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lunes, 11 de mayo de 2026

Paloma Carmona González y Luis Ángel Soler Areta, padres de 15 hijos: «Son un don de Dios y me casé confiando en que el Señor actuara en nuestro matrimonio; nunca nos planteamos tener X hijos y pensamos que lo que viniera del cielo, iba a ser bueno»


Paloma Carmona González, su marido y sus quince hijos forman la familia más numerosa de la Comunidad de Madrid / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

* «Para mí ser madre es una carrera sin meta en la que he tenido que saltar muchos obstáculos  siempre con la ayuda de mi esposo Luis y de Dios que siempre llega donde yo no puedo. Tengo a la Virgen María como Madre y referente, porque me ha ayudado mucho en todo lo que he necesitado» 

 Vídeo del testimonio de Paloma Carmona González y Luis Ángel Soler Areta en el programa 'Ecclesia es Domingo' de 13 TV

Camino Católico.- «Mi familia nace hace 41 años cuando mi marido, Luis Ángel Soler Areta, y yo decidimos casarnos por la Iglesia y confiando que Dios siempre estuviese en medio de nuestro matrimonio. Él ha sido fiel, ha estado grande y estamos alegres, aunque también hemos tenido dificultades» afirma Paloma Carmona González, madre de 15 hijos, de entre 39 y 16 años, que forma parte del Camino Neocatecumenal, a Sandra Madrid en Infomadrid.

Tener hijos, asegura Paloma Carmona González, fue algo que ella y su marido Luís  nunca se plantearon, sino que se fiaban de lo que Dios les iba indicando / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

El Señor siempre ha sido fiel

Sin embargo, lo que no es tan natural es tener 15 hijos. Algo que, según asegura Paloma, su marido y ella nunca se plantearon, sino que se fiaban de lo que el Señor les fuera trayendo. «Los dos venimos de familias grandes, los dos tenemos nueve hermanos, y nos educaron igual dentro de la Iglesia. Yo me casé muy jovencita confiando en que el Señor actuara en nuestro matrimonio. Nunca nos planteamos tener X hijos. Pensamos que lo que viniera del cielo, iba a ser bueno para nosotros», explica a Paula Baena en El Debate.

“No me siento especial, me siento agradecida por haber hecho esta obra que Dios me ha dado. No me planteé cuando me casé en tener muchos hijos, me fié del Señor y he tenido 18 embarazos, tres no llegaron a término, y estos quince hijos son un don del Señor que he recibido bien”, ha explicado Paloma en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV.

Luis Ángel reconoce que el peor momento llegó con el tercer hijo: “Yo decía que si Paloma tiene a uno en brazos y yo a otro, ¿qué hacemos con el tercero que nace? Era una montaña. Pero poco a poco, a lo largo de la historia el Señor, nos fue enseñando a no temer, no hay nada imposible para Dios. Yo decía cómo lo vamos a hacer, el piso... y Paloma me decía alégrate, no temas, nada es imposible para Dios”.

El matrimonio, que pertenece al Camino Neocatecumenal, se conoció en la parroquia. Paloma en un primer momento no veía a su futuro marido como el padre de sus hijos, aunque reconoce que “me atrajo su voz, su forma de cantar”.

Luis Ángel, en cambio, pronto se enamoró de Paloma, que era hija del responsable del Camino Neocatecumenal en su comunidad parroquial. Para la familia, esta realidad eclesial “ha sido la base de nuestro acompañamiento” y el canal para traspasar la fe a sus hijos. “La mayor herencia que nos han dejado nuestros padres es que estamos aquí de paso, que nuestra vida tiene un fin que es el Cielo”.

Para Paloma, la cofundadora de los 'kikos', Carmen Hernández, fue también inspiración en la maternidad: “Ella decía que la mujer tenía el útero, que es la fabrica de la vida”. De ahí que para ella sea doloroso que haya mujeres que rechacen ese don.

Paloma, que estudió Administrativo, explica que decidió no trabajar para cuidar de su familia. Su primer hijo nació a los 15 meses de casarse, «y a partir de ahí empezaron a llegar los demás». Asimismo, destaca que «ha sido fantástico no perderme ni un momento de sus vidas». En este sentido afirma que ha renunciado a mucho pero que ha recibido más. 

