Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida dejando a Jesucristo ser quien ocupe el lugar central.
Queremos que conozcas el Amor de Dios y para ello te proponemos enseñanzas, testimonios, videos, oraciones y todo lo necesario para vivir tu vida poniendo en el centro a Jesucristo.
* «En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado»
Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV
* «La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario. Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida»
Ante más de 50 mil fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro, adornada como cada año con miles de tulipanes y otras flores, el Santo Padre ha dicho que, “hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría”: “¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!”. En el vídeo deVatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:
DOMINGO DE PASCUA «RESURRECIÓN DEL SEÑOR» – MISA DEL DÍA
CAPILLA PAPAL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Plaza de San Pedro
Domingo de Pascua, 5 de abril de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!
Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!
Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.
Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.
Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.
En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.
Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticia, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).
Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.
La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.
Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.
Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.
* «¡Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes. Quisiera que volviéramos a tener esperanza en que la paz es posible. Se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero»
Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican Newstraducido al español con el mensaje Pascual y la bendición Urbi et Orbi del Papa
* «Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera. La Pascua sea también ocasión propicia para liberar a los prisioneros de guerra y a los presos políticos»
20 de abril de 2025.- (Camino Católico)En el mensaje pascual, leído por Monseñor Diego Ravelli, Maestro de las Ceremonias Litúrgicas Pontificias, Francisco reitera su llamado al alto el fuego en Gaza, pide la liberación de los rehenes israelíes y el envío de ayuda humanitaria a los hambrientos. Repasando diversas realidades conflictivas en el mundo, recuerda que la paz no es posible sin un verdadero desarme.
“Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!” Estas han sido las breves y sentidas palabras del Papa Francisco al asomarse este Domingo de Pascua, 20 de abril de 2025, a la logia central de la Basílica de San Pedro para la bendición "Urbi et Orbi" (de la ciudad de Roma al mundo entero) tras la santa misa presidida por el Cardenal Angelo Comastri, por decisión del Pontífice.
Este gesto, lleno de esperanza y de fe, marcó no solo la celebración de la Resurrección de Cristo, sino también un testimonio de su fortaleza y dedicación pastoral, a pesar de las adversidades físicas que ha enfrentado en las últimas semanas. Otro momento especialmente conmovedor ocurrió al final, cuando Francisco se subió al papamóvil y recorrió la Plaza de San Pedro, saludando a los 35.000 peregrinos presentes, felices de verle.
El Papa recorrió la Plaza de San Pedro a bordo del papamóvil tras la bendición "Urbi et Orbi" del Domingo de Pascua, 20 de abril de 2025
El Obispo de Roma enfatiza que "desde el sepulcro vacío de Jerusalén llega hasta nosotros el sorprendente anuncio: Jesús, el Crucificado, «no está aquí, ha resucitado» (Lc 24,6). No está en la tumba, ¡es el viviente!". Asimismo, resalta que "el amor venció al odio. La luz venció a las tinieblas. La verdad venció a la mentira. El perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día".
Dirigiéndose a quienes sufren el dolor y la angustia, Francisco les dijo que "sus gritos silenciosos han sido escuchados, sus lágrimas han sido recogidas, ¡ni una sola se ha perdido!".
“En la pasión y muerte de Jesús, Dios ha cargado sobre sí todo el mal del mundo y con su infinita misericordia lo ha vencido; ha eliminado el orgullo diabólico que envenena el corazón del hombre y siembra por doquier violencia y corrupción. ¡El Cordero de Dios ha vencido! Por eso hoy exclamamos: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia pascual).”
El Santo Padre recordó que la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza y que a partir de este acontecimiento, esperar ya no es una ilusión. "Gracias a Cristo crucificado y resucitado, la esperanza no defrauda. ¡Spes non confundit (cf. Rm 5,5)! Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza", escribe Francisco.
“Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y comienzan a caminar; junto con Jesús resucitado se convierten en peregrinos de esperanza, testigos de la victoria del Amor, de la potencia desarmada de la Vida.”
Un llamado a la paz y a la solidaridad global
El Papa exclamó: "¡Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes".
En dicho contexto, el Pontífice expresó su anhelo de que volvamos a tener esperanza y "a confiar en los demás, —incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares—; pues todos somos hijos de Dios".
