenacidad y la amistad que los animan. Vayan entre los primeros a ser rostros y manos que llevan al prójimo el pan de la vida; alimento de sabiduría y de liberación de todo aquello que no nos nutre, sino que confunde nuestros buenos deseos y nos roba la dignidad.


Incluso en su país tan fértil, Camerún, muchos sufren la pobreza, tanto material como espiritual. No cedan a la desconfianza y al desánimo; rechacen toda forma de abuso y violencia, que engañan prometiendo ganancias fáciles, pero endurecen el corazón y lo vuelven insensible. No olviden que su pueblo es aún más rico que esta tierra, pues su tesoro son sus valores: la fe, la familia, la hospitalidad, el trabajo. Sean, pues, protagonistas del futuro, siguiendo la vocación que Dios da a cada uno, sin dejarse comprar por tentaciones que malgastan las energías y no contribuyen al progreso de la sociedad.


Para hacer de su espíritu valiente una profecía del mundo nuevo, tomen como ejemplo lo que hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Los primeros cristianos daban un audaz testimonio del Señor Jesús ante las dificultades y las amenazas, y perseveraban incluso en medio de los ultrajes (cf. Hch 5,40-41). Estos discípulos «todos los días, tanto en el Templo como en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Noticia de Cristo Jesús» (v. 42), es decir, del Mesías, el Liberador del mundo. Sí, el Señor libera del pecado y de la muerte. Anunciar con constancia este Evangelio es la misión de todo cristiano; es la misión que confío especialmente a ustedes, jóvenes, y a toda la Iglesia que vive en Camerún. Conviértanse en buena noticia para su país, como los es, por ejemplo, el beato Floribert Bwana Chui para el pueblo congolés.


Hermanos y hermanas, enseñar significa dejar huella, como hace el labrador con el arado en el campo, para que lo que siembra dé fruto. Así es como el anuncio cristiano cambia nuestra historia, transformando las mentes y los corazones. Anunciar a Jesús Resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra que sufre y está oprimida; signos de paz entre rivalidades y corrupciones; signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia. Con este Evangelio en el corazón, dentro de poco compartiremos el Pan eucarístico, que nos sacia para la vida eterna. Con fe gozosa, pidamos al Señor que multiplique entre nosotros su don, por el bien de todos.


PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 17-4-2026

Santa Misa de hoy, viernes de la II semana de Pascua, presidida por el Papa León XIV, en Camerún, 17-4-2026


Foto: Vatican Media, 17-4-2026


17 de abril de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha presidido la Santa Misa de hoy, viernes de la II semana de Pascua, en el Estadio Japoma en Douala, la ciudad más poblada de Camerún, ante 120.000 personas. En su homilía, subraya que “anunciar a Jesús Resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra que sufre y está oprimida; signos de paz entre rivalidades y corrupciones; signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración. 


jueves, 16 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en Camerún, 16-4-2026: «La obediencia a Dios nos hace libres, porque significa confiarle nuestra vida y dejar que sea su Palabra la que inspire nuestra manera de pensar y de actuar»

* «Cuando una situación está consolidada desde hace tiempo se corre el riesgo de caer en la resignación y en la impotencia, porque no esperamos ninguna novedad; no obstante, la Palabra de Dios abre espacios nuevos y genera transformación y sanación, porque es capaz de poner el corazón en movimiento, de desestabilizar la marcha normal de las cosas a las que fácilmente nos acostumbramos, de convertirnos en protagonistas activos del cambio. Recordemos esto: Dios es novedad, crea cosas nuevas, nos hace personas valientes que, desafiando al mal, construyen el bien» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «El consuelo para los corazones quebrantados y la esperanza en un cambio de la sociedad son posibles si confiamos en Dios y en su Palabra. Debemos llevar siempre en el corazón y en la mente la apelación del apóstol Pedro: obedecer a Dios, no a los hombres. Obedecerlo a Él, porque sólo Él es Dios. Y ello nos invita a promover la inculturación del Evangelio y vigilar atentamente, también nuestra religiosidad, para no caer en el engaño de seguir aquellas sendas que mezclan la fe católica con otras creencias y tradiciones de tipo esotérico o gnóstico que, en realidad, a menudo tienen fines políticos y económicos. Sólo Dios libera; sólo su Palabra abre caminos de libertad; sólo su Espíritu nos hace personas nuevas con la capacidad de cambiar este país» 


16 de abril de 2026.- (Vatican News /13 TV / Camino Católico) El Papa León XIV ha exhortado en su homilía, en la Santa Misa por la Paz y la Justicia, a los más de 20 mil fieles congregados en el aeropuerto de Bamenda, Camerún, a ser protagonistas, confiados en la Palabra de Dios que abre espacios nuevos y genera transformación y sanación: “la obediencia a Dios nos hace libres, porque significa confiarle nuestra vida y dejar que sea su Palabra la que inspire nuestra manera de pensar y de actuar”.