Rememora sus inicios como madre -tuvo a sus primeros nueve hijos en nueve años- como complicados, también da gracias porque han sido «muy buenos». «El sueño lo respetaban. Hemos dormido muy bien. Seis horas pero muy bien dormidas», celebra.

Aunque reconoce que a lo largo de la crianza de sus hijos -de los cuales seis todavía siguen bajo el techo paterno, mientras que el resto ya les han dado 28 nietos, y otros cuatro en camino. “Se sabe hasta la fecha de nacimientos de cada uno”, comenta Luis Ángel refiriéndose a su mujer en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV , donde han contado como es la vida en una familia tan numerosa.

Ha habido dificultades y momentos complicados, como cuando su marido se quedó en paro estando ella embarazada de su décimo tercer hijo, subraya que al final el Señor siempre les ha dado lo que han necesitado. «Quiero decir que nunca nos ha faltado de nada. Hemos comido todos los días», subraya.

Paloma Carmona González y su marido con todos sus hijos y nietos / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

«Educarlos en el amor y en el perdón»

También explica que su oficio- vocación es ser madre. «Para mí ser madre es una carrera sin meta en la que he tenido que saltar muchos obstáculos», siempre con «la ayuda de Luis», que es el padre de familia, y de «Dios que siempre llega donde yo no puedo».

Como familia, Paloma destaca que viven muchas alegrías, por ejemplo, cuando ves cómo tus hijos «se quieren, se perdonan, se aman, se ayudan y se aconsejan». En definitiva, «disfrutan unos de los otros». Además destaca que su familia «es una piña». Somos 53 entre hijos, nietos, nueras, yernos. En este sentido recuerda que su marido y ella han intentado «educarlos en el amor y en el perdón», y así que lo hagan con los demás. Y nos da la clave: «fiarnos de Dios». En este aspecto recuerda también a la Virgen María como «Madre y referente», porque «me ha ayudado mucho en todo lo que he necesitado».

Loa comentarios de las personas

Interrogada sobre qué comentarios ha recibido de la gente a lo largo de su vida por tener tantos hijos, Paloma sentencia que le han dicho «muchas tonterías». «¡Me han llegado a decir que si era una equivocación! Pero nosotros siempre hemos dado testimonio de nuestra fe», señala.

Con todo, admite que, al principio, lo pasaba mal porque la gente se metía mucho con ella. «Yo pensaba, '¿pero me meto yo en su vida, señora?'», evoca. «Íbamos en la furgoneta y veías a la gente contando cabezas, y yo salía y les decía ¡vamos diez! o los que fuéramos», cuenta, divertida.

Pero las críticas por sus 18 embarazos, dieron paso a muestras de admiración. «Madres del cole se quedaban asombradas y yo les daba hasta envidia. Me decían 'si yo hubiera hecho como tú, Paloma, y hubiera tenido otro hijo...», declara.

Paloma Carmona González y su marido con todos sus nietos / Foto: Cedida por Paloma Carmona González

Paloma señala que su familia llama la atención. Lo que más suele preocupar a la gente es la organización, pero cuando vienen a casa y nos conocen, lo que más les sorprende «es la relación que tenemos entre todos».

Sobre el descenso de la natalidad generalizada que existe en España, esta madre de familia numerosa cree que se debe, en parte, a que «la sociedad ha apartado a Dios de sus vidas y, si apartas al dueño de la vida, ¿para qué vas a dar vida?». Al mismo tiempo, también apunta a que esta generación «valora mucho el trabajo y el dinero, que está muy bien valorarlo, pero no te puede manipular ni condicionar para una serie de cosas».

En este sentido, sostiene que ellos nunca han «hecho las cosas sobre el papel, tipo en agua gastamos X... porque si realmente lo hiciéramos así, no podríamos vivir». «Mi marido, además, ahora está jubilado y todavía tenemos seis hijos en casa, o sea que sería imposible. Pero bueno, de todas hemos salido», agrega.

“Vivimos con un engaño de la sociedad, de que un hijo cuesta tanto, de que si el trabajo, todo se hace un mundo, tienes un hijo y le tienes que llevar a mil cosas... Mis hijos han hecho el deporte que han querido, no les he llevado a mil cosas, y mis hijos son felices. No hay que dar caprichos absurdos a los hijos”, afirma.