Paz para Palestina, Israel y para todo el mundo
"Quisiera -insistió Francisco- que volviéramos a tener esperanza en que la paz es posible". Por ello, deseó que desde el Santo Sepulcro —Iglesia de la Resurrección—, donde este año la Pascua será celebrada el mismo día por los católicos y los ortodoxos, "se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero". Una vez más, el Obispo de Roma se mostró próximo al sufrimiento de los cristianos en Palestina y en Israel, así como a todo el pueblo israelí y a todo el pueblo palestino.
Más aún, Bergoglio se manifestó preocupado por el "creciente clima de antisemitismo que se está difundiendo por todo el mundo". Al mismo tiempo, Francisco tiene presente a la comunidad cristiana de Gaza, "donde el terrible conflicto sigue llevando muerte y destrucción, y provocando una dramática e indigna crisis humanitaria", aseguró con meridiana claridad.
Luego, el Sucesor de Pedro instó a las partes beligerantes a cesar el fuego, liberar los rehenes y prestar ayuda a la población "que tiene hambre y que aspira a un futuro de paz".
Conflictos en el Líbano, Siria, Yemen, Ucrania y Cáucaso Meridional
En su alocución, Francisco invitó a orar por las comunidades cristianas del Líbano y de Siria, "que ansían la estabilidad y la participación en el destino de sus respectivas naciones". En dicha línea, exhortó a toda la Iglesia a acompañar con atención y con la oración a los cristianos del amado Oriente Medio. Además, se refirió al pueblo de Yemen, que está viviendo una de las peores crisis humanitarias "prolongadas" del mundo a causa de la guerra y solicitó "buscar soluciones por medio del diálogo constructivo".
El Santo Padre auguró que "Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera". Incluso aludió al Cáucaso Meridional y alentó a rezar "para que se llegue pronto a la firma y a la actuación de un Acuerdo de paz definitivo entre Armenia y Azerbaiyán, que conduzca a la tan deseada reconciliación en la región".
La esperanza del Papa también es que la luz de la Pascua "inspire propósitos de concordia en los Balcanes occidentales y sostenga a los actores políticos en el esfuerzo por evitar que se agudicen las tensiones y las crisis, como también a los aliados de la región en rechazar comportamientos peligrosos y desestabilizantes".
En otro pasaje del texto, Francisco implora la paz y el consuelo a los pueblos africanos víctimas de agresiones y conflictos, "sobre todo en la República Democrática del Congo, en Sudán y Sudán del Sur, y sostenga a cuantos sufren a causa de las tensiones en el Sahel, en el Cuerno de África y en la Región de los Grandes Lagos, como también a los cristianos que en muchos lugares no pueden profesar libremente su fe". “Allí donde no hay libertad religiosa o libertad de pensamiento y de palabra, ni respeto de las opiniones ajenas, la paz no es posible.” En el vídeo deVatican Newsse visualiza y escucha el Mensaje Pascual y bendición Urbi et Orbi, cuyo texto íntegro es el siguiente:
MENSAJE URBI ET ORBI DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PASCUA 2025
Plaza de San Pedro
Domingo, 20 de abril de 2025
Cristo ha resucitado, ¡aleluya!
Hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!
Hoy en la Iglesia resuena finalmente el aleluya, se transmite de boca en boca, de corazón a corazón, y su canto hace llorar de alegría al pueblo de Dios en todo el mundo.
Desde el sepulcro vacío de Jerusalén llega hasta nosotros el sorprendente anuncio: Jesús, el Crucificado, «no está aquí, ha resucitado» (Lc 24,6). No está en la tumba, ¡es el viviente!
El amor venció al odio. La luz venció a las tinieblas. La verdad venció a la mentira. El perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día.
Hermanas y hermanos, especialmente ustedes que están sufriendo el dolor y la angustia, sus gritos silenciosos han sido escuchados, sus lágrimas han sido recogidas, ¡ni una sola se ha perdido! En la pasión y muerte de Jesús, Dios ha cargado sobre sí todo el mal del mundo y con su infinita misericordia lo ha vencido; ha eliminado el orgullo diabólico que envenena el corazón del hombre y siembra por doquier violencia y corrupción. ¡El Cordero de Dios ha vencido! Por eso hoy exclamamos: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia pascual).
Sí, la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza; a partir de este acontecimiento, esperar ya no es una ilusión. No; gracias a Cristo crucificado y resucitado, la esperanza no defrauda. ¡Spes non confundit (cf. Rm 5,5)! Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza.
Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y comienzan a caminar; junto con Jesús resucitado se convierten en peregrinos de esperanza, testigos de la victoria del Amor, de la potencia desarmada de la Vida.
¡Cristo ha resucitado! En este anuncio está contenido todo el sentido de nuestra existencia, que no está hecha para la muerte sino para la vida. ¡La Pascua es la fiesta de la vida! ¡Dios nos ha creado para la vida y quiere que la humanidad resucite! A sus ojos toda vida es preciosa, tanto la del niño en el vientre de su madre, como la del anciano o la del enfermo, considerados en un número creciente de países como personas a descartar.
Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes.
En este día, quisiera que volviéramos a esperar y a confiar en los demás —incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares—; pues todos somos hijos de Dios.
Quisiera que volviéramos a esperar en que la paz es posible. Que desde el Santo Sepulcro —Iglesia de la Resurrección—, donde este año la Pascua será celebrada el mismo día por los católicos y los ortodoxos, se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero. Me siento cercano al sufrimiento de los cristianos en Palestina y en Israel, así como a todo el pueblo israelí y a todo el pueblo palestino. Es preocupante el creciente clima de antisemitismo que se está difundiendo por todo el mundo. Al mismo tiempo, mi pensamiento se dirige a la población y, de modo particular, a la comunidad cristiana de Gaza, donde el terrible conflicto sigue llevando muerte y destrucción, y provocando una dramática e indigna crisis humanitaria. Apelo a las partes beligerantes: que cese el fuego, que se liberen los rehenes y se preste ayuda a la gente, que tiene hambre y que aspira a un futuro de paz.
Recemos por las comunidades cristianas del Líbano y de Siria —este último país está afrontando un momento delicado de su historia—, que ansían la estabilidad y la participación en el destino de sus respectivas naciones. Exhorto a toda la Iglesia a acompañar con atención y con la oración a los cristianos del amado Oriente Medio.
Dirijo también un recuerdo especial al pueblo de Yemen, que está viviendo una de las peores crisis humanitarias “prolongadas” del mundo a causa de la guerra, e invito a todos a buscar soluciones por medio de un diálogo constructivo.
Que Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera.
En este día de fiesta pensemos en el Cáucaso Meridional y recemos para que se llegue pronto a la firma y a la actuación de un Acuerdo de paz definitivo entre Armenia y Azerbaiyán, que conduzca a la tan deseada reconciliación en la región.
Que la luz de la Pascua inspire propósitos de concordia en los Balcanes occidentales y sostenga a los actores políticos en el esfuerzo por evitar que se agudicen las tensiones y las crisis, como también a los aliados de la región en rechazar comportamientos peligrosos y desestabilizantes.
Que Cristo resucitado, nuestra esperanza, conceda paz y consuelo a los pueblos africanos víctimas de agresiones y conflictos, sobre todo en la República Democrática del Congo, en Sudán y Sudán del Sur, y sostenga a cuantos sufren a causa de las tensiones en el Sahel, en el Cuerno de África y en la Región de los Grandes Lagos, como también a los cristianos que en muchos lugares no pueden profesar libremente su fe.
Allí donde no hay libertad religiosa o libertad de pensamiento y de palabra, ni respeto de las opiniones ajenas, la paz no es posible.
La paz tampoco es posible sin un verdadero desarme. La exigencia que cada pueblo tiene de proveer a su propia defensa no puede transformarse en una carrera general al rearme. La luz de la Pascua nos invita a derribar las barreras que crean división y están cargadas de consecuencias políticas y económicas. Nos invita a hacernos cargo los unos de los otros, a acrecentar la solidaridad recíproca, a esforzarnos por favorecer el desarrollo integral de cada persona humana.
Que en este tiempo no falte nuestra ayuda al pueblo birmano, atormentado desde hace años por conflictos armados, que afronta con valentía y paciencia las consecuencias del devastador terremoto en Sagaing, que ha causado la muerte de miles de personas y es motivo de sufrimiento para muchos sobrevivientes, entre los que se encuentran huérfanos y ancianos. Recemos por las víctimas y por sus seres queridos, y agradezcamos de corazón a todos los generosos voluntarios que están realizando actividades de socorro. El anuncio del alto el fuego por parte de los actores implicados en ese país es un signo de esperanza para todo Myanmar.
Hago un llamamiento a cuantos tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que aísla, sino a usar los recursos disponibles para ayudar a los necesitados, combatir el hambre y promover iniciativas que impulsen el desarrollo. Estas son las “armas” de la paz: las que construyen el futuro, en lugar de sembrar muerte.