De hecho, el Papa no ahorró palabras para describir las abundantes formas de pobreza, la crisis alimentaria actual, la corrupción moral, social y política, vinculada a la gestión de la riqueza, los graves problemas que aquejan al sistema educativo y sanitario; así como la enorme migración, pero, en particular, se refirió al conflicto entre los separatistas de esa ex-región anglosajona y el gobierno central, así como de la desenfrenada ambición de actores extranjeros. “A la problemática interna, continuamente alimentada por el odio y la violencia, se añade también el mal causado desde afuera por aquellos que, en nombre de la ganancia, siguen entrometiéndose en el continente africano para explotarlo y saquearlo”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026)


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Aeropuerto Internacional de Bamenda

Jueves, 16 de abril de 2026



Queridos hermanos y hermanas en Cristo:


Vengo en medio de ustedes como peregrino de paz y de unidad, y les expreso la alegría que tengo de estar aquí, visitando su región y, sobre todo, compartiendo su camino, sus dificultades y sus esperanzas.


Las manifestaciones festivas que acompañan sus liturgias y el gozo que brota de las oraciones que elevan a Dios son signo de la entrega confiada a Él, de su inquebrantable esperanza, de su aferrarse, con todas las fuerzas, al amor del Padre, que se hace cercano y mira con compasión los sufrimientos de sus hijos. En el salmo que hemos rezado juntos, se canta esta confianza en Él, que hoy estamos invitados a renovar: «El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos» (Sal 34,19).


Hermanos y hermanas, muchos son los motivos y las situaciones que rompen el corazón y nos hacen caer en la aflicción. En efecto, las esperanzas en un futuro de paz y reconciliación, en el que cada uno es respetado en su dignidad y a cada uno se le garantizan sus derechos fundamentales, se debilitan continuamente a causa de los numerosos problemas que afligen a esta tierra bellísima; entre ellos, las abundantes formas de pobreza que últimamente también afectan a muchas personas por la crisis alimentaria actual; la corrupción moral, social y política, sobre todo vinculada a la gestión de la riqueza, que impide el desarrollo de las instituciones y las estructuras; los graves y derivados problemas que aquejan al sistema educativo y al ámbito sanitario; así como la enorme migración al extranjero, en particular la de los jóvenes. Y a la problemática interna, continuamente alimentada por el odio y la violencia, se añade también el mal causado desde afuera por aquellos que, en nombre de la ganancia, siguen entrometiéndose en el continente africano para explotarlo y saquearlo.


Todo esto nos expone a sentirnos impotentes y debilitar nuestra confianza. Sin embargo, este es el momento de cambiar, de transformar la historia del país. Hoy y no mañana, ahora y no en el futuro, ha llegado el momento de reconstruir; de componer nuevamente el mosaico de la unidad ensamblando la variedad y las riquezas del país y del continente; de edificar una sociedad en la que reinen la paz y la reconciliación.


Es verdad, cuando una situación está consolidada desde hace tiempo se corre el riesgo de caer en la resignación y en la impotencia, porque no esperamos ninguna novedad; no obstante, la Palabra de Dios abre espacios nuevos y genera transformación y sanación, porque es capaz de poner el corazón en movimiento, de desestabilizar la marcha normal de las cosas a las que fácilmente nos acostumbramos, de convertirnos en protagonistas activos del cambio. Recordemos esto: Dios es novedad, crea cosas nuevas, nos hace personas valientes que, desafiando al mal, construyen el bien.


Lo encontramos en el testimonio de los Apóstoles, como escuchamos en la primera lectura: mientras las autoridades del sanedrín interrogaban a los Apóstoles, los reprendían y los amenazaban porque habían anunciado públicamente a Cristo, estos respondían: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo» (Hch 5,29-30).


La valentía de los Apóstoles se convierte en conciencia crítica, en profecía, en denuncia del mal; este es el primer paso para cambiar las cosas. Obedecer a Dios, en efecto, no es un acto de sumisión que nos oprime o anula nuestra libertad; al contrario, la obediencia a Dios nos hace libres, porque significa confiarle nuestra vida y dejar que sea su Palabra la que inspire nuestra manera de pensar y de actuar. Y de este modo, como escuchamos en el Evangelio, que relata la última parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo, «el que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra» (Jn 3,31). El que obedece a Dios antes que a los hombres y al modo de pensar humano y terrenal, encuentra la propia libertad interior, logra descubrir el valor del bien y a no resignarse al mal, redescubre el camino de la vida y se convierte en constructor de paz y fraternidad.


Hermanos y hermanas, el consuelo para los corazones quebrantados y la esperanza en un cambio de la sociedad son posibles si confiamos en Dios y en su Palabra. Debemos llevar siempre en el corazón y en la mente la apelación del apóstol Pedro: obedecer a Dios, no a los hombres. Obedecerlo a Él, porque sólo Él es Dios. Y ello nos invita a promover la inculturación del Evangelio y vigilar atentamente, también nuestra religiosidad, para no caer en el engaño de seguir aquellas sendas que mezclan la fe católica con otras creencias y tradiciones de tipo esotérico o gnóstico que, en realidad, a menudo tienen fines políticos y económicos. Sólo Dios libera; sólo su Palabra abre caminos de libertad; sólo su Espíritu nos hace personas nuevas con la capacidad de cambiar este país.


Los acompaño con mi oración constante y bendigo, de manera particular, a la Iglesia aquí presente; tantos sacerdotes, misioneros, religiosos y laicos que trabajan para ser fuente de consuelo y esperanza. Los animo a continuar por este camino y los encomiendo a la intercesión de María Santísima, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia.


PAPA LEÓN XIV




Fotos: Vatican Media, 16-4-2026