Pero esto no significa que todo haya sido un camino de rosas, como sostiene Luis Ángel: “Hemos recibido de nuestros hijos mucho más de lo que hemos dado, pero hemos dormido poco muchas noches, las enfermedades, accidentes, penurias económicas... tantas cosas que hemos tenido pero en todos los acontecimientos ha habido una palabra de esperanza y un mirar al cielo”, ha aseverado.

La educación tampoco es tarea sencilla con quince hijos, pertenecientes a generaciones distintas. El matrimonio tuvo un apoyo importante en sus hijos mayores. “Cuando tuve mi primer hijo y empezó la adolescencia, no había móviles todavía. A mi los móviles no me gustan mucho porque tienen muchos peligros. Viendo la sociedad les vas educando según ves lo que hay. Los mayores me han ayudado en muchos temas como la organización de la casa”, ha expresado Paloma.

Para Luis Ángel, lo más importante es que sus hijos “son buenas personas y se quieren”. De hecho, la relación tan cercana que mantiene la familia genera extrañeza en su entorno: “Somos una piña, con los mayores sobre todo tengo una confianza que no es normal. Yo veo compañeros de trabajo con problemas con sus hijos y es una bendición”.

En este sentido, Paloma asegura no haber sentido ninguna frustración como consecuencia de la maternidad: “Yo tengo una fortaleza fuera de lo normal, he podido con todo y no me he quejado de nada. Eso lo aprendí de mi madre. No me siento frustrada para nada, me siento muy realizada teniendo tantos hijos. No cambiaría nada de lo vivido y hemos pasado situaciones de sufrimiento”.

Una forma de vivir que no ha estado exento de críticas en el exterior: “Cuando iba al colegio con los niños, las mamis se metían conmigo y yo le dije una vez a una: '¿yo me meto con usted? Pues respéteme'. Yo he sido feliz con mi vida”, afirma convencida.

martes, 20 de enero de 2026

Veronica Daniels, 90 años, tiene 6 hijos, acogió a 18 más, 26 nietos, 51 bisnietos y espera a un tataranieto: «Todos son bienvenidos; somos una gran familia de Dios y Él te lleva por el camino que tienes que recorrer»

Veronica y Len Daniels tienen 6 hijos, acogieron a 18 más, 26 nietos, 51 bisnietos y va a nacer su tataranieto, hablan de fe , amor y acogida / Foto: Kymberlee Gomes - The Catholic Leader

* «Cuanto más amas, más amor tienes… Todo lo que quería era casarme y tener una familia… Cuando nuestras hijas van a tener hijos, siempre les regalo una medalla de San Gerardo Majella [o Mayela]. Cuando no encuentro dónde aparcar, digo 'Bendito San Antonio, encuéntrame un sitio'. A veces me encuentra tres»

Camino Católico.- Veronica Daniels, católica australiana de 90 años, tiene 26 nietos y 51 bisnietos. Habla de su felicidad a Kymberlee Gomes, del Catholic Leader, de Australia, porque asegura que lo que ella siempre quiso era tener familia y crecer con ella.

Pero en diciembre de 2025 le intrigaba algo nuevo (aunque, a la vez, es algo ya vivido): ¡su primer tataranieto!

La enorme familia de Veronica, a la que todos llaman Von, tiene "truco", pero igual que cualquier otra familia numerosa, se construyó sobre la acogida y la generosidad.

Tuvo seis hijos de sangre, pero también fue madre de acogida de otros 18 niños. Dos de ellos incluso tomaron su apellido familiar. Un niño que llegó en adopción con 12 semanas, ahora tiene 47 años.

Uno de los bebés que acogió era una niña de 18 meses con una grave discapacidad. Los médicos dijeron que no viviría mucho... pero acompañó a la gran familia hasta que murió con 28 años.

Creció en familia grande y ve a todos como hijos de Dios

Ella cuenta que la clave de gestionar y acoger a tantos niños fue su convicción de que todos somos hijos de Dios. "Hay suficiente amor en el mundo para todos. Todos son bienvenidos. Somos una gran familia de Dios en este mundo", proclama. Su experiencia repite aquello que decía Madre Teresa de Calcuta: el amor es una de esas cosas que cuanto más das, más tienes. También ella dice que "cuanto más amas, más amor tienes".

Veronica Daniels, de 90 años, en diciembre de 2025, con su bisnieto 51, pero ahora espera una novedad, un primer tataranieto Foto: Kymberlee Gomes - The Catholic Leader

Los hijos de Veronica dicen que ella siempre fue "una persona desinteresada, divertida, enérgica y acogedora", que vivía los valores del Evangelio y "ama como Jesús".