Que nunca se debilite el principio de humanidad como eje de nuestro actuar cotidiano. Ante la crueldad de los conflictos que afectan a civiles desarmados, atacando escuelas, hospitales y operadores humanitarios, no podemos permitirnos olvidar que lo que está en la mira no es un mero objetivo, sino personas con un alma y una dignidad.
Y que en este Año jubilar, la Pascua sea también ocasión propicia para liberar a los prisioneros de guerra y a los presos políticos.
Queridos hermanos y hermanas:
En la Pascua del Señor, la muerte y la vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, pero el Señor vive para siempre (cf. Secuencia pascual) y nos infunde la certeza de que también nosotros estamos llamados a participar en la vida que no conoce el ocaso, donde ya no se oirán el estruendo de las armas ni los ecos de la muerte. Encomendémonos a Él, porque sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).
20 de abril de 2025.- (Camino Católico) El obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos reflexiona sobre el Domingo de Resurrección, inicio de la Pascua, en el que los cristianos "estamos llamados a ser luz, levadura y esperanza" en medio de "una cultura de muerte… Cristo ha resucitado". Lo hace en el espacio ‘Meditación de Semana Santa” emitido por 13 TV. Este es el texto completo de la meditación:
¡Aleluya! Cristo ha resucitado. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Queridos amigos y amigas, concluimos hoy nuestras reflexiones que nos han acompañado a lo largo de toda esta semana. Y lo hacemos en el día grande, el día de la Pascua, que es el punto de referencia de nuestra fe. No olvidéis que cada domingo, la Pascua Semanal, se orienta a la única Pascua y a ella hace referencia como si de un eco se tratara. Cristo ha resucitado.
Y con Él todos un día resucitaremos. Él ha sido el primero, el primogénito de entre los muertos. Él es la cabeza de este cuerpo, que es la Iglesia, llamada también a resucitar junto con su Esposo, que ha entregado su vida por ella. La Resurrección de Jesús, que es la seguridad de nuestra futura Resurrección, se convierte así en nuestra esperanza. Podemos decir que la fiesta de la Pascua es la fiesta de donde brota la esperanza, que nos permite vivir y afrontar el futuro. Porque los cristianos somos el pueblo de la esperanza.
Así lo reza el himno de la liturgia. Somos el pueblo de la Pascua. ¡Aleluya! Es nuestra canción. No porque pensemos que las cosas van a salir bien, no porque queramos ser optimistas por naturaleza, sino porque sabemos que nuestra vida no concluye en el vacío, sino que tiene una meta, una meta tan grande que justifica el esfuerzo del camino. Como nos recuerda el Papa Francisco en la bula con motivo del Año Jubilar, la esperanza cristiana consiste precisamente en esto. Ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, la vida no termina, sino que se transforma para siempre. No nos dejemos, por tanto, robar esta esperanza.
Muchas veces y de formas diferentes, las distintas generaciones se han preguntado, ¿cómo será eso? ¿Cómo se producirá esta Resurrección al final de los tiempos? San Pablo responde a esa pregunta observando la naturaleza. En ella se da ese proceso de continuidad y discontinuidad que está presente también en el acontecimiento de la Resurrección. Toda la naturaleza está llena de momentos de muerte y resurrección, especialmente cuando observamos el grano de trigo que, pudriéndose, da luz un cuerpo nuevo y diferente. No sabemos cómo, pero no es irracional. Dios lo hace en la naturaleza y lo puede hacer con nosotros. No podemos responder a la forma, pero estamos seguros de que un día también nosotros resucitaremos con Cristo y la muerte será vencida definitivamente. Pero nuestra esperanza en la Resurrección no solo es un acontecimiento del futuro. Sería poca cosa y daría la sensación de que nuestra fe en el resucitado tendría que aguardar al mañana.
