* «Seriedad y urgencia, autenticidad y profundidad, paciencia y perseverancia: estas son las notas características de la conversión que nos señala hoy la palabra de Dios y que tienen que orientar nuestro itinerario cuaresmal y toda nuestra vida»
Domingo III de Cuaresma - C
Éxodo 3, 1-8a.13-15 / Salmo 102 / 1 Corintios 10, 1-6.10-12 / San Lucas 13, 1-9
P. José María Prats / Camino Católico.- Estamos en plena cuaresma y las lecturas de hoy nos presentan aspectos importantes de la conversión.
La conversión consiste en reorientar todo nuestro ser hacia Dios, acogiendo su voluntad de que, renunciando al egoísmo y a la afirmación de nosotros mismos, vivamos en el amor y el servicio a los demás.
El evangelio deja muy claro que la conversión es algo extremadamente serio y urgente que reclama toda nuestra atención y nuestro esfuerzo. Sin ella no podemos acceder a la vida verdadera: «si no os convertís, todos pereceréis» ‒dice Jesús.
Dios nos ha creado para la vida y está más interesado que nosotros mismos en nuestra conversión. La parábola de la higuera lo deja muy claro: el viñador ‒que representa a Jesús‒ intercede ante el dueño de la viña ‒Dios Padre‒ pidiéndole un año más de plazo para que la higuera pueda producir fruto después de cavarla y abonarla. El tiempo de que disponemos en esta vida es limitado y, por ello, la conversión es urgente.
En la segunda lectura, San Pablo nos advierte de la necesidad de que nuestra conversión sea auténtica y profunda, y nos pone el ejemplo de los israelitas que Dios liberó de la esclavitud de Egipto pero que acabaron muriendo en el desierto. Dios obró multitud de signos y prodigios en su presencia: abrió las aguas del Mar Rojo, los acompañó en la nube y la columna de fuego, los alimentó con el maná y el agua que hizo manar de la roca... y, sin embargo, la mayoría vivieron estos portentos muy superficialmente sin que la fe llegara a arraigar en ellos, pues cuando Dios les invitó a conquistar la tierra de Canaán no confiaron en Él y no se atrevieron a hacerlo y, como consecuencia de ello, murieron en el desierto sin poder entrar en la tierra prometida. Los portentos que vivieron los israelitas ‒dice San Pablo‒ eran solamente figuras de las realidades definitivas que nosotros hemos vivido: el paso del Mar Rojo era figura del bautismo; el maná, de la eucaristía; el agua que brotó de la roca, del Espíritu Santo que manó del costado abierto de Cristo. Pues nosotros ‒nos advierte el Apóstol‒ corremos también el peligro de vivir todas estas realidades superficialmente sin que susciten en nosotros una verdadera conversión que nos lleve a vivir plenamente arraigados en Dios, y sin que podamos por ello entrar en la vida eterna, la tierra definitiva que Dios nos ha prometido.
Finalmente, la primera lectura nos recuerda que la conversión, la reorientación de todo nuestro ser hacia Dios, es un proceso arduo y prolongado que requiere mucha paciencia y perseverancia. Moisés tuvo que permanecer cuarenta años en el desierto de Madián reconsiderando su vida pasada en la corte del Faraón y su intento fallido de salvar a su pueblo con sus propias fuerzas, meditando la fe de Israel y viviendo una existencia sobria y escondida. Será después de este largo período de purificación y conversión cuando Dios se le aparecerá en el monte Horeb en el signo de la zarza que ardía sin consumirse, le revelará su nombre y le enviará a salvar a su pueblo de la esclavitud de Egipto.
Seriedad y urgencia, autenticidad y profundidad, paciencia y perseverancia: estas son las notas características de la conversión que nos señala hoy la palabra de Dios y que tienen que orientar nuestro itinerario cuaresmal y toda nuestra vida.
P. José María Prats
Evangelio
En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.
Les respondió Jesús:
«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».
Les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».
San Lucas 13, 1-9
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