Veronica explica que siendo ella niña, ya vivió en una familia numerosa, alborotadora y acogedora. "Aunque éramos 13 en mi casa, siempre había lugar para uno más", dice, recordando cómo su madre acogió a un niño.

No le interesaba un empleo, solo la familia... y fue enorme

A la joven Von la escuela no le interesaba, y los trabajos que hizo de joven le parecían aburridos. "Todo lo que quería era casarme y tener una familia", recuerda. Y lo hizo... a lo grande.

Con 20 años de edad, se casó con Len, que estaba en la Marina y luego trabajó en telecomunicaciones. Se mudaron unas cuantas veces por su país, Australia.

Von no sólo se volcó en su propia familia, sino que colaboraba con las parroquias o escuelas católicas de su zona. Su hija Cathy explica: "Mamá solía ayudar con la recaudación de fondos, con rifas y bailes, además de la limpieza de la escuela", dice. Y vendía pasteles. Así surgió la primera escuela católica del lugar. Von también era catequista en una escuela pública.

Fe, amor por la vida, espacio en la mesa para más gente

Habla también sobre Von una religiosa, Sandra Lupi, de las Sisters of Mercy, quien alaba su "profunda fe y amor por la vida". "No habría sobrevivido mis primeros años como religiosa joven sin el apoyo y la hospitalidad de Von", explica. Destaca que fue Von quien la enseñó a conducir y que siempre tenía espacio para uno más en la mesa. "Nadie se quedaba con hambre ni sentía que estorbara", detalla.

Boda a los 20 años y momentos familiares de Veronica Daniels / Foto: the catholic leader - cortesía familia daniels

Como si atender la familia no fuera suficiente, sirvió también en el cargo de ministro extraordinario para repartir la Comunión, acompañó en el apostolado funerario y militó en las Conferencias de San Vicente de Paúl (con su intensa actividad caritativa) y la Liga de Mujeres Católicas (CWLA).

En cierto momento, ella misma se vio algo saturada con seis niños menores de seis años. Su receta: "Simplemente sigue adelante, haces lo que tienes que hacer. Dios te lleva por el camino que tienes que recorrer”.

El poder de la oración y los santos que ayudan en familia

Cada día rezaba, y considera que la oración a veces es "lo único que tienes". Su hija Cathy confirma que su madre oraba por todos y a todas horas.

En cierta ocasión Von tenía a una hija grave en la unidad de cuidados intensivos. "Mi esposo tenía una gran devoción por Santa Teresa [de Calcuta]; solíamos rezarle todas las noches. Siempre nos enseñaron que ella te dará lo que quieras: una rosa, pero hay que llevarse las espinas".

Caminaban desde la capilla hacia la habitación del hospital, cuando una rosa cayó frente a ellos. Len la recogió y dijo: "Todo irá bien, tenemos esta rosa". No cayó del cielo, pero fue una señal, dice.

También habla de otros santos que le ayudan en el día a día. “Cuando nuestras hijas van a tener hijos, siempre les regalo una medalla de San Gerardo Majella [o Mayela]. Cuando no encuentro dónde aparcar, digo 'Bendito San Antonio, encuéntrame un sitio'. A veces me encuentra tres”, dice Von.

Con 90 años: cocina, cose, visita ancianos

A sus 90 años aún cocina casi cada mañana. "Se lo regalo a mis nietos porque están trabajando. Preparo espaguetis a la boloñesa, pastel de patata con guisantes, caramelos de mermelada, galletas y pastelitos", enumera Von.

También hace faldas y pantalones para los niños pequeños, se los regala en Navidad. "Me mantengo ocupada. No tengo tiempo para tonterías".

También visita a otros ancianos del barrio y la parroquia, a veces con recados, otras con pasteles. Y aún le queda tiempo para organizar encuentros para tomar el té por la mañana con las amigas y hasta juega al croquet por las tardes (deporte tranquilo en el que se golpean bolas con un mazo para hacerlas pasar por una serie de aros colocados en el césped).