No es la certeza del final de una película feliz, sino que es la fuerza y la gracia que nos permite y nos ayuda a vivir en el hoy y aquí de nuestra historia. Cristo vive y te quiere vivo. Cristo vive y quiere darte su vida, vivificarte, llenarte de su misma gracia. Como nos recuerda 'Evangelii Gaudium', la Resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de este mundo nuevo y, aunque se los corte, vuelven a surgir porque la Resurrección de Jesús ha penetrado la trama oculta de esta historia porque Jesús no ha resucitado en vano. Sí, Cristo vive. Esta es la experiencia que hicieron los apóstoles y las mujeres en la mañana del primer domingo. Esta noticia no es un acontecimiento del pasado, sino experiencia real en la vida de todo creyente a lo largo de la historia, porque el descubrimiento de Jesús como el viviente cambia la vida y es el inicio de un camino de fe que se convierte en respuesta de amistad a un acontecimiento de amor previo. Si él vive y te quiere vivo, el amigo de la vida quiere llevarte a la vida. Déjale entrar en tu vida. Experimenta la amistad con aquel que ha vencido a la muerte. Entra en comunión con aquel que siempre abre la puerta de su corazón.
Descubre la aventura de vivir con Él, por Él y para Él. Esa es la gran experiencia de amor que necesitas, saborear en tu vida. Esa es la experiencia que te cambiará y recordarás para siempre. Esa es la experiencia que te permitirá vivir hasta que mueras y vivir luego eternamente. Hace pocos días leía la carta que escribía Clara a su hija Francisco con motivo de su primer aniversario. Esta mujer italiana, que está en proceso de beatificación, continuó con su embarazo rechazando ser tratada contra un tumor que provocaría la muerte del pequeño. En sus palabras, le comparte lo que ella vive y lo que significa disfrutar de esta vida nueva que Jesús resucitado le ha regalado. En esa hermosa carta le dice, tu nombre es Francisco porque San Francisco de Asís cambió nuestras vidas y esperamos que pueda ser un ejemplo para ti.
Es hermoso tener ejemplos de vidas que nos recuerden que puedes esperar grandes alegrías aún aquí en la tierra con Dios como nuestra guía. Sabemos que eres especial y que tienes una gran misión por cumplir. El Señor te ha querido desde la eternidad y Él te mostrará el camino a seguir si abres su corazón. Con estas palabras sencillas, dichas por una creyente a su hijo, se nos dice que encontrarse con Cristo te llena, plenifica tu corazón, lo alegra y le llena en sus deseos más íntimos. Podemos utilizar otra imagen muy presente durante este Año Jubilar.
Me refiero a la imagen de la puerta. Cristo es la puerta, siempre abierta, que nos permite entrar y disfrutar de una vida nueva, de la maravilla de estar en su hogar, con Él. Ojalá durante este año jubilar hagamos esta experiencia de entrar por esta puerta para que tengamos más vida, para que dejemos atrás experiencias de muerte que todos llevamos dentro. Que no se nos olvide lo que Él nos dijo.
He venido para que tengan vida y vida abundante. Los sacramentos son esos regalos que el Señor nos hace para ofrecernos esta vida que nace de la Pascua. Por eso, sabéis que en el marco del Jueves Santo hemos celebrado la Misa Crismal, una Eucaristía presidida por el Obispo con todo su presbiterio y el pueblo de Dios, donde se bendicen y consagran el Crisma y los aceites que se utilizan en los sacramentos, y que se convertirán en las mediaciones a través de las cuales el Señor nos ofrece su vida.
De esta manera simbolizamos que la vida que el Señor nos regala por diferentes sacramentos nace de la Pascua. Y si hay un sacramento en el que esa vida nueva vivifica nuestra carne mortal, es precisamente en la Eucaristía. Recordemos sus palabras, quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Yo soy el pan de vida. Y junto con los sacramentos, la vida nueva en Cristo se experimenta en la comunidad cristiana que vive gracias al Espíritu.
El Espíritu es el que nos hace vivir y tener vida. Por eso, durante la Pascua leeremos el libro de los Hechos de los Apóstoles, para hacer nuestra la misma experiencia de aquella primera comunidad de vivientes creyentes que, por la acción del Espíritu, querían generar mucha vida a su alrededor. Toda una provocación también para nosotros hoy.
Queridos amigos, la Pascua se abre ante nosotros con un gran horizonte de novedad. Vivimos en medio de una cultura de muerte en la que los seguidores del Resucitado estamos llamados a ser luz, levadura y esperanza. Acerquémonos a Cristo y toquémosle en sus heridas, en las heridas de la carne de nuestros hermanos que sufren, para reconocerle entre nosotros. Llevemos la esperanza que provoca en nosotros la vida que hemos encontrado. Resucita, vive y vivifica nuestro mundo. Recibe un abrazo pascual de hermano y amigo.