“Los meses que pasé en el zulo fueron un regalo de Dios”
"Rezar es el trabajo más productivo que puede hacerse"
19 de m

(Gonzalo Altozano / Alba / Escuchar la Voz del Señor)
-Nueve meses en un zulo de tres metros por uno. ¿Cómo mantuvo viva su fe?
-Traté de seguir el plan que, como miembro del Opus Dei, me sugerían mis directores espirituales en la vida diaria: un rato de oración por la mañana, otro por la tarde y otro por la noche; el rezo del rosario; la lectura espiritual…
-¿Le dejaban tener libros?
-Tenía ‘derecho’ a uno y les pedí una biblia católica. Luego les pediría otro: cualquiera de Escrivá de Balaguer; me trajeron Forja.
-En su plan faltaba, claro, la misa.
-Pero sabía que en algún lugar del mundo, a cualquier hora, empezaba una, a la que me unía mentalmente.
-¿Y en el momento de la consagración?
-Me hincaba y decía: “¡Dios mío, cómo quisiera recibirte! Permíteme vivir sólo para volver a comulgar como podemos los hombres y no pueden los ángeles. Y deja que lo haga con la devoción más grande que tuve: la de mi Primera Comunión”.

-En circunstancias tan duras, ¿se sentía con ganas de rezar?
-El sentimiento no tiene por qué ir a la par de la disciplina. El sentimiento es bueno, pero a veces lo tenemos y a veces no. Yo rezaba porque tenía que rezar, no porque quisiera o fuese bonito.
-¿Cuál fue el resultado de su perseverancia?
-Me di cuenta de que vivir así me iba capitalizando en una mayor paz interior.
-¿Lo sigue pensando?
-La solución a toda inestabilidad está en la oración, que es el trabajo más productivo que puede hacer un ser humano.
-¿De verdad lo cree?
-Sí, lo que pasa es que la frialdad de la rutina puede hacer que nos olvidemos.
-¿Qué ayuda a recordar?
-A veces una enfermedad, a veces la crisis económica, a veces un secuestro…
-Habla del suyo como si fuera un regalo de Dios.
-Lo fue. Es como si, en vez de en el vientre de mi madre, Dios me metiera nueve meses en aquel cuartito.
-¿Con qué fin?
-Con el de reflexionar sobre lo que había hecho y sobre lo que no, con el de sacar propósitos suficientes para vivir la segunda oportunidad que se me daba…
-Tremenda responsabilidad.
-Por eso le rezo: “Ya no me pertenezco, pues me debo a ti, Señor, y a mis hermanos. Ayúdame a vivir esta responsabilidad de deudor, nueva y vieja, pero ahora comprendida. Estoy de paso y estoy en deuda”.
-Por cierto, los propósitos que se hizo…
-Continuamente los repaso… y son para acalambrarse; a veces no tengo cara para leerlos.
-Volvamos al zulo. A lo largo del secuestro, algo le echaría en cara a Dios, ¿no?
-Al principio sí, pero después ese reclamo se fue traduciendo en alabanza y agradecimiento.
-¿Qué suavizó su corazón?
-Ser consecuente con mi creencia en Él. Si crees en Dios, tienes que aceptar su voluntad, venga como venga. Él sabe más que tú y quiere lo mejor para ti. Abandónate. Punto. No le discutas.
-Bonita idea.
-Después de nueve meses meditándola consideré que un cristiano que se abandona en las manos de Dios es invencible.
-¿Habló de esto con sus secuestradores?
-Una vez le dije a uno: “No te tengo miedo. ¿Sabes por qué? Porque no voy a morir ni un minuto antes ni un minuto después de que Dios -y no tú- quiera”.
-Supongo que le respetaban.
-Empezaron llamándome “burgués”, “hijo de tal”, y terminaron haciéndome llegar notas que decían: “Arquitecto Bosco: díganos, por favor, de dónde saca tanta fo

-¿Es cierto que hizo apostolado con ellos?
-El día de Navidad les pedí que rezaran conmigo. Cuando terminé de platicarles, se acercaron uno a uno… ¡para estrechar mi mano! Las suyas ya no eran manos crispadas, sino de respeto. Fue la Navidad más feliz de mi vida.
-¿Por qué lo hizo?
-Porque recuperé un sueño de mi infancia: yo en el Infierno y un tipo insultándome. “¿Por qué me insultas?”, le preguntaba. Y él me respondía: “Porque si me hubieras sacado de mi error, ahora estaríamos los dos en el Cielo”.
-Y usted no quería ir al Infierno…
-Y que los que me insultaran fuesen los secuestradores.
-No los odia, pero tampoco tiene síndrome de Estocolmo. Si no, no se hubiera escapado. Por cierto, en su huida, ¿anotó la dirección del zulo?
-Calle 15 Oriente 1803, en la ciudad de Puebla, México. Ahí tiene usted su casa