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Lucía Capapé se quedó viuda con 38 años y cinco hijos: «Cuando has trabajado mucho la confianza en Dios, el ir confiándole las cosas, cuando vienen golpes duelen y se llora, pero te hace sentirte en Sus manos»

Lucía Capapé en su casa de Madrid | Foto: Dani García - Misión

* «Pienso que en el Cielo nos vamos a encontrar con la gente que queremos, pero nos van a sobrar. Sé que puede sonar duro, pero me lo imagino como un fogonazo de mirada constante a la divinidad resplandeciente, donde no vamos a necesitar ni a nuestro marido ni a nuestros padres, que los vamos a tener, que nos va a dar alegría encontrárnoslos por ahí, sólo que la visión constante de Dios será la que nos llene»   

Camino Católico.-  Lucía Capapé se quedó viuda con 38 años y cinco hijos. Su marido Miguel falleció por ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) con 40 años, una enfermedad temida y para la que no hay cura. Lejos de rebelarse ante un sufrimiento terrible, esta familia ha dado en todo momento un testimonio de fe que muestra cómo con Dios de la mano se puede vivir y morir con la mirada puesta en el Cielo. 

Marzo de 2021. Miguel Pérez fallecía en Sevilla a los 40 años. Su caso se había viralizado en redes y había aparecido en medios de comunicación nacionales. Sufría ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), una enfermedad neurodegenerativa que afecta a las células nerviosas encargadas del control de los músculos.

Miguel y su esposa Lucía Capapé vivían felizmente junto a sus hijos Pelayo, Nicolás, Elías, Lucas y Miguel cuando llegó el diagnóstico de la ELA. Meses de fatiga y de movimientos torpes les llevaron al médico, pero nunca imaginaron que saldrían de la consulta con una “condena a muerte”. Aun así, decidieron vivir la vida en plenitud con una confianza total en Dios y preparándose para el momento culmen de su vida: el tránsito hacia la vida eterna. No habían pasado dos años cuando Miguel partió de este mundo y, a pesar del gran dolor por la pérdida, lo que abundó en su familia fue paz y una esperanza clara en la Resurrección.

El pater familias era un ingeniero que había decidido dejar un buen trabajo como consultor para dedicarse a algo que llenase su vida de sentido. Fue así como se convirtió en director de un colegio. Lucía, filóloga y docente, lo acompañaba en esta vocación de servicio. Y con este espíritu de entrega vivieron la enfermedad. Miguel decía habitualmente  –comenta su viuda– que creía que Dios lo llamaba para algo grande, y que vio con la ELA esa grandeza a la que era llamado.

Lucía recibe a Javier Lozano, que la entrevista en Misión. Lo hace en su casa de Madrid, ciudad a la que regresó tras la muerte de su marido, quien, confiesa, sigue presente diariamente en el hogar. Apoyada en una fe asentada en el Opus Dei, saca adelante una casa y a sus cinco hijos con la certeza clara de que sólo Dios sana los corazones. Por ello, no extraña verla tan alegre y llena de una vitalidad sobrenatural que transmite a sus hijos, a su entorno y a sus alumnos del centro de Bachillerato Fomento-Fundación de Madrid, del que es su directora. Porque, como destaca ella, “mi objetivo es llegar al Cielo”.

- Su amor por Miguel comenzó en la adolescencia.

- Efectivamente. Yo tenía 14 años y él 16 cuando empezamos a salir. Nos conocimos por mi hermano, que era amigo de Miguel. Nueve años después nos casamos. Yo sólo tenía 23 años.

- Y llegaron cinco hijos, todos varones.

- Tuvimos cinco niños, pero con mucha pena de no haber podido tener más porque soñábamos con una familia muy numerosa. Una limitación física nos impidió que llegaran más. Nos costó entenderlo. Yo le decía al Señor: “Tú necesitas soldados y yo te hubiera dado todos los que hubieras querido para recristianizar este mundo”. Pero con el paso de los años miras atrás y ves que Dios tenía sus planes. Igual si me hubiera quedado viuda con 10 hijos habría sido una locura.

- Su familia cambió Madrid por Sevilla, y su marido, la consultoría por la educación. ¿Demasiados cambios?

- Sí, pero tuvimos una vida muy feliz. Para mí los años de Sevilla con Miguel y los niños fueron los más felices de mi vida. Yo ya era docente, pero Miguel era ingeniero industrial, trabajaba en consultoría y cuando ya teníamos tres hijos, se dio cuenta de que su profesión le dificultaba mucho la vida familiar y que no le llenaba. Decía que la pasión que veía en los docentes era contagiosa. Eso le cautivó y Dios le cambió la vida. Él ya era una persona muy de Dios, pero yo gané un padre superimplicado y fue un hombre muy metido en la formación de los jóvenes.

- ¿Sintió una vocación de servicio?

- Totalmente. Además, toda su vida. Miguel me decía: “Dios me quiere para algo grande, tengo que descubrirlo”. Y cuando le diagnosticaron la enfermedad, me comentaba: “Creo que esto es para lo que Dios me ha elegido”. 

Lucía Capapé muestra una foto de su familia | Foto: Dani García - Misión

- ¿Cómo fue ese momento? 

- Muy duro. Recuerdo estar en la consulta con un médico que nos explicó con mucha claridad el tipo de enfermedad y la esperanza nula de curación. Sentí un dolor enorme en la boca del estómago, una falta de aire, pero a la vez mucha paz. Salimos de la consulta, los dos nos pusimos a llorar y nos abrazamos.

- ¿Cómo reaccionó Miguel? 

- Hasta con sentido del humor, que es lo que lo caracterizaba. Mandó un audio a la familia contando lo que le había dicho el médico, pero avisando de que todavía le quedaba dar mucha guerra.

- ¿Y usted cómo se lo tomó?

- Me pasé esos días en el trabajo en la capilla del colegio para estar en brazos del Señor. Lloraba y lloraba, pero lo vivimos con mucha confianza en la Providencia de Dios.

- ¿Cómo se lo dijeron a los niños?

- Con mucha veracidad. Preguntaban: “¿Se va a curar?”.  Y yo les decía: “No, no se va a curar.  Vamos a rezar todos los días para que si Dios quiere papá se cure, pero es una enfermedad que humanamente no tiene cura”. Hacerles vivir con la realidad muy presente creo que fue positivo, porque se les fue preparando desde el principio para un golpe muy duro.

Lucía Capapé y su familia vivieron con mucha confianza en la Providencia de Dios el momento en que le diagnosticaron ELA a su esposo  | Foto: Dani García - Misión

- ¿Miguel y usted le pidieron cuentas a Dios?

- No. Cuando has trabajado mucho la confianza en Dios, el ir confiándole las cosas, cuando vienen golpes duros, lógicamente duelen y se llora mucho, pero te hace sentirte en Sus manos.

- ¿Llegaron a sacar algo bueno?

- Estos momentos también fueron para ambos de muchísimo crecimiento en el trato con Dios, que ya lo teníamos muy entrenado por nuestra vocación al Opus Dei. Por eso no sentimos el abandono por parte de Dios, teníamos la garantía de que Su plan era mejor. 

- Y mientras tanto, la enfermedad avanzaba rápidamente.

- Fue durísimo porque Miguel en casa tenía un papel de una presencia brutal. Al tener cinco hijos varones hacía falta ahí un capitán general para gestionar la vitalidad de los niños. Ver cómo fue perdiendo esas cualidades, esos adornos de su vida: su voz, su andar, su presencia, esos adornos más exteriores de su personalidad, fue duro. Pero a la vez, como el amor que teníamos era muy profundo y muy asentado en lo importante, para mí fue delicioso poder cuidarlo.

- ¿Fue difícil de sobrellevar?

- A mí esta situación me fue haciendo crecer en una fortaleza y en un -aprender a llevar las riendas que nunca habría imaginado. A todo el mundo que pasa por algo doloroso siempre les recomiendo que pongan a la gente a rezar, porque yo notaba mucho los rezos de tanta gente que conocía o que ni he llegado a conocer.

- ¿Notó algún cambio en su interior?

- Sí, vi cómo en la enfermedad Dios le mimó para prepararlo para la muerte. Miguel  era una persona muy virtuosa y rezadora, pero en los últimos meses lo noté purificar muchas cosas, vivir de forma heroica tanto dolor, tantas angustias, tanto miedo. Él lloraba mucho, por ejemplo, pensando en los niños. Ese dolor purifica el alma y creo que se identificó muchísimo durante esos meses con el Señor.


Lucía Capapé recomienda en momentos dolorosos pedir a personas que oren e intercedan por la situación que se vive | Foto: Dani García - Misión

- ¿Destacaría algún momento?

- El último viaje que hicimos fue a Medjugorje. Ya estaba muy malito, iba en silla de ruedas, pero lo disfrutó muchísimo. No se soltaba de ese crucifijo que llevaba siempre. Los chicos de la comunidad del Cenáculo lo subieron a hombros hasta la Virgen y lo vivió todo como un gran regalo.

- ¿Tenían presente la eternidad?

- Teníamos muy presente la otra vida. Él me decía: “Qué pena que no te vaya a poder ayudar en esto”. Y yo le decía: “Miguel, desde el Cielo me vas a ayudar más”. Pero él luego me decía: “Voy a estar ahí, no os voy a dejar”. Y a día de hoy sentimos su presencia y apoyo constante. Siempre está en boca de todos en casa. Todos le pedimos cosas. Por ejemplo, el otro día uno de mis hijos me dijo que había perdido en el autobús el rosario de dedo de su padre. Y tres días después, tras habérselo pedido a él, subió al autobús y allí estaba el rosario. 

- ¿De dónde sacó la fuerza tras la partida de Miguel?

- Me sostuvieron las oraciones de tanta gente a mí alrededor. La comunión  de los santos en estas situaciones se hace muy palpable. Tienes que tirar para adelante por los niños, pero en cuanto se acostaban quería meterme en la cama a llorar. El apoyo de mi familia y también de la familia de la Obra fue para mí un bastón que me mantuvo en pie. 

- ¿Sus hijos cómo lo vivieron?

- Como estaba ya tan malito, el desprendimiento fue progresivo. No pasaron de estar jugando al fútbol con su padre a no tenerlo, sino a estar cuidándolo. Cuando falleció ya estaban muy preparados. A la vez, yo encontré muchísimo apoyo en los profesores del colegio, en los amigos… He intentado ejercer de madre y padre, pero con unas limitaciones evidentes, y más educando varones. Sus abuelos, sus tíos varones y los amigos de su padre han sido un referente para ellos. Lo fomento un montón porque creo que es el canal por el que su padre también les habla desde el punto de vista masculino.

- ¿Es muy duro vivir sin su marido? 

- Sí, muy duro. Es verdad que el matrimonio implica la elección de otro que te ayuda en tu camino hacia el Cielo. Me siento muy feliz de haber acompañado a Miguel en ese camino de santidad que él ya ha culminado, pero yo me he quedado a medias en ese proyecto. Ya no tengo a esa persona que me ayuda a salir de mí, a renunciar a mis comodidades… Lógicamente, mi camino de santidad no se ha difuminado ni esfumado. Tengo otras circunstancias que me toca santificar. Dios quiere para mí un poquito más de sacrificio. 

- ¿Qué hace para tirar hacia adelante?

- Dios es el que da la fuerza. Lo hablo mucho con los niños, ¡qué pena la gente que vive palos tan duros y no tiene fe para coger aire! Porque sin Dios esto es un dolor que no se aguanta. Mi objetivo es llegar al Cielo y, como decía san Josemaría, cada vez tengo más claro que la santidad en el Cielo es para los que saben vivir muy felices en la tierra.

Lucía Capapé dice que su objetivo es llegar al cielo | Foto: Dani García - Misión

- Y tiene motivos para ello.

- Muchos motivos. Tengo una familia estupenda, unos hijos maravillosos. Tengo unos amigos que me hacen vivir momentos de total alegría. Tengo un trabajo que me apasiona, en el que estoy relacionándome con niños y con gente joven todo el día, y puedo influir muchísimo en sus vidas. 

- Además de pedir intercesión a Miguel, ¿acude a algún santo especial?

- San Josemaría, que es el santo con el que he crecido desde muy pequeña y que compartía con Miguel y que me ha sacado de muchos atolladeros. Pero un santo que he descubierto en mi viudedad es san José. Es ahora mismo mi fortaleza, el que hace de marido, el que hace de padre de mis hijos. Lo he tomado de aliado y lo tengo en todas partes en mi casa y me ayuda un montón.

- ¿Piensa alguna vez en el Cielo? 

- Muchísimo. Pienso que en el Cielo nos vamos a encontrar con la gente que queremos, pero nos van a sobrar. Sé que puede sonar duro, pero me lo imagino como un fogonazo de mirada constante a la divinidad resplandeciente, donde no vamos a necesitar ni a nuestro marido ni a nuestros padres, que los vamos a tener, que nos va a dar alegría encontrárnoslos por ahí, sólo que la visión constante de Dios será la que nos